40 días para soñar

Esta es otra entrada (muy) personal en la que os voy a dar la chapa sobre Conectadogs.

Los más fieles ya lo habéis percibido: estas últimas semanas ha caído en picado el ritmo de publicaciones. Pero mentiría si os dijese que es por un único motivo: en realidad, son, por lo menos, tres o cuatro. No obstante, si hay que ser sinceros, uno destaca por encima del resto. Se trata del lanzamiento de la campaña del que será mi nuevo trabajo: Conectadogs, un centro de recuperación para perros con los que hemos tirado la toalla dos veces: primero, dejándolos en una protectora; después, creyendo que su adopción es imposible.

Qué no es Conectadogs

Muchos pensadores de la historia han afirmado que nos definimos tanto por presencia como por ausencia de lo que somos. Os diré, pues, lo que no es Conectadogs. Conectadogs no es una protectora —pese a que todo el equipo cree en el gran trabajo que en muchas de estas se realiza—, sino un centro que se plantea ayudar a este tipo de instalaciones en la rehabilitación de perfiles de difícil adopción: perros con miedo, con agresividad, con ansiedad por separación…

Además, el centro no solo pretende rescatar perros, sino también ayudar a personas. A través de un equipo multidisciplinar de psicólogos, técnicos caninos y profesionales de la comunicación y el marketing, planteamos programas de rehabilitación de animales que apoyarán y recibirán apoyo de otros colectivos en riesgo de exclusión y harán frente a grandes problemas que han conquistado nuestros colegios, como el bullying o acoso escolar.

Y sabiendo lo difícil que es hacer que las cosas funcionen, no vamos a dejarlo todo en manos de las donaciones y los voluntarios, sino que planteamos un proyecto empresarial de vertiente social con el que generar trabajo, sueldos y un laboratorio de proyectos animalistas que se convertirá en un modelo pionero en nuestro país.

Por qué soñar

Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo.

Mahatma Gandhi (1869-1948)

Decía Gandhi: «Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo». Nosotros, todo el equipo que hoy conforma Conectadogs, hemos cambiado radicalmente la dirección de nuestras vidas, y quiero creer que también hemos mejorado en el proceso. Ahora, queremos contagiar esas ganas de soñar por un cambio a mejor; queremos que todo el mundo sepa que estamos convencidos de que las grandes cosas, que nuestros mundos, cambian a través de esa pequeña llama que decía Bukowski que debías conservar siempre dentro tuyo, y prenderla, y convertirla en un gran fuego como jamás imaginaste que serías capaz de crear.

Conectadogs (Javier y Lau - perra)

Hoy, para nosotros, ese sueño abandona a este (no tan) pequeño grupo y se traslada a todos los que siguen este blog, a todos los que siguen creyendo en la necesidad de forjar nuevos proyectos sociales y animalistas o, simplemente, a todos aquellos que quieren formar parte de un cambio a mejor.

Cómo hacerlo realidad

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron las preguntas.

Mario Benedetti (1920-2009)

Supongo que ese es el quid de la cuestión, y es que no existe una única respuesta. Quizá hacerlo realidad sea llegar al presupuesto mínimo que aparece en la página del crowdfunding, en Goteo, o viralizar un tuit, una entrada de blog como la que estás leyendo, o esta otra que te conduce hacia la web del proyecto; o dar a conocer parte de nuestro trabajo en un minuto de metraje en YouTube, o charlar con nuestros padres, con la familia cercana, o entre unas cañas con los amigos, y hacer que las cosas sucedan…

Tenemos 40 días. 40 días para buscar todo el apoyo posible, y convertir este sueño en realidad. Y no quiero terminar mintiendo en esta entrada con la que (creo que) simpatizarán, la mayoría de lectores y lectoras del blog: es un reto enorme, dificilísimo, feroz; una idea que nos ha dejado exhaustos y nos ha obligado a sacar fuerzas de donde no creíamos que las hubiera, pero también es una declaración de intenciones; nuestra, por supuesto, y de cada persona que cree que vale la pena cambiar el mundo de un perro, de un niño, de aquel que más lo necesita, porque, como suele decirse, eso no cambiará el mundo, pero cambiará su mundo. ¿Y sabes qué? En realidad, paso a paso, cambiará todos los mundos, ¿y quién nos va a impedir soñar?


#1 ¿Qué quiere hacer Conectadogs como ONG?

#2 ¿Qué es un centro de recuperación canino y por qué es necesario?

Una semilla y el caos

Esta es una entrada (muy) personal en la que os voy a dar la chapa sobre Conectadogs; si no estáis interesados(as) en el proyecto (¡¿cómo es eso posible?!), podéis leer cualquier otro artículo del blog. 😉

Ayer, algo grande brotó. Una semilla que se ha gestado lenta, casi macerándose a lo largo del tiempo que hemos compartido como asociación; una historia repleta de buenas intenciones —como tantas otras, en realidad—, pero que, a diferencia de estas, se ha abierto paso: ha encontrado su propio camino.

Quiero pensar que es algo que tenía que suceder; o me cuesta creer que, en unos pocos meses, hayamos conseguido hacer partícipes de nuestro proyecto a profesionales como la guionista Cuca Canals o el director Pau de la Sierra.

Rodaje del anuncio de Conectadogs

Ayer, algo puro fue construido. Plano a plano. Otra semilla que ha crecido a toda velocidad; rápida y furiosa por necesidad; un motivo, solo uno, que puede rastrearse hasta una gran mesa de un bar a la izquierda del Ensanche, que unió a un equipo excepcional que solo quería imbuir magia en una de esas ideas que te obligan a soñar, y a creer que las pequeñas cosas son las que hacen el mundo.

Ayer, nació algo extraordinario. Y lo hizo entre cámaras profesionales, técnicos de sonido que desbordaban experiencia y simpatía, realizadores que anhelaban la perfección, productores que no podían dejar nada al azar y un director de esos que son como te lo imaginarías: empático, anárquico, humano; el despegar de un guion que me resulta ignoto todavía, pues se ha creado alrededor de un cosmos audiovisual que no puedo traducir, lleno de acciones alternas, contrapicados y sobreimpresiones.

Ayer, dormí exhausto. Pero comprendí algo más sobre nuestras vidas y el rastro que estas dejan tras de sí; y aprendí que, a menudo, eso es la vida: semillas; semillas que lanzas, o plantas, y cuidas, y en las que crees; semillas que esperas que germinen, y conviertan tu existencia, tu mundo, aquello que haces, en algo mejor; semillas que dan sentido al riesgo, a las batallas, a los portazos, a las promesas. Pero sobre todo semillas que te recuerdan que no basta con lanzar un puñado y maldecir tu mala estrella, sino que hay que luchar, y contagiar, y convencer, y conseguir, con palabras, y actos, y fuerzas de esas que desconoces que duermen dentro de ti. Semillas que, a veces, son palabras, y otras, hechos, pero que pronto serán sueños hechos mundos dentro de una pantalla, y también fuera.

