Esa sensación en la nuca

Te has calmado. Bebes poco; trabajas, en algo; pero se te escapan las ideas. Mientras, llenas los días con cosas que no quieres hacer.

Tienes pareja; y ella y tú no sois el problema: os lleváis bien; todo es la leche, aunque aún era mejor cuando la gente no os decía todos los pasos que esperaban que siguierais.

Te levantas, trabajas, vas a comer, sacas al perro. Después intentas darle vueltas a qué hacer; o prescindes de ello, y miras hacia otro lado, hasta que cierras los ojos; y repites.

metabolismo-urbano
Al ver el grafiti, alguien preguntó: «Cuando se acaben los árboles, ¿cuál será su dieta?«

El perro ladra, y te preocupa que el perro ladre, porque estás haciendo cosas; estás haciendo cosas que antes no te preocupaban en absoluto. Entonces suspiras. Pero ni tú sabes por qué suspiras. Quizá porque el perro se aburre, y no podéis salir a pasear. O porque ya son las once de la noche, y sigues con ese proyecto en mente. Ese, sí, el de la gran empresa, el de la empresa que te asegura continuar alzando tu propia infraestructura. Sigue leyendo «Esa sensación en la nuca»

Celuloide

Sobre el cine clásico

Hace unas semanas, hojeaba algún artículo aleatorio en la prensa local; desconozco el diario, e incluso si realmente fue en este medio y no en un blog o alguna revista, pero pondría la mano en el fuego que, como mínimo, fue en Barcelona y no en Palma. Allí, tras algunas cervezas con un colega, repasaba alguna columna de opinión que hablaba sobre los cinéfilos y los cinépatas, o los cinéfilos o los cinófilos; algo así. Sé que la distinción me pareció graciosa, aunque no tanto como para quedarme con los conceptos concretos.

http://www.youtube.com/watch?v=_FrdVdKlxUk

Viaje a la luna (Georges Méliès, 1902)

El columnista en cuestión afirmaba que había un tipo de aficionados al cine conocidos como cinéfilos, los cuales se sabían de pe a pa la biografía y la filmografía de cientos de actores, así como sus papeles más destacados, etcétera, y había cinófilos que pulsaban el reset tras cada visionado y no recordaban cómo se llamaban ni los actores más clásicos del Hollywood dorado, y mucho menos directores, guionistas o cualquier otro ser que integrase un film, o pululase por allí. La diferenciación me hizo bastante gracia porque mi padre y yo, que ambos hemos sido, o fuimos, adictos al cine, nos posicionamos como estos dos típicos álter ego: un cinéfilo moderado y un cinófilo exagerado.

Asalto y robo de un tren (Edwin S. Porter, 1903)

Durante el artículo se ensalzaban las virtudes del cinófilo frente al cinéfilo, según recuerdo, quien no está interesado en conceptos cinematográficos y, mucho menos, metacinematográficos; un tío que, principalmente, disfruta —tanto frente a la gran pantalla como frente a su televisor particular— y que ríe, siente y se abstrae como el que más… Eso sí, había cierto ápice de santería o idiotería con esta figura también, quien se colocaba exactamente en la posición contraria al nerd o, mucho peor, al hipster.

http://www.youtube.com/watch?v=bMJ0hdxG18Y

El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920)

No obstante, hacia el final, el artículo acercaba posiciones; pues ser cinófilo, a veces, te permite disfrutar aun más de un buen largometraje, mientras que ser cinéfilo te acerca una serie de elementos de análisis y, a la par, una panorámica mayor, tanto de obras de arte como de cagarrutas puras y duras. Lo mejor, concluía, será el término medio, y es que los cinéfilos raramente no se aproximan, antes o después, hacia los cinófilos, y un buen cinófilo es probable que necesite de los conceptos del cinéfilo, o quizá no.

http://www.youtube.com/watch?v=BIKYF07Y4kA

Un chien andalou (Luis Buñuel, 1929) Versión de 1960.

