El bambú y la escritura

Cada día intento hacer mil suburi, pero no siempre lo consigo. No es falta de ganas, ni forma física (al menos, ahora); ni tan siquiera dedicación o tiempo; un día u otro las cosas se tuercen, y escucho el campanario del Hospital de San Pablo anunciando la medianoche. El primer día, y el segundo, te ves a oscuras frente a un espejo con un sable de bambú entre las manos; el séptimo, no. El séptimo aprendes a aceptar que hay cosas que no puedes controlar; que no puedes llegar a todas partes.

Esto es lo que hago: me posiciono frente a un gran espejo y practico movimientos básicos de katana. Cada movimiento y corte debe ser mejor que el anterior. Durante quince o veinte minutos, me centro en el movimiento del arma y no existe nada más. Mantener una defensa adecuada, subir los brazos, fluir con el movimiento; brazos, hombros, muñecas…

Kendo (jigeiko)

No obstante, quizá no sepas de qué estoy hablando. Eso es porque suburi es kendō, y kendō sigue siendo un desconocido en Occidente. Por ello, no tiene traducción. Suburi es un corte, un movimiento en abanico, un golpe básico de katana, shinai o bokuto. Es un camino para mejorar cuando no hay entrenamiento en el dōjō; es un modo de crear un pequeño rincón destinado a la práctica y a la meditación; de convertir la frustración en aprendizaje, de mejorar día a día, de encontrar una vía para el crecimiento personal.

En casa, pero sobre todo en el dōjō, el kendō es vida, estudio y sacrificio; el kendō es esfuerzo y, al igual que la escritura, trasciende el pensamiento reflexivo. Por eso practico kendō; por eso intento mejorar día tras día en todo lo que hago; por eso escribo.


La imagen pertenece a la página Kendo in Spain.

Treinta cosas para antes de los treinta

Con un poco de suerte, cuando cumpla los treinta estaré cruzando EEUU de costa a costa. Esa es una de las líneas que tengo que tachar de mi lista de cosas por hacer. Pero tantos meses antes, algo cansado de preparar trámites e imaginar con qué vamos a encontrarnos, no puedo más que pensar en que, como siempre, llegará mucho antes de lo esperado.

Por ello, mientras imagino cómo me sentiré al pegar cuatro rayajos metafóricos a la lista que te comentaba, me ronda por la cabeza todo aquello que quería hacer, pero todavía no he hecho; todo lo que he intentado pero, por ahora, se ha escapado; y también lo que he conseguido en los veintinueve que van antes de los treinta.

Fotografía de la Ruta 66

Y sin embargo es curioso pues, de algún modo, más allá de todo lo que sí ha ocurrido de una u otra forma, lo que de veras parece difícil sacarse de la cabeza es aquello que parecía tan importante y terminó por ser una cosa más. Para calmar los propios ánimos, ahí va una lista algo diferente.

#1 Leer a los clásicos

Recuerdo que durante una época me obcequé con leer los libros de los que los profesores de literatura querían que nos empapásemos. Ahí estaban Proust, Joyce, Tolkien, Tolstói, y un montón más.

Descubrí que muchos valían la pena y otros no eran para mí, pero sobre todo comprobé que lo clásico no siempre es sinónimo de bueno, y lo bueno no siempre es sinónimo de universal.

#2 Encontrar mi propio estilo

Hace años, cuando empecé a escribir, seguí aquel famoso consejo de Woody Allen en Anything Else que decía: “Nunca copies, pero sí tienes que hacerlo copia a los mejores.” Tras leer, y escribir, y no pensar demasiado en ello, llegó.

Anything Else (Woody Allen, 2003)

También comprobé que hay una fase de introspección donde nada te suena tuyo, y todo tiene ese sabor agridulce de tus principales influencias mal digeridas. Supongo que será normal, porque pasa.

De lo que sí estoy seguro es del Hollywood de Bukowski, que decía: “Mira, si me preocupara por lo que le interesa a la gente, nunca escribiría nada.”

#3 Una mujer que me aguante

Lo típico que todos buscamos cuando somos prepúberes o ya tenemos veintimuchos o treinta y largos, ¿no? Entre tanto, no nos parece tan importante. Pues sin decirlo muy alto, y muy contento de vivir en pareja, diré que la clave para aguantar a alguien empieza siempre por aguantarse a uno mismo.

