Maestros del yoísmo

Hay grandes literatos y columnistas que, en la última década, se han transformado en verdaderos arquetipos rancios de aquello de lo que, un día cada vez más lejano, intentaron diferenciarse. Uno de ellos es el excelentísimo académico, y muy hijo de su padre, Javier Marías, quien, a tenor de sus últimas columnas, tales como Perrolatría o Ese idiota de Shakespeare, se ha convertido en un maestro del yoísmo —y algunos lectores dirían incluso que del cuñadismo.

Verdaderas celebridades de las letras capaces de darle la vuelta a aquella falacia sofista del argumento ad hominen y tirárselas en toda la jeta al lector. «Yo soy yo y mis circunstancias», le espetan, y usted, que tiene un trasfondo similar al mío, estará de acuerdo sí o sí. «Y si usted no está de acuerdo, no solo es un imbécil ignorante, sino que debería instruirse si, algún día, quiere alcanzar mi estatus y comprender la argumentación que aquí le detallo».

Pegatina - Yo pagué con mi vida (nuggets)
Un ejemplo de ilustración/pegatina de la que Joaquín Luna hablaba en su columna. Probablemente, él había visto, por su barrio, alguna imagen más explícita: como esta.

Aquello que, quizá, no han valorado de un modo justo es su falta de argumentos, su discurso vacío, su intento de rellenar de valor una cuestión nada más que con una posición ganada —y de la que nadie debería discutir los méritos— y unida a grandes dosis de yoísmo.

Así, de vez en cuando, es humano sacar los pies del tiesto, pero también reconocer el error y soportar la oleada de mierda que le viene a uno encima. Hoy, esto le ha ocurrido a Joaquín Luna en una columna titulada Yo pagué con mi vida, que el diario La Vanguardia ha decidido publicar en un error similar al que cometió El Correo Gallego con Manuel Molares do Val.

En la misma, y como hilo conductor del texto, podemos leer aserciones que son una denigración constante a vegetarianos y veganos, que hablan del razonable precio de la carne, a juicio del que la suscribe, y no se cortan en tildar a todo un colectivo de fascista y enfermo; por si esto no fuera suficiente como para encender la mala leche de un gran número de lectores, Luna decide consentir y defender el maltrato animal que, en las últimas horas, hemos podido tan solo vislumbrar en la película A dog’s purpose y que termina por aderezar con la imposibilidad de reflexionar sobre sus acciones, amparado en la ceguera del «esto siempre fue así».

La columna, que casi exige un verdadero boicot al medio que la ampara, se defenderá con el argumento de una opinión distinta, sin entender cómo ataca, atribuye e insulta a un colectivo cada vez más numeroso, cuyo único crimen, casi siempre, es intentar hacer pensar a su prójimo.

El texto de Joaquín Luna es un ataque frontal contra todo el trabajo de millones de personas que buscan un mundo más justo, que comprenden que los modelos de consumo actuales no son éticos, y tampoco sostenibles, y que luchan contra el maltrato animal en todas sus vertientes. Joaquín Luna es el matador de toros que se atreve a escupirnos a los animalistas, gritándonos que él, y solo él, es el verdadero amante de los animales. Otro maestro del yoísmo.


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Llevarse un libro a la tumba

Llevarse un libro a la tumba es el sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Entró, y se hizo el silencio. La sala enmudeció; el porcelánico del suelo brilló con dureza, y los hombres acercaron el cadáver hacia una ceremonia civil que el muerto jamás habría aceptado. El féretro descansaba en alto, apoyado en una estructura metálica a la que solo se le veían las patas. La bandera de la nación dormía sobre el ataúd por petición expresa de la familia, y ocultaba todo lo demás: huérfano de niño, atleta de juventud, militar de profesión. Pero la muerte no le llegó en el campo de batalla, sino a través de un cenicero, que recogía colillas, y más colillas, de tabaco rubio, que ennegrecieron durante cuatro décadas filtrándose en los bronquios.

El beso de la muerte (Cementerio del Pueblo Nuevo)

En la cafetería del tanatorio, José miró el café con leche de avena que le habían servido. La espuma giraba en el centro del líquido y adoptaba formas extrañas: un pez, una ballena, un rostro alargado, dos pulmones, un cerebro… Un viejo proverbio armenio dice: «Toma esta taza y que Dios la haga hablar». ¿Sería verdad?

Después, no ocurrió nada. La mayoría de los asistentes se excusaron, y los más allegados se dirigieron hacia el cementerio del Pueblo Nuevo en varios coches. Una vez allí, observaron sin demasiados prolegómenos cómo abrían un nicho, subían la caja y tapiaban el hueco con cemento, ayudándose de paleta y llana. A continuación, los dos operarios dieron el pésame a la familia y desaparecieron de la escena.

