Comer piedras y otros absurdos sobre sintiencia animal

Stefano Mancuso es profesor asociado de la Universidad de Florencia, pero no es lingüista. Quizá por ello tuvo tan pocos reparos en crear un laboratorio de «neurobiología vegetal». En el microcosmos académico, el término puede tener sentido, ya que hace referencias a las técnicas aplicadas para el estudio de las plantas, cuyos procesos de análisis son muy similares si atendemos al modo en el que viajan las señales eléctricas de estos organismos.

Sin embargo, «neurobiología» también descontextualiza, porque no hay nervios, ni neuronas, ni sistema nervioso central a través del cual sufrir y vivir experiencias placenteras y dolorosas. No hay nada de eso, pero Mancuso, como Jack Schultz, se desmarcan a través de una corriente francamente provocativa dentro de la biología.

Shiba Inu contento
Un ejemplar de Shiba Inu que parece (muy) alegre.

En su interior, hay un concepto clave que sigue dormido. «¡Imagínate que las plantas sienten! ¡A ver qué come un vegano!», y risas. Pero no es complicado darle la vuelta a la tortilla —o a la omelette con harina de garbanzos—  e imaginar qué papel tiene la sintiencia (sentience, en inglés) en todo esto.

-Me ha llamado la atención el término “neurobiología” vegetal. ¿Significa esto que las plantas tienen un sistema nervioso?

-No. Ese término nació para indicar que en el ámbito vegetal se pueden aplicar las mismas técnicas que en las neurociencias. Las plantas no tienes neuronas, ni nervios, pero si consideramos que las neuronas del cerebro de los animales son células que producen y transportan señales eléctricas, en las plantas la mayoría de las células ejercen este tipo de función. Y si nos fijamos en la raíz, vemos que hay una producción mayor que en el resto de la planta de células que transmiten señales eléctricas, por lo que sí que hay similitudes entre los dos reinos.

Fragmento de la entrevista a Stefano Mancuso en ABC 20/03/2015

La ciencia ha demostrado que para sentir debes ser consciente de lo que ocurre a tu alrededor (Ética Animal, 2012); entonces, puedes experimentar qué te sucede en un contexto determinado y, por ende, eres capaz de tener experiencias positivas y negativas. Bajo esta definición, se enmarca uno de los principales estandartes que restringe el especismo al reino animal y obvia, con razón, al vegetal.

En este caso, no sabemos si las plantas sufren, pero todo lo que sabemos de las plantas, nos hace imposible probar empíricamente ningún tipo de sufrimiento, y todo lo que sabemos de los animales, nos demuestra que un ser sintiente solo podrá ser aquel individuo con sistema nervioso central, constituido por el encéfalo y la médula espinal.

Gallus Gallus - Sintiencia animal
Viñeta sobre la sintiencia animal de Gallus Gallus.

Dicho esto, ¡qué liberador sería para algunos pensar que aquellos que no querían hacer sufrir a otros seres —y que, socialmente, a menudo nos muestran como individuos radicales que se creen mejores que el resto—, son tan cómplices del perjuicio a terceros como cualquiera! Pero aquí, la ciencia no parece alcanzar para justificar este perverso argumento.

Así, siguiendo la misma línea en la que trabajo actualmente, no vamos a juzgar a nadie: hay (muchas) personas que piensan que el sufrimiento de un animal está justificado para su propia supervivencia, alimentación o comodidad, y otras (muchas) que no lo ven así; de cualquier modo, la sintiencia supone sufrimiento, e ignorarla, a su vez, especismo; algo que no podemos relacionar directamente con el uso de plantas.

¿Sienten dolor?

-Las plantas están diseñadas para ser comidas y el dolor es un mecanismo de defensa de los animales para huir del peligro. Las plantas no pueden moverse. No creo que sientan dolor, pero no hay evidencias en un sentido u otro.

Fragmento de la entrevista a Stefano Mancuso en ABC 20/03/2015

Aquí, pues, entra en juego otro concepto clave: la inteligencia. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que cualquier ser «sintiente» cuenta con inteligencia, si bien queda para el debate saber cuántos tipos de inteligencia existen[1] y cuánto pesa nuestra subjetiva definición de inteligencia humana. Por supuesto, este es un campo nuevo en el que no hace mucho que hemos empezado a ahondar, pero que nos demuestra cuán conectados están tres conceptos que hemos empezado a no restringir únicamente a nuestra especie, como individualidad, inteligencia y sintiencia, y que han hecho que muchas personas nos replanteemos nuestra relación con otros seres vivos y con el entorno.


[1] No podemos obviar que, hasta hace pocas décadas, no se habían aceptado los múltiples tipos de inteligencia de los que hablaban Raymond CatellCharles Spearman o Howard Gardner, y mucho menos se han adaptado estas a nuestras sociedades modernas.

Enlaces relacionados:

Hacia los treinta y… más

Ya os lo dije. 31. Esa edad donde mucha gente continúa diciéndote que ahora llega lo bueno (seguro que sí) y otros tantos te miran pensando en que cada vez te vas más lejos: ¡vosotros también envejecéis, desgraciados!

De cualquier modo, confieso que no es un tema que me preocupe. Mi madre dice que espere otros treinta años, que cuando la alcance, quizá cambio de opinión, pero también me ha enseñado lo importante que es vivir el presente. Así que siempre me ha parecido un poco estúpido preocuparse por el mañana. Llegue cuando llegue, si es que alguna vez lo hace en realidad.

