Viajar al interior

A veces, leo un blog de viajes. Lo leo desde hace seis o siete años, pero solo a veces. No envidio exactamente lo que hacen sus protagonistas; porque viajar por todo el mundo no es uno de mis anhelos, porque hace mucho que sé que no tengo tiempo para conocer a todo aquel que cruza sus pasos conmigo, ni todos esos lugares casi mágicos que emanan un aura de paz, de humanidad, de sobriedad o de divinidad.

Mi mujer siempre me dice: «No me arrastres a más ciudades: las ciudades son todas iguales.» Y cuando viajas a París, a Londres, a Roma, a Nueva York, a Chicago, a Frankfurt, a Berlín, a Los Ángeles, a Tokyo, entiendes qué quiere decir. Entiendes por qué terminas siempre en la carretera buscando un nuevo destino, por qué campo a ciudad, por qué desvelar pequeños secretos en vez de fotografiar panorámicas y por qué un viaje, siempre es un viaje al interior.

Castres - Francia (rio Agout)
Rio Agout a su paso por Castres. Invierno de 2015.

Así titularon el libro que Laura compró a esta pareja para que yo lo leyese, para que me convenciese de conocer el sudeste asiático haciendo autoestop, o de comprar una camioneta donde viajar con los perros; para vivir, ¿y quién sabe? Quizá vuelva a él después de este año de cambios. Por ahora, ya sabéis que he terminado con mi antiguo trabajo, o casi, he recorrido decenas de miles de kilómetros, he publicado un libro y he vuelto al verde, aunque las noches no sean tan estrelladas ni oscuras como soñaba tumbado junto a Caos en la terraza del Ensanche.

Pero quizá lo más importante de todo es que a diferencia de lo que decían esa pareja de argentinos que siguen ayudando a miles de personas a iniciar su propio viaje, yo no creo que un viaje siempre empiece en el interior, sino que, además, termina guiándonos hacia ese objetivo por el que conectamos palabras, pasos y países, y que nunca tuvo mayor recorrido que aquel que hicimos dentro de nosotros mismos.

Caos (carboncillo; acuarela)
Un regalo (en carboncillo y acuarela) que da la bienvenida en nuestro hogar. El texto de la acuarela dice: Caos, corazón de familia, amor incondicional.

Gracias por leerme. Por estar aquí. Por ser parte de esto. Delante, ya puedo ver muchos más caminos que esperan, pero, hoy, cierro uno, junto a vosotros, agradecido por haberme ayudado a convertir este pequeño espacio de opinión en un refugio al que llamar hogar.

Felices fiestas.

Nos vemos en unos días.

Ruta 66 – Un viaje de no retorno

Ningún lugar Arizona)

Abandonar Chicago hacia ningún lugar debía ser una de las experiencias más místicas de nuestro viaje. La casilla de salida de un tablero demasiado grande para observarlo en su conjunto; de eso se trababa, eso era ir hacia el Oeste, el Oeste en mayúsculas: un trayecto inmisericorde, panorámico, infinito, donde la vista debía escapar en todas direcciones y la zona de confort, la vida tal y como la conocemos, terminaría mutilada, ejecutada y enterrada en cualquier desierto del sur de Arizona antes de alcanzar el Pacífico.

La 66 iba a ser un viaje de no retorno, así que saqué la tarjeta de crédito, descubrí que un coche automático es poco más que un kart y maldije por no haber comprado una Toyota Hilux en las últimas o un Ford Bronco que solo fuese hollín vomitado, perpetuamente, tras pasar por el carburador. Pero eso era literatura, y la literatura no nos llevaría a cinco mil kilómetros de distancia, así que debíamos tocar con los pies en el suelo, por un instante, unas horas, y despegar.

Chicago (skyline)
Skyline de Chicago desde Lincoln Park Zoo. (Clic en la imagen para ampliar en otra ventana.)

Un mundo de distancia

Como todos los grandes viajeros, he visto más de lo que puedo recordar, y recuerdo más de lo que he visto.

Benjamin Disraeli (1804-1881)

Habíamos viajado miles de kilómetros por aire (aterrizamos en Moscú de madrugada para coger un Airbus hasta Nueva York y, de allí, a Chicago) pero, de algún modo, despegamos a mucha más altura al llegar a Joliet (Illinois), un pequeño pueblo residencial a unos sesenta kilómetros de la ciudad del Viento donde los Blues Brothers bailaban en el tejado de un dinner, las primeras señales se asomaban, tímidamente, por el recorrido y nosotros aprendimos a toda velocidad qué significa el tradicional “[get your] kicks on 66!”

Joliet (IL)
Joliet (Illinois).

También nos hicimos una de esas promesas estúpidas que completan cualquier viaje: cada vez que viésemos una señal histórica de la Ruta, debíamos gritar y entrechocar las manos: en algunos estados, las palmas se nos pondrían rojas de repetir y repetir; en otros, perdimos el hábito a la fuerza: cada estado es un mundo, y todo el que viaje por Estados Unidos entenderá esto antes o después.

