¡Deja en paz a los tiburones, estúpido primate!

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Antes tenía la costumbre de seguir las páginas del Facebook de muchos diarios, pero ya no. Hay dos razones para ese antes: la primera, que ahora toca entrar en modo incógnito para que no te pillen las cookies y te limiten el número de artículos que puedes leer (pequeño truco: ahí lo dejo), así que prefiero hacerlo por el navegador; la segunda son los comentarios de algunos descerebrados. Siempre ha habido descere… idiotas, siempre ha habido idiotas (¿para qué ser políticamente correcto cuando no hay razones?), pero desde la pandemia de la Covid-19 está el tema pasado de rosca.

El otro día, justo estaba yo ahí, bien dispuesto a cabrearme con las noticias. Ya tenía delante varias—todas Covid entonces, aunque ahora parece que empiezan a entremezclarse con la nueva y vieja Venezuela: Pablo Hásel y Cataluña, again—, pero me quedé con «La vacuna de la Covid-19 podría acabar con medio millón de tiburones», que no era ni una noticia actual, sino una republicación (luego me di cuenta).

Vamos, que veo la publicación, hago clic, me leo la noticia (suele ser una buena práctica, pero apenas se practica) y, después, me da por volver a los comentarios. Un idiota: «Pues si hay que matarlos, criamos más.» Lógica aplastante, la del tipo. Como si los seres vivos con los que compartimos medio fuesen un comodín: mato a medio millón, pero crío a no sé cuántos: va, ya que te pones, críate tres o cuatro de más, si eso. Por suerte, por cada diarrea mental del estilo, van apareciendo más y más comentarios coherentes. En cualquier caso, cuando leí: «¿tan malo sería que se extinguiesen?, el mar sería más seguro» y «solo es un pescado más», cerré el Facebook, asustado.

Si tú le propones a ese tío o al resto de su línea de pensamiento el mismo caso con personas (si vas mal de pasta por la crisis que se te viene encima, cárgate a tus tres críos y, luego, ya tendrás otros tres cuando pase lo del coronavirus), como poco, te van a tachar de demagogo. Bueno, a saber: quizá alguno te dice que no, pero porque es delito. Sin embargo ¿es tan distinto? ¿Qué derecho tenemos para matar a medio millón de tiburones por nuestra conveniencia? Debido a una zoonosis que, de un modo u otro, hemos provocado nosotros como especie, que nadie lo olvide.

¿No será que todo sigue igual porque el cuento nos beneficia? Y cuanto menos lo piensas, pues mejor. Lejos de notas como la que sigue republicando La Vanguardia sobre un artículo de octubre del año pasado —es decir, todos esos especímenes ya habrán sido ejecutados y utilizados, y seguirán siendo ejecutados y utilizados—, en 2015 se notificaba que, en España, en el ejercicio anterior, 62.000 animales se usaron para experimentación con dolor severo (severo, ¿eh?, cómo nos molan los eufemismos) de un total de 844.473: sí, has leído bien.

Avanzamos, aun así, muy poco a poco, pero avanzamos. Y ahí está el proyecto de Big Data de la Universidad de Cambridge que ha sustituido pruebas toxicológicas con animales por modelos computacionales; porque, si se quiere, se empieza a poder y mucho más rápido de lo que nos habían dicho. Es cuestión de dejar de mirarnos el ombligo, dejar de pensar solo en nuestro bienestar y no hacer a los demás aquello que no nos gustaría que nos hiciesen.

Se llama empatía y empieza a traspasar las fronteras de la especie.

Más que nada porque el planeta ya ha empezado a soltar hostias kármicas.

Quizá ya no es cuestión de centrarnos en ideas como la de Albert Schweitzer, Premio Nobel de la Paz en 1952, que dijo: «No me importa si un animal es capaz de razonar. […] Solo sé que es capaz de sufrir.» Si no de otra cosa, de meternos en la cabeza que el egoísmo y el creerse superior al resto nunca ha hecho más que joder y complicar las cosas: tenemos bastantes ejemplos a lo largo de la historiografía contemporánea, échale un ojo a la Wiki. Por mi parte, casi nunca escribo comentarios en redes, pero se me ocurrió una respuesta para el de la retórica mata-tiburones: «¡Deja en paz a los tiburones, estúpido primate!», porque idiota se le quedaba corto, y como primate, también deja mucho que desear, ¿no crees?

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