Un robot con renta básica

Al principio de su campaña, Podemos defendió la renta básica universal. Pero la formación morada no tardó en dejar esta idea en standby y centrarse en otras promesas electorales. Ocurrió en la misma medida que el rechazo a la tauromaquia, que se tradujo en la ofrenda de un tijeretazo a sus subvenciones: algo que PACMA consideró insuficiente para ofrecerles su apoyo.

En España, un país que tiene un sueldo mínimo de 655 € al mes y un paro juvenil superior al 46 %, defender la renta básica universal es una quimera. Para nuestra tranquilidad, por ahora, lo es también en Europa —en esto, sí somos europeos—, si bien probablemente sería una buena forma de establecer políticas novedosas con las que nadie se atreve, ¿no? Al fin y al cabo, si podemos ser el conejillo de indias del Bundesbank para ver cuánta mierda puede tragar el ciudadano medio, también podrían tirarnos un hueso de vez en cuando.

Unidos Podemos (Garzón, Colau, Oltra, etc.)
Cartel promocional de Unidos Podemos para las Elecciones Generales de junio de 2016.

La argumentación de Iglesias, por aquel entonces, era dramáticamente lúcida: si los jóvenes tienen que trabajar por cuatro duros, por consiguiente, no podemos generar empleo de calidad; «si no tienen que coger el primer trabajo que les salga, la competitividad de las empresas, aumentará». Por descontado, también resultaba terriblemente obtusa: ¿si no lo habían visto los alemanes en la zona industrial del Rin?, ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja? ¿O si se veía? Quizá detrás del discurso del «vivir del cuento», «de no mantener a los vagos» y de «dónde saldrá el dinero para ese sueldo Nescafé», existe un problema gravísimo de desempleo regional que se materializa en las Canarias, en Ceuta, Extremadura o Castilla-La Mancha, y también en Grecia, en Portugal, en Francia, y en toda Europa.

[…] ¿si la gran Europa no veía que había zonas enteras que no resultaban competitivas en un país y tenían que depender de terceras, cómo iba a percibirlo la pequeña España desde su burbuja?

The New Yorker (portada, 2011)Por supuesto, los detractores de la renta básica universal (RBU) han buscado argumentos con los que convencer al electorado: está la premisa de la gran putada que eso supone para una debilitada clase media europea (¿qué clase media?); tampoco se olvidan de que la heterogeneidad es un hándicap notable, y ponen de ejemplo a los EE UU, donde los blancos protestantes no ven bien eso de las ayudas a las «minorías» de clase baja; y, por supuesto, crea vagos. No te lo dicen así, pero esta no es una política que siga el modelo de competitividad capitalista, así que… ¿si te dan algo gratis, por qué vas a trabajar?

Evidentemente, si lo analizamos punto por punto, esto es un despropósito. Primero, porque no hay razones de peso para cargar ese gasto a la clase media: si el capitalismo nos lleva a incrementar las diferencias entre clases altas y bajas, que sean las primeras quienes se ocupen del mayor agravio comparativo, y no una clase media que se está extinguiendo debido a esas mismas políticas económicas. Segundo, porque comparar EE UU y Europa no siempre es pulpo como animal de compañía, porque hay una cosa que se llama neoliberalismo y estado del bienestar, y otra cosa que se llama liberalismo y no intervencionismo. Y, tercero y último, porque por mucho que te digan que con una renta básica uno va a ser feliz: la mayoría de los seres humanos no aspiramos a comer todos los días macarrones y nada más que macarrones, y ni estudiar, ni comprarnos la PlayStation, ni salir por ahí de viaje, o de fiesta, o con la parienta.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas.

Más que vagos, lo que parece crear esta RBU es un arma contra las humillaciones, contra los sueldos que nunca abandonan las tres cifras, y contra las grandes empresas y los poderes fácticos. Pero no funcionó. Iglesias y los suyos dejaron esta idea atrás más pronto que tarde, y centraron su campaña en temas sociales y de mejora económica que no se desviaban tanto de los caudales tradicionales.

¿Pero por qué es una quimera? ¿A qué viene esa marcha atrás en plena campaña? A nada más y nada menos que a las actuales economías low-cost, donde todo tiene que ser cada vez más barato, donde no se prioriza la inversión en Investigación y Desarrollo y te miran raro cuando mencionas el coste agregado de la digitalización.

Robots industriales (fábrica de coches)
Robots industriales en una fábrica de automóviles.

Estamos entre la espada y la pared, entre la dictadura del proletariado de Marx y los temores más oscuros de desempleo que enarbolaban los luditas; lo que está claro es que la cúpula de Podemos debió mirar un poco más a fondo en los presupuestos generales, y darse cuenta de que España es un país mucho más atrasado de lo que ellos mismos esperaban, que está terminando de desangrar a ese pollo sin cabeza llamado estado del bienestar, pero que no tiene recursos para alcanzar la renta básica, ¿y como colofón? Bueno, falta por explicar a los ciudadanos que no van a ser los vagos quienes se carguen la economía de la nación, sino los robots; pero, como bien decía Daniel Raventós en una entrevista de Federico Florio para La Vanguardia: «falta voluntad política, pero sobre todo, que los políticos se enteren a tiempo de las cosas», y tengan el interés de informarse, podríamos agregar.


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Sobre la importancia de saberse en un punto

Hace unos (cuantos) días pasé por aquí; apenas llegué, escribí cuatro ideas para desquitarme y me largué. Al final de esa semana, lo releí. Había algunas cuestiones interesantes, pero no me gustaba la estructura, ni el tono, ni el fin siquiera. Por ello, decidí que cuando tuviera unos minutos de margen, le daría una segunda oportunidad.

