Diez artículos que me ayudaron a ser mejor persona

A veces es  bueno echar la vista atrás. Desandar los pasos. Mirar todo lo que has caminado hasta un punto y agradecer la oportunidad a uno mismo y a todos aquellos que lo hicieron posible.

Al filo de las 200.000 visitas —no son muchas, es cierto, aunque agradezco cada una de ellas— no puedo evitar pensar en ello. No me comparo con los demás, pues he cometido ese error demasiadas veces, sino con quién fui y hacia dónde aspiro a llegar. El resto queda para disfrutar el recorrido.

Por tanto, esto va a ser breve, no va a ser un artículo extenso de esos que tenéis que perdonarme constantemente (casi siempre he intentado escribir pequeñas columnas de opinión aquí, pero pocas veces lo he conseguido), sino un recordatorio de unas cuantas horas de navegación por mi propia casa, tanto de forma literal como figurada, que me han demostrado cuánto tengo que agradeceros a todos y todas.

Lo dicho, gracias por estar ahí.

Perrofobia

de 21 de junio de 2016. Una crítica imposible de omitir contra el artículo Perrolatría del escritor y académico español Javier Marías.

De este modo, yo, como responsable de mis canes por los que siento perrolatría estoy obligado a cumplir unas obligaciones y a defender unos derechos propios y otros del animal.

No digas nada

de 10 de mayo de 2016. Sobre la corrupción, la Ley Mordaza, las leyes para unos y las leyes para los otros, las dos Españas y el statu quo.

Guillermo Zapata (Ahora Madrid)
Un edil barbudo de Ahora Madrid que parece ser que la lió con unos tuits.

Tú sé inteligente: no digas nada. ¿Por qué arriesgarse? ¿Para qué dejar el ordenador y salir a la calle? La Ley te lo prohíbe. Recuerda. Sé inteligente. Cállate. Asiente. Haz otra cosa. Mira hacia otro lado. No hagas nada. No te metas en líos.

Sobre Alfredo A. C.

de 26 de abril de 2016. Sobre todas esas personas que han cambiado el rumbo de nuestras vidas; en mi caso, el profesor de Lengua castellana y Literatura. ¿Y en el tuyo?

Otro Alfredo y yo
Como mi archivo gráfico es limitado, ahí va una foto de otro Alfredo con el que me escapé de algunas clases, pero no de Lengua castellana y Literatura (si podía evitarlo).

Era alguien; alguien alegre, liberal, muy de la Movida, y supongo que lo seguirá siendo con una década más a rastras. Alguien que sabía que las cosas no se han de forzar, que llegan cuando llegan, que son años malos para los del pupitre y que, si uno lo toma demasiado en serio, no saldrá vivo de ahí.

Cuando ser pobre era ser libre

de 9 de febrero de 2016. De lo malo que fue vivir una adolescencia con Kung Fu en la televisión, Lorca en la mochila y las mejores Olimpíadas del mundo gracias a un Freddy Mercury que no alcanzó a conocerlas.

[…] la gran ciudad es cruel desde su nacimiento; ya lo dejó escrito Lorca tras visitar Nueva York, envuelto en aquel espectáculo de suicidas, de gentes histéricas y grupos desmayados, que se ha exportado al mundo entero.

Indultad a Rompesuelas, el Toro de la Vega

de 13 de septiembre de 2015. Que no consiguió su cometido, porque, pese a llegar a muchas personas, solo lo hizo a quienes quisieron escuchar. Eso sí, vaticinaba lo que todos sabíamos: la fiesta del Toro de la Vega, que nunca fue fiesta, no duraría.

Muerte de un toro en Tordesillas durante la celebración del Torneo del Toro de la Vega

Sabed que, con este texto, yo rompo una lanza más por el Toro de la Vega, y os confieso que estoy harto; estoy harto de que estas manos con las que escribo sean tan parecidas a aquellas que, cada septiembre, dan muerte a un animal tan noble.