Javier + Harley + Laura
Laura y yo con Harley en Erick, Oklahoma.

Antes de ayer, Laura vio en Facebook una foto con Harley, el rey de los rednecks, y me taladró la cabeza durante medio día sobre vender lo que hay de valor por aquí (poco) y volver a recorrer la 66, pero bien, con un coche de esos que cuestan cuatro duros y parece que vayan a explotar en cualquier momento, o a dos ruedas. Pero Laura también quiere viajar a Japón, y visitar media Asia, y volver a Londres, y a Frankfurt, y vete tú a saber dónde. Le enseñé unas notas viejas con historias que inventé en nuestro viaje por Norteamérica, prometí, y conseguí cambiar de tema. Lo que le ocurre a Laura con los viajes, yo lo vivo entre las letras, y esa es mi mejor defensa.

Después, seguí el consejo que me había dado mi madre ese mismo día por teléfono, y trabajé poco; trabajé solo en lo que quise trabajar —en un artículo para este blog y un par de proyectos de los que aún no puedo hablar demasiado—. Hoy por hoy, estoy escribiendo dos libros muy distintos entre sí: una guía que también es novela, y un larguísimo ensayo que aspira a ser algo más.

Durante buena parte del día, jugueteé con esa ácida ambivalencia: los treinta los hice entre Harlem y el Bronx, en los escenarios domesticados de aquellas películas míticas de Paul Newman o Robert de Niro, como Fort Apache: The Bronx o A Bronx Tale. Días después me movería hacia Chicago, y de ahí, a decenas y decenas de pueblos, y unas pocas grandes ciudades dentro y fuera del camino. Durante un mes, fuimos nómadas.

Trescientos sesenta y cinco días más tarde, al despertar, lo hice en un bosque. Un bosque cualquiera donde alguien plantó una casa donde ahora vivimos, entre perros, y gatos, y pájaros, y plantas, y bichos…  Pensando en ello, leí un rato al sol, y me largué a entrenar a Barcelona. Esa tarde nos reunimos ciento y la madre en el dojo, y me dieron una de esas sorpresas —que ya es más tradición que sorpresa— de las que amenazan con acabar contigo.

Terminé visitando a la familia y revisando juntos algunas fotos de nuestro primer gran viaje, saboreando la idea de poder volver a salir disparados hacia algún otro lugar. Y recibí un regaló muy especial, que formará parte de la mitad de mi nuevo proyecto de vida: Conectadogs, algo difícil de explicar, que complementará los días de escritura que, hasta el Nobel, todavía no llegan para pagar por sí solos el alquiler. Pero sobre estas cosas hay mucho que hablar, por lo que mejor la próxima semana, cuando despegue.

Volví a casa. Al bosque. ¿Cómo ibas a comparar? ¿Barcelona? ¿Nueva York? ¡Sinatra no tenía ni puta idea de cómo vivir! Así que, una vez resuelto el dilema, me fui a dormir agotado.

Dana, Argos y Foc (lowpoly)
Retratos de Dana, Argos y Foc en estilo poligonal o low poly

Un largo camino por delante

Un largo camino por delante es el cuadragésimo octavo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El ascenso por aquella montaña no parecía tener fin. Kevin miró hacia atrás y observó un pronunciado descenso tras de sí; por suerte, este solo era un camino de ida: no había por qué sufrir más de la cuenta. Calculó medio día de travesía hasta el estanque, que ya advertía a lo lejos, y poco más hasta la pagoda de Thien Mu. En 1994, año en el que visitó la ciudad de Huế, en Vietnam, la montaña más cercana estaba en el Parque Nacional Bach Ma, pero ¿a quién le importaba ya?

Cuatro grandes columnas que encerraban las escaleras del edificio le dieron la bienvenida al atardecer. Kevin vestía harapos, y se sostenía con un cayado que no podía recordar en qué recodo del camino había convertido en una extremidad más. Siempre quiso ver de nuevo Vietnam, por lo que, frente a la Dama Celestial, lloró como un niño, y tardó largo tiempo en atreverse a cruzar las puertas que lo separaban de su destino.

Kevin Finnerty (Los Soprano, 6x03, Mayhem)

Un novicio advirtió la llegada de Kevin desde lo alto de las escaleras, pero esperó, pacientemente, a que el turista dejase allí, en el exterior, toda la rabia que había conducido hasta la antigua ciudad imperial. Más tarde, tras un largo atardecer, el monje le miró con ojos inexpresivos, cogió un cuenco que dormía junto a una de las fuentes del patio y le ofreció agua fresca, pero él no supo qué hacer con ella, y la rechazó con una inmensa gratitud que le embargaba.

Mientras ascendía hacia las puertas de la pagoda, varios monjes budistas del monasterio cercano le salieron al paso; la mayoría le estrechó la mano, excepto Tathagata, quien conoce las cosas como han sido, y se fundió en un largo abrazo con el visitante, que este sintió cálido, y repleto de energía. Un abrazo que le transportó, por un instante, al pasado, y trajo a su memoria cómo había faltado a sus votos, y a él mismo. Recordó aquella enseñanza que nunca había podido olvidar ya, y que decía: alguien que no está en guerra, no tiene por qué estar en paz; la paz es un estado alcanzado y sostenido deliberadamente.