Días después, amaneció en martes, y pocas horas después esbocé el esqueleto de este texto. Ese martes comí con unos amigos y, entre aceitunas rellenas de naranja y el gazpacho que estaba por llegar a la mesa, surgieron múltiples temas de la vida de todos. Cuando llegó mi turno (pocos se salvan), los allegados no tardaron en servir el vino en copas, y un par de asuntos a debatir: uno fue mi próxima mudanza (que al final quedó en nada) y el día de la boda, de refilón.  Sin embargo, alguien, ni recuerdo quién de ellos ni realmente importa, no tardó en disparar una de esas afirmaciones inocentes —que son las que más joden, porque dan justo en la diana. Comentó: “Es que nosotros estamos en un punto diferente de nuestras vidas. Tú vas adelantado.” Sigue leyendo «Sobre la importancia de saberse en un punto»

Esa sensación en la nuca

Te has calmado. Bebes poco; trabajas, en algo; pero se te escapan las ideas. Mientras, llenas los días con cosas que no quieres hacer.

Tienes pareja; y ella y tú no sois el problema: os lleváis bien; todo es la leche, aunque aún era mejor cuando la gente no os decía todos los pasos que esperaban que siguierais.

Te levantas, trabajas, vas a comer, sacas al perro. Después intentas darle vueltas a qué hacer; o prescindes de ello, y miras hacia otro lado, hasta que cierras los ojos; y repites.

metabolismo-urbano
Al ver el grafiti, alguien preguntó: «Cuando se acaben los árboles, ¿cuál será su dieta?«

El perro ladra, y te preocupa que el perro ladre, porque estás haciendo cosas; estás haciendo cosas que antes no te preocupaban en absoluto. Entonces suspiras. Pero ni tú sabes por qué suspiras. Quizá porque el perro se aburre, y no podéis salir a pasear. O porque ya son las once de la noche, y sigues con ese proyecto en mente. Ese, sí, el de la gran empresa, el de la empresa que te asegura continuar alzando tu propia infraestructura. Sigue leyendo «Esa sensación en la nuca»

Libros que hay que leer

Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído.

Jorge Luis Borges

Dostoievski
Fiódor Dostoievski, a quien se le veía el cartón.

Hoy hace cien años que nació Albert Camus, y me parece excusa suficiente para redactar la entrada que viene a continuación. Si la lectura les parece una actividad del todo frívola, quizá sea momento de plantearse qué lee usted, qué lee la gente y qué puede leer; pues no seré el único que les diga que la literatura es un placer y que los buenos libros inhiben, emocionan, crean adicción, instruyen y envejecen con dignidad. Por su parte, a mi parecer, los malos parecen vagar entre el pasatiempo y la pérdida de tiempo.

Valle-Inclán pelazo
Valle-Inclán, escritor que conservaba «pelazo» y barba.

Quizá el único problema, como ocurre con cualquier otra afición, es que tenemos un lapso concreto para leer y, a la par, somos más conscientes de ello a causa del esfuerzo intelectual que supone. Entonces, como en todos lados, hay optimistas y hay pesimistas realistas. Aquí, los optimistas te dirán que no hay un libro que no enseñe algo, por el contrario, los pesimistas  realistas te aconsejarán que te centres en los buenos productos y que no seas aventuro(a), porque tu tiempo de lectura se limita, como mucho, a unos cuantos lustros.

Al final, cada cual aguanta su vela, así que lo que lea el resto a mí plim. No obstante, de vez en cuando, algún individuo o alguna “individua” me piden que les recomiende algo. Yo siempre tiro por lo clásico y, a menudo, eso no gusta, ¿pero qué mejor forma de no equivocarse?

  1. Clásicos: La Biblia, El Corán y La Torá; también la Ilíada y la Odisea. Desde la tradición oral, la figura de Homero recoge el mayor relato del mundo antiguo mientras que  los libros más sagrados de la Historia (con la hache mayúscula, como decía Perec) recopilan historias y enseñanzas básicas, cuyo patrimonio abarca varios siglos.
  2. Los cuentos del grial, de Chrétien de Troyes, que le da mil vueltas al Roman de la Rose como paradigma de la gesta y del mundo caballeresco.
  3. La Divina Comedia de Dante, como exponente de la transición entre el mundo medieval y el renacentista; una obra maestra de la literatura universal.
  4. El ingenioso hidalgo don Quijote, de Miguel de Cervantes, donde el amor cortés y la caballería se convierten en la visión de un loco en la modernidad.
  5. Los Ensayos de Michel de Montaigne para entender al hombre.
  6. Madame Bovary (Gustave Flaubert), En busca del tiempo perdido (Marcel Proust) y El extranjero (Albert Camus) para entender Europa; quizá también La montaña mágica, de Thomas Mann.
  7. Memorias de la Casa Muerta y Anna Karénina para entender el Bloque del Este.
  8. Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckelberry Finn, como punto de partida de la literatura americana.
  9. El Ulises de Joyce para amar la escritura.
  10. Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez; o Ficciones de J.L. Borges, o Rayuela, de Cortázar. 

Y muchos más. Muchísimos.

Currículum vítae – Señor del gas

Hace unos cuantos años, llegó un día en el que estaba (casi) tan desesperado como en la tesitura actual. Por ello, ni corto ni perezoso, empecé a lanzar currículos por toda Barcelona mientras me apuntaba a ofertas de trabajo apetecibles, mediocres y esperpénticas.

Al cabo de unos cuantos días, el teléfono sonó de improviso y descolgué, por puro azar, con un palillo entre los dientes.

—¿Sí? —dije, tras hurgar más de la cuenta contra una muela picada.

—Quería hablar con Javier Ruiz. Somos de la empresa No-sé-qué —informó la voz de una chica joven al otro lado.

