Vida nueva

‘Vida nueva’ es el primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Sobre El Oso y el Madroño, a escasos metros de la intersección entre las calles del Sol y de Alcalá, la silueta de un ser, que son dos, se presenta a la noche. Se sostiene, casi sin fuerzas, asiendo con rabia uno de los balaustres para no caer contra el suelo, o peor. Escucha los cuartos, las campanadas, las felicitaciones de Año Nuevo, y, antes de volver al sombrío interior de la vivienda, sonríe al cielo nocturno de Madrid.

Hay un sofá de rayas blancas y beige contra el que se lanza de espaldas. Frente al mismo, la retransmisión televisiva se entremezcla con el bullicio y la fiesta que se escucha en la calle. Gritos de alegría para dar la bienvenida a un año más, y, entonces, solo entonces, cuando nuestra protagonista puede ser tenue partícipe de la felicidad que se respira, se echa a llorar desconsoladamente durante minutos que parecen arrastrar el recuerdo de los meses y los años.

Relato #1 - Puerta del Sol (Nochevieja; Año Nuevo)

Cuando no quedan lágrimas que derramar en el lino del mueble, se incorpora con dificultad y observa por un instante la mesa de comedor. Está vestida con un mantel navideño, y servilletas a juego, las copas para el agua, el vino y el champán resplandecen, y las veinticuatro uvas, ya preparadas, sin piel ni pepitas, coronan el centro de un reguero de platos: cabrito rebozado, jamón de jabugo, tortilla de patatas, timbal de marisco… A un lado, los platos sucios sin recoger de todo un banquete contrastan con el otro, donde ese pastel de mar no se ha movido un ápice del plato, y tampoco las chuletas rebozadas, ni la tortilla, ni el jamón.

El primer detalle que, más tarde, conmueve al detective encargado de la fase de planteamiento y ejecutiva son las copas de espumoso: una a medio vaciar, la otra todavía impoluta. Para rastrear el origen, volvemos a la habitación al paso de la medianoche; entonces, el champán sigue en el suelo, derramándose en la alfombra persa que se encuadra bajo la mesa de comedor. No muy lejos, el olor a fosgeno y ácido clorhídrico del cloroformo casero explica otro fragmento de esta historia que termina en Nochevieja, junto a la cuerda de nylon de la silla, y el paquete de bridas negras y la mordaza roja en la frontera del salón con la habitación de matrimonio.

En el suelo, boca arriba, el cuerpo inerte de un hombre corpulento de mediana edad duerme por siempre jamás. En su abdomen, se alojan tantas puñaladas como gritos y felicitaciones se han podido oír en la Puerta del Sol, y quizá más. Para ella, la indefensión y la fragilidad tampoco han supuesto un escollo. Esta vez, no.

Observa una última vez la escena, y se sirve una copa de champán, ya caliente, que sabe amarga, y también a victoria. En seguida se pierde en la habitación de matrimonio con cientos de fotos del hombre que ha yacido allí, y ahora yace donde realmente merece, y se exige no reparar por más tiempo en ese cuarto repleto de lágrimas, de gritos, de lubricantes, y dildos, y de una cámara profesional para encuadrar cualquier escena a imaginar. Solo abre el armario y se desnuda frente a un espejo de pie, examinándose todas y cada una de sus heridas: muchas no pueden verse, pero siguen ahí, y seguirán; coge uno de los deseos hechos tela que allí se ocultan, el de Lolita, y se cubre con dolorosos recuerdos una vez más.

Por último, acuna su abultado vientre con repulsión y clemencia por un hijo del odio y del martirio al que, se sepa o no, siempre mirará a los ojos con lacerante ambivalencia. Cierra la puerta tras de sí. Una tras otra. No sabe hacia dónde dirigirse, pero sigue caminando, más y más lejos de aquel piso, de los gritos, de la fiesta, de Madrid. En dirección a un año nuevo. A una vida nueva.

Excálibur y el extraño caso del ébola y la idiotez política

Pobre Excálibur. ¿Sabrá ella algo de lo que ha pasado?  Yo que tengo perros sé que son muy espabilados, pero supongo que la idiotez del Partido Popular también le ha cogido por sorpresa. Ahora, imagino que la enfermera será la culpable, igual que el conductor del AVE del accidente de Santiago, y el portero del Madrid Arena, y la madre que los parió a todos juntos.

Excalibur
Excálibur, la perra de la enfermera Teresa Romero y su marido, Javier Limón.

El único experto que realizó un estudio con animales que habían sido contagiados por ébola o habían mantenido contacto con estos manifestó, ayer, la imbecilidad de sacrificar a un perro que a) no sabemos si está contagiado y b) es una buena opción para el estudio científico. Aquí, atajamos rápido. Y decidimos sacrificar a un animal que, al final, solo es eso. La presión popular (la de verdad digo, no la de esa mierda de partido político) intenta detenerlo con mejor o peor fortuna, y ahora… Solo queda incomprensión en el ambiente.

Mientras escribo esto no sé si han sacrificado al animal o si sigue vivo; tampoco sé si la enfermera es muy lista, pues parece ser que se ha enterado de que tenía ébola consultando las noticias desde su smartphone. De lo que estoy prácticamente seguro es de que no quiero un gobierno que jamás asuma su responsabilidad política, porque es muy peligroso; pero sobre todo no quiero un gobierno que no asuma ningún tipo de responsabilidad; un gobierno cuya máxima sea enriquecerse, y perpetuar un modelo caduco que obvia totalmente al ciudadano y la opinión del mismo, y eso vale para el PP, para el PSOE y para toda la casta, como dice aquel.

Y aquel tampoco es la panacea, por cierto. Pero creo que es de lo poco que aflora en el pozo de mierda en el que nos han metido. No sé si solo es porque me siento menos escuchado que nunca en este país, o porque no veo una solución lógica, pero hoy me siento un poco más emigrante y un poco menos español o catalán de lo que ya me sentía, que ya es decir.

Al final, confío en que a alguien del Ejecutivo se le encienda una bombilla, y empiece a escuchar a la población un poco desde su burbuja. Porque cuando no dejas una ventana abierta para que salga el gas, antes o después alguien enciende una cerilla. Y entonces se va a armar.