Los árboles que crujen

Los árboles que crujen (fotografía, Cervelló - 2021)

Hay unos pinos en los bosques de por aquí que, a veces, crecen hasta quebrarse. Aunque me dé vergüenza admitirlo, yo los llamo «los árboles que crujen». Si caminas solo por las montañas, terminas familiarizándote con estos sonidos: el canto de los pájaros, el viento en los valles, los árboles que crujen. Hay algo de humano en esos pinos que suben hasta perder el equilibrio y combarse sobre sí mismos; entonces, es posible que caigan contra otros árboles —quizá, hermanos— y, con su peso, los arrastren en la caída.

Cuando me canso de caminar —a los diez o doce kilómetros, como mucho—, me siento, doy tregua a los perros (o ellos a mí) y miro los árboles. No sé qué es, pero algo proyectas en las ramas: en cómo crecen, en cómo bailan, en cómo mueren. Ya lo he dicho, hay algo de humano en los árboles que crujen. El observador poco experimentado quizá cometa un error de principiante e intente buscar solución, o respuestas; como mucho, se reirán de él o de ella y, por desgracia, puede que esas mismas risas le alejen de su propia naturaleza.

Los veteranos —los que hemos observado muchos árboles de los que crujen— sabemos cómo actuar: hay que quedarse quietos, callados, y contemplar su balanceo a favor del viento. Si esperas lo suficiente, quizá veas cómo el tronco termina por quebrarse, y el árbol cae: aquí puede morir solo, o matar muriendo; si ese día no cae, no te angusties, porque, cuando asistes a alguna de las escenas de esta historia, puedes tener la certeza de que se trata de la crónica de una muerte anunciada. Solo es cuestión de tiempo: puede que vuelvas otro día, y te hayas perdido el clímax, pero no es habitual llegar tras los créditos. Si dejas pasar mucho tiempo, el árbol ya no crujirá, pero seguirá ahí: en el suelo.

Quizá alguien haya salvado, alguna vez, un árbol de los que crujen. Es viable, en teoría. Podrías coger altura y ayudarlo: reducir el peso de su copa, su altura, su rápido crecimiento. La tragedia, sin embargo, es que el árbol que cruje no es más que la suma de una serie de malas decisiones, un cúmulo de errores que lo llevará al suelo. Podrías cortarlo, pero solo conseguirías hacerlo brotar con más fuerza, provocar una caída todavía más enérgica y darle un final mucho menos digno. Si los árboles que crujen pudiesen hablar, se cagarían en todos tus muertos por atreverte a hacer algo así, ¿sabes? Porque no hay fracaso peor que aquel que uno puede cargar en los demás. No sería verdad, claro, porque fue el árbol quien creció demasiado rápido, endeble, maquinal incluso, pero también él o ella vería antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

Lo más justo es dejar que caiga. Puede parecer duro, pero, de las caídas, se aprende. A todas luces, los árboles que crujen son el corazón del bosque. El árbol que cruje morirá, pero en su sitio renacerá otro que no crecerá ni tan rápido, ni tan endeble, ni tan maquinal. Si en el transcurso de su muerte, carga contra otros árboles, estos otros no crecerán tan cerca, sobreviviendo solo aquellos fuertes para soportar las embestidas de sus compañeros o lo suficiente audaces para no entrometerse en su camino. De las caídas de cada árbol, el bosque aprende. ¿No es eso lo que nos ocurre a nosotros con los errores? Observar los árboles que crujen es, de alguna manera, comprender algo de la propia naturaleza: pues, los errores propios son aquellos que más nos cuesta aceptar, pero también los que nos permiten crecer. Después, el bosque se enriquece.

¡Deja en paz a los tiburones, estúpido primate!

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Antes tenía la costumbre de seguir las páginas del Facebook de muchos diarios, pero ya no. Hay dos razones para ese antes: la primera, que ahora toca entrar en modo incógnito para que no te pillen las cookies y te limiten el número de artículos que puedes leer (pequeño truco: ahí lo dejo), así que prefiero hacerlo por el navegador; la segunda son los comentarios de algunos descerebrados. Siempre ha habido descere… idiotas, siempre ha habido idiotas (¿para qué ser políticamente correcto cuando no hay razones?), pero desde la pandemia de la Covid-19 está el tema pasado de rosca.

El otro día, justo estaba yo ahí, bien dispuesto a cabrearme con las noticias. Ya tenía delante varias—todas Covid entonces, aunque ahora parece que empiezan a entremezclarse con la nueva y vieja Venezuela: Pablo Hásel y Cataluña, again—, pero me quedé con «La vacuna de la Covid-19 podría acabar con medio millón de tiburones», que no era ni una noticia actual, sino una republicación (luego me di cuenta).