—Ajá. Soy yo —concreté, con franco y material desinterés, lo que revela mi falta de cabeza porque, en aquel momento, ya estaba sin un duro y malviviendo con arroz y pasta hervida.

—Tenemos un posible trabajo para usted en nuestra sede de la vía Augusta. Si le interesa, venga mañana a las 12 p.m.

—Bueno, okay —y colgué.

El resto del día lo dediqué a cazar moscas y a arrastrarme por la universidad con el Pipo y el Pirata. Pasamos la tarde moviendo las patas por turnos del banco al bar de la universidad; botellas para arriba, botellas para abajo, visita al W.C. y, cada par de horas, dedicamos unos minutos a molestar a las estudiantes que escapaban de las aulas. Cuando no supe cómo perder más tiempo, levanté el culo y me largué a casa.

Al día siguiente, presintiendo un plan similar que podía alejarme de mi objetivo, prescindí de acercarme a la facultad, me calcé unas deportivas e intenté conjuntar colores sin éxito. Treinta minutos más tarde estaba en el centro de la ciudad, delante de un tipo más joven que yo —dentro de un traje más grande que él— que me ofrecía un trabajo de ensueño con un equipo de ocho personas a mi entera disposición y grandes oportunidades de ascenso. El trabajo en sí, por el contrario, no estaba muy claro; eso sí, era una oportunidad que nadie podía dejar escapar, según palabras del sujeto. Vamos, un engañabobos.

Acepté.

—Bueno, probaré. ¿Qué tengo que hacer?

—Estar aquí a las ocho menos cuarto —contestó.

—¿De la mañana? —dije, parcialmente en shock.

—Y en traje.

—Esto no puede ponerse peor… ¿Puedes explicarme brevemente mis funciones? ¿Trabajo a puerta fría? ¿Testigo de Jehová? ¿Teleoperador?

A partir de aquí, no recuerdo qué rollo soltó, solo sé que, diez minutos más tarde, pese a que no había cerrado la boca, tampoco había dicho nada. Cuando me di cuenta de lo que realmente significada ser productivo en el mercado laboral, decidí pasar también aquella tarde en el bar de la facultad.

Al día siguiente, de algún modo, aparecí en la misma sala de espera que el día anterior. Medio adormilado y en traje, con unos calcetines cortos que asomaban por debajo de los pantalones slim de color negro y una camisa que obvié, intencionadamente, remeter por dentro de los pantalones. Veinte o treinta minutos después de la hora de inicio, había considerado largarme más de un centenar de veces; luego me flagelé durante semanas por no haberlo hecho.

—¿Qué están haciendo en esa sala? —preguntó una chica a mi lado.

—Formación —contestó la secretaria. Se oían gritos y risas, y daba la impresión de que a los nuevos nos habían dejado castigados, lejos de las fiestas matinales que se montaban en una especie de sala de reuniones acristalada donde se veía una mesa y cuatro sillas.

Me pregunté si todo aquello era intencionado y, en aquel momento, salió un grupo de diez o doce chicos y chicas con demasiada energía; uno de ellos se acercó a nosotros, móvil, tablet o alguna virguería similar en mano, y se presentó: Soy Fulano, ahora vamos a desayunar y luego nos vamos a trabajar, ¿ok?, dijo. ¿A trabajar de qué?, se me ocurrió preguntar, y todo el grupo ya estaba camino de un Dunkin’Donuts que había en la esquina.

Mientras ellos desayunaban y yo tomaba un café, el chaval del móvil, el cual estaba francamente orgulloso de todo lo que había podido comprar gracias a su trabajo como jefe de comerciales, nos explicó que, como novatos, teníamos una comisión equis (mínima) por venta; que, para vender, necesitábamos saber qué, cómo, cuándo dónde vender el producto, y que nuestro horario de venta era de 10 de la mañana a 7 de la tarde, pero debíamos estar en la oficina a las 8:30 a.m. y volver allí para una reunión a las 7:00 p.m. Estábamos a prueba, no teníamos sueldo base y debíamos pagarnos los desplazamientos en horario laboral: un mínimo de cuatro viajes sin contar la ida y la vuelta del trabajo a casa.

Después, empezó a esbozar (ligeramente) el servicio que debíamos ofrecer a nuestros clientes. Se trataba de una promoción que les permitiría ahorrar más de un 50% de su factura de gas. Saqué en claro lo siguiente: según mis compañeros, la factura del gas era TAN cara porque debía enviarse a Madrid y, desde allí, se emitía al resto de comunidades, lo que suponía un gasto ENORME en infraestructura. Si el cliente cambiaba de compañía, la empresa operaba a nivel autonómico y podía beneficiarse de increíbles descuentos.

En realidad, yo sabía por dónde iban los tiros desde el minuto cero, y me imagino que casi todos los que trabajaban allí desde hacía un día, un mes o diez años. En la jungla de asfalto, debías hacer gala de tu ingenio y apoderarte de los datos personales del abonado (es decir, de su factura de suministros); cuando el preciado objeto estaba en tu poder, con o sin permiso del cliente, cambiabas su compañía y le cobrabas un pastón por tu comisión.

—No entiendo —comenté como quien no quiere la cosa—, ¿si ofrecemos un producto mucho más barato por qué tenemos que ir puerta por puerta? ¿Y cómo se mantienen nuestros sueldos? ¿Y si solo hay un tipo de producto por qué las comisiones por “rango” son cada vez más altas?

—Ofrecemos un buen producto —contestó el jefe de grupo.

Suspiré.