Quedaron atrás las trescientas millas de Illinois. Ese primer día teníamos ganas de coche, de conducir, de acelerar, de avanzar kilómetros y kilómetros, de detenernos en un café de carretera y bebernos una taza de asqueroso líquido aguado acompañado por unos aros de cebolla o un batido que nos serviría una camarera vestida de rosa, con delantal, cancán y sombrero a juego; de movernos, de correr hasta un abismo, hasta el fin del mundo si llegásemos a contemplarlo; sentíamos la necesidad vital de descubrir todo lo que se ocultaba más allá del horizonte que siempre alcanza la vista.

Nuestros primeros pasos nos susurraban la verdadera naturaleza de la ruta: un recorrido que se oxidaba al sol junto a las promesas sinceras que miles de americanos lanzaban a sus viejos coches; coches que nadie restauraría jamás, y negocios que habían muerto esperando más viajeros, más turismo, más pasado: más. Junto al Gemini Giant del antiguo Launching Pad (Wilmington, IL), sentí algo así. Fue la primera de muchas. La guía de viajes lo anunciaba en voz baja: supimos que el negocio se había asfixiado, poco a poco, hasta su muerte en 2012, pero la comunidad no se rendía con ese pequeño tesoro cercano para el que buscaban un nuevo inversor.

Fotografía de un fan de la Ruta 66
Fan de la Ruta 66 con varios tattoos en la espalda; entre ellos, el famoso eslogan: get your kicks on Route 66!

Delante, cinco mil kilómetros de carretera, de psychobilly en estado puro, de música que no se contentaba con recordar el pasado, sino que amenazaba con resucitar a los muertos si nos atrevíamos a echar la vista atrás.

Pero antes. Un ÚLTIMO aviso.

La rutina de viajar

Siempre se impone viajar como justo lo contrario a la rutina de vivir. Sin embargo, cuando haces del viaje tu vida —aunque solo sea durante algo más de un mes—, viajar y vivir de este modo se vuelven deliciosamente rutinarios.

Es algo que termina por sacar lo mejor de ti mismo: te vuelve más flexible, más abierto; te obliga a estar más relajado o a abandonar el viaje. Antes o después, hasta el mayor aventurero debe detenerse y respirar por un tiempo; cerrar el círculo, volver a casa —incluso cuando el hogar se ha convertido en personas, y no en objetos—, detenerse.

Así que esta pésima introducción solo pretende servir para hacer entender algo a quien esté leyendo: los recuerdos empezaron a resquebrajarse con el paso de los días, y ahora solo quedan imágenes de un atardecer en el casco viejo de Santa Fe, un desayuno junto a los cuervos en Flagstaff, una mujer de Oklahoma  en el parking del Totem Pole Park o un pueblo de gente encantadora en Galena (Kansas); también un cartel perenne en el coche donde habíamos escrito: Hooneymoon on the road! From Spain, to Chicago, to Los Ángeles!

Desierto del Mojave
Noroeste del desierto del Mojave, cerca de Oatman.

Pese a las reservas de hoteles en línea, las fotografías y los textos garabateados en algunas decenas de hojas de papel, todo aquello pasó y por mucho que pensemos que alguna vez fue real, solo nos queda una guía de viaje destripada, unas cuantas hojas de papel y cientos de folletos de información turística. Pero no importa; lo maravilloso del viaje, de la ruta en sí misma, es cómo consigue entrar con sutileza en tu interior desde el norte del país hasta las playas del Pacífico.

Lo maravilloso del viaje es  poder aprender que, hoy, la ruta es un cadáver que se resiste a morir, un símbolo de libertad que solo Hollywood retiene, lo peor de los EEUU reconvertido en una aventura épica; una canción de Chuck Berry, de Randy Newman, de los Rolling o de Springsteen, entre moteles que pasan a un ritmo endemoniado y amenazan por convertir la carretera en tu hogar.

Gary's Gay Parita Station
Réplica de una gasolinera Sinclair que reconstruyó Gary Turner donde estaba ubicada la estación de Gay Parita (Ash Groove, Misuri). El propietario, Gary Turner, murió en 2012.

¿Pero qué es la 66 en realidad? Antes de empezar, puedo darte mi respuesta si quieres, pero mi respuesta jamás será la tuya. La ruta para mí es un viaje de no retorno en el que descubrí cómo viajar: con el sol siempre de frente, sobre una carretera contra la que bailan las ruedas a nuestro paso y un destino caprichoso por el que no puedes más que dejarte sorprender.

La 66 es la vida, es todo los viajes de carretera que jamás imaginaste, y está repleta de aventuras, amistad, amor y sacrificios. ¿Pero de qué otro modo podría ser?

Ahora, acelera. Vamos a ver qué aparece delante de nosotros…

Todo comenzó en Nueva York

Todo comenzó en Nueva York.

