Tres mitos sobre el vegetarianismo

En los últimos tiempos se han multiplicado los artículos que mencionan lo saludable de las dietas vegetarianas y, sobre todo, veganas en nuestro organismo. A raíz de ello, su predominancia en los medios de comunicación también se ha incrementado; por esto, imagino, no hace mucho leía una entrevista muy interesante a una pediatra española que está intentando romper los esquemas demasiado cuadriculados que mantienen muchas personas conforme a su alimentación.

Por desgracia, la reacción frente a estos artículos sigue siendo, en primer lugar, de total negación a través de distintos argumentos tergiversados que hemos podido escuchar alguna vez: las famosas proteínas (1) han quedado atrás —solo necesitamos usar Google para ver que los vegetales y las legumbres tienen, a menudo, mayor concentración proteica que un bistec o un corte de pescado—, siendo la vitamina B12 (2) aquella que más enfrenta a carnistas —usaré este término para referirme a personas que comen animales y vegetales en el artículo—, vegetarianos (ovolactovegetarianos u ovovegetarianos) y veganos.

Carnívoros vs vegetarianos vs veganos
Un poco de sentido del humor para un tema tan serio.

Debido a la controversia y la falta de información, en 2009, la Academy of Nutrition and Dietetics estadounidense preparó una nueva definición de las dietas vegetarianas. Dice así:

Las dietas vegetarianas apropiadamente planificadas —incluyendo las dietas totalmente vegetarianas o veganas— son sanas, nutricionalmente adecuadas y pueden ser beneficiosas en la prevención y el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son adecuadas en todas las etapas de la vida, incluyendo el embarazo, la lactancia, la infancia y la adolescencia; así como para los deportistas.

Postura oficial de la Asociación Americana de Dietética, 2009

Por supuesto, hay muchas controversias agregadas a esta cuestión, desde gasto energético hasta insostenibilidad de casi todos los modelos en nuestro mundo actual —quien ha leído mi primer libro de ensayos puede hacerse una idea sobre algunas de ellas, por ejemplo—, maltrato y sufrimiento animal que, ahora, reconocemos y, por tanto, empatizamos con él, abuso en el consumo de carnes y pescados, acercamiento a dietas nada saludables, etcétera.

En medio de todo esto, hay una cuestión ética que nos afecta a todos (medio ambiente, ecología, especismo y antiespecismo, sostenibilidad, etcétera) y que es la causante última de todos estos debates tan interesantes que deberían ayudarnos a crecer desde el respeto.

Por todo ello, y con el fin de tratar de aclarar algunos cuestiones que me parecieron claves a través de mi paso hacia el vegetarianismo, me he decidido a escribir un artículo hablando de alimentación, ética y las principales dudas que en mí surgieron cuando inicié este camino repleto de estereotipos, falta de información y sobreentendidos que hacen mucho más daño del que parece.

Los tres mitos

En estos últimos tres o cuatro años he pasado por distintas fases en lo que se refiere al consumo de animales y al activismo a favor de estos. En ese tiempo, he escuchado tres grandes planteamientos que hoy, agradecería muchísimo que me aclarasen antes de liarme la manta a la cabeza y lanzarme hacia una dieta vegetariana o vegana.

  1. Una dieta vegetariana (estricta o no) es mucho más sana que una dieta omnívora
  2. Una dieta vegetariana es muy sencilla de seguir y complementar
  3. Si no eres vegano estricto, eres tan mala persona y contribuyes tanto al maltrato animal como un carnista

Aunque parezca triste, esta última frase es una de las que más se repiten en las discusiones entre vegetarianos y veganos; o entre estos y terceras personas que eligen otros tipos de alimentación. En lo personal, y aunque este no es un artículo en el que entrar a hablaros demasiado de mi filosofía, considero que es un error y un modo de prejuzgar sin tolerancia que nunca nos ayudará a conseguir nuestro objetivo aquí: intentar que otra persona abra un poco más la mente a nuestra verdad y consiga ver las cosas a través de un prisma distinto.

Descripción de tolerancia
Descripción del concepto «tolerancia» de Giovanni Sartori, en Pictoline.

Sobre el primer punto (1), empezaré diciendo que cualquier dieta puede ser desastrosa (para nosotros). Una dieta omnívora bien planificada será sana en la misma medida en que también lo puede ser una dieta vegetariana o vegana; nadie vivirá trescientos años por no comer cierto tipo de alimentos, pero abusar de ellos —o del tabaco, o del alcohol, etcétera— sí puede cambiar esto. Por esto, argumentos como «Yo conozco a un vegetariano gordo» (yo a cientos de carnistas con sobrepeso, por cierto) o «No está bien que digan que el exceso de carne roja aumenta el riesgo de sufrir cáncer» no sirven; es más, son fáciles de explicar mediante la ciencia.

A grandes rasgos, para este punto, podemos remitirnos a lo que mencionaba justo al principio: apropiadamente planificadas. ¿No quieres comer animales? Genial. Yo tampoco. Pero no puedes vivir comiendo macarrones, lechugas y tomates.

Un artículo que ejemplifica justo lo que estoy comentando a lo largo de estas líneas sería: «Respondemos a los mitos sobre la dieta vegana (sí, es fácil y es sana)», en El Correo del Sol, que, pese a estar bien documentado, da una imagen que no siempre es realista.

Por esto es tan peligroso (2) que cualquiera te diga que una dieta vegetariana o vegana es muy sencilla de seguir. ¿Es sencilla? Bueno, para empezar está bastante claro que, hasta no hace mucho, era mucho más fácil de seguir en Barcelona y en Madrid que en Castilla y León o Andalucía: el número de bares y restaurantes con opciones vegetarianas o veganas es un buen indicador, ¿no? Pero aparte del contexto, hay algo mucho más importante: los aminoácidos esenciales. Sí, hay otras cuestiones a tener presentes (por ejemplo, el mayor aporte calórico de las legumbres, cereales o frutos secos) pero, a menudo este no es más que un argumento simple para intentar hacer ver que los alimentos en este tipo de dietas tienen que llevar un control rígido y en dietas omnívoras podemos relajarnos totalmente, lo que, a todas luces, es falso.

Los aminoácidos esenciales son aquellos que el propio organismo no puede sintetizar por sí mismo. Esto implica que la única fuente de estos aminoácidos en esos organismos es la ingesta directa a través de la dieta.1 2 Las rutas para la obtención de los aminoácidos esenciales suelen ser largas y energéticamente costosas.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Dicho esto, ¿qué ocurre con los aminoácidos esenciales? Pues, simplemente, que los productos de origen animal cuentan con todos ellos, por lo que se consideran de «alto valor biológico» (muy útiles, para entendernos), mientras que la proteína vegetal debe complementarse con el fin de evitar carencias. ¿Es complicado? No, pero requiere de una mayor planificación.

Combinaciones de alimentos que suman los aminoácidos esenciales son: garbanzos y avena, trigo y habichuelas, maíz y lentejas, arroz y maníes (cacahuates), etc. En definitiva, legumbres y cereales ingeridos diariamente, pero sin necesidad de que sea en la misma comida.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Por dos sencillas razones: una, es mucho más simple acceder a alimentos de origen animal (en el supermercado y comiendo fuera de casa) y, dos, es más sencillo sufrir carencias de aminoácidos esenciales en una dieta vegetariana y, sobre todo, vegana que en una dieta omnívora; incluso aunque esta última no sea en absoluto equilibrada y pueda provocar otro tipo de problemas como sobrepeso o enfermedades coronarias.

Dicho esto, es fácil ver dietas vegetarianas que han sido mal planificadas y son hipercalóricas o deficitarias (sobre todo en vitaminas del grupo B y hierro); a su vez, en las dietas veganas, a todo lo anterior, se suma una carencia de vitamina B12 que solo puede suplementarse de forma artificial mediante cápsulas. Pero… ¿acaso dedicamos el mismo esfuerzo a cuestiones nutricionales en dietas «omnívoras» o solo usamos esta planificación deficiente, cuando existe, y los mínimos casos conflictivos que se han producido en colectivos vegetarianos o veganos (por ejemplo, la niña italiana con niveles bajísimos de hemoglobina y déficit de vitaminas) como un arma arrojadiza?

