Gretasthunberg del mundo, ¡uníos!

El periodista Lluis Amiguet se compró un híbrido; yo me compré el diario. Él confesaba, medio-en-coña/medio-en-serio, que su hija (otra pequeña gretathunsberg) había empezado con aquello de que nada de envolverle el bocata con papel de plata… y la cosa había derivado a 10.000 euros menos en el banco. Esto no me sorprendió: hace tiempo que me informé del coste extra por intentar contaminar menos; es más, cuando me cambié el coche hace un año y pico, me di cuenta que mi maldición es ir de Ford en Ford —Walt Kowalski estaría orgulloso de mí— y tiro hasta que me toque… la lotería. Con las cifras delante de la jeta, me olvidé de Honda CR-V y Toyota Prius, y Ford Focus que te crió.

El problema, decía Amiguet, y con razón, es que, por cada vehículo híbrido o eléctrico, hay un porrón de todoterrenos circulando por las calles. Todo indica, además, que no hay motivos más allá de medirse las pollas sacar pecho y exhibirse a ritmo de rugidos de motor. Eso de pensar si nos estamos cargando el planeta, ya si tal. Aun así, como buen tocapelotas, empezaré por sacar punta a lo que decía este pobre hombre a quien sus hijas le obligan a envolverle el bocata con las portadas y las contras que tantos sudores le provocan en redacción. Porque ocurre que, si nos preocupamos por el qué dirán y por qué hace y no hace el vecino, nuestro ejemplo vale poco. Llegados a este punto, no habría activistas antitaurinos, porque se siguen matando toros en media España, no habría gente vegetariana, porque una buena parte del mundo sigue comiéndose a otros bichos, ni habría nadie que se saliera del statu quo, porque ¿para qué? Como digo, lo hago para tocar un poco las bolas: soy muy consciente de que una columna o una tribuna, es una columna o una tribuna (mira, ¡qué dixit rajoyesco!, ¡el segundo ya!): vamos, que el espacio es el que es y las ideas que pueden plantearse, pues también son las que son.

Greta Thunsberg. ©Reuters

Por otro lado, la realidad del mercado denota claramente cómo están las cosas. Si sale al mismo precio un Audi A3 o un Jeep Renegade que un híbrido o un eléctrico (espera, que me da la risa) es que no nos estamos tomando las cosas en serio. Saltará uno: ¡es que la tecnología! ¡Es que la infraestructura…! ¡TU PADRE! (esto es más rubianesco, pero sin tacos, ¿verdad?) Pobre hombre, qué culpa tendrá el padre del que saltaba hace un par de líneas… Si es una cuestión de costes, se subvenciona por interés nacional, como a los políticos, la banca y lo que les sale de los huevos a los de siempre. Si no es una cuestión de costes, todavía es peor: nos quieren vender lo barato, caro, y lo caro, barato; lo que se carga (más) el planeta antes que aquello que puede frenar el irnos todos al carajo.

Por eso, el columnista de La Vanguardia acababa pidiendo a los señores de arriba (los que nos mean y dicen que llueve, digo) que Greta no le saliese más cara, pero es que, ahí, es donde más en desacuerdo está un servidor, porque no es cuestión de pedirle a estos mangurrianes que nos protejan de aquella (de la Greta), es ver si, de una vez por todas, las grethathunsberg y los grethathunsberg del mundo nos pueden ayudar a librarnos de estos tipejos que favorecen sus bolsillos, los cuatro por cuatro y que todo siga como el culo, aquí y fuera: en esto no tenemos la exclusiva. Y termino diciendo: ¿y lo bonito que es un vehículo todoterreno haciendo cosas de todoterreno? ¡Pues la de gente que lo compra para irse a cargar al supermercado y pasearse por Las Ramblas y Sarrià-Sant Gervasi!

En fin, gretasthunberg del mundo: ¡uníos!

Morir, morimos todos

La hermana de una amiga de mi madre tiene un cáncer muy agresivo en el cerebro. Los oncólogos le han dicho que es operable, aunque no está exento de riesgos. Quizá las posibilidades son cincuenta/cincuenta, o algo mejores. Conozco a esa mujer, pero de lejos; me pareció autosuficiente, alegre y vital: tres rasgos que no siempre se ven en alguien con ochenta y tantos. Cuando le llegó la enfermedad, no obstante, hizo esa pregunta tan recurrente: «¿Por qué a mí?», y lo acompañó de un: «¡Si nunca he tenido ni un dolor de cabeza!» Sorprende, y duele la realidad, y no cuesta tanto como imaginar por qué te coge un cáncer de pulmón fumando cuatro paquetes de tabaco diarios, pero no debería ser así.

El ¿por qué a mí? en relación a la muerte o a la enfermedad tiene muchas respuestas, pero no nos gustan: porque tienes ochenta y dos años, porque todos enfermamos por mil razones, porque tú has vivido una vida larga y hay niños de tres años con cáncer en un pabellón hospitalario, porque la vida es así. No nos gusta pensar en esto. Me fui a hacer un empaste el otro día, y la auxiliar se quejaba a una compañera: «¿Tú te crees? Que dice mi madre que no se va a teñir el pelo, y lo tiene blanco, blanco.» Le he dicho: ‘Mamá, que así pareces una vieja’; y la otra: «¿Y cuántos años tiene?» Respuesta: «Noventa y tres.»

iris apfel
Iris Apfel (Nueva York, 1921), icono de la moda neoyeorquina que este año cumplirá 97 años.

Nos podemos intentar autoconvencer. Decirnos a nosotros mismos que nos tienen embobaos con la política, las crisis que se suceden una tras otra, la telebasura y el llegar a casa cansados, asqueados del mundo, y no querer pensar. Te coges la prensa, ¿y qué hay que afecte a tu vida?; enciendes la televisión para ver las noticias y tres cuartos. Nos la suda tratar de aprender cómo vivir nuestras vidas, ¡imagínate morir! Pero a veces, hay joyas ocultas por ahí. Yo me topé con una —de cientos, de miles que hay, si buscas— en La Contra de La Vanguardia, donde una madre hablaba de cómo enterró a su hija y superó un cáncer con metástasis en fase 4 como el que se llevó a mi viejo. Se quitó un pecho, se vació el otro, y se dijo: «Voy a luchar», y también: «¡La vida vale más que dos pezones!», y joder sí vale más.

La señora del principio del artículo no quiere operarse. Hay personas, entre las que me incluyo, que no estamos seguros de que el tumor la deje razonar bien, pues el pronóstico para los meses que le quedan es peor que la muerte. Quizá para ella no. En realidad, la cuestión no es esa, y, aquí, tampoco debatir sobre si hay muertes que son mejores que muchas vidas, sino entender que morir, morimos todos, y vivir es más que levantarse y hacer lo que el resto espera de ti.