Jamal Khashoggi: Desmembrar la verdad en un Occidente ciego

Si el asesino de Jamal Khashoggui era un verdadero psicópata, yo lo imagino escuchando el Wannabe de las Spice Girls mientras trocea los brazos del periodista —aterrado, agónico— con una sierra de cortar huesos. Pero no creo que fuese solo un psicópata: era soldado de un rey, por lo que es muy probable que la escena de verdad fuese peor todavía, porque, en el deber, se enmascaran siempre las grandes atrocidades; porque la realidad siempre supera la ficción.

Donald Trump, el presidente de los 3.000 niños migrantes en el limbo advierte locura en el mundo y está por mandar a tomar por saco su estrategia en Oriente Medio: preocupémonos. Mientras, en la península arábiga, la versión oficial que mantiene Arabia Saudita no es otra que una pelea a puñetazos que se fue de madre (en serio), y tanto la monarquía como el gobierno español aceptan Khashoggui como daño colateral. Al fin y al cabo, excepto Pablo Iglesias y cuatro bolivarianos más de esos, la clase política no va a joder un negocio de miles de millones en venta de armas por un quítame allá esas pajas. Mejor pasamos otra crisis más de puntillas, que nos siga pesando más la cartera que la conciencia. Si la Merkel no envía más armas a Riad tendrá sus motivos, pero, oiga, que un plato es un plato y un vaso es un vaso… y un periodista no va a pesar más que buena parte del curro en los astilleros gaditanos.

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Jamal Khashoggi y Hatice Cengiz, su prometida, en una fotografía de archivo.

De esto fue el debate en el Congreso de los Diputados, en el que unos y otros se desgañitaron: unos por vincular ética, geopolítica y trabajo; otros por desvincular todo lo anterior. Quizá no todo sea blanco o negro, ¡faltaría más!, pero a ver si no solo queremos pasar de puntillas la crisis en Oriente Medio, sino también hacernos los gilipollas, ¿no? Dicen en El País: Los trabajadores de Navantia rechazan que se vinculen sus puestos de trabajo con el debate internacional sobre la venta de armas. Esta es la gran masa de la clase política española que tenemos: ¿aprovechamos esta crisis para diversificar esfuerzos? No, mejor nos guardamos la moral en el culo y con la boca pequeña susurramos lo que decía uno de los trabajadores de la bahía: “todos sabemos qué se va a hacer con las armas y los buques, pero viviendo aquí la cosa se ve diferente, conozco a mucha gente a la que este contrato le va a salvar el año.”

Quizá sea cierto aquello a lo que apuntan otras voces: cada país ha actuado frente a esta tragedia evaluando con cautela el equilibrio entre costes y beneficios, también lo está haciendo Salmán bin Abdulaziz, rey de Arabia Saudita, Guardián de los Santos Lugares y jefe de la Casa de Saúd según la Wikipedia, quien podría destituir como príncipe heredero a su hijo mayor; en paralelo, siguen apareciendo noticias sobre los últimos momentos de vida de Khashoggui, que no parecen aclarar mucho más allá del morbo. ¿Llegará hasta nosotros la verdad acaso o nos quedaremos con la conocida cotidianidad entre grandes titulares que ya dicen poco? Es evidente que no: porque la verdad es, hoy más que nunca, un riesgo; un riesgo en un mundo que oculta todo tipo de atrocidades bajo el velo de la democracia, lo que resulta mucho más peligroso aún, pues antes, uno sabía que la barbarie y el salvajismo reinaban en castillos y cortes, pero, hoy, nos mienten a la cara mientras desmiembran la verdad en un Oriente silenciado con la complicidad de un Occidente ciego.

Black Mirror, de la filosofía a la interactividad

Black Mirror es de lo mejor(cito) que hay en Netflix. Y con este, son cinco los artículos que he escrito sobre la serie. No está mal, ¿eh? Durante meses, no obstante, me he reencontrado con una entrada en borrador: un artículo que nunca terminé sobre los dos últimos capítulos de la tercera temporada. Después, ya había escrito mis impresiones acerca de la cuarta, así que tenía poco sentido publicarla (o quizá no). No estaba mal esa entrada, que conste: exponía la relación entre Nicolás Maquiavelo, Thomas Malthus y el episodio La ciencia de matar. Un poco demasiado filosófico incluso, pero la historia de ese capítulo valía la pena como apuntó Adriana Izquierdo en La deshumanización de la guerra en «Men Against Fire».

También me dejé en el tintero Odio nacional, que habla de un tema más difícil de conectar con ideas anteriores al siglo XXI. Hoy, autores como D. E. Wittkower pueden hablar de amistad útil y accidental, así como de la imposibilidad de una amistad pura aristotélica en redes; esto no es nuevo para la filosofía, pero se han generado nuevos contextos que atraen la atención de la filosofía hasta Facebook e Internet. En la otra orilla, quedan islas inexploradas: el ciberbullying, el fénomeno del trolling y la no-culpa o a la deshumanización de la red. Qué ironía, ¿no? Algo que se creó para conectar a las personas entre ellas ha degenerado en un pozo de bilis que, a menudo, ni tan siquiera requiere de álter-egos o avatares.

Dicho esto, te preguntarás por qué vuelvo a dar la matraca con Black Mirror si aún no ha salido la quinta temporada. Pues verás, porque me he asustado con titulares como los siguientes: El último experimento de «Black Mirror»: deja al espectador elegir su final ‘Black Mirror’ prepara capítulos interactivos con múltiples desenlaces. En Verne, de El País, han aprovechado para recuperar los libros de «Elige tu propia aventura» y mostrar cómo el formato ha aparecido por todos lados y nunca ha terminado por caer en el olvido. El titular periodístico, algo soso: La historia de ‘Elige tu propia aventura’, el formato que probará ‘Black Mirror’. A mí se me vinieron dos cosas a la cabeza: Rayuela, de Cortázar, que también se menciona en el artículo (¡faltaría más!) y el pavor que me transmite una idea así en televisión.

Os pongo en antecedentes.

