Carta para Casandra

grullas-de-origami

«Memento mori, si vis vitam para mortem.»
(Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.)

Hola,

Me dejó, y a ti esto te va a importar muy poco. Y no, lista, no lo ha hecho por otro, aunque hay un hijoputa implicado (por eso te escribo a ti: porque yo fui tu hijoputa). Supongo que estarás encerrada y quejándote por el coronavirus, como todo dios. Oí que te casaste. Una vez, cotilleé tu Facebook y vi que ya no te tiñes el pelo. Te imagino feliz (pelirroja), e incluso con algún crío en casa tocándote los ovarios entre tanto confinamiento, pero tendrás tus días, como yo, como ella. Quizá no hay niños en casa, y te pasas el día follando con tu maromo, o vuelves a estar soltera y en casa de tus padres. Yo qué sé.

Te voy a confesar varias cosas, Cas (y te voy a llamar Cas, porque te llamaba Cas y se me haría raro llamarte Casandra: aunque en el título quedaba bien, la verdad), empezaré por una parida y acabaré con algo más serio, ¿vale? Y tú, si quieres, me mandas a tomar por culo virtualmente, cierras la pestaña del navegador y te vas a beber una copa de vino, que digo yo que beberás vino, porque ya no tenemos edad para el Licor 43 y esas mierdas.

Confieso primero algo idiota, como te decía. Antes de 2019, escribía mucho más —también por aquí, en el blog, que ya está moribundo diría— y empezaba muchos textos así: «El otro día un amigo/a…» para introducir el tema. A veces, era verdad (que me lo había dicho un amigo, digo), y otras mentira (una licencia), pero me servía para encarar aquello que quería tratar. Por ejemplo, hoy podría decirte: «El otro día una amiga…» y ya te estaría mintiendo, porque si follas con alguien, no solo será una amiga: al menos, será una follamiga: que vaya palabra. Bueno, el otro día esta amiga me recomendó una película que no era la leche, por lo que no me sabe mal destriparte el final: verás, el protagonista está en un banco del parque después de que su madre, una judía ortodoxa, le haya chutado de casa por largarse a Tel Aviv a chuscar y (en esencia) por presentarle a una shiksa (una chica que no es judía). De repente, suena el teléfono y es la chavala que le mola, la shiksa, quedarán sesenta segundos de película, y el prota mira hacia donde está el espectador, se pasa por el forro de las pelotas la cuarta pared y dice: «Quieres saber cómo acaba la cosa, ¿eh? Pues te vas a quedar con las ganas.»

Hostia puta.

Eso es lo mejor de la película.

El resto, bueno… No ha sido una completa pérdida de tiempo, pero tampoco es 8 ½ de Felini.

Eso último, sin embargo, es real. Eso es nuestra propia existencia: hoy es el primer día del resto de tu vida y esas chorradas. Y un día lo será. Mientras tanto, cada día tu vida puede dar un giro de ciento ochenta grados, así que dicen que no vale la pena preocuparse por todo.

(¿Cuál será el secreto para conseguirlo?)

Vuelvo, que ya desvarío. Hace casi un año, ella me dijo que se iba de casa por un tiempo porque no se atrevió a decirme muchas cosas (quizá no las sabía: qué sé yo). Sé que contigo pasó algo similar, pero haber intentado hablar con ella: a mí no me vengas con rollos a estas alturas (podría aplicarme el cuento, ¿eh?).

Tranquila, porque esto no va de mi ex, que también es tu ex, pero espera, ya llego.

Algunas de las cosas que sentía, ella las sabía, yo las sabía, y muchas otras no, porque ambos somos carne de terapeuta. Recuerdo, sobre todo, esa sensación de bloqueo, de distancia, de vernos, pero no saber comunicarnos, de entender que amarse con locura no es suficiente  y, a veces, no es ni bueno.

Al principio, cuando me habló de espacio y tiempo yo la creí, pero luego ya no, ¿sabes? Luego, no supe qué pensar. Primero, me convencí de que podía arreglarlo, de que era yo, que era algo que estaba en mis manos: porque yo soy un tío romántico de cojones (no sé si me conociste tanto, pero creo que hasta ese punto sí) y siempre he pensado que, al final de la historia, el chico recupera a la chica. Después, vi que la chica no sabía qué cojones quería, que me acercaba una mano cuando yo me alejaba y me apartaba con la otra cuando me acercaba, que mis esfuerzos se veían como ataques, que la ausencia de una explicación era toda la respuesta que alguna vez recibiría.