¿Entonces? ¿Cuál es el problema? El principal problema, pues, es que, como debate social, solemos obviar —o intentar ignorar— las razones fundamentales por la que nos hacemos vegetarianos o veganos (3): para evitar que un número mayor de animales sufran, y contribuir a una mejora del medio ambiente, a la vida de otras personas y a la sostenibilidad del planeta. ¿Por salud? Puede ser una respuesta, pero, desde luego, no es una respuesta siempre compartida. ¿Acaso tiene algo negativo hacer las cosas por conciencia ética y no solo por salud?

En segundo lugar, por supuesto, lo hacemos porque somos omnívoros, y podemos, y es muy importante no olvidar esto también, pues sería absurdo que un carnívoro (que no lo somos), aspirase a vivir de otro modo al que le marca su naturaleza. Sería absurdo, excepto para nosotros, que lo hemos conseguido decenas de veces, y seguiremos haciéndolo, como ya he explicado varias veces en este blog.

Por ejemplo:

Comer piedras y otros absurdos sobre sintiencia animal, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Si no lo haces por ellos, hazlo por ti, por Javier Ruiz en Blog Nasua

Todas las caras del veganismo, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Industria cárnica, alternativas vegetales y carne cultivada, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Por último, es habitual la crítica frente a otras formas de pensamiento. A grandes rasgos, cada vez más personas vivimos nuestra alimentación desde un sentido ético en el que tratamos de conectar los puntos; otras muchas, no. O no lo hacen o no quieren hacerlo en la misma medida, suele creerse, pero… ¿y si no ven los mismos puntos que nosotros o los leen de un modo distinto? En este sentido, el activismo tiene que luchar por concienciar desde un acercamiento progresivo a favor de lo que cada grupo considere oportuno (sea bienestarismo animal; sea liberación animal): no porque el abolicionismo sea una utopía (hoy, más que nunca, es todo lo contrario, con propuestas como la carne «in vitro» a la vuelta de la esquina), sino porque su afianzamiento llega, tristemente, siempre por la ciencia antes que por la ética.

Hoy, es un problema de primer nivel, y las charlas TED de verdaderas celebridades como el etólogo neoyorquino Carl Safina, la aparición de proyectos como Gran Simio o ZooXXI o la lucha por definir el concepto de humano y de inteligencia animal demuestran los avances que se han producido en estos campos.

Por todo esto, creo firmemente en que cualquier persona que juzgue a un tercero por su dieta o se ensalce a través de esa misma acción debe ser ignorada. En un mundo donde un porcentaje enorme de nuestra propia especie se encuentra esclavizada por el resto, para el cultivo de arroz y de café, o por la extracción de coltán para nuestros smartphones, todos tenemos que aportar y buscar una solución real a los problemas éticos y sociales que se perpetúan.

Debemos volver a conectar esa idea tan olvidada que da como resultado la moral, ese concepto que se mueve entre la ética y la acción, porque seguro que ninguno de nosotros hemos vivido las mismas experiencias vitales, y, por lo tanto, es absurdo pretender que nos movamos a través de los mismos valores, y aquí es donde el diálogo se muestra de mayor importancia en la búsqueda de un cambio.

Debemos discutir a sabiendas que renunciar a más y más productos de origen animal no es más sencillo desde el punto de vista alimentario, sino menos, ¿pero de nuestra conciencia ética? Como ya he dicho, dependerá de la ética de cada uno de nosotros, y esta discusión, igual de interesante, queda para el siguiente artículo de este blog.

NdA: Muy probablemente, algunos de los textos tipo «ensayo» sobre temas de  carnismo, vegetarianismo y veganismo irán teniendo una menor prevalencia en el blog. Esto es debido, principalmente, a causa de mi trabajo en dos nuevos proyectos —uno de ellos, de temática divulgativa, que estoy preparando con calma para su difusión en 2018; el otro, una guía de viaje en formato novela de la que ya os hablaré más adelante—. Por ello, si bien tengo dos artículos que no me gustaría que quedasen pendientes, comparativamente, empezaréis a ver más entradas de otros de los muchos temas que trato aquí.

Sobre otros temas de animalismo, ecologismo o sostenibilidad, puede que el ritmo de publicación decrezca, pero estos se mantendrán; imagino que, sobre todo, a través de columnas de opinión.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Cáscaras vacías

Cáscaras vacías es el décimo séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

No veo bien. Ya no. Un afectado me perforó un ojo con su cuchillo del ejército. Sentí un dolor punzante y frío; un dolor que pensé que me acompañaría hasta la muerte, pero no. Desapareció. Desapareció por el camino; por el camino que ya todos nosotros estamos condenados a seguir. De algún modo, seguí caminando hacia Atlanta, donde empezó todo, y sané tras cada paso.

La horda lleva meses y meses moviéndose. Yo solo unas pocas semanas; he oído que los veteranos llaman a los fundadores el «Concilio Interior». No he preguntado por qué. Todo apunta a que se trata de su situación en el grupo, justo en el centro: el último vestigio de esperanza en esta colmena.

Horda zombi

No hablamos. Aunque pudiese explicarlo, no sabría bien cómo hacerlo. Se trata de algo distinto, quizá nuestra forma de comunicarnos es similar a la inteligencia que se empezó a descubrir en las plantas poco antes del fin. De un modo u otro, estamos conectados; podemos sentir el miedo, la angustia, la verdad en la mente de cada uno de nuestros congéneres. Somos uno en la multitud. Por eso descubrimos el cómo y el cuándo; incluso el por qué. Y ahora podemos cambiarlo.

Lo sé. Si algún día explicamos esta historia con nuestras propias palabras, deberemos hacer algo más que justificar cómo matábamos y moríamos. Estamos en guerra con los vivos: si llegamos al Centro de Control de Enfermedades habremos vencido. Hasta Georgia, morirán hombres, mujeres y niños… esa es parte de nuestra condena: no podemos explicar nuestras razones, no podemos hablar; sentimos el tormento de cada renacido que cae, que es mutilado, golpeado, disparado y asesinado; vivimos de dolor, y ese dolor nos hace seguir adelante, nos recuerda que seguimos vivos, que hay esperanza.

Los líderes dirigen a la horda desde el corazón. Imparables. Nuestra guerra contra el antiguo mundo no ha hecho más que empezar; los afectados han decidido esconderse detrás de altos muros o unirse a nosotros; también han desaparecido. Esta tribu de cadáveres es el último vestigio de una promesa al mundo entero, a cada uno de nosotros, al futuro, pero también hay mucho odio en su interior; padres que perdieron a sus hijos, hijos que mataron a sus padres, familias rotas por la incomprensión y la angustia…

Muchos caerán todavía, pero solo es cuestión de tiempo. Porque ellos son el enemigo que huye; nosotros, un imperio.

¿Quién era José Antonio?

El cadáver de un hombre de cincuenta y ocho años descansa en su sillón de relax. Parece haberse dormido, despacio, sin prisas, mirando hacia una enorme pajarera donde se refugian un periquito y dos diamantes de Gould. Tomo asiento frente a él, y le propongo una partida de ajedrez, asumiendo el papel de la muerte de Bergman. No lo hago por cariño, pues no conozco a José Antonio Arrabal; electricista, enfermo de ELA, lector de premios Planeta. No sé nada de este abulense afincado en Alcobendas; solo lo que leo sobre él, e imagino. No sé nada de él; pero en el sofá aledaño, ese que tiene los cojines con forma de salchicha que también tenía mi abuela en casa, ya percibo una historia compartida.

—Lo has preparado todo tú solo —afirmo más que pregunto.

José Antonio sonríe, cómplice; también cansado. Tiene el DNI en la mesa junto al historial clínico, el testamento, una carta al juez y algunos papeles; uno reluce sobre el resto, y grita: NO RCP. No reanimar. Grita en silencio, pero lo hace muy alto por su libertad, como todos esos héroes anónimos que esperan su momento.

José Antonio Arrabal
Fotografía de José Antonio Arrabal junto a un perro.

Quedo en silencio a su lado. Le dejo hacer. Coger los frascos, hacer las mezclas, no dudar ni por un instante; o solo uno, un segundo de incertidumbre que busca ese milagro que no existe, pero con el que los enfermos sueñan hasta despiertos. Después, José Antonio se pone a degustar Ofrenda de la tormenta, el tercer volumen de la Trilogía del Baztán; una historia que, para él, no tendrá fin, que terminará de forma abrupta, con un fundido en negro. Quizá Arrabal sabe que las mejores historias no tienen final; y si lo tienen, nunca es aquel que imaginábamos.

