Carta a mi hija Marta

Ayer, visitando a un amigo en el hospital, me pasó algo alucinante. Un hombre me explicó que se moría, que nadie de su familia lo sabía y que no podía hablar con Marta, su hija. Me preguntó que a qué me dedicaba, y le dije que estoy intentando vivir como escritor. Él me pidió que le escribiese una carta, pero allí no pude. Hoy, sí he podido.

Solo sé que se llamaba —putas casualidades— Javier, como yo, y que la quería para su hija, Marta. A partir de aquí, todo lo que vais a leer es invención propia (excepto que ese hombre tenía cáncer y que las principales ideas que articulan este texto me las explicó él), pero deseo que la imagen general llegue hasta Marta. El texto va para todo aquel y aquella que quiere vivir de verdad su vida, y aprender una lección que no siempre se aprende por las buenas. Pero, Carta para mi hija Marta va, sobre todo, para Marta.

Marta:

Escribo esta carta porque nunca he sido un hombre valiente. Por eso, hoy, 9 de febrero, he trazado unas ideas en un papel y se las he dado a un chico de unos treinta y tantos que venía a visitar a un conocido. Me ha prometido que llegará a vosotros, de un modo u otro, y no sé si será verdad, pero le he creído.

Me estoy muriendo. En triaje, lo sabía. En la sala de espera, lo sabía. Antes de la primera prueba, lo sabía. Mi cumpleaños es de aquí a tres semanas, y todos los médicos están convencidos de que no llegaré a celebrarlo.

Estoy solo. Muerto de miedo. Tu madre no sabe nada: sigue trabajando dieciocho horas al día por ese ascenso que nunca llega; tus hermanos no saben nada: son demasiado pequeños para darse cuenta de que estoy hecho una mierda. ¿Los yayos? ¿Mis padres? ¿Hermanos? Demasiado ocupados perdiendo su vida; exactamente igual que lo que estaba haciendo yo hasta que me ha tocado morirme, supongo.

Estoy cansado. «El cáncer ha crecido hacia los vasos sanguíneos o nervios cercanos. Se ha propagado hacia los ganglios linfáticos y a otros órganos»; te transcribo lo que pone en uno de los informes. ¿El oncólogo dijo G3? ¿Dijo carcinomas neuroendocrinos? Estoy hasta los huevos de consultar cómo me estoy muriendo por Internet, así que no lo haré mientras todavía pueda escribir. Sé que dijo que se propaga rápido, y que me chutará todo tipo de venenos para intentar retrasar el avance.

No es que no crea en la ciencia. En quien no creo es en ningún Dios todopoderoso. Pero ya es tarde: ¿qué sentido tiene vivir unas semanas más en una cama? ¿ahogándote entre vómitos? ¿despidiéndote como una carga para tu ocupada familia y como un esperpento para tus hijos?

Así que me he largado al bar del hospital. Ese que está frente a la entrada principal del Valle de Hebrón y he escrito estas líneas. En Jerusalén, el nombre alberga la tumba de los patriarcas —quizá recuerdas cuando te lo expliqué, y tú hiciste ver que te dormías de aburrimiento, hija—. ¿Aquí? El prematuro cadáver de otro fulano.

Todo me da vueltas. He conseguido sacar un par de folios y estoy garabateando sin pensar. Ya te lo había dicho, ¿verdad? A mi alrededor veo caras preocupadas que bajan a comer, y otras tantas de alivio. No sé cómo me veré yo; he ido al baño a mear y me he visto como siempre: con ojeras, con barba, y con demasiadas canas para los cuarenta y cinco… No me duele demasiado. La morfina ayuda. Hoy, ayuda.

Supongo que escribo esto porque quiero dejar algo de mí esencia aquí; algo que perdure unas horas, unos días, cuando yo me haya ido. El típico vídeo que le dejas a tus hijos para que vean al final de su adolescencia, para poder ayudarles a seguir adelante en este mundo de mierda; para mentirles, y decirles que todo estará bien, que podrán vivir felices, hacer lo que quieran. Pero ese vídeo no iba a llegar hasta ellos: por eso escribo, y le doy esta carta a un extraño. Mi mujer la tiraría a la basura antes de que me hayan metido en el nicho; o me encajarán en una tumba por absurdas creencias que jamás compartí, pese a mi deseo expreso de una rápida incineración. Da igual. Tampoco lo voy a ver.

Dicen que quien agoniza suele arrepentirse de cinco cosas cuando ya no hay vuelta atrás: de no vivir fiel a sí mismo, de trabajar demasiado, de perder el contacto con los amigos, de no expresar sus sentimientos y de no elegir felicidad. Algunos parecen estar indefectiblemente ligados a los otros, ¿no crees?

No es que me arrepienta de todo, pero se me ocurren demasiadas cosas. Me arrepiento de haber seguido con tu madre por vosotros, y haberos perjudicado con mi egoísmo y mi cobardía; de casarme, porque era lo que se tenía que hacer, y de contentarme con ese trabajo de mierda como profesor que nunca quise aceptar, creyéndome mejor que eso, y nunca jamás demostrándolo. También me arrepiento de que terceros monopolizaran mi vida, y de creer que esta sería larga y habría tiempo para todo. Recuerda siempre que vivir es una elección constante, y que nada es eterno más allá de los instantes perfectos que podemos conservar en la memoria.

