El bambú y la escritura

Cada día intento hacer mil suburi, pero no siempre lo consigo. No es falta de ganas, ni forma física (al menos, ahora); ni tan siquiera dedicación o tiempo; un día u otro las cosas se tuercen, y escucho el campanario del Hospital de San Pablo anunciando la medianoche. El primer día, y el segundo, te ves a oscuras frente a un espejo con un sable de bambú entre las manos; el séptimo, no. El séptimo aprendes a aceptar que hay cosas que no puedes controlar; que no puedes llegar a todas partes.

Esto es lo que hago: me posiciono frente a un gran espejo y practico movimientos básicos de katana. Cada movimiento y corte debe ser mejor que el anterior. Durante quince o veinte minutos, me centro en el movimiento del arma y no existe nada más. Mantener una defensa adecuada, subir los brazos, fluir con el movimiento; brazos, hombros, muñecas…

Kendo (jigeiko)

No obstante, quizá no sepas de qué estoy hablando. Eso es porque suburi es kendō, y kendō sigue siendo un desconocido en Occidente. Por ello, no tiene traducción. Suburi es un corte, un movimiento en abanico, un golpe básico de katana, shinai o bokuto. Es un camino para mejorar cuando no hay entrenamiento en el dōjō; es un modo de crear un pequeño rincón destinado a la práctica y a la meditación; de convertir la frustración en aprendizaje, de mejorar día a día, de encontrar una vía para el crecimiento personal.

En casa, pero sobre todo en el dōjō, el kendō es vida, estudio y sacrificio; el kendō es esfuerzo y, al igual que la escritura, trasciende el pensamiento reflexivo. Por eso practico kendō; por eso intento mejorar día tras día en todo lo que hago; por eso escribo.


La imagen pertenece a la página Kendo in Spain.

Se van

Echo de menos a Caos. Siempre echo de menos a Caos. Cada día. Todos los días. No sirve de nada, pero tenía que empezar diciéndolo. Siempre hay algo que termina por recordármelo en un momento u otro. Hoy, leo cáncer de hígado en Internet, y le echo de menos. Aunque él no se fue así; a él le dio un vuelco el corazón, y después a nosotros.

Echo de menos a Caos. Le añoro. No sé si lo añoro más que a mi padre, que sí se lo llevó el cáncer; no sé si lo añoro más que a los abuelos que conocí; no lo añoro más que a los amigos que marcharon temprano. Sé que fue familia, y sigue siéndolo.

Caos en La Garrotxa (Gerona)

Leo cáncer de hígado en un blog, y recuerdo que se irán. Se irán con casi todo lo que nos dieron a cada instante de sus breves e intensas vidas. Se irán. Casi siempre se irán antes, porque brillaron el doble, sino más. Ellos lo prefieren así; si se lo permites, te lo habrán enseñado bien a lo largo de los años.

Te habrán enseñado a dormir al sol tumbado junto a ellos; a reír por cualquier cosa que te apetezca; a besar cuando sientes que es la persona adecuada; a compartir las pequeñas cosas, y a ser un poco egoísta cuando se trata de tu juguete favorito, por supuesto; te habrán enseñado que el amor debe ser incondicional, que la vida es cosa de un minuto y que no hay nada que un perro no pueda perdonar, porque son mejores que tú y que yo.

Se van; también nosotros. Y duele tanto como debería, no más; y juras sentir cómo los recuerdos se desmigajan entre lágrimas amargas que pretenden atesorar una vida entera; juras que jamás volverás a pasar por algo así; juras que no es justo.

Escaparán mucho más lejos de lo que nunca corrieron; pagaremos ese peaje. Pero es un tributo tan escaso frente a una vida juntos que estaríamos locos si no volviésemos a caer en ese error mientras quede en nosotros un soplo de aire.

Todo comenzó en Nueva York

Todo comenzó en Nueva York.

Nueva York es una ciudad fría. Un lugar de corazones templados y asépticos al sur de Manhattan y demasiados rostros como para creer en una definición coherente para la masa. Sin embargo, al aterrizar en Queens recordaba la descripción vibrante que semanas atrás alguien hizo de ella: una piedra de energía que reverberaba bajo nuestros pies y nos hacía creer que, en ese instante, estábamos en el centro del universo, había dicho; y una mierda. Yo me disponía a crear mi propia imagen de ella.

Días más tarde, cuando quise darme cuenta, despegábamos hacia Chicago y, por unos instantes, recuperé la misma sensación agridulce que me había acompañado entre las muchas caras de la Ciudad Imperial: la Estatua de la Libertad, los restos de Little Italy devorados por las caóticas calles de Chinatown, el Village mirando al Hudson, el Museo Metropolitano, las zonas de moda que poco nos ofrecían, como el SoHo o TriBeCa, y también las de guerra cuyas ascuas se han terminado por diluir: South Bronx, Bed-Stuy Queensbridge… Allí, donde las deportivas fueron una tumba en lo alto de un cable eléctrico y hoy poco hay más que el hombre del saco con el que cada uno viaja.

Dicho esto, por esta vez intentaré empezar por el principio. Así que, antes de continuar, queda por anunciar que el viaje a la Gran Manzana nos llevó siete días. Aterrizamos en el JFK un miércoles a mediodía, enlatados en un Boeing 747 de Aeroflot y escapamos un jueves, a primera hora; primero, por tierra, desde Harlem; más tarde, por aire, dejando LaGuardia, Queens y Nueva York muy, muy atrás.

Para ahorrar en los billetes, meses antes habíamos decidido hacer escala en Moscú, lo que veinte horas después de abandonar suelo español me parecía de todo menos una buena idea. Ya en tierra, el ascenso hacia el norte de Harlem fue caótico, aunque no excesivamente complicado; sumergidos en una maraña de calles, líneas de tren y carreteras a través de las que se movían veintidós millones de personas.

Vista de Central Park en un día nevado
Vista de Central Park en un día de nieve

Demasiadas para recorrerlas a pie. Demasiadas para verlas en una vida. Repletas de microhistorias que componen, una junto a la otra, el verdadero significado detrás de todo tipo de significantes; la sorpresa de reencontrar un inesperado relato repleto de inmigrantes rusos en Coney Island —la cual solo recordaba por aquel balazo cinematográfico al asociado de la familia Tattaglia y por su parque de atracciones—, de miles de judíos ortodoxos al norte de Brooklyn, de un jazz primigenio que no conseguí escuchar en Queens y de un zoo en el Bronx que me negué a visitar.

Alice in Wonderland (Alicia en el país de las maravillas), en Central Park
Conjunto escultórico que homenajea el trabajo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Eh… Esto… ¡Que les corten la cabeza!

Contrastes que hoy ya se escapan por la distancia y el tiempo, pero que me dejaron intuir que debajo de los rascacielos y las promesas que el toro de Wall Street lanzaba al aire, hay tanto individualismo y mediocridad en la Gran Manzana como belleza y funcionalidad. Quizá por ello me costó tanto escribir siquiera unas breves notas durante los primeros días; todo era nuevo y diferente a cualquier ciudad europea, y se mantenía de algún modo oculto esperándonos para levantar el velo de las zonas más asombrosas de Central Park, Greenwich Village o el Financial District, y las más vulgares del Lower East Side —en especial, el paseo marítimo bajo el tren con todo tipo de cargueros bailando a lo largo del río de nombre mediocre—, pero también extremadamente práctico, como hormigas que no sabrían decir si construyen un skyline para acercarse a Dios o una cárcel para volverse presos de sus propias ideas.

9/11 Memorial (NYC)
9/11 Memorial en el Financial District de Nueva York para homanejear a las víctimas de los ataques del 11 de septiembre.

Por eso escogimos la W 135th de Harlem[1]; por eso y porque no teníamos mucho dinero, claro; por eso y porque los hoteles son asombrosamente caros en toda Nueva York, aunque no tanto como en San Francisco, como descubriríamos semanas más tarde; por eso y porque, como su propio nombre indica, es un barrio de contrastes donde tras cada esquina no sabes si encontrarás un directo de Aretha Franklin en el Apollo Theater o un bulevar repleto de casas de verano holandesas de 200 años de antigüedad.

Museo de Historia Natural de Nueva York
Museo de Historia Natural de Nueva York en la 79th St.

Allí las avenidas cambian de nombre, rebautizadas para homenajear a verdaderos líderes de época, de Martin Luther King a Frederick Douglas; de Malcolm X a Adam Clayton Powell Jr. Y no hay que olvidar que ese es el verdadero poder de esa gente, y eso es algo digno de respeto. Algo de lo que cualquiera puede aprender unas cuantas cosas. Además, muchos mapas turísticos terminan en el Uptown, en la calle 110, lo que (para nosotros, al menos) supuso motivo suficiente para escalar hasta uno de los retazos de la verdadera ciudad.

5 de marzo de 2016 

Para ordenar mis ideas y los trayectos de norte a sur de Manhattan, hemos recogido un mapa cualquiera y planeado el siguiente paso desde el primer minuto de este sábado. ¡Qué idea tan impensable una vez te adentras en el Midtown!

