Ningún animal sobra

Es curioso cómo para acercarnos —emocionalmente— hacia muchos animales parece que hayamos recorrido el camino inverso: en ese largo recorrido que España y la mayoría de países del mundo han transitado del campo a la ciudad, donde nos hemos tropezado con la empatía, el bienestar animal y, finalmente, con la misma naturaleza de nuevo. A menudo, desde un prisma romántico, por supuesto, o demasiado cóncavo para descifrar la forma real que tienen las cosas en el verde.

No todo es tan idílico, claro. Los niños y niñas han visto menos grillos, gorriones y ranas que nosotros, y nuestros hijos vivirán en mundos donde las abejas, ya extintas, se sustituirán por robots que polinizarán cultivos transgénicos. El coste ha sido alto: para darnos cuenta de que necesitábamos a la naturaleza, la hemos abandonado, ordeñado, prostituido y corrompido hasta límites insospechados. Los científicos dudan sobre si el Antropoceno dejará una huella geológica capaz de adaptarse al sentido etimológico del concepto, pero la mayoría admite que poco importa si el plástico o las latas de Coca-Cola alterarán o no el cosmos terrestre si alcanzamos nuestra propia extinción: la actividad humana nos convierte en garantes del planeta, y aquí seguimos aprendiendo lentamente. Un lujo que cada vez parece más obvio que no podemos permitirnos. Esta semana, no obstante, más que aprender parece que estamos cometiendo errores y traspasando límites que varias generaciones atrás no dudarían en tildar de locura: el lobo asturiano podrá ser cazado sin ningún control ni cuota en un tercio del territorio.

Lobo ibérico (población, 1840-2017)
Evolución de la distribución del lobo en España (1840 – 2017).

En 2014, la revista Science publicaba un artículo titulado Status and Ecological Effects of the World’s Largest Carnivoresel cual probaba la labor fundamental de los grandes carnívoros en los ecosistemas a través del fenómeno conocido como cascada trófica. Debido a la actividad humana —cinegética, ramadera, etcétera— se han cazado y perseguido cientos de especies con las que hemos compartido espacios tradicionalmente. El mejor ejemplo siempre está en casa, que a nadie le quepa duda, y mientras hay zonas con cabras montesas o jabalíes cuya población no se tiene ni la más remota idea de cómo controlar, hay lobos abatidos sin reparar en cartuchos: ¿alguien se sorprende? Es horroroso, pero parece obvio que, si no podemos crear una línea unitaria de bienestar animal para los perros o los gatos de toda la península, es impensable alcanzar al lobo o al toro a nivel legislativo.

Esta es la nueva batalla entre el campo y la ciudad. Un sector urbano que quiere disfrutar del campo el fin de semana y buscar la paz y la soledad del monte, pero que potencia con medidas capitalistas y, a menudo, hasta románticas el control de unas especies que el resto de la semana se la traen al pairo; un sector rural que quiere vivir, y vivir bien, en el campo, y hacerlo de actividades que ya no funcionan sin una subvención detrás, y sobre todo, sin el sacrificio que supone cuidar al ganado (pastoreo, cabañas ganaderas, jornadas de sol a sol) o vivir aislados del resto del mundo. Es en esta misma tesitura donde nace la macabra picaresca de los seguros agrarios y las partidas presupuestarias, que se han visto obligados a mirar con lupa cada cadáver que se les presenta para cobrar, y donde cabe preguntarse si este no es un problema social de primer nivel al que no se le está prestando ningún tipo de atención.

STOP Matanza de lobos (Asturias)

Hace solo un año aparecía en Público un artículo interesantísimo que las administraciones deberían obligarse a leer: Matar lobos destruye los ecosistemas, donde algunas de las conclusiones planteadas hablaban sobre seguir soluciones basadas en la naturaleza para la convivencia entre depredadores y humanos; el lobo es uno de esos símbolos tristes que explican la idiotez endémica española: «Disminuyamos la persecución absurda y carente de apoyo científico de la especie al norte del Duero, de la que anualmente se aniquila prácticamente el total de la tasa de renovación natural de la población, impidiendo la conectividad referida anteriormente», pedían al unísono el biólogo Ángel M. Sánchez y el ecólogo Fernando Prieto. Como respuesta, este verano Medio Ambiente aprobaba la caza de 141 ejemplares al norte del río, y hace unos días, Asturias aprobaba su persecución sin ningún tipo de cuota.

Ningún animal sobra, y solo uno cuenta con unas poblaciones cuyo crecimiento dificulta la vida de todas las demás especies. En el mejor de los casos, la persecución actual del lobo ibérico terminará con proyectos millonarios de recuperación, como ha ocurrido con el lince; en el peor, con su extinción: ni tan siquiera es una cuestión de lobbies, como denuncia PACMA, sino de falta de visión, porque hay un largo camino entre las propuestas de animalistas, antiespecistas, ecologistas, ganaderos y cazadores, pero es absurdo que algunos de estos grupos crean que la solución de las armas conseguirá algo que no sea ecosistemas más pobres, desequilibrados y un nuevo recordatorio de la mala elección que la naturaleza hizo al escoger a nuestra especie de primates como garante del orden.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

El Príncipe del fin

Les costó un año, pero en Tordesillas se dieron cuenta de que cambiarle el nombre al festejo les hacía más mal que bien. Así, tras la muerte de Pelado, que se realizó con otro título para el martirio, los vallisoletanos recuperaron la denominación original para esa fiesta de pocos que ha empezado a cambiar arrastrada por la fuerza de los tiempos.