Nueva York es una ciudad fría. Un lugar de corazones templados y asépticos al sur de Manhattan y demasiados rostros como para creer en una definición coherente para la masa. Sin embargo, al aterrizar en Queens recordaba la descripción vibrante que semanas atrás alguien hizo de ella: una piedra de energía que reverberaba bajo nuestros pies y nos hacía creer que, en ese instante, estábamos en el centro del universo, había dicho; y una mierda. Yo me disponía a crear mi propia imagen de ella.

Días más tarde, cuando quise darme cuenta, despegábamos hacia Chicago y, por unos instantes, recuperé la misma sensación agridulce que me había acompañado entre las muchas caras de la Ciudad Imperial: la Estatua de la Libertad, los restos de Little Italy devorados por las caóticas calles de Chinatown, el Village mirando al Hudson, el Museo Metropolitano, las zonas de moda que poco nos ofrecían, como el SoHo o TriBeCa, y también las de guerra cuyas ascuas se han terminado por diluir: South Bronx, Bed-Stuy Queensbridge… Allí, donde las deportivas fueron una tumba en lo alto de un cable eléctrico y hoy poco hay más que el hombre del saco con el que cada uno viaja.

Dicho esto, por esta vez intentaré empezar por el principio. Así que, antes de continuar, queda por anunciar que el viaje a la Gran Manzana nos llevó siete días. Aterrizamos en el JFK un miércoles a mediodía, enlatados en un Boeing 747 de Aeroflot y escapamos un jueves, a primera hora; primero, por tierra, desde Harlem; más tarde, por aire, dejando LaGuardia, Queens y Nueva York muy, muy atrás.

Para ahorrar en los billetes, meses antes habíamos decidido hacer escala en Moscú, lo que veinte horas después de abandonar suelo español me parecía de todo menos una buena idea. Ya en tierra, el ascenso hacia el norte de Harlem fue caótico, aunque no excesivamente complicado; sumergidos en una maraña de calles, líneas de tren y carreteras a través de las que se movían veintidós millones de personas.

Vista de Central Park en un día nevado
Vista de Central Park en un día de nieve

Demasiadas para recorrerlas a pie. Demasiadas para verlas en una vida. Repletas de microhistorias que componen, una junto a la otra, el verdadero significado detrás de todo tipo de significantes; la sorpresa de reencontrar un inesperado relato repleto de inmigrantes rusos en Coney Island —la cual solo recordaba por aquel balazo cinematográfico al asociado de la familia Tattaglia y por su parque de atracciones—, de miles de judíos ortodoxos al norte de Brooklyn, de un jazz primigenio que no conseguí escuchar en Queens y de un zoo en el Bronx que me negué a visitar.

Alice in Wonderland (Alicia en el país de las maravillas), en Central Park
Conjunto escultórico que homenajea el trabajo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Eh… Esto… ¡Que les corten la cabeza!

Contrastes que hoy ya se escapan por la distancia y el tiempo, pero que me dejaron intuir que debajo de los rascacielos y las promesas que el toro de Wall Street lanzaba al aire, hay tanto individualismo y mediocridad en la Gran Manzana como belleza y funcionalidad. Quizá por ello me costó tanto escribir siquiera unas breves notas durante los primeros días; todo era nuevo y diferente a cualquier ciudad europea, y se mantenía de algún modo oculto esperándonos para levantar el velo de las zonas más asombrosas de Central Park, Greenwich Village o el Financial District, y las más vulgares del Lower East Side —en especial, el paseo marítimo bajo el tren con todo tipo de cargueros bailando a lo largo del río de nombre mediocre—, pero también extremadamente práctico, como hormigas que no sabrían decir si construyen un skyline para acercarse a Dios o una cárcel para volverse presos de sus propias ideas.

9/11 Memorial (NYC)
9/11 Memorial en el Financial District de Nueva York para homanejear a las víctimas de los ataques del 11 de septiembre.

Por eso escogimos la W 135th de Harlem[1]; por eso y porque no teníamos mucho dinero, claro; por eso y porque los hoteles son asombrosamente caros en toda Nueva York, aunque no tanto como en San Francisco, como descubriríamos semanas más tarde; por eso y porque, como su propio nombre indica, es un barrio de contrastes donde tras cada esquina no sabes si encontrarás un directo de Aretha Franklin en el Apollo Theater o un bulevar repleto de casas de verano holandesas de 200 años de antigüedad.

Museo de Historia Natural de Nueva York
Museo de Historia Natural de Nueva York en la 79th St.

Allí las avenidas cambian de nombre, rebautizadas para homenajear a verdaderos líderes de época, de Martin Luther King a Frederick Douglas; de Malcolm X a Adam Clayton Powell Jr. Y no hay que olvidar que ese es el verdadero poder de esa gente, y eso es algo digno de respeto. Algo de lo que cualquiera puede aprender unas cuantas cosas. Además, muchos mapas turísticos terminan en el Uptown, en la calle 110, lo que (para nosotros, al menos) supuso motivo suficiente para escalar hasta uno de los retazos de la verdadera ciudad.