Empezaron a pasar los meses. Lentos de cojones. Me deprimí. Mucho. A lo Robin Williams, estilo payaso triste, como decía Gandolfini en la piel de Tony Soprano: sonrisas rotas por dentro. Cuando estás bien jodido, y encima te obligas a poner buena cara, todavía te queda darte la gran hostia. Los minutos se vuelven horas. No duermes. No comes. Bebes (mucho), pero agua no, porque el agua es vida y la vida te sabe a poco. Yo, además, me peleo con las paredes para no reventar a hijoputas (pero hay que ser coherente y aceptar que, cada hijoputa, tiene su versión de la historia, ya lo hemos hablado arriba), pago facturas, empiezo a ir a terapia; me lleno el día de cosas y luego me lo vacío, porque no puedo con tanta mierda. Tengo todo tipo de oportunidades laborales, pero no consigo mantener nada y llegan los tropezones y los fracasos.

A grandes rasgos, eso es buena parte de mi 2019: poner buena cara, aguantarme las resacas y curarme unos nudillos cada vez más agrietados. Por eso, el coronavirus me come los huevos (no es eso tampoco, ya me entiendes: es una forma de hablar). Llega un día en el que solo veo obligaciones, Cas: cuidar de los chuchos, cuidar de los gatos (hasta una cerda vietnamita tenía en el jardín: no, no es broma; se llama Peggy Sue y está en un santuario de animales), trabajar, impuestos, incluso ir a entrenar al gimnasio. Exigencia pura y dura. Las cosas buenas de la vida —las que quedaban, porque muchas llevaban años siendo una mierda, solo que, en esta puta vorágine, necesitas parar y hacerte consciente— hace mucho que se fueron: una cena de verano en la terraza, conocer gente nueva, flirtear, hacer un estúpido curso de papiroflexia, un fin de semana viajando en el coche hacia ningún lugar, dormir abrazados y milimetrar todos y cada uno de los lunares de su espalda, follar, y sudar juntos, y hacer el amor, y sentirse vulnerables, y estar en casa.

Y el resto sigue igual, el mundo gira, tu exmujer folla con otros (o follará; o peor: hará el amor) y tú no tienes ganas de follarte a nadie (ni de ser follado, ni deseado, ni escuchado, ni entendido). Por las noches, cuando no duermes, la depresión se acuesta en su lado de la cama y te susurra toda clase de locuras, y tú unos días te levantas y te largas a caminar de madrugada por las calles vacías de la urbanización, otros coges una botella de JB de la cocina y te obligas a caer inconsciente. Llegará el día en que pidas ayuda, en que llores, en que te abraces a los demás y empieces a hacer cosas constructivas por ti mismo, pero todavía no.

La primera vez aflora sutil, casi etéreo: un comentario que ni tú sabes muy bien qué significa, una fantasía un tanto deprimente, una pequeña mota negra en tu día gris, muy gris. Es raro que alguien le dé demasiada importancia. Bueno, estás depre, tu vida ha cambiado, hay que construir una nueva rutina y bla, bla, bla. Después, mucha gente hace más y más comentarios, incluso pide ayuda, busca apoyo para salir de una situación insoportable a la que no sabe cómo ha llegado… y, lo más triste, es que muchas veces esa ayuda no llega. Pero yo voy a ser sincero contigo, como intento ser siempre: yo no hice nada de eso, en realidad. Recuerdo algún comentario, ya te digo, pero ya está: eso fue todo. Nadie debió darle mucha importancia y pasó inadvertido. La vida seguía, imagino: dos meses antes, monté una empresa; un mes antes, me examiné y aprobé mi segundo Dan de kendo (sí, también hago kendo, como ella, aunque no por ella). Y, entre octubre y noviembre, empecé a ir a terapia.

En noviembre, y te vas a reír (supongo que no), no recuerdo la fecha exacta (así eran mis días), pero sé que fue entre semana y para finales de mes, subí al coche e intenté suicidarme. No, no voy a entrar en detalles, por lo del efecto Werther, ya sabes.

No me maté de milagro.

Fue cosa de un segundo de diferencia, creo. Como mucho.

Me eché a llorar.

Recuerdo que no podía parar de llorar.

Mi cara, mi ropa, la tapicería del Ford, todo quedó empapado de lágrimas y sudor.

Esa mañana había tocado fondo.

Me había intentado quitar la vida.

Me salvó el puto instinto de supervivencia en una situación límite.

Me salvé yo, supongo.

No quería morir, pero, por primera vez en mucho tiempo, entendí que no sabía vivir.

De eso va esta carta, Cas. Quería decirte que me intenté suicidar en noviembre y, no sé por qué, pero antes de que lo sepa mucha gente (algunas personas lo saben: ella lo sabe), quiero que tú también lo sepas, porque sigo acordándome de ti, porque me hubiera gustado hablar contigo a lo largo de estos diez años, porque, aunque estuviera enamorado de tu novia (y ella de mí), me encantaba pasar por el piso a verte a media tarde, charlar contigo: nuestra relación.

