Teléfonos móviles en el Congreso

Se quejaba ayer un profesor de Historia y Economía de que vaya ejemplo estaban dando los diputados y diputadas durante la sesión de investidura. Todo dios pegado al móvil mientras se sucedían las comparecencias en el Hemiciclo. Pues lo dicho: el hombre se hizo viral, y con razón. Pero viral, viral, oye, viral de que habla de ti hasta la Pedroche en Zapeando (que se ve que es un programa de La Sexta: yo no tengo tele en casa y, además, prefiero hacer la siesta). Y no me extraña nada: ¿acaso no tiene razón? Ya no es que muchos de nuestros políticos jueguen a escondidas al Candy Crush o al Clash of Clans o a lo que demonios esté ahora de moda (si tenían los cubatas subvencionados hasta hace cuatro días van a pagar los datos móviles, ¿sabes?), sino que esto no es más que el reflejo de lo que hay detrás: el calentar la silla, el alargar las cosas, el no buscar soluciones, el no avanzar por el resto y para el resto de nosotros, porque nuestros políticos, que no son tan nuestros como suyos, no son sociedad: están arriba y, a una amplia mayoría, eso les gusta bastante parece.

Foto de archivo© de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

No es cuestión de si el de Vallecas vive en Galapagar ni qué paga de hipoteca (que se hizo asunto de estado, a diferencia de dónde viven Sánchez, Rivera, Casado o el de la pistolita), si se adoptan verdaderas medidas de justicia social de una puñetera vez en este país (como muchos queremos) o si seguimos bailándole el agua al neoliberalismo que va a saco; ni tan siquiera algo tan urgente como el cambio climático[1] y lo que sea que vamos a hacer, que eso sigue siendo una tabula rasa hasta que vivamos en el desierto y nos llevemos las manos a la cabeza.  La cuestión es que a Pedro Sánchez le votó su partido y un señor cántabro (anda que no ha habido «cachondeíto» en los diarios con el pobre diputado del PRC) en la primera sesión de investidura y, los que se abstuvieron, lo hicieron por el marco que el propio secretario del PSOE ha generado: una izquierda fragmentada y un clima de película de terror frente a las tres derechas que se debía creer que obligaba a rendirle la presidencia sin condiciones.

El pasarse las jornadas mirando el smartphone en vez de trabajar va muy de la mano del no querer afrontar un conflicto identitario en España (el de los vascos y los catalanes, por lo menos), de no ofrecer las competencias necesarias —como decía Iglesias durante su participación— a los ayuntamientos para frenar problemas reales de los ciudadanos como la gentrificación y el precio de la vivienda y, por descontado, de no querer pactar, o sea, de no tener ningunas ganas de hacer política. 

Me gustó mucho la bronca de Joan Baldoví (de Compromís) a Sánchez en la que le largaba que no quería pactos con nadie, que quería una rendición incondicional (con 123-124 a favor). Cada cual tendrá sus ideas y sus colores, pero hay dos verdades ineludibles en España: una, somos lentos de pelotas en esto de formar un gobierno y, dos, nuestra democracia sigue en pañales, porque hasta un crío sabe que si quieres que te acepten en el equipo, no te enrabietas y te pones a decirle al resto lo tontopollas que son, y eso, más o menos, es lo que hizo ayer el presidente en funciones con su socio preferente (Podemos) y el resto de los partidos que, en una tesitura casi igual de peliaguda que durante la moción de censura a Rajoy, han elegido lo malo conocido a lo peor por conocer.

Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno en funciones durante su intervención el martes, 23 de julio, en el Congreso. Fotografía: ©Álvaro García, El País.

Tras el cara a cara de ayer entre posible presidente y principal socio preferente, quedaba por ver si hoy había avances. Mientras escribo esto, parece ser que ya hay propuestas encima de la mesa del PSOE —la vicepresidencia y cinco ministerios—. Todavía nos queda mañana un poco más de paripé entre discursos, réplicas y contrarréplicas en el Congreso, pero lo que parece hacer falta para desencallar la cosa son concesiones y pactos: en otras latitudes están acostumbrados, en la política española parece que no. En fin, que no hay que ser un lince para ver que al PSOE le ha salido el tiro por la culata (este veranito que ni se les ocurra ir al Casino, que el faroleo les queda para septiembre) y que, si esos individuos y esas individuas de los telefonillos tuviesen las mismas angustias que el ciudadano medio, otro gallo cantaría, y quizá no hace falta bajarles el sueldo ni quitarles las vitalicias como suele decirse, sino obligarles a hacer su trabajo. Vamos, lo que a todo hijo de vecino.


[1] Estos días, para que sepamos que no solo hay imbéciles en España, la derecha francesa se reía de la joven activista Greta Thunberg que había sido invitada a participar en la Asamblea Nacional.

