Perrofobia y perrolatría

Hace unos días, El País Semanal publicaba una columna titulada Perrolatría, firmaba Javier Marías, quien en unas pocas líneas fue capaz de decirnos que Hitler tenía un perro, que los españoles somos tan imbéciles como los yanquis y que los dueños de un can creíamos tener, y presuponer, derechos que nadie nos había entregado.

Como le presumo cinéfilo y muy dado a todo tipo de referencias, diré que, tras leer la columna, a mí Marías se me asemejó, en actitud, al James Stewart de La ventana indiscreta, quien solo podía acercarse a un perro con unos prismáticos.

Diré más. Casi pondría la mano en el fuego que a Javier Marías no le gustan los perros —por llamarles chuchos, y a nosotros perrólatras, e incluso por incentivar o, como mínimo, defender el maltrato animal—, pero no lo haré. De lo que sí estoy seguro es de que no tiene ni puta idea de perros. 

Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).

Dana en casa, haciendo yoga perruno
Dana en casa se despendola, haciendo yoga con un estilo muy libre. Desconozco si Javier Marías aprobaría algo así… 😉

Aun así, como me importan un pimiento Obama, Hitler o el sentimiento antiamericano, entraré raudo en los detalles de interés: aquellos que me ayudarán a defender mi argumentación.

Para empezar, me agradaría saber cuántos dueños de canes han intentado imponer derechos y cuáles han sido estos. Parece baladí, pero no hallo ningún ejemplo real a lo largo de la columna de opinión, por lo que no puedo más que intuir que Marías sonríe cómplice a Fernando Savater y a su Tauroéticacomprendiendo un derecho solo como aquella ventaja que uno mismo puede preservarse, y no como algo inherente a uno mismo que un perro, un niño o una persona con diversidad funcional puede o no entender.

De este modo, yo, como responsable de mis canes por los que siento perrolatría estoy obligado a cumplir unas obligaciones y a defender unos derechos propios y otros del animal.

Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto.

En esta misma línea, avanzamos rápido de nivel. Y no se tarda en comparar un perro con un tigre, una serpiente u otros animales no domesticados. ¿Sobre esto qué puede uno decirle al académico? Quizá que amplíe sus lecturas, que, entre las humanidades, la evolución humana y la historia universal todavía pueden darle grandes alegrías y sorpresas a su edad, que lea y comprenda, que es lo mínimo que se le puede exigir a un profesional de su relevancia cultural.

Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo.

Además, como propietario de tres perros (y dos gatos) también quería aclarar que los perros no ladran por cualquier motivo: siempre hay un motivo; que recoger una mierda no es ninguna asquerosidad ni una humillación, y que quizá algún día incluso alguna enfermera tenga que cargar con la de más de un escritor ingrato con mayor estoicidad si cabe, y, por encima de todo, que no suele haber continuas visitas al veterinario, ni esquilados, ni lavados, ni «tratamientos psiquiátricos» —imagino, no sin cierto esfuerzo imaginativo, que aquí hablaremos de etología—.

De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación.

Hay gastos, y sorpresas, y alegrías, y tristezas, como en cualquier otra faceta de nuestras vidas. También hay dueños responsables, que son una amplia mayoría creciente; una amplia mayoría que vive en sociedad, y que, buscando una fórmula apta para la convivencia, que no solo tiene el derecho de exigir respeto por su modus vivendi, sino también la obligación de respetar las decisiones del resto de sus coetáneos; quizá, pues, el académico no hay caído en la cuenta de que, en última instancia, la decisión que le fastidia su bistec con patatas (el suyo no, que a estas alturas ya sabemos que es muy tolerante y las piedras le caen por su excesiva filantropía) no es del compañero del perro —a estas alturas del texto, estoy harto de eso de dueño—, sino del dueño —ahora sí— del establecimiento, quien admite perros como acompañantes.

En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro.

Poco más puede añadirse. Con esas líneas seguro que se ha creado muchos enemigos, y lo que verdaderamente me extraña es que a cierto nivel un columnista no sepa que cualquier texto es siempre una declaración de intenciones; también deseo que Javier Marías se modernice antes de quedar atrás; que busque influencias y testimonios más allá del siglo XIX y, sobre todo, que no pelee con vecinos; que lo más probable es que un perro no le ataque, ¿pero qué derecho tendría él a quejarse de un mordisco si, pese a su nivel social y cultural, es el primero que se atreve a solucionar las cosas a mamporros con aquellos con los que vive puerta con puerta?


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Perrolatría, por Javier Marías en El País Semanal 

Javier Marías y el miedo a los perros, por Río Bravo en Letras Libres

Castigar y perdonar

A través del voluntariado, entré en Quatre Camins y Brians 2. No importan los módulos; podrían ser de grado 2 o de grado 3; de drogodependencia, de delitos sexuales, de respeto… No importa, en serio. Si quieres ser voluntario/a, y te importa eso, hazte un favor y no te acerques por allí jamás.

El primer día mezclaba demasiada curiosidad y tensión por cómo sería aquello, por qué pasaría; todo ello se movía también entre briznas de inquietud difíciles de controlar la primera vez que pasas los controles; los siguientes, no.

Cuando me relajé un poco ante la situación, no tardé en advertir dos puntos que me perseguirían hasta el final de los programas: uno, cualquiera puede acabar en prisión; dos, el sistema no funciona (bien), y es de este segunda cuestión de la que quería hablar hoy.

Mi experiencia en prisión

Aunque no siempre lo tengamos en cuenta, la cárcel está repleta de perfiles que no tienen nada que ver entre sí: habrá una minoría de psicopatías mal redirigidas; también personas que han cometido delitos menores y continúan entrando y saliendo; acosadores, violadores, desfalcadores, drogadictos, gente que ha sufrido durante toda su vida exclusión social, enfermos mentales, y más. A menudo, estos perfiles se solapan, porque como ocurre en la vida real, nuestro carácter no se adapta a la hoja de un informe médico o judicial.

AlPerroVerde - Voluntariado Quatre Camins 2015-2016
Compañeros voluntarios y equipo perruno del programa de voluntariado 2015-2016 en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Todos ellos conviven y trabajan juntos. Lo único que tienen en común es un espacio que les mantiene privados de libertad: un pequeño entorno, un microcosmos. En prisión, uno se organiza por celdas compartidas, aunque la ley española contempla que deberían ser individuales siempre que esto fuera posible; algo que la masificación impide y que solo se reserva para internos que han sido recluidos por delitos de terrorismo, seguimiento especial  y castigo (veintitrés horas en la celda; una en el patio).

