Gretasthunberg del mundo, ¡uníos!

El periodista Lluis Amiguet se compró un híbrido; yo me compré el diario. Él confesaba, medio-en-coña/medio-en-serio, que su hija (otra pequeña gretathunsberg) había empezado con aquello de que nada de envolverle el bocata con papel de plata… y la cosa había derivado a 10.000 euros menos en el banco. Esto no me sorprendió: hace tiempo que me informé del coste extra por intentar contaminar menos; es más, cuando me cambié el coche hace un año y pico, me di cuenta que mi maldición es ir de Ford en Ford —Walt Kowalski estaría orgulloso de mí— y tiro hasta que me toque… la lotería. Con las cifras delante de la jeta, me olvidé de Honda CR-V y Toyota Prius, y Ford Focus que te crió.

El problema, decía Amiguet, y con razón, es que, por cada vehículo híbrido o eléctrico, hay un porrón de todoterrenos circulando por las calles. Todo indica, además, que no hay motivos más allá de medirse las pollas sacar pecho y exhibirse a ritmo de rugidos de motor. Eso de pensar si nos estamos cargando el planeta, ya si tal. Aun así, como buen tocapelotas, empezaré por sacar punta a lo que decía este pobre hombre a quien sus hijas le obligan a envolverle el bocata con las portadas y las contras que tantos sudores le provocan en redacción. Porque ocurre que, si nos preocupamos por el qué dirán y por qué hace y no hace el vecino, nuestro ejemplo vale poco. Llegados a este punto, no habría activistas antitaurinos, porque se siguen matando toros en media España, no habría gente vegetariana, porque una buena parte del mundo sigue comiéndose a otros bichos, ni habría nadie que se saliera del statu quo, porque ¿para qué? Como digo, lo hago para tocar un poco las bolas: soy muy consciente de que una columna o una tribuna, es una columna o una tribuna (mira, ¡qué dixit rajoyesco!, ¡el segundo ya!): vamos, que el espacio es el que es y las ideas que pueden plantearse, pues también son las que son.

Greta Thunsberg. ©Reuters

Por otro lado, la realidad del mercado denota claramente cómo están las cosas. Si sale al mismo precio un Audi A3 o un Jeep Renegade que un híbrido o un eléctrico (espera, que me da la risa) es que no nos estamos tomando las cosas en serio. Saltará uno: ¡es que la tecnología! ¡Es que la infraestructura…! ¡TU PADRE! (esto es más rubianesco, pero sin tacos, ¿verdad?) Pobre hombre, qué culpa tendrá el padre del que saltaba hace un par de líneas… Si es una cuestión de costes, se subvenciona por interés nacional, como a los políticos, la banca y lo que les sale de los huevos a los de siempre. Si no es una cuestión de costes, todavía es peor: nos quieren vender lo barato, caro, y lo caro, barato; lo que se carga (más) el planeta antes que aquello que puede frenar el irnos todos al carajo.

Por eso, el columnista de La Vanguardia acababa pidiendo a los señores de arriba (los que nos mean y dicen que llueve, digo) que Greta no le saliese más cara, pero es que, ahí, es donde más en desacuerdo está un servidor, porque no es cuestión de pedirle a estos mangurrianes que nos protejan de aquella (de la Greta), es ver si, de una vez por todas, las grethathunsberg y los grethathunsberg del mundo nos pueden ayudar a librarnos de estos tipejos que favorecen sus bolsillos, los cuatro por cuatro y que todo siga como el culo, aquí y fuera: en esto no tenemos la exclusiva. Y termino diciendo: ¿y lo bonito que es un vehículo todoterreno haciendo cosas de todoterreno? ¡Pues la de gente que lo compra para irse a cargar al supermercado y pasearse por Las Ramblas y Sarrià-Sant Gervasi!

En fin, gretasthunberg del mundo: ¡uníos!

¿Qué le decimos al dios de la muerte?

Sólo después de que el último árbol sea cortado, sólo después de que el último río sea envenenado, sólo después de que el último pez sea apresado, sólo entonces, sabrás que el dinero no se puede comer.

