¡Qué sabrán ellos de lo nuestro!

¡Qué sabrán ellos de lo nuestro! Para ellos solo son elefantes, eso piensa Joey Gärtner. Lo hace apoyando la espalda en uno de los tráileres rojos con ventanucos del color de la mostaza; encima de estos, y de su cabeza, unas luces LED parpadean al anochecer: anuncian el Circo Gottani, aunque esta noche no hay función. Joey se sorbe los mocos, apático, se enreda los pelos negros intentando peinarse a la brava, y se pela de frío, rehén de la humedad y la noche. No quiere ir a preparar las cenas, y ver al puto crío llorar, ¡encima el mayor! Esto es así. El circo. A veces, todo se va a la mierda.

Se acerca su mujer, envuelta en el maillot de las exhibiciones. Viene de entrenar en la pista: de hacer acrobacias con el aro que lleva en la mano. A esa, nada le rompe sus rutinas. Saluda con un movimiento hierático de cabeza, bueno, a Joey le parece que esa es la intención, pero ella solo quiere una rápida respuesta.

—¿Ha salido tu hijo Joseph de su cuarto? —pregunta, inquisitiva.

Los ojos negros y duros, de pupila rasgada, de animal salvaje. Siempre lista para lanzarse a morder.

Él exhala el aire, como un gran suspiro.

—No sé. He preferido no entrar a ver.

—Por el amor de Dios, Joey —dice ella—. ¡Solo es un elefante! ¡Te quedan cuatro!

El domador levanta el dedo corazón, insultando en silencio.

—Pues te aconsejo que espabiles. El circo no puede estar sin alguien que controle el número de la doma. Y Denny nos necesita —agrega ella.

Pero él se queda ahí. ¿Acaso tengo que preocuparme del circo ahora? O de los tocapelotas del PACMA. ¡Acabáramos, joder! Lo dijo mi hermano Claudio, y tiene toda la puta razón del mundo: ¡soy el mejor domador de elefantes de toda Europa! ¿Con quién iban a estar mejor que con nosotros? Nadie le responde a Joey, claro que no, y por eso después dejará caer su culo contra la arena de algún pueblo de Albacete, y tendrá ganas de llorar, porque su vida es el circo, porque su amor es el circo, pero hay amores que matan. Y, ayer, le tocó a Diana.

Joey Gartner & Dana (Circo Gottani)
Joey Gartner posando en una fotografía de archivo con la elefanta Diana. © El País

NdA: Este es un relato breve inspirado en el trágico accidente de los elefantes del Circo Gottani. Si quieres apoyar a PACMA por la prohibición de los circos con animales, puedes hacerlo aquí.

Sobre el Circo Gottani:

Como diría nuestro (amado) presidente del Gobierno, todo es ficción salvo alguna cosa. Aquí tenéis la noticia del accidente y la muerte de la elefanta Dana en El País y aquí otra de El Español sobre el grave estado anímico de los otros cuatro que viajaban con ella.

La mayoría de lectores y lectoras de este blog conocéis perfectamente mi ética con respecto a los animales, pero aprovecho para recordar que la doma es una actividad cruel, que implica dolor y sufrimiento físico y psíquico de los animales (incluso con animales troquelados o improntados en su infancia, pues no viven ni vivirán nunca conforme a su naturaleza), y que ningún circo con animales salvajes puede cuidar, defender y ofrecer todo lo que estos fantásticos animales, y otros, necesitan: no apoyes circos con animales; no seas cómplice.

Edito: he visto en otros medios que el nombre de la elefanta era Diana, y no Dana; aprovecho también para enlazar esta entrada de El caballo de NietzscheQue la muerte de la elefanta Diana sea la del circo con animales. 

Bloqueos de escritor

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos.

Marguerite Duras (1914-1996)

Llevo varios días bloqueado (martilleo incesante). Duermo poco, tengo obras en casa —y gente entrando y saliendo, y perros inquietos—, visitas familiares (taladro, ahora martillo neumático, gritos de obreros), y estrés. Supongo que nada ayuda, y el final de las vacaciones tampoco. Además, tengo la manía de forzarme mucho a escribir también, y, en consecuencia, (estúpidos) remordimientos cuando no puedo hacerlo un día (falta agua pa’l cemento). Por eso, ayer, me hizo gracia un decálogo que nos facilitó el profesor de novela en el Laboratori de Lletres y que, ya que no he podido escribir demasiado estos últimos días, dejo aquí transcrito para no olvidar ningún punto (y me voy a pegar un tiro).