Lu en El Calamar (El Prat del Llobregat)

Todas las caras del veganismo

Esta entrada será absurda, impopular y difícil de entender. Por todo eso, en mi mente, se plantea como un texto profundamente coherente, pero también una (posible) fábrica de palos. La razón fundamental de la misma es que, estos últimos meses, mucha gente me ha escrito para hablarme de cómo el libro o algunas entradas del blog le han hecho replantearse sus modos de vida e incluso sus más profundos valores morales, y también me han dicho: «¡Ya soy vegetariano como tú!», o «¡Me he vuelto vegana!», o «¡Apoyo al máximo el consumo de carne ecológica!» y cien respuestas distintas más.

De algún modo, me enorgullece ver que lo que empezó hace algo más de dos años con entradas sobre animalismo ha conseguido alcanzar tantas conciencias y de un modo tan distinto: desde el maltrato de animales domésticos hasta cambios en la alimentación de muchos de los lectores y lectoras del blog. Pero hay un malentendido que no me gustaría que se perpetuase, y es que yo no soy vegano (si me tengo que definir, supongo que soy vegetariano casi estricto); y no soy vegano por tres razones fundamentales: la primera, porque tengo perros y gatos en casa; la segunda, porque he trabajado y colaboro con asociaciones de perros de terapia; la última, y para mí la menos importante de todas ellas, porque, en algún momento, como huevos de gallinas de alimentación ecológica.

Joaquín Secall (plaza Matadero; santuarios)

Ser vegano y sus matices

Asumimos de manera automática, sin pensarlo, sin cuestionarlo, que hay un criterio moral para el Homo sapiens y otro diferente para el resto de animales. Eso es el especismo.

Richard Dawkins (etólogo, zoólogo y biólogo evolutivo)

A menudo, algunas personas que adoptan una alimentación vegana consideran que el veganismo es una opción alimentaria libre de todo tipo de sufrimiento animal. Sin embargo, olvidan parte de la filosofía que existe tras la misma, en especial, respetar la vida y la individualidad de todo ser sintiente, rechazar toda forma de especismo y de uso (no solo abuso) de animales —no del conejo que no quiere participar en experimentación animal, sino también del caballo que no quiere ser montado, o el perro de terapia que no quiere trabajar, por ejemplo; también del mosquito que molesta por la habitación, la ciudadana de Sri Lanka que no quiere ser explotada en una fábrica textil o la contaminación de un arrecife de coral.

Yo no puedo ser vegano porque, hoy, y ahora, difiero en algunos de estos puntos básicos. El primero de todos ellos, es el especismo: desde mi óptica, todos somos especistas, y debemos luchar con uñas y dientes por no serlo, pero como bien explico en De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), nuestra empatía depende de la cercanía con el animal —aquí hay un poso biológico, y también una gran carga cultural— y nuestras acciones están sujetas, en cierto nivel, a la estructura mercantil del mundo en el que vivimos: todos necesitamos un teléfono móvil, y vestirnos, y viajar.

Antropocentrismo vs. realidad

Así, abrazar el veganismo no puede ser complementario a convivir con mascotas carnívoras, como el perro o el gato, y ni tan siquiera a tener mascotas en un entorno delimitado, sea urbano, periurbano o rural, puesto que se mantendría un implícito, por el cual tenemos un animal por el valor que aporta a nuestras vidas, obviando su individualidad y su propia autonomía(1).

Esta es una de las razones por las que no soy (filósoficamente) vegano , y es que me chirría esta definición. Porque, ¿podemos ser veganos? Me explico. Durante casi 30.000 años, los perros nos han acompañado en nuestra vida diaria, y durante unos cuantos miles menos, también los gatos; durante más de 10.000 años hemos domesticado especies y seleccionado rasgos para nuestro bienestar. Las gallinas que ponen un huevo diario (y no una veintena al año), las vacas que, preñadas, ofrecían más leche, los cerdos o los toros a los que se les ha robado su fiereza; todos ellos necesitan de nosotros. Por desconocimiento e interés, hemos creado un mundo de matices horribles, y la ganadería intensiva solo es un capítulo más de esta historia. Pero todo ello no cambiará de la noche a la mañana, ni se borrará en el momento en el que cerremos los ojos.

La extinción del modelo

Los bienestaristas afirman que los animales no tienen, en sí mismo, un interés en no ser esclavos; ellos solo tienen interés en ser esclavos «felices». Esa es la posición promovida por Peter Singer, cuya visión neo-bienestarista se deriva directamente de Bentham. Por lo tanto, no importa moralmente que nosotros utilicemos animales, sino únicamente cómo los utilizamos. El tema moral no es el uso, sino el tratamiento.

Gary Francione (profesor universitario y escritor)

Las alternativas del no-consumo son el mejor camino que cualquier persona concienciada puede escoger hoy, pero eso no cambiará el hecho de que haya una industria de consumo colosal que engaña, oculta y es apoyada aún por un alto porcentaje de la población. Tampoco que esos animales domésticos requieren leyes para su pervivencia fuera de esta maquinaría de muerte, pero no pueden vivir todos en santuarios. ¿Y qué hacemos además? ¿Dejamos vivir a los animales de granja y condenamos a las mascotas? ¿Pueden los animales domésticos volver a un estado salvaje? Evidentemente, no. ¿Y qué hacemos con todas esas especies de las que somos responsables de haber domesticado? Quizá este es el punto más peliagudo de todos, y, por supuesto, hay cientos de opciones (mejores que la actual) que podríamos llevar a cabo para minimizar o llevar a cero todo el sufrimiento derivado, pero la extinción completa del modelo, todavía no es una de ellas.

Pero no nos vayamos tan lejos, porque incluso con nuestros principales animales de compañía hay un grave problema. Todos esos pastores alemanes, border collie o labradores que tienen que recurrir a trabajo diario de obediencia (o agility, o mantrailling, o discdog…) por parte de dueños responsables, a largas caminatas y a un modelo de vida que consiga, de algún modo, paliar las actividades principales que llevan dentro de sí: pastoreo, vigilancia, cobroPodemos cambiar el mundo, pero no el genoma de nuestros perros. Y preguntarse por qué deberíamos hacerlo o no hacerlo, no tiene sentido, porque no es algo que se pueda modificar en veinte años, sino que se requerirían otros miles.

