Hoy no es 1936

La campaña del ¡votad, coño! fue un éxito: depositaron sus papeletas un 75,7 % de los ciudadanos, y eso que los españoles que viven fuera de las fronteras han de pasar por toda una odisea de libro para ejercer este derecho. No se había votado tanto desde 1982 con Felipe González y, entonces, se tenía mono de democracia y de felipismo. Vamos, unos resultados para llevarse las manos a la cabeza, la hostia. Confieso, sin embargo, que, esta vez, España me ha sorprendido para bien: voté a primera hora y me escapé del colegio electoral con una sensación agridulce, luchando por creer que sí, que estas elecciones tenía que ganarlas el bloque de centro-izquierda, pero con las predicciones del politólogo Francisco Carrera en mente. Nadie más le daba tantos escaños a VOX (setenta, en concreto), ¿y qué? El tal Carrera la había clavado en los comicios andaluces. Así que, a riesgo de no encontrar el modo de hacer un Madonna en la era Trump (o de romper mi palabra como hicieron Barbra Streisand o Bryan Cranston), juré y perjuré que, si lo de VOX iba en serio, me largaba lo más lejos posible.

Si se pasan los derechos de mujeres, inmigrantes, ateos o LGTBI+ por el forro de… las escopetas, ¿qué iba a hacer Abascal con la Warner Bros? Almas de cántaro… Esto lo cuenta mejor Facu Díaz en Lait Motiv.

Siento ser tan gráfico, pero el domingo no me cabía un alfiler en el ojete. Y creo que no era el único, ¿verdad? No por el hecho de que, en España, haya señores de derechas, que sigue habiéndolos hoy, y muchos: ahí siguen sin orden alguno en lo que a fachosidad se refiere el Partido Popular, Ciudadanos y VOX, sino porque, pese a que el CIS a menudo tiene tanta credibilidad como Sanchez Dragó, la victoria de la derecha era posible. Por suerte (agrega tú mismo un emoji de esas de gotilla de sudor por el cogote), los peores presagios no se han confirmado: el primero no ha sabido retener al centro ni a la derecha; el segundo es, con probabilidad, la futura oposición, aunque Rivera ya se trae esta idea al presente y, del tercero en discordia y sus votantes, ¿qué voy a decir? Es bueno que 2.671.173 se hayan quitado la máscara, pero ¡qué cantidad de odio!

Según El Mundo, Ciudadanos y VOX están devorando a los populares en un ejercicio inverso al de Saturno y sus hijos: los primeros le rascaron 1,6 millones; los otros, 1,4. Igual que nos ha ocurrido con Juego de Tronos, de lo que tanto le gusta hablar a Pablo Iglesias hasta en elecciones, después de la batalla —y con menos bajas de las que esperábamos, ¡toma medio spoiler que no te esperabas, que ya es jueves!—, ahora (la mayoría) respiramos algo más tranquilos, aunque confieso que dudé hasta las once de la noche, dudé mucho. Actualizaba la prensa digital cada pocos minutos, preguntándome: ¿Quizá no hay tantos señores ni tantas señoras de izquierdas? ¿Y qué coño hacemos si a las derechas les caen escaños suficientes para pactar? ¿¡Y Cataluña, es que nadie piensa en Cataluña?! Hoy, con menos ácido en el estómago, sigo pensando que no hay tanta gente de izquierdas, que el domingo 28 ganó el miedo (el miedo a volver al pasado, a caer vencidos frente a un futuro más incierto de lo que este ya suele ser; el miedo a la extrema derecha: algo bueno debía tener el guardar todos esos fantasmas en el fondo de un cajón). También ganó el discurso centrista de Pedro Sanchez, al que que ni un Podemos desmembrado desde el interior ni un Cancerbero de derechas pudieron hacer frente (lo del «trifachito» no me gusta, parece de viñeta de Mortadelo y Filemón y, aunque le quita hierro al asunto, que mola, hace otra cosa que no mola nada: subestimar al enemigo).

¡El GAYSPER NO! ¡Todo menos el Gaysper!

Hoy, es lunes escribía el 27 de junio de 2016 ante una mayoría de votantes que habían dado el control del país a un Mariano Rajoy que nunca pareció un tipo peligroso, si acaso bobo, lo que lo hacía todavía más peligroso. Fuese porque era demasiado tonto para plantar cara a los mercados financieros (que, de nuevo, alargan sus tentáculos ante el secretario general del PSOE), fuese porque le salía demasiado bien eso de hacerse el tonto. No escuches a tus electores, le dicen ahora a Sánchez; forja una alianza con Ciudadanos; a Unidas Podemos le das un par de bocatas de queso y un ministerio menor. Por suerte, este lunes no fue tan duro, ni se hace tan difícil soñar hoy como lo ha sido estos años: cuando toca ser positivo, toca ser positivo, ¿o no? No quita esto que la extrema derecha vuelva al Congreso con otro nombre (siempre ha estado allí), que PACMA siga fuera por una injusta Ley d’Hondt y que ERC siga siendo despreciada, con políticos presos con escaños en el Congreso (Junqueras, Sànchez, Turull y Rull) y en el Senado (Raül Romeva) y una situación enquistada que algunos piensan que podría arreglar el federalismo de estado y otros creen que ya no la arregla ni dios. En fin, parafraseándome a mi «yo» pasado diré que sigue siendo bueno recordar que nada es imposible, ni gobernando el Partido Popular ni gobernando el PSOE. Después de mucho tiempo, quizá podemos empezar a creer que nuestra democracia saldrá reforzada de estas, pero es que, para la mayoría, los que somos demócratas, no hay otra: quizá con VOX esto no pasaría: no habría necesidad de que la democracia se superase a sí misma, porque como dice el meme aquel de Kayode Ewumi (el señor negro que piensa mucho): si no hay democracia, no hay por qué preocuparse de que funcione, ¿o no? Por ahora, respiremos tranquilos: el fascismo crece en España, y en todos lados, pero no se impone. Hoy, es jueves, pero no es 1936.

A la vida se la suda

Estos últimos meses se me ha escurrido el tiempo. ¿No te ha pasado nunca? Seguro que sí: tú te organizas, planificas, y, de repente, descubres que todo el contexto y las suposiciones que habías dado por buenas han hecho lo que les ha dado la gana. Es como el juego aquel tan idiota al que nos hacían jugar de niños: ese en el que se iban quitando sillas y se eliminaba a todo el que no estaba sentado cuando paraban la música, pero no bien, bien; en este caso, cuando te das media vuelta, de repente han desaparecido todas las sillas y, claro, te sientes idiota. El niño o la niña que llevas dentro diría: ¡Eh, eso no vale! ¿Y qué? A la vida se la suda.