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Quince millones de méritos (1×02) planteaba un mundo en el que las personas viven en espacios cerrados y automatizados en los que tienen que ganarse la vida montando sobre bicis estáticas y produciendo energía que cambian por «méritos», una moneda virtual.

El otro día leía un artículo sobre la experiencia del usuario en la radio; este artículo mencionaba lo negro que la mayoría de las emisoras lo tienen contra Spotify u otros servicios de streaming. El porqué es bastante sencillo si uno lo piensa un poco: la radio no aprovecha las fortalezas que le quedan (a sus locutores, por ejemplo)  e intenta luchar haciendo gala de sus debilidades (casi todo lo que ofrece son listas de canciones que no puedes escoger entre anuncios); vamos, que está condenada. Y algo así puede sucederle a la TV si escucha demasiado al usuario… Y es que, muy probablemente, es igual de malo creer que nuestros consumidores no tienen derecho a hablar del producto como considerar que su palabra es ley.

Volviendo a Netflix y a la interactividad nos topamos con un gran ejemplo de esto: puede parecer guay, pero, en realidad, más allá de advertir un cambio de modelo, nos avisa de cosas bastante chungas. Primero, no es algo tan moderno, todo lo contrario: muchos videojuegos utilizan este sistema, algunos lo hacen incluso casi con devoción frente al modelo, como la empresa TellTale Games. Segundo, la capacidad de atención del espectador medio y, sobre todo, su tolerancia a la frustración… es cada vez menor. Tercero, ¿puede existir arte cuando lo quiero todo y lo quiero ya?

Ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real.

Ya, lo sé, parece que se me ha ido la olla con este último punto, ¿verdad? Me voy a explicar poco a poco. Hoy, sentimos la necesidad de ser protagonistas de todo, de controlar, de tener ese falso poder de decisión entre las manos: si no controlamos algo, o nos cuesta entenderlo, o ese algo requiere de un mínimo esfuerzo, no vale la pena. El principal problema de esta propuesta es que ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real, porque tendrías varios que son antagónicos entre sí. ¿Sería Casablanca si Humphrey Bogart hubiese elegido a la chica? ¿Y si Anakin Skywalker no hubiese sucumbido al Lado Oscuro? Vale, habrá alguien por ahí que diga: «Coño, pero no te van a dar control sobre los núcleos de la trama, so listo.» Entonces, me cabrearía todavía más, porque me sentiría estafado como usuario, que no espectador, ya que me van a hacer interactuar a un nivel de coste-beneficio que hará que siga prefiriendo cien veces un capítulo «normal» de Black Mirror.

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¿Sería igual de impactante el capítulo de San Junípero (3×04) si nos hubieran dejado tomar decisiones en varios puntos de trama?

Esto nos lleva a un punto todavía más conflictivo; volviendo a la UX/experiencia del usuario, resulta imprescindible seguir defendiendo el (necesario) esfuerzo del receptor: el problema de la radio, por ejemplo, no es que el usuario no quiera escuchar anuncios, que también, sino que la fuerza que tiene este medio (noticias, actualidad, presentadores/as con garra…) se deja a un lado, y nos meten una lista de reproducción entre anuncios en el 99 % de las emisoras. Normal que todo quisqui prefiera un Spotify, ¿no? Sin embargo, la televisión —también el cine y los videojuegos— mantiene un nivel de exigencia más elevado, pero, en contraposición, devuelve más de lo que pide. O lo hacía.

¿Está cambiando nuestro nivel de tolerancia acaso frente a la masificación de productos audiovisuales? Puede ser. Y lo explico con un ejemplo práctico: hace un par de meses que estoy viendo una sitcom americana titulada Brooklyn Nine-Nine en la que el mejor gag de todo el capítulo suele reservarse para el primer minuto. Hay que enganchar al espectador… y la fórmula funciona, que conste. Pero también es un poco triste hasta donde hemos llegado, ¿no? Con la televisión tenemos muy metido dentro el cambiar de canal, incluso en Netflix o HBO, que es aún más sencillo: no es más que una menor y menor capacidad de atención combinada con cero tolerancia a la frustración. Y nos pasa a todos, ¿eh? Yo esperé durante año y algo como un loco a que saliese la segunda temporada de Westworld, y el primer capítulo se me hizo horriblemente lento… ¡pues aún no me he visto ninguno más!

Eso no es del todo malo, claro que no; igual que en los libros hay que encontrar ese punto en el que ni nos leemos cualquier cosa ni descartamos un libro por la portada, pero tengo la sensación de que la estrategia televisiva ha optado por dar al espectador demasiado poder; a un usuario que consume sin tiempo que perder ni intención alguna de plantearse un mínimo esfuerzo; y no siempre es posible conectar con alguien que se plantea así su papel como espectador. Si alguien pretendiese lo mismo con cualquier gran obra de la literatura, o con la música, la pintura, la fotografía, creeríamos que no es más que un esnob imbécil que no quiere más que fingir, y, sin embargo, hoy queremos un The Wire o un Los Soprano por año, sin realizar un ejercicio de percepción, de empatía, de análisis, de recepción.

En la actualidad, ya no es que no respetemos los tiempos de creación del artista —sea un cineasta o un escritor—, es que vamos camino a la ley del mínimo esfuerzo como receptores.

No sé yo…


NdA:  Dejo aquí algunos de los enlaces que todavía no había adjuntado en ningún artículo sobre Black Mirror.

Los artículos que he escrito sobre Black Mirror son:

Los diálogos me traen de cabeza

—Siéntate donde quieras. Ya ves lo que hay en el estudio: una mesa, dos sillas, el ordenador portátil… Poco más.

—Comida basura, botellas de vino, latas. Pensaba que los comehierba erais gente sana.

—Eso es una gilipollez. Siempre puedes comer fatal.

—Bueno, ¿y qué pasa? Eh, no me jodas. Deja esa botella donde pueda verla…

—Los diálogos me traen de cabeza.

—Pues claro. Si es que intentas unas cosas… ¿Quién te crees que eres? ¿J. M. Coetzee?

—No, yo estoy vivo.