Javier y Argos
Argos y yo en un curso de obediencia avanzada en 2015.

En esta misma línea, el trabajo de animales de asistencia o de terapia tiene para mí otras complicaciones éticas —la peor de todas, aquella que pone en peligro la vida del animal en misiones de los cuerpos de seguridad—, pero, excepto en algunas de estas misiones, en mi experiencia, ninguno me ha resultado dañino para este, y sí enriquecedor a muchos niveles (el perro «trabaja» y se divierte, aprende, consigue mejorar sus recursos cognitivos, ayudar a terceros…), si bien la filosofía vegana creo que nos diría que ese «uso» del animal constituye un «abuso» por nuestra parte. Yo no puedo estar de acuerdo. Desde la misma domesticación de los cánidos, el perro —y el gato— se acerca al ser humano en la misma medida en que el ser humano le necesita, y viceversa.

Junto a todo lo anterior, hay una serie de supuestos o etiquetas que también suelen ir unidas, y que, a menudo, me parece coherente que así sea. Por ejemplo, salud y una buena alimentación (y, hoy, se puede conseguir esa buena alimentación sin consumo de animales, pero no olvidemos que hace treinta o cuarenta años, probablemente no); también productos km. 0, ecología, consumo sostenible… Son todo tipo de causas que, normalmente, se relacionan con formas de vida veganas o vegetarianas, y todos aquellos que tratamos de mejorar el mundo, de un modo u otro, tenemos que revisar, constantemente, todas estas facetas que afectan a nuestras vidas, sin olvidar que, ni mi vida, ni tu vida, son una simple etiqueta.

Arrecife de coral
Fotografía de un arrecife de coral.

Por eso, mi primer libro animalista está escrito como está escrito, y creo que esa es la bondad del mismo: que solo muestra, y nunca impone; porque no existe una verdad, sino cientos de miles (2), así como caminos para cambiar el terrible escenario en el que hemos convertido nuestro mundo. Quizá hay personas optimistas, que creen que el camino pasa por la inmediata liberación animal y otros que creemos ver que la historia, incluso hoy, niega la posibilidad de acoger un camino que no pase por una primera fase de bienestar.

Tenemos que ser lo suficiente maduros para querer cambiar el mundo y, a la vez, entender que nuestras acciones individuales suman muy poco en el conjunto: y este debe ser un contratiempo que lejos de restarnos fuerza, debería impulsarnos a buscar apoyos a nuestro alrededor. A encontrar la forma de ser parte de la solución, y no del problema; y de comprender que hay cuestiones intrínsecas en la estructura del mismo a desentrañar, y que tenemos la obligación de hallar la forma de lidiar con todo el horror que se genera a nuestro alrededor, de conseguir un cambio responsable, y de, un día cada vez más próximo, alcanzar la mayoría, puesto que en minoría no hay legitimación (social) posible.


(1) Otra cuestión importante es cuánta autonomía tiene ese animal una vez ha sido domesticado por el ser humano, puesto que los rasgos de muchas de estas especies han sido seleccionados para conseguir individuos menos agresivos, confiados y útiles en nuestras sociedades (sea, en su momento, para desplazarse, para alimentarse o como guardián), pero también restándoles independencia.

(2) Si bien, la mayoría empieza por minimizar o extinguir el sufrimiento animal, donde recordemos que el malestar humano está implícito, en especial, el de aquellas poblaciones desfavorecidas de las que nunca hablamos.

Nota: también creo firmemente en el problema que supone la industria alimentaria, la cosificación, producto del especismo, y el neoliberalismo económico: sobre todo en lo que se refiere a la aplicación, y las trabas, de una Ley de Protección Animal. Por el contrario, no considero que el consumo bajo o moderado de huevos sea aquí el principal problema —los lácteos son otro cantar, y, aun así, creo que sería necesario matizar la importancia que tiene el modelo industrial, que, en la mayoría de los casos no es más que un conglomerado que acoge la producción de carne, cuero y lácteos—, ya que es un derivado directo de la industria; sin embargo, para que esta afirmación no induzca a error, permitidme desarrollarlo durante el mes de febrero en un artículo complementario, puesto que no se trata de una visión simplista del tipo «comer esto está bien, porque el animal no muere» y, además, resulta una gran fuente para abrir debate y generar opiniones.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Almería y la maldad

Por mucha imaginación que uno crea tener, hay historias que no podemos alcanzar a concebir. En los últimos meses, y pese a todo el horror que intento encarar, asumir y proyectar en este blog, pocos sucesos me habían paralizado con esa mezcla de impotencia y rabia que sube del estómago y amenaza con enquistarse en la garganta.

Sin embargo, de esto, nadie habla en la prensa escrita. Público comparte una nota de Europa Press junto a una fotografía adjunta del cadáver de un perro con hematomas por todo el cuerpo. El Mundo le dedica unas líneas en su versión digital, pero dudo horrores que alcance el quiosco. Solo Schnauzi, el portal dedicado a la realidad del mundo animal, hace un seguimiento del caso. Allí podemos informarnos de que la perra que fue machacada a golpes por un tal Francisco F.R., se llamaba Tuba, y solo pesaba cuatro kilos.

Tras el juicio, su compañero, aquel abuelo que salió a pasear por Cuevas del Almanzora, un pueblo de la provincia de Almería, arrastra, desde entonces, una condena mayor. Una condena que solo han agravado los costes judiciales, que al final recaen en el culpable, y una indemnización de 100 € como propietario de la perra. ¿Su injusto castigo? El dolor y la impotencia que recordará los años que le quedan de vida.

Fotografía del cadáver de la perra Tula
Detalle del cadáver de la perra Tuba.

Esta sentencia arrastra un dolor inimaginable dentro y fuera del Juzgado número 2 de lo Penal. Primero, para un anciano de ochenta y cuatro años de edad, que debió asistir impasible a la tortura y muerte de un animal al que se vio incapaz de socorrer; también de todos los que intentamos luchar por un modelo justo de bienestar animal, y no podemos más que observar cómo han cosificado, una vez más, a Tuba, una perra que valía dieciséis mil pelas: ni siquiera el coste íntegro de su cremación. Pero, sobre todo, para una sociedad enferma que está empecinada en seguir ocultando las mismas heridas que la desangran.