Tampoco me gustaría que estas líneas sonaran en tu cabeza como consejos de un idealista que ya no tiene tiempo ni para soñar, ni para resignarse; sé muy bien que la vida es dura, que hay que hacer sacrificios, que no todos conseguimos nuestro trabajo soñado, ni a aquel chico o chica que es perfecto a cualquier distancia —ahora que me marcho, supongo que ya no tendré que preocuparme por los que te van detrás: ten cabeza para saber decir no también.

Hemos construido un mundo donde hay ricos y hay pobres, y ahí ya se percibe el primero de muchos problemas. Pero ni los malos humores, ni el sacrificio, ni las cosas que odiamos son tan malas si no nos traicionamos a nosotros mismos: si peleamos por lo que queremos, si vivimos como queremos, si somos consecuentes con nuestros anhelos y aspiraciones.

Por favor, no leas esta carta como el sueño de un moribundo. Léela como el deseo de un padre para que su hija —sus hijos, cuando tus hermanos tengan la edad suficiente— no cometa los mismos errores, para que aprenda a aprovechar su vida, sea corta como la de su padre o larguísima como seguro que será. Otros intentarán que te traiciones a ti misma, que te conformes, que no luches por todo aquello que deseas alcanzar, pero no lo hagas; recuerda que ese camino lleva a donde yo estoy ahora. Cada día es un regalo para perseguir tus sueños o para apartarte un poco más de ellos, así que elige bien, y no hagas demasiado caso a este mundo hipócrita que nos ha tocado vivir.

Vuelve a leer aquel libro de Kerouac que te regalé, y recuérdame en aquellas palabras que no definieron a tu padre, pero que ojalá lo hubieran hecho; aquellas que decían: «La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.»

Te quiero, y espero tener el valor de decírtelo un centenar de veces cuando vuelva a casa. Al igual que tus hermanos, que no me entenderán, y a tu madre, quien no sé cuándo dejó de ser mi amiga, y la chica de la que me enamoré, y que siempre he esperado a que volviese, sin salir a buscarla. Si no es así, si no puedo hablar, perdóname esa última cobardía con esta carta.

Et tu quoque, Brute, fili mi!

Dickens nunca más volvió a caminar. De su historia podían haber hecho un triste relato brevísimo, como aquel For sale: baby shoes, never wornpero decidieron pelear con uñas y dientes por darle una segunda oportunidad.

El milagro fue cosa de Let’s Adopt. Expertos en reírse de lo imposible, en convertir una historia en leyenda; en salvar a quienes se han ahogado en la maldad de terceros… Dickens fue un milagro; otro más. Y los milagros necesitan de finales felices para sus propias historias.

Dickens tuvo su propio final feliz: nunca volvió a caminar con sus patas traseras, pero encontró una isla mágica, que un día también me acogió a mí, de momentos felices, de instantes de eternidad, cimentada en verde y limitada en azul, que le ofrecía atenciones, cariño, sonrisas y amistad. Así son las historias para estos perros, llenas de color y de vida; o así deberían ser por siempre, repletas de intentos con los que tratar de borrar una parte de todo el negro que vivieron antes.

Dickens (Let's Adopt Spain)

Cuando Julio César fue asesinado en el propio senado —lo que constituía un sacrilegio a ojos de los dioses y del derecho romano—, allí se habían citado algunos de sus hombres de confianza, como Bruto y Casio, y antiguos lugartenientes en el campo de batalla, como Trebonio y Décimo Bruto, que traicionaron la confianza de su líder. Pero quizá César, que había esquivado cientos de acometidas en el campo de batalla, había buscado con su autocracia alguno de esos puñales en Roma.

Dickens, por el contrario, solo es un perro; un perro con parálisis trasera, que ni forjó una leyenda en vida ni se convirtió en una, que tuvo su tiempo de tristeza, y se recuperó una segunda vez, y que solo quería lo que consiguió: una familia, una mano amiga que le ayudase a moverse con su silla, y un hogar de caricias generosas.

No sé si por un tiempo lo tuvo. Pero cuando la avalancha mediática pasó, cuando el trabajo y la rutina superaron a las ganas y al esfuerzo, cuando surgieron otras preocupaciones, el amor que Dickens podía darles —a ellos, a su familia, a su hija— no pudo competir; entonces, una excusa cualquiera valió: el tiempo, el dinero, los cuidados, un cáncer en la familia… Demostrando que, en este país, no puedes dar margaritas a los cerdos —pobres cerdos, y pobrísima comparación, disculpadme—, que falta sensibilidad, y comprensión, y no se entiende que un perro no es un objeto, que no es un juguete, que es parte de la familia, y que te necesita.

Antes o después, la historia de Dickens terminará bien. Encontrará un verdadero hogar, una mano amiga, un apoyo: una familia. Por quien siento verdadera tristeza no es por el perro, que ha demostrado su fortaleza una y mil veces, sino por quienes han renunciado a él, por esa pareja cobarde que no ha querido luchar, y que tendrá que aprender a vivir con ello, y por la niña, en quien han sembrado una horrible lección que, antes o después, germinará.


Podéis seguir la historia de Dickens (y ayudarle) a través de este enlace al Facebook de Let’s Adopt España. Recordad que también tienen web.

