Lo Que Está Por Oler

Lo Que Está Por Oler es el trigésimo cuarto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Se rascó una oreja con entusiasmo. Después, se incorporó, se colocó a cuatro patas —justo cuando la Gran Luz Que No Se Mira asomaba el hocico— y bebió un par de largos tragos de agua de la fuente que sus compañeros de piso habían instalado en el comedor. No había sido una semana de grandes aventuras y los días en el hogar empezaban a resultar tediosos y rutinarios. Por esto, tras refrescarse, volvió inmediatamente a la cama por un par de horas más: ¿qué se le había perdido en el mundo tan temprano?

Argos era un verdadero ilustrado, y así le consideraban sus congéneres. Un aventurero que había oído hablar de Rugaas, Donaldson, Pryor u O’Heare, a quienes se imaginaba como grandes divulgadores caninos; quien había presenciado grandes momentos de la historia moderna, como las gestas de Colmillo Blanco, la vida de Marley, de Beethoven, o del gran detective Hooch, que se ayudaba de aquel incompetente americano delgaducho… Era el compañero que quieres en tu equipo cuando abandonas la seguridad del territorio y te lanzas hacia Lo Que Está Por Oler y, ¡bueno!, él no creía en la falsa modestia.

Argos (terraza)
Argos descansando en la terraza.

Aquella era una época de cambios. Había decidido dejar atrás el apartamento en el centro por una casa a pocos kilómetros de la capital; una cuestión controvertida y discutida por el resto del grupo sobre la que Javier y Laura rápidamente estuvieron de acuerdo, mientras Fuego y Dana habían mudado sus respectivas reticencias hasta su nuevo hogar. Ahora no estaba dispuesto a confesarlo, pero quizá vivir en la montaña no había sido su mejor idea. Poco había tardado en percibir un cambio de actitud en algunos miembros de la manada… Por ejemplo, desde que se conocían, Javier, siempre se había levantado prontísimo: entre las ocho y las nueve de la mañana, y tenía la mala costumbre de sorber varias veces al día un líquido amargo en pequeños cuencos con asas casi imposibles de lamer. ¿Aunque para qué iba a lamerlos? Los humanos bebían todo tipo de líquidos extraños: negros, amarillos, rojos… ¡incluso naranjas! ¡NARANJAS! Hace falta valor… Pero en los últimos tiempos había advertido un incremento de amarillos y rojos y eso le preocupaba, puesto que convertía a sus compañeros de piso en seres más irracionales, si cabe. ¿Cómo iba a tolerar eso si la situación se cronificaba? ¡Parecían animales salvajes!

Asimismo, había empezado a preocuparse por otra extraña costumbre que se extendía en el tiempo: los dos humanos se sentaban en una silla y se quedaban horas y horas inmóviles frente a todo tipo de extrañas imágenes: era aterrador; a veces, estas se movían y otras, simplemente, mostraban formas que habría jurado que aparecían a medida que sus compañeros golpeaban una de esas cosas sin nombre de perro que sonaba con clics y con clacs. Como buen empirista, había acercado el hocico sin resultados: Javier creyó que quería abrazos y lametones, mientras que Laura le riñó, imaginando que intentaba alcanzar unos macarrones al pesto: en honor a la verdad, Argos sabía que ambas cosas eran compatibles.

En la montaña, sin embargo, algunas cosas habían mejorado también. Corrían sueltos y no con esas estúpidas correas sin sentido con las que era «dificilísimo» hacer entender a los humanos por dónde debían pasear. Lo había comentado con Dana y con Fuego, y opinaban lo mismo. Bueno, Dana opinaba; Fuego preguntó: «¿Correa?, ¿qué correa?» y siguió estirando y estirando en todas las direcciones mientras Laura volaba tras él.

En casa se mantenían costumbres lógicas y beneficiosas para todos, como descansar en manada en el dormitorio o tumbarse bajo la Gran Luz muchos mediodías; Javier lo hacía con líquidos amarillos y el resto de la manada con un gran cuenco de deliciosa agua self-service. Pero había otras que nunca habían entendido, y vivir en la montaña tampoco cambió eso. Por ejemplo, siempre emergía un Palo Mueve Pelusas en el pomo del bufé frío de la cocina. Un día, él y Dana advirtieron que no eran otros que Javier y Laura quienes tenían esa extrañísima conducta, y todavía hoy se devanaban los sesos en busca de una respuesta: los humanos recogían la casa y, cuando no les dejaban en el exterior, colocaban todo tipo de impedimentos frente a algunas puertas: el Palo Mueve Pelusas, el Palo Moja Patas y, a veces, incluso una extraña tabla, también con patas, que se presentó en casa, pero que nunca habían visto que se usase para nada más que impedirles el paso, por lo que, él mismo, la había bautizado como Tabla Molesta.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Harto de tantas irregularidades, decidió que, esa misma tarde, reuniría al Consejo en busca de una respuesta y, cuando la Gran Luz estuvo entre ¡Woof! y ¡Grrruuurr!, dio inicio a la misma.

—Últimamente el ritmo de paseos ha decaído, ¿no creéis? —preguntó al aire.

—Bueno… —concedió Dana. —Cuando la Gran Luz ocupa tantas horas arriba siempre es más difícil, y aquí, muchos humanos confunden territorio con Lo Que Está Por Oler, ya sabes.