—Con los muertos es más difícil luchar.

—…

—Está bien. Saca todo lo que tienes ahí en la pila de papelajos. ¿Es el borrador?

—Sí, lleva varios meses ahí, dormido.

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—Pero está acabado dijiste, ¿o mentías a todo dios?

—Está acabado. ¿Seguro que no quieres un trago?

—Mantente despejado, chaval.

—Despejándome.

—Mejor cero veinticinco que cero cincuenta.

—Necesito que le eches un buen vistazo. Coge ese taco de hojas; por algún lado estarán los primeros capítulos…

—Mira debajo de la tostadora.

—Aquí están.

—Anda, vete a poner el lavavajillas y déjame aquí.

—Te dejo el bourbon.

—Llévate el bourbon, que no soy Stephen King.

—Él ya no bebe.

***

—En serio, ¿no te molesta el ruido del lavavajillas?

—¡Largo! Déjame leer.

—Voy a los ultramarinos a por un par de pizzas.

—Compra una ensalada, chaval. Oye, ¿y ella no se ha leído la novela?

—Dice que no puede. Pero fui egoísta e intenté obligarla.

—¿Y?

—No fue bien. Esas cosas nunca funcionan así.

—Es cierto.

—Empezó a leer, pero se ven las marcas de frenada, ¿entiendes?

¿Lo qué?

—Cuando llegaba a un punto en el que le tocaba la fibra, se echaba a llorar y no paraba. Ahí apenas hay correcciones, porque para eso tienes que conseguir distanciarte del texto un poco, y es jodido cuando hay demasiado que te recuerda cómo fue.

—Es lo que tiene la autoficción.

—Pero la mitad es mentira, cojones.

—Sí, pero la otra mitad es verdad.

***

—Claro que hay marcas. Menudo editor sería si no las hubiera, ¿no?

—Pero hay marcas donde no puede haberlas.

—Ya lo hablaremos.

—Oye, ¿y este pisucho a qué viene? ¿Tú no vivías en una casa con jardín?

—Necesitaba un sitio para pensar. Por eso te llamé a ti también.

—Ya lo pillo. A veces, va bien eso. La gente que escribe lo tiene fácil. Pásame un mondadientes.

—Qué asco. Mi padre solía hurgarse siempre los dientes con palillos también.

—Ya hace que se murió, ¿no?

—Hoy hace ocho años.

—Vamos, no me jodas. Y tú aquí, en casa, escribiendo otra novela de muertos.

—No es de muertos, idiota: es de vivos.

—Haz café, chaval, que tenemos para rato.

—Queda en la cafetera. Lo recaliento.

—Y un carajo. Ya que he venido hasta aquí, haz café.

—A ella tampoco le gusta nada recalentado, dice no sé qué coño del pH. Mi padre sí lo tomaba recalentado, pero con leche.

—Oye, y esta mesa está coja.

—Supongo que hay personas que creemos que la literatura puede mantener vivas las cosas, y otras que solo se acuerdan de lo que perdieron.

—Hablas de ella y del perro, ¿no? Confieso que comparto su punto de vista.

—Vamos, no me jodas. Si lo sé, no te llamo.

—Quizá para ella fue más importante. Tú tienes bastante facilidad en eso de traer a los muertos a la literatura.

—Bueno, ¿y qué?

—Se puede publicar. ¿Y el café?

—Voy, coño.


Fotografías: La adolescencia del novelista J. M. Coetzee en blanco y negro

Una mierda de foto

Encontré una foto vieja en la que salgo con mi hermano pequeño. No sé quién la hizo: debimos usar el temporizador de la cámara, o algo así, porque está hecha como el culo; vamos, completamente descuadrada. Quizá la hizo el yayo, pero lo dudo horrores.

Laura vio la foto un día y solo dijo: “Vaya mierda de foto.” No le faltaba razón, verás: mi hermano está en la esquina izquierda de la instantánea, mientras el marco de la puerta de nuestra habitación intenta robarle parte del protagonismo; yo le agarro por la cabeza y cierro la mano contra su frente, cubriéndole casi todo el pelo, muy corto y sin forma —mejor eso que a lo tazón, ojo—; él tiene la boca abierta, porque se está riendo, y los mofletes regordetes le avisan de que está volcando su ansiedad de prepúber en las chuches. Mi boca, en cambio, forma una media sonrisa extraña —nunca se me ha dado bien sonreír enseñando los piños, y ahora menos, que ya me rompieron un par—.

De vuelta con las manos, la que tengo contra su almendra se confunde con su brazo izquierdo, que sube hacia arriba y se pierde fuera del encuadrado; en cambio, por abajo, su otra mano no se ve, y la mía está delante del bolsillo delantero de su sudadera amarilla y azul, como diciéndole: ¡estás poniendo pancha, majo! Menudo niño cabrón y repelente que fui para algunas cosas.

Mi viejo yo de la foto no me gusta tanto. No solo por la tontería de la mano, que también, sino por la cara de Virgen de Móstoles que pongo. Sin expresividad, ¿sabes? Un bigotillo y la sonrisa falsa esa, el flequillo largo, que brilla por el satinado de la foto, y el ojo izquierdo entrecerrado, que es algo que me sigue pasando, y que hace que parezca que voy guiñándole el ojo a todo quisqui. Lo que más me gusta de mí en esa foto es la sudadera azul, con dos líneas marrones en el pecho, y unas franjas blancas en los brazos. Joder, ¡cómo me gustaba esa sudadera!

Pero, en realidad, miento, no como el calendario que nuestro abuelo o el azar atinó a sacar en la esquina superior derecha de la imagen —debajo se ve la colcha amarilla y un par de almohadones que cualquiera diría que diseñó Miró—, porque eso no es lo que más me gusta de esta imagen. Es febrero, y por los días de la semana sé que se trata del año 2001 —yo, catorce para quince; mi hermano, once, o ya doce: puede que fuese su cumpleaños, y ahí tendría más sentido esta imagen—. Lo bueno de esta foto es que nos la suda el encuadre, y todo aquello que no debería estar en ese cartón de diez por quince; importa la realidad que transmite, el modo en el que se construye una relación, los buenos momentos que no siempre recordamos, su risa, sincera; porque, no me jodas, él se ríe como nos reímos de verdad: con la bocota abierta y sin pensar si va a salir mejor o peor; y yo no sé en qué pensaba, pero sé que esta imagen me deja viajar a un instante irrepetible de nuestras vidas. ¿Cómo va a ser una mierda de foto? ¡Si consigue todo lo que el arte promete!