A continuación, se adentró en el edificio, perdiéndose por largas horas en una cálida despedida al paso de la noche. Antes de tomar tal decisión, dejó que sus pensamientos vagasen por los jardines cuya hierba tantas veces había aplastado descalzo, caminó por los empedrados que envolvían la colina y soñó despierto, una vez más, despidiéndose de los monjes, de la hierba, del río y de los barcos dragón.

En el interior del octógono, ascendió sin prisas entre los guardianes budistas y el mismo Buda, sonriente, a quien devolvió el gesto. Entre las inscripciones decorativas y la gran campana de bronce, Kevin tomó las fuerzas con las que terminar su largo viaje; no se despidió del Austin de color azul, que nunca le había despertado simpatía, si bien jamás cuestionó las acciones de Thich Quang Duc ni del resto de monjes reaccionarios enfrentados al régimen de Ngô Đình Diệm. Podía haber sido un monje, pero tiempo atrás aceptó que nunca podría ser uno de ellos. Uno más. Un igual.

Esperó pacientemente el amanecer desde la séptima planta de la pagoda, y cuando los primeros rayos de sol curioseaban por la ventana, se dejó ir sin prisa. Vaciándose por completo de toda la ira y la furia que habían conquistado sus días tras volver a su ciudad natal, tras volver con la mujer que creía amar y abandonar lo que siempre deseó por el qué dirán, tras el accidente que le había postrado en una cama de hospital, en coma, y el tiempo muerto que se había diluido durante días, semanas y meses. Kevin contempló el sol por una de las ventanas de la pagoda, y después saltó, mientras el mundo se apagaba solo un poco más, y él deseaba volver, y volver, y volver, hasta su último renacimiento.

El cumpleaños de un feminista

Sería bueno mirarse el ombligo y reconocer ese pequeño lazo ya invisible que nos une a unos y a otros; recordar que todos debemos la vida a una mujer. Recordarlo; respetar lo que somos —lo que fuimos—, y matarlas, pero a besos, y comprenderlas, solo entre caricias, y sorprenderlas, esforzándonos por ser mejores personas.

Es el Día de la Mujer Mundial – Javier Ruiz (2015)

Hoy, Twitter resplandece bajo hashtags como #NosotrasParamos o #DiaInternacionalDeLaMujer. También la prensa y la blogosfera; ¡el WhatsApp incluso! Las mujeres toman literal y metafóricamente las calles, para evitar que sigan arrebatándoles más vidas, más derechos, más libertades; y los hombres de verdad, ahí deberían estar: junto a ellas, apoyándolas; respaldando cada una de sus reivindicaciones. No por necesidad, sino por justicia. Gritando con todas ellas por un cambio real; un cambio que cada vez está más cerca y que, henchido de las desgracias que nos legó el 2016, ha levantado el vuelo para alcanzar el lugar que le corresponde a la mujer en nuestra sociedad.

Graffiti de Laila Ayawi: WOW Unchained
Graffiti de Laila Ayawi en el encuentro de 2015 en El Cairo, bautizado como WOW Unchained.

Hay quien sigue pensando que la brecha salarial es un cuento; que el «iba provocando» es un atenuante, y que el feminismo que exige su papel en sociedad nos remite al hembrismo, y no a una justicia e igualdad real que, poco a poco, conseguiremos alcanzar entre todos. Hay hombres y mujeres que piensan así; que piensan que solo hay un tipo de feminismo, y que no se puede ser feminista vistiendo un hiyab o enseñando los pechos; personas que creen que pueden domesticar el feminismo, adaptarlo a sus cánones: simplificarlo.

A mí el feminismo me ha enseñado que somos libres. Libres para acertar y para equivocarnos, para cambiar el mundo o para invertir todas nuestras energías en aquellas batallas que decidimos librar; me ha enseñado que las diferencias son escasas o enormes dependiendo de cada hombre y de cada mujer, y casi siempre maravillosas; y que aquello que nos define e, indefectiblemente, nos une a todos es inmensamente más importante que lo que nos diferencia.

Existen distintos tipos de feminismo: asúmelo ;-)Hoy es mi cumpleaños. Cumplo 31. Nací en 1986, a las tres de la madrugada, por lo que mi madre siempre dice que ya llegué dispuesto a dar por saco a todo quisqui. Y, además, tengo fama de ser «criticón» y puntilloso, pero si hay algo que nunca me ha molestado es compartir mi día con una lucha que, a medida que todos crecíamos, se volvía más necesaria, más fuerte, y más imparable.

Supongo que hoy es mi día, pero me alegra sentir que también es el día de mi la mujer que decidió pasar sus días junto a mí, de mi madre, de mis amigas, y compañeras, y de todas aquellas que, lo sepan o no, ayudan a construir un mundo más justo para todos y todas.

La pesadilla de la irresponsabilidad

Ana del Barrio es periodista y madre; escribe en El Mundo y está especializada en temas sociales. Suani, una buena amiga mía, también es madre, y trabaja entre IPRIM, la Fundación Mona y la redacción de textos en formato analógico y digital. Ella es la que me envía un enlace a través de Facebook con el artículo en cuestión; después, lo comparte en las redes, y muchos de nuestros contactos alucinan por partida doble.

Sin embargo, Ana quizá sigue perdida; observa su timeline de Twitter y se escapa a por un café, sin atisbar, ni por asomo, el alcance de sus palabras. Ana reacciona con indiferencia primero; pero las críticas llegan a la redacción, y la incomprensión se apodera de su «juernes», donde puede llegar un poquito más tarde a casa, ya que los niños tienen extraescolares, y tomar una cerveza con los compañeros o con alguna amiga. Ayer, Ana no tomó nada, y se escapó a casa, envuelta en un mar de dudas.