Ahora, solo voy a terapia una vez por semana y, pronto, cada dos. He descubierto muchas cosas: que sufrí un shock emocional, que ella y yo generamos una relación de codependencia insana, que amarse no basta, que quizá todos tenemos dentro mucho de tragedia y mucho de comedia y, sobre todo, ¿por qué cojones nos pasamos la vida negando eso, tía?

Y no sé por qué escribo esto. No es por ti, ni por mí ya. Si fuera por ti, te buscaría y te llevaría un par de hojas impresas; si fuese por mí, lo escribiría y lo borraría. Creo que es porque mucha gente leerá esto y seguirá pensando que hay algo mal en mí y en todas las personas que sufren depresión. Así de simple. Esa gente se tragará su propio discurso, no se preguntará nunca nada y, si no le toca de cerca, seguirá mirando hacia otro lado el resto de sus vidas.

Y te confieso que fantaseo, y pienso que, a lo mejor, igual que se me murió el perro y todo dios conoció su historia por unos meses, a lo mejor ahora alguien se lee este texto, se mira mi currículo y me da trabajo. Y los compañeros y las compañeras de la oficina me señalarán por detrás cuando vaya a mear al baño (o yo diré que voy a mear, porque la gente no decimos en público que vamos a cagar, aunque vayamos a cagar) y se dirán entre ellos que sí, que ese soy yo, el que encontró el modo de lucrarse tras un intento de suicidio; y otras veces pienso que, en este país, hay que ser muy valiente para contratar a alguien tan tarado como para ponerse a proclamar que se hundió en una depresión y se intentó quitar la vida y que, quizá, no trabajo por cuenta ajena en mi puta vida otra vez; pero, sobre todo, pienso: ¡qué coño!, esto es España, y se suicidan CUATRO MIL PERSONAS con nombres y apellidos cada puto año y llevamos medio siglo, por lo menos, sin hacer suficiente, así que ¿por qué unas pocas líneas van a marcar alguna diferencia?

Quién sabe, Casandra. (Ahora te llamo Casandra, porque me he puesto serio.) Yo lo único que sé es que no soy ningún cobarde, que te vas hundiendo, y pruebas cosas, y esas cosas te alivian un poco al principio y, luego, lo complican todo más todavía y, esto es lo que la gente no entiende en su mayoría, que llega el día que lo que es un final, lo ves como la única opción para dejar de sufrir.

No, Cas. Yo no soy un cobarde. Soy un puto superviviente. Superviviente de una depresión y de un intento de suicidio. Y no me avergüenzo, ¿sabes? Y habrá imbéciles que dirán que no es cosa de proclamarlo a los cuatro vientos, otros sentirán pena por mí, pero están equivocados y equivocadas, porque ese es el problema real: el tabú, el esconder las cosas bajo la alfombra, el creernos invencibles y el no atrevernos, jamás, a desnudar nuestra alma frente a los demás. A no poder o no saber contestar, con sinceridad, a un ¿estás bien? A sentir miedo de expresar tus emociones, de echarte a llorar cuando necesitas llorar o de tener que mantener esa estúpida pose a lo Clint Eastwood apolillao. A no saber cómo pedir a un amigo o decirle a un familiar que se quede contigo, que te dé un abrazo, que te repita que las cosas irán a mejor hasta que te canses de oírlo.

En fin, Cas. Siento haberte usado de licencia poética. Aunque creo en todo lo que te he dicho. Si me ves, no me conoces: tengo más canas que pelos negros ya, voy bastante tatuado (aunque no tanto como me gustaría y, sí, tranquila, yo también llevo alguno por ella: si no te lo has borrado, no estás sola en eso). A grandes rasgos, sigo siendo un idiota, pero algo más sabio. ¡Ah! Y, a veces, ahora me pongo hasta camisa. Pero si me ves un día, o crees verme, o nos volvemos a cruzar, yo te voy a sonreír, ¿vale? Aunque tú sigas pensando que yo soy un hijoputa, que lo entiendo: no sabes cómo te entiendo…


Si has pensado en suicidarte:

Intenta hablar con familiares y amigos, por favor.

Busca ayuda especializada.

Llama al 717 00 37 17 (Teléfono de la Esperanza).

La loba de Mel Capitán

Mel Capitán se suicidó. Un amigo aclaró más tarde que lo hizo por problemas personales, pero pocos tramperos se tomaron la molestia de leer o escuchar. Las amenazas vertidas por algunos (mal llamados) animalistas fueron combustible suficiente. Esta semana, de algún modo, vuelve a ser noticia, porque un tal Michel Coya —cazador acérrimo— mató a una loba junto a otros cinco compinches y le dedicó su cabeza como trofeo.