Acabar con medio millón de tiburones

Vamos, que veo la publicación, hago clic, me leo la noticia (suele ser una buena práctica, pero apenas se practica) y, después, me da por volver a los comentarios. Un idiota: «Pues si hay que matarlos, criamos más.» Lógica aplastante, la del tipo. Como si los seres vivos con los que compartimos medio fuesen un comodín: mato a medio millón, pero crío a no sé cuántos: va, ya que te pones, críate tres o cuatro de más, si eso. Por suerte, por cada diarrea mental del estilo, van apareciendo más y más comentarios coherentes. En cualquier caso, cuando leí: «¿tan malo sería que se extinguiesen?, el mar sería más seguro» y «solo es un pescado más», cerré el Facebook, asustado.

Si tú le propones a ese tío o al resto de su línea de pensamiento el mismo caso con personas (si vas mal de pasta por la crisis que se te viene encima, cárgate a tus tres críos y, luego, ya tendrás otros tres cuando pase lo del coronavirus), como poco, te van a tachar de demagogo. Bueno, a saber: quizá alguno te dice que no, pero porque es delito. Sin embargo ¿es tan distinto? ¿Qué derecho tenemos para matar a medio millón de tiburones por nuestra conveniencia? Debido a una zoonosis que, de un modo u otro, hemos provocado nosotros como especie, que nadie lo olvide.

¿No será que todo sigue igual porque el cuento nos beneficia? Y cuanto menos lo piensas, pues mejor. Lejos de notas como la que sigue republicando La Vanguardia sobre un artículo de octubre del año pasado —es decir, todos esos especímenes ya habrán sido ejecutados y utilizados, y seguirán siendo ejecutados y utilizados—, en 2015 se notificaba que, en España, en el ejercicio anterior, 62.000 animales se usaron para experimentación con dolor severo (severo, ¿eh?, cómo nos molan los eufemismos) de un total de 844.473: sí, has leído bien.

Las fronteras de la especie

Avanzamos, aun así, muy poco a poco, pero avanzamos. Y ahí está el proyecto de Big Data de la Universidad de Cambridge que ha sustituido pruebas toxicológicas con animales por modelos computacionales; porque, si se quiere, se empieza a poder y mucho más rápido de lo que nos habían dicho. Es cuestión de dejar de mirarnos el ombligo, dejar de pensar solo en nuestro bienestar y no hacer a los demás aquello que no nos gustaría que nos hiciesen.

Se llama empatía y empieza a traspasar las fronteras de la especie.

Más que nada porque el planeta ya ha empezado a soltar hostias kármicas.

Quizá ya no es cuestión de centrarnos en ideas como la de Albert Schweitzer, Premio Nobel de la Paz en 1952, que dijo: «No me importa si un animal es capaz de razonar. […] Solo sé que es capaz de sufrir.» Si no de otra cosa, de meternos en la cabeza que el egoísmo y el creerse superior al resto nunca ha hecho más que joder y complicar las cosas: tenemos bastantes ejemplos a lo largo de la historiografía contemporánea, échale un ojo a la Wiki. Por mi parte, casi nunca escribo comentarios en redes, pero se me ocurrió una respuesta para el de la retórica mata-tiburones: «¡Deja en paz a los tiburones, estúpido primate!», porque idiota se le quedaba corto, y como primate, también deja mucho que desear, ¿no crees?

Enlaces relacionados:

Wabi-sabi y las cicatrices que nos embellecen

El wabi-sabi cultiva todo lo que es auténtico reconociendo tres sencillas realidades: nada dura, nada está completado y nada es perfecto.

Richard R. Powell, Wabi Sabi Simple: Create Beauty, Value Imperfection, Live Deeply

Hay un término japonés que me gusta más que cualquier otro. Quien me conozca un poco, quizá intente adivinarlo, pero la caga seguro. Puede que piense en conceptos como rei (令; respeto, cortesía), makoto (誠; sinceridad), meiyo (名誉; honor) o chuugi (忠義; lealtad). Este último, por ejemplo, es importantísimo para mí: ser leal a los demás y a mis propias convicciones. Sin embargo, y aunque choque, el término del que hablo es el Wabi-sabi (侘寂), pero ampliado hacia las relaciones humanas. 

Confieso que siempre me ha atraído el pensamiento oriental y, en cambio, nunca he conseguido profundizar en la literatura japonesa: qué vergüenza (mentira: no me da ninguna), ¡con treinta y tantos que tengo ya! He leído lo típico: Natsume Sōseki, Yukio Mishima, Jun’ichirō Tanizaki, Kyōka Izumi y me atrevería a decir que algo de Köbö Abe. Conozco el porqué: es por su estilo. Un profesor de escritura que tuve hablaba siempre de orientalizar como sinónimo de reducir o dejar el texto en su esencia, pero a mí casi toda la literatura oriental que he ojeado me resulta terriblemente enrevesada en su expresión. Supongo que son culturas que han mantenido el pensamiento, el debate y la meditación en el centro de su vida, pública y privada, y eso pesa: quizá si Roma no hubiese colapsado, nosotros también escribiríamos así.