A mí, probablemente, este tipo de cosas me dan todavía más rabia que a ti, porque yo soy un tarao de esos de las listas. En serio. A medida que me he hecho mayor, he empezado a hacerme listas hasta de cómo voy a organizarme el tiempo libre (luego las pierdo): quiero leer tal libro, escribir sobre aquella madre que riñó a su hija por perseguir a las palomas, perderme con los perros en la montaña el sábado, seguir estudiando sobre etología a las cuatro de la tarde del viernes, y así, etcétera, etcétera, etcétera. Me van a poner el Google Calendar de pago, no te digo más. Hoy, sé que quiero seguir en la asociación que ayudé a montar hace tres años: Conectadogs. Es curioso, pero para esto no me hace falta ninguna lista. Supongo que esta es una buena razón para escribir sobre el tema. Quizá ahora no tienes ni idea de sobre qué te estoy hablando: normal, no todo el mundo sabrá que estoy en una asociación (entidad, oenegé, llámala como quieras) para ayudar a perros y personas. Por qué van a saberlo, ¿no? Ni que uno fuese Dani Rovira[1]. En definitiva, gracias a esta asociación, y a la gente que la compone, he participado en actividades junto a chavales con TEA, en charlas de tenencia responsable de bichejos, en la rehabilitación de perros de difícil adopción.

Strady es uno de los perros que ahora mismo estamos rehabilitando en Conectadogs.

Poco a poco, el proyecto ha ido tomando forma y, algunas veces, abusando de los contactos y el por favor, que también abre muchas puertas, he publicado o difundido textos sobre lo que hacíamos y hacemos (en Doblando tentáculos, aquí y aquí, en 20minutos, aquí, en Eldiario.es, aquí, en Canarias Ahora, aquí, y esto ya se está haciendo cansino, así que paro). ¿Por qué? Pues lo cierto es que, hasta ahora, no lo había pensado demasiado, supongo que porque es algo que considero importante y trascendente, un proyecto que muchas veces me ha robado más tiempo del que yo esperaba dar. Eso también pasa con todo lo que nos gusta y nos llena, ¿o no? A veces, llego a casa y me da rabia no haber podido terminar aún de depurar la novela o de leerme el Carvalho que ha sacado Carlos Zanón; ni sacar un rato para estructurar la trama de un cuento corto que quiero presentar a algún certamen (y después aún queda escribirlo, y reescribirlo); yo qué sé, de estar con los míos y, ¡qué coño!, de tocarme los huevos una tarde quemando el Netflix (¡que para algo lo pago!). Como escritor (o intento de), eso es algo que tengo asumido: la gente suele creer que el tiempo invertido en escribir (o pintar, o componer) se volverá dinero contante y sonante, pero la mayoría de las veces no es así. Incluso cuando uno «triunfa» y publica (o expone, o graba un disco), claro que sacará algo de pasta, pero ¿qué precio real tienen las miles de horas que has dedicado? Si ganases 50.000 euros por 5.000 horas, estarías ganando 10 euros la hora; por 1.000 horas, 50 euros por hora. Hay trabajos más rentables, ¿no crees? Al final, hacemos las cosas por lo que mueven dentro de nosotros y no tanto por lo que dan.

¿Y por qué te cuento todo este rollo? Hace diez días, pasó algo que todavía no me había pasado nunca (será que soy un tipo afortunado): de repente, todo se desmoronó en Conectadogs. Parte del equipo se largó e incluso se planteó disolver la entidad. Yo tengo un defecto muy grande y es que me paso el día refunfuñando: aquí, con tiempo (e incluso prórrogas que me concedo para escribir con calma), parezco un tipo incluso ocurrente, pero en la vida real no soy más que otro viejoven de esos (que lo sepas). No obstante, así como tengo este defecto, tengo una virtud asociada al mismo: cuando se me pasa el cabreo, intento sacar la parte buena de las cosas (por muy mal que hayan salido) y de la «casi muerte» de Conectadogs, he extraído una lección importante. Verás, me parece a mí que no hay nada más jodido que el miedo. El miedo nos hace desconfiar, dudar de nuestras capacidades, creer que eso tan malo va a volver a pasar, o que vendrá algo que será todavía peor. Y no es así. En diez días, tenemos otro terreno para Conectadogs (del actual tenemos que irnos), recibido miles de euros en donaciones por Facebook, PayPal e ingreso bancario; hemos encontrado el modo de seguir adelante y hemos salido reforzados de este traspiés. Sin embargo, este aprendizaje (el anterior) es importante, pero no es lo más importante. Durante este camino, yo he cometido varios errores de los que quiero aprender, y, si os sirven, en la protectora a la que ayudáis, en la entidad donde hacéis voluntariado o en la vida en general, aquí los dejo. ¿Y por qué? Porque errar nos hace humanos, pero asumir (y aceptar) que, a veces, nos equivocamos es aquello que nos vuelve personas. El primero es ser fiel a uno mismo, porque de nada sirve seguir en la brecha si te estás traicionando día tras día: cuando parece que todo se va a desmoronar, cuídate de no desmoronarte tú. El segundo es ser confiable y aprender a confiar: esto no significa ser un tontopollas, sino lo suficientemente fuerte como para poder asumir que las personas (y nosotros mismos) te van a sorprender, te van a contagiar su ilusión, y también te van a defraudar: cuando venga lo que tiene que venir, actúa en consecuencia. Tampoco olvides nunca (tercero) que el trabajo no es trabajo en una ONG: es tiempo libre, anhelos a cumplir, deseo de dar, pero no trabajo: a mí me ha costado cinco años (soy un poco cortico) aprender la diferencia entre comprometerme y dar más de lo que quiero. Esto parece una idiotez, ya lo sé, pero es el germen de muchos de los problemas en entidades sin ánimo de lucro. Por último, hay algo que yo diría que recoge todo lo anterior: no permitas nunca que te digan lo que tienes que hacer o sentir (cuarto, y último); llegará un momento en el que no estés de acuerdo con alguien, o con casi nadie: si tratan de entenderte, y te escuchan, no hay problema. Puedes estar equivocado o equivocada, pueden estarlo el resto, pero la mayoría de los problemas empiezan cuando te dicen que lo que tú sientes no es real o justo.

Y termino con una vivécdota, como diría Andreu Buenafuente en el programa de radio que comparte con Berto Romero: el día que empecé este artículo pasaron dos cosas. La primera es que Strady, uno de los perros de nuestra asociación, se puso muy enfermo y todos pensamos que se iba a morir; la segunda es que se quemó la Catedral de Notre-Dame. Después, supimos que Strady no tenía un tumor gigante en el cerebro, que era el 99 % de las posibilidades que nos daban, sino una infección tratable (el otro 1 %, que dejó alucinados a los neurólogos con un buen ¡zas, en toda la boca!) y que la catedral parisina se iba a reconstruir aunque supusiese mil millones de euros (ojalá también se invirtiese así en preservar el futuro de todos, no solo la historia). Y a mí son dos cosas que me hacen sentir muy humano y muy persona: aunar esfuerzos para salvar un monumento del pasado de Europa y perder el culo por salvar a un perro; vamos, lo mismo que hicieron nuestros ancestros, tanto los que construyeron en piedra y en madera un edificio que los sobreviviría a todos, como los que dejaron en el genoma del perro parte de su propio ser.


