Cáscaras vacías

Cáscaras vacías es el décimo séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

No veo bien. Ya no. Un afectado me perforó un ojo con su cuchillo del ejército. Sentí un dolor punzante y frío; un dolor que pensé que me acompañaría hasta la muerte, pero no. Desapareció. Desapareció por el camino; por el camino que ya todos nosotros estamos condenados a seguir. De algún modo, seguí caminando hacia Atlanta, donde empezó todo, y sané tras cada paso.

La horda lleva meses y meses moviéndose. Yo solo unas pocas semanas; he oído que los veteranos llaman a los fundadores el «Concilio Interior». No he preguntado por qué. Todo apunta a que se trata de su situación en el grupo, justo en el centro: el último vestigio de esperanza en esta colmena.

Horda zombi

No hablamos. Aunque pudiese explicarlo, no sabría bien cómo hacerlo. Se trata de algo distinto, quizá nuestra forma de comunicarnos es similar a la inteligencia que se empezó a descubrir en las plantas poco antes del fin. De un modo u otro, estamos conectados; podemos sentir el miedo, la angustia, la verdad en la mente de cada uno de nuestros congéneres. Somos uno en la multitud. Por eso descubrimos el cómo y el cuándo; incluso el por qué. Y ahora podemos cambiarlo.

Lo sé. Si algún día explicamos esta historia con nuestras propias palabras, deberemos hacer algo más que justificar cómo matábamos y moríamos. Estamos en guerra con los vivos: si llegamos al Centro de Control de Enfermedades habremos vencido. Hasta Georgia, morirán hombres, mujeres y niños… esa es parte de nuestra condena: no podemos explicar nuestras razones, no podemos hablar; sentimos el tormento de cada renacido que cae, que es mutilado, golpeado, disparado y asesinado; vivimos de dolor, y ese dolor nos hace seguir adelante, nos recuerda que seguimos vivos, que hay esperanza.

Los líderes dirigen a la horda desde el corazón. Imparables. Nuestra guerra contra el antiguo mundo no ha hecho más que empezar; los afectados han decidido esconderse detrás de altos muros o unirse a nosotros; también han desaparecido. Esta tribu de cadáveres es el último vestigio de una promesa al mundo entero, a cada uno de nosotros, al futuro, pero también hay mucho odio en su interior; padres que perdieron a sus hijos, hijos que mataron a sus padres, familias rotas por la incomprensión y la angustia…

Muchos caerán todavía, pero solo es cuestión de tiempo. Porque ellos son el enemigo que huye; nosotros, un imperio.

Claves que explican el éxito de ‘The Walking Dead’

The Walking Dead no es una serie increíble. Quiero decir, está bien, ¿no? Hay temporadas con más relleno que un pavo en Navidad, pero trata temas interesantes y tiene acción; los cliffhangers están planteados correctamente —vale, el de antes del parón de finales de 2014 a mí me pareció algo ridículo, pero la idea era buena— y el ritmo narrativo suele cambiar de un modo muy acertado.

Además, llama la atención que un esquema narrativo similar haya triunfado en papel (cómic), en televisión (serie de AMC) y en videojuego (de la compañía Telltale Game, que también ha comercializado The Wolf Among Us en homenaje al cómic Fables de Bill Willingham y está programando una versión en su clásico formato de aventura gráfica interactiva de Canción de hielo y fuego o Juego de Tronos).

Ahora podríamos empezar hablando de las voces críticas que han ido apareciendo por una u otra razón, o de los elogios que se han lanzado a lo largo de estos tres o cuatro años, pero hay algo que es indiscutible: su éxito, por lo tanto, vamos directamente a lo que nos interesa: ¿por qué The Walking Dead ha cosechado tantísima popularidad?

The Walking Dead, claves del éxito de la serie de TV

The Walking Dead es mucho más que un cómic referencial, mucho más que una serie con decenas de millones de espectadores: es el ingreso definitivo de los zombis en nuestras vidas y nuestros hogares, en el espacio de las ficciones de consumo mayoritario. Pero ¿cómo puede ser mayoritaria la imagen de un rebaño de muertos vivientes devorando vivo un caballo? ¿Cómo es posible que una serie podrida de contenidos violentos, repulsivos e inquietantes triunfe en un espacio de producción y difusión mainstream, obteniendo una audiencia inmensa?