Desde el asiento contiguo, hablo con un José Antonio de ficción que no puede escucharme. Le explico que mi padre también se llamaba José, y Antonio, que también luchó contra una enfermedad terminal, y que murmuró sobre un viaje solo de ida hasta Suiza; que, al final, nos pedía la muerte —una que no podíamos darle—, y que tampoco le dio el Estado, sino una aguja colmada de reproches.

A José Antonio le han matado, por partida triple. Y eso es mucho más triste que el ir a morir. Le han matado obligándole a despedirse del mundo a solas, sin su familia al lado, sin una mano amiga; por miedo a leyes idiotas, y a gente idiota. Le han matado antes de tiempo, robándole días, semanas o meses, negándole un tiempo que aún podía intentar disfrutar con los suyos hasta el suicidio asistido; y sobre todo le han empujado al suicidio, y le han vuelto a matar, una vez más, con unas pastillas que mezcla en un vaso y una breve despedida, un «adiós a todos» y un último acto libre al que acompañan algunos acordes de la canción  de Nino Bravo.

¿Quién era José Antonio Arrabal? Él mismo te responde en su vídeo: un electricista de Alcobendas con esclerosis lateral amiotrófica. Solo era él. Un hombre. «Pero mañana podrían ser tus abuelos, tus padres, tus hermanos, tus hijos, tus nietos, o tú.» Piénsalo, concluye; él ya no puede.


Enlaces relacionados:

El rey de la Nación Zulú

El rey de la Nación Zulú es el vigésimo octavo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

  1. El nombre del viento (Patrick Rothfuss, 2007)
  2. La isla del tesoro (Robert Louis Stevenson, 1883)
  3. El club de la lucha (Chuck Palahniuk, 1996)

El club no tenía nombre. Nadie se molestó nunca en pensar en algo así. A todas luces, resultaba irrelevante para el desarrollo de cualquiera de las actividades que allí se sucedían día y noche, y, por lo tanto, todo aquel que alguna vez tuvo voz y voto para enviar a un invitado hasta la Esfera Celeste dejó esa parte de la historia incompleta.

Los barcos llegaban a puerto, amarraban en el único embarcadero que la isla poseía en su cara oeste y, tripulación tras tripulación, se adentraban en la taberna. Todos los pasajeros eran altos ejecutivos, políticos, agentes de bolsa, abogados de firmas que los simples mortales jamás se molestarían en conocer (¿para qué?); a su llegada, desembarcaban siempre con la misma mirada: altiva, provocadora, ingrata. Unas horas después, o a la mañana siguiente, cuando volvían a subir a bordo del catamarán para regresar al continente, ninguno mantenía el mismo semblante: unos pocos se habían encontrado a sí mismos; pero la mayoría parecía haber descubierto la verdad que, capa tras capa, se había ocultado una y otra vez: quién era.

Lynnie Zulu
Obra de la artista británica Lynnie Zulu.

Entonces, un nuevo grupo llegó a la isla desde el Cabo de Nueva Esperanza. ¿Cuántas millas habían recorrido? ¿En qué dirección? ¿Qué había allí? ¿Habían seguido la costa de la bahía o se habían adentrado en alta mar? ¿Era siquiera un islote aquel trozo de tierra rodeado de arrecifes? Sarabi Ajanlekoko se hizo decenas de preguntas desde su litera. Unas horas antes, visitaba junto a su mujer la Colección Sekoto del Museo de Arte Wits, algo que ahora solo parecía un espejismo. Fue una llamada de su superior en Capitec, coloso de la industria bancaria en el país; solo una llamada, y todo se aceleró hasta volar a Ciudad del Cabo con South African en clase ejecutiva. Apenas había tenido tiempo de explicar el porqué a su mujer, Adisa, y era una suerte, porque cuando su esposa había arrugado la frente y fijado sus ojos caoba en él… Sarabi no había sabido qué más decir.

Ahora solo existía una larga fila frente a la taberna, como si de una sala de fiestas se tratase. Una voz hablaba desde el interior: entraba uno; después salía. A veces, el visitante tardaba unos pocos minutos; otras, segundos; pero podían haber sido horas también: cada candidato era un mundo en sí mismo (¿pero candidato a qué?). Nadie estaba obligado a esperar: si abandonaba la fila, su empresa sería notificada e inmediatamente perdería su empleo. Eso aterró a Sarabi, y también a Sekuku, un joven abogado que había viajado desde Windhoek, en el país vecino, y no podía permitirse un error más en Ellis & Partners Legal Practitioners. Por ello, los quince o veinte segundos que Sarabi estuvo sosteniendo su teléfono móvil entre los que Sekuku entró por la puerta de la taberna y abandonó el embarcadero le parecieron un castigo injusto y cruel.

A continuación, fue él quien se adentró.

En el interior, la decoración era escasa. Había armamento tradicional y máscaras africanas que, por su gran interés en el arte antiguo, Sarabi reconoció como baoulé.

—La taberna es un espacio de creación —dijo un anciano. Era bóer, cuyo acento delataba una larga historia en Ciudad del Cabo. Era bóer, y habría visto el auge del Partido Nacional y su derrota tras el fin de la segregación racial.

Sarabi no dijo nada.

El bóer no dijo nada.

Esperaron en silencio.

—¿Cómo es posible que el hombre que entró antes permaneciese solo unos pocos segundos y nosotros llevemos cinco o seis minutos en silencio? —preguntó, al fin.

El bóer miró a Sarabi, inexpresivo.

—Le dije que se marchase —contestó.

Sarabi Ajanlekoko estuvo tentado a preguntar el porqué, pero sabía que la verdadera pregunta era otra.

—Exacto —dijo el bóer, como si hubiese leído la mente a su invitado. —La pregunta no es por qué se lo dije, sino por qué obedeció. Un hombre que obedece sin rechistar, apenas es un hombre. Un tigre no tiene por qué proclamar su fiereza, pero puede olvidarla.

El bóer se incorporó de su silla. Era un hombre alto y pelirrojo, de ojos grises, entrecano, con harapos de lo que, una vez, fue un kaftan y que, ahora, apenas cubría su torso y sus piernas, que parecían quebrarse tras cada paso mientras se acercaba hacia el fuego. Lanzó unas cuantas maderas y la llama restalló; Sarabi pensó que no había reparado en el fuego, pero tampoco en las dos jarras que dormían en la mesa, ni en la máscara que las acompañaba, ni en los tótems que se encontraban diseminados por toda la estancia…

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó el anciano bóer.

En realidad, Sarabi no lo sabía.

—Estoy aquí porque mi trabajo es importante para mí —respondió.

—¿Por qué? —cuestionó el tabernero.

—Me permite cuidar de mi esposa y fantasear con una familia en el futuro; visitar museos y disfrutar de mi tiempo libre; a veces, incluso estudiar otras cosas por las que siempre he sentido interés.

El bóer dio un largo trago a su bebida; a continuación, hizo un ademán amistoso a su acompañante, ofreciéndole una excusa, y un instante.

—Quizá lo importante son otras cosas; y su trabajo solo es el vehículo que lo permite. Como el barco que les ha traído hasta aquí: un barco no es agua, ni una ballena, pero podríamos confundirlo si no observamos con atención.

—¿Qué importa? —preguntó Sarabi al anciano.

—Nada, supongo —respondió este. —Por lo menos, mientras su empleo le permita mantener aquellas cosas importantes en su vida.

lynnie-zulu-2
Obra de la artista británica Lynnie Zulu.

Sarabi sorbió la jarra. El líquido era amargo y espumoso; sabía a raíces y a almendras. También a cítrico, pero no a limón: quizá a lima. Después, se mareó un poco, si bien estaba convencido de que no se trataba de una bebida alcohólica.

—¿No es la función de cualquier trabajo? —cuestionó el joven Sarabi Ajanlekoko.

El bóer cogió dos tallas de madera de una pequeña bolsa anudada a su cintura; las colocó en el centro de la mesa, cara a cara. Una de ellas representaba a un gigantesco guerrero, de casi siete centímetros de altura; vestía ropa tradicional xhosa, su torso estaba desnudo, y blandía un knobkierrie en su mano derecha y un hacha en la izquierda. Su mirada de odio grabada en la madera se fijaba, ahora, en un campesino que trabajaba un campo inexistente bajo sus pies; la talla solo alcanzaba un par de centímetros y los ojos tristes del joven se perdían en la mesa.

Arte en mosaico
Mosaico artístico con los colores más representativos de la sabana africana.