José se quedó allí, junto a sus hermanos, y su madre, y un pequeño séquito de familiares y amigos, que, en su mayoría, miraban incómodos una pared con decenas de cadáveres embutidos, y, ahora, uno más. Cada cual pasó su propio duelo, y se enfrentó a sus demonios con alcohol, lágrimas o ensoñaciones en tinta negra. Hubo quien se recluyó un poco más en sí mismo, y quien buscó consuelo en otras almas, en nuevos trabajos o en los viajes que aquel militar con cáncer nunca realizó.

A uno de los hijos, al que este breve relato presentaba en la cafetería, y, después, de pie, frente a la tumba de su padre, se le enquistó como un tumor la risa de su propio progenitor frente a sus anhelos, su búsqueda de pan entre las letras, su necesidad de escribir, de ser en otros, de sentir; textualmente.

No sería hasta muchos años más tarde, cuando alguien se apareció frente al nicho. El visitante, a quien las canas habían conquistado la tez, se acercó a la puerta de la sepultura e hizo aparecer una llave con la que abrir el acristalado. De allí, apartó unas flores muertas y, sin prisa, las lanzó contra una papelera cercana; del bolsillo de la gabardina extrajo un libro con su nombre, y también un bolígrafo, y no pudo evitar escribir una dedicatoria en el mismo. Esta solo decía: «Lo hice», pero, cuando lo dejó allí, tumbó el libro con la portada hacia abajo, para que nadie la leyese, ya que, quien debía hacerlo, no estaba, y quien no, no podría entender todo lo que dos palabras significaban. Se le ocurrió pensar en décadas de complicidad, de amistad, de enemistad, de gritos, de amor, de buenas relaciones, de malas relaciones, de dudas, y también de perdón; y luego, nunca más pensó tanto en ello, como una historia incompleta a la cual se ofreció el mejor final posible, y nada más.

El sindicato del taxi y la Operación Caracol

Ayer, 16 de enero, bajé a Barcelona, pero lo hice varias horas después de las movilizaciones de taxistas convocadas. La Operación Caracol, iniciada a las 11:00 del blue monday —ahora todos los días son black, blue, o yellow, como el submarino de los Beattles—, amenazaba con colapsar las rondas, y así lo hizo, dejándonos con imágenes de retenciones de hasta diecisiete kilómetros y una mujer, «pelín» histérica, a la que se ha criticado mucho sin saber si es tan propensa, como parece, a los ataques de pánico.

Las huelgas y las manifestaciones son un incordio muy útil de la que una gran parte de la ciudadanía se ha olvidado: son las que ayudaron a reducir jornadas laborales, y a conseguir sueldos dignos, a presionar gobiernos contra medidas impopulares, y a construir el mundo actual. Y, sin embargo, me da en las napias que el sector del taxi se equivoca de mig a mig como solemos decir los catalanes.

Operación Caracol - Marcha lenta de taxis por las rondas de Barcelona
Marcha lenta por un tramo de la Ronda de Dalt de Barcelona.

En primer lugar, porque se pone en contra a quien más a favor debería tener: el resto de ciudadanos; del mismo modo que lo hicieron los empleados de TMB (Transports Metropolitans de Barcelona), quienes, directamente, debieron abrir las entradas y salidas del metro y no haber cobrado un euro a quien cogiese el autobús durante uno, dos, tres o siete días: en otras palabras, ir a hacer daño a la patronal, y no perjudicar a quien, con su sueldo, apoya las nóminas que cobran a final de mes.

El sindicato del taxi se equivoca de un modo similar, porque no arremete contra el culpable último: el ayuntamiento, la Generalitat, la política, sino contra los miles y miles de mataos que se mueven en coche, casi siempre por necesidad, o estupidez, nunca por comodidad, os lo aseguro, por las rondas hípercolapsadas (y obsoletas) de la ciudad condal.

Asimismo, pone a Uber, y a empresas similares que nos caen mejor, en bandeja de plata la posibilidad de aplicar una política de buenismo: con viajes gratis y todo tipo de facilidades para sus clientes; mostrando la cara más amable de la multinacional, que aporta soluciones, tarifas competitivas y comodidad al usuario, mientras cientos de taxistas acometen con «marchas lentas» contra su público objetivo.

Marcha lenta de taxis en Barcelona

Del comunicado emitido el 31 de diciembre, los puntos 1, 4, 5 y 6 se vinculan, de un modo u otro, al intrusismo profesional, contra el que el sector público ya parece empeñado en luchar, aunque, quizá, no cuenta con armas suficientes. Aquí se abre la curiosa disyuntiva entre la empresa-estado y los órganos tradicionales de los que puede echar mano el gobierno catalán.

Para el sindicato del taxi, la guerra abierta que se ha enquistado en las calles de todo el mundo desde la aparición de Uber y similares, parece decantarse a favor de la victoria de la, aquí, mal llamada economía colaborativa con un cambio de cara que ha vencido a la percepción popular, cada vez más lejana, de aquella economía sumergida de la que se hablaba en el Parlament de Catalunya en 2014.

