Más allá de urgencias y emergencias

Te pillas un constipado, te quedas en casa todo el fin de semana; o te fastidias, y te vas a trabajar con el moco colgando. Sobre esto, yo no soy muy quejica, excepto con el lagrimeo de los ojos, que es un por culo que pa qué. Otra cosa es una gripe, de esas de treinta y nueve de fiebre que te dejan en cama, o que se extienden durante varios días. Aquí también te jodes, pero con matices. Pensaba yo que los que lo tenían más crudo eran los autónomos, lo confieso: día que no trabajas, día que no cobras; pero, en realidad, esto no es del todo así. Cualquiera que se busque las habichuelas por cuenta propia con cierta proyección de futuro, sabe que, al menos, tiene que aspirar a poder cogerse algún día por enfermedad y algún otro de vacaciones. Más jodido me parece algo en lo que no había pensado hasta ahora: acercarse hasta un ambulatorio a por la baja. Sí, ya: una tontería, ¡y lo era! Pero hace unos años.

Hoy, con una caída en la plantilla sanitaria de un larguísimo 5 % (sí, en serio: y solo los dos últimos años), te topas con varios problemas si te alcanza la gripe de turno. El primero es dónde coño vas. Y tú dirás: «Pues quédate en casa.» Pero habrá que ir a por la típica hoja con la baja, ¿o no? ¿Y a dónde vamos? Opción uno: al ambulatorio, ¿pero y si trabajas en fin de semana?, ¿y si entras antes de que estos abran?, ¿y si haces una de esas jornadas tan típicas de ocho horas que entre las dos horas al mediodía y las idas y las venidas te ocupan la vida entera? Ahí se complica. Entonces, nos tiramos hacia la opción dos: ir a un hospital y entrar a través de urgencias, donde un triaje —lógico en su diagnóstico, pero absurdo en el concepto—, te hará pasar el día entero en una sala de espera, porque, ¡sorpresa!, en realidad no es una urgencia, solo es que te encuentras como el culo y no puedes (ni deberías) ir a trabajar. La tercera opción sería la más lógica: pedir cita y que el médico valore si debe o no darte la baja, pero la media de espera —por lo menos, en Cataluña— andará por los siete días de media debido a la falta de personal sanitario. Entonces, volvemos a la primera opción, vamos al ambulatorio sea como sea, que de lunes a viernes estar está, por lo que te lo montas para ver si toca curro o cama, y te dicen: «Oiga, es que hay que llamar y pedir hora: ¡que’estamos colapsaos!»

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A grandes rasgos, este problema debe llevarse una bestialidad del tiempo de profesionales sanitarios y de pacientes por una mala estructura y gestión, que estoy convencido que tiene la raíz del problema enquistada en los recortes, no cabe duda, pero quizá no sea esto lo que deba preocuparnos más, pues si algo tan idiota como conseguir una baja por gripe para un par de días es una odisea, ¿cuántos vacíos existirán hoy en los protocolos sanitarios de alto riesgo para los pacientes? Porque una cosa es la prioridad, donde el triaje y la profesionalidad del equipo médico destacan, pero otra muy distinta es la falta de efectivos, que dejan vacíos y, a su vez, errores de gravedad, como el que no hace mucho vimos en el 112 mallorquín tras colgar en dos ocasiones a un joven que sufría un colapso pulmonar en plena calle, ¿y cuántas cosas más no advertimos tras habernos acostumbrado al desarme sistemático de la sanidad pública española?

Tras ocho años…

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Fotografía de un pinzón macho (Fringilla coelebs).

Hace unos días, un colega me comentó sobre una iniciativa que empezaba con esas tres palabras. De algún modo, me inspiró para este microrrelato.

Tras ocho años… volvió a ver al pinzón. Lo recordaba asfixiado de color: azul, y naranja, y marrón, y blanco, negro, y polícromo. Sus ojos, en cambio, le arrojaron contra una silueta achaparrada, de colores terrenales —marrón, y ocre, morado, y gris—, que no ardían, ni emprendían el vuelo, sino que le observaban, con apatía y desinterés, a sabiendas de que la luz que ilumina a uno, puede ser un destello cegador para el otro. No te recordaba así en absoluto, dijo, y el pinzón contestó: “Siempre supe que eras gay.”

No es posible perdonarlo todo

Quien más, quien menos conocerá la historia de OJ Simspon: de estrella de la NFL a asesino múltiple. Ahora que se estrena la segunda temporada de American Crime Story (2017-) es un buen momento para resumir la primera: en 1994, Simpson fue acusado del asesinato de su ex mujer y un camarero angelino que se encontraba con ella; si nos ponemos simplistas, el ex jugador de fútbol americano se libró por ser negro, en un periodo donde las heridas infringidas durante los Disturbios de Los Ángeles de 1992 no habían cicatrizado. Pero había otra razón: Juice, apodo por el que le conocían los colegas, también era famoso: vivir en Brentwood y ser millonario obraron maravillas en una defensa difícil donde todo apuntaba, y sigue apuntando, al guilty.

No hace mucho tenía una conversación similar sobre Kevin Spacey, ¿y por qué no?, Woody Allen, y habrá más. Nacía de la necesaria separación entre la vida personal de un artista y su obra: dentro del proceso creativo, hay una batalla constante contra nuestros demonios —históricos, culturales, personales—, y esa guerra no está exenta de intimidad. Escribir, por ejemplo, es desnudar parte de nuestra propia alma, y asumir que otros pueden ver, y verán, al artista en la obra. Tras esto, hay una parte de pudor, y una parte de «me la suda»; fobias, filias y hasta parafilias son imprescindibles para alcanzar esa verdad que da corporeidad a cualquier texto.