—¿Quién vencería si estas dos tallas se enfrentasen? —preguntó el bóer.

—El guerrero xhosa, sin duda —respondió Sarabi.

—¿Por qué? —volvió a preguntar el anciano.

—Es mucho más grande, va mejor armado y parece un guerrero experimentado.

—¿Con respecto a quién? —interrogó el bóer, y partió, sin dificultad, la talla del guerrero xhosa por la mitad.

Sarabi esperó una explicación, pero, antes de que esta llegara, comprendió que su vista se había fijado en las tallas y había obviado el resto de la escena. La existencia de las tallas no eludía la suya propia. Quizá lo hacía para las tallas, pero no para aquellos que podían observarlas por encima. Y sorbió la jarra de nuevo; el líquido seguía siendo amargo.

—El rey de la Nación Zulú y su Modjadji jamás deberían pedir a un hombre que abandone su vida para su propio beneficio; por poderoso que sea un rey, o una reina, por mucho que controle las nubes y la lluvia, la vida de un hombre es sagrada; y la muerte de un hombre siempre deberá beneficiar a la tribu, lo sepa él o no.

Sarabi bebió una tercera vez de la jarra. Después, se tomó un instante para sí.

—Si anteponemos el grupo al individuo, ¿cómo puede funcionar el mundo? ¿Por qué moverme por un tercero antes que por mi familia? —preguntó al aire Sarabi.

—Eso preguntó Sekuku al entrar —contestó el bóer.

—Y no obtuvo respuesta —agregó Sarabi, equivocado.

—Por supuesto que sí. Esta surgió del único lugar del que la verdad aflora.

—Uno mismo —respondió Sarabi. —Pero, ¿cómo hacerlo?

—Lo sepan o no, todos los que entran en esta taberna ya han iniciado el camino. Para algunos, la tribu no es más que un viejo espejismo; otros abandonan la isla con un nuevo rostro; o empiezan un camino distinto por el que deben convertirse en algo distinto.

El anciano bóer quedó en silencio, y Sarabi no encontró más preguntas. Antes de incorporarse, dio un último trago a su jarra y terminó con el líquido amargo que contenía; reparó en la mesa; al primer vistazo, parecía repleta de rayajos; después, Sarabi Ajenlekoko observó que la madera escondía cientos de frases, y solo tuvo tiempo de leer una mientras se despedía con un asentimiento casi imperceptible. Era un dicho yoruba que decía: «La riqueza tiene una chaqueta de muchos colores.»

La narrativa de Black Sails

Contiene spoilers del último capítulo de la serie y referencias a capítulos anteriores.

El domingo pasado, 2 de abril, terminaba una de las series más cautivadoras de los últimos años: Black Sails. Un relato previo a la historia que, de niños, y no tan niños, pudimos leer en La isla del tesoro de R. L. Stevenson y que nos volvía a transportar a la libertad soñada de algunos hombres frente a los grandes imperios de ultramar.

¿Realista? Bueno, quién sabe. Hoy, la historia y la ficción se recrean más allá de los vencedores, de los que impusieron su verdad; por lo menos, en lo que respecta al pasado, tenemos esta certeza, y a lo largo de este artículo aprenderemos que la verdad tiene muy poco peso cuando se mide con la historia que los hombres quieren creer frente a una jarra de apestoso grog.

La narrativa de Long John Silver

Ahora, no tendría sentido reseguir la trama íntegra que nos trae hasta el final. Basta decir que existe una evolución repleta de referencias a la vida pirata: desde el destino del cocinero de a bordo cuando se unen los caminos por vez primera entre John Silver y el capitán Flint hasta esa Mary Read que escucha ensimismada el final de una época narrada por Jack Rackahm, el verdadero vencedor de nuestra historia.

Long John Silver es el Big Whoop, es quien concentra la épica de todo el relato, el héroe último que le da forma, y también el antihéroe; él es todas las caras de la piratería en un único personaje: el espadachín, el tullido, el hablador, el aventurero, el adalid de la causa y el perdedor.

Black Sails. Detalle del rostro de Luke Arnold que interpreta a John Silver.

Pero Black Sails es un producto audiovisual completo por otra razón. Lejos de la ficción presente en la trama, la serie muestra la piratería como una historia real, de vidas reales, de hombres embarcados en un mundo de grises; de un mundo, distinto, que huía del adoctrinamiento del Imperio británico, y de igual modo del español, y que atisbó a ver en las Antillas una vida que elegir y construir lejos del yugo del Leviatán de Hobbes y los despotismos ilustrados que mentirían arengando a sus ciudadanos, de corrido, con aquella socorrida frase del tout pour le peuple, rien par le peuple.

A partir de aquí, si abrimos nuestra mente a esta nueva historia, podemos entender la amistad imposible de John Silver y Flint; la relación que le convirtió en leyenda y le permitió sobrevivir a esa oscura maldición que sufría todo aquel que se volvía cercano al que fue capitán del Walrus y, después, del Spanish Man O’War.

Hay, sin embargo, dos grandes detalles a rescatar de este último capítulo: el primero, es la visión de las grietas de un hombre que parece haber antepuesto a su mujer por encima de todo —algo que el capitán Flint puede entender—, y que se descubre, no obstante, como el salvador de todos, deshilachando la narrativa de su viejo capitán y enviando fuera de los límites de la historia a sus hombres (¡hasta ahí llega el poder de Long John Silver!)  para conseguir lo imposible: matar y no matar a Flint; traicionando la confianza de Madi con la invasión española a las puertas de Nueva Providencia y creyendo en el fin de una guerra que solo empezaba en el Caribe.

Silver apuntando al capitán Flint en La Isla del Esqueleto.

El segundo, de una vida y una muerte pese a la historia, que Jack Rackham resolverá de un modo completamente distinto, pero que muestra las dimensiones que alcanza la leyenda frente a los grandes hombres que solo sueñan con ella; ¿quién podría probar que Long John Silver no mató a su amigo? ¿Acaso lo hizo? ¿Encontró un modo para alcanzar una muerte alegórica o se convenció de ella y esperó el perdón durante días, semanas, meses y años? Hay detalles que parecen hacer malabares entre los niveles ontológicos de realidad, como si la historia dentro de la historia, nos amenazase en este mito de la piratería hasta el final, como un Hamlet tostado al sol de Tortuga y las Bahamas. ¿Pero quién se atrevería a no creer en un final feliz?

La narrativa que devoró al capitán Flint

¿Pero no fue acaso el viejo Flint nuestro protagonista durante todo el desarrollo de Black Sails? ¿Acaso Charles Vane, Eleanor Guthrie o Barbanegra fueron víctimas y verdugos de esta epopeya? Puede ser. Pero con el cierre de este último capítulo se nos permite una lectura más: ¿o no murieron acaso por el bien de una leyenda compartida entre dos hombres que no aceptaba un mártir más? John Silver y Flint mantienen tal fuerza que ni el triunvirato con Jack Rackham es posible durante mucho tiempo: como bien diría Israel Hands, esas son cosas que no funcionaron en la época de la Nassau de Barbanegra, y tampoco lo harían entonces; uno de los dos tenía que morir.

El capitán Flint poco antes de su muerte.

Para dar muerte al capitán Flint, Long John Silver no hace uso de la espada ni de la pistola, sino de la propia historia que lo creó, que le arrancó de la marina y cercenó su antigua vida. John Silver es aquel personaje que entiende cómo el capitán Flint, el arquetipo de villano cuya leyenda sobrevive en la Edad Dorada de la piratería, surgió de la nada, y no surgió de la nada, y, así, puede dar fin a la pesadilla.

James Flint se encuentra atrapado en su propia venganza, en su personaje, en la máscara que empezó a cubrir su rostro tras la muerte de Thomas Hamilton. Por ello, de un modo u otro, el capitán Flint debe morir para abrirse a ese mundo atemporal e ignoto que se adentra en el terreno donde nace el mito.

Jack Rackham y la construcción propia de un narrador

Sin embargo, me sinceraré con cualquiera que lea estas líneas: Jack Rackham es mi debilidad: el personaje más humano de todos cuantos aparecen en los treinta y ocho capítulos de la serie y el único cuyo objetivo inicial cumple. Porque existe una gran diferencia entre hacer la historia y crear la historia… pero con la ayuda de Max y la civilización que divisa en Boston, Jack termina por comprenderlo todo.

Black Sails. Jack Rackham hablando con Mark Read (Mary Read) en Nassau.

