Historia de dos rechazos

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto.

Historia de dos ciudades (Charles Dickens , 1859)

La gran editorial ha rechazado el manuscrito de Caos. En el correo, de escasos tres párrafos, aclaran que no se trata de una falta de calidad, sino del excesivo número de títulos contratados. Algo habitual; quizá una mentira, pero una mentira recubierta de hábito.

Confieso que lo he encajado bien: solo estamos empezando, calentando motores, pisando de nuevo el acelerador. Pero el rechazo me sorprende. Hace un mes estaba convencido de que Cuatro años de Caos iba a publicarse como una flecha, que todas las editoriales del país se pelearían por presentar toda la historia, no aquella imagen envuelta en una carta, sino toda la imagen, todas las cartas, todo lo que él hizo, y todo lo que nosotros hicimos, y quedó grabado.

Caos (portada; libro)
Una de las fotografías que conservo para editar y proponer como portada a la editorial.

Cuando dejé caer tres capítulos en un sobre, me sentí como un temprano vencedor de la lotería; de una mejor, no de una que premiaba con ingentes cantidades de dinero —que, al final, siempre encuentras a alguien que te lo da por ponerle una copa, cargar con unas cajas o escribirle algo original—, sino con historia; pequeña o grande, eso ya lo veríamos, pero historia; historia de la literatura.

Hoy, busco otra editorial, una más perfecta, una que sepa encontrar lo que necesita en la primera línea, el primer párrafo; o página, capítulo o idea. Trabajo en otras cosas, en otros proyectos, pero Caos sigue en mi mesa, siempre está en mi mesa, esperando volar un poco más, y más alto, porque hay orgullo en la humildad, en lo bueno: en él. Hay todo tipo de ambivalencias en nuestra propia existencia, y de ellas, a menudo, surgen las dudas más profundas que podemos imaginar; ¿pero cómo dudar de un perro sobre el que el mundo sigue pensando y escribiendo?, ¿no será ese perro, todos los perros?, y, si es así, ¿quién no va a querer leer una historia sobre todos los perros que conocimos?

Quizá era esto lo que tenía que haberle dicho a la editorial; no obstante, siento que el editor que coja mi mano en este otro proyecto debería entenderlo con la primera línea, el primer párrafo; o página, capítulo o idea.

Cuatro años de caos

Ayer, dejé la impresora echando humo. Primero, imprimí tres capítulos y una sinopsis para adjuntar a una propuesta editorial; después, saqué dos copias íntegras del borrador para registrarlo y evitar los típicos líos de esos que siempre crees que no te pasarán a ti, hasta que te pasa; por último, terminé de fundir el cartucho de tinta con tres o cuatro artículos —el mejor de ellos, hasta la fecha, ¿Cómo puede ser un mundo vacío mejor que un mundo habitado? de Simon Knutsson— que hace días que quiero leer; tengo esa manía: si puedo evitarlas, me gusta rehuir las pantallas.

Mañana tengo otra presentación del libro de ensayos en Badalona, media garganta obturada, y un ataque de patógenos muy considerable, cortesía de mi mujer. Pero esta semana vuelvo a estar emocionadísimo: tanto o más que hace unos meses; el último año ha sido tiempo para maquetar, promocionar, dar a conocer, hablar… Sobre todo, hablar; hablar sobre una infinidad de temas con todo tipo de gente: animalismo, industria, economía, maltrato, sostenibilidad, naturaleza, ética; pero sin olvidar, ni por un instante, que ese cambio lo supuso un perro, un perro abandonado, enfermo, viejo, sobre el que, tras su muerte, conseguí compartir su historia con miles y miles de personas.

Los Simpson - Lo llamamos: "El síndrome de los tres chiflados..."
«Aquí tenemos la puerta a su cuerpo, ¿eh? Y estos son descomunales microorganismos de fantasía…»

Durante los últimos meses, mucha gente me ha empezado a escribir correos electrónicosademás; preguntándome acerca de un libro sobre la historia de Caos que todavía no existía. Hoy, tengo el borrador de una novela, y un cajón lleno de fotos nuestras; también la certeza de que este proyecto, volará; la certeza de que conseguiré hacer llegar hasta todos vosotros mi primera novela, la que de verdad importa, la única por la que debo luchar con uñas y dientes por publicar, y la que sé que, por su propia naturaleza, se abrirá paso hacia el público, lenta, pero tenaz.

Quizá me equivoque. Si no es así, tengo un título provisional que proponer a la editorial, un título que me encanta, que lo resume todo, y que figuraba en el encabezado de la historia que entregué: Cuatro años de caos. Aunque no sé qué hacer con esa última ce minúscula… ¿Qué opináis?Asimismo, llegan buenas noticias sobre la difusión del libro de ensayos por todas partes, lo que, en cosa de unos días, me ha hecho lanzarme de cabeza hacia un par de reuniones con los amigos de animal latitude y a participar como alumno en el primer posgrado en Conocimiento del Mundo Animal que se imparte en Barcelona. Así, ya tengo tres objetivos claros para este 2017: publicar mi primera novela, cursar el posgrado y seguir adelante con mis proyectos de ética animal; bueno, en realidad, hay otros dos por ahí, pero de uno no me permiten hablar y, del otro, prefiero no hacerlo todavía.

perros-jugando-al-poker
Eh… Sí. Esto… ¡Son perros! ¡PERROS! ¡Perros jugando a póquer!