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Lo anterior, sin embargo, no es excusa para el mal. OJ Simpson no debería haber burlado al sistema por ser un deportista de élite, negro y famoso, y Kevin Spacey no puede salirse de rositas, si se confirman unos abusos sexuales, solo por ser un actor jodidamente bueno. ¿Tiene esto que afectar a su carrera como actor? Preguntémonos si nos afectaría a nosotros en nuestro trabajo, si se supiese que hemos abusado de un compañero, o de la secretaría, por encontrarnos en una situación de poder frente a él o ella. Aquí no estamos hablando de que Vladimir Nabokov vuelque su insatisfacción vital y su deseo por jovencitas en un libro, sino de que se las folle salvajemente, y que hasta lo haga sin su consentimiento. Son dos cosas muy distintas. Cuando intentamos ocultar, u ocultarnos, estos errores o delitos bajo el resplandor del artista, no solo estamos «quitándole hierro al asunto», sino que, además, convertimos al verdugo en víctima y perpetuamos esa idea de que un famoso no se rige por las mismas reglas que el resto de los mortales.

Morir de éxito: YouTube, talento y vergüenza ajena

YouTube ha sido, desde sus inicios, la mayor plataforma de creadores de contenido audiovisual. Cada minuto se suben 300 horas de contenidos: es decir, la proporción es de 60/1.080.000, y subiendo. Impresionante, ¿no? Por supuesto, para una amplia mayoría, el valor de esos doce días y medio de contenido no es equiparable a una centésima parte de esas mismas horas como espectadores de series de éxito —Juego de Tronos, por ejemplo—, ni de películas o videojuegos. Hay canales de gran calidad en YouTube, pero rodeados de bazofia: y eso no es malo, ¡la basura de un hombre es el tesoro de otro! Quizá a unos les saque una carcajada un vídeo «simplón» sobre el procés, otros encuentran en la plataforma un sitio donde aprender cosas curiosas, forjarse una opinión geopolítica, e incluso habrá quien se lo pase bien viendo cómo juegan y comentan otros, como se maquilla aquella, como hace el capullo este, el otro o el de más allá.

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El vlogger Paul Logan en Aokigahara (prefectura de Yamanashi, Japón).

El talento tiene muchas caras, y habrá quien siga creyendo que el heavy metal no es música, igual que lo pensaron del rock and roll, de Mozart o de Van Gogh. Lo mismo aquí, en YouTube: ¿solo son unos chavalillos y chavalillas moviendo a varios millones de chavalillos y chavalillas? Pues sí, y no. Pero no debería haber ningún problema mientras la plataforma respete la libertad de expresión y los creadores de contenido entiendan la diferencia entre un espacio de difusión y el patio del recreo. Originalidad (o no), talento, vergüenza ajena… estas son algunas de las reacciones convertidas en palabras. Tenemos todo el derecho del mundo a dar nuestra opinión, pero poco hay más democrático que YouTube. Su problema, sin embargo, es una posibilidad que se le ha abierto a Google y que, como hemos podido ratificar, también tenían prevista: morir de éxito es una posibilidad, incluso ahí, por lo que no, no way, ni de puta coña, no dejas que venga la estrellita de turno y te boicotee el sarao.

Tenemos todo el derecho del mundo a dar nuestra opinión, pero poco hay más democrático que YouTube.

Por si no sabéis de qué coño estoy hablando, estoy hablando de Paul Logan, un youtuber norteamericano que, aprovechando la Navidad, se fue de viaje a Japón con sus colegas a grabar su mierda (perdón) nuevo contenido. ¿Cómo definir sus vídeos? Bueno, pues os ahorraré el esfuerzo de verlos: imaginaos a Homer Simpson en el capítulo en el que la familia viaja a Brasil y se pasea por la playa de Copacabana, embutido en una camiseta del Tío Sam comiéndose el mundo y la frase Try and Stop Us (Intentad detenernos). Logan falta al respeto de forma sistemática todo lo que no entiende o no le da la gana de respetar del país y sus ciudadanos, pero ahí es nada. A ver, seamos serios, en televisión se hacen las mismas gilipolleces, la gente se escandaliza un poco, cuando corre la voz, los anunciantes pagan más por la franja horaria del programa, y… ¡pues lo mismo en YouTube! Ahí no se ha inventado nada.

¿Cuál es el problema pues? El problema, como bien había previsto Google, es que el creador de contenidos/vlogger/youtuber puede grabar, editar y subir casi todo lo que le salga del mondongo: tetas no, que son americanos, pero, del resto, hay pocas, poquísimas, prohibiciones. Paul Logan se fue a Aokigahara, el famoso bosque de los suicidios, y grabó a un hombre que se había quitado la vida: con dos cojones, ¿eh?, pero con dos cojonacos: le hizo zoom, se hartó de enfocar y comentar, y, entonces, lo subió y empezó a lucrarse con ello. YouTube dijo que hasta ahí, que eso es pasarse y borró el vídeo; entonces, el chico pidió perdón por todos lados, y como parecía insuficiente, grabó otro vídeo —esta vez, de arrepentimiento—, y, con los cojones como un piano que le caracterizan, lo monetizó: es decir, siguió lucrándose de la polémica.

Lo sé, os habéis quedado igual que yo: atónitos, absortos, que no os cabe ni un alfiler por la retaguardia, vamos, pero es que hay más, porque sería bueno preguntarse si Google/YouTube actuó por ética, o, simplemente, lo hizo para mostrarse políticamente correcto frente a su comunidad: al fin y al cabo, a nadie le ha parecido mal que vuelva a monetizar otros vídeos, y los castigos —expulsarlo de su programa de anuncios premium y cancelar su proyecto cinematográfico vinculado a la entidad— parecen más un intento de contentar a la galería que una verdadera intención de matar a la gallina de los huevos de oro. Y es que tenemos casi la obligación de reflexionar sobre si esta reacción tiene una relación directa con las políticas de uso —algo poco probable— o con el volumen de tráfico y la relevancia del de los cojonacos, que merecía un castigo acorde a su rango. El mensaje es triste y descorazonador, así que espero que los niños rata aún no lo capten.