Pero a Laura no le dije nada de esto, ¿y a mi hermano?, tampoco.

Las cosas claras: ecologismo, animalismo y antiespecismo

La semana pasada publiqué en El Diario.es un artículo sobre cómo los medios normalizan el maltrato animalUno de los párrafos que contextualizaban el problema empezaba diciendo: «Tres movimientos tan divergentes como el ecologismo, el animalismo y el antiespecismo están en contra de promocionar este tipo de contenidos… […]« y me sorprendió muchísimo algunos comentarios al pie de la noticia y otros tantos que me han llegado por otras vías.

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Parece ser que, por error y con cierta inocencia, asumí que las diferencias entre estos tres movimientos son, hoy, visibles y no suscitan ninguna duda. Sin embargo, los comentarios que leí me dejaron muy claro que, ni tan siquiera, las definiciones básicas de cada forma de pensamiento se entienden siempre. Empezando por el ecologismo, que nunca puede ser sinónimo de animalismo, pues se estructura mediante una posición antropocentrista (es decir, el ser humano como medida y centro de todas las cosas). Entonces, ¿de qué se preocupa el ecologismo y por qué la visión ecologista se considera, hoy, propia de la «vieja escuela»?

A grandes rasgos, el ecologismo y su posición crítica se sustentan en la necesidad de conservar el planeta, así como de preservar su flora y su fauna. En su interior, existe una preocupación por la estética de las áreas naturales, los paisajes, la salud medioambiental o el racismo medioambiental, entre otras cuestiones, pero, en cualquier caso, orientada siempre al beneficio del hombre (como especie). Esto ha dado alas a nuevas vías de pensamiento como los Neo-Greensque admiten que el cambio climático no es controlable y defienden la creación de áreas verdes para los humanos en un futuro planeta yermo.

Por todo lo anterior, el ecologismo solo regula la caza, la pesca o la captura de animales, no la critica, y tampoco mantiene una preocupación real por los individuos tanto como por los ambientes: en otras palabras, igual que estudiar ecología —el funcionamiento de los ecosistemas— no te convierte en ecologista —preocupación moral por la conservación de los ecosistemas—; el ecologismo no se preocupa del bienestar animal, sino de la existencia de esos animales como especie, entendiendo que estos ofrecen una mayor riqueza a la fauna de un ambiente concreto: bajo esta línea de pensamiento, un cazador que mata cien perdices a la semana por diversión o atrapa y sacrifica a gatos callejeros de una ciudad, puede ser ecologista y preocuparse, hasta cierto punto, por la riqueza y la conservación medioambiental.

Aquí es donde entra el animalismo o movimiento por los derechos de los animales —no busquéis definiciones en el DRAE, que para esto no lo tienen actualizado, aunque, en parte con razón, como explico al final de este párrafo—, que es anterior al término especista, acunado por el filósofo/psicólogo británico Richard D. Ryder. Hoy, suelen utilizarse a menudo como sinónimos a través de una estrategia que permita empoderar el veganismo y los derechos animales, pero, tradicionalmente, los derechos animales han sido profundamente especistas desde la domesticación de los perros —que nadie tiene claro que, en su momento, no fuesen también una posible fuente de proteínas de emergencia—. A diferencia del ecologismo, el animalismo se preocupa por el individuo, pero no siempre por cualquier individuo o especie. Por esto, una persona que colabora en una protectora cuidando a perros y gatos, puede autodenominarse animalista y, a su vez, consumir vacas, pollos y cerdos. También será animalista aquella persona vegana que no se le ocurrirá volver a consumir un animal nunca más, y un vegetariano no estricto que consuma huevos o lácteos. El problema del animalismo, pues, es que, como término, engloba tantos sentidos que se ha vaciado de significado. 

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Para mucha gente, Javier Roche, el Chatarrero, del Chatarra’s Palace es una persona que entraría en la definición de animalista, y para otros muchos no.

Por último, el antiespecismo defiende que todos los animales son seres sintientes que merecen ser tratados con respeto desde una posición biocentrista, donde el hombre y todos los seres sintientes son importantes para la continuidad de la vida; no obstante, el antiespecismo teórico aplica esta idea al reino animal, entendiendo que este es más importante que cualquier otro —y aquí que cada uno acoja la división en reinos que más le guste/convenza—. Por supuesto, como movimiento cuenta con todo tipo de sesgos cognitivos a vencer todavía: desde cómo respetar a todos los animales teniendo especies domesticadas que dependen de la nuestra a cómo no utilizar ciertos productos manufacturados que nos impone la sociedad actual: el coltán de los teléfonos o el apoyo a industrias y marcas que comercializan productos respetuosos con los animales por demanda del mercado y otros que no lo son. En cualquier caso, muchas críticas centradas en estas ideas aluden a los espacios y situaciones donde el antiespecismo encuentra contradicciones, intentando obviar todas las contradicciones del resto de modelos y el menor impacto que supone a todos los niveles y en cualquier modelo, desde el ambientalista hasta la relevancia de la sintiencia, entre otros. Además, el antiespecismo se divide también entre personas que defienden que debemos ser éticamente responsables con el resto de animales que sufren sin importar su especie (de forma activa) y personas que argumentan que es imposible salvar a cualquier animal herido o moribundo.

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El equipo de Gallus Gallus defiende que los daños naturales que afectan a otras especies no deberían ser ignorados y es otra forma de especismo. La imagen original está aquí.