Está claro que hay gente que ve belleza en esa instantánea. La mayoría, no. La mayoría ve cómo la hermosura de ese animal se difumina en una foto esperpéntica que muestra a seis cretinos que solo saben valorar la vida a través de la muerte. Poco hay que rascar ahí: ni aceptarán argumentos ni parecen tener la capacidad o el interés por emitirlos; mejor no gastar saliva. Sin embargo, hay una frase que resplandece en el breve texto que acompaña a la imagen: «Compártalo amigo, somos muchos, cada vez más, los que damos la cara, somos muchos los que no olvidamos lo que le hicieron a Mel.» 

Melania Capitán (fotografía)
Una de las fotografías de Melania «Mel» Capitán que los medios compartieron.

Supongo que ni ellos mismos saben que lo primero es mentira desde los noventa, y minoritario en los últimos años. Para eso, hay que tener interés por abrir un libro o saber leer un gráfico, y, sobre todo, para no querer seguir viviendo en el país de la piruleta. Aun así, se entiende; se entiende que lo de Mel Capitán fue un «palo» enorme para el colectivo cada vez más pequeño en el que la mayoría se conoce: cualquier suicidio es una tragedia, y «todos» deberíamos hacer ese ejercicio de empatía de ponernos en la piel de sus amigos y conocidos, pero esto, no resta que al cazador medio también le pique mucho lo otro. La pérdida de la influencer. La bloguera. La hija pródiga del Jara y sedal. Y es lógico, porque ¿qué posibilidades hay de que aparezca otra rubia, de cuerpo atlético e influencia en redes sociales como imagen publicitaria del mundo de la caza?

Tan amigos todos, pero, entre animal herido y animal abatido, nadie parecía saber lo mucho que sufría esa chica para sus adentros, ¿verdad? Bueno, sobre esto, cualquiera que entienda cómo funciona la depresión y el suicidio, poco tendrá que decir. El suicidio es así, una realidad social: imprevisible, silencioso, veloz; y conscientes de que nadie debería tomar esta solución definitiva tan joven, sí podemos comprender por qué Melania, acostumbrada a respuestas letales y sin vuelta de hoja, escogió el cañón de un arma.

Eso sí, tampoco nos dejemos engañar. Las burlas, las críticas, las muestras de odio no son lo que llevaron a Capitán al suicidio: ella misma expresó, poco antes, su deseo y sus motivos a una amiga por teléfono —que no han trascendido— y otros tantos lo han confirmado. Se trata, simplemente, de los casi 4.000 que cada año se repiten en España, con la diferencia de que una parte —curiosamente, siempre la misma: la que tiene más sangre en su haber— ha decidido usar como arma arrojadiza. Por ello, cuando varias personas han —hemos— compartido en esa publicación la noticia que El Mundo dedicó a la cazadora solo han habido tres respuestas: el «no la conocíais», el insulto y el bloqueo o censura sistemática.

Seamos personas, respetemos el descanso ya eterno de cualquier ser humano, pero no seamos imbéciles, Mel Capitán es para el colectivo tan mártir como lo fue Adrián para los toreros. Hay que ser malnacido para reírse de la desgracia ajena, pero también hay que ser imbécil para tragarse que somos los demás quienes han alzado y aprovechado la situación para defender sus propios intereses partidistas.

¿Quién era José Antonio?

El cadáver de un hombre de cincuenta y ocho años descansa en su sillón de relax. Parece haberse dormido, despacio, sin prisas, mirando hacia una enorme pajarera donde se refugian un periquito y dos diamantes de Gould. Tomo asiento frente a él, y le propongo una partida de ajedrez, asumiendo el papel de la muerte de Bergman. No lo hago por cariño, pues no conozco a José Antonio Arrabal; electricista, enfermo de ELA, lector de premios Planeta. No sé nada de este abulense afincado en Alcobendas; solo lo que leo sobre él, e imagino. No sé nada de él; pero en el sofá aledaño, ese que tiene los cojines con forma de salchicha que también tenía mi abuela en casa, ya percibo una historia compartida.

—Lo has preparado todo tú solo —afirmo más que pregunto.

José Antonio sonríe, cómplice; también cansado. Tiene el DNI en la mesa junto al historial clínico, el testamento, una carta al juez y algunos papeles; uno reluce sobre el resto, y grita: NO RCP. No reanimar. Grita en silencio, pero lo hace muy alto por su libertad, como todos esos héroes anónimos que esperan su momento.