El ejemplo más plausible de esta deriva de cambios, que ya no soporta más mentiras, ni embustes, ni dinero público intentando reanimar un cadáver, es el documental Tauromaquia —duro, áspero, necesario, casi insoportable—, de Jaime Alekos, que PACMA presentó la semana pasada y que muestra el toreo tal y como es. Ni más ni menos. Son treinta minutos de un ejercicio audiovisual que abarca desde la cría y la selección, al por qué y el cómo de la muerte del bóvido. Son treinta minutos de brutalidad que es necesario visualizar; y es necesario hacerlo, para pertrecharse de las armas que nos permitirán ver como no hay ninguna tragedia aristotélica en la plaza, no hay en juego ninguna pulsión de vida y de muerte, ni clásica ni freudiana, no hay grandilocuencia, ni honor, ni arte, sino maltrato hacia un animal indefenso que debe sufrir su propio via crucis. 

Tauromaquia (documental)
Fotograma de Tauromaquia (Jaime Alekos, 2017), donde la mirada de un toro con los cuernos ensangrentados cautiva al espectador.

El periodista Ruben Amón, compungido, escribía en El País sobre lo citado anteriormente: sobre el Eros y el Tánatos, el paganismo que llega hasta nuestros días en esta oscura liturgia, la coreografía sacrosanta de la lidia o la libertad y la fiereza de ese herbívoro, que no es tal. La abogada Paloma Órtiz le dedicaba un artículo ejemplar, empatizando con ese niño que fue Amón, y que, a sus cuarenta y muchos, debe aceptar que la magia no existe, que todos tenemos sesgos del pensamiento y que solo uno mismo puede decidir luchar contra ellos o enrocarse en la misma posición hasta el final. Órtiz le demostraba que no hay defensa que levantar, que el muro se ha abierto entre demasiadas lluvias de proyectiles, que podemos ir a los toros  y creer que estamos aprendiendo filosofía, igual que podemos conseguir peyote y creer que el chamanismo nos acerca a un dios a través del totemismo. Podemos creerlo, pero no por ello se convertirá en realidad; solo había una realidad en el texto de Amón, el título: Malos tiempos para la muerte.

Tauromaquia (descabellar; documental)

Este martes, durante la celebración de la segunda edición del Toro de la Vega sin muerte en público del animal, no pude evitar pensar en que Pelado, y antes de ayer, Príncipe, iban a ser igualmente sacrificados tras el festejo. Quizá muchos piensen que la victoria no es tal pues, que todo lo que el activismo ha conseguido es aliviar el sufrimiento, que no es poco, sin percibir que el verdadero problema es de las administraciones públicas, que no escuchan, ni reaccionan, y no entienden que algunas de las demandas del animalismo ya son una realidad, se quiera o no, que la tauromaquia se encuentra en tiempo de descuento, que ni puede ni queremos que sobreviva, y que el tiempo de la conversión y el cambio es ahora; el enroque solo traerá más lágrimas y arrepentimientos tardíos —aunque sean de aquellos que solo miran por el bolsillo—, porque los que llevamos desde pequeños llorando por ese animal que lanceaban y acuchillaban en televisión española empezamos a enjugarnos los ojos al ver que el cambio ya es casi una realidad.

La loba de Mel Capitán

Mel Capitán se suicidó. Un amigo aclaró más tarde que lo hizo por problemas personales, pero pocos tramperos se tomaron la molestia de leer o escuchar. Las amenazas vertidas por algunos (mal llamados) animalistas fueron combustible suficiente. Esta semana, de algún modo, vuelve a ser noticia, porque un tal Michel Coya —cazador acérrimo— mató a una loba junto a otros cinco compinches y le dedicó su cabeza como trofeo.

Está claro que hay gente que ve belleza en esa instantánea. La mayoría, no. La mayoría ve cómo la hermosura de ese animal se difumina en una foto esperpéntica que muestra a seis cretinos que solo saben valorar la vida a través de la muerte. Poco hay que rascar ahí: ni aceptarán argumentos ni parecen tener la capacidad o el interés por emitirlos; mejor no gastar saliva. Sin embargo, hay una frase que resplandece en el breve texto que acompaña a la imagen: «Compártalo amigo, somos muchos, cada vez más, los que damos la cara, somos muchos los que no olvidamos lo que le hicieron a Mel.» 

Melania Capitán (fotografía)
Una de las fotografías de Melania «Mel» Capitán que los medios compartieron.

Supongo que ni ellos mismos saben que lo primero es mentira desde los noventa, y minoritario en los últimos años. Para eso, hay que tener interés por abrir un libro o saber leer un gráfico, y, sobre todo, para no querer seguir viviendo en el país de la piruleta. Aun así, se entiende; se entiende que lo de Mel Capitán fue un «palo» enorme para el colectivo cada vez más pequeño en el que la mayoría se conoce: cualquier suicidio es una tragedia, y «todos» deberíamos hacer ese ejercicio de empatía de ponernos en la piel de sus amigos y conocidos, pero esto, no resta que al cazador medio también le pique mucho lo otro. La pérdida de la influencer. La bloguera. La hija pródiga del Jara y sedal. Y es lógico, porque ¿qué posibilidades hay de que aparezca otra rubia, de cuerpo atlético e influencia en redes sociales como imagen publicitaria del mundo de la caza?

Tan amigos todos, pero, entre animal herido y animal abatido, nadie parecía saber lo mucho que sufría esa chica para sus adentros, ¿verdad? Bueno, sobre esto, cualquiera que entienda cómo funciona la depresión y el suicidio, poco tendrá que decir. El suicidio es así, una realidad social: imprevisible, silencioso, veloz; y conscientes de que nadie debería tomar esta solución definitiva tan joven, sí podemos comprender por qué Melania, acostumbrada a respuestas letales y sin vuelta de hoja, escogió el cañón de un arma.