Un robot con renta básica

Al principio de su campaña, Podemos defendió la renta básica universal. Pero la formación morada no tardó en dejar esta idea en standby y centrarse en otras promesas electorales. Ocurrió en la misma medida que el rechazo a la tauromaquia, que se tradujo en la ofrenda de un tijeretazo a sus subvenciones: algo que PACMA consideró insuficiente para ofrecerles su apoyo.

En España, un país que tiene un sueldo mínimo de 655 € al mes y un paro juvenil superior al 46 %, defender la renta básica universal es una quimera. Para nuestra tranquilidad, por ahora, lo es también en Europa —en esto, sí somos europeos—, si bien probablemente sería una buena forma de establecer políticas novedosas con las que nadie se atreve, ¿no? Al fin y al cabo, si podemos ser el conejillo de indias del Bundesbank para ver cuánta mierda puede tragar el ciudadano medio, también podrían tirarnos un hueso de vez en cuando.

Unidos Podemos (Garzón, Colau, Oltra, etc.)
Cartel promocional de Unidos Podemos para las Elecciones Generales de junio de 2016.

La argumentación de Iglesias, por aquel entonces, era dramáticamente lúcida: si los jóvenes tienen que trabajar por cuatro duros, por consiguiente, no podemos generar empleo de calidad; «si no tienen que coger el primer trabajo que les salga, la competitividad de las empresas, aumentará». Por descontado, también resultaba terriblemente obtusa: ¿si no lo habían visto los alemanes en la zona industrial del Rin?, ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja? ¿O si se veía? Quizá detrás del discurso del «vivir del cuento», «de no mantener a los vagos» y de «dónde saldrá el dinero para ese sueldo Nescafé», existe un problema gravísimo de desempleo regional que se materializa en las Canarias, en Ceuta, Extremadura o Castilla-La Mancha, y también en Grecia, en Portugal, en Francia, y en toda Europa.

[…] ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja?

The New Yorker (portada, 2011)Por supuesto, los detractores de la renta básica universal (RBU) han buscado argumentos con los que convencer al electorado: está la premisa de la gran putada que eso supone para una debilitada clase media europea (¿qué clase media?); tampoco se olvidan de que la heterogeneidad es un hándicap notable, y ponen de ejemplo a los EE UU, donde los blancos protestantes no ven bien eso de las ayudas a las «minorías» de clase baja; y, por supuesto, crea vagos. No te lo dicen así, pero esta no es una política que siga el modelo de competitividad capitalista, así que… ¿si te dan algo gratis, por qué vas a trabajar?

Evidentemente, si lo analizamos punto por punto, esto es un despropósito. Primero, porque no hay razones de peso para cargar ese gasto a la clase media: si el capitalismo nos lleva a incrementar las diferencias entre clases altas y bajas, que sean las primeras quienes se ocupen del mayor agravio comparativo, y no una clase media que se está extinguiendo debido a esas mismas políticas económicas. Segundo, porque comparar EE UU y Europa no siempre es pulpo como animal de compañía, porque hay una cosa que se llama neoliberalismo y estado del bienestar, y otra cosa que se llama liberalismo y no intervencionismo. Y, tercero y último, porque por mucho que te digan que con una renta básica uno va a ser feliz: la mayoría de los seres humanos no aspiramos a comer todos los días macarrones y nada más que macarrones, y ni estudiar, ni comprarnos la PlayStation, ni salir por ahí de viaje, o de fiesta, o con la parienta.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas.

Más que vagos, lo que parece crear esta RBU es un arma contra las humillaciones, contra los sueldos que nunca abandonan las tres cifras, y contra las grandes empresas y los poderes fácticos. Pero no funcionó. Iglesias y los suyos dejaron esta idea atrás más pronto que tarde, y centraron su campaña en temas sociales y de mejora económica que no se desviaban tanto de los caudales tradicionales.

¿Pero por qué es una quimera? ¿A qué viene esa marcha atrás en plena campaña? A nada más y nada menos que a las actuales economías low-cost, donde todo tiene que ser cada vez más barato, donde no se prioriza la inversión en Investigación y Desarrollo y te miran raro cuando mencionas el coste agregado de la digitalización.

Robots industriales (fábrica de coches)
Robots industriales en una fábrica de automóviles.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas; lo que está claro es que la cúpula de Podemos debió mirar un poco más a fondo en los presupuestos generales, y darse cuenta de que España es un país mucho más atrasado de lo que ellos mismos esperaban, que está terminando de desangrar a ese pollo sin cabeza llamado estado del bienestar, pero que no tiene recursos para alcanzar la renta básica, ¿y como colofón? Bueno, falta por explicar a los ciudadanos que no van a ser los vagos quienes se carguen la economía de la nación, sino los robots; pero, como bien decía Daniel Raventós en una entrevista de Federico Florio para La Vanguardia: «falta voluntad política, pero sobre todo, que los políticos se enteren a tiempo de las cosas», y tengan el interés de informarse, podríamos agregar.


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