¡Solo queríamos votar!

Había un grafiti entre los escombros que gritaba en mayúsculas: ¡SOLO QUERÍAMOS VOTAR! Lo que no he visto en ninguna otra pared de Barcelona es una respuesta de los «partidarios de la unidad de España», como han rebautizado TVE y Mediaset a neonazis y fachas de la bandera del aguilucho. Tampoco el estado ha dado respuesta, más allá de las aburridas comparecencias de Grande-Marlaska en las que no dice nada (pero bueno, en la misma línea en la que a Torra también le suda la polla todo: diciéndole a la peña, el lunes pasado, que «revolució» y, «a luego» te saco los Mossos d’Esquadra para que te «atonyinin una miqueta»). Una buena respuesta desde la clase política española podría ser: «Nosotros teníamos mejores cartas», ¿no? Entre otras (cartas), parece ser que cuentan con el monopolio de la violencia (institucionalizada, eso sí) y la posibilidad de dictar sentencia sobre qué es y qué no es democracia, pasándose por la piedra el concepto en sí (que es lo más interesante de todo) mediante un tribunal de justicia superior o el mismísimo Tribunal Supremo: en fin, este cuento ya nos lo sabemos.

Lo de siempre: la violencia nunca está justificada, pero en estas hospedas ocurre hasta en las mejores familias: en pequeños grupos de radicales, en la policía, policía y policía y, sí, también en todos esos que oyen tangana y vienen corriendo de dentro y de fuera: ahí están los seis meses de reivindicaciones de los chalecos amarillos en Francia, como ejemplo, del que podríamos aprender mucho de gestión de una crisis, por cierto. No obstante, creer que el estallido de ira acumulada tras la sentencia a los líderes del «procés» (de 9 a 13 años, recuerdo) no iba a generar tensión social es ser muy crédulo o querer creerte tus propias tonterías. Si la excusa de «es que son momentos de tensión» vale para la policía (que son gente entrenada y profesional), también tendríamos que aceptar barco para los manifestantes con los ánimos encendidos, ¿o no? Espera, ¿será que interesa dejar el foco aquí? ¿Quién se acuerda ahora de cómo empezó esto? ¡Si casi es historia ya! Mientras se incendia Barcelona y se plantean semanas enteras de continuas movilizaciones, ¿quién habla de por qué ningún político se ha sentado a hablar (más lentamente o menos lentamente, ojo) sobre si una autonomía puede o no independizarse, sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos, sobre lo que es justo o democrático, sobre posibles soluciones a todo esto? A lo mejor deberíamos recelar de aquel que no quiere hablar nunca de lo que pueden hacer catalanes y españoles para convivir en armonía, ¿no? En este caso y, hasta donde yo sé, los noes siempre llegan del mismo sitio… y son rotundos.

No creo que, ahora mismo, importe mucho si la oligarquía catalana ha hecho negoci o no ha hecho negoci con el sentimiento de nación que tiene mucha gente en las cabezas: ese es el quid de la cuestión, ¿verdad? Lo que tiene mucha gente en las cabezas. Porque la búsqueda de la autodeterminación no se la han inyectado a jeringazos los Jordis, el Puigdemont, la Forcadell o el Junqueras a la peña, sino que cada uno la traía de su casa. Y esos millones de personas van a seguir luchando por lo que consideran justo (es lógico, ¿no te parece?) y, a partir de aquí, pues está genial que el estado español busque todo tipo de argumentos donde legitimarse: es que querían replantear un estatuto de autonomía similar al de otras comunidades (como Andalucía o Valencia, y se dijo que tararí), es que querían un referéndum con garantías (y no se permitió de ningún modo), es que me sacaron unas urnas a la calle (y se criminalizó la acción) y, así, hasta la DUI y más allá, que luego no era DUI, porque cuando llegan los juicios por lo penal, nos cagamos un poquito.

©Lluís Gené/AFP)

Por descontado, hay cosas mal hechas por todas partes: lo peor que veo, desde Cataluña, es cómo muchos líderes catalanes han jugado con el sentimiento de la gente (a mí esto me cuesta entenderlo, porque no tengo gen patriótico, ya me sabe mal) y de ahí los abucheos a Rufián, el desprestigio de JuntsxCAT (en gran parte, por culpa de Torra) y la rabia y la frustración de la gente que ve que aquí, igual que en España, esa gente que tiene que representarlos no está a la altura.

En esta misma línea, me preocupan las reacciones llenas de bilis de todos contra todos (masivas contra los catalanes independentistas, todo sea dicho) en prensa y redes sociales, que ya sufrió en su día el pueblo vasco, el aumento de la violencia en la calle y, por encima de todo, el silencio desde el Gobierno de España, que sigue demostrando que su hoja de ruta nunca pasará por sentarse, hablar y negociar (en relación con esto, me ha gustado el hashtag de Twitter #SpainSitAndTalk), sino por castigar, ignorar y reírse de las reivindicaciones de millones de sus ciudadanos. Triste, ¿eh?

Tras el 1-O (de 2017), el analista, columnista y escritor británico Owen Jones planteaba una analogía para definir la situación actual entre Cataluña y España que, a mí, me ha parecido siempre muy acertada. Para ello, utilizaba el ejemplo de una pareja en la que una de las partes quiere divorciarse: si no dejas que la otra parte se separe, pero tampoco quieres sentarte a hablar, a solucionar vuestros problemas, a trabajar juntos… luego, llega la violencia, la opresión, el control absoluto y pasamos de un matrimonio feliz a una relación de abuso y violencia. ¿No es aquí hacia donde vamos? O quizá ya estamos más que repanchingados por esos lares, qué coño.

Instantánea del lunes, 14 de octubre, con las primeras protestas en el aeropuerto de Barcelona. Fuente: RTVE.

Yo no quiero que mi comunidad autónoma se independice del estado, otros tantos millones de personas que pueden votar en Cataluña tampoco quieren independizarse (muchas otras sí, ya lo hemos visto), pero negarnos el derecho a decidir es propio de un estado fascista y opresor. Esto es lo que más me avergüenza de todo el embrollo. ¿Tan difícil resulta entenderlo? Si los políticos hubieran hecho su trabajo (hablar, llegar a acuerdos), nada de esto habría sucedido; si no hacen su trabajo, los problemas que salen de la calle vuelven a la calle, y explotan. Y el problema de base es el mismo de siempre: todo quisqui está intentando sacar réditos políticos y con unas nuevas generales a la vuelta de la esquina, nos vale igual ETA, que Cataluña que Venezuela.

No queremos banderas, ni circo: queremos ser

España es, hoy, quizá muy parecida a la Argentina que describía el gran (actor) Federico Luppi en Martin (Hache): «No es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro: lo que vos dijiste, puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, que es posible, que no es una utopía: es ¡ya!, mañana. Siempre te cagan. Vienen los milicos y se cargan treinta mil tipos o viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que puedes hacer, lo único que puedes pensar es en tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere, se traiciona y se hace mierda, y encima dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. Saben trabajar a largo plazo.” Salvando las distancias, descubres que no hay tantas: hay gilipollas, por todos lados.

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Imagen de archivo de ElDiario.es durante las manifestaciones del 15M en 2012.

Yo nací y crecí en Cataluña: en Barcelona. Tengo mucho de pixapins, y hasta me gusta; me identifico con quien me identifico, que, al final, es con media España, porque mi padre era un charnego que no soltó en toda su vida ni siete palabras en catalán, mi madre es de la ceba, y el resto, mezcla de culturas. En otras palabras, que hay quien se siente más de una bandera que de otra, y gente que se siente de todas, o de ninguna, de tantas que tiene uno aquí por elegir desde su barrio hasta Europa. Pero estos meses de enroque nos han dejado con una sensación agridulce de estancamiento que sabemos que le encanta al Partido Popular —ahí, M. Rajoy bien sabe que el resto se debilita siempre el triple más que ellos—. La realidad es que así como ya no existe la ciudad preolímpica en la que me salieron pelos en las piernas, tampoco existe aquella Cataluña: ahora hay dos Cataluñas, ambas intervenidas por un ciento cincuenta y cinco que mala rima tiene. Una de Arrimadas, otra de Puigdemont, pero ¿y qué? En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos. De que aquí, al margen de empresas que vienen o se van a golpe de BOE y decreto ley, de lazos amarillos, de no nos dejéis solos y del ¡a por ellos!, este país —cualquiera que elijas— ya no es.

En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos.

¿Qué le importa España o Cataluña al grueso de una generación que tiene que mendigar el coche a sus padres ya jubilados, o casi? Una generación para la que los hijos, a los cuarenta por lo menos, si no se nos ha pasado el arroz. ¿Pensionistas del estado o fondos de pensiones? Vamos, no me jodas, con ochocientos euros de sueldo al mes, y alquileres prohibitivos en las grandes ciudades; sin oportunidades de trabajar de lo que nos hicieron estudiar, ¡y a qué precio si lo conseguimos! Esos son los verdaderos problemas de España, y no se curan con banderas ni con más circo. Por eso no podemos conectar con el Partido Popular y, por el camino, hemos perdido la frescura que traía el de Pablo Iglesias. No somos menos populistas que los movimientos latinoamericanos tras los que se han escondido demasiados gobiernos en Madrid, y tampoco se entiende España más allá de estos. ¿Quieres parar la independencia? Vota Ciudadanos. Catalunya, nou estat d’Europa? Junts x Cat, y bla, bla, y blá.

Sería hora de que surgiese (o resurgiese) un movimiento que le recordase a los políticos, y a la misma política, que esta es un medio y no un fin. Que nos importan tres cojones la independencia, o Cataluña, o España en sí misma, que nos importan otros tres el circo en Bruselas, que lo que queremos es poder trabajar y vivir, y que seguimos aspirando a encontrar un sitio donde algún día caernos muertos; que dejen de jugar con nosotros, y con nuestras ilusiones, que Cataluña no está rompiendo España, porque España ya estaba rota, y sigue rota, porque los que hay arriba olvidaron quién los puso ahí, y los que hay abajo olvidaron qué coño tienen que hacer los de arriba. Nos contaminan y nos emboban, haciéndonos creer que el problema es darle un púlpito más alto a Pilar Rahola en TV-3, que JxCat y ERC no se pongan de acuerdo sobre la investidura de Carles Puigdemont, o que el Fondo de Liquidez Autonómica haya sufragado el referéndum. Esos son los problemas de otra generación, de la anterior, y nos importan tres cojones por una razón muy simple: están monopolizando nuestras vidas.