Una muerte mecanografiada

‘Una muerte mecanografiada’ es el vigésimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Lo habían hecho. Sin ninguna de aquellas entrometidas enredando, con sus insulsos «clic, clac, cluc» de serie. El encargo se encomendó solo a tres de los sujetos que traqueteaban a las afueras del vecindario: no era un barrio muy extenso, y allí, de un modo u otro, todos se conocían, así que lo mejor era intentar llevar el asunto con el máximo celo.

Fue un viernes noche, cuando el interventor de las grandes manos dormía, o había salido a tomar una cerveza entre amigos. Lo habían estudiado al detalle con anterioridad, diseñado con ternura incluso, con mimo, sin dejar nada al azar. Sería corto, breve, fulminante; un entrar y salir donde la conmoción y el asombro de la víctima jugarían un lugar fundamental en la misión.

Relato noir, como un crimen mal mecanografiado

Se encargó la tarea a tres individuos de dudosa fama: O., L., y el más esquivo de todos ellos, el señor Ñ. El montante se dividiría en dos: T., el mayor beneficiado del cambio de roles frente a la damnificada, había accedido a ofrecer unas merecidas vacaciones a los tres esbirros y, además, el mismo crimen les legaba a todos ellos un indiscutible desahogo. Entonces, ¿cómo imaginar lo que iba a suceder a continuación?

Mas la faena salió bien. Ella agonizó en el suelo, defenestrada a varios metros del escritorio, ofreciendo al mundo un último gemido, resquebrajada y moribunda; rota. Sin saber ni haber conseguido leer en el rostro de sus verdugos cómo alguien se había decidido a destruir todo lo que ellos eran juntos; el crimen quedaba en la familia, y ese era un infausto consuelo.

Tras el fratricidio, los ánimos se fueron calmando camino hasta Barra horizontal, entre la Quinta y la Sexta. Al llegar al vecindario, T. se negó a formalizar una justa retribución; confiado, no tardó en intentar cambiar los términos del acuerdo, algo que cabreó sobremanera a O., quién lo arrolló súbitamente, incrustándolo contra un vecino cercano que estaba allí detenido desde el inicio de la charla. Tres contra uno, y se unió al funesto destino de la anterior víctima en menos de lo que costaría escribir esta línea.

Cuando surgió la figura del celador de las grandes manos, ya había dos cadáveres. Él, sin concebir qué demonios había ocurrido allí, solo lanzó una demanda al aire:

—Y, ahora, ¿cómo cojones sigo escribiendo?

Llevarse un libro a la tumba

Llevarse un libro a la tumba es el sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Entró, y se hizo el silencio. La sala enmudeció; el porcelánico del suelo brilló con dureza, y los hombres acercaron el cadáver hacia una ceremonia civil que el muerto jamás habría aceptado. El féretro descansaba en alto, apoyado en una estructura metálica a la que solo se le veían las patas. La bandera de la nación dormía sobre el ataúd por petición expresa de la familia, y ocultaba todo lo demás: huérfano de niño, atleta de juventud, militar de profesión. Pero la muerte no le llegó en el campo de batalla, sino a través de un cenicero, que recogía colillas, y más colillas, de tabaco rubio, que ennegrecieron durante cuatro décadas filtrándose en los bronquios.

El beso de la muerte (Cementerio del Pueblo Nuevo)

En la cafetería del tanatorio, José miró el café con leche de avena que le habían servido. La espuma giraba en el centro del líquido y adoptaba formas extrañas: un pez, una ballena, un rostro alargado, dos pulmones, un cerebro… Un viejo proverbio armenio dice: «Toma esta taza y que Dios la haga hablar». ¿Sería verdad?

Después, no ocurrió nada. La mayoría de los asistentes se excusaron, y los más allegados se dirigieron hacia el cementerio del Pueblo Nuevo en varios coches. Una vez allí, observaron sin demasiados prolegómenos cómo abrían un nicho, subían la caja y tapiaban el hueco con cemento, ayudándose de paleta y llana. A continuación, los dos operarios dieron el pésame a la familia y desaparecieron de la escena.

José se quedó allí, junto a sus hermanos, y su madre, y un pequeño séquito de familiares y amigos, que, en su mayoría, miraban incómodos una pared con decenas de cadáveres embutidos, y, ahora, uno más. Cada cual pasó su propio duelo, y se enfrentó a sus demonios con alcohol, lágrimas o ensoñaciones en tinta negra. Hubo quien se recluyó un poco más en sí mismo, y quien buscó consuelo en otras almas, en nuevos trabajos o en los viajes que aquel militar con cáncer nunca realizó.