5 de marzo de 2016 

Para ordenar mis ideas y los trayectos de norte a sur de Manhattan, hemos recogido un mapa cualquiera y planeado el siguiente paso desde el primer minuto de este sábado. ¡Qué idea tan impensable una vez te adentras en el Midtown!

Hoy bajamos en SoHo, y de nuevo comprobé cómo Nueva York puede sorprenderte con lo mejor y lo peor a una manzana de distancia. El barrio todavía no había despertado, aunque los escaparates de algunas galerías de arte fueron suficiente para atraernos con propuestas agresivas, rompedoras y, probablemente, mucho menos reconocidas de lo que imaginamos (o no). 

Deslizándonos, en seguida, hacia un expreso entre los colores italianos en fachadas y comercios, Little Italy se abrió a nuestro paso. Un ya eterno lo que fue que se recuerda entre acrónimos a su alrededor. Por el contrario, Chinatown se diluye entre bloques y avenidas a su paso, con un bullicio y cierta excentricidad que, sin tener la seguridad ni el modo de comprobarlo, estoy seguro que Woody Allen debió usar como escenario en algunas de sus películas.

También caminé entre Two Bridges por varias horas y hacia el norte, donde encontramos un barrio residencial ucraniano y perdimos la pista del museo local mientras Laura buscaba el Kat’z Deli de Cuando Harry encontró a Sally con mayor éxito. Persiguiendo su estela, terminé la mañana descendiendo hacia el extremo sureste de la isla y esquivando cagadas de gaviota a través de una vista nada bucólica bajo el tren y frente al East River.

A mediodía, para recuperar el ritmo, decidimos cruzar el río a pie a través del puente de Brooklyn, que nunca imaginé como un espacio tan inconmensurablemente turístico pero que, sobre todo, no creí que fuese a abrirme tanto los ojos. Al ver alejarse Manhattan tras de mí, he pensado: Nueva York esconde buena parte de su carácter entre colosos de acero. (Qué jodidamente pedante, lo sé.) A medio camino, nos hemos detenido encima del río para ver el Empire State Building y el corazón del distrito financiero; al otro lado, una imagen mucho más real, cercana y quizá importante de lo que verdaderamente es la ciudad. De su verdadera extensión y de su esencia, que se impregna en todas direcciones con edificios más humanos en Brooklyn, Queens o el Bronx.

Volviendo hacia Harlem, hemos cerrado dos cuentas pendientes: el Apollo, el de verdad, el de Jackson y Fitzgerald, el de Louis Armstrong, el de la era del swing, del jazz, del góspel, y el que Hendrix hizo arder. También las casas de Harlem, las residencias holandesas entre Adam Powell y Malcolm X, y mucho más arriba, hasta Fort Tryon Park; nos negábamos a ajustarnos a Times Square donde ya quedan fijos demasiados ojos: hoy lo queríamos todo.

Tras el primer día, que dedicamos a familiarizarnos con Harlem y a una mínima parte del Upper East Side, escribí algunas notas en la misma libreta que habíamos reservado para programar el viaje y apuntar cuestiones de interés, gastos y todo tipo de ideas que salían a nuestro paso. Me pareció más que suficiente y un recordatorio importante para nosotros mismos, pues me negaba a admitir que la funcionalidad fuese tan contraria a nuestro espíritu como me habían hecho creer las primeras horas que habíamos pasado con la gente de Nueva York. Después, no sé cuándo, descubrí que no eran más que los valores de la fórmula; una composición que, en todas partes, se permite variar los trazos que la componen.

The High Line (NYC)
The High Line, una antigua vía de tren reconvertida en paseo.

Según esas mismas líneas escritas con letra rápida y constantemente emborronadas, el día siguiente fuimos a Central Park. Nevó. Nevó desde primera hora de la mañana hasta la tarde, pero lo consideramos un verdadero regalo y no lo contrario, y ni el frío ni la nieve que cuajó por tres días nos impidió visitar de punta a punta el parque en casi total soledad.

El cinco de marzo vimos SoHo (South of Houston Street), Little Italy —tan pequeña hoy que solo pervive gracias a unos pocos comercios, algunas bocas de incendio y banderas tricolor y todo aquello que fue y que NoLita y Chinatown se encargan de recordar que ya no es. A mediodía, paseamos a través de un pequeño retazo de Brooklyn en Williamsburg, famoso por el gran número de judíos que profesan el jasidismo, una corriente ultraortodoxa de las pocas que todavía hablan yidis como lengua materna.

Times Square (NYC)
Times Square con menos gente de lo habitual. ¿Escalofriante, verdad?

Al Midtown Manhattan le reservamos todo un día, que empezó entre dos enormes catedrales que palidecían a causa de los edificios colindantes y terminó con un paseo por The High Line, una antigua línea de tren reconvertida en jardín flotante y mirador en el barrio de Chelsea.