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Karra Elejalde en Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997).
  1. Que no cunda el pánico: encontraremos, de nuevo, el camino.
  2. ¿Hemos salido de nuestra zona de confort? Quizá debamos saltar esa escena que se nos hace imposible de escribir y volver más tarde.
  3. ¿Sufrimos estrés por otros motivos? Escribir es emoción, intuición y razón; hay muchos problemas que pueden anular nuestra creatividad.
  4. No exigirnos más de la cuenta: quizá nuestras metas hoy son demasiado altas.
  5. Si no puedes, no puedes. Deja de escribir, lee algo que te inspire, pasea, siéntate a ver una película… Mejor si mantienen una relación temática, sintáctica, lingüística con tu obra.
  6. ¿Remordimientos? ¿Por qué? ¡No te lo tomes tan a pecho: le pasa a todo el mundo!
  7. No tengas nunca vergüenza de lo que escribes o vas a escribir; si te guías por leyes morales o por lo que pensarán o extrapolarán otros de tu obra, no llegarás lejos.
  8. Mantén una disciplina: más vale 30 minutos al día que 6 horas un domingo.
  9. Todos tenemos una voz crítica dentro: está bien, déjala aparte cuando escribes, úsala cuando reescribes. De otro modo, te cargarás la inercia narrativa: no puedes encallarte escena tras escena buscando la perfección.
  10. No nos tomemos demasiado en serio.

Yo he hecho caso, y he empezado a leer Paseos con mi madre de Javier Pérez Andújar. Hostia, qué bueno es.


Aquí un enlace a Intertextualidad y metaliteratura, un artículo de Enrique Vila-Matas sobre Duras.

Tiendas que no venden nada

Hay un lugar mágico en Oklahoma donde vive Harley. Hoy, viudo del amor de su vida, sigue trabajando en el edificio del viejo mercado de carne de Erick, pero no tiene nada para vender. Cuando pasé a verle, me enseñó la tienda, su casa, su perro labrador (Shine) y un bote de marihuana sobre el que me dijo que nada de chivarme, motherfucker. Si vas a verle, y está de buenas, te canta un par de canciones con la guitarra, o te invita a un trago, o te enseña souvenirs de la Ruta 66. En nuestra mentalidad europea, Harley no trabaja; en EEUU será un entertainer o algo así, un icono vivo de la Carretera Madre, o de La Madre de Todas las Carreteras —no hay palabra que enfundarle en español y que encaje bien—; es un animador, alguien que ha hecho de su pasión un modo de vida, y allí eso se respeta mucho más.

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Por Harley, digo yo, me llegó otra solicitud de amistad a mi Facebook. Era un tal Keith Holt, propietario del Apple Valley Hillbilly Garden and Toyland, una gran colección de juguetes de todas las épocas que se puede visitar cerca de Calvert City, en Kentucky. Si vuelvo, me gustaría pasarme a ver qué hay. Si me preguntasen por qué, no creo que tuviera una respuesta, y lo mismo me ocurría con este viaje. Cruzar un país de punta a punta entraña muchos secretos: ciudades, caracteres, costumbres, historia… Pero hasta hace poco no entendí por qué le propuse hacer la Ruta a mi mujer, y no es por el mero hecho de disfrutar conduciendo o de viajar de otro modo —más despacio, más digerible, más real—, sino para comprobar con mis propios ojos que no hay una única forma de hacer las cosas, que, en California, hay un tío que vive en su bosque de botellas de vidrio, que hubo otro que se montó su propia réplica de una gasolinera Sinclair tras jubilarse, y, en definitiva, que siempre habrá una oportunidad en algún tramo del camino.

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Todo eso es lo que uno aprende en las viejas carreteras que oculta la Autopista 40, y aunque cueste de tragar, es jodidamente zen el sentimiento con el que te abofetea diciendo: no hay una forma de hacer las cosas; ser nómada también está dentro de ti; el mundo está lleno de locos que viven su propia locura, y también de oportunidades. Y todo eso, ¿dónde?, solo unas millas más…

A tomar por culo las guerras

De los ejercicios que menos me atraen como escritor, o novelista, o intento de, está la creación de fichas de personajes. Con ayuda de las fichas de personaje creamos personas, y no arquetipos acartonados en los que nadie puede creer. Pero es un por culo. Suele ser bastante aburrido hasta que te enamoras de un personaje (y lo conviertes en persona), y, sobre todo, causa hastío, porque de todo lo que vamos a imaginar, y a crear, solo utilizaremos una milésima parte a lo largo del relato, o de la novela, o de lo que sea.

