Cómo construir la estructura de una historia: planteamiento, nudo y desenlace

estructura narrativa

En las clases de escritura, nos decían que todo está escrito, pero que siempre hay espacio para una mirada; para otro punto de vista. Esta tarde, aprovechando que estoy editando un reel para Instagram, se me ha ocurrido pasar a limpio algunas notas de una clase del Laboratori de Lletres, donde asistí tres años como alumno. Una dinámica que intentaré repetir en este blog cada equis días (no doy fechas, que trae malfario).


Existe un libro fundacional para los escritores que no es aquel que tú esperarías. Se trata de La Poética, de Aristóteles, que asentó las bases de la narrativa y el teatro.

Buena parte de lo que hoy llamamos planteamiento, nudo y desenlace remite, aunque lo haga indirectamente, a la Poética. El filósofo defendió que una historia debía representar una acción completa, organizada mediante un principio, un medio y un final relacionados mediante causa y efecto.

De ese núcleo surgiría buena parte de la teoría narrativa posterior.

  • Planteamiento
    • Detonante
  • Nudo o desarrollo
    • Clímax
  • Desenlace

Esta estructura en tres actos continúa apareciendo, con numerosos cambios y variaciones, desde Cervantes hasta historias contemporáneas como Harry Potter o Star Wars. Todas ellas, de algún modo, recogen y reformulan elementos de la tradición narrativa occidental.

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Estas divisiones no tienen por qué ocupar exactamente la misma extensión. En una novela, además, pueden resultar mucho menos evidentes que en una película o en una obra teatral.

Como ejercicio, se puede imaginar una novela de cien páginas dividida en diez capítulos de diez páginas. Hacer esto permite ensayar, probar y distribuir sus diferentes partes antes de enfrentarse a una extensión mayor.

En el cine, de manera muy esquemática, podría pensarse en una división proporcional:

  • Una parte de planteamiento.
  • Dos partes de nudo.
  • Una parte final para el clímax y el desenlace.

En ningún caso, esta es una fórmula exacta, sino una orientación para comprender el funcionamiento de una historia.

El planteamiento

El planteamiento presenta la situación inicial de la historia y contiene un detonante que provoca su transformación. En esta parte se plantean los elementos que permiten al lector vislumbrar la historia —echa un vistazo al eje narrativo de Caperucita roja, por ejemplo— y se establece un pacto entre las partes (lector y autor).

El pacto (ficcional) entre el autor y el lector

Durante el planteamiento se ofrecen los elementos necesarios para que el lector pueda imaginar y comprender la historia. Se establece una especie de pacto entre el autor y el lector.

En ese pacto intervienen cuestiones (que deben cumplirse) como:

  • El lenguaje
  • El género
  • El protagonista
  • El conflicto
  • Las reglas del mundo narrativo

Todo aquello que resulte imprescindible para entender la historia debe presentarse o, al menos, quedar prefigurado desde el comienzo. Dicho de otro modo, el receptor o lector acepta que lo que le van a explicar es cierto: al menos, en ese entorno. Por eso, no cuestionas las carreras del Episodio I o que haya ruido en el espacio cuando ves Star Wars.

El detonante

Hay un acontecimiento (detonante) en la vida del protagonista que hace que su rutina se trastoque. Sin detonante, no hay historia, puesto que es el elemento básico para que llegue el conflicto.

En otras épocas (naturalismo, por ejemplo) podía ser aceptable que el acontecimiento decisivo apareciera en la página veinte; en la narrativa actual, en cambio, se tiende a introducirlo cuanto antes mejor. En novelas como Corazón tan blanco, de Javier Marías, está en la primera página; en Los mares del sur de Vázquez-Montalbán, poco después.

El detonante es un hecho inesperado que desequilibra al protagonista y lo obliga a tomar una determinación. Dicho de otra manera: rompe la situación inicial y pone la historia en marcha.

Podríamos expresarlo así:

Situación inicial → detonante → desequilibrio → decisión → conflicto

El detonante debe afectar al protagonista. 

Son los problemazos que hacen que Luke tenga que salir de Tatooine, los nazis intentando recuperar el arca de la Alianza, la cartita de Hogwarts para Harry Potter…

Puede influir también en otros personajes (el robo de los planos de la Estrella de la Muerte afecta también a Leia, no solo a Luke), pero su función narrativa principal consiste en alterar la vida, los planes o la mirada de quien ocupa el centro de la historia.

No basta con que suceda algo llamativo: ese acontecimiento tiene que obligar al protagonista a actuar.

La materia prima de la novela

La materia prima de una novela son las acciones. Por eso, el planteamiento no consiste únicamente en proporcionar información: debe poner algo en movimiento.

Los antecedentes, explicaciones o rasgos importantes deberían integrarse de tal manera que formen parte de la acción y de la estructura narrativa, o que queden prefigurados para adquirir sentido posteriormente.

Detonante y conflicto no son lo mismo

El detonante es el hecho que rompe el equilibrio.

El conflicto es la lucha o el problema que nace, se manifiesta o se vuelve inevitable a partir de esa ruptura.

El detonante puede:

  • Crear el conflicto
  • Activar un conflicto que ya existía
  • Hacer visible un problema latente
  • Obligar al protagonista a enfrentarse a algo que estaba evitando

No siempre es posible señalar un segundo exacto en el que comienza todo. En ocasiones resulta más útil reconocer cuando se produce un acontecimiento que afecta al protagonista o aparece un problema que ya no permite que la narración se detenga.

Algo extraño no siempre es un detonante

Un acontecimiento puede ser sorprendente, emotivo o incluso decisivo para comprender una obra sin funcionar necesariamente como detonante. Si te fijas, la magdalena de Proust es un buen ejemplo: su sabor despierta en el narrador el recuerdo involuntario de Combray y de las magdalenas que le daba su tía Léonie. El episodio resulta fundamental para los temas y la construcción de En busca del tiempo perdido, pero no funciona como un detonante en el sentido estructural clásico: no plantea un conflicto inmediato ni obliga al protagonista a perseguir un nuevo objetivo.

En Ratatouille (2007) sucede algo parecido cuando Anton Ego prueba el plato preparado por Remy. El sabor lo devuelve de golpe a su infancia y al ratatouille que cocinaba su madre. El recuerdo lo transforma y condiciona la crítica que escribirá después, por lo que posee consecuencias narrativas. Sin embargo, no es el detonante de la película, sino un punto de giro integrado en el clímax. Por el contrario, el detonante se produce cuando la colonia de ratas es descubierta y tiene que abandonar la casa, obligando a Remy a separarse de su familia y terminando en París. Esto demuestra que una imagen o un recuerdo no poseen una función narrativa por sí mismos.

Si la evocación de Ego apareciera al principio de otra historia y lo impulsara, por ejemplo, a buscar a su madre, recuperar el restaurante de su infancia o abandonar su trabajo como crítico, entonces sí podría funcionar como detonante. Más allá de qué sucede, el detonante habla de qué provoca y a quién.

En Buscando a Nemo, el ataque de la barracuda es fundamental para comprender el miedo y la sobreprotección de Marlin, pero pertenece a los antecedentes de la historia. El detonante de la acción principal ocurre años después, cuando un submarinista captura a Nemo. A partir de ese instante, Marlin ya no puede continuar con su vida habitual: debe abandonar el arrecife y atravesar el océano para encontrar a su hijo.

Incluso las escenas más largas y memorables pueden ser catálisis: la conversación sobre hamburguesas que mantienen Jules y Vincent al principio de Pulp Fiction aporta ritmo, caracteriza a los personajes y retrasa el estallido de violencia, pero no modifica el rumbo que ya seguían: ambos continúan hacia el apartamento para cumplir el encargo.

La escena enriquece el trayecto entre dos acciones principales sin abrir una nueva dirección narrativa. Aun así, si la historia que nos contaran fuese la redención de Jules y no la de Vincent Vega y Mia Wallace, quizá lo que pasa a continuación sí podría considerarse un detonante para la historia del primero.

  • Un informante proporciona un dato concreto sobre el tiempo, el lugar, la edad o la situación de los personajes.
  • Un indicio sugiere algo que el lector deberá interpretar: un rasgo psicológico, una amenaza, un tema o un significado simbólico.
  • Una catálisis acompaña, ralentiza o conecta las acciones decisivas sin cambiar por sí misma la dirección de la historia.
  • Un detonante rompe el equilibrio existente, plantea un nuevo problema o deseo y abre una cadena de consecuencias.

Además, estas funciones no siempre son excluyentes. Una misma escena puede aportar información, introducir indicios y desencadenar el conflicto.

Si la trama principal pudiera continuar prácticamente igual, probablemente no estamos ante su detonante. Si, por el contrario, el acontecimiento obliga a reorganizar los objetivos, las decisiones y el futuro de los personajes, hemos encontrado el punto en el que la historia empieza realmente a moverse.

El nudo o desarrollo

El nudo es el desarrollo mediante el cual el protagonista intenta superar la situación de desequilibrio.

Existe un objetivo que debe alcanzar o un problema que tiene que resolver. A partir de ahí, el protagonista actúa y encuentra dificultades.

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Un protagonista activo

El protagonista debe ser activo. Esto no significa que tenga que dominar cuanto sucede, sino que debe tomar decisiones, perseguir algo y responder ante los obstáculos.

A veces, hacer algo puede significar «no hacer» o bloquearse ante el peso de la situación, y ahí tienes a Shinji Ikari de Evangelion, por ejemplo, o a Mark Renton, en Trainspotting, cuyo título alude a dejar pasar el tiempo (drogados, en su caso) viendo pasar matrículas de trenes.

La fuerza del antagonista

Las dificultades estarán encarnadas por una o varias fuerzas antagonistas.

Un antagonista no tiene por qué ser una persona, sino que puede ser un enemigo (Vader, en Star Wars), una enfermedad, la sociedad (Farenheit 451) o un conflicto interior (Crimen y castigo).

La fuerza del antagonista debe ser equivalente o superior a la del protagonista. Si el obstáculo resulta demasiado sencillo, el conflicto pierde intensidad. De este modo, cuanto más poderosa parezca la fuerza antagonista, mayor deberá ser el esfuerzo, el ingenio o la transformación necesarios para vencerla. En El mago de Oz, por ejemplo, el objetivo de Dorothy —encontrar el camino de regreso— organiza la historia. La fuerza del relato procede tanto de su deseo de volver como de todo aquello que dificulta el regreso.

La pregunta implícita sostiene el desarrollo

El nudo despliega la pregunta implícita formulada en el planteamiento. El lector continúa porque necesita averiguar cómo responderá el protagonista y si conseguirá su objetivo.

La historia avanza mediante una sucesión de decisiones, obstáculos, consecuencias, cambios y dificultades crecientes. La pregunta implícita deberá ser respondida a través de la historia, moviendo al lector hasta el desenlace.

  • ¿Conseguirá el protagonista su objetivo?
  • ¿Podrá superar el peligro?
  • ¿Resolverá el misterio?
  • ¿Regresará a casa?
  • ¿Será capaz de cambiar?

La pregunta no tiene por qué formularse de manera literal, pero debe encontrarse en el corazón de la historia.