6 de marzo de 2016

Hoy he visto una cara muy distinta de esta ciudad e, irónicamente, es la que suele ver todo aquel que viene: el Upper East Side, el Lower East Side, Columbus Cyrcle, Rockefeller Center, el Edificio Chrysler, el Empire State Building, y mucho más.

Colón también me ha hecho recordar con un café demasiado largo entre las manos que hay otro mundo que nos espera más allá del Atlántico. De algún modo, es curioso que, para todo aquello, tengamos que alcanzar el Pacífico, para lo que falta casi un mes y miles de kilómetros de distancia.

Al atardecer, entre Chelsea y el West Village me he sentido afortunado de poder contemplar la luz que se refleja en el Hudson con los ojos menos cansados que muchos otros que pisaban los raíles del antiguo High Line. También he notado cierta comodidad, más de la que esperaba, como si pudiese imaginar una vida (u otra) en este país; por un segundo, auguré que eso sería la mejor forma de aprender inglés, pero también de huir de todo aquello que no es perfecto o estamos cansados de oír cómo se nos promete en España. Quizá lo que los ciudadanos escuchan aquí también sean mentiras, pero al menos serían otras mentiras.

A medio camino entre llegar y dejar la ciudad de nueva York y ponernos en marcha hacia el inicio de la ruta, creo que acerté plenamente al visitar junto a Laura Harlem, Brooklyn o el South Bronx antes de acercarnos hasta ubicaciones más reconocidas. Mañana terminamos esta otra etapa del viaje, entre el distrito financiero y la Estatua de la Libertad, que prefiero ver a lo lejos, como solían hacer millones de emigrantes en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto. 

Para pasado mañana reservo fuerzas, no quiero pensarlo; no quiero pensar más de la cuenta; no sé qué nos espera, y esa es una de las mejores sensaciones que puedo imaginar, porque hemos empezado a caminar al ritmo de esta ciudad, del país que define, y estoy seguro de que nadie podrá pararnos, no hasta alcanzar el oeste.

Veinticuatro horas más tarde, caminábamos a lo largo de Greenwich Village hacia TriBeCa —que viene de la contracción Triangle Below Canal Street que hace referencia a la forma triangular o trapezoidal del barrio en sí—; terminamos la ruta en el Distrito Financiero, entre las fuentes dedicadas a las víctimas de aquel 11 de septiembre que siempre me resultó tan irreal, tan difícil de creer, tan espeluznante, perdidos entre el famoso Charging Bull de bronce y el National Museum of the American Indian. Solo quedaba coger un ferry a la Estatua de la Libertad, pero no lo hicimos; lo intercambiamos por una vista más cercana a la de los inmigrantes de principios de siglo que se detenían en Ellis Island a través del trayecto de Manhattan a Staten Island.

Wall Street, Financial District (NYC)
La famosa estatua del hombre con el maletín (titulada Double Check, de Seward Johnson) y un servidor en Wall Street.

Ahorramos unos cuantos dólares (más de los que imaginé por el coste medio de asistir a esa escena dentro del imaginario colectivo de la Libertad iluminando al mundo), pero también dejé una espina clavada y una cosa más por hacer si vuelvo a pisar tierra estadounidense. A la vuelta, caminamos por Battery Park y cogimos el metro; los cinco días de caminatas constantes empezaban a pasarnos factura.

7 de marzo de 2016

Hoy tengo poco que añadir. La semana ya casi ha llegado a su fin —la semana en Nueva York—; nos queda el martes y el miércoles para terminar de disfrutar de lo poco que nos hemos dejado por ver de Manhattan. Esta mañana hemos recorrido TriBeCa desde más allá de Chelsea y, ya sumergidos en el Distrito Financiero, reservado un par de horas al memorial que recuerda los atentados del 11 de septiembre (9/11 Memorial).

Allí hay algo verdaderamente americano, algo que explica muy bien parte del carácter de esta gente: donde hubo dos rascacielos han levantado una decena en poco más de una década de perseverancia. Donde hubo miedo, hay tenacidad y firmeza; y en todo ello puede que a veces también surja cierta ceguera, pero no me lo pareció. Después nos hemos refugiado cerca de Battery Park, pero antes de conocer a la dama francesa que ilumina el mundo nos hemos dejado caer por el museo de las culturas americanas. Una mirada profunda al pasado de todo el continente que nos ha sorprendido muy gratamente.

Al volver hacia el norte de la isla, lo hemos hecho a través de la estación de Canal Street, donde me rendí a unos cuantos de esos estúp... estupendos selfies con los que Laura me tortura, mientras miraba hacia Nueva Jersey desde el embarcadero de Esplanadem.

