Delirio número 57: «Enviar el manuscrito a una editorial y ser aceptado a la primera»

Hace un par de años, creía que tenía el manuscrito de una novela y, en realidad, no tenía nada. El bofetón siempre es duro, pero cuanto antes mejor. Por esas fechas visitaba, a menudo, Miserias literarias, una bitácora (a ese blog «vintage» hasta le pega el concepto, que ya es pelín matusalénico) en la que un tipo, que decía ser escritor y llamarse José (vete tú a saber), solventaba dudas habituales de juntaletras novel. Aunque no se estila mucho, esas entradas aparecen, de vez en cuando, por Internet: El Huffington Post, por ejemplo, conserva otro texto del escritor-barra-guionista Carlos García Miranda en el que trata temas de contratos, royalties, agentes y algo, a priori, tan obvio como presentar a la editorial un libro terminado. Dicho así, parece una tontería escribir sobre estas cosas, pero es que ni dios te cuenta cómo se maneja el mercado y cómo debes moverte tú en él, ¿sabes? O sea, que al final es útil de cojones y esa gente vale un potosí.

—Escribir una buena novela es como pelar una naranja…
—¡Eh! ¡Aquí no hemos venido a ver pelar naranjas!

Si eres seguidor de este blog desde hace tiempo, quizá te sorprenda que yo comente algo así, ¿no? Puede que te suene que, a finales de 2016, publiqué un libro de ensayo a través de la editorial Diversa Ediciones (De cómo los animales viven y mueren), por lo que, de entrada, lo lógico sería pensar que tuve que patearme una decena de editoriales hasta dar con una que quisiera publicarme un libro de ética, pero no. En esto tuve una flor en el culo: fueron los editores quienes se interesaron por algunos de mis textos. La parte mala es que, ahora que tengo un manuscrito de novela que empezar a mover, poca idea tenía de por dónde empezar (si te pasa algo similar, yo empecé por aquí: «12 pasos para enviar tu manuscrito a una editorial y que no vaya directo a la basura»). En fin, a lo que iba: pese a los dolores de cabeza, o quizá gracias a ellos, me he dado cuenta de que, a quienes nos gusta escribir y tratamos de publicar, hay muchos asuntos que nos quitan el sueño —desde el bloqueo del escritor a la espera de respuesta por parte de una editorial o el por qué sí/por qué no frente a la autopublicación—, así que se me ha ocurrido que escribir sobre estas cuestiones puede ser divertido (y catártico, incluso).

Un manuscrito, ¿eh? Le responderemos entre 60 y 180 días: ¡suertudo!

Desde finales de 2017, si no recuerdo yo mal, asistí a un curso de año y medio sobre novela en el Laboratori de Lletres (una escuela de escritura similar a la que tienen en el Ateneo barcelonés). El primer día me convencí de que estaba en el lugar indicado, cuando el escritor Carlos Luria nos dijo que leer era mucho más de la mitad de escribir (porque siempre lo he creído), y senté el culo en una de esas sillas del aula con suelos de baldosa hidráulica y techos de molduras blancas, y escuché, reí, garabateé folios y disfruté como un enano.

Una de las últimas clases de aquel curso extensivo, Luria la reservaba para hablarnos sobre el sector editorial y, cuando me flojea un poco ánimo de «intento de novelista», son esas notas las que me sirven para relativizar, coger fuerzas y volver a la carga una vez más. Se trata de un popurrí de apuntes similar a esta entrada de Tregolam sobre cómo mandar un manuscrito a editoriales españolas, pero también ofrece claves para entender por qué te puedes dar con un canto en los dientes si una editorial te envía un acuse de recibo y un tiempo estimado en el que aceptar o rechazar el manuscrito que les has enviado.

Bueno, allá vamos. Seas quien seas, espero que te sirvan.

¡Hola, buenas, editorial española! ¿Cómo está usted de salud?