El clímax

El clímax es el momento en el que coinciden las principales fuerzas dramáticas y de él surge el desenlace. Debe señalarse que no es imprescindible que todas las historias tengan un clímax espectacular o perfectamente delimitado. Del mismo modo que una escena sexual no es obligatoria en una novela, tampoco lo es una gran explosión dramática.

Gollum y Frodo - Monte del Destino - Ted Nasmith
Gollum y Frodo en el Monte del Destino. La ilustración pertenece a Ted Nasmith.

Sin embargo, si la historia ha construido un conflicto fuerte, normalmente existirá algún momento de máxima tensión, enfrentamiento, descubrimiento o decisión.

El clímax puede consistir en:

  • Un enfrentamiento
  • Una decisión irreversible
  • Una revelación
  • Una renuncia
  • El cumplimiento o fracaso del objetivo
  • La comprensión definitiva de algo

Autores como Arthur Conan Doyle o Agatha Christie suelen construir clímax muy reconocibles, especialmente cuando el misterio converge en una revelación final. Por el contrario, hay otros clímaxs (El Imperio Contraataca), que pueden mezclar varios eventos, como un enfrentamiento y una revelación.

El desenlace

El desenlace cierra la historia una vez que los conflictos principales se han resuelto: la pregunta implícita que nació en el planteamiento debe obtener una respuesta. Esa respuesta puede ser positiva, negativa o ambigua, pero no debería quedar olvidada.

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El viaje de Frodo a las Tierras Imperecederas. (Este artículo sobre el significado del sacrificio y la muerte en ESDLA es muy interesante.)

Siempre que se plantea un conflicto, el lector espera que su desarrollo tenga alguna consecuencia.

Asimismo, si bien el conflicto principal debe resolverse pueden permanecer abiertos otros conflictos secundarios.

La resolución del conflicto necesita una motivación fuerte por parte del protagonista. Si esa motivación no existe o no se ha construido correctamente, la historia puede sentirse como una sucesión arbitraria de acontecimientos.

No basta con que el autor decida resolver el problema: el desenlace tiene que surgir de las decisiones, deseos, errores y transformaciones de los personajes.

La evolución del protagonista

La resolución no tiene por qué consistir únicamente en una concatenación de hechos. También puede implicar un cambio en el protagonista.

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El famoso monomito o viaje del héroe.

Por ejemplo, un personaje condenado a muerte podría no escapar materialmente de su destino, pero sí transformar sus ideas, su actitud o su manera de entender lo ocurrido. Esto nos lleva al arco del personaje: la transformación que experimenta a lo largo de la historia como consecuencia de aquello que vive.

La evolución puede producirse en diferentes direcciones: de una posición negativa a otra positiva (ascendente, in crescendo), o viceversa, de la ignorancia al conocimiento, de la pasividad a la acción, etc. Esto no es algo único del protagonista, sino que los antagonistas y otros personajes también pueden (y deberían) evolucionar.

Estructuras clásicas y narraciones modernas

La división clásica entre planteamiento, nudo y desenlace continúa siendo útil, pero no siempre aparece de manera explícita en las novelas modernas. En una serie como Sherlock, por ejemplo, la división clásica puede percibirse de manera bastante intuitiva. En una novela experimental, fragmentaria o posmoderna, los límites pueden ser mucho menos evidentes.

Si no lo ves claro, pregúntate: ¿es igual de fácil entender la estructura de una novela de Pérez Galdós y una de Valle-Inclán? ¿Los detectives salvajes? ¿Cien años de soledad?

Te hablo de cuestiones como:

  • Alterar el orden cronológico
  • Empezar cerca del desenlace
  • Introducir tarde el conflicto aparente
  • Ocultar temporalmente la identidad del protagonista
  • Utilizar un narrador que no sea el protagonista
  • Desplazar la evolución principal hacia un personaje secundario

En El nombre de la rosa, El corazón de las tinieblas o El principito, la primera persona no implica que el narrador sea el verdadero protagonista.

Watson, por ejemplo, narra muchas aventuras de Sherlock Holmes, pero no por ello ocupa el centro del conflicto.

Herramientas para planificar una historia

Si te ayudan, un par de herramientas que usan escritores muy estructurados son:

La escaleta

La escaleta organiza las escenas o acontecimientos que forman la historia. Aquí te explican en detalle cómo preparar una.

Permite comprobar:

  • Qué sucede
  • En qué orden va a hacerlo
  • Qué provoca cada acontecimiento
  • Qué personajes intervienen
  • Cómo aumenta el conflicto
  • Dónde aparecen el detonante, el clímax y la resolución

Habrá narraciones con pocos personajes o eventos que no necesitarán esto y otras que te volverías loco para hacerlo sin escaleta. Aquí debajo te dejo un ejemplo de Rowling con Harry Potter.

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El cronograma

Puede resultar útil crear un calendario de acontecimientos al margen de la escaleta. En el ejemplo superior, Rowling ha mezclado ambas ideas, si bien el cronograma recogerá solo las cuestiones relacionadas con el tiempo:

  • El paso de los días
  • La edad de los personajes
  • Los desplazamientos
  • Las estaciones del año
  • La duración real de cada proceso
  • La coincidencia de diferentes líneas narrativas

No hace falta incluir todos estos datos en la novela. Su utilidad consiste en evitar errores y contradicciones internas: fechas imposibles, viajes demasiado rápidos, embarazos que duran once meses, personajes que cambian de edad o acontecimientos que no podrían coincidir.

¡Volveré con más teoría! 😉

Volver a escribir

Volver a escribir

He vivido varios años lejos de la escritura. Podría decir que me alejaron, pero me alejé.

Al final, madurar implica aceptar los errores (propios, también aquellos ajenos que decidiste soportar), apretarse los machos (que no es lo que estás pensando) y crecer.

Mi elección es empezar a darle caña, con calma se podría decir (pero te estaré mintiendo como un bellaco), a todo lo que dejé parado. A las tribunas de opinión, que las tienes en Substack, al contenido audiovisual sobre temas literarios (Instagram; YouTube) y a las notas de escritura, que se quedan por aquí bajo la etiqueta Escritura. 

La razón principal es poder empezar a lanzar propuestas literarias de ensayo y ficción. Sin prisa. Recordar, jugar y remezclar cositas que se quedaron olvidadas, aquí y allá. Hacer pruebitas, como diría mi pareja, y recuperar el blog, pese a que esté demodé (un poco como yo, que ya soy cuarentón).

Nos iremos viendo y leyendo, palabra.

Entradas sobre escritura

Desde 2026, en Doblando tentáculos se reserva el espacio para entradas vinculadas a la escritura como las siguientes:

El blog forma parte de los distintos proyectos que yo, Javier Ruiz, realizo a través de mi marca comercial (JRUIZ).

¿Publicar con seudónimo?

libro-seudónimo-homer

En el mundillo editorial, parece que una de las cuestiones que han pasado más desapercibidas es la del seudónimo. A un escritor novel, por regla general, será la misma editorial (o la agencia publicitaria) quien le recomendará cómo presentarse. Si hay varios «Javier Ruiz» en el mundo literario, quizá valga la pena utilizar tus dos apellidos, o un seudónimo; o sea, algo que te diferencie. Aun así, el seudónimo es otra cosa; puede servir para diferenciarse de otros escritores, claro, pero suele ir por otros derroteros. Entre ellos: la libertad creativa, el revolotear entre géneros o el unir a varios/as profesionales (o su trabajo) bajo un único nombre.

(By the way, aquí tienes un pequeño compendio del blog de Ana González Duque con ventajas y desventajas.)

¿Por qué se empieza a publicar con seudónimo?

Seudónimo - Libro del señor Burns
¡Aaaah! Ya no se hace literatura así. Por eso el señor Burns no usaba seudónimo, evidentemente.

Estas notas también las extraigo de mis clases de escritura, y tienen unos años ya, pero creo que siguen bastante al día. En cualquier caso, píllatelas con pinzas. Tradicionalmente, el seudónimo nace de una diferenciación clara; imagínate: tú eres Javier Cercas o Josep Carner, y vas por el mundo publicando novela testimonial o poemas de puta madre. De golpe, te da un algo y te apetece escribir crónicas, o novela negra, o autoficción; mejor todavía: vas fatal de pasta, porque te has divorciado diecisiete veces, y te proponen escribir la típica novela romántica o de landscape para promoción de viajes. Ni de coña lo haces con tu nombre, porque tiene más perjuicio que beneficio para tu imagen profesional (o muy mal lo debes llevar); en cambio, con un seudónimo la cosa cambia. Si tiras de seudónimo, ¿quién va a saber que estás tú detrás?

De ahí sale, principalmente, el interés por publicar bajo seudónimo en los inicios. Bueno, en los inicios-inicios, porque eras mujer y la sociedad era una mierda y no quería aceptar mujeres. Véase: Caterina Albert i Paradís, o sea, Víctor Català. Por otro lado, hoy día, esto también supone una gran inversión en redes sociales (duplicar perfiles, etc.), por lo que, quizá, lo que se va alejando de las posibilidades reales del escritor novel. Desde mi punto de vista, publicar con seudónimo tiene dos grandes ventajas (que no son, exactamente, las del enlace del primer párrafo).

  • Por un lado, te da libertad para «probar» material (géneros, estilos de escritura) sin comprometer tu figura en público; para los escritores profesionales (que ganan pasta, de verdad) esta debe ser una buena opción, ya que los editores pueden mover el contenido o encontrar a alguien que lo gestione en las redes sociales.
  • Por el otro, te permite presentar material al margen de editores y agencias (con otro nombre); en un sector en el que la autopublicación sigue teniendo mala prensa. (En lo personal, entiendo parte de las razones; no obstante, creo que los filtros que se han escogido desde las editoriales para cribar material, tanto en portales de autopublicación como en las empresas son cero eficientes para descubrir a nuevos/as escritores/as.)

La autopublicación, en relación con el seudónimo

A menudo, escuchas a muchos profesionales del sector que siguen defendiendo que la autopublicación no tiene sentido. Por cada autor de best-seller autopublicado que, luego, ha podido negociar con editoriales su caché, hay un millón de aspirantes (cifra completamente inventada aquí, ¡ojo!) que han dilapidado su imagen antes de construirla del todo.

Vamos, que suele venderse la idea de que cualquier recorrido profesional (con editorial) será lento, pero mejor.

Si tienes curiosidad sobre el recorrido, se resumiría en preparar el manuscrito, carta, sinopsis editorial y el resto del material; contactar con agencias y editoriales; enviar el manuscrito; si existe interés, pasará a manos de un lector profesional; revisión del informe literario y comercial…

Estos últimos años, la visión de las editoriales ha sido «meto mano en Amazon, si puedo», pero también lo uso de filtro extra. Por mi parte, tengo una opinión propia al respecto, pero todas son aceptables; yo sigo creyendo que las vías profesionales y el, paso a paso, son  la mejor baza para la mayoría.

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En Los Simpson no había crisis en el mundo editorial y todo quisqui publica libros, de Homer a Marge y de Marge al señor Burns. En la foto, Apenas me conocía, por Homer Simpson. 😛

Y lo de publicar con seudónimo ya tal, ¿no?