Eso sí, tampoco nos dejemos engañar. Las burlas, las críticas, las muestras de odio no son lo que llevaron a Capitán al suicidio: ella misma expresó, poco antes, su deseo y sus motivos a una amiga por teléfono —que no han trascendido— y otros tantos lo han confirmado. Se trata, simplemente, de los casi 4.000 que cada año se repiten en España, con la diferencia de que una parte —curiosamente, siempre la misma: la que tiene más sangre en su haber— ha decidido usar como arma arrojadiza. Por ello, cuando varias personas han —hemos— compartido en esa publicación la noticia que El Mundo dedicó a la cazadora solo han habido tres respuestas: el «no la conocíais», el insulto y el bloqueo o censura sistemática.

Seamos personas, respetemos el descanso ya eterno de cualquier ser humano, pero no seamos imbéciles, Mel Capitán es para el colectivo tan mártir como lo fue Adrián para los toreros. Hay que ser malnacido para reírse de la desgracia ajena, pero también hay que ser imbécil para tragarse que somos los demás quienes han alzado y aprovechado la situación para defender sus propios intereses partidistas.

¿Merecemos a los perros?

Más allá de considerar a nuestros compañeros de cuatro patas parte de nuestra familia, su posición en la naturaleza ha despertado múltiples preguntas recurrentes en los últimos años. En este caso, la que yo lanzo aquí bebe de un artículo que Marta Tafalla —doctora en Filosofía y profesora de Ética y Estética en la Universidad Autónoma de Barcelona— publicó ayer, 5 de septiembre, en el diario Ara con el título ¿Fue un error crear a los perros?

Tafalla plantea en su columna para Ara cómo los seres humanos hemos instrumentalizado cualquier relación con el resto de animales que nos acompañan —obviando que pocas veces es distinto en nuestra especie—, donde todo aquello que nos agrada de nuestros compañeros caninos —y también felinos—: su docilidad, su empatía, su ternura, es, paradigmáticamente, aquello que los hace vulnerables y que los condena; un aspecto que todavía puede rastrearse más fácilmente en los animales para consumo, sean domésticos o no.

El inicio del séptimo párrafo ejemplifica la idea general del texto:

Hemos levantado nuestra civilización sobre el dolor de los animales, sobre la explotación de los domésticos y la caza de los salvajes. Sin los animales que criamos para comer, para usarlos como vehículo de transporte o para trabajar en el campo, nunca habríamos construido ninguno de nuestros imperios. Sin extinguir especies y destruir ecosistemas, no habríamos llegado hasta los 7.000 millones de humanos.

Hacia el final del artículo se vislumbra un remedio, quizá demasiado politizado para que pase desapercibido; quizá demasiado esquemático para que sirva a su cometido: «Cuando la ganadería persigue a los lobos, los dos males se fusionan. La solución es sencilla: los humanos no necesitamos comer carne, pero sí necesitamos ecosistemas sanos y ricos en biodiversidad, y por lo tanto necesitamos lobos.»

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Sé bien lo difícil que resulta plantear soluciones concretas; a menudo, además, estas se confunden o difícilmente pueden llegar de los mismos ojos que han vislumbrado el problema. La selección artificial de los perros no difiere mucho de la elección de aquellas vacas que, generación tras generación, producen más leche o las gallinas que, en vez de los doce huevos anuales, ponen casi uno diario; si acaso, los primeros, a pesar de sufrir y soportar la misma estructura jerárquica que suele definirse entre términos como «capitalismo», «producción en cadena» y «especismo», también pueden llegar a ver la parte más bondadosa de algunas sociedades humanas.

Toda lucha por el antiespecismo es legítima; salvar a los toros, legislar contra el maltrato de animales de compañía, e incluso no matar animales. No obstante, toda lucha también debe existir y entenderse en su propio contexto: el de las gallinas que ponen huevos todos los días del año y el de las vacas que producen una enorme cantidad de leche en las vaquerizas, que solo es una cara menos definitiva de la que muestra a los cerdos abiertos en canal o las terneras inmovilizadas en el suelo. No significa que sea bueno, no significa que esté bien; significa que a los humanos nos encanta jugar a ser dioses, y eso, hoy, supone problemas éticos que tenemos que afrontar y enfrentar, pero desde un marco integral y jamás segmentado.

A nivel comunicativo, estos artículos cumplen una impagable labor divulgativa, y, sin embargo, con los pocos o los muchos recursos con los que cuentan, dejan tras el telón el primer campo de batalla en el que deberíamos lidiar: aquel que explica que todos los animales —incluso nosotros— se encuentran en una situación concreta fruto del contexto, y las circunstancias (propias y ajenas), y si plantear una ética universal aturde, pretender que esta pueda convertirse en moral práctica obviando los cientos de contextos que existen ya solo en España, es irreal.

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En realidad, el lobo es, sin saberlo, uno de los rostros más definitorios que debemos enfrentar sus defensores, que, poco a poco, hemos ido aumentando en número, pero siempre de la ciudad hacia el campo, y no a la inversa, y que se tiene que entender junto a una ganadería de subvenciones europeas y de provincias, y un oficio que dista mucho de ser mayoritario, pero que enfrenta a los defensores del campo que no viven en el campo y a las poblaciones rurales, que quieren hacerlo sin el sudor que se acompaña, y que se entiende al ver a rebaños a mediodía sin una gota de sombra o sin un cercado entre ellos y sus principales predadores.

Los centros de ética animal de las facultades mantendrán que el «veganismo» es la respuesta al maltrato animal y a los problemas de sostenibilidad del planeta; sin embargo, por desgracia, ni el veganismo ni cualquier otra variante es la respuesta al contexto; o, mejor dicho, a los miles y miles de contextos distintos a enfrentar, y ahí, es donde deberíamos seguir trabajando. Si este se aplicase, solucionaría, antes o después, todos los problemas derivados, ¿pero es solución si más del 90 % de la humanidad no desea tomarla?