[1] Por cierto, hace un par de meses el tío me mencionó en el Instagram: no es coña, no.

Las tribute bands y el rock’n’roll

Enciendes la radio: tribute bands. Una hora de rock sin publicidad. Y tribute bands. Un tío con acento de Olot anunciando la mejor banda tributo de Deep Purple (aunque pronuncia dip parpal, e incluso yo, que tengo inglés medio a la española, me descojono), otro con la de Héroes del Silencio, Queen hasta en la sopa, Dire Straits, Iron Maiden, los Beatles, los Rolling, la experiencia Abba; incluso los imitadores de Motorhead también tuvieron sus meses de auge cuando palmó Lemmy: ahora ya no tanto. Si te fías de la publicidad, parece que hay más bandas tributo que bandas auténticas. Y uno podría creer que esto es una moda, un fenómeno de un par de meses, pero ya hace unos cuantos años que dura el tema…

Puede que alguien esté leyendo esto y piense: «Mira este idiota, pues deja a la gente que rinda tributo a quien le salga del jíbiri.» Es cierto, que lo sigan haciendo: os aseguro que no voy a ser yo quien intente boicotear algo tan guay como un tributo. Pero estos homenajes huelen un poco… Os lo razono. Para empezar, un tributo se define como un gesto que va acompañado de un sentimiento de admiración, respeto o afecto, que no es contrario a sacarse unas perras, claro que no, pero si nueve de cada diez minutos de publicidad en la radio anuncian este tipo de bandas… No sé, llámame loco, pero creo que ahí prima lo que viene siendo el business, ¿no?

cianuro-poison
«Somos Cianuro, en cariñoso homenaje a Poison.»

Sin embargo, lo anterior me parece rebien. En serio. Puede que, con el humor adecuado, igual que me vi la serie de Carvalho interpretada por Eusebio Poncela, me puedo tragar un homenaje a Enrique Bunbury y al resto de la banda. Ahí no hay maldad, todo lo contrario: mola, y mola hasta que las tribute bands nos ocultan a otras bandas nuevas por eso de anclarnos en el pasado. Si se reúnen los Platero y Fito Cabrales deja de hacer el fitipaldi, pues yo me compro la entrada y me voy a un concierto, pero, si no lo hacen, quizá antes que un tributo, puedo ver qué coño están haciendo las mil y una bandas que siguen yendo al Viña Rock, al Azkena, a Iruña o al Rock Fest (o a lo que coño le guste a cada cual de música, que conste). Tiene esto que comento un nivel 2, además, que son las bandas tributo que rinden tributo a bandas activas, que si ya no es por negocio o por el síndrome del lo quiero aquí y ahora, no sé ya qué puede ser.

Sí es cierto que, si cada día hay más tribute bands, es que hay público y hay pasta de por medio: eso es indiscutible. Así que olé sus huevos. Si todos están contentos, pues aquí me quedo yo escribiendo mis tonterías, y, como sigo escribiendo, se me ocurre una razón más por la que no entiendo a las bandas tributo, y es por ellas mismas. Vaya lío, ¿eh? Me queda la duda, qué le voy a hacer: ¿cómo le sabe eso de triunfar así a un músico? ¿Eso es lo máximo a lo que algunas personas aspiran? ¿A sobrevivir o, casi peor, a vivir del éxito de otros? Está de puta madre ser el mejor imitando a Mercury, a Morrison, a Angus Young; eso mola un huevo, de verdad, pero cuando se convierte en trabajo, no sé, me parece que tiene muy poco de rock and roll. Si alguien puede imitar la escritura de otro alguien famoso, seguro que sabe lo suficiente como para ganarse la vida haciéndolo: ¿valdrá la pena? En lo que a música se refiere, yo solo sé rasgar cuerdas de la guitarra, y hacer punteados, y cuatro acordes, pero ¿puede ser que eso sea lo máximo a lo que alguien aspira como músico? Espero que todos ellos, todas las tribute band, lo vean como un medio, y no como un fin. Y, dicho esto, qué coño sé yo: el rock también es hacer lo que le sale a uno de los cojones, o de donde le salga.


NdA: Ya hace varios años que escribía entradas por el Día de la Mujer, pero este año no. Yo me sumo siempre, e intento aportar todo lo que puedo en este día, y apoyo, si se me permite. Si a alguien le apetece recordar entradas anteriores —como la columna de opinión del 2018, ¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?o la de 2017, El cumpleaños de un feminista, aquí están—, pero creo que es mejor aprovechar estas últimas líneas para recomendar textos de mujeres como el de Lucía Lijtmaer en Público: Feliz Día de la Muj… ¿Me puedes pagar, por favor? Gracias. Eso va a valer más la pena que venir a leer a un rockero tontaina que se pone a rajar sobre tribute bands el 8-M, ¿no crees? Si al menos lo escribiese una tía, como decía Lucía Lijtmaer… Y ya no sabes de qué coño estoy hablando, ¿eh? ¡Pues lee su columna!

Google Trends para entender el abandono de perros

El sábado pasado, intentando rescatar a una perro lobo checoslovaco (cagada de miedo) me llevé un mordisquillo en la mano. Nada grave. A mi compañero Antonio, de Dog’N’Roll, la perrilla le regaló un mordisco diez veces más profundo y no le vais a ver llorando en su blog (aunque tampoco tiene, claro). La perra ya se había escapado varias veces, según nos comentaron vecinos de Sant Cugat del Vallés, y, esa mañana, a punto estuvo de ser atropellada por diez o quince coches. Esta misma semana me llegan por varias fuentes media docena de casos de border collie renunciados en protectoras y perreras —y uno en Son Reus (Mallorca): Flipper, que ha sido tildado de PPP incluso, pese a que la asociación Los Olvidados de Son Reus, que hace un trabajo impagable, lo negaba en redondo con razón—. El martes, cinco voluntarios de Conectadogs rescatamos una cerda vietnamita de unos 50 o 60 kilos que habían abandonado en un bosque de Terrassa: puede que esté embarazada, y su familia la largó a la calle. Aunque no todo el mundo lo vea, son dos caras de la misma moneda: razas de moda a un lado; irresponsabilidad en el otro.