En fin, que me desvío del todo. Creo que hay razones para publicar con seudónimo cuando eres rico y (¡JA!) famoso y quieres diferenciar estilos o no «contaminar» tu imagen como autor; por otro lado, hay casos concretos (probar material, etc.) donde el seudónimo puede ir bien, pero no hay que olvidar que ahora (casi) todo se mueve por Internet, y conseguir relevancia en la red… es lento. Y ahora sí, ya tal.

Recursos morfosintácticos para narrar

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Estos días, estoy volviendo a escribir mucho bastante algo  un «poquico». De apoyo, me estoy revisando los apuntes de mis cursos de escritura y, de vez en cuando, veo contenido que creo que puede ser muy útil para todo dios. Por ejemplo, los apuntes sobre recursos morfosintácticos que han salido por un cajón.

Nos han vendido la idea de que narrar solo es arte, talento; pero narrar también es artesanía. No puedes aprender a ser Bolaño, Delibes o Cabré con artesanía, pero puedes ser… como otros escritores que publican, y viven bien, y beben champán (que no me quiero yo pelear con nadie). Hoy, desempolvo unos cuantos recursos y voy a rajar un rato sobre esto; algo que te va a ayudar mucho cuando empieces los procesos de reescritura de un manuscrito.

Wait a second, «cheñor»! ¿Qué son los recursos morfosintácticos?

Definición de morfosintaxis de la Wikipedia:

La morfosintaxis es el conjunto de elementos y reglas que permiten construir oraciones con sentido y carentes de ambigüedad mediante el marcaje de relaciones gramaticales, indexaciones y estructura jerárquica de constituyentes sintácticos.​ Incluye la morfología y la sintaxis,​ dos componentes de la gramática que, por utilidad didáctica y conceptual, se analizan por separado; sin embargo debe tomarse en cuenta que en realidad son dos unidades indesligables. Para muchas estructuras lingüísticas particulares los fenómenos morfológicos y sintácticos están estrechamente entrelazados y no siempre es posible separarlos. En el caso de las lenguas polisintéticas la distinción es aún más difícil y en ocasiones ni siquiera parece posible separar morfología y sintaxis, ya que una oración puede estar formada por una única palabra que incluye un gran número de morfemas.

Los recursos morfosintácticos son, por definición, aquellas relaciones gramaticales que se basan o dependen de las palabras y de nuestra habilidad para relacionarlas, suprimir, alterar y un largo etcétera. Simplificando (bastante), son aquellos recursos que solo dependen de cómo usamos las palabras. Un recurso morfosintáctico sería, por lo tanto, desde el epíteto, que veremos a continuación, al vesre argentino.

Epíteto

Cuando un adjetivo refuerza la cualidad del sustantivo, tenemos un epíteto: bravo guerrero, fiero león, blanca nieve. Como reforzador, acostumbra a ir antes del sustantivo.

Noche oscura del alma. […]

La fría nieve en mis manos. […]

¿Dónde fue la miel dulce que nos juramos, y blablablá? […]

Sinonimia

La sinonimia es la enumeración de términos que tienen un significado común. Suele utilizarse, a menudo, en diálogos entre personajes y en el estilo indirecto libre. Puede tener distintos objetivos, pero, por regla general, tanto en narrativa como en prosa, pretende enfatizar una emoción positiva o negativa.

Ese zángano, inútil, comemierda…

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“Aunque tengas la cresta rala y lisa no es tu actitud sumisa. Tú, que por el margen de la noche vagas, dime, cuál es tu nombre, antes de que deshagas lo que plutónicamente te da el hombre, pájaro carroñero.” Y el pájaro dijo: ¡Multiplícate por cero!

Asíndeton

Consiste en la supresión de las conjunciones, que establecen relaciones entre las palabras o las oraciones. Un ejemplo típico sería «Veni, vidi, vinci», aunque suele utilizarse mucho en poesía y no tanto en otros estilos de narración. Entre los recursos morfosintácticos, el asíndeton no es tan usual como el polisíndeton que sí suele verse más en la prosa.

Ella canta, baila, goza.
Acude, corre, vuela,
traspasa la alta sierra, ocupa el llano,
no perdones la espuela,
no des paz a la mano,
menea fulminando el hierro insano

Polisíndeton

Entre los recursos morfosintácticos para narrar, el polisíndeton suele lucir bastante. Consiste en agregar conjunciones innecesarias con la idea de reforzar el sentido o dar mayor intensidad a la acción.

Y cogí una 9mm, y me la metí en la boca, y escuché el clic del percutor.

Elipsis

Supresión de términos porque consideramos que no son necesarios. Entre los recursos morfosintácticos, la elipsis puede, por ejemplo, comerse un verbo (primer ejemplo) o dejar una frase partida por la mitad (segundo ejemplo), pues, o bien el lector puede completarla y la frase queda más, ¿qué sé yo?, ¡dinámica!, o bien confiamos en que el lector/a la terminará de dotar de sentido.

Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

A quien buen árbol se arrima…

Anáfora

Consiste en repetir una o varias palabras del inicio de la frase. Como recurso morfosintáctico suele funcionar si no abusamos del mismo y lo utilizamos en momentos muy concretos de la narración, que requieran emoción, desentimiento exacerbado, etc.

Duele la cicatriz de la luz,
duele en el suelo la misma sombra de los dientes,
duele todo,
hasta el zapato triste que se lo llevó el río.

Vicente Aleixandre (1898-1984)

Paralelismo

Consiste en repetir construcciones similares y puede utilizarse tanto en verso como en prosa; igual que ocurre con otros recursos morfosintácticos (como la anáfora), el paralelismo es típico de la poesía, pero se ha adaptado mejor que otros a la prosa.

—Contéstame solo a una cosa: ¿por qué?

—Porque no quiero verte, porque me repugnas, porque La jungla de cristal es la mejor película navideña de la historia, porque yipi ka yei, hijo de puta.

Recursos morfosintácticos - Simpsons - Señorita Edna recursos morfosintácticos (Edna Krabappel)
Querida Edna, tu carta repleta de recursos morfosintácticos me dejó sin aliento. Yo me llamo Woodrow…

Epanodipsis

La epanodipsis consiste en utilizar la misma palabra para empezar y terminar una misma unidad métrica o sintáctica. En cristiano, esto se traduce a comenzar y acabar una frase con la misma palabra (Verde que te quiero verde.), pero también en otras construcciones, como empezar y acabar un capítulo de una novela o un poema con la misma frase, lo que demuestra la elegancia de un texto que se ha trabajado mucho.

Aquel día, Pepa supo que mataría a Pepe.

[…] Bla, bla, blá. Todo el texto del capítulo. Pepe engaña a Pepe, se va a un hotel con Juani, y vuelve a Vallecas, por la noche, oliendo a perfume barato. […]

Aquel día, Pepe supo que mataría a Pepe.

Igual que otros recursos morfosintácticos, la epanodipsis ha evolucionado a lo largo del tiempo, permitiendo intercambiar algunos elementos de la frase.

Retruécano

Repetir las mismas palabras en una frase con un orden distinto. Es un recurso que se ha utilizado mucho en prensa y que ya se puede observar en obras como Artículos de Mariano José de Larra (1809-1837). O sea, que es más viejo que el comer.

En este país, no se lee porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee.

Hipérbaton

Como último de los recursos morfosintácticos que he recopilado (a ver si me animo a seguir alargando el artículo, ¿no?) está el hipérbaton. El hipérbaton consiste en un cambio del orden lógico de las palabras, que es muy común en poesía, pero apenas residual en prosa y narrativa.

Cerca del Tajo en soledad amena de verdes sauces hay una espesura, toda de yedra revestida y llena, que por el tronco va hasta la altura, y así la teje arriba y encadena, que el sol no halla paso a la verdura; el agua baña el prado con sonido alegrando la vista y el oído.

Garcilaso de la Vega (1503-1536)


Escribiendo este artículo, encontré un señor que, en Halloween de 2019, recopiló todo el fragmento de El cuervo, de Edgard Allan Poe, que aperece en Los Simpson. Que lo he flipado yo, y lo pongo para que lo flipemos todos.

Cómo sacar el máximo partido al proceso de reescritura

Proceso de reescritura (en narrativa)

Todo lo que se ha escrito, se ha reescrito. Dicho de otro modo: todo lo que leemos se ha reescrito decenas de veces. Y ahí va un tercer intento: la reescritura es, a grandes rasgos, todo el proceso de escritura que iniciamos tras volcar la historia en papel por primera vez. En un cuento o una novela, es aquello que empieza una vez terminas de desarrollar los núcleos narrativos en el papel o en el documento de Word (es decir, cuando construyes la primera versión); en un ensayo o en un artículo periodístico, una vez tenemos el esqueleto de la historia o de lo que vamos a contar. Ahí empieza la reescritura, cuando toca embellecer, agregar, suprimir y pulir.

¿Qué es escribir?; ¿qué es reescribir?

Por descontado, cada escritor —voy a centrarme en narrativa, que no te despiste lo de ensayos, periodistas y otras pajas mentales de aquí arriba— tiene una visión distinta de la reescritura, que puede moverse entre un puto coñazo mal necesario o la mejor parte de escribir. En mi caso, por ejemplo, la reescritura me parece que es lo que da sentido a la propia escritura: convertir una idea en una obra cada vez más perfecta (sabiendo que aquello que planeamos y lo que estamos creando siempre serán distintos entre sí) es la misma fuerza que mueve a cualquier otro artista: a un pintor, a un escultor, a un cineasta.

Reescribir es la esencia de escribir bien, donde el juego se gana o se pierde.

William Zinsser (1922-2015)

En los talleres literarios, este proceso siempre se plantea a raíz de un documento base (una primera versión de nuestro cuento, novela, microrrelato, lo que sea) a partir del que solucionaremos cuestiones de índole narrativa (es decir, el Fulano que muere en la página 70 y revive por error para fumarse un pitillo en la 120 siendo testigo de un asesinato, por ejemplo) y de estilo, que son las más comunes: ritmo narrativo, redundancias, poner énfasis en escenas innecesarias, falta de diálogos, descripciones que dicen pero no muestran.

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Así todo el santo día.

Cómo revisamos; cómo reescribimos

Hay tres grandes acciones que funcionan conmigo, pero no tienen que funcionar contigo si también te dedicas a escribir (si te dedicas a rescatar tórtolas, seguro que tampoco funcionan, pero no sé qué cojones harás por aquí, así que vamos a descartar esa opción, ¿vale?). Ante todo, y no voy a decir nada nuevo, quítate el miedo de vomitar la historia en el papel, porque este es un paso imprescindible para enfrentar el contenido: reducir todo un libro a su eje narrativo. Clásicos como Madame Bovary, de Flaubert, o Ana Karenina de Tolstoi, tienen un montón de temas y lecturas detrás, ¿verdad? (¡Ojo!, SPOILERS DE UN LIBRO VIEJUNO que ya tendrías que haber leído) OK. Pero también podemos simplificarlos a su eje narrativo, verás:

Eje narrativo de Ana Karenina

Ana, esposa de un funcionario de alto grado llamado Karenin, se enamora de un militar buenorro, Vronski; como Vronski y Ana son unos marranos, esta se queda embarazada del oficial. El marido de Ana se entera, pero le preocupa más el qué dirán que la cornamenta; en cualquier caso, los amantes huyen a Italia desafiando las convenciones sociales rusas (OMG!). Más tarde, vuelven a Rusia, pero si bien la peña tolera a Vronski, Ana es mujer decinomónica rusa y casquivana «d’époque«, lo que se traduce en… ¡ostracismo total! Por último, durante varios cientos de páginas, Ana y Vronski se mudan del campo a la ciudad y de la ciudad al campo, a la chica se le va la pinza cada día un poco más y termina por suicidarse tirándose a las vías del tren.