A uno de los hijos, al que este breve relato presentaba en la cafetería, y, después, de pie, frente a la tumba de su padre, se le enquistó como un tumor la risa de su propio progenitor frente a sus anhelos, su búsqueda de pan entre las letras, su necesidad de escribir, de ser en otros, de sentir; textualmente.

No sería hasta muchos años más tarde, cuando alguien se apareció frente al nicho. El visitante, a quien las canas habían conquistado la tez, se acercó a la puerta de la sepultura e hizo aparecer una llave con la que abrir el acristalado. De allí, apartó unas flores muertas y, sin prisa, las lanzó contra una papelera cercana; del bolsillo de la gabardina extrajo un libro con su nombre, y también un bolígrafo, y no pudo evitar escribir una dedicatoria en el mismo. Esta solo decía: «Lo hice», pero, cuando lo dejó allí, tumbó el libro con la portada hacia abajo, para que nadie la leyese, ya que, quien debía hacerlo, no estaba, y quien no, no podría entender todo lo que dos palabras significaban. Se le ocurrió pensar en décadas de complicidad, de amistad, de enemistad, de gritos, de amor, de buenas relaciones, de malas relaciones, de dudas, y también de perdón; y luego, nunca más pensó tanto en ello, como una historia incompleta a la cual se ofreció el mejor final posible, y nada más.

Vida nueva

‘Vida nueva’ es el primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Sobre El Oso y el Madroño, a escasos metros de la intersección entre las calles del Sol y de Alcalá, la silueta de un ser, que son dos, se presenta a la noche. Se sostiene, casi sin fuerzas, asiendo con rabia uno de los balaustres para no caer contra el suelo, o peor. Escucha los cuartos, las campanadas, las felicitaciones de Año Nuevo, y, antes de volver al sombrío interior de la vivienda, sonríe al cielo nocturno de Madrid.

Hay un sofá de rayas blancas y beige contra el que se lanza de espaldas. Frente al mismo, la retransmisión televisiva se entremezcla con el bullicio y la fiesta que se escucha en la calle. Gritos de alegría para dar la bienvenida a un año más, y, entonces, solo entonces, cuando nuestra protagonista puede ser tenue partícipe de la felicidad que se respira, se echa a llorar desconsoladamente durante minutos que parecen arrastrar el recuerdo de los meses y los años.

Relato #1 - Puerta del Sol (Nochevieja; Año Nuevo)

Cuando no quedan lágrimas que derramar en el lino del mueble, se incorpora con dificultad y observa por un instante la mesa de comedor. Está vestida con un mantel navideño, y servilletas a juego, las copas para el agua, el vino y el champán resplandecen, y las veinticuatro uvas, ya preparadas, sin piel ni pepitas, coronan el centro de un reguero de platos: cabrito rebozado, jamón de jabugo, tortilla de patatas, timbal de marisco… A un lado, los platos sucios sin recoger de todo un banquete contrastan con el otro, donde ese pastel de mar no se ha movido un ápice del plato, y tampoco las chuletas rebozadas, ni la tortilla, ni el jamón.

El primer detalle que, más tarde, conmueve al detective encargado de la fase de planteamiento y ejecutiva son las copas de espumoso: una a medio vaciar, la otra todavía impoluta. Para rastrear el origen, volvemos a la habitación al paso de la medianoche; entonces, el champán sigue en el suelo, derramándose en la alfombra persa que se encuadra bajo la mesa de comedor. No muy lejos, el olor a fosgeno y ácido clorhídrico del cloroformo casero explica otro fragmento de esta historia que termina en Nochevieja, junto a la cuerda de nylon de la silla, y el paquete de bridas negras y la mordaza roja en la frontera del salón con la habitación de matrimonio.

En el suelo, boca arriba, el cuerpo inerte de un hombre corpulento de mediana edad duerme por siempre jamás. En su abdomen, se alojan tantas puñaladas como gritos y felicitaciones se han podido oír en la Puerta del Sol, y quizá más. Para ella, la indefensión y la fragilidad tampoco han supuesto un escollo. Esta vez, no.

