El pesimismo de un tipo feliz

Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba para dar el paso a un nuevo día, y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aún cuando eres demasiado pequeño para entenderlas.

El Señor de los Anillos: las dos torres (Peter Jackson, 2002)

Hoy, recuerdo a una lectora que viajaba entre mis letras, y, supongo, que a través de las de otros. Se hacía llamar Mamen, o Maco, y no sé cuándo desapareció. El nombre evocaba a María y a Carmen, y me visitaba todas las semanas con la familiaridad que aprueba la rutina.

No sé cómo me encontró. Ni qué buscaba. Mucho menos cuándo recordé que hacía tiempo que no se dejaba ver; a menudo, eso es Internet: anonimato, inestabilidad, fragmentos de vida. Para lo bueno, y para lo malo; para todas las Mamen que yo me alegro de reencontrar en los comentarios, y para aquellos y aquellas que se perdieron por el camino, y que nadie, excepto ellos o ellas, sabrán por dónde guían sus pasos.

Edu y Ruth (santuario)

Un día cualquiera, esa lectora dejó escrito cómo le afectaban algunas de las columnas de opinión que nacían de mí. Auguro que veía demasiado negro, o gris, y que hacía suyos los desastres que, a menudo, aquí quedan ilustrados. Estoy seguro de que lo dijo en algún comentario, antes de desaparecer; después, lo borró, como con miedo de contagiar una visión demasiado pesimista a aquellos que se movían alrededor  del blog.

Desapareció. A finales de verano, desapareció. Y, sin mirar atrás, o haciéndolo (¿quién sabe, excepto ella?) también destruyó aquellos pequeños espacios de opinión que ella misma había creado o recreado con mis textos y muchos otros: prejubilada, parece ser que se dedicaba a recoger retazos de artículos, de historias, de anécdotas, y a compilarlos a golpe de reblogueo, y de retuiteo.

Rami Adham, el Contrabandista de Juguetes sirio

Entonces, no encontré una respuesta mejor. O no le di importancia; si es así, mea culpa. Hoy, le diría que detrás de la historia de Caos, al menos un coche se detuvo en el arcén; tras cada maltrato, hay cien personas dispuestas a proteger y sanar esa herida; y que una injusticia, es, para muchos, una excusa para alzarse contra ella; le diría: «Mamen, un error pocas veces no funciona como un pretexto que reparar.»

Esas entradas representaban un toque de atención, una excusa, una llamada, o, quizá, el parpadeo que precede al cambio. No un gris, sino el verde que nace, o vuelve a brotar; una palabra que escupe contra las evasivas y hace al lector (o lectora) partícipe.

Si emociona pensarlo, imagínate hacerlo

Supongo que tendría que haberle dicho que, a menudo, aquí, todo lo que subyace no es más que el pesimismo de un tipo feliz; alguien que ha encontrado un espacio donde gritarse a sí mismo y a los orejas de cuantos se le acercan.

Quizá faltaron más entradas sobre todo lo que veo genial del mundo, o decirle que, de haber optado por esa otra alternativa, no acabábamos. Pero esos fragmentos de pesimismo parece que la hicieron huir.

O quizá tengo mis propios textos en muy alta estima.

Quién sabe.


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Algunas de las entradas que hicieron huir a Mamen; quizá también hagan que vuelva.

Cuando fuimos los… virales

Conoces esa canción, ¿verdad? Esa que dice en una de sus estrofas: «Cuando fuimos los mejores, los bares no se cerraban, se podía comprar todo, incluso nuestras almas.» Todos nos sentimos así alguna vez; anhelamos algo que tuvimos, creemos (constantemente) que, nuestra época dorada, pasó; deseamos haber hecho más, haberlo hecho mejor, o antes.

Hoy, tras  veinticinco años del nacimiento del Internet comercial, todos podemos ser famosos por un día. Se llama ser viral, convertirse en una estrella por unas horas, porque tu mensaje impacta, recuerda o vive en muchos otros. Un fenómeno que ha ocurrido también antes, en escritores, actores, dramaturgos, y más; seres con estrella que han visto cómo la espuma subía y luego volvía a caer por su propio peso.

Hemingway & Fidel Castro

No es extraño, pero ha llevado a la ruina a gente tan dispar como Javier Mariscal, Mike Tyson o Lola Flores; no es raro estar arriba, y caer. Mucha gente se ha perdido buscando otro viral, otra oportunidad; aquel sentimiento de convertir un instante irrepetible en tu modo de vida.