Nada cae del cielo

Soy consciente: parece que escribo menos, y, en cambio, estoy escribiendo más, mucho más. Y lo parece, porque no todo lo que escribo asoma la cabeza por aquí. Esto es, sencillamente, porque me he dado cuenta de algo que creía saber, y no: hay muchas cosas que siguen sin pasar en Internet. Me refiero a concursos, ofertas  y propuestas editoriales, que no caen del cielo. Hablo de cosas que no son tan rápidas como copiar, pegar y publicar, pero que también son necesarias si quieres pegar un salto hacia otros medios.

Así pues, visto lo visto, que nadie se extrañe que, aquí, sigan partiendo la pana las columnas de opinión, los bichos y los devaneos de un servidor. Sin embargo, hoy no puedo evitar hablaros de la novela de Caos (¡otra vez!), para la que ya lo he encontrado todo (o eso creo), y que me propongo terminar, como mucho, en un par de meses. Esta vez está todo: eje, núcleos narrativos, protagonistas, punto de vista, antagonistas, clímax… Todo. Para ello, tuve que quemar la versión anterior: sin mirar atrás, en la chimenea, a lo bonzo obligado. Le faltaban demasiadas cosas —a ella, y a mí—, pero las va a tener: es una promesa entre mi perro muerto y yo, y voy a cumplirla.

Obviamente, esto me está ocupando gran parte del tiempo que los miércoles, jueves y viernes me reservo para la escritura, pero diría que está bien. Al final, un gran número de lectoras y lectoras de este blog, están aquí por Caos, así que me parece más que justo para ellos, para él, y para mí. ¿Y por qué os cuento todo esto? Supongo que porque soy consciente de que este blog funciona a medio gas desde hace meses —por lo menos, en contraposición a los dos o tres últimos años—, así que hoy, se me ha ocurrido abrir una pequeña ventana a la novela. Lo más gracioso, o no, es que esta vez no se menciona a Caos, sino a Javier, pero si en unos meses este texto echa a volar, entenderéis por qué este fragmento es tan importante para mí, y para él. Palabra.

Por aquí lo dejo: no seáis muy duros, que esto es casi un estriptis sin música.


Fragmento de la novela

A los ocho o nueve encontró un perro abandonado en el barrio. Era una bola de pelo marrón, o así lo recordaba; quizá negra. Su mirada era en marrón, y, esclavo de la mala memoria, no lo invocaba sucio, aunque seguro que lo estuvo. Era la época del fin de los yonquis de los ochenta; ya no había tantas jeringas de jaco por las calles, ni heroinómanos. Quedaban supervivientes de periferia, madres rotas, colegas para los que un canuto seguía siendo un canuto, pero no el primer paso. Eso quedaba. Eran los primeros noventa, donde muchas de las promesas olímpicas a la ciudad todavía tenían que terminar de materializarse; era el principio del fin, de la Barcelona de verdad, de la Barcelona de barrios, y distritos, y pueblos con identidad propia. Aquello era antes de las multinacionales, del todo igual, del sin esencia, del gris, de aquel todo tiempo pasado fue mejor, pero, esta vez, en serio; del campo de fútbol de tierra para los chavales, y los partidos de domingo, del cabrero y las cabras entre edificios; de los huecos y los campos que solo eran huecos y campos, y no bases para bloques de hormigón. Y en esos huecos y esos campos, fue donde Javier y su padre encontraron al perro sin nombre que nunca lo tuvo.

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Cuánto jugó con él aquella tarde. Debió jugar tanto, debió mirar tanto, debió contagiar tanto, o tanta felicidad, que no pudo más que convencer a su viejo, que, entonces, solo debía tener diez o quince años más que él ahora. Debió decir: ¿puedo?; debió encogerse de hombros su padre. Así que fueron hacia casa, y ante una incógnita delante, él y su padre, cruzaron el barrio hacia los pisos naranjas donde vivían, dejando atrás el campo de fútbol, y, a la derecha, tres o cuatro edificios, uno de ellos famoso, el de la fachada con los lavaderos en verde oliva (qué feos, ¡por dios!), por un hombre que se suicidio tirándose del treceavo. ¿Más allá? Nada. Campo, y campo, ¡ah, bueno! Y su colegio, el Pau Casals, que por la pintada de la entrada era un violinista muy famoso del que, en el barrio, nadie, o casi nadie, había oído hablar nunca.

Al llegar a casa, un desvelo tras otro; sus padres, en la cocina, y él por ahí con el perro, marrón o negro, pero con la mirada en marrón, eso seguro, y él, Javier, que sabía que eso no era buena señal, que su madre no iba a querer, así que diría que ni lloró ni se entristeció mucho antes de comer (verdura, encima), sino después, mucho después quizá, cuando creyó comprender dónde había ido ese perro, que no había ido con su familia, ni a una granja, porque no tenía familia, ni la pudo tener, ni había ya granjas, porque se las habían cargado todas para construir pisos que, a su vez, construían infelices que se tiraban de un treceavo.

Luego lloró, lloró mucho, y se le enquistó algo en el pecho por siempre. Su hermano, Carlos, le miraba: chiquitajo aún, rubio, con cara de pillo, menos vergonzoso que él entonces, terriblemente más ya de mayores. Nadie le entendió. No le dijo nada a su padre. Su padre no le dijo nada a él. ¡Qué felices habrían sido ambos con aquel perro marrón! O negro.