José Antonio Arrabal
Fotografía de José Antonio Arrabal junto a un perro.

Quedo en silencio a su lado. Le dejo hacer. Coger los frascos, hacer las mezclas, no dudar ni por un instante; o solo uno, un segundo de incertidumbre que busca ese milagro que no existe, pero con el que los enfermos sueñan hasta despiertos. Después, José Antonio se pone a degustar Ofrenda de la tormenta, el tercer volumen de la Trilogía del Baztán; una historia que, para él, no tendrá fin, que terminará de forma abrupta, con un fundido en negro. Quizá Arrabal sabe que las mejores historias no tienen final; y si lo tienen, nunca es aquel que imaginábamos.

Desde el asiento contiguo, hablo con un José Antonio de ficción que no puede escucharme. Le explico que mi padre también se llamaba José, y Antonio, que también luchó contra una enfermedad terminal, y que murmuró sobre un viaje solo de ida hasta Suiza; que, al final, nos pedía la muerte —una que no podíamos darle—, y que tampoco le dio el Estado, sino una aguja colmada de reproches.

A José Antonio le han matado, por partida triple. Y eso es mucho más triste que el ir a morir. Le han matado obligándole a despedirse del mundo a solas, sin su familia al lado, sin una mano amiga; por miedo a leyes idiotas, y a gente idiota. Le han matado antes de tiempo, robándole días, semanas o meses, negándole un tiempo que aún podía intentar disfrutar con los suyos hasta el suicidio asistido; y sobre todo le han empujado al suicidio, y le han vuelto a matar, una vez más, con unas pastillas que mezcla en un vaso y una breve despedida, un «adiós a todos» y un último acto libre al que acompañan algunos acordes de la canción  de Nino Bravo.

¿Quién era José Antonio Arrabal? Él mismo te responde en su vídeo: un electricista de Alcobendas con esclerosis lateral amiotrófica. Solo era él. Un hombre. «Pero mañana podrían ser tus abuelos, tus padres, tus hermanos, tus hijos, tus nietos, o tú.» Piénsalo, concluye; él ya no puede.


Enlaces relacionados:

El suicida del bar

Te confesaré una cosa: el año en el que me licencié, no fue un gran año. Mi padre murió, mi perra se comió las paredes de mi casa y uno de mis hermanos se divorció y se deprimió —aunque no sé si por ese orden. Por aquel entonces, yo no tenía trabajo (ni una oferta medio normal delante) y, cuando terminé por rendirme a la evidencia, empecé como becario en la empresa náutica de mis padres. Así, al final, fruto del enchufismo más acérrimo, descubrí dos cosas: que el mar mejor que se lo queden los peces y que trabajar con la familia suele ser un error.

De todos modos, ya te adelanto que sobre temas laborales tengo poco que explicar aquí y no quiero descubrir (demasiado) mis vergüenzas o las de otras personas cercanas, por lo que hasta aquí llega lo de contextualizar ese verano de 2011 en el Puerto Olímpico de Barcelona que, como ya he dicho, ni fue un gran verano, ni formó parte de un gran año.

La historia empieza una tarde cualquiera de las muchas que se repetían y terminaban con una cerveza en el bar de la esquina. Aquel día, me senté en la barra, pedí y me dispuse a hojear el periódico, dispuesto a asegurarme de si tan siquiera existía ya una sección de anuncios laborales o Infojobs ya se encargaba de presentar todos los puestos de trabajo de cuarenta horas semanales que violaban y escupían en el sueldo mínimo interprofesional.

Puerto Olímpico (Barcelona)
En el Puerto Olímpico, he visto cosas que no creeríais…

De repente, uno de esos especímenes de bar que buscan contacto humano desesperadamente me asaltó mientras cogía el tubo de cerveza…

Antes de continuar, no obstante, es importante aclarar que, para bien o para mal, yo soy de esas personas que, al menos una vez por semana, se chocan con las escenas más dantescas que te puedes imaginar: un vecino me invita a su casa para tirarme mariposas de colores hechas con papel maché a las cuatro de la madrugada, alegres caballeros que me ruegan tomar el sol desnudos en la terraza de mi hogar, caseras que se empeñan en doblar mis calzoncillos durante una visita o, como en este caso, un espontáneo que quería obligarme a elegir entre la vida y la muerte.