#4 Mantenerte a flote

Tengo amigos de treinta y cuarenta que siguen queriendo ser rockstars. Yo quiero escribir, mientras tanto, me doy permiso para vomitar basura unas cuantas horas frente al teclado por algo parecido a un sueldo (cada vez menos), y creo ver cómo, paso a paso, he terminado por acercarme a lo que realmente deseo.

Guns'n'Roses

Para mí, todo se reduce a perseguir tus sueños mientras te mantienes a flote; si no, de un modo u otro, tampoco los alcanzarás; pero podría ser todo lo contrario, también hay quien no se imagina su vida haciendo algo que no le gusta. Al final, se traduce en ser coherente.

#5 Crear un negocio de la nada

Ser autónomo, buscar tu camino, trabajar cuarenta horas semanales; ser el ídolo de tus amiguetes por tener tu propia start-up… Todo eso no vale nada o lo vale todo, depende de ti. Aunque no creo que por eso seas el ídolo de nadie…

#6 Tirar adelante con él

Implicarte con un proyecto, ver cómo crece e incluso atreverte a matarlo y enterrarlo pueden ser experiencias que valen mucho más que todo el dinero del mundo, pero siempre que no sean ellas quienes te dirigen a ti, ya sabes.

#7 Hacer algo que jamás quise hacer

Y no fue tan malo. Todo lo contrario. A veces, abrir tu mente y reinventarte día a día puede ser la mejor opción (y aquí no estoy hablando de trabajar, no seas aburrido/a).

Sant-Elm-Mallorca
Por ejemplo, salir a navegar en un velero. ¡Y sigue sin llamarme la atención!

#8 No cambiar

Cuando tocaba ser auténtico —allá por la adolescencia—, cambiar era convertirse en alguien o en algo que no eras. Poco a poco te das cuenta de que cambiar también significa crecer, aunque no como nos vendieron la moto de la casa, el coche y las responsabilidades de nuestros padres. Eso no es crecer, eso es una putada.

#9 Pasar tiempo en familia y con los amigos

No es que estar con los tuyos no sea importante, es que al final no es más que el resultado natural de lo que a uno le apetece y necesita.

#10 Hacer lo que se debe

¿De qué sirve hacer algo por lo que el resto cree o espera? Estudiar, trabajar, salir, visitar a la familia… pueden ser cosas fantásticas o un auténtico asco. Decide y actúa en consecuencia.

#11 Poner el foco en los demás

Basta de focalizar demasiado en los otros sin saber qué quiere uno. Es la excusa más vieja de todas, y no funciona.

#12 Consolidar una posición

Y restringir tu zona de confort para estar muy, muy aburrido y seguro dentro de tu cascarón; mejor no.

#13 Ser demasiado crítico con uno mismo

Nadie te presta tanta atención; relaja.

#14  La carrera que estudiaste

El 90% de la gente de mi generación trabaja en sectores que no tienen ninguna relación con lo que empollaron en la facultad. Esto dice muy poco de cómo nos orientó el sistema educativo (y llega al nivel de putadón, oye), pero también nos ha permitido aprender a relativizar un poco conceptos como importancia, utilidad y salida profesional, ¿o no es así?

Patio exterior de la UPF de Ciudadela de la Vila Olímpica

#15 Las peleas con tu padre

Sobre todo cuando falta. En mi caso no es que si lo hubiese sabido no hubiese peleado tanto como lo hice: lo habría hecho igual, pero quizá con un poco más de perspicacia, que nunca viene mal.

#16 Largarse, poner tierra de por medio, olvidar

O dicho de otro modo, aprender que es necesario distanciarse de las cosas; para que sane, para que salga, para poder comprenderlo…

Síntesis - VI - Siete historias de histeria

#17 O desaprovechar el tiempo

Eso sí, siempre por afición y con conocimiento de causa. Y quien opine distinto, no creo que entienda lo inspirador que puede resultar barrer por aburrimiento, salir a caminar sin el reloj o darse tres duchas en un día, porque sí.

#18 Leer, ver o escuchar solo las cosas buenas

No todo va a estar en los clásicos, ya sabes. Hay pequeñas joyas entre la basura. En realidad, es una cuestión de perspectiva; no porque el resto crean que no vale la pena, no vas a poder aprovechar algunas buenas ideas.