Hoy, se levanta pronto y acerca a los niños al colegio en coche, confiando en que el temporal ha pasado, con esa ambivalencia que cualquiera que junta letras tiene ante el éxito inesperado de un viral y la posibilidad de que no lo sea, y así evitar el juicio de un mundo de caras anónimas. Sigue sin entender, le ha dado muchas, muchas vueltas, pero no alcanza a comprender qué ha ocurrido en ese texto que ha cambiado su semana, y quizá más.

Cerdos vietnamitas como mascota
Una pareja de cerdos vienamitas (probablemente, enanos) paseando con correa.

Por el poder que nos otorga la literatura, Ana se sienta en la terraza de una cafetería; yo también. Ella prende un cigarro, yo sorbo un café largo sin azúcar. Le digo: «Vengo a explicarte qué es lo que creo que ha sucedido». Ella suspira, sin entender, y va a por otro par de cafés.

Nos guste o no, todas las madres tenemos que convivir en determinados momentos con alguna mascota.

Señalo la primera frase. «Eso es mentira», afirmo. Y rápidamente conecto con las dos razones que me llevan hasta esa aserción temprana. 1) No puede haber obligación posible; todo lo contrario: en tu casa, mandas tú, o compartes el poder con tu pareja. 2) Detestar a los animales domésticos  y no adoptar ninguno te hace responsable; creer que otros animales silvestres pueden cubrir ese hueco o requerir menos atenciones, no.

Ella dice:

Durante años, he sufrido un asedio numantino por parte de mis dos hijos para que comprase un perro o un conejo y me he resistido como una leona, pero a cambio he tenido que hacer algunas concesiones en forma de tortugas galápagos. Las adquirí para un aniversario con la idea de que no iban a durar más de seis meses, pero pasaban los años y allí seguían con nosotros.

Pero eso no tiene sentido. ¿No será un fallo educativo en primer término? Un fallo que conjuga a padres (y madres) helicóptero de esos tan de moda y a niños dependientes que nunca se han visto frente a unos niveles lógicos de estrés. Claro que eso es muy políticamente incorrecto de decir: así que mejor continúa como vas; cógele la mochila al nene, aguántale el bocata mientras merienda, que no tiene manos; demuéstrale que tu tiempo no vale una mierda, y que tú estás ahí para demostrarle cuánto le debe el mundo a tu maravilloso hijo; ¿todos esos deberes te ha mandado el profe? ¡qué barbaridad!

Han Solo - Chewbacca (niño y perro)
«Han Solo» es otra foto que ilustra el artículo… Sigue leyendo. 😉

Yo no tengo hijos, pero sé dos cosas. Uno, cada caso es un mundo, así que nadie debería ser excesivamente duro aquí (¡cuando seas padre, comerás huevos!); y dos, no es cuestión de resistirse a nada, sino de marcar unas pautas. Ellos son niños; y en los niños está el pedir, pedir y pedir; en los padres, educar en responsabilidad, pero, para ello, también se tiene que ser responsable: buscar qué tamaño de acuarios necesitamos, cada cuánto hay que cambiar el agua, o por qué van a hacer caso a una tortuga si los nenes te están pidiendo un perro o un conejo. Esa última es buena.

Esa última es tan buena que tengo que preguntarlo una vez más. ¿Cuál es la absurda dialéctica que lleva a los padres a escuchar «perro» y pensar «tortuga»? ¿No sería más lógico creer que si «el nene» quiere hacer karate, no quiere hacer fútbol? Otra cosa es que tú no quieras que el nene tenga un perro, o haga karate, ¡pero no le encasquetes una tortuga y te quejes de que no le hacen caso!

Por la cara que pone, no sé si Ana lo entiende. Pone cara de ¿a ti quién te ha dado vela en este entierro?, pero seguimos desgajando su historia interpersonal. De improviso, la tortuga Manolita se convierte en una santa, porque la familia carga con dos pollos con la nostalgia como único reclamo de adopción.

Ella dice:

En nuestra época, todo el mundo atesoraba un pollito. Los vendían en cualquier tienda o en el Rastro y hasta los teñían de colores. Tuve varios pero nunca me duraron mucho. Enseguida desaparecían, se caían por el balcón o sufrían cualquier accidente doméstico (visto lo visto, empiezo a sospechar de mi madre).

Ana sospecha de su madre, pero todavía no entiende que los animales no son flores de un día. Quizá Ana debería leer a la periodista Martha Gutiérrez. Entonces, quizá entendería por qué la nostalgia no es un buen referente para adoptar dos pollos de mascotas, y por qué morían sus pollitos de colores.

Y ahora, Ana carga con todas sus fuerzas, pero aún sin comprender nada en absoluto, creyendo al mundo culpable de sus decisiones y, sobre todo, de la peligrosa falta de información de la que se acompaña una vez más. Los pollitos, enclaustrados en el balcón, son liberados por toda el piso, descubriendo que un piso del centro de Madrid no es lugar para ellos.

La casa empezaba a parecer una pocilga y tuve que tomar cartas en el asunto: los pollitos volverían a la terraza. Se acercaba el invierno (‘winter is coming’) y aquello se convertía en un problema. No sabíamos qué hacer con ellos. Llamé a varias asociaciones pero todas los rechazaron. Al final, localicé a un amigo de una vecina que tenía una granja y se los pudo llevar.