Tras toda esta pájara rondándome la cabeza, se me ocurrió pensar en cuándo debió iniciarse esta distinción —por aquello de perder algo más de tiempo si cabe. Probablemente, la culpa reside en la creación del aura del actor de cine, de la celebrity, de Hollywood…, y encontré unas cuantas joyas de cuando cinéfilos y cinófilos eran conceptos inexistentes, pues el espectador solo se medía por el énfasis de su propio interés por el producto.

Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936)

De guarros y gilipollas

Para cuatro líneas que escribo a la semana, no voy a mentir a nadie. Puritano, lo que se dice puritano, nunca he sido. A mí lo de los pechos me vuelve loco, y los culos, y la cerveza y un güisquito el fin de semana, o el katxi y los litritos para recordar instantes de juventud, y un pacharán para bajar la comida…; vamos, que si hay que salir de fiesta, ahí estoy el primero.

Además, también soy de mente abierta, y cuando veo a un individuo metiéndole mano a una individua, no pienso al instante que el sujeto está más salido que un mandril, ni que la pájara va calentando pollas, ni que ha sido un cúmulo de incidentes… Vamos, por norma, ni el chaval es muy formal ni la chavala estaba mareada y no sabía lo que hacía. Pueden ser muchas cosas, y hay que analizar los hechos antes de que aparezcan las “feminazis” y los machos alfa.

Sobre las Fiestas de San Fermín y la Plaza de la Libertad

Acoso en sanfermines
Imagen que utilizó el diario «Público» para ilustrar el acoso en los sanfermines.

Hoy, quinto encierro, empiezan a circular noticias nada agradables de las Fiestas de San Fermín, unas celebraciones que cada año se radicalizan más, según cita la prensa.  Abro varios diarios y leo los siguientes titulares: “Asco en el Tahrir pamplonica”  o “7 de julio… agresión sexual”, me entero que vivo en la inopia, que hace años que se está vejando a mujeres durante las fiestas, que se agrede, que se viola, que la gente se excede y, lo peor de todo, que se permite y se encubre.

Primero, debo decir que el primer titular me parece desacertado, ya que la plaza Tahrir nada tiene que envidiar a la marca España: una sociedad adormecida y aletargada que normaliza conductas bestiales, amparadas en el tradicionalismo más extremo; una sociedad que permite que las clases dirigentes nos puedan robar miles de millones, pero que culpa a los autónomos y los propietarios de pymes y microempresas; que la educación y la política dan asco, pero que es mucho mejor salir a la calle a celebrar las victorias e incluso las derrotas futboleras.

Segundo, la Plaza de la Liberación —un nombre no muy acertado— y las fiestas patrias se me asemejan en la cantidad de gilipollas que las pululan. La gente se extraña de que estas cosas sucedan en unas celebraciones donde la diversión consiste ya no en beber hasta la extenuación, sino en acabar borracho perdido y colocarse delante de un hato de toros, poniéndose en peligro a ellos y a todos aquellos que se encuentren cerca; conduciendo a las reses hasta la plaza, donde se les clava garrocha tras garrocha hasta la muerte. ¿Qué esperamos? ¿Nos creemos adelantados a nuestro tiempo? ¿Creemos que España es mejor que Egipto? ¿Quién coño les ha dicho eso? Porque les ha mentido.

Si en este país te quedas en tetas o en cueros, te van a sobar, a magrear y se te van a pasar por la piedra (si les dejas). Las chicas que por inconsciencia, idiotez o borrachera se suman a la fiesta deberían cuidarse de lo que hacen, y no porque no puedan, sino porque, en este país, no deben. Porque este país está lleno de imbéciles que son los verdaderos animales, que se creen con la potestad de lancear, patear, lanzar o decapitar  a cualquier ser vivo. Y ahí tienes las ardillas desmembradas en Robledo de la Chavela (Madrid), el burro vejado hasta cualquier tipo de límite en Villanueva de la Vera, los toros de la Vega lanceados en Valladolid, y la madre que los parió a todos.