En resumidas cuentas, ecologismo, animalismo y antiespecismo poco tienen que ver entre sí en la actualidad, más allá de que son tres grandes cuestiones de nuestro tiempo: el primero, porque es un modelo caduco, el segundo porque requiere de subdivisiones para comprenderse y el tercero porque tiene mucho por lo que luchar y resolver para triunfar.

Golpearé, y aprenderé algo

Miyamoto Musashi (Provincia de Harima, 1584 – Provincia de Higo, 1645), el legendario samurái que escribió El libro de los cinco anillos, resumió toda su experiencia vital en una única enseñanza que dice así: «La espada tiene que ser más que una simple arma, tiene que ser una respuesta a las preguntas de la vida.» Este es un concepto difícil de comprender para alguien que nunca ha cogido un sable —ya lo debía ser entonces, cuando Musashi se retiró a morir a una cueva al oeste de Kumamoto— y, en cambio, es la gran aspiración que mantiene cualquier practicante de artes marciales en la actualidad: preservar el verdadero significado de la espada, comprender que la espada, hoy, no necesita de la guerra para ser, y, sobre todo, entender que la espada no es más que una vía hacia el autodescubrimiento que nos permite evolucionar como seres humanos. Por esto a veces no es una espada; es una alabarda, un bo, una naginata, las propias manos, el cuerpo.

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En el kendo, el arte marcial que sabéis que practico, todos empezamos creyendo que se trata de la espada, pero nadie tarda demasiado en descubrir que se trata de quién la blande. Esta es la parte más mística, diría; después está aquella más práctica: aunque suene irónico, kendo son más piernas que brazos, y es más cuerpo que espada. Golpear con el sable requiere de golpear con el cuerpo: sin una buena posición de pies, sin equilibrio, sin un buen salto, sin potencia para romper la guardia del oponente, el hombre, el sable, no puede alcanzar el yuko-datotsu: un golpe válido que se acompaña de todo el espíritu, una postura apropiada, con la zona correcta del arma, en la zona correcta del oponente, y con zanshin (estado de alerta mental y físico). Pero, volviendo sobre nuestros pasos, encontramos otras dos ambivalencias que uno tiene que interiorizar con la práctica: uno no solo combate contra el oponente, uno combate contra sí mismo y, a su vez, trata de agradecer, con honestidad, el corte del sable del adversario: así es como se aprende, como uno entiende y corrige su propia debilidad. Los ataques exitosos te hacen reflexionar sobre aquello que hiciste bien, pero lo mismo ocurre con los golpes que uno falla o recibe, incluso más. Ya lo comenté al inicio: es una práctica de vida, y, por esto, un sensei sonríe al recibir lo que hubiera sido un golpe mortal, porque ha conseguido comprender, e interiorizar, y hacer suya esta enseñanza.

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Aunque suele atribuirse a Newton, la famosa frase somos enanos subidos a hombros de gigantes pertenece al filósofo neoplatónico Bernardo de Chartres (c. 1080 – c. 1130). No somos nada sin aquellos que nos precedieron, y, por ello, uno no puede más que sentirse pequeño cuando es consciente de todo el conocimiento humano que lo sustenta detrás. Esta idea también forma parte del camino de cualquier kenshi: el saber y la técnica de tus maestros construyen también tu camino, y ni uno ni el otro hubiesen sido posibles sin la guía del maestro de tu propio maestro, y así, sucesivamente. A todo ello se suma un concepto más: no es posible alcanzar el éxito solo, mejorar significa ser parte de algo más grande: apoyarte en los compañeros, practicar y aprender juntos, construir mediante el esfuerzo mutuo y las enseñanzas que se nos han transmitido.

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Dentro del kendo, la familia Takizawa es un ejemplo maravilloso de todo lo anterior y, además, mantiene una relación directa con la expansión de este arte marcial en España y en Europa. Los kendokas más veteranos cuentan historias sobre Kouzou Takizawa, el padre de Kenji Takizawa, que han llegado hasta nosotros a través de los escritos y los recuerdos de su hijo; parafraseándolo, el maestro Takizawa (hijo) recuerda: «Recibir un men —corte en la cabeza— de mi padre era formativo: enseñaba»; ese corte (ippon) le convertía en alguien un poco más sabio tras cada combate. Ahí radica el sentido del orden en un dojo durante el saludo y los agradecimientos —en el pasado, el momento más peligroso frente a un ataque del exterior—: cuanto mayor es el rango del practicante, más lejos estará de la puerta: una escuela puede reconstruirse con nuevos alumnos, incluso sin los senpais de mayor grado, pero no sin un maestro o sensei.

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Entrenar siempre debe llevar esa aspiración dentro del dojo: mejorar con la espada y como persona. Y, de nuevo en palabras del maestro Takizawa, combatir es no tener miedo a la lucha, y vencer sin presumir, y perder con dignidad: palabras que, cada día, trato de hacer mías. No es casual que, en Japón, la vida no se entienda sin kendo; el kendo es una práctica para la vida: para vivir con honestidad, para ser mejor persona, más justo, bondadoso, sincero con uno mismo y con los que nos rodean, y, a todas luces, ser más feliz. Habrá quien crea que kendo es coger un sable de bambú y ser un mejor espadachín, pero se equivoca; el kendo es mucho más; el kendo es una cura para la vida. Y hay pocas cosas que puedan definirse con tal exactitud.

Hablar perro para no matar perros

Este año he dado mis primeros pasos de verdad en una de mis asignaturas pendientes: la educación canina. Lo estoy haciendo a través de cursos, seminarios y, muy probablemente, en breve algún ciclo de formación profesional de educador/adiestrador para seguir aportando más y más en dos de mis proyectos colaborativos: Conectadogs, para el que todo indica que ya tenemos centro, y Dog’N’Roll; y, en verano, lo he acompañado de unas cuantas lecturas de las imprescindibles. Una de ellas es En la mente del perro. Lo que los perros ven, huelen y saben de Alexandra Horowitz (RBA Libros, 2011), que trata temas tan diversos como el unwelt o automundo de cualquier animal, la percepción a través de sus sentidos (en especial, el olfato) y la cognición de los perros: qué ven, qué sienten, cómo sienten.