Manolita quizá tuvo más suerte, y acabó en Atocha, con cientos de sus hermanas de padres irresponsables que creían buscar una mascota para sus hijos, pero, en realidad, solo querían un poquito de paz, y no tenían la visión suficiente para ver que caminaban directos hacia una nueva guerra.

Pollos pintados de colores
Como es lógico pensar, existe una gran controversia sobre pintar pollos recién nacidos de colores. Aquí puedes leer una noticia de la MNN que habla sobre ello.

Ana no entiende que los animales no están ahí para nuestro propio beneficio. No están ahí para ser torturados, ni pintados de colorines, ni usados, ni cazados en un safari, pese a que mucha gente continúa haciéndolo. Ana no entiende que ha confesado, públicamente, varios delitos de maltrato y abandono animal, pero ese es el problema: Ana sigue sin entender.

Por eso, ella dice:

Y aprendí la lección: ¡a Dios pongo por testigo que ‘nunca mais’ volveré a hacerme cargo de una mascota!

Sin comprender que le puede caer una denuncia curiosa por parte de alguna asociación, que no creo que suceda cómo va este país (tranquila); sin comprender que no se puede ser ignorante en un tema y querer sentar cátedra. Sin comprender que un animal silvestre no es una mascota, y un animal doméstico, tampoco tiene por qué serlo.

Ana hace muy bien en afirmar que nunca más se hará cargo de una mascota, pero debería replantearse algunas de las lecciones de empatía, responsabilidad y naturaleza que le ha ofrecido a su familia, porque Ana no entiende, igual que su madre, pero quizá sus hijos tampoco lo entienden, y hacia el mundo al que nos dirigimos, sus hijos tienen la obligación de entender, aunque no siempre compartan.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

¿Hazte oír o cállate la boca?

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.

Juan, 13:34

El grupo ultracatólico Hazte Oír ha lanzado una campaña que, sin lugar a dudas, ha cumplido su objetivo: llegar a millones de personas y decirles a los transgénero que no son normales. Ahí es nada, ¿eh?

A nivel de marketing y publicidad, la transfobia ha servido, de nuevo, para llenar páginas y páginas de periódicos: vamos, todo un éxito. A nivel humano, es otro tema. Otro fracaso a nivel administrativo, similar al que ocurrió en enero con el panfleto homófobo que el colectivo madrileño Acrópoli replicó punto por punto.

Hazte Oír, autobús
Autobús de Hazte Oír que circula por Madrid.

Hazte Oír se ha aprovechado de la controversia. Hoy, cada vez es más difícil cuestionar la opción sexual de una persona. La edad dorada de estos dinosaurios ya pasó, y una mayoría creciente —y más en España, que ha avanzado a pasos agigantados en las últimas décadas— acepta la homosexualidad, igual que la bisexualidad o la heterosexualidad. ¿Está todo arreglado? Ni mucho menos. Pero nos empiezan a sonar conceptos como asexual, transexual o transgénero, e incluso nos atrevemos a encajarlos bien junto a otros, como libertad, respeto y privacidad. Se han acabado los chistes de «mariquitas» en casa y en la calle, y miramos con pena e incredulidad a los Arévalos, que perdieron gran parte de su repertorio de humor, y todavía se atreven a rescatar algún chascarrillo rancio de vez en cuando.

Los ultracatólicos aprovechan que, a menudo, oímos campanas y no sabemos dónde. Por eso, hoy, las redes sociales están repletas de gente que cree que un biólogo puede solventar este (supuesto) equívoco, y no entienden aquel concepto, a veces leído desde la religiosidad, que dice: somos cuerpo, mente y espíritu. Si bien mucho más simple aún sería leer una enciclopedia —la Wikipedia misma nos sirve aquí— y entender las distintas acepciones del concepto, pero quizá eso todavía es pedir demasiado.

Graffiti LGBT (Dublín)

Pero no. Por aquí, aún queda recorrido. En España, somos más chulos que un ocho; por eso permitimos y encubrimos como libertad de expresión lo que no es más que una incitación al odio; al odio por parte de terceros que no quieren esforzarse en conocer a las personas con las que conviven, y al odio que puede surgir de la incomprensión por conocerse a uno mismo, y que, en sectores LGBT, vergonzosamente sigue suponiendo graves problemas de victimización y suicidio.

Mientras la administración despierta, yo tengo una solución; citarles algunos de los miles de versículos de su propia religión que prostituyen al servicio de propósitos más oscuros; y si eso no funciona, poner una voz grave, como la de John Locke en Perdidos y, parafraseándole, decirles: «No me diga lo que no puedo ser.»


Enlaces relacionados:

Abrir una caja que ya estaba abierta

En la casa de Zeus había dos jarras, una encerraba los bienes, la otra encerraba los males.

Ilíada, Homero

Hefesto forjó a Pandora por orden de Zeus. Pandora fue la primera mujer: la Eva ateniense, la madre, y la causa de todos los males del mundo, según la mitología clásica. Esto ocurrió después de que Prometeo traicionase a Dios por los hombres, tras el hurto del fuego, y de que Zeus encontrase el modo de vengarse del titán.

Lo hizo a través de Pandora, mujer de su hermano, quien recibió, como regalo de bodas, un arma de doble filo: una curiosidad divina y la vasija que portaba todo el mal del mundo. La historiografía convertiría al recipiente en una caja, pero en su interior, se mantuvo la condenación eterna y un poso de esperanza.