Quién sabe si Francisco entrará en prisión. La sentencia se conoció pocos días antes de Navidad, y de lo que casi estoy seguro es de que habrá pasado las fiestas entre silencios incómodos y juicios sordos por parte de amigos y familiares. Si me preguntan, mucha más suerte de la que merece; una oportunidad, que seguro desaprovechará, pero que debería emplear en no olvidar cuántos sentimos el más absoluto desprecio hacia su acto atroz, que no fue el de matar a un perro, sino el de atreverse a intentar azuzar a un animal, un noble pastor alemán, contra un cachorro indefenso, para después golpearlo, patearlo y pisarlo con todas sus fuerzas.

Ojalá el almeriense hubiese caído en manos de un juez responsable, de un Castro, o de un Calatayud, que no tienen número como para marcar la diferencia. Entonces, el juicio se hubiese encaminado por otros derroteros: se hubiese mencionado el respeto a la vida, pero también el derecho a la propiedad privada, en especial, si Tuba no era más que una cosa; habrían pesado conceptos como ejemplarizante, martirio y opinión pública, y se habría lanzado una mirada en rededor: hacia los animales que comparten la vida con ese asesino de perros —sean estos de dos o de cuatro patas— y cómo influyen, acontecen, y calan estos hechos en todos nosotros. Pero, por encima de todo, no se habría ridiculizado a un anciano octogenario, a una perra atormentada y a una sociedad entera con una pena de cien putos euros.

Una vez muerta, Tuba tenía un gran hematoma en forma de lágrima bajo su ojo izquierdo. Esa debería ser la condena de Francisco F. R. Viajar con esa instantánea dentro de sí hasta revertir por cien el mal que causó, y para nunca olvidar su egoísmo, su falta de empatía y su estupidez contra un ser indefenso, que sentía, y que hasta eso le negó, primero él, y después un juzgado que, cada día, representa junto a muchos otros, la moral de todo un país.


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Sobre penas contra el maltrato animal:

Jaggu Jaggu y la bondad

Jaggu Jaggu corre descalzo por Karachi, la ciudad más poblada de Pakistán. Galopa por las calles a toda velocidad con una camiseta de manga larga o un jersey mal anudado a pocos kilómetros del mar Arábigo. Karachi, la vigesimosegunda ciudad más poblada del mundo; centro económico, portuario y comercial del país; hogar de extremos, de segregación tribal a las afueras, y de guetos, y de fundamentalismos y prohibiciones, pero también de occidentalización, de frontera social y de privilegios inimaginables para una minoría lejos de la escena, en los barrios residenciales de Defence y Clifton, donde se concentran las rentas altas.

Para Jaggu Jaggu, el océano Índico se abre a lo lejos, entre edificios viejos, y, entonces, junto a ese perro callejero que no sabe hasta dónde ha viajado su fotografía, aparece un crío de amplia sonrisa, también descalzo, y desgarbado, con unos globos de colores en la mano, como una vendedora de cerillas que abandona el cuento y aterriza en una de las muchas zonas no privilegiadas que nos lega el siglo veintiuno.

Estamos en Bahadurabaad, uno de los vecindarios de clase media que, poco a poco, han envejecido sin pena ni gloria. No muy lejos del centro financiero de la ciudad, todo el atractivo con el que el barrio cuenta es una réplica del Charminar, monumento y mezquita que, originalmente, se puede encontrar en la ciudad de Hyderabad, en la India.

Jaggu Jaggu y su amigo

El niño sonríe, posando junto al perro; ya es de noche. Alrededor, nadie se ha molestado en aparcar bien los vehículos que capta la máquina del fotógrafo, ni en limpiar el asfalto que el improvisado modelo pisa sin zapatos. Para su estatura actual, su ropa es holgada, y está sucia, e incompleta, y, aun así, pese a toda la negrura que arremete contra ellos, el niño sonríe, y acaricia a Jaggu, que ya se ha aburrido de estar quieto frente al hombre de la cámara.

Antes de todo esto, Belaal Imraan, quien se ha topado con esta improvisada escena de amistad en Karachi, ha asistido al reencuentro diario entre el vendedor de globos para niños afortunados y Jaggu Jaggu. Un reencuentro lleno de fidelidad pese a la adversidad, de juego pese al cansancio y, sobre todo de bondad y de humanidad.

Por si la sonrisa no fuera suficiente, Belaal le pregunta al niño por qué le ha puesto su ropa al perro. Imagino que este le mira extrañado por un instante, como si la respuesta fuese demasiado obvia, y contesta: «Hoy hacía frío».


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Tu vida es un Caos

La semana pasada, creí haber perdido todos los textos que tenía en el disco duro. Por alguna razón, no consideré oportuno hacer una copia de seguridad de los mismos, aunque sí de miles de documentos de empresa que no me importaban ni una centésima parte.

¿Qué puedo decir para sentirme menos imbécil? No creí que me fuese a pasar. Un disco duro reventado es como un accidente de coche: le ocurre a los demás, nunca a uno mismo; hasta que ocurre. Cuando ocurre, te cagas en todos tus muertos y en lo idiota que puedes llegar a ser, y buscas una solución tardía. Tienes Google Drive, y Dropbox, y pendrives, y discos duros externos, pero, por alguna razón, eso de las copias de seguridad no va contigo. Eres un rebelde 2.0.

Hasta que ocurre. Entonces, si tienes unas cuantas neuronas buenas, aprendes la lección, y guardas las cosas importantes en ese cajón, físico o virtual, que quieres que siga ahí si se incendia tu casa, si un rayo revienta tu ordenador o, simplemente, si tu placa base dice que hasta ahí hemos llegado, que fue bonito mientras duró, y que te la casques con dos piedras, que su tiempo se ha acabado.

Tú lloriqueas. O le haces un funeral vikingo. O lo conviertes en una pajarera. Da lo mismo. Lo importante es que aprendas, y, en este caso, yo voy a hacer caso del aviso, porque al final no fue el disco duro, sino la placa, y así lo prefiero. Y la gente que no entiende dirá que soy estúpido, porque una placa es sinónimo de PC nuevo, pero las cosas pueden sustituirse, en cambio, lo que fue…, lo que fue es imposible hacer que vuelva: esa es la magia de la escritura.

Todo este rollo es para deciros que, entre las cosas que creí perder, estaban los primeros capítulos de un libro que quise dedicar a aquel perro del que ya os hablé una vez: a mi perro, y me gustaría compartirlo con vosotros; a ver si ahora cojo, tiro una botella de whisky encima del portátil, y se pierde de verdad para siempre.

PD: Ahora sí he hecho copia de seguridad.

PD2: He cerrado WordPress sin querer y me ha dado un amago de infarto, porque casi pierdo también este texto que precede al texto.