Aun así, como tenía que preparar una ficha de personaje y un punto de giro para el curso de novela, decidí hacerla de una persona que, para mí, siempre ha sido un personaje, pues jamás lo conocí, y que cuando murió, yo ni tan siquiera había nacido. Mi bisabuelo, en concreto, que combatió en la Guerra de África, y, cuando se caldeó la cosa por la Barcelona que lo acogió desde tierras gallegas, dijo: «a tomar por culo las guerras, a mí no me vuelven a engañar», y se escondió en una buhardilla de febrero del treinta y siete a febrero del treinta y nueve. ¿Y quién se atreve a juzgar a alguien que se pasó toda su juventud más allá de Alhucemas? Luchando por algo en lo que no era posible creer, y descubriendo a la vuelta que la partida estaba trucada, y no había más salida que la que ellos te iban a mostrar, y por la que ellos te iban a hacer combatir, y morir. Pues a tomar por culo, dijo él.


El desván que lleva hasta Alhucemas

Falta menos de un mes para mi cumpleaños. ¿Volveré a celebrarlo desde este desván? El ventanuco de la buhardilla solo ofrece vidas maltrechas que trotan por la calle Nueva. Digo trotan, pues no andan ni pasean: si uno tiene el tiempo para fijarse, lo advierte sin dificultad; ya nadie pasea bajo las bombas. Ante mi faceta de mirón, mi mujer, Isolda, dice que voy a ser el arquitecto de mi propia destrucción: ¡a saber de dónde sacó esa expresión!

Casi siempre escucho las explosiones, y los gritos de la gente que corre hacia los refugios del Paralelo. Esos días quedo petrificado: por mis dos niñas, sobre todo, y porque sé que ese cabrón está un poco más cerca de tomar Cataluña. Lo sé muy bien. Sus ansias de poder ya lo habían hecho teniente coronel en la Guerra de África, ¿o general? No, eso fue tras el desacato. ¿Qué no podrá hacer ese con todo el ejército detrás? El de verdad, digo.

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Concentración de tropas en la playa de Ondarreta con destino a África (San Sebastián/Donostia, País Vasco, 1921).

Todo lo que tengo aquí son unas cuantas fotos y un cuchillo que afilo una y otra vez en mi madriguera. En una de las instantáneas saludo con algunos compañeros del regimiento bajo su mando. Quizá por eso, a fuerza de martirizarme, esta mañana no he podido callarme más:

—Teníamos que habernos ido para arriba: a Francia, por lo menos. Ahora la locura parece estar aquí, en un cuchitril de dos por dos, escondido. Evitando un día al PSUC y otro a la CNT; ¡y así hasta que vengan los sublevados!

Ella se ha ido, a paso ligero, vertiendo lágrimas. Después me he quedado a solas con las náuseas, y la fiebre, y la orina negra. Todo eso que ignoro con el humo de la pipa, mordisqueando la porcelana, intentando recordar las humedades en la pared de la habitación que compartíamos hasta el treinta y siete, el color del gato que esconden las hijas en su cuarto, mi tienda de cuchillos. ¡Qué razón tenían los compañeros!, al menos los moros te acuchillan mirándote a los ojos.

Oigo gritos ahí abajo. Abren la trampilla del desván, no es mi mujer. Aparecen bayonetas, y rifles, y uniformes militares. Pero no son republicanos. Los rebeldes han tomado Barcelona. La guerra está perdida.


NdA: Hace unos días, hablaba sobre la importancia de leer las cosas en su contexto y en su momento de la historia. Por esto, el personaje de este relato breve dice moros, y muy bien dicho, aunque sea racista y hoy no podamos compartir ni respetar (con razón) a alguien que piensa así, y que sabemos que es un xenófobo: hay que saber leer la misma literatura.

Aprovecho esta entrada para comentar que, hasta que termine el borrador de la novela (que está al 90 %, o casi, y yo muy feliz), publicaré entradas cada miércoles o jueves, pero no más, ya que me resulta imposible mantener el ritmo aquí, trabajar y seguir escribiendo más de una entrada semanal en el blog, y la novela es, hoy por hoy, mi prioridad.

¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?

Parece ser que el esquema que han difundido las plataformas organizadoras para la manifestación de mañana ha levantado ampollas. No mentiré aquí, se veía venir, pero las opciones que ha ofrecido el movimiento feminista me parecen muy correctas. Si eres hombre y quieres ayudar, puedes facilitar la incorporación de cualquier mujer que, de otro modo, no podrá asistir: hacer la comida para que tu madre se vaya para el centro, o tu pareja, o cuidar a los hijos de tu hermana, lo que sea.

