Maestros del yoísmo

Hay grandes literatos y columnistas que, en la última década, se han transformado en verdaderos arquetipos rancios de aquello de lo que, un día cada vez más lejano, intentaron diferenciarse. Uno de ellos es el excelentísimo académico, y muy hijo de su padre, Javier Marías, quien, a tenor de sus últimas columnas, tales como Perrolatría o Ese idiota de Shakespeare, se ha convertido en un maestro del yoísmo —y algunos lectores dirían incluso que del cuñadismo.

Verdaderas celebridades de las letras capaces de darle la vuelta a aquella falacia sofista del argumento ad hominen y tirárselas en toda la jeta al lector. «Yo soy yo y mis circunstancias», le espetan, y usted, que tiene un trasfondo similar al mío, estará de acuerdo sí o sí. «Y si usted no está de acuerdo, no solo es un imbécil ignorante, sino que debería instruirse si, algún día, quiere alcanzar mi estatus y comprender la argumentación que aquí le detallo».

Pegatina - Yo pagué con mi vida (nuggets)
Un ejemplo de ilustración/pegatina de la que Joaquín Luna hablaba en su columna. Probablemente, él había visto, por su barrio, alguna imagen más explícita: como esta.

Aquello que, quizá, no han valorado de un modo justo es su falta de argumentos, su discurso vacío, su intento de rellenar de valor una cuestión nada más que con una posición ganada —y de la que nadie debería discutir los méritos— y unida a grandes dosis de yoísmo.

Así, de vez en cuando, es humano sacar los pies del tiesto, pero también reconocer el error y soportar la oleada de mierda que le viene a uno encima. Hoy, esto le ha ocurrido a Joaquín Luna en una columna titulada Yo pagué con mi vida, que el diario La Vanguardia ha decidido publicar en un error similar al que cometió El Correo Gallego con Manuel Molares do Val.

En la misma, y como hilo conductor del texto, podemos leer aserciones que son una denigración constante a vegetarianos y veganos, que hablan del razonable precio de la carne, a juicio del que la suscribe, y no se cortan en tildar a todo un colectivo de fascista y enfermo; por si esto no fuera suficiente como para encender la mala leche de un gran número de lectores, Luna decide consentir y defender el maltrato animal que, en las últimas horas, hemos podido tan solo vislumbrar en la película A dog’s purpose y que termina por aderezar con la imposibilidad de reflexionar sobre sus acciones, amparado en la ceguera del «esto siempre fue así».

La columna, que casi exige un verdadero boicot al medio que la ampara, se defenderá con el argumento de una opinión distinta, sin entender cómo ataca, atribuye e insulta a un colectivo cada vez más numeroso, cuyo único crimen, casi siempre, es intentar hacer pensar a su prójimo.

El texto de Joaquín Luna es un ataque frontal contra todo el trabajo de millones de personas que buscan un mundo más justo, que comprenden que los modelos de consumo actuales no son éticos, y tampoco sostenibles, y que luchan contra el maltrato animal en todas sus vertientes. Joaquín Luna es el matador de toros que se atreve a escupirnos a los animalistas, gritándonos que él, y solo él, es el verdadero amante de los animales. Otro maestro del yoísmo.


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Sorteo 4 ejemplares de mi libro

¡Muy buenas! Desde hoy y hasta el 29 de diciembre he puesto en marcha un «concurso navideño» (a través de Easypromos) para regalar cuatro ejemplares dedicados de mi primer libro: De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016).

Si queréis participar en el sorteo, pasaos por el Facebook y saludadme, mandadme una foto de vuestros amiguetes de cuatro patas, discutidme algo, o lo que os apetezca. ¡En este enlace tenéis toda la información!

Javier Ruiz (concurso) - De cómo los animales viven y mueren

Texto original en Facebook (actualizado 8/12/2016)

¡Voy a sortear CUATRO ejemplares dedicados de mi libro animalista!

Como he obligado a amigos, conocidos y familiares a comprarlo, todavía tengo unos cuantos para mandaros como regalo navideño.

Los enviaré con una dedicatoria personalizada a los cuatro ganadores o ganadoras que resulten premiados entre todos los usuarios que comenten esta publicación.

Podéis saludar, colgar fotos de vuestras mascotas, contarme un chiste o hablar de todo lo que veis bien y mal del libro. ¡Lo que queráis!

Tenéis tiempo hasta el viernes 29 de diciembre de 2016 a las 23:45 para participar.

Instrucciones paso a paso:
1. Escribe un comentario en este mismo post.
2. Puedes seguir mi página de Facebook si te gusta, ¡pero no es obligatorio!
3. Eso sí, estate atento (o atenta) a la página porque aquí publicaré a los ganadores/as del sorteo.

¡Y recuerda que puedes compartir el #sorteo de #DeCómoLosAnimalesVivenYMueren en tu biografía y mencionar a tus amigos en los comentarios para que también puedan participar!

¡Gracias!
http://bit.ly/FBsorteo

Presentación: De cómo los animales viven y mueren

Ayer, día 22 de noviembre, se mezclaron cientos de sentimientos y emociones: alegría, inquietud, espontaneidad, gratitud, familiaridad, deseo de cambio,… ¡quién sabe qué más!

Fue la primera de muchas, espero, y un punto de partida; uno más. Con muchos nervios al principio, y un alivio aderezado entre tacos a medida que los minutos pasaban (¡no os puedo engañar, soy muy mal hablado!).

Una hora en la que me había propuesto mostrar los problemas de sostenibilidad que nos afectan a todos, y cómo la ética de cada uno se compone de lo que sabemos; de la importancia de saber, y de seguir aprendiendo, y, sobre todo, de la firme creencia de que la imposición nunca será el mejor camino para llegar a quienes no piensan como tú.