Este es un fragmento del primer borrador de la novela y puede sufrir (mejor dicho, ha sufrido) un gran número de cambios.

Prólogo

El primer recuerdo que tengo de Caos es lo mucho que pesaba pese a estar en los huesos. Tengo la certeza de que en su cuerpo se mezclaban kilos y abandono, y tardé mucho tiempo en demostrarle que había algo por lo que seguir moviendo su espalda herida.

Quizá era esto lo que tenía que haber escrito aprovechando la difusión de aquella carta que se compartió cientos de miles de veces y por la que todavía hoy muchas personas contactan con nosotros para saber más de aquel perro mestizo que encontramos a poco más de veinte kilómetros del centro de Barcelona.

No pude. En todo este tiempo hubo muchos otros cambios en mi vida: me casé, me hice vegetariano (o casi), decidí que quería intentar ganarme la vida escribiendo, acepté un voluntariado en una asociación animalista… pero no pude escribir más sobre Caos. Lo cierto es que pensé en crear algo similar a lo que estás a punto de leer, pero cada comentario en aquella entrada de blog sobre Caos era, de algún modo, tanto una sonrisa como una lágrima.

Lo cierto es que escribí que había empezado a redactar aquellas líneas dirigidas a un desconocido (o desconocida) cuando, por fin, me había recuperado, pero no lo hice. A mi alrededor, Caos nos marcó a todos de un modo que ningún otro perro podría (ni debería) hacer, y un año dos años después esto no ha cambiado.

Caos y Laura (retrato)
Dos regalazos que nos hizo una lectora y amiga de Valencia.

Pero hay una cosa que sí ha cambiado, y es el recuerdo. Hace unos días, encontré a Laura llorando en la cama. Sus lágrimas no eran exactamente por Caos, sino más bien por todas aquellas cosas que durante los tres últimos años había vivido y recordaba sin dificultad y ahora empezaba a confundir: los recuerdos se arremolinan y la imaginación empezaba a mezclarse con estos.

Por todo ello, estas historias y estas fotografías van por ella y para ella, aunque os invito a descubrir un pedacito de nuestra vida.

Sea como sea, gracias por acompañarnos.


La primera aventura

Esa noche actué como un robot. Los dos lo hicimos. Traje todo lo que había aprendido sobre perros a mi mente (terreno neutral, vigilar cualquier problema con la protección de recursos, positivo para ambas partes, actitud relajada) y lo apliqué al dedillo.

Cuando terminé, eran casi las dos de la madrugada, y el horizonte vestía el naranja. Esto ocurre a causa de la menor dispersión de los tonos naranjas; los tonos azules se dispersan mucho más rápido, mientras que el naranja permanece; si hay niebla, esas partículas, que no son más que aerosoles en suspensión, quedan muy cerca de la superficie, provocando este curioso fenómeno atmosférico.

Leí sobre ello de madrugada. En el jardín, mientras todos nos relajábamos y el cansancio, y el estrés, empezaban a apoderarse de todos nosotros; le dejamos dormir fuera, porque no quiso entrar a la casa, y nadie insistió. Allí quedó durante las tres o cuatro horas que nos quedaban de sueño, con un bol de agua fresca y una manta con la que sortear la humedad.

***

Unas horas después, Laura se fue a trabajar y yo aterricé en Barcelona, a unos 25 km de donde vivíamos en 2012, junto a un perro sin nombre que merecía algo mejor. Era jueves.

Caos en Corbera de Llobregat
En la casa de Corbera de Llobregat, unas dos semanas después de encontrarlo en la carretera.

De día, su aspecto era espantoso. Estaba desnutrido, y con las patas rasgadas y heridas por todas partes; se adivinan colores de pastor alemán, pero la suciedad y la tierra habían convertido su pelaje en una maraña de tonalidades grises y negras. No recuerdo si llevaba collar: juraría que no: de su cuello colgaba una cadena metálica y un mosquetón oxidado adherido a ella. Lo peor era el estado de sus patas, y lo que se intuía al verle caminar: no eran sus extremidades, sino un pronóstico cien veces peor.

Decidí caminar con él un rato por la ciudad. Nos dirigimos a un veterinario, pero todavía era pronto; debíamos esperar a las diez, y el estoicismo del animal me demostró que había aguardado más de una década, por lo que una hora no era problema.

Tampoco caminar lo fue. Lo hacía lento, seguro de sí mismo, con una energía que solo conocen aquellos que han estado a punto de caer demasiadas veces y siguen avanzando.

Nunca hubo tantas miradas prejuzgando a alguien en ese barrio. En esos barrios. Alrededor de una decena de veces no quedó ahí: no faltó quien insultó, ni quien soltó la típica frase que contiene una inyección perenne; a quien quiso escuchar, se lo expliqué. Sin embargo, no tardé en comprobar que una noche de descanso no era tiempo suficiente para tantos años de maltrato: cerca del veterinario, empezó a tumbarse cada vez que alguien nos paraba un minuto; no volví a detenerme: cuando me asaltaban, les decía que íbamos camino a un veterinario, que lo habíamos encontrado abandonado y que el perro no debía pararse, sino ser atendido de urgencia.

Si esta historia ha caído en tus manos, quizá (en estas primeras líneas) te estés preguntando varias cosas. Voy a intentar responderte algunas de ellas antes de proseguir hasta el veterinario. Ante todo, quiero decirte que, por aquellas fechas, yo no tenía carnet de conducir ni posibilidad alguna de hacer entender a nadie que un perro medio muerto, lleno de heridas, garrapatas y, probablemente, con leishmaniosis avanzada debía ser visitado de urgencia; o quizá sí, lo cierto es que, seis años después, todo lo que recuerdo me indica que no era así, pero, ¿quién sabe? ¿A quién llamas, entonces? Coges la mano, y juegas las cartas que te han tocado. ¿Qué vas a hacer sino?

Por estas latitudes, no obstante, la historia no tiene un gran interés; fue tal que así: mi chica aparcó el coche tan cerca de allí como pudo y se marchó hacia el trabajo; mientras, yo estuve hablando con mi familia durante unos minutos por teléfono y me dispuse a llevar el perro a una clínica veterinaria cercana.

Volvamos, pues.

Foto de Caos (primer plano)

En la puerta de la clínica, suspiré un minuto. Algunas viejas cuchicheaban detrás de mí; una tontería que, en ese momento, me hizo sentir lo suficiente incómodo para dar cuatro zancadas hacia delante, decidido a explicar todo lo que sabía de ese animal, a intentar que alguien buscase información en un chip que difícilmente existiría. Esa era mi primera opción, aunque no quería devolver al perro a alguien capaz de convertir a un animal tan noble en un cadáver viviente; la segunda opción, solo había cruzado mi mente con fugacidad. Me concentré en lo único que me tranquilizaba: seguir adelante, un paso detrás de otro.