En todos los años en los que he trabajado en marketing (aproximadamente, desde 2009-2010), Google ha ido ampliando herramientas muy útiles para quienes trabajan en el sector, pero pocas son aplicables a otras facetas de nuestro día a día. La mayoría se centran en ayudarnos a identificar cómo captar tráfico, qué perfiles visitan nuestro sitio web, qué palabras clave son más útiles para posicionar nuestros contenidos en Internet… ¿Por qué os cuento esto entonces? Porque hay una herramienta de Google llamada Trends (Tendencias, literalmente) que nos permite ver cómo las modas se van sucediendo una tras otra. En lo que se refiere a los animales, esas modas o tendencias tienen una fuerte repercusión luego en la realidad, pero pocas veces podemos hacernos tan conscientes de estos fenómenos como con la ayuda de un gráfico: ya veréis.

cerdo-vietnamita-trends
Fig 1. Interés despertado por los términos cerdo vietnamita (azul) y minipig (rojo) entre 2005 y 2019 en España.

En realidad, Trends no solo mide las tendencias de búsquedas web (o de imágenes, o noticias, o compras, o YouTube), sino que nos permite comparar términos a través de los que calcular la relevancia de un concepto y el interés que este ha despertado a través del tiempo. Si te fijas, el gran número de border collie en la calle (y, por desgracia, en protectoras y perreras) ha aumentado exponencialmente entre 2005 y 2019. ¿Se refleja esto en un gráfico sobre tendencias de búsqueda? ¿Y del pastor lobo checoslovaco o el malinois? Sí, se refleja con total claridad, y, si dedicas un par de minutos a analizar los gráficos, dan miedo.

trends-border-collie
Fig 2. Interés despertado por la búsqueda «border collie»(en azul) entre 2005 y 2019 en España.

Además, podemos hacer búsquedas comparativas de varias razas como las que citaba arriba y valorar el interés despertado de todas ellas. Pongamos varios ejemplos: en la primera (fig. 3) podemos ver cómo el border collie enfrenta hoy muchos problemas (ya no solo abandonados o mala gestión del perro por compras que solo miran la estética, sino también cría ilegal, por poner otro ejemplo) y que el interés en los últimos 10 años, en España, ha crecido de una forma que explica muy bien por qué hoy existen los problemas que existen. Lo mismo ocurre con los pastores belga e incluso con los perros lobo checoslovaco, que hace seis o siete años que las búsquedas de la raza se asemejan a las de un perro tan conocido como el pastor alemán.

Fig. 3. Comparativa del interés despertado por las búsquedas «border collie» (azul), «pastor alemán» (rojo), pastor belga (amarillo) y pastor lobo checoslovaco (verde).

Como no contamos con cifras exactas, las comparativas son muy útiles para hacernos una idea del interés despertado entre términos; así, aunque vemos que el interés que despiertan los pastores alemanes ha crecido en los últimos años, igual que en los dóberman (fig. 4) entre 2004 y hoy (en especial en los dos últimos años, y, si os fijáis, vuelven a verse perros de esta raza que había sido, erróneamente, tan criticada y despreciada a causa de datos falsos y poco científicos. Algo muy similar a lo que le ha ocurrido al pastor alemán (que para no enrollarme no pongo la captura en el artículo, pero podéis ver la imagen aquí).

doberman-trends
Fig. 4. Interés despertado por la búsqueda «dóberman» (en azul) entre 2004 y hoy día.

Quizá todavía no se entienda mucho la utilidad de una herramienta así, pero imaginemos ahora la capacidad de anticipación para frenar problemas como lo que están sufriendo los «border collie» y los «pastores belga» (un ejemplo es la película Max sobre la que ya hablé en el blog en relación a los pastores belga malinois). Del mismo modo, nos sirve para confirmar con datos y cifras un problema que ya hemos identificado.

¿Está subiendo la tendencia de la gente por adoptar frente a la compra de animales? Para esto también nos sirve Trends: para confirmar que la tendencia a la adopción frente a la compra también está mejorando (fig. 5). ¿Y qué pasa con los pastores alemanes o los dóberman? ¿Se ha identificado un nuevo problema con estas dos razas? Si realizamos una comparativa con otras razas, como el pitbull, vemos por qué estos fantásticos perros siguen colapsando protectoras y perreras de toda España y cómo el dóberman es una preocupación menor para el sector animalista (fig. 6).

trends-comprar-adoptar-perro
Fig.5. Comparativa del interés despertado por los términos de búsqueda «comprar perro» (azul) y adoptar perro (rojo) entre 2014 y 2019.

Y lo que todavía es más importante: una vez identificados estas tendencias —que, por desgracia, muchas más veces de lo que nos gustaría se convierten en problemas—, ¿podemos valorar cuál de ellas es más importante? Evidentemente, no: porque Google Trends solo nos da cifras en un gráfico (y ni tan siquiera valores numéricos reales) con las que trabajar. Sin embargo, sí deja ver y poner en contexto verdaderos desastres como lo que ha supuesto el auge de los pitbull en los últimos diez años en España (fig. 7).

comparativa-doberman-pitbull-pastor-aleman
Fig. 6. Comparativa del interés despertado entre pitbull (rojo), dóberman (azul) y pastor alemán (amarillo).
comparativa-trends-bullterrier-pitbull-border-collie-pastor-belga
Fig. 7. Comparativa del interés despertado entre bullterrier (azul), pitbull (rojo), border collie (amarillo) y pastor belga (verde).

Este tipo de herramientas, que están al alcance de cualquiera, resultan muy útil para monetizar inversiones y plantear nuevas líneas de negocio en todo tipo de industrias y sectores, pero nunca he visto que se apliquen a la defensa de los animales: estoy convencido de que, en parte, no se ha hecho por desconocimiento. Poco a poco, la tecnología también alcanza a las ONG y este, a mi modo de verlo, es un ejemplo perfecto. Hoy, por ejemplo, publicaba un artículo sobre cómo querer a los perros (y por qué no humanizar nuestra relación con ellos), y este gráfico de Google Trends (fig. 8) nos explica por qué son necesarios este tipo de contenidos y hacer muchísima pedagogía sobre no robarle la identidad de perro a nuestros perros.

disfraces-perros-humanizar
Fig. 8. Interés despertado entre 2004 y 2019 por los términos «disfraces perros» (en azul) y «disfraz perros» (en rojo). Veis, además, que es un problema que se maximiza en Cataluña, Madrid y Andalucía, ¿verdad?

En definitiva, estoy convencido de que hay muchas formas de luchar en el movimiento animalista y esta es una más, pues une estrategia, buenos sentimientos y utilidad; y, sobre todo, está al alcance de cualquier entidad interesada en descubrir cómo puede seguir aportando por una España con cero perros maltratados y cero perros abandonados.