Carta del Gran Jefe de los Indios Cree al Presidente de los EEUU (1855)

De la primera a la última temporada de Juego de Tronos (sí, esa tan criticada) tienen secuencias espectaculares. Una de mis favoritas ocurre en el día en que Arya Stark debe escapar de Desembarco del Rey y el bravo Syrio Forel se enfrenta con una espada de madera a cinco guardias Lannister y a Ser Meryn Trant. Ese día, Syrio muere con toda probabilidad («La primera espada de Braavos no corre»), pero deja en el aire una frase alucinante: «¿Qué le decimos al dios de la muerte? Hoy, no.»

Syrio Forel y Arya Stark entrenando en Desembarco del Rey (Juego de Tronos: HBO).

Sería fantástico que estos días aplicásemos un poco de toda esa épica a nuestro mundo. Aquí, en la Tierra, Bolsonaro ha despedido al director del instituto de investigación que denunció 72.000 incendios en el país en lo que va de año (sí, la cifra parece ser que es correcta) y ha culpado a las ONG. Las fotos satelitales son casi tan espeluznantes como el mensaje que el presidente brasileño está enviando a todo el mundo y que se resume del modo siguiente: abrir toda la Amazonia a la explotación minera, forestal y ga­nadera.

Bolsonaro, igual que Trump, solo son el reflejo de nuestra sociedad. Hoy, nos dirigimos hacia un punto de no-retorno (o ya hemos embarrancado contra él), pero la mayoría sigue con el pie en el acelerador. Cada año, nos llega antes la noticia de que hemos agotado todos los recursos que puede generar el planeta en un año. Nos limpiamos el culo con la noticia. Cada año, es más evidente que, quieras seguir una dieta omnívora u otra basada en vegetales (o entre medias), no se puede mantenerse el consumo actual de recursos naturales. Pero no nos gusta cómo suena eso, así que lo obviamos y miramos hacia otro lado.

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500.000 hectáreas quemadas en el Amazonas en 16 días de incendio.

Donald Trump intentando comprar Groenlandia (he encontrado un artículo muy interesante sobre este tema, por cierto), Jair Bolsonaro permitiendo que se destruya el pulmón del mundo, Noruega retirando una subvención. A grandes rasgos, podríamos resumir la situación de estas dos últimas semanas en este par de líneas. Un poco triste, ¿no? ¿Tanto Internet, tanta universidad, tanto siglo veintiuno para reducirlo todo a dinero?

La lucha animalista y el colectivo LGTBI+ suelen hacer mención a aquella frase célebre de la segunda ola feminista que dice «lo personal es político». Quizá es hora de que nos metamos esa idea en la cabeza en lo que se refiere al cambio climático: luchar por el planeta es hacerlo por uno mismo. La ciencia lleva décadas diciéndonos que el mundo no puede aguantar y nosotros saltando y saltando encima de un globo que sigue desinflándose de puto milagro, pero ¿cuántos se van a sorprender el día que explote el globito? No tiene sentido. No podemos quejarnos de los Trump y los Bolsonaro (y los Rivera, los Abascal, los Casado…)  y apoyarles, y votarles, y repetir sus gilipolleces como loros. No podemos seguir consumiendo baja el lema de para lo que me queda en el convento, me cago dentro, ni creer que compartiendo memes y difundiendo noticias en el Facebook o en el Instagram es suficiente. No es suficiente. La solidaridad no termina compartiendo una publicación sobre lo que están haciendo y lo que les están haciendo a la gente del Open Arms (y esto también), sino buscando vías para el ahorro energético, la conciencia medioambiental, la colaboración ciudadana, la fraternidad.

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Zona desolada por los incendios provocados por madereros y granjeros en Iranduba, en el estado brasileño de Amazonas (20 de agosto de 2019) (Bruno Kelly / Reuters) vía La Vanguardia

A toda esta gente, se la detiene siendo más fuertes, asumiendo una parte de nuestra responsabilidad, no rezando por el Amazonas ni encomendándonos a los dioses, sino saliendo a la calle, planificando y asistiendo a manifestaciones y utilizando todas y cada una de las vías que tenemos disponibles para exigir cambios en las instituciones. En resumen, comprometiéndonos; encontrando un camino desde el que plantear un cambio y actuando en consecuencia. Hay muchas pequeñas acciones que pueden ayudar a frenar lo que está pasando: incluso ahora, cuando estamos abrumados por cómo nos superan los acontecimientos, sigue funcionando aquello del «piensa globalmente, actúa localmente».  ¿Cuál es el problema entonces? Que creemos que no podemos hacer nada, pero estos cabrones nos están demostrando que no hay nada más importante por hacer. Parafraseando al tal Syrio Forell, solo hay un dios de la muerte: el cambio climático, y ¿qué le decimos al dios de la muerte? Hoy, no. Pues venga, que se note.