Temerarios que (no) circulan de noche por la AP-6

El director general de la DGT, Gregorio Serrano, ha culpado a los conductores irresponsables de la situación de este pasado fin de semana en la AP-6. En sus declaraciones, ha afirmado que todo estaba perfectamente preparado, y que ni la empresa concesionaria avisó de la necesidad de máquinas quitanieves o sacas de sal, ni es su culpa que haya temerarios que decidan circular de noche, sin cadenas y haciendo caso omiso a las informaciones de la nevada excepcional. En definitiva, que aquellos que le preguntan sobre su posible dimisión, que se vayan callando, que él no ha hecho nada mal, y que es un tío muy capaz, coño, por eso puede estar al mando de un operativo «de guardia» mientras asiste al derbi Sevilla-Betis en el Ramón Sánchez-Pizjuán junto al ministro de Interior.

Un gran número de voces han matizado, y mucho, las palabras de Serrano —como la del periodista gallego Rodolfo Irago, y afirman que la DGT solo avisó de restricciones para camiones a primera hora de la tarde, y que, tras el desastre, fue la gente, el pueblo y su solidaridad, quien, en su caso, se pusieron manos a la obra para socorrer a familias enteras con ancianos, niños y bebés que se habían desviado hacia la N-6. En la autopista, sin embargo, la Unidad Militar de Emergencias no pudo descongestionar la vía hasta la salida del sol, en una noche en la que 240 operativos trabajaron alrededor de los hilos de Twitter que avisaban del punto kilométrico donde había coches con gasóleo o espacio libre para compartir calefacción y soportar el frío, el hambre, la sed y la impotencia; vehículos ocupados por ciudadanos que harían bien en sentirse, hoy, huérfanos de estado, y agradecidos destinatarios de la bondad propia y ajena de sus semejantes.

Fotografía de la AP-6 este pasado fin de semana publicada en El Mundo.

Por supuesto, podemos olvidarnos de escuchar como algún miembro del Gobierno entona el mea culpa por la falta de previsión y la nefasta reacción del ejecutivo; ¿qué culpa? El tiempo es el tiempo, dicen, obviando el hecho de que miles y miles de familias han pasado hasta dieciocho horas en una carretera sin mantas, agua ni comida; pero bueno, este es el problema de votar incompetencia y corrupción: que terminamos por legimitar la irresponsabilidad. ¿Dónde estaban los responsables de Fomento e Interior? ¿El director de la DGT? ¿El presidente del gobierno? Y es que cuando, a lo anterior, se une la irresponsabilidad en un escenario de riesgo nos obligan a comprobar, de nuevo,  que estamos solos y que los poderes públicos y el estado tienen otras preocupaciones ajenas al ciudadano. Eso cuando no tenemos que echarnos las manos a la cabeza, y lamentar males mayores.

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El asesino de la katana

La catana o katana es un sable de acero de hoja curva, y, como tal, tras su elaboración en hornos que alcanzan los novecientos grados Celsius, su empleo marcial viaja a través del corte, no de la estocada. José Rabadán no sabía esto, y quizá tampoco lo sepa hoy. Su interés por Oriente estaba sesgado: Bruce Lee, los shuriken (estrellas ninja) y los sables, que él creía espadas. Por eso rompió el arma, atascada contra la cabeza de su padre, que ya dormía por siempre, mientras la sangre brotaba a borbotones empapando la solitaria cama de matrimonio; o de su madre, que moría con la hija, acuchillada por el machete de José en el tórax y en los brazos; ella se había intentado defender, la niña lloraba: no quería morir, y la escenografía señalaba, según los expertos, cómo el traslado de los cuerpos hasta el baño se había hecho imposible.

Detención del asesino de la katana (1999).
Fotograma que muestra la detención de José Rabadán tras su captura en Alicante.

El canal DMAX estrenó el diciembre pasado una suerte de true crime sobre el Asesino de la Katana, y lo peor de todo, es que se comprueba que ni el sobrenombre es acertado. Rabadán abandonó la casa, intentó llegar hasta Barcelona; avisó en dos ocasiones a la policía. Después, se dibuja el perfil del crimen en el suelo y, a su vez, también las acciones que se suceden y algunos elementos del contexto que parece ser que las favorecieron. No tarda en pinchar. En los testimonios, la policía se descubre como un cuerpo destinado a preservar más que a investigar; la prensa busca el titular que pegue el petardazo, el forense advierte de las inconsistencias, y también los psicólogos y la fiscalía. Pero el crimen permuta rápido y acompaña la visión de José Rabadán, el asesino, que nos describe sus motivos, sus errores y, sobre todo, sus sesgos: la espada bajó sola, quería saber cómo sería mi vida sin ellos, yo temía a mi padre, y, también en paráfrasis, ellos me obligaron a estudiar cosas que no me gustaban. Los escasos testimonios de terceros apuntan en otras direcciones: parecía que la víctima en el juicio era él; no se han podido probar muchas de las teorías que la defensa ha presentado o, como se comenta varias veces, no tenemos la seguridad de que esté recuperado.

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Escena final del documental Yo fui un asesino (DMAX, 2017).

Poco a poco, lo entiendes; es morbo disfrazado de true crime. Por eso José Rabadán habla tanto. No es su culpa: claro que no. Si es un psicópata, como señalan algunas voces, no hay mayor refuerzo que la atención de todo un país; tampoco parece achacable al espectador, que no solo es curioso por naturaleza, sino que ni puñetera idea tenía de que iba a asistir a un programa de telerrealidad en el marco de un asesinato triple. ¿Y si no es un enfermo? Si no lo es, si cometió un error, si algo lo empujó a ello, sigue habiendo millones de personas detrás que lo miran, y escuchan, y atienden a sus palabras; no hay mayor consuelo que este: definir una nueva realidad. Pero el programa pifia, porque no se explica, o, por lo menos, no se explica bien. Se nos conduce hasta dos datos terribles: seis años de prisión por la muerte de tres personas, una investigación deficitaria y pobre —por lo menos, escasa en recursos— y un final que casi roza el happy-end, el reinicio, la vuelta a empezar, en dos horas de metraje que parecen olvidar que tenían una obligación moral con el verdugo, pero también con las víctimas.


El documental Yo fui un asesino puede verse en la plataforma DPlay en línea.