En ese instante, el perro trastabilló y cayó en la puerta, agotado, y los murmullos se convirtieron en acusaciones que ya no recuerdo hoy. Me concentré en dejar que descansara un momento y en tranquilizarle, acariciándole el lomo sin prisa; el animal se enderezó, pero esta vez no quise arriesgarme, así que lo subí en brazos hasta la puerta y empujé con un pie cuando sonó el zumbido eléctrico de desbloqueo.

Dentro no fue mejor que fuera. La única cliente que había a primera hora de la mañana formuló la misma pregunta que ya habían hecho decenas de personas: “¿Qué le ha pasado?”

—No lo sé —dije, más centrado en la veterinaria tras el mostrador que en aquella mujer de la que me he olvidado casi por completo. —Lo encontramos ayer noche en una carretera, ¿podéis leer el chip, si es que tiene, y hacerle una revisión?

Al principio, aquella mujer con bata blanca no dijo lo que pensaba. Tardó un par de minutos en encontrar las palabras. Evaluó su estado de un modo mucho más general de lo que me hubiese gustado y contestó:

—Llévalo a la protectora.

Me negué.

—Ese animal debe ser sacrificado. Evita que siga sufriendo.

Caos junto a Trotski, en La Garrotxa
Caos en La Garrotxa. Junto a él, Trotski, un mastín de los Pirineos que vivía allí con su hermana Ninoshka y familia.

Le pedí de malas formas que leyese el maldito chip que sabía que no tenía, que ya esperaba que no tuviese, y me largué. Allí no quisieron tratarle. Solo me dijeron lo que ya sabía: no tiene dueño, y así era mejor. Nada más.

Al salir por la puerta, sentí un calor terrible, el cabreo y la indignación se mezclaban con picos terribles de humedad y un sol intenso que amenazaba desde el este. Pensé un minuto en mis opciones: podía probar a llevar al animal a otro veterinario, habría que caminar un par de kilómetros como mucho, pero tras veinte o treinta minutos de paseo, él no podía más.

Pese a encontrarse herido y desnutrido, era un perro grande; casi un peso muerto, así que me senté en una plaza junto a él, y descansamos. Su cara no parecía alegre; tampoco triste. Miraba extrañado, como si no comprendiese dónde íbamos o qué estábamos haciendo; parecía asumir que eso era mejor que lo que hubo antes, y aunque algo receloso, empezaba a tolerar mi compañía sin la intención de escapar de improviso. Eso también ayudó.

Alrededor, los rostros se relajaron, sentí cómo el porcentaje de gente que se cagaba en todos mis muertos a mi paso por El Carmelo se reducía; la tercera persona que se sentó a mi lado dispuesta a escuchar qué había pasado me sirvió de excusa. Le resumí lo sucedido, agarré al perro, lo subí a mis hombros y me encaminé hacia otra clínica rezando a un dios en el que no creo para que no se le soltase el esfínter.

***

Tardé unos treinta minutos en recorrer poco más de un kilómetro y medio. Siempre he caminado rápido y desde que tuve problemas de espalda me acostumbré a no estar quieto mucho tiempo de pie. Pero el perro se revolvía nervioso de vez en cuando, y teníamos que parar, bajarlo y dejar que se moviese con libertad unos segundos; después, de nuevo a la carga.

Caos (hidroterapia)
En una sesión de hidroterapia junto a mí, en 2014.

Ahorraré tinta aquí: ocurrió lo mismo. No exactamente, claro que no. No fueron más simpáticos; todo lo contrario. El consejo fue el mismo: sacrificio. Esta vez les mandé a la mierda y me largué con el perro hasta la casa de mi familia cercana.

Lo que más me cabreaba de vuelta no era haber perdido el tiempo. Ni tan siquiera haber perjudicado al perro: tras una vida así, ¿qué importan tres horas? Se trataba de algo mucho más simple: la falta de interés, de recursos, de humanidad. De apostar por una jeringa de cien euros como solución a un problema del que nadie quiso preocuparse nunca.

Mi madre trabajaba, pero conseguí meterlo en su casa. Hasta las siete de la tarde, descansó. Aproveché para quitarle treinta y cuatro garrapatas, cada una más grande que la anterior, y le di un baño; después, vacié un bote de espray antiparasitario y limpié con lejía y otros productos desinfectantes la ducha.

Durante más de veinte minutos el agua siguió saliendo negra… hasta que desistí. Le sequé con la toalla más vieja que encontré y luego la tiré a la basura; hora y media más tarde, me cansé de quitarle pelo muerto, aunque comprobé que el perro no tenía el pelaje totalmente gris, sino que mantenía unos colores muy similares a los de un pastor alemán.

Decidimos contactar con conocidos, buscar a alguien que pudiese hacer una valoración general del estado del perro y, en definitiva, conocer nuestras opciones. A las seis de la tarde, teníamos hora para una consulta el día siguiente, por lo que Laura, el perro y yo salimos de Barcelona en un gran atasco que se había originado en la Ronda de Dalt por culpa de un accidente cuádruple.

De vuelta, ya le habíamos bautizado: Caos. El nombre nunca me gustó. A ella creo que sí. De cualquier modo, estaba bastante claro que le pegaba. Todo había salido mal, y los días siguientes no prometían cambiar el curso de la historia.

Sé que entonces no le di mucha importancia al nombre, porque no creí que viviera demasiado.

Me equivoqué.

Piedras contra el cristal

Esta no es la ciudad más calurosa que conozco; ni por asomo. Al estar rodeada de mar y de montaña, si acaso, una de las más húmedas, pero el calor es soportable en verano y el frío poco molesto en invierno.

Quizá por eso, a partir de mayo, falta despertar unas cuantas conciencias y sobra ropa en el armario. Y quizá por ello murió un perro, uno más, uno que quedó encerrado bajo el sol de Castellón, y otros muchos lo harán también aquí, y en cualquier otro punto de la península; este año, el que viene, el siguiente, hasta que, a fuerza de golpes, terminemos por despertar.

El interior de un coche al sol es un horno, más aún para nuestras mascotas que no comparten con nosotros los mismos mecanismos para combatirlo: en nuestro caso, sudor a través de todo el cuerpo; en el suyo, jadeos y sudoración a través de las almohadillas. También es peligroso para un gato, un hurón, un niño, o cualquier otro ser vivo.