—¡Pero no nuestros humanos! —señaló Argos. —Eso es lo que más nos gustó de ellos, ¿recuerdas?

—¿Qué es un Consejo? –preguntó Fuego.

Dana acercó un mordedor de color naranja y lo dejó frente a él.

—¿¡Para MÍ!? —preguntó Fuego, agarrando el juguete a toda prisa mientras lo mordisqueaba y correteaba por el jardín.

—Sigamos… —dijo Dana.

—Creo que tendríamos que demandar un aumento del número de paseos y de las zonas exploradas de Lo Que Está Por Oler. ¡Estoy harto de ir siempre por el Verde por Oler! A veces está bien, pero seguimos siendo perros urbanitas: ¡y ahora tienen dos coches!

La conversación mantuvo esta misma línea por un buen rato. Fuego se rodeó de todo tipo de juguetes mientras el núcleo duro debatía posibles soluciones ante las problemáticas presentes. Decidieron que tendrían que soportar los incómodos Palo Moja Patas y Palo Mueve Pelusas hasta la siguiente reunión del Consejo, que doblarían esfuerzos para descubrir la función de esa tabla sospechosa y que presionarían a los humanos para aumentar el radio de las campañas de exploración.

—¡Por favor! ¡POR FAVOR! —gritó Javier— ¡Basta de ladridos, lleváis así toda la maldita tarde! ¡Basta! ¡Se acabó! ¡SE ACABÓ! ¡Callaos los tres un rato!

—Cuando baje el sol, podemos ir paseando con ellos hasta el pueblo —comentó Laura.

Y Argos observó al humano con indiferencia, reprimiendo una sonrisa que asomaba en su hocico. Lo habían logrado, otra vez.

Mientras Dana empezaba a recuperar todos los juguetes con los que había sepultado a Fuego, pensó: Los humanos no entienden nada…, y se tumbó a echar una cabezada en su cojín antes de la expedición número 5.791 hacia Lo Que Está Por Oler.

El mundo es de los valientes…

Las moscas que son tus muertos

Cuando era niño, creía en dos verdades absolutas y mágicas: que las moscas eran las cámaras de videovigilancia de Dios y también nuestros muertos. Muchos de nosotros, como seres imperfectos, creemos que son sucias, y pesadas, y absurdas; estúpidos bichos que revolotean constantemente entre nuestros brazos, frotándose las patitas negras y mirándonos, con insectívora ternura, desde lo alto de la pantalla de nuestro ordenador, desde el mueble del comedor o la encimera de la cocina.

Esta era una de esas teorías que nadie entendía pese a su infinita lucidez. Destruían los cadáveres de todos nosotros y se convertían en una parte de lo que fuimos. Estaba seguro: las moscas eran nuestros muertos, que volvían a la vida para observar cómo aprovechamos todo lo que nos enseñaron, para juzgarnos por habernos masturbado más de una vez al día, o para ver cuán felices somos con aquella chica que tu abuela no conoció, o a quien tu padre le preguntaba qué había visto en un tarambana irreflexivo como tú. «Tarambana», que era una palabra que usaba tu padre, y que quizá la mosca conserve en su pequeño cerebro de mosca que tú aún desconoces que contiene un fragmento de la esencia de tu padre.

Escena del décimo capítulo de la tercera temporada de Breaking Bad (mosca)

En mi cabeza, no existió nunca espacio para valorar un posible error: las moscas eran las cámaras de videovigilancia de Dios y, cuando desaparecían, volvían al Cielo y le zumbaban una defensa vehemente como no te puedes llegar a imaginar. Así te querían tus abuelos, o tu padre, y así lo hará tu madre, o tú mismo, por tus familiares y amigos. Se dejaban las patas, las seis, en farfullar y farfullar sobre todas tus bondades, esas que nunca te dijeron en vida ni aquellos más benévolos; esas que hacen que nos avergoncemos y que ocultemos cuánto admiramos el amor que un tercero puede tener por los animales, o la bravura que, bien llevada, termina bebiendo de valentía y convicción.

Un día, no recuerdo cuál, dejé de creer en las moscas. Dejé de ensimismarme al contemplarlas, dejé de curiosear mientras se movían entre saltitos medio ortopédicos por la mesa, la tele, la silla. Dejé de pensar en estupideces y de decirle a los míos que no matasen más moscas, que eran sus muertos que venían a ver cómo lo estábamos pasando, y a disfrutar, en la medida en que uno puede disfrutar cuando es degradado de humano a insecto post mortem. Mi padre, que era un experto cazador de insectos, siguió matando sucesivas reencarnaciones de sus respectivos padres, y tíos, y amigos, que venían a ver cómo nos iban las cosas.

Yo crecí, y olvidé a los muertos, que son las moscas. Olvidé incluso prestar atención al zumbido y a la forma en la que limpian compulsivamente sus grandes ojos para seguir presenciando en fragmentos de unos pocos días la vida de todos nosotros. Olvidé que los muertos eran las moscas, y también las cámaras de Dios. Un día, otro, mi padre también se convirtió en mosca. Pero a fuerza de golpes yo había olvidado esa verdad irresoluble, así que transmuté en aquello contra lo que había luchado a capa y espada toda mi infancia. Cuando veía un insecto, acababa con él. Esa era mi legado, una de las misiones que habían traspasado hasta mí; y las moscas empezaron a acumularse en mi piso.