Por descontado, Ana Karenina es mucho más que todo lo anterior (y bastante más triste, y serio, y con muchos otros personajes, y tramas secundarias), pero esta obra de más de mil páginas se puede resumir en un párrafo, que atiende a su eje narrativo. Podríamos hacer lo mismo con Madame Bovary o con cualquier otro libro del mundo mundial (¡Bovary se envenena con arsénico!, toma segundo spoiler que te he colado: hay que leer más libros… 🤭), porque cualquier obra se deconstruye (es decir, se analiza) de más a menos, porque se construye de menos a más (eje narrativo, núcleos narrativos, capítulos…).

Sustituya ‘maldita sea’ cada vez que quiera escribir ‘muy’; su editor lo eliminará y la escritura será tal como debería ser.

Mark Twain (1835-1910)

Y tras este rollo necesario, ahora sí, el por qué la distancia frente al texto es una cabrona y los tres truquillos que me enseñaron a mí para facilitar el proceso de reescritura.

¿Cuál es el principal error en el momento de reescribir?

El gran error en el momento de reescribir es siempre (pero siempre, ¿eh?) la distancia. A cualquier escritor (o escritora), por bueno que este sea y por mucha experiencia que tenga en cuestiones técnicas, le cuesta y le seguirá costando ver sus propios errores.

La explicación simple de este fenómeno es bastante idiota, en realidad: no vemos lo que hay, sino lo que queremos ver; si una metáfora (nuestra) cojea, tendemos a darle una dimensión o una lectura en nuestra cabeza que no tiene por qué transmitir el texto; si faltan comas, o intensidad, o hay un rollo patatero que no te tragas ni tú como introducción de una escena… demasiado a menudo, lo dotarás de un sentido que no tiene. La distancia es la crisis de los cuarenta, Ruiz Mateos vestido de Superman o tu abuelo comprándose unas VANS Old-Skool y unos «pantalones cagaos» y otros tobilleros con los que los críos/as se empeñan en pasar frío en invierno.

Una tira cómica que trata otra de las caras de la reescritura y la reedición. ©Paco Roca

Este es, con diferencia, lo mejor y lo peor de escribir, porque por mucho que sepas y muchos años que lleves en el ajo, siempre te vas a dar de cabezazos con la reescritura y la distancia: al fin y al cabo, el texto que tienes delante, lo has escrito tú. Los lectores profesionales viven de esto, cuando la obra ya está «niquelá», pero hasta ese momento, es cosa tuya escribir, corregir y volver a reescribir. Entonces, ¿qué? Pues atiende.

#1. Aprovecha la fisicidad del papel

Si te dedicas a escribir, planta muchos árboles, porque te vas a cargar un par de bosques pequeñitos en tu vida. Esa es la conclusión. Todo quisqui que conozco y escribe, prefiere corregir en un soporte físico (papel) y la razón es muy simple: aunque no lo parezca, el ordenador queda muy lejos (mentalmente, por lo menos), mientras que el papel te hace sentir ese texto más próximo. Por lo tanto, yo todo lo que quiero reescribir, lo imprimo y aprovecho los márgenes de la hoja (interlineado, 1,5-2) para marcar anotaciones o cambios. Además, me ayuda mucho a leer en voz alta mis propios textos (sí, esto es un consejo extra: leer en voz alta permite captar el ritmo del texto y percibir su musicalidad).

Cuando tu historia esté lista para la reescritura, córtala hasta el hueso. Deshazte de cada onza de exceso de grasa. Esto va a doler; revisar una historia hasta lo esencial es siempre como asesinar niños, pero debe hacerse.

Stephen King (1947)

#2. Eliminar, reducir: orientalizar la escritura

¿Recuerdas la típica frase de Oscar Wilde? Me he pasado el día escribiendo un poema: por la mañana, le he puesto una coma; por la tarde, se la he quitado. Esto es 99 % reescritura. Es bastante graciosa, porque es cierta. Aun así, cada uno entiende aquí la reescritura de un modo: hay un primer proceso de desarrollar la historia y completar todos esos huecos que la primera versión tendrá (por regla general, son los borradores de 50 o 60 páginas, de los que salen novelas de 200 y 300) y, a posteriori, otro proceso de reducción: de quitar todo aquello que sobre, que no aporte a la historia, que no va a interesar al lector.

Leí en algún sitio: escribir implica reducir el número de palabras, pero aumentar su significado. Vaya frasecica, ¿eh? Pues eso. Exact0. Chapó.

#3. Hacer que, nuestro texto, no parezca nuestro

Hay muchos consejos para coger distancia, pero yo siempre opto por el mismo: lo dejo en un cajón, queda entre los borradores del blog, doy tiempo (le doy tiempo al texto; me doy tiempo a mí). También me han enseñado que para poder reescribir, siempre es mejor:

  1. Convertir nuestro texto en algo que no parezca nuestro texto: es decir, cambiar el color de la letra, el tamaño, el estilo…
  2. Apoyarnos en otro escritor o lector profesional (lo que se conoce como sensivity writer) y no en gente cercana que puede o no tener los conocimientos para valorar el texto
  3. Ser valientes para dar por finalizado los cambios y no marcarse un Cela con La familia de Pascual Duarte, que cambió cosas hasta mucho después de su publicación: hay que aprender a abandonar un texto, desapegarte del mismo y dejar que siga su camino. Quizá creamos que haremos la novela perfecta, pero el perfeccionismo es una mierda; la novela perfecta no existe.

A grandes rasgos, estos son los apuntes que me parecen más interesantes para compartir sobre la reescritura. Espero que os sirvan tanto como me han servido (y sirven) a mí.

Por qué no renunciar a tu trabajo y lanzarte a escribir

Es complicado vivir de escribir. Ya ves que no digo de la escritura, porque eso puede inducir a error, digo «de escribir». O sea, vivir de lo que tú escribes; no ganarse el pan escribiendo para un diario, editando a otros fulanos, corrigiendo textos… Estoy hablando de Bukowski, Faulkner, Kerouac, Harper Lee… Esa gente que siempre nos venden que dejó sus trabajos para dedicarse a escribir. Ante esta afirmación, no obstante, no solemos caer en la cuenta de que, a menudo, tuvieron trabajos antes de poder vivir de la escritura, otros complementaron su perfil de escritor o escritora con otras tareas diarias que les daban cuatro duros para el alquiler, las cervezas y el vicio del comer; y alguno habrá que se jugó el todo por el todo y le salió bien la cosa.

¿Dejar tu trabajo para escribir, eh?

El problema de vivir de la escritura es el mismo que se plantea en el primer capítulo de la segunda temporada de El método Kominsky (qué serie, ¡dios!),cuando el personaje de Michael Douglas se sincera sobre lo jodido que es triunfar, pero todo dios cree que el fracaso le sucederá a otro. Si uno le echa un ojo a la historia de la literatura, percibe rápidamente cómo antes escribían los ricos; los pobres, por regla general, vivían en la mierda y, a veces, daban con la tecla adecuada; que Gabriel García Márquez se muriese de hambre y su mujer estuviese hasta el papo de apoyarle, debería darnos alguna pista. Ahora, es incluso peor, porque no lo es, pero nos empeñamos en creer que todo tiempo pasado fue mejor —esa es la trampa—. Hay cosas que son una mierda entonces, son una mierda ahora. Y lo peor de ahora no son las dificultades, o el mercado editorial, sino que nos queremos creer eso de que nos falta tiempo para triunfar y los cuentos que se le ocurrieron a algún tipo sobre cómo antes era más fácil vivir de la escritura y que si no dejas tu trabajo y te pones a escribir no vas a triunfar: lo segundo, vale; lo primero, mierda.

Bukowski de botellón. Un buen artículo que leí (y del que he «mangado» la foto) es El último brindis, en Resaca Cultural.

Voy a explicarte mi experiencia, pero antes copio-pego un fragmento de una carta de Bukowski que he releído tres docenas de veces en mi vida y que, en parte, es muy útil para seguir persiguiendo tus objetivos y, por otro lado, es una putada, porque es gasolina para esas creencias del escritor que tiene que enfocar todos sus esfuerzos a la literatura si quiere triunfar.*

Tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman De 9 a 5. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar. Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo. A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Así que la suerte de, finalmente, haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.

Carta de Charles Bukowski al publicista John Martin; después, parte de estas ideas las reflejaría con Chinaski en Cartero (1971)

Verás, en 2016-2017, este blog empezaba a tener «muchas» visitas, yo estaba inmerso en varios proyectos relacionados con la escritura (ensayo, narrativa…) y todo parecía ir en la misma dirección. Las cosas me iban bien a nivel profesional: por suerte, el marketing es un sector que, desde hace años, se porta bien conmigo. Todo estaba en su sitio, incluso había tenido dos ofertas laborales de grandes empresas para incorporarme en plantilla: en esa tesitura, era cuestión de minutos, días o, como mucho, semanas que la cagara bien cagada. Así que se me ocurrió dejar de trabajar por un tiempo, focalizar mi energía en la escritura y… vamos, lo que te acabo de decir, cagarla. En serio. Creo que es la mayor cagada que he hecho nunca. No me arrepiento de que sucediese, porque cuando yo hago algo, lo hago siempre hasta las últimas consecuencias; si la cago, la cago bien y aprendo, y me sacudo el polvo, me sorbo los mocos y tiro para adelante. Pero voy a dedicar esta entrada a explicarte por qué renunciar a tu trabajo y lanzarte a escribir es una muy mala idea.

Hay tres grandes razones:

Primera, la escritura requiere estabilidad.

Segunda, el oficio de escritor no suele dar estabilidad.

Tercera, vas a estar haciendo muchas más mierdas por mucho menos dinero.

Aquí un típico enlace de grandes escritores con trabajos caca, de Cultura Colectiva, para ponernos en antecedentes.

Hace no mucho tiempo expliqué por aquí (Enviar el manuscrito a una editorial y ser aceptado a la primera) que, para mí, no es lo mismo un oficio creativo o un trabajo de dirección que un trabajo alienante (yo qué sé: enhebrar agujas todo el santo día o instalar una pieza X en un Seat Ibiza tras otro), pero sea como sea, ambas opciones me sirven: una es un putadón y la otra solo llega a putada. Y yo sé por qué te digo esto y, sobre todo, ya sé lo que me vas a decir: a mí lo que me gusta es escribir, blablablá, en un trabajo tradicional estoy vendiendo mi tiempo por un sueldo y siento que eso afecta a mi creatividad (en realidad, lo hace) y no me deja alcanzar los objetivos artísticos que me he propuesto.