Golpes de calor en perros (coche)Muchos mueren cada año; aquí, y en todas partes, porque nadie toma la iniciativa, porque hay leyes, porque no es asunto nuestro; ocurre por todas partes, pero, esta vez, también sucedió aquí.

Te lo explicaré.

Esa mañana estaríamos, al menos, a treinta grados a pleno sol. Un grupo de seis o siete personas se arremolinaba junto a un Ford Escort del año noventa y pico y, en el interior, un perro se revolvía inquieto, jadeando con fuerza y a toda velocidad; cansado de moverse de arriba para abajo, a la espera de que alguien volviese a por él.

La gente miraba, criticando la irresponsabilidad de esa persona que había dejado a un perro en el coche por tiempo indeterminado ya.

Pregunté a una chica de veintipocos. Ninguno sabía cuánto tiempo llevaba ahí dentro, y recordé que veinte minutos pueden ser suficientes para rescatar solo a un cadáver. Habían llamado a la policía: es lo que se debe hacer, comentó alguien, apesadumbrado.

Observé a los presentes; por un instante, imaginé que uno de mis perros se encontraba en una situación similar. Una niña de no más de cinco años miraba a su madre a los ojos, sin entender; el perro subió las patas una vez más a la ventana, y contempló a los presentes moviendo la cola, sin demasiados aspavientos ya.

Después, se recostó en el suelo del coche, tras el asiento del conductor.

—Hay que sacarlo de ahí —dije—.

Es delito romper una ventanilla.

Es ilegal abrir el coche de otra persona. 

No se puede hacer nada si no está aquí la policía. 

Encontré una piedra en el parking, y la gente dejó algo de espacio a mi alrededor. En el interior, el animal se echó a un lado; aticé un golpe seco al cristal, y estalló en mil pedazos.

Con ayuda de la misma, limpié de fragmentos el lateral de la ventana y corrí el seguro hacia arriba. Por último, abrí la puerta, y el perro asomó el hocico hacia fuera. Alguien apareció con una botella de agua, y un tercero comentó que no se le obligase a beber si no tenía sed —tenía razón—, pero que intentásemos llevarlo hacia la sombra de un árbol y echarle agua por encima.

El perro hervía. En un primer momento, le acompañé cogido por el collar, pero él mismo se dirigió sin muchos rodeos a la sombra. Allí quedó, con su perfecto pelaje blanco y negro de mil leches que lo convertía en un ser único que estuvo a punto de perderse.

Llegó la policía. Preguntó quién había roto el cristal.

Recuerdo perfectamente que esa fue la primera pregunta: no fue si el perro estaba bien, si llevaba mucho tiempo dentro del coche, si había aparecido el dueño o la dueña con el fin de aclarar lo sucedido.

Quién. Había. Roto. El. Cristal. Y se supo la verdad al instante.

Lo tomé bien. Una multa. Una detención incluso. Una condena. Se puede esperar cualquier cosa de este país donde importan más los bancos que las leyes, y más las leyes que protegen a estos, que las personas y los animales con los que convivimos.

Tampoco reculé aquí. Podría haber dicho: «Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer», pero no lo hice. Acepté los hechos uno por uno, el resto, se sobreentendía; una acción tras otra.

—Sí, llevaba un buen rato —dije—, pero de lo único que cualquiera de los presentes debería arrepentirse es de lo mucho que se ha tardado en romper ese cristal con una piedra.

El perro jadeaba bajo la sombra de un árbol.

Las leyes están para cumplirlas.

No podemos tomarnos la justicia por nuestra mano.

Un agente de policía es el único que puede hacer algo así.

Lo negué taxativamente. Las leyes injustas deben cambiarse. La policía no estaba, agregué, y de estar, sé que han muerto muchos animales por no tomar cartas en el asunto: de estar presentes ustedes, hubiera hecho lo mismo.

No sabía si iban a multarme o a detenerme.

El dueño o la dueña del Ford Escort seguía sin aparecer.

Algunos y algunas estaban de acuerdo conmigo; otros estaban avergonzados por seguir preocupados por un trozo de vidrio.

Al fin llegó una mujer de mediana edad. El perro ladró, complacido: su bondad y su inocencia no pueden compararse con ninguna cualidad humana. Tuvo la integridad de preocuparse por su perro antes que por su coche. Nadie dijo nada, pero tardó escasos segundos en comprender su estupidez y su error.

Los policías también se miraron entre sí.

La niña de cinco años suspiró aliviada.

No hubo multa, ni arresto. No hubo nada más. Solo la certeza de que todo volvería a repetirse, antes o después, y que esta podía ser la mejor solución que esta ciudad, este país, este mundo, podía ofrecer a algo que nos importa tanto.

No salí corriendo, ni me despedí de los curiosos que allí quedaban; nadie me perseguía, pero escapé entre sonrisas.


Si esto puede implicarme a mí, a la mujer que lloraba abrazada a aquel perro, a los agentes que recibieron el aviso o a cualquiera de los presentes frente al Ford Escort, esto no es más que ficción.

Si aprendemos la lección de una maldita vez, ocurrió palabra por palabra.

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Cómo tratar a tu mejor amigo en el país de la hamburguesa

Cuando viajas por el sur de EEUU, entiendes por qué hay cierta rumorología siempre presente en el ambiente. Texas, Nuevo México o Arizona no tienen nada que ver con Nueva York, Maryland o Illinois, y muy probablemente tampoco con las zonas del extremo norte del país. ¿Pero qué coño tiene que ver Barcelona con Cádiz o con Badajoz? Visto así…

Sea como sea, en nuestro recorrido, que hace unos días comenzaba a explicar, vimos las dos caras de la moneda. Al dejar atrás Missouri, no fue extraño encontrarse frente a inmensos ranchos a lo largo de Kansas, Texas u Oklahoma, y también con reses muertas, y todo tipo de cuerpos de animales en el arcén de la carretera; bichos que te hacían comprender, ipso facto, por qué los cuervos eran siempre parte del decorado.