Hoy bajamos en SoHo, y de nuevo comprobé cómo Nueva York puede sorprenderte con lo mejor y lo peor a una manzana de distancia. El barrio todavía no había despertado, aunque los escaparates de algunas galerías de arte fueron suficiente para atraernos con propuestas agresivas, rompedoras y, probablemente, mucho menos reconocidas de lo que imaginamos (o no). 

Deslizándonos, en seguida, hacia un expreso entre los colores italianos en fachadas y comercios, Little Italy se abrió a nuestro paso. Un ya eterno lo que fue que se recuerda entre acrónimos a su alrededor. Por el contrario, Chinatown se diluye entre bloques y avenidas a su paso, con un bullicio y cierta excentricidad que, sin tener la seguridad ni el modo de comprobarlo, estoy seguro que Woody Allen debió usar como escenario en algunas de sus películas.

También caminé entre Two Bridges por varias horas y hacia el norte, donde encontramos un barrio residencial ucraniano y perdimos la pista del museo local mientras Laura buscaba el Kat’z Deli de Cuando Harry encontró a Sally con mayor éxito. Persiguiendo su estela, terminé la mañana descendiendo hacia el extremo sureste de la isla y esquivando cagadas de gaviota a través de una vista nada bucólica bajo el tren y frente al East River.

A mediodía, para recuperar el ritmo, decidimos cruzar el río a pie a través del puente de Brooklyn, que nunca imaginé como un espacio tan inconmensurablemente turístico pero que, sobre todo, no creí que fuese a abrirme tanto los ojos. Al ver alejarse Manhattan tras de mí, he pensado: Nueva York esconde buena parte de su carácter entre colosos de acero. (Qué jodidamente pedante, lo sé.) A medio camino, nos hemos detenido encima del río para ver el Empire State Building y el corazón del distrito financiero; al otro lado, una imagen mucho más real, cercana y quizá importante de lo que verdaderamente es la ciudad. De su verdadera extensión y de su esencia, que se impregna en todas direcciones con edificios más humanos en Brooklyn, Queens o el Bronx.

Volviendo hacia Harlem, hemos cerrado dos cuentas pendientes: el Apollo, el de verdad, el de Jackson y Fitzgerald, el de Louis Armstrong, el de la era del swing, del jazz, del góspel, y el que Hendrix hizo arder. También las casas de Harlem, las residencias holandesas entre Adam Powell y Malcolm X, y mucho más arriba, hasta Fort Tryon Park; nos negábamos a ajustarnos a Times Square donde ya quedan fijos demasiados ojos: hoy lo queríamos todo.

Tras el primer día, que dedicamos a familiarizarnos con Harlem y a una mínima parte del Upper East Side, escribí algunas notas en la misma libreta que habíamos reservado para programar el viaje y apuntar cuestiones de interés, gastos y todo tipo de ideas que salían a nuestro paso. Me pareció más que suficiente y un recordatorio importante para nosotros mismos, pues me negaba a admitir que la funcionalidad fuese tan contraria a nuestro espíritu como me habían hecho creer las primeras horas que habíamos pasado con la gente de Nueva York. Después, no sé cuándo, descubrí que no eran más que los valores de la fórmula; una composición que, en todas partes, se permite variar los trazos que la componen.

The High Line (NYC)
The High Line, una antigua vía de tren reconvertida en paseo.

Según esas mismas líneas escritas con letra rápida y constantemente emborronadas, el día siguiente fuimos a Central Park. Nevó. Nevó desde primera hora de la mañana hasta la tarde, pero lo consideramos un verdadero regalo y no lo contrario, y ni el frío ni la nieve que cuajó por tres días nos impidió visitar de punta a punta el parque en casi total soledad.

El cinco de marzo vimos SoHo (South of Houston Street), Little Italy —tan pequeña hoy que solo pervive gracias a unos pocos comercios, algunas bocas de incendio y banderas tricolor y todo aquello que fue y que NoLita y Chinatown se encargan de recordar que ya no es. A mediodía, paseamos a través de un pequeño retazo de Brooklyn en Williamsburg, famoso por el gran número de judíos que profesan el jasidismo, una corriente ultraortodoxa de las pocas que todavía hablan yidis como lengua materna.

Times Square (NYC)
Times Square con menos gente de lo habitual. ¿Escalofriante, verdad?

Al Midtown Manhattan le reservamos todo un día, que empezó entre dos enormes catedrales que palidecían a causa de los edificios colindantes y terminó con un paseo por The High Line, una antigua línea de tren reconvertida en jardín flotante y mirador en el barrio de Chelsea.

6 de marzo de 2016

Hoy he visto una cara muy distinta de esta ciudad e, irónicamente, es la que suele ver todo aquel que viene: el Upper East Side, el Lower East Side, Columbus Cyrcle, Rockefeller Center, el Edificio Chrysler, el Empire State Building, y mucho más.

Colón también me ha hecho recordar con un café demasiado largo entre las manos que hay otro mundo que nos espera más allá del Atlántico. De algún modo, es curioso que, para todo aquello, tengamos que alcanzar el Pacífico, para lo que falta casi un mes y miles de kilómetros de distancia.

Al atardecer, entre Chelsea y el West Village me he sentido afortunado de poder contemplar la luz que se refleja en el Hudson con los ojos menos cansados que muchos otros que pisaban los raíles del antiguo High Line. También he notado cierta comodidad, más de la que esperaba, como si pudiese imaginar una vida (u otra) en este país; por un segundo, auguré que eso sería la mejor forma de aprender inglés, pero también de huir de todo aquello que no es perfecto o estamos cansados de oír cómo se nos promete en España. Quizá lo que los ciudadanos escuchan aquí también sean mentiras, pero al menos serían otras mentiras.

A medio camino entre llegar y dejar la ciudad de nueva York y ponernos en marcha hacia el inicio de la ruta, creo que acerté plenamente al visitar junto a Laura Harlem, Brooklyn o el South Bronx antes de acercarnos hasta ubicaciones más reconocidas. Mañana terminamos esta otra etapa del viaje, entre el distrito financiero y la Estatua de la Libertad, que prefiero ver a lo lejos, como solían hacer millones de emigrantes en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto. 

Para pasado mañana reservo fuerzas, no quiero pensarlo; no quiero pensar más de la cuenta; no sé qué nos espera, y esa es una de las mejores sensaciones que puedo imaginar, porque hemos empezado a caminar al ritmo de esta ciudad, del país que define, y estoy seguro de que nadie podrá pararnos, no hasta alcanzar el oeste.

Veinticuatro horas más tarde, caminábamos a lo largo de Greenwich Village hacia TriBeCa —que viene de la contracción Triangle Below Canal Street que hace referencia a la forma triangular o trapezoidal del barrio en sí—; terminamos la ruta en el Distrito Financiero, entre las fuentes dedicadas a las víctimas de aquel 11 de septiembre que siempre me resultó tan irreal, tan difícil de creer, tan espeluznante, perdidos entre el famoso Charging Bull de bronce y el National Museum of the American Indian. Solo quedaba coger un ferry a la Estatua de la Libertad, pero no lo hicimos; lo intercambiamos por una vista más cercana a la de los inmigrantes de principios de siglo que se detenían en Ellis Island a través del trayecto de Manhattan a Staten Island.

Wall Street, Financial District (NYC)
La famosa estatua del hombre con el maletín (titulada Double Check, de Seward Johnson) y un servidor en Wall Street.

Ahorramos unos cuantos dólares (más de los que imaginé por el coste medio de asistir a esa escena dentro del imaginario colectivo de la Libertad iluminando al mundo), pero también dejé una espina clavada y una cosa más por hacer si vuelvo a pisar tierra estadounidense. A la vuelta, caminamos por Battery Park y cogimos el metro; los cinco días de caminatas constantes empezaban a pasarnos factura.

7 de marzo de 2016

Hoy tengo poco que añadir. La semana ya casi ha llegado a su fin —la semana en Nueva York—; nos queda el martes y el miércoles para terminar de disfrutar de lo poco que nos hemos dejado por ver de Manhattan. Esta mañana hemos recorrido TriBeCa desde más allá de Chelsea y, ya sumergidos en el Distrito Financiero, reservado un par de horas al memorial que recuerda los atentados del 11 de septiembre (9/11 Memorial).

Allí hay algo verdaderamente americano, algo que explica muy bien parte del carácter de esta gente: donde hubo dos rascacielos han levantado una decena en poco más de una década de perseverancia. Donde hubo miedo, hay tenacidad y firmeza; y en todo ello puede que a veces también surja cierta ceguera, pero no me lo pareció. Después nos hemos refugiado cerca de Battery Park, pero antes de conocer a la dama francesa que ilumina el mundo nos hemos dejado caer por el museo de las culturas americanas. Una mirada profunda al pasado de todo el continente que nos ha sorprendido muy gratamente.