Cansados de tantas subidas y bajadas a lo largo de Manhattan, hace varios días que acordamos terminar de dar buen uso a la tarjeta de metro semanal con viajes ilimitados. Ahora, de nuevo en Harlem, con el Toro de Wall Street, la Estatua de la Libertad o las típicas casas pareadas del West Side detrás, no puedo dejar de pensar que, cuando algo se vuelve material, pierde una parte de esa realidad de la que no querríamos desprendernos; quizá el peso que tienen nuestros sueños sea aquello que nos hace movernos. ¿Y después? Supongo que es momento de coleccionar nuevos sueños y seguir forjando recuerdos…

Los últimos dos días en la ciudad, martes y miércoles de la semana siguiente a nuestra llegada a EEUU, no recuerdo qué hicimos. Sé que intentamos no gastar tanto —excepto los caprichos y las concesiones necesarias cuando uno cumple treinta años en el extranjero, por supuesto—, caminamos algo menos y rellenamos huecos entre el sur del Bronx, el centro de Manhattan y Brooklyn. También visitamos Coney Island y paseamos por su playa repleta de gaviotas, acentos de la Europa del este y un último vistazo al Atlántico. Sé que, en Nueva York, pese a alguna que otra decepción de la que culpar al imaginario colectivo, todo fueron buenos momentos, y es mucho más de lo que se le puede pedir a un viaje tan ambicioso como este.

Museo Metropolitano - Metropolitan Museum of New York (MET)
Decoración de una de las salas del ala asiática del MET o Museo Metropolitano de Nueva York.

Como ya dije, todo comenzó en Nueva York. Caminamos más de ocho horas durante siete días. No vimos nada. Sé que pensaba en eso cuando llegábamos a LaGuardia, en el extremo norte de Queens. Solo retazos de una historia que, de un modo u otro, escapa de nosotros en todas y cada una de las ciudades que visitamos; donde tu paso es tan breve, tan fugaz, que te hace dudar si alguna vez significó algo fuera de ti. Por último, me concentré en dormir; eran las ocho de la mañana y estábamos en un avión rumbo a Illinois; solo tenía tres días para ver la ciudad más importante del estado y coger fuerzas para empezar con el verdadero viaje de costa a costa.


[1] Si nunca has visitado Estados Unidos, deberías saber que muchas de sus ciudades se han diseñado en un mapa. Así, por regla general, se escoge una avenida que corta verticalmente la ciudad y se nombra a las calles perpendiculares a la misma con el apelativo W (West; oeste) o E (East; este) junto a un número dependiendo de a qué lado de la misma se encuentren.

Barcelona, ciudad sin ley (II)

Diez cosas que mejorarían la vida en Barcelona (y en cualquier ciudad)

(Viene de un post anterior.)

#1 No veo sonrisas

¿A que suena a broma? Si bien se agradece que la gente no vaya enseñando los dientes ni contrayendo los músculos (faciales) por ahí sin control (eso tampoco molaría demasiado), me refiero a que no se ve a las personas caminar felices por la calle. Vale, sí. Alguno hay que va con cara de recién follao todo el día, pero la mayoría caminan con cara larga el 90% del tiempo. Otro tema es el por qué, yo creo que porque la mayoría vive en ciudad no hace lo que quiere, pero ese es otro tema. Me apuesto que un gran porcentaje de los que van creyendo que el mundo es de color de rosa vienen de casa de su novio/a, y el resto están cómodos tanto en su vida personal (familia, amigos, coleguillas…) como en la profesional.

#2 Demasiado estrés

Christian Bale en American Pyscho
Señor aleatorio con una elevada carga de estrés encima.

En serio. Ya sé que es propio de grandes ciudades, pero la gente va muy nerviosa. Cuando volví con el ritmo de Baleares, aluciné con lo excitado (en el mal sentido) que está todo el mundo constantemente. Paraos en una esquina, haced la prueba. En los coches, en la calle, en las tiendas, en el trabajo… la gente salta por cualquier cosa. Corren hasta los viejos, cruzan los semáforos en rojo porque tienen que llegar a toda prisa no sé a dónde. Ya no te cuento la gente que tiene que dejar a los niños en el colegio (siempre en la puerta y con el coche en doble fila, por cierto), ir a trabajar, comprar… Ese ambiente se convierte en la norma, y dejamos de darnos cuenta, que es lo peor.

#3 Deberíamos buscar espacios más naturales

Esto parece que, poco a poco, va tomando forma en las ciudades (por ejemplo, con el proyecto de deconstrucción de la anilla de las Glorias, que tiene como fin estructurar un gran espacio verde allí). Por otra parte, las capitales españolas son de las peores en zonas verdes de toda Europa, el 55% de las cuales tiene menos de 10 mpor habitante. No tengo ni idea de qué porcentaje tiene Barcelona, pero seguro que no demasiado. Cabe preguntarse: «¿Qué espacios verdes tenemos para disfrutar de nuestro tiempo de ocio? ¿Son suficientes?»

Quizá no todo el mundo quiera vivir en un bosque o en el campo, pero entre hormigón la esperanza de vida, los constipados e incluso las alergias van a peor. Lo tengo bastante claro.

(Por cierto, en relación con este tema, he encontrado una lista de parques en Barcelona en la página web del Ayuntamiento de Barcelona.)