Para ampliar información:

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario…

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario… iba a alucinar. Pero no por el desorden, sino por la guarrería (los pelos en las sudaderas, las botas desgastadas, las manchas que no salen aquí tan bien como en casa de mi madre). Nada extremo, por supuesto: soy de esos que se dan por satisfechos al encontrar algún estudio científico que me deje llevar los mismos tejanos un par de días más; mi mujer lo acepta, pero no lo soporta. Por el contrario, ella es bastante desordenada, y yo no lo soporto, pero lo acepto. Ella no es de buscar artículos en los periódicos: es más de frasecicas. Tiene una muy chula: «Aun en el caos, hay orden», dice a todas horas, orgullosa, haciendo referencia a la Teoría del caos; pero me huelo que Marie Kondo no estaría muy de acuerdo.

Sin embargo, y aunque no soporto las pilas y pilas de ropa que se acumulan en los armarios del vestidor mientras estoy escribiendo esto, más miedo me da la moda de los organizadores profesionales: sobre todo, si pasa de moda a tendencia, como los coachs, y los asistentes, y los personal trainers ( ¡ojo!, quien crea que los necesita, que los contrate). Como siempre que me agarro los machos y me pongo a lanzar opiniones por aquí y por allá, puedo estar equivocado, pero se me han ocurrido tres razones que no he encontrado aún quien me las rebata (y me he envalentonado, claro).

Tidying Up with Marie Kondo
Marie Kondo con un pirata que le hace feliz. © Netflix

La primera es la más tonta, y, a la vez, la que más pica si lo piensas: con esto del organizador profesional, vamos a sumar unas cuantas responsabilidades más a nuestro día a día, ¿no os parece? Ya no solo hay que tener el cuerpo perfecto, y el trabajo perfecto, y la pareja perfecta, ahora también hay que tener el fondo de armario o el trastero perfectos. Por favor, Decidme que por ahí fuera hay alguien más a quien se la suda colgar las camisetas o enrollarlas en un cajón: ¡tanto perfeccionismo genera angustia vital!

La segunda es la más importante, diría yo. No sé si alguien ha leído sobre eso de tirar todos los libros que tenemos a excepción de aquellos treinta (¿¡TREINTA?!) que nos hacen felices. Ya le han dicho (a Marie Kondo) por activa y por pasiva que los libros no solo tienen que hacernos felices, sino que despiertan muchas otras emociones (como cualquier tipo de arte), así que yo me voy a ir por otros derroteros, ¿de acuerdo?, porque no me gusta nada esa idea de proyectar la vida que quieres en algo tan estúpido como organizar tu armario. Por supuesto que cualquier gran gesta empieza con una pequeña acción —por casualidad, este fin de semana vi un discurso de un navy seal estadounidense sobre ese tema, titulado Change the World by Making Your Bed—, pero ¿qué es eso de hacer creer a la gente que los problemas de su vida diaria (el padre poco colaborador en casa, la viuda que debe sobrellevar su dolor… ¡¿tener demasiados libros?! ¿¡TIRAR LIBROS!?, ¡joder!) se van a solucionar cambiando el modo en el que ordenamos nuestras posesiones?

La tercera razón es la más obvia, porque incluso aparece mencionada así en el programa de Marie Kondo, pero ¿cuántas veces más que faltar espacio nos sobran cosas? Y lo más importante de todo esto, ¿eso de veras requiere una nueva especialización laboral? ¿Entender que vivimos en un mundo capitalista y en casas llenas de cosas que no necesitamos? En el derecho romano hay un aforismo que dice: Accesorium sequitur principale (Lo accesorio sigue la suerte de lo principal), es decir, si hay una sentencia de expropiación de una casa, en esa misma casa se expropiará lo accesorio que se entiende que compone lo principal: las ventanas, las baldosas, los grifos y las tuberías. Pero, ¿estamos seguros que con Marie Kondo no lo hemos entendido al revés? ¿El problema no será que no sabemos para qué queremos todo lo que hay dentro de ese armario y no tanto que necesitemos ordenarlo?

Quizá la cuestión no sea conservar la camiseta de los Guns N’Roses de tu primer concierto de rock, ni esos patines que no usas desde los quince (pero que a tu madre le costaron medio sueldo). No siempre es cuestión de orden y de espacio, Marie Kondo, a veces, cuando metes la cabeza en un armario ves lo que hay, y no lo que hubo; a veces, en cuestión de armarios, importa más el olor de tu perro en una vieja correa de nailon oculta en el cajón de los calcetines, la dedicatoria de tu abuelo en un libro que no te hace feliz, la ropa hecha un asco en el vestidor porque te estás tomando una cerveza fuera, con los tuyos.

¿No estaremos demasiado empeñados en buscar la perfección, Marie? Mi amigo Félix, que siempre cita a otro amigo que no sabe que cita a Voltaire, me ha dicho cien veces: «Lo mejor es enemigo de lo bueno.» Y es que, a lo mejor, no necesitamos casas perfectas, ni trabajos perfectos, ni cuerpos perfectos, sino encontrar el modo de ser gente feliz. 

Enlaces relacionados:

Los likes no pagan el pienso

Los animales y el medioambiente reciben un 11 % de las donaciones mundiales (en Europa, un 9 %). Puede parecer mucho, pero no lo es. El activista medio que lucha contra el cambio climático lo tiene claro; y la sueca Greta Thunberg lo repetía a principios de diciembre en las Naciones Unidas: “For 25 years, countless people have come to the U.N. climate conferences begging our world leaders to stop emissions, and clearly that has not worked as emissions are continuing to rise. So I will not beg the world leaders to care for our future,” […] “I will instead let them know change is coming whether they like it or not.” El cambio está llegando, nos guste o no, y, por egocéntricos que seamos, no podemos vivir en contra de la naturaleza.

Los europeos reparten la mayoría de sus donativos entre derechos humanos y civiles (9 %), niños y jóvenes (15 %), salud y bienestar (9 %), hambre y vivienda (9 %) y animales y medioambiente. En este último apartado, entran las olvidadas —por lo menos, en España— perreras y protectoras, una situación cronificada en nuestro país que se apoya y se mantiene viva gracias a la iniciativa personal. Puede parecer durísimo, pero el voluntariado está capeando, que no solucionando, un problema muy grave que es competencia del estado desde hace décadas. Podríamos hacer valoraciones subjetivas y decir que las ayudas económicas por parte del sector privado son pocas, pero también se le puede dar la vuelta a la tortilla: no hay movimiento con más voluntarios y voluntarias, aunque esto no deja de leerse con sus blancos y sus negros.

paseos-caad-maresme
Un paseo junto a dos de los perros del CAAD Maresme.