Al volver hacia el norte de la isla, lo hemos hecho a través de la estación de Canal Street, donde me rendí a unos cuantos de esos estúp... estupendos selfies con los que Laura me tortura, mientras miraba hacia Nueva Jersey desde el embarcadero de Esplanadem.

Cansados de tantas subidas y bajadas a lo largo de Manhattan, hace varios días que acordamos terminar de dar buen uso a la tarjeta de metro semanal con viajes ilimitados. Ahora, de nuevo en Harlem, con el Toro de Wall Street, la Estatua de la Libertad o las típicas casas pareadas del West Side detrás, no puedo dejar de pensar que, cuando algo se vuelve material, pierde una parte de esa realidad de la que no querríamos desprendernos; quizá el peso que tienen nuestros sueños sea aquello que nos hace movernos. ¿Y después? Supongo que es momento de coleccionar nuevos sueños y seguir forjando recuerdos…

Los últimos dos días en la ciudad, martes y miércoles de la semana siguiente a nuestra llegada a EEUU, no recuerdo qué hicimos. Sé que intentamos no gastar tanto —excepto los caprichos y las concesiones necesarias cuando uno cumple treinta años en el extranjero, por supuesto—, caminamos algo menos y rellenamos huecos entre el sur del Bronx, el centro de Manhattan y Brooklyn. También visitamos Coney Island y paseamos por su playa repleta de gaviotas, acentos de la Europa del este y un último vistazo al Atlántico. Sé que, en Nueva York, pese a alguna que otra decepción de la que culpar al imaginario colectivo, todo fueron buenos momentos, y es mucho más de lo que se le puede pedir a un viaje tan ambicioso como este.

Museo Metropolitano - Metropolitan Museum of New York (MET)
Decoración de una de las salas del ala asiática del MET o Museo Metropolitano de Nueva York.

Como ya dije, todo comenzó en Nueva York. Caminamos más de ocho horas durante siete días. No vimos nada. Sé que pensaba en eso cuando llegábamos a LaGuardia, en el extremo norte de Queens. Solo retazos de una historia que, de un modo u otro, escapa de nosotros en todas y cada una de las ciudades que visitamos; donde tu paso es tan breve, tan fugaz, que te hace dudar si alguna vez significó algo fuera de ti. Por último, me concentré en dormir; eran las ocho de la mañana y estábamos en un avión rumbo a Illinois; solo tenía tres días para ver la ciudad más importante del estado y coger fuerzas para empezar con el verdadero viaje de costa a costa.


[1] Si nunca has visitado Estados Unidos, deberías saber que muchas de sus ciudades se han diseñado en un mapa. Así, por regla general, se escoge una avenida que corta verticalmente la ciudad y se nombra a las calles perpendiculares a la misma con el apelativo W (West; oeste) o E (East; este) junto a un número dependiendo de a qué lado de la misma se encuentren.

América empieza en Oklahoma

Cansado. Recomponiendo la mente; pieza a pieza. Con sentimientos encontrados. Extrañado de escuchar hablar en castellano a mi alrededor: sin acento latino, por supuesto. Con un jet lag generoso de esos que te dejan dormir unas horas y engañar al cuerpo. Y con ganas de un café como dios manda.

Ruta 66 (Erick, Oklahoma)

Por ahora, con todo lo que os puedo obsequiar es con una pequeña lista de imágenes que traigo conmigo. Como el hombre que se masturbaba frente al Caesar’s Palace en el Strip de Las Vegas a mediodía. O una cabina de avión perdida en el jardín de una casa cualquiera en el desierto de California. El ceda al paso que descubrimos en una carretera que cruzaba justo por el medio del Aeropuerto Internacional de Chicago mientras aterrizábamos. Las miles y miles de señales de WRONG WAY que avisaban a los conductores de Texas de que se trataba de una salida de la autopista y no de una incorporación (y el sudor frío que te recorría la espalda al imaginar cuántos hombres se habían lanzado al volante de su pick up en dirección contraria). Un pueblo lleno de burros; unos perros que parecían abandonados en territorio navajo, donde la policía del estado no tiene jurisdicción, y muchos cadáveres de animales muertos en el arcén de la 66.

Mucha flora y mucha fauna también. En eso nos pasan la mano por la cara, aunque no queramos aceptarlo. Y patos, y gansos, y ardillas, y ocas, y cientos de aves, y coyotes, y osos. Y leones marinos en San Francisco y en la Costa Oeste (que no formaba parte de la ruta, pero la recorrimos igual). Y verde, y parques enormes, y secuoyas, y cómo cambia el paisaje engañando al ojo mientras la carretera serpentea delante de ti. Y locos, y claroscuros de democracia y de libre mercado.

Harley Annabelle
Una de esas personas verdaderamente especiales que tuvimos la suerte de conocer en el camino. Ni Nueva York, ni Illinois, ni Missouri, ni Kansas: ¡América empieza en Oklahoma!

La imagen de un Spiderman en Times Square haciendo su buena acción del día mientras los turistos gritan: Thanks a lot, Spiderman! Coches aburridos y adormecidos que no siempre hacen justicia al recorrido. Recuerdos próximos de moteles que ya se mezclan entre sí tras un mes de viaje; husos horarios que amenazan con alargar las puestas de sol, y un arquetípico (y fantástico) redneck de Oklahoma gritándonos WELCOME TO THE REAL AMERICA! al pisar el pequeño pueblo de Erick antes de seguir en dirección a Texas.

Ya hablaremos de todo esto Por ahora, queda cerrada la aventura. Colgamos la mochila en el armario. Ponemos la ropa a lavar. Descansamos en nuestra cama, que no se siente tan nuestra ya, ni tan importante; saludamos y disfrutamos de lo esencial (los perros, los gatos, los amigos, la familia; nosotros) y dejamos pasar un par de días más, ¿os parece?

Entre los 80 y la nada

Somos la generación puente. Los últimos que conocieron el mundo analógico sin filtros digitales. Los infelices. Los engañados. Los hijos de los primeros miembros de la generación X, o de los últimos boomers.

Se nos conoce como millennials, aunque yo no tenía ni idea de esto hasta hace poco. Parece ser que somos la generación del milenio; la generación de la que todo el mundo habla; los nuevos consumidores, los eternos niños con síndrome de Peter Pan, las expectativas que no llegaron a cumplirse incluso cuando nosotros mantuvimos nuestra parte del trato…

Lo leía justo ayer; recuperaba un artículo que encontré perdido en la red. Decía: “Nos educaron para un mundo que ya no existe”, en grandes letras negras. Y hay mucho de cierto en esas líneas, aunque también algo de rabia escondida, algo de rabia sobre lo que tenía que ser y no ha sido, como si hubiera un acuerdo tácito que incluyese todo lo que nos prometieron; una alianza inquebrantable firmada a sangre, fuego, sudor y lágrimas con nuestros padres.

Mano loca (años 80)
Con mi mano loca hago ¡zas! y te pego en toda la boca…

Hoy, mi generación engloba a los pocos jóvenes de la historia que hemos sentido nostalgia de algo con menos de treinta años; somos los primeros en reconocer un cambio acelerado, y en no tener a qué agarrarnos. Somos los jóvenes ya no tan jóvenes; los condenados a fracasar frente a unas expectativas que no se corresponden a la realidad que nos ha tocado vivir y para la que se nos preparó.

Estas eran algunas de las ideas que se exponían en uno de esos artículos donde se reúnen a cuatro o cinco personas alrededor de una mesa y un periodista conduce con mayor o menor implicación las palabras que allí se pronuncian. Aunque no tengo la más remota idea, me imagino que se graba, se toman notas y se recortan los trazos más interesantes de esa experiencia con una introducción y, a veces, si no es un buen texto, también un cierre que intente corregir ese problema.

Hacia otro mundo más que ya no existe

En el artículo que te comento me gustó que me hablasen de Compañeros, de Jurassic Park o de las Spice Girls; recordar los Juegos Olímpicos de mi primera infancia, las manifestaciones con sabor a trágica adolescencia contra la Guerra de Irak, y las tardes de fútbol, los bocatas, las excursiones a la montaña con los amiguetes, y los fines de semana en la calle.

Oliver y Benji (1983-1986)
No ganamos pa’balones de fútbol, Oliver.
Oliver y Benji (Captain Tsubasa, 1983-1986).

La historia nos recordará también como a millennials, pero transportamos una gran brecha frente a los miembros de la década siguiente; somos los primeros en nada, y los últimos en unas cuantas cosas, y lo cierto es que la forma en la que se exponía me gustó.

Estudiarás por encima de todas las cosas

Somos la primera generación que tiene la seguridad de que estudiar y formarse no es sinónimo de un buen sueldo, ni de estabilidad económica o de vivir en una casa a cuatro vientos en la zona alta de tu ciudad. También somos de las primeras generaciones que cambia su ideal de vida; ¿pero qué fue, antes el huevo o la gallina? Preguntarse si las carreras universitarias con cada vez menos becas, con prácticas no remuneradas y con la inseguridad laboral asomando el hocico a la vuelta de la esquina son el problema del sistema o solo una mentira más que se une a aquello de que te ibas a comer el mundo con tu licenciatura.