¿Hay una crisis del sector editorial? Ni de coña. Las ventas de 2018 subieron un 6,6 % frente a las de 2017 después de continuas caídas hasta el 2009/2010. De todos esos libros, el digital creció un 17 % y ocupa un 5 % del mercado (el gran bum del libro digital, por ahora, no se ha producido): esta cifra, que no parece muy relevante frente al total, a mí me indica que optar solo por publicar en formato «eBook» tiene poco sentido, sin embargo, no me atrevería a decir que no hay ningún autor/a en la faz de la Tierra que se gane la vida publicando (únicamente) en digital. Por el volumen de mercado, no me parece una gran opción, pero sí que es cierto que una editorial te dará entre un 8 y un 12 % (¡ja!) del P.V.P. (Precio de Venta al Público) de cada libro en papel y, ese porcentaje, puede incrementarse hasta el 50 % en un libro digital (aunque son más habituales porcentajes como el 20 o el 30 %, según he podido saber). El contratiempo aquí es que un libro en papel tendrá un coste de, por lo menos, 15-18 € de P.V.P. mientras que un libro digital suele ser la mitad o una tercera parte de este importe.

Soy LA EDITORIAL y aquí mando yo, escritorzuelo de chichinabo.

En España, hay alrededor de 3.800 editoriales, un 0,001 % (por inventarnos una cifra ridícula, pero bueno, 4 o 5: Planeta, Penguin Random House Mondori, etc.) son grandes empresas editoriales, menos de un 1 % son editoriales medianas y la gran mayoría son pequeñas editoriales que están como locas buscando nuevas voces para generar ingresos. En teoría, con estas cifras parece ser que siempre hay una editorial para un buen libro. Como contrapartida, mientras que Planeta puede publicar 300 títulos cada año, una editorial pequeña o mediana tiene que intentar asegurarse el tiro mucho más, pero también hace que estén (las pequeñas, o medianas, digo) mucho más predispuestas a las nuevas voces.

Por descontado, eso no tiene nada que ver con la editorial que tú buscas para tu libro: está claro que ya puedes ser bueno o buena, si quieres debutar en las grandes ligas, pero oye, ¿quién sabe? En cualquier caso, el tamaño de muchas de estas editoriales agrega otro problema: a veces, es difícil rastrear qué línea editorial (o filosofía) siguen y comprobar si puede encajar bien con tu manuscrito. Esta es una de las típicas situaciones donde entra, o puede entrar, el agente literario.

¡Está claro! Lo que necesito es un… agente literario (bueno, o quizá no)

En mi caso, mientras escribía la novela, una gran agencia literaria estuvo interesada en el texto, pero, al final, aquello quedó en nada. Me lo dijeron clarito: «Chaval, esto es un negocio y los nuevos autores os tenéis que buscar la vida.» Más allá de esta primera toma de contacto, tengo sentimientos contradictorios con los agentes, pero no solo por mi (muy breve) experiencia. Te explico. Una agencia es un empujón muy grande para la carrera literaria de cualquiera: a priori, una vez te acogen bajo su ala, se debería partir los cuernos para conseguirte una editorial e incentivar la promoción de la obra, porque se van a llevar alrededor del 15 % de todos tus ingresos. No obstante, hay un problema. Puede que una gran agencia «lleve» a demasiados autores para centrarse en promocionar tu trabajo y, todo lo contrario, que una pequeña no tenga los recursos reales para que, llegado el caso, valga la pena renunciar a ese porcentaje (nada desdeñable) de ingresos por el impulso que le va a dar a tu perfil profesional.

Suele decirse que, durante la promoción, donde no llega la editorial, llega la agencia, pero, de nuevo, dependerá del tamaño de la agencia. Aun así, hay un tercer contratiempo que no deja de ser el más jodido: si quieres agente, toca duplicar el trabajo y el tiempo de búsqueda, ya que conseguir que una agencia se fije en ti no difiere demasiado de las acciones que debes llevar a cabo para buscar editorial. Por supuesto, si no has terminado desesperándote por el camino, una vez cuentes con un agente, habrá un contrato formal entre ambos que protegerá a todo quisqui (a ellos, a ti) y un plus de seguridad ante posibles abusos con la edición.

¿Y qué coj*** hago? Consejos sobre cómo mandar el manuscrito a las editoriales

Bueno, así está el panorama. Con el manuscrito en la mano, te cogen dudando sobre agente sí o agente no. Al final, es una decisión personal y, si te publican y te haces un J.K. Rowling, luego las agencias sí que se van a tirar de los pelos por ti. Pero a miles de kilómetros del país de la piruleta, la realidad es que tanto agencias como editoriales están hartas de tanto manuscrito. Olvídate de que le echen un ojo a libros con errores de ortotipografía o estilo, que no peguen con su línea editorial o que tengan 500 páginas: si nunca has publicado, 200 hojas ya son palabras mayores (existe una tendencia a la baja desde hace una década).

