Teléfonos móviles en el Congreso

Se quejaba ayer un profesor de Historia y Economía de que vaya ejemplo estaban dando los diputados y diputadas durante la sesión de investidura. Todo dios pegado al móvil mientras se sucedían las comparecencias en el Hemiciclo. Pues lo dicho: el hombre se hizo viral, y con razón. Pero viral, viral, oye, viral de que habla de ti hasta la Pedroche en Zapeando (que se ve que es un programa de La Sexta: yo no tengo tele en casa y, además, prefiero hacer la siesta). Y no me extraña nada: ¿acaso no tiene razón? Ya no es que muchos de nuestros políticos jueguen a escondidas al Candy Crush o al Clash of Clans o a lo que demonios esté ahora de moda (si tenían los cubatas subvencionados hasta hace cuatro días van a pagar los datos móviles, ¿sabes?), sino que esto no es más que el reflejo de lo que hay detrás: el calentar la silla, el alargar las cosas, el no buscar soluciones, el no avanzar por el resto y para el resto de nosotros, porque nuestros políticos, que no son tan nuestros como suyos, no son sociedad: están arriba y, a una amplia mayoría, eso les gusta bastante parece.

Foto de archivo© de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

No es cuestión de si el de Vallecas vive en Galapagar ni qué paga de hipoteca (que se hizo asunto de estado, a diferencia de dónde viven Sánchez, Rivera, Casado o el de la pistolita), si se adoptan verdaderas medidas de justicia social de una puñetera vez en este país (como muchos queremos) o si seguimos bailándole el agua al neoliberalismo que va a saco; ni tan siquiera algo tan urgente como el cambio climático[1] y lo que sea que vamos a hacer, que eso sigue siendo una tabula rasa hasta que vivamos en el desierto y nos llevemos las manos a la cabeza.  La cuestión es que a Pedro Sánchez le votó su partido y un señor cántabro (anda que no ha habido «cachondeíto» en los diarios con el pobre diputado del PRC) en la primera sesión de investidura y, los que se abstuvieron, lo hicieron por el marco que el propio secretario del PSOE ha generado: una izquierda fragmentada y un clima de película de terror frente a las tres derechas que se debía creer que obligaba a rendirle la presidencia sin condiciones.

El pasarse las jornadas mirando el smartphone en vez de trabajar va muy de la mano del no querer afrontar un conflicto identitario en España (el de los vascos y los catalanes, por lo menos), de no ofrecer las competencias necesarias —como decía Iglesias durante su participación— a los ayuntamientos para frenar problemas reales de los ciudadanos como la gentrificación y el precio de la vivienda y, por descontado, de no querer pactar, o sea, de no tener ningunas ganas de hacer política. 

Me gustó mucho la bronca de Joan Baldoví (de Compromís) a Sánchez en la que le largaba que no quería pactos con nadie, que quería una rendición incondicional (con 123-124 a favor). Cada cual tendrá sus ideas y sus colores, pero hay dos verdades ineludibles en España: una, somos lentos de pelotas en esto de formar un gobierno y, dos, nuestra democracia sigue en pañales, porque hasta un crío sabe que si quieres que te acepten en el equipo, no te enrabietas y te pones a decirle al resto lo tontopollas que son, y eso, más o menos, es lo que hizo ayer el presidente en funciones con su socio preferente (Podemos) y el resto de los partidos que, en una tesitura casi igual de peliaguda que durante la moción de censura a Rajoy, han elegido lo malo conocido a lo peor por conocer.

Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno en funciones durante su intervención el martes, 23 de julio, en el Congreso. Fotografía: ©Álvaro García, El País.

Tras el cara a cara de ayer entre posible presidente y principal socio preferente, quedaba por ver si hoy había avances. Mientras escribo esto, parece ser que ya hay propuestas encima de la mesa del PSOE —la vicepresidencia y cinco ministerios—. Todavía nos queda mañana un poco más de paripé entre discursos, réplicas y contrarréplicas en el Congreso, pero lo que parece hacer falta para desencallar la cosa son concesiones y pactos: en otras latitudes están acostumbrados, en la política española parece que no. En fin, que no hay que ser un lince para ver que al PSOE le ha salido el tiro por la culata (este veranito que ni se les ocurra ir al Casino, que el faroleo les queda para septiembre) y que, si esos individuos y esas individuas de los telefonillos tuviesen las mismas angustias que el ciudadano medio, otro gallo cantaría, y quizá no hace falta bajarles el sueldo ni quitarles las vitalicias como suele decirse, sino obligarles a hacer su trabajo. Vamos, lo que a todo hijo de vecino.