Y yo me pregunto: ¿habrá tenido el sindicato en cuenta una reducción del precio de las licencias, culpable último de la enorme facturación que necesita cualquier taxista, para luchar contra este intrusismo que ya es, hoy, una realidad? ¿O se seguirá buscando una regulación excesiva de un sector que debe actualizarse por obligación con la aparición de las nuevas tecnologías, donde al GPS y el navegador, se suman las apps móviles y un nuevo concepto de economía? Porque quizá muchos estamos de acuerdo en no dejar que Uber aproveche vacíos legales para enriquecerse, ¿pero cómo pretenden los taxistas combatir a Blablacar, Shareling o Amovens? Quizá el sindicato del taxi deba actualizarse, porque puede luchar contra el intrusismo, pero no contra el verdadero modelo de economía colaborativa que, tras más de un listo y un patinazo, se está terminando de imponer.


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¿Aceptamos «jabalí» como animal de compañía?

No sabía cómo presentar este artículo, menos aún qué título darle. ¿Santuario Gaia y el jabalí doméstico? ¿Los peligros más allá de la caza? Ni idea. Así que no seáis muy duros conmigo: ha salido lo que ha salido.

De los santuarios, lo que más me ha llamado siempre la atención es el interminable trabajo en pos de un bien común y el optimismo para afrontar una de las caras más negras del mundo; también dos de las burbujas en las que viven muchos de sus miembros y voluntarios: en especial, la moral y la emocional.

En lo que se refiere a la moral, la burbuja explotó, de nuevo, cuando el Movimiento Antitaurino de Lucha a favor de (algunos) animales quiso hacer una donación, a la que numerosos santuarios se negaron por varias razones (apoyo a la mal llamada «carne ecológica», por ejemplo, pero también homofobia y racismo por parte del colectivo), sin terminar de ver el doble rasero de aceptar apoyos económicos, anónimos y privados, e incluso no económicos, de personas que trabajan en Burger King, apoyan distintos grados de especismo (en realidad, todos lo hacemos) y, sobre todo, comen animales. Pero, al fin y al cabo, esta burbuja solo nos muestra las múltiples capas de nuestro mundo, e incluso la fragilidad de traicionar nuestras creencias sin darnos cuenta.

En ‘Vivir en la utopía’ explico mi punto de vista sobre por qué son necesarios los santuarios de animales y qué error de concepto veo en algunos de ellos. Sin desmerecer (creo), en ningún momento, su asombrosa labor y todo el bien que aportan.

Fuera de esta burbuja, también existe naturaleza: donde se enmarca el tema principal del que hoy quiero hablar. Porque lejos de la interacción humana, de la buena y de la mala, la naturaleza también es. La naturaleza es cuando una manada de lobos atrapa a un jabalí, y cuando la madre de ese jabalí protege ferozmente a sus jabatos. También cuando un puma se come a un mono, y protege a la cría del mismo y, ¿por qué no?, es el interés mutuo que saben forjar animales domésticos —domesticados—, como el perro, el caballo, el gato o el conejo. Pero en la burbuja, el pensamiento, a veces, olvida esta naturaleza, y la naturaleza imbuida de un sentimiento romántico, a falta de una palabra mejor, que nos presenta animales que tienen que ser cuidados durante veinticuatro horas al día, vacas totalmente dependientes de su cuidador, patos que no podrán volar; y también cerdos, y vacas, y pollos que tienen demasiadas ganas de vivir.

Sus scrofa - Jabalí
En la península ibérica se encuentran dos subespecies de Sus scrofa salvaje: el Sus scrofa castilianus, en el norte, y el Sus scrofa baeticus, en el sur.

Yo apoyo la mayoría de estos casos. Como animalista, lo entiendo y lo respeto. Incluso aquellos que cuentan con una verdad demasiado romántica para mí: animales con patologías crónicas, en concreto. Cada vaca, cada gallina, pollo, cerdo, oveja, son un recordatorio de que los animales no están a nuestro servicio, de que tenemos que seguir preguntándonos por todo lo que se hace mal, y cambiar el modelo, y, en mi fuero interno, ayudar a que otros vean que no hay necesidad de comer animales ni de esclavizarlos.

Sin embargo, el romanticismo no puede opacarlo todo. Así como no puedes llamarte «animalista» y seguir creando cursos que desvirtúan el trabajo de los centros de recuperación mientras ofreces formación en adiestramiento de especies salvajes: una cuestión que traté hace meses en relación a la escuela Bocalán, y cuyos responsables se amparan en que esos circos, esos espectáculos y esos zoológicos no van a desaparecer, para seguir haciendo dinero y perpetuando el modelo; tampoco podemos dirigirnos hacia el extremo contrario.

El caso contrario es Sonia: un bebé jabalí: una jabata. Una cría que fue atropellada escapando de unos cazadores que habían matado a su madre y que ahora está en el Santuario Gaia. Sonia tiene miedo, y no confía en las personas; en palabras de los responsables: «Quizás ella nunca vuelva a confiar en los humanos, y no podamos disfrutar al acariciarla, pero aquí no estamos para eso, sino para darles una vida digna.»