Una presentación que, creo, que conseguí que se asemejara al libro: lleno de relatos que se resisten a salir a la luz, de historias tras los muros, del desconocimiento y del peligro que este supone en todo lo que vivimos; en todo lo que comemos, vestimos y en la forma en la que nos divertimos.

De cómo los animales viven y mueren ha sido desde el principio un alegato de cientos de preguntas que necesitan una respuesta, y de, por lo menos, una verdad: que los animales viven y los animales mueren, y que la mayoría de nosotros no sabemos cómo hacen ni una cosa ni la otra, y que para muchos esto no es ético, pero, sobre todo, que tiene una fecha de caducidad muy, muy breve.

Hoy, no tengo más palabras. Pero mañana seguro que volverán.

Gracias.

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De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Las fotografías corresponden a la presentación en Casa del Libro de De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro sobre ética y protección animal, consumo sostenible, y mucho más. ¡También está disponible en Amazon!

De cómo los animales viven y mueren (Diversa, 2016)

De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016) está a la venta desde noviembre de 2016. Como la mayoría sabéis, es el primer libro que publico, y recopila nueve ensayos animalistas con un estilo muy similar al que podéis encontrar en este blog.

En las últimas semanas, amigos y amigas, conocidos y conocidas, lectores y lectoras del blog (bueno, ya os hacéis una idea), me han preguntado cuándo salía el libro, dónde se podía comprar, si estaba feliz como una perdiz, etcétera. Recojo aquí unas cuantas respuestas.

En breve, la edición en papel también podrá adquirirse a través de mi página personal (jruiz.es). Por el momento, si queréis comprar un ejemplar, podéis escribirme a javruizfernandez@gmail.com

Datos básicos

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#1. ¿De qué trata el libro?


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)El libro se compone de nueve ensayos que intentarán que los lectores se replanteen, de forma individual y como sociedad, nuestra relación con los animales
en diferentes ámbitos de la vida diaria: alimentación, industrialización de los modelos de consumo, salud, ecología, mascotas, moda o neocolonialismo. Si te apetece, aquí puedes leer un resumen algo más extenso.

Asimismo, en enero de 2015, publiqué una introducción que encabeza los ensayos que salen a la venta en unos días, y si bien he vuelto a hablar sobre ello, considero que esa primera vez que aparecía, bajo el título Una carpeta llena de animaladas, ha terminado encuadernada por una buena razón.

Actualizado: Diversa Ediciones también ha preparado un pequeño libreto de relatos gratuito titulado De cómo tu perro cambió mi vida (y otros relatos sobre animales) con algunos de mis textos recopilados. ¡Y es completamente gratis! Se agradece mucho que lo descarguéis, así como que dediquéis un minuto a rellenar una pequeña crítica o análisis personal.

#2. ¿Cuándo sale a la venta?

El libro puede adquirirse ya en preventa por Amazon desde la semana pasada, pero se distribuirá (de hecho, ya se está distribuyendo) para su venta en formato papel en tiendas y librerías entre finales de esta semana y principios de la siguiente.

Fecha de lanzamiento: 31 de octubre – 4 de noviembre (según provincia)

Actualizado: adjunto algunos enlaces para su compra en papel o en digital.

Oso Arturo (fotografía)

#3. ¿Hay presentación oficial?

¡Sí! Y a ver cómo sale la cosa, que hace miles de años que no tengo que hablar en público, ¡así que necesito mucho apoyo, que conste!

Por el momento, hay una primera presentación-coloquio el 22 de noviembre en Barcelona en Casa del Libro de Paseo de Gracia (la hora está por confirmar, aunque será por la tarde) y una segunda presentación en la feria EcoReus (Tarragona) el 27 de noviembre.

Actualizado: puedes leer más sobre esto aquí.

AlPerroVerde - Voluntariado Quatre Camins 2015-2016
Compañeros y perros de AlPerroVerde en uno de los programas de voluntariado en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

#4. ¿Me gustará el libro?

Pues… no soy de mojarme mucho con estas cosas, pero si te vas leyendo las entradas de este blog sobre animalismo y humanidades, y te parecen interesantes, ¡te gustará! En estos nueve ensayos he intentado mantener siempre un estilo informal y exponer, a su vez, cientos de reflexiones que se acompañan y legitiman con un buen puñado de bibliografía.

Algunos ejemplos que te pueden ayudar a decidir, son: Vida de perros (i y ii), Bruce Lee y la imposibilidad del medio plazo o El modelo de sobriedad de Mujica, que son textos que han sido adaptados para el libro y que, antes de su publicación, he compartido con vosotros en Doblando tentáculos. 

16 perros y gatos abandonados por hora en España
Un grupo de perros callejeros en México D.F. Uno de los puntos del planeta con mayores problemas de abandono animal. En España, no obstante, no nos quedamos atrás: cada hora se abandonan 16 perros y gatos según cifras recogidas en 2014.

Otros artículos similares que no forman parte de la obra, pero que pueden ayudaros a haceros una idea sobre su contenido son: Arturo y la libertadYa hablamos con Tordesillas Los animalistas también hacen animaladas.

#5. ¿Has engañado a gente guay para que hable bien de tu libro?

Bueno, para empezar he conseguido que dos personas a las que admiro profundamente colaboren en el prólogo de la obra. Algo de lo que estoy muy, pero que muy agradecido, y un poquito orgulloso también. Una de ellas es la periodista Melisa Tuya, coordinadora de blogs en 20 Minutos, a la que muchos conocéis por escribir los espacios En busca de una segunda oportunidad y Madre Reciente; el otro es Miquel Llorente, presidente de la Asociación Primatológica Española, director del Institut de Recerca i Estudis en Primatologia (IPRIM) y responsable de la unidad de investigación y el laboratorio de etología de la Fundación Mona (y más cosas, que, con todo lo que hace este hombre, esto se alarga demasiado, pero a quien tengo, desde ya, un cariño especial, porque no solo me ha dejado acercarme a su trabajo, sino también a toda su familia primate).