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Viñeta de Flavita Banana sobre la manifestación de mañana.

Hay muchos supuestos que no todos compartimos: yo no comparto esa locura, a mis ojos, de convertir la paridad de género en paridad lingüística, ni de quitar arcaísmos o vulgarismos de un diccionario porque la actualidad nos dice que nuestros antepasados se equivocaron. Tengo serias dudas sobre si es justo que un hombre que pueda ir a apoyar el feminismo tenga que quedar relegado a un espacio concreto, o que tenga lógica la propuesta de ceder el sueldo del día de ellos a ellas: las huelgas son huelgas, y cuestan lo que cuestan. Pero no perdamos lo que sí es evidente: no se trata de postureo, ni debería tratarse de un día, y esto quizá es lo más importante. Mañana habrá aciertos y habrá errores, pero el objetivo está claro: la lucha por una igualdad real.

Quitémonos de la cabeza que hay que ayudar a empoderar a alguien, coño, que ya se empoderan ellas solitas (y lo hacen de puta madre). Si queremos y podemos ayudar, fantástico; ¿que somos hombres y no queremos? Bueno, en ese caso, nadie nos ha pedido nada, porque esto no va de nosotros, sino de ellas: solo va de nosotros en la medida en la que podemos facilitar la igualdad. Y ¡qué coño!, en todo caso, como mucho de mí, que ya nací feminista de libro un ocho de marzo de hace, mañana, treinta y dos años.


NdA: Para no «contaminar» la columna, que, además, hoy, es bastante breve, no he hablado sobre el tema de la prohibición de Matar a un ruiseñor de Harper Lee (1960) y Las aventuras de Huckelberry Finn (1835) de Mark Twain por contener la palabra nigger, pero me parece un ejemplo «clarisísimo» de corrección política mal aplicada, que, desde mi punto de vista, también se está haciendo con el lenguaje en España con iniciativas por el uso de castellano no sexista con las que no estoy de acuerdo. Aquí más sobre el tema.

Huir de los malos libros

Escribir una novela es agotador: convertir personajes en personas, sostener el interés del lector en la narración, jugar con los indicios, las catálisis y los informantes entre los núcleos. Hay una parte de orfebrería —de reloj bien calibrado— entre esa magia que distingue a un libro de la literatura. Por supuesto literatura es mucho más, y se puede encontrar en cualquier película de John Ford, en un videojuego como Grand Theft Auto, o en una buena novela, como Patria, de Aramburu. Esto es porque la literatura no es la mera expresión mediante palabras, sino, como bien señaló Roland Barthes, un diálogo con nuestro tiempo. Con todos ellos, con nuestro presente, pero también con el pasado compartido como especie y el futuro que imaginamos terminado en «ías». Sean utopías, sean distopías.

Por eso hay una práctica contra la que siempre he luchado y de la que me alegro que haya iniciado un necesario camino de no-retorno: la potestad de huir de los malos libros. La posibilidad de ajusticiar antes de que sean ellos los verdugos. Huir de un libro que no nos gustaba era algo que no entraba en nuestras cabezas. A la mayoría nos educaron creyendo que el saber está en los libros y que todos los libros contienen saber. Dejar a un libro huérfano era, hasta hace poco, una verdadera tragedia: como lector, si empezabas un libro, tenías que acabarlo. Pues una mierda muy grande y muy gorda. No hay mayor mentira que creer que un buen libro debe gustar a todos; y a esta —a esta mentira— le pisa los talones creer que solo hay literatura en los libros y que, estos, por miles y miles de obras maravillosas que existan, se encuentran en un estadio imperturbable, inalcanzable y hasta sacrosanto para los mortales. Somos mucho de aupar como dioses a cosas que no existen siquiera, ¿qué le vamos a hacer?

—¿Usted quema libros?

—Siempre que puedo.

—¿Pero libros importantes? Por ejemplo, ¿usted quemaría el Quijote?

—De los primeros que quemé. De no ser importantes, ¿para qué quemarlos?

—Tiene sentido. Lo tiene.