#19 Limitarse a las listas

Aunque resulte absurdo no aprender lo buenas y útiles que son, es peor limitarse a ellas y no dejar hueco a la improvisación, al espíritu, a las infinitas posibilidades que nos rodean.

The Bucket List (Rob Reiner, 2007)

#20 Hacer todo lo que puedas (o más)

¿Cómo va a salir bien eso de avanzar con diez proyectos en paralelo? Si quieres dar lo mejor de ti en cada uno de ellos, no lo hagas.

#21 Una casa (y otras posesiones)

A mí esta me costó, lo confieso. Una casa, un coche, un bar con gente de confianza… Lo que de verdad buscamos la mayoría no es más que un sitio al que poder volver. A partir de aquí, hay cosas que pueden ser una bendición o una condena.

#22 Tener la casa llena de pelos de tus mascotas

El otro día leía: “Hay dos tipos de personas: los que siempre llevan pelos en la ropa y los que son infelices.” ¡Con tres perros, dos gatos y un pájaro en mi casa, estoy completamente de acuerdo!

Por cierto, te vas a fastidiar y a limpiar (como todos), pero no te compliques la vida, nadie se ha muerto por convivir con cuatro pelos de más en el sofá.

#23 Ser bueno en algo

Creo fervientemente en aquello de que todos somos buenos en algo. De ahí a alcanzar lo de la rockstar, la primera división o el octavo dan, hay un trecho. Por suerte, la distancia parece mucho mayor que lo que tardamos en llegar a comprender que el propósito, el esfuerzo o la diversión son suficientes.

#24 Practicar artes marciales

Durante años devoré películas de Bruce Lee, Jackie Chan o Jet Li, pero me decidí por algo completamente distinto: el kendō. Pero más que la disciplina en sí, lo verdaderamente importante es comprender que no se trata de vencer a aquel contra quien nos enfrentamos, sino de sobreponernos siempre a nosotros mismos.

Practicar kendo (Men)

#25 Tener la última palabra en una discusión

Con lo divertido que resulta discutir para seguir creciendo o por el mero placer de ver hacia dónde nos lleva…

#26 Estabilidad

Como para tantas otras cosas, no creo que estemos hechos para la estabilidad en todos los aspectos de nuestra vida. No se trata de rehuir la dedicación o la pasión, sino de evitar hacer cosas nuevas por mantener esa falsa sensación de seguridad.

#27 Rutina

Más de lo mismo. Eso sí, toca vigilar que no termine por engañarnos. Es aburrida, pero muy constante.

Tyler Durden (Bradd Pitt, El club de la lucha, 1999) en la bañera.

#28 Dinero

No soy de esos que van gritando por ahí que el dinero da o no da la felicidad; no creo que la dé, desde luego, pero sí necesitas algo para comer, dormir y cumplir las metas que te propones. A partir de ahí, yo practico el desapego y soy feliz. Habrá quien necesite miles de euros al mes, claro que sí. Que trabaje más.

#29 Lo que los demás quieren

No hay mayor paz que la que sientes cuando actúas conforme piensas. Eso de aprender otro idioma, viajar o buscar la felicidad en un trabajo, puede dar en el clavo o ser el camino directo hacia la infelicidad.

#30 Saber

No saber es, quizá, el mejor modo de conocer, sentir, descubrir… y me atrevería a decir que incluso de vivir.


Editado el 05/11/2015 

Muy pocas veces he agregado o modificado las ideas de un texto tras haberlo escrito. Sin embargo, releyéndolo me he dado cuenta de que hay algo que, muy probablemente, supera todos los puntos anteriores: compartir la vida con animales.

Quizá no lo puse porque debe ser algo innato en los seres humanos. Y no todos lo descubrimos tan temprano como deberíamos, pero no creo que haya una vida completa sin un perro (y tantos otros compañeros) a tu lado.


Las imágenes con copyright se han extraído de las páginas web o medios siguientes: Arthur Newberg Photography, Anything Else (Woody Allen, 2003), The University of Queensland, Buenas ideas de SH y El club de la lucha (D. Fincher, 1999).