[1] Estos días, para que sepamos que no solo hay imbéciles en España, la derecha francesa se reía de la joven activista Greta Thunberg que había sido invitada a participar en la Asamblea Nacional.

Un robot con renta básica

Al principio de su campaña, Podemos defendió la renta básica universal. Pero la formación morada no tardó en dejar esta idea en standby y centrarse en otras promesas electorales. Ocurrió en la misma medida que el rechazo a la tauromaquia, que se tradujo en la ofrenda de un tijeretazo a sus subvenciones: algo que PACMA consideró insuficiente para ofrecerles su apoyo.

En España, un país que tiene un sueldo mínimo de 655 € al mes y un paro juvenil superior al 46 %, defender la renta básica universal es una quimera. Para nuestra tranquilidad, por ahora, lo es también en Europa —en esto, sí somos europeos—, si bien probablemente sería una buena forma de establecer políticas novedosas con las que nadie se atreve, ¿no? Al fin y al cabo, si podemos ser el conejillo de indias del Bundesbank para ver cuánta mierda puede tragar el ciudadano medio, también podrían tirarnos un hueso de vez en cuando.

Unidos Podemos (Garzón, Colau, Oltra, etc.)
Cartel promocional de Unidos Podemos para las Elecciones Generales de junio de 2016.

La argumentación de Iglesias, por aquel entonces, era dramáticamente lúcida: si los jóvenes tienen que trabajar por cuatro duros, por consiguiente, no podemos generar empleo de calidad; «si no tienen que coger el primer trabajo que les salga, la competitividad de las empresas, aumentará». Por descontado, también resultaba terriblemente obtusa: ¿si no lo habían visto los alemanes en la zona industrial del Rin?, ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja? ¿O si se veía? Quizá detrás del discurso del «vivir del cuento», «de no mantener a los vagos» y de «dónde saldrá el dinero para ese sueldo Nescafé», existe un problema gravísimo de desempleo regional que se materializa en las Canarias, en Ceuta, Extremadura o Castilla-La Mancha, y también en Grecia, en Portugal, en Francia, y en toda Europa.

[…] ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja?

The New Yorker (portada, 2011)Por supuesto, los detractores de la renta básica universal (RBU) han buscado argumentos con los que convencer al electorado: está la premisa de la gran putada que eso supone para una debilitada clase media europea (¿qué clase media?); tampoco se olvidan de que la heterogeneidad es un hándicap notable, y ponen de ejemplo a los EE UU, donde los blancos protestantes no ven bien eso de las ayudas a las «minorías» de clase baja; y, por supuesto, crea vagos. No te lo dicen así, pero esta no es una política que siga el modelo de competitividad capitalista, así que… ¿si te dan algo gratis, por qué vas a trabajar?

Evidentemente, si lo analizamos punto por punto, esto es un despropósito. Primero, porque no hay razones de peso para cargar ese gasto a la clase media: si el capitalismo nos lleva a incrementar las diferencias entre clases altas y bajas, que sean las primeras quienes se ocupen del mayor agravio comparativo, y no una clase media que se está extinguiendo debido a esas mismas políticas económicas. Segundo, porque comparar EE UU y Europa no siempre es pulpo como animal de compañía, porque hay una cosa que se llama neoliberalismo y estado del bienestar, y otra cosa que se llama liberalismo y no intervencionismo. Y, tercero y último, porque por mucho que te digan que con una renta básica uno va a ser feliz: la mayoría de los seres humanos no aspiramos a comer todos los días macarrones y nada más que macarrones, y ni estudiar, ni comprarnos la PlayStation, ni salir por ahí de viaje, o de fiesta, o con la parienta.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas.

Más que vagos, lo que parece crear esta RBU es un arma contra las humillaciones, contra los sueldos que nunca abandonan las tres cifras, y contra las grandes empresas y los poderes fácticos. Pero no funcionó. Iglesias y los suyos dejaron esta idea atrás más pronto que tarde, y centraron su campaña en temas sociales y de mejora económica que no se desviaban tanto de los caudales tradicionales.