Extracto de la sinopsis del libro The Walking Dead: Apocalipsis zombi ya

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Sobre monstruos (II)

Desglosar el concepto de zombi

Hoy día, el zombi es una figura del imaginario colectivo y un producto de masas. Un monstruo que está gozando de su propia edad dorada tras el declive del vampiro. Nunca antes había llegado a tantísima gente en medios tan distintos: series de televisión, literatura, cine… Todo el material al que accedes, solo es la punta del iceberg.

Su origen —es decir, la base a partir de la que cual se fundamentaron los primeros filmes— se encuentra en algunas regiones de África y, sobre todo, en los colectivos de esclavos haitianos que fueron trasladados al continente americano. El esqueleto del zombi se remonta y se enraíza alrededor de la religión vudú, una de las prácticas religiosas más antiguas de la historia, que acoge elementos rituales de los sistemas animistas y mágicos.

Pero… ¿es el zombi actual el mismo monstruo del mito? En realidad, no.

Zombis nazis... Oh, sí.
¿Zombis nazis…? ¡JA!

La cultura popular dividió al zombi en dos posibles arquetipos: las almas sin cuerpo y los cuerpos sin alma. Los primeros serían espectros similares a un fantasma o una presencia etérea, mientras que los segundos, aquellos que se han consolidado, serían un cuerpo sin alma.

¿Tiene esto algo de real? Soy más que escéptico, obviamente. Sin embargo, el antropólogo canadiense Wade Davis publicó, entre 1985 y 1988, dos libros que presentan el uso de algunas drogas en polvo cuyo principio básico era la tetrodotoxina, o bien el estrasmonio o la datura —¿concreto, eh?—, como la causa de esa “zombificación” (exactamente, estamos hablando de The Serpent and the Rainbow Passage of Darkness: The Ethnobiology of the Haitian Zombie). Sobre lo que se comenta en estas obras, numerosos analistas advierten que la lectura de Davis puede ser superficial y que el coup de poudre, como se supone que se denominaba a esa potente droga, no tiene una base científica fiable, sino que más bien podemos encontrar explicación en distintos desórdenes mentales concretos (por ejemplo, la esquizofrenia o la amnesia).

El padre

George Romero creó a los zombis, él hizo las reglas, dispararles en la cabeza, si te muerden quedas infectado, los muertos regresando a la vida.

Eli Roth (Hostel)

Romero presenta en 1968 una primera propuesta del cine de terror con zombis: La noche de los muertos vivientes, que instauró las bases de todo un subgénero. Cadáveres humanos que asesinan a todo ser vivo que encuentren a su paso y propagan una infección, devolviendo a la vida a sus víctimas.

Asimismo, George A. Romero declaró algo todavía más interesante en una entrevista del año 2007:

No me importa lo que son. No me importa de dónde vinieron. Pueden ser cualquier desastre. Podrían ser un terremoto, un huracán, lo que sea. En mi mente, no representan nada para mí, salvo un cambio global de algún tipo. Y las historias son acerca de cómo la gente responde o no responde a este y eso es realmente todo lo que han representado para mí.

Si centramos nuestro punto de vista en las características con las que cuenta un zombi, no encontramos más que un cascarón con un salvaje y único instinto: devorar. En algunas propuestas, si el monstruo no ingiere carne, su cuerpo se pudre y muere por segunda vez; en otras, simplemente permanece ese instinto, viéndose condenado a una inmortalidad vacua.

Tres anotaciones acerca de zombis sobre las que, quizá, no has pensado demasiado

1. Los zombis no piensan

No están vivos, pero se mueven, actúan, parece quedar algo dentro de ellos y, aun así, es un monstruo imposible de humanizar o con el que empatizar. El concepto más cercano de muerto viviente lo tendríamos en las momias, por ejemplo, en la película clásica La momia (1932), de Boris Karloff; sin embargo, en este caso, el monstruo tenía una misión personal que llevar a cabo, de igual modo que ocurría con su remake de los 90 con Brendan Fraser (La momia, 1999, Stephen Sommers), mientras que los zombis son una especie de eco que sigue afectando dentro del mundo de los vivos.