Vestido con el gen del cazador que vivía en mi interior, y que antes lo hizo en el de mi padre, empecé a destruir y destruir insectos; cuando los cadáveres se acumulaban en mi hogar, yo me deshacía de ellos, y como Sísifo en el Inframundo, embestía contra mi propia carga. Lo hice por largo tiempo, hasta que recordé que no había obligación alguna de hacerlo, que no había montaña que recorrer empujando una roca que volvería a caer ladera abajo, que las moscas que se acumulaban en el suelo no traerían de vuelta a mi padre y que, quizá, como aprendí de pequeño, las moscas podían habérselo llevado, pero no podían devolvérnoslo.

Entonces, dejé de matar moscas y empecé a recibir sus visitas con desdén; después, con indiferencia, apatía, afecto y pasión. Recordé que las moscas son los muertos y que, en cada una, vive un alma, que no es alma, pero algo es. Pensé en los grandes ojos que tienen muchos insectos que vuelan junto a nosotros y volví a creer en todo el sentido que eso tiene para aquellos que saben mirar alrededor.

Un largo camino por delante

Un largo camino por delante es el cuadragésimo octavo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El ascenso por aquella montaña no parecía tener fin. Kevin miró hacia atrás y observó un pronunciado descenso tras de sí; por suerte, este solo era un camino de ida: no había por qué sufrir más de la cuenta. Calculó medio día de travesía hasta el estanque, que ya advertía a lo lejos, y poco más hasta la pagoda de Thien Mu. En 1994, año en el que visitó la ciudad de Huế, en Vietnam, la montaña más cercana estaba en el Parque Nacional Bach Ma, pero ¿a quién le importaba ya?

Cuatro grandes columnas que encerraban las escaleras del edificio le dieron la bienvenida al atardecer. Kevin vestía harapos, y se sostenía con un cayado que no podía recordar en qué recodo del camino había convertido en una extremidad más. Siempre quiso ver de nuevo Vietnam, por lo que, frente a la Dama Celestial, lloró como un niño, y tardó largo tiempo en atreverse a cruzar las puertas que lo separaban de su destino.

Kevin Finnerty (Los Soprano, 6x03, Mayhem)

Un novicio advirtió la llegada de Kevin desde lo alto de las escaleras, pero esperó, pacientemente, a que el turista dejase allí, en el exterior, toda la rabia que había conducido hasta la antigua ciudad imperial. Más tarde, tras un largo atardecer, el monje le miró con ojos inexpresivos, cogió un cuenco que dormía junto a una de las fuentes del patio y le ofreció agua fresca, pero él no supo qué hacer con ella, y la rechazó con una inmensa gratitud que le embargaba.

Mientras ascendía hacia las puertas de la pagoda, varios monjes budistas del monasterio cercano le salieron al paso; la mayoría le estrechó la mano, excepto Tathagata, quien conoce las cosas como han sido, y se fundió en un largo abrazo con el visitante, que este sintió cálido, y repleto de energía. Un abrazo que le transportó, por un instante, al pasado, y trajo a su memoria cómo había faltado a sus votos, y a él mismo. Recordó aquella enseñanza que nunca había podido olvidar ya, y que decía: alguien que no está en guerra, no tiene por qué estar en paz; la paz es un estado alcanzado y sostenido deliberadamente.

A continuación, se adentró en el edificio, perdiéndose por largas horas en una cálida despedida al paso de la noche. Antes de tomar tal decisión, dejó que sus pensamientos vagasen por los jardines cuya hierba tantas veces había aplastado descalzo, caminó por los empedrados que envolvían la colina y soñó despierto, una vez más, despidiéndose de los monjes, de la hierba, del río y de los barcos dragón.

En el interior del octógono, ascendió sin prisas entre los guardianes budistas y el mismo Buda, sonriente, a quien devolvió el gesto. Entre las inscripciones decorativas y la gran campana de bronce, Kevin tomó las fuerzas con las que terminar su largo viaje; no se despidió del Austin de color azul, que nunca le había despertado simpatía, si bien jamás cuestionó las acciones de Thich Quang Duc ni del resto de monjes reaccionarios enfrentados al régimen de Ngô Đình Diệm. Podía haber sido un monje, pero tiempo atrás aceptó que nunca podría ser uno de ellos. Uno más. Un igual.

Esperó pacientemente el amanecer desde la séptima planta de la pagoda, y cuando los primeros rayos de sol curioseaban por la ventana, se dejó ir sin prisa. Vaciándose por completo de toda la ira y la furia que habían conquistado sus días tras volver a su ciudad natal, tras volver con la mujer que creía amar y abandonar lo que siempre deseó por el qué dirán, tras el accidente que le había postrado en una cama de hospital, en coma, y el tiempo muerto que se había diluido durante días, semanas y meses. Kevin contempló el sol por una de las ventanas de la pagoda, y después saltó, mientras el mundo se apagaba solo un poco más, y él deseaba volver, y volver, y volver, hasta su último renacimiento.

Una familia de bambú

Mucha gente me pregunta qué es el kendo. Cuando lo saben, me preguntan por qué practico kendo. Vienen a ver una clase y no entienden qué coño hacemos. Nos ven desenvainar un arma que no llevamos envainada en ningún sitio, nos escuchan contar en japonés, repetir miles de veces los mismos ejercicios; mencionar conceptos como kensen, seme, tame, isoku itto no maai, kamae, ki-ken-tai-ichi, tsuba-zeriai… y quién sabe qué más.