Chiste sobre selectividad
Situaciones desesperadas requieren medidas…desesperadas.

No vivirás por encima de tus posibilidades

¿Tu primer piso pagado con 27 años? ¿Estrenar coche una vez por lustro? ¿Entrar con la cabeza bien alta en una hipoteca a 35 años? Las experiencias en las que nos reflejábamos, las experiencias de nuestros padres, nunca serán las nuestras. Ni por asomo. Una de las voces del texto decía: “…tenemos la suerte de que nuestro primer trabajo ya fuese una mierda”.

Una mierda lejos de la burbuja inmobiliaria, de las nóminas de cinco cifras, de un mundo de prestado. A fuerza de golpes, terminamos por descubrir que ya no había reglas fijas, ni en los estudios ni en el trabajo, sin nadie que te lleve de la mano y te asegure que todo saldrá bien, con pocas certezas y muchas expectativas puestas en uno mismo; ¿pero no es acaso eso mucho mejor que dejar pasar tu vida entre cuatro paredes?

No crecerás

Independizarse. Estudiar y trabajar. Vivir con lo puesto, de prestado, con cien euros de margen en el saldo de tu cuenta corriente. O vivir con los padres. Culpando al mundo de cómo nos engañó al estudiar esa ingeniería de la que no queríamos saber nada en su momento. Con trabajos que requieren una décima parte de tu formación. Con sueldos que te obligan a esbozar una sonrisa amarga al escuchar la palabra mileurista…

Ni estudias ni trabaja
¿Ni estudias ni trabajas? ¿O no encuentras ni una cosa ni otra?

Hoy, podemos ser Peter Pan, retrasar la madurez, porque todo acompaña: el salto digital, las promesas incumplidas, el entorno en el que nos movemos; todo ello muy lejos de los pisos en propiedad, las segundas residencias, los hijos… Pero también podemos jugar la mano que nos ha tocado; comprender que no siempre hace falta ir de farol si, frente a ti, nadie tiene buenas cartas sobre la mesa.

No apoyarás a los partidos tradicionales

En los buenos tiempos, no desarrollas conciencia política, dicen estos chicos y chicas sobre los que estoy leyendo. Así que somos quienes somos porque nacimos en España, pues; porque José María Aznar se pasó por el forro lo que le pedían millones de ciudadanos, porque el PSOE y Zapatero nos mintieron siguiendo con el tema aquel de que no había crisis cuando todo explotaba; porque vivimos el 15-M, en Sol, en Plaza Cataluña, y en tantas otras ciudades, y quizá salimos corriendo e incluso recibimos cuatro hostias o un pelotazo de goma.

Chistes sobre Podemos

También somos aquellos que no quieren crecer, aquellos con demasiados miedos, y parece que con el temor suficiente para frenar un cambio real en la política de su país; personas que ya son miedos, y poco más; personas que observan, acorraladas, como su zona de confort se empequeñece día tras día.

Somos conscientes de que la idea de Europa en la que se sumergieron nuestros padres no era más que un ideal vetado a muchos, que los mercados cortan las alas a la política, y que la política tradicional ni escucha ni representa a nadie.

Por ahora, poco hacemos todavía.

No codiciarás un futuro

Sin casa. Sin curro. Sin pensión. Sin miedo. Ese era el eslogan del colectivo madrileño Juventud Sin Futuro. Pero también es una realidad que ya ha cristalizado. Los nacidos en los ochenta hemos generado ideales a una velocidad pasmosa; siempre por obligación.

Las generaciones nacidas a partir del año 2000 están consideradas nativos digitales.
En unos años, ¡voy…a…ROBAR…tu trabajo!

Una vez se ha consolidado un nuevo panorama político y social, es momento de decidir qué hacer; ahora ya no hay excusas; no hay posibilidad de seguir diciéndonos a nosotros mismos: no lo sabíamos; tampoco de culpar a los que nos precedieron, de no dejarnos hacernos un hueco y ponernos algo más cómodos antes de que nos viésemos cara a cara con la siguiente generación —con los nativos digitales— bajo las mismas condiciones del mercado.

Ahora toca decidir cómo afrontamos el resto de nuestras vidas, sin el trabajo con el que soñábamos, o peleando por él, sin seguridad económica, sin Estado del Bienestar, con escasas probabilidades de cobrar una pensión de aquí a treinta o cuarenta años…

Un mundo de incertezas que se abrió paso a toda velocidad y nos cogió por sorpresa; casi una década después, es tarea nuestra convertir la nada en un futuro con el que estar en paz cuando llegue el momento. Quizá nos lo dieron todo, y ahora, poco hay que no nos parezca nada.


Enlaces relacionados:

Nacidos en el 85: «Nos educaron para un mundo que ya no existe», por Álvaro Rigal en El Confidencial

De unas vacaciones idílicas y otra adopción

El miércoles hacia el mediodía aparcaríamos en Toledo, a casi setecientos kilómetros de Barcelona; allí estaba previsto comer, pasar la tarde, ver el Alcázar, la Catedral de Santa María y el Puente de San Martín. No teníamos intención de salir de fiesta, ni de acostarnos tarde, porque el jueves nos esperaban Mérida y Badajoz. Acompañados del fuerte rugido del motor de la berlina, cruzaríamos la frontera con Portugal a través de la A6 hasta su capital: Lisboa; allí nos esperaban cuarenta y ocho horas de turisteo antes de coger el coche y escapar hacia la cara sur de la península: Faro, Sevilla, Córdoba y Granada; después Valencia y, por último, de vuelta a Barcelona.

Antes de que sigas leyendo, es importante que entiendas que esto no es una crítica a una protectora, sino una experiencia personal. Una experiencia preciosa que es la adopción de un animal (otra más, en mi caso) con el que compartir tu día a día y en la que pueden salir cosas bien y pueden salir cosas mal.

En este caso, salieron algunas cosas muy bien y otras no tan bien, pero en ningún caso se trata de un reproche —y no debería leerse como tal—, sino de una forma de seguir creciendo como personas y encontrar el modo de ayudar a todos los animales que han tenido la poca fortuna de acabar en un refugio, perrera o protectora.

La ruta estaba planteada para ocho o nueve días, con un día de margen por si las moscas; los hoteles estaban reservados y pagados, los perros irían a casa de unos amigos y los gatos y las plantas quedaban al cuidado de la familia. Todo estaba listo para despegar el 8 de agosto.

Esas vacaciones iban a ser una primera toma de contacto para nuestro viaje por Norteamérica, que supondrá miles y miles de kilómetros por tierra y por aire durante más de treinta días. Por el contrario, las cosas empezaron a tomar un rumbo diferente a mediados de la semana anterior.

Una semana antes, Laura, mi pareja, me enseñó varias fotos de un perro con leishmania que había sido recogido, moribundo, en la Societat Protectora d’Animals de Mataró (SPAM). No le di mucha importancia; cada pocos días miramos imágenes e historias de perros y otros animales que no han tenido demasiada suerte; pese a las miles de historias como la de Caos, intento no profundizar en cada una de ellas: leo, comparto y, a veces, hago un seguimiento para asegurarme de que un porcentaje de las mismas tienen final feliz y puedo seguir manteniendo algo de fe en la humanidad.

Por esas fechas, dejamos pasar un par de días, pero volvimos a hablar sobre él, de improviso. Esa es una señal compartida de que un bicho nos ha tocado la fibra, por lo que una semana antes del viaje a Portugal y Andalucía, decidimos acercarnos por la protectora y visitarlo. Duc estaba en el programa Els que ningú vol (Los que nadie quiere), y había superado una larga enfermedad; también era un pastor, como Dana y como Caos; un pastor que había perdido parte de la trufa y de las orejas; y un dedo de una de una de sus patas traseras.

Foc saliendo del SPAM
De izquierda a derecha: Argos, yo, Félix y Dana, y Laura con Duc (hoy, Foc).

La mayoría de nuestros amigos suelen recomendarnos que dejemos pasar unos días de margen antes de adoptar a otro animal (un buen consejo, que esta vez no seguimos del todo). Frente al perro, frente a Duc, que terminaría por llamarse Foc, lo tuvimos claro desde bien pronto. Aun así, decidimos hacer las cosas bien, y nos reservamos el tiempo suficiente para subir al refugio con el resto de nuestros perros y presentarlos como es debido. Hasta aquí, los planes se mantenían tal cual: todavía quedaba una semana para salir de viaje, y todo había ido a la perfección cuando nuestros animales y el nuevo miembro del quinteto se conocieron.

Pero, entonces, las cosas se empezaron a torcer por unos cuantos días.