Sonia (jabata, Santuario Gaia)
Sonia, la jabata de Santuario Gaia.

Este es el límite. Mi límite. Aquí, paso palabra. Si alguien se ofende, lo siento mucho. Sonia es un jabalí, no un animal doméstico: Sonia no es un cerdo, es un jabalí; un animal silvestre, que no tiene que confiar en los humanos, que no tiene que ser acariciada por los humanos, y que no necesita del contacto con humanos para tener una vida digna (o feliz). Sonia es un animal que no debería estar en un santuario, sino en un centro de recuperación de vida salvaje, que debería ser reintroducida en su hábitat a la máxima brevedad, y sí, también quedar expuesta a la mano de un sanguinario cazador: «profesión» que desprecio, aunque no tanto como la del matarife.

Hay que cambiar miles de cosas a nuestro alrededor: ser más sostenibles, menos sanguinarios, menos crueles con la vida animal, pero no deberíamos intentar cambiar la naturaleza. Quizá llegue el día en el que tengamos que preocuparnos sobre cómo cambiar gran parte de la actividad del sector primario, y nuestra vida en común con especies caninas y felinas, y la moda, el ocio, la mal llamada cultura que tortura y asesina… y tantas otras cosas. Pero los jabalís seguirán siendo jabalís, y los lobos, lobos; y un animal silvestre, por mucho que podamos sociabilizarlo, seguirá contando con instintos salvajes durante miles de años (¿por qué querríamos domesticar a un jabalí? ya se hizo, y solo ha traído sufrimiento a los cerdos).

Por todo esto, es irresponsable contar con una cría de jabalí en un santuario de animales: para los habitantes, y, sobre todo, para el jabato, y un ejemplo más de que la historia de Christian, el León, se sigue repitiendo en el siglo XXI por culpa de un error similar: amar demasiado a los animales, y, a veces, amarlos como no deberíamos. Amarlos hasta el punto de traicionar, sin darnos cuenta, nuestra propia filosofía, que, en este caso, dice: «ofrecemos una segunda oportunidad a los animales considerados de granja que rescatamos de la explotación, abandono o maltrato.»

Actualización #1: 

Informándome sobre este caso concreto, he podido leer en esta noticia del santuario que el brazo de Sonia quedó inutilizado, lo que, con toda seguridad, provocaba su difícil reintroducción en la vida silvestre. Sin embargo, no cambia la mayoría del resto de temas que toca el artículo, si bien considero que es un dato suficientemente ilustrativo para agregarlo a la entrada.


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Vida nueva

‘Vida nueva’ es el primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Sobre El Oso y el Madroño, a escasos metros de la intersección entre las calles del Sol y de Alcalá, la silueta de un ser, que son dos, se presenta a la noche. Se sostiene, casi sin fuerzas, asiendo con rabia uno de los balaustres para no caer contra el suelo, o peor. Escucha los cuartos, las campanadas, las felicitaciones de Año Nuevo, y, antes de volver al sombrío interior de la vivienda, sonríe al cielo nocturno de Madrid.

Hay un sofá de rayas blancas y beige contra el que se lanza de espaldas. Frente al mismo, la retransmisión televisiva se entremezcla con el bullicio y la fiesta que se escucha en la calle. Gritos de alegría para dar la bienvenida a un año más, y, entonces, solo entonces, cuando nuestra protagonista puede ser tenue partícipe de la felicidad que se respira, se echa a llorar desconsoladamente durante minutos que parecen arrastrar el recuerdo de los meses y los años.

Relato #1 - Puerta del Sol (Nochevieja; Año Nuevo)

Cuando no quedan lágrimas que derramar en el lino del mueble, se incorpora con dificultad y observa por un instante la mesa de comedor. Está vestida con un mantel navideño, y servilletas a juego, las copas para el agua, el vino y el champán resplandecen, y las veinticuatro uvas, ya preparadas, sin piel ni pepitas, coronan el centro de un reguero de platos: cabrito rebozado, jamón de jabugo, tortilla de patatas, timbal de marisco… A un lado, los platos sucios sin recoger de todo un banquete contrastan con el otro, donde ese pastel de mar no se ha movido un ápice del plato, y tampoco las chuletas rebozadas, ni la tortilla, ni el jamón.

El primer detalle que, más tarde, conmueve al detective encargado de la fase de planteamiento y ejecutiva son las copas de espumoso: una a medio vaciar, la otra todavía impoluta. Para rastrear el origen, volvemos a la habitación al paso de la medianoche; entonces, el champán sigue en el suelo, derramándose en la alfombra persa que se encuadra bajo la mesa de comedor. No muy lejos, el olor a fosgeno y ácido clorhídrico del cloroformo casero explica otro fragmento de esta historia que termina en Nochevieja, junto a la cuerda de nylon de la silla, y el paquete de bridas negras y la mordaza roja en la frontera del salón con la habitación de matrimonio.