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Los ojos de Martina

Martina mira con el vacío instalado en su iris. Martina mira sin mirar. Con demasiado miedo para que la mirada se convierta en un acto consciente, en una declaración de intenciones: en una acción que una mano pueda reprocharle a golpes. Martina rehuye mirar, a sabiendas de que la mirada ya le ha supuesto violencia, gritos, la horca.

Ella ha aprendido que la lección más dura llega del hombre, de la palabra que, cree, solo carga injusticias, de todos nosotros; para Martina, todos somos dolor, y miedo, y muerte, y al salir de Almería, de la furgoneta, del transportín, ninguno podemos demostrarle lo contrario de inmediato. Por ello, no lo intentamos; solo paseamos, y la entramos con dificultad en otro coche, en otro transportín, y se bloquea, se aleja, se expatria de sí misma de nuevo.

Martina (recogida, Diagonal)
Fotografía de Martina el sábado de su llegada a Barcelona.

La historia de Martina está construida de vacíos más que de hechos. Vacíos que construyen retazos que construyen historias: una perra de la calle, un embarazo, una soga al cuello. Quizá fue la caza o la falta de justicia y ley; quizá solo desatención y maltrato. ¿Quién puede saberlo? Se trata de historias que son y no son.  Y en ese negro hubo locura que terminó por conquistar su mirada: si consigues que sus ojos apunten hacia ti, observas incomprensión, y espanto, y paranoia. Observas ojos que luchan en el interior de sus cuencas, que parecen intentar escapar, y aunque sea un acto inconsciente, es una de esas tristezas enquistadas a las que resulta imposible acostumbrarse. Las heridas del cuello, de las patas… las heridas del cuerpo sanan, pero no las del alma; el alma continua desangrándose, y su respiración, su cola, su forma de moverse por una calle céntrica del Ensanche barcelonés así lo indican.

La historia de Martina es la historia de los doscientos perros de su perrera. Perros bautizados rápido con nombres que se piensan un instante por necesidad; perros frente a rostros que no podrán entender por qué esa perra y no otra si todos comparten desgracia. Pero hay algo que todos ven, y es que Martina vive sumida en la adversidad desde mucho antes del septiembre de su embarazo; desde mucho antes del miedo a la gente, y las carreras por los campos de Almería, de las charlas sobre su rescate y el deseo teñidos de marrón y de amarillo más que de verde, y de sudor que se seca bajo un sol que, entre jadeos, no ofrece misericordia alguna.

Martina (río Besós)
Martina en el parque de la desembocadura del río Besós, que separa Barcelona de los municipios de Badalona y Sant Adrià.

Ahora, Martina ha salido de Almería, de la furgoneta, del transportín y ha olido un árbol cercano a la Diagonal. Puede parecer nada, pero es un mundo: el olfato llega cuando deja de temblar, de mirar a todas partes a la vez, de tratar de zafarse, de escapar, de observar cómo los grandes espacios que se pierden entre olivos y naranjos se convierten en pavimento, en edificios que suben al cielo y en el ruido eterno que pervive en el acceso a una capital; cuando trata de no alejarse más y más de nosotros, de correr en otra dirección, de no ser. Después de todo esto, Martina huele; huele el tronco de un árbol por un instante, y vuelve el temor, el huir y el no ser. Vuelve Martina y la horca; Martina y el miedo; vuelve Martina. La Martina que es y no es, porque Martina solo sabe ser no siendo, y ese es el inicio del trabajo, de un nuevo camino, de su segunda vida.

—No es cosa de un día, ni de un mes. Pero es bueno que no intente huir, que huela algo: que tolere nuestra presencia —dice mi amigo Antonio, que es educador canino, y, sin saberlo, me muestra el inicio de una historia mejor.


Enlaces relacionados:

Martina está en Barcelona gracias a Acción por el Rescate de los Desfavorecidos (ARD), quienes han confiado en Conectadogs —y, en concreto, en el educador canino Antonio Soutiño— para iniciar un programa de rehabilitación para Martina y se ocupan del coste monetario, que se inició el sábado 15 de julio de 2017.

Si lees esto y quieres apoyar a una de las organizaciones, dejo aquí los enlaces a sus respectivas páginas de Facebook para que continúes informándote:

¿Por qué Okja no es un cerdo?

A mitad del artículo hay spoilers de la película (con un aviso).

Okja no es un cerdo. Es un supercerdo. Pero Okja no parece un cerdo: no es rosa, sino gris —aunque los cerdos no siempre tengan la piel rosa, excepto en el imaginario popular— y no tiene orejas de cerdo, ni boca de cerdo, ni cola de cerdo; y, sobre todo, no tiene nariz de cerdo.

¿Qué hay más representativo que el morro de un cerdo en un cerdo? Nada. Un cerdo es su morro de cerdo, y, por ello, Okja no es cerdo. Pero quizá la pregunta no sea si Okja es un cerdo o no es un cerdo, sino si Okja necesita ser un cerdo para conseguir empatizar con nosotros, o si, por el contrario, el director coreano Bong Joon-ho cree que se trata de todo lo contrario, de que Okja no puede ser un cerdo para empatizar con nosotros, y ahí, justo ahí, es donde no queda más remedio que crear un supercerdo que, de cerdo, solo tiene parte de su nombre.

Okja y Mija (Okja, 2017)
Okja y Mija en Nueva York.