Jack Rackham consigue dar corporeidad al final de Woodes Roogers: una derrota que graba a fuego en la crónica de la historia como el castigo más cruel que puede imaginar. Esa es la venganza que el capitán del Colonial Dawn y el Lion se cobra por su antiguo líder, por Barbanegra, por todos los cadáveres de hombres libres que el Imperio ha devorado y, a la vez, entiende, por fin, que la civilización es demasiado poderosa para ser vencida, pero que está en su mano ayudar a construir la luz que proyecta la vieja Europa en las Antillas y vivir en la sombra de una Nassau que los comerciantes agradecían y cuyos piratas, corsarios y filibusteros tendrían que parlamentar en las cubiertas y, a partir de entonces, en algún que otro salón.

La taberna como espacio narrativo

Esta es esa otra magia que el capitán Jack Rackham consigue: en la luz, un mando tranquilo para Nueva Providencia de la mano del gobernador Featherstone, su antiguo contramaestre, e Idelle, y una aprendiz que tiempo atrás había superado a su maestra en la sombra. Lo hace a través de una escena que aúna el principio de esta gran historia que empieza en 1715 y termina con la muerte del capitán Flint y la desaparición de Long John Silver, que engrandece más aún su leyenda; una historia que se bebe de largos tragos y que representa a la perfección el linde entre la realidad y la fábula, entre lo que ocurrió y no ocurrió; y todavía más importante: lo absolutamente irrisorio de ello, pues como construcción cultural, un buen narrador sabe que las grandes historias siempre se suceden en el teatro de la propia mente.

Long John Silver y Madi frente al mar.

De ahí el final del viejo capitán Flint, que nunca es visto, sino narrado por su verdugo o su amigo; del mito que vivió y murió con John Silver, y que la trama corta sin saber jamás si Madi consiguió perdonar a su amado o vivió atormentada frente a la duda de quién era, en realidad, aquel hombre que lo arriesgó todo y después esperó, con paciencia, una vida entera por ella; y, sobre todo, del otro «Silver», aquel que naufragó por segunda vez, lejos de cualquier hombre, y cayó en las garras de la locura en La Isla del Esqueleto; uniendo esta historia con la literatura que nos mostró, de niños, máscaras, dudas y leyendas, pero nunca certezas. Porque ya sabes lo que suele decirse: las buenas historias no tienen fin.


P.S.: Aquí tenéis la traducción al español de La isla del tesoro (Robert Louis Stevenson, 1883) para aquellos (y aquellas) locos sanguinarios que osaron no leer el libro en su niñez. Arr!

La última escena de Billy Bones da para otro artículo sobre la serie y, si bien no he podido evitar citarlo, pido disculpas por volver un poco más caótico de la cuenta el último párrafo de esta entrada. ¡No he podido evitarlo! Es quizá el detalle más espectacular y metacinematográfico de Black Sails, ¿o no?

Otros artículos sobre narrativa son La narrativa en los videojuegos y La narrativa en Bojack Horseman.

La voz del Neandertal

La voz del Neandertal es el cuadragésimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El paleontólogo Thomas Cook, miembro emérito del Museo de Historia Natural de Nueva York, dedicó su vida entera al estudio de los neandertales. Su visión viajó desde los tiempos en los que la humanidad veía una única línea evolutiva hasta la actualidad, donde se empezaba a comprender esa relación compleja entre los Homo erectus, los neandertales y los sapiens.

Esos días pasaron. Y Thomas se jubiló, dejando libre un puesto como profesor en la Universidad de Columbia, otro de investigador adscrito al mismo centro y un trabajo fijo como miembro del equipo de uno de los museos más visitados del mundo entero. Este último fue el trabajo que le permitió casarse con Rose, y comprar un piso en el Upper East Side, un velero con el que soñó durante su juventud y un pequeño refugio en Los Hamptons. Su retiro fue bien acogido por parte de la junta, quienes sabían que podían razonar con el doctor Cook, y al que dejaron un nexo de unión que se volvió realidad mediante un chaleco y una placa identificativa; en el primero podía leerse: «Dr. Thomas Cook – Experto en neandertales» junto a una simpática caricatura de Thomas y un hombre de Neandertal dándose la mano; la segunda solo era una mera formalidad que le distinguía, y que el profesor llevaba con gran orgullo al traspasar las puertas de acceso.

Su jubilación fue, pues, un trámite, que le recompensó con más tiempo para disfrutar de la institución que había sido su vida y terminar las investigaciones que el ámbito académico y el peso de los años le habían hurtado. Pero un día su vida sufrió un cambio abrupto y tan inesperado como suele estos suelen ser. Al volver del Museo de Historia Natural, su mujer, Rose, antigua profesora del Instituto de Fotografía de Nueva York, había escapado; la muerte, inmisericorde, terminó con ella antes de la hora del té y los bagels, que habían sobrado de su desayuno en la Pequeña Italiana y que ella guardó, celosamente, para compartir con su esposo.

Tiranosaurio (Museo de Historia Natural de Nueva York)
Esqueleto de un tiranosaurio en el Museo de Historia Natural de Nueva York, donde en mi visita encontré a un anciano experto en dinosaurios que inspiró esta historia.

Thomas marcó el número de emergencias y se abrazó al cadáver de su mujer. Los servicios médicos dictaminaron muerte natural y explicaron al doctor Cook, conmocionado, que las maniobras de RCP que tantas veces había visto en televisión no tenían sentido horas después del fallecimiento.

El anciano pidió a uno de los paramédicos que contactase con la funeraria por él; después, exhausto, se sentó en el sofá del salón por un buen rato. En silencio, su mente relacionó conceptos que una vez compartió con su pareja: anhelos que ya nunca se cumplirían, deseos, confesiones que una vez se hicieron y que ahora desaparecerían en el olvido… Tesoros inmateriales que el tiempo siempre termina por reclamar; dejándote solo con objetos y certezas que, poco a poco, también se vuelven fantasías de una sola mente.

Los meses siguientes, Thomas Cook se volcó por completo en sus funciones como personal de apoyo del museo. Sin Rose, no soportaba la idea de encerrarse en un despacho a seguir analizando la historia; esta había enseñado por fin sus garras, y le había demostrado con toda crudeza la brutalidad intrínseca al tiempo que vivimos. Había estudiado toda la vida al hombre de Neandertal, pensaba, y no podía evitar creer que, quizá, alguien estudiaría a su mujer, o a él mismo, cuando el presente se convirtiese en historia. En un retazo más de la pequeña historia que compone el día a día para diluirse al pasar de los años. ¿Qué importaba?

Así, hablaba con los visitantes, respondía preguntas y, jornada tras jornada, disfrutaba del placebo que trae consigo el aferrarse a lo que siempre ha sido: el trabajo de toda una vida, aquello que uno más conoce, a lo que mayor esfuerzo ha dedicado. De este modo, el Dr. Cook no volvió a pisar el despacho que, en su día, le había asignado la Administración; vendió el barco y la casa frente a la bahía de Nueva York y se recluyó en el pasado. Se permitió incluso una excentricidad diaria, que siempre era la misma: esperar a que todos los visitantes abandonasen el Museo de Historia Natural, despedir a los empleados, uno a uno, y dedicar unos minutos a los restos del neandertal que dormían por siempre jamás en aquella gran sala dedicada a los orígenes de la humanidad.

—Buenas noches, amigo —dijo Thomas, como un lamento. El anciano viró sobre sí mismo y se dirigió a la salida, sin prisa por encontrar un taxi en los extremos de Central Park y volver al que un día fue su hogar.

—¿Nos conocemos? —preguntó una voz. Su tono era extrañamente familiar, si bien el doctor se sobresaltó lo suficiente para no pensar en ello.

Miró alrededor. Nada. El Dr. Cook observó los bustos reconstruidos junto a los cráneos de varios individuos y reparó en algunas figuras de una exposición itinerante que habían llegado del Museo del Neandertal, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad alemana de Düsseldorf.

—¿Dónde estás?

—No tengo una buena percepción del espacio: discúlpame.

—¿Por qué puedes hablar? —preguntó. —¿Eres algún tipo de grabación…?

—La ciencia que lo permite sigue siendo un misterio para mí —contestó la mujer de Neandertal.

Miró las distintas figuras. No eran más que una reconstrucción realista de algunos individuos de Homo neanderthalensis en un escenario que simulaba el interior de una cueva.

—Vaya —exclamó Thomas.

—Pareces sorprendido —contestó la voz.