En el suelo, boca arriba, el cuerpo inerte de un hombre corpulento de mediana edad duerme por siempre jamás. En su abdomen, se alojan tantas puñaladas como gritos y felicitaciones se han podido oír en la Puerta del Sol, y quizá más. Para ella, la indefensión y la fragilidad tampoco han supuesto un escollo. Esta vez, no.

Observa una última vez la escena, y se sirve una copa de champán, ya caliente, que sabe amarga, y también a victoria. En seguida se pierde en la habitación de matrimonio con cientos de fotos del hombre que ha yacido allí, y ahora yace donde realmente merece, y se exige no reparar por más tiempo en ese cuarto repleto de lágrimas, de gritos, de lubricantes, y dildos, y de una cámara profesional para encuadrar cualquier escena a imaginar. Solo abre el armario y se desnuda frente a un espejo de pie, examinándose todas y cada una de sus heridas: muchas no pueden verse, pero siguen ahí, y seguirán; coge uno de los deseos hechos tela que allí se ocultan, el de Lolita, y se cubre con dolorosos recuerdos una vez más.

Por último, acuna su abultado vientre con repulsión y clemencia por un hijo del odio y del martirio al que, se sepa o no, siempre mirará a los ojos con lacerante ambivalencia. Cierra la puerta tras de sí. Una tras otra. No sabe hacia dónde dirigirse, pero sigue caminando, más y más lejos de aquel piso, de los gritos, de la fiesta, de Madrid. En dirección a un año nuevo. A una vida nueva.

52 retos de escritura para 2017

Llevo un tiempo de mayor dedicación al ensayo que a la narrativa: ya lo sabéis; tengo un borrador de novela que os he mencionado (aquí), y que quiero empezar a mover cuando esté realmente completo —¡solo unos días más!—, estoy apuntado a varios cursos para renovarme por dentro y estoy entrenando muy duro para aprender a cortar cabezas con la katana cuando, al fin, llegue el holocausto zombi: por ahora, ya ha subido al poder Donald Trump.

En resumidas cuentas, que este va a ser un año de cambios (probablemente, en unas semanas me lanzo con un posgrado muy animal, y, además, sigo más empeñado que nunca en vivir de las letras), y, ¡qué demonios!, ¿por qué no intentar sacarme de la cabeza unas cuantas historias más aprovechando uno de esos típicos retos de escritura? Así, que esa es otra de mis propuestas de Año Nuevo.

Confieso que no sé si la idea surgió de mí, borracho, en fiestas, como propósito de Año Nuevo, o me aburrí de comer y beber, me senté en el ordenador, y me alcanzó el reto en cuestión. Sea como sea, capeando la resaca, continuó pareciéndome una buena idea, así que me agarré los machos, y seguí adelante con los 52 retos de escritura que proponía Rocío Molina.

Teo y Javier, leyendo


Son los siguientes:

  1. Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.
  2. Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.
  3. Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.
  4. Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.
  5. Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.
  6. Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.
  7. Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.
  8. Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.
  9. Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.
  10. Haz una historia con un protagonista que evoque tu niñez.
  11. Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.
  12. Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.
  13. Escribe un relato inspirado en una noticia que hayas leído esta semana.
  14. Describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama. La idea es que tomando el desenlace como inicio hagas un recordatorio de cómo se ha llegado a esa situación.
  15. ¡Cambia el devenir de los hechos! Elige un momento histórico clave y construye una realidad totalmente diferente, ¿qué hubiera sucedido si…? Practica sin miedo toda tu destreza con la descripción.
  16. Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.
  17. Describe tu día a día como si fueras un zombi.
  18. Cambio de roles. Elige una novela e intercambia los papeles de los personajes principales con los secundarios para crear una nueva ficción.
  19. Escribe un relato cuyo personaje atormentado solo vea el suicidio como solución.
  20. Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.
  21. Crea un relato cargado de sarcasmo para describir la escena de unos recién casados que organizan una cita con los amigos para ver en conjunto todo su reportaje de boda incluyendo también la luna de miel…
  22. Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.
  23. Comienza un relato con: “Nada, no le queda nada”.
  24. Con el último objeto que veas o utilices a lo largo del día, inventa una historia.
  25. Utiliza toda tu creatividad para describir de forma cómica un relato de una visita a la peluquería con final dramático.
  26. Escribe una historia en la que retrocedas al pasado y seas tú el protagonista.
  27. Inventa un relato con una mujer como heroína y su camino hasta llegar a serlo.
  28. Escoge tus tres libros favoritos y utiliza la primera palabra de cada título para hacer un relato en el que las integres.
  29. Escribe una historia de un personaje con miedo al amor.
  30. Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
  31. Escribe una historia que incluya las palabras: “billete”, “magia” y “sordo”.
  32. Piensa en alguien a quien echas de menos y ya no está para recrear un relato cargado de emoción.
  33. Realiza una historia que tenga lugar en el fondo del mar.
  34. Escribe un relato de un animal como protagonista que actúa de narrador contando las costumbres raras que tienen los humanos.
  35. Utiliza tres clichés de la ficción para hacer un escrito con ellos.
  36. Haz una historia que tenga al final una frase moralizante a modo de fábula.
  37. Escribe un relato en el que los personajes se conozcan a través de las redes sociales y se desarrolle en este medio toda la trama.
  38. Documéntate si es preciso para hacer una descripción al detalle de un personaje que sufre una determinada adicción.
  39. Desarrolla un relato en forma de carta.
  40. Utiliza un refrán integrado en un texto creativo.
  41. Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.
  42. Atrévete a ser infiel en un relato y describe al detalle las sensaciones de los personajes.
  43. Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.
  44. Escribe con sinceridad retomando una historia que te podía haber pasado, pero en su lugar escogiste otro camino.
  45. Crea un relato que contenga una escena en la ducha.
  46. Utilicemos la fantasía e imaginación. Inventa una historia en la que se mezcle en algún momento un smartphone con un neandertal.
  47. Escribe un cuento de princesas, pero dale un vuelco radical a algunos de sus tópicos.
  48. Describe los pensamientos y sensaciones de un personaje que está en coma.
  49. Crea una ficción a partir de una fiesta o celebración propia de tu municipio/ciudad/país.
  50. Escribe un relato sobre la amistad entre un hombre y un animal.
  51. Escribe un relato en el que un personaje intenta comunicarse con un ser de otro planeta.
  52. Describe una situación cómica que transcurra en el último día del año.