Se han puesto exquisitos y, en parte, hay que entenderlo: leía en el blog de la editorial Letra de palo algunos de los porqués (modelo de negocio, riesgos tangibles e intangibles, etc.) y, ¿qué quieres que te diga? Se entiende. Piensa que esto no es el mundo contra los escritores/as, siempre hay otras variables a tener en cuenta.

Si tras leer tu manuscrito (un fragmento, por regla general), la editorial considera que es una buena oportunidad de negocio, lo siguiente que harán será encargar una lectura profesional (una buena opción, si te la puedes permitir, es hacer este ejercicio antes de enviar el manuscrito y contratar tú a un lector profesional). Una vez hecha la lectura o lecturas, el profesional escribirá dos informes para la editorial (uno literario, otro comercial) y esta tomará la decisión final (que, a estas alturas, si el lector ha dado el OK será… que sí, hombre, que te publican casi seguro).

Los tiempos son otra historia. Desde que enviaste tu manuscrito a la editorial hasta que recibes respuesta —si la recibes, porque hay cientos de agencias y editoriales con el típico mensaje del si no te decimos nada en tres meses, ¡te hemos descartado, majete!— pueden pasar desde 60 días a medio año sin problemas. Al fin y al cabo, lo mejor es meterse en la cabeza que el tiempo de un escritor poco tiene que ver con el de un editor o el de una editorial, que no deja de ser una empresa.

Procrastinar: definición gráfica.

¿Y qué podemos hacer entonces? Primero, asegurar la jugada (editorial correcta, buena historia, estructura profunda y superficial equilibrada, sin un excesivo número de páginas) y acompañarlo de un correo, una carta de presentación y una propuesta editorial que hablen bien de nosotros y que no den pie a malas interpretaciones.

Tras múltiples cagadas, a mí hay dos cosas que se me han quedado grabadas: la importancia de la sinopsis argumental (y sus diferencias con una sinopsis literaria, que seguro que nadie te ha pedido) y que ni dios deje su trabajo para hacerse rico con la escritura. Puede pasar, claro, ahí están Bukowski, Harper Lee o Faulkner, pero nadie te asegura que, de un día para el otro, vas a poder vivir de tus textos: es más, el porcentaje que lo consigue solo de sus novelas es irrisorio y son escritores con varios best-sellers a cuestas. Sobre esto último, tengo una opinión en gradación de grises, así que voy a matizarla: si bien creo que no tener un sostén económico es más limitante que dedicar unas horas diarias a una actividad laboral distinta a la escritura (y he tenido la oportunidad de no trabajar durante un periodo de tiempo y ver cómo afectaba a mi escritura), también considero que hay trabajos que te condicionan más que otros: en mi caso, un trabajo mecánico o burocrático, por ejemplo, me limitaría mucho, mientras que un trabajo más creativo o de dirección, no me supone tantos problemas para compaginarlo con escribir unas horas al día. Además, aunque no siempre se tiene en cuenta, los derechos de autor se cobran una vez cada año (por norma, entre marzo y abril). Mucha pasta hay que sacar de las ventas anuales para aguantar doce meses sin trabajar en nada más…

En aquella clase de la escuela de escritura también nos hablaron del índice Nielsen, de cuándo y por qué plantearse publicar con seudónimo, de certámenes y concursos literarios. Todo eso queda para otro artículo que ya aparecerá por aquí, supongo yo. Por ahora, si me tuviera que quedar con algo, es que hay que seguir creyendo en lo que uno hace, reservando esa voz crítica que todos tenemos para cuando resulta necesaria (durante las reescrituras, cuando toca asumir fallos, etcétera) y relativizar, porque, incluso cuando publicas, los derechos de autor llegan cuando llegan y los pagos son los que son, que a muchos nos vendieron lo de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, pero mucho hay que escribir para comprarse un chalé con piscina (y no es negociable lo de la puta piscina) para el niño, el perro y el árbol.


NdA: Creo que ha sido cosa del subconsciente lo del delirio cincuenta y siete, porque me acabo de acordar de que Luria ha publicado, no hace mucho, Cómo matar a un lector. 57 métodos al alcance de todos los novelistas. Y aunque no soy yo muy fan de los manuales de escritura, por aquí lo tengo, y lo he leído dos veces ya, y lo he disfrutado ambas.