El anciano, visiblemente enfadado, se marchó sin mediar palabra. Aquello debía ser algún tipo de broma estúpida, y a él no iban a hacerle partícipe de la pantomima de turno.

Grupo de Homo neandertalhensis
Reconstrucción de una escena cotidiana con neandertales.

Pero al día siguiente, volvió. La rutina le llevó hasta la sala de los neandertales de nuevo, y la fuerza de la misma le obligó, de algún modo, a despedirse de los presentes una vez más.

—¡Vaya! —exclamó la voz— ¡Si es don No-tengo-tiempo-para-despedirme-de-ti!

La respuesta arrancó una sonrisa en el rostro del jubilado.

—¿Pareces tan… real? ¿Cuál es tu nombre?

—No vuelves con las mismas preguntas de siempre, John.

El anciano miró hacia la figura de la mujer con suspicacia.

—¿John? Mi nombre es Thomas. ¿Quién es John? —preguntó.

—Disculpa, Thomas —contestó la voz. —Debo haber mezclado dos ideas inconexas.

—Claro, es lo que tenéis los neandertales —dijo el doctor Cook, y se carcajeó de su ocurrencia.

—Eso no me lo habían llamado todavía. No obstante, por tu trabajo, deberías saber que los neandertales llevan extintos más de cuarenta mil años…

—Bueno, seas quien seas, me espera un paseo por Central Park. Me marcho ya.

—Buenas noches, Thomas.

—Buenas noches, tú.

Los días siguientes, los asistentes escuchaban la voz del doctor hasta tarde. El anciano, visiblemente revitalizado, se sentaba en el ala del museo dedicada a los orígenes de la humanidad y se le escuchaba reír por unos minutos, explicar lo que había hecho y lo que pensaba hacer, y marcharse un poco menos pesaroso.

Al tercer o cuarto día, Thomas buscó una respuesta por toda la sala. No encontró a la voz, y, antes o después, se negó a hacer equilibrismos de aquí para allá. Ella no entendía muchas de las cosas que el anciano intentaba transmitirle, pero resultaba un pequeño e inesperado consuelo; Thomas era científico: sabía que existía una explicación racional, sabía perfectamente que debía tratarse de otra persona, de un programa informático o de una inteligencia artificial… ¿qué importaba en realidad? La voz era un espejismo, pero un espejismo que se había convertido en un oasis repleto de alivio.

Hombre de Neandertal (rostro)
Detalle del rostro de un hombre de Neandertal (Museo del Neandertal, en Düsseldorf, Renania del Norte-Westfalia, Alemania).

—¿Qué sentido tiene todo esto? —preguntó Thomas, había acercado la silla de uno de los vigilantes y miraba a la neandertal que creía más cercana a la voz.

—No te entiendo, Thomas —respondió la voz.

—¿Cuál es el sentido de la vida ahora?

La voz no contestó inmediatamente. Pareció coger aire durante uno o dos segundos, y después dijo:

—Bueno… Intentar ser amable con la gente. Comer sano. Leer un buen libro alguna vez. Hacer un poco de ejercicio incluso. Pero sobre todo convivir en paz y harmonía con gente de cualquier raza y condición —concluyó.

El doctor Thomas Cook sonrió con fuerza por primera vez en semanas. Una respuesta tan simple y concisa, ¡y qué de ciencia había atrás!, una respuesta que le recordó a Rose, su mujer, y que, de un modo casi mágico, le retrotrajo a aquella conversación que, muchos años antes, habían tenido desnudos en su primer piso.

—No sé qué haría sin ti —dijo un joven Thomas, que acababa de entrar en el programa de doctorando de la Universidad de Columbia.

—Vivir —contestó Rose, riendo.

Mientras se dirigiría hacia la salida, el doctor Cook se despidió de una joven limpiadora y el portero de la institución. Sonrió, les deseo una buena noche y desapareció en dirección a la Avenida de Colón. Para sorpresa de su compañera, el conserje abrió la boca articulada de una de las figuras femeninas de neandertal y extrajo un smartphone.

—Buenas noches, Siri —dijo el bedel.

—Buenas noches, John —contestó el teléfono.

A continuación, y dirigiéndose a su compañera, John, el conserje, agregó:

—No te preocupes: el museo puede permitirse un aumento en la factura de la luz por este hombre —y mientras el teléfono se cargaba en un enchufe cercano, siguió barriendo la enorme sala de Orígenes de la Humanidad con una sonrisa algo quebrada en el rostro.

Pasó todo un año pendiente de la máquina

Pasó todo un año pendiente de la máquina es el décimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Pasó todo un año pendiente de la máquina. La máquina, cuya naturaleza desconocía, no fue nunca más que una cuenta atrás. Cifras que descendían a través de interminables segundos en una pantalla vidriada del tamaño de un folio. Un paquete sin remite que el servicio postal dejó en el hogar de los Hume con una nota. Una nota que solo vestía un apunte: «Este es el Reloj del Fin del Mundo. Si la cuenta llega a cero, el mundo desaparecerá.»

Al principio, Jack pensó que no era más que una broma de mal gusto. Se sentó en su sillón, carraspeó, adornó su boca con una mueca de disgusto y se sumergió en la lectura de la prensa antes de salir a trabajar. Los segundos empezaron a descender en la máquina, y Claire miró a su marido con incomprensión, escrutando su figura en busca de los verdaderos sentimientos que sabía que habían empezado a aflorar en su cerebro.

—Es una broma de los chicos —advirtió Jack a su esposa; su voz transmitía seguridad.

—¿Estás seguro? Es una broma de muy mal gusto —contestó Claire.

Jack plegó el diario y lo dejó dormir en la mesa de centro, frente al sillón.

—Deja el chisme ahí. Cuando vuelva del trabajo, te confirmaré que Elliot y el resto son tan idiotas como creíamos; luego, nos desharemos del cachivache.

El halcón maltés (John Huston, 1941)
Fotograma de la película El halcón maltés (John Huston, 1941), con Humphrey Bogart.

El señor Hume besó a su esposa con ternura y cogió el maletín. Tras de sí, dejó un sillón de cuero humedecido por el sudor y su ejemplar del New York Post.

La señora Hume musitó una pregunta que nadie pudo oír: «¿y por qué no ahora?»

Cuando Jack terminó su jornada laboral, volvió a casa de inmediato. Ese jueves no hubo copa con los compinches de siempre. Solo un disimulo grosero sobre la máquina por parte de sus compañeros; cuando Jack no pudo más, y creyendo que el resto de su equipo estaba excediéndose, les preguntó si, esta vez, no creían haber llevado las cosas demasiado lejos, pero como respuesta solo encontró caras de incomprensión.

Al llegar a casa, malhumorado, había pensado en una decena de culpables capaces de llevar a cabo una bufonada así: tan macabra como estúpida, tan infantil como idiota. Entre los sospechosos habituales estaban Julius, el hermano de Claire, y Kevin, uno de los antiguos pretendientes de su mujer, que no había encajado bien su enlace. Envuelto en esta idea, aparcó el coche a un par de manzanas de su edificio y se apresuró a llegar al piso, en East 7th Street, con las llaves en la mano.

Desde el ascensor podía escucharse un llanto ahogado. En la tristeza, Jack reconoció a Claire y se apresuró a abrir la puerta del domicilio. La encontró arrodillada, frente a la mesa de centro, con esa extraña máquina pitando, más y más fuerte cada vez, y su mujer pulsando una vez, y otra vez, la pantalla con el objetivo de conseguir detener esa cuenta atrás.

—¡Ha empezado a pitar, y a pitar, cada vez más alto, Jack! —bramó Claire.

—Tranquila, cariño: déjame ver —contestó su marido, moviéndose entre la incertidumbre y el enfado.

La pantalla marcaba 15; 14, 13, 12…

Claire empezó a sollozar de nuevo, más y más fuerte.

Jack golpeó con el dedo la pantalla, una vez, y otra, y otra más.

—¡No funciona! ¡Sigue bajando, y bajando! —gritó Claire.

Entonces, Jack agarró la máquina y analizó rápidamente el chisme mientras los pitidos se oían más y más altos: era metálica, una única pieza, sin botones; nada. Por delante, cristal; los laterales y la cubierta trasera de metal.

Le atizó un dedo encima una vez más; después, la sacudió.

La cuenta atrás se detuvo un instante, y aparecieron cuatro cifras: 6. 4. 8. 0.