Pandora, de J. J. Lefebvre
Pandora, de Jules Joseph Lefebvre (1836-1911)

Sin embargo, aquello que no querían asumir los hombres de la Antigüedad es que el mal campaba a su alrededor por una única causa: la suya propia. Eran sus congéneres aquellos que se condenaban entre sí, que elegían el mal por encima del bien, y la espada a la pluma. Siempre fue más sencillo crear un Edén imaginario que destruir, y antes, a una mujer —siempre a una mujer— que trasladaba todo el destino de los hombres entre sus manos.

A menudo, mucha gente me cita la expresión «cajón de sastre» para referirse a este blog; argumentan que el título no termina de englobar todos los temas que trato —lo sé— y sus categorías son demasiado heterogéneas para enviar una idea unívoca, como muchos otros hacen. Yo prefiero ver este espacio como una caja de Pandora, donde se esconden miedos, errores, faltas e incluso golpes, pero que miles de años después, sabemos que nunca están en el recipiente, que nunca lo estuvieron, sino que pertenecen a nuestra realidad.

En las últimas semanas, llevo dándole vueltas a varios temas. Una de esas preguntas recurrentes era: ¿hacia dónde mira este blog, y hacia dónde debería hacerlo? Mi respuesta es que no hay blog, sino caja; un constructo teórico que no existe y, a la vez, mientras esta se encuentre cerrada, contiene todo un universo en su interior.

Pero debemos ser personas adultas, bebemos de miles de años de historia tras la caída de los imperios clásicos, y tenemos la obligación de impregnar a ese mismo relato de la madurez suficiente para entender que no hay dentro y hay fuera, sino males intrínsecos en nosotros mismos, en nuestros actos, en sociedad, y que ni dioses ni titanes tienen relación alguna. La caja puede ayudarnos a entender el mundo, pero, como mucho, solo contiene el mundo en la medida en que este la contiene a ella. Y, entonces, ¿a quién culpar?

Eva Prima Pandora, de Jean Cousin el Viejo
Eva Prima Pandora de Jean Cousin, el Viejo (1490-1560)

Hay una última idea que me gustaría tratar, y es que la caja es mía. Me ha costado mucho entenderlo, pero el minimalismo —o quizá individualismo— de un blog personal solo es comparable con un ápice de egoísmo necesario. Los males que hay en su interior, aquí, son míos, y también la esperanza, que duerme en el fondo, pero sois libres, y estáis invitados, a seguir compartiéndolos. ¿Qué quiero decir? No tengo del todo claro si lo sé. Sé que el blog cambiará en este 2017, porque debe hacerlo; planteo ese cambio como una ampliación, una redistribución, un nuevo capítulo… Mantendrá el corazón, pero crecerá, como ya lo hizo antes; como ya lo ha hecho. ¿Hacia dónde? Bueno, pronto lo veréis.


Enlaces relacionados:

El toro y la belleza

Como dice aquel humorista catalán: «A mí me gustan los toros: a quien no le gustan nada es al torero.» No le falta razón. Si para muchos, Bob Dylan no merecía el premio Nobel de Literatura 2016 —ahora que lo tiene hasta un músico antes que Murakami, mejor adopto una actitud ambivalente al respecto y mantengo mi opinión en la recámara—, para la mayoría del mundo El Juli, el matador de toros, no merece ningún honor.

El problema es que hay mucha gente que es idiota. Pero no idiota de bobo, de memo, de deficiente, que también los hay, sino de la segunda acepción: de indocto, de cateto, de ignorante. Eso se cura leyendo, y escuchando, y entendiendo que nosotros somos animales, y que los mamíferos somos más parecidos que diferentes, y que, si a ti te duele un cortecito «de mierda» en el pulgar, imagínate a un toro al que ensartan con una decena de útiles durante treinta minutos, o más.

El Juli (torero)

Ahora que eso de «matar animales» está en franca decadencia, parece ser que los taurinos están hasta en la sopa. Como el tal Fran Rivera, reconvertido en tertuliano de Espejo Público, siguiendo los pasos de Jesulín de Ubrique, que cuando se cansó de recoger las bragas de las viejas de pueblo, se lanzó a la gran pantalla, y también a la pequeña. Y Santiago Segura lo pintó de memo, pero con chanza, así que seguro que no salió ofendido el hombre.

Sin embargo, es una parte de nosotros aquella que ríe e incluso apoya las burlas de todos ellos: del tuerto que se dedica a dar manotazos a la policía sin que le pase nada por su condición, y de Francisco Rivera, que se atreve a calificar de «ataque» la retirada de subvenciones a la escuela taurina de Madrid mientras se le perdona pasearse con un capote y su hija frente a una vaquilla. ¿Pero qué le vas a hacer? Ellos no tienen la culpa tampoco: se han dedicado a clavar estoques, banderillas y puntillas a lomos de la tradición, y se les ha ensalzado durante décadas por ello.

¿Quién es el tonto aquí? Tras la concesión de otra Medalla de Oro en las Bellas Artes 2016 a un torero —a El Juli, en concreto— parece estar claro. En un país donde más del 58 % de la población directamente se opone (activamente) a la tauromaquia, donde la narrativa, la poesía, la música o los medios audiovisuales tienen que pelear con uñas y dientes por cada pequeña subvención; aquí, donde el debate se limita a mencionar cuántas ganaderías y cuántos puestos de trabajo dependen de asesinar animales en un ruedo: ahí queda todo; porque la muerte animal no es política, excepto para PACMA, y PACMA no es política, excepto para PACMA y algunas cientos de miles de buenas conciencias.