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Black Mirror: nueva temporada; pocas sorpresas

Contiene spoilers de los capítulos.

El 29 de diciembre, Netflix liberó los seis episodios de la cuarta temporada de Black Mirror. Yo había prometido escribir un tercer artículo (o cuarto, ya ni recuerdo) sobre las cuestiones morales que flotaban —o te arreaban un bofetón— en los dos últimos capítulos de la tercera temporada, y lo retrasé, y retrasé, y ¡catapum! Cuarta temporada. A las pocas horas, miles de opiniones por todas partes; a los pocos días, llegan los artículos, los análisis y las columnas de opinión; palabras en prensa en busca del trending, de la viralidad, de esas cosas que ya siempre va a necesitar el medio digital.

Alberto Rey es una de esas figuras que ha escrito cuatro líneas en El Mundo. No muy tarde. Le pagan por columna, de un modo u otro, y sabe que aquí primero es mejor que segundo; por lo menos, en relevancia, comentarios, estadísticas; en definitiva, en redes sociales. Por eso yo llego rápido hasta él, y leo: «A medida que Charlie Brooker entrega episodios de ‘Black Mirror’ cae su valoración en el voluble mercado de la opinión televisiva. Una mezcla del clásico (e injusto) «tú antes molabas» y la lógica pérdida del factor sorpresa. No es tanto una merma de calidad del producto como un cambio del mercado y el espectador.»

Y una mierda.

Así que aquí empiezo yo, que también descubrí Black Mirror antes de que fuese tendencia. Pero primero una opinión rápida, en ráfaga, certera o no. Hay dos o tres capítulos que se salvan: Arkangel, que ya no sorprende, y Black Museum, que juega en exceso con la nostalgia del espectador fiel. ¿USS Callister? Es original, pero se pierde en el buenismo. Cocodrilo… No trasciende. Cabeza de metal, falla en el fondo y hasta en la forma. ¿Y Hang the DJ? Pues a mi me encantó, a través de la lectura que yo hago de un capítulo algo confuso. Hasta aquí, ahora de uno en uno.

4×01 USS Callister

En cariñoso homenaje a Star Trek, USS Callister podría haber sido una joya, porque habla de las grandes cuestiones de la naturaleza humana: identidad, sufrimiento, muerte… Si alguien hiciese una copia idéntica de ti, ¿serías tú o sería otra persona? Es todo lo contrario a la Paradoja de Teseo (¿cuándo al reemplazar todas las partes de un objeto deja de ser ese objeto?), y, en realidad, está intrínsecamente ligado a la misma, puesto que Robert Daly reemplaza completamente todas y cada uno de los átomos que forman a cada uno de sus prisioneros y los vuelca en una versión digital de ellos mismos. En este mundo, que también tiene algunos elementos de dos episodios míticos de Star Trek (La colección de fieras El escudero de Gothos) que ya se parodiaron en Futurama, Robert ha duplicado a personas de su vida diaria y las ha introducido en un mundo virtual con reglas propias.

USS-Callister (4x01)

Aquí se generan preguntas verdaderamente interesantes: ¿es la copia una extensión de la identidad del original?, ¿hasta qué punto siente y es moralmente reprobable comportarse mal con estas últimas?, ¿es real el sufrimiento en ese mundo o es acaso menos real que en el primer nivel de realidad? De cualquier modo, es una locura ontológica, y también antológica, en la que yo diría que, si las copias son tan exactas como los originales, el sufrimiento que pueden padecer será igual o mayor incluso, puesto que, en este otro mundo, las copias saben que son prisioneras de un demiurgo maligno similar al que podía imaginar Descartes, que no se limita a engañarnos (duda metódica), sino que se presenta y nos tortura; a menudo, y, sobre todo, en un inicio, por cuestiones que no tienen una relación directa con nuestra comportamiento como segundo individuo, sino con las acciones del individuo original. Podría ir mucho más allá (¿tienen los originales una responsabilidad ética frente a sus copias?, por ejemplo), pero no lo haré. Por el contrario, sí agrego que el capítulo podía haber mejorado mucho de dos formas: primero, consiguiendo que alguno de los individuos del mundo real comprendiese el comportamiento de Robert en su mundo «no tan ficticio» (quizá así las consecuencias de sus acciones no parecerían tan inverosímiles), y, segundo, ahorrándonos la carga de buenismo final, donde Daly es castigado hasta niveles que nos cuesta deducir (¿la versión se actualiza y Robert Daly queda atrapado en el parche anterior?, muy rebuscado) y donde los clones, si bien no son liberados, acceden a una cárcel de dimensiones galácticas.

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Un gran planteamiento, y ahí queda. El problema que tiene Arkangel, además de una tecnología muy parecida a la de Toda tu historia (1×03), que más tarde entendemos (Black Museum, 4×06), es una falta total de conflicto fuera del ámbito familiar. No sorprende porque la tecnología que se presenta ya la conocíamos, pero también por el hecho de que el mismo conflicto tampoco es nuevo, y puede relacionarse más o menos rápido con el capítulo que menciono. Si Sara hubiese tenido problemas en el desarrollo, quizá ahí podríamos hablar de un cabo al que agarrarnos, pero la hija de Marie solo es rara, y solo es rara de niña; después, su madre desactiva el filtro, y esta consigue crecer con relativa normalidad (por cierto, esto es poco verosímil por razones puramente psicológicas) hasta la edad del pavo. En realidad, el uso del dispositivo se limita a poco más que a una cámara espía con la que conseguir ver cómo su hija se droga por primera vez, folla y se enamora de un amigo. Sí, la sobreprotección consigue el efecto contrario, como casi siempre, y hasta aquí; pero hay un gran acierto: Arkangel consigue mostrar que el problema, en última instancia, no lo tenía Sara, la hija, sino Marie, su madre, quien desde el nacimiento de la primera no ha aprendido cómo vivir sin esa dependencia que destruye la principal herramienta con la que se relaciona con su hija.