En definitiva, que sí, chicas, que tenéis todo el derecho del mundo a sacaros las tetas en la calle —del mismo modo que yo tengo razón si no freno al ver que un camión se salta una señal de stop—, pero que no os engañen, que este país no tiene nada de adelantado ni de liberal, y cabezas que piensen  cada vez quedan menos.

Entradas relacionadas:

Breve lectura vitalista con respecto a «El guardián entre el centeno»

Salinger y Caulfield

La crítica encontró en Holden Caufield al perfecto instigador, al joven revolucionario, al producto de masas […].

Suele decirse que la sociedad estadounidense dedicó a J.D. Salinger (El guardián entre el centeno, 1951) innumerables miradas de desaprobación por la controvertida forma de presentar la vida y el pensamiento adolescente como nunca antes se había hecho; por el contrario, muchos lectores vieron en aquel muchacho un medio a través del cual expresar toda la angustia, el temor, el deseo sexual y la ansiedad del trasvase hacia la edad adulta.

"El guardián entre el centeno", de J.D. Salinger fue publicado en 1951 bajo el título "The Catcher in the Rye".
El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger fue publicado en 1951 bajo el título The Catcher in the Rye.

La crítica encontró en Holden Caulfield al perfecto instigador, al joven revolucionario, al producto de masas; una figura literaria que retrataba los tabúes de una época (drogas, prostitución, pervivencia del statu quo…), desde el somnoliento iris de quien se halla a unos pasos de una meta irresoluble, y recula, y recula, sin posibilidad de tregua.

Si plantease aquí un ensayo sobre la obra, probablemente organizaría la exposición psicológica del personaje de forma cronológica; o quizá trataría los principales elementos que componen la idiosincrasia de Holden que, por otra parte, parece tener mucho de su creador, como demuestran también otros relatos breves como A Perfect Day for Bananafish, razón por la que tampoco sería descabellado indagar sobre qué tiene Salinger de ese producto cultural que legó a la sociedad norteamericana de los cincuenta. Pero no es el caso.

Quizá, en una clase de teoría de la literatura o en una tesis de doctorado, sea necesario analizar en profundidad un mínimo de aspectos de la obra, y no me cabe duda de que se han escrito cientos de miles de páginas sobre el tema —y si no es el caso, habrá que interesarse por qué se estudia en una cátedra de literatura americana—, por lo que mi intención pretende limitarse a considerar una lección de vitalismo que subyace del texto, no sin cierta paradoja.

Vitalismo adolescente y paradoja

Aquellos quienes descubran la obra por primera vez se toparán con un chico de diecisiete años de futuro incierto, ligeramente conflictivo, inteligente, perspicaz, enraizado en un sistema educativo que no parece beneficiarle, repleto de equivocaciones y con cierto deseo por crecer. Además, el lector avispado —el que está habituado a releer párrafos o capta con facilidad el sentido de un texto— hallará un narrador testigo con un peculiar punto de vista.

Es evidente que el escritor norteamericano conocía bien el comportamiento adolescente, pues la principal particularidad de su protagonista es la conciencia de sí —de su condición— y de lo que ello implica. El discurso de Holden no solo es consecuente con respecto a su estado vital, sino que comprende algo todavía más importante para el desarrollo de la novela: que está situado en el único momento de su vida en el que un cambio de rumbo es posible, discernimiento que roza la imposibilidad manifiesta.

Desde los primeros capítulos, se muestra consciente de cómo la sociedad insiste en fijarle una serie de directrices, con la constancia de unos estudios que le resultan carentes de interés; a ello se une un discurso de educación, modus vivendi e inutilidad de la rebeldía que, por desconocimiento, convierte en baladí y temporal ese impulso. Las desventuras de Caulfield se mantienen siempre hasta el filo de la elección (sin traspasarlo), hasta el instante  previo a la decisión de tomar parte y depender de la estructura social.