Quizá por eso estoy más susceptible aún que de costumbre, lo admito, y me tocan mucho los huevos noticias y comentarios sensacionalistas como las siguientes: «Una niña es hospitalizada en Madrid tras ser mordida en un ojo por un perro», que no cuentan nada de nada, y que tienen (siempre) muy claro quién es el culpable y quién es la víctima, quién es el animal y quién no (porque la mayoría de estos idiotas no saben ni que son primates), y, sobre todo, no son más que fuente de odio y disputa con el desconocimiento como estandarte y con las que dejar el suelo lleno de bilis. Esta noticia del 20 Minutos se suma a otras tantas que recogía ABC sobre brutales ataques de perros peligrosos. Cágate, lorito, que apenas somos morbosos. Ante todo, que no se me malinterprete: todas ellas son desgracias y no busco defender lo indefendible: los perros agresivos existen, aunque la mayoría de las veces esa agresividad haya sido generada por la acción humana desde el refuerzo inconsciente de una conducta a la falta de atención ante el lenguaje del perro.

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Así pues, con el mismo espíritu de clickbait —es broma— voy a desglosar los tres grandes secretos que solventarían el 99,99 % de los problemas de agresividad en perros. Exagero, y tres pueblos, lo sé, pero sí hay algo cierto en lo que os decía: la mayor parte de los problemas por los que se producen ataques de perros se reducen a: personas que no tienen derecho a tener ese perro, o ningún perro, falta de interés en la comunicación perro-persona e imprudencia extrema con niños o personas dependientes.

Cada año se abandonan más de 100.000 perros en España, las perreras y las protectoras están colapsadas, y sé que no os cuento nada nuevo, pero ¿cuántos perros viven sin ningún tipo de estímulo? ¿atados veintitrés horas al día a una cadena? ¿sin pisar la calle, sin relacionarse nunca con personas o con otros perros? Solo en España, hay decenas o cientos de miles de perros de familia que no están equilibrados —pasead por urbanizaciones de cualquier provincia, por ejemplo—, animales de raza con necesidades especiales como los pastores alemanes, los belgas malinois o los border collies a los cuales el síndrome del juntaperros les ha hecho más mal que bien: ahora, el perro lobo checoslovaco va en la misma dirección a causa de la película Alpha. Culpabilizar a un perro cuyos propietarios o guías han desquiciado es la salida fácil, la correcta es actuar con justicia, y no permitir que personas que van a desatender a una mascota y a vejarla a todos los niveles ostenten su propiedad, ¿no crees?

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Esto hay perros a los que les encanta, hay perros que se habitúan, otros lo toleran; y también hay perros que les genera miedo, y estrés, y ansiedad, e inseguridad. Cada perro es un mundo: igual que nosotros.

Asimismo, ¿cuántas veces no entendemos qué quiere un perro? Voy a molestar al perro, el perro me gruñe, y le castigo; ¿seguro que eso es lo correcto? Como mucho, inhibirás el gruñido y la agresión vendrá directa. Pero a la mayoría de propietarios/as esto les suena a chino mandarín. ¿Quiere decir eso que un perro debe gruñirte? No, claro que no, pero solventar ese gruñido, que puede atender a cien causas, es algo más que darle un sopapo. El problema entre perros y humanos es que exigimos que ellos hablen humano, pero no nos tomamos el tiempo de enseñarles, y, sobre todo, jamás nos preocupamos de entender su lenguaje gestual. Todo perro hace grandísimos esfuerzos para hacerse entender, pero muchos de nosotros seguimos creyendo que la comunicación con el perro debe ser unidireccional y totalmente jerárquica. Hoy, cualquier familia tiene miles de herramientas, desde cursos de iniciación para mejorar su relación con el perro hasta bibliografía o información gratuita en Internet, empezando por el clásico Las señales de calma de Turid Rugaas y terminando por dibujitos graciosos de Doggie Drawings o la propia Wikipedia. Las ganas para aprender, que las ponga cada cual.

Por último, unido a todo lo anterior, nos movemos entre dos extremos: el animalismo que ve a los perros como seres mágicos de luz —disculpadme la exageración— y los individuos e individuas que solo conciben al perro como un bicho que tengo aquí para decorar o proteger el jardín, como una lámpara o una alarma (deficiente). Pues ni lo uno ni lo otro: el perro es un animal y lo mueve el instinto, pero también siente, se emociona y padece, como nosotros. Y nada de esto debe ser excusa para que un perro y un bebé/niño queden a solas sin supervisión: antropomorfizar, no saber leer o actuar ante un posible problema de comportamiento/ambiente (por ejemplo, de protección de recursos) o la imposibilidad de escaparse ante una situación de estrés o dolor pueden llevar al perro a la agresión. ¿Quién es el guapo o la guapa que me justifica que un perro al que le meten los dedos en los ojos, le gritan y le molestan mientras duerme reaccione negativamente es algo anómalo? No, es que lo que quieres para tu hijo es un peluche, o un Furby, no un perro u otro animal de familia; sobre todo si no tienes el tiempo de controlarles cuando no tiene capacidad de razonar (el niño, digo) ni de enseñar a tu hijo o hija a relacionarse con los animales correctamente.

En definitiva, se trata de hablar perro para no matar perros.

Paseos con mi madre

Si hay un capítulo apasionante en Paseos con mi madre (Javier Pérez Andújar, Tusquets, 2011) no es el primero, que es maravilloso con los submarinos, las mierdas que el curso del río recogía de las cloacas, y los politoxicómanos que se perdieron en el Besós, sino el último: aquel en el que un Pérez Andújar, que ya ha pasado de chupatintas en la redacción del Ajoblanco a periodista de huevos negros en El País, narra aquello que le interesa leer al pueblo: porque sabe casi tanto de la ciudad como de sus límites; por esto nos permite saborear la ambivalencia de un Manolo Escobar que vuelve a la ciudad de Badalona con su mujer, Ana Marx, acompañados de su sobrino, que hace de chófer pero es su representante, y que mira con los mismos ojos de incomprensión que Manolo el barrio de La Salut. Si han pasado por allí, con gesto similar habrán ojeado Llefià, San Roque, La Paz, o las Casas Baratas. No importa en qué lado del río se encuentren, son las infraviviendas y los talleres, la segunda o tercera ola de inmigrantes, la suciedad de las calles, las cuevas y las barracas que hemos enterrado por vergüenza, sin comprender que eran parte de todos nosotros.