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4×03 Cocodrilo

Cocodrilo es ágil en su planteamiento: se produce un accidente, una pareja decide deshacerse de un cadáver y el tiempo pasa. Quince años después, el artífice del suceso desea reabrir viejas heridas, y, entonces, todo se complica. Otro capítulo que juega con la identidad y el sentimiento: ¿quién es Mia? ¿Una madre y una arquitecto que no quiere que su vida se desmorone o una asesina a sangre fría? ¿Nos define lo que hicimos en el pasado o también las decisiones que tomamos en cada momento? Estas son las dos preguntas básicas que nos pueden guiar por este mundo.

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Cocodrilo es, probablemente, uno de los capítulos más siniestros de todo Black Mirror (¿quién podría matar a un bebé ciego?), y, sin embargo, el uso positivo de las nuevas tecnologías está presente a lo largo de todo su desarrollo. ¡Ah! No está mal, pero ni sorprende, ni convence; quizá por la ausencia de ese cambio palpable que nos mueve de una veinteañera histérica que se ve sobrepasada por la situación a una psicópata capaz de todo. ¿Será la falta de castigo lo que la cambió o solo faltaba motivación suficiente? No lo sabemos. Y tampoco se explica: apenas se entrevé.

4×04 Cuelguen al DJ

Quizá no soy objetivo, pero este es el capítulo que más me ha transmitido: con más chicha que Arkangel, menos exigente que Black Museum —que lo es, y a distintos niveles—. Empieza así: en el Sistema Amurallado ya no tienes por qué conocer gente, tener citas vacías o comerte el tarro pensando si encontrarás a tu media naranja: el sistema te empareja constantemente con otras personas hasta que, tras dos, diez o doscientas relaciones, encuentra a tu pareja ideal. ¿El problema? El problema es que Frank y Amy se gustan desde el principio, se caen bien, encajan, y el sistema dicta que su relación durará solo doce horas. Doce. A partir de aquí, Cuelguen al DJ explora las relaciones posteriores de ambos y cómo hay algo que no encaja en este mundo. Más adelante, su Tutora, el cachivache digital que les asesora, vuelve a emparejarles, pero recelosos del tiempo que les ofrece esta vez, deciden no descubrir la cuenta atrás presente en toda relación de aprendizaje que les ha asignado.

El planteamiento recuerda, en líneas generales, a San Junípero (3×04): un amor imposible condenado a terminar, y ofrece un giro de ciento ochenta grados cuando los protagonistas comprenden que el programa de citas es la verdadera prueba: si tienen que vivir en el Sistema, mejor escapar donde puedan estar juntos; y si Amy tiene razón, así es como realmente podrán conseguirlo. Pero no. Al escaparel capítulo nos muestra como todo eran versiones del algoritmo de citas del programa que utilizan ambos en el mundo real, y que, en el 99,98 % de las veces ha demostrado que son compatibles. En un bar, mientras suena Panic de The Smiths, Frank ve a Amy de lejos, y Amy a Frank, y nosotros quedamos estupefactos al comprobar que toda la historia que hemos presenciado solo era un cálculo más del programa de citas que los dos utilizan en su smartphone.

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Como es habitual, Black Mirror vuelve a jugar con los niveles de realidad, así como con nuestra percepción de los mismos. ¿Es falso todo eso que hemos visto porque no ocurre en nuestro mundo?, ¿tienen valor esas relaciones y esos mundos creados en la Nube?, ¿hasta qué punto podemos amar, sentir o vivir como hasta ahora en un mundo donde son Tinder o Siri los encargados de hacer que nos conozcamos y reconozcamos? Complicado, sin duda. En mi opinión, le falta algo de innovación, que ya es difícil encontrar en esta cuarta temporada, y un desenlace menos abrupto, o, por lo menos, más digerible tras tanta metafísica.

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Horrible. Atroz. Y no merece ser Black Mirror. El peor capítulo de toda la serie con muchísima diferencia. No obstante, para que se entienda que no es una crítica bestial sin fundamento y, entendiendo que cualquiera que esté leyendo esto ha visto los episodios o no le preocupan los spoilers, ahí va la sinopsis argumental: unos supervivientes/carroñeros intentan robar en un almacén algo para un tal Graham, que está muy enfermo, y se ven sorprendidos por un robot que los ataca y asesina; la única superviviente escapa y consigue refugiarse en una casa, armarse con una escopeta y destruir a la máquina que la persigue, pero, al morir, esta explota incrustando en su rostro y en su cuello rastreadores para que otros robots la encuentren. En el almacén, la cámara nos enseña que fueron a por un oso de peluche, por lo que se entiende que el enfermo era un niño que quería un juguete y que el mundo está hecho una mierda.

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Vale. ¿Y? No nos importa qué coño era el Mcguffin porque ya no hay conflicto, y lo peor es que, en Cabeza de metal, nunca lo ha habido. Por contexto se presupone que el mundo es una distopía, pero no sabemos ni qué ha pasado, ni qué está ocurriendo ni qué propósito tiene la protagonista, ¡porque no lo tiene! Los americanos que son tan y tan buenos en plantear historias y meternos dentro de ellas rápido, aquí la pifian: no hay trama, no hay presentación, y no hay conflicto más allá de la mera supervivencia típica de las películas de zombis. Para terminar de cagarla, el capítulo se presenta en blanco y negro sin un fundamento lógico; vale, quizá el nivel de detalle de las expresiones y sensaciones de los personajes transmite mejor así, y, de paso, se aleja del gore típico de las películas de terror o los thrillers, pero me importa un bledo —como si es un universo alternativo, o un espacio digital monocromo—, porque no hay historia. De filosofía, moralidad y similares, ni hablamos; es un capítulo estilo Rick Grimes y compañía, pero de los más malos que se te ocurran.