¿Pero por qué es una quimera? ¿A qué viene esa marcha atrás en plena campaña? A nada más y nada menos que a las actuales economías low-cost, donde todo tiene que ser cada vez más barato, donde no se prioriza la inversión en Investigación y Desarrollo y te miran raro cuando mencionas el coste agregado de la digitalización.

Robots industriales (fábrica de coches)
Robots industriales en una fábrica de automóviles.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas; lo que está claro es que la cúpula de Podemos debió mirar un poco más a fondo en los presupuestos generales, y darse cuenta de que España es un país mucho más atrasado de lo que ellos mismos esperaban, que está terminando de desangrar a ese pollo sin cabeza llamado estado del bienestar, pero que no tiene recursos para alcanzar la renta básica, ¿y como colofón? Bueno, falta por explicar a los ciudadanos que no van a ser los vagos quienes se carguen la economía de la nación, sino los robots; pero, como bien decía Daniel Raventós en una entrevista de Federico Florio para La Vanguardia: «falta voluntad política, pero sobre todo, que los políticos se enteren a tiempo de las cosas», y tengan el interés de informarse, podríamos agregar.


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De coleta morada a coleta cansada

Ayer, leía una noticia en La Vanguardia que retrataba a un Pablo Iglesias muy distinto al que hemos conocido estos últimos años: pesimista, desganado, acusando el cansancio electoral que se ha extendido más de ocho meses entre elecciones, reuniones en busca de una (dudosa) investidura y otros tantos en campaña en campaña.

El redactor buscaba el contraste entre este y otros miembros de la coalición (Unidos Podemos), que no solo rehuyeron en un primer momento ese idealismo propio del socialista, sino que, además, mostraban mejor cara al mal tiempo.

Yo voté por primera vez a Unidos Podemos en junio, y antes, en diciembre, a Podemos en solitario: sin coalición ninguna, a pelo, como se presentaron. Anteriormente, no encontré alternativa mejor, y tanto para el Congreso como para el Senado, me decidí siempre por PACMA. Lo digo por si eres uno de esos lectores o lectoras que necesita saberlo, que debe leer un párrafo que se adecue con su ideología; esto no solo va para el resto, también para otros simpatizantes y votantes como yo; porque Iglesias ha pecado de un exceso de liderazgo, de cierta egolatría y, si bien tenía presente la importancia de los medios (llevar el diálogo hasta la televisión desde mucho antes que el resto quisiera debates allí fue un enorme acierto), erró al olvidar lo esencial que es caer en gracia, de ofrecer una imagen afable: como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo  como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo el contexto que se le presentaba, recordando los movimientos tradicionales de la izquierda y la derecha en el país, y si bien yo no hablaré de ocho millones de subnormales, sí sería bueno tener presente que España no solo son las grandes ciudades, también los pueblos; y los nichos de población de baja calificación, escasos estudios y ruralismo ideológico.

Pablo Iglesias haciendo el indio ;-)

Ahora toca apostar por las nuevas reglas. Para seguir viviendo en España, y a la vista de los resultados, toca apostar por las nuevas reglas, porque perdimos; por segunda vez. O largarse, pero si seguimos aquí, es que nos hemos resistido suficiente, así que algo nos atará a estas fronteras seguro.

Toca apostar por las que imponen los grandes partidos, aquellas del pez grande que se come al chico; donde uno está arriba y diez, once, doce, quince… abajo, pisoteados, y a medida que hablamos, aún aumenta esta segunda cifra. Pero si tanta gente sigue aclamando a Amancio Ortega, tendremos que deducir que, o bien hay mucho idiota, o parte de verdad en lo que se dice.

Quizá el cambio no estaba en Podemos, ni en Izquierda Unida, ni en las izquierdas siquiera, pero la votación unánime al Partido Popular demuestra que todo está bien en la derecha, y con la derecha. Está bien crear empleo eventual con condiciones de mierda, es real aquello de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que no ocurre nada porque no se haya montado un gobierno desde diciembre de 2015, porque España, por sí misma, ya es un desgobierno de tomo y lomo.

Presidencia y ya tal
La segunda ya tal.

Acostumbrémonos a las universidades públicas con precios de élite, a los trabajos en formato de prácticas low-cost, a vivir bajo el umbral de la pobreza, a tragar, a no poder luchar por nuestro futuro y, sobre todo, a seguir hipotecando nuestro presente.