Todo el mundo debería ver Okja (Bong Joon-ho, 2017). No porque sea un gran film, aunque lo es; no porque sea una crítica sin precedentes al capitalismo, al especismo y, sobre todo, al modelo de consumo actual, aunque lo es; sino porque es el mejor argumento contra el utilitarismo, contra esa premisa tan manida del mueren con un fin… y os explico el por qué.

Okja como un nuevo inicio

Un granjero criará al cerdo más grande, bonito y especial. ¡El supercerdo total! Pero ¿quién será?

El argumento de Okja es simple: el capitalismo llega a los rincones más recónditos del planeta, y también a Gyeonggi, una de las nueve provincias de Corea del Sur, donde no muy lejos de Seúl, Mija y su abuelo crían y cuidan a la supercerda Okja durante más de una década.

Pero 10.000 años de agricultura no siempre permiten echar la vista atrás. ¡Y qué diez mil años! Unas pocas décadas, una vida, la tradición de unos pocos hombres y mujeres es suficiente para no poder concebir algo distinto. Por eso, Bong Joon-ho necesita presentar lo de siempre, pero convertido en algo distinto. Vuelve al inicio; o mejor dicho: crea un nuevo inicio. Uno de ficción, claro, con cerdos mucho más eficientes, una nueva raza, más útil, más grande, menos contaminante, más sabrosa, como si todo ello pudiese hacer olvidar el sufrimiento, y el maltrato, y lo que seguimos escondiendo tras las paredes de un matadero.

Okja y Mija en las montañas.
Okja y Mija en las montañas.

Fundamentalmente, ese es el gran punto de partida del film; un nuevo inicio visual para explicar una historia sobre la que nuestros oídos se han desensibilizado paulatinamente —puesto que pocos se arriesgan a comprobar con sus ojos si todo eso que dicen que se oculta tras el sabor de un trozo de carne es cierto.

Okja es un supercerdo, pero no importa demasiado para la trama, en realidad; una historia que se mueve entre una niña y su mascota, y cómo esta visión utilitarista se convertirá, poco a poco, y a través del vínculo que compartimos humanos y animales, en una narración fantástica sobre los lazos que nos unen como familia. Okja es el perro que nos aterra pensar que un igual pueda ver como alimento, y, sin embargo, como espectadores, nos adentramos en la normalización y la cosificación de un ser independiente que se dirige a nuestro plato. No es una historia de una niña coreana que abandona el Seúl de provincias para chocar con el capitalismo y el utilitarismo; ni tan siquiera es una historia que nos explica la insostenibilidad de un modelo industrial frente a la naturaleza; puede haber rasgos de todo ello, puede haberse vendido a los productores de Netflix así, pero Okja es la lucha de millones de activistas contra el especismo y por un mundo que se niega a maltratar y a matar cuando puede elegir no hacerlo. Por todo ello, despierta los mismos elogios que críticas.

Contiene spoilers de la película.

El fin (siempre) justifica los medios

Que Okja vuelva a las montañas.

No hay atisbo de duda: la Corporación Mirando cree a pies juntillas que el fin justifica los medios, y lo hace de un modo muy similar a la industria que tanto critica el activismo actual: grandes acciones de marketing para hacer creer que sus productos son naturales, libres de químicos y, sobre todo, con un impacto residual en el medio ambiente. Por interés propio, siempre se omite el alcance en terceros (sean animales humanos o no humanos), la compasión por el otro —camine a dos piernas o a cuatro patas— y la responsabilidad individual del consumidor.

Una parte del Frente de Liberación Animal (FLA; ALF, en el original) también cree en esto; por lo menos, al principio, cuando considera que la voluntad individual de Mija no es suficiente, que ayudar a muchos justifica el sacrificio de uno —cuando no tiene por qué ser así— y donde puede verse con claridad que, para unos, el sistema solo muestra castigo (ya lo decía Will Potter, ¿o no?) mientras libera de toda culpa a otros, a los que la economía ha terminado por glorificar.

Okja en la montaña (2)
Okja descansando en la montaña junto a Mija, quien le ofrece una fruta.

Sin embargo, Okja no termina con un nudo en el estómago —aunque quizá un poco sí—, sino con uno de esos cambios pequeños que suman y que acaban por engrandecer cualquier forma de activismo, sea en una remota aldea de Corea, sea en un autobús que viaja a través de los créditos finales de la película entre las reivindicaciones de aquellos activistas que consiguieron silenciar una y otra vez, pero no vencer, ni cambiar, ni hacer que abandonasen la lucha más importante de nuestro siglo.

La importancia de la impotencia

Del cerdo todo es comestible. Todo, menos los chillidos.

En cualquier caso, la escena final es la verdadera clave de la película. Los últimos minutos a través de los que el espectador presiente un final feliz, pero no lo encuentra. Tras los muros del matadero solo hay impotencia, y frente al matarife Mija entiende las claves del mundo que solo conocía en TV: para algunas personas, todo tiene un precio, y el cerdo de oro es suficiente para cubrir la vida de Okja, cuyo valor es incalculable para ambas. Un cerdo de oro por la vida de un animal que siente, piensa, percibe y padece como nosotros…

Antes, lo habremos visto durante la monta en la fábrica de la Corporación Mirando, y en la biopsia sin sentido de una Okja que no comprende qué sucede, y en el maltrato sistematizado, y en la cosificación, y más. Pero el corral de ganado y el matadero son ese «clic» que tanto nos cuesta hacer con vacas, y con pollos, y con cerdos, y con tantos otros animales, que nos demuestra que el dinero es todo lo que importa a algunas personas, pero que todos somos cómplices a través del egoísmo al que empujan el capitalismo, la industrialización o el consumo de animales hoy, cuando comer una vida ya no es un acto elitista, sino innecesario.