Chimpancés en Fundación Mona.

#6. ¡Genial! Estarás contento, ¿no? Pero tengo más preguntas…

Como decía un joven Ray Liotta al inicio de Goodfellas: «desde que tuve uso de razón, quise ser…» En su caso, gánster; yo quise contar historias, y, por aquel entonces, no sabía cómo. Fue más tarde cuando encontré la respuesta en la escritura. Así que sí, ¡estoy que no quepo en mí!; tanto con la oportunidad que esto supone, como con la posibilidad de seguir publicando ensayo, y, a la par, trabajando en narrativa como mi próximo objetivo inmediato (ya os contaré…).

Sobre el tema en cuestión: ¡hazlas! Lo mejor será abrir un diálogo a través de los comentarios e ir alargando estas FAQ o preguntas frecuentes sobre el libro. Y cualquier aportación, duda, petición de estriptis (no lo recomiendo), o lo que sea, será más que bienvenida.

Vivir en la utopía

Este artículo puede contener opiniones que no compartes, pero está escrito desde el respeto y el deseo de empatía hacia todo el mundo: gente que come carne y pescado, gente que no lo hace, personas que trabajan en santuarios y refugios de animales, y otras que no se preocupan en absoluto por ellos. De igual modo, también se generaliza en algunos puntos, con el único fin de no alargar hasta el infinito los ejemplos, por lo que se requiere un poco de buena fe y retroalimentación en la lectura. Si no estás dispuesto(a) a hacer el esfuerzo, quizá no debas leerlo.

Por cierto, las imágenes no intentan restar seriedad al artículo, sino amenizar la lectura de este tocho de texto que trae a colación un gran número de temas de actualidad animalista.

La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un futuro mejor.

Anatole France, escritor francés (1844-1924)

La literatura tiene un gran peso en mi vida. Desde que puedo recordar, me gusta escribir e inventar historias. De pequeño, escribía en una gran libreta con la portada en rojo; enfrente, mis clicks de Playmobil como protagonistas y, en definitiva, todo el mundo veía que era el rarito de los hermanos.

No demasiado tampoco, lo suficiente para preferir una recreación cutre de La isla del tesoro a entrechocar a los Madelman que conocimos mi hermano mayor y yo, y a los actualizados Action Man del pequeño (que también lo haría, supongo). Había niños que tenían sus juguetes favoritos, a mí me gustaba inventar historias: qué sentían, qué querían, qué les ocurría mientras intentaban conseguir a esa chica, ganar ese partido de fútbol del mundial (bueno, Oliver y Benji estaba ahí, y también el dream team del Barça) o salvar el mundo entre cuatro tortugas ninja, pero, como todo buen escritor, sabía que su destino estaba en mis manos.

Tres libros hasta la utopía

Durante mi adolescencia, J.D. Salinger dio palabras a muchas de las cosas que yo sentía con aquella voz universal y estúpidamente inmadura de Holden Caufield a la que le tengo tanto cariño; hace unos días unas semanas, leía un artículo sobre por qué El guardián entre el centeno es el perfecto libro de juventud, y después deberías regalarlo. Quizá es tan imprudente como creer que siempre seremos como en este mismo instante; pero he oído consejos peores, desde luego.

J.D. Salinger en <i>Bojack Horseman</i>
J.D. Salinger en Bojack Horseman. Y recuerda: Hollywood Stars and Celebrities: What Do They Know? Do They Know Things? Let’s Find Out! ¡Otro éxito del señor Peanutbutter!

Años después, a mis veintipocos, el único libro de autoayuda que he leído en mi vida me ayudó a dejar de fumar. Era un manual adaptado de las charlas que Allen Carr había ofrecido durante décadas sobre su método Easyway. Lo más gracioso es que no fue un regalo para mí, sino que topé con él por casa de mis padres entre un cúmulo de buenos propósitos de alguien más: quizá mi madre, que aún es fumadora hoy, o alguno de mis hermanos. Mi padre, quien murió de cáncer de pulmón y metástasis cerebral en septiembre de 2010, nunca lo terminó de leer. Se decepcionó un poco al saber que, de todos modos, el escritor británico había muerto de cáncer (Benalmádena, 2006): sobre esto, no entendió que no era el qué, sino el cómo.

Y, por último, hace solo un par de años, encontré Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas en un escaparate de la calle Torrent de l’Olla; lo ojeé. Era un ensayo de los pocos sobre animalismo que se han traducido al español. Dio en el clavo. No me volví exactamente vegano; no me volví exactamente vegetariano (o quizá sí), pero supuso un cambio enorme en mi vida.

Perro en un matadero
Un perro destinado a consumo humano en un matadero chino. La foto pertenece a un artículo de Teresa Guerrero en El Mundo dedicado al libro de Melanie Joy.

Hoy, gracias a todos estos puntos de inflexión recogidos en tres o cuatro párrafos, también escribo a diario, publico, e incluso sueño con ganar cuatro duros y poder convertir una pasión en un modo de vida. Por ello, no me atrevería a poner límites a la utopía como motor de cambio: pensar que algo es posible, por muy imposible que nos parezca, es aquello que lo convierte en una verdadera opción.

Homer Simpson y la utopía

Y aquí viene el cuarto pero de este artículo (y el más importante); ese giro de los acontecimientos que todo buen episodio de Los Simpson tenía hacia el cuarto o quinto minuto de visionado y que convertía la demolición del casino Monty Burns en un buen argumento para que Homer usara su chimenea para freír pollo y terminase, junto a Ned Flanders, casándose con unas «pilinguis» en Las Vegas.