Existían en este país todos los ingredientes para convertir una revolución del pensamiento en una revolución de las urnas; pero quedamos cortos. Todavía gana el miedo, el qué pasará y el temor a que, con cualquier otro, estemos peor. Es tan grande el sentimiento que ni tan siquiera conseguimos darle el tradicional pucherazo entre la izquierda de mentira y el centro-derecha de mentira.

Pedro Sánchez (Ken+Barbie)
Barbie, a la derecha, con Ken, a la… Oh, wait.

Mientras tanto, nos obcecamos en el «caso Echenique» y no en los miles de ejemplos de corruptelas normalizadas por el Partido Popular y el PSOE. ¿Que está mal? Por supuesto, y no seré yo quien lo defienda, pero sería conveniente tratar de ver que solo es un reflejo fiel de este país, donde, en la práctica, para presidir una gran empresa con miles de empleados puedes pagar la misma cuota de autónomos que aquel que trabaja a media jornada limpiando la mierda del resto, o imparte cuatro clases de inglés, o se rompe los cuernos en algún micronegocio donde solo encuentra trabas y trabas.

Parece ser que se nos mide a todos por el mismo rasero, hasta que interesa; cuando no lo hacen, el circo mediático se pone en marcha, no vaya a ser que alguien sume dos más dos y vea un pelín rocambolesco que se compare a una persona con una minusvalía grave que no avisó a la Agencia Tributaria de que su asistente no pagaba la cuota de autónomos con grandes capitales que defraudan a diario miles de millones.

Y eso es todo. Ahora desfalcad a pequeña y gran escala, preparaos para que los nacionalismos crezcan también al oeste del Ebro, y quizá más cerca aún de los Pirineos, y quién sabe. Empecemos por contratar con cláusulas abusivas para poder amasar una fortuna antes de que la clase media termine por desaparecer y, por encima de todo, posicionémonos en el lado vencedor, que es aquel al que han dado alas.

A España le falta un hervor o dos, en todos lo sentidos, y quizá nosotros no lo vemos, así que  lo mejor será intentar asegurarnos una jubilación digna, pero de la única forma que sabemos aquí: tragando, y poniendo la mano, o directamente robando.

Hoy, es lunes

Hoy, no puedo escribir.

Estoy bloqueado, igual que me ocurre tras discutir con mi pareja o con un amigo de los de siempre, pero, esta vez, no es nada de eso. Esta mañana, los perros me observan sin comprender; me acercan el hocico de vez en cuando en busca de una mirada cómplice y resoplan como solo ellos saben; con un suspiro de esos que conquista toda la casa.

Hoy, España es un poco menos mía aún. Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar, en que los corruptos y los poderosos dejen de hacer su voluntad a través del dinero negro, de los sobornos, del miedo.

Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar […].

Pero que no nos engañen, porque nadie puede negar lo que fue, y sigue siendo; somos millones aquellos que no queremos renunciar a nuestros sueños, a un futuro digno, a seguir ilusionándonos con controlar, siquiera un poco, todo aquello a lo que aspiramos dentro de nuestras fronteras —un sueldo, una casa, un trabajo, un futuro—. Sin tener que huir, sin echar a andar de improviso, sin mirar hacia atrás; con esa brizna de esperanza que se seca entre los manos.

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy, presidente en funciones del Gobierno de España

Hoy, Europa es todavía menos nuestra. Nunca los mercados financieros demostraron tanta supremacía como esta semana anterior con el Brexit; ese espacio donde Inglaterra rompe una relación que nunca fue un gran amor, y donde la unión solo es un mal sinónimo de mercancías libres de aranceles e impuestos; donde el dinero se mueve siempre más ligero entre grandes cuentas corrientes y donde nos asustan con la necesidad de no transgredir, de mantenernos unidos, pero siempre a la baja, siempre con la cabeza gacha, y con una moneda con la que gobernarnos de norte a sur.

[…] sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Hoy, termina esta segunda ronda, o quizá empieza. Y las caras de decepción de los partidos que no han podido concluir esa batalla entre caciques no son el verdadero protagonista, sino las risas y las sonrisas mediocres del resto, de políticos y simpatizantes,  que demuestran que no pudimos con la corrupción, con los decretos-ley, con las mentiras, y el miedo, pero seguiremos luchando.