Juan José Padilla (torero)

Hablando de tontos y de memos, hoy termino con una anécdota. El otro día veía un vídeo de Frank de la Jungla (Wild Frank), que ya aclaro que no me parece ni tonto ni memo, ni inculto, y aunque lo pensase, con la diatriba de insultos y bilis que vomitó en los treinta y cinco minutos de YouTube, me lo iba a guardar: a ver si viene para España, coge un bicho de esos que no molestan a nadie para «toquetearlo» y termina tirándomelo a la cabeza.

Frank hablaba de veganismo, de animalismo y, sí, de toros; y aquí me sorprendió para mal. No porque crea que Frank, «el Salvaje» tenga mal fondo, sino porque pretendía que los antitaurinos ofreciesen soluciones a todo aquel detrás de la industria taurina: limpiadores, camilleros, doctores, ganaderos, transportistas, el tío que cuelga los carteles y su madre la de los bocadillos. Quizá es cierto que en Tailandia se viva como el culo: no lo sé, lo que sí sé es que, en ningún sitio, te viene el vecino a solucionarte la vida, y cuando no tienes trabajo, piensa por ti, lo organiza todo y te lo deja en la mesita de noche adornado con un beso paternal en la frente.

España avanza. Es indiscutible: España avanza porque el mundo avanza; igual que lo hizo Franco cuando ya no pudo esconder más dictadura y autarquía a Europa y a los yanquis, reuniendo tecnócratas primero, y haciendo crecer las ciudades bajo las espaldas de la inmigración interna. Pero sigue desangrándose por el camino, como siempre ha ocurrido; donde la sangre de un pueblo que aún se venda sus heridas, no deja ver la de animales nobles, que, en este caso, mueren en plazas y a cuyos maltratadores se les siguen otorgando medallas. A pesar de eso, España avanza. Pero lento. Demasiado. Eso sí, que nadie tenga los «santos cojones» de pedir que sigamos solucionándoles la vida, que el sueldo no da para más.

Una familia de bambú

Mucha gente me pregunta qué es el kendo. Cuando lo saben, me preguntan por qué practico kendo. Vienen a ver una clase y no entienden qué coño hacemos. Nos ven desenvainar un arma que no llevamos envainada en ningún sitio, nos escuchan contar en japonés, repetir miles de veces los mismos ejercicios; mencionar conceptos como kensen, seme, tame, isoku itto no maai, kamae, ki-ken-tai-ichi, tsuba-zeriai… y quién sabe qué más.

Nos oyen gritar onegaishimasu! sentados de rodillas sobre las plantas de nuestros pies, y hacer hasta tres reverencias: a los compañeros, al dojo, al sensei; saludamos hacia delante, y en la dirección en la que se supone que debería haber un altar también —pero ellos no lo saben—, y agradecer al resto de compañeros que han practicado con nosotros… Una gran mayoría ve ritualidad incluso, y no se equivoca; sin embargo, observa el rito con suspicacia, como si este escondiese algo, y no como un trazo repleto de trabajo y sinceridad.

Javier (pies; kendo) en seiza

Después, se marchan, y nunca vuelven. Como Almodóvar, que asomó la cabeza en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)que ya es mucho, y cogió en un plano a Hiruma-sensei y a los veteranos de la época, que hoy, en su mayoría, ya no entrenan, practicando golpes básicos y kirikaeshi.

Lo que no todo el mundo alcanza a comprender es que, en el dojo, sus miembros, nosotros, nos convertimos en una familia: una familia de bambú; antes o después, el esfuerzo, la frustración, los errores, la práctica, y alguna lágrima incluso, nos ayudan a dirigirnos en la dirección correcta, aquella que anhelamos, el camino de vida que pretendemos… A vencer al miedo, la duda, la frustración, la falta de compromiso con uno mismo: en nuestro kendo, enfrentamos, por lo menos, cuatro enfermedades (kyo, ku, gi y waku), pero también en nuestras vidas. Sobreponerse dentro del dojo, sobreponerse a uno mismo, a tus carencias, va indefectiblemente ligado a hacerlo fuera.

kendo shinais (calentamiento)

La gente me pregunta por qué practico kendo: «Para ser mejor persona», contesto, y muchos ríen. Y nosotros nos despedimos, cerramos las puertas, y seguimos trabajando en ello, tantos días como es posible, tantas horas como podemos. Siempre.

El propósito de practicar Kendo es

moldear la mente y el cuerpo,

cultivar un espíritu vigoroso,

y, mediante la práctica correcta y rigurosa,

esforzarse para mejorar en el arte del Kendo.

Apreciar la cortesía humana y el honor,

relacionarse mutuamente con sinceridad,

y perseguir siempre el desarrollo de uno mismo.

Así, uno será capaz de

amar a su país y a la sociedad,

contribuir al desarrollo de la cultura

y promover la paz y la prosperidad entre todas las personas.

El día que encontré a Dios

El día que encontré a Dios es el vigésimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

De joven, la idea de Dios me quitaba el sueño. ¿Dónde coño estaba Dios? ¿Y por qué había tanta gente a mi alrededor que escuchaba su voz, que conseguía dejarlo entrar en sus vidas, que le abría el corazón? ¿Cómo demonios alcanzaban esa gesta?