Quinteto de Buenos Aires (Manuel Sánchez Montalbán, 1997)

Sí hay algo cierto aquí, no obstante, es que sobre gustos no hay nada escrito, pese a que los malos libros, suelen llevar detrás a una comitiva de «odiadores» más homogénea que los buenos. Estos otros, como grandes obras, a menudo gustan al margen del género y hasta la historia, pues nos mueven hacia las grandes inquietudes del ser humano: la identidad, el amor o la muerte. Pero hay una máxima no escrita que grabarse a fuego: los malos libros nos quitan tiempo para los buenos libros, son unos ladrones de la peor calaña. Somos rehenes de una educación que nos obligó y encarceló entre obras que no queríamos leer, y que, si ahora nos molestamos en redescubrir, entendemos que aquel no era el momento, pero también que el profesor que nos tildó de sacrílegos por abandonar un libro en la página cien era un pedazo de cabrón.

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Viñeta de Carvalho. Tatuaje en formato cómic, publicado por Norma Editorial en 2017.

¡Qué reconfortante debe ser quemar un libro!, como hacía el detective Pepe Carvalho en todas sus novelas. Pero Pepinho, como lo llamaba con cariño la puta que también era su amante, quemaba buenos libros, a sabiendas de que la cultura lo había alejado de esa sociedad que le condenaba a vivir entre el barrio chino y lo peor de la ciudad condal. Nosotros empecemos por acoger esa potestad de leer lo que nos salga de los cojones (o los ovarios), y si no nos gusta, quien tenga chimenea y quiera sacrificar un buen encuadernado… pero con cerrar uno y abrir el siguiente debería valer. Además, guardar la prensa sirve a su propósito de puta madre, os lo dice alguien que gusta del fuego hasta con los inviernos lejos.


NdA: Encontré este blog donde el autor ha escaneado un obsequio por la BCN Negra del 2009 donde se recogen todos los libros que Pepe Carvalho quemó en la saga de Manuel Vázquez Montalbán. Por si os hace gracia… ahí van los títulos que alimentaron la chimenea de Carvalho.

Además, estoy muy, muy contento, porque el borrador de mi novela ya acoge la recta final. Eso sí, cuando me la publiquen, no me podré enfadar si a alguien se le ocurre quemarla…

Y esta entrada sobre los malos libros, pues también me inspiró, y creo que debo enlazarla.

Always… Franco

Habrá quien piense que Valtonyc es gilipollas, que Pablo Hásel o La Insurgencia no tienen razón en todo, que hay arte con muy mal gusto en ARCO, o que Marta Sánchez da gana de vomitar entre el oportunismo y la letra de mierda que le ha enfundado al himno de España. Eso se llama libertad de pensamiento, y es la capacidad de disfrutar de cualquier idea, opinión o pensamiento sin limitaciones internas o externas. Eso no existe en España, porque tampoco existe la libertad de expresión, que, según los sistemas jurídicos y las sociedades modernas, encuentra límites solo cuando entra en conflicto con otros derechos fundamentales.

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Always Franco, del artista Eugenio Merino (Madrid, 1975).

En España, no es así; en España, hoy, la libertad de expresión encuentra límites prácticos cuando se dirige hacia uno de los dos grandes canales ideológicos: aquel que no es heredero del franquismo, del españolismo, de la España buena; en el otro, no hay condenas ejemplarizantes de las que dan urticaria. Diría el gran Eugenio: ¿Saben aquell que diu… que entran en el trullo tres raperos mientras salen por detrás todos los vejestorios del Caso Millet? Que viene la rubia que tributa en Miami a dar lecciones de nacionalismo para esconder todas esas manifestaciones de pensionistas —ojo, muchos votantes del Partido Popular y de Ciudadanos que no escarmientan ni escarmentarán, oye, aunque ojalá solo fuesen algunos de estos y no tantos jóvenes dicotómicos también—; la puta gente que cree que el problema lo tiene una tal Anna Gabriel que ha volado a Suiza y se ha cambiado el peinado, y no un país que ha retrocedido cuarenta años y en el que, parafraseando a El Jueves, no se puede decir que los Borbones —o borbones, qué coño, con minúscula que no merecen más— son unos ladrones, ni que el rey emérito se va de putas con nuestro dinero. Lo comentaba el otro día, mucho más cansado con treinta y tantos que cuando eran veintipocos: no es cuestión de banderas, sino de rescates bancarios y de una gran banca que provocó una crisis y no ha tributado por beneficios desde entonces, de gentrificación en las grandes ciudades —como Barcelona, o Madrid, o Palma, o tantas otras—, y de lo que nos han metido por el gaznate, y hasta normalizado, por la fuerza de la costumbre: de las cuotas de autónomos impagables, de los sueldos mínimo de mierda, de las subidas de pensiones que ni subida son y de la vivienda digna, que son las padres, y nunca mejor dicho. En España, nada nuevo bajo el sol: el lobo sigue de ovejero.