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Fotografía que contextualizaba la inauguración de la estatua en homenaje a Manolo Escobar (2014). EFE/El Diario.

Ese capítulo es la hostia: porque Manolo Escobar, un chavalillo que llegó a Badalona con nueve hermanos y una cabra no se reconoce en los magrebíes que han hecho lo mismo después; porque la gente cree que aquel crío, que fue aprendiz de todo y se alzó como cantante de copla, tiene algo que ver con el anciano que vuelve a un barrio donde se le entrecruzan la nostalgia y la aversión; porque Manolo no se siente parte de Badalona, porque Manolo ya no es parte de Badalona y, ¡joder!, qué bien lo explica este hombre: «Existe el espejismo de que en un reencuentro que ha tardado mucho podemos devolvernos los unos a los otros el tiempo que ha pasado.»

Esta idea me caló hondo, y me cogí el coche hasta el centro de Badalona —no cogí el metro, ni el bus, así que, como comprenderéis, hay muchas cosas que yo soy el primero que no puedo entender—, donde tras la muerte de Manolo, le plantaron una estatua artificial que no hace mucho algún imbécil pintó de amarillo. Allí, en el Paseo de la Salut, entre la gente que sube y baja del marítimo entre plataneros, farolas a lo chupachup a medio lengüetear, y adoquín gris y rosa que se malacostumbra al calzado de la clase media, pocas historias nacen de la escultura de bronce del chaval que creció en Badalona y se largó a los veintitantos. Los vecinos de la zona parece que sí que las guardan: el hermano que vive en el Clot, ¡qué majo era Manolo!, el saque de honor en el estadio municipal, los pasodobles… Alguno caerá en la cuenta de que no recuerdan tanto a Manolo, que se dio el piro a Benidorm, como a sus propias historias, y cómo las coplas no son más que la banda sonora de aquellas décadas que se han quedado atrás, barnizadas capa tras capa, con nombres y apellidos, títulos de canciones, marcas de televisores y relatos compartidos.

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Manolo Escobar posando con Barcelona de fondo. Foto: Elisenda Pons

Debe ser entrañable e insólito eso de volver a un sitio que le reconoce a uno, pero que uno ya no reconoce en absoluto. Por el contrario, qué complejo pensar en el hecho de que uno no es la imagen que el mundo se ha hecho de ti, que perteneces y, a la vez, no perteneces a un sitio, y que ese lugar te sigue adorando por lo que cree que eres —el tipo sencillo, el emigrante, el que triunfó y siguió siendo alguien humilde, campechano— y no por lo que eres —un hombre rico de raíces humildes que vivió casi toda su vida en Benidorm, que coleccionaba arte contemporáneo, que vestía cien sueldos de Badalona, pero, sobre todo, que no se reconocía en ninguna de esas almas—. ¿Le pasará lo mismo a Madonna al volver a Michigan a visitar a sus padres? ¿A Tarantino al pisar aquel videoclub de Manhattan Beach? ¿O recordarán lo que les llevó hasta allí? Supongo que Pérez Andújar recuerda, y por eso escribe en castellano, porque el catalán le quedaba muy lejos de aquellos hormigueros humanos que aún se pueden ver en la Verneda y que se convierten en un desorden enfermo en las dos orillas del río, una enfermedad que se ha enquistado en algunos puntos de la periferia y la gran ciudad.

¡Y viva España!, decía Manolo Escobar

La ciudad (Barcelona) no vive de espaldas al mar, vive de espaldas a su gente y a sus vecinos porque no siente nada por ellos.

Javier Pérez-AndújarPaseos con mi madre (Planeta de Libros, 2011)

Cuando yo era un crío, veraneaba con mis padres, hermanos y abuelos en un pueblo de la provincia de Gerona. Al llegar el calor, los hermanos queríamos ir allí cuanto antes mejor, no salir en dos meses de la piscina comunitaria y largarnos cuando llegaban las tormentas de agosto; pero como esto último era lo que más le gustaba a mi padre, nos jodíamos y nos quedábamos hasta mediados de la segunda quincena. No recuerdo cuántos años subimos y bajamos —ocho o nueve—, sin embargo, sí puedo rememorar cómo temblábamos asustados por la llegada del efecto 2000 y cómo me paseaba por las calles del pueblo entre señoras marías e inmigrantes subsaharianos, vistiendo casi siempre una camiseta de la selección española de fútbol. En algún momento, mis padres vendieron la casa y ya no hubo más veranos, ni pueblo postizo; hicimos algún que otro viaje familiar, pero, sobre todo, pasamos julio y agosto en Barcelona.

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De todo esto me acordé ayer, relacionando ideas: este fin de semana invitamos a varios compañeros madrileños de kendo a dormir en casa, pues había un evento dedicado a la selección española —mi mujer forma parte de la misma— y el equipo masculino y femenino se ha repartido entre los hogares de otros compañeros por aquello de ahorrar lo máximo posible antes del campeonato mundial. Por la mañana, salieron uniformados, igual que la selección húngara, que ha venido a entrenar con ellos, pero volvieron con otras camisetas. Como no fue una, ni uno, sino todos los que dormían aquí (cuatro, contando a mi pareja), les pregunté y me dijeron que habían tenido problemas en la calle por vestir el uniforme de la selección. Lo cierto es que no sé qué me sorprendió más, si el hecho de que tuvieran problemas o que los tuvieran en Hospitalet de Llobregat, que es el homónimo a tenerlos en la Badalona sui generis de Manolo Escobar o el San Adrián del Besós de Pérez Andújar.