Homer y Flanders en Las Vegas
¡QUE SÍ, TÍO, QUE QUIERO CASARME! ¡CASAAAAARME!

La objeción entre utopía y modo de vida llegó a mí con varias actualizaciones de uno de los santuarios que más admiro, el Santuario Gaia, ubicado cerca de Camprodón; un refugio que no solo tiene una enorme presencia en la red, sino que realiza un trabajo de voluntariado y modo de vida admirable.

Entonces, ¿qué tripa se me ha roto? Para entenderme, quizá es bueno que sepas que muchos refugios y santuarios no aceptaron las donaciones del Movimiento Antitaurino de Lucha (M.A.L.) que se trataron de realizar tras el Toro de la Peña. El porqué era sencillo, pero sentó mal: se comprobó que un porcentaje de los integrantes del M.A.L. habían mostrado actitudes homófobas y fascistas, así como apoyo a la carne ecológica, y el colectivo no lo había perseguido ni condenado explícitamente.

En otras palabras, discutir no tiene nada de malo: está bien buscar tus límites, preservar tu punto de vista, ser consciente de que tú también te equivocas; solo es necesaria una buena dosis de empatía y de respeto, que fue lo que (parece ser que) le falló al M.A.L. al criticar no solo a la tauromaquia, sino también a los miles de gays que viven en este país y a los millones de personas que seguimos otra tendencia política en España.

En este caso, los santuarios adoptaron (acertadamente, para un servidor) filosofía similar a la del Bloque Aliado en los años cuarenta: Stalin es un loco de cojones, pero se está defendiendo y está abriendo una brecha (repleta de cadáveres, soviéticos y no soviéticos) por el este. No simpatizamos con él, pero no le diremos que está equivocado en equis cuestiones porque, en estas otras, para nosotros, justo ahora que ha acertado con algo. ¿Cómo te has quedado? ¡Menudas comparaciones de calité! ¿O no?

Santuarios de animales y veganismo

Los seres humanos serán más felices cuando encuentren caminos para vivir como las antiguas comunidades primitivas. Esa es mi utopía.

Kurt Vonnegut, escritor estadounidense (1922-2007)

Por lo que a mí respecta, solo hay un par de cosas que me preocupan al seguir algunas de las publicaciones del día a día de los santuarios (Gaia, Compasión Animal, el Hogar ProVegan, Wings of Heart…) y es la concepción de la naturaleza en su mismísima definición. Temo estar viendo cómo esa definición se humaniza en exceso, se impregna de buenas intenciones y se olvida del verdadero significado de animalismo, a sabiendas de que, por mucho que nos engañen, una palabra tiene siempre innumerables matices.

Contra el consumo de carne (Anima Naturalis)
Perfomance de Anima Naturalis contra el consumo de carne en el Día Mundial de los Animales de Granja. En la parte superior de la fotografía, puede leerse el eslogan: «¿Cuánta crueldad eres capaz de tragar?»

No me refiero al hecho de preocuparse por animales cojos, ni heridos, ni ciegos si cabe. Entiendo ese respeto que cualquier especie merece y que estos grupos comparten: una vida es una vida, y si es posible respetarla y salvarla, apoyo totalmente la filosofía vegana. No nos sacrifican cuando nos rompemos una pierna, o tenemos un grave accidente; el respeto por la vida humana es una de las premisas básicas de nuestra sociedad: a veces, hasta límites absurdos, como el caso de Ramón Sampedro. ¿Pero acaso es lícito destinar una vida al cuidado del resto? ¿Nos hemos planteado qué ocurriría si todos acogiésemos este modelo? ¿Seríamos más sostenibles o este sería inviable en todos los sentidos?

A veces, me gusta moverme entre lo políticamente correcto y lo incorrecto, pero esta no es una de esas veces. Esta vez, cuando leo sobre un gallo epiléptico que necesita 24 horas diarias de vigilancia, una oca que no puede caminar o una vaca que es totalmente dependiente, me pregunto cuándo ese amor por la naturaleza, ese animalismo férreo, se convirtió en sentimentalismo.

Somos uno de los países con más maltrato animal, y también con más santuarios de animales del mundo: por lo tanto, esto no solo es lícito, es lógico: necesario; los necesitamos, necesitamos cambiar como sociedad, pero también requerimos un modelo de cambio real, coherente, ampliable y replicable. Los santuarios no solo se enfrentan a una falta de conciencia colectiva por el sufrimiento animal y la industria alimentaria, sino también al grave hándicap de no solo tener que luchar por universalizar la adopción de un modo de vida totalmente legítimo que se basa en el respeto a cualquier ser que siente, sino también de plantar las bases de un mundo que no necesite de santuarios de animales, y pueda integrarlos dentro de un contexto global de nuestra sociedad.

M.A. Barracus - A-Team
M.A. Barracus navegando con su walkie-talkie a través de las radiofrecuencias más ochenteras. El joyero entero de Sissí Emperatriz que lleva al cuello mejora la cobertura en un 47 %.

Sin embargo, cuando contagiamos nuestra lucha de la atracción típica del lector de viajes, topamos con un escollo. El marketing —y hoy todo funciona, quieras o no, a través del marketing— nos dirá que nos detengamos ahí: cuanto mayor sea tu target, tu público objetivo, mayores serán los grupos que podrás segmentar adecuadamente, y también mayores los ingresos, los donativos y los interesados por tu proyecto; así funcionan muchos blogs de viajes: ofrecen una imagen idílica y una aventura hacia la que pocos se atreven a lanzarse, porque si todos escalásemos el Everest, viajásemos por Latinoamérica u organizásemos nuestro estilo de vida retransmitiendo por streaming aventuras y desventuras al estilo David Carradine en Kung Fu o el negro Barracus (M.A.) del Equipo A, no tendría nada de emocionante.