Almería y la maldad

Por mucha imaginación que uno crea tener, hay historias que no podemos alcanzar a concebir. En los últimos meses, y pese a todo el horror que intento encarar, asumir y proyectar en este blog, pocos sucesos me habían paralizado con esa mezcla de impotencia y rabia que sube del estómago y amenaza con enquistarse en la garganta.

Sin embargo, de esto, nadie habla en la prensa escrita. Público comparte una nota de Europa Press junto a una fotografía adjunta del cadáver de un perro con hematomas por todo el cuerpo. El Mundo le dedica unas líneas en su versión digital, pero dudo horrores que alcance el quiosco. Solo Schnauzi, el portal dedicado a la realidad del mundo animal, hace un seguimiento del caso. Allí podemos informarnos de que la perra que fue machacada a golpes por un tal Francisco F.R., se llamaba Tuba, y solo pesaba cuatro kilos.

Tras el juicio, su compañero, aquel abuelo que salió a pasear por Cuevas del Almanzora, un pueblo de la provincia de Almería, arrastra, desde entonces, una condena mayor. Una condena que solo han agravado los costes judiciales, que al final recaen en el culpable, y una indemnización de 100 € como propietario de la perra. ¿Su injusto castigo? El dolor y la impotencia que recordará los años que le quedan de vida.

Fotografía del cadáver de la perra Tula
Detalle del cadáver de la perra Tuba.

Esta sentencia arrastra un dolor inimaginable dentro y fuera del Juzgado número 2 de lo Penal. Primero, para un anciano de ochenta y cuatro años de edad, que debió asistir impasible a la tortura y muerte de un animal al que se vio incapaz de socorrer; también de todos los que intentamos luchar por un modelo justo de bienestar animal, y no podemos más que observar cómo han cosificado, una vez más, a Tuba, una perra que valía dieciséis mil pelas: ni siquiera el coste íntegro de su cremación. Pero, sobre todo, para una sociedad enferma que está empecinada en seguir ocultando las mismas heridas que la desangran.

Quién sabe si Francisco entrará en prisión. La sentencia se conoció pocos días antes de Navidad, y de lo que casi estoy seguro es de que habrá pasado las fiestas entre silencios incómodos y juicios sordos por parte de amigos y familiares. Si me preguntan, mucha más suerte de la que merece; una oportunidad, que seguro desaprovechará, pero que debería emplear en no olvidar cuántos sentimos el más absoluto desprecio hacia su acto atroz, que no fue el de matar a un perro, sino el de atreverse a intentar azuzar a un animal, un noble pastor alemán, contra un cachorro indefenso, para después golpearlo, patearlo y pisarlo con todas sus fuerzas.

Ojalá el almeriense hubiese caído en manos de un juez responsable, de un Castro, o de un Calatayud, que no tienen número como para marcar la diferencia. Entonces, el juicio se hubiese encaminado por otros derroteros: se hubiese mencionado el respeto a la vida, pero también el derecho a la propiedad privada, en especial, si Tuba no era más que una cosa; habrían pesado conceptos como ejemplarizante, martirio y opinión pública, y se habría lanzado una mirada en rededor: hacia los animales que comparten la vida con ese asesino de perros —sean estos de dos o de cuatro patas— y cómo influyen, acontecen, y calan estos hechos en todos nosotros. Pero, por encima de todo, no se habría ridiculizado a un anciano octogenario, a una perra atormentada y a una sociedad entera con una pena de cien putos euros.