“La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo a sus reglas” (Salinger: 15), reitera a lo largo del segundo capítulo uno de sus profesores, el señor Spencer; a su vez, el narrador señala al lector que está cansado de oír eso, y replica que él, a diferencia de la mayoría de los adolescentes, ya conoce la necesidad de posicionarse en sociedad, con todo lo que ello supone. Así, consciente de los tabúes que supone formar parte de un grupo social, y antes de iniciar su siguiente etapa vital, ya es consciente de que no quiere un trabajo de oficina, copas a la salida con compañeros que no le interesan ni un ápice y béisbol en televisión los días de diario, y agrega: “Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haber conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas” (Salinger: 98).

Y esta es, probablemente, la clave del éxito de El guardián entre el centeno. Pues si bien su prosa es atractiva, aquello que la convierte en obra de culto son las ideas que allí se exponen; la actitud predominante de Holden es la de un adolescente: quiere beber, fumar, follar, experimentar, expresarse, cambiar el mundo… No obstante, el verdadero triunfo es que él sabe que todavía está a tiempo de hacer algo —un lapso de tiempo que termina eternamente— mientras que nosotros crecemos, aceptamos el statu quo, envejecemos y morimos.

Decía Salinger:

—He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas  y de trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando un montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y avances de las próximas películas. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo que te digo. (Salinger: 145)

Cuando somos jóvenes, somos demasiado inexpertos como para cambiar el mundo, y cuando sabemos cómo es el mundo y cómo podríamos intentar cambiarlo somos demasiado viejos. Eso es lo que sabía Salinger, y así lo inmortalizó en su obra. ¿Intentas cambiar el rumbo? No, primero ve al colegio, a la universidad, aprende cómo vivir, qué no puedes hacer, a qué debes limitarte, a cuánto está el tipo de interés, qué tipo de calzado está de moda… ¿Dentro de la rueda? Es una lástima, pero aquí no existe el “sigue jugando”.

Salinger desgaja línea a línea la perpetua pregunta acerca de nuestra libertad de acción, de nuestra libertad de decisión, de la posibilidad de luchar por nuestra felicidad. Mientras tanto, la sociedad occidental continúa obligando a sus hijos a mantener un estilo de vida que considera equivocado, o quizá el mejor entre los peores.

Holden es una imagen universal, y engloba las conciencias de todos aquellos adolescentes que repetían: “Yo no quiero eso.” La verdadera paradoja se mueve entre la experiencia disfuncional y la inexperiencia inútil. Puede ser que todo ello no sean más que campanas al aire, puesto que nadie nos garantiza que cambiar el sistema sin pertenecer a él sea más sencillo que modificarlo cuando dependemos del mismo. Holden es el perfecto revolucionario cultural, quien convence a la masa a través de su propia individualidad. Convencer, antes de globalizar. Es eso, o mandarlo todo a tomar por culo y retirarnos muy, muy lejos de todo. Como hizo él.

Entradas relacionadas:

Bibliografía:

  • Salinger, J.D. (2008). El guardián entre el centeno. Madrid, España: Alianza Editorial.

Cagar en la gran ciudad, disputas vecinales y la madre que los parió

Mallorca (7)

Yo soy un tío pasota. Quiero decir —para no encaminarme por otros derroteros desde el principio— que me llevo bien con la gente que no me toca los cojones; o sea, que soporto la insulsa levedad del ser hasta que me soplan la nuca. Por ejemplo, saludo a los demás, y no suele importarme que no me devuelvan el saludo siquiera. Así de bohemio soy. Si me quieren saludar, pues ahí estoy yo,  si no, mañana me harán un ademán con la mano o un gesto con la cabeza. ¿Qué se yo? A lo mejor el pobre hombre tiene cáncer, o se le ha muerto el papagayo. Cuestión, que por aquí, por el pueblo, yo tiro a la mía y no me preocupa demasiado lo que dice uno o lo que hace el otro.