4×06 Black Museum

Por último, el episodio con el que se cierra la temporada es original, diferente y arriesgado, pero funciona. Rolo Haynes es el propietario del Museo Negro, un espacio donde se exhiben extraños objetos de vanguardia con una espantosa historia detrás. Al museo llega Nish en su coche eléctrico, y al comprobar que este necesita tres horas para cargar la batería, decide hacer un tour por el espectáculo circense. Con este planteamiento se nos explican tres historias relacionadas con el pasado de Rolo: el implante neurológico del Dr. Peter Dawson, el oso de peluche donde está atrapada la conciencia de Carrie y el holograma de Clayton Leigh, condenado a sufrir la silla eléctrica una vez, y otra, y otra más, por toda la eternidad.

Sin duda es el episodio más complejo de toda la temporada, tanto en la trama como en la escenografía, que recoge alusiones (huevos de pascua o easter eggs, en inglés) de todos los capítulos de la serie y que, de nuevo, sirve para comprender que muchas de las historias conviven dentro de un mismo universo —o podrían hacerlo—. Las tramas siguen hablando de la identidad, y de cómo esta puede pervertirse mediante el mal uso de la tecnología. Black Museum retoma el discurso del individuo y el yo, y de cómo este puede alterarse y descontrolarse a medida que creamos y superponemos capas de realidad, así como las implicaciones éticas y los sesgos cognitivos que estos pueden causar —hay que tenerlos cuadrados para convencerse de que es buena idea meterte a tu novia en la cabeza, así como  a tu ex en un osito de peluche— como el resto de personajes que se mueven entorno a Carrie en su historia o la ausencia de un proceso legal que prevea la mayoría de los casos en los que Rolo se ve envuelto durante su época como reclutador de investigación neurológica: ¿qué importa más?, ¿el individuo o el avance científico? La respuesta parece obvia.

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Con toda probabilidad, el desenlace de Nish y Rolo es la mayor vuelta de tuerca que encontramos en estos seis episodios, o casi, y, a su vez, se encuentra perfectamente hilada tanto con la última historia, como es lógico, como con las anteriores: el oso de peluche en el coche, la identidad de Nish, el museo en llamas, la justicia poética que se le inflige a Rolo… Como pequeña contrapartida, lo adelanté al inicio del artículo: parece difícil creer que todas estas historias se puedan desarrollar en una misma línea temporal; esperemos que este caramelo que se nos lanza a los espectadores, no se vuelva contra la serie.

En definitiva, la cuarta temporada se cierra con dos conceptos que están mucho más cerca de nosotros de lo que podríamos imaginar: conciencia digital e identidad virtual llevadas, a menudo, a los extremos más espantosos y distópicos que se nos pudieran ocurrir, pero solo en el marco de la falta de probabilidad, no de la imposibilidad. Asusta un poco, ¿eh?


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¡Feliz 2018, por cierto!

Llorar por las cosas

Hay una tendencia en alza: cuando detectamos titulares machistas o racistas en la prensa, los denunciamos. El porqué es muy simple: el lenguaje construye realidades. No es lo mismo decir Muere un vecino de Brión que se prendió fuego en su vehículo con su mujer dentroque Un cabronazo intenta asesinar a su mujer encerrándola en el coche y, de paso, se suicida.

Con los animales de compañía, está ocurriendo lo mismo. Cada día somos más conscientes de que no están ahí para hacernos compañía, de que no son un juguete, ni una cosa. Los animales son animales, y, al margen de todo lo que nos queda por aprender, empezamos a comprender que sienten, padecen y merecen un respeto que, en todas partes, y también en España, les llega tarde. Así, en nuestro día a día, nos toca desaprender:  ni dueño ni propietario quizá, aunque se diga, ¿animal de compañía? ¿o de familia?, y, sobre todo, ¿cosa?, nunca más: en todo caso, ser. Pero mejor amigo o compañero.

Llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.

Dana (riendo)
¿Cosas? ¡De cosas nada!

A grandes rasgos, esas son dos realidades que encontramos en el lenguaje, y que están cambiando aquella que nos envuelve: las víctimas no mueren, sino que son asesinadas; los animales de compañía no pueden seguir siendo cosas, pues son parte fundamental de nuestra sociedad. Por supuesto, aquí se abre una grieta que aterra: ¿cómo seguir haciendo negocio con animales que no son cosas? Y, sobre todo, como señalaba con acierto Melisa Tuya el pasado martes: preocupa a muchos que perros y gatos seáis los embajadores de otros animales igualmente únicos, que también sienten, pero que nos pillan lejos, en macrogranjas y dehesas por ejemplo.

Para un cambio real, y una respuesta mayoritaria, todavía queda mucho camino por andar. Eso sí, cada cual deberá ahondar en su propia conciencia en busca de aquella realidad, y lenguaje, que mejor le deje dormir: por mi parte, llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.


* El Correo Gallego parece que omitió la presencia de la mujer o modificó el titular de la versión digital a posteriori.

Manuales de escritura

Este año lo despido enfrascado en un curso de novela; lo despido, y así comenzaré el siguiente. Si no recuerdo mal, confesé que el salto entre el relato y la novela me había jugado una mala pasada, y, en mis jornadas de escritura, parece que lo estoy empezando a subsanar. Claro, uno no es objetivo, pero alrededor —en casa, amiguetes, colegas y en los talleres de escritura— lo confirman. Así, de golpe y porrazo, se me ocurren cuatro grandes razones:

  1. Ilusión/diversión, que parece una soberana tontería, pero es como la gasolina: te pegas un chispazo y, ¡cagüentó!, qué forma de pegar un buen esprint.
  2. Encontrar un espacio para la crítica; o llámalo evaluación y corrección, que no siempre se tiene a mano y, cuando se tiene, a unos les puede el ego y a los otros la moderación.
  3. Saber qué leer, y leerlo (y hacerlo bien), y seguir empapándote y descubriendo nuevos autores, estilos, historias… Y esto se resume en una cita brutal de Stephen King que dice así: «Si no tienes el tiempo para leer, no tienes el tiempo o las herramientas para escribir.»
  4. Descubrir los manuales de escritura, y… ¡Agh!, ¡ya vale! ¡Dejadme! ¡Que no, joé, que no me he vuelto loco!

Comprendo la aversión frente a los manuales de escritura: soy el primero que cree que a escribir se aprende escribiendo (y leyendo), pero, tras agenciarme tres o cuatro (y hojearme en profundidad otros diez o doce), me he dado cuenta de que muchos de los típicos errores de narración son mucho más fáciles de comprender y, por lo tanto, de corregir con un par de estos textos cerca. Dicho esto, cada cual sabrá si le motiva la idea, o le parece una pérdida de tiempo, pero ahí va esta entrada con recomendaciones por si algún (intento de) escritor o escritora como yo se anima a darles una oportunidad.

Hace un tiempo, encontré un artículo (Los mejores manuales de escritura) sobre este tema en el blog del escritor argentino Alejandro Soifer, por si os sirve, pero la mayoría de los mismos están en inglés, habiendo «bastante» buena bibliografía en castellano. Por mi parte, la mayoría de los títulos los he sacado de las clases que estoy cursando en el Laboratori de Lletres:

Manuales de escritura en español

#1. Escribir. Manual de técnicas narrativas (Enrique Páez, 2005)

Es un manual centrado en cuento y novela, pero vale la pena porque es justo lo que no te imaginas cuando piensas en un manual de escritura. En serio. Muy ameno de leer y de fácil relectura; tiene sugerencias y ejercicios prácticos a los que, personalmente, no les he hecho ni puñetero caso, pero, en la distancia, parecen bien pensados.

Cómo no escribir una novela (Paidós)
¿Qué clase de MONSTRUO ha diseñado esta portada?

#2. Cómo no escribir una novela. 200 errores clásicos y cómo evitarlo (H. Mittelmark, y S. Newman, 2010)

Vale, la portada de la edición de Seix Barral es de lo peorcito (¿¡por qué coj*** quieren matar a ese gatito?!). Dicho esto, me pareció una idea brutal recoger y explicar las típicas pifias al escribir una novela: tópicos, argumentos mal planteados, realismo frente a verosimilitud… ¿Lo mejor? Que te echas unas risas y lo asimilas el doble de rápido.

#3. Libros peligrosos (Juan Tallón, 2014)

Tallón mola. Cómprate el puñetero manual.

Vale, alguna razón objetiva. Vamos a ver… Primero, vuelve a ser humor (bueno, casi siempre ironía); segundo, se dedica a diseccionar obras de la literatura universal (si no crees que te las vayas a leer todas, quizá puedas aprovechar los análisis que él hace); tercero, encontrarás cientos de textos comentados/evaluados en menos de 300 páginas.

#4. Los mecanismos de la ficción (James Wood, 2016)

Un manual reciente que todavía no he leído, por lo que no puedo recomendarlo. Para quien no lo conozco, Wood es una eminencia en lo que se refiere a crítica literaria, pero en sus obras más teóricas se ha criticado, en numerosas ocasiones, su prosa vaga y metafórica (aquí un ejemplo). Ahí va la sinopsis: «Uno de los críticos más destacados y elegantes de nuestro tiempo analiza la maquinaria de contar historias para plantearse algunas preguntas fundamentales: ¿Qué queremos decir cuando decimos que «conocemos» a un personaje de ficción? ¿Qué detalles son reveladores? ¿Cuándo funciona una metáfora? ¿Es el realismo realista? ¿Por qué algunas convenciones literarias quedan obsoletas mientras que otras se mantienen frescas?»

#5. Mientras escribo (Stephen King, 2016)

Vaya por delante: ni este ni los otros dos títulos que citaré a continuación son, técnicamente, manuales (¿no tienes bastante con los cuatro anteriores para empezar?). En lo que se refiere al autor de It (1986), leí por ahí que él era muy consciente de que una obra así se vería como si la puta del pueblo quisiera enseñar modales a la gente decente. Bueno, seguro que esa señorita podría enseñar un par de cosas sobre la decencia a cualquier mujer, y en lo que se refiere a King, lo borda. Sin embargo, ha habido muchas críticas sobre este libro, que no pretende ser un manual, pero mucha gente así lo cree; en cualquier caso, no difiere de aquel segmento del público que cree que va a encontrar la fórmula mágica del escritor en un único texto.

#6. Cómo se cuenta un cuento (Gabriel García Márquez, 2003)

En la misma línea que King, aunque mejor considerado por ser quien es. Gabriel García Márquez habla sobre el oficio y sobre aquellas claves básicas en la construcción de una historia. Lo tengo a medias, y, por ahora, solo diré que las divagaciones sobre el proceso creativo no me han terminado de atrapar. ¿Vale la pena? Sí, pero, aquí, me quedo con King.

#7.  Clases de literatura (Julio Cortázar, 2016)

Se trata de una obra que recoge las transcripciones de algunas de las clases de literatura que el escritor dio en Berkeley (California, EEUU) en 1980. El texto trata cuestiones en las que Cortázar era experto (cuento realista y fantástico, fatalidad…), así como otras con las que suele ser difícil de trabajar: humor, erotismo o ritmo y musicalidad del texto.

Otros manuales de escritura en español

Hace poco me facilitaron una lista bastante más extensa, por lo que la comparto aquí algunos títulos más para todos aquellos a quienes les pueda interesar. Estos últimos también son manuales teóricos, existiendo otros cientos o miles, con una importantísima diferencia con los aquí señalados: estos están escritos por autores consagrados y que, en su mayoría, viven o han vivido de la escritura, lo cual no es decir poco.