El último whisky de Rita

Murió Rita Barberá, y el Partido Popular tardó escasos minutos en lanzar todo tipo de acusaciones contra la prensa española: que si había sido linchada por los medios, víctima de una caza de brujas, y quién sabe qué más. Aquellos que la patearon del partido, la empujaron al grupo mixto y le negaron hasta el saludo, también fueron los primeros en tildarla de «gran española», «gran política» y «gran persona».

El domingo algunos medios se hacían eco de la autopsia de Barberá, recogiendo la verdadera causa de su muerte (una cirrosis de caballo), y no un fallo cardíaco debido al estrés y a la presión mediática. Quién sabe si Rita estaba estresada (tendría sentido, desde luego), lo que es indudable es que lo aliviaba entre destilados.

En la distancia, puede decirse que la estrategia de la mártir funcionó. Para todos, menos para Rita. Pero a Rita poco le importaba ya el Partido Popular, España, o cualquier otra cosa, así que los populares, tan castizos como centristas, adoptaron aquel dicho popular tan célebre del muerto al hoyo.

Barberá y Rajoy (fallas)
Un ninot de Rita Barberá y Mariano Rajoy en Fallas.

«Morirte no te da la razón», decía, Ignacio Escolar, director de Eldiario.es, pero al PP le dio tiempo. Tiempo para beatificar a Rita, para atreverse a intentar cambiar la mentalidad de la opinión pública, que había osado acusarla, con pruebas, de prevaricación, de corrupción, de blanqueo de capitales. ¿Cómo es posible que Rita, a quien entre todos le rompimos el corazón, fuese una mala persona?

Desde su óptica, además, la óptica de grupo, de cohesión, de familia, Rita Barberá no era una mala persona. Si acaso, demasiado imprudente para seguir formando parte de esa gran familia española de centro-derecha tras los escándalos. La número tres del partido había visto demasiado en Génova como para comprender a qué venía tanto lío. ¡Con tantos casos de corrupción, y vienen a llamar a mi puerta!, pensaría.

Pero Rita Barberá, pese a su ceguera, nos dio una lección complementaria a la de Pacino (Si la historia nos ha enseñado algo es que se puede matar a cualquiera), y es que la muerte, esa gran desconocida de la que casi nunca hablamos, tiene un gran poder en nuestras vidas. ¿O acaso Rajoy, Villalobos o Catalá salieron ayer, lunes, a pedir perdón por sus acusaciones a los medios de comunicación? Claro que, si vivos, la regeneración democrática de un partido no pesaba lo suficiente, imagínate muertos.

Balandro de diez cañones

Balandro de diez cañones es el cuarto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Se imaginó acariciando la arena de las playas de Port Royal. Allí donde las palmeras sujetaban, días atrás, el trinquete, el mayor, el mesana y el bauprés para facilitar el carenado de su embarcación. Tras el terremoto y el incendio de 1704, el gobernador se había largado a la ciudad de Spanish Town, y el comercio se trasladó a Kingston, pero él seguía siendo leal al primer puerto que conoció en el Nuevo Mundo. Mientras la Corona británica estuvo de su lado todo fue bien, pero la Compañía de las Indias, e incluso el rey, resultaban figuras difíciles de respetar desde el Caribe y, antes o después, Londres debía advertirlo.

Bajo el mando de Charles Vane, Jack Jones había prosperado, fornicado con todas las putas de Bahamas a Tortuga, y guardado lo suficiente como para adquirir un balandro de diez cañones, muy similar al comandado por Barbanegra hasta su captura y fin. Había hecho enemigos, ¿y quién no? El capitán del Bloody Boon pensaba en todo ello mientras sorbía una jarra de grog en el Sangre y Salitre, la taberna más antigua de Nassau. Aquella era la noche del fin del mundo en la Sodoma del mil setecientos, la noche del hostis humani generis; la noche en la que las noticias llegaron a la isla de Nueva Providencia, y, de allí, hasta la pequeña ciudad pirata que componía su centro neurálgico.

Alguien tomó asiento frente a él. Era una mujer, pero no cualquier mujer. Anne Bonny arrojó su sombrero de fieltro contra la mesa y dejó un papel apergaminado frente a él: una letra de cambio.

Anne Bonny (Black Sails)

—Ha llegado la hora —dijo entre dientes. —Pero tendrán que ser quinientas de a ocho.

Jack negó con la cabeza, y dio un trago a su copa. Bonny, quien no era precisamente conocida por su falta de temperamento, palmeó la mesa con ambas manos y se incorporó, maldiciendo entre dientes. La oferta era buena, pero Jack sabía hasta dónde podían tensar la cuerda con Calicó y Anne.

—Setecientas cincuenta piezas. Cien por adelantado —dijo.

Anne siseó algo ininteligible, y asintió. La taberna había quedado en silencio a su entrada, y Goodman, uno de los oficiales del Ranger, parecía visiblemente molesto tras el acuerdo; era mucho menos de lo que ella y Calicó estaban dispuestos a ofrecer al capitán Jones, pero ¿quién sabía eso excepto ellos? Tampoco se trataba exactamente del pago por el arrendamiento del balandro de Jones y su tripulación, compuesta por treinta y seis hombres, sino por la posibilidad de llegar a repartir a partes iguales el tesoro de Nuestra Señora de Atocha.

El mero pensamiento hizo que las cosas se tensasen, inmediatamente después de que la pirata desapareciese por las puertas de la bodega. Dos hombres de la antigua tripulación de Vane adelantaron sus pasos desde una de las esquinas hasta Goodman, chismorrearon unos minutos y cargaron contra la mesa de Jack.