Nos oyen gritar onegaishimasu! sentados de rodillas sobre las plantas de nuestros pies, y hacer hasta tres reverencias: a los compañeros, al dojo, al sensei; saludamos hacia delante, y en la dirección en la que se supone que debería haber un altar también —pero ellos no lo saben—, y agradecer al resto de compañeros que han practicado con nosotros… Una gran mayoría ve ritualidad incluso, y no se equivoca; sin embargo, observa el rito con suspicacia, como si este escondiese algo, y no como un trazo repleto de trabajo y sinceridad.

Javier (pies; kendo) en seiza

Después, se marchan, y nunca vuelven. Como Almodóvar, que asomó la cabeza en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), que ya es mucho, y cogió en un plano a Hiruma-sensei y a los veteranos de la época, que hoy, en su mayoría, ya no entrenan, practicando golpes básicos y kirikaeshi.

Lo que no todo el mundo alcanza a comprender es que, en el dojo, sus miembros, nosotros, nos convertimos en una familia: una familia de bambú; antes o después, el esfuerzo, la frustración, los errores, la práctica, y alguna lágrima incluso, nos ayudan a dirigirnos en la dirección correcta, aquella que anhelamos, el camino de vida que pretendemos… A vencer al miedo, la duda, la frustración, la falta de compromiso con uno mismo: en nuestro kendo, enfrentamos, por lo menos, cuatro enfermedades (kyo, ku, gi y waku), pero también en nuestras vidas. Sobreponerse dentro del dojo, sobreponerse a uno mismo, a tus carencias, va indefectiblemente ligado a hacerlo fuera.

kendo shinais (calentamiento)

La gente me pregunta por qué practico kendo: «Para ser mejor persona», contesto, y muchos ríen. Y nosotros nos despedimos, cerramos las puertas, y seguimos trabajando en ello, tantos días como es posible, tantas horas como podemos. Siempre.

El propósito de practicar Kendo es

moldear la mente y el cuerpo,

cultivar un espíritu vigoroso,

y, mediante la práctica correcta y rigurosa,

esforzarse para mejorar en el arte del Kendo.

Apreciar la cortesía humana y el honor,

relacionarse mutuamente con sinceridad,

y perseguir siempre el desarrollo de uno mismo.

Así, uno será capaz de

amar a su país y a la sociedad,

contribuir al desarrollo de la cultura

y promover la paz y la prosperidad entre todas las personas.

52 retos de escritura para 2017

Llevo un tiempo de mayor dedicación al ensayo que a la narrativa: ya lo sabéis; tengo un borrador de novela que os he mencionado (aquí), y que quiero empezar a mover cuando esté realmente completo —¡solo unos días más!—, estoy apuntado a varios cursos para renovarme por dentro y estoy entrenando muy duro para aprender a cortar cabezas con la katana cuando, al fin, llegue el holocausto zombi: por ahora, ya ha subido al poder Donald Trump.

En resumidas cuentas, que este va a ser un año de cambios (probablemente, en unas semanas me lanzo con un posgrado muy animal, y, además, sigo más empeñado que nunca en vivir de las letras), y, ¡qué demonios!, ¿por qué no intentar sacarme de la cabeza unas cuantas historias más aprovechando uno de esos típicos retos de escritura? Así, que esa es otra de mis propuestas de Año Nuevo.

Confieso que no sé si la idea surgió de mí, borracho, en fiestas, como propósito de Año Nuevo, o me aburrí de comer y beber, me senté en el ordenador, y me alcanzó el reto en cuestión. Sea como sea, capeando la resaca, continuó pareciéndome una buena idea, así que me agarré los machos, y seguí adelante con los 52 retos de escritura que proponía Rocío Molina.

Teo y Javier, leyendo


Son los siguientes:

  1. Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.
  2. Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.
  3. Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.
  4. Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.
  5. Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.
  6. Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.
  7. Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.
  8. Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.
  9. Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.
  10. Haz una historia con un protagonista que evoque tu niñez.
  11. Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.
  12. Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.
  13. Escribe un relato inspirado en una noticia que hayas leído esta semana.
  14. Describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama. La idea es que tomando el desenlace como inicio hagas un recordatorio de cómo se ha llegado a esa situación.
  15. ¡Cambia el devenir de los hechos! Elige un momento histórico clave y construye una realidad totalmente diferente, ¿qué hubiera sucedido si…? Practica sin miedo toda tu destreza con la descripción.
  16. Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.
  17. Describe tu día a día como si fueras un zombi.
  18. Cambio de roles. Elige una novela e intercambia los papeles de los personajes principales con los secundarios para crear una nueva ficción.
  19. Escribe un relato cuyo personaje atormentado solo vea el suicidio como solución.
  20. Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.
  21. Crea un relato cargado de sarcasmo para describir la escena de unos recién casados que organizan una cita con los amigos para ver en conjunto todo su reportaje de boda incluyendo también la luna de miel…
  22. Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.
  23. Comienza un relato con: “Nada, no le queda nada”.
  24. Con el último objeto que veas o utilices a lo largo del día, inventa una historia.
  25. Utiliza toda tu creatividad para describir de forma cómica un relato de una visita a la peluquería con final dramático.
  26. Escribe una historia en la que retrocedas al pasado y seas tú el protagonista.
  27. Inventa un relato con una mujer como heroína y su camino hasta llegar a serlo.
  28. Escoge tus tres libros favoritos y utiliza la primera palabra de cada título para hacer un relato en el que las integres.
  29. Escribe una historia de un personaje con miedo al amor.
  30. Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
  31. Escribe una historia que incluya las palabras: “billete”, “magia” y “sordo”.
  32. Piensa en alguien a quien echas de menos y ya no está para recrear un relato cargado de emoción.
  33. Realiza una historia que tenga lugar en el fondo del mar.
  34. Escribe un relato de un animal como protagonista que actúa de narrador contando las costumbres raras que tienen los humanos.
  35. Utiliza tres clichés de la ficción para hacer un escrito con ellos.
  36. Haz una historia que tenga al final una frase moralizante a modo de fábula.
  37. Escribe un relato en el que los personajes se conozcan a través de las redes sociales y se desarrolle en este medio toda la trama.
  38. Documéntate si es preciso para hacer una descripción al detalle de un personaje que sufre una determinada adicción.
  39. Desarrolla un relato en forma de carta.
  40. Utiliza un refrán integrado en un texto creativo.
  41. Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.
  42. Atrévete a ser infiel en un relato y describe al detalle las sensaciones de los personajes.
  43. Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.
  44. Escribe con sinceridad retomando una historia que te podía haber pasado, pero en su lugar escogiste otro camino.
  45. Crea un relato que contenga una escena en la ducha.
  46. Utilicemos la fantasía e imaginación. Inventa una historia en la que se mezcle en algún momento un smartphone con un neandertal.
  47. Escribe un cuento de princesas, pero dale un vuelco radical a algunos de sus tópicos.
  48. Describe los pensamientos y sensaciones de un personaje que está en coma.
  49. Crea una ficción a partir de una fiesta o celebración propia de tu municipio/ciudad/país.
  50. Escribe un relato sobre la amistad entre un hombre y un animal.
  51. Escribe un relato en el que un personaje intenta comunicarse con un ser de otro planeta.
  52. Describe una situación cómica que transcurra en el último día del año.

Pintarse las sonrisas

La niña surgió entre las calles del casco viejo como una exhalación. Alrededor, una decena de hombres vieron cómo permitía que un par de lágrimas la venciesen antes de desaparecer en dirección al mercado central. Tras ella, alguien disfrazado de payaso blandía un hacha y acariciaba suavemente la cuchilla. Ante la mirada estupefacta de los viandantes, soltó una débil carcajada y se perdió en el oscuro laberinto de calles que había expulsado a la pequeña.

Días después, la prensa internacional se inundó —en papel, y también en digital— de este tipo de sucesos. Payasos maléficos siembran el caos en una decena de ciudades francesas, podía leerse. Los payasos siniestros se inspiran en los vídeos de DM Pranks. Psicosis con los payasos en Estados Unidos: el escritor Stephen King ha dicho que… La moda de los payasos llega a España con el próximo Gijón Clown.

Payasos (vídeos DM Pranks)

—Los embajadores de la alegría, la COAI, Clowns of America International, dicen que la culpa de todo esto es de una serie de terror que está de moda —explica un hombre de pelo cano vestido de militar. Su mujer asiente, acariciando suavemente el pelo a la niña de las dos lágrimas.

A continuación, un hombre se acerca a la mesa. Pregunta si la pequeña quiere una figura hecha con globos. La niña pone los ojos como platos, salta de la silla y echa a correr lejos de la escena. Su padre se lleva instintivamente la mano hacia el muslo y grita palabras que mueren contra el laberinto de calles que les rodea.

Una niña de nueve años. Una niña de nueve años sola al atardecer, y problemas. Esta vez, aparecen con el fulgor rojizo del REC de una cámara semiprofesional y muy pocos escrúpulos. En escena, el payaso carga el hacha entre sus manos y camina tras ella; ella emite un grito ahogado y corre. Corre muy rápido, y cuanto más rápido corre la joven, más rápido se mueve el payaso. Cuantos más nervios impregnan las pequeñas calles vacías del centro histórico, más gritos, y más carcajadas, y quejidos, suben por las paredes.

Al pasar de los minutos, la niña encuentra  abierta la puerta de un edificio, y se lanza contra el interior. La niña no tiene tiempo de despistar a su perseguidor. La niña ve una máscara que se presenta entre las grietas de la entrada. La niña empuja la puerta resquebrajada con todas sus fuerzas.

Payaso Wasco (California)

Al otro lado, los rizos pelirrojos del payaso golpean la madera creando una armonía rítmica. Encerrada en el portal, busca posibles salidas: el edificio, a medio derruir; el edificio, sin electricidad, ni ascensor; solo un hueco oscuro y un entramado de cables amenazantes; las escaleras apenas son un recuerdo, cuyo único superviviente es un incierto camino hacia el sótano.

Entonces, echa a correr hacia la oscuridad. Mientras, el payaso abre la puerta sumergido en la misma melodía de golpes cadenciosos. Ella mira hacia la puerta: él ya no corre, solo arrastra los pies; los pasos se extienden por el suelo y una espiración entrecortada repta bajo la máscara. Se detiene. Golpea el hacha contra el suelo. No parece muy pesada, ni sólida, pero la joven jamás percibe eso.