A las 10 de la mañana del primer sábado del mes de agosto, aparcamos delante de la Societat Protectora d’Animals de Mataró (SPAM). Por primera vez, aunque no será la única, invito a cualquiera que lea este texto a fijarse en los aspectos positivos y negativos de la experiencia, y también a recordar lo fácil que es hablar desde fuera, la tarea titánica que supone encargarse de cientos de animales cada mes y la imposibilidad de controlarlo todo en cualquier faceta de nuestras vidas. Aun así, también a conocer aspectos que creo que son importantes de reseñar para que cualquier miembro de una protectora, voluntario o gerente de un centro de recogida de animales, reflexione sobre ello.

Empiezo, pues.

Una meada de 300 euros

Cuando llegamos, un chico se llevaba a Duc. Laura y yo subíamos en coche a Mataró con nuestro amigo Félix, adiestrador profesional con nombre de gato, y decidimos, por recomendación del mismo, hacer las presentaciones de los tres perros (Argos, Dana y Duc) fuera de la protectora si a los responsables les parecía una decisión acertada: menos estrés, menos animales que pudiesen afectar ese primer contacto, un ambiente más relajado con posibilidad de paseo… Por lo que parece, nadie había anotado que Duc ya tenía una familia interesada en él, y si llegamos quince minutos después, habría terminado en otra casa.

Foc con Laura, Xus, Yineth y Antonio.
Foc en la Sierra de Collserola, junto a nosotros y unos amigos.

Duc salió de la protectora de Mataró alrededor de las 16:00; con la decisión de cambiar su nombre, pero sin opciones todavía, y con una obstrucción en la uretra que todos desconocíamos y que le había impedido hacer pis desde que nos reencontramos esa mañana por segunda vez. El veterinario —un chico muy profesional al que le calculé unos treinta y tantos— nos dijo que podía ser estrés y que lo controlásemos.

Nunca había escuchado ni leído que un animal pudiese no hacer pis por estrés, pero lo anoté mentalmente para informarme sobre ello y nos marchamos. A medianoche, todavía no había meado; llamamos a la protectora y, en este caso, la respuesta no nos convenció, por lo que subimos al coche con él y fuimos al Hospital Veterinario de Balmes —uno de los pocos que conozco que atienden 24 horas en Barcelona— y que, pese a su gran trabajo, lo cierto es que no nos trae buenos recuerdos, pues allí fue donde nos despedimos de Caos.

Esa primera noche le tuvieron que vaciar 700 ml de orina con una sonda. A los dos días, Foc —a quien rebautizamos entre subidas y bajadas de Mataró a Barcelona, y viceversa— fue operado de urgencia. A mediados de la semana siguiente, cancelamos nuestras vacaciones de 2015 sin atisbo de duda; y después de todo aquello, los controles y el trabajo del equipo de la protectora y el Hospital Veterinari del Maresme fueron perfectos.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Sin embargo, lo cierto es que quedaron varias cosas que me hubiera encantado comentar con alguna/o de las/os responsables del centro. Primero, la falta de control y, en cierto modo, la negligencia de entregar a un perro, sobre todo a un perro con problemas físicos y de comportamiento (miedo; inseguridad) al primero que quiera sacarle del centro, donde la pena y la compasión, en un caso tan mediático como este, no siempre pueden paliar la necesidad de conocimiento y de una verdadera disposición sobre lo que significa adoptar a un perro con necesidades concretas. Para ejemplificar esto, basta con decir que la persona que se llevaba a Duc a primera hora jamás había tenido un animal a su cuidado, ya que Laura tuvo la oportunidad de hablar con él.

En segundo lugar, la ausencia de un registro detallado de la salud de un animal, en especial de un perro enfermo que ha estado en un estado crítico durante varios meses. ¿Cómo es posible que nadie supiese que estábamos adoptando a un perro con cálculos en la vejiga y en la uretra?

Lo positivo, y también lo negativo

En contrapartida, hay muchas cuestiones que, por descontado, podemos enumerar a favor de la gestión del SPAM; para empezar, la falta de inversión pública, como nos demuestra el cierre de la perrera municipal (triste e irresponsable a partes iguales) y el movimiento popular que se ha visto en Charge.org y en redes sociales; del mismo modo, como adelantaba párrafos atrás, es muy sencillo hablar desde fuera, o desde protectoras con 15 o 20 perros que critican la falta de control de espacios como Badalona o Mataró, donde se atienden y entregan en adopción a cientos de animales cada año.

Por todo ello, no me gustaría que se leyese este texto como una crítica a una protectora, sino como una experiencia que nos ayude a todos a abrir un poco más los ojos.

El día antes de Reyes, por azar, volví al SPAM —al centro original, no a la perrera que se anexionó a la entidad en 2010. Después de mucho dialogar con una pareja de amigos y de darles mi opinión (contraria), subíamos a conocer a cuatro cachorros que habían entrado la noche antes: entre las 10 y las 11 de la mañana, todos habían sido adoptados, y solo llegamos a ver cómo se llevaban al último de ellos (¡y a varios perros fantásticos de menos de un año a los que mi amigo, por tonto, no quiso dar una oportunidad!).

Foc y yo (Javier)
Foc y un servidor con ganas de dar un buen paseo.

Eso no está bien. Invito a todo aquel que haya leído estas líneas que visite la SPAM de Mataró y compruebe la cantidad de grandísimas personas y fantásticos profesionales que allí se dan cita, que confirme por redes sociales el asombroso trabajo de difusión que realizan, y que también se alegre por todos los perros y gatos que consiguen dar en adopción.

Pero ese sistema no puede funcionar. No deben entregarse cuatro cachorros la víspera de Reyes a familias con las que no hay tiempo de cruzar más que unas cuantas palabras; a familias que no sabemos si han llegado por casualidad ese día o simplemente este año no tienen dinero que gastar en una tienda de animales.

Si falta inversión, si hay demasiados animales abandonados, si no hay una conciencia real frente al abandono y el maltrato animal, presionemos por una Ley de Protección Animal más dura y más funcional, pero no frivolicemos con algo tan serio como la adopción de un miembro de la familia, porque entregar un animal a ciegas y sin control es casi tan peligroso como abandonarlo a su suerte.

Perros durmiendo
Y… ¡eso es todo, amigos!

Porque nadie nos asegura que un perro o un gato no pueda tener dos vidas de mala suerte, pero jamás deberíamos potenciar nosotros esa posibilidad; sobre todo cuando lo único que deseamos con todas nuestras fuerzas es ayudarlos.

Por último, si has llegado hasta aquí, te pido otra vez que no te quedes con lo negativo, y mucho menos que se te ocurra desconfiar del grandísimo trabajo de la SPAM a causa de mis palabras. Decenas, sino cientos de personas, se implicaron en la recuperación de un perro con leishmaniosis muy grave, y entre voluntarios, veterinarios y casas de acogida consiguieron sacarlo adelante; nosotros somos el último peldaño, los afortunados que deben darle una segunda oportunidad a ese animal, y todo lo anterior solo es una pequeña parte, un tropezón por el camino, pero pocas cosas hubiesen sido más agrias que terminar una historia que recién volvía a empezar.

Hoy, Foc es feliz, tiene salud y hace ejercicio diario; y podría cerrar este (no tan) breve artículo diciéndole a todo el mundo que su vida es perfecta, pero mentiría; tras más de medio año con nosotros, sigue mostrando inseguridad con personas, y también ansiedad en un gran número de situaciones diarias. Y sabemos que seguirá arrastrando ese abandono cobarde durante gran parte de su vida; mientras, nosotros continuaremos esforzándonos para que lo deje atrás y él, a su vez, seguirá haciendo de nuestra vida algo un poco más perfecto.

Fallout y la filosofía de Vault-Tec Industries (III)

Te adelanto que esto es un artículo que surge por mera pasión. Puede que esa sea una declaración demasiado fuerte para ti, que no creas que un videojuego pueda transmitir las mismas sensaciones que un libro, una película o una canción y, en tal caso, lo mejor será que esperes a la siguiente entrada del blog.

Los universos postapocalíptico siempre me han apasionado. Quizá como dijo Murakami en algún punto de 1Q84 que ni recuerdo ni he conseguido encontrar: Todo hombre anhela en el fondo de su corazón poder contemplar el fin del mundo. Probablemente la frase no sea exactamente así, pero traslada bien esa parte de egoísmo de la que ninguno de nosotros puede desprenderse.

Uno de los puntos fundamentales de toda la saga y, en especial, tras la construcción de ese mundo mucho más completo que se nos ofrece a partir de Fallout 3, han sido los refugios de Vault-Tec —sobre los que hablé anteriormente en el blog, aquí aquí—.

Vault-Tec Industries (Industrias Vault-Tec) fue una misteriosa empresa norteamericana que fabricó espacios subterráneos a salvo de la radiación y los peligros de una era nuclear con un terrible propósito oculto: para los habituales de este macrocosmos, algunos ejemplos que conocerán son Virus de Evolución Forzada (y la comunicación permanente del Refugio 87 con la Base Militar Mariposa), las prácticas de supervisión autoritaria del Refugio 101, el uso de drogas y el estudio del síndrome de abstinencia así como todo tipo de experimentos morales, sociales, y muchos más.