—¿Qué tienes tú de valor si te colgamos de un mástil para que coman las gaviotas y nos quedamos con tu barco? —interrogó uno de los compañeros de Goodman, un tipo bajito y flaco con una gran cicatriz donde un día estuvo su ojo derecho.

—Sigue hablando así, y lo descubrirás cuando te arranque el ojo que te queda y me lo coma, sabandija —escupió Jones. —¡FUERA de mi vista, perros de mar!

Alrededor, los parroquianos se hicieron a un lado, comprendiendo, de inmediato, que esa no era su lucha. Goodman desenvainó un sable, pero el cuchillo corto del capitán llegó primero y consiguió clavar la mano de su agresor en la mesa de madera que había frente a ellos. Un alarido de dolor acompañó al golpe de jarra que asestó, de improviso, a uno de sus compañeros; este cayó al suelo con una ceja abierta de par en par. El tercero abrió fuego con su pistola, y alcanzó en un hombro a Jack, quien contuvo un chillido sordo y desenvainó su alfanje español para acometer un tajo certero en el cuello del tirador: cayó herido de muerte en el acto. En ese instante, se incorporó del suelo el primer atacante, y recibió un balazo de Bonny por la espalda, que había dado media vuelta al percibir el alboroto.

—¡Zorra engreída! —clamó Goodman, alcanzando un puñal que había en su pechera y embistiendo contra la irlandesa.

La pirata pateó un taburete que alcanzó la entrepierna del agresor, pero no consiguió detener su acometida; seguidamente, esquivó un par de estocadas, si bien no pudo evitar un profundo tajo en el cuello. Cuando Goodman volvió a abalanzarse contra Bonny, esta esquivó la estocada al estómago, y pateó con fuerza la entrepierna del pirata. A toda velocidad, se escabulló hacia uno de los lados, y atizó un golpe seco con la suela de la bota contra la rodilla de su asaltante, quien se derrumbó contra el suelo gritando de dolor. Una docena de cuchilladas en el pecho terminaron con su sufrimiento, pero la sangrienta Boon, siguió, y siguió…

***

Cayó el telón de la noche, y se abrió de nuevo, en rojo ardiente, para dar la bienvenida al día. Todos los asistentes pudieron ver los sonidos del mar, mientras el Bloody Boon y el Ranger, ya comandado por Jack Rackham, terminaban de cargar provisiones. El chirriar de las cuerdas de cáñamo y las cajas que se perdían al cruzar la silueta del navío, precedían la partida.

El capitán Jones miró hacia Calicó, que daba órdenes al contramaestre; al percibirlo, Anne le saludó a lo lejos, y Jack le devolvió una extraña mueca, producto del nerviosismo que esa mujer le producía. ¿Cómo explicar aquella atracción que había sentido siempre por ella? Y Calicó Jack lo sabía: su homónimo era un cabrón retorcido; por eso había por eso había mandado a Anne a entrevistarse con él… Hundido en el interior de ese ensimismamiento, Jones no advirtió cómo el cocinero chocaba contra él, derramando uno de los barriles de agua que cargaba con el Flaco Smith.

—¡Mis disculpas, capitán! —exclamó con toda la sinceridad de la que fue capaz de proveerse el cocinero. Jones gruñó, maldijo, y lo dejó pasar.

Black Sails (playa)

Finalmente, el Bloody Boon y el Ranger estaban listos para zarpar. Por alguna razón, Jack Jones echó una mano al bolsillo donde había guardado hasta entonces la letra de cambio y recordó unas palabras que había oído en Nassau durante su primera estancia: «Es curioso. Aquellos que más han hecho por provocar un motín, son siempre los más sorprendidos cuando este estalla». Empezaron a desanudar los cabos, y, en un instante, cayeron en la costa junto a sus hombres de confianza: William Abbot, John Abrahamson y Kipp “Bones” Cooper.

Jones suspiró, y encajó varios disparos de tres pistolas de chispa por la espalda. Calicó rio, y salió de escena, perdido en la sección del balandro que su antiguo capitán alcanzaba a ver desde el suelo. Anne se inclinó junto a él y le susurró algo al oído; después lo besó profundamente y lo miró con cierta tristeza en los ojos antes de dispararle un tiro en la sien. El capitán dejó caer la mano contra la tarima, y quedó inerte, mientras la sangrienta Bonny, Calicó Jack y el resto de la tripulación a la que habían convencido en el segundo acto partían hacia una nueva aventura.

Todavía se podían escuchar los sonidos del mar y una famosa canción dedicada al capitán Kidd cuando Jack Jones, Rackham y Bonny salieron junto al resto de los actores y figurantes a saludar al público del auditorio. El telón rojo subió y bajó varias veces, y los asistentes se deshicieron en aplausos en la vigésimo quinta representación de La muerte del capitán Jones.

¡Muera la inteligencia! ¡Que viva el azúcar!

Cuando Springfield es nombrado el pueblo con más gordos de todo el país, se inicia una cruzada anti-azúcar a la que solo conseguirán poner fin Homer y Bart con la inestimable ayuda del señor Burns, el conde Chócula y otros pocos valientes. El episodio contempla los dos extremos: la azucaritis del mundo, junto a los intereses económicos de las grandes azucareras, y la antiazucaritis de Marge, que se inicia al comprobar el consumo excesivo de toda la localidad. A grandes rasgos, eso es lo que nos ocurre a la mayoría: sabemos que no son sanos, que ni tan siquiera son lo que dicen ser, pero son tan rápidos de consumir, tan accesibles…

Conde Chócula y Homer (Los Simpson)
El conde Chócula, anhelante de azúcar, junto a Homer Simpson.