Otra figura brota de la oscuridad del sótano un segundo antes de que la niña se lance a la carrera. Otro ser siniestro disfrazado de payaso. Su máscara es todavía más terrorífica: enseña los dientes, y unos grandes colmillos, y, por un instante más, se halla repleta de alguna sustancia que imitaba la sangre y acompañaba la caracterización que completa una motosierra Husqvarna de gasolina.

Aparece también el hombre de la cámara, otro Vértov prostituido al servicio de YouTube. Esta vez, la niña no llora. Solo coge una pequeña Walter PPK 380 del bolsillo de su chaqueta blanca y destroza la cara del payaso del sótano. Tiembla. El primer payaso se detiene, en seco. La imagen se congela, dentro y fuera de la cámara; la niña mira, inexpresiva, y el payaso deja caer el hacha; suena como el plástico, y, a continuación, como el plomo deformándose contra la carne.

El payaso cae al suelo, con una herida en el estómago; la niña corre hacia el exterior, y mira incrédula a ese devoto de un deformado cinéma vérité. La trama avanza, de improviso, con dos golpes más del percutor contra el fulminante. El primero, destroza la mano del Vértov; el segundo, atraviesa limpiamente el esternón.

Una voz dice:

—¿Por qué estos chicos tan dulces tienen que pintarse las sonrisas?

It (Stephen King)

El cielo está gris

A veces miro mis manos y me doy cuenta de que podría haber sido un gran pianista o algo así. Pero, ¿qué han hecho mis manos? Rascarme las pelotas, firmar cheques, atar zapatos, tirar de la cadena de los inodoros, etcétera. He desaprovechado mis manos. Y mi mente.

Pulp, de Charles Bukowski

No sé por qué me levanto.

El cielo está gris.

Los perros no tienen ganas de moverse de la habitación.

Los clientes no me pagan. O me pagan, tarde, y de malas maneras. Como haciéndome un favor, tras gastar el poco dinero que entra en casa en burofaxes, y en correos electrónicos, y en tiempo. Lo último pica más que lo primero.

Tampoco me apasiona mi trabajo como antes. ¿Lo hizo alguna vez? Ya hace un par de años de todo aquello; de que percibiese un cambio, y enmudeciese. Hoy, las cosas van bien, pero la chispa que hubo, terminó por desaparecer.

Sí, ya sé que he dicho que los clientes no pagan, pero exagero; siempre exagero. Claro que pagan, los clientes siempre pagan: por eso son clientes; pagan tarde, y mal, y se necesita más que eso para mover el culo a una mesa de oficina durante treinta y cinco años más.

bukowski

No importa. Yo quería escribir libros, no artículos sobre belleza, negocios o comida enlatada. Solo era el homólogo a trabajar como mozo de almacén sin romperme demasiado las pelotas, de reconducir una carrera hacia lo más cerca del statu quo como fuera posible en este país de autónomos cobardes, inseguros, imbéciles y explotados, como yo. Y, poco a poco, renuncié; renuncié a ese pago por viajar al espacio exterior, [por] hacer experimentos con químicos y fórmulas, [por] curar animales o personas, [o] escribir historias que anhelamos que sean verídicas, pintar, dibujar. Por crecer; cuando crecer significa olvidarte de lo que soñabas.

Y un día también recordé todo esto: a todos nos lleva un tiempo. Antes de escribir esas líneas, Bukowski estuvo quince años repartiendo cartas; Palahniuk limpiaba los restos de comida que le daba la gente con suficiente dinero para comprar su tiempo en un restaurante; ¿y Kurt Vonnegut? Kurt Vonnegut vendía coches Saab. Ni Mercedes, ni Opel, ni Ford siquiera: Saab. Hechos con las sobras de aviones suecos.

Después, todo es más sencillo.

Bukowski (portada italiana, compagno di sbronze, de Emiliano Ponzi)

El cielo está gris. Pero qué coño: el cielo siempre está gris en un momento u otro. Hasta que se largan las nubes, hasta que clarea, o sale un sol de mil demonios, y puedes salir a trabajar con las manos, a pasear a los perros, o a mirar a las chicas jóvenes y contagiarte, por un instante, de cierta inocencia que nunca dura.

Y detrás quedan las frases motivacionales para los lunes, y la seguridad económica, y lo que se tiene que hacer; yo prefiero llenar mi espíritu, y ser optimista mientras quede algo de dinero en el banco. Al fin y al cabo, ya está ahí: de un modo u otro, ya te lo han robado para traficar con armas, subir el precio del barril de petróleo o joder un poco más el mundo, y esa certeza siempre tranquiliza.

¿El siguiente paso? Eso es lo difícil: saltar de la palabra a la acción. Pero, por otra parte, solo se trata de poner un pie delante del otro. Cuando te quieres dar cuenta, ya has empezado a andar de nuevo, ¿y para qué mirar atrás? Los almacenes, el servicio postal y los platos sucios van a seguir ahí si nos jode la literatura.

Caminar dentro de un gallinero

La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.