La escritura requiere estabilidad

Vale, ahora dejas ese trabajo. En el mejor de los casos, si no eres rico o rica (en tal caso, ¿qué coño hacías trabajando en vez de ponerte a escribir?) puedes mantenerte por un tiempo limitado; a medida que los ahorros mengüen, te vas a agobiar y, cuanto más te agobies, más rápido te darás cuenta de que la escritura requiere estabilidad y que, ese trabajo, te estaba dando la posibilidad de una rutina donde podías escribir a diario. Vamos, lo que te he dicho arriba.

Como devoto lector de Tolstoi y Dostoievski me ha encantado esta imagen que me he encontrado a lo Street Fighter y tenía que meterla en el artículo.

Escribir no suele dar estabilidad

No solo eso: puede que te salga «un novelón de tres pares», pero todavía tendrá que llegar a editorial, ser aceptado, recibir un anticipo (¿eres novel?, pues… poco más que un sueldo mínimo, y date con un canto en los dientes), lanzarse al mercado, empezar a venderse y recibir los primeros royalties (si no los cubre el anticipo) en marzo del año siguiente. Total, que ya puedes petarlo a lo grande. Imagínate que te dan un 10 % y vendes 20.000 libros a 20 euros el libro: 40.000 eurazos. Ahora, aterrizamos y somos conscientes de que eso depende de muchos factores, ¿vale? Para empezar, nadie te va a hacer una tirada de 20.000 libros, ni te va a dar un anticipo de la leche si no eres, yo qué sé, ¡Eduardo Mendoza! En otras palabras, tú vas a querer que las cosas avancen a una velocidad a la que no van a avanzar y, entonces, cuando la hostia sea inminente, te darás cuenta de que, si no eres un best-seller (e incluso ahí deben haber subidas y bajadas, pero hablamos de otras ligas), no hay estabilidad que valga. 

Te vas a hartar de hacer mierdas que no te gusta nada hacer

Vamos, pues, al tercer punto. Publicar un libro supone un contrato con una editorial y, a su vez, actos de presentación y promoción, menciones en el Twitter y el Instagram y cosas chulis, ¿y después? El resto del tiempo se supone que vas a tener que estar trabajando para generarte un sueldo escribiendo, ¿no? Si los tiempos del editor son «curiosetes», ya sabes cómo son los del escritor, ¿verdad? ¿Te has fijado la cantidad de novelistas que colaboran también como columnistas para prensa o trabajan como profesores, publicistas o guionistas? Y, claro, por cada Pérez-Reverte en el XL Semanal o cada Javier Marías en el dominical de El País, la mayoría lo hace para llegar a fin de mes con cierta solvencia. ¿Y qué ocurre? Pues, a grandes rasgos, lo siguiente: o te aprietas el cinturón y empiezas a hacer durante un tiempo todo tipo de acciones extra de promoción (un blog, redes sociales, colaboraciones por aquí y por allá) hasta que te das cuenta de que no puedes crearte un sueldo de la nada o generas una marca personal que vinculas a tu perfil de escritor o escritora y vendes productos o servicios que ni fu ni fa: te haces community manager, escribes contenidos para internet; incluso hay quien se lanza al mundo de los negros literarios a los que explota Ana Rosa Quintana o a las novelas por encargo con pseudónimo. Todo ello, ocupaciones muy respetables, pero siendo conscientes de por dónde van los tiros.

En cualquier caso, coges todo lo anterior, lo metes en una coctelera, lo remueves y… te das cuenta de que eso no es lo que querías, ¿verdad? Hay excepciones, claro: en España, yo conozco el caso de Rafael Fernández (Ezcritor), que es un hombre «bastante multitarea» y se saca sus perras (según él mismo dice, a rachas más que suficientes; en otras, no le cabe un alfiler por el culo del agobio) con sus libros, su propia editorial y, si me apuras, con un par de huevos. Pero ya está. Seguro que hay más gente, está claro, seguro que hay mil formas en las que yo nunca he pensado, pero la realidad es que la mayoría sirven, sobre todo, como escaparate de tu talento y, cuando salen las verdaderas oportunidades, es buena idea tener cierta estabilidad que te permita trabajar en tu escritura. Yo aproveché ese tiempo para crear el primer borrador de una novela; después, la rehice entera con mayor estabilidad personal y profesional y, al final, mi conclusión es que correr e intentar apostar por la vía rápida solo me ha hecho avanzar más lento y a trompicones.

Mi conclusión (que no tiene por qué ser la tuya, pero a mí me funciona) es que te plantees la escritura profesional como la propia empresa. Muy poca gente puede montarse un negocio a los dieciocho, veinte o veinticinco; hay personas que se pasan media vida ahorrando y estudiando para poder lanzar su propio proyecto profesional, ¿verdad? Con la literatura pasa algo similar: nos han metido en la cabeza que Dostoievski (ludópata degenerado…) escribía novelones para pagar sus deudas de juego en tiempo récord y se los compraban, pero es que ni tú ni yo somos Dostoievski, ¿no te parece? Y aunque lo fuéramos, hoy existe una saturación en el mercado como jamás se había visto antes (que no digo que no se publique, ni mucho menos: se publica más que nunca). No quiere decir que, si eres bueno o buena, no vayas a triunfar, pero con escasas excepciones, nadie va a perder el culo por publicar tu novela el mes que viene. Las reglas están para romperse, claro que sí, pero los porcentajes dicen que te vas a dar una hostia, así que sé más listo o lista que yo, y haz las cosas paso a paso.

Bukowski fue cartero y, luego, lo petó.


NdA: Otras entradas interesantes que he encontrado sobre el tema son: Dejar tu trabajo para ser escritor, Cuándo dejar tu trabajo para dedicarte a escribir y Dejarlo todo para dedicarse a escribir, que es aquella que más me ha gustado.

* Ante todo, no estoy diciendo que uno no tenga que dedicar su mayor esfuerzo cuando crea —no importa que se dedique a pintar al óleo o a escribir novelas—, sino que dedicar una jornada laboral diaria a escribir —si no estás en disposición de hacerlo—, no tiene sentido y traerá siempre más problemas que beneficios.

La importancia del eje narrativo (qué es, y su porqué)

Cuando empecé a darle caña a textos más largos habían dos cosas que me llevaban por el camino de la amargura: escribir por intuición y hacerlo con una estructura demasiado rígida. Vamos, que me costó encontrar el «punto medio» que andaba buscando.

Sin embargo, aunque sabía que tenía que organizar un poco aquello que quería narrar (soy un p*** caos), no tenía ni puñetera idea de cómo incorporar un eje narrativo al proceso, recurrir al mismo y sacarle partido. En parte, porque no sabía cómo se construía, de verdad, un eje narrativo, pero especialmente porque quería convencerme (vete tú a saber por qué) de que, cuando escribía, era más intuitivo que racional.

¿Qué es el eje narrativo?

Sobre este tema (el escritor intuitivo y racional) hay bibliografía a porrillo, como de todo ya, pero pasa de puntillas si lo comparamos con los tiempos narrativos, los puntos de vista, los tipos de narrador o los más variopintos recursos literarios. Y es curioso, porque entender que incluso aquellos que escriben por intuición necesitan unas líneas generales, le da la vuelta a muchos conceptos que suelen rondar por las cabezas. De algún modo, estoy convencido de que la falta de información (fidedigna) sobre el eje narrativo —más allá de algunos buenos manuales de escritura— está relacionado con lo anterior: si quieres informarte sobre esto, dos piedras, y el ahí tienes el lío padre. En fin, que voy a intentarlo yo:

El eje narrativo es el hilo conductor de la historia, el cual recoge los sucesos que les ocurren a los protagonistas y a otros personajes secundarios relacionados con la trama y, a su vez, se subdivide en núcleos narrativos que componen los grandes eventos de la narración.
Dicho de otro modo, se trata de una ampliación del típico esquema de introducción o planteamiento de la historia (que da comienzo con un detonante), un nudo (aparece un objetivo poderoso que el protagonista deberá resolver), un clímax (donde sucede el choque definitivo de las fuerzas dramáticas) y un desenlace (el conflicto y los subconflictos se resuelven y se cierra la historia).

Eje narrativo de Caperucita Roja

Para entender el eje narrativo y que a nadie más le ocurra lo que a mí, me he currado una explicación de los principales núcleos narrativos de un cuento clásico (versión de los hermanos Grimm, que no es tan chunga como la de Charles Perrault), donde podemos releer el cuento de Caperucita Roja y visualizar cuáles son sus núcleos narrativos. Por descontado, dependerá de la versión, pero los núcleos narrativos de Caperucita podrían ser:
  • Núcleo 1: La abuela de Caperucita está enferma y solo la niña puede ir a llevarle su medicina de vieja chocha (detonante) y un pastelito para que le pegue un shock glucémico.
  • Núcleo 2: Caperucita debe salir de casa y meterse en el bosque, que es muy chungo como todos los bosques antes de los runners y los senderistas. La madre le hace una advertencia o cuela por ahí un informante o algún indicio (luego vemos qué es esto).
  • Núcleo 3: Caperucita Roja, que no tiene muchas luces, se encuentra con el Lobo feroz (o sea, el antagonista de la historia), que le da a la niña mil vueltas corriendo, mordiendo y rugiendo, pero prefiere engañarla para llegar antes a casa de la abuela de Caperucita.
  • Núcleo 4: El lobo urde su malvado plan: engaña a Caperucita con el objetivo de llegar antes a casa de la abuela, que vive en medio del bosque, pese a que la vieja ya está medio impedida y con la casa sin adaptar para su edad (sin agarraderas en la ducha: imagínate).
  • Núcleo 5: Llega Caperucita Roja a casa de su abuela, pero como seguimos el punto de vista de Caperucita (si no, vaya gracia), no tenemos ni «repajolera» idea de que el Lobo feroz se ha zampado a la abuela (so ¡gerontófilo!) y se ha travestido para engañar a la niña (¿?). Nunca entendí esto: filias, supongo.
A partir de aquí, o viene un cazador (si eres de familia con licencia de armas) o viene un leñador (que casi es más bestia la cosa).
  • Núcleo 6: El Lobo intenta engañar a Caperucita para comérsela. Te preguntas por qué no se la comió en el bosque, ¿eh? Los psicópatas son raros… mira los tipejos que salen en Mindhunter, por ejemplo. En fin, sigo: Caperucita consigue zafarse de las dentelladas y escapa (clímax). Un tipo, digamos cazador nivel 7/leñador nivel 3 a lo Dragones y mazmorras, para que sea inclusivo y todo dios esté contento, salva a Caperucita y revienta al Lobo a tiros/hachazos.
  • Núcleo 7: El Lobo feroz agoniza, suelta una lagrimita y dice que el mundo lo ha hecho así. Caperucita Roja sonríe feliz y, en algunas versiones, el cazador/leñador rescata a la vieja de la panza del bicho, condenando a la pobre mujer a una jubilación de mierda, sin seguridad social ni grado alguno de discapacidad (desenlace).