Explosión nuclear en Boston (Massachussets) durante la Gran Guerra de 2077 (Fallout 4)

Gran parte del atractivo de los refugios, pues, se lo confiere esa «doble moral» de la empresa que quiere aprovechar el Holocausto para experimentar con los refugiados a modo de conejillas de indias. Por ello, mi decepción fue enorme al ver que en Boston (en realidad, en toda la Mancomunidad de Massachussets) solo había cuatro refugios y que ninguna mantenía una historia excesivamente interesante.

En busca del Macguffin del Refugio 111

Todos los títulos de Fallout empiezan con un habitante de refugio que debe abandonar su zona de confort para enfrentarse a un mundo posapocalíptico. Esto también ocurre en Fallout 4, donde un militar joven con mujer y un hijo recién nacido que vive cerca de Concord, consigue acceso al Refugio 111 poco antes de que estallen las bombas en la Costa Este en 2077 (por si no lo sabes, en este mundo la Guerra Fría se extiende y recrudece a partir de 1960, donde el mundo opta por fisionar y fusionar átomos para estructurar la creación de energía durante el siglo XX y la mayor parte del XXI).

Sin embargo, el Refugio 111 también tenía una misión —no tan secreta— para los ocupantes del mismo: observar cómo afectaba la congelación criogénica en sujetos vivos por largos periodos de tiempo (que puestos a contar algún spoiler que otro, no acaba bien, todo sea dicho). El Único Superviviente (Sole Survivor, en el original) debe descubrir qué ha ocurrido con su hijo, congelado junto a su difunta mujer, y robado tras haber sido descongelados en algún momento entre 2077 y 2287.

Criogénesis en el Refugio 111

Más allá de todo esto, el verdadero Macguffin de la historia, deja rápidamente atrás el por qué estaban estudiando la criogénesis de larga duración, y el mismo refugio, donde la falta de «secretismo» de las actividades y la ausencia de una verdadera necesidad del recurso (en realidad, poco importa que les engañen para congelarlos o que se hubiesen caído en una nevera portátil) hacen que este sea uno de los refugios menos interesantes de Vault-Tec.

Genoma y Refugio 75

Repleto de mercenarios que se han atrincherado allí para sacar partido a las instalaciones, el Refugio 75 tiene una de las historias más interesantes de Fallout 4 donde durante décadas se buscó una mejora del genoma humano a través de la «cría» selectiva, los tratamientos hormonales y un ciclo de reproducción acelerado con un límite en los 18 años.

Gran parte del atractivo de esta microhistoria se encuentra en la posibilidad de extrapolar muchas de estas ideas a filosofías del pensamiento que se iniciaron a finales del siglo XIX en Europa y durante gran parte del siglo XX por el mundo entero.

El ejemplo más conocido es la eugenesia estatal de la mano de los nazis en Alemania, así como la búsqueda de una raza aria pura, donde el máximo exponente fue Himmler con su Lebensborn Eingetragener Verein. Pero por desgracia no fue un caso único; en EEUU, por ejemplo, se realizaron esterilizaciones forzosas a partir de 1897, igual que a inicios de la era Shōwa japonesa (1926-1989), o la castración de más de 60.000 personas suecas (y la lobotomización de 4.500 más) que eran en su mayoría de etnia gitana.

Servoarmadura (Hermandad del Acero, Fallout 3)

Asimismo, todos los datos que podemos encontrarnos por el juego, relacionan esa mejora genética con ciertos informes, que no es posible corroborar, donde el ejército estadounidense había encargado a Vault-Tec adiestrar a niños para convertirlos en supersoldados. Una idea que ya ha aparecido incluso en la prensa en relación a las nuevas tendencias militares que se están imponiendo en Europa y EEUU gracias a la biotecnología. Algunos ejemplos son el programa DARPA o la armadura TALOS, que tiene un gran parecido a cierta servoarmadura de cierta Hermandad del Acero, ¿verdad?

De algún modo, visto lo visto, resulta irónico que el refugio se encontrase bajo una escuela de educación primaria ocupada por una organización paramilitar posterior a la Gran Guerra, ¿verdad?

Un Refugio… muy poco santo

Por otra parte, el Refugio 114 fue ocupado alrededor de 2287 por la banda de Flaco Malone durante la trama principal de Fallout 4. Anteriormente, se construyó para ser el hogar de celebridades locales, gente de negocios y sus familias, según los terminales de datos que podemos consultar.

El protagonista lo visita sí o sí durante la trama de la misión Un Valentín muy poco santodescubriendo que las condiciones de lujo fueron exageradas para que Vault-Tec pudiese estudiar las reacciones de individuos comunes junto a las de otros que lo tenían todo antes de la guerra con el mínimo de facilidades posibles.

Además, hay varias holocintas (cintas de audio que funcionan en el PipBoy y en otros dispositivos electrónicos en el juego) en las que se deja entrever que la elección del Supervisor se hizo siguiendo criterios concretos con los que hallar a una figura que no tuviese problemas en dañar física o psicológicamente a los habitantes del refugio si creía que podían socavar su posición de superioridad. Una mezcla que, con toda seguridad, no iba a funcionar bien.

Desde fuera, lo más lógico es que un búnker antinuclear como este fuese el escenario perfecto para estudiar cómo actúan varios individuos acostumbrados a una posición de superioridad en una situación adversa donde no pueden contar con sus habilidades o estatus social usual y cómo reaccionan el resto de sujetos de pruebas, acostumbrados a esa situación. Finalmente, el experimento no se llevó a cabo, pero algunos indicios parecen señalar que la intención era demostrar si el Supervisor se rendiría al principal grupo de presión y qué harían el resto de habitantes en una posición de inferioridad.

Nick Valentine en el Refugio 114

Aquí hay muchas influencias a tener en cuenta, aunque quizá el concepto lucha de clases de Karl Marx y Friedrich Engels sea el que mejor funcione para analizar una situación como esta.  Un entorno reducido que, probablemente, el filósofo Karl Popper vería más sencillo de analizar a través del concepto en sí,  a diferencia del uso de la lucha de clases para explicar una historiografía completa de los acontecimientos, al estilo de la dialéctica histórica hegeliana.

Cabe reseñar también la posibilidad de una lectura menos profunda, pero igualmente interesante a través del realismo político de Maquiavelo o Hobbes que veían cómo la propia naturaleza humana era aquella que conducía hacia las leyes aplicadas a la sociedad y la política.

El relativo éxito del Refugio 81

Por último, nos queda comentar los pocos datos con los que contamos del Refugio 81, todavía en funcionamiento en 2287, cuando el protagonista del videojuego despierta.

Activo durante más de 200 años, podríamos afirmar que se ha mantenido como uno de los pocos refugios que ha alcanzado un éxito inesperado. No obstante, el aislamiento prolongado los ha vuelto recelosos frente al exterior, y también xenófobos, algo común en individuos con poco contacto con otros grupos de población; en un escenario posapocalíptico como la Commonwealth de Massachussets esta hostilidad está parcialmente justificada, pero el miedo por los extranjeros también los separa de hacer crecer su comunidad o recibir ayuda del exterior[1].

En casos extremos, la psicología ha conseguido probar una variación en las capacidades perceptivas de los seres humanos que harían que sobrevalorasen su cultura o tradiciones por encima del resto; por lo que los niveles de empatía y otros sentimientos de familiaridad y afecto funcionarían a unos niveles muy inferiores fuera de ese “círculo de seguridad”.

Goodneighbor, en Fallout 4 por la noche

De cualquier modo, hay que tener presente que la organización tribal y la prevención frente a lo desconocido, dos grandes evolutivos arcaicos de los grupos de homínidos y primeros humanos, son valores que en cualquier yermo volverían a tomar una preponderancia lógica: ya lo vimos con la Legión de César en el Desierto del Mojave (Fallout: New Vegas, Obsidian Entertainment, 2010), por ejemplo.

Vault-Tec desarrolló el Refugio 81 con la misión de obtener una cura única y universal para todas las enfermedades que puedan sufrir la población, usando a los residentes como sujetos de pruebas. Sin embargo, antes de que pudieran comenzar las pruebas con seres humanos, el supervisor del refugio, el Dr. Olivette, sufrió una crisis ética: su conciencia no le permitió algo así, y desactivó el sistema de distribución de enfermedades del refugio, sellando la salida del Refugio Secreto desde el que se controlaba a la población y asegurando la seguridad de los residentes.

Dejando al margen el desenlace de lo que ocurre en este “doble Refugio” (puedes consultarlo aquí), la realidad es que una política social de estas características podría extrapolarse a sucesos como los del doctor Josef Menguele en Auschwitz y, salvando las diferencias, experimentos como los de Pavlov, o Skinner, así como muchos otros conflictos a los que, hoy día, se enfrenta la bioética a través de sus cuatro principales fundamentos: autonomía, beneficencia, maleficencia y justicia.