La idea de escribir sobre este tema me rondaba desde hacía varios meses, pero encontré un artículo de Melisa Tuya que me solucionó gran parte de la búsqueda de datos que necesitaba. Sin embargo, antes de leer esa columna de opinión en 20minutos, había empezado a darle vueltas a dos temas: uno, ¿qué porcentaje de familias tiene un perro en casa? Lo encontré en La Vanguardia: el 25 % de los hogares españoles; menuda cifra, ¿eh? ¿Y cuántas familias con perros ayudan en protectoras? Entonces, me topé con el artículo de Melisa: Cómo ayudamos a las protectoras de animales y porqué no lo hacemos. El texto se hacía eco de una encuesta de Tienda animal a 5.000 propietarios: un 47 % colabora con protectoras —si no me lío con las cifras, 2.350— y solo un 30 % de estos lo hace de forma activa —es decir, 705—. Lo más curioso, aunque a mí lo que me parece es triste, es que un 31 % de los que dicen colaborar son los llamados animalistas de sofá: personas que apoyan la difusión por las redes sociales —no se especifica si con un pobre, ¡ayuden al perrito!, con un retuit o con un papel más activo en Internet.

El problema es que los likes no pagan el pienso, ni la recogida de animales, ni el transporte, los gastos veterinarios, los trabajos de modificación de conducta, las campañas para concienciar por una adopción responsable y evitar abandonos, etcétera. Aunque en el título del artículo de opinión que citaba en el párrafo anterior se mencionaba por qué no ayudamos tanto a los animales como creemos —y se inducía al lector o lectora a hacer más por las protectoras—. El cuerpo del texto no entraba en polémicas, pero yo sí voy a hacerlo (¡qué coño!, ahí queda, para dar más énfasis), y me voy a centrar en ese activismo de salón, que no considero que sea malo en sí mismo —puede ayudar a visibilizar causas, y también a crear conciencia—, pero que está consiguiendo desvirtuar la esencia del problema.

Seguir promoviendo esta actitud del comentar y compartir como activismo, con la idea del mejor eso que nada, no es malo en sí mismo, ¡claro que no!, pero ofrece una falsa sensación de apoyo, tanto para las protectoras como para esas personas que podrían estar aportando con mil y una formas voluntariado activo. ¿Quiere decir esto que las redes sociales no ayudan a seguir luchando contra el abandono y el maltrato animal? Claro que no. Pero, ¿qué pensaríamos de un llamado activista que no ha pisado una manifestación, o una huelga, o una concentración en su vida y se limita a firmar en Change.org? Exacto.

Deberíamos dejar de llamar activista de sofá a aquella persona que, simplemente, se limita a simpatizar con una causa.

Por descontado, todo lo anterior, no es antagónico al hecho de que el estado esté obviando una competencia propia, e incluso ahorrándose miles de sueldos y de trabajos públicos frente a un problema de primer nivel con el que, a menudo, lidian, sin posibilidad de resolverlo, otros funcionarios; tanto en su vertiente más práctica (el día a día de esos 140.000 perros y gatos que se abandonan y llegan a los centros) como legislativa y punitiva; que en España no haya una legislación adecuada y no se cumplan las leyes explica parte del problema que tiene cualquier protectora, pero quizá otra parte se explica por el hecho de seguir creyendo que todos esos likes y comentarios en Facebook aportan mucho, cuando deberían computarse en los porcentajes de los que no ayudan por una u otra razón. Igual que nadie se convierte en físico por apoyar la teoría de la relatividad de Einstein, deberíamos dejar de llamar activista de sofá a aquella persona que, simplemente, se limita a simpatizar con una causa.


NdA: Os invito a leer el artículo Las protectoras agonizan en el número de enero de la revista canina Ladridos.

Sota, caballo, rey

sota-tauri-PACMA

En la primera asociación animalista de la que formé parte, tuve contacto con la APDA —Asociación de Policías por la Defensa Animal—, una entidad sin ánimo de lucro que, entre otras actividades, promovía la formación de agentes en actuaciones donde se encontraban animales domésticos y ofrecía clases sobre lenguaje canino. Según me explicó uno de los técnicos, la formación surgió a raíz de múltiples intervenciones a pisos en los que la policía derribaba una puerta y el perro se abalanzaba contra el hueco buscando una salida: ¿cómo acababa ese animal? Era tiroteado hasta la muerte.

Parece que no hemos avanzado lo suficiente, ¿verdad? Si lo hubiésemos hecho, Sota estaría viva y ya no sería necesario manifestarse —ni ayer ni el sábado— en busca de un cambio: el martes, 18 de diciembre, en presencia de varios guardias urbanos, uno de ellos desenfundó el arma y disparó en la cabeza a una perra mestiza en la Gran Vía de Barcelona. Las versiones son dos, y poco se parecen entre ellas: la policía ha comunicado que la perra mordió a un agente y ante un segundo mordisco inminente, el policía abatió a la perra de un tiro en la cabeza; los testigos dicen que la perra solo ladró, nerviosa, que la actitud de los agentes fue chulesca desde el principio con el propietario de Sota, y que, a posteriori, se llegó a intimidar a los testigos.

¿Soy el único que siente vergüenza de estar como estamos en 2019? Vergüenza, sí; vergüenza de que la UDAI (Unidad de Deontología y Asuntos Internos) tuvo suficiente con unas horitas para concluir que la actuación policial fue adecuada y dar por válida la versión del agente. No puede ser. Si aceptamos que haya más de 100.000 perros en una ciudad como Barcelona, debemos actualizar los protocolos de las fuerzas y cuerpos de seguridad, porque un policía no solo es un funcionario público: es alguien que ha decidido dedicar su vida al ejercicio de una profesión que se basa en estrictos estándares de conducta, responsabilidad y proporcionalidad. Un agente tiene un puesto cuya exigencia social y valoración pública de su labor será siempre severa y rígida, y él o ella no solo debería ser consciente de esto, sino intentar superar lo que se espera de su persona. Si la actuación ante un supuesto mordisco (o peor, ante un ladrido) en una situación de estrés es un tiro en la cabeza, ¿qué nos dice eso? ¿Ese agente está preparado para el ejercicio de sus funciones? ¿O se limitará a aterrorizar a aquellos que tiene el deber de proteger?

sota-tauri-PACMA

Sin crítica interna, ni tan siquiera fruto de la presión social, la Guardia Urbana se muestra como una policía antigua y rancia que no sabe asumir ni corregir —en la medida de lo posible— los errores cometidos: aterra que el informe policial omita los testimonios de los presentes y cierre filas para proteger a uno de sus agentes. No es una cuestión de lanzarlo al circo y aplacar a las masas, no se trata de dar el número de placa, sino de que la ciudadanía no tenga que hacer el trabajo de los profesionales. Ese disparo es un error gravísimo, mortal, y hay que depurar responsabilidades y conseguir que nunca más vuelva a ocurrir algo así. Al fin y al cabo, el fin último de un agente armado debería ser siempre no tener que utilizar ese arma.