A la hora, intuí que debí haberme largado mucho antes del desayuno, pero continué con ellos un rato más. Recuerdo que pensé: “Date de plazo hasta el mediodía.” Además, hoy tocaba Clot que, por alguna razón —quizá las probabilidades de “ventas”—, debía ser la leche.

Entonces, sin previo aviso, sucedió algo:

Eh, nuevo —exclamó alguien detrás de mí, y sin saber si se referían a mí o no, di un giro de ciento ochenta grados mientras silbaba la melodía de El bueno, el feo y el malo, pero no hablaban conmigo.

—¿Eh-eeeh-ehh, qué? —dijo el otro chaval que empezaba ese día.

—¿No te dijo Mengano que vinieses con traje?

—No tengo.

Risas.

—Si es necesario para el trabajo, debería ponerlo la empresa, ¿no? —sugerí yo.

Silencio.

—Tú métete la camisa por dentro.

—Sí, sí, voy… —contesté, pasando del tema; no por rebeldía estúpida, sino porque intuía que mi aventura comercial pronto llegaría a su fin.

De camino a la zona en cuestión, uno de ellos me explicó que la empresa pagaba a los jefes de grupo dos y tres mil euros mensuales por media jornada de trabajo, y conocía a gente que en un par de años tenía a su servicio a tres y cuatro grupos. Cuanto más alto subías en la empresa, más cobrabas y menos tenías que trabajar. Todo consistía en un sistema piramidal muy simple: por cada euro que tú conseguías, cada escalón duplicaba la ganancia y, sí, podías ganar verdaderos pastones.

Cuando llegamos, el jefe de grupo nos dividió por calles, y dispuso que los nuevos debían acompañar a un par de vendedores a su elección. Dichos compañeros estaban que no cabían en sí, porque cada nuevo éramos uno menos con quien competir aquel día —después, si fuera necesario, ya se preocuparían. Aun así, mis dos camaradas decidieron dividirse y sortearon quién me enseñaba cómo iba el tema; el ganador se largó, directamente, al edificio colindante en busca de presas.

El modus operandi era el siguiente: llamaban a todas las puertas gritando ¡El del gas! ¡Somos del gas! ¡Venimos por la factura del gas!; si les abrían, primero les vendían la moto del ahorro, o del error en la factura que debía rectificarse a su favor, sin embargo, para ser honestos, solo llegué a asistir a un timo, y fue tal que así:

—Somos del gas —informó mi acompañante.

—¿No lleváis identificación? —preguntó un tipo de veintimuchos o treinta y pocos que acababa de levantarse.

—Le hemos estado llamando por un error en la factura. ¿Tiene alguna factura en casa?

—¡Uf! Voy a mirar, de esto se ocupa mi mujer: yo no tengo ni idea.

—¿No había un error en una factura específica? ¿Te vale cualquier factura? ¿Eso no está informatizado hace años? —murmuré al compañero mientras el inquilino rebuscaba en los cajones de una habitación.

—Cállate.

—¿Y en qué consiste el error?

—Tenemos que hacerte una devolución, porque te están cobrando más de la cuenta… Si me dejas una factura puedo cambiarte el plan que tienes contratado.

—¿Pero sois de la compañía del gas?

—Sí, pero verás, quitamos una serie de planes extra que suelen encarecerla y podemos ahorrarte un 50% del precio que pagas cada mes. ¿Qué estás pagando?

—30 o 40 euros.

—Pues sí, algo menos de la mitad.

—Vale, puta madre —dijo, dándole una factura del mes pasado.

Y sonó la música que anunciaba al primer primo del día. Salimos. Nadie más le abrió la puerta en aquel edificio y, al llegar a la calle, me largué.

—¿Dónde vas, Javier? —preguntó el compinche.

—Lo siento, esto no es para mí.

—Pasa a menudo. Suerte —dijo, corriendo hacia el siguiente edificio.

—¡Eh! —le grité— Solo por curiosidad, ¿cuánta gente prueba esto cada día?

—¡Demasiados! —contestó sin darse la vuelta.

Sobre el TIL

Empezaré aclarando que yo no estuve ahí, aunque me sentí muy identificado con las demandas expuestas, y me arrepentí a posteriori, lo que demuestra que, como manifestación, funcionó a las mil maravillas. Como prueba de ello, tenemos la velocidad con la que prensa internacional se hizo eco de la protesta multitudinaria por las calles de Palma, donde 90.000 personas —o 90.000 mallorquines que, conociéndoles y habiéndoles tratado durante años, tiene todavía más mérito— recorrían el centro de la ciudad creando oleadas de verde a su paso.

Las calles de Palma se llenaron de gente manifestándose por la política educativa del PP.
Fotografía de una calle de Palma durante la manifestación por la falta de una correcta adecuación que permita la política educativa del TIL.

Al día siguiente, mientras hojeaba el Diario de Mallorca, una de las fotografías impactó contra mi iris con la férrea intención de quedarse ahí. La imagen mostraba los miles y miles de personas en Plaza de España, donde incluso la estatua del rey Jaume se había unido, quizá por imposición popular, a la jornada de protesta. Entre las pancartas que asomaban por encima de los presentes, me sorprendió un mensaje especialmente coherente: “Bauzá, queremos volver a la escuela”; o quizá decía: “Bauzá, déjanos volver a la escuela”. Al instante, sonreí, consciente de que aquel o aquella que hubiese escrito ese cartel entendía a la perfección el motivo de la huelga y sabía que ese era el camino por donde se debía atacar con mayor virulencia.

manifestación TIL 2La pancarta afirmaba, primero, que ninguno de los presentes estaba allí por gusto, sino por necesidad; necesidad de ser escuchado, necesidad de apoyar a gran parte del cuerpo docente y, sobre todo, necesidad de una educación coherente y bien organizada para ellos, para sus hijos y para los futuros estudiantes que vendrán. Segundo, que estaba muy claro quién era el verdadero culpable de aquello, quién hacía promesas vacías y quién intentaba imponer su palabra y su voz por decreto. Y, tercero, aunque algo más difuminado y carente de la fuerza inicial, el rótulo mantenía que no se actúa, que los cambios se enlentecen, que no se busca una solución real al problema, pues durante semanas se ha negado su propia existencia.