Volvamos al bar en cuestión, ¿de acuerdo? Cuando se acercó, recuerdo que creí que me iba a pedir dos euros para su tía, su hija, su prima o para otra cerveza (a buen árbol se iba a arrimar), pero no lo hizo. Por el contrario, empezó a plantear un sinsentido tras otro y, sin que lo viese venir en absoluto, interpeló: ¿Crees que debería suicidarme? Evidentemente, poco sé yo de psicología pero, de buenas a primeras, sonó a súplica desesperada en busca de atención más que a una pregunta realmente metafísica, así que le contesté:

—Pues me faltan datos —y la cagué a lo grande, porque se lo tomó como una invitación verbal a explicarme toda su vida, claro está…

Al principio, no pude evitar pensar en que me estaba tomando el pelo o que había sido una broma de algún amigo cabrón que sabía dónde trabajaba y había enviado a un tercero sin nada mejor que hacer.

Después, aún con dudas, no pude evitar darle cuerda por unos minutos, intentando ver por dónde iban los tiros: ni pedía pasta, ni era violento, lo que siempre tranquiliza, aunque iba puesto de todo o con una resaca digna de récord Guinness. Mientras yo terminaba con el tubo y él con mi paciencia, empezó a acelerar, y acelerar el ritmo de la conversación, como si percibiese que se le acababa el tiempo para convencerme de algo (tendré yo cara de miembro de jurado estándar, qué se yo), y acepté que debía haber algún poso de verdad entre todo aquello, ya que nadie que se hubiese inventado una historia con la que dar lástima al prójimo, podía explicarla tan y tan mal.

Me habló de que su hermano estaba en la cárcel, porque sus padres les habían dejado en la calle, pero que él había salido, que era politoxicómano, pero que no era su hermano, que era su pareja, que su novio estaba muy enfermo, y que se iba a morir. Que le habían robado la TV en el trullo, y que no tenía dinero, que no sabía dónde ir, y que no parecía que el otro fuese a salir de prisión nunca más. En definitiva, que su vida no tenía sentido.

NdA: Para amenizar, te dejo una canción que poco o nada tiene que ver con lo que te estoy contando. Bueno, quien conozca al cantautor Albert Pla quizá encuentre cierta posibilidad de analogía...

Y llegados a este punto, debo confesar algo. A medida que le escuchaba, lo cierto es que pensaba más en mi mala suerte que en la suya. En mi mala suerte por haber entrado en el bar, pero más; me lo planteaba como una mierda de día acompañado de una mierda de trabajo aburrido que se repetía un día tras otro, mientras terminaba una mierda de carrera (eso decía todo el mundo, ya sabes) y sin expectativas reales de encontrar algo fuera de esa gran mierda y, entonces, caí en que, si algo de lo que este individuo me explicaba era cierto, tenía delante a una persona que estaba intentando decidir si seguía viviendo o se mataba encuestando a cuatro españoles y diez mil guiris que se paseaban por el marítimo de Barcelona a media tarde.

Me pareció tristísimo, y de la supuesta desgracia de ese chaval, recogí unos cuantos pedazos y compuse algunas ideas. Quizá la más importante de todas ellas fue reconocer aquello de que la basura de un hombre, es el tesoro de otro, aunque esta riqueza se traduzca en algo tan crudo como una jeringa para inyectarse heroína o un trozo de bocadillo que habían dejado huérfano en la barra del bar. Pero también que somos nosotros los únicos que jugamos la mano que se nos reparte: algo que a mi generación, educada para triunfar con títulos superiores bajo el brazo, le ha costado mucho asumir tras la patada en el culo que nos empujó contra el barro para recoger la mierda que nadie más quería.

Siempre termino esta anécdota explicando que, al final de la conversación, ese hombre volvió a hacerme la misma pregunta.

—Entonces qué, ¿crees que debería suicidarme o qué? —repitió.

Le contesté que no lo sabía, que seguía sin tener datos, y que tendría que preguntarle a otro. Cuando comento esto, mucha gente se empieza a reír a carcajadas, imaginándose una escena a la española con el típico humor negro de peli de Tarantino. Otros me juzgan bastante duro, intentando hacerme ver que yo podía haber sido un apoyo para una persona desesperada.

Sigo sin tragármelo.

El grito, de Munch
En definitiva…

Durante tres cuartos de hora, ese chico se había pasado el rato quejándose de todo lo que le había ido mal, de todo lo que le habían hecho, de su falta de estrella, pero sin el valor de explicarme nada que me permitiese juzgarle a él. Sin concretar ni una sola vez, incluso cuando le pregunté mediante un qué o un por qué. Ahora intuyo que, igual que muchos otros presos, no quería que nadie más le juzgase, porque ya lo hacía él constantemente, y sabía que había tenido la suerte de dar con el único imbécil levemente empático de la Barceloneta que no le había ignorado o, directamente, mandado a tomar por culo.