2. Los zombis comen

Devoran a cualquier ser vivo, por lo que su existencia es totalmente antinómica a la vida (en otras palabras, matan sin necesidad a través de un acto que, por definición, implica supervivencia), e incluso a su «no-vida» pues, al fin y al cabo, la falta de alimento lleva dentro el gen de su propia destrucción. ¿Qué quiero decir con esto? Las historias de zombis no son más que historias de la destrucción de la raza humana —lo que, antes o después, es probable que ocurra, ¿no?—, no hay posibilidad de salvación, no hay posibilidad de cura, no hay respuestas… Aquellos zombis en cuyas historias no se pudren por la falta de la alimento, permanecerán muertos, quietos, sin estímulo alguno que seguir, pues solo existen para destruir.

3. Se reproducen

Se multiplican a través de la muerte. Tras asesinar a otro ser, si queda algo de este, volverá a la vida convertido en otro zombi. De este modo, la idea del zombi es totalmente inversa a la del humano: en vez de reproducirse a través de la vida, lo hace mediante la muerte; arrebatando opciones al resto.

Lectura existencialista del zombi: ¿a qué se debe su éxito?

Solo viviré un poco menos de lo que pensaba.

Es fácil observar cómo su concepción antagónica de todo lo que es ser humano no les exime de mantener una apariencia humana, o humanoide. A priori, son el monstruo más alejado de la naturaleza; no obstante, su falta de una conciencia los convierte en la figura más cercana a la muerte. El concepto del monstruo per se amenaza por sus diferencias fundamentales con el ser humano; en cambio, el zombi afecta directamente a la misma vida. Es el monstruo «menos vivo» (en otras palabras, no mantiene ningún nivel de conciencia ni otros instintos o rasgos de los seres vivos), pero es el que más tiene que ver con la naturaleza en sí, pues funciona de un modo similar a la muerte.

Reunión de zombis bien avenidos.
¿Conoces ese chiste que dice: «Entran treinta y siete zombis en un bar y…«

En otras palabras, la figura del zombi (inconsciencia total, que no inexistencia) opera a unos niveles semejantes al «acto de muerte». De algún modo, es un recordatorio de la misma. El triunfo de series como la saga de cómics The Walking Dead (cuyo videojuego también sigue una línea muy cercana a La noche de los muertos vivientes o El amanecer de los muertos) se debe al profundo existencialismo que nuestra sociedad, de algún modo, intenta ocultar pese a ser  plenamente consciente del mismo.

En un mundo repleto de zombis… absolutamente todos son conscientes de su finitud, pues es el propio entorno quien de forma trágica y desmesurada lo muestra. En esa misma línea, Helix, un thriller de ciencia ficción que se estrenó a principios del 2014 y dirige su trama hacia enfermedades víricas, ponía en boca de una secundaria una pregunta muy simple: «¿No tienes miedo a la muerte?» A lo que una de las protagonistas respondía: «Solo viviré un poco menos de lo que pensaba».

Por todo ello, el zombi no solo es un monstruo que  aterre por su condición, sino que, además, lleva intrínseco un discurso sobre la mortalidad y la inconsciencia que tenemos muy interiorizado en el imaginario colectivo.

La fantasía es un medio para las metáforas […] y dado que estoy atascado en este género, intento buscar nuevas formas de utilizarlo. Para al menos expresar alguna opinión o satirizar cosas y divertirme.

George A. Romero

En una sociedad donde se esconde la idea de muerte que los muertos se levanten provoca un giro de 180 grados, no solo por la amenaza que puedan suponer, sino porque es algo que, como individuos, hemos sido adiestrados para obviar. No queremos saber nada de muertes, no queremos ver a los muertos y, por encima de todo, no queremos estar muertos.

Enlaces relacionados:

Sobre monstruos (I)

Una introducción a la figura del monstruo y su relación con la muerte

A estas alturas, está claro que el monstruo es una de las figuras predominantes de nuestro imaginario. Encierra y domestica nuestros miedos más atávicos, les da forma y los transforma en producto cultural. Así, la oscuridad, el salvajismo o la muerte como conceptos cobran vida y evolucionan a través del arte.

Estos miedos, siempre implícitos en la naturaleza, evolucionan y dan forma a nuevos seres desde la literatura romántica, quien, en su momento, legó en Hollywood innumerables arquetipos que rentabilizar: la maldición de la inmortalidad vampírica, su condena de sangre, su instinto predador; el salvajismo incontrolable del hombre lobo; la búsqueda de la vida eterna a través de la ciencia (el monstruo de Frankenstein) o el mito (momias).