Okja (matadero)
La supercerda Okja en el matadero.

No obstante, esa impotencia es la que surge de la empatía, del mirar a los ojos a Okja, o a cualquier otro cerdo, o supercerdo, y de no hallar otra alternativa que la acción, que actuar y ser partícipe de lo que, para cada vez más de nosotros, es la visión de un mundo mejor y más justo; y de ello la última escena dice mucho con pocas palabras.

Algunos dirán que es una historia bonita, pero simple, y esas mismas personas son las que deberían valorar objetivamente qué sentimientos despierta Okja en ellos a lo largo de la película y preguntarse si realmente no lo hacen también todas las otras Okjas del cercado, y de todos los cercados. Algo dentro de uno se remueve gracias a la creación que Bong Joon-ho nos ha regalado este 2017, y parte de ser humano es no negar los sentimientos que afloran. Toca preguntarse por qué lo hacen en Okja.


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Sanfermines 2017: el cambio urgente

Cada julio, Anima Naturalis y PETA reclaman un San Fermín sin sangre. Cientos de activistas viajan hasta Pamplona e intentan convencer al mundo de la barbarie que estas fiestas encierran. Los medios siguen la noticia con la ilusión de normalidad que congrega la tradición, y, poco a poco, también dejan espacio a opiniones y textos críticos contra el maltrato, el acoso sexual, la sexualización de las fiestas, y las orgías de sangre, drogas y alcohol.

Sanfermines 2017 (protestas)
Activistas de PETA y Anima Naturalis en Pamplona. ©Unai Beroiz

Este año, descanso. Para mí, no hay nada nuevo de lo que hablar. Muy consciente de que otras compañeras y compañeros —como siempre, en el movimiento, tenemos que agradecer más a ellas que a ellos— han escrito columnas impagables sobre los sanfermines, como la de Leonora Esquivel, en El Huffington Post (Por estos días Pamplona se tiñe de sangre), que explica el enorme porcentaje de turistas que desconocen que el encierro solo es una parte de la fiesta, o el espacio que se ha ganado Amanda Romero en Cuerpomente para seguir despertando conciencias por los animales; esta semana, concretamente, hacía mención a los cuarenta y ocho toros que serán asesinados en la plaza, pero, sobre todo, dejaba ver cuánto podría hacer Pamplona por una España más justa, más libre y menos sádica (48 toros serán torturados en la «fiesta» de San Fermín).

Por mi parte, suscribo el artículo que ya compartí con todos vosotros/as el año pasado: Siete razones para cambiar los sanfermines, y con tristeza compruebo que poco o nada ha cambiado. Este 2017 seguirán muriendo toros en Pamplona, en las plazas y en los encierros, seguirá la muerte, el desenfreno, y el mal ejemplo; muchos seguiremos en contra, algunos rescataremos los argumentos que otros tantos no quieren oír, y menos pensar en ellos por un instante, y otros seguirán creyendo que esto es lo mejor que se puede hacer por la pervivencia del toro. Mintiéndose a sí mismos, creyendo que la única forma de salvar al toro es matar al toro, y envenenándose el alma un año más.

Seguiremos luchando.

El dedo que fue

Cuando llegué habían tirado el dedo al container. Todo el dedo. Falange distal, media, proximal, metacarpianos… No quedaba dedo en el tumor. Pero no era un dedo: era una vida. Recogí a Dana en brazos y la cargué a peso; los analgésicos me robarían a mi compañera más fiel por unas horas más, y durmió en el maletero del Jeep —el Jeep que compramos para ellos— todo el camino hasta casa, y luego en casa, todo el día, hasta el anochecer.

Estuve acariciándola por horas, y me peleé con Laura, que quería que la dejase descansar en paz; sin entender que no quería, pero, sobre todo, que no podía. Me tumbé al lado y fingí leer, pero seguí acariciándola hasta que me solidaricé con ella entre sueños por un rato. En algún momento, trató de levantarse, e intentó alcanzar el balde de agua a trompicones. La ayudamos.

Dana (mirada)

Al final, consiguieron echarme de casa por unas horas, y por fin Dana descansó tranquila en nuestra habitación, con las contraventanas cerradas para evitar el asalto de un sol terrible e impropio del mes de junio. Mientras conducía, pensé en todo lo que se había hecho por salvar su dedo y en lo que escondía la infección; y aunque no se deshizo el nudo del estómago, entendí que la tristeza no se vinculaba a la operación en sí, sino a aquello que mi perra me explicaba entre líneas.

Todo el dedo no era un dedo. Era una vida. Toda una vida. Toda una vida juntos. Era el principio del fin. De las carreras, las siestas, los abrazos y los lametones; todo el dedo no era un dedo, era la vida; la vida que empezó a consumirse desde que nos conocimos y que ahora se materializaba en un tumor, en el pelo blanco, en los ojos algo más cansados que ayer, en la serenidad y el entendimiento que ha crecido durante casi ocho años.

Dana (calle)

Era un dedo, pero era la vida de mi perra. Mi perra, que es lo más parecido que yo tengo a una hija; mi hija, cuyo dedo me dice que todos morimos, poco a poco, pero que seré yo aquel que tendrá que encontrar un lugar para su cuerpo ya inerme; mi perra, que no morirá hoy, y morirá; mi perra, a la que abrazo fuerte, e imploro por no olvidarme ni un día más de disfrutar de un atardecer junta a ella, de una mirada cómplice, de una caricia, de un sentimiento, de una vida.

La vida de mi perra, que hoy aún es vida, pero que un dedo amenazó con robármela un instante y, ahora, entre lágrimas, solo pienso en cómo será el vacío que será capaz de dejar ella un día, si un dedo casi me arranca el alma.

