La tapada limeña y la sopa de ají dulce

Antes de conocer a A., yo no sabía casi nada del Perú. Sabía que estaba muy lejos, porque a veces decía aquello de “eso está en Lima”.

No sabía lo que era una tapada limeña. No sabía lo que era el ceviche, aunque no lo pueda comer; tampoco la sopa de ají dulce.

Conocía el Machu Picchu, los Andes, el Lago Titicaca; la costa, la sierra y la jungla. Y a Wendy Sulca, no te voy a engañar.

Es curioso cómo cruzar tu vida con la de otra persona… suele ser un viaje de no retorno.

Durante un tiempo, cualquier cosa que olía, sabía o sonaba a Perú, me recordaba a ella. (Incluso el mundial de los desayunos de Ibai me sacaba una lágrima y una sonrisa, según el día.) Luego empezó a suceder algo curioso: como me había pasado con otras personas y otros lugares, Perú ya era una pequeña parte de mí.

Te confieso que es un sentimiento extraño, porque nunca he viajado a Latinoamérica… aún (a Norteamérica y Centroamérica, sí). Es uno de mis sueños, uno de mis viajes anhelados: visitar a un amigo que vive en Bogotá, a otro en Río, y Buenos Aires; conocer Tierra del Fuego, ver un cachito del Amazonas, cruzar la Panamericana… En fin, tantos lugares. Y ese viaje fantástico de Sur a Norte (como yo lo haría), pasa además por dos de mis ciudades fetiche del Perú: Arequipa, primero, y Lima, después.

Se hace raro pensar en que la persona con la que creías que ibas a hacer ese trayecto, o esos trayectos, ya no forma parte de tu vida. Es bien cierto aquello de que no importa tanto el destino, sino los pasos, y con quién recorres el camino. Lo que no te dicen es que, a menudo, la mayoría de las personas de tu vida, irán perdiéndose a través de sus propios senderos.

Qué paja, ¿no?

Quizá te anime pensar en un vídeo de Instagram con el que me topé el otro día. En el reel, una voz en off te animaba a recalcular tu vida tras el final de una etapa, como quien recalcula un trayecto del GPS. Decía: «Google Maps no te grita, no te habla mal, no se enfada contigo.» El navegador vuelve a calcular la ruta tantas veces como sea necesario, conforme a las decisiones que tomas.

Es muy zen, muy budista, la idea de que no se puede vivir en el pasado ni en el futuro.

Lo único que podemos hacer es disfrutar del trayecto presente y ver hacia dónde nos lleva. Si miras muy lejos, no estás atendiendo a la carretera; si miras hacia atrás por el espejo, o bien te paras, porque ¿qué clase de idiota pretende conducir así?, o bien te pegas una buena hostia.

No sé si es un gran mensaje.

Foto: F. Delventhal 

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