El día 29 de septiembre este cartel era uno de los máximos exponentes de la lucha contra la criminalización que padres y profesores se han visto condenados a sufrir. Combatía ese punto de vista del todo superficial que se limita a simplificar la no asistencia a la escuela como el verdadero problema; que intenta convencer a los padres y a los profesores que, si de verdad les importa la educación de los críos, estos deberían estar asistiendo al colegio y no perdiendo días de clase. Es triste que la mejor arma que el gobierno ha podido asir sea una postura hipócrita y lela que ni tan siquiera enfrenta el problema (hasta hoy). Pues no, señores (y señoras). Los padres deben ser los primeros en apoyar esa huelga, y de forma indefinida, cogiendo aquel cartel y plantándolo en los morros a todo el Partido Popular durante  el tiempo que sea necesario.

Ana María Aguiló Twitter

En tal caso, podemos estar convencidos de que el estado continuará intentando lanzar balones fuera y condenará la no asistencia en pos de una supuesta educación. Sin embargo, uno, eso no es educación; dos, mucho menos de calidad; y tres, el único culpable aquí es un ejecutivo que no tiene un verdadero plan de acción, que copia planes docentes de Europa y omite su desarrollo y adaptación y que condena, aún más, a ese 40% que abandona las aulas de las Baleares tras la enseñanza obligatoria.

No obstante, siempre queda sitio para la esperanza y la mejora, y los mallorquines han (hemos) puesto otro grano de arena. Como muestra, la criminalización de la huelga y las amenazas vacías de Ana María Aguiló, quien citaba a Fernando Merino en Twitter: “Los padres están obligados a llevar a los niños a la escuela y de no ser así, el Tribunal de Menores tiene potestad para retirar las custodias”, exclamaban. Les deben fallar las cuentas también si piensan enviar a los servicios sociales a gran parte de los estudiantes de las Islas Baleares.

De risa. O todo lo contrario.

De guarros y gilipollas

Para cuatro líneas que escribo a la semana, no voy a mentir a nadie. Puritano, lo que se dice puritano, nunca he sido. A mí lo de los pechos me vuelve loco, y los culos, y la cerveza y un güisquito el fin de semana, o el katxi y los litritos para recordar instantes de juventud, y un pacharán para bajar la comida…; vamos, que si hay que salir de fiesta, ahí estoy el primero.

Además, también soy de mente abierta, y cuando veo a un individuo metiéndole mano a una individua, no pienso al instante que el sujeto está más salido que un mandril, ni que la pájara va calentando pollas, ni que ha sido un cúmulo de incidentes… Vamos, por norma, ni el chaval es muy formal ni la chavala estaba mareada y no sabía lo que hacía. Pueden ser muchas cosas, y hay que analizar los hechos antes de que aparezcan las “feminazis” y los machos alfa.

Sobre las Fiestas de San Fermín y la Plaza de la Libertad

Acoso en sanfermines
Imagen que utilizó el diario «Público» para ilustrar el acoso en los sanfermines.

Hoy, quinto encierro, empiezan a circular noticias nada agradables de las Fiestas de San Fermín, unas celebraciones que cada año se radicalizan más, según cita la prensa.  Abro varios diarios y leo los siguientes titulares: “Asco en el Tahrir pamplonica”  o “7 de julio… agresión sexual”, me entero que vivo en la inopia, que hace años que se está vejando a mujeres durante las fiestas, que se agrede, que se viola, que la gente se excede y, lo peor de todo, que se permite y se encubre.

Primero, debo decir que el primer titular me parece desacertado, ya que la plaza Tahrir nada tiene que envidiar a la marca España: una sociedad adormecida y aletargada que normaliza conductas bestiales, amparadas en el tradicionalismo más extremo; una sociedad que permite que las clases dirigentes nos puedan robar miles de millones, pero que culpa a los autónomos y los propietarios de pymes y microempresas; que la educación y la política dan asco, pero que es mucho mejor salir a la calle a celebrar las victorias e incluso las derrotas futboleras.

Segundo, la Plaza de la Liberación —un nombre no muy acertado— y las fiestas patrias se me asemejan en la cantidad de gilipollas que las pululan. La gente se extraña de que estas cosas sucedan en unas celebraciones donde la diversión consiste ya no en beber hasta la extenuación, sino en acabar borracho perdido y colocarse delante de un hato de toros, poniéndose en peligro a ellos y a todos aquellos que se encuentren cerca; conduciendo a las reses hasta la plaza, donde se les clava garrocha tras garrocha hasta la muerte. ¿Qué esperamos? ¿Nos creemos adelantados a nuestro tiempo? ¿Creemos que España es mejor que Egipto? ¿Quién coño les ha dicho eso? Porque les ha mentido.

Si en este país te quedas en tetas o en cueros, te van a sobar, a magrear y se te van a pasar por la piedra (si les dejas). Las chicas que por inconsciencia, idiotez o borrachera se suman a la fiesta deberían cuidarse de lo que hacen, y no porque no puedan, sino porque, en este país, no deben. Porque este país está lleno de imbéciles que son los verdaderos animales, que se creen con la potestad de lancear, patear, lanzar o decapitar  a cualquier ser vivo. Y ahí tienes las ardillas desmembradas en Robledo de la Chavela (Madrid), el burro vejado hasta cualquier tipo de límite en Villanueva de la Vera, los toros de la Vega lanceados en Valladolid, y la madre que los parió a todos.