"Pop Shop IV (Barking Dogs)", de Keith Haring.
«Pop Shop IV (Barking Dogs)», de Keith Haring.

He aprendido, a fuerza de encontronazos, que en los pueblos esto no suele ser así, y que soy yo el que va contracorriente. Como son cuatro gatos, suelen enterarse de todos los trapicheos que se esconden los unos a los otros; que si tu coche mira mal a mi coche, que esa mujer era mía por derecho de pernada, que si tu hija es más fea que una tortuga con labio leporino…, que si esto, que si aquello. Por esto, imagino, la gente de pueblo suele estar menos liberada que la de ciudad.

Mientras relacionaba ideas, me ha venido a la cabeza un episodio dantesco con una señora que me encontré en Barcelona plantándose un pino en medio de la calle. Allí somos millones de personas y, claro está, si una señora se planta un pinocho en público, pues se lo cuentas al del bar, el cual no te está escuchando y a tus dos amigos de turno, que uno es tonto y el otro cornudo, con lo que también tienen los problemas suficientes para ignorar si la vieja de turno va sueltecilla o tenía ganas de aventura en la urbe.

Los sitios pequeños, en cambio, tienen sus propias reglas, y como se te ocurra plantarte un pino en la plaza mayor, vas a ser el caganer para el resto de tus días, y eso ya jode más. Incluso si se te planteas colgarte de un olivo, condenarás a tus descendientes a escuchar que algo malo habrías hecho y que vaya forma idiota de gastar un buen cabo, que para eso está la escopeta (que se limpia y fuera) o la Serra de Tramuntana, donde puedes irte a hacer el cabra y ya te encontrarán.

Y es que aquí el talante es otro, y las cosas pasan más despacio, y todo se sabe, y si no es hoy, es mañana… Por lo que cuando medio pueblo está peleado con el otro medio, tú, abandonas el visionado pasivo y te preguntas angustiado qué ha ocurrido, qué perturba tu efímera existencia y por cuánto tiempo.

Parece ser que hay un perro que abusa un poco de sus cuerdas vocales, explican los vecinos un poco molestos, ya que, de vez en cuando, les fastidia la siesta de rigor o salir a tomar el fresco a última hora de la tarde. Por ello, han decidido denunciar a la familia y amenazarles con hacerles la vida imposible hasta que se larguen. Yo, por mi parte, tranquilizo a los dueños del perro, les aseguro que a mí los ladridos de su perro no me resultan molestos y vuelvo a casa… hasta que me entren ganas de irme a ladrar o a cagar en la puerta de alguno de mis vecinos.

¿Qué harías de tu vida si el dinero no importara?

Un vídeo que aporta una visión diferente de las cosas de la mano del filósofo británico Alan Watts, conocido por popularizar ideas y actitudes budistas en la sociedad occidental.

Un extracto de Wikipedia en español:

Escribió más de veinticinco libros y numerosos artículos sobre temas como la identidad personal, la verdadera naturaleza de la realidad, la elevación de la conciencia y la búsqueda de la felicidad, relacionando su experiencia con el conocimiento científico y con la enseñanza de las religiones y filosofías orientales y occidentales (budismo Zen, taoísmo, cristianismo, hinduismo, etc.)

Inspirador, ¿verdad?

Sobre la filosofía (II)

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura. (Salinger: 185)

Sobre la filosofía (I) pretendía ser un punto de acceso a los principales aspectos del conocimiento que pueden sustraerse  por medio de la especulación filosófica —comprendida como la síntesis derivada de una tesis y su(s) antítesis, más que como la técnica de conversación clásica—  y la circulación de conceptos.