Hoy, España sigue acusando mucho la falta de una conciencia democrática; un paso más cerca de desmembrarse sin poder hacer nada; de seguir remando en direcciones opuestas, de recordarnos que aquello que pudimos sentir cuando casi tocábamos Europa no era más que un espejismo que nunca fue.

¿Resistiremos? Por supuesto que resistiremos. Lo haremos; como siempre lo hemos hecho, porque si hubo un pueblo acostumbrado a ser jodido ese es el nuestro; falta por ver si seguiremos creyendo que no somos un país de naciones, o explotará desde el Mediterráneo.

Hoy, es lunes, y eso lo hace todo un poco más difícil. Pero hoy es hoy, por lo que sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Que se vayan a la mierda

Hoy, quedan veintisiete días para que se repitan elecciones generales. En estos seis meses, se ha cambiado Cataluña por Venezuela y se ha satanizado cualquier cosa que huela a la conversión política que sufrió el movimiento 15-M.

Sobre las Elecciones Generales del 26J

Mientras tanto, la cultura fiscal de este país sigue igual. Como presentaba el anuncio electoral de Ciudadanos, ser autónomo significa ser un gilipollas que se rompe los cuernos para ganar cuatro duros, que nunca se rinde por mucho que le roben y que, en pleno siglo XXI, debe aguantar las mismas tonterías sobre recesión económica, políticas supuestamente insostenibles en Madrid y Barcelona y absurdos paternalismos por parte de una panda de ladrones. Vamos, el típico consejos vendo, que para mí no tengo.

Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.
Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.

Este es un tema que me preocupa. Uno entre muchos. No solo el paro estructural, sino también la poca visión de nuestros gobernantes por creer, y por crear, una verdadera Unión Europea, un estado federal de naciones, un proyecto de ley que incentive la formación de calidad, que no nos marque un destino fuera de nuestras fronteras, que dignifique los contratos puente, que luche contra los trabajos basura.

Pero no es lo que más me preocupa. Esta mañana se viralizaba una opinión de Iñaki Gabilondo en la SER; un periodista fácil de admirar, incluso cuando lanza opiniones contrapuestas a las de uno mismo. En este caso, no es así; su análisis es, muy a nuestro pesar, lúcido, certero y, probablemente, inminente: el PP será el partido más votado, […] Ciudadanos, cuyo voto menguará, pactará con el Partido Popular; pasará que el PSOE no acordará un pacto de gobierno con Podemos ni con sorpasso ni sin sorpasso, pasará que con Sánchez o sin Sánchez permitirá que el Partido Socialista gobierne el PP. Terminaba con una idea bien macerada: «El PP […] seguirá siendo el mal médico que solo se ocupa de los síntomas y nunca cura una enfermedad.»

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos? ¿A quién damos nuestro apoyo como votantes? Lo desconozco. O mejor dicho, me niego a sentar cátedra aquí.

Mariano Rajoy (PP)
Mariano Rajoy, presidente del gobierno en funciones, con simpatizantes de su partido y de su persona. Sí, en serio.

Leer las redes sociales o las opiniones públicas en la prensa es adentrarse en un mar escarpado donde Podemos se equipara a Venezuela y a un comunismo que hace décadas que desapareció; en este imaginario, Ciudadanos no es más que una calcomanía del original, el PP sigue siendo la fuerza más consolidada pese a la corrupción institucional que se remonta a la transformación de Alianza Popular —como demostró el caso Bárcenas— y el PSOE no son más que unas siglas vacías de cualquier significado.

Llegados a este punto, el miedo puede ser un enemigo terrible. ¿Qué ocurrirá si no hacemos lo de siempre? ¿Funcionará? ¿Podemos votar fuera del bipartidismo? Muchas personas incluso han encontrado fundamentos para la crítica en los dos núcleos que administran los ayuntamientos del cambio en el país: falta de experiencia, conflicto, decisiones erróneas, huelgas de transporte…

Sin embargo, antes de depositar mi voto el 26-J, yo ampliaré mi reflexión. Me preguntaré qué partido (si lo hubiere) considero que puede hacer que España funcione, y cómo.

Me preguntaré si quiero ser parte de un país de naciones que no asume que necesita una reforma de las autonomías; si la solución pasa por seguir recortando a los sectores más asfixiados de la población mientras se otorgan rescates bancarios a cualquier precio; si los gobernantes actuales se encuentran en disposición de juzgar intelectual y políticamente a las nuevas generaciones, las más formadas de toda la historia española; y, sobre todo, si un traje vale más que una sudadera del Carrefour, como la tuya y como la mía.