Ayer, la web Xataka se hacía eco de una iniciativa surgida en Latinoamérica (#etiquetareal) que lucha por un etiquetado más transparente frente al consumidor y que, esta última semana, se ha visto reforzada por un meme de Nutella. En esta imagen se podía ver cómo los ingredientes de la famosa crema de cacao, no alcanzan un 25 % del producto entre las nueces y las avellanas. El resto, leche desnatada en polvo, mucho azúcar y aceite de palma.

El equipo de Xataka ha recreado la misma acción de Geoff Teehan con otras composiciones de alimentos típicos de supermercado: como el paté, la crema de champiñones o la leche de avena. Su intención es mostrar que no comemos los alimentos que creemos comer, sino derivados; que la crema de bogavante de Knorr a casi tres euros, es puro almidón con un 0,5 % del producto que le da nombre; lo mismo que las leches vegetales, los snacks de media mañana o las bebidas detox.

Si mal pensáramos, quizá se nos ocurriría que eso no parece del todo legal. Algo así como vender un Ford Fiesta por un clásico Ferrari F40 tras haber conseguido encajar una de las llantas del deportivo con sangre, sudor y lágrimas. En este caso, nos sorprenderíamos y mandaríamos a tomar viento al vendedor, quien no probaría a encasquetar una chapuza similar a un tercero. No obstante, eso es exactamente lo que está haciendo la industria alimentaria, porque puede. Porque creíamos que esas empresas con nombres tan majos como Gallina Blanca, Maggi o Dr. Oetker querían facilitarnos la vida, pero se nos olvidó pensar que eso no es lo que hacen los lobbies. 

Etiquetado real de la crema de champiñones (Xataka)

Resulta tan sencillo como leer el dorso e indignarte, ¿pero quién lo hará? ¿Quién es el valiente que conseguirá pasar de la etiqueta y llevar las manos hacia el reverso? Y de aquel pequeño grupo que lo haga, ¿quién tiene tiempo para prepararse una crema de champiñones? Claro, esta no estará tan rica como la otra, pero es un minuto, en un paquete, ensucia poco, y eso de cocinar es tan siglo veinte…

Cuando Millan-Astray entró en el salón de actos de la Universidad de Salamanca, un Unamuno con los cojones cuadrados le espetó: «Venceréis, pero no convenceréis», y salvó un pequeño reducto de España; pero (todas) estas empresas, que no son tan buenas como creíamos, y no juegan según las mismas reglas que el resto, aprendieron la lección de aquellos fascistas del treinta y seis; por eso, primero te han convencido de que eso es un caballo y no un burro, y luego te lo han vendido.

Isabel de España

Era yo un crío, pero algo ya me chirriaba con aquella sesentona de los noventa que juntaba en el Telecupón a ovejitas, deje andaluz y su gracia para encantar a la pantalla y a millones de hogares cada noche. De «pivonazo» de época, de actriz, cantante y presentadora, a Carmen de España. En Hollywood, María del Carmen García llegó a ser, tras Rey de reyesCarmen Sevilla, aglutinando a una ciudad entera bajo su figura, y haciendo un gran bien a las viejas del visillo, y a los feos y las feas, que pudieron verse proyectados, y en la capital del mundo audiovisual, a través de la niña del Heliópolis.

Pero Carmen Sevilla era mucho más para España, y no todo bueno. Carmen Sevilla llegó a ser Carmen de España, y recogía lo virtuoso, pero también lo rancio; recogía la gracia, y también la ignorancia de un pueblo entero, aunque fuese desde el flanco de los ricos, a quienes les comercializaba colonias, y galas televisivas, y productos de grandes multinacionales, como Philips o Coca-Cola, que ella ha olvidado, y ellos seguro que le han devuelto el favor.

Pablo Motos e Isabel Pantoja

Ahora, lo más cercano que nos queda de aquella época, de aquella Carmen con la que soñaban en la cama nuestros abuelos, y de aquella faraona que quería que le pagásemos sus deudas con Hacienda, es la Pantoja, recién salida de la cárcel y on tour, tras unos meses de descanso, para explicarnos cuán feliz vuelve a ser, qué enamorada está de España entera y cómo se prepara un falso directo de esos que le gustan a todo el que se chupa El Hormiguero del Motos.

De la cárcel no hablaron, porque eso España se lo ha perdonado. No hablaron, porque otro, o un servidor, se pudriría durante décadas, pero no Isabel de España; ella es un ejemplo de madre, de persona y de artista (de esto último puedo estar de acuerdo, pese a no ser fan). Pablo Motos le dijo, textualmente, y para que aquello no empalagase más de la cuenta: «¿Sabes que hay mucha gente que no quiere que estés aquí?» Pero la Pantoja se reía, porque sabía que no era verdad, porque nunca hubo un  share igual en el programa, porque ella es Isabel de España, y España la tiene porque la merece, de principio a fin, en lo bueno, y, sobre todo, en lo malo, en todo lo que se le perdona, y se le exculpa, en todo lo que refleja la corrupción, el catetismo y el pan y el circo. Porque ayer se arregló un país; porque esto es lo que necesita España; porque España no va mal, solo que a la pobre de Carmen se nos la llevó el alzhéimer, y eso no hay youtubers, ni Internet, ni casi nadie que lo arregle.