De vuelta al Wabi-sabi este es, por definición, un término estético que describe la belleza de la imperfección. A menudo, se conecta con la práctica del kintsugi (arreglar objetos rellenando las grietas con oro para devolver la funcionalidad a la pieza y, a la vez, acentuar esa imperfección), pero es una idea que podemos encontrar en todas partes. El concepto nace vinculado al Tri-Laksana, una de las enseñanzas fundamentales del budismo, que dice así: no hay nada que dure, esté completo o sea perfecto. Cuando leo sobre las tres características de la existencia para los budistas, recuerdo también a Bruce Lee —encajonado y reducido a la cultura pop—, que nos habló a los occidentales de que el cambio es algo natural y de cómo fluye la realidad.

En las calles de Japón, el Wabi-sabi se acerca al rusticismo, al minimalismo y a la naturaleza. En El elogio de la sombra, el autor describe cómo la oscuridad, en todas sus formas, define positivamente la estética japonesa en contraposición con nuestra concepción del arte y el diseño. Entre otras cosas, Tanizaki habla de un retrete exterior integrado en el bosque —si no recuerdo mal—. Allí, la imperfección, la impermanencia y el cambio natural juegan un papel fundamental en la forma en la que un cagadero se integra en el espacio: es el wáter lo que se naturaliza en el Japón, eso es lo que se valora; por el contrario, en Occidente crearíamos un entorno artificial con ese objeto en el centro: no lo dispondríamos como un elemento más que tratase de no alterar el conjunto.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con las relaciones humanas? ¿Se me ha ido la olla? Pues no. Todos nosotros arrastramos heridas, visibles e invisibles, e incluso decidimos mostrar algunas de estas lesiones internas a las personas que nos importan. Para mí, el Wabi-sabi no solo me conecta con el hecho de que cualquier evento, relación o instante sigue las mismas tres grandes verdades del Tri Laksana, sino que aceptar esto y embellecer nuestras cicatrices —aprendiendo, compartiendo, empoderándonos a través de ellas— es imprescindible para conectar con las personas que nos rodean.

Hay mil cosas que nos acercan a los demás, pero la conexión más perfecta entre dos personas —en especial, entre dos personas que se eligen— también debería fortalecerse recordando que reconocer las cicatrices del otro es también ser parte de esa materia que las baña en oro y las hace refulgir. A nivel humano, el Wabi-sabi es aceptar la parte oscura, imperfecta, cambiante, que todos tenemos y, todavía más importante, aceptar la de los demás, no como un ejercicio de empatía o bondad, sino comprendiendo que tanto el yin como el yang es aquello que define nuestra esencia y quiénes somos.


En los enlaces siguientes puedes leer más sobre Paige Bradley y sus bronces figurativos. Me parece importante atribuir tras coger una de sus obras más conocidas y utilizarla para ilustrar esta columna de opinión.

Esta entrada fue publicada, originalmente, en Metepatas el 9 de enero de 2021, blog que reabsorbió un celoso Doblando tentáculos en 2021.

Si la rosa no fue suficiente, le regalaré un ramo

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“La felicidad depende de nosotros mismos”.

Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.)

Cuando iba al colegio, me enamoraba cada dos por tres. Los psicólogos dicen que, cuando tienes heridas de abandono y de rechazo en la infancia, esto es bastante común. Ni puta idea, pero me lo creo. En el bachillerato, por ejemplo, me enamoré perdidamente de la Mari —mi amiga Mari, con quien, por desgracia, hace un tiempo que no tengo mucho contacto— y tuve hasta una crisis de valores. Esa crisis llegó porque Maria Jesús (que es el nombre completo de la Mari) había sido la novia de mi gran amigo Alfredo y ¡qué cojones! ¿cómo hubiera hecho algo incluso de ser correspondido? Sé, además, que mi yo-adolescente se dejó de liar con unas cuantas chavalas por su ensimismamiento (qué digo ensimismamiento: ¡pasión!). La Mari era todo, y todo estaba fuera, y durante mucho tiempo después de gastarme una pasta e inundar de rosas el salón-comedor de la Mari, seguí buscando la felicidad donde no debía.

El año pasado, me ocurrió algo similar cuando se largó de casa mi exmujer. Me dije: «¡Cagondiós, si ella no tiene ni puta idea de qué quiere en la vida!»  (Como si yo lo tuviera todo muy claro, por cierto.) ¡Es mi culpa! Yo la salvaré: actuaba mucho así yo, con todo quisqui. Pero también empecé a pensar en nuevos detalles de amor: cada vez mejores, a mi juicio. Ella, no sé. Ella follando por ahí, o llorando, o riendo, o lo que cojones hiciese: viviendo su vida, no como yo. Yo, primero, le llevaba flores (pobres flores, ¿cuántas habré matado en vano?); después, compré entradas para el concierto de Extremoduro (nuestra canción era Necesito drogas y amor: pelín cliché, pero mola; aunque ella dice que, para ella, yo soy una de La oreja de Van Gogh, y ella para mí es más una de Lágrimas de sangre por estas fechas: la gente, que cambiamos). Bueno, le escribí cartas de amor, le escribí textos, y listas enteras, con todo aquello que me había dado cuenta de que no había hecho bien, intentaba mantenerla feliz, y segura, y conmigo, y ella —lejísimos— mirando fuera, cada vez más. Sigue leyendo «Si la rosa no fue suficiente, le regalaré un ramo» →