Al final, cogí, le di la mano y me largué; lo que quedaba de año seguí pululando por ahí por obligación, y nunca más le vi. A lo mejor sigue por allí y no hemos vuelto a cruzarnos, o se marchó a otra ciudad, o volvió a la cárcel. Si vive, quizá se acuerda de lo drogado que iba cuando me empezó a contar un rollo que seguro que ha olvidado. También puede ser que se matase, claro, pero seguiré creyendo que eso es cosa suya, no mía.

Lo cierto es que soy un firme defensor de que no todas las historias tienen moraleja. Supongo que esa es la razón por la que me ha parecido importante dejarla por escrito; porque es posible que a alguien se le ocurra una máxima mejor que aquella del si no te respetas, nadie te respetará o terminas por coincidir conmigo en que hay mucho loco suelto, y punto. Confieso que, hasta la fecha, lo que más me ha preocupado siempre de toda esta escena es plantearme la posibilidad de que en lugar de buscar consejo en un servidor, a este individuo se le ocurre preguntar a los japoneses que estaban a escasos treinta centímetros de nosotros haciéndole el harakiri a unas cigalas: en tal caso, salimos todos en las noticias de las nueve.

Sonrisas en aerosol

La noche vacía y negra de Barcelona se contrapone a los trenes que engulle el metro en su último viaje diario. Allí, como testigos silenciosos y perennes —aunque, como todos, cada día algo más gastados y deslucidos—los vagones que descansan en cocheras sueñan con mil y una historias que han presenciado.

Ellos imaginan, anhelan y ansían la rutina del trabajo, las miradas entre desconocidos, la intensidad del visitante por la ciudad que no es suya, la música del que poco tiene, y el valor de la vida y la muerte del que ya nada quiere para sí.

Imaginan, anhelan y ansían; ellos sueñan; sueñan aquello de lo que solo pueden ser espectadores, pasivos e inertes. Sabiéndose conocedores de que el subsuelo escenifica más historias que conectan de un punto a otro que relatos eternos, y disfrutando de estos últimos incluso más por su prolongada particularidad. Atesorando las miradas cómplices, los gestos de buena voluntad o el feeling de dos personas cualesquiera entre la marabunta temerosa y desorganizada.

La sonrisa es una línea curva que endereza todo.

Por desgracia, nuestro protagonista es un hombre y no un vagón y, por ello hoy no recuerda nada digno de aducir, y allí, en cocheras, frente al tronco metálico y acristalado, fuerza al vagón a hacer suyo un mensaje de espasmódica caligrafía compuesto de aerosol y lágrimas; más tarde, el hombre vuelve a la noche más triste por unas horas y, tras la apertura de puertas, espera el primer tren, omitiendo la línea amarilla que, con la resolución suficiente, puede significar la vida, o puede significar la muerte.

Después llega el tren, mudo, al que él mismo dio palabras ayer. Quizá sonrían, piensa, descendiendo. Recordando la sabiduría popular, recordando cómo la noche siempre es más oscura justo unos minutos antes del amanecer, pero demasiado cansado del negro. Esperando, también mudo, y deseando unir su espíritu al de aquel fragmento de metal que sobrevive devorando las vidas del resto.

Ese día, y fruto de esas pequeñas cápsulas de eternidad compuestas de un instante, el vagón convulsiona los ánimos de la estación con un único mensaje: Una sonrisa lo cambia todo; luego se vuelve amarga, pero la lección pervive en algunos.

Presentado en Relats Curts TMB 2015 para demostrar a cierta bocazas que no iba a olvidarme cinco años seguidos…

Yo cago: una nota más sobre el suicidio de John Kennedy Toole

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

Jonathan Swift

Yo cago. A veces, cago por el culo; y a veces, cago por la boca; o por las manos si agarro un lápiz. Pero también cago. Y si algún día, se me reconoce el mérito de cagar por mis manos, espero que todos se acuerden de que también cagaba por el culo. Porque el culo sin las manos, o las manos sin el culo, restan naturalidad al texto, ¿o no?

John Kennedy Toole, quien tenía un aire curioso a Matt Damon.
John Kennedy Toole.

El problema surge cuando cagas por las manos y se olvidan que también cagabas por el culo. Si no que se lo digan a Kennedy Toole, por ejemplo, quien jamás obtuvo reconocimiento en vida, y del que se dijo poco hasta diez años después de su muerte.

No sé si Toole se suicidó por culpa de una madre sobreprotectora, por una latente homosexualidad que se negó a aceptar o por la imposibilidad de publicar. Ninguna de ellas me parece, hoy, razón para el suicidio pero, ¿qué sé yo?

Se suicidó con una manguera de jardín en el tubo de escape; y su madre destruyó la nota que el escritor había legado al mundo. Y esa es suficiente información sobre el suicidio y la madre de John Keneedy Toole. O quizá no. Indaguemos un poco más.