Final de Fallout 4

Por desgracia, en Fallout 4 estos son los cuatro únicos refugios nucleares que podemos encontrar, con el problema añadido de que no tienen una gran relevancia en la trama principal; pero como has podido comprobar, cada uno de ellos abre un gran número de incógnitas difícilmente delimitables en una única idea.

Pero bueno, como seguro que has escuchado muchas veces: I don’t want to set the world on fire, I just want to start a flame in your heart…


[1] El protagonista (El Único Superviviente) puede cambiar la mentalidad de los habitantes del 81 con sus acciones.

Viajar hacia el Oeste

Hoy, quedan poco más de quince días para coger un avión que conecte Barcelona con Moscú, y Moscú con Nueva York. Hoy, me ha salido un grano debajo del ojo. Uno de esos sin cabeza, de esos que duelen tanto y que las personas que jamás hicimos caso a un dermatólogo apretamos rechinando los dientes y deseando que explote para liberarnos del dolor; sin pensar en poros, marcas, bacterias o cicatrices.

Esa es la razón por la que apenas he escrito nada en todo este mes. Hablo del viaje, claro, no del grano; para ocuparte de ese grano no necesitas pasaportes en una caja de madera que se acompañan de unos cuantos miles de dólares, el carnet de conducir internacional y una bucket list a medio rellenar para que, al salir de Chicago, podamos sumergirnos en un verdadero viaje por carretera conectando moteles, ciudades y estados a lo largo de más de 5.000 kilómetros. Al menos esa es la idea.

Tramo de carretera de la Ruta 66

De algún modo, todos los proyectos que tenía en mente se han detenido ante la esencia de un verdadero viaje transatlántico de más de un mes y ese hormigueo que, poco a poco, va convirtiéndose en miedo, incertidumbre, deseo e incluso necesidad mientras dejas volar tu imaginación con los ojos fijos en una mesa constantemente repleta de guías de viaje, mapas de carreteras, portátiles con consejos y hojas garabateadas con un programa calendarizado con el que nadie debería acorralarse demasiado.

El camino del nómada siempre conduce al Oeste.

Wallace Stegner (1909-1993)

A primera hora de la tarde, también suelo tumbarme unos minutos en la cama a descansar tras el madrugón diario. Hoy, ese grano que se ha empeñado en acompañarme hasta la treintena no me ha dejado pegar ojo y, con el viaje tan cerca, no he podido evitar pensar en lo cansados que vamos a llegar a EEUU tras una escala de 5 horas en Rusia y un vuelo de casi 11 horas hasta aterrizar en el JFK a mediodía. Un día entero de aviones y aeropuertos para el que tengo prohibido usar frases repletas de sarcasmo o quejarme mucho, dado el precio que mi chica consiguió y lo poco que yo me preocupé de mirar los billetes de ida. Craso error: lo sé.

Sin embargo, en todo caso, esto solo engrandece el viaje, desde el principio y hasta límites de lo absurdo, algo que siempre he respetado y que, si no me bombardean o despeñan el avión —sí, soy uno de esos tipos que cuando hay una turbulencia mira con ojos de cordero degollado a toda su fila de asientos—, solo será un mal menor y un jet lag del carajo, si es que eso existe y no son cuentos.

Pero lo de los perros será otro cantar. Un mes sin animales cerca es algo que sé que llevaré mal desde el principio, desde mucho tiempo antes del día en que partamos, y por mucho que nos hemos preocupado en buscar dos grandes amigos que cuidarán de todos, hay un sentimiento de esos que entremezclan preocupación con melancolía; una sensación que sabes que te acompañará a lo largo de todo el viaje de modos muy distintos.

mapa-ruta-66

Todavía quedan cosas por hacer pero, a grandes rasgos, se ha iniciado esa cuenta atrás que anuncia que, para que el viaje realmente empiece, lo único que resta por hacer es olvidarse y dejar que los días pasen. Esa escena típica de las películas en la que se dedican a llenar maletas con ropa y a vaciarlas una decena de veces que no he emulado jamás en mi vida; de hacer sitio para la cámara de fotos y los objetivos, para el portátil y un par de buenas lecturas con las que matarse orgulloso, sea de ida o sea de vuelta. De viajar junto a un cuaderno, junto a media docena de guías de viaje, y junto a muchas, muchas, muchas ideas, y sueños, y experiencias que vivir este marzo en el que conoceremos Nueva York, Chicago y más de un centenar de pueblos y ciudades que conectan la Ruta 66 hasta Los Ángeles.

Y termino, porque a medida que escribía esta entrada, lo cierto es que no he podido evitar plantearme qué podré contar mientras nos movamos de la Costa Este a la Costa Oeste. Supongo que eso es lo que pretendo descubrir este marzo, donde las buenas experiencias seguro que no darán tan buenas historias como las malas, y para las malas no habrá tiempo suficiente para pulir el texto y seguir viajando, como es propio de un cuaderno de viajes, o de lo que leches aparezca aquí.

En resumidas cuentas, esta es mi forma (rebuscada y barroca) de decirte que en marzo, recorreré junto a mi chica la Ruta 66 y algunas grandes ciudades de EEUU; y escribiré sobre ello. Bueno, no me mires así. Ya sé que lo habías pillado.

Por ahora, sigo leyendo, y leyendo sobre la Ruta, e imaginando historias; en unas semanas, ya veremos.

La extraordinaria historia de Ava

Hoy, encontré en una estantería un libro titulado The Strange and Beautiful Sorrows of Ava Lavender, y me acordé de Ava, pero de otra Ava. Me acordé de la Ava sevillana, la de cuatro patas, la valiente Ava que vivió dos años cargando con una infección enorme; con una infección que resultó ser un cáncer. Un cáncer que la alejó de aquellos que nunca la sintieron cerca, y en ningún caso la merecían; pero que la alejó tarde; llegamos tarde; por una vez, escapó el milagro.

Fue esta misma semana, no hace aún siete días que los voluntarios y el equipo veterinario que la rescataron quedaron destrozados; miles y miles, y millones de personas que se volcaron en salvar a esa perra que no podía soportar más enfermedad, supieron la mañana del domingo que, esta vez, no habría final feliz.

Ava (Let's Adopt Spain)

Se fue. Pero se fue rodeada de gente que no veía más que futuro y perdón en su rostro desfigurado, y asistía como testigo de una única deformación llegada desde el sur del país, pero que en ningún caso surgía del hocico de Ava, sino del negro —negrísimo— corazón de sus antiguos dueños, que no familia.

Hoy, con las lágrimas ya secas de una tragedia que conforma parte de nuestra identidad nacional, solo hay tres cosas por las que luchar bajo la estela de esa perra que marchó de San Juan de Aznalfarache a la eternidad: la verdadera Ley de Protección Animal que nuestros compañeros necesitan y merecen, el recuerdo de ese animal que encontró tarde una familia más numerosa de lo que nunca habría imaginado y un castigo ejemplar, un castigo tan fiero, inflexible y tenaz como el maltrato sistemático y cobarde que Ava sufrió.

Hasta siempre, Ava.

Mientras se nos recuerda, seguimos vivos.

Tú, querida amiga, vivirás para siempre.

Esas son las palabras con las que te despidieron. No las hay mejores.


Podéis saber más de la historia de Ava en este enlace y en la página de Facebook de Let's Adopt Spain.

El esperpento y La que se avecina

La tragedia nuestra no es tragedia.

Luces de bohemia (Ramón de Valle-Inclán, 1926)

Muchos crecimos con Aquí no hay quien vivao todavía nos cogió bastante jóvenes como para rendirnos al sofá en familia; después, un buen número mantuvo la saludable afición de ver alguna serie española en la televisión —aunque solo fuera por contraste a la masificación audiovisual americana. Yo no lo hice, con una excepción: La que se avecina.

La que se avecina (LQSA) era el salto de Aquí no hay quien viva a Telecinco. Con diferencias significativas, pero con semejanzas en temas de guion, actores y estilo narrativo que llevaron a mover papeles en el juzgado madrileño debido a acusaciones de plagio por parte de la serie madre. Se cambió la calle Desengaño por la urbanización Mirador de Montepinar; también se modificaron papeles, y se incorporaron nuevos rostros, como un polifacético Jordi Sánchez (Antonio Recio), un brillante Antonio Pagudo o un genial Nacho Guerreros que ya apuntaba maneras en TV con su papel de José María en la última temporada de Aquí no hay quien viva en Antena 3.

MAX: ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!

DON LATINO: Una tragedia, Max.

MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO: ¡Pues algo será!

MAX: El Esperpento.

Luces de bohemia (Ramón de Valle-Inclán, 1926)

Pese a todo ello, la serie se planteaba como una historia de humor sobre un grupo de vecinos donde la sátira, el sarcasmo y los excesos de una atmósfera cotidiana tendían hacia el surrealismo. Pero no fue así como empezó.