A través de una ética de mínimos

La mayoría de movimientos por los derechos de los animales han bebido y crecido amparados en el marco del activismo político. De este modo, en la actualidad, el veganismo filosófico y el antiespecismo son dos corrientes indisolubles que defienden otro nivel de respeto por la vida animal, considerando que el resto de especies no solo tienen derecho a la vida, sino que ese derecho debería ser respetado y sacro debido a un concepto clave sobre el que ya hablé aquí: la sintiencia.

En el germen de estos movimientos, no obstante, hay un gran número de discusiones, donde destacan, por ejemplo, la prevalencia de viejos patrones machistas entre algunos de sus miembros[1] o la defensa y preservación de animales —individuos— frente a la naturaleza, en el que una parte del movimiento apoya una visión objetivista en la cual la naturaleza es un ente al margen de la ética y otra, en cambio, defiende el subjetivismo y, en consecuencia, el intervencionismo necesario frente a un ciervo herido, un pájaro que se ha contagiado de parásitos o una hambruna que ha afectado a una población de caballos salvajes, dividiendo la crítica entre la opresión y la denegación de ayuda. En este caso, no hablamos tanto de una división entre ética animal y ética ambiental, tanto como de los distintos matices que pueden surgir en la primera y, a continuación, explico el porqué.

Gallus gallus - Tipos de especismo
Viñeta de Gallus Gallus que nos habla de los distintos tipos de antiespecismo: uno enfocado a reducir el daño infringido por los humanos y, en paralelo, otro dedicado a prevenir el daño que otros seres sintientes sufren en la naturaleza. Esta segunda ola de pensamiento se sustenta en que, si como seres sintientes y con capacidad de razonar, nos ayudamos entre nosotros, rechazar el especismo supone también ayudar a otros seres sintientes sin tener en cuenta su especie, lo que, a menudo, para algunas personas y activistas choca con las reglas propias de la naturaleza.

En este contexto, el antiespecismo y el veganismo siguen siendo indisolubles y sería muy complicado mencionar una decena de discusiones que enfrentan al movimiento, algo que sí resulta mucho más sencillo de hacer cuando incluimos ecologismo —cuya mayor preocupación es siempre global, y pocas veces basada en la defensa de los individuos no humanos, que son el único grupo que, pese a su enorme impacto a cualquier nivel, no entra en tela de juicio—, por ejemplo, y todavía más frente a términos como «animalismo» o «bienestar animal».

Hasta la fecha, el movimiento de liberación animal ha luchado contra cualquier tipo de explotación y discriminación de otras especies, a veces con graves consecuencias ecológicas, como el caso de los visones americanos en España[2], o mediante tácticas de ecoterrorismo, como el incendio de la granja Chinchilla Farm por FLA México. Otras muchas, lo ha hecho de forma pacífica, como demuestran todo tipo de movimientos de activismo individual o colectivo, como ejemplifica PETA, Anima Naturalis o Igualdad Animal.

De cualquier modo, la asunción de una filosofía y una actitud política en la defensa de los animales ha recogido siempre claros matices de imposición de un programa y difusión del mismo con el fin de ampliar el apoyo popular. Este texto no tiene la pretensión de probar que esta es una actitud contraproducente, pues no tengo ni los datos ni la seguridad de creer que existen alternativas políticas y de activismo más eficaces, sino de mostrar cómo polarizar el discurso no es la solución frente a la explotación animal y, del mismo modo, que la asunción de ciertos objetivos bienestaristas, que han sido ampliamente criticados en muchos círculos que defienden la liberación animal inmediata, pueden resultar muy útiles para mejorar la vida de millones de animales y cambiar los hábitos de vida, consumo e incluso la ética de grandes grupos de población.

Para ello, no obstante, debemos hablar sobre un concepto que, en la búsqueda de juicios absolutos, relegamos o desvalorizamos: la ética de mínimos. Se entiende por «ética de mínimos» la rama de la Filosofía práctica dedicada a encontrar una vía de mejora para el entendimiento y la comunicación en un asunto, centrándose en aquellas premisas o comportamientos mínimos que compartimos y que posibilitan la convivencia y la tolerancia.

La realidad es que no sabemos con total certeza qué estrategias son las más eficaces por los animales. Sólo recientemente hay  quien se ocupa de evaluar mediante métodos más rigurosos el impacto de diferentes intervenciones para determinar cuáles pueden hacer el mayor bien. Pero sí podemos concluir que la forma tradicional de plantear la reflexión estratégica -o bien se defiende que sólo debe educarse en la injusticia de toda explotación con el fin de abolirla, o bien se defienden prohibiciones o reformas con el fin de reducir los daños que los animales reciben- obedece a la simplificación de un problema complejo. Ello impide pensarlo de la forma adecuada, llevándonos a soluciones tan atractivas por su claridad y sencillez como probablemente falsas.

Fragmento de ‘Posición política: antiespecista’ de Eze Paez

La ética de mínimos es la base de cualquier tipo de bienestarismo político, y puede ayudarnos mucho en la búsqueda de ideas en común a través de las que articular nuestros discursos como activistas. Hoy, el antiespecismo o el veganismo tienen una ideología muy marcada, que a menudo ha sido tildada de «radical» por la mayoría de la población, puesto que, si bien no es un discurso impuesto, sí es común que parte de los activistas acojan claras posturas impositivas o de valoración moral, en vez de respetuosas y ejemplarizantes frente al interlocutor, como siempre deberían ser; por el contrario, su acercamiento es totalmente erróneo, ya que se basa en todos esos puntos que difieren entre vegetarianos estrictos y consumidores de productos de origen animal, entre antiespecistas y ecologistas, entre defensores de la tauromaquia y antitaurinos; todos los discursos políticos relacionados con la defensa de los animales hacen hincapié en los puntos del discurso que nos separan (en los que no coincidimos) y no en aquellos en los que sí.

anticaza-inglaterra
Saboteadores ingleses que boicotean la caza del zorro. Más información sobre el movimiento aquí.