Cuando el MUHBA y Barcelona destruyeron el búnker del Guinardó

Los días que anuncian tormentas tengo la incontrolable necesidad de escaparme al Parque del Guinardó. A veces, me acompaño de alguno de los perros y con la mano libre saludo al niño del aro antes de dejar atrás la avenida de Mare de Déu de Montserrat, las fuentes y los caminos que ascienden, serpenteantes, por la cara sur de la montaña.

Ahora, en la cima siempre hay gente, y los trabajos de restauración y museización que hablan del pasado han quedado inermes y desprovistos del interés general que acaparan las vistas a trescientos sesenta grados; el valor de la historia de la ciudad queda relegado a cuatro paneles informativos que, en parte, han apartado otra historia más cercana que nos habla de chabolas, miseria y gris en el Turó.

De asentamiento ibérico a ruinas de una guerra, pero también tierras de cultivo, cantera, casas de verano y antenas de telecomunicaciones… Un espacio al que no hacen justicia ni cuatro ni cuatrocientos carteles pero que, en el pasado, en una Barcelona que se había construido por y para el ciudadano,  muy probablemente no eran tan necesarios para recordar.

Vistas desde el Turó del Guinardó (Búnker del Carmelo)

A veces he llegado a pensar que aquello que realmente me fastidiaba era que todos esos guiris, esas voces que en verano conquistan nuestros atardeceres a doscientos sesenta y dos metros de altura, ascendiesen hasta El Búnker sin valorar nada más allá de unas bonitas vistas, sin reparar en que aquello que verdaderamente todos los adeptos a Barcelona íbamos a echar en falta era la soledad y la materialidad de un espacio que también se ha prostituido entre revistas que hacen guardia en vuelos comerciales y guías turísticas que descansan en cualquier local del Eixample, del Gótico o del Raval.

Supongo que en eso consiste crecer, lo haga uno mismo o su ciudad. Pero no cambia que a veces eche de menos el Turó del Guinardó que conocí, imagino que de un modo similar a como nuestros abuelos recordaban la rambla de las Flores, que hoy ha perdido incluso el nombre. Quizá una mirada demasiado romántica que, día tras día, se vuelve un poco más irreal.

Vivir en Mallorca, mis dos años persiguiendo una epopeya rural

En poco más de un mes hará dos años que volví de Mallorca, donde estuve viviendo otros dos. La vida en la isla, como en cualquier otro lugar, fue una experiencia de blancos, negros y grises pero, sobre todo, se convirtió en una de las mayores oportunidades de experimentar lo que realmente significa dejarse llevar por un sentimiento.

Refugiado durante largos veranos con sus respectivos inviernos, descubrí el carácter mallorquín (el de ciudad y, en especial, el que se respira al salir de Palma en cualquier dirección) y me acostumbré a un ritmo de vida que nada tiene que ver con lo que conocía: donde los días se enlentecen, las comidas se disfrutan de otra forma y sa roqueta se convierte en un lugar donde sentirse privilegiado de vivir.

Mallorca - Dana y Javi de excursión.

También coexistí entre sentimientos encontrados a menudo (evidentemente), y tuve que aclimatarme a ellos: días en los que todo lo que uno podía sentir era claustrofobia, y otros donde no podías imaginarte otra latitud desde donde contemplar el cielo nocturno y percibir ese control casi mágico sobre el tiempo.

Por lo bueno y lo malo, escribí sobre Mallorca. Y antes que después me arrepentí de haberlo hecho tan poco. Escribí, no obstante, y lo hice en un lugar donde más allá de Sóller, Valldemossa o Pollença, todo era un soplo de aire fresco destinado a inspirar a quien se permitiese el gusto: desde las marjades a La Calobra, de las playas de piedra a las aguas turquesas de Es Trenc —que algunos se empeñan en prostituir para beneficio de nadie—; preguntándome, a menudo, cómo la isla ofrecía una conexión tan profunda con sus habitantes sin pedir nada a cambio.

Hoy, algo nostálgico, recupero algunos de aquellos textos que me ayudaron a entender Mallorca de formas muy distintas entre sí. A conectar con la gente y, aunque foraster, a sentirme parte de algo más grande con el paso de los días y los meses.

Primeras impresiones (I y II)

Así, algunas de las primeras entradas de este mismo blog las desgasté entre aquellos aspectos que más me habían sorprendido a nuestra llegada. Por un lado, la forma en la que transcurrían los días, fruto de un carácter distinto que lo impregna todo a su paso; por el otro, la vida de pueblo, más allá de Palma, la otra Mallorca que vale la pena descubrir.