Antes del festival de vísceras que nadie se empeña demasiado en ocultar, para qué engañarnos, asistimos a una cara muy distinta en Nueva York: una serie de spots que nos acompañarían hasta la Costa Oeste de motel en motel. El único que realmente recuerdo —poco tiempo había para la televisión— trataba sobre el tabaco y los animales de compañía, y el eslogan era algo así como: Let’s start treating our best friends like real best friends[1]. En él, se criticaba el hábito del tabaco, pero, sobre todo, se hacía hincapié en el hecho de que los perros y los gatos pudiesen desarrollar cáncer de pulmón por culpa de sus dueños.

http://www.youtube.com/watch?v=CXJ8PSB_g5o

En la carretera, en cambio, no solo vimos cadáveres de vaca, ciervo e indecibles, sino algún claroscuro más a nuestro paso hacia California. Concretamente, tres perros que se movían, desorientados, por el primer tramo de la 66 en Arizona, donde los abandonos en la reserva india son recurrentes, pues la policía ni pisa al sur de la I-40; ranchos de cientos de hectáreas con un par de decenas de animales sin una brizna de hierba, y otros tantos, que mutaban milla a milla hacia granjas industriales con cientos de miles de cuerpos al sol, como un infinito borrón de topos blancos y negros destinados a alimentar a toda prisa al país de la hamburguesa.

Conduciendo a través de esas tres o cuatro imágenes constantes, casi atropello a un perro que se lanzó frente al Ford Fiesta que circulaba por el asfalto a unos 90 kilómetros por hora. El resultado fue un acto reflejo, un golpe de volante, un desacelerado nervioso. No os imagináis cómo dos segundos podían haberme destrozado un viaje tan épico…En serio. Esta vez, en cambio, llegué al fondo de la cuestión: era la mascota de un sureño que me seguía en una pick-up a unos cuantos metros de distancia, alguien a quien no le pareció preocupar demasiado que casi arrollásemos al perro que salía a saludarle efusivamente a su vuelta.

En definitiva, acordamos que en todos lados cuecen habas; y en el sur de la Unión, a veces las acompañan de escasa empatía y exceso de carne. Son escenarios de espuelas, rodeos y quijadas desecadas al sol y lanzadas contra un capó o un maletero; donde todos zampan chuletones de dos kilos a media mañana y se preguntan por qué California sufre una sequía infranqueable bajo el lema: Get a drop free! O algo así.

Cuervos (Galena, KS)
Dos cuervos en un cartel publicitario de Galena (Kansas, EEUU). ©1988-2015 Jürgen Vogt

Es una imagen, claro. No un todo. Porque una vez has visto eso, lo difícil es no simplificar; comprender que hay millones de personas que también allí quieren cambiar su forma de vida, proponer modelos alternativos, cambiar de conducta; por nuestra parte, en lugar de mantener una crítica férrea, deberíamos asumir que no lo estamos haciendo mejor.

Cuando te enfrentas, en directo, a ciertas representaciones del mundo, todo se vuelve mucho más complicado. En el país de las libertades, sus habitantes buscan un buen plato de carne cada pocas horas, mientras, miles de animales mueren cada segundo para el menú del día siguiente y, mientras tanto, un par de publicistas se preocupan por la salud de tus mascotas.

Por todo ello, quizá parezca una tontería inquietarse por cómo el humo de un cigarro puede afectar a nuestro colega de cuatro patas, ya que no nos preocupamos en la misma medida por destruir la tauromaquia, el maltrato animal o similares; ellos tampoco.

Estatua frente al Old Town Museum (Elk City, Oklahoma). La fotografía es cortesía de TripAdvisor (porque la que yo hice era una basura a contraluz).

Con todo esto en la cabeza, garabateé en sucio estas ideas y me acordé de Let’s Adopt, una organización animalista de alcance internacional que atiende casos de extrema gravedad, como los de Tidus, Ava o Betsy y, al menos en España, no permite que los fumadores adopten a los animales que ofrecen en adopción. Aunque parezca difícil de creer, la organización ha sido fuertemente criticada por esto; los argumentos más oídos son que no es algo tan grave, que puede haber buenas familias de fumadores o que, directamente, es un requisito idiota.

Sin embargo, lo que esta gente debería preguntarse es otra cosa: hay miles de protectoras con casos igual de graves que estos que no consiguen miles de solicitudes de adopción al día; ¿de verdad queremos ayudar a un perro o las apariencias son todo lo que nos importa? ¿De verdad queremos ayudar a los animales o solo nos interesan algunos animales? ¿Importan todos los perros o solo algunos perros? ¿Y el resto de animales? ¿Qué derechos tienen otros animales?, ¿y los animales destinados al consumo?

No podemos cambiar nuestro mundo en un día; podemos ser consecuentes con lo que pensamos y con cómo actuamos; a partir de ahí, seguir avanzando. Nunca prostituir un ideal porque hay cosas más importantes delante; tampoco creer que tenemos potestad para criticar la paja en el ojo ajeno si no luchamos con la misma intensidad por derrotar tanto la viga como la paja del propio.


[1] Esto… Más o menos, sería: «Vamos a empezar a tratar a nuestros mejores amigos como mejores amigos.«

Se van

Echo de menos a Caos. Siempre echo de menos a Caos. Cada día. Todos los días. No sirve de nada, pero tenía que empezar diciéndolo. Siempre hay algo que termina por recordármelo en un momento u otro. Hoy, leo cáncer de hígado en Internet, y le echo de menos. Aunque él no se fue así; a él le dio un vuelco el corazón, y después a nosotros.

Echo de menos a Caos. Le añoro. No sé si lo añoro más que a mi padre, que sí se lo llevó el cáncer; no sé si lo añoro más que a los abuelos que conocí; no lo añoro más que a los amigos que marcharon temprano. Sé que fue familia, y sigue siéndolo.

Caos en La Garrotxa (Gerona)

Leo cáncer de hígado en un blog, y recuerdo que se irán. Se irán con casi todo lo que nos dieron a cada instante de sus breves e intensas vidas. Se irán. Casi siempre se irán antes, porque brillaron el doble, sino más. Ellos lo prefieren así; si se lo permites, te lo habrán enseñado bien a lo largo de los años.

Te habrán enseñado a dormir al sol tumbado junto a ellos; a reír por cualquier cosa que te apetezca; a besar cuando sientes que es la persona adecuada; a compartir las pequeñas cosas, y a ser un poco egoísta cuando se trata de tu juguete favorito, por supuesto; te habrán enseñado que el amor debe ser incondicional, que la vida es cosa de un minuto y que no hay nada que un perro no pueda perdonar, porque son mejores que tú y que yo.

Se van; también nosotros. Y duele tanto como debería, no más; y juras sentir cómo los recuerdos se desmigajan entre lágrimas amargas que pretenden atesorar una vida entera; juras que jamás volverás a pasar por algo así; juras que no es justo.

Escaparán mucho más lejos de lo que nunca corrieron; pagaremos ese peaje. Pero es un tributo tan escaso frente a una vida juntos que estaríamos locos si no volviésemos a caer en ese error mientras quede en nosotros un soplo de aire.