Los seres humanos pensamos con los pies

Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Ellos lo sabían: los seres humanos pensamos con los pies. Esta frase no es mía, se la he robado a un redactor de El País que escribió un buen artículo acerca de escritores caminantes. Caminar es el germen de aquel viejo consejo que ya es cliché: ¿quieres escribir? ¡pues sal a hacer cosas! ¡Ay, si salieras a vivir más! ¿Es cierto? Dependerá: en la otra orilla están Proust, Salinger, Harper Lee, Thomas Pynchon, Hunter S. Thompson… ¿necesitaban ellos hacer cosas para escribir?; ¿vivía su escritura de ideas y recuerdos? ¿Qué puede más? ¿El hacer o el imaginar?

Dicen que José Saramago nunca escribía más de dos páginas al día. Sus jornadas de trabajo eran largas, aun así, pero no gastaba demasiado papel. Se ponía frente a la máquina de escribir y tecleaba un par de folios sin prisa. También el escritor Josep Pla se lo tomaba con calma: cuando se atascaba buscando un concepto, mandaba a tomar por culo la inercia narrativa y se liaba un pitillo pensando qué palabra faltaba por ahí. No es ningún secreto que Javier Marías se hace pajas mentales intentando no perder el ritmo narrativo —y eso se traslada a sus novelas de maravilla— o que Juan Marsé no trabaja nada como los inicios de sus novelas, en los que se obliga a recoger la esencia de toda la historia.

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El río Besós a la altura de las casas baratas del Bon Pastor (Barcelona, 1929).

Yo no he podido escribir todo lo que he querido este año, pero sí he podido conocer mejor mi propia escritura: algo es; un consuelo pa’tontos, pero algo es. Sé, por ejemplo, que para escribir tengo tanto que hacer como imaginar, pero sobre todo hacer: moverme; si quiero llevar una escena sobre el río Besós, tengo que ver ese río, u otro río, y poder imaginar y describir esos mojones como submarinos de grandes de los que hablaba Pérez Andújar o esas riadas de octubre que, en otro tiempo, hubiesen mandado a tomar por culo los pisos de los charnegos de Badalona (ahora ocupados por inmigrantes chinos y árabes). Debo tener tiempo para pensar qué decir, que parece una obviedad, pero no lo es: porque no es sencillo escribir siendo pobre; porque la vida literaria siempre fue para los ricos, que son aquellos que pueden conjugar, sin grandes esfuerzos, tiempo y talento. Hay que tener tiempo para desarrollar ideas y para tirarlas a la papelera sin piedad, y salvar retazos, y construir historias, y sacar brillo, y que reluzca. Pero todo lo anterior es nada si uno no se toma el tiempo de consumir —siempre en papel— las vidas de otros.

Cuando palmó Umbral, que me parecía un tipejo horrible y un lector inconmensurable (pero de eso ya hablé), los magacines y la prensa se hicieron eco de aquella locución latina del pienso, luego existo trasladándola al consumo, luego escribo; y jamás a la inversa. Lo que pasa es que se nos olvida, o no hay tiempo —ya lo he dicho por ahí arriba— o está Netflix subiendo más y más series. Hay quien la caga creyendo que leer no es trabajo, sino el hacer, pero, de un modo u otro, leer también es parte de ese caminar. La escritura no es más que un destilado de las letras de otros: la traslación del recuerdo a la actualidad a través del presente en Patria, la perfecta ejecución de un inicio que obliga a seguir leyendo en Superviviente —y en la mayoría de novelas de Chuck Palahniuk—, el adentrarse en la mente del protagonista como álter-ego del escritor, el hablar con los muertos y cómo hacerlo con la puntuación que nos salga del cimbrel (o del horcate) entre imágenes certeras y ensoñaciones, y gaseosa en los oídos, con Marsé, y Chispa, y David, y el piloto del Spitfire…

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Detalle de Saturno (Peter Paul Rubens, 1636)

Los americanos saben mucho de todo esto: son la hostia en los inicios y creando imágenes potentes, como las de Jonathan Franzen, a quien apenas he leído, o David Foster Wallace, a quien empiezo a leer. ¿Quieres ver cómo late Nueva Orleans entera al ritmo de los pasos de un gordo antisocial? La conjura de los necios. Nosotros aquí teníamos La colmena de Cela, pero, al final, idolatramos El ruido y la furia, también con razón; igual que hacemos con la mayoría de historias de Gabriel García Márquez, que nos enseñan cómo apuntalar el inicio de una historia desde aquella muerte anunciada. Y, a partir de aquí, toca despiezar el mecanismo que nos obliga a seguir leyendo y a adentrarnos en la construcción del mundo. Como lectores, porque no podemos hacer otra cosa; como escritores, porque tenemos la obligación de arrancarle las tripas a ese cosmos y devorarlo sin prisas, con el anhelo de que una parte de todo lo allí presente germine en nuestro interior.