En estos lugares, todo transcurre muy despacio y muy deprisa a la vez. El tiempo se vuelve algo relativo y te recuerda las interminables clases de matemáticas y los cortos períodos de descanso en el patio, tirando piedras a los amigos, levantando faldas a las niñas y devorando bocadillos de jamón, y también de Nocilla.

[…]

Aquí uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

[…]

¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

Salem

Salem se enamoró rápidamente de Dana, y dormía apretado contra el pecho de la pastor alemán. Dana no le daba bola. Porque Dana es una estrecha: ya saben cómo va eso de los amores imposibles.

Mientras nos asentábamos y vivíamos, Salem perdió su suerte. Y por mucho que nos empeñamos en aferrarnos a él, ese gato nos demostró lo relativo que es el tiempo cuando se vive bien.

Cuando ocurrió, también sentí que debía escribir algo sobre él. No tuvo el alcance que tuvo Caos (lo sé), pero a mí —el interlocutor último que debería buscar cualquiera a quien le apasione juntar letras en un papel— me sirvió para forzar la despedida.

Las últimas horas Salem las pasó en el gallinero. Allí donde algún otro granuja había hecho una escabechina. Hasta que lo encontré de nuevo. Me miró con ojos recelosos, supongo que se preguntaba qué hacía allí: él poca ayuda necesitaba entonces. Aun así, terco, como siempre, lo subí al coche con la ayuda de quien siempre tengo a mi lado, y nos encaminamos a su último paseo.

Muchas risas

En más de setecientos días también hubo espacio para muchas risas. E intenté sacarle punta un par de veces; en especial con una serie de consejos rápidos: así que ya sabes, si algún día te da por acercarte a la isla, el #2, el #13 y el #14 te serán de especial utilidad, palabra.

Foto de familia (agosto, 2012).
De izquierda a derecha, Caos, Dana (detrás), Teo, Argos, Salem y Nymeria. Sentado, un tío muy afortunado en una finca de Caimari en la que había mucho trabajo por hacer (¡y el que quedó!).

Y algún disgusto que subsané escribiendo

Como el día que enterramos a diez gallinas; un episodio que, por suerte, no se repitió; o el viaje de ida, en barco, con el coche, los bártulos y familia numerosa.

Entonces apareció un cadáver en el descampado cercano. Entre maullidos y ladridos no hubo forma de resolver aquel entuerto. Todo apuntaba a que el pollo, que ya había empezado a hacerse el gallito por el vecindario, había encontrado a alguien con quien esa clase de bravuconadas no funcionaron. Desfalleció sin posibilidad alguna de recuperación.

Hubo disputas vecinales, todo sea dicho

Como el grave conflicto con las bolsas de basura y las peleas puerta con puerta que me ayudaron a descubrir cómo funcionaba la ciudad y cómo lo hacía un pueblo; y sobre todo a valorarlo del modo en que realmente se merece.

Dana en el Port de Pollença

Y un principio, y un final

Y al final, la lección estaba ahí, esperándome: mientras me preocupaba por no haber escrito, reparé en que había estado viviendo. Como en casi todo, la dicotomía quedó allí; digamos que aprendí lo que tenía que aprender, y no le he dado más vueltas.

Como decía alguien a quien admiro y recuerdo siempre: Quizá no fueron las lecciones que otros hubiesen escogido estudiar, pero a mí me han servido. Así pues, de Mallorca me traje a la península mi escritura y una extraña filosofía de vida. La isla me demostró en reiteradas ocasiones que, ni tan siquiera allí, las cosas duran para siempre, y me negué a anotarlo en ningún sitio, porque lo integré en mi vida.

Resultó no ser Mallorca, ni Barcelona, sino yo. Y sabiendo eso, me despedí de ella. (O no.)

Sobre el tiempo de zurcir un calcetín

La semana pasada surgió una idea de lo más tonta y, como suele ocurrir, lo hizo en el lugar más insospechado y de la forma más extraña. Frente a mí, la madre de mi pareja mi suegra me preguntaba desde el dormitorio por qué no zurcíamos un calcetín viejo con un agujero que había recogido del suelo.