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Todas las caras del veganismo

Esta entrada será absurda, impopular y difícil de entender. Por todo eso, en mi mente, se plantea como un texto profundamente coherente, pero también una (posible) fábrica de palos. La razón fundamental de la misma es que, estos últimos meses, mucha gente me ha escrito para hablarme de cómo el libro o algunas entradas del blog le han hecho replantearse sus modos de vida e incluso sus más profundos valores morales, y también me han dicho: «¡Ya soy vegetariano como tú!», o «¡Me he vuelto vegana!», o «¡Apoyo al máximo el consumo de carne ecológica!» y cien respuestas distintas más.

De algún modo, me enorgullece ver que lo que empezó hace algo más de dos años con entradas sobre animalismo ha conseguido alcanzar tantas conciencias y de un modo tan distinto: desde el maltrato de animales domésticos hasta cambios en la alimentación de muchos de los lectores y lectoras del blog. Pero hay un malentendido que no me gustaría que se perpetuase, y es que yo no soy vegano (si me tengo que definir, supongo que soy vegetariano casi estricto); y no soy vegano por tres razones fundamentales: la primera, porque tengo perros y gatos en casa; la segunda, porque he trabajado y colaboro con asociaciones de perros de terapia; la última, y para mí la menos importante de todas ellas, porque, en algún momento, como huevos de gallinas de alimentación ecológica.

Joaquín Secall (plaza Matadero; santuarios)

Ser vegano y sus matices

Asumimos de manera automática, sin pensarlo, sin cuestionarlo, que hay un criterio moral para el Homo sapiens y otro diferente para el resto de animales. Eso es el especismo.

Richard Dawkins (etólogo, zoólogo y biólogo evolutivo)

A menudo, algunas personas que adoptan una alimentación vegana consideran que el veganismo es una opción alimentaria libre de todo tipo de sufrimiento animal. Sin embargo, olvidan parte de la filosofía que existe tras la misma, en especial, respetar la vida y la individualidad de todo ser sintiente, rechazar toda forma de especismo y de uso (no solo abuso) de animales —no del conejo que no quiere participar en experimentación animal, sino también del caballo que no quiere ser montado, o el perro de terapia que no quiere trabajar, por ejemplo; también del mosquito que molesta por la habitación, la ciudadana de Sri Lanka que no quiere ser explotada en una fábrica textil o la contaminación de un arrecife de coral.

Yo no puedo ser vegano porque, hoy, y ahora, difiero en algunos de estos puntos básicos. El primero de todos ellos, es el especismo: desde mi óptica, todos somos especistas, y debemos luchar con uñas y dientes por no serlo, pero como bien explico en De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), nuestra empatía depende de la cercanía con el animal —aquí hay un poso biológico, y también una gran carga cultural— y nuestras acciones están sujetas, en cierto nivel, a la estructura mercantil del mundo en el que vivimos: todos necesitamos un teléfono móvil, y vestirnos, y viajar.

Antropocentrismo vs. realidad

Así, abrazar el veganismo no puede ser complementario a convivir con mascotas carnívoras, como el perro o el gato, y ni tan siquiera a tener mascotas en un entorno delimitado, sea urbano, periurbano o rural, puesto que se mantendría un implícito, por el cual tenemos un animal por el valor que aporta a nuestras vidas, obviando su individualidad y su propia autonomía(1).

Esta es una de las razones por las que no soy (filósoficamente) vegano , y es que me chirría esta definición. Porque, ¿podemos ser veganos? Me explico. Durante casi 30.000 años, los perros nos han acompañado en nuestra vida diaria, y durante unos cuantos miles menos, también los gatos; durante más de 10.000 años hemos domesticado especies y seleccionado rasgos para nuestro bienestar. Las gallinas que ponen un huevo diario (y no una veintena al año), las vacas que, preñadas, ofrecían más leche, los cerdos o los toros a los que se les ha robado su fiereza; todos ellos necesitan de nosotros. Por desconocimiento e interés, hemos creado un mundo de matices horribles, y la ganadería intensiva solo es un capítulo más de esta historia. Pero todo ello no cambiará de la noche a la mañana, ni se borrará en el momento en el que cerremos los ojos.

La extinción del modelo

Los bienestaristas afirman que los animales no tienen, en sí mismo, un interés en no ser esclavos; ellos solo tienen interés en ser esclavos «felices». Esa es la posición promovida por Peter Singer, cuya visión neo-bienestarista se deriva directamente de Bentham. Por lo tanto, no importa moralmente que nosotros utilicemos animales, sino únicamente cómo los utilizamos. El tema moral no es el uso, sino el tratamiento.

Gary Francione (profesor universitario y escritor)

Las alternativas del no-consumo son el mejor camino que cualquier persona concienciada puede escoger hoy, pero eso no cambiará el hecho de que haya una industria de consumo colosal que engaña, oculta y es apoyada aún por un alto porcentaje de la población. Tampoco que esos animales domésticos requieren leyes para su pervivencia fuera de esta maquinaría de muerte, pero no pueden vivir todos en santuarios. ¿Y qué hacemos además? ¿Dejamos vivir a los animales de granja y condenamos a las mascotas? ¿Pueden los animales domésticos volver a un estado salvaje? Evidentemente, no. ¿Y qué hacemos con todas esas especies de las que somos responsables de haber domesticado? Quizá este es el punto más peliagudo de todos, y, por supuesto, hay cientos de opciones (mejores que la actual) que podríamos llevar a cabo para minimizar o llevar a cero todo el sufrimiento derivado, pero la extinción completa del modelo, todavía no es una de ellas.