Golpearé, y aprenderé algo

Miyamoto Musashi (Provincia de Harima, 1584 – Provincia de Higo, 1645), el legendario samurái que escribió El libro de los cinco anillos, resumió toda su experiencia vital en una única enseñanza que dice así: «La espada tiene que ser más que una simple arma, tiene que ser una respuesta a las preguntas de la vida.» Este es un concepto difícil de comprender para alguien que nunca ha cogido un sable —ya lo debía ser entonces, cuando Musashi se retiró a morir a una cueva al oeste de Kumamoto— y, en cambio, es la gran aspiración que mantiene cualquier practicante de artes marciales en la actualidad: preservar el verdadero significado de la espada, comprender que la espada, hoy, no necesita de la guerra para ser, y, sobre todo, entender que la espada no es más que una vía hacia el autodescubrimiento que nos permite evolucionar como seres humanos. Por esto a veces no es una espada; es una alabarda, un bo, una naginata, las propias manos, el cuerpo.

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En el kendo, el arte marcial que sabéis que practico, todos empezamos creyendo que se trata de la espada, pero nadie tarda demasiado en descubrir que se trata de quién la blande. Esta es la parte más mística, diría; después está aquella más práctica: aunque suene irónico, kendo son más piernas que brazos, y es más cuerpo que espada. Golpear con el sable requiere de golpear con el cuerpo: sin una buena posición de pies, sin equilibrio, sin un buen salto, sin potencia para romper la guardia del oponente, el hombre, el sable, no puede alcanzar el yuko-datotsu: un golpe válido que se acompaña de todo el espíritu, una postura apropiada, con la zona correcta del arma, en la zona correcta del oponente, y con zanshin (estado de alerta mental y físico). Pero, volviendo sobre nuestros pasos, encontramos otras dos ambivalencias que uno tiene que interiorizar con la práctica: uno no solo combate contra el oponente, uno combate contra sí mismo y, a su vez, trata de agradecer, con honestidad, el corte del sable del adversario: así es como se aprende, como uno entiende y corrige su propia debilidad. Los ataques exitosos te hacen reflexionar sobre aquello que hiciste bien, pero lo mismo ocurre con los golpes que uno falla o recibe, incluso más. Ya lo comenté al inicio: es una práctica de vida, y, por esto, un sensei sonríe al recibir lo que hubiera sido un golpe mortal, porque ha conseguido comprender, e interiorizar, y hacer suya esta enseñanza.

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Aunque suele atribuirse a Newton, la famosa frase somos enanos subidos a hombros de gigantes pertenece al filósofo neoplatónico Bernardo de Chartres (c. 1080 – c. 1130). No somos nada sin aquellos que nos precedieron, y, por ello, uno no puede más que sentirse pequeño cuando es consciente de todo el conocimiento humano que lo sustenta detrás. Esta idea también forma parte del camino de cualquier kenshi: el saber y la técnica de tus maestros construyen también tu camino, y ni uno ni el otro hubiesen sido posibles sin la guía del maestro de tu propio maestro, y así, sucesivamente. A todo ello se suma un concepto más: no es posible alcanzar el éxito solo, mejorar significa ser parte de algo más grande: apoyarte en los compañeros, practicar y aprender juntos, construir mediante el esfuerzo mutuo y las enseñanzas que se nos han transmitido.

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Dentro del kendo, la familia Takizawa es un ejemplo maravilloso de todo lo anterior y, además, mantiene una relación directa con la expansión de este arte marcial en España y en Europa. Los kendokas más veteranos cuentan historias sobre Kouzou Takizawa, el padre de Kenji Takizawa, que han llegado hasta nosotros a través de los escritos y los recuerdos de su hijo; parafraseándolo, el maestro Takizawa (hijo) recuerda: «Recibir un men —corte en la cabeza— de mi padre era formativo: enseñaba»; ese corte (ippon) le convertía en alguien un poco más sabio tras cada combate. Ahí radica el sentido del orden en un dojo durante el saludo y los agradecimientos —en el pasado, el momento más peligroso frente a un ataque del exterior—: cuanto mayor es el rango del practicante, más lejos estará de la puerta: una escuela puede reconstruirse con nuevos alumnos, incluso sin los senpais de mayor grado, pero no sin un maestro o sensei.