Retrato de Lucía

de 12 de marzo de 2015. Sobre las enfermedades raras, unos padres que lo hicieron todo por su bebé y una niña increíble que se llamó Lucía.

Detalle de 'La dama de la perla' (Johannes Vermeer, 1666)

Soy Lucía, y tal vez, durante las últimas semanas, has leído en diagonal unas líneas sobre mí. Unas líneas que quizá ni recuerdes dónde estaban; porque soy otra historia que ha pasado inadvertida ante tus ojos. Otro pedacito de mundo que creías que te ibas a perder. Deslizándose en tu muro de Facebook o en tu timeline de Twitter. ¡Silenciosamente adversa para todos! Así me ha conocido la mayoría en mis primeros meses de vida: como un destello en sus pantallas, un correo electrónico, una breve charla de sobremesa de domingo…

El cielo es rosa

de 19 de enero de 2015. Una historia de un cerdo, no de un perro, y ahí queda su maldición. Nada nuevo bajo el sol.

¿No puedes? ¿No puedes cambiar el mundo, verdad? Abre la jaula. Corta la reja. Déjame libre. Veo a los cachorros desde aquí; comen, ajenos a todo lo que sucede. ¿Harás lo mismo cuando mi nombre se haya olvidado? Cuando no sea nada, solo tumbas dentro de vosotros.

De cómo tu perro cambió mi (nuestra) vida

de 8 de enero de 2015. Probablemente el texto por el que estás aquí, por el que sigues leyéndome o te suscribiste al blog. Relato de despedida a un amigo o carta protesta contra el maltrato animal: tú eliges.

Caos en terraza (junio, 2012)
Caos descansando en una terraza (junio de 2012).

¡Hola! Esto es una carta extraña, pues no sé a quién le escribo. Solo espero que algún día, por suerte o por tenacidad, llegue a la persona que abandonó a Caos: nuestro perro, que antes no fue nuestro, sino de alguien que no lo merecía.

Excálibur y el extraño caso del ébola y la idiotez política

de 8 de octubre de 2014. El sacrificio de la perra de Teresa Blanco, una vergüenza más por la que sentirse español; la tristeza y la incomprensión que la mayoría ya habrán olvidado, pero que es suficiente para mí para no votar jamás a esos malnacidos de mierda.

Pobre Excálibur. ¿Sabrá ella algo de lo que ha pasado?  Yo que tengo perros sé que son muy espabilados, pero supongo que la idiotez del Partido Popular también le ha cogido por sorpresa.

Voy a abandonar a mi perro

de 26 de mayo de 2014. Otra carta más sobre por qué jamás deberías abandonar a un perro; el segundo texto más leído de este blog —por asociación con el de Caos, imagino— y la excusa para no olvidar que ellos nunca lo harían.

Dana y Teo, uno de nuestros gatos.
Dana y Teo, uno de nuestros gatos.

Y es que entiendo que creas que soy idiotaComprendo que tú no tengas tiempo ni dinero que gastar en un bicho de doce o catorce años que te encontraste maltratado y moribundo en una carretera, pero a mí me vale con poder dar a ese animal algo de paz y tranquilidad que le permita dormir con los dos ojos cerrados al fin.

Perrofobia

Hace unos días, El País Semanal publicaba una columna titulada Perrolatría, firmaba Javier Marías, quien en unas pocas líneas fue capaz de decirnos que Hitler tenía un perro, que los españoles somos tan imbéciles como los yanquis y que los dueños de un can creíamos tener, y presuponer, derechos que nadie nos había entregado.

Como le presumo cinéfilo y muy dado a todo tipo de referencias, diré que, tras leer la columna, a mí Marías se me asemejó, en actitud, al James Stewart de La ventana indiscreta, quien solo podía acercarse a un perro con unos prismáticos.