Pero no nos vayamos tan lejos, porque incluso con nuestros principales animales de compañía hay un grave problema. Todos esos pastores alemanes, border collie o labradores que tienen que recurrir a trabajo diario de obediencia (o agility, o mantrailling, o discdog…) por parte de dueños responsables, a largas caminatas y a un modelo de vida que consiga, de algún modo, paliar las actividades principales que llevan dentro de sí: pastoreo, vigilancia, cobroPodemos cambiar el mundo, pero no el genoma de nuestros perros. Y preguntarse por qué deberíamos hacerlo o no hacerlo, no tiene sentido, porque no es algo que se pueda modificar en veinte años, sino que se requerirían otros miles.

Javier y Argos
Argos y yo en un curso de obediencia avanzada en 2015.

En esta misma línea, el trabajo de animales de asistencia o de terapia tiene para mí otras complicaciones éticas —la peor de todas, aquella que pone en peligro la vida del animal en misiones de los cuerpos de seguridad—, pero, excepto en algunas de estas misiones, en mi experiencia, ninguno me ha resultado dañino para este, y sí enriquecedor a muchos niveles (el perro «trabaja» y se divierte, aprende, consigue mejorar sus recursos cognitivos, ayudar a terceros…), si bien la filosofía vegana creo que nos diría que ese «uso» del animal constituye un «abuso» por nuestra parte. Yo no puedo estar de acuerdo. Desde la misma domesticación de los cánidos, el perro —y el gato— se acerca al ser humano en la misma medida en que el ser humano le necesita, y viceversa.

Junto a todo lo anterior, hay una serie de supuestos o etiquetas que también suelen ir unidas, y que, a menudo, me parece coherente que así sea. Por ejemplo, salud y una buena alimentación (y, hoy, se puede conseguir esa buena alimentación sin consumo de animales, pero no olvidemos que hace treinta o cuarenta años, probablemente no); también productos km. 0, ecología, consumo sostenible… Son todo tipo de causas que, normalmente, se relacionan con formas de vida veganas o vegetarianas, y todos aquellos que tratamos de mejorar el mundo, de un modo u otro, tenemos que revisar, constantemente, todas estas facetas que afectan a nuestras vidas, sin olvidar que, ni mi vida, ni tu vida, son una simple etiqueta.

Arrecife de coral
Fotografía de un arrecife de coral.

Por eso, mi primer libro animalista está escrito como está escrito, y creo que esa es la bondad del mismo: que solo muestra, y nunca impone; porque no existe una verdad, sino cientos de miles (2), así como caminos para cambiar el terrible escenario en el que hemos convertido nuestro mundo. Quizá hay personas optimistas, que creen que el camino pasa por la inmediata liberación animal y otros que creemos ver que la historia, incluso hoy, niega la posibilidad de acoger un camino que no pase por una primera fase de bienestar.

Tenemos que ser lo suficiente maduros para querer cambiar el mundo y, a la vez, entender que nuestras acciones individuales suman muy poco en el conjunto: y este debe ser un contratiempo que lejos de restarnos fuerza, debería impulsarnos a buscar apoyos a nuestro alrededor. A encontrar la forma de ser parte de la solución, y no del problema; y de comprender que hay cuestiones intrínsecas en la estructura del mismo a desentrañar, y que tenemos la obligación de hallar la forma de lidiar con todo el horror que se genera a nuestro alrededor, de conseguir un cambio responsable, y de, un día cada vez más próximo, alcanzar la mayoría, puesto que en minoría no hay legitimación (social) posible.


(1) Otra cuestión importante es cuánta autonomía tiene ese animal una vez ha sido domesticado por el ser humano, puesto que los rasgos de muchas de estas especies han sido seleccionados para conseguir individuos menos agresivos, confiados y útiles en nuestras sociedades (sea, en su momento, para desplazarse, para alimentarse o como guardián), pero también restándoles independencia.

(2) Si bien, la mayoría empieza por minimizar o extinguir el sufrimiento animal, donde recordemos que el malestar humano está implícito, en especial, el de aquellas poblaciones desfavorecidas de las que nunca hablamos.

Nota: también creo firmemente en el problema que supone la industria alimentaria, la cosificación, producto del especismo, y el neoliberalismo económico: sobre todo en lo que se refiere a la aplicación, y las trabas, de una Ley de Protección Animal. Por el contrario, no considero que el consumo bajo o moderado de huevos sea aquí el principal problema —los lácteos son otro cantar, y, aun así, creo que sería necesario matizar la importancia que tiene el modelo industrial, que, en la mayoría de los casos no es más que un conglomerado que acoge la producción de carne, cuero y lácteos—, ya que es un derivado directo de la industria; sin embargo, para que esta afirmación no induzca a error, permitidme desarrollarlo durante el mes de febrero en un artículo complementario, puesto que no se trata de una visión simplista del tipo «comer esto está bien, porque el animal no muere» y, además, resulta una gran fuente para abrir debate y generar opiniones.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Entrevista en Luces en la oscuridad

Ayer, estuve hablando sobre De cómo los animales viven y mueren con el periodista Pedro Riba y su equipo de Barcelona en el programa Luces en la oscuridad. Aquí tenéis un enlace al podcast por si queréis escucharla: charlamos, principalmente, de nuestra relación con el resto de animales y las consecuencias que esto tiene para el planeta y para nosotros mismos. ¡Espero vuestras opiniones tras mi primera experiencia radiofónica!