Hay que reconocer que saben lo que se hacen, que saben de su verdadero oficio, que no es la política, y nunca lo ha sido, sino desangrar, poco a poco, un país y a sus ciudadanos. Yo me quedo con el tuit que compartía a la media tarde del martes el cantautor Ismael Serrano, decía: «Esto es una locura.» Y lo que ya no dice tanto en cambio: Papá, cuéntame otra vez, esa historia tan bonita, de gendarmes y fascistas… No sé si volverán los flequillos sobre las nuevas frentes, pero el resto cada vez está más cerca. Y para qué recordar, si ya lo estamos viviendo.

Y encima se nos muere Forges, me cago en todo. 

Morir, morimos todos

La hermana de una amiga de mi madre tiene un cáncer muy agresivo en el cerebro. Los oncólogos le han dicho que es operable, aunque no está exento de riesgos. Quizá las posibilidades son cincuenta/cincuenta, o algo mejores. Conozco a esa mujer, pero de lejos; me pareció autosuficiente, alegre y vital: tres rasgos que no siempre se ven en alguien con ochenta y tantos. Cuando le llegó la enfermedad, no obstante, hizo esa pregunta tan recurrente: «¿Por qué a mí?», y lo acompañó de un: «¡Si nunca he tenido ni un dolor de cabeza!» Sorprende, y duele la realidad, y no cuesta tanto como imaginar por qué te coge un cáncer de pulmón fumando cuatro paquetes de tabaco diarios, pero no debería ser así.

El ¿por qué a mí? en relación a la muerte o a la enfermedad tiene muchas respuestas, pero no nos gustan: porque tienes ochenta y dos años, porque todos enfermamos por mil razones, porque tú has vivido una vida larga y hay niños de tres años con cáncer en un pabellón hospitalario, porque la vida es así. No nos gusta pensar en esto. Me fui a hacer un empaste el otro día, y la auxiliar se quejaba a una compañera: «¿Tú te crees? Que dice mi madre que no se va a teñir el pelo, y lo tiene blanco, blanco.» Le he dicho: ‘Mamá, que así pareces una vieja’; y la otra: «¿Y cuántos años tiene?» Respuesta: «Noventa y tres.»

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Iris Apfel (Nueva York, 1921), icono de la moda neoyeorquina que este año cumplirá 97 años.

Nos podemos intentar autoconvencer. Decirnos a nosotros mismos que nos tienen embobaos con la política, las crisis que se suceden una tras otra, la telebasura y el llegar a casa cansados, asqueados del mundo, y no querer pensar. Te coges la prensa, ¿y qué hay que afecte a tu vida?; enciendes la televisión para ver las noticias y tres cuartos. Nos la suda tratar de aprender cómo vivir nuestras vidas, ¡imagínate morir! Pero a veces, hay joyas ocultas por ahí. Yo me topé con una —de cientos, de miles que hay, si buscas— en La Contra de La Vanguardia, donde una madre hablaba de cómo enterró a su hija y superó un cáncer con metástasis en fase 4 como el que se llevó a mi viejo. Se quitó un pecho, se vació el otro, y se dijo: «Voy a luchar», y también: «¡La vida vale más que dos pezones!», y joder sí vale más.

La señora del principio del artículo no quiere operarse. Hay personas, entre las que me incluyo, que no estamos seguros de que el tumor la deje razonar bien, pues el pronóstico para los meses que le quedan es peor que la muerte. Quizá para ella no. En realidad, la cuestión no es esa, y, aquí, tampoco debatir sobre si hay muertes que son mejores que muchas vidas, sino entender que morir, morimos todos, y vivir es más que levantarse y hacer lo que el resto espera de ti.

Stranger Pigs: «Es un lobby.»

El programa de Jordi Évole (Salvados – Stranger Pigs) sobre la industria cárnica ha despertado todo tipo de reacciones: las de quienes ven y las de los que no quieren ver. Y en este gran marco que se abría el domingo pasado surgen miles y miles de opiniones amparadas en el veganismo, el ecologismo tradicional, los modelos alternativos, la ética, las ideologías políticas, o, simplemente, las ideologías. Ha cumplido con el cometido del buen periodismo, que imagino que es lo máximo a lo que aspiraba el de Cornellá; a eso y a no traicionarse, algo por lo que muchos —y, entre ellos, un servidor— lo admiramos.