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Entrenar siempre debe llevar esa aspiración dentro del dojo: mejorar con la espada y como persona. Y, de nuevo en palabras del maestro Takizawa, combatir es no tener miedo a la lucha, y vencer sin presumir, y perder con dignidad: palabras que, cada día, trato de hacer mías. No es casual que, en Japón, la vida no se entienda sin kendo; el kendo es una práctica para la vida: para vivir con honestidad, para ser mejor persona, más justo, bondadoso, sincero con uno mismo y con los que nos rodean, y, a todas luces, ser más feliz. Habrá quien crea que kendo es coger un sable de bambú y ser un mejor espadachín, pero se equivoca; el kendo es mucho más; el kendo es una cura para la vida. Y hay pocas cosas que puedan definirse con tal exactitud.

Huir de los malos libros

Escribir una novela es agotador: convertir personajes en personas, sostener el interés del lector en la narración, jugar con los indicios, las catálisis y los informantes entre los núcleos. Hay una parte de orfebrería —de reloj bien calibrado— entre esa magia que distingue a un libro de la literatura. Por supuesto literatura es mucho más, y se puede encontrar en cualquier película de John Ford, en un videojuego como Grand Theft Auto, o en una buena novela, como Patria, de Aramburu. Esto es porque la literatura no es la mera expresión mediante palabras, sino, como bien señaló Roland Barthes, un diálogo con nuestro tiempo. Con todos ellos, con nuestro presente, pero también con el pasado compartido como especie y el futuro que imaginamos terminado en «ías». Sean utopías, sean distopías.

Por eso hay una práctica contra la que siempre he luchado y de la que me alegro que haya iniciado un necesario camino de no-retorno: la potestad de huir de los malos libros. La posibilidad de ajusticiar antes de que sean ellos los verdugos. Huir de un libro que no nos gustaba era algo que no entraba en nuestras cabezas. A la mayoría nos educaron creyendo que el saber está en los libros y que todos los libros contienen saber. Dejar a un libro huérfano era, hasta hace poco, una verdadera tragedia: como lector, si empezabas un libro, tenías que acabarlo. Pues una mierda muy grande y muy gorda. No hay mayor mentira que creer que un buen libro debe gustar a todos; y a esta —a esta mentira— le pisa los talones creer que solo hay literatura en los libros y que, estos, por miles y miles de obras maravillosas que existan, se encuentran en un estadio imperturbable, inalcanzable y hasta sacrosanto para los mortales. Somos mucho de aupar como dioses a cosas que no existen siquiera, ¿qué le vamos a hacer?

—¿Usted quema libros?

—Siempre que puedo.

—¿Pero libros importantes? Por ejemplo, ¿usted quemaría el Quijote?

—De los primeros que quemé. De no ser importantes, ¿para qué quemarlos?

—Tiene sentido. Lo tiene.

Quinteto de Buenos Aires (Manuel Sánchez Montalbán, 1997)

Sí hay algo cierto aquí, no obstante, es que sobre gustos no hay nada escrito, pese a que los malos libros, suelen llevar detrás a una comitiva de «odiadores» más homogénea que los buenos. Estos otros, como grandes obras, a menudo gustan al margen del género y hasta la historia, pues nos mueven hacia las grandes inquietudes del ser humano: la identidad, el amor o la muerte. Pero hay una máxima no escrita que grabarse a fuego: los malos libros nos quitan tiempo para los buenos libros, son unos ladrones de la peor calaña. Somos rehenes de una educación que nos obligó y encarceló entre obras que no queríamos leer, y que, si ahora nos molestamos en redescubrir, entendemos que aquel no era el momento, pero también que el profesor que nos tildó de sacrílegos por abandonar un libro en la página cien era un pedazo de cabrón.

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Viñeta de Carvalho. Tatuaje en formato cómic, publicado por Norma Editorial en 2017.

¡Qué reconfortante debe ser quemar un libro!, como hacía el detective Pepe Carvalho en todas sus novelas. Pero Pepinho, como lo llamaba con cariño la puta que también era su amante, quemaba buenos libros, a sabiendas de que la cultura lo había alejado de esa sociedad que le condenaba a vivir entre el barrio chino y lo peor de la ciudad condal. Nosotros empecemos por acoger esa potestad de leer lo que nos salga de los cojones (o los ovarios), y si no nos gusta, quien tenga chimenea y quiera sacrificar un buen encuadernado… pero con cerrar uno y abrir el siguiente debería valer. Además, guardar la prensa sirve a su propósito de puta madre, os lo dice alguien que gusta del fuego hasta con los inviernos lejos.


NdA: Encontré este blog donde el autor ha escaneado un obsequio por la BCN Negra del 2009 donde se recogen todos los libros que Pepe Carvalho quemó en la saga de Manuel Vázquez Montalbán. Por si os hace gracia… ahí van los títulos que alimentaron la chimenea de Carvalho.

Además, estoy muy, muy contento, porque el borrador de mi novela ya acoge la recta final. Eso sí, cuando me la publiquen, no me podré enfadar si a alguien se le ocurre quemarla…

Y esta entrada sobre los malos libros, pues también me inspiró, y creo que debo enlazarla.