Aquí hay algo que chirría, pues. La creación de un santuario de animales no debe olvidar que no puede hacer de aquella frase tan famosa su motor (salvar a un animal no cambiará el mundo, pero cambiará su mundo), porque cambiar el mundo también requiere de colaboración, y de cambiar las cosas paso a paso: eso es algo que parece intrínseco en los santuarios, pero no siempre suficientemente visible.

Pero vamos un instante al caso anterior —el del Movimiento Antitaurino de Lucha queriendo repartir el botín de guerra entre sus aliados—; los santuarios no estuvieron de acuerdo, porque un gesto así —y aunque muchos no lo crean— perjudica más de lo que ayuda; ¿pero no ocurre lo mismo con los donativos de una persona que apoya a la industria cárnica?, ¿que consume productos de origen animal?

Grus y Llama (Hogar ProVegan)
Grus y Llama, dos habitantes de ElHogar ProVegan.

Esta es la primera parte: si la vida humana y animal es para un vegano igual de importante, y no aceptamos el dinero de una persona que no respeta la vida humana, ¿por qué si lo hacemos de alguien que no respeta la vida animal? ¿o del gobierno, quien ofrece donaciones a los santuarios e incentiva la creación de mataderos y otros centros industriales de procesado cárnico?

No obstante, aquí hablamos más de meritocracia de cara a la galería que de otra cosa. Al fin y al cabo, ningún santuario o refugio dirá que no a un donativo, a una ayuda privada; lo hará, y muy legítimamente, a sonreír, y a hacer el paripé en público por 500, 1.000 o 3.000 euros. Si se venden al capital, que sea a precio de oro. Pero lo lógico es no hacerlo, porque a un santuario de animales y a los integrantes que lo conforman les mueven otras cosas más allá de las oportunidades que se abren a su paso, y son la ética y la capacidad de ser consecuentes consigo mismos.

Woodstock Farm Santuary
Estas imágenes pertenecen al Woodstock Farm Santuary, y no, cuando hablo de animales que han perdido su «animalidad» no me refiero a aquellos que necesitan una prótesis para vivir, o fisioterapia, sino a casos mucho más graves.

A su vez, esta utopía tan necesaria que ha fluido a lo largo de todo este (extenso) artículo no debería hacernos olvidar dos cosas: la primera, que cambiar el mundo paso a paso debe permitirnos seguir avanzando; si se quiere una sociedad que respete a los animales, no podemos embarrancar en ese espacio donde seguimos salvando a unos pocos «afortunados» que han sufrido su propio infierno: hay que crear conciencia, luchar contra el especismo, exigir que todos, los que comen carne y pescado y los que no lo hacemos, piensen en ello, y en un modelo más humano; la segunda, y quizá todavía más importante, dejar que los animales sean animales: por mucho que nos duela, unas ocas que no pueden caminar, quizá hayan perdido buena parte de su animalidad, y de su esencia; podemos cuidarlas, igual que a cualquier otro ser vivo, pero, desde la distancia, parece que no deberíamos perder de vista esos casos que nos impiden ver todo el mar de problemas a combatir que se abre frente a nosotros.

Uno de los eslóganes más tenaces con los que me he encontrado estaba en la página web del Santuario Gaia; decía: Por un mundo vegano, pero el mundo es lo que es; veganos solo podemos ser nosotros. Y esa es una de las ideas más importantes a retener si queremos un cambio.


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Del estómago al cerebro

El vegetarianismo y el veganismo afirman que no existe necesidad de alimentarse de proteínas de  origen animal para llevar una vida saludable —a excepción de una carencia de vitamina B12 presente en algunos de estos círculos que se debe complementar con fuentes adicionales.

Por carne, nos referimos al cuerpo de otros mamíferos[1], de peces y de marisco, y hago esta señalización porque, por alguna razón, los discursos suelen estar tan sobrepuestos que quizá a las personas de vuestro entorno (madres, padres, hijos, hijas, primos… ya sabéis), les parezca estupendo que renunciéis a la ternera pero no al salmón, al rape y a la merluza, con todas las proteínas, ácidos grasos, vitaminas y minerales que tienen.

Este texto forma parte de una serie de ensayos personales que he titulado De cómo los animales viven y mueren y que comparto en el blog, parcialmente, desde hace unas semanas.

Esta diferenciación es, simplemente, cultural. No comemos carne de perro porque lo sentimos cercano a nosotros: lleva más de 20.000 años a nuestro lado; ha sido un compañero fiel y, como mucho, una herramienta (caza, vigilancia, protección, etcétera). Por el contrario, la vaca, el cerdo o el conejo jamás han gozado de esta proximidad con nuestra especie, ¿verdad? En el caso de los peces la empatía es todavía menor, puesto que no comparten ni tan siquiera nuestro ecosistema directo, lo que restringe el contacto al mínimo.

Carne de perro labrador
¿Te imaginas…? Horrible, ¿verdad?

Desde pequeños se nos ha enseñado la necesidad de comer carne. Enseñar, aun así, sería una palabra errónea, puesto que es cierto que la carne de otros animales cuenta con proteínas y grasas que necesitamos para vivir.

Si ingerimos proteína animal para no sufrir carencias de una vitamina esencial para nuestro organismo, pero nos intoxicamos por múltiples vías, ¿vale la pena? Esa parece ser la clave.

Por ello, antes de la domesticación de animales para consumo, durante el Neolítico, cazábamos. Sin embargo, los vegetarianos y los veganos también viven; entonces, cabe preguntarse si realmente estas dietas alternativas son sostenibles, son mejores o son total y absolutamente deficientes. Si ingerimos proteína animal para no sufrir carencias de una vitamina esencial para nuestro organismo, pero nos intoxicamos por múltiples vías, ¿vale la pena? Esa parece ser la clave.