Los seres humanos pensamos con los pies

Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Ellos lo sabían: los seres humanos pensamos con los pies. Esta frase no es mía, se la he robado a un redactor de El País que escribió un buen artículo acerca de escritores caminantes. Caminar es el germen de aquel viejo consejo que ya es cliché: ¿quieres escribir? ¡pues sal a hacer cosas! ¡Ay, si salieras a vivir más! ¿Es cierto? Dependerá: en la otra orilla están Proust, Salinger, Harper Lee, Thomas Pynchon, Hunter S. Thompson… ¿necesitaban ellos hacer cosas para escribir?; ¿vivía su escritura de ideas y recuerdos? ¿Qué puede más? ¿El hacer o el imaginar?

Dicen que José Saramago nunca escribía más de dos páginas al día. Sus jornadas de trabajo eran largas, aun así, pero no gastaba demasiado papel. Se ponía frente a la máquina de escribir y tecleaba un par de folios sin prisa. También el escritor Josep Pla se lo tomaba con calma: cuando se atascaba buscando un concepto, mandaba a tomar por culo la inercia narrativa y se liaba un pitillo pensando qué palabra faltaba por ahí. No es ningún secreto que Javier Marías se hace pajas mentales intentando no perder el ritmo narrativo —y eso se traslada a sus novelas de maravilla— o que Juan Marsé no trabaja nada como los inicios de sus novelas, en los que se obliga a recoger la esencia de toda la historia.

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El río Besós a la altura de las casas baratas del Bon Pastor (Barcelona, 1929).

Yo no he podido escribir todo lo que he querido este año, pero sí he podido conocer mejor mi propia escritura: algo es; un consuelo pa’tontos, pero algo es. Sé, por ejemplo, que para escribir tengo tanto que hacer como imaginar, pero sobre todo hacer: moverme; si quiero llevar una escena sobre el río Besós, tengo que ver ese río, u otro río, y poder imaginar y describir esos mojones como submarinos de grandes de los que hablaba Pérez Andújar o esas riadas de octubre que, en otro tiempo, hubiesen mandado a tomar por culo los pisos de los charnegos de Badalona (ahora ocupados por inmigrantes chinos y árabes). Debo tener tiempo para pensar qué decir, que parece una obviedad, pero no lo es: porque no es sencillo escribir siendo pobre; porque la vida literaria siempre fue para los ricos, que son aquellos que pueden conjugar, sin grandes esfuerzos, tiempo y talento. Hay que tener tiempo para desarrollar ideas y para tirarlas a la papelera sin piedad, y salvar retazos, y construir historias, y sacar brillo, y que reluzca. Pero todo lo anterior es nada si uno no se toma el tiempo de consumir —siempre en papel— las vidas de otros.

Cuando palmó Umbral, que me parecía un tipejo horrible y un lector inconmensurable (pero de eso ya hablé), los magacines y la prensa se hicieron eco de aquella locución latina del pienso, luego existo trasladándola al consumo, luego escribo; y jamás a la inversa. Lo que pasa es que se nos olvida, o no hay tiempo —ya lo he dicho por ahí arriba— o está Netflix subiendo más y más series. Hay quien la caga creyendo que leer no es trabajo, sino el hacer, pero, de un modo u otro, leer también es parte de ese caminar. La escritura no es más que un destilado de las letras de otros: la traslación del recuerdo a la actualidad a través del presente en Patria, la perfecta ejecución de un inicio que obliga a seguir leyendo en Superviviente —y en la mayoría de novelas de Chuck Palahniuk—, el adentrarse en la mente del protagonista como álter-ego del escritor, el hablar con los muertos y cómo hacerlo con la puntuación que nos salga del cimbrel (o del horcate) entre imágenes certeras y ensoñaciones, y gaseosa en los oídos, con Marsé, y Chispa, y David, y el piloto del Spitfire…

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Detalle de Saturno (Peter Paul Rubens, 1636)

Los americanos saben mucho de todo esto: son la hostia en los inicios y creando imágenes potentes, como las de Jonathan Franzen, a quien apenas he leído, o David Foster Wallace, a quien empiezo a leer. ¿Quieres ver cómo late Nueva Orleans entera al ritmo de los pasos de un gordo antisocial? La conjura de los necios. Nosotros aquí teníamos La colmena de Cela, pero, al final, idolatramos El ruido y la furia, también con razón; igual que hacemos con la mayoría de historias de Gabriel García Márquez, que nos enseñan cómo apuntalar el inicio de una historia desde aquella muerte anunciada. Y, a partir de aquí, toca despiezar el mecanismo que nos obliga a seguir leyendo y a adentrarnos en la construcción del mundo. Como lectores, porque no podemos hacer otra cosa; como escritores, porque tenemos la obligación de arrancarle las tripas a ese cosmos y devorarlo sin prisas, con el anhelo de que una parte de todo lo allí presente germine en nuestro interior.