Observa una última vez la escena, y se sirve una copa de champán, ya caliente, que sabe amarga, y también a victoria. En seguida se pierde en la habitación de matrimonio con cientos de fotos del hombre que ha yacido allí, y ahora yace donde realmente merece, y se exige no reparar por más tiempo en ese cuarto repleto de lágrimas, de gritos, de lubricantes, y dildos, y de una cámara profesional para encuadrar cualquier escena a imaginar. Solo abre el armario y se desnuda frente a un espejo de pie, examinándose todas y cada una de sus heridas: muchas no pueden verse, pero siguen ahí, y seguirán; coge uno de los deseos hechos tela que allí se ocultan, el de Lolita, y se cubre con dolorosos recuerdos una vez más.

Por último, acuna su abultado vientre con repulsión y clemencia por un hijo del odio y del martirio al que, se sepa o no, siempre mirará a los ojos con lacerante ambivalencia. Cierra la puerta tras de sí. Una tras otra. No sabe hacia dónde dirigirse, pero sigue caminando, más y más lejos de aquel piso, de los gritos, de la fiesta, de Madrid. En dirección a un año nuevo. A una vida nueva.

Salem

Cuando le recogimos, no tenía cola. Se arrastraba por una de las calles de la urbanización al paso de los vecinos. Sus dos hermanos le miraban desde una improvisada madriguera, hastiados y desengañados de la vida desde muy tierna edad. Por la parte que le toca, la madre se escapaba al oír el menor ruido o al ver demasiado movimiento alrededor.

Era un gato. Un gato típico. De los gatos típicos pueden haber tres: blanco y negro, atigrado o gris. Pues uno de esos. Y pronto demostró que no era como sus hermanos: no tenía el pelo largo, ni era excesivamente bonito o sociable.

Durante un par de meses, hasta que se acostumbraron, dormían y jugaban en una pequeña buhardilla acristalada. Los juntábamos dos o tres veces al día con los perros. Ellos se veían, cogían confianza —lo cual, por su naturaleza, nunca es sencillo entre perros y gatos— y siempre los dejábamos durmiendo, cansados y quiero pensar que con buen sabor de boca. Salem no tuvo nombre hasta que fue mayor: ninguno creíamos que sobreviviría; era débil, tísico, mal encarado…, desde luego nos sorprendió a todos. Por eso, quizá, no tenía nombre, ni nos pensamos demasiado aquel que recibiría.Salem

Cuando pudimos estar todos juntos bajo el mismo techo, los perros y los gatos empezaron a dormir apretujados sin necesidad. Unos encima de otros. Salem se enamoró rápidamente de Dana, y dormía apretado contra el pecho de la pastor alemán. Dana no le daba bola. Porque Dana es una estrecha: ya saben cómo va eso de los amores imposibles.

Una noche, muchos meses más tarde, Salem no vino a cenar. Yo, preocupado, lo busqué por el jardín, por la casa y, de nuevo, salí al jardín. Después me senté en el porche, bajo la atenta mirada de perros y gatos —de todos menos Salem—.

Siempre aparecía para cenar. Habían cambiado muchas cosas desde que aquel gato era un animal flaco y callejero; bien alimentado, ágil y fuerte, se pateaba toda la finca y dormía, jugaba y corría por aquí y por allá. Siempre algo miedoso y receloso del resto, nos mostraba una confianza propia de los hijos.

Ahora se ha ido. No por unas horas, ni por unas días. Qué rápido ha pasado este último año. Y qué vacía está la casa pese a que todavía somos siete pululando por aquí. Las últimas horas, Salem las pasó en el gallinero. Allí donde algún otro granuja había hecho una escabechina. Hasta que lo encontré de nuevo. Me miró con ojos recelosos, supongo que se preguntaba qué hacía allí: él poca ayuda necesitaba entonces. Aun así, terco, como siempre, lo subí al coche con la ayuda de quien siempre tengo a mi lado, y nos encaminamos a su último paseo.

Se puede decir que ayudamos en sus últimos minutos. Tuvimos la suerte de poder intentar salvarle junto a un buen veterinario, de los que abundan en Palma de Mallorca por razones que desconozco. Nada había que hacer ya.

Desistimos. Pagamos la cuenta con un nudo en la garganta. Cada uno le damos nuestra propia despedida. Yo escribo, rápido y furioso; ella dibuja; el resto lleva dos días peinando el terreno en su busca.

Salem ya descansa y el mundo sigue girando, ajeno al fin de aquel gato que nos encontramos tirado junto a sus hermanos en una esquina, cerca de unos contenedores. Quizá no hubiésemos recogido a ninguno de los tres si no fuese por Salem… Quizá, de alguna forma, sigue por aquí. Siempre me han enseñado que la familia es lo que queda. ¿Qué es esto si no una familia?

Adiós, Salem.