No considero que tenga mucho sentido hacer otro análisis más del programa. El programa en sí muestra lo que muestra, que es la punta de un gran iceberg, y es pionero en lo que lo es: en mostrar imágenes propias del documental (Cowspiracy, Earthlings, cualquier conferencia sobre carnismo de Melanie Joy o de veganismo e industria alimentaria de Gary Yourofsky) en el prime time televisivo. Puede que yo no sea del todo objetivo por mi ideología, pero creo que Salvados sí intentó serlo: ofreció una vía al diálogo y a la exposición pública, pero los responsables de El Pozo —como parte del lobby porcino— sabe muy bien que es una industria que no puede pervivir en la luz.

A partir de aquí, se han abierto múltiples canales y discusiones: está el bienestarismo de los consumidores más concienciados, que buscan alternativas sin renunciar a la muerte animal, tanto desde la perspectiva social como animal, y también del lado contrario, del lobby, que mantiene los mismos argumentos de siempre: el de las imágenes capciosas u obtenidas sin permisoel de la defensa institucional de un gobierno cómplice, pete quien pete. Es muy ejemplificativo el tuit del chef Ramsay Gordon sobre la lasaña vegana que le enseñaba una fan hace unos días y la broma sobre PETA: no hay duda de que los movimientos por los derechos de los animales están haciendo muchas cosas bien y algunas cosas mal, pero la autocrítica (y la empatía) con la que sí que ha demostrado contar el movimiento, sigue sin estar presente en el resto.

Stranger Pigs ha confirmado los siguientes escenarios:

#1. Cambios éticos en el tejido social

Existe un cambio cognitivo generalizado que no tardará —o no debería— en llegar a la política. Muchos ya no comemos o utilizados animales, otros están verdaderamente interesados por encontrar alternativas más respetuosas con el medio ambiente y con los animales. No es casual la aparición de una nueva certificación de bienestar animal por IRTA y AENOR ni la exclusión de huevos de gallinas enjauladas en el mercado. Tampoco las campañas de Igualdad Animal o de PACMA, a menudo tildadas de bienestaristas, pero que están dando frutos, y lo están haciendo rápido. Aquí se puede encajar la campaña en la que os animo a todos los lectores/as del blog a firmar sobre Los secretos de El Pozo.

Mapache (Borlado)
Escultura-grafiti de un mapache realizada con basura por el artista Artur Bordalo.

#2. Invisibilizar lo que todos pueden ver

Esto nos lleva, sin embargo, a un tema sobre el que la industria es conocedora. Tras películas como Okja, documentales como Matadero y programas en hora punta televisiva, cada vez resultará más difícil ocultar la realidad necesaria que supone alimentar a una población mundial que, en 2100, será de 11,2 mil millones de personas. Toda la industria es consciente de esto, y no solo eso, sabe que no se puede mantener un proceso que nada tiene que ver con cuatro cerdos y dos vacas en una dehesa, sino de explotaciones como la que vimos en el programa de Évole.

#3. Nuevos rumbos y cambios en el mercado

No es casual que las grandes empresas como Google tengan una inversión en alternativas vegetales enorme, y que la carne limpia, como comentaba Ruth Toledano hace un par de días en El caballo de Nietzsche, sea una realidad que casi podemos tocar con las manos. El sufrimiento animal está llegando a su fin, y como ya he comentado en este blog infinidad de veces, lo hará por ciencia y no por ética. ¿Alguien cree que podrá distinguir un filete de ternera «limpia» de uno que han matado en una granja? Quizá el programa y el hashtag del #SalvadosGranjas nos ha enseñado que es bastante difícil de creer: al fin y al cabo, casi nunca sabes ni lo que comes.

#4. Informarse está en nuestras manos

Pero lo peor, sin ninguna duda, es cuánta gente se ha sorprendido por esta verdad que muchísimos activistas y animalistas llevamos muchos años señalando. Hoy, hay documentales, hay libros —incluso uno escrito por un servidor—, hay todo tipo de material gráfico y audiovisual. Hay estudios que demuestran que no hay ningún problema para vivir sin muerte animal, y sin productos de origen animal incluso; hay mil alternativas con productos naturales y procesados. Falta querer abrir los ojos.

Si Stranger Pigs ha servido de algo es para que los cerdos (y sus vidas) dejen de ser extraños para millones de personas, y que estas sepan cómo viven y cómo mueren. Esta semana se ha relativizado, se ha individualizado, se ha minimizado, o devaluado sus vidas, porque son cerdos y casi nos importan más que los trabajadores de la granja (palabras que en boca o letra de pocxs activistas he escuchado o leído), pero lo cierto es que si se mira, se ve, y si nos interesa, gracias a gente maravillosa como Amanda Romero, Lucía Martínez, Ruth Toledano, Concha López, Paula González, Melisa Tuya, Eva San Martín, Tras Los Muros, todo el equipo del Centro de Ética Animal de la UPF, y más, muchos más cada día, y a cada hora, el mañana se va a escribir en verde.