Dos libros que no fueron un inicio

El martes pasado llegó un correo de una de las grandes marcas españolas que son sinónimo de literatura. No, no podían acoger mi relato sobre Caos; pero no fue una total negativa, sino otro empujón hacia delante. Uno bien grande, aunque no puedo decir más por ahora. Un empujón que también me ha hecho ver que las cosas no van a ser más fáciles, y que hay que seguir trabajando día a día.

Por eso, hoy os traigo algunos de los textos que me gustaría rendir. Borradores que rayé incontables veces, y ensucié en papel; borradores que no han encontrado su sitio en el mercado tradicional —o quizá nunca lo tuvieron—, y, sobre todo, borradores para los que ha llegado la hora de despedirse y seguir hacia delante. Textos que deseo dejar marchar; relatos que recuerdo con cariño, y otros con los que he terminado por reconciliarme, pero historias cuyo tiempo ya ha pasado.

Caos (Cala Blava)
Caos en Cala Blava (Mallorca)

Los traigo hasta aquí y los despido; para poder concentrarme en nuevos proyectos y en seguir trabajando en aquellos que todavía no han llegado allí donde me gustaría que lo hicieran. No serán los únicos; por lo menos, habrá dos animaladas más que quería haceros llegar antes del Día del Libro, pero que, por mi parte, intentaré que no las alcance el verano; y eso será suficiente.

En definitiva, lo prometido es deuda. Podéis encontrar los catorce relatos en dos recopilaciones gratuitas; no obstante, si creéis que os pueden gustar (¡apuesto a que sí!) y, además, queréis echarme un cable, podéis aportar vuestro pequeño grano de arena en Amazon para Siete historias de histeria (0,99 €) e Insolación (2,99 €).

Gracias por seguir aquí.


Enlaces de descarga gratuita

Qué escribo al salir del blog

Muchos Algunos sabrán que escribo un blog. Este blog, concretamente. Aquí la escritura es sanadora, expresiva, sincera; es ken bugul: absoluta necesidad.

Pero también es ambivalencia; constantes subidas y bajadas, como un trayecto en montaña rusa con los ojos cerrados, como una incertidumbre constante, como una búsqueda sin objeto.

Desde pequeño ha sido un diálogo conmigo mismo y, más tarde, una forma de afectar a mi realidad. Porque, hoy, la escritura también es eso: una conexión con un tercero, al que hasta la aparición de la red no podíamos ponerle cara, ni hablar con él (o ella) de igual a igual.

Desde que comprendí eso, me encanta volver al blog. Se trata de mi Fortaleza de la Soledad —como ya expliqué—, pero también de un espacio mucho más real que unas hojas repletas de borrones sobre el escritorio. Esos textos conforman otra realidad, una muy distinta y, hasta cierto punto, menos real que la primera; quizá algún día se convierta en un discurso que forme parte de todas las realidades de quienes los lean, como le ocurrió a Tolkien, Bukowski, Bradsbury, Saramago… Quizá no.

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Bueno, es Gonzo, ¿o no?

En eso, todos los escritores —sean mejores o peores— son iguales; son parte de su público, generadores de otros cosmos, de universos que se superponen, de mundos que ni tan siquiera llegarán a conocer; pero solo en internet estos se pueden ver, de algún modo, afectados por el lector.

Los blogs asesinan al taller literario —lo dijo hace unos cuantos años Hernán Casciari antes de repatriarseNadie aprende más que a base de palos, de errores, de intentar contar una historia que solo él conoce. Pueden darte un bolígrafo, un iMac, una cámara o un pincel, pero solo tú puedes definir qué es un artista y qué un artesano.