En definitiva, que sí, chicas, que tenéis todo el derecho del mundo a sacaros las tetas en la calle —del mismo modo que yo tengo razón si no freno al ver que un camión se salta una señal de stop—, pero que no os engañen, que este país no tiene nada de adelantado ni de liberal, y cabezas que piensen  cada vez quedan menos.

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Breve lectura vitalista con respecto a «El guardián entre el centeno»

Salinger y Caulfield

La crítica encontró en Holden Caufield al perfecto instigador, al joven revolucionario, al producto de masas […].

Suele decirse que la sociedad estadounidense dedicó a J.D. Salinger (El guardián entre el centeno, 1951) innumerables miradas de desaprobación por la controvertida forma de presentar la vida y el pensamiento adolescente como nunca antes se había hecho; por el contrario, muchos lectores vieron en aquel muchacho un medio a través del cual expresar toda la angustia, el temor, el deseo sexual y la ansiedad del trasvase hacia la edad adulta.

"El guardián entre el centeno", de J.D. Salinger fue publicado en 1951 bajo el título "The Catcher in the Rye".
El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger fue publicado en 1951 bajo el título The Catcher in the Rye.

La crítica encontró en Holden Caulfield al perfecto instigador, al joven revolucionario, al producto de masas; una figura literaria que retrataba los tabúes de una época (drogas, prostitución, pervivencia del statu quo…), desde el somnoliento iris de quien se halla a unos pasos de una meta irresoluble, y recula, y recula, sin posibilidad de tregua.

Si plantease aquí un ensayo sobre la obra, probablemente organizaría la exposición psicológica del personaje de forma cronológica; o quizá trataría los principales elementos que componen la idiosincrasia de Holden que, por otra parte, parece tener mucho de su creador, como demuestran también otros relatos breves como A Perfect Day for Bananafish, razón por la que tampoco sería descabellado indagar sobre qué tiene Salinger de ese producto cultural que legó a la sociedad norteamericana de los cincuenta. Pero no es el caso.

Quizá, en una clase de teoría de la literatura o en una tesis de doctorado, sea necesario analizar en profundidad un mínimo de aspectos de la obra, y no me cabe duda de que se han escrito cientos de miles de páginas sobre el tema —y si no es el caso, habrá que interesarse por qué se estudia en una cátedra de literatura americana—, por lo que mi intención pretende limitarse a considerar una lección de vitalismo que subyace del texto, no sin cierta paradoja.

Vitalismo adolescente y paradoja

Aquellos quienes descubran la obra por primera vez se toparán con un chico de diecisiete años de futuro incierto, ligeramente conflictivo, inteligente, perspicaz, enraizado en un sistema educativo que no parece beneficiarle, repleto de equivocaciones y con cierto deseo por crecer. Además, el lector avispado —el que está habituado a releer párrafos o capta con facilidad el sentido de un texto— hallará un narrador testigo con un peculiar punto de vista.

Es evidente que el escritor norteamericano conocía bien el comportamiento adolescente, pues la principal particularidad de su protagonista es la conciencia de sí —de su condición— y de lo que ello implica. El discurso de Holden no solo es consecuente con respecto a su estado vital, sino que comprende algo todavía más importante para el desarrollo de la novela: que está situado en el único momento de su vida en el que un cambio de rumbo es posible, discernimiento que roza la imposibilidad manifiesta.

Desde los primeros capítulos, se muestra consciente de cómo la sociedad insiste en fijarle una serie de directrices, con la constancia de unos estudios que le resultan carentes de interés; a ello se une un discurso de educación, modus vivendi e inutilidad de la rebeldía que, por desconocimiento, convierte en baladí y temporal ese impulso. Las desventuras de Caulfield se mantienen siempre hasta el filo de la elección (sin traspasarlo), hasta el instante  previo a la decisión de tomar parte y depender de la estructura social.

“La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo a sus reglas” (Salinger: 15), reitera a lo largo del segundo capítulo uno de sus profesores, el señor Spencer; a su vez, el narrador señala al lector que está cansado de oír eso, y replica que él, a diferencia de la mayoría de los adolescentes, ya conoce la necesidad de posicionarse en sociedad, con todo lo que ello supone. Así, consciente de los tabúes que supone formar parte de un grupo social, y antes de iniciar su siguiente etapa vital, ya es consciente de que no quiere un trabajo de oficina, copas a la salida con compañeros que no le interesan ni un ápice y béisbol en televisión los días de diario, y agrega: “Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haber conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas” (Salinger: 98).

Y esta es, probablemente, la clave del éxito de El guardián entre el centeno. Pues si bien su prosa es atractiva, aquello que la convierte en obra de culto son las ideas que allí se exponen; la actitud predominante de Holden es la de un adolescente: quiere beber, fumar, follar, experimentar, expresarse, cambiar el mundo… No obstante, el verdadero triunfo es que él sabe que todavía está a tiempo de hacer algo —un lapso de tiempo que termina eternamente— mientras que nosotros crecemos, aceptamos el statu quo, envejecemos y morimos.

Decía Salinger:

—He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas  y de trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando un montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y avances de las próximas películas. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo que te digo. (Salinger: 145)

Cuando somos jóvenes, somos demasiado inexpertos como para cambiar el mundo, y cuando sabemos cómo es el mundo y cómo podríamos intentar cambiarlo somos demasiado viejos. Eso es lo que sabía Salinger, y así lo inmortalizó en su obra. ¿Intentas cambiar el rumbo? No, primero ve al colegio, a la universidad, aprende cómo vivir, qué no puedes hacer, a qué debes limitarte, a cuánto está el tipo de interés, qué tipo de calzado está de moda… ¿Dentro de la rueda? Es una lástima, pero aquí no existe el “sigue jugando”.