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Al matar lo llaman progreso

Me sorprende, pero hay gente que hoy descubre las fístulas de las vacas en Francia y monta un escándalo denunciando esta (horrible) «práctica pionera». ¿Pionera? La industria lechera lleva décadas haciendo eso, solo te hace falta sacar algo de tiempo y buscar «fístulas vacas» (o fístula rumial, o fistulación rumiante) en Internet y ya te puedes hartar de imágenes asquerosas de vacas con un agujero con tapa de «quita y pon» que conecta con uno de sus estómagos. Es probable también que veas un montón de comentarios de ganaderos con uno de sus hits similares al de los taurófilos (el toro no sufre): a la vaca no le molesta tener un agujero ahí. Hay gente para todo: gente que descubre que las vacas lecheras están muy jodidas (perdonad el chiste fácil, pero a lo mejor mucha gente tampoco sabe por qué los mamíferos generan leche), gente que no tenía ni idea de que le abren un macromatadero a las puertas de su casa en Binéfar (y en unos meses no podrán dormir ni respirar entre los gritos y el olor), gente que no sabe que 2030 es la fecha límite para evitar una catástrofe global.

Conocidas como vacas con fístula o cánula, estos animales sufren una intervención quirúrgica, en la cual se les inserta una especie de ‘ojo de buey’. Dicho dispositivo es como un hoyo que queda abierto en la superficie de la vaca para permitir el acceso directo al más grande de sus cuatro estómagos, con el objetivo de optimizar y regular su alimentación.

Fuente: ¿Qué son esos agujeros que les hacen a las vacas? Estas imágenes revelan la cruda realidad (Univision Noticias)

De esto quería hablar hoy un poco hoy: del matadero de Huesca y de cómo no felices con tener una fecha tope para cambiar las cosas a nivel contaminación en 2050, seguimos (como sociedad) enfocados en acortar esos tiempos hasta crujirnos del todo el planeta. Como decía, hay gente que ve lógico lo de las fístulas de las vacas (por lo menos, si no se lo plantan en la primera página de un periódico y le hacen pensar en ello) y hay otros que ven normal que un único matadero se cargue 32.000 cerdos cada día (en un año, los trabajadores de esa nave habrán matado a una cuarta parte de la población de toda España en cerdos, ¿menuda cifra, eh?). A todo esto lo llaman progreso, porque no han tenido los santos cojones de asomar el hocico en una de esas naves industriales. Es irónico, en realidad: cada día podemos saber más y tenemos las herramientas para conocer qué ocurre en cualquier parte del mundo, pero optamos por lo contrario: decidimos saber menos. ¿Osos polares que buscan alimento a 800 kilómetros de su hábitat en Rusia?, ¿perros que se arrastran por el hielo derretido de Groenlandia? Ahí están las noticias. ¡El mundo está loco! ¿Cómo hemos llegado a esto? Y sobre todo, qué vamos a hacer nosotros, ¿no?

Perros en Groenlandia - cambio climático
Esta fotografía distribuida por el Instituto Meteorológico Danés (Danmarks Meteorologiske Institut, DMI) del 13 de junio de 2019 muestra a los perros arrastrando un trineo a través del hielo marino (casi derretido por completo) durante una expedición en el noroeste de Groenlandia.

En España, salvo contadas excepciones ( (y desde el 15-M, desde que nos dijeron que todos habíamos remontado un poco la crisis, ni eso), nos movilizamos cuando nos tocan el bolsillo: si nos va bien, el país va bien; si nos va mal, algo habrá que hacer, ¿o no?. ¿Y en otros países? En otros países, tres cuartos de lo mismo. ¿Qué te pensabas? De todo esto que comentaba arriba (pan, jamón y televisor 4K de 32 pulgadas) va el movimiento de los chalecos amarillos en Francia, que nadie se engañe: del precio de la gasolina y el diésel, de las injusticias fiscales, las críticas contra el presidente de turno. Son temas importantísimos, coño, que afectan al bienestar y al día a día de los ciudadanos de un país, pero ¿qué hay del calentamiento global? Cuando alguien lanza esta pregunta, muchos sonreímos con autosuficiencia, ¿verdad? Calentamiento global, vaya chorrada, ¿eh? ¡con la de problemas que hay en el mundo!  O todo lo contrario: ¿qué le vamos a hacer? Claro que es un tema importante (con el ojo puesto en el precio del litro de combustible o de la nueva PlayStation), pero ¿qué vamos a hacer nosotros? Aquí entra aquello de es que las cosas son como son, hombre; el mundo es así. Tú a congelarte a Boston, y yo a achicharrarme en Australia, porque la subida del nivel del mar nos ha inundado California entera.