La miré. Miré el calcetín. Y lo tiré a la basura. Me pareció una tontería. ¿Para qué zurcir algo cuya durabilidad era ya escasa? Pero todavía más importante: ¿de dónde sacar el tiempo para hacerlo? ¿Existía aún tiempo para ese tipo de cosas o habían quedado en el pasado? Evidentemente seguía habiendo gente que zurcía calcetines, pero entre los más jóvenes (y no tan jóvenes) esa era, cuanto menos, una especie exótica. Sigue leyendo «Sobre el tiempo de zurcir un calcetín» →

Tu padre y la muerte

Cuando tu padre se muere, te das cuenta de que era idiota, como tú. Que cometió errores, igual que tú estás cometiéndolos, y que Roland Barthes (entre otros) se equivocó.

Adviertes que la petite mort no surge tras un buen polvete, sino cuando descubres que tú eres como él: mortal, incompleto, inseguro e imbécil. Y, en retrospectiva, recuerdas esa caída de la imagen de dios, que jamás podrás perdonar.

No porque no lo entiendas —lo haces—, ni porque no sepas, con toda seguridad, que no podía haber hecho o dicho otra cosa —lo sabes—, sino porque, aun así, sigue siendo superior a uno mismo.

Font de la llet (Barcelona, Collserola)

Quizá por eso empecé a escribir (y, mucho antes, a leer). Como un modo a través del que buscar otras formas de comunicación, una conexión distinta, pero funcional, una nueva vía ante un problema que se me antojaba imposible de superar.

Y eso tampoco resultó.

Al final, aprendí que no importa si el error proviene de uno, del otro, o alcanza a ambos; sigue ahí. Y lo que más me sorprendió —idiota de mí— es que se mantuvo enquistado tras el cemento y la losa. Con un eterno tarde para hacer las cosas que siempre le acompañaba, y sensaciones de ingenuidad sobre cómo algo podía cambiar, a través del recuerdo, de la letra o de la tecla que suspiraba agotada al alba.

Port Olímpic (Barcelona)

Después, terminas por perdonarte. (No lo haces.) ¿Qué más da? Puedes intentar tragarte un «si hubiera más tiempo…», o un «si las cosas hubiesen sido distintas», e incluso aquel «si la situación fuese otra», pero las cosas son como son, y fueron de la única forma que podían haber sido. Ahí encuentras algo de paz, y dejas de flagelarte para hacer de la fusta otra parte de ti.

Where is Hollywood?

Retrato de Lucía

Estoy enferma, pero nadie sabe lo que tengo. O sea, todavía no le han puesto nombre, y eso siempre complica las cosas. Los médicos me han diagnosticado epilepsia y un retraso en el neurodesarrollo. Así que no hay tiempo que perder: tengo que buscarme la vida. Amparada en la ciencia, en los míos, en el arte… Ah, sí; verás que lo mío es puro arte.

Por mucho que te sorprenda, y por muy descontextualizada que la creas, te adelanto que mi historia se encuadra en un dorado claroscuro del primer barroco, como el de Johannes Vermeer y su Dama de la perla. En cambio, mi necesidad se acerca a la de aquellos cuadros flamencos antiguos, pintados al óleo para la creciente burguesía que construía sus ciudades al amparo del Mar del Norte; quizá hijos de la técnica de van Eyck, de Weyden o de Campin.

Detalle de 'La dama de la perla' (Johannes Vermeer, 1666)

¡Ay, disculpa! Esta es mi primera conversación —por llamarla de algún modo—, y debido a mi afección temporal he creído conveniente tratar de abrir un diálogo con cuánta gente pueda. Ante todo no quiero ser maleducada, así que dime, ¿qué tal estás? Sigue leyendo «Retrato de Lucía» →

Esa sensación en la nuca

Te has calmado. Bebes poco; trabajas, en algo; pero se te escapan las ideas. Mientras, llenas los días con cosas que no quieres hacer.

Tienes pareja; y ella y tú no sois el problema: os lleváis bien; todo es la leche, aunque aún era mejor cuando la gente no os decía todos los pasos que esperaban que siguierais.