Asumo que siempre hay imbéciles —y que esto es un ejemplo de ello, no una generalidad—, que la imbecilidad parece contagiarse y polarizarse en este país con pasmosa rapidez; que nos quejamos de no ser escuchados, sin escuchar; que queremos sentirnos parte de algo sin permitir que el resto tengan ese derecho. Pero es tragiquísimo —y un poco tragicómico, y esperpéntico a lo Valle-Inclán— cuando la política llega a la calle: unos pitaban, otros increpaban; también había quien confundía deporte y política, y aplaudía. Hay idiotas que se creen que el problema es que la selección española vista el uniforme de la selección española, o que una persona se envuelva en una bandera de España o la plante al sol en su balcón, o que esto último sea entendido como una provocación y tengan que aparecer otros tantos memos que responden con esteladas, o a la inversa: plantar en tu casa esteladas, senyeres o banderas republicanas y rojigualdas por sentimiento no tiene nada de malo, ¡faltaría más!, aunque me preguntó quién lo hacía antes de considerar que la libertad del prójimo no era más que un ataque a la suya propia.

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En cualquier caso, los charnegos que ya se sienten catalanes en la periferia —y lo digo metiéndome en el saco, y con orgullo—, aún no han aprendido que nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido aquí. Lo dijo uno criado a los pies del río Besós, no del Llobregat, pero tanto da: «En Barcelona se está en el cuarto de los invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, en riguroso orden.» Quien crea que despreciar o condenar una bandera es lo que une a un pueblo o a una nación, descubrirá antes o después que él, o ella, no es más que carne de cañón de políticos despiadados y vacuos.

Por mi parte, hace mucho que perdí la pasión por el fútbol, pero, casualidades de la vida, hace solo un par de semanas que hicimos un viaje familiar al pueblo del que hablaba por ahí arriba. De camino, decenas de personas saludaban envueltos en banderas independentistas en los pasos elevados de la AP-7, los puentes se habían adornado de lazos amarillos y yo les sonreía, feliz, y les devolvía el saludo conduciendo hacia Gerona. Hoy, no puedo dejar de preguntarme cuánta gente me hubiese mirado con desprecio si siguiese vistiendo parte de la equipación con la que soñaba con ser como Guardiola, Bakero o Luis Enrique en el verano del noventa y ocho: con Raúl no, que era del Madrid. Ya hubo imbéciles entonces que confundieron la pasión por el deporte de un chaval con la política —siempre los hay— y me gritaban, ¡y viva España!, cual Manolo, pero ¡coño!, ahora parece que todos estos capullos salen de debajo de las piedras.

TedTalks – Charlas TED – Ideas que inspiran

Estos días de calor asqueroso y vacaciones me he aficionado a las charlas TED y TEDx. Quizá no sabes qué demonios son, pero lo más probable es que hayas visto unas cuantas en el Facebook, o te hayan enviado alguna por el WhatsApp; también es posible que el ponente de esa charla tan inspiradora no te haya hecho ni fu ni fa, pero, en realidad, eso es lo mejor de esta plataforma-oenegé: recoge ideas dignas de difundir para todos los públicos; algunas te pueden cambiar la vida, otras no; la mayoría de charlas abrirán un poco más tu mente, que no es poco. Ahí te vas a encontrar desde Monica Lewinsky hablando sobre ciberacoso —y créeme, esa chica sabe bien lo que dice— hasta biólogos marinos como Carl Safina que te explican qué sienten y piensan los animales; novelistas como Amy Tan, Abha Dawesar o Chimamanda Ngozi disertando acerca de la creatividad, la escritura en el mundo digital o la pobreza y el daño que pueden hacer una narrativa única, tanto en la literatura como en nuestra relación con otras personas, países y continentes.

Y hablando de narrativa, quizá ahí está la clave del gran éxito de la comunidad TED, en que las charlas no tienen una narrativa única, sino que poseen una multiplicidad de lecturas: Carl Safina habla de animales, pero, a la vez, habla de nosotros como especie, Juan Pablo Escobar relata la historia de su padre, pero también la del narcoterrorismo y el narcotráfico en Latinoamérica; lo mismo hacen ponentes como Ken Robinson, Yordi Rosado, Simon Sinek, Sam Berns o Robert Waldinger; y estos solo son algunos de los nombres y de las historias que me han llamado la atención, entre cientos, porque lo mejor es que es una experiencia que nos permite acercarnos a otras formas de pensar, ver y sentir y, en parte, hacerlas propias. Hay miles, y miles más, pero esto funciona de la siguiente manera: uno se relaja un rato, y escucha con atención lo que esa gente tiene que decir; después se deja guiar por sus intereses, o descubre otros nuevos. Vale la pena, en serio.

Chimamanda Ngozi Adichie | The Danger of a Single Story

El peligro de una sola historia

Ken Robinson | Do Schools Kill Creativity?

¿Las escuelas matan la creatividad?

Sam Berns | My philosophy for a happy life

Mi filosofía para una vida feliz

Monica Lewinsky | The Price of Shame

Simon Sinek | How Great Leaders Inspire Action

Cómo los grandes líderes inspiran a la acción

Amy Tan | Where Does Creativity Hide?

¿Dónde se esconde la creatividad?

Tim Harford | How Frustration Can Make us More Creative

Cómo la frustración puede hacernos más creativos

Emilie Wapnick | Why Some of Us Don’t Have One True Calling

Por qué algunos de nosotros no tenemos una verdadera vocación

Abha Dawesar | Life in the «Digital Now»

La vida en el «ahora digital»

Olutimehin Adegbeye | Who Belongs in a City?

¿Quién pertenece a una ciudad?

Jennifer Dahlgren | El martillo volador

Ari Wallach | 3 Ways To Plan for the (very) Long Term

3 formas de planificar para el (muy) largo plazo

Yordi Rosado | El cerebro de los adolescentes y ¿por qué actúan así?

Pablo Fernández | Lo imposible está en la mente de los cómodos

Sebastián Marroquín | Pecados de mi padre


NdA (@jvruiz) : Aquí dejo una lista con las 25 charlas TED más populares; quizá os interese más que esta lista mía, que no deja de ser más personal que la anterior.