¿Cuánto puede decirse de Bukowski o de Hemingway? Nunca algo así. ¿Qué apelativo iba delante?, ¿borracho o poeta? No importa, ya que, en esa espiral de literatura y resacas, nadie puede negar que, antes que famosos, antes que borrachos, ambos fueron escritores por derecho propio.

Otros no han tenido esa suerte. Otros se han perdido. Sin comprender esa dicotomía del instante frente a la vida; sin entender que ser viral solo depende de ti en una parte muy, muy pequeña, y que, a menudo, supone decir las cosas a medias, decir lo que todo el mundo quiere oír.

Escribo esto porque yo fui un tío viral. Bueno, quizá lo fue Caos; desde luego, su historia lo fue, y, de un modo u otro, yo formé parte de todo aquello. Pero la historia se diluyó, gota a gota, permaneciendo en un pequeño rincón de la red; como un mensaje en una botella, cada vez más alejado de la costa, más pequeño, hasta convertirse en un recuerdo más.

Bukowski y protagonistas de Barfly

Nada perdura por siempre, y esa es una lección más que debemos tragar. Mi perro significó para mí, y lo hizo para el resto en la medida en que sus perros significaron, para todos ellos, un sentimiento similar. Eso es bueno, porque nos demuestra que somos humanos, y también que ninguno desaparecemos de repente, solo nos diluimos con el paso del tiempo; poco a poco,… sin prisa; ofreciéndonos el consuelo suficiente para decir adiós.

there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I’m too tough for him,
I say, stay in there, I’m not going
to let anybody see
you.
there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I pour whiskey on him and inhale
cigarette smoke
and the whores and the bartenders
and the grocery clerks
never know that
he’s
in there.

there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I’m too tough for him,
I say,
stay down, do you want to mess
me up?
you want to screw up the
works?
you want to blow my book sales in
Europe?
there’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I’m too clever, I only let him out
at night sometimes
when everybody’s asleep.
I say, I know that you’re there,
so don’t be
sad.
then I put him back,
but he’s singing a little
in there, I haven’t quite let him
die
and we sleep together like
that
with our
secret pact
and it’s nice enough to
make a man
weep, but I don’t
weep, do
you?

Bluebird (Charles Bukowski)

Pero hay otra. Una más importante si cabe. Una que todos debemos recordar, y no son gilipolleces como que la fama es efímera, o que debes aprovechar el día a día; bueno, también. Trata sobre la importancia de las cosas: lo que hacemos, lo que somos, lo que queremos; porque todo ello solo importa en la medida en que significa para uno mismo.

Por eso es tan importante esa entrada donde despedía a mi perro y muchas otras; no porque fuese viral, ni porque volviese gente interesada en ver qué más diría aquí; no por tener más lectores ni oportunidades de trabajo, aunque también, sino porque me permite recordar quién fui, y quiénes fuimos juntos —yo, mi perro, nosotros—, y llorar por él si quiero hacerlo, igual que por mi padre, o mis abuelos. Me permite ser yo, y puedes estar seguro de que nada hay más importante que eso.


Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que está ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
montarme un lío?
¿es que quieres
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

Pájaro azul (Charles Bukowski)

El mundo está cambiando

El mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando, hasta los hombres y las mujeres están cambiando. Dentro de mil años no habrá tíos ni tías, solo gilipollas. Transpotting (D. Boyle, 1996)

El otro día leí este artículo. No tengo la más remota idea de dónde lo saqué. Supongo que llegó a mí, igual que muchos de los que yo escribo llegan a otras personas. Eso es parte de lo que somos, parte de la magia de Internet, que no es magia, sino ciencia y tecnología.

Firmaba en el margen superior un tal Gustavo Tanaka, a quien no tenía el gusto de conocer ni tan siquiera digitalmente, y llegaba a la versión española de El Huffington Post desde Medium, una comunidad inglesa de lectores y escritores destinada a compartir todo tipo de ideas.

Estamos a punto de llegar al límite. La gente que trabaja en grandes empresas no soporta su trabajo. La falta de motivación llama a sus puertas, la sienten en su interior como un grito de desesperación.

Hechas las presentaciones, el artículo planteaba ocho puntos por los que, como algún grupo de esos de ahora que aún suena en mi radio cuando se me escapa Rock FM del dial, nada volverá a ser como antes.

Eran las siguientes: primero, la gente ya no aguanta el modelo laboral actual; segundo, hay más emprendedores; tercero, se colabora más (en el trabajo); cuarto, estamos descubriendo Internet (potencialmente); quinto, el consumismo es cada vez menor; sexto, la alimentación es más sana y orgánica; séptimo, la espiritualidad vuelve a esta presente en nuestras vidas; octavo, han aparecido nuevas tendencias educativas.