No hay ningún estudio que pruebe la necesidad de consumir carne para mantener un aporte proteico y calórico suficiente, en cambio, hay múltiples estudios que asocian el consumo de carne animal a problemas de obesidad, obstrucción arterial y cáncer (Staff de la OMS, 2015).

Asimismo, mantener una dieta vegetariana o vegana no parece estar enfrentado a obtener la cantidad suficiente de proteínas y aminoácidos (ácidos esenciales que permiten crear componentes básicos de las proteínas humanas), pero quizá sí tiene otros contratiempos que irán apareciendo en el texto; en este caso, hago referencia a la ya citada vitamina B12 o a los ácidos grasos omega 3 y omega 6.

Triceratops, el primer vegano

En otras palabras, no hay nada que demuestre que el consumo de carne animal no pueda sustituirse en gran parte (o en su totalidad) por alimentos de origen vegetal. Sin embargo, no oscilemos entre los extremos (que suele ser aquello que más nos atrae a todos, ¿verdad?); veamos primero qué papel fundamental ha supuesto la carne para encumbrarse en la cima del consumo de muchos países.

Mantener una dieta vegetariana o vegana no parece estar enfrentado a obtener la cantidad suficiente de proteínas y aminoácidos.

Para ello, tenemos que retrotraernos varios miles de años hacia los cambios evolutivos que sufrió nuestra capacidad craneal y, posteriormente, nuestro cerebro. Numerosos estudios afirman que fue el consumo de carne lo que permitió el aumento de la capacidad craneal y, más adelante, de la inteligencia abstracta que nos diferencia de otros animales[2].

Lo que no siempre se reseña, es que ese consumo relativamente elevado de carne se produce a través de la carroña, como bien sintetiza Carlos A. Marmaleda, experto en paleoantropología y cosmología, en Sobre el origen de la inteligencia humana, un texto de ampliación de otro famoso artículo de Juan Luis Arsuaga titulado El origen de la inteligencia humana.

Estamos hablando de lo que permitió al Homo habilis y al Homo rudolfensis —quizá los australopithecus ya carroñeaban pero no al mismo nivel— mantener una compleja línea evolutiva hasta el Homo sapiens: pasar de una dieta rica en celulosa hacia una dieta muy proteica, y enviar todo ese excedente del aparato digestivo hacia el cerebro (Marmelada, 2003).

Homo habilis carroñereando.
Un grupo de Homo habilis carroñeando.

Sobre estos temas soy completamente inexperto, y además mi interés es relativo, si bien explican el porqué de la importancia de la carne, y cómo al final de la Edad del Hierro esto no tenía razón de modificarse, pues el hábito, la costumbre, la tradición y el sabor habían forjado una cuádruple proposición que se sobreentendía por todos.

De nuevo en el presente, cabría preguntarse por qué no existen estudios dedicados a revelar en un plazo de tiempo lógico si parte o el total de consumo de carne es sustituible y, si es así, por qué no hacerlo, mientras que si no es así, por qué no limitarlo, ya que entramos en los blancos y los negros del consumo de carne. Los blancos están claros: aporte nutricional y, muy probablemente, evolución de nuestra especie; ¿y los negros? No, los negros no solo están relacionados con lo que ocurre en mataderos o granjas industriales, sino también con la sostenibilidad del modelo.

Para que Occidente, Latinoamérica y muchos países musulmanes (no encuentro un apelativo mejor, aunque soy muy consciente, en la medida de mis posibilidades, de las diferencias entre Pakistán y Arabia Saudí, por ejemplo) puedan consumir carne en mayor o menor medida, hay poblaciones e incluso países enteros que no cuentan con ella en su dieta. La carne es un alimento de lujo en China o en la India, y más del 99% de sus ciudadanos no la consumen.

Cabría preguntarse por qué no existen estudios dedicados a revelar en un plazo de tiempo lógico si parte o el total de consumo de carne es sustituible.

Dicho de otro modo, para que nosotros podamos consumir diariamente, muchos países no consumen nunca. Hasta ahora. Ahora, cuando estos países del sudeste asiático empiezan a convertirse en economías emergentes, sus ciudadanos no solo están comprando enormes concentraciones de terreno y animales para la cría, sino que se disponen a consumir carne en la misma medida en que lo hace Occidente y otros países cercanos. ¿Y por qué no deberían?

Lo que ocurre en la China y en la India es lo mismo que ocurrió a finales del siglo XIX en las zonas más industrializadas y aburguesadas de España (País Vasco, Cataluña, etcétera), o en Reino Unido, Francia o Alemania con anterioridad. Sin embargo, es un modelo caduco.

Ilustración, John Holcroft (granja)

Al margen de las creencias de igualdad animal; sin relación alguna con el sufrimiento de otras especies; total y absolutamente separadas de la salud o de las enfermedades de los ciudadanos. Es un modelo caduco porque está destruyendo el planeta a una velocidad que no alcanzará los cien años desde el establecimiento de la agricultura intensiva tras la Segunda Guerra Mundial si otras naciones empiezan a comer carne al mismo ritmo que nosotros (Carnero, 2014). Y lo van a hacer, porque no somos nadie para decirles qué pueden y qué no pueden hacer. Solo tenemos potestad para aprender de nuestros errores, e intentar que el resto del mundo tome conciencia de ellos. Pero para eso primero debemos tomar conciencia nosotros (Linde, 2014).


[1] Muchos activistas entre los que se encuentran Yourofsky, Potter y Melanie Joy (en sus respectivos campos) critican un nivel de invisibilidad e hipocresía en el lenguaje. Todos ellos consideran que es más sencillo seguir consumiendo carne si lo suavizamos etimológicamente: una hipótesis que mantiene que el consumo de otros seres vivos es menos traumático si nos referimos al cadáver de otro animal como carne, a sus testículos como criadillas y a su cerebro como sesos: no solo alejamos la muerte y el despiece, sino también la definición real del “objeto”.