Salinger desgaja línea a línea la perpetua pregunta acerca de nuestra libertad de acción, de nuestra libertad de decisión, de la posibilidad de luchar por nuestra felicidad. Mientras tanto, la sociedad occidental continúa obligando a sus hijos a mantener un estilo de vida que considera equivocado, o quizá el mejor entre los peores.

Holden es una imagen universal, y engloba las conciencias de todos aquellos adolescentes que repetían: “Yo no quiero eso.” La verdadera paradoja se mueve entre la experiencia disfuncional y la inexperiencia inútil. Puede ser que todo ello no sean más que campanas al aire, puesto que nadie nos garantiza que cambiar el sistema sin pertenecer a él sea más sencillo que modificarlo cuando dependemos del mismo. Holden es el perfecto revolucionario cultural, quien convence a la masa a través de su propia individualidad. Convencer, antes de globalizar. Es eso, o mandarlo todo a tomar por culo y retirarnos muy, muy lejos de todo. Como hizo él.

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Bibliografía:

  • Salinger, J.D. (2008). El guardián entre el centeno. Madrid, España: Alianza Editorial.

Sobre la muerte (II)

La importancia del mito al logos

La verdad es una, los sabios hablan de ella por muchos nombres.

Rig-veda

El cambio de mentalidad paulatino entre un universo en constante caos hacia un mundo regido por leyes naturales —y también su contrapunto metafísico— resulta capital para entender la vida y la muerte desde la perspectiva humana. Las actitudes míticas, o el misticismo propio de los pueblos previos a la razón clásica, se basaban en la atribución de características fantásticas y maravillosas a los sucesos cuya explicación era desconocida. Esta actitud, por ejemplo, podemos encontrarla en Egipto y Babilonia, extendiéndose hasta Grecia y Roma, donde pese a la aparición e imposición del pensamiento racional, los mitos originarios prevalecieron en el imaginario colectivo a través de la literatura y el culto a los dioses.

Según Mircea Eliade, los acontecimientos de la naturaleza que se repiten periódicamente se explican como consecuencia de los sucesos narrados en el mito, por ejemplo, el cambio de estación, un eclipse solar, etcétera. A su vez, el mitólogo Joseph Cambell desglosaba las funciones y el triunfo del mito en cuatro proposiciones útiles:

  1. La función metafísica: despertar un sentido de asombro ante el misterio del ser
  2. La función cosmológica: explicación de la forma del universo
  3. La función sociológica: validar y apoyar el orden social existente
  4. La función psicológica: guía del individuo a través de las etapas de la vida
"El libro de las maravillas" era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.
«El libro de las maravillas» era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.

Por otra parte, la concepción de muerte como algo totalmente contrario a la vida, y como el fin de la misma, sí es algo comprendido de forma inherente. De este modo, la metafísica se contrapone a la física, por lo que no es extraño que, durante siglos, se resolviese como hipotética explicación de esta.

Más allá de la religión o la espiritualidad, contamos con numerosas fuentes que, con influencias previas, han buscado una inmortalidad más tangible: las aguas curativas de Novelas de Alejandro o Los viajes de Marco Polo son obras que, sin lugar a dudas, también influenciaron al adelantado español Juan Ponce de León en su búsqueda de la eternidad a través del continente americano, donde descubrió que existían leyendas similares entre los araguacos y a través de todo el Mar Caribe. Y es que, a pesar de esa distinción europea y etnocéntrica entre los pueblos bárbaros y civilizados, este  ha sido siempre un miedo humano y universal.

La literatura, el cine y el imaginario colectivo

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended – ¡a reír!

Friedrich Nietzsche

A medida que nos acercamos a la modernidad, nos encontramos, de nuevo, con ese ideal. En este caso, pervertido en la literatura  con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, Drácula de Bram Stoker y todo el imaginario colectivo que empezó a dar vida a la figura del monstruo. Ese álter ego que tanto nos repugna como nos atrae, que nos aterra y nos seduce con la idea de traspasar las puertas de la muerte, de traer vida desde el otro lado o, simplemente, de vivir eternamente; comprendida como una necesidad humana que debe relacionarse con la ilusión de supervivencia y de perpetuación, a menudo satisfecha a través de nuestros descendientes (véase Freud, por ejemplo) o nuestra obra material.

A lo largo de la historia de la humanidad, se ha demostrado, como ya anticipó Schopenhauer, que la muerte es un acto creador de vida, así como la vida es un acto creador de muerte: todo lo que nace está destinado a morir, pero con su muerte aparece el germen de otra vida.

Aunque cada recién nacido aparezca lozano y alegre, esto no debiera ser considerado como un regalo, pues es consecuencia necesaria de la vejez y muerte de otro, el que llevaría en sí el germen de la inmortalidad heredado ahora por el recién nacido y ambos representarían una misma esencia.

Sobre Schopenhauer, en Magia del vitalismo romántico alemán (A. Sonnenfeld)

Por otra parte, como sociedad, podríamos considerarnos una unicidad, un todo de conciencias individuales, donde el destino de cualquiera de las partes está ligado al resto. Para que cada uno de nosotros nazca, otro ha tenido que morir, afirmaba Schopenhauer. Y esa afirmación, para mí, tiene mucho de aquella antigua frase del poeta griego Sófocles, que rezaba: “No haber nacido nunca puede ser el mejor de los favores.