#4 ¿Peligros? En todos lados. Pero aquí, más bien desconfianza en el prójimo

Esto no es ni mucho menos lo peor, sino algo sintómatico y curioso, supongo. La ciudad no tiene una cultura de confianza: demasiada gente, demasiado desconocido, normas sociales y educación que, a veces, penden de un hilo… El prójimo es un desconocido y nuestra primera reacción es siempre la desconfianza. Si te regalo un bocadillo que me sobra, desconfías. Si te pido que vigiles un minuto al perro, desconfías. ¿Esto es algo natural o aprendido por necesidad? Yo que sé.

#5 Falta de interés por tu ciudad

Quien vive en Barcelona, sabe que es una ciudad de barrios, donde cada uno tiene una idiosincrasia propia y genial. Hasta aquí todo es luz y matices multicolor, después compruebas que mucha «gente de barrio» no es más que gente que no sale de su entorno, lo que resulta un poco triste, ¿o no?

Personalmente, me propuse conocer a fondo la ciudad, sin prejuicios, desde Sants a Ciudad Meridiana, de Trinitat Vella al Raval, de Gracia a Horta, etcétera, etcétera y etcétera. Es curioso que a menudo viajemos cientos de kilómetros buscando experiencias que podemos encontrar a 300 metros.

Búnkers del Carmelo. La fotografía es de David Rodríguez.
Búnkers del Carmelo. La fotografía es de David Rodríguez (Flickr).

#6 Realidad difícil

Los catalanes, al igual que el resto de los españoles, tienen que lidiar con una realidad difícil. Y esas realidades, en ciudades que suponen un mínimo de 1.200 euros si quieres vivir solo… y el sueldo íntegro si compartes piso, son jodidas. Si a todo ello le sumas las artimañas políticas de los de siempre que, a mi modo de ver, se han relacionado con la independencia, peor todavía.

Sobre este tema no quiero crear polémica, así que solo digo tres cosas: a) sí, considero que un referéndum es algo democrático y necesario para tratar la mayoría de los temas importantes a nivel nacional, autonómico y local; b) también creo que muchos políticos han utilizado esto para atacar al gobierno central o para conseguir concesiones del mismo a través del sentimiento de catalanidad (como tradicionalmente hacía el excelentísimo Jordi Pujol y, después, Artur Mas; no solo CIU, evidentemente) y c) considero que estaríamos mucho peor fuera de España: siempre se habla de los costes que supone España, pero no de los ingresos, recordémoslo.

Sobre esto me gusta mucho un artículo titulado La independencia radical de El País. Y me gustaría escribir una entrada extensa hablando sobre ello, por lo que no desarrollo más punto.

#7 Falta de tiempo = dinero = búsqueda de satisfacción rápida

¿Os habéis fijado en esto? Cuanto más cara es una ciudad, más necesitas trabajar, o más necesitas esforzarte por trabajar menos. Esto, a menudo, supone que al llegar a cierta posición social gastemos muchísimo dinero en la satisfacción más inmediata posible (que, además, suele ser cara), ya que nuestro estilo de vida nos exige muchísimo tiempo: mínimo 40 horas semanales si estamos puerta con puerta.

Al volver de vacaciones descubrí un artículo muy recomendable sobre el por qué de la jornada laboral de cuarenta horas, que cuadra todavía más en relación a la jornada partida española: la norma, que supone doce o catorce horas de trabajo.

Esto no es un problema único en Barcelona, sino a nivel global, pero también me hice consciente al poder permitirme no trabajar algún día entre semana, dedicar más tiempo a ciertos hobbies y aprender a valorar lo que se tiene.

#8 Velocidad

Todo va rapidísimo, y no estoy hablando del tráfico. Supongo que entre el estrés y el ritmo de vida… los días pasan a toda leche. ¿ O solo es una sensación?

#9 Masificación urbanística y pésima gestión turística

La realidad del barrio está cambiando poco a poco. Los barrios céntricos y más turísticos (Raval, Gótico, Barceloneta, etc.) se han convertido en zonas masificadas. El turismo se reúne entre la Sagrada Familia, la Catedral de Barcelona, el Parc Güell y el Port Olímpic, dejando poco espacio al ciudadano para que se mueva por zonas tradicionales dentro de su propia ciudad.

La Rambla es el vivo ejemplo de esto. El documental Bye, bye, Barcelona habla de estos problemas, en concreto: masificación, inseguridad y pérdida de calidad. En resumen, el modelo de política turística parece erróneo y quita zonas de disfrute de los ciudadanos para prostituirlas con los visitantes, los cuales tampoco reciben una experiencia positiva. Los extranjeros que visitan el centro de Barcelona vuelven a sus países con una idea muy simple y, además, distorsionada de lo que es Barcelona. Para más inri, ahora parece que nos hemos caído del guindo y nos hemos dado cuenta de que hay miles de pisos alquilados ilegalmente… El consuelo para tontos es que todo esto también ocurre en el resto de España.