Lo que sucedió en la Gran Vía el martes, se está viralizando; y aunque la Guardia Urbana de Barcelona ahora considere esto un problema, en realidad, esos miles de animalistas solo están recordándoles, una vez más —al cuerpo, a la alcaldesa, a los funcionarios públicos—, el buen ejercicio de sus funciones. ¿Y qué queréis que os diga? Uno ve el vídeo y asiente, triste, para sus adentros, porque no es algo que pueda quedar así: es de sota, caballo, rey. Pero, ¡joder!, es que a Sota nos la han matado de un tiro en la cabeza. Nos dejó un último regalo: una imagen muy de perro en la que pueden pensar su compañero, Tauri, y, sobre todo, ese agente de policía: morir moviendo la cola, morir sin odio, porque ellos odiar no saben.


Enlaces relacionados:

NdA: La imagen que ilustra la columna pertenece a Partido PACMA.

Hijos de la ira

No hace mucho que Netflix ha adquirido los derechos de algunas temporadas de Salvados. Están… algunos capítulos, según recuerdo, pero no todos, y tampoco por orden. Quizá Netflix ha escogido a la carta, y los últimos episodios se los sigue reservando Atres Media, supongo. Pero no importa: de los que yo vengo a hablar hoy sí están ahí, y no me los había visto hasta hace un par de semanas: se trata de un doble episodio soberbio, y acojonante en todos los sentidos, que conecta la victoria de Donald Trump en EEUU con el auge del Frente Nacional —hoy, Agrupación Nacional— en Francia. Se títula Hijos de la ira, y empieza con dos realidades que solo se entienden juntas: americanos y franceses de clase media que votan por las nuevas propuestas, por los nuevos partidos, y la voz en off del actual presidente de los Estados Unidos de América prometiendo una nueva era dorada para el estado de Michigan y la ciudad de Detroit.

Hoy, tras el triunfo de VOX en las elecciones andaluzas de 2018, me ha dado por hacer un resumen; a ver si a vosotros os da por echarle un ojo al episodio, que vale la pena.

La depresión que solo entiende en el Medio Oeste

Empezamos con un Detroit en decadencia. Al lugar se le conoce como el Rust Belt: el Cinturón del Óxido. Ruinas dentro de una ciudad que fue motor económico, restos de antiguas fábricas de automóviles que ya nadie recuerda, fábricas que daban trabajo a un millón de norteamericanos. Detroit fue la cuarta ciudad de los EEUU en número de habitantes: hoy, la decimoctava. ¿Las razones? Son muchas: las energías renovables, el uso de robots, la competencia internacional, el NAFTA y el consecuente traslado del negocio a México…

time-trump

¿Y qué ocurre en Michigan? En Michigan, los habitantes no saben contra quién arrojar su furia tras esta depresión que solo se entiende en el Medio Oeste americano: tasas de paro de casi el 50 % y un índice de población que ha descendido hasta cifras previas a los felices años veinte a medida que la industria echaba el cierre. Ni Chrysler, ni Buick; ni Chevrolet, Dodge, RAM, GMC… Las fábricas de automóviles ya no dan el trabajo que daban, y poco puede hacer Trump hoy frente a esta realidad: los michiguenses se quejan de que se cachondean de ellos: les llaman los flyover states —los estados del sobrevuelo—, pues muchos estadounidenses no ven nada interesante en el centro del país, y solo viajan de costa a costa. Pero aquí es donde mejor se puede rastrear ese cambio de paradigma; aquí está el secreto mejor guardado de la nueva política; aquí es donde uno ve por qué Trump venció, por qué a Trump se le perdonan muchas cosas. Si el presidente miente, dice uno de sus votantes, lo hace por no estar bien informado. A esto hemos llegado: preferimos un gobernante impulsivo e idiota a volver a confiar en aquellos  que hemos tenido hasta hoy.

No es bueno: en todo caso, es alarmante, e inquieta; igual que inquietan los discursos racistas contra los inmigrantes en Francia, la omisión del electorado norteamericano de proyectos de sanidad asequible como el Obamacare, y, sobre todo, la falta de alternativas frente a propuestas que, en realidad, no son propuestas, sino populismo disfrazado. Es el conflicto de la clase media con la pobreza —el empobrecimiento actual, y la futura pérdida de clase social— y con aquellos que han permitido que se llegue hasta aquí. En cierto modo, es el principio del fin de las grandes potencias occidentales, y, sobre todo, es la necesaria resistencia frente a este fenómeno.

¿Cuál es el contratiempo aquí? Porque hay uno, y muy gordo. Y es que no hay enemigo a batir; no hay aliado real ni enemigo a batir. La mejor prueba la tenemos en eslóganes como el Make America Great Again! (Haz América grande otra vez!) o el Au Nom Du Peuple (En nombre del pueblo)países divididos que buscan una idea vacía que puedan llenar de su propio significado; personas asustadas por no saber cómo mantener su estilo de vida, por no saber cómo conseguir que sus hijos tengan la oportunidad de una vida mejor; personas que siguen buscando el modo de no sumar más y más dificultades a un futuro de por sí incierto.

El mismo votante de Trump del que hablaba antes: un jubilado al que Évole entrevistaba en un bar de Detroit, decía: no queremos que el star system de Hollywood nos diga a quién votar; no queremos que nos digan que somos de derechas por apoyar a un candidato; ven aquí y ponte en mi lugar. Hijos de la ira va de eso; es la desconfianza en los medios tradicionales, aquello que explica el salto a la nueva política, a las fake news, a los nuevos medios de difusión. No es la victoria de Trump o de Le Pen, sino la materialización de esa distancia entre los viejos partidos y el pueblo; entre los nuevos políticos —o reciclados, en muchos casos— y la lección aprendida: el autócrata que conecta con el votante mediante el precio del café. Por eso, que un fulano diga que él y un actor de cine tienen distintos problemas, no nos sorprende, pero quizá sí esta otra frase lapidaria con la que acaba su testimonio:

No creo que hayamos sido abandonados por ellos. Sí hemos sido ignorados, pero ha sido así en todo el país.

Puede que la historia no se repita, pero rima: Évole consigue en Salvados algo que vale mucho la pena: explicar por qué todo dios —a excepción de una minoría en el sur de Europa— se dirigió desde el principio hacia la derecha, porque todo dios cree ya que la derecha —la extrema derecha, en muchos casos— es esa tercera vía: y quizá aquí también, eventualmente, ¿o no? Acaba 2018, y ahí están, más presentes que nunca: Ciudadanos, y VOX.

marine-le-pen-au-nom-du-poble

Nacidos en un mundo de reglas inquebrantables, parece ser que  la vieja clase obrera no ha conseguido hacer acopio del estoicismo y el todo es relativo que la crisis de 2008 obligó a tragarse a los miembros de la generación Y. Los milennials, que nunca han (hemos) podido conseguir lo que tenían sus padres ni con el mismo esfuerzo, saben cuáles son las reglas del juego: se las cambiaron a mitad de la partida, es cierto, pero conservaban la flexibilidad que sus padres y abuelos ya no tienen. A estos últimos, se les suma el miedo al que pasará, el ser políticamente incorrectos, la tendencia a esconder los problemas bajo la alfombra, a elegir el discurso útil, el camino corto… No todos, claro que no: generalizar es una cagada total, pero el votante de VOX son cuarentones y cincuentonas de derechas, lo dicen las encuestas. Lo mismo ocurre en los EEUU, en Francia, y en Alemania, y en todos lados; en todos esos sitios en los que la gente se despierta y, por fin, se da cuenta de que lo de sacrificar el futuro de sus hijos y de sus nietos era solo el principio, que ahora les toca a ellos y ellas, porque a los milennials ya poco más se les puede quitar, y el sistema exige lo que exige.