Si unimos todos los núcleos obtenemos el eje narrativo. Los núcleos narrativos (sucesos principales) componen la novela, si bien alrededor puede haber todo tipo de sucesos secundarios (Caperucita espera ocho años y le regala su virginidad al cazador/leñador; añadimos un soliloquio de la madre de Caperucita, que es pastelera y viuda, el Leñador tiene problemas de incontinencia urinaria…) que no afectan al esquema principal de la historia.

¿Cómo sabemos, entonces, qué es un núcleo narrativo? Fácil: si cambias un núcleo narrativo, cambia la historia. En cambio, si modificamos algún elemento de conexión, el esqueleto no se ve afectado. Cuando me lo explicaron a mí, me dijeron lo siguiente: el eje narrativo es una cadena, los núcleos son los eslabones y yo agrego: el resto de elementos secundarios son las muescas, colores o formas de cada eslabón de la cadena.

Caperucita roja (DLH; 2)
—¿Y esos dientes que me enseñas…?
—¡Para comerte… mejor!
—Quiero ir al baño.
—¿¡Cómo!?

Catálisis, informantes e indicios

Por esta razón, la mayoría de las historias no son buenas o malas debido a sus núcleos narrativos (aunque estos son imprescindibles para la estructura), sino por elementos de conexión secundarios, como las catálisis, los informantes o los indicios. A través de estos últimos es como damos corporeidad a una narración y hacemos que avance, se detenga, vuelva hacia atrás, amplíe información, complete un vacío… Lo que hace guay la historia de la Caperucita es el ¡qué ojos más grandes tienes! y ¡qué boca llena de dientes, colega! y no tanto que una niña se vaya al bosque a ver a su abuela y se tope con un lobo chalado.

Los tres elementos secundarios de conexión narrativa más habituales son:

  • Catálisis, que son acciones secundarias cuya función es rellenar o retrasar las acciones principales. Las catálisis complementan, distraen, amplían, detienen el ritmo narrativo y, por encima de todo, describen. (Tras llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja escucha ruidos en el interior, pasos acelerados, y descubre que la puerta está entreabierta… después, observa un pequeño reguero de sangre en el recibidor y… una voz ronca la llama desde una de las habitaciones.)
  • Informantes: datos que nos sitúan en un espacio y un tiempo determinado, aportan información concreta de los personajes. (Podría tratarse de una descripción de la vida tradicional en el pueblo de Caperucita, el baile regional de la zona u otros elementos que aporten contexto al lector.)
  • En cambio, los indicios son los más majos porque requieren de un trabajo de interpretación por parte del lector y remiten a un estado emocional o a un sentimiento. En la novela realista o naturalista esto era bastante raro, pero, hoy día, la literatura está llena de indicios en los textos. (Cuando Caperucita se encuentra con el Lobo feroz en el bosque, este le indica que coja uno de los caminos, pero hay algo en sus ojos que a la niña le da mala espina… En este caso, la niña es cortica y le sorprende cómo la mira un lobo parlante, pero ya me entiendes).

A grandes rasgos, eso viene siendo todo lo que se me ocurre qué puede ser interesante saber sobre el eje narrativo.

Conclusiones relacionadas con el eje narrativo

Para construir un eje hay que devanarse los sesos y estructurar cada uno de los núcleos. Una vez tengamos esto, deberíamos plantearnos escribir una sinopsis argumental y, cuando tengamos la sinopsis, valorar si nos vale la pena plantear una escaleta por capítulos antes de la escritura del borrador o manuscrito (de lo que sea que estemos escribiendo: relato, guion, novela, novelón). Esto dependerá de mil factores: a mí, por ejemplo, me ayuda preparar el eje y la sinopsis argumental, pero me agobia estructurar las cosas mucho más allá, así que no me obsesiono.

Quizá en una historia de ciencia ficción, una novela negra o un cuento a lo Sherlock Holmes (cuándo aparecen los indicios, qué se deduce, qué pistas son falsas, etcétera) puede ser bastante más necesario que en una historia de autoficción o en una novela de enamoramientos, pero, al final, todo depende de tu forma de escribir y con qué te sientes más cómodo o cómoda escribiendo.


NdA: Tanto hablar de Caperucita… relacioné conceptos y me acordé de Javier Gurruchaga y la Orquesta Mondragón.

Dónde escribir un libro (o lo que sea que estés escribiendo)

Esta entrada es un poco idiota (por eso la escribo yo, mira tú), pero, tras darle cuatro vueltas, me sigue pareciendo necesaria: hay un porrón de textos (y vídeos, y podcasts) en Internet sobre «cómo» escribir un libro (una novela, lo que sea), pero no ocurre lo mismo con «dónde» escribirlo, que no deja de ser algo mucho más importante de lo que, a priori, pensamos.

Escritores «cliché» de best-seller americano

Será que tenemos muy metido en la cabeza el típico cliché del escritor que se va a la cafetería  y repite «soy escritor, ¿lo sabías?» y apunta cosas en una libreta, y hace rayajos, o piensa mucho, y graba ideas en su smartphone a lo tipo pedante de peli ochentera o noventera de Woody Allen (apostaría que el tipejo del que hablo salía en Hannah y sus hermanas, pero quizá era en Maridos y mujeres, o en Manhattan). Incluso hay aplicaciones móviles que emulan ruidos y entornos, como un bar, una cafetería o el club de campo para inspirarte… mejor. A mi modo de ver, payasadas, pero habrá a quien le sirvan. Lo que sí está claro es que escribir una historia, una novela, un libro, un guion, es mucho más que sentarse y empezar a teclear (aunque, en esencia, es hacer eso mucho rato).

El cineasta Woody Allen en un capítulo de Los Simpson.

La dimensión desconocida

Cuando te lanzas de cabeza en un nuevo proyecto, escribir es un proceso creativo 24/7/365 y suele requerir de cierto «impasse» o tiempo muerto entre una historia y la siguiente. Pero el desarrollo en sí mismo se concentra siempre en un sitio: una habitación, un lugar, por lo que dónde escribir se convierte también en cómo escribir y, por esto, es tan absurdo que el dónde se pierda dentro del cómo con tanta facilidad. Menudo lío, ¿eh? En definitiva, vamos a ver cómo creo yo que se debería acoger la escritura y, luego, tú me dices que «nanai» y que tú escribes con los críos revoloteando a tu alrededor en el comedor de tu casa o con heavy metal a todo trapo a lo Stephen King, ¿vale?

Ante todo, necesitas un espacio propio, en el que estar relajado, a gusto, inspirado. Yo tengo dos, porque soy más chulo que un ocho: un trocito del comedor —tanto yo como mi pareja trabajamos en casa en una habitación-despacho y, allí, no siempre puedo quedarme a solas—, así como un tercio del comedor (escritorio, cajonera, ya sabes). En general, cualquier lugar que sea adecuado para estudiar, debería ser funcional a la hora de escribir: silencio, pocas distracciones, espacio para organizarte y mover todo el material (libros, apuntes, libretas, ordenador, bolígrafos, pizarra, etc.).

Contar con una zona que solo utilizas para eso, si es posible, es la leche, porque te permite abstraerte y evitar cualquier tipo de distracción: en mi caso, intento tener Internet a mano para posibles consultas y reservar entre una y dos de tiempo diario a la lectura y la escritura.

Hablando de malos sitios donde ponerse a escribir… Brian Griffin no ha tenido una gran idea.

Escribir cuando no estás escribiendo

Dicho esto, para mí, la escritura no empieza ni termina en esa sala (o salas). ¿Cuántas buenas ideas aparecen paseando, duchándose, comiendo o cag… o leyendo el periódico? Muchas, en realidad. Los seres humanos piensan con los pies, y muchos escritores también.

Mis tres grandes trucos son:

  • Lápiz y papel (una libreta) a mano siempre que sea posible
  • Móvil y notas de voz (sí, también hago esa pedantería de grabar audios: ¡es útil, joder!). En mi caso, me creé un grupo de WhatsApp para mí (bueno, invité a no sé quién y le eché del grupo) y allí apunto ideas estúpidas y otras no tan estúpidas
  • Reservar un tiempo semanal para aburrirme: hacer cosas, en casa y fuera, que nos aburran también es algo imprescindible para el pensamiento (desde niños), para organizar ideas, para sentarse a escribir con la cabeza mejor amueblada que el día anterior

Cuando el dónde se convierte en cuándo

Dónde escribir no solo acoge un espacio, además, sino también un tiempo. Habrá mucha gente a la que le encantaría escribir de 7:00 a 9:00 pero tiene que desayunar, llevar a los niños al colegio y largarse a trabajar. A mí, por ejemplo, de 8:00 a 10:00 son las horas que mejor me han ido siempre (y ahora mismo no estoy escribiendo en esos horarios por temas laborales), pero también hay aquí dos puntos que considero imprescindibles:

  1. Tratar de escribir todos los días es la forma de crear una buena rutina (no siempre hay que tratar de escribir best-sellers: artículos, entradas de blog, ensayo, cuentos cortos, microrrelatos… ¡no habrá cosas!). Dedicar un rato al día supone afrontar que hay días en los que no sale nada y otros asombrosamente productivos: también aquí hay todo tipo de opiniones, hay quien para de escribir cuando está «on-fire» y a mí, en cambio, cortar esa inercia narrativa me parece una locura, incluso para ir a mear. Quizá hay gente que prefiere escribir tres días por semana, o cuatro, o dos, allá cada cual.
  2. Mantener, siempre que sea posible, horarios similares también genera previsibilidad y nos ayuda a prepararnos para la escritura. Si yo tengo que sentarme a las cinco de la tarde o no escribir, prefiero escribir de cinco a seis que no hacerlo, pero si puedo hacerlo en un horario más funcional, mejor que mejor. Sin embargo, en cualquiera de las dos situaciones anteriores, saber que voy a tener un rato para escribir, me ayuda a darle vueltas y a prepararme para ello.

En relatos o proyectos de largo recorrido…

Como hábito adquirido, cuando escribo un relato largo o una novela, por ejemplo, suelo empezar releyendo todo lo que hice el día anterior, corrigiéndolo, reescribiendo ligeramente y, esta acción, de algún modo, favorece la inercia narrativa entre un día y el siguiente. Otras personas prefieren leer, pero dejar las correcciones o los cambios para más adelante: desde mi punto de vista, cada texto se reescribe cien mil veces, así que una más o una menos… Por descontado, aquello que no hago es centrarme a corregir ese texto durante más de 10 o 15 minutos, pues la idea es favorecer la continuidad y seguir donde lo habíamos dejado (ya habrá tiempo para reescribir, como digo).

De cualquier modo, los manuales de escritura están repletos de estos pequeños «trucos», así que puede ser buena idea echarle una ojeada a un par con el objetivo de quedarte con algunas buenas prácticas: uno (re)típico, ya que he mencionado antes a su autor, es Mientras escribo, de Stephen King, por ejemplo.

Bloqueos de escritor cuando tienes tu propio espacio

Por último, la hoja en blanco (sobre los bloqueos de escritor ya hablé en el blog) suele ser más fácil de vencer cuando separamos la figura del creador de la del crítico que todos llevamos dentro. Cuando escribes, escribe; cuando corriges, corrige. Los dos papeles son necesarios, pero escribe por placer y, luego, ya habrá tiempo para despedazar una y mil veces el texto.