Visto así, el blog puede resultar para muchos el perfecto laboratorio. Aquí será el visitante quien llegue y defina dónde está el oro y dónde la mierda, quien nos aconseje otros temas e incluso quien relacione las ideas entre sí. Tú le ofrecerás parte de tu vida interior, algunas líneas que se pasean distraídas por el córtex cerebral, él o ella juzgará sin piedad tras la máscara del anonimato.

Mientras no escribas para ellos, todo irá bien. Si sigues este precepto, te asegurarás de que la escritura pueda convertirse en literatura, y no en mero exhibicionismo.

Escritor y muelle loco
¿No se te ocurre qué escribir? Ten a mano el «muelle-loco» de los noventa…

Llegará el día en el que te preguntarás: ¿puede uno escribir sin público? ¿Debe hacerlo acaso? La respuesta la encontrarás a medida que saborees ese proceso en el que unas líneas cobran vida; tachadas, elevadas de nuevo, asesinadas y regeneradas hasta dejarlas libres en algún lugar.

Antes, el desarrollo quedaba en la sombra; oculto; encerrado hasta que alguien con verdadera potestad podía liberarlo. Hoy, podemos lanzar infinitos mensajes al público, y ahí está el reto siguiente, en saber cuáles lanzar y cómo hacerlo.


Por eso escribo al salir del blog; por eso escribo a mano en una libreta que luego abandono cruelmente en cualquier rincón, y en hojas en blanco en las que no creo. También escribo historias para mí, y para los míos, que a menudo oculto e incluso termino por destruir.

Por algo así me he llevado algunos textos hacia otro lugar; aunque estén terriblemente vinculados a este espacio, porque esto es mi blog, y aquello es un cajón donde empezar a guardar todo lo que que ya no cabe en el escritorio.

Lo sé. Para los demás, no tiene mucho sentido. Pero lo tiene para mí.

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Te invito a echar una ojeada en jruiz.es, mi página web; encontrarás algunos de mis textos, en especial, relatos y microrrelatos.

¿Voy a ser escritor?

Decía Raoul Duke frente al desierto del Mojave: Toda la energía fluye según los designios del Gran Imán. ¡Qué tonto fui al desafiarlo! Y yo, esta semana, me he sentido de un modo similar al ver todo lo que se me viene encima.

Os cuento.

Todo indicaba que, antes o después, alguien se interesaría por algo de lo que había escrito hasta el punto de lanzarse al vacío, de apostar por mí, de poner algunas fichas en un par de números de la ruleta; ¿le puedes culpar? también yo lo hice, apostando siempre, siempre, siempre al rojo, porque durante un tiempo lo veía todo demasiado negro.

Miedo y asco en Las Vegas (fotograma)

¿Qué ocurre entonces? La gente dice que, en ese instante, todo cambia. Dejas de no ser nada para convertirte en escritor. Abandonas ese estado etéreo en el que se mezclan conceptos como éxito y fracaso, pasatiempo, dinero, oficio, pérdida de tiempo; lo orientas hacia una certeza, algo que es, y que incluso puede llegar a convertir lo incierto en verdad.

Todo dios piensa así. Los suficientes, al menos. Suficientes para ser considerados una mayoría. Para alcanzar ese número difícil de concretar que convierte a una cifra en colectividad. Supongo que casi nadie entiende que escribir no es ser: es necesidad. Escribir es crear, convertir, transformar, vivir; y nadie tiene poder para negar aquello que no le pertenece.

En público, todo quedará a merced de las opiniones, de poder crecer y, si trasciende, respirará más allá de mí. Me encantaría verlo; ¿cómo será eso de ser fuera de uno mismo? No se me ocurre nada más humano.

Big Fish (película)

Por todo ello, seguiré escribiendo, porque no hay otra forma de vivir; si algo se extiende, vivirá por más tiempo; si no lo hace, permitirá que alguien que solo puede sentirse pobre de un modo, siga siendo afortunado.

Escribir o no ser

DON’T TRY.

Charles Bukowski

Cuando era pequeño quería ser abogado, y creo que mi padre estuvo un tiempo muy feliz con la idea, saboreándola; hasta que le dije que estudiar Derecho sería perfecto para ayudar a todos aquellos que no podían ayudarse a sí mismos. Claro que yo pensaba en gente sin recursos, o que había cometido un grave error (pero sin mala intención), y no en toxicómanos, putas y ecologismo, idea que más pronto que tarde empezó a pasar por su cabeza. Yo no sabía qué era nada de todo aquello, pero supongo que él sí relacionaba conceptos —y, entre hipótesis, probablemente veía que por ahí terminaría metido. Por ello, si bien me preguntó alguna que otra vez, cuando me desencanté, ya se cuidó muy mucho de que nadie me recriminase nada.