Una vez muerta, Tuba tenía un gran hematoma en forma de lágrima bajo su ojo izquierdo. Esa debería ser la condena de Francisco F. R. Viajar con esa instantánea dentro de sí hasta revertir por cien el mal que causó, y para nunca olvidar su egoísmo, su falta de empatía y su estupidez contra un ser indefenso, que sentía, y que hasta eso le negó, primero él, y después un juzgado que, cada día, representa junto a muchos otros, la moral de todo un país.


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Sobre penas contra el maltrato animal:

Un juez y tres dictados

Me dan bastante asco los juicios en blanco y negro. Un juez, per se, debería alejarse de los mismos, y aplicar al dedillo esa parte de la ley que le ofrecen los atenuantes y los agravantes, donde encaja la subjetividad que todos cargamos, pero, en este caso, en pos de esa inalcanzable objetividad de su difícil trabajo.

Así pues, recelé del vídeo de turno, y, cuando lo había visto, seguí recelando largo rato, pese a que, a grandes rasgos, a aquel hombre de mediana edad, estudios superiores y extenso currículo no le faltaba razón. Mi recelo surgía del sentimiento del mismo discurso, de esa idea tan propia de la deformación profesional que brota de ciertas actividades y que, en este caso, parece impulsar a nuestro interlocutor a sentar cátedra, a hacernos tragar su verdad, su discurso, pero siempre íntegro, y a pelo.

El juez Emilio Calatayud inundado de papelajos
El juez Emilio Calatayud inundado de papelajos.

Y esto es todo lo malo que puede decirse de una plática fragmentada de diez minutos que el juez granadino Emilio Calatayud ofrecía en el marco de un pacto por el menor y que Europa Press, con muy buen ojo, se encargó de compartir y publicitar: que era moralizante, porque la gente de a pie quiere productos íntegros que recoger e incorporar a su propia estructura de pensamiento, y no una ética voluble, y ampliable, y en constante formación, ¡que eso da mucha pereza!, y a ver si vamos a tener que pensar más de la cuenta, por lo que, incluso en el error, yo le atribuyo bondad.

El vídeo, que ofrecía el segmento de una conferencia en el hotel Guadacorte, presentaba al juez Calatayud, conocido por sus sentencias ejemplarizantes, hablando de ese decálogo para formar a un pequeño delincuente que tantas veces se le ha atribuido. También la falta de filtros, de espiritualidad —palabra que nos rechina, pero que no cuesta tanto darle la vuelta y llamarla educación ciudadana tampoco—, de responsabilidad, de complejo de culpa, de sacrificios… y los problemas que todo esto supone a familias de clase media y media alta en casos de futuros maltratos de hijos a padres.

Hubo espacio para la crítica constructiva, por supuesto, que se evidencia, hoy, en una disminución de la delincuencia juvenil por tres grandes razones, según el juez: porque los jóvenes han vuelto a la escuela tras el ladrillazo (una anómala bondad que nos lega la crisis), porque las familias están aprendiendo a decir que «no a todo» y porque los políticos ya nos lo han robado todo.

Sin embargo, no faltaron las tres palmadas en la mesa que necesitaba el auditorio. La primera, la más espectacular de todas ellas, es la asunción (de una puñetera vez) de que tenemos complejos de joven democracia, y que allí donde más visible se muestra no es en la cómica, que no graciosa, imposibilidad de un pacto educativo entre los grandes partidos, sino en la aceptación por parte de todos de unos derechos y unos deberes del menor, primero, por parte de las familias, y, seguidamente, de las escuelas, que no les permita hacer abuso de sus derechos y dejadez de sus deberes. De hacer un pequeño esfuerzo por olvidar lo mal que lo pasó una generación entera y que es la culpable última de esperpentos como los padres colega, las madres helicóptero y la renuncia total al principio de autoridad en este país.

La defensa de un pacto que nos deja tres dictados por los que luchar: la felicidad actual y futura de los que nos vienen detrás, la asunción de una serie de deberes desde la infancia y la posibilidad de volver a hondear la bandera de la autoridad, que detrás no debería cargar más que con la obediencia, el respeto y el levantamiento de las cargas familiares según corresponda a cada uno de sus miembros, sin caer en el autoritarismo, que tanto nos asusta, pero que suele virar siempre  en dirección contraria. Por lo menos, en una amplia mayoría de los casos.


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Hollyweed

Como si de un capítulo de Bojack Horseman se tratara, el otro día alguien cambió las oes del cartel de Hollywood y plantó dos ees para celebrar la legalización de la marihuana (weed) en el estado de California.

En este caso, la policía está buscando al sospechoso fumeta que se lió la manta a la cabeza, se subió por la colina donde se encuentra el letrero —lo que ya os adelanto que no debe ser fácil, porque, si mal no recuerdo, no hay accesos por carretera— y colgó dos lonas con las que cambiar una vocal por otra. Después, Twitter le reía la gracia, y hasta el rapero Snoop Dog, que, todo indica, que algún canuto se ha metido entre pecho y espalda.

Bojack Horseman roba la letra D del cartel de Hollywood.