No queremos banderas, ni circo: queremos ser

España es, hoy, quizá muy parecida a la Argentina que describía el gran (actor) Federico Luppi en Martin (Hache): «No es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro: lo que vos dijiste, puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, que es posible, que no es una utopía: es ¡ya!, mañana. Siempre te cagan. Vienen los milicos y se cargan treinta mil tipos o viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que puedes hacer, lo único que puedes pensar es en tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere, se traiciona y se hace mierda, y encima dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. Saben trabajar a largo plazo.” Salvando las distancias, descubres que no hay tantas: hay gilipollas, por todos lados.

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Imagen de archivo de ElDiario.es durante las manifestaciones del 15M en 2012.

Yo nací y crecí en Cataluña: en Barcelona. Tengo mucho de pixapins, y hasta me gusta; me identifico con quien me identifico, que, al final, es con media España, porque mi padre era un charnego que no soltó en toda su vida ni siete palabras en catalán, mi madre es de la ceba, y el resto, mezcla de culturas. En otras palabras, que hay quien se siente más de una bandera que de otra, y gente que se siente de todas, o de ninguna, de tantas que tiene uno aquí por elegir desde su barrio hasta Europa. Pero estos meses de enroque nos han dejado con una sensación agridulce de estancamiento que sabemos que le encanta al Partido Popular —ahí, M. Rajoy bien sabe que el resto se debilita siempre el triple más que ellos—. La realidad es que así como ya no existe la ciudad preolímpica en la que me salieron pelos en las piernas, tampoco existe aquella Cataluña: ahora hay dos Cataluñas, ambas intervenidas por un ciento cincuenta y cinco que mala rima tiene. Una de Arrimadas, otra de Puigdemont, pero ¿y qué? En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos. De que aquí, al margen de empresas que vienen o se van a golpe de BOE y decreto ley, de lazos amarillos, de no nos dejéis solos y del ¡a por ellos!, este país —cualquiera que elijas— ya no es.

En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos.

¿Qué le importa España o Cataluña al grueso de una generación que tiene que mendigar el coche a sus padres ya jubilados, o casi? Una generación para la que los hijos, a los cuarenta por lo menos, si no se nos ha pasado el arroz. ¿Pensionistas del estado o fondos de pensiones? Vamos, no me jodas, con ochocientos euros de sueldo al mes, y alquileres prohibitivos en las grandes ciudades; sin oportunidades de trabajar de lo que nos hicieron estudiar, ¡y a qué precio si lo conseguimos! Esos son los verdaderos problemas de España, y no se curan con banderas ni con más circo. Por eso no podemos conectar con el Partido Popular y, por el camino, hemos perdido la frescura que traía el de Pablo Iglesias. No somos menos populistas que los movimientos latinoamericanos tras los que se han escondido demasiados gobiernos en Madrid, y tampoco se entiende España más allá de estos. ¿Quieres parar la independencia? Vota Ciudadanos. Catalunya, nou estat d’Europa? Junts x Cat, y bla, bla, y blá.

Sería hora de que surgiese (o resurgiese) un movimiento que le recordase a los políticos, y a la misma política, que esta es un medio y no un fin. Que nos importan tres cojones la independencia, o Cataluña, o España en sí misma, que nos importan otros tres el circo en Bruselas, que lo que queremos es poder trabajar y vivir, y que seguimos aspirando a encontrar un sitio donde algún día caernos muertos; que dejen de jugar con nosotros, y con nuestras ilusiones, que Cataluña no está rompiendo España, porque España ya estaba rota, y sigue rota, porque los que hay arriba olvidaron quién los puso ahí, y los que hay abajo olvidaron qué coño tienen que hacer los de arriba. Nos contaminan y nos emboban, haciéndonos creer que el problema es darle un púlpito más alto a Pilar Rahola en TV-3, que JxCat y ERC no se pongan de acuerdo sobre la investidura de Carles Puigdemont, o que el Fondo de Liquidez Autonómica haya sufragado el referéndum. Esos son los problemas de otra generación, de la anterior, y nos importan tres cojones por una razón muy simple: están monopolizando nuestras vidas.