A los quince o dieciséis quería ser una rockstar, como mis compañeros de clase, o como Axl Rose, o bueno, como Loquillo, por poner un ejemplo más castizo, o catalán (lo que sea); a los dieciocho, escritor. Y a los veinte, después de pasar por las aulas de la Facultad de Filosofía y ponerle los cuernos con las Humanidades, seguía sin saber qué hacer. A los veinticuatro, cuando acabé la carrera, tampoco tenía ni idea, y empecé a hacer cursos de corrección profesional; y aún hoy creo que no sé qué quiero, porque acabo de matricularme otra vez de Filosofía entrando en un extraño bucle circular. Sin embargo, si alguien me hubiese preguntado entonces, o ahora, le hubiese seguido contestando que quiero ser aquello por lo que todo dios te dice que te vas a morir de hambre.

Pero cuando acabé la carrera, tenía que seguir comiendo; y entonces tuve la oportunidad de trabajar en cosas que no me gustaban en absoluto (comercial, comercial a puerta fría y, por supuesto, teleoperador), y también de invertir algo de dinero en aquello que realmente llamaba mi atención: que no era corregir textos, ni filosofar, ni escribir, ni el sector digital, ni hostias; sino comunicar. De ahí, salió algo parecido a Vorágine, la empresa que creé con mi chica.

Y de momento vivo de eso, que ya es; y además, ahora, a mis clientes y colaboradores les ha dado por decir que soy web copywriter content curator. Depende del día, supongo. A veces, toca documentarse, a veces, toca escribir; y a menudo las dos cosas. Pero nada de lo que hacemos es a lo que yo me refería cuando le decía a mi padre que quería ser escritor, y aun así, de estar aquí, él seguiría sin entenderlo. Él vería que redacto y lo confundiría con escribir, y advertiría que gano (algo de) pasta, y rápidamente se cansaría de escuchar sobre mi insatisfacción vital y se buscaría alguna cosa útil (rentable) para hacer. Y eso es algo que respeto profundamente, pero no va conmigo.

De qué vive un escritor

¿Qué quiero decir con todo esto? En realidad es todo mucho más sencillo; todo se resume en que segmentar las cosas hasta ciertos niveles es una payasada. La gente —sea el frutero, una agencia de marketing o un publicista— busca a alguien que les saque las castañas del fuego (analogía muy otoñal), es decir, que les ofrezca garantías de que, aquello en lo que invierten, funcionará; de que aquel dinero invertido, volverá. ¿Y no es eso lo que quiere cualquiera cuando compra? Pues eso no es escribir, es redactar; al igual que escritor no es aquel que publica obras de éxito, sino aquel que escribe sin preocuparse del qué pensarán.

En cambio también he aprendido que tienes que hacer aquello que te gusta, porque es la forma más natural de aprender cualquier cosa; se trate de artes marciales, de pintar o de escribir, e incluso de adiestrar animales o de plantar tomates. Lo que sea.

No es tan difícil encontrar a gente a quien le apasione lo mismo que a ti; a veces, solo es miedo. A mí me encanta escribir, y hacerlo con toda la corrección con la que soy posible, y si conviertes eso en rentable, encontrarás mucha más gente a quien le guste lo que haces. Quizá no encuentres a nadie que te convierta en un best-seller, pero si juegas bien tus cartas, estarás trabajando en algo similar a lo que te gusta (redactor, publicista, columnista…) y reservándote el derecho a vender aquello por lo que te ofrecen menos de lo que tú crees que vale.

Por último, aclarar a qué coño viene este artículo, por llamarlo de algún modo. Porque imagino que el tono y el contenido parece de lo más extraño para el lector que suele pulular por aquí (que serán tres, o cuatro); se trata de ser conscientes de que las cosas no son como queríamos (nunca lo serán), y de que quizá tenemos que reinventar el camino; y también de ser muy conscientes de que podemos patalear, o maldecir, pero al final nadie te va a venir a explicar que, a lo mejor, tienes que seguir intentándolo o probar todas esas otras cosas que rondan por tu cerebro. Eso sí, nada de eso está aquí.

Y deja de lloriquear, porque te aseguro que no funciona.