En prisión, se puede estudiar y optar a trabajos de baja cualificación por un sueldo mínimo con el que ahorrar o gastar en el economato; también ser candidato para ciertas actividades extraordinarias que, en un mundo donde la rutina te amenaza con tanta garra como la falta de libertad, se convierten en un oasis en el desierto. Así, conocí yo una pequeña porción de la cárcel: su cara más bonita; y de bonita no tenía nada.

En España, la cárcel es, sobre el papel, una herramienta de reeducación y reinserción para personas en riesgo de exclusión social, a diferencia de países como EEUU, donde se contempla, en primer lugar, una pena punitiva.  De facto, sin embargo, estos programas son inviables por culpa de la falta de recursos que no permiten individualizar los tratamiento para cada interno.

Seguro que no te lo crees. Pero las tasas de reincidencia hablan por sí mismas: más de un 40 %. En serio. Y hay algo más que descubrí: los yanquis cuentan con un psicólogo por cada seis presos; los españoles con uno cada seiscientos (600).

Si bien el sistema estadounidense de prisiones no tiene nada de bueno, España tampoco es un camino de rosas. La cárcel ya es castigo suficiente. Por muchas piscinas que la gente crea que disfrutan, y muchos polideportivos donde levantar peso o pedalear en una elíptica; por mucho subsidio que cobren al salir (un máximo de 426 €, en 2016). La cárcel es rutina, es privación de libertad y, para muchos, es una soga al cuello o el menor de los males al volver a pisar la calle.

Semana a semana, aprendí que la solución no es seguir castigando a estas personas que ya está cumpliendo una pena impuesta por sus errores; tampoco lo es perdonar. La respuesta empieza por comprender sus miedos, sus frustraciones, sus carencias, y canalizarlas a través de ese periodo de tiempo en el que son obligados a salir de las calles; aprovechar esos días, esos meses, esos años, como una herramienta mediante la que reintegrar a esa gente en sociedad.

Descubrí algo más. Aquello que poca gente quiere comprender al acercarse a un preso es que sus errores, a menudo, también son los nuestros (como grupo). No podemos exculpar a ninguno de ellos/as, ni debemos hacerlo, ¿pero cómo podemos tener la poca vergüenza de decirles que no quieren un cambio en sus vidas si no les ofrecemos todas las herramientas para alcanzarlo?


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De una multa de tráfico al Leviatán de Hobbes

Este fin de semana iba a ser la leche. El viernes tenía que saltarme el entrenamiento para retroceder diez años atrás. La razón era un concierto de Los Madalenasel grupo de punk rock de mis colegas de adolescencia: Alfredo, Imagen, Vil… aunque al Vil le chutaron, o se fue; algo así. Da lo mismo.

El sábado tenía que conducir hasta el Pirineo para una fiesta de cumpleaños multitudinaria de otros tres amiguetes: ya había aparcado el coche por el barrio, había dejado a la jauría en buenas manos y todo estaba listo para salir a toda leche después de una comida frugal y llegar por allí a media tarde a devorar cruasanes para merendar.

Homer Simpson y su viaje con la marihuana
¡Que no, hombre! Que no era por eso que estás pensando. Sigue leyendo, anda.

Entonces, noté que se me había inflado un ojo. Que me pesaba. Y una mueca de disgusto se dibujó por debajo de la barba. A priori, puede no parecer tan malo, pero yo sabía lo que le sucedía: una lágrima, una lágrima y luego otra lágrima. Los ojos enrojecidos, mocos, mocos, más mocos, y un resfriado de proporciones épicas conquistando las vías altas, como te sueltan los médicos pedantes.

Para resumir, no hubo Frenadol que detuviese aquello, y me negué a conducir tres horas para no poder beberme ni un par de cervezas con los colegas. La noche anterior, cuando empezaba a preverlo, me recogí pronto e intenté contener el asalto… pero nanai. No hubo forma.

Libros "Elige tu propia aventura"
¡Hola, lector! Ahí va un enlace explicativo  por si no sabes de qué c*** te estoy hablando. 🙂

Lo mandé todo a tomar por saco. Me quedé sin concierto hasta altas horas de la noche y sin fin de semana en la montaña con los amigos. No había nada que hacer. Era una de esas situaciones de los libros de Elige tu propia aventura donde ya la habías cagado páginas antes: ahora, tomaras la dirección que tomaras, solo te disponías a joderlo un poco más.

Así que no tomé ninguna dirección. Me quedé en mi casa. Vi dos o tres películas. Intenté leer un rato. Saqué a los perros mientras ellos me miraban apenados y me dirigían hasta el sofá, de nuevo, entre gorjeo y gorjeo.

Al día siguiente, Laura se fue al Matsuri —el festival japonés que se organiza cada año en Barcelona— y yo… pretendía pasar todo el tiempo posible de domingo en mi casa. Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona tenía otros planes para mí.

Esa misma mañana, el destino encaminó mis pasos hasta la calle donde había aparcado el coche, y comprobé que no había coche. Había cientos de niños tocando los cojones gritando, lanzando pelotas entre canastas de baloncesto y vallas divisorias; era la Fiesta del deporte, la Fiesta del baloncesto, o algo así, y entonces tragué saliva.

Los coches habían desaparecido. Por el contrario, habían aparecido decenas de carteles de señalización excepcional que no estuvieron allí ni el viernes, ni muy probablemente el sábado hasta última hora; una sombra de duda conquistó mi jeta enrojecida e irritada de tanto virus.

Un hombre obliga a cortar la Ronda de Dalt
A este paso, voy a terminar como este señor…

Los pasos que debía seguir eran evidentes. Llamar al depósito donde creía que estaría el coche y al otro, donde no quería que estuviese el coche. Hasta ahí, tuve suerte. Después, tocaba subir en autobús hasta allí, pagar 147 euros de la grúa, el tiempo de parking en el depósito y recoger una multa de 60 euros más.

En otras dos ocasiones, se nos ha llevado el coche la grúa. La primera vez, el antiguo Ford Fiesta de mi pareja; la segunda, nuestro coche actual, un Ford Mondeo que pertenecía a mi padre. En ambas ocasiones me cabreé un poco conmigo, o con Laura, o con la mala suerte; después pagué, saqué el coche y me olvidé del asunto.