Jack Kerouac

Ojalá pudiésemos volver atrás y visitar, de nuevo, algunos instantes de nuestras vidas. Hacerlo de un modo real. Recordando exactamente cómo olía su pelo la primera vez que la besaste, o cómo te sentiste, por un segundo, aterrado, muerto de miedo, en la otra punta del mundo, rodeado de gallinas que picoteaban maíz y cortezas de sandía. Cuando, de niño, discutían tus padres, apasionadamente, y todo era un auténtico vórtice de desconcierto; o desaparecían los mayores y mirabas hacia arriba sin entender por qué el resto fijaba la vista bajo sus pies.

Una de las condenas más trágicas del ser humano es poder evocar habiendo olvidado tanto; y ni tan siquiera contar con la necesidad. Estar programados para rellenar esos huecos, para inventar, para hallar una solución cómoda y sencilla frente al olvido.

Gallinas en MallorcaSi la hipertimesia es un castigo inmerecido, la forma en la que se adormece nuestra psique minuto a minuto no es un camino de rosas. Alrededor, todo cambia; tú cambias. La crisis de los treinta, de los cuarenta, de los sesenta, es el olvido de tu yo, de quién eras, y de la culpa intrínseca que recae en cada uno de nosotros.

Al menos, de esto último, estoy convencido. Por eso camino, aunque a veces tenga que hacerlo solo. Quiero ser uno de esos escritores caminantes sobre los que leí: Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Reencontrarme con las historias que me componen en soledad; criticar, plantear, razonar y discrepar a cada paso; voltear mis propios argumentos contra mí, e incluso olvidar todo por un instante.

Al visitar Mallorca, recordé todo esto frente a otro gallinero, no el americano que encabeza estas líneas, sino aquel que vi diariamente durante tres años, y que, a menudo, fue mi refugio al volver de caminar, o al buscar un momento de destierro dentro de mi propio retiro. Después, alguno de los perros se coló por debajo del enrejado y me mató a las gallinas, y fue un duro golpe.

Pensé, no obstante, en la fábula del escorpión y la rana, y percibí también hasta dónde alcanzaba mi error al haber leído mal la naturaleza de los perros, de los gatos, de las gallinas, e incluso de mí mismo. Entonces, recogí sus cuerpos, y los llevé hasta el contenedor que había en la entrada del pueblo, yo solo; me senté otra vez en el gallinero, vacío, y lloré por entender un poco mejor todo aquello que nos rodea.

Quedaste en el pasado

Como algunos malos vicios y ciertas actitudes que no llevaban a nada, hay muchas personas que quedaron en mi pasado. Hoy, desayunando en la terraza, empieza a chispear; ¡justo el día en el que me decido a zamparme cuatro galletas y un café fuera!, y de eso va esta historia: de cómo extiendo la sombrilla, me vuelvo a sentar en una silla y sigo tecleando, hacia delante, sin dejar que el mundo me toque los cojones más de la cuenta.

Bueno, no bien bien. En realidad, la mejor definición que se me ocurre es no dejar que aquello que murió en el pasado, vuelva a tu presente sin una buena razón, que esas personas que decidieron, motu proprio, desaparecer de tu vida —a veces, y sin necesidad de entrecruzar palabras, de mutuo acuerdo— no aparezcan diez o quince años más tarde; no decidan que su sitio no solo es Facebook, que a algunos ya nos parece demasiado y, de vez en cuando, no nos tiembla la mano al empezar a eliminar contactos antiguos, sino también la vida real, tu día a día, en pos de una cruzada por recuperar un contacto que a saber cuándo perdisteis y que el tiempo siempre idealiza más de lo necesario.

Javier Ruiz (joven) con Laura

A menudo, ni tan siquiera es cosa de ellos o de ellas, sino de amigos o antiguos compañeros y compañeras que no tienen nada mejor que hacer que preparar un reencuentro de esos que no tarda en convertirse en poco más que una competición de egos; tampoco tus amigos (o amigas) te hacen ningún favor, redescubriéndote una ex novia o un amigo que ya no reconocerás en la persona que tienes delante; incluso puede darse el caso de que sea ese mismo ser quien decida tratar de redescubrir aquello que fuisteis y quiere recuperarlo por unos instantes. A menudo, por no decir muy pocas veces, ni tan siquiera tendrá que ver contigo, sino con un instante concreto de su propia vida: los últimos años en el instituto, esa primera época de locura universitaria, o cuando su mayor preocupación era en qué bar caer el fin de semana.

A todos nos cuesta demasiado dejar pasar las cosas que ya no forman parte de nuestra vida, como si no pudiésemos soportar no conocer todos los detalles de aquellos que se cruzaron en nuestro camino; nos cuesta mucho vivir el presente, concentrarnos en lo bueno que tenemos ahora, en no aspirar siempre a todo, en dejar el pasado en el pasado. Pues ahí va mi propio dogma: que aquellos que se convirtieron en verdaderos desconocidos tengan un hijo, no es tan importante; que terminaseis la carrera hace diez años y os reunáis no es tan importante, que no te sigas viendo con tus amigos del colegio (en todo esto, me considero una persona realmente afortunada y tengo que decíroslo) no es tan importante; así que hazlo. Si te invitan y te apetece, hazlo, ese es mi consejo; pero deja el pasado en el pasado, que por algo siempre ha estado allí.