Asimismo, es habitual que al cambiar este discurso impositivo («yo tengo razón por esto, esto y esto; tú estás equivocado por esto, esto y esto») por otros tipos de formas de comunicación que no sean taxativas se percibe como una debilidad e incluso una perversión de nuestras convicciones; en realidad, se trata de todo lo contrario: la mejor oportunidad para poder argumentar y convencer a nuestro interlocutor/a, siempre y cuando seamos consciente de que esta estrategia comunicativa y asertiva busca puntos de contacto con el interlocutor del activista, pero no modifica nuestro propio discurso interno.

Un ejemplo común de esta dinámica entre veganos es poner en evidencia a los demás moral e intelectualmente. Es decir, implicar que el otro es menos inteligente y menos ético, a menudo porque no está de acuerdo con nuestro punto de vista. El objetivo de poner a los demás en evidencia moral e intelectualmente es demostrar que nuestro punto de vista es «correcto» y el otro «incorrecto», en lugar de examinar y debatir objetivamente las diferentes perspectivas.

Fragmento de ‘Poner en evidencia a los veganos perjudica a los animales’ de Melanie Joy

 

El mensaje del veganismo ha demostrado que no es efectivo: un 84 % de los veganos vuelven a consumir productos de origen animal, mientras que el porcentaje de personas que luchamos contra la explotación sigue siendo irrisorio entre la población global. El auge de nuevas potencias como China o la India, además, supondrá un durísimo varapalo al activismo antiespecista a medida que estos países acojan y estandaricen un consumo de animales mayor.

La ética de mínimos, por el contrario, establece una vía de activismo eficaz que, bien dirigida, puede conseguir pequeñas victorias constantes que deben dirigirse (y pocas veces se hace) hacia nuestro objetivo último. La ventaja de trabajar a través de esos mínimos es que nos permitirán influir de verdad en la gente; así, un defensor de los perros que come otros animales suele ser criticado por especista sin comprender, a menudo, que esa empatía que él ve en los ojos de un can, puede generalizarse hacia un gato, o un caballo, y después hacia una vaca, o una oveja, o cualquier animal; incluso un taurino ve algún tipo de belleza en el animal, belleza perversa quizá, mal entendida, pero que seguro puede ser un primer paso hacia el cambio.

Fundación MONA
Grupo de chimpancés de la Fundación MONA, donde estos primates —en principio, irrecuperables— conviven ajenos a cualquier tipo de actividad humana más allá de la observación.

El principal problema que enfrentan ahora los movimientos de liberación animal es que sin esta ética de mínimos que da pie a cruzar ideas e inferir en los demás, resulta imposible alcanzar a todas esas personas cuyos pensamientos son dicotómicos a los nuestros; aun asumiendo que nuestra ética es la más perfecta, justa y buena existente, deberemos comprender que esta no funciona a través de la imposición, sino de la razón y el desarrollo personal y libre (1), que nosotros también nos equivocamos en el pasado y seguimos haciéndolo en otros muchos términos morales (2), y, por lo tanto, no es justo creer que otros no tienen la potestad de hacerlo, de caer en el error, que nosotros sí tenemos, y, sobre todo, que excepto en aquellas luchas en las que somos «amplia mayoría», la imposición, incluso la imposición de una ética más justa, no tiene fuerza —y perdería gran parte de su justicia con la misma acción—, por lo que deben ser otras las estrategias escogidas para buscar el cambio (3).

Sobre esto último, un gran ejemplo lo tenemos en la tauromaquia en España, cuyo apoyo entre los ciudadanos ha caído bajo mínimos, y, aun así, no hemos conseguido (todavía) su total prohibición. En tal caso, si una lucha que apoya una amplia mayoría cuesta tantísimo de ganar, ¿cómo vamos a conseguir una sociedad vegetariana, vegana o antiespecista en minoría? En esta, la educación actual y el relevo generacional marcarán un antes y un después, pero sería absurdo olvidar que lo que inicia cualquier diálogo es lo que nos une y no lo que nos enfrenta.


[1] Hace pocos días, saltó a la luz la división entre El Hogar y ProVegan auspiciada por agresiones y tratos vejatorios por parte de uno de uno de los miembros directivos

[2]  No deberíamos olvidar, no obstante, que la culpa de la expansión del visón americano en España recae, por este orden: en las empresas que explotan animales, las mismas empresas que han liberado muchos de estos animales al cerrar y los activistas que han realizado acciones similares.

El animal que no sabía lo que invadía

Sobre el sentido ético de abandonar la lucha contra la hibridación en especies invasoras que se han adaptado de forma adecuada al medio.

Hasta hace unas décadas, cuando los barcos de mercancías dejaban su carga en el puerto de destino, no podían volver vacíos. La logística dice que, en una economía como la nuestra, lo más racional sería cargar las bodegas y llevar otra carga hasta el siguiente destino. Esto no es algo que resulte conveniente en una economía global, sino también indispensable por una razón muy simple: cualquier barco está construido para navegar con un peso determinado, si este se modifica —sobre todo si ocurre en grandes magnitudes—, la navegación será inviable. Sin embargo, no siempre era posible: a veces, el puerto de destino, no contaba con carga que transportar hacia el siguiente, o no existían, y siguen sin existir, acuerdos mercantiles o relaciones comerciales absolutas entre países.

Para solventar este problema, y hasta que la ecología y la legislación advