El respeto como obligación política

En la era de lo políticamente correcto, parece ser que todo va sobre el respeto: respetar a quien es diferente; respetar las reglas del juego democrático; respetar a aquellos que no piensan como nosotros… Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad. Esta paradoja tiene nombre: sesgo endogrupal, y explica por qué nos resulta más sencillo aceptar las premisas de aquellos que más se parecen a nosotros, comparten nuestro modo de vida o votan al mismo candidato político. Pero pedir respeto desde la intolerancia carga en su sino con el peligroso germen del totalitarismo: si no podemos escuchar al prójimo, ni este hará el esfuerzo de atender a nuestras palabras, ni podremos avanzar como sociedad. Ya lo dijo Churchill: «Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar», y esto último es imprescindible entre compañeros de armas y también entre adversarios.

Resulta evidente, pues, que el único modo de confrontar ideas en busca de un beneficio mutuo de las partes es a través del diálogo, que todo lo soporta menos la fuerza y la imposición, y que es justo lo que enseñamos a nuestros hijos, como lamentaba el humorista Berto Romero en el último late night de Buenafuente, porque deberíamos avergonzarnos de, ni respetarlo, ni cumplirlo en la adultez. Quizá, entonces, la respuesta deba hallarse en los niños que fuimos, como expresaba hace más de setenta años el escritor Antoine de Sant-Exupéry en El Principito.

Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad.

Sobre esta realidad no importa que hablemos de ciudadanos que exigen más derechos para sus animales de compañía sin cumplir con sus obligaciones —una cuestión en la que, poco a poco, hemos vencido y convencido—, aquellos que demandan al consistorio una ciudad más limpia a la par que siembran de colillas cualquier esquina que transitan o de políticos que son votados para hablar entre ellos por y para los ciudadanos y se atascan las orejas de la verborrea que mana de sus bocas.

Por lo tanto, es lógico creer que el respeto requiere de empatía, y este, a su vez, es imprescindible para alcanzar nuestros objetivos éticos, políticos y sociales como comunidad. Sobra decir, no obstante, que, como cualquier otro concepto en el que la subjetividad y la emoción nos guían, este supondrá una significación distinta para cada persona, y para muestra tenemos Internet, donde una amplia mayoría considera que la libertad de expresión acoge chistes de mal gusto sobre Irene Villa o memes de Mariano Rajoy y de cualquier otra figura política y, otros tantos, considerarán que tales acciones deberían quedar encerradas en el pensamiento.

Concentración por los Jordis (Barcelona, 17/10/17)
Fotografía de la concentración a favor de la liberación de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que gran parte de la sociedad catalana ha definido como los dos primeros presos políticos del movimiento independentista.

Sobre lo que nadie debería dudar, sin embargo, es que el respeto debe ejercerse de forma activa y no pasiva como estamos acostumbrados a creer. El proceso político-social catalán es, muy probablemente, el ejemplo más interesante de los últimos años: no solo se trata de que la clase política y, posteriormente, los agentes sociales se hayan saltado a la torera la legalidad vigente, sino que existe en las entrañas del «procés» una ignominiosa falta de respeto desde el gobierno central, que como un padre autoritario y con las leyes en la mano ni tan siquiera se ha levantado del butacón o ha intentado hacer el mínimo esfuerzo: escuchar lo que se tenía que decir e interesarse por ello.

Muy probablemente este no sea el lugar y no contamos con el espacio para desgajar la cuestión hasta el fondo, pero habría que preguntarse cuál de las dos supone una mayor falta de respeto y por qué. Si bien es cierto que este tema nos sirve para comprobar que no hay causa que no deba ser respetada siempre que sus argumentos cuenten con los dos valores fundamentales con los que empezaba esta tribuna: tolerancia y respeto. El por qué lo expresó a las mil maravillas el filósofo austro-británico Karl Popper: «Si extendemos la tolerancia a aquellos que son abiertamente intolerantes, los tolerantes serán destruidos; por ello, cualquier movimiento que predique la intolerancia debería estar fuera de la ley.» Con esta mochila a cuestas, quizá sea momento de volver a evaluar muchas situaciones del panorama social y político de nuestro país, ¿no creéis?

 

El perro fiel

El perro fiel es el trigésimo primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El profesor Eisaburō Ueno alcanzó la estación de Shibuya cuando el embarque de pasajeros había cerrado sus puertas. «Qué lástima», dijo, buscando complicidad en los ojos grises de un funcionario entresudado. Este observó el tren, atestado de rostros doloridos que se abandonaban a sus rutinas, y suspiró. Ueno se sentó en un banco de la estación y cargó de tabaco otra pipa. Su perro le observó circunspecto, si es que tal adjetivo alcanza la inteligencia canina, y se estiró en el suelo junto a su dueño. La estación volvió a restallar de personas apresuradas sin verdadera prisa que se agolpaban en el andén impulsadas por la obligación. El can se incorporó empujándose con sus patas delanteras sobre sí mismo, prevenido ante los viajeros acelerados que se precipitaban contra las puertas. El profesor, ya erguido, se perdió un instante en los comprensivos ojos de su perro, Hachikō, en los que vivían ocho amores distintos escondidos entre hebras de blanco y dorado. Sin poder evitarlo, la marabunta humana arrastró y condenó al profesor al interior del expreso que conectaba Shibuya con la Universidad Imperial, y, mientras el revisor comprobaba el billete de Ueno, este atisbó la ventana y maldijo en silencio al mundo que lo separaba por siempre de aquel fiel Akita.

Hachikō esperó paciente; mientras, las hojas, que eran parte de su nombre y de su eterna prórroga, morían y renacían tras cada estación; mientras, sus extremidades con la forma del kanji que lo había bautizado se quebraban un poco más tras cada jornada. Pero la magia de una historia inmortal no admitió hogar para un perro que no vivía en una terminal, sino en un tiempo pasado. El perro fiel esperó junto al tren que robó dos vidas, y su última jornada comprobó cómo el crepúsculo traía al profesor, que le acariciaba el morro con ternura y lo llevaba a casa. Alrededor, un lamento sordo se erigió en estatua, y allí duerme el noble Hachikō, quien solo quiso una cosa desde aquella mañana de un último veintiuno de mayo: volver al hogar.

Hachiko Monogatari (1987)
Fotograma de la película Hachiko Monogatari (Seijirō Kōyama, 1987).

Este relato está inspirado en la vida del perro Hachikō (Odate, 1923 – Tokio, 1935).

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¿Es McVegan un nuevo primer paso?

Hace unos días, Vitónica publicó un artículo sobre McVegan, la nueva hamburguesa vegana que McDonalds ha lanzado en Finlandia como prueba piloto. ¿Por qué allí? Ni idea. No es por número de vegetarianos o veganos, en principio, que resulta muy inferior si lo comparamos con otros países relativamente cercanos como Alemania (8 %) o Suecia (10 %). Quizá interesaba circunscribir la prueba a un menor volumen de mercado o el público potencial en la ciudad de Tampere donde se circunscribe el experimento es alto…  Aun así, la pregunta es otra: ¿triunfará? Y todo indica que podría ser que sí, ya que el público general se ha polarizado radicalmente ante esta oferta de hamburguesa de soja con doble ración de lechuga y tomate, que incluye tres grandes problemas anticapitalismo, comida basura y maltrato animal; o eso afirman sus grandes detractores… ¿pero es cierto? Vamos con la disección…

Capitalismo son palabras mayores

¿Es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema?

Métete la mano en el bolsillo, o échale un vistazo a tu mesa: ahí, sí, donde está tu smartphone dando espasmos continuos entre notificación y notificación, junto a esa lata de cerveza que te tomaste ayer y que no te has acordado de tirar en la bolsa del plástico, esa pantalla 4K que vete tú a saber cómo se ha fabricado y esas galletas Oreo que tienen la virtud de matar a un único animal. «Una hamburguesa vegana en una gran cadena de comida rápida es la gran victoria del capitalismo frente al veganismo» según comentan muchos activistas: ¿es eso cierto? En realidad, es posible. Pero supongo que habrá que hacerse varias preguntas más: ¿es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema o enfrentado al capitalismo?, ¿viven estos activistas fuera del sistema o lo critican desde el interior?, y si la respuesta a esto último es afirmativa: ¿qué legitimidad tienen para criticar una hamburguesa vegetal cuando visten, comen o utilizan miles de productos propios del sistema capitalista? ¿No son acaso tan falsos como la China comunista que adora la Coca-Cola?

McVegan (Finlandia)
McVegan, sana lo que se dice sana, nadie dice que lo sea.

El primer contra, pues, no consigue tener demasiada legitimidad y resulta uno de los problemas fundamentales del movimiento vegetariano: ¿por qué demonios hay gente que quiere demostrar que es diferente? ¿No se nos cansa la boca de decir que resulta facilísimo cambiar una dieta omnívora a una vegetariana o vegana? ¿Entonces? ¿De dónde sale ese proselitismo que se atreve a decir que una hamburguesa nos hará perder la batalla por un mundo más justo para los animales? ¿No es exactamente eso lo que conseguiremos cuanta más gente adopte un estilo de vida más respetuoso con los animales? Este argumento me resulta muy similar al que mucha gente que solo critica esgrime contra las iniciativas que han conseguido influir en millones de personas, como los lunes sin carne. Si dejamos de ser solo una opción política y social que se define por contraposición al sistema, ¿no tendremos muchas más opciones? ¿Seguro que la forma de vencer no es formar parte e intentar dar ejemplo sin juzgar?

¡Apoyarás la mayor masacre de animales de la historia!

¿Hace más daño McDonalds que un gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo?

Segundo argumento en contra: McDonalds mata animales; si te comes una hamburguesa de soja allí, estás dándoles dinero para que sigan matando animales. Esto es como el sancta sanctórum del triunvirato contra la McVegan, y si no fuera porque el maltrato animal es un tema que me pone de muy mala leche, me empezaría a reír con todo el descaro. No es que a mí me encante la cadena del payaso de IT, y, sin embargo, no me puedo tomar en serio un argumento así: ¿hace más daño McDonalds que una gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo? ¿El veganismo solo puede seguirlo gente que compre en minoristas y guarde la comida en tarros de cristal? Quizá se nos esté yendo la pelota un «pelín» por una pu…ñetera hamburguesa, ¿no? Además, ¿por qué no darle la vuelta? Con otra opción más en el menú, ¿no habrá mucha gente que descubra las alternativas a la alimentación tradicional? En mi experiencia, que se une a la de muchos otros conocidos y amigos activistas por los DD.AA., muchos amigos y amigas que quedan conmigo para tomar algo, comen algo vegetariano o vegano porque no les apetece carne ni pescado ese día, y otros respetan mi opción, y devoran lo que les apetezca. Plantear una solución fuera del sistema es no entender, en absoluto, la magnitud del problema; es el mismo argumento que esgrimen miles y miles de personas mal informadas que quieren frenar el cambio climático con agricultura extensiva sin percatarse de que somos demasiados millones de personas para que esto sea posible.

IT (Cloaca)
—Niños, ¿queréis una McVegan?

¡No es sano!

Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética.

No es sano, ¿verdad? No, ¿y? Yo soy vegetariano y no como (ni bebo, sobre todo) siempre sano. Otros serán veganos, y no comerán siempre sano. Habrá veganos y veganas gordos y gordas, delgados y delgadas, y campeones de CrossFit o halterofilia, y no pasa nada: ahí tienes el ejemplo de las Oreo, de los cientos de cereales hiperazucarados o de cremas de verduras repletas de almidón, de las miles de leches vegetales con una barbaridad de agregados, o de sacarosa, siropes, melazas o dextrosa. Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética. ¿Existe una mayor predisposición a informarse de cómo seguir un estilo de vida saludable entre estos colectivos? ¡Por supuesto! Pero también comemos pizzas, y fritos, y, por lo menos a mí, me encantaría tener una opción de comida rápida para un día que me dé pereza cocinar o me apetezca comer una guarrería. ¿Hay gente que nunca iría a McDonalds por esta razón a comer una hamburguesa de soja? ¡Claro que sí! Pero su premisa es contraria a la comida basura, no al maltrato animal aquí.

Desconozco si la McVegan llegará o no, y de ser así, si fracasará o triunfará, pero lo que tengo claro es que se trata de otra opción más en el menú, algo que debería ser siempre positivo para el vegetarianismo si los productos encajan con su ética, y poco tiene que ver con ser o no saludable, capitalista o no ser lo único que encontremos en el menú. Alguien comentó en Vitónica: «Me parece ridículo. Luego nos ganamos la mala fama con razón.» Con lo último no puedo estar totalmente de acuerdo, con lo primero sí: que no nos dé pereza revisar nuestros argumentos si queremos seguir cambiando el mundo a nuestro alrededor.

Mejor ser ciudadano del mundo

En un país (o países) donde la prensa es sinónimo de crisis catalana y centralismo férreo, yo me declaro ciudadano del mundo. Y me declaro ciudadano del mundo, porque estoy hasta los cojones de que me utilicen; a mí, y a todos. Me declaro así porque España no sabe qué hacer conmigo, ni con nadie de mi generación, y Cataluña tampoco. Porque no tengo casa en propiedad, ni ganas; ni trabajo fijo, ni ganas; ni tengo nada que celebrar este 12 de octubre.

No se trata de seguir el discurso oficial que se lanza entre desfiles militares y grandes, grandísimas, banderas que se niegan a mencionar los heridos de este último mes en Cataluña con el mismo discurso que tendría un cónyuge que intentase ocultar su asquerosa violencia de género, ni de obviar el genocidio y la expoliación de los pueblos americanos con la ilusión de una revolución cultural escrita en sangre. Hoy, no tengo intención de escribir sobre esto; porque sobre eso, se escribe cada año, y, desgraciadamente, parece que nada cambia en nuestras instituciones.

Marca España (Eneko)

Me declaro ciudadano del mundo, porque yo no puedo estar orgulloso de ser español, ni de que una parte de mi se sienta español; porque, ¿cómo sentir orgullo de un estado que no tiene programa ni proyecto común? Un país que se cree democrático y, a la vez, perdura bajo el odio y el silenciamiento sistemático de quien no piensa como ellos;  que se define por sus pretextos contra ETA, Venezuela o Cataluña —en realidad, no importa—, y jamás por sus acciones. Un país que una y otra vez escoge a un gobierno que se perpetúa bajo la eterna cantinela canovista que nos llevan vendiendo desde hace más de cien años, ¡y de la que el pueblo se olvida una y otra vez, si es que alguna vez llegó a darse cuenta! Una dirección que no dirige, y que no tiene ninguna intención de buscar el modo de solucionar los principales problemas de nuestra generación: trabajo, vivienda, pobreza energética, sueños. Una administración que borró el diálogo de sus atribuciones, sin intención de mejora, bajo el yugo de unas mentes que creen que, cuanta más mierda aflore, más grande debe ser el tamaño de las banderas. Sin darse cuenta de que no nos representan, de que, hoy, estamos más cerca que nunca de destruir aquello que nos define como pueblo.

¿Quién puede sentir orgullo de lo ocurrido en Murcia, Valencia o Cataluña? ¿Eso es ser español? Pues yo me alegro de sentirme ciudadano del mundo, ya que no habrá ninguna pena que lamentar cuando nos digan que este país (o países) ya no es nada. Les contestaré: «Hace mucho que no lo era.» Y agregaré: «¿Sabes dónde empezó todo? Cuando alguien dijo: «yo no estoy orgulloso de ser español.» Y una muchedumbre les respondió: «pues lárgate a Venezuela».»

Los ojos de Kandinsky

Los ojos de Kandinsky es el vigésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

La carretera que lleva al viejo hospital Ashlan Tol está repleta de robles, hayas, y fresnos. La hierba se extiende a ambos lados del camino de Melbourne, donde la vista se pierde entre las aleñas, las pimpinelas rosas y otros arbustos comunes como el aligustre. Las casas rojizas, de teja y ladrillo, caen a dos aguas, replicándose a toda velocidad al paso de los escasos automóviles que gobiernan la carretera secundaria de Derby; una tras otra construyen una imagen de peligrosa unicidad: jardín delantero, garaje en blanco, puerta rojiza con el pomo dorado, vehículo de gama media aparcado en el porche, olor a césped recién cortado. Como la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia…

María señala hacia una de esas casas. «Allí estaban los dormitorios de los pacientes», dice, y camina en dirección a una vivienda de tocho gris que rompe la singularidad dominante en la urbanización; durante el escaso trayecto, narra con total precisión el camino hasta el despacho del doctor Hiltner, grabado a fuego en su psique. El edificio del hospital es la viva imagen de lo que fue: veinticinco o treinta pies de altura que ocultan decenas de pasillos, que conectan habitaciones, que esconden todo tipo de accesorios médicos, y quién sabe qué historias y vidas rotas tras la hiedra que ha terminado por conquistar la arcilla.

Ella atraviesa el vestíbulo, deja atrás la sala de visitas a mano derecha y accede a la zona de los despachos con tal voluntad que los periodistas deben apretar el paso. Al alcanzar la única silla que resta en la consulta número tres se sienta y observa, en silencio, frente al escritorio caoba repleto de hojas en blanco, e informes, y el fonendoscopio que lo empezaba todo.

—Eso no está bien, María —dice. —Tienes que hablar conmigo. Vamos a tener que hacer algo, porque eso no está bien.

Kandinsky (estudio de color)

Y a María no es hablar lo que le preocupa. A María no le importa hablar. A María le gusta hablar, eso no es lo que teme. Pero Hiltner reitera:

—Tienes que hablar conmigo. —Y añade: «pero déjame ver cómo está hoy mi paciente favorita.»

María grita hasta caer contra un agujero construido en su propia mente. Con una de sus manos, se acaricia el cuello y siente el tacto de una gran jeringa contra la yugular. Empieza a llorar sin saber muy bien por qué. Se siente borracha. Indefensa. Se siente vacía. La multitud de cámaras y reporteros se difumina a su alrededor.

—¿Qué querías que te hiciese esa amiga especial, María? —pregunta el doctor.

El doctor fuma. El humo impregna el torso desnudo de María, y la cintura, y el pubis.

—¿Recuerdas a tu padre acariciándote aquí, o aquí, o aquí? —pregunta el doctor, y a cada pregunta contamina con sus cansadas manos una parte más de su cuerpo: sus manos, su pecho, su sexo, su mente.

El agujero se abre y se cierra, como un gusano que se contrae sobre sí mismo, intentando expulsar toda la suciedad que ha engullido y que no consigue regurgitar. Los ojos viajan del estetoscopio hacia la reproducción de un estudio de color de Kandinsky que duerme apoyado contra la pared. María piensa que son… Piensa que… Piensa que eran como ojos. Ojos que no siempre eran ojos. Ojos que ya no miraban, o no podían; ojos que ya habían juzgado. Ojos que construían mentes, y, sobre todo, mentes que no podían entender.

Los ojos empiezan aquella otra historia, que ocurría en su habitación, donde el doctor la acostaba hablándole de una bicicleta, y un hombre suizo de nombre Hofmann. María se recuerda vestida, y no desnuda y sangrando, pero con una gran gratitud que vestía capas y capas de colores estridentes. Era como colorear una ciénaga con toda la pintura acrílica del mundo, y la sangre que salía de su sexo se mezclaba entre cientos y cientos de tonos. El doctor fluctúa como el tiempo, y era una gran cabeza con pliegues y arrugas y un pene que entraba y salía de su vagina sin que María comprendiese la dirección, o el acto en sí, perdida en el ondulado blanco de una bata de laboratorio, que la convertía en una paloma, y luego nada.

Por último, aquella sala guardaba una última escena: la librería que fue un arma, y una herramienta, y un telón, y un filo. La librería que no era inyecciones, ni pastillas, sino palabras. Palabras que se ocultaban tras palabras; palabras que eran el peor de los venenos, que infectaban los sentidos y hacían creer que el hospital era un refugio y no un infierno. Un lugar en el que ya no importa si se trata del futuro o de un recuerdo, donde reunía a las cáscaras, y como un escultor de mármol, tallaba una muesca más dentro de cada uno de sus destinos.

—¿Dónde estás, María? —pregunta el doctor.

—Estaba lejos —contesta María con lágrimas en los ojos.

—Cariño, no puedes escaparte —le dice mientras le inyecta otra dosis de amital de sodio.

Y María, rodeada de testigos, se siente profundamente sola, porque sabe que no puede escapar, porque entiende que el negro ya es parte de ella.


Este relato está libremente basado en los presuntos experimentos del Dr. Kenneth Milner en el hospital psiquiátrico Aston Hall, en Derbyshire.

¡Guerra a la democracia!

844 personas es la cifra de heridos por las cargas policiales que seguían gritando «¡A por ellos!». La semana pasada lo hacían iniciando un viaje que creían que llevaba a un sueño unionista; ayer, lo hacían con las porras, con empujones, con patadas, con agresiones sexuales, y fuerza bruta.

Ayer, vi cómo una sociedad se soldaba bajo un estandarte de paz y resistencia no violenta, y otra, que nunca ha querido dialogar y que ha reducido todo su discurso a la fuerza de la ley armada, caía un poco más. Vinieron buscando a un monstruo radicalizado, a zombis que repetían un panegírico político, a gente que en sus cabezas no eran ni tan siquiera personas, y nos encontraron a todos nosotros, y a nuestros padres, y madres, y abuelos, y abuelas. Vinieron buscando el fascismo sin percatarse de que el fascismo viajaba con todos ellos en los coches, en las furgonetas y en aquellos barcos en los que hasta la Warner Bros exigió que se ocultasen a los dibujos animados de nuestra infancia por vergüenza.

The Telegraph (portada, Cataluña)

Hay miles de comentarios —en TV, en Internet, en la calle— que siguen negando una realidad de represión totalitaria, de falta total de proporcionalidad en el ejercicio de sus funciones y de uso de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado como policía política. Al contrario, la maquinaria de estado ha tildado la actuación de los Mossos d’Esquadra de escandalosa y ligera, olvidándose que una constitución —cualquier constitución— no se preserva agrediendo a sus propios ciudadanos. Por suerte, de esos miles, hay cientos de miles, y millones, de personas que han visto la realidad dentro y fuera de Cataluña. Esta madrugada era momento de que todos los ciudadanos de este país —de Cataluña, y también de España, y de Europa— recordásemos que cuando quitan la libertad y la democracia a un pueblo, quitan la libertad y la democracia a todos los pueblos; hoy, es un día distinto, de tristeza y dolor, y quizá por eso está nublado dentro y fuera de nuestras cabezas.

Hoy, es ese día donde los partidos de la oposición no deben reunirse con Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España, sino presentar una moción de censura directa y echar a su partido del gobierno.

Hoy, es ese día que hay que recordar a Europa que su existencia no es sinónimo de una moneda única, ni de rescates bancarios u oligarquías, sino de integración de sus pueblos y, sobre todo, de eficacia, calidad y buena orientación de la intervención de los distintos estados que la componen.

Hoy, España debería ser intervenida; hoy, Europa debería actuar si quiere que su propia esencia no se termine de vaciar de significado.

Lo peor de todo, es que el gobierno de España ha fallado a todos los españoles y a todos los catalanes, cualesquiera que fuera el sentimiento de estos, y ha dado alas a la independencia de un bloque que muchos seguimos sin creer que es mayoritario, que no estamos de acuerdo con la mayoría simple que no esperó a la cualificada en el Parlament, porque tras la demostración de lo que el día 1 de octubre fue terrorismo de estado contra su población, no importa el porcentaje del «sí» y del «no» en un referéndum que no cumplía las garantías democráticas mínimas —cuya culpa, de nuevo, vuelve a ser antes de aquellos que tenían la obligación de dialogar y no quisieron, que de aquellos que tenían un anhelo político-social distinto al que le gustaría al gobierno central.

Quiero creer que todavía no es tarde para el diálogo, para una reforma del estado de las autonomías, para el federalismo y para una votación legal y democrática que dé voz y voto para que los ciudadanos de cualquier nación de España puedan escoger su futuro. Pero eso no está en manos del Partido Popular, sino del resto de las fuerzas políticas de España y de Cataluña, así que échenle cojones (y ovarios), señores y señoras, y eviten que, catalanes o españoles, sigamos sintiendo vergüenza de lo que significa pertenecer a un país, o varios, que ha olvidado el significado de las palabras «libertad» y «democracia».


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Ningún animal sobra

Es curioso cómo para acercarnos —emocionalmente— hacia muchos animales parece que hayamos recorrido el camino inverso: en ese largo recorrido que España y la mayoría de países del mundo han transitado del campo a la ciudad, donde nos hemos tropezado con la empatía, el bienestar animal y, finalmente, con la misma naturaleza de nuevo. A menudo, desde un prisma romántico, por supuesto, o demasiado cóncavo para descifrar la forma real que tienen las cosas en el verde.

No todo es tan idílico, claro. Los niños y niñas han visto menos grillos, gorriones y ranas que nosotros, y nuestros hijos vivirán en mundos donde las abejas, ya extintas, se sustituirán por robots que polinizarán cultivos transgénicos. El coste ha sido alto: para darnos cuenta de que necesitábamos a la naturaleza, la hemos abandonado, ordeñado, prostituido y corrompido hasta límites insospechados. Los científicos dudan sobre si el Antropoceno dejará una huella geológica capaz de adaptarse al sentido etimológico del concepto, pero la mayoría admite que poco importa si el plástico o las latas de Coca-Cola alterarán o no el cosmos terrestre si alcanzamos nuestra propia extinción: la actividad humana nos convierte en garantes del planeta, y aquí seguimos aprendiendo lentamente. Un lujo que cada vez parece más obvio que no podemos permitirnos. Esta semana, no obstante, más que aprender parece que estamos cometiendo errores y traspasando límites que varias generaciones atrás no dudarían en tildar de locura: el lobo asturiano podrá ser cazado sin ningún control ni cuota en un tercio del territorio.

Lobo ibérico (población, 1840-2017)
Evolución de la distribución del lobo en España (1840 – 2017).

En 2014, la revista Science publicaba un artículo titulado Status and Ecological Effects of the World’s Largest Carnivoresel cual probaba la labor fundamental de los grandes carnívoros en los ecosistemas a través del fenómeno conocido como cascada trófica. Debido a la actividad humana —cinegética, ramadera, etcétera— se han cazado y perseguido cientos de especies con las que hemos compartido espacios tradicionalmente. El mejor ejemplo siempre está en casa, que a nadie le quepa duda, y mientras hay zonas con cabras montesas o jabalíes cuya población no se tiene ni la más remota idea de cómo controlar, hay lobos abatidos sin reparar en cartuchos: ¿alguien se sorprende? Es horroroso, pero parece obvio que, si no podemos crear una línea unitaria de bienestar animal para los perros o los gatos de toda la península, es impensable alcanzar al lobo o al toro a nivel legislativo.

Esta es la nueva batalla entre el campo y la ciudad. Un sector urbano que quiere disfrutar del campo el fin de semana y buscar la paz y la soledad del monte, pero que potencia con medidas capitalistas y, a menudo, hasta románticas el control de unas especies que el resto de la semana se la traen al pairo; un sector rural que quiere vivir, y vivir bien, en el campo, y hacerlo de actividades que ya no funcionan sin una subvención detrás, y sobre todo, sin el sacrificio que supone cuidar al ganado (pastoreo, cabañas ganaderas, jornadas de sol a sol) o vivir aislados del resto del mundo. Es en esta misma tesitura donde nace la macabra picaresca de los seguros agrarios y las partidas presupuestarias, que se han visto obligados a mirar con lupa cada cadáver que se les presenta para cobrar, y donde cabe preguntarse si este no es un problema social de primer nivel al que no se le está prestando ningún tipo de atención.

STOP Matanza de lobos (Asturias)

Hace solo un año aparecía en Público un artículo interesantísimo que las administraciones deberían obligarse a leer: Matar lobos destruye los ecosistemas, donde algunas de las conclusiones planteadas hablaban sobre seguir soluciones basadas en la naturaleza para la convivencia entre depredadores y humanos; el lobo es uno de esos símbolos tristes que explican la idiotez endémica española: «Disminuyamos la persecución absurda y carente de apoyo científico de la especie al norte del Duero, de la que anualmente se aniquila prácticamente el total de la tasa de renovación natural de la población, impidiendo la conectividad referida anteriormente», pedían al unísono el biólogo Ángel M. Sánchez y el ecólogo Fernando Prieto. Como respuesta, este verano Medio Ambiente aprobaba la caza de 141 ejemplares al norte del río, y hace unos días, Asturias aprobaba su persecución sin ningún tipo de cuota.

Ningún animal sobra, y solo uno cuenta con unas poblaciones cuyo crecimiento dificulta la vida de todas las demás especies. En el mejor de los casos, la persecución actual del lobo ibérico terminará con proyectos millonarios de recuperación, como ha ocurrido con el lince; en el peor, con su extinción: ni tan siquiera es una cuestión de lobbies, como denuncia PACMA, sino de falta de visión, porque hay un largo camino entre las propuestas de animalistas, antiespecistas, ecologistas, ganaderos y cazadores, pero es absurdo que algunos de estos grupos crean que la solución de las armas conseguirá algo que no sea ecosistemas más pobres, desequilibrados y un nuevo recordatorio de la mala elección que la naturaleza hizo al escoger a nuestra especie de primates como garante del orden.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Corleone y la independencia

Encarnado en el don de la familia Corleone, Al Pacino daba voz a los pensamientos de varios de los personajes que se encontraban alrededor de una mesa de reuniones en La Habana: «pueden ganar», decía, «porque no tienen nada que perder». Estos días han dejado muchas imágenes rupturistas, pero ni unos ni otros de los que están por ahí arriba se plantean que las cosas puedan pasar a mayores. A las redes sociales, sin embargo, mejor no acercarse más de la cuenta, pues quien no te envía al ejército de tierra, le baila el agua a la andaluza y te aplica el ciento cincuenta y cinco —que tiene una rima muy fea, y no voy a ser soez aquí— y te ataja el problema en un pispás.

Hyman Roth, don Corleone y asistentes a Cuba (El Padrino II)

Yo no creo en banderas, y, por lo tanto, soy tan poco nacionalista como independentista, pero ya he dejado escrito en reiteradas ocasiones que tampoco creo en unidad sin un proyecto común detrás. No creo en la política, sino en los hombres sabios, como Ortega y Gasset, que decía que la nación remite al sentimiento y el estado a un proyecto común. Sin proyecto común, los estados mueren, y son las naciones las que prevalecen, puesto que los primeros, quienes lo sienten, lo hacen mediante un papel, y las segundas viven en el corazón.

No creo en esta política. Creo en aquella gente que ha visto más que yo, como Iñaki Gabilondo, quien lo ha visto todo de ese escenario patrio, a veces de cambio, y, a menudo, dantesco y escatológico; Iñaki es un tío que te puede caer bien o te puede caer mal, pero tiene visión; Iñaki, quien decía que el problema no era el día 1 de octubre, sino todo lo que habremos hecho hasta llegar a ese domingo de urnas secuestradas desde el conjunto de España y después para terminar de perder Cataluña. Porque se inflaman los ánimos de los que sienten y de los que no sienten, de los que sienten unidad y de los que sienten democracia, pero un bando tiene claro el camino y el otro solo sabe que no le gusta la dirección. Julia Otero escribía hoy una tribuna en el 20Minutos que decía lo siguiente: «La mitad de la ciudadanía en Cataluña no quiere la independencia, pero son invisibles para la Generalitat. La otra mitad quiere la independencia, pero la Moncloa los ignora.» El problema, Julia, es que eso no es del todo cierto: dos se sacan la minga, y el primero que se la guarde en los pantalones, pierde. Uno de ellos es el hijo del dueño del bar, y se cree con derecho a todo, el otro lleva pululando por allí toda la vida, y está hasta los cojones de tanto pitorreo: ninguno de los dos se plantea perder ese pulso, a riesgo de no poder volver a pisar el local. Entonces, ¿quién gana?

Manifestantes Madrid (derecho a decidir Cataluña)
Manifestantes en la Puerta del Sol de Madrid que defendían el derecho a decidir de Cataluña.

¿Es tan simple? Por supuesto que no. Hoy, chocan identidades, y modos de vida, y fiscalidad, que son tres de los grandes problemas que enfrentan España y Cataluña; pero la guardia civil, y la persecución de libertades y las fotografías de tanques en Lérida —pues claro que hay ejército en Cataluña, ¡y en todas partes!— son otro golpe bajo por parte de un gobierno que ha tenido tiempo más que suficiente, pero que se ha amparado durante demasiados años en el statu quo de una dictadura, de unas autonomías que (ya) no funcionan, de una presión fiscal que vive del ayer, e incluso de los sueños de unos para configurar los de todos, cambiando el ya arcaico e indiscutible catolicismo de época por un centralismo que ya agoniza en su búsqueda de federalismo.

¿Cuál es el problema que enfrentan los paletos de traje y corbata y los que piden una votación de todo el país para que Cataluña se independice? Que no saben lo que de verdad importa; que no entienden que el Derecho de Autodeterminación de los Pueblos es solo un papel más que no contempla todos los supuestos de Europa: que no saben ni qué coño firmaron en su momento. Yo no soy nacionalista, de ningún tipo, y tengo amigos que se sienten y amigos que no se sienten, pero todos hemos visto cómo hace diez años el proyecto independentista eran cuatro gatos, y hoy puede ser una realidad. Y lo más triste es que esto se haya potenciado a través de los partidos que hospeda el gobierno central y no solo del bloque catalanista, y que ahora se pretenda detener mediante la prostitución de los pocos valores democráticos que España aún podía enorgullecerse de respetar.

En El Padrino II, el viejo Hyman Roth (Lee Strasberg) regaña a Michael por poner nerviosos a los asistentes a la reunión con locas ideas sobre los rebeldes cubanos, sin entender que el único pecado de don Corleone es decir en voz alta lo que todos estaban pensando en sus cabezas. Quizá con Cataluña pase lo mismo; con una gran diferencia: cada vez hay más leyes, y pueblos, y medios, que amparan el proyecto de referéndum que quería lanzar el gobierno de Carles Puigdemont y menos demócratas que pueden defender la postura oficial española.

El Príncipe del fin

Les costó un año, pero en Tordesillas se dieron cuenta de que cambiarle el nombre al festejo les hacía más mal que bien. Así, tras la muerte de Pelado, que se realizó con otro título para el martirio, los vallisoletanos recuperaron la denominación original para esa fiesta de pocos que ha empezado a cambiar arrastrada por la fuerza de los tiempos.

El ejemplo más plausible de esta deriva de cambios, que ya no soporta más mentiras, ni embustes, ni dinero público intentando reanimar un cadáver, es el documental Tauromaquia —duro, áspero, necesario, casi insoportable—, de Jaime Alekos, que PACMA presentó la semana pasada y que muestra el toreo tal y como es. Ni más ni menos. Son treinta minutos de un ejercicio audiovisual que abarca desde la cría y la selección, al por qué y el cómo de la muerte del bóvido. Son treinta minutos de brutalidad que es necesario visualizar; y es necesario hacerlo, para pertrecharse de las armas que nos permitirán ver como no hay ninguna tragedia aristotélica en la plaza, no hay en juego ninguna pulsión de vida y de muerte, ni clásica ni freudiana, no hay grandilocuencia, ni honor, ni arte, sino maltrato hacia un animal indefenso que debe sufrir su propio via crucis. 

Tauromaquia (documental)
Fotograma de Tauromaquia (Jaime Alekos, 2017), donde la mirada de un toro con los cuernos ensangrentados cautiva al espectador.

El periodista Ruben Amón, compungido, escribía en El País sobre lo citado anteriormente: sobre el Eros y el Tánatos, el paganismo que llega hasta nuestros días en esta oscura liturgia, la coreografía sacrosanta de la lidia o la libertad y la fiereza de ese herbívoro, que no es tal. La abogada Paloma Órtiz le dedicaba un artículo ejemplar, empatizando con ese niño que fue Amón, y que, a sus cuarenta y muchos, debe aceptar que la magia no existe, que todos tenemos sesgos del pensamiento y que solo uno mismo puede decidir luchar contra ellos o enrocarse en la misma posición hasta el final. Órtiz le demostraba que no hay defensa que levantar, que el muro se ha abierto entre demasiadas lluvias de proyectiles, que podemos ir a los toros  y creer que estamos aprendiendo filosofía, igual que podemos conseguir peyote y creer que el chamanismo nos acerca a un dios a través del totemismo. Podemos creerlo, pero no por ello se convertirá en realidad; solo había una realidad en el texto de Amón, el título: Malos tiempos para la muerte.

Tauromaquia (descabellar; documental)

Este martes, durante la celebración de la segunda edición del Toro de la Vega sin muerte en público del animal, no pude evitar pensar en que Pelado, y antes de ayer, Príncipe, iban a ser igualmente sacrificados tras el festejo. Quizá muchos piensen que la victoria no es tal pues, que todo lo que el activismo ha conseguido es aliviar el sufrimiento, que no es poco, sin percibir que el verdadero problema es de las administraciones públicas, que no escuchan, ni reaccionan, y no entienden que algunas de las demandas del animalismo ya son una realidad, se quiera o no, que la tauromaquia se encuentra en tiempo de descuento, que ni puede ni queremos que sobreviva, y que el tiempo de la conversión y el cambio es ahora; el enroque solo traerá más lágrimas y arrepentimientos tardíos —aunque sean de aquellos que solo miran por el bolsillo—, porque los que llevamos desde pequeños llorando por ese animal que lanceaban y acuchillaban en televisión española empezamos a enjugarnos los ojos al ver que el cambio ya es casi una realidad.

El huracán Trump

El planeta le ha soltado un buen tortazo a Donald: hace unas semanas, Harvey desembarcó en Texas tras un extenso recorrido por el Atlántico, y, poco después, lo ha hecho Irma, que todavía amenaza las 1.700 islas que componen los Cayos de Florida.

Fue el 2 de junio de este mismo año cuando el presidente estadounidense estiró casi a la mitad de Norteamérica fuera del Acuerdo de París, cumpliendo con una de sus principales promesas electorales, que decía, textualmente, que el cambio climático era una invención de los chinos para minar la competitividad de la industria norteamericana. Unas declaraciones que repitió en reiteradas ocasiones en su carrera hacia la Casa Blanca y que reñían con sus propias palabras en 2009, cuando un Trump de la élite empresarial yanqui pedía a Barack Obama medidas significativas para luchar contra una de las pandemias de nuestro siglo. Fue en Copenhage.

Trump (Acuerdo de París)
Trump gesticula sobre los beneficios en el descenso de temperaturas que se podrían conseguir con el Acuerdo de París. © Kevin Lamarque (REUTERS)

A diferencia de su padre, Ivanka, que ha mantenido hasta hoy lo que refrendó en Dinamarca, también ha sufrido el duro castigo de ver cómo su progenitor o bien no tiene palabra y se mueve a favor de los vientos, o bien se ha visto infectado por el «síndrome Homer Simpson», volviéndose más estúpido capítulo tras capítulo. Desde luego, la idiotez tiene muchas caras, y una de ellas no deja de ser la terquedad, pero queda por ver si Donald puede mantener esta opinión anticientífica cuando las pérdidas humanas —casi un centenar— y materiales —más de 290.000 millones de euros— no solo señalan un tsunami político en EEUU, sino también una nueva defensa de la postura oficial o un cambio necesario en la misma.

Por descontado, nadie debería esperar ver a un Trump cabizbajo y arrepentido entonando el «mea culpa» en CBS, NBC o FOX, por citar tres de las grandes cadenas de la parrilla televisiva norteamericana, pero sí un cambio sutil en la dirección presidencial que nos acerque de nuevo hasta el siglo XXI. Queda por ver, no obstante, dónde empieza el rostro y termina la careta, algo que ni tan siquiera muchos de sus votantes saben, hoy, a ciencia cierta, pues siguen sorprendiéndose del cumplimiento de algunas de sus grandes promesas de campaña.

Sin embargo, hay espacio para el optimismo, aunque llegue desde un pragmatismo deplorable y carente de ética como el de Donald, que ejemplifica a las mil maravillas aquel «Make America Great Again» que ha quedado para la posteridad, y ni original era. Y es que el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos ha encontrado en el desastre una vía de escape para su promesa más descabellada: obligar a uno de sus países vecinos a construir y pagar un muro de miles de kilómetros. Además, está bastante claro que el promotor de la Torre Trump tomará en mayor consideración el análisis del Grupo Goldman Sachs que las palabras de Joel N. Myers, presidente de AccuWeather, y ya no digamos de las decenas de organizaciones científicas que han ratificado el cambio de era geológico y la clara inferencia del ser humano en los ecosistemas. Pero de esto no deberíamos sorprendernos: ese es el mundo que hemos creado entre todos, y, en este mundo, el dinero prima por encima de la propia vida.