Hay mucha gente que ya se ha dado cuenta de que no tiene sentido que cada uno vaya por su lado. Mucha gente ya se ha liberado de la mentalidad de «yo me lo guiso, yo me lo como».

Para Tanaka, en suma, estos son ocho argumentos que están estructurando un nuevo orden y un cambio en los modos de vida de todos. En la traducción del artículo original, sin embargo, no tardaron en empezar a brotar comentarios sobre la imposibilidad de aplicar estas ideas a nuestra realidad. Lo menos sorprendente, no obstante, era que muchos de los rostros que lo definían como una utopía eran aquellos que parecían más enraizados en el sistema actual y que, muy probablemente, habían desacelerado consciente o inconscientemente antes de tiempo.

Me sentí muy identificado con muchas de las cosas que el tal Tanaka expresaba. Lo cierto es que, en medio de la peor crisis económica de las últimas décadas, la mayoría de mis amigos y conocidos trabajan en cosas que no les gustan, y pese a lo que avanzan por el telediario, esto les preocupa incluso más que lo otro; y muchísimos autónomos descubren que todo es cuestión de dinero —incluso en esa startup tan chula que va a cambiar el mundo—, porque no trabajas para un jefe o para ti, sino para generar riqueza; vamos, una rueda sin principio ni fin.

Internet está acabando con el control de masas. Los grandes medios de comunicación que moldean las noticias basándose en cómo les viene mejor dar el mensaje y qué les viene mejor que leamos ya no son los únicos propietarios de la información. Cada uno puede buscar lo que quiera. Cada uno puede explorar lo que le plazca y contactar con quien le apetezca.

Por supuesto, entre los distintos supuestos, algunos cuestan más de tragar. ¿De veras Internet está acabando con el control de la información? ¿Los gobiernos están, simplemente, poniendo barreras al campo? ¿Es realmente imposible castrar la red con precedentes muy nuestros como la Ley Mordaza?

El caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich
El caminante sobre el mar de nubes (Der Wanderer über dem Nebelmeer) de Caspar David Friedrich.

¿Somos menos consumistas? Lo cierto es que mi experiencia personal me susurra que sí, parece que sí; no solo consumimos menos, sino que lo hacemos de una forma más natural a priori, ¿pero qué dicen los datos de esta utopía que puede estar por llegar? ¿La gente está prescindiendo de McDonald’s?, ¿de primarks y de zaras, de black fridays y de esas (constantes) rebajas de enero que casi empiezan en diciembre? ¿Son estos los últimos coletazos de un modelo caduco o parte indisoluble de nuestras sociedades tal y como las conocemos?

Otros, en cambio, todos los presentimos: colaboramos más, porque la sobreespecialización nos ha traído hasta aquí, pero también porque no somos tan felices sabiendo cuán cerca tenemos siempre el sufrimiento del prójimo; iniciamos un camino por  recuperar la filosofía, las humanidades, la espiritualidad, y la readaptamos a nuestra realidad; incluso Google lo hace, pues empezamos a comprender que ser significa en la medida en la que es parte de algo más.  Y, por supuesto, no podemos evitar ver la ironía de cómo Internet nos ha cogido a todos algo despistados, pues llegó para conectarnos a todos los niveles y esa era una asignatura que había quedado pendiente durante varias décadas.

¿Por qué existen ciertas reglas? ¿Por qué los alumnos tienen que contemplarlo todo en silencio? ¿Por qué tienen que llevar uniforme? ¿Por qué tienen que hacer exámenes para demostrar si de verdad han aprendido?

Sea como sea, el mundo está cambiando; el mundo siempre está cambiando. Pero lo cierto es que puede ser que hoy, ahora, este año, el mundo esté cambiando más de lo que lo ha hecho nunca. Porque utopía o no, estamos inundados de porqués y contamos con las armas para rectificar y globalizar las decisiones que se tomen a partir de este momento.

Ciertamente, se trata de cuestiones muy peliagudas que, quizá, tienen demasiadas lecturas que digerir en tan poco tiempo, que algunos ni llegarán a ver, otros asentarán las bases y, con suerte, también habrá quien las disfrute plenamente. Quizá no sea la mal llamada dictadura del proletariado que anunciaba el fin del trabajo y la victoria de la tecnología para el marxismo, pero seguro que tampoco se definirá como ese otro esclavismo puramente capitalista que hemos visto crecer a lo largo de más de un siglo.

Quién sabe, por ahora no podemos ver el futuro y, si bien lo cierto es que entre los comentarios había una predisposición negativa, creo que fue Platón quien dijo que, de noche, sobre todo, es hermoso creer en la luz.