Esta vez era distinto.

Lo noté rápido al llegar por allí. Ni tan siquiera los operarios de las grúas ni la gente del depósito sabía por qué coño se habían llevado todos los coches que habían decidido que estaban mal aparcados. No había señales; no se pusieron a tiempo. Pero algo había que hacer. Los críos tenían que jugar a baloncesto, y el ayuntamiento no pensaba admitir que la culpa era suya. La solución estaba clara.

Una vez fuera, me planteé seriamente cuándo debieron poner los carteles a lo largo de una de esas sesiones de autofustigamiento y cabreo tan reparadoras para tu propia psique. Sería el sábado a media tarde; pasado el mediodía muy probablemente: antes de comer, saqué a los perros y pasé por allí. También a cuánta gente le habían jodido la compra del mes con esa tontería. Pero lo que verdaderamente me chocó mientras subía a pagar esa multa hasta que me comí un bocata de queso en un bar fue algo que me ha costado digerir: ¿cuándo ha vuelto el Leviatán?

Nuestros padres y (algunos) abuelos nos enseñaron que, en los últimos cuarenta años, el estado era un espacio de bienestar donde vivir en sociedad; un modelo colectivo que exige y ofrece, y una vía donde implicarse en beneficio de todos, mientras que salir, no solo se vuelve complicado, sino absurdo en la mayoría de los casos. Una cosa es que te echen, que te excluyan; otra que no quieras formar parte del grupo.

Tattoo del Leviatán de Hobbes
Un tipo al que se le ocurrió que era buena idea tatuarse una ilustración del Leviatán de Hobbes en el brazo.

Pero cuando guardé el coche en el parking, no hubo atisbo de dudas; me prometí que ahí iba a quedarse excepto para lo indispensable y que, más tarde, me ayudaría a volver hacia algún pueblo cercano donde siempre tuve que seguir viviendo y acercándome hasta la gran ciudad para lo imprescindible. Lo dejé anotado en un papel encima de la guantera: que el estado ya no es mi amigo; que no existe modelo de bienestar, que  desapareció.

En fin, que le den por culo a Hobbes y al contrato social. Ahora ya sé cómo se las gastan: si no podemos contar con el Estado, será cada uno de nosotros quien deba procurarse esa parcela de libre albedrío y seguridad individual. ¿Será esto posible hoy día? Y lo que todavía es más importante: la que se ha liado por una puta multa y un resfriado, ¿o no?


Por cierto, he recurrido la multa a ver si recupero mi fe en el sistema o termino por volverme un inadaptado social.

 

La torre de cristal

Escogí el nombre al salir de la tienda. Dana, de Dánae, que fue encerrada por su padre, el rey de Argos, para evitar que una de las profecías del oráculo de Delfos se cumpliese. La pastor alemán también estaba encerrada, privada del contacto con cualquier otro perro, y miraba desde su cubículo de cristal hacia nosotros. Entonces, todos creímos que no había nada malo en aquello, que estábamos haciendo las cosas bien, como debían hacerse: nos equivocamos, mucho.

Dana (pastor alemán, 4 meses)
Dana con cuatro meses.

Hoy, paseo con los perros, principalmente, por el Carmelo y el Guinardó. También bajo por el Eixample hasta las Glorias y, de vez en cuando, los suelto en la Avenida Gaudí, en el Parc del Guinardó o en los Jardins del Príncep de Girona. Allí, corren un rato, practicamos ejercicios simples de adiestramiento o, simplemente, jugamos con una pelota de tenis.

Si alguien me para y me pregunta dónde he comprado a mis perros, les digo que todos son adoptados de la protectora. Les miento. Les explico cómo pueden enseñar a que su perro se siente, se tumbe, venga cuando le llaman; qué es un clicker y cuándo utilizarlo, y para qué sirve también. Si tengo tiempo suficiente, les explico el caso de Dana; si no lo hay, mantengo la mentira hasta el final.

Comprar un perro (en una tienda)

¿Tú también piensas comprarte un perro? Si buscas por Google, podrás ver las últimas tendencias: solo teclea comprar perro… y aparecerán algunas de las búsquedas más habituales. Comprar perro pequeño, comprar perro labrador, perro boo, de agua, lobo checoslovaco, salchicha, pomerania... La gente sigue cometiendo el mismo error que yo cometí, por eso miento, porque no puedo sacrificar todos y cada uno de los paseos de mi vida explicándoles por qué jamás debí entrar en aquella tienda y perpetrar el peor error que puede llevar a cabo alguien que quiere un perro.

Dana y Argos con pelota
Dana y Argos en nuestro primer piso.

No es por tratarse de un perro de raza siquiera. Otros te dirán que sí, pero no yo. No es ni tan siquiera por comprar un perro; algo que no tengo intención de volver a hacer. Se trata de un cúmulo de errores que deberías ahorrarte, así que aprovecha para leer sobre ello y da un poco de sentido a mi equivocación.

Errores al conquistar la torre de cristal

El primero de todos ellos es aquel más sencillo de resolver, pero como estamos idiotizados o enamorados de ese cachorro que tenemos delante, no se nos ocurrirá. Una tienda de perros no forma parte de una historia épica, por mucho que intentemos racionalizarlo o convertirlo en una leyenda griega, no estamos ayudando a ese animal, no estamos salvando su vida: estamos condenando a diez camadas más que vendrán después mientras pagamos trescientos, quinientos, mil o dos mil euros a una mala persona.

Dana y Argos descansandoNo es una conquista, es una rendición incondicional frente a un negocio que te facilita ya un perro que no ha sido bien sociabilizado, que llega de criaderos ilegales ubicados en otros países y que, muy probablemente, aterrice en tus manos sin una impronta adecuada (algo irrecuperable) y con enfermedades que, en el trayecto, han matado a una parte de su propia camada.

Dana llegó de República Checa, con una impronta deficiente, y nunca se ha comunicado bien con otros perros. También con tos de las perreras, aunque entonces no lo supe, e hiperreactividad, que no tardaría en convertir en ansiedad por separación y comerse las paredes de todo mi piso.