El mundo que ya es basura

«Si las abejas desapareciesen, los seres humanos nos extinguiríamos en cuatro años.» Esta frase, atribuida a Albert Einstein, esconde una aterradora verdad: somos mucho menos poderosos de lo que la tecnología nos ha hecho creer. Somos mucho más estúpidos también: una simple búsqueda en Google nos permite ver que esa frase no es más que una variación de un eslogan de unos apicultores belgas durante una manifestación en 1994. ¿Qué abejas, además? ¿A cuál de los miles de tipos de abejas no domésticas que no son abejas de la miel (Apis mellifera) nos referimos? Además, ¿son las abejas domésticas los únicos polinizadores del reino animal? Por supuesto que no: aunque sí las más «hiperactivas». Pero, ¡qué importa en realidad! En boca de Einstein, un problema de primer nivel se convierte en un «problemón», y eso, tristemente, es algo que necesitamos cada vez más.

Abeja (primer plano; polinizadora)

Si nos decidimos a usar nuestra capacidad crítica, no deberíamos hacer una lectura tan literal. Si las abejas desaparecen, la humanidad difícilmente se extinguirá: comemos arroz, maíz y trigo; cada vez más soja también, y ninguno necesita ser polinizado. Sin embargo, más del 70 % de los alimentos de nuestra dieta sí. Sin polinizadores perderemos variedad; pero hay más: las plantas de cobertura suponen una barrera de control frente a plagas y enfermedades, enriqueciendo el suelo y evitando que las principales plantaciones de alimento sean arrasadas. Sin polinizadores, el escenario que tenemos delante es, por lo menos, inexacto. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué ocurrirá, pero llegados a ese punto, nuestras sociedades como las conocemos sufrirían un cambio radical.

Desde hace un par de años, Stephen Hawking (1942) advierte sobre la necesidad de colonizar otros planetas; no hace mucho, además, ha agregado que urge abandonar la Tierra en menos de 100 años, y, todo ello, no son más que agregados de esa frase de Albert Einstein que resultó no ser suya. Son las mismas ideas implícitas que carga esa deadline que científicos y activistas subrayamos constantemente en 2050 sin conseguir despertar conciencias: donde los plásticos son todo lo que nadará en el mar. Es lo mismo que se intenta en la Fundación MONA advirtiendo del cambio necesario frente al uso del aceite de palma o del coltán; es la foto de ese caballito de mar agarrado a un bastoncillo para los oídos, o el enorme gasto de agua que requiere una alimentación basada, principalmente, en la pesca y la ganadería; estas frases de grandes nombres son el último reducto frente al cambio climático y la obstinación de mantener nuestros hábitos de vida a cualquier precio —de comer lo que queremos, de vestir como nos apetezca, de cambiar de teléfono móvil cada año e incluso de tener los hijos que nos dé la gana— frente a la pérdida de biodiversidad contra la que nos seguimos revelando mediante la tecnología: con abejas mecánicas propias de la ciencia-ficción y viajes en cohete al estilo de las Crónicas marcianas de Bradbury, donde sigue perviviendo aquella vieja duda sobre si llevar vida fuera de nuestra atmósfera no es también sinónimo de viajar con la destrucción que siempre nos ha acompañado.

El Occidente del senpai y el kōhai

Las artes marciales trajeron a Occidente un concepto social nipón que resulta difícil trasladar a nuestro mundo: la relación senpai–kōhai. Una noción que tiene su acepción más próxima en el tutor y el tutelado, si bien el senpai, a diferencia del anterior, estará siempre cursando la misma actividad, estudio o trabajo que su tutelado.

Una primera respuesta la encontramos en la historiografía japonesa y, concretamente, en la mezcla que cristalizó al combinar el confucianismo, la familia tradicional japonesa y la ley civil de 1898 (Era Meiji), que mantuvo el koshusei (戸主制) o sistema del cabeza de familia, el cual, en la práctica, continua parcialmente vigente —por lo menos, psicológicamente— en gran parte del país. Pero quizá, habiendo nacido lejos de aquellas fronteras, sea difícil comprender estas dos simples palabras en toda su extensión, como el ciego que nunca ha visto por sí mismo y debe vivir con las imágenes que le describen las palabras de otro.

Fuera de Japón, los dojos o escuelas de artes marciales han generalizado un concepto que, al abandonar esas costas, no resulta extrapolable a otros ámbitos académicos, deportivos o laborales. Asimismo, como cualquier otro fenómeno social, parece que el senpai-kōhai se ha adaptado a unas circunstancias concretas fruto de cada contexto: de este modo, en el colegio japonés, la relación será de uno a uno, mientras que cualquier persona que inicia su camino en un arte marcial encontrará a toda una comitiva de senpais frente a él. Esto es debido a que, etimológicamente, el senpai (que suele traducirse como «compañero de antes») será todo aquel miembro de mayor experiencia —y, por lo tanto, a menudo, jerarquía o antigüedad— de la escuela, definición que se adapta a cualquier otro practicante de mayor veteranía. Si el principiante termina formando parte del club, pronto deberá dar ejemplo a sus kohais («compañeros de después») y parte del buen desarrollo de los mismos formará parte de la asistencia que él, como nuevo senpai, pueda ofrecerles.