La cuenta atrás volvió a iniciarse. 6479, 6478, 6477…

—Este no es el número que mostraba esta mañana —murmuró Jack para sí.

—¿Qué? —preguntó su mujer, que no le había entendido, mientras se enjugaba las lágrimas con la manga de su vestido rosa de franela.

—Nada, cariño. Es una broma estúpida: no tienes que preocuparte. ¿Quieres que haga yo la cena mientras te duchas? —preguntó Jack.

Su esposa asintió, nerviosa, y Jack dejó la máquina encima de la mesa de centro y la acompañó hasta el baño con la intención de que se tranquilizase.

Mientras cenaban, la máquina emitió un pitido. A continuación, el sonido de alarma que ya habían escuchado alrededor de las seis de la tarde, volvió a iniciarse; más y más fuerte cada vez, con mayor intensidad, disminuyendo los silencios, imponiendo un silbido único que amenazaba con conquistar el salón si se atrevían a obviarlo por un segundo más. Jack corrió hasta la mesa y sacudió la máquina; esta se reinició. Por un instante, marcó el 25.920, y la cuenta atrás volvió a iniciarse: 25.919, 25.918, 25.917…

La pareja comió en silencio durante un buen rato. Los Hume se conocían bien, y sabían cuando uno u otro necesitaba libertad para dejar volar sus pensamientos; si estos se arremolinaban en tormenta, ambos habían aprendido a lanzarse a socorrer a su cónyuge; sin embargo, siempre fueron conscientes de la aptitud sanadora que a menudo tiene el mutismo.

Jack sacó la calculadora de su teléfono móvil. Consultó a qué intervalo atendían 25.920 segundos y, por un instante, se sintió agotado. ¿Tan finito es el tiempo acaso?, se preguntó.

—Hasta que sepamos más sobre este cachivache: evitaré que el sonido te moleste, cariño. Me levantaré en cuatro horas y volveré a darle cuerda, ¿ok? Después, retomaré la cama y descansaremos hasta el amanecer. Mañana sabremos algo más.

—¿Y tengo que quedarme encerrada en casa esperando a que vuelvas del trabajo? ¡Hoy no he podido ni ir a comprar! —espetó Claire, mostrando a su marido las tristes judías con patatas hervidas que estaban cenando.

Cuenta atrás - El cisne (Perdidos)
Fotograma de la serie Perdidos (Lost, de J. J. Abrams, 2004-2010) con el panel que mostraba la cuenta atrás en la estación El Cisne.

—La cena está perfecta, amor mío —contestó Jack. —Pero no será necesario: para tu tranquilidad, me llevaré la máquina a la oficina. Solo es cuestión de guardarla en el maletín y estar atentos a los pitidos cada pocas horas…

A continuación, Jack se levantó y cogió el aparato de la mesa. Esta vez, la máquina hizo un sonido completamente distinto, como el tapón de una botella al ser descorchado; las cifras empezaron a caer; primero, cayó el 2, y desapareció por la esquina inferior de la pantalla; después el 5. El pitido se incrementó a medida que el señor Hume hacía el amago de acercarse más y más a la puerta de su apartamento; entonces murió el 9, que ya era un 3, y solo quedaron el 1 y el 0. Esta vez, el volumen de aquel pitido fue aterrador; el término ensordecedor quedó corto para describir un sonido que dominó el apartamento de los Hume, y, más tarde, todo el edificio. Jack corrió hacia la mesa, sacudió una decena de veces el dispositivo y lo volvió a dejar encima del mueble. La máquina mostró solo cuatro cifras esta vez: 1.620: 27 minutos.

Ni el señor ni la señora Hume durmieron esa noche, aterrados ante el sonido ensordecedor de aquel cachivache que había aparecido en su hogar y cuyas acciones amenazaban con poner fin a la pacífica convivencia que el matrimonio mantenía en la ciudad de Nueva York.

Los días siguientes fueron una vorágine del sobrevenir, del acontecer, de una crónica siempre voluble, pero también anunciada. Un sacrificio ininterrumpido que se perdía en el más absoluto y trágico vacío. Un asesinato del presente a manos de un futuro que siempre fue próximo y, quizá, solo quizá, sangriento.

Mientras Jack Hume trataba de descubrir qué mano había decidido agitar la paz de su hogar, su esposa Claire se encargó de mantenerla. Ninguno de los dos era capaz de creer a pies juntillas en el funesto devenir que anunciaba aquel histriónico pitido, pero, ¿cómo ignorarlo? Resultaba imposible a un nivel físico, ¿y cómo engañarse?, a medida que agitaban la máquina una y otra vez en busca de un nuevo reinicio, también en el metafísico.

Cuantos más reinicios, más poder le conferían. Tras perder la cuenta, Jack y Claire llegaron a creer que la naturaleza de la máquina era caprichosa, y, por lo tanto, existía: admitían que a la máquina no le gustaba abandonar el salón, que de algún modo ya era suyo, y tampoco esperar demasiado por atención, que castigaba con tiempos cada vez menores a su juicio. Si los Hume dudaban de la ontología de la máquina, la máquina dudaba del fervor de la pareja, obligándoles entre cifras a una devoción cada vez mayor, y mayor, hasta la fe.

Un día cualquiera, ya encamados, la máquina reclamó su tributo una vez más.

Esto son nuestras vidas —dijo Claire,

—¿Cómo? —contestó su marido, circunspecto.

—Puedes intentar dar cuerda, una vez, y otra vez, y otra vez… Pero un día, cualquier día, no habrá fuerzas para volver a dar cuerda, pulsar el botón o levantarse del catre, ¿no crees?

Y Jack, en la distancia, ya frente a la máquina, no supo qué contestar. Solo sintió una infinita vergüenza.

Los días siguientes, la pareja acordó turnarse para continuar cuidando de la máquina. Sin embargo, cuando uno de ellos desaparecía de la habitación, los tiempos y los antojos de aquel chisme se volvían caprichosos; haciendo que fuera imposible el descanso, la vida, e incluso el reconocer el día y la noche.

Cuando por falta de sueño, Claire empezó a creer que un tal señor Steward había empezado a acosarla telefónicamente, Jack pidió una excedencia. Así, pasó todo un año pendiente de la máquina. En ese tiempo, el señor Hume abandonó su trabajo de oficina como director adjunto de Sears. Despreció a sus compañeros y amigos. Olvidó el mundo para salvar el mundo. ¿Pero qué sabía el mundo?

Entonces, antes o después, Jack Hume pensó que, un mundo que esclavizaba a los hombres, no merecía ser mundo, y así se lo hizo saber a su esposa. Durante largos días y largas noches que se interrumpían constantemente por la amenaza de los pitidos, Jack debatió con Claire sobre la necesidad de dejar que aquella temida cuenta atrás llegase a su destino; de alcanzar el objetivo final de la misma y plantar cara, de una vez por todas, a la máquina que había usurpado sus vidas.

De este modo, cuando el señor Hume se interpuso entre ella y la máquina, Claire deseó con todas sus fuerzas que su esposo nunca jamás hubiese leído aquel relato de Richard Matheson, pues era tal la fisicidad concedida a aquel demonio, que su esposa no pudo evitar pensar en correr hasta la cocina a por un cuchillo con el que defenderse. ¡Pero qué listo fue siempre Jack! Impidió la acción solo unos segundos antes del fatal desenlace; no había tiempo ya. ¿Pero cuándo lo hubo desde que la máquina impuso su existencia?

La señora Hume miró con ternura a su marido; a continuación, suspiró, y después, no ocurrió nada más. Tras los horribles pitidos, Jack lloró por largo tiempo el cadáver de su mujer.

Su vida.

Su mundo.

Su fin.


Este relato está inspirado en Botón, botón de Richard Matheson (1926-2013).

Morir es morir; pero vivir… ¡vivir es singularidad!

Hace unas semanas, leía un texto titulado Muerte entre las flores de la doctoranda Catia Faria (adscrita al Centro de estudios UPF de ética animal). Desde lejos, había alcanzado algún otro artículo sobre su trabajo, y no me costó imaginar una hipotética situación en la cual confesase que le gusta el trabajo de los hermanos Coen.