Me preguntaré quién tiene un plan de gobierno, transparente y accesible, y quien lanza promesas vacías, o busca pantallas de humo creando conflictos entre las comunidades autónomas que debería proteger y estructurar adecuadamente.

Me preguntaré si seguir haciendo las cosas del modo que nos ha llevado a esta absurda crisis, que no es más que otra forma de expolio con los mercados financieros como arma, es un modo de salir de la ratonera o si, por el contrario, necesitamos independencia política de los mercados y de Europa, y si alguien puede dárnosla.

Estimación de intención de voto 26-J
Intención de voto para el 26-J a finales de mayo de 2016. (Más información en la fuente.)

Quizá no encuentre respuesta a todas estas preguntas, pero eso no evitará que dé vueltas y más vueltas a todas ellas en mi cabeza.

Entonces, votaré en consecuencia.

Grecia nos demostró que hay cosas que Europa no va a tolerar; nos queda preguntarnos: ¿queremos formar parte de esa Europa o queremos cambiarla para que sea un reflejo de sus ciudadanos y un ejemplo de una verdadera comunidad de naciones?

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Cuando triunfó el miedo

Cuando lo hizo, no lo supimos; se hizo certeza unas horas después, alrededor de las 22:00. O quizá algo más tarde todavía, mientras recargábamos la página del navegador para ver si esos votos y escaños que danzaban al ritmo del sistema d’Hondt ofrecían un giro aún más inesperado.

Triunfó el miedo. Triunfó en las urnas, y también lo hizo fuera: donde 23 de cada 100 personas no votaron. También hubo quien votó con el corazón más que con la cabeza; no faltaron aquellos que vieron claro el camino que se abría entre ideología, compromiso y futuro; y quienes mantuvieron el mismo patrón que en las once ediciones anteriores: polaridad, tradición, derecha, izquierda y falta de memoria; todo ello, dentro de un sistema que ve caducos esos mismos conceptos que le definen.

Última estimación de intención de voto preelectoral.
Última estimación de intención de voto preelectoral.

Yo voté. Voté con cabeza y con corazón, creo; igual que muchos otros. No importa si a rojos, azules, lilas, naranjas o a otros. Advertí que ni uno de ellos se libraba de caer bajo el yugo de los grandes partidos (ni ellos mismos) ni de la ley electoral española, probablemente tan macabra y socarrona como la alemana o la francesa, que no han tardado en empujar sus opiniones hacia este punto del Mediterráneo convirtiéndolas, a golpe de talonario, en verdades irrenunciables.

Yo creí. Creí que podríamos; que podríamos hacer caer al Partido Popular (aunque olvidé la fuerza de los hilos que sostienen sobres, del miedo a luchar por un futuro distinto —ya casposo, a estos alturas—, de las campañas políticas multimillonarias que esconden sus costes: olvidé su corrupción); creí que podríamos hacer caer al Partido Socialista (con sus ERE en Andalucía, sus casos de corruptelas que rivalizan y, a menudo, superan, y su vieja política siempre a la antesala del gobierno o de la oposición irresponsable); que surgirían nuevas voces, nuevos partidos y nuevos retos entre actores que quieren formar parte del cambio necesario.

Principales candidatos de las Elecciones Generales 2015 (España)

Hoy, lunes 21 de diciembre, me alegra haber cogido vacaciones de Navidad en este panorama incierto, donde las coaliciones y las promesas electorales amenazan con una segunda jornada de votaciones llegado el caso. Hoy, es día de pactos, de segundas reflexiones (ya maceradas), y de imposibles. De abstenciones, como la del líder de Ciudadanos, que también se leen como apoyos en la trastienda; de (im)posibles coaliciones que me recuerdan, en la distancia, más a un idílico Uruguay que a Venezuela, y de ser consecuentes con nuestros rostros y nuestras máscaras.

De demostrar si queda algo de aquel Partido Socialista Obrero Español; de si el Partido Popular puede plantear lo implanteable, de si, por una vez, puede existir una España plural que luche por hacerse entender, o de si todavía faltan años entre los que decidir emigrar de este circo esperpéntico de lo mediático y lo político o seguir protegiendo con recelo esa imagen de cartón piedra que se resquebraja desde el centro hacia los extremos y amenaza con aplastarnos a todos.