Diré más. Casi pondría la mano en el fuego que a Javier Marías no le gustan los perros —por llamarles chuchos, y a nosotros perrólatras, e incluso por incentivar o, como mínimo, defender el maltrato animal—, pero no lo haré. De lo que sí estoy seguro es de que no tiene ni puta idea de perros. 

Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).

Dana en casa, haciendo yoga perruno
Dana en casa se despendola, haciendo yoga con un estilo muy libre. Desconozco si Javier Marías aprobaría algo así… 😉

Aun así, como me importan un pimiento Obama, Hitler o el sentimiento antiamericano, entraré raudo en los detalles de interés: aquellos que me ayudarán a defender mi argumentación.

Para empezar, me agradaría saber cuántos dueños de canes han intentado imponer derechos y cuáles han sido estos. Parece baladí, pero no hallo ningún ejemplo real a lo largo de la columna de opinión, por lo que no puedo más que intuir que Marías sonríe cómplice a Fernando Savater y a su Tauroéticacomprendiendo un derecho solo como aquella ventaja que uno mismo puede preservarse, y no como algo inherente a uno mismo que un perro, un niño o una persona con diversidad funcional puede o no entender.

De este modo, yo, como responsable de mis canes por los que siento perrolatría estoy obligado a cumplir unas obligaciones y a defender unos derechos propios y otros del animal.

Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto.

En esta misma línea, avanzamos rápido de nivel. Y no se tarda en comparar un perro con un tigre, una serpiente u otros animales no domesticados. ¿Sobre esto qué puede uno decirle al académico? Quizá que amplíe sus lecturas, que, entre las humanidades, la evolución humana y la historia universal todavía pueden darle grandes alegrías y sorpresas a su edad, que lea y comprenda, que es lo mínimo que se le puede exigir a un profesional de su relevancia cultural.

Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo.

Además, como propietario de tres perros (y dos gatos) también quería aclarar que los perros no ladran por cualquier motivo: siempre hay un motivo; que recoger una mierda no es ninguna asquerosidad ni una humillación, y que quizá algún día incluso alguna enfermera tenga que cargar con la de más de un escritor ingrato con mayor estoicidad si cabe, y, por encima de todo, que no suele haber continuas visitas al veterinario, ni esquilados, ni lavados, ni «tratamientos psiquiátricos» —imagino, no sin cierto esfuerzo imaginativo, que aquí hablaremos de etología—.

De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación.

Hay gastos, y sorpresas, y alegrías, y tristezas, como en cualquier otra faceta de nuestras vidas. También hay dueños responsables, que son una amplia mayoría creciente; una amplia mayoría que vive en sociedad, y que, buscando una fórmula apta para la convivencia, que no solo tiene el derecho de exigir respeto por su modus vivendi, sino también la obligación de respetar las decisiones del resto de sus coetáneos; quizá, pues, el académico no hay caído en la cuenta de que, en última instancia, la decisión que le fastidia su bistec con patatas (el suyo no, que a estas alturas ya sabemos que es muy tolerante y las piedras le caen por su excesiva filantropía) no es del compañero del perro —a estas alturas del texto, estoy harto de eso de dueño—, sino del dueño —ahora sí— del establecimiento, quien admite perros como acompañantes.

En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro.

Poco más puede añadirse. Con esas líneas seguro que se ha creado muchos enemigos, y lo que verdaderamente me extraña es que a cierto nivel un columnista no sepa que cualquier texto es siempre una declaración de intenciones; también deseo que Javier Marías se modernice antes de quedar atrás; que busque influencias y testimonios más allá del siglo XIX y, sobre todo, que no pelee con vecinos; que lo más probable es que un perro no le ataque, ¿pero qué derecho tendría él a quejarse de un mordisco si, pese a su nivel social y cultural, es el primero que se atreve a solucionar las cosas a mamporros con aquellos con los que vive puerta con puerta?


Enlaces relacionados:

Perrolatría, por Javier Marías en El País Semanal 

Javier Marías y el miedo a los perros, por Río Bravo en Letras Libres