La enseñanza filosófica se desplaza a través de los treinta siglos de historia del pensamiento que nos preceden mediante la transmisión conceptual, donde subyace un interés escaso por una vertiente más epistemológica, es decir, por la búsqueda del conocimiento, fundamentalmente apoyado en la ciencia y la experiencia. Como puntos de interés o de estudio actual, destacarían las disciplinas de lingüística, lógica, moral y, quizá, filosofía de la religión.

El pensamiento de Adam Smith permitió crear las bases del capitalismo moderno.
El pensamiento de Adam Smith permitió crear las bases del capitalismo moderno.

De igual modo, este trasvase conceptual no debería obviar las necesidades que la naturaleza especulativa demanda, en especial, la obligación de acogerse a una vía multidisciplinar para la comprensión de temas de actualidad, con el fin de permitirnos la posibilidad de teorizar, cómodamente, en el momento presente, no de perder el tiempo mediante lo que podríamos llamar contaminación especulativa o, en otras palabras,  la actividad discursiva y especulativa que se lleva a cabo sin los conocimientos necesarios o, directamente, desde el desconocimiento o la obsolescencia de un pensamiento(s) ya superado(s) o refutado(s).

Hoy día, la filosofía en sí no solo mantiene un peso escaso en sociedad, sino que su función está siendo desvirtuada o suplantada por otras formas de orden social, como el consumismo, el capitalismo o el socialismo, que posicionan a la masa por delante del individuo, y no al individuo como patrón social imprescindible dentro de esa masa. Todas ellas, irónicamente, acogen y maximizan la importancia del individuo mediante un canon de producción masivo —sea material o ideológico.

Se enseña lo que se tiene que hacer (orden social) y no por qué se tiene que hacer (pensamiento social), y si ello es correcto o adecuado respecto a nuestro posicionamiento ideológico y mental, puesto que, en muchos casos, tampoco se nos ofrecen los medios para desarrollar este pensamiento individualizado.

Esta tara puede observarse con más detalle si centramos nuestra visión en un punto de estudio concreto. Por ejemplo, los grandes debates éticos acerca de la medicina actual, la radicalización del pensamiento religioso o las condiciones socioeconómicas en un mapa global interrelaciado y cómo afectan a los países subdesarrollados.

Todos estos planteamientos se omiten por interés práctico, de igual modo que ocurre con las condiciones laborales y sociales que ya Salinger, hace más de sesenta años, comprendía como un punto de no-retorno en El guardián entre el centeno. ¿Por qué no se ha profundizado en el estudio del trabajo a través de una perspectiva filosófica? Si atendemos a esta cuestión, comprobamos que las concepciones utilitaristas (jurídica o socioeconómica) y, también, la concepción histórica son perspectivas de estudio habituales, en cambio, se rehúye la crítica filosófica del trabajo, siendo este uno de los pilares en los que se basa nuestra sociedad y que arrastra temas de mayor calado: por ejemplo, la necesidad de un modelo consumista, de producción a gran escala y malgasto de recursos naturales para continuar manteniendo el estilo de vida capitalista.

—He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas  y de trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando un montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y avances de las próximas películas. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo que te digo. (Salinger: 145)

Parece bastante agudo acordar que, actualmente, una formación humanística es incompleta para triunfar en una sociedad utilitarista, y sería más inteligente optar por estudios más funcionales —útiles respecto al valor social que se otorga a ese producto en sociedad, por ejemplo, los grados y licenciaturas de Economía o Administración de Empresas tienen, muy a menudo,  mayor peso social que la literatura o el arte— si ese es nuestro fin último; por el contrario, si nuestro interés es puramente académico, en su sentido más amplio, la formación ofrecida es insuficiente y debería apoyarse en una cultura científica y técnica adecuada (biología, lógica, física, robótica…). Pues, ¿existe un interés verdadero de la cultura por la cultura más allá de la utilidad inherente que nos confiere su preservación? ¿No es la utilidad ese algo imprescindible que otorga valor a la materia?