Llevándolo al absurdo, fue una quinceañera sueca (hablo de la genial Greta Thunberg, evidentemente) la única persona a quien se le ocurrió salir a la calle un día, y otro día, y otro más, u organizar una huelga escolar para que se detenga esta locura. Que te dejes de rollos, te diría la chavala: que sí, que reciclas en tu casa y consumes menos (o no consumes) equis productos (carne, pescado, bichejos, km. 0, lo que sea), pero ¿protestar? ¿dejar el smartphone y los memes del WhatsApp un rato y salir fuera a ocupar las calles para pedir un cambio por el planeta?, ¿una pequeña muestra reivindicando y diciéndole a la clase política dónde puede meterse su statu quo?  No, seguimos viendo el cambio climático como una película de domingo —como Twister, o Lo imposible—; seguimos diciéndonos: no es que Coca-Cola, Apple y JP Morgan Chase controlan el mundo y no podemos hacer nada. En definitiva, sea porque abren un macromatadero en Huesca o porque el mundo se va a la mierda, nos rendimos y viene una quinceañera y nos saca los colores. El problema es que, en lugar de darnos por enterados, en vez de comentarlo con los nuestros, de darle la importancia que merece todo esto (que agujereen tripas de vacas; que maten, en un año, más cerdos en Binéfar que personas hay en Portugal; que te preocupes por llenar el depósito de tu Seat Toledo y no de que tus hijos o tus nietos van a morirse sin acceso a agua y a cincuenta grados en el Pirineo).

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Fotografía que muestra una granja de cría intensiva catalana. Fuente: El Periódico

O pasamos del tema o nos sacan los colores y, en lugar de darnos por enterados, nos encerramos un poco más en nuestra burbuja. Luego, nos preguntaremos cómo llegamos a esto, pero es que lo peor de las pelis de ciencia-ficción es cuando los hijos, apesadumbrados del copón, se interrogan a sí mismos intentando descubrir por qué sus padres fueron tan imbéciles. Les tocará arreglarlo a ellos, pero, a diferencia de nosotros, que todavía podemos solventar las cagadas de nuestros padres, ellos ya no tendrán margen de maniobra. Con suerte, nosotros no estaremos aquí para verlo, o no dejaremos a nadie (posturas éticas que siguen subiendo y subiendo) para que lo sufra. Y leyendo este artículo, estoy convencido de que mucha gente soltará un: ¿y todo esto sacas de unos cuantos cerdos muertos? Señal inequívoca de que, si piensas así, no has entendido una puta mierda: ya me sabe mal, de veras.

El mundo que ya es basura

«Si las abejas desapareciesen, los seres humanos nos extinguiríamos en cuatro años.» Esta frase, atribuida a Albert Einstein, esconde una aterradora verdad: somos mucho menos poderosos de lo que la tecnología nos ha hecho creer. Somos mucho más estúpidos también: una simple búsqueda en Google nos permite ver que esa frase no es más que una variación de un eslogan de unos apicultores belgas durante una manifestación en 1994. ¿Qué abejas, además? ¿A cuál de los miles de tipos de abejas no domésticas que no son abejas de la miel (Apis mellifera) nos referimos? Además, ¿son las abejas domésticas los únicos polinizadores del reino animal? Por supuesto que no: aunque sí las más «hiperactivas». Pero, ¡qué importa en realidad! En boca de Einstein, un problema de primer nivel se convierte en un «problemón», y eso, tristemente, es algo que necesitamos cada vez más.