No es casual que el periodista cierre estas dos horas de documental reuniéndose con Marion Maréchal-Le Pen, quien no cree en las sociedades multiculturales. Una sociedad multicultural, afirma la nieta de Jean-Marie Le Pen sentando cátedra, es una sociedad en guerra. Para ella, la integración significa abrazar la nueva cultura y repudiar la propia: emigrar significa una derrota total, una pérdida de cualquier rastro del propio mundo y, por encima de todo, el agradecimiento por permitir ser acogido en un nuevo país como ciudadano o ciudadana de segunda clase.

¿Queda espacio para el optimismo? Queda. Muchos franceses, y estadounidenses, no están de acuerdo con Trump o Le Pen, pero otros tantos sí. Muchos españoles y españolas no están de acuerdo con Santiago Abascal, Pablo Casado o Albert Rivera, pero otros muchos y muchas sí. El quid de la cuestión, sin embargo, no es tanto aquellos que abrazan la ideología de la extrema derecha, sino más bien la gran masa que no vota con la intención de apoyar, sino de castigar a quien los decepcionó en el pasado. Esto es lo más peligroso.

Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

combatiente-kurda-perro-qahtaniya
Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman

Los seres humanos pensamos con los pies

Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Ellos lo sabían: los seres humanos pensamos con los pies. Esta frase no es mía, se la he robado a un redactor de El País que escribió un buen artículo acerca de escritores caminantes. Caminar es el germen de aquel viejo consejo que ya es cliché: ¿quieres escribir? ¡pues sal a hacer cosas! ¡Ay, si salieras a vivir más! ¿Es cierto? Dependerá: en la otra orilla están Proust, Salinger, Harper Lee, Thomas Pynchon, Hunter S. Thompson… ¿necesitaban ellos hacer cosas para escribir?; ¿vivía su escritura de ideas y recuerdos? ¿Qué puede más? ¿El hacer o el imaginar?

Dicen que José Saramago nunca escribía más de dos páginas al día. Sus jornadas de trabajo eran largas, aun así, pero no gastaba demasiado papel. Se ponía frente a la máquina de escribir y tecleaba un par de folios sin prisa. También el escritor Josep Pla se lo tomaba con calma: cuando se atascaba buscando un concepto, mandaba a tomar por culo la inercia narrativa y se liaba un pitillo pensando qué palabra faltaba por ahí. No es ningún secreto que Javier Marías se hace pajas mentales intentando no perder el ritmo narrativo —y eso se traslada a sus novelas de maravilla— o que Juan Marsé no trabaja nada como los inicios de sus novelas, en los que se obliga a recoger la esencia de toda la historia.

bon-pastor
El río Besós a la altura de las casas baratas del Bon Pastor (Barcelona, 1929).

Yo no he podido escribir todo lo que he querido este año, pero sí he podido conocer mejor mi propia escritura: algo es; un consuelo pa’tontos, pero algo es. Sé, por ejemplo, que para escribir tengo tanto que hacer como imaginar, pero sobre todo hacer: moverme; si quiero llevar una escena sobre el río Besós, tengo que ver ese río, u otro río, y poder imaginar y describir esos mojones como submarinos de grandes de los que hablaba Pérez Andújar o esas riadas de octubre que, en otro tiempo, hubiesen mandado a tomar por culo los pisos de los charnegos de Badalona (ahora ocupados por inmigrantes chinos y árabes). Debo tener tiempo para pensar qué decir, que parece una obviedad, pero no lo es: porque no es sencillo escribir siendo pobre; porque la vida literaria siempre fue para los ricos, que son aquellos que pueden conjugar, sin grandes esfuerzos, tiempo y talento. Hay que tener tiempo para desarrollar ideas y para tirarlas a la papelera sin piedad, y salvar retazos, y construir historias, y sacar brillo, y que reluzca. Pero todo lo anterior es nada si uno no se toma el tiempo de consumir —siempre en papel— las vidas de otros.

Cuando palmó Umbral, que me parecía un tipejo horrible y un lector inconmensurable (pero de eso ya hablé), los magacines y la prensa se hicieron eco de aquella locución latina del pienso, luego existo trasladándola al consumo, luego escribo; y jamás a la inversa. Lo que pasa es que se nos olvida, o no hay tiempo —ya lo he dicho por ahí arriba— o está Netflix subiendo más y más series. Hay quien la caga creyendo que leer no es trabajo, sino el hacer, pero, de un modo u otro, leer también es parte de ese caminar. La escritura no es más que un destilado de las letras de otros: la traslación del recuerdo a la actualidad a través del presente en Patria, la perfecta ejecución de un inicio que obliga a seguir leyendo en Superviviente —y en la mayoría de novelas de Chuck Palahniuk—, el adentrarse en la mente del protagonista como álter-ego del escritor, el hablar con los muertos y cómo hacerlo con la puntuación que nos salga del cimbrel (o del horcate) entre imágenes certeras y ensoñaciones, y gaseosa en los oídos, con Marsé, y Chispa, y David, y el piloto del Spitfire…

Rubens-Saturno-devorando-a-sus-hijos
Detalle de Saturno (Peter Paul Rubens, 1636)

Los americanos saben mucho de todo esto: son la hostia en los inicios y creando imágenes potentes, como las de Jonathan Franzen, a quien apenas he leído, o David Foster Wallace, a quien empiezo a leer. ¿Quieres ver cómo late Nueva Orleans entera al ritmo de los pasos de un gordo antisocial? La conjura de los necios. Nosotros aquí teníamos La colmena de Cela, pero, al final, idolatramos El ruido y la furia, también con razón; igual que hacemos con la mayoría de historias de Gabriel García Márquez, que nos enseñan cómo apuntalar el inicio de una historia desde aquella muerte anunciada. Y, a partir de aquí, toca despiezar el mecanismo que nos obliga a seguir leyendo y a adentrarnos en la construcción del mundo. Como lectores, porque no podemos hacer otra cosa; como escritores, porque tenemos la obligación de arrancarle las tripas a ese cosmos y devorarlo sin prisas, con el anhelo de que una parte de todo lo allí presente germine en nuestro interior.