La filosofía no funciona al margen del mundo físico, sino todo lo contrario: opera en él, y su función básica es ayudarnos a entender y mejorar esa physis. Así, no puede explicar per se cómo funciona el universo —ni debe hacerlo—, sino que su función principal es la de convertirse en un híbrido útil, el cual pueda dar un sentido lógico formal a la creación, así como a la evolución y a las modificaciones de la misma. Es decir, la filosofía no tiene sentido un campo estrictamente binomial de ciencia-religión, pero sí tiene potestad para categorizar aquellos productos que se derivan de la ciencia, la tecnología o la religión.

En otras palabras, la filosofía no puede probar ni aspirar a promulgar discursos de importancia similar en temas como la existencia de un dios, la maternidad o la robótica, pero sí puede postularse respecto a esas cuestiones: sobre su bondad, maldad o moralidad, ayudando a su estudio y estableciendo límites, tanto a nivel científico como social. Su principal enemigo, llegados a este punto, diríase que no ha sido el estudio de los autores, sino la dificultad de crear un mapa conceptual suficientemente grande desde el acercamiento a las figuras de los pensadores más destacados, desde el mundo clásico hasta nuestros días; quizá, una posible solución, empezaría por invertir el orden autor-concepto, por el formato menos amigable de concepto-autor; en otras palabras, desgranar los conceptos tratados por cada autor, haciendo especial hincapié en los temas de interés y no en aquello interesante que dijo cada pensador, del modo que ofrece el profesor David Papineau en su obra Filosofía (Blume, 2008).

Entradas relacionadas:

Bibliografía:

  • Salinger, J.D. (2008). El guardián entre el centeno. Madrid, España: Alianza Editorial.
  • Papineau, D. (2008). Filosofía. Barcelona, España: Blume.

Por qué utilizar células embrionarias para la ciencia

La realidad siempre supera a la ficción y, como ya se ha demostrado en reiteradas ocasiones, lo hace tanto para lo bueno como para lo malo. Más pronto que tarde, muchas de las historias que aparecen en el cine o la literatura anteceden una realidad. Todo esto tiene una explicación, y es que todo aquello que propone la ciencia ficción tiene una base científica innegable.

Célula madre embrionaria.
Célula madre embrionaria.

Esta semana, el descubrimiento que estará en boca de todos es la posible creación de células madre a partir de una clonación; este hallazgo que, con total certeza, es el primero de muchos en la misma línea, abre viejas heridas que la Iglesia y muchos estados están omitiendo e intentando ignorar sin frutos.

Como explican los redactores de El Periódico, la novedad es que pese a que no se trata de la primera vez que se clona una célula humana, todos los intentos anteriores fracasaron muy rápidamente y no superaron las ocho células de desarrollo embrionario, muy por debajo de la fase de blastocisto necesaria para la obtención de células madre útiles con finalidad científica; en cambio, en la Universidad de Salud y Ciencia de Oregón (OHSU) se ha logrado una estructura compleja de unas 150 células, mayor incluso que la que se implanta a las mujeres que siguen tratamientos de fertilidad.

El trabajo de este grupo de científicos puede proveer a la sociedad de terapias de curación para enfermedades neurodegenerativas, de creación de tejidos e incluso mejorar la esperanza de vida. Además, han conseguido inhibir el rechazo de estas células por el propio cuerpo, ya que las reconocerá como propias.

Rápidamente, el equipo científico se ha apresurado a hacer dos puntualizaciones:

  1. Este método no puede clonar seres humanos
  2. Esa no es la intención ni la búsqueda científica del equipo del OHSU

Sin desmerecer la grandísima labor de este equipo, ahora es cuando empezarán, de nuevo, los verdaderos problemas éticos. El miedo por la clonación de seres humanos tiene sentido. Nuestra sociedad (occidental) legitima la libertad individual, en teoría, hasta donde empieza la del prójimo; si pudiésemos crear clones, idénticos a nosotros, ¿cómo podríamos diferenciarnos de ellos? Por esta razón, sería interesante empezar a legislar sobre la base de esta posibilidad pues, aunque no es plausible aún, ya no es ciencia ficción.