Abeja (primer plano; polinizadora)

Si nos decidimos a usar nuestra capacidad crítica, no deberíamos hacer una lectura tan literal. Si las abejas desaparecen, la humanidad difícilmente se extinguirá: comemos arroz, maíz y trigo; cada vez más soja también, y ninguno necesita ser polinizado. Sin embargo, más del 70 % de los alimentos de nuestra dieta sí. Sin polinizadores perderemos variedad; pero hay más: las plantas de cobertura suponen una barrera de control frente a plagas y enfermedades, enriqueciendo el suelo y evitando que las principales plantaciones de alimento sean arrasadas. Sin polinizadores, el escenario que tenemos delante es, por lo menos, inexacto. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué ocurrirá, pero llegados a ese punto, nuestras sociedades como las conocemos sufrirían un cambio radical.

Desde hace un par de años, Stephen Hawking (1942) advierte sobre la necesidad de colonizar otros planetas; no hace mucho, además, ha agregado que urge abandonar la Tierra en menos de 100 años, y, todo ello, no son más que agregados de esa frase de Albert Einstein que resultó no ser suya. Son las mismas ideas implícitas que carga esa deadline que científicos y activistas subrayamos constantemente en 2050 sin conseguir despertar conciencias: donde los plásticos son todo lo que nadará en el mar. Es lo mismo que se intenta en la Fundación MONA advirtiendo del cambio necesario frente al uso del aceite de palma o del coltán; es la foto de ese caballito de mar agarrado a un bastoncillo para los oídos, o el enorme gasto de agua que requiere una alimentación basada, principalmente, en la pesca y la ganadería; estas frases de grandes nombres son el último reducto frente al cambio climático y la obstinación de mantener nuestros hábitos de vida a cualquier precio —de comer lo que queremos, de vestir como nos apetezca, de cambiar de teléfono móvil cada año e incluso de tener los hijos que nos dé la gana— frente a la pérdida de biodiversidad contra la que nos seguimos revelando mediante la tecnología: con abejas mecánicas propias de la ciencia-ficción y viajes en cohete al estilo de las Crónicas marcianas de Bradbury, donde sigue perviviendo aquella vieja duda sobre si llevar vida fuera de nuestra atmósfera no es también sinónimo de viajar con la destrucción que siempre nos ha acompañado.

El huracán Trump

El planeta le ha soltado un buen tortazo a Donald: hace unas semanas, Harvey desembarcó en Texas tras un extenso recorrido por el Atlántico, y, poco después, lo ha hecho Irma, que todavía amenaza las 1.700 islas que componen los Cayos de Florida.

Fue el 2 de junio de este mismo año cuando el presidente estadounidense estiró casi a la mitad de Norteamérica fuera del Acuerdo de París, cumpliendo con una de sus principales promesas electorales, que decía, textualmente, que el cambio climático era una invención de los chinos para minar la competitividad de la industria norteamericana. Unas declaraciones que repitió en reiteradas ocasiones en su carrera hacia la Casa Blanca y que reñían con sus propias palabras en 2009, cuando un Trump de la élite empresarial yanqui pedía a Barack Obama medidas significativas para luchar contra una de las pandemias de nuestro siglo. Fue en Copenhage.

Trump (Acuerdo de París)
Trump gesticula sobre los beneficios en el descenso de temperaturas que se podrían conseguir con el Acuerdo de París. © Kevin Lamarque (REUTERS)

A diferencia de su padre, Ivanka, que ha mantenido hasta hoy lo que refrendó en Dinamarca, también ha sufrido el duro castigo de ver cómo su progenitor o bien no tiene palabra y se mueve a favor de los vientos, o bien se ha visto infectado por el «síndrome Homer Simpson», volviéndose más estúpido capítulo tras capítulo. Desde luego, la idiotez tiene muchas caras, y una de ellas no deja de ser la terquedad, pero queda por ver si Donald puede mantener esta opinión anticientífica cuando las pérdidas humanas —casi un centenar— y materiales —más de 290.000 millones de euros— no solo señalan un tsunami político en EEUU, sino también una nueva defensa de la postura oficial o un cambio necesario en la misma.

Por descontado, nadie debería esperar ver a un Trump cabizbajo y arrepentido entonando el «mea culpa» en CBS, NBC o FOX, por citar tres de las grandes cadenas de la parrilla televisiva norteamericana, pero sí un cambio sutil en la dirección presidencial que nos acerque de nuevo hasta el siglo XXI. Queda por ver, no obstante, dónde empieza el rostro y termina la careta, algo que ni tan siquiera muchos de sus votantes saben, hoy, a ciencia cierta, pues siguen sorprendiéndose del cumplimiento de algunas de sus grandes promesas de campaña.