La entrada debió publicarse el lunes 21 de diciembre. Sin embargo, para bien o para mal, poco ha cambiado en el panorama político desde principios de esta misma semana a hoy, jueves 24 de diciembre.

Sobre drogas, putas y profesiones liberales

El algoritmo de Google va cada día más fino. Si tecleas “elecciones generales 2015” te planta delante de los morros la fecha exacta ya; y esta misma mañana, he comprobado que queda muy poco.

Entre tanto, supongo que si Podemos se empieza a desinflar, Ciudadanos no es más que otro lobo vestido de cordero (oh, ¡qué sorpresa!), y los partidos tradicionales (por llamarlos de algún modo) ya están buscando cómo darle la vuelta al calcetín, todo seguirá igual. Lo que es triste, y amargo, y hace que te den ganas de arrancar la careta a más de uno.

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Pero no era eso lo que quería comentar, porque soy un firme defensor de que, en el fondo, la culpa última no es nunca del que pisa, sino del que se deja pisar; y eso no convierte al que pisa en un tío de puta madre, pero tampoco justifica la inacción del que es pisado. Y en política, en España, esto sigue pasando.

Así que, a vueltas de todo, llegan elecciones generales de nuevo, y por ello, se acompañan de las promesas electorales que ya traen cola. Como si se tratara de la última temporada de la serie de moda, con los avances en formato tráiler; sinopsis audiovisual que pone toda la carne en el asador y lanza una breve pieza más impactante que nunca.

Todo consiste en presentar la première más chocante, la propuesta que ciegue a sus adversarios, aquella que sirva de lanza, pero también de escudo; que muestre lo progresistas y lo modernos que somos, y da igual si se trata de porros, de putas o de autónomos. Esa triada sacra que, a priori, se me ocurre unir por lo mucho que les joden, y que estoy convencido de que tendrá que ser sustituida en pocos años, pero que, por ahora, (inexplicablemente) todavía funciona.

Primero están las putas, que evidentemente nadie quiere legalizar como actividad en el Congreso de los Diputados, porque estaríamos auspiciando a todas esas mafias que se aprovechan de la situación de desigualdad de la mujer; así, protegiendo su libertad de boquilla, quitamos la libertad de decidir libre y voluntariamente a un tío a una tía de ejercer lo que le salga del… Ya me entendéis. Qué jodido.

A su lado, está la droga. La droga, sí, que el único que se atrevió a decir con visionaria certeza que ni te pega, ni te muerde, ni te araña ni te agarra de los huevos fue aquel esperpéntico personaje de Santiago Segura; aquel policía gordo, alcohólico, drogota y corrupto afirmó, en exclusividad —y quizá de un modo demasiado empírico— que lo verdaderamente malo es la falta de información, el desconocimiento, el tráfico ilegal y tantas otras cosas que cuestan dinero, tiempo y vidas. ¿O acaso en este país no fuma porros y se mete rayas de cocaína todo aquel que quiere?

Chester con Pablo Iglesias y Albert Rivera.
El antiguo programa dirigido por Risto Mejide —ahora bajo la mano de Pepa Bueno— une a través del montaje las aportaciones de Iglesias y Rivera en el próximo Viajando con Chester.

Por último quedan los autónomos, que casi están tan jodidos como las drogas y las prostitutas, y que además, con estas últimas, comparten el carácter freelance de su trabajo. Supuestos emprendedores que en los últimos años (o ejercicios fiscales, como nosotros vemos la vida) les habrá ido peor que mejor, que tienen cuotas diez, veinte o cien veces superiores al resto de Europa y que no tienen ninguna seguridad: ni económica, ni social ni personal.

Y aun así se lían la manta a la cabeza, y pagan una cuota mínima de casi 300 euros al mes, y un 21% de IVA, y se reducen un 19% de IRPF, y tienen que aguantar a un político tras otro que se le llena la boca de populismo y viene a decirles que les va a sacar un poco el palo del culo, pero solo un poco.

Señores, políticos; hágannos un favor, dejen a las putas, a los drogadictos/as y a los autónomos fuera de la ecuación para este 2015, que ya estamos muy jodidos de por sí para encima tener que aguantar promesas de igualdad, justicia y libertad.

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