Para mí, Dios era un total desconocido, y el mejor voyeur de la historia. Había enviado a una paloma blanca a la Tierra, que también era él, con la que había preñado a una virgen; esa virgen había tenido un hijo, que también era él, y ese hijo, que era él, pero también humano, había muerto en la cruz, volviendo al Cielo, donde estaba Dios padre, que también era Dios hijo, y Dios espíritu santo, o paloma. Intenté señalar la decena de incongruencias que tenía esa historia, pero yo estudiaba en un colegio salesiano, así que solo conseguí que me castigasen demasiadas veces.

En mi infancia y adolescencia no descubrí a Dios, pero descubrí que la gente no quiere escuchar que sus creencias no tienen sentido. Por eso inventaron la fe, y ofrecieron una guarida a la metafísica más oscura que a todos nos aflige de un modo u otro. Yo quería creer en Orus y Anubis, o en Zeus y en Hera, en dioses olímpicos, o espíritus chamánicos: algo tremendamente guay para que las chavalas me viesen como a ese melenudo alternativo con barba precoz al que morrear.

Graffiti de Jesucristo

Durante años, intenté que la espiritualidad entrase en mi vida. El cristianismo era la religión perfecta tras el Concilio Vaticano II: Dios todo lo perdona, todo lo comprende, todo lo sana, y su iglesia ya no quemaba herejes, ni imponía creencias; todo lo contrario, con el aggiornamento, se había puesto al día. Y todo lo que la religión promovía era genial: del Dios colérico y vengativo, al Dios benevolente, y, ahora, al Jesucristo Colega. Ya nadie te estaba pidiendo que vivieses como el culo —salvo si eras gay, o querías abortar, o divorciarte, o follar con condón—, y tenías tu trascendencia asegurada en primera hacia los Cielos.

Pero no lo conseguí. Era demasiado absurdo para mí. Le gritaba para mis adentros: «¿¡Si me quitaste la posibilidad, por qué no el deseo!?», pero como era habitual, no respondía. Me quedaba horas y horas esperando una aparición divina, o, por lo menos, una aparición mariana —si él no podía bajar, que enviase a la Virgen—, pero nunca ocurrió. Siempre eran terceros los que habían encontrado a Dios, así que, como mucho, imaginé que sería como las brujas, que decía mi abuelo, y media Galicia: Eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas.

«Pues será, iaio, será», le decía yo, y cambiábamos de tema, porque si hubo una persona en el mundo a quien yo no quise jamás despreciar ni molestar ese fue mi abuelo, al que conocí, que al otro lo aplastaron dos tranvías de esos que le gustaban tanto a Gaudí, y se fue con Dios.

En la adolescencia, abandoné toda esperanza, y cambié a Dios por el heavy metal. No fue el mejor trueque de la historia, lo admito: la salvación eterna a cambio de guitarras con distorsión, voces agudas y un potente bajo que acompañaba la percusión de la caja, los platos y los timbales. Todo lo que me caló fue el mensaje humanista de Jesús, y de don Bosco, que además era un saltimbanqui italiano de joven y hasta un santo en vida, o eso nos decían en la escuela. Pero no fue suficiente para retenerme: me pasé a Black Sabbath, y a Metallica, y a Iron Maiden, y, como con cualquier adicción, miré hacia cosas todavía más fuertes después.

Graffiti de Ganesha

¿Quién me iba a decir que, tras perder toda esperanza, encontraría a Dios? ¿Cómo imaginar que, como Dante y Virgilio, humanidad y razón, sería a través de una aparición mariana donde mi fe se fortalecería por un tiempo?

En resumidas cuentas, que me fumé un canuto.

A oscuras, de madrugada, en mi habitación de adolescente, entre nubes de verdegris, y con The Unforgiven de Metallica sonando en los altavoces, apareció ante mis ojos la prueba de la existencia de Dios, del Rey del Cosmos, del Creador. En mi mente brotó una idea prodigiosa, una idea que explicaba sin atisbo de duda por qué y debido a qué causa era necesaria la existencia divina para la creación. La conmoción se apoderó de mí, y tuve que verbalizar mis pensamientos:

—¿¡Tantos años buscándote y estabas aquí!? ¡Venga ya, no me jodas! —vociferé molesto.

Alguien abrió la puerta de la habitación. Asomó las napias y la cerró de nuevo. Al día siguiente, mis padres me dieron una charla sobre el consumo responsable. En aquel momento, anoté ese grial en una hoja de papel, y me quedé mirándolo durante un largo rato: asombrado, boquiabierto, feliz. Un par de discos más tarde, me tumbé en la cama y dormí hasta media mañana.

Al incorporarme no recordé nada de mi hallazgo nocturno, así que me levanté, fui al baño y me preparé un café con leche. Estaba devorando una magdalena cuando algo restalló en mi cabeza. Corrí a la habitación y busqué el papel con desesperación. Lo encontré debajo del cenicero y, por un instante, me sentí mal por aplastar a Dios entre colillas. Miré el grial en un recorte. Traté de leerlo. Probé a descifrarlo. Había olvidado la idea por completo.

Graffity de Bob Marley

Continué fumando canutos durante unos meses. Mis amigos nunca supieron con qué afán buscaba al Rey del Cosmos, ni el porqué. Yo quería salvar la religión católica, convertir a Jesucristo en un héroe de masas, regodearme en mi éxito, y luego ser absuelto por el Espíritu Santo, pero nunca ocurrió. Antes que después, abandoné toda esperanza y superé mi fase de adolescente porrero; terminé por olvidar a Dios, que escapó entre espesas nubes de humo.