La vida de un Pokémon

Apareció frente a la ventana del despacho. Fuera. Donde el encalado de la pared se asemeja a la silueta de un hombre con barba y, una vez nos dimos cuenta, ya nunca pudimos dejar de verla. Era un Bulbasaur, mitad animal, mitad planta. Sonreía, como todos los Pokémon; así que le lancé una pokeball y lo atrapé antes de que se escapase por las montañas que rodean mi nueva casa.

Después, me aburrí. Sin saberlo, ese Pokémon nunca evolucionaría ni conocería mundo junto a mí. No podía competir con mis perros, que me tiran babas, saben ser mucho más pesados que una notificación en el teléfono y ya me obligan a caminar bastante. Allí quedó el Bulbasaur, en algún rincón de la memoria SSD; oculto del mundo, prisionero de mi propio egoísmo, solo.

Bulbasaur (pokémon)

Mientras el resto se volvían locos jugando a Pokémon Go mucho más tiempo del que dedicaban a Facebook, Twitter o Snapchat, yo dejé a ese Bulbasaur que paseaba por mi jardín encerrado en mi dispositivo, y me fui a seguir viviendo al margen de esa acción. Ese era el único Pokémon que registró mi Pokédex en el smartphone; ni un Rattata, ni un Pidgeot… Ni uno más.

Abrí la aplicación, capturé a ese bicho, y me aburrí. Después, sin relación aparente, los árboles de alrededor de mi casa empezaron a secarse; al principio pensé que se trataba de algo que ya estaba ocurriendo y no había reparado en ello; pero, de nuevo, el móvil tenía una respuesta mejor: fotografías de los exteriores antes de la mudanza. En estas, los árboles estaban llenos de verde, el tronco resplandecía, y casi podías imaginar cómo la savia circulaba por los vasos conductores en su interior. Ahora, los árboles y las plantas parecían enfermar y secarse uno tras otro, pudriéndose, resquebrajándose desde la raíz…

También tenía trece notificaciones en Pokémon Go. Todas decían Vuelve. Todas decían ¿Te has olvidado de mí? Todas decían ¿Dónde te has ido? Estoy solo aquí. Y abrí la aplicación.

Bulbasaur llorando

En la pantalla podía verse al mismo Bulbasaur que atrapé. Miraba hacia delante, cabizbajo, moviendo dos largas cepas verdes que salían de su espalda para combatir el aburrimiento; parecía débil, hasta que percibió que se había cargado la aplicación; entonces, su cara brilló por un instante, hasta que volvió a ser consciente, una vez más, de mi abandono.

Fijé mi vista en la pantalla, que detectaba los alrededores y mostraba un mapa con localizador GPS; marcaba lugares de interés y similares, creo, pero yo no podía apartar la imagen de ese Bulbasaur herido de mis ojos. Así que empecé a caminar; al abrir la verja exterior de la casa, los perros me ladraron: les hice un ademán para que me acompañasen; paseamos los cinco —los perros, el Bulbasaur y yo— y, a medida que lo hacía, parecía recuperarse: no eran heridas infringidas en combate, pues no me gustaba eso de hacer combatir a los Pokémon, y tampoco había tenido tiempo, sino más bien de tristeza, de haber sido olvidado en un rincón demasiado rápido, solo por ser virtual, apilable, lo que sea.

A la vuelta, los árboles se habían recuperado. El verde volvía a ocupar todo el follaje, y advertí que el Pokémon parecía feliz de haber paseado con nosotros. Ahora conocía la verdad: eran unos yonquis del fitness, de la compañía, de la batería de mi smartphone, que podía empezar a acostumbrarse a estar bajo mínimos.

Seguí haciendo lo mismo durante varios días. Los perros se alegraban de ver el móvil en mis manos, o quizá a ese Bulbasaur que vivía entre el mundo virtual y el real; yo seguía caminando y caminando, angustiado por la conexión entre el Pokémon y mi jardín; sabiendo que tendría que cuidarle mientras quisiera que nadie más conociese mi horrible secreto: había encarcelado a un Bulbasaur y lo había abandonado a su suerte; ahora, estaba pagando por mis pecados, y aún sería peor si alguien más se enteraba. La vergüenza sería completa: tanto para aquellos que solo verían a un freak que caminaba para tener feliz a su Tamagochi evolucionado como para los verdaderos fans de la saga, que podrían acusarme de maltrato, de abandono o, peor aún, de ser un nefasto entrenador Pokémon.

Squirtle y Bulbasaur

Por las noches, cuando mi mujer se dormía, le explicaba al Bulbasaur que no podía jugar con él, que ya tenía perros y gatos, y que debía trabajar, y escribir, e intentar hacer algo con mi vida. Él solo me miraba, sin comprender, a sabiendas de que, ahora que Pokémon Go formaba parte de nuestras vidas, ¿quién iba a querer seguir viviendo en el mundo real?

Noche tras noche, bajo la atenta mirada de los perros —que todo lo perdonan, incluso la desatención activa o la necesidad de compartir su tiempo con un Bulbasaur—, conseguí hacerle entender que debía buscar a otra persona, y yo le ayudaría a ello. Lo enviaría con uno de mis amigos que jugaban a Pokémon Go. Le daría una vida mejor junto a otra persona. Y, entonces, justo en ese momento, antes de subir al coche y conducir hacia Barcelona para dar en adopción a mi Bulbasaur, ocurrió lo peor que podía suceder: frente a mí, apareció un Pikachu.

Pikachu (pokémon)