Después, esa muerte me llevó a La cuestión animal(ista) que compiló el colombiano Iván Darío Ávila, centrado en la filosofía moral, la ética para con los animales, el derecho, y el concepto de especismo, entre otras muchas cuestiones. Devoré el libro a mordiscos; luego me senté a pensar en una silla, y caí presa de unos relatos de Jack London sobre boxeo: ¡es de locos intentar cambiar el mundo a todas horas! Muchos eran textos cautivadores, pensaba mientras leía sobre el patético intento de Tom King por vencer a la Juventud —una lección que, entre las cuerdas, se traga con lágrimas en los ojos—; un esfuerzo incólume, titánico, académico en el mejor sentido de la palabra; ¿pero funcionarían? ¿O quedarían en un cajón metafórico hasta que algún Eisenhower, o Churchill, o Hitler, los rescatasen para sus propios fines?

Captura de palomas (BCN)
Captura de palomas para su posterior sacrificio en Barcelona.

Quizá el mundo debería ser de los filósofos, de los pensadores, pero el mundo es el mundo, y quizá los filósofos, los pensadores, los académicos, están (¿estamos?, no me atrevería…) donde deben; lejos de una noocracia de la que ya nos previnieron Los Simpson. Aun así, cuando me cansé de leer al sol y escapé a caminar a la montaña con los perros seguí pensando en todo esto; en especial, en los dos temas más polémicos de los que había leído aquel día: el ecologismo frente al antiespecismo, con un peso enorme en los actuales proyectos de actuación territorial y ambiental, y la preocupación e intervención ética para paliar el sufrimiento inherente en la naturaleza: es decir, no solo la caza, que supone un maltrato activo por nuestra parte, sino todo el mal que podamos prevenir a esos individuos sin modificar el propio estado natural.

De este modo, el academicismo (antiespecista) lucha por preservar los intereses de los individuos frente a la propia naturaleza, mientras que el ecologismo práctico en nuestros bosques, montañas y mares sigue aquel dogma rancio del «todo vale» por un bien mayor; sin importar cuántos individuos de especies exóticas, o híbridos, deben ser sacrificados o cuánto aumentan los presupuestos en batidas de «caza de control», trampas para aves o pienso mezclado con nicarbazina.

El principal problema, sin embargo, es que todas esas sillas —las que, de un modo u otro, se encuentran en la garganta de la Administración, y aquellas que se niegan a abandonar el cosmos universitario— no se deciden a escoger un bello espacio neutral en el que plantarse y debatir sobre los necesarios cambios que la ciencia y nuestra nueva conciencia ética exige para el futuro. Puede, no obstante, que esa conciencia ética señale el camino, pero falle al acercarse hacia canales más divulgativos, sea por desconocimiento de la naturaleza de los mismos, sea por miedo al rechazo.

Sí es cierto que ya nadie puede dudar sobre el hecho de que el resto de especies sufren, y merecen respeto, y que, en modo alguno, están ahí para que nosotros, Homo antropocéntricus, encontremos una utilidad en ellos, ¿pero acaso nadie duda? ¿O una inmensa mayoría continua ciega ante el problema? ¿Y hasta qué punto no deja de ser culpa nuestra en la medida en que no se lanzan campañas de sensibilización y educación ambiental? O mejor todavía, en la medida en la que no se potencia el saber, el espíritu crítico, el empirismo… Porque el movimiento por los derechos de los animales no es uno, sino cientos, lo que, por suerte, dificulta, y mucho, las posibilidades de cribar perfiles, públicos y filosofías, pero también exige estudio, debate y acuerdo, lo que, por mucho que se diga, el movimiento de liberación animal lleva tan mal como las administraciones, y viceversa.


Enlaces relacionados:


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…y Teo volvió a casa

Desde el jueves, hemos rastreado a pie decenas y decenas de kilómetros. Creíamos, fervientemente, que alguien se lo había llevado, que algo horrible había ocurrido, que se había evaporado del planeta Tierra… Pero supongo que nunca sabremos cómo terminó nuestro gato encerrado a un par de casas de la nuestra, a unos trescientos o cuatrocientos metros, y no le oímos ni le encontramos hasta que hicimos una decena de batidas por la zona.

Teo y yo 19-03-17
Teo, posando gatunamente, y un servidor, casi tan agotado como él.

Hoy, pasó de todo; hoy, pensamos en todo. Pero, sobre todo, hoy miré qué hacía la gata, y en qué dirección miraba y miraba, y seguí ese camino. Seguro que fue casualidad, igual que la aparición de otro gato, de un gato gris que nunca habíamos visto por aquí, y que casi nos llevó hasta la puerta de una casa; una puerta que Teo arañaba y cuyo maullido reconocimos de cerca.

Quizá cayó por el tragaluz, o alguien vino a esa casa y Teo, sociable y también cotilla por naturaleza, quedó encerrado entre cuatro paredes desde el jueves. Abrí la puerta a patadas, y ahora le tengo que pagar una puerta a su propietario; y luego he sonreído, y he llorado, y he tardado varios minutos en ganarme la confianza de un gato desesperado y famélico.

Hoy, como cada noche, dormiremos todos juntos, e intentaré empezar a borrar las ojeras de mi cara. Supongo que eso es todo. Otro día lo haré bonito, y os hablaré del gato gris, y de las grandes personas que conozco y que están dispuestas a todo, incluso a mover cielo y tierra conmigo. También os hablaré de otras cosas; pero otro día. No había sido el mejor mes, y no ha sido la mejor semana, así que la siguiente… Bueno, digamos que, para la siguiente, el blog queda huérfano; nosotros nos vamos a tumbar al sol un par de días; eso sí: todos.

¿Dónde fue a dormir mi estrella?

Lo encontramos. Gracias a todos/as.

Cuando escribí la carta de Caos para el único dueño que tuvo ese perro, juré que no lo haría más, que no habrían más cartas, ni textos, ni crearía nada que volase con la fuerza de las lágrimas de una historia compartida.

Qué razón tenía aquel falso mensaje atribuido a un jefe Seattle que decía: «¡Qué horrible es la vida sin animales!» Y qué necesarios son. Entre todos mis animales, a quien más unido creía estar era a mi perra Dana. De algún modo, Dana ha sido como una de esas hijas asombrosas que te enseña que tú puedes con todo; porque Dana es la que llegó cuando se fue mi padre, así que fue tanto alivio como responsabilidad, tanto compañera como cómplice. Me equivocaba; porque, en realidad, no hay favoritos en este tipo de tratos, y lo recordé el jueves, cuando me rompieron el corazón.
Teo en Cervelló 1

Pero los gatos… los gatos son distintos. Un gato te elige, no te necesita. Y eso hicieron tres hermanos, que luego bautizamos con nombres que ni tan siquiera precisan ellos. No los encerramos: nunca. ¿Cómo podíamos? ¿Cómo invitar a un animal a caminar junto a ti y después encadenarlo?

Si no hay carta, quizá os preguntaréis qué viene a continuación. ¿Faltar a aquello que perjuré en silencio y escribir otras líneas con las que despedirme de un animal? ¿Contaros su historia para que él viva en la literatura y no solo en mis sueños? ¿O quizá enviar una súplica a aquella persona que se encariñó de mi gato? Rogarle que me haga llegar esa respuesta que necesitamos, que me diga qué pasó, que se arrepienta y que lo traiga de vuelta, proclamando que lo ha encontrado lejos de casa, y yo me fuerce a creerle o creerla; que me salve de esta vorágine de apatía, egoísmo y desconfianza hacia el mundo. Sabiendo que la muerte siempre es la cara más negra, más siniestra, más trágica, pero saberlo… Saberlo sería poder volver a intentarlo; a confiar, a ser yo…

Teo 4

A fuerza de escuchar, ya solo oigo maullidos en la noche; y veo tus ojos verdes a cada vuelta, en cada recodo; a cada paso. No me entenderán, mi gato negro, pero yo me ahogo en la bilis que me produce el error de haberos ofrecido toda la libertad que os merecíais, de no haberos hecho entrar en casa, a salvo de los castigos y los deseos de este imperfecto planeta.

Adiós, mi gato negro. Quiero pensar, creer, que un día aparecerás de nuevo, ronroneando en nuestra puerta, volviendo al hogar, a tu familia, a tu mundo; al mundo del que tú eras una parte imprescindible, y del que ahora siempre serás eterno.

Hasta siempre, mi gato negro, que desapareciste de la forma más dolorosa que se me ocurre; sin poder despedirte ni llorarte de cerca.

¿Dónde fue a dormir mi estrella? ¿Al verde?, ¿al negro?, ¿al gris? Mi gato negro, soñaré contigo hasta que vuelva a verte, o hasta que ya no sueñe más.