Te levantas, trabajas, vas a comer, sacas al perro. Después intentas darle vueltas a qué hacer; o prescindes de ello, y miras hacia otro lado, hasta que cierras los ojos; y repites.

metabolismo-urbano
Al ver el grafiti, alguien preguntó: «Cuando se acaben los árboles, ¿cuál será su dieta?«

El perro ladra, y te preocupa que el perro ladre, porque estás haciendo cosas; estás haciendo cosas que antes no te preocupaban en absoluto. Entonces suspiras. Pero ni tú sabes por qué suspiras. Quizá porque el perro se aburre, y no podéis salir a pasear. O porque ya son las once de la noche, y sigues con ese proyecto en mente. Ese, sí, el de la gran empresa, el de la empresa que te asegura continuar alzando tu propia infraestructura. Sigue leyendo «Esa sensación en la nuca» →

El fantástico Bob

Bob se desperezó en lo alto de la cama. Allí esperó un rato, pero Javier olvidó moverlo esa mañana —él no podía— y no tardó en escuchar la puerta varias veces. Primero, imaginó cómo salían a pasear a los perros, y el gato se acercó ronroneando con parsimonia para darle los buenos días; como contrapartida, él le obsequió con una gran sonrisa.

Después, le pareció que volvían a entrar, y seguidamente pudo oír cómo dejaban las correas en el recibidor y tomaban un café rápido entre prisas.

Luego, más tarde, quiso avisarles de que todavía seguía en la habitación, y no en el estudio, donde solía matar el tiempo de las mañanas; acogiendo, poco a poco, el hábito; sentado en una silla, en silencio, esperando a que apareciesen los primeros rayos del sol de invierno.

Uno de los tres podría ser Bob... ¡Vale, de acuerdo! No tiene relación. Pero me pareció muy maja...
Anverso de dos cajas de cerillas checoslovacas con un mono, una cabra y un cerdo. (Fuente original.)

Sigue leyendo «El fantástico Bob» →

El cielo es rosa

Hoy me matan. No hay tiempo ya.

¿Puedes siquiera imaginarte lo que siento?

Me matan por nacer. Por haber nacido en el lugar equivocado; en un lugar distinto al que tú ocupas.

Hoy me matan, y estoy cansada de gritar. Estoy cansada de ser usada, y golpeada y vejada; de ser observada como un mero objeto en esta oscura habitación con rejas.

De veras, hoy voy a morir, y nada tiene sentido. Nada. ¿Recuerdas cuando acerqué mi morro frío hacia tu mano? ¿Cuando te miré buscando una mirada cómplice? ¿Aquella vez que te arrimaste a mí? ¿Qué ha cambiado entre nosotros?

Ayer fui una cría; una cría grande y patosa que deambulaba por el patio vallado en busca de una caricia; hoy no soy nada. Pero tengo la certeza de que fui algo, de que podía haber sido feliz, y de que voy a ser nada; y duele. No sabes cuánto duele.

Detalle del ojo de un cerdo. La fotografía pertenece a Boudewjn Berends.

Basta. Tú puedes hacer algo. Cambia el mundo por mí. Cambia las cosas. Hazlo ahora. Una vez.

¿No puedes? ¿No puedes cambiar el mundo, verdad? Abre la jaula. Corta la reja. Déjame libre. Veo a los cachorros desde aquí; comen, ajenos a todo lo que sucede. ¿Harás lo mismo cuando mi nombre se haya olvidado? Cuando no sea nada, solo tumbas dentro de vosotros.

Hoy me matas. ¿Tuve nombre? ¿Tuve nombre o fui un número más? Hoy me matas y no puedo llorar; solo tiemblo junto al resto, y muero. Hoy muero; y vi la luz del sol después de mucho tiempo; por última vez. Sé que no hay hierba tras de mí; ni agua, ni vida. Solo sangre, y sufrimiento; solo gritos y violencia. Mírame. Mírame una vez antes de ser arrastrado entre rugidos de dolor y tristeza.

Hoy te digo adiós, y quizá me fallen las patas; sé que me golpearás; me electrocutarás; me gasearás. He llegado a rezar por una muerte digna, un final donde no recupere más la conciencia; donde no deba sentir la sangre brotando salvaje de mis entrañas; donde esta pesadilla acabe, por fin.

Hoy no soy. Porque tú y yo nos parecemos, pero mi piel es rosa. Hoy no soy, porque no soy perro ni gato, ni soy tú, y no tengo una oportunidad; soy cerdo. Soy cerdo, y no soy.

Silencio.