Por otra parte, si en la práctica se puede probar que la creación de humanos idénticos entre sí es posible, la humanidad ocuparía el lugar que, tradicionalmente, mantiene el dios creador.

  1. Crear a una persona mediante tales medios demostraría que no es necesario la voluntad creadora de una divinidad
  2. Si podemos crear a dos seres iguales, debemos aceptar que el alma humana (la cual se afirma que es única en cada ser), no existe
  3. O bien, afirmar que los posibles clones no poseen alma humana y, por lo tanto, no son humanos

Para la Iglesia, con razón, la ciencia lleva décadas sobrepasando los límites de la ética. Sin embargo, si empezamos a tener a nuestra disposición esos “milagros médicos”, ¿qué ocurrirá con la necesidad de la fe? Las células madre entran en conflicto con los posicionamientos éticos y religiosos tradicionales, porque empiezan a destruir esa necesidad de metafísica.

Ahora, queda por decidir si el ser humano puede acoger finalmente el papel que, tradicionalmente, se asimila a las divinidades o, por el contrario, entramos en un terreno resbaladizo que entraña más riesgos que ventajas.

Aquel que queríamos ser

Hace unos días, frente a un café, aquel que sueña a sus protagonistas inició su relato. Por norma, en los sueños, la mente omite escenarios y secuencias de importancia menor, y centra su atención, si podemos hablar de algún tipo de reflexión onírica o similar, en los elementos principales. Allí, entre unas sillas y una mesa descansaban tres figuras en silencio, decía. No recordaba demasiados detalles pues, por lo que sabe de sí mismo, suele perderse entre los mismos. Sin embargo, afirmaba que las tres figuras brillaban como puede hacerlo la porcelana al contacto con la luz.

No tardó en percatarse que se trataba de su abuelo, su abuela y su padre y, rápidamente, comprendió por qué no había ningún otro familiar en aquella habitación. Entonces, durante un tiempo indefinido, propio del sueño, los observó sin decir nada. La imagen de los abuelos era algo más tenue que la del padre, del que todavía se podían apreciar los rasgos con claridad. Pero, de golpe y porrazo, las figuras caían contra el suelo y, una a una, reventaban en mil pedazos, presentando su reverso; la cara inversa permitía apreciar el material con el que estaban hechos: terracota, arcilla o algún tipo de barro endurecido.

Después, un momento antes de despertarse con un frío intensísimo que le recorrió todo el cuerpo sin  tregua durante horas, tuvo la certeza de que alguien había empujado a esas figuras contra el suelo y que estas no se encontraban ni tan sujetas ni tan firmes a sus sillas. Sin duda, todo el sueño tenía una lectura superficial, la cual afligía más que cualquier otra y, a causa de su sentido unívoco, había escogido a su interlocutor sin excesivo esmero.

Me permití darle mi opinión, la cual rechazó sin miramientos, alegando que ni él ni yo poseíamos los conocimientos suficientes para analizar la psique humana y, tras una segunda ronda de cafés, decidió encauzar la conversación por los derroteros que realmente resultaban de su interés. Así que, de aquel sueño sobre familiares muertos, surgió la necesidad de aprovechar mejor el momento presente, pero sobre todo de dedicar veinte minutos diarios a esa costumbre antieuropea y retrógrada que es la siesta.

Accedí, pues sabía que eso no iba a cuajar. Parecía más una forma de intentar aprovechar el tiempo, incluso cuando se privaba de este durante la vigilia, más que una verdadera necesidad de salud. Si no, ¿por qué no conseguía cerrar los ojos después de comer?