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Una muerte mecanografiada

‘Una muerte mecanografiada’ es el vigésimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Lo habían hecho. Sin ninguna de aquellas entrometidas enredando, con sus insulsos «clic, clac, cluc» de serie. El encargo se encomendó solo a tres de los sujetos que traqueteaban a las afueras del vecindario: no era un barrio muy extenso, y allí, de un modo u otro, todos se conocían, así que lo mejor era intentar llevar el asunto con el máximo celo.

Fue un viernes noche, cuando el interventor de las grandes manos dormía, o había salido a tomar una cerveza entre amigos. Lo habían estudiado al detalle con anterioridad, diseñado con ternura incluso, con mimo, sin dejar nada al azar. Sería corto, breve, fulminante; un entrar y salir donde la conmoción y el asombro de la víctima jugarían un lugar fundamental en la misión.

Relato noir, como un crimen mal mecanografiado

Se encargó la tarea a tres individuos de dudosa fama: O., L., y el más esquivo de todos ellos, el señor Ñ. El montante se dividiría en dos: T., el mayor beneficiado del cambio de roles frente a la damnificada, había accedido a ofrecer unas merecidas vacaciones a los tres esbirros y, además, el mismo crimen les legaba a todos ellos un indiscutible desahogo. Entonces, ¿cómo imaginar lo que iba a suceder a continuación?

Mas la faena salió bien. Ella agonizó en el suelo, defenestrada a varios metros del escritorio, ofreciendo al mundo un último gemido, resquebrajada y moribunda; rota. Sin saber ni haber conseguido leer en el rostro de sus verdugos cómo alguien se había decidido a destruir todo lo que ellos eran juntos; el crimen quedaba en la familia, y ese era un infausto consuelo.

Tras el fratricidio, los ánimos se fueron calmando camino hasta Barra horizontal, entre la Quinta y la Sexta. Al llegar al vecindario, T. se negó a formalizar una justa retribución; confiado, no tardó en intentar cambiar los términos del acuerdo, algo que cabreó sobremanera a O., quién lo arrolló súbitamente, incrustándolo contra un vecino cercano que estaba allí detenido desde el inicio de la charla. Tres contra uno, y se unió al funesto destino de la anterior víctima en menos de lo que costaría escribir esta línea.

Cuando surgió la figura del celador de las grandes manos, ya había dos cadáveres. Él, sin concebir qué demonios había ocurrido allí, solo lanzó una demanda al aire:

—Y, ahora, ¿cómo cojones sigo escribiendo?

¡Dejad el mundo a vuestros hijos!

El inicio de la era Trump. El Brexit. La probable disolución del ideal comunitario en Europa. El intento de someter la globalización. El miedo a la globalización. La ignorancia frente a la globalización, y frente a los cambios del paradigma tecnológico, y del sistema de valores, y de trabajo, y… El mundo es de nuestros padres, y nosotros seguimos esperando un relevo generacional que ha terminado por anquilosarse.

Hoy, tras ver a Donald Trump intentando construir muros desde un despacho oval customizado en dorado, me pregunto si el problema real no son esas décadas de más, ese tiempo extra de vida, de trabajo, de atesorar, y, luego, ser un poco más irresponsables y egoístas de lo que muchos podían ser antes de la caída del muro de Berlín. Ronald Reagan murió en 2004; Margaret Thatcher, en 2013; pero el mundo todavía es de los Reagan y las Thatcher, que se encuentran entre los Trump, las Le Pen, los Rajoy o los Mattarella. Por eso, no gobiernan los Iglesias, y ni tan siquiera los Rivera; por eso los Renzi se estampan contra una vieja pared de hormigón, y los Obama dejan un regusto dulce, pero de alas cortadas.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan

Quizá el error no sea la política, ni el sector financiero. Quizá, en el siglo veintiuno, como en el veinte, no sepamos muy bien cómo vivir; quizá cometamos los mismos errores por no mirar atrás, o perpetremos masacres de índole similar que nuestros padres y abuelos, pero quizá también tengamos las manos atadas, y sobre todo lejos, lejos de la acción, del cambio, del control, de ese traspaso de poderes que nunca llega. Puede que el problema no sea tanto el qué, sino quién se hace la pregunta y qué puede hacer con esta.

Obama y Trump
Donald Trump y Barack Obama en el Despacho Oval pocas semanas antes del traspaso de poderes.

¿Alguien más ve la ambivalencia de limitar la entrada de nuevos actores en la vida pública?, ¿de cortar de raíz la movilidad social de sus protagonistas más jóvenes, y, a la par, de criticar esa carencia de verticalidad? ¿Hasta cuándo pueden seguir sucediéndose los cambios en el sector científico, humano o tecnológico bajo los pies de estos colosos arcaicos que atesoran el poder político y económico? ¿Pueden guiarnos los líderes de ayer hacia el futuro? ¿O hemos tocado techo en este 2016?


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