Comprar un perro en una tienda significa jugar a la ruleta rusa: por un lado, desconoceremos quiénes eran los padres, cuál era su carácter y qué problemas físicos han sufrido a lo largo de su línea; por el otro, dudaremos sobre qué ha vivido ese animal desde que nació, si convivió con su madre, con sus hermanos o cómo ha sido sociabilizado y criado desde el primer día.

Esto es solo una parte. Si eres un poco más listo o lista que yo, recurrirás a un criador. Un profesional que trabaja en el mundo canino y que podrá mostrarte la genealogía familiar del animal, el carácter de los padres, dónde han vivido los cachorros y un largo etcétera. Además, aunque no lo creas, muchas veces el precio de venta del animal será notablemente más económico que el de una tienda (supuestamente) especializada.

Perros con ansiedad por separación
Dana y Argos destrozando nuestro primer piso. (A esta foto le tengo un cariño especial. ¡Jajajajaja!)

Así podrás comprar un labrador, un pastor alemán o un border collie con la seguridad de que todos esos perros han nacido y vivido sus primeros meses junto a alguien responsable que no se lucra a través del sufrimiento y el maltrato animal.

¿Cuál es el problema? Si te paras un minuto a pensarlo, es infinitamente mejor que apoyar las redes de tráficos de animales y la falta de cuidados que muchas tiendas siguen manteniendo; ¿pero para qué quieres un perro de raza? ¿Son bonitos, verdad? ¿Y qué más?

Dana y Nymeria
Dana y Nymeria, nuestra gata, en una de las terrazas de la casa del Guinardó-Eixample.

¿Conoces el carácter de un pastor alemán? ¿Sabes que son inseguros por elección genética y tienden a convertirlo en agresividad? ¿Entiendes lo difícil que puede resultar cansar a un perro de trabajo inagotable como el border collie? ¿Sabes que un chihuahua, un jack russel o un cocker siguen necesitando mogollón de ejercicio pese a su tamaño?

Todos los perros tienen talento

Los perros de raza tienen una función: son perros de trabajo, de pastoreo, de guarda… y tú deberías poner los medios para que cumplan esa función en la medida de tus posibilidades. No es una opción, es genética: a un pastor alemán le define el pastoreo, y el trabajo. Un pastor alemán no quiere estar tumbado en el sofá, no quiere jugar diez minutos contigo, no quiere ser parte del decorado; quiere correr, pensar, mover ovejas del punto A al punto B… un pastor alemán quiere ser un pastor alemán.

Y lo más importante de todo, ¿sabíais que un 50% de los perros que sobreviven en las protectoras son de raza? En serio. Hay muchísimos en todas ellas. Solo tienes que ir y hablar con los responsables sobre qué tipo de perro estás buscando. Nadie te va a intentar encasquetar a un perro que no quieres —y si alguien lo hace, deberías avisar al resto del equipo y no complicarte la vida—. No te juzgarán por decir no; no te juzgarán; están ahí para ayudarte.

Antes de comprar, pregúntate qué esperas de tu perro. La mayoría solo queremos a un amigo con quien compartir nuestro tiempo libre, que sea lo más equilibrado posible y que se convierta en parte de nuestra familia. Eso puede hacerlo cualquier perro. Cualquier perro tiene talento para aprender a hacer agility, para jugar con la pelota, coger el frisbi, aprender obediencia básica y avanzada, y mucho más.

Cualquier perro tiene talento.

Así que solo se me ocurre una razón para comprar un perro en un criador, y es que te dediques a ese mismo mundo de forma profesional. ¡Y aun así mucha gente trabaja en agility, en obediencia o en discdog dog dancing con perros mestizos! Y tú necesitas un pastor suizo o un cachorro de rottweiler con el que salir a pasear, ¿verdad?

Siempre hay perros en adopción, de raza y sin raza. Solo es cuestión de tener un poco de paciencia. Solo es cuestión de conocer a un animal, de vivir con él, de aprender y ser consecuentes con nuestras decisiones. ¿Pero a que ya no suena tan importante eso de comprar un perro?

Esto es una (pequeña) parte de todo lo quiero decirle a cada persona que me pregunta dónde compré a Dana. Cuando ve lo obediente que es. Cuando se da cuenta de que viene cuando la llaman, que se queda quieta a la orden o abre el container cuando se lo pido. 

Lo que no sospechan es que, por mi error, Dana terminó siendo un animal completamente agresivo con cualquier perro con el que nos cruzábamos, que todavía hoy no puede (ni podrá jamás) entender lo que los perros nerviosos le dicen, que necesita dos horas de paseo, sesiones de adiestramiento diario y que, ahora, camino a los siete años de edad, ha empezado a dormir boca arriba, a relajarse y a entender cómo debe gestionar su ansiedad.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Durante años creí que su torre de cristal quedó atrás, en Mister Guau, una cadena catalana que, al final, rectificó a la fuerza, sin comprender que no era posible liberar a mi perra de algo con lo que cargaría toda su vida. Cuando por fin lo entendí, decidí que nunca más pondría precio a un perro. Y no lo haré.

Dana fue un error. Solo es que conseguí convertirlo en mi mejor error. 

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Que se vayan a la mierda

Hoy, quedan veintisiete días para que se repitan elecciones generales. En estos seis meses, se ha cambiado Cataluña por Venezuela y se ha satanizado cualquier cosa que huela a la conversión política que sufrió el movimiento 15-M.

Sobre las Elecciones Generales del 26J

Mientras tanto, la cultura fiscal de este país sigue igual. Como presentaba el anuncio electoral de Ciudadanos, ser autónomo significa ser un gilipollas que se rompe los cuernos para ganar cuatro duros, que nunca se rinde por mucho que le roben y que, en pleno siglo XXI, debe aguantar las mismas tonterías sobre recesión económica, políticas supuestamente insostenibles en Madrid y Barcelona y absurdos paternalismos por parte de una panda de ladrones. Vamos, el típico consejos vendo, que para mí no tengo.

Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.
Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.

Este es un tema que me preocupa. Uno entre muchos. No solo el paro estructural, sino también la poca visión de nuestros gobernantes por creer, y por crear, una verdadera Unión Europea, un estado federal de naciones, un proyecto de ley que incentive la formación de calidad, que no nos marque un destino fuera de nuestras fronteras, que dignifique los contratos puente, que luche contra los trabajos basura.

Pero no es lo que más me preocupa. Esta mañana se viralizaba una opinión de Iñaki Gabilondo en la SER; un periodista fácil de admirar, incluso cuando lanza opiniones contrapuestas a las de uno mismo. En este caso, no es así; su análisis es, muy a nuestro pesar, lúcido, certero y, probablemente, inminente: el PP será el partido más votado, […] Ciudadanos, cuyo voto menguará, pactará con el Partido Popular; pasará que el PSOE no acordará un pacto de gobierno con Podemos ni con sorpasso ni sin sorpasso, pasará que con Sánchez o sin Sánchez permitirá que el Partido Socialista gobierne el PP. Terminaba con una idea bien macerada: «El PP […] seguirá siendo el mal médico que solo se ocupa de los síntomas y nunca cura una enfermedad.»

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos? ¿A quién damos nuestro apoyo como votantes? Lo desconozco. O mejor dicho, me niego a sentar cátedra aquí.

Mariano Rajoy (PP)
Mariano Rajoy, presidente del gobierno en funciones, con simpatizantes de su partido y de su persona. Sí, en serio.

Leer las redes sociales o las opiniones públicas en la prensa es adentrarse en un mar escarpado donde Podemos se equipara a Venezuela y a un comunismo que hace décadas que desapareció; en este imaginario, Ciudadanos no es más que una calcomanía del original, el PP sigue siendo la fuerza más consolidada pese a la corrupción institucional que se remonta a la transformación de Alianza Popular —como demostró el caso Bárcenas— y el PSOE no son más que unas siglas vacías de cualquier significado.

Llegados a este punto, el miedo puede ser un enemigo terrible. ¿Qué ocurrirá si no hacemos lo de siempre? ¿Funcionará? ¿Podemos votar fuera del bipartidismo? Muchas personas incluso han encontrado fundamentos para la crítica en los dos núcleos que administran los ayuntamientos del cambio en el país: falta de experiencia, conflicto, decisiones erróneas, huelgas de transporte…

Sin embargo, antes de depositar mi voto el 26-J, yo ampliaré mi reflexión. Me preguntaré qué partido (si lo hubiere) considero que puede hacer que España funcione, y cómo.

Me preguntaré si quiero ser parte de un país de naciones que no asume que necesita una reforma de las autonomías; si la solución pasa por seguir recortando a los sectores más asfixiados de la población mientras se otorgan rescates bancarios a cualquier precio; si los gobernantes actuales se encuentran en disposición de juzgar intelectual y políticamente a las nuevas generaciones, las más formadas de toda la historia española; y, sobre todo, si un traje vale más que una sudadera del Carrefour, como la tuya y como la mía.

Me preguntaré quién tiene un plan de gobierno, transparente y accesible, y quien lanza promesas vacías, o busca pantallas de humo creando conflictos entre las comunidades autónomas que debería proteger y estructurar adecuadamente.

Me preguntaré si seguir haciendo las cosas del modo que nos ha llevado a esta absurda crisis, que no es más que otra forma de expolio con los mercados financieros como arma, es un modo de salir de la ratonera o si, por el contrario, necesitamos independencia política de los mercados y de Europa, y si alguien puede dárnosla.

Estimación de intención de voto 26-J
Intención de voto para el 26-J a finales de mayo de 2016. (Más información en la fuente.)

Quizá no encuentre respuesta a todas estas preguntas, pero eso no evitará que dé vueltas y más vueltas a todas ellas en mi cabeza.

Entonces, votaré en consecuencia.

Grecia nos demostró que hay cosas que Europa no va a tolerar; nos queda preguntarnos: ¿queremos formar parte de esa Europa o queremos cambiarla para que sea un reflejo de sus ciudadanos y un ejemplo de una verdadera comunidad de naciones?

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Estás que echas humo

Deberían dejar de fabricar tabaco y no hacer leyes absurdas, dice un calvo en la tele. Al estanquero de turno no le gusta nada tampoco; no entiende por qué los fabricantes no han hecho más para proteger su marca frente a la temida conquista del 66 %. Y también hay gente que está de acuerdo, que cree que esas fotos cada vez más grandes de pulmones hechos fosfatina ayudarán a decantar la balanza entre aquellos que quieren dejar de fumar.

Yo vengo de familia de fumadores, y ese primer comentario del artículo lo he escuchado miles de veces. Entre pitillo y pitillo, surge el tema de que nos están cosiendo a impuestos, de que están trincando una pasta, y de lo malo que debe ser para el sistema sanitario seguir manteniendo a la gente enganchada.

Tabaco y dinero (viñeta)

Pues no creo. Seguro que cuando estés muerto de asco en un hospital cualquiera enchufado a una máquina que te controla el oxígeno en sangre y con cortisona, chutes de quimio, y qué se yo, alguien se lucrará del leasing del gotero o de las palas que te enchufan en el pecho cuando terminas por petar por algún lado.

Hay otro argumento que me he cansado de oír también: de algo hay que morir; explotas, claro, harto de que te lo recuerden cada diez minutos, y mandas a más de uno, de dos y de tres a tomar por saco. Aun así, lo cierto es que a una extensa mayoría adulta eso no le preocupa demasiado: palmar, palmamos todos, antes o después. Por el contrario, la forma en la que lo hacemos es un tema más peliagudo. Rabiar de dolor cirrótico seguro que no es demasiado divertido, y ahogarse con una botella de oxígeno enchufada a todas horas, ya te digo yo que tampoco, que lo tengo visto.

¡Qué más te da lo que salga en la caja! Lo que te jode es que te recuerden lo que te estás haciendo. Lo idiota que eres por fumar; lo idiota que eres contentándote con el hecho de que otros idiotas se joden el hígado o las neuronas a golpe de ginebra, de ron, de cocaína o de anfetaminas. Porque como ex fumador sé que estás jodido cada mañana, tras cada sprint para coger el autobús y cada vez que desaparece la nicotina de tu cuerpo.

También está el perfil de fumador al que esto no le importa, que sabe que es malo, y que, o bien le gusta cómo sabe cada uno de los cigarrillos que fuma (no creo), o bien se autoconvence de que le gusta; contra ese no tengo nada que objetar mientras sea coherente hasta el final. Está jugando a la ruleta rusa, y cuando le explota el tiro en la sien, todavía tiene tiempo de ver lo que ha ocurrido: los daños pueden ser mayores, menores, e incluso puede quedar en un susto; pero si quiere conservar algo de orgullo entre tubos, debería seguir siendo coherente hasta el final.

Cuando diagnosticaron a mi padre un cáncer terminal, no tardó en decirle a mi madre: «Me lo he buscado.» ¿Y qué le vas a decir? Pues se lo niegas; le respondes que también da cáncer la comida, los coches, las centrales nucleares y el aire; él ya sabe que no han sido los sulfatos, ni la nuclear de Vandellós, ni el tráfico en hora punta en la Ronda del Litoral; él ya se siente idiota sin ayuda de nadie, y aún más cada vez que se escapa al baño a intentar echar otro cigarro con una metástasis que avanza imparable.

Cigarros asesinos (literalmente)Pero lo cierto es que tenía razón. Tú te encoges de hombros; y te tomas un par de whiskys, y sabes que quizá, en veinte años, te pase lo mismo y que no eres quien para juzgar a nadie.

Para mí, hay algo peor que palmar así, o igual de malo, y es saber que durante medio siglo te has privado de respirar, correr, saborear la comida y no dañar a los que te rodean por algo que se han cansado de repetirte que era malo, malísimo, algo que nadie necesita y que, efectivamente, ha terminado por matarte. Y no es que te lo repitan hasta la saciedad, es que tú mismo ves que es así, porque todo apunta hacia esa verdad que te fuerzas a negarte.

Vamos, que lo que dice esa cajetilla del 66 %, y subiendo, no es que vas a terminar muerto, sino cómo te estás obligando a ti mismo a vivir de una forma que, en realidad, no quieres y lo idiota que eres por hacerlo. Y no mola nada que te recuerden que eres imbécil; imagínate si tienen razón.

Pero bueno, tampoco te lo tomes tan en serio, porque hay una cosa que sí es cierta, y es que no hay cura para la vida.

Sangre de toro

Bendito el corazón que pueda doblarse, porque nunca se romperá.

Albert Camus

Ya imagino septiembre. Me imagino peleando en Tordesillas a manos desnudas. Defendiéndome de una agresión tras otra a través de los gritos de una multitud que se ensordece entre sí. Imagino el miedo, la rabia, la incertidumbre, el horror.

Imagino el aire. Me imagino golpeando al aire con furia, hasta alcanzar un apéndice u otro; no importa. Moviéndome pesadamente entre centenares de seres que mezclan sorpresa, cobardía, dolor, maltrato e idiotez a través de su existencia.

Quizá te encuentre aquí. Envueltos en una polvareda que embiste implacable contra nuestros pulmones. No sabré si eres cómplice o mártir, ni tan siquiera si, en el combate, estos conceptos tienen sentido; si hay colores que nos distingan, o si toca esperar a recoger los cuerpos inermes y auxiliar a los heridos para esclarecer los hechos.

Viñeta sobre toros (Borges)

En ese escenario, la policía disparará gases lacrimógenos para disolver a taurinos y manifestantes; movilizará mangueras de agua a presión, lanzará chorros contra unos y contra otros. Cuando nada funcione, pedirán refuerzos, sabiendo que no habrá súplicas correspondidas; sabiendo que, mientras tanto, jóvenes y viejos seguirán enzarzados por igual en una batalla campal de proporciones épicas.

El toro, que de nuevo habrá sido liberado contra los manifestantes, escapará a la montaña, lejos de los caballos y los picadores, lejos de la guerra y de la violencia de los hombres. Escapará rápido, a toda velocidad, asustado y temiendo por su vida en todo momento; temiendo de esa forma que le hemos insertado en el genoma a golpes de espada y de lanza.

Quizá llegue a la loma del perdón —cuyo nombre el toro desconoce, y tampoco le importó jamás— para ser abatido a tiros, como lo fue Presumido, o caer herido de muerte y abrazar una eternidad de injusticia, como le ocurrió a Bonito. Él, que aún no tiene nombre, no comprenderá el cordón policial ni la injusta equidad del hombre; morirá, otra vez, porque nadie peleó suficiente.

Viñeta sobre toros (Tordesillas)

En la guerra, las heridas, los golpes y las muertes, si llegan, no convencerán a un bando ni al otro. Ese viejo mezquino que ríe y la emprende a bastonazos con los jóvenes entre el polvo encontrará un derechazo en la sien; el más bárbaro de los manifestantes se arrojará contra un grupo de vecinos sin saber por qué los reyes y los nobles peleaban siempre desde una colina cercana, e incluso los niños, inocentes en cualquier bando, llorarán, gritarán y caerán pisoteados entre la sangre caliente que hierve, al rojo, un único martes al año. No habrá respuestas.

Pero ni la violencia ni los golpes, ni los gritos ni el horror impedirán que nos miremos por un instante a los ojos. ¿Encontraremos a uno de nuestros semejantes? ¿A un demócrata? ¿A un maltratador? ¿O a un insensato?

Cuando el toro escape o vuelva a yacer muerto en el suelo junto a otros tantos animales, ¿comprenderemos entonces las palabras de nuestros enemigos? ¿Comprenderán ellos las nuestras? ¿Nos arrepentiremos de convertir el aire que respiramos en odio y castigo hacia nuestros semejantes? ¿Será necesario que los castellanos miren a los ojos del toro en busca del perdón por todos esos sacrificios que no fueron más que asesinato y tortura? ¿Y tendremos los demás la grandeza de otras especies que perdonan y no vuelven a juzgar?

Parece faltar una eternidad para que todo esto ocurra, pero no es así. Este septiembre, miles de personas volverán a Tordesillas, con la certidumbre de que, por primera vez, no se resignarán a gritar, a juzgar y a temer por su vida; volverán con el convencimiento de que van a defender a ese toro sin nombre y a defenderse del maltratador.

¿Qué hará el Estado esta vez? ¿Les dará la espalda o les prohibirá el paso, siendo, si cabe, más cómplice del horror que allí se representa? ¿Se hará a un lado? ¿O se implicará y escuchará a una mayoría que grita alto y claro que se debe terminar con el maltrato mientras se pone en pie de guerra?

¿Acaso se rompió la pluma de tanto usarla? ¿Solo quedan espadas que blandir?

No digas nada

Lo mejor que puedes hacer es no decir nada. Seguir callado. Mirar hacia otro lado. Ir a lo tuyo.

En serio. No digas ni pío. Cierra el pico. Olvídalo. Como mucho, comparte alguna petición de Change.org que esté cogiendo fuerza para que nadie pueda saltarte al cuello por insolidario o antisistema.

Ni se te ocurra criticar al gobierno por internet. Ni a la iglesia. Si eres aficionado al humor negro, cuídate de decir nada de ETA, o de las víctimas o de la gracia que te hace el estado de derecho. No cites las palabras cáncer, ni sida, ni polla, ni violencia de género, ni nada que pueda ponerte en un compromiso virtual.

Guillermo Zapata (Ahora Madrid)
Un edil barbudo de Ahora Madrid que cuentan que la lió con unos tuits.

Si haces un llamamiento a la violencia en público, directamente eres subnormal. Si no eres Federico Jiménez Losantos, o un miembro de su camarilla, te van a empapelar hasta el tuétano. Te van a joder bien jodido; te van a destruir aprovechando todas y cada una de las instituciones de las que puedan echar mano, como pretenden hacer con Rita Maestre, como hicieron con el edil del apellido revolucionario, quien primero se revolvió, y después encajó el golpe y pidió disculpas (para seguir en pie).

Y no temas: si no te conocen ni en tu casa, también te encontrarán. Cárcel para quien se mofe de Carrero Blanco cuarenta años después; cárcel por enaltecimiento al terrorismo; cárcel por comentarios machistas; cárcel, cárcel, cárcel. Ojo con Twitter, que es la casilla del «vaya directamente al trullo» de nuestro Monopoly particular.

Federico Jiménez Losantos - foto EsRadio
Un señor graciosete y sin maldad (vídeo) que parece ser que es periodista.

Sobre todo no te equivoques. Si te suena algo de lo anterior, seas un descerebrado y realmente te merezcas un castigo por enaltecimiento al terrorismo (aunque no hayas visto un arma de fuego en tu puta vida) o seas el gracioso de turno y estés llorando nervioso mientras te repites, una y otra vez, por qué no te metiste por el ojete ese chiste sobre Irene Villa antes de que te metan otra cosa, te daré un consejo tardío: la ley no está de tu parte; porque no hay ley, solo restos.

Pero voy a concederte algo. ¿Dónde ponemos el límite? ¿Metemos en la cárcel al tontolculo del niño que está en la edad del pavo? ¿Al grupo de payasos que se ríen de cualquier desgracia ajena y tanto les da el bar que la red? ¿Metemos en la cárcel a cualquiera políticamente incorrecto? ¿A ese actor cuarentón que se encendía tanto por todo que se ha quemado, por igual, con la monarquía, la política y el Franquismo? ¿Y a aquellos de ni patrias ni banderas? ¿A los independentistas que sueltan alguna burrada acostumbrados a que nadie les escuche y tanto se presuponga?

Grafico-independencia-catalana

En realidad, esa pregunta es una idiotez. Todas ellas. Podemos poner el límite donde creamos que corresponde: acertemos o nos equivoquemos. Pero ese marco debe servir para juzgar a quienes piensan que la violencia es una respuesta adecuada tanto como a aquellos que defienden el terrorismo de estado, el statu quo: a los curas pederastas, a los periodistas de amarillo desteñido, a los policías que abusan de su autoridad, a los políticos corruptos, a los maltratadores…

Eso es lo que te han dicho.

Eso es lo que tú crees.

Al final, resulta que naciste ayer. 

El Periódico (Corrupción PP/PSOE)

Sigues sin ver que, a un lado, cientos y cientos de idiotas son condenados por cuatro palabras sin fundamento que colgaron en Twitter, en Facebook, o donde sea. Al otro lado, en cambio, no ocurre nada; puede criticarse, insultarse, y amenazarse, porque tienen la sartén por el mango, porque se conocen y se respaldan; porque roban juntos a manos llenas, y se pasan sobres, y nos arrebatan la memoria histórica; porque se indultan entre sí, no nos escuchan, no nos toman en consideración y, lo más importante de todo, controlan la justicia.

Tú sé inteligente: no digas nada. ¿Por qué arriesgarse? ¿Para qué dejar el ordenador y salir a la calle? La Ley te lo prohíbe. Recuerda. Sé inteligente. Cállate. Asiente. Haz otra cosa. Mira hacia otro lado. No hagas nada. No te metas en líos.

Pero ya que eres tan bueno o buena, te contaré algo. El problema real no está ni a un lado ni a otro: está en el centro, en toda esa gente que el estado cree que puede silenciar, ya no solo en la calle con estúpidas mordazas legislativas, sino también en su casa mediante amenazas.

Parecen haber olvidado que, en ese punto, justo en ese punto, es cuando las palabras se transforman en susurros y, lo que todavía es más peligroso, cuando esas mismas amenazas se vuelven armas mucho más reales.

Taurinos y antitaurinos: piedras y palabras

Habrá quien piense que no es causa para tales consecuencias; también quien en la vida de un toro reconozca la suya propia.

Las cosas se solucionan hablando, nos decían nuestros padres. La mayor mentira jamás contada. Históricamente, las cosas se solucionan a hostias, a guerras, a espadazos, a tiros y, alguna que otra vez, a través del diálogo. Excepto esto último, todo lo anterior está mal, pero mal de fatal, claro que sí, pero ya somos gente adulta y no gusta que nos endulcen la verdad.

Ayer se empezó a compartir un vídeo sobre una agresión a dos activistas antitaurinas durante los correbous. Los correbous son una tradición basada en el maltrato animal que se mantiene en Cataluña; si nunca los has visto, se trata de encierros de toros, vacas y vaquillas a los que se patea, apalea, veja, con ayuda de todo tipo de plataformas y útiles en una plaza de toros.

El más famoso de todos ellos es el bou embolatEmbolat en catalán viene de bolas, como las dos que se le atan a los cuernos una vez se le ha inmovilizado en el suelo y que se prenden para que se queme los ojos mientras corre asustado por el municipio; también hay quien arrastra al toro por la calle, como la fiesta del capllançat de Les Cases d’Alcanar. Todos son correbous, y los correbous, al igual que la mayoría de espectáculos de tauromaquia o maltrato animal, son Bien de Interés Cultural o Patrimonio Cultural Inmaterial para España y para sus comunidades autónomas.

Puedes firmar aquí contra los correbous.

Como consuelo, nos dejan a un animal torturado, pero no asesinado como en cientos de plazas de toros de toda la península, o en Tordesillas. Y a razón de esta agresión y del próximo septiembre en el municipio vallisoletano, un grupo de aficionados al boxeo de Sant Adrià del Besós conocidos como Chatarra’s Palace ha explotado: «El Toro de la Vega no está solo este año.» Y no solo prometen moverse, sino defender al toro y defenderse a sí mismos de cualquier tipo de agresión. Buscando la participación activa, por supuesto.

Habrá quien piense que no es causa para tales consecuencias; también quien en la vida de un toro reconozca la suya propia, y termine por cornear en alguna dirección. En los comentarios que han aparecido por todas partes desde ayer, se leen opiniones contrapuestas. Hay quien apoya ir un paso más allá, y hay quien lo considera ponerse al nivel del agresor.

Bou embolat - Toro embolado en una "fiesta"

Probablemente, la pregunta sea otra. Quizá la pregunta sea: ¿quieren los taurinos dialogar acaso?, ¿y el gobierno?, ¿es posible un cambio por la vía política o social tras tanta cultura desangrándose en la arena de una plaza? Mahatma Ghandi, arquetipo de la resistencia a través de la no violencia, dijo: «Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer.»

http://www.youtube.com/watch?v=fahHi6zhk2M

¿Qué debemos hacer? ¿Esperar al siguiente Rompesuelas? ¿Seguir poniendo la otra mejilla? ¿Plantarnos año tras año en un escenario que agrede ante las palabras y la no-acción? ¿Continuar suplicando ayuda a unos políticos sordos que siguen sin tener presente la opinión de una mayoría contraria a la tauromaquia y al maltrato animal?

Para terminar este batiburrillo de ideas, he recordado un consejo horrible que alguien me dio, hace muchos años, parafraseando al filósofo Anaxágoras:

—Si te engañan una vez, no es tu culpa; si te engañan dos, sí —dijo.

—¿Y si alguien alguien me pega? —le pregunté.

—Más o menos lo mismo —contestó. Si te pegan una vez, ya sabes, no es tu culpa.

—¿Y si me pegan más veces? —le pregunté.

Prueba con una patada en los cojones —respondió.

Así funciona el mundo de hoy, entre sutilezas que pasan inadvertidas para la mayoría hasta que ya es demasiado tarde.

Blablablá en la Fortaleza de la Soledad

Siempre pensé que abandonaría este blog. Había dejado morir uno sobre cine, otro de literatura, y otro más que parecía el típico diario infantiloide donde de críos escribíamos que nuestra madre nos había dado melocotón en almíbar de postre. A ese le pegué dos tiros en la panza y le dejé agonizar en el desierto, por cabrón retorcido.

Este no lo he dejado, pero no sabría decir por qué. Hace años hubiese dicho que se trataba de una vía de escape, algo que echas de menos cuando no puedes dedicarte demasiado y con lo que te encanta perder el tiempo, pero no hubiera sido cierto. Por aquel entonces, a nadie se le ocurrió conectarme una batería de coche al pecho y amenazar con torturarme por todos lados pero, de haberlo hecho, habría terminado por cantarles que lo verdaderamente narcótico de esto es la sinceridad. Puede acoger todo tipo de formas: opinión, crítica, sarcasmo, y nadie puede venir aquí y echarme a patadas de mi blog.

Superman (DC Comics)
¿Sinceridad? ¡Esto es un trabajo para… Supermaaaaan!

Es la Fortaleza de la Soledad de Superman con un agregado: si no te gusta lo que se dice aquí, jódete. Si no estás de acuerdo, puedes decirlo tan alto como quieras, porque mis palabras prevalecerán por encima de todo lo demás. Aquí soy Dios Padre, Alejandro Magno, el Coloso de Rodas y, como cualquier otro hijo de vecino, sé que tengo un arma de doble filo entre las manos. Un artefacto peligroso para los ególatras, un lugar donde lloriquear cuando te han cortado el frenillo de tu pene con unas tenazas, un espacio donde prostituir tu persona, el sitio perfecto donde regalar las bobadas que rondan tu cerebro con cuentagotas.

El camino que separa el punto A, el del ególatra que recrea Interviú a su imagen y semejanza, del B, donde terminas por escribir aquello que piensas que el resto quiere leer, no es más que una línea. Es como la caída de un caballero jedi hacia el Lado Oscuro de la Fuerza; un error pequeño, solo uno; una bola de nieve que empieza a rodar por la ladera de una montaña. El camino fácil, la vía más sencilla, escribir como un negro y mandar al carajo todos esos artículos sobre la muerte que apenas nadie quiere leer, hablar de pollas, de coños, de putas, de drogas, de sexo, de locos; convertir tanto blablablá, en más acción en topless.

Ser menos rebuscado.

Soldados imperiales de Star Wars
Sé malo. Sé guay, como nosotros.

Un blog que funciona es como ese chico con novia que se encoña de la guapa del grupo; y ella jamás le dirá que quiere cambiarlo, que esas sudaderas negras del Carrefour y esos tejanos de treinta euros que siempre se rompen por la entrepierna tienen que evolucionar a ropa de Custo y Springfield, y a copas en garitos de moda, y a gente con más glam y menos ¡agh! y manchas de cerveza. Y cuando menos te lo esperas, la muy zorra te deja porque ya no eres auténtico y has cambiado, porque eso no era lo que la enamoró de ti.

En resumen, que todo esto es para decir que, si eres rebuscado de cojones y nadie te lee, ¿qué importa? Al menos estarás haciendo algo que te apasiona. ¿Y si te lee un montón de gente para qué intentar cambiar? Nadie despierta el interés de otros si lo que dice no le interesa ni a él; y no vas a gustarle a todo el mundo, so imbécil, no vayas por ahí. Pero lo sé, ahí están; ahí están todos esos tipos y tipas que dicen exactamente lo que la gente quiere oír y se hinchan los egos con más y más followers, y tuits, y fotos profesionales en Instagram, y nunca jamás los ves con un moco asomándoles por la nariz y ningún amigo cerca para avisarles de tal putada.

¿Por qué seguimos escribiendo blogs? Será que al menos a una persona le gustan todas y cada una de las entradas o artículos que allí aparecen; será que es tu bar preferido, ese recuerdo que atesoras, el perro de tu infancia, el primer beso lleno de babas y choque de dientes, el amor de tu vida.

Si eres sincero contigo mismo, no vas a permitirte el lujo de joder algo tan bueno.