[2] Remarco aquí el término “inteligencia abstracta” puesto que, a menudo, tendemos a creer que otros animales no son inteligentes cuando, simplemente, piensan y sienten de un modo distinto.


Lista de referencias bibliográficas:

  • Staff de la OMS (2015). Prevención del cáncer. Ginebra, Suiza: OMS. Recuperado de http://www.who.int/cancer/prevention/es
  • Marmelada, C. (2003, 15 de enero). Sobre el origen de la inteligencia humana. Ampliación del artículo El origen de la inteligencia humana, según Arsuaga. Navarra: Universidad de Navarra, Grupo de Investigación Ciencia, Razón y Fe. Recuperado de http://www.unav.es/cryf/origeninteligencia.html
  • Carnero Chamón, E. (2014, 8 de octubre). Ser vegano no es lo que usted piensa. El País. Recuperado de http://elpais.com/elpais/2014/10/08/buenavida/1412757202_712498.html
  • Linde, P. (2014, 27 de noviembre). ¿Y si dejáramos de comer carne? El País. Recuperado de http://elpais.com/elpais/2014/11/26/buenavida/1417006731_060496.html

Las ilustraciones pertenecen a DKFindOut, Tricky Trapper Camp y John Holcroft.

El consumo de carne en el mundo

No hay nada más poderoso que una idea cuando su tiempo ha llegado. 
Víctor Hugo (1802-1885)
Nuestros nietos algún día nos preguntarán: “¿Dónde estabas durante el Holocausto de los animales? ¿Qué hiciste en contra de estos crímenes horribles?” No podremos dar la misma excusa por segunda vez, que no sabíamos. 
Helmut F. Kaplan (1952)

El 20 de marzo de 2012, Philip Wollen, expresidente de Citibank, lanzaba con la voz queda un grito por el derecho de todos los animales (Kindness Trust, 2012). Minutos antes de que el Saint James Ethics Centre (Melbourne, Australia) estallase en un aplauso generalizado, el filántropo difundió una de las máximas más célebres de William Shakespeare al público: ¿Cómo ve usted el mundo?, dijo, repitiendo la pregunta que el rey Lear formulaba al conde de Gloucester. Este contestó: “Lo siento”. No como una disculpa (I see it feelingly, en el original), sino como una forma de vivir más cercana y real con la naturaleza.

En el centro del encarnizado debate, Wollen ofrecía datos objetivos sobre lo que supone el consumo de carne a nivel global: las emisiones de CO2, metano y otros gases contaminantes producidos por estas son la primera causa de contaminación atmosférica, el 90% de los peces pequeños son molidos para alimentar a la ganadería convirtiendo a las vacas en el mayor depredador marino de la Tierra y necesitaríamos dos planetas para alimentar al mundo entero con una dieta basada en el consumo de carne.

Estos enunciados, entre otros, son los que hacían al ponente afirmar que estamos ante un problema de origen financiero que, a medio plazo, provocará problemas ambientales (contaminación) y agotará las reservas de agua potable del planeta.

Se necesitan 50.000 litros de agua para producir un kilo de carne de res. Por ello, al margen de premisas que se relacionen con nuestra salud o con la crueldad animal, documentales como Earthlings (Monson, 2003) entrevén otra gran guerra, donde no se peleará por el control de la economía o del petróleo, sino por el agua. Los países industrializados no sufrirán desnutrición o falta de alimentos; por el contrario, amparados en estos testimonios parece plausible afirmar que pueden colapsar por el agua.

Philip Wollen sentía en el cáncer que hacía gritar de dolor a su padre un desconsuelo similar al que se podía percibir en una ballena moribunda que, con un arpón perforando su cráneo, buscaba a su cría entre bramidos; o el miedo de un cerdo o una ternera mientras recorría sus últimos pasos en el matadero.

Granja industrial de pollos.

Su testimonio no desea erradicar la guerra contra otras especies animales, como él la designa, sino promover una justicia real con el resto de organismos vivos de nuestros ecosistemas. Una idea que choca frontalmente con el humanismo previo al siglo XXI, que solo tenía presente cómo los seres humanos nos tratamos los unos a los otros, pero había arrebatado esa equidad a otras especies (Free From Harm Staff Writers,2012).

Por último, ten presente también que (Colaboradores de Oxfam Intermón, 2015, p.23):

El ganado produce algunos de los gases de efecto invernadero más peligrosos —el metano y el óxido nitroso— a través del sistema digestivo (en el caso de los rumiantes, como las vacas) y del estiércol. Ambos gases son mucho más potentes que el dióxido de carbono, del que tanto se habla. En total, el ganado es responsable del 18% del total mundial de emisiones de gases de efecto invernadero. La cría de ganado también emplea una enorme cantidad de agua: aproximadamente un 8% del uso mundial de agua que realizan los seres humanos se destina a cultivar alimentos solo para las reses.

Y también (Colaboradores de Oxfam Intermón, 2015, p.25):

Si los hogares urbanos de Estados Unidos, el Reino Unido, España y Brasil comieran una comida sin carne una vez a la semana, cambiando la carne de vacuno por alubias o lentejas, se criarían cada año cerca de nueve millones y medio menos de vacas. Eso significaría que se dejarían de producir más de 900.000 toneladas de metano al año, lo que tendría el mismo impacto en el medio ambiente que si se quitaran 3,7 millones de coches de las calles durante un año.

Criando muertes

El sistema funciona de un modo muy simple: criamos animales para comer animales. La domesticación, a excepción de razas caninas en un elevado número de culturas y etnias, ha tenido en todo momento un componente utilitarista para los seres humanos; la cría y selección de animales de otras especies permite ciertas modificaciones (fisiológicas, psicológicas o morfológicas, y a menudo todas ellas) con un determinado fin que, en la mayoría de los casos, es el consumo de los productos derivados del animal.