Sin embargo, hay espacio para el optimismo, aunque llegue desde un pragmatismo deplorable y carente de ética como el de Donald, que ejemplifica a las mil maravillas aquel «Make America Great Again» que ha quedado para la posteridad, y ni original era. Y es que el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos ha encontrado en el desastre una vía de escape para su promesa más descabellada: obligar a uno de sus países vecinos a construir y pagar un muro de miles de kilómetros. Además, está bastante claro que el promotor de la Torre Trump tomará en mayor consideración el análisis del Grupo Goldman Sachs que las palabras de Joel N. Myers, presidente de AccuWeather, y ya no digamos de las decenas de organizaciones científicas que han ratificado el cambio de era geológico y la clara inferencia del ser humano en los ecosistemas. Pero de esto no deberíamos sorprendernos: ese es el mundo que hemos creado entre todos, y, en este mundo, el dinero prima por encima de la propia vida.

Maestros del yoísmo

Hay grandes literatos y columnistas que, en la última década, se han transformado en verdaderos arquetipos rancios de aquello de lo que, un día cada vez más lejano, intentaron diferenciarse. Uno de ellos es el excelentísimo académico, y muy hijo de su padre, Javier Marías, quien, a tenor de sus últimas columnas, tales como Perrolatría o Ese idiota de Shakespeare, se ha convertido en un maestro del yoísmo —y algunos lectores dirían incluso que del cuñadismo.

Verdaderas celebridades de las letras capaces de darle la vuelta a aquella falacia sofista del argumento ad hominen y tirárselas en toda la jeta al lector. «Yo soy yo y mis circunstancias», le espetan, y usted, que tiene un trasfondo similar al mío, estará de acuerdo sí o sí. «Y si usted no está de acuerdo, no solo es un imbécil ignorante, sino que debería instruirse si, algún día, quiere alcanzar mi estatus y comprender la argumentación que aquí le detallo».

Pegatina - Yo pagué con mi vida (nuggets)
Un ejemplo de ilustración/pegatina de la que Joaquín Luna hablaba en su columna. Probablemente, él había visto, por su barrio, alguna imagen más explícita: como esta.

Aquello que, quizá, no han valorado de un modo justo es su falta de argumentos, su discurso vacío, su intento de rellenar de valor una cuestión nada más que con una posición ganada —y de la que nadie debería discutir los méritos— y unida a grandes dosis de yoísmo.

Así, de vez en cuando, es humano sacar los pies del tiesto, pero también reconocer el error y soportar la oleada de mierda que le viene a uno encima. Hoy, esto le ha ocurrido a Joaquín Luna en una columna titulada Yo pagué con mi vida, que el diario La Vanguardia ha decidido publicar en un error similar al que cometió El Correo Gallego con Manuel Molares do Val.

En la misma, y como hilo conductor del texto, podemos leer aserciones que son una denigración constante a vegetarianos y veganos, que hablan del razonable precio de la carne, a juicio del que la suscribe, y no se cortan en tildar a todo un colectivo de fascista y enfermo; por si esto no fuera suficiente como para encender la mala leche de un gran número de lectores, Luna decide consentir y defender el maltrato animal que, en las últimas horas, hemos podido tan solo vislumbrar en la película A dog’s purpose y que termina por aderezar con la imposibilidad de reflexionar sobre sus acciones, amparado en la ceguera del «esto siempre fue así».

La columna, que casi exige un verdadero boicot al medio que la ampara, se defenderá con el argumento de una opinión distinta, sin entender cómo ataca, atribuye e insulta a un colectivo cada vez más numeroso, cuyo único crimen, casi siempre, es intentar hacer pensar a su prójimo.

El texto de Joaquín Luna es un ataque frontal contra todo el trabajo de millones de personas que buscan un mundo más justo, que comprenden que los modelos de consumo actuales no son éticos, y tampoco sostenibles, y que luchan contra el maltrato animal en todas sus vertientes. Joaquín Luna es el matador de toros que se atreve a escupirnos a los animalistas, gritándonos que él, y solo él, es el verdadero amante de los animales. Otro maestro del yoísmo.


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