La conciencia omnipresente de muerte se representa como algo enteramente humano, que no puede percibirse como trágico debido a su sentido natural y lógico, más que para aquellos dotados de razón e incertidumbre. Debemos comprender que el germen de la creación solo está en nosotros durante un tiempo limitado por lo que, desde una vertiente práctica, sin muerte no puede haber vida.

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¿O sí?

La muerte como enfermedad

¿Qué ocurre cuando multiplicamos nuestra esperanza de vida por diez, cien o infinito? ¿Pierde sentido el proceso natural o estamos alcanzando un punto en el cual podemos sustituir el proceso tradicional por otro distinto? ¿Existe un proceso natural o no es más que el único proceso al que teníamos que resignarnos? Estas preguntas son capitales cuando el gerontólogo Aubrey de Grey afirmó hace casi diez años que la medicina regenerativa es una realidad a corto plazo, no una probabilidad.

De Grey comprende la vejez como una enfermedad, no como un proceso natural, por lo que entiende que se deben estudiar los síntomas, tratar y curar los distintos puntos que afectan al envejecimiento de nuestros cuerpos y, sobre todo, de nuestras mentes.

Por otra parte, consciente de que vivir más tiempo y mediante una juventud (casi) eterna entraña una serie de riesgos sociales y una serie de planteamientos éticos publicó la obra Ending Aging (2007) que se preocupa por remarcar unas pautas ideales de uso.

La muerte dejará de asociarse a la vejez.

Aubrey de Grey

Todo ello plantea una serie de preguntas muy reveladoras aunque, quizá, la principal sea: “¿Será posible ofrecer el milagro de la eterna juventud a corto plazo?” Si la respuesta es afirmativa, se presentarán preguntas todavía más revolucionarias si cabe, como:

  1. ¿Quién podrá vivir eternamente?
  2. ¿Es viable la vida eterna con un tercio de la población mundial sobreviviendo bajo el umbral de la pobreza?
  3. ¿Será un invento democrático o quedará reservado para una élite (económica, política…)?

Sin embargo, la pregunta más importante de todas tendría relación más bien con la moralidad inherente en el acto. Si detenemos nuestro envejecimiento, si podemos vivir eternamente, será necesario controlar la natalidad, como mínimo, hasta conseguir los recursos suficientes para la supervivencia de todos, ¿tenemos alguna deuda moral con la misma naturaleza? ¿Con la regeneración de la especie? ¿Necesitaremos a los dioses?

Se abre un intenso debate.

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Cagar en la gran ciudad, disputas vecinales y la madre que los parió

Mallorca (7)

Yo soy un tío pasota. Quiero decir —para no encaminarme por otros derroteros desde el principio— que me llevo bien con la gente que no me toca los cojones; o sea, que soporto la insulsa levedad del ser hasta que me soplan la nuca. Por ejemplo, saludo a los demás, y no suele importarme que no me devuelvan el saludo siquiera. Así de bohemio soy. Si me quieren saludar, pues ahí estoy yo,  si no, mañana me harán un ademán con la mano o un gesto con la cabeza. ¿Qué se yo? A lo mejor el pobre hombre tiene cáncer, o se le ha muerto el papagayo. Cuestión, que por aquí, por el pueblo, yo tiro a la mía y no me preocupa demasiado lo que dice uno o lo que hace el otro.

"Pop Shop IV (Barking Dogs)", de Keith Haring.
«Pop Shop IV (Barking Dogs)», de Keith Haring.

He aprendido, a fuerza de encontronazos, que en los pueblos esto no suele ser así, y que soy yo el que va contracorriente. Como son cuatro gatos, suelen enterarse de todos los trapicheos que se esconden los unos a los otros; que si tu coche mira mal a mi coche, que esa mujer era mía por derecho de pernada, que si tu hija es más fea que una tortuga con labio leporino…, que si esto, que si aquello. Por esto, imagino, la gente de pueblo suele estar menos liberada que la de ciudad.

Mientras relacionaba ideas, me ha venido a la cabeza un episodio dantesco con una señora que me encontré en Barcelona plantándose un pino en medio de la calle. Allí somos millones de personas y, claro está, si una señora se planta un pinocho en público, pues se lo cuentas al del bar, el cual no te está escuchando y a tus dos amigos de turno, que uno es tonto y el otro cornudo, con lo que también tienen los problemas suficientes para ignorar si la vieja de turno va sueltecilla o tenía ganas de aventura en la urbe.

Los sitios pequeños, en cambio, tienen sus propias reglas, y como se te ocurra plantarte un pino en la plaza mayor, vas a ser el caganer para el resto de tus días, y eso ya jode más. Incluso si se te planteas colgarte de un olivo, condenarás a tus descendientes a escuchar que algo malo habrías hecho y que vaya forma idiota de gastar un buen cabo, que para eso está la escopeta (que se limpia y fuera) o la Serra de Tramuntana, donde puedes irte a hacer el cabra y ya te encontrarán.

Y es que aquí el talante es otro, y las cosas pasan más despacio, y todo se sabe, y si no es hoy, es mañana… Por lo que cuando medio pueblo está peleado con el otro medio, tú, abandonas el visionado pasivo y te preguntas angustiado qué ha ocurrido, qué perturba tu efímera existencia y por cuánto tiempo.

Parece ser que hay un perro que abusa un poco de sus cuerdas vocales, explican los vecinos un poco molestos, ya que, de vez en cuando, les fastidia la siesta de rigor o salir a tomar el fresco a última hora de la tarde. Por ello, han decidido denunciar a la familia y amenazarles con hacerles la vida imposible hasta que se larguen. Yo, por mi parte, tranquilizo a los dueños del perro, les aseguro que a mí los ladridos de su perro no me resultan molestos y vuelvo a casa… hasta que me entren ganas de irme a ladrar o a cagar en la puerta de alguno de mis vecinos.