#10 Humedad

No sé si siempre ha sido así. Si desde críos hacia esta humedad increíblemente pegajosa, pero… En serio, es de lo que peor llevo desde que empezó a hacer calor y adopté el look «Zipi-Zape» de todos los veranos. Qué hartón de sudar… Eso sí, acepto que este último punto es un poco trampa la verdad. Porque no sé si es consecuencia de la polución, el calentamiento global, la falta de espacios verdes o siempre ha sido así, ¡pero qué bien que llega el otoño!

Barcelona, ciudad sin ley (I)

Desembarcamos.

Barcelona tenía una aureola anaranjada que podía verse flotar en el ambiente y que yo no recordaba. Los optimistas decían que era contaminación lumínica, los pesimistas replicaban que todo aquello era polución, y la gente, al final, aceptaría, como siempre, un fifty-fifty sin plantearse mucho más.

Dos años antes, habíamos escapado de la península en pos del sueño rural; agobiados de la masificación, de la gente, del engaño de la casa fuera de la metrópolis, del mundo más allá del estrés constante que sufríamos día a día. No solo nosotros, sino la mayoría de nuestros amigos y conocidos, en realidad.

Sin embargo, en la misma medida descubrimos rápidamente que en todos lados cuecen habas y, en este caso, que el sitio no te moldeará a ti, sino que tú debes luchar contra el lugar e intentar adaptarlo a tus necesidades, si bien la pelea por volverte un tipo tranquilo y taimado inmerso en una capital de provincia es una batalla frente a la pequeña reyerta de clicks que supone hacerlo en un pueblo perdido de setenta habitantes (al final, es tomárselo con calma y adaptarse, o intentar vivir en modo urbano y pegarse un tiro de aburrimiento).

Migración peninsular, en proceso.
Algo así, pero sin la abuela del sombrero grimoso.

Como habrás comprobado hasta aquí, esto es una mezcla rancia entre escena de film noir y refranero castizo. O algo así. Vamos, una joya. ¿O no? A continuación, verás que, para el que suscribe, la ciudad es una mierda en la medida en que lo son los pueblos. Que todo tiene una parte buena y una parte mala, y que así como esta primera entrada sobre Barcelona va dirigida hacia lo malo, la siguiente (quizá) irá por otros derroteros, o volverá hacia los pueblos profundos de Mallorca, o de Cataluña, o yo que sé.

En otras palabras, al susodicho, o sea a mí, le gustan cosas de la ciudad y cosas del campo, y hay cosas de la ciudad que odia y cosas de los pueblos que detesta; es decir, que tiene un problema chungo para decidir dónde vive cada cuatro días y, probablemente, si estás leyendo esto, tú también tengas un montón de problemas. Como todos.

Pero volviendo al tema que nos ocupa…

El motor del Ford rugía cansado a última hora de la tarde. En su interior, cientos de bártulos, una pareja menos agobiada que durante su primera experiencia, tres perros y dos gatos, salían (relativamente) puntuales de un barco sin excesivos problemas ni miramientos, y se lanzaban a las calles cercanas a la estación marítima. Allí, otro coche esperaba impaciente, dispuesto a recoger un paquete: uno o dos perros que estaban terminando por asfixiar al resto de ocupantes en los escasos trescientos metros recorridos quemando rueda y peleando por su espacio vital. (Sí, parece ser que ellos también tienen esa burbuja que les hace sentir cómodos o incómodos, y hechos un siete —rollo Tetris— no suelen tranquilizarse, sino todo lo contrario.

El retorno lo tengo bastante menos nítido que la ida, aunque sé que fue aburrido de cojones, y que nos pasamos pegando botes en el mar durante siete de las ocho horas de viaje en barco. O sea, con el estómago dando vueltas sobre sí mismo y con los emparedados intentando quedarse pegados a las paredes estomacales sin mucho éxito.

Finalmente, estábamos de vuelta en Barcelona. Por temas de trabajo, principalmente, y no sabíamos si nos iba a salir bien la jugada. Sin entrar en detalles —porque no me da la gana—, sabíamos que allí no podíamos mantenernos en el mismo sector y que, antes o después, debíamos plantearnos volver y empezar a reunirnos con clientes que, de algún modo, exigían nuestra presencia constante en la península.

Una vez aquí, ambos comprobamos algunas diferencias que parecían tontas pero que, tras dos años, nos hacían sentir como pez fuera del agua. Muchas de ellas, aún hoy, nos hacen sentir lo mismo (cuando ya hace casi un año de la vuelta), y quería compartir algunas de las mismas antes de que se me olviden. Y, sinceramente, preferiría que eso no ocurriese.

Sin embargo, también hay pequeñas cosas que echas de menos de un sitio. Normalmente, aquellas que jamás creerías, pues a menudo ni tan siquiera creías que te gustaran. En mi caso, tuve que luchar contra mi propia cabezonería para admitir que aquello que más añoraba era el exceso de luz artificial.

(Continúa.)