De algún modo, también parece más fácil concentrarse cuando tienes un espacio propio donde escribir y organizar todo tu material. Pero no te engañes: habrá días en los que no salga nada, a veces, incluso semanas o meses. Yo me obligo a escribir de lo que me apetece: eso de escribir sobre temas que no me gustan o interesan lo dejo para otros; en mi caso, si me aburro o me deja de interesar: cojo el papel, hago una bola, la tiro y a otra cosa (o borro el documento de texto). Con un libro, hago exactamente lo mismo: lo cierro y empiezo otro que aún me puede apasionar.

Cómo empezar una novela: trucos, ejemplos y ¿cebos?

La primera página de una novela es un cebo que el lector debe morder. Es una de esas cosas de las que no te puedes olvidar y, si crees que puede ocurrir, tatúatela en la jeta. A nivel editorial, ese trocito del papel es fundamental: si no engancha, todo lo demás cae por su propio peso. El cine y la televisión hacen lo mismo con los inicios, pero nadie tiene tan poco tiempo para escoger un título como el lector de novelas en una librería: portada, contraportada, ojea algunas páginas por encima (como mucho, lee los primeros párrafos) y toma una decisión. Se trata de un pacto no escrito con el autor, como dice Jaume Cabré, pero no es más que parte del propio pacto que corresponde a cualquier ficción. Vamos, que tú te pateas la Casa del Libro buscando en qué gastarte quince o veinte pavos y, por lógica, vas a pillarte algo que empiece como Pulp Fiction de Tarantino y no como Roma de Alfonso Cuarón, y este ejemplo viene que ni al pelo, ya que las reglas están para romperse, pero lo que funciona, funciona.

Empezar una novela: la primera página, un cebo para el lector

«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él».

Corazón tan blanco (Javier Marías, 1992)

Alguien me dijo que Juan Marsé solía comentar que las primeras páginas de una novela debían atrapar al lector (agarrarlo bien y no soltarlo ya), pero, sobre todo, debían ser o pretender ser una síntesis del tema central del texto. No he encontrado esa afirmación de Marsé en ningún sitio, pero me la creo: esto ocurre en Rabos de lagartija o en Últimas tardes con Teresa, ¿no? En fin, que tan importante es que un inicio impacte como que plantee lo que desea cumplir. De ahí que se reescriban una vez, y otra, y otra vez…

Así empieza Luces de bohemia

Hora crepuscular. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol. Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinches de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad Madama Collet.

Max: Vuelve a leerme la carta del Buey Apis.

Madama Collet: Ten paciencia, Max.

Max: Pudo esperar a que me enterrasen.

Madama Collet: Le toca ir delante.

Max: ¡Collet, mal vamos a vernos sin esas cuatro crónicas! ¿Dónde gano yo veinte duros, Collet?

Madama Collet: Otra puerta se abrirá.

Max: La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente.

Madama Collet: A mí la muerte no me asusta. ¡Pero tenemos una hija, Max!

Max: ¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de suicidio colectivo?

Madama Collet: ¡Es muy joven!

Max: También se matan los jóvenes, Collet.

Luces de bohemia (Ramón del Valle-Inclán, 1924)

El primer párrafo de una novela (bueno, Luces de bohemia no es bien, bien una novela, ya lo sé, pero con esas acotaciones imposibles tampoco es la típica obra de teatro, ¿no te parece?) debe empezar con algo que llame la atención al lector. Hay que intrigar, sorprender, cabrear. No importa que planteemos un hecho transcendental o, simplemente enigmático, chocante o atractivo, pero sí que debería poner en marcha el mecanismo de la narración. Una buena opción puede ser coger un momento de mucha tensión del eje narrativo, por ejemplo, y plantear un inicio in medias res, puesto que generarás preguntas en el lector que, más tarde, la propia historia se encargará de responder. Pero también una situación menor o que desafíe lo políticamente correcto puede valer: Chuck Palahniuk es un crack en esto, aunque las cosas últimamente no le van demasiado bien.

Pintura de autor(a) desconocido(a) que retrata a Nick Belane y a la Señora Muerte, quien fuma de espaldas al espectador.

Así empieza Pulp, de Bukowski

Otro ejemplo, de lo último de Bukowski:

Yo estaba sentado en mi oficina, mi contrato de alquiler había vencido y McKelvey estaba iniciando los trámites para deshauciarme. Aquel día hacía un calor del demonio y el aire acondicionado se había roto. Una mosca se paseaba lentamente por encima de mi escritorio. Extendí el brazo con la palma de la mano abierta y la puse fuera de juego. Me estaba frotando la mano con la pernera derecha del pantalón cuando sonó el teléfono. Lo cogí.

-¿Sí? -dije.

-¿Ha leído usted a Céline? -preguntó una voz femenina. La voz era bastante sexy y yo llevaba mucho tiempo solo. Décadas.

-¿Céline? -dije-. Ummm…

-Quiero a Céline -dijo ella-. Tengo que conseguirlo.

Aquella voz tan sexy me estaba poniendo realmente cachondo.

-¿Céline? -dije-. Deme alguna información. Hábleme, señora, siga hablando…

-Súbase la cremallera -me contestó.

Miré hacia abajo.

-¿Cómo lo sabe? -le pregunté.

-Da igual. Lo que quiero es a Céline.

-Céline está muerto.

-No lo está. Quiero que le encuentren. Quiero tenerlo.

-Puedo encontrar sus huesos.

-No, estúpido, ¡está vivo!

Charles Bukowski, Pulp (1994)

Para empezar una novela: ¿qué he aprendido?

A grandes rasgos, lo que he aprendido es que te aprendas las normas para romper las normas, porque las normas aburren. Pero:

  • Las primeras páginas de una historia tienen que poner algo en movimiento: la novela se está cobrando todo lo que el cine le ha robado, ¿sabes?
  • Al inicio, estás fijando las reglas del mundo que vas a narrar: no es buena idea empezar con alguien soñando o una introspección y tampoco con elementos que no vayan a aparecer en la historia solo por sorprender, porque estás mintiendo, y jodiendo el pacto ficcional, y la confianza que el lector ha puesto en ti
  • Tampoco es lugar en el que vomitar un montón de información o describir las baldosas del jardín de la abuela del protagonista: buscamos un momento que introduzca la historia y si puede recoger la esencia de lo que vamos a narrar ya será la hostia
El club de la lucha es la novela más conocida de Chuck Palahniuk. En 1999, David Fincher la adaptó al cine. Escribí sobre en qué cree Tyler Durden (y II),

De las clases de escritura…

De las notas de mis clases de novela, he extraído doce puntos por si le sirven a alguien más.

Transcribo, tal cual:

  1. Debes llamar la atención: olvídate de las premisas de la novela realista
  2. Solo importa asistir a un hecho trascendental
  3. Los primeros párrafos deben poner algo en movimiento
  4. Aquí no es cuestión de irse por las ramas: frases cortas; ve al grano
  5. Podemos dar una pista para ubicar al lector en un momento espacio-tiempo
  6. Fijamos las reglas desde el inicio: si hay magia, hay magia; si el mundo se ha ido a la mierda, se ha ido a la mierda
  7. Ahora mismo, al lector se la sopla la historia de fondo (backstory)
  8. Empieza con una pregunta retórica: puede ser literal, o no serlo
  9. Provoca (o genera empatía), para que el lector se quede contigo el tiempo suficiente
  10. Comienza con algo gracioso (pero asegúrate de que lo es, porque ser gracioso es jodido de cojones)
  11. Promete un conflicto: ¿vencerá Rocky a Apollo Creed?, ¿escalarán el Everest?, ¿podrá Homer cruzar la Garganta de Springfield con un monopatín?
  12. Ofrece una experiencia puramente emocional

No tienes ni puta idea de cómo hacer todo eso. Bienvenido/a al club. Supongo que esa es parte de la gracia: descubrir cómo puedes ofrecer algo nuevo o que diga algo muy viejo de otra forma. En mi caso, por ejemplo, me ha costado mucho empezar a encontrar el punto entre la falta de descripciones y el hiperdetallismo. Hoy, el realismo o el naturalismo nos quedan muy lejos y no tiene ningún sentido caer en descripciones kilométricas (sí, hay gente que lo hace y le queda de puta madre), porque ya leemos el todo dentro del detalle. ¿Qué vas a hacer? ¿Empezar una historia como lo hacía Jack London?* En teoría, ya no podemos hacer eso.

Rocky (John G. Avildsen, 1976) cuenta una historia que ya se había explicado miles y miles de veces en la literatura, e incluso en el cine, pero lo hace de un modo distinto.

En las primeras páginas, esos detalles que terminan de completar la escena son todavía más importantes, puesto que apenas hay espacio. Por descontado, serán importantes en todo el texto, pero al inicio es mucho más importante saber observar la propia escena que estás creando y transmitir una impresión verosímil en el lector. Los buenos detalles son los que crean impresiones imperecederas, como el sombrero fedora y el látigo de Indiana Jones o la forma en la que un condenado a muerte sortea un charco para no ensuciarse las botas camina a la horca.

En fin, que hay buenas novelas con malos comienzos, pero no hay malos comienzos en buenas novelas.** Al final, algo significará, digo yo.

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!» Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!» O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.

Si una noche de invierno un viajero (Italo Calvino, 1979)


* Me compré hace poco la edición ilustrada de La llamada de lo salvaje (Jack London, 1903) de Nórdica Libros y me ha encantado, por cierto.

** Dejo aquí 10 inicios de buenas novelas por si le inspiran a alguien

Enviar el manuscrito a una editorial y ser aceptado a la primera. «Delirio 57»

Hace un par de años, creía que tenía el manuscrito de una novela y, en realidad, no tenía nada. El bofetón siempre es duro, pero cuanto antes mejor. Por esas fechas visitaba, a menudo, Miserias literarias, una bitácora (a ese blog «vintage» hasta le pega el concepto, que ya es pelín matusalénico) en la que un tipo, que decía ser escritor y llamarse José (vete tú a saber), solventaba dudas habituales de juntaletras novel. Aunque no se estila mucho, esas entradas aparecen, de vez en cuando, por Internet: El Huffington Post, por ejemplo, conserva otro texto del escritor-barra-guionista Carlos García Miranda en el que trata temas de contratos, royalties, agentes y algo, a priori, tan obvio como presentar a la editorial un libro terminado. Dicho así, parece una tontería escribir sobre estas cosas, pero es que ni dios te cuenta cómo se maneja el mercado y cómo debes moverte tú en él, ¿sabes? O sea, que al final es útil de cojones y esa gente vale un potosí.

—Escribir una buena novela es como pelar una naranja…
—¡Eh! ¡Aquí no hemos venido a ver pelar naranjas!