¡Que conste que os mantendré informados! Os explicaré cómo se suceden las cosas a partir de aquí; en especial, sobre todo lo que sucede en el mercado editorial… Por mi experiencia, si ocurre, empezará a acelerarse todo de nuevo, pero, esta vez, intentaré mantenerme a los mandos y seguir relatando, a mi ritmo… ¿Lo conseguiré?


Viajar al interior

A veces, leo un blog de viajes. Lo leo desde hace seis o siete años, pero solo a veces. No envidio exactamente lo que hacen sus protagonistas; porque viajar por todo el mundo no es uno de mis anhelos, porque hace mucho que sé que no tengo tiempo para conocer a todo aquel que cruza sus pasos conmigo, ni todos esos lugares casi mágicos que emanan un aura de paz, de humanidad, de sobriedad o de divinidad.

Mi mujer siempre me dice: «No me arrastres a más ciudades: las ciudades son todas iguales.» Y cuando viajas a París, a Londres, a Roma, a Nueva York, a Chicago, a Frankfurt, a Berlín, a Los Ángeles, a Tokyo, entiendes qué quiere decir. Entiendes por qué terminas siempre en la carretera buscando un nuevo destino, por qué campo a ciudad, por qué desvelar pequeños secretos en vez de fotografiar panorámicas y por qué un viaje, siempre es un viaje al interior.

Castres - Francia (rio Agout)
Rio Agout a su paso por Castres. Invierno de 2015.

Así titularon el libro que Laura compró a esta pareja para que yo lo leyese, para que me convenciese de conocer el sudeste asiático haciendo autoestop, o de comprar una camioneta donde viajar con los perros; para vivir, ¿y quién sabe? Quizá vuelva a él después de este año de cambios. Por ahora, ya sabéis que he terminado con mi antiguo trabajo, o casi, he recorrido decenas de miles de kilómetros, he publicado un libro y he vuelto al verde, aunque las noches no sean tan estrelladas ni oscuras como soñaba tumbado junto a Caos en la terraza del Ensanche.

Pero quizá lo más importante de todo es que a diferencia de lo que decían esa pareja de argentinos que siguen ayudando a miles de personas a iniciar su propio viaje, yo no creo que un viaje siempre empiece en el interior, sino que, además, termina guiándonos hacia ese objetivo por el que conectamos palabras, pasos y países, y que nunca tuvo mayor recorrido que aquel que hicimos dentro de nosotros mismos.

Caos (carboncillo; acuarela)
Un regalo (en carboncillo y acuarela) que da la bienvenida en nuestro hogar. El texto de la acuarela dice: Caos, corazón de familia, amor incondicional.

Gracias por leerme. Por estar aquí. Por ser parte de esto. Delante, ya puedo ver muchos más caminos que esperan, pero, hoy, cierro uno, junto a vosotros, agradecido por haberme ayudado a convertir este pequeño espacio de opinión en un refugio al que llamar hogar.

Felices fiestas.

Nos vemos en unos días.

Una mano a la virulé

Mañana tengo hora con el médico. Hace un par de días, fui al centro de asistencia primaria y me dijeron que yo no existía, así que tuvieron que abrirme un expediente y darme hora para este jueves.

Tengo un dedo y una articulación fastidiados desde mediados de noviembre, cuando vino un sensei japonés a visitarnos al dojo; por regla general, esas visitas funcionan así: viene un señor que lleva toda la vida haciendo artes marciales y nos dice cuán mal lo hacemos y qué deshonra suponemos el noventa por ciento de nosotros para la disciplina que él ama; el traductor suaviza el golpe, y el invitado coge fuerzas para volver a dejarse engañar al año siguiente.

Kendo: revisión médica

Dicho esto, cabe aclarar que los nipones son máquinas de matar desde los tres años, y nosotros solemos llegar a estas curiosas aficiones (por lo menos, para nuestras madres) con una o dos décadas de retraso. ¿Pero por qué os cuento esto hoy? Porque ese día alguien me dio un mal golpe, o yo retorcí algo, o crují un no sé qué o fracturé un qué se yo, y, desde entonces, aquí estoy, escribiendo a lo taquígrafa de principios de siglo, quejándome mucho, empastillándome de vez en cuando y descansando la mano cuando no hay más remedio.

Evidentemente, esto no me evitó seguir entrenando como pude, ni viajar a París y pagar casi seis euros por un café (oh, mon dieu!), y tampoco terminar de corregir el primer borrador de la novela, y empezar a moverlo un poco con el fin de recopilar alguna que otra opinión. Una novela que me he planteado como el final de una etapa y el principio de otra; como un camino que quiero abrir, y que quizá, sin darme cuenta del todo, ya esté abierto, y una despedida acorde a cuatro años de caos, pero de muchas alegrías.

Caos en terraza (junio, 2012)
Caos descansando en una terraza (junio de 2012).

Y a medida que planteo y consolido proyectos, siento la necesidad de cerrar otros; por eso, antes de que termine este 2016, no quiero daros mucho más la lata con De cómo los animales viven y mueren en el blogsino regalaros dos o tres cosas como agradecimiento por vuestra fidelidad como lectores y lectoras, y dar un par de sorpresas finales con las que encaminarnos al qué vendrá.

Sí, sé que no he desvelado mucho por ahora; pero es que, si lo hago, os fastidio uno de los dos próximos artículos por completo, y, además, por si no os habíais dado cuenta esto es, fundamentalmente, una entrada de blog donde vengo a llorar porque me duele la mano y mi mujer está hasta el… moño de oír cómo me quejo.