I was working in the lab late one night…

Todos estos ciclos se han ido gestando y rehaciendo durante un siglo: algunos vuelven (vampiros, VAMPIROS, ¡VAMPIROS!) y otros no (¿mujeres pantera?, ¿momias?); primero se busca la cara más salvaje de la naturaleza, luego la más inquietante; a continuación, la interacción del hombre en el curso natural  afecta en mayor medida. Por último, el arte empieza a presentar a los humanos a través de verdaderos matices de luz y oscuridad; esto también atiende a dos fases: una primera y superada hace mucho, que sería la «física» y otra mucho más peligrosa y jugosa: la psicológica. La primera englobaría a los protagonistas de Freaks (Tod Browning, 1931) o a Joseph Merrick, conocido como el Hombre Elefante, mientras que la segunda se podría aplicar a personajes de la talla de Norman Bates o Jigsaw (Saw, 2004), cuyas anomalías son de carácter interno.

"Freaks" o "La parada de los monstruos"
Freaks, de Tod Browning (1931)

Todo ello permite resaltar numerosas aportaciones notablemente interesantes, cuya máxima premisa era que el monstruo era totalmente ajeno a lo humano (vampiros, hombres lobo, la Cosa del Pantano…). Personalmente, establecería tres grados de evolución: el primero, acoge la integración del monstruo como algo natural: es decir, dejaría de ser una momia o un vampiro que no cumple ciertas reglas de verosimilitud dentro de lo fantástico y empezaría a tener cierta relación con nuestro entorno: la Cosa del Pantano, de DC, sería un buen ejemplo; en especial, su origen «vegetal» que puede encontrarse en la etapa de Alan Moore como guionista (véanse las ideas resumidas en Wikipedia). En segundo lugar, esa integración llega a un nivel en el que la fantasía empieza a modificar partes de la naturaleza, o bien a enseñar una parte monstruosa y oculta de la misma: es el periodo de las hormigas gigantes o de animales potencialmente agresivos o peligrosos para el ser humano, en la línea de Them! (Gordon Douglas, 1954). Por último, la tercera etapa del monstruo invierte algo básico: lo monstruoso no es ajeno a lo humano, sino que lo humano también puede ser monstruoso; entonces, nos acercamos a la idea del zombi y, en especial, al asesino en serie como dos sombras de la condición humana. En paralelo, gran parte del género sufre una humanización por el uso y la búsqueda de nuevas vías de explotación del propio concepto del monstruo, momento en el que se empieza a humanizar al monstruo.

Caricatura de Nosferatu, de F.W. Murnau
Caricatura de Nosferatu, de F.W. Murnau

En este punto, tenemos a Bates, Jigsaw, Bateman (American Psycho, 2000), individuos en los que la anomalía debe buscarse en un nivel mental; por el otro, podríamos empezar con Louis du Pointe du Laic (Entrevista con el vampiro, 1994), cuya descripción y humanización puede rastrearse en el inicio de las Crónicas vampíricas de Anne Rice; seguidamente, numerosos vampiros de la serie True Blood (o su primera versión en novela,  The Southern Vampire Mysteries, de Charlaine Harris), entre los cuales destacaría Godric, creador de Eric Northman. Asimismo, el arquetipo queda hecho trizas en productos como Crepúsculo, donde la mezcla parece dotarse de una confusión cuya humanización produce, directamente, un mojón una despersonalización de la figura del vampiro[1].

La principal diferencia entre monstruos como Drácula de Bram Stoker o Nosferatu de Murnau es la imposibilidad de empatía entre el espectador y ellos, lo que se ejemplifica en una visión totalmente foránea incluso en la obra de Stoker. Anne Rice permite que el monstruo tome la palabra, lo que siempre es el primer paso para saber qué quiere decir, mientras que, anteriormente, estas figuras son vistas como detestables, incomprensibles y antinómicas al ser humano.

Así, en un momento en el que el resto de monstruos se han representado hasta extremos de ironía y comicidad, el zombi se plantea como la última frontera y, de algún modo, se asimila con la muerte y la incomprensión manifiesta que la misma arroja.

Ahora, toca hablar de muertos vivientes, que es lo que yo quería.


[1] Este es un tema ampliamente trabajado en Mutaciones posmodernas: del vampiro depredador a la naturalización del monstruo, un ensayo de David Roas que dejo enlazado.