Sin embargo, el consumo tal y como lo conocemos empieza tras la Segunda Guerra Mundial, momento en el que podríamos establecer un cambio global en los países desarrollados (Patterson, 2002). Esta división es, notablemente, discutible, puesto que la agricultura ya recibe mejoras considerables a partir del siglo XVI, pero la mayoría de las mismas se aplican al cultivo y no a la cría, engorde y sacrificio de animales para consumo.

Estas mejoras suelen considerarse, en contraste, menores, y las innovaciones que realmente suponen un cambio a nivel agrícola son los fertilizantes, los reguladores de crecimiento, los pesticidas y la integración de maquinaria mecanizada. Esta última, aplicada con la ganadería, es la que permite hace más de medio siglo lo que se conoce como intense farming o agricultura intensiva. Las prácticas intensivas tienen una premisa básica: aprovechar el máximo de espacio para producir una mayor concentración del producto; esto tiene un límite a todos los niveles, pero el impacto a nivel agrícola es mínimo en contraposición con el trato y las necesidades de infraestructura y espacio de los animales destinados para el consumo humano.

Granja intensiva de cría de cerdos
Fotografía de National Geographic que muestra un centro de cría intensiva de cerdos.

Ante todo, no pretendo crear conciencia de la necesidad de abandonar el consumo de alimentos, sino que me propongo únicamente que me acompañes a lo largo de un análisis de lo que sucede en estos emplazamientos y en cómo afecta al producto final. Quizá descubres que no todo es genial, pero que sigues queriendo comer carne, y pescado, y marisco; como decía al inicio, la cuestión no es imponer una idea, es saber, conocer lo que se mueve a nuestro alrededor y en nuestros estómagos.


Lista de referencias bibliográficas:

  • Kindness Trust (2012, 16 de mayo). Philip Wollen: Animals Should Be Off The Menu debate [YouTube]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=uQCe4qEexjc
  • Monson, S. (director y productor). (2003). Earthlings [Documental]. EEUU: Nation Earth.
  • Free From Harm Staff Writers (2012, 24 de junio). Philip Wollen, Australian Philanthropist, Former VP of Citibank, Makes Blazing Animal Rights Speech. Free From Harm [Mensaje de blog]. Recuperado de http://freefromharm.org/videos/educational-inspiring-talks/philip-wollen-australian-philanthropist-former-vp-of-citibank-makes-blazing-animal-rights-speech/
  • Colaboradores de Oxfam Intermón (2015). Todo lo que necesitas saber sobre comercio justo. Recuperado de http://cdn2.hubspot.net/hub/426027/file-2384404317-pdf/Ebooks/ebook_Comercio_Justo.pdf
  • Patterson, C. (2002). Eternal Treblinka: Our Treatment of Animals and the Holocaust. Nueva York: Lantern Books.

El perro que quería ser

Hoy, te voy a contar su historia, una de esas sin medias tintas; así que vamos al grano, y ya sacarás tus propias conclusiones. Que sepas que no voy a molestarme en explicarte cuánto han sufrido sus protagonistas; quiero que seas tú quien recuerde esa espina clavada que no siempre puedes encontrar en tu conciencia; dejaré que seas tú quien coloree con emociones estas líneas. Y podría empezar con un «Érase una vez», claro, pero lo haré de un modo distinto; reservemos esa expresión para las historias felices, ya que esta no lo es.

Verás… su camada fue de las interminables; de aquellas en las que salían cachorros y cachorros y, tras la decena, los presentes empezaban a dudar sobre cuánto más se iba a alargar aquello. Después, como era habitual, se les dejó espacio por unos días. Todos pudieron amamantar, aunque sintiendo a su ascendiente muy lejos. Sus hocicos buscaban continuamente al de su madre sin encontrarlo, quien se mantuvo por siempre recostada en un rincón de las instalaciones. Tras los barrotes, la camada movía las colas entre sí, jugaba, se sonreía, pero la inacción total de sus mayores no tardó en provocar carencias en su sociabilización, y peleas constantes ante las desatenciones.

Lo que no sabían las crías es que su madre estaba imposibilitada, impedida y casi inválida de tanto criar, y parir, y sangrar, y volver a ello demasiadas veces ya. Tampoco sabían que, a menudo, su padre no era más que una jeringa, ni que iban a ser vendidos, porque aquellas paredes ocultaban decenas y decenas de bestias que no tenían más término que el propio dinero.

Granja de perros

A poco más de cien metros de allí, bajo el sol, varios ejemplares adultos se empujaban unos contra otros, y se mordían constantemente; asustados, hacinados en pocos metros, esperando que alguien se encariñase de ellos mientras miraban hacia la luna por vez primera y última, quien los despedía sin entender por qué abandonaban la hierba que solo habían pisado unos minutos y entraban, a empellones, en ese sombrío camión.

Días más tarde, los pocos jóvenes que todavía no habían iniciado el mismo camino de no-retorno observaban, nostálgicos, a sus compañeras, sin intuir que el próximo parto significaría también el rapto de muchos ellos. Donde la cría y la compra se repetían un número casi infinito de veces, donde cada cual cumplía su misión, y sus largas orejas se perdían en el interior de un vehículo que los separaba.

Granja de cerdos

Cuando me hablaron de aquel lugar, imaginé sus hocicos y su pelo, y el valor de sus vidas; imaginé una fábrica de perros de cría, y me resultó una imagen infernal. Imaginé un lugar destinado a dejar solo sufrimiento y culpa en nuestras manos. Imaginé.

Pero no te preocupes, lector pues, pese a las importantes semejanzas, no eran perros, sino cerdos; cerdos que desaparecían una vez, y otra vez, y otra vez… y a nadie importaba por estas latitudes.