Si eres seguidor de este blog desde hace tiempo, quizá te sorprenda que yo comente algo así, ¿no? Puede que te suene que, a finales de 2016, publiqué un libro de ensayo a través de la editorial Diversa Ediciones (De cómo los animales viven y mueren), por lo que, de entrada, lo lógico sería pensar que tuve que patearme una decena de editoriales hasta dar con una que quisiera publicarme un libro de ética, pero no. En esto tuve una flor en el culo: fueron los editores quienes se interesaron por algunos de mis textos. La parte mala es que, ahora que tengo un manuscrito de novela que empezar a mover, poca idea tenía de por dónde empezar (si te pasa algo similar, yo empecé por aquí: «12 pasos para enviar tu manuscrito a una editorial y que no vaya directo a la basura»). En fin, a lo que iba: pese a los dolores de cabeza, o quizá gracias a ellos, me he dado cuenta de que, a quienes nos gusta escribir y tratamos de publicar, hay muchos asuntos que nos quitan el sueño —desde el bloqueo del escritor a la espera de respuesta por parte de una editorial o el por qué sí/por qué no frente a la autopublicación—, así que se me ha ocurrido que escribir sobre estas cuestiones puede ser divertido (y catártico, incluso).

Un manuscrito, ¿eh? Le responderemos entre 60 y 180 días: ¡suertudo!

Desde finales de 2017, si no recuerdo yo mal, asistí a un curso de año y medio sobre novela en el Laboratori de Lletres (una escuela de escritura similar a la que tienen en el Ateneo barcelonés). El primer día me convencí de que estaba en el lugar indicado, cuando el escritor Carlos Luria nos dijo que leer era mucho más de la mitad de escribir (porque siempre lo he creído), y senté el culo en una de esas sillas del aula con suelos de baldosa hidráulica y techos de molduras blancas, y escuché, reí, garabateé folios y disfruté como un enano.

Una de las últimas clases de aquel curso extensivo, Luria la reservaba para hablarnos sobre el sector editorial y, cuando me flojea un poco ánimo de «intento de novelista», son esas notas las que me sirven para relativizar, coger fuerzas y volver a la carga una vez más. Se trata de un popurrí de apuntes similar a esta entrada de Tregolam sobre cómo mandar un manuscrito a editoriales españolas, pero también ofrece claves para entender por qué te puedes dar con un canto en los dientes si una editorial te envía un acuse de recibo y un tiempo estimado en el que aceptar o rechazar el manuscrito que les has enviado.

Bueno, allá vamos. Seas quien seas, espero que te sirvan.

¡Hola, buenas, editorial española! ¿Cómo está usted de salud?

¿Hay una crisis del sector editorial? Ni de coña. Las ventas de 2018 subieron un 6,6 % frente a las de 2017 después de continuas caídas hasta el 2009/2010. De todos esos libros, el digital creció un 17 % y ocupa un 5 % del mercado (el gran bum del libro digital, por ahora, no se ha producido): esta cifra, que no parece muy relevante frente al total, a mí me indica que optar solo por publicar en formato «eBook» tiene poco sentido, sin embargo, no me atrevería a decir que no hay ningún autor/a en la faz de la Tierra que se gane la vida publicando (únicamente) en digital. Por el volumen de mercado, no me parece una gran opción, pero sí que es cierto que una editorial te dará entre un 8 y un 12 % (¡ja!) del P.V.P. (Precio de Venta al Público) de cada libro en papel y, ese porcentaje, puede incrementarse hasta el 50 % en un libro digital (aunque son más habituales porcentajes como el 20 o el 30 %, según he podido saber). El contratiempo aquí es que un libro en papel tendrá un coste de, por lo menos, 15-18 € de P.V.P. mientras que un libro digital suele ser la mitad o una tercera parte de este importe.

Soy LA EDITORIAL y aquí mando yo, escritorzuelo de chichinabo.

En España, hay alrededor de 3.800 editoriales, un 0,001 % (por inventarnos una cifra ridícula, pero bueno, 4 o 5: Planeta, Penguin Random House Mondori, etc.) son grandes empresas editoriales, menos de un 1 % son editoriales medianas y la gran mayoría son pequeñas editoriales que están como locas buscando nuevas voces para generar ingresos. En teoría, con estas cifras parece ser que siempre hay una editorial para un buen libro. Como contrapartida, mientras que Planeta puede publicar 300 títulos cada año, una editorial pequeña o mediana tiene que intentar asegurarse el tiro mucho más, pero también hace que estén (las pequeñas, o medianas, digo) mucho más predispuestas a las nuevas voces.

Por descontado, eso no tiene nada que ver con la editorial que tú buscas para tu libro: está claro que ya puedes ser bueno o buena, si quieres debutar en las grandes ligas, pero oye, ¿quién sabe? En cualquier caso, el tamaño de muchas de estas editoriales agrega otro problema: a veces, es difícil rastrear qué línea editorial (o filosofía) siguen y comprobar si puede encajar bien con tu manuscrito. Esta es una de las típicas situaciones donde entra, o puede entrar, el agente literario.

¡Está claro! Lo que necesito es un… agente literario (bueno, o quizá no)

En mi caso, mientras escribía la novela, una gran agencia literaria estuvo interesada en el texto, pero, al final, aquello quedó en nada. Me lo dijeron clarito: «Chaval, esto es un negocio y los nuevos autores os tenéis que buscar la vida.» Más allá de esta primera toma de contacto, tengo sentimientos contradictorios con los agentes, pero no solo por mi (muy breve) experiencia. Te explico. Una agencia es un empujón muy grande para la carrera literaria de cualquiera: a priori, una vez te acogen bajo su ala, se debería partir los cuernos para conseguirte una editorial e incentivar la promoción de la obra, porque se van a llevar alrededor del 15 % de todos tus ingresos. No obstante, hay un problema. Puede que una gran agencia «lleve» a demasiados autores para centrarse en promocionar tu trabajo y, todo lo contrario, que una pequeña no tenga los recursos reales para que, llegado el caso, valga la pena renunciar a ese porcentaje (nada desdeñable) de ingresos por el impulso que le va a dar a tu perfil profesional.

Suele decirse que, durante la promoción, donde no llega la editorial, llega la agencia, pero, de nuevo, dependerá del tamaño de la agencia. Aun así, hay un tercer contratiempo que no deja de ser el más jodido: si quieres agente, toca duplicar el trabajo y el tiempo de búsqueda, ya que conseguir que una agencia se fije en ti no difiere demasiado de las acciones que debes llevar a cabo para buscar editorial. Por supuesto, si no has terminado desesperándote por el camino, una vez cuentes con un agente, habrá un contrato formal entre ambos que protegerá a todo quisqui (a ellos, a ti) y un plus de seguridad ante posibles abusos con la edición.

¿Y qué coj*** hago? Consejos sobre cómo mandar el manuscrito a las editoriales

Bueno, así está el panorama. Con el manuscrito en la mano, te cogen dudando sobre agente sí o agente no. Al final, es una decisión personal y, si te publican y te haces un J.K. Rowling, luego las agencias sí que se van a tirar de los pelos por ti. Pero a miles de kilómetros del país de la piruleta, la realidad es que tanto agencias como editoriales están hartas de tanto manuscrito. Olvídate de que le echen un ojo a libros con errores de ortotipografía o estilo, que no peguen con su línea editorial o que tengan 500 páginas: si nunca has publicado, 200 hojas ya son palabras mayores (existe una tendencia a la baja desde hace una década).

Se han puesto exquisitos y, en parte, hay que entenderlo: leía en el blog de la editorial Letra de palo algunos de los porqués (modelo de negocio, riesgos tangibles e intangibles, etc.) y, ¿qué quieres que te diga? Se entiende. Piensa que esto no es el mundo contra los escritores/as, siempre hay otras variables a tener en cuenta.

Si tras leer tu manuscrito (un fragmento, por regla general), la editorial considera que es una buena oportunidad de negocio, lo siguiente que harán será encargar una lectura profesional (una buena opción, si te la puedes permitir, es hacer este ejercicio antes de enviar el manuscrito y contratar tú a un lector profesional). Una vez hecha la lectura o lecturas, el profesional escribirá dos informes para la editorial (uno literario, otro comercial) y esta tomará la decisión final (que, a estas alturas, si el lector ha dado el OK será… que sí, hombre, que te publican casi seguro).

Los tiempos son otra historia. Desde que enviaste tu manuscrito a la editorial hasta que recibes respuesta —si la recibes, porque hay cientos de agencias y editoriales con el típico mensaje del si no te decimos nada en tres meses, ¡te hemos descartado, majete!— pueden pasar desde 60 días a medio año sin problemas. Al fin y al cabo, lo mejor es meterse en la cabeza que el tiempo de un escritor poco tiene que ver con el de un editor o el de una editorial, que no deja de ser una empresa.

Procrastinar: definición gráfica.

¿Y qué podemos hacer entonces? Primero, asegurar la jugada (editorial correcta, buena historia, estructura profunda y superficial equilibrada, sin un excesivo número de páginas) y acompañarlo de un correo, una carta de presentación y una propuesta editorial que hablen bien de nosotros y que no den pie a malas interpretaciones.

Tras múltiples cagadas, a mí hay dos cosas que se me han quedado grabadas: la importancia de la sinopsis argumental (y sus diferencias con una sinopsis literaria, que seguro que nadie te ha pedido) y que ni dios deje su trabajo para hacerse rico con la escritura. Puede pasar, claro, ahí están Bukowski, Harper Lee o Faulkner, pero nadie te asegura que, de un día para el otro, vas a poder vivir de tus textos: es más, el porcentaje que lo consigue solo de sus novelas es irrisorio y son escritores con varios best-sellers a cuestas. Sobre esto último, tengo una opinión en gradación de grises, así que voy a matizarla: si bien creo que no tener un sostén económico es más limitante que dedicar unas horas diarias a una actividad laboral distinta a la escritura (y he tenido la oportunidad de no trabajar durante un periodo de tiempo y ver cómo afectaba a mi escritura), también considero que hay trabajos que te condicionan más que otros: en mi caso, un trabajo mecánico o burocrático, por ejemplo, me limitaría mucho, mientras que un trabajo más creativo o de dirección, no me supone tantos problemas para compaginarlo con escribir unas horas al día. Además, aunque no siempre se tiene en cuenta, los derechos de autor se cobran una vez cada año (por norma, entre marzo y abril). Mucha pasta hay que sacar de las ventas anuales para aguantar doce meses sin trabajar en nada más…

En aquella clase de la escuela de escritura también nos hablaron del índice Nielsen, de cuándo y por qué plantearse publicar con seudónimo, de certámenes y concursos literarios. Todo eso queda para otro artículo que ya aparecerá por aquí, supongo yo. Por ahora, si me tuviera que quedar con algo, es que hay que seguir creyendo en lo que uno hace, reservando esa voz crítica que todos tenemos para cuando resulta necesaria (durante las reescrituras, cuando toca asumir fallos, etcétera) y relativizar, porque, incluso cuando publicas, los derechos de autor llegan cuando llegan y los pagos son los que son, que a muchos nos vendieron lo de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, pero mucho hay que escribir para comprarse un chalé con piscina (y no es negociable lo de la puta piscina) para el niño, el perro y el árbol.


NdA: Creo que ha sido cosa del subconsciente lo del delirio cincuenta y siete, porque me acabo de acordar de que Luria ha publicado, no hace mucho, Cómo matar a un lector. 57 métodos al alcance de todos los novelistas. Y aunque no soy yo muy fan de los manuales de escritura, por aquí lo tengo, y lo he leído dos veces ya, y lo he disfrutado ambas.