Kendo en una escuela agrícola (alrededor de 1920)
Kendokas de una escuela agrícola japonesa en 1920.

A menudo, esta relación cuesta de entender en Europa, donde el esfuerzo personal es, desde pequeños, demasiadas veces más incentivado mediante recompensas que auspiciado por la superación personal, y, sobre todo, donde la jerarquía es siempre comprendida desde hace ya varias décadas como sumisión impuesta y disciplina intimidatoria, y no como cortesía, respeto y admiración libre. Por suerte, los motivos que pueden llevarte a las puertas de un dojo pueden ser erróneos, pero nunca las razones que te mantienen en su interior.

La relación entre un senpai y un kōhai, no es perfecta, pero siempre es instructiva. Primero, se aprende a ver que somos parte de algo más grande, y que unidos en un esfuerzo común podemos hacer cosas que jamás alcanzaríamos nosotros solos; segundo, se aprende que las cosas no son fáciles, ni justas, y que nada que no tome un buen tiempo conseguir merece la pena: esto es, esfuerzo, crítica, contusiones —en el ámbito deportivo—, el hallazgo de silencios que dicen más que las palabras, y, a veces, solo impotencia y frustración frente a las que debemos sobreponernos; tercero, se aprende que nosotros no somos sin un maestro, pero tampoco sin los compañeros que nos acompañan, y que el maestro no lo es sin alumnos, así como el senpai no puede serlo sin el kōhai. Esta es la enseñanza más tardía y más perdurable, aquella que dura toda la vida, porque más que ninguna otra debe demostrarse con el ejemplo, la que te hace respetar y hacer respetar la etiqueta y las buenas formas, la que te demuestra que tú enseñas en la medida que aprendes de otros, y aprendes en la medida en la que enseñas, y, así, eres escuela de vida.

Hace tiempo, uno de mis senpais me envió un artículo. Decía que los kenshi somos muertos vivientes, que no podemos olvidar que cada ippon debería habernos matado y estar agradecidos de lo que este nos enseña para seguir avanzando en nuestra propia senda. Parece justo afirmar que si debemos estar agradecidos al corte que nos enseña, también deberíamos estarlo al hombre (o la mujer) que empuña el arma con juicio, ¿o no?

El dedo que fue

Cuando llegué habían tirado el dedo al container. Todo el dedo. Falange distal, media, proximal, metacarpianos… No quedaba dedo en el tumor. Pero no era un dedo: era una vida. Recogí a Dana en brazos y la cargué a peso; los analgésicos me robarían a mi compañera más fiel por unas horas más, y durmió en el maletero del Jeep —el Jeep que compramos para ellos— todo el camino hasta casa, y luego en casa, todo el día, hasta el anochecer.

Estuve acariciándola por horas, y me peleé con Laura, que quería que la dejase descansar en paz; sin entender que no quería, pero, sobre todo, que no podía. Me tumbé al lado y fingí leer, pero seguí acariciándola hasta que me solidaricé con ella entre sueños por un rato. En algún momento, trató de levantarse, e intentó alcanzar el balde de agua a trompicones. La ayudamos.

Dana (mirada)

Al final, consiguieron echarme de casa por unas horas, y por fin Dana descansó tranquila en nuestra habitación, con las contraventanas cerradas para evitar el asalto de un sol terrible e impropio del mes de junio. Mientras conducía, pensé en todo lo que se había hecho por salvar su dedo y en lo que escondía la infección; y aunque no se deshizo el nudo del estómago, entendí que la tristeza no se vinculaba a la operación en sí, sino a aquello que mi perra me explicaba entre líneas.

Todo el dedo no era un dedo. Era una vida. Toda una vida. Toda una vida juntos. Era el principio del fin. De las carreras, las siestas, los abrazos y los lametones; todo el dedo no era un dedo, era la vida; la vida que empezó a consumirse desde que nos conocimos y que ahora se materializaba en un tumor, en el pelo blanco, en los ojos algo más cansados que ayer, en la serenidad y el entendimiento que ha crecido durante casi ocho años.

Dana (calle)

Era un dedo, pero era la vida de mi perra. Mi perra, que es lo más parecido que yo tengo a una hija; mi hija, cuyo dedo me dice que todos morimos, poco a poco, pero que seré yo aquel que tendrá que encontrar un lugar para su cuerpo ya inerme; mi perra, que no morirá hoy, y morirá; mi perra, a la que abrazo fuerte, e imploro por no olvidarme ni un día más de disfrutar de un atardecer junta a ella, de una mirada cómplice, de una caricia, de un sentimiento, de una vida.

La vida de mi perra, que hoy aún es vida, pero que un dedo amenazó con robármela un instante y, ahora, entre lágrimas, solo pienso en cómo será el vacío que será capaz de dejar ella un día, si un dedo casi me arranca el alma.