Dudo que se suicidase por no publicar La conjura de los necios, pues para cualquiera que guste de escribir sería suficiente haber creado algo así. Aunque es una posibilidad, claro. Al fin y al cabo, ahí está la paradoja. ¿Cómo sabemos que merecemos rellenar cientos de hojas (sean mecanografiadas, sean plasmadas en cuadernos Gran Jefe) sin el favor de nuestra generación? ¿Y merecemos escribir si buscamos con tanta saña el reconocimiento a nuestro alrededor? Etcétera.

Ignatius J. Reilly, el protagonista de la obra de Kennedy Toole.

Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer.

El bueno lo he intentado andar y no me ha ido bien. Juro que ha sido así. De pequeño hice todo lo que consideré correcto y lo que está bendita New Orleáns, con sus acordes de ébano y sus insoportables chaquetas a rayas me inducía a hacer. Estudié profundamente y traté de trasladar mis conocimientos con pasión. Los estudiantes saben eso. También escribí encerrado en un pequeño mundo-cuarto juntando frases, frustrándome ante las huidizas buenas palabras y las no menos resbaladizas imágenes, comparaciones, situaciones, personajes, diálogos. Asumí estar en ese camino porque es ese el modo como se consiguen los sueños. Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien. No hubo recompensa. No hubo zanahoria.

La cuestión es que Ignatius, o sea, John, se me asemeja más a una mente anárquica que a una medieval, y el suicidio parecía indicar un valor mayor a la opinión social del que se preveía. No obstante, es literatura; y quizá Reilly era un superhombre a la medida de su creador. Allí donde su fracaso literario le impedía seguir adelante, ese inadaptado triunfaba.

Confío en que no fuera así, pues Kennedy Toole parecía conocer las dos verdades universales que todo escritor debería seguir: la importancia de trasladar el propio yo al texto y la grandeza de hacer lo que uno gusta. Por ello, aparece el puesto ambulante, la vida en el barrio francés de Nueva Orleans, la fábrica de Levy Pants, cuyo nombre real no es relevante, y su madre. No como una caricatura de su propio yo y su propia vida, sino como una visión sistemáticamente deformada de la realidad, que resalta lo grotesco y lo esperpéntico, y nos traslada a una atmósfera mucho más cercana de lo que creíamos posible.

Si Kennedy Toole no leyó a Valle-Inclán, traslada el método de Max Estrella hacia la capital de Lousiana de mediados de siglo con suficiente fuerza como para resaltar una crítica feroz desde la inverosimilitud. ¿Pero cómo describir una sociedad terriblemente deformada a sus ojos como la que pervivía en el sur de los EE.UU. en la década de 1960? Aquí, John Kennedy Toole es mucho más brillante que su álter ego dentro de la obra: la ironía, la sátira, el sarcasmo esperpéntico y desdibujado dentro de una concepción literaria que jamás había presenciado algo así trasladan al lector a un mundo cuya mayor crítica tenía que llegar de las manos de un inadaptado.

Quizá era gay. O ansiaba cualquier tipo de reconocimiento social. Es posible que esa fuese un modo racional de trascender dentro de un mundo que no les daba cabida, ni a él, ni al que sería su personaje más famoso. Sin embargo, sigo creyendo que esa madre maltratada y vejada en la obra por el propio Ignatius a través del humor no fue nunca demasiado graciosa.

Quien quiera que siga pensando que sabe quiénes son los genios y quiénes los idiotas; en realidad no creo que John pensase tanto en eso como nos ha dicho. No creo que fuese cuestión de escribir o triunfar; de publicar o morir; del éxito o del fracaso. Parece más obvio pensar que era una cuestión del comer y del cagar, y alrededor de ello, siempre hay una persona, una persona que puede ser o no ser homosexual, puede o no estar reprimida, y sobre todo puede cambiar, y puede morir.

Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda. Esa que no es la buena ni la mala. Porque está claro que la buena es buena porque es una opción propia. La mala es mala porque también es tu opción. Pero la otra no es algo que hayas escogido, por lo cual no pueden decir que es ciertamente buena o ciertamente mala. Es ciertamente ajena, impropia. Por ese camino involuntario caminé, llevado de las narices, arrastrado como un palo sin poder animarme.

Tuve que resignarme a ser como ellos me ordenaban, a aceptar sus juicios y sus rechazos. A comprobar una vez más que no todos pueden ver más allá de su aliento. A ser víctima de un sistema que hace de gente como yo infelices zombies o incomprendidos. Y hay que tener el espíritu muy bien templado, tal vez como acero damasquino o más, para afrontar semejante fuerza.