California, junto a Nevada, se unen al Distrito de Columbia, Washington, Oregón, Colorado y Alaska, donde el consumo recreativo de marihuana ya se había legalizado anteriormente; una lista, no tan pequeña, que engrosarán en breve Maine y Massachusetts, cuyas leyes, aprobadas tras la elección de Trump como presidente de la nación —cabe dilucidar si estos dos acontecimientos tienen alguna relación entre sí—, debían entrar en vigor el día 1 de enero.

La tontería de turno, que ni siquiera es original, sino un remake que data del setenta y seis, me hizo pensar, de nuevo, en el dinero que mueven las drogas y en el por qué de su ilegalidad. Un tema que, en la práctica, nunca me ha traído de cabeza, pues quien quiere fumar, esnifar o pincharse, sabe donde acudir, y quien no lo hace, no se preocupa por el hecho de que esos platos no estén en el menú.

Los Simpson - Homer fumado
A Homer ya se lo dijo su madre: «Let your spirit soar«.

Sin embargo, es curioso que siga existiendo cierta autarquía y cierto paternalismo de estado en el tema, por lo menos, en el caso español, que no es el único, pero sí uno de los más curiosos. De este modo, se cree el Leviatán que puede contabilizar en el PIB las drogas, la prostitución y el juego ilegal, pese a no contar más que con estimaciones de esta economía encubierta; ¿y el debate? Eso es para democracias menores que no saben lo que quiere el ciudadano.

Sí, lo sé. Parece de puta coña. Los yanquis, a los que, a menudo, erróneamente tildamos de cortitos por no saber dónde está Burgos sin preocuparnos nosotros demasiado por dónde caen Wisconsin o Zaozhuang, ya hace un tiempo que se percataron de que para que algunos mexicanos exporten el cannabis hacia el norte con creatividad, mejor controlar en casa la producción; de paso, no les pareció mal leer las caras de descontento de los votantes, y abrir un debate sobre la legalidad de la misma para su uso recreativo.

Entonces, cabe preguntarse realmente si a los que quieren seguir controlando el cauce de un río que lleva décadas desbordándose en otro dirección no les faltará visión suficiente para comprender las ventajas que la ilegalidad, la alegalidad  y la falta de información suponen para el narcotráfico, el consumo desinformado y las arcas del estado.

Alcalde Quimby (ayuntamiento de Springfield, marihuana)
El alcalde Quimby (¡vote por Quimby!) nos ejemplifica la relación entre los poderes fácticos y las drogas.

Jaggu Jaggu y la bondad

Jaggu Jaggu corre descalzo por Karachi, la ciudad más poblada de Pakistán. Galopa por las calles a toda velocidad con una camiseta de manga larga o un jersey mal anudado a pocos kilómetros del mar Arábigo. Karachi, la vigesimosegunda ciudad más poblada del mundo; centro económico, portuario y comercial del país; hogar de extremos, de segregación tribal a las afueras, y de guetos, y de fundamentalismos y prohibiciones, pero también de occidentalización, de frontera social y de privilegios inimaginables para una minoría lejos de la escena, en los barrios residenciales de Defence y Clifton, donde se concentran las rentas altas.

Para Jaggu Jaggu, el océano Índico se abre a lo lejos, entre edificios viejos, y, entonces, junto a ese perro callejero que no sabe hasta dónde ha viajado su fotografía, aparece un crío de amplia sonrisa, también descalzo, y desgarbado, con unos globos de colores en la mano, como una vendedora de cerillas que abandona el cuento y aterriza en una de las muchas zonas no privilegiadas que nos lega el siglo veintiuno.

Estamos en Bahadurabaad, uno de los vecindarios de clase media que, poco a poco, han envejecido sin pena ni gloria. No muy lejos del centro financiero de la ciudad, todo el atractivo con el que el barrio cuenta es una réplica del Charminar, monumento y mezquita que, originalmente, se puede encontrar en la ciudad de Hyderabad, en la India.

Jaggu Jaggu y su amigo

El niño sonríe, posando junto al perro; ya es de noche. Alrededor, nadie se ha molestado en aparcar bien los vehículos que capta la máquina del fotógrafo, ni en limpiar el asfalto que el improvisado modelo pisa sin zapatos. Para su estatura actual, su ropa es holgada, y está sucia, e incompleta, y, aun así, pese a toda la negrura que arremete contra ellos, el niño sonríe, y acaricia a Jaggu, que ya se ha aburrido de estar quieto frente al hombre de la cámara.

Antes de todo esto, Belaal Imraan, quien se ha topado con esta improvisada escena de amistad en Karachi, ha asistido al reencuentro diario entre el vendedor de globos para niños afortunados y Jaggu Jaggu. Un reencuentro lleno de fidelidad pese a la adversidad, de juego pese al cansancio y, sobre todo de bondad y de humanidad.

Por si la sonrisa no fuera suficiente, Belaal le pregunta al niño por qué le ha puesto su ropa al perro. Imagino que este le mira extrañado por un instante, como si la respuesta fuese demasiado obvia, y contesta: «Hoy hacía frío».


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