Los inicios: del Aquí no hay quien viva 2.0 a España entera

[…] deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.

La primera temporada e incluso gran parte de la segunda reservó la historia que allí se narraba a los límites de Mirador de Montepinar; probablemente por eso fue el periodo donde las tramas más avanzaron (Araceli abandona a su marido, Enrique Pastor; el mundo de color rosa de los “cuquis” se va al carajo; la peluquería se convierte en un bar; el moroso aparece, desaparece, y se supone que se muere…).

Antonio Recio y Coque de musulmanes
La sangre de Saladino corre por mis venas…

En los primeros treinta capítulos, La que se avecina es una continuación del humor cercano y de gags y frases recurrentes al que nos tenía acostumbrados Aquí no hay quien viva. Se cambia el un poquito de por favor por el ¡Ay, mi cuqui!, ¿quieres salami?, ¡Antonio Recio, mayorista, no limpio pescado! o Enrique Pastor, concejal de juventud y tiempo libre y su… ¡alehop!

Se amplía el registro, pero se mantiene la idea que ya había funcionado en la serie estrella de Antena 3 y que seguiría dando sus frutos en LQSA. Hasta que, pese a mantener una cuota de pantalla altísima y un elenco de personajes-actores de lo mejor de este país, ella misma teme volverse repetitiva. Entonces, amplía fronteras y empieza a abrirse a historias que se suceden por toda España.

Entre 2007 y 2008, las tramas que narra semanalmente La que se avecina recogen temas universales que se mantendrán como hilo conductor: la convivencia en una comunidad, los vecinos tocapelotas, la crisis inmobiliaria y las chapuzas que, por aquellas fechas, era de lo que hablaba todo el mundo; de los líos de escalera, y los de cama, e incluso de los vecinos morosos o del típico lío-fantasía sexual con la asistenta (al que José Luis Gil y Cristina Medina le dan tres vueltas de tuerca en Un trío, una asistenta y una lluvia de coliflores).

Los leones en el Max&Henry
Ya sabes. ¿Pero qué somos, leones o…?

Cuando Amador empieza a perder neuronas por el camino

En España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban.

Llegados a este punto, de junio a septiembre de 2009 pudimos ver cómo las historias iban acogiendo una narrativa más general: el racismo y la homofobia de Antonio Recio se presentan con la hipocresía de un moro rico, que ya no es un moro, sino árabe; lo que supone acoger a una suegra en casa a pasar unos diítas; los problemas de dinero que sufríamos la mitad del país; la menopausia precoz o la crisis de los cuarenta; junto a todo ello, la trama de la comunidad también avanzaba, pero mucho más centrada en un escenario general, donde los episodios que afectaban a la comunidad de vecinos siempre mantenían un nexo de unión con la actualidad; vimos la actualización y el follón con la TDT (Televisión Digital Terrestre), las tribus urbanas con las que convivimos, los babosillos de la discoteca, los vividores folladores (y también las chicas ultramodernas que tienen que tener un tío distinto en casa cada noche, claro), la tasa de divorcios o las sexualidades alternativas (como gays, lesbianas y también transexuales, que ya nos había acercado Aquí no hay quien viva).

Antonio Recio y Coque, los payasos justicieros (LQSA)
¡Somos los payasos justicieros, azote de los corruptos y héroes del pueblo!

A su vez, Amancio (perdón)… Amador Rivas, uno de los personajes más célebres de la serie, sufre una completa metamorfosis durante la tercera temporada. Es tal el cambio entre el banquero y el capitán Salami que una de las fuentes de las que bebe el personaje tiene que ser Homer J. Simpson, a quien un espontáneo le comentaba en El espectacular episodio 138 (The Simpsons 138th Episode Spectacular): Creo que Homer es más tonto tras cada temporada.

Esto se aplica a Amador en algo tan simple como sus lapsus linguae constantes que un pedante Luis Miguel Seguí, en el papel de Leo, se esfuerza (esforzaba) en corregir constantemente. Pero también se ve con Enrique para el que, temporada tras temporada, su apellido sigue siendo Fracaso, o con Judith, de quien nadie puede dudar que está, de lejos, más desequilibrada que sus propios pacientes (hasta el punto de que al final de la octava temporada termina inhabilitada por acostarse con otro paciente). Y aquí ya nos ahorramos hablar de Antonio Recio mejor, un personaje que ha sufrido un cambio radical desde el papel de cristiano apologista y redentor cerrado de mente hasta el happy single que se va de putillas y copillas y se arrepiente a la mañana siguiente.

Cuando se avecina el esperpento

Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

Y llegamos al tercer estadio, donde creo ver que la serie sigue luchando por encontrar una nueva vía o cerrarse sobre sí misma: el esperpento. En otras palabras, una forma de deformar la realidad, recargando sus rasgos más grotescos para conseguir ofrecer al lector o, en este caso, al espectador un fondo de verosimilitud: de verdad.

A partir de la cuarta temporada, esa fórmula empieza a funcionar a las mil maravillas: Antonio se esconde de la opinión de los vecinos por el qué dirán y casi congela vivos a la mitad de la comunidad en su camión frigorífico tras la huida de Coque y Berta, Enrique se vuelve gótico para conectar con su hijo, Amador empieza a buscar un trabajo con el que sobrevivir  y ser vividor follador (y tener una moto, y un descapotable) y eso les lleva, poco a poco, a convertirse en caricaturas de sus propios personajes.

Enrique Pastor y Maxi se hacen pasar por góticos para acercarse al hijo del primero.
Demasiado gótico para el body.

En Luces de bohemia (Ramón María del Valle Inclán, 1926) una de las obras más conocidas de este género de autor único (aunque no la única obra del género[1]), se recoge a las mil maravillas esta visión del mundo que se acerca mucho a la del muy nuestro don Quijote, quien soñaba con ser caballero, cuando ya no los había, y también a la de Miguel de Cervantes, quien emulaba las novelas de caballería, cuando ya nadie quería leerlas siquiera.

Con esta idea en mente, se incorporan nuevos personajes a medida que nos despedimos de otros clásicos: Maxi, por ejemplo, que no es más que un pobre desgraciado sin oficio ni beneficio, es el Mentefría (ya sabes, mente fría, bragueta caliente…), a quien en nuestro día a día nadie escucharía siquiera, pero que se convierte en el líder de los leones; Amador sería, con toda seguridad, un muerto de hambre —bueno, y lo es—, pero se convierte en un gañán entrañable y se las arregla para vivir; y lo mismo ocurre con Fermín Trujillo (Fernando Tejero), Estela (Antonia San Juan) o Teodoro (Ernesto Sevilla), el hermano de Amador.

Otro punto fundamental es la animalización de muchos de los personajes. Está el grupo de «los leones» —el cual no parece un apelativo elegido al tuntún—, donde quien más, quien menos, todo dios piensa con el salami; y también el mismo Amador e incluso Antonio Recio, por ejemplo, de los que podríamos decir que no es extraño observarles con conductas directamente primarias cada dos por tres. Así, en caliente, se me ha pasado por la cabeza el capítulo de la séptima temporada en el que aparece Cristina Pedroche: Un topo, un torero león y un espetero a la fuga.

Combate de boxeo de Amador
Boxeador campeón, hasta que la caga.

A través de la ficción, conseguimos acercarnos hacia la corrupción política del país de la mano de Josema Yuste o el símil particular de Ana Botella que nos ofrece LQSA con Verónica Forqué (que no tiene cuerpo de pollo, que no se preocupe), hacia el timo de las eléctricas y las zancadillas constantes que vivimos con las energías renovables en España, a la fama, a los tronistas e incluso a temas tan controvertidos como el arte conceptual.

Todo ello de la mano de una serie madura que se conoce a sí misma, lo que llega a percibirse a las mil maravillas en el capítulo 100 (Un presidente rayado, una catarata de infortunios y un descubrimiento sobrecogedor) en el que la ficción y la realidad juegan entre sí, adquiriendo los propios personajes conciencia de sí mismos y, como bien les resume uno de los productores de la cadena, siendo una vía de conexión y escape semanal para los propios espectadores.

Como único problema de este fantástico esperpento del que me confieso fan queda el no reinventarse, el saberse realidad distorsionada —que, a menudo, es la mejor forma de acercarse sin pretextos a la propia realidad—, y acomodarse en esa zona de espejos cóncavos y convexos durante mucho más tiempo; porque al espectador todo termina por cansarle, y espero que tengan la visión de cambiar o concluir antes de que esto suceda.

Mientras tanto, el espectáculo debe continuar.

NdA: Sé que no es nada mainstream dedicar un artículo a una serie española pudiendo hablar de Fargo, True Detective The Leftovers, pero creo que también es importante estar orgulloso de lo que tenemos. Como mínimo, de vez en cuando.


[1] Otros títulos célebres del autor son Los cuernos de don Friolera (1921), La hija del capitán (1921) y Las galas del difunto (1926) que se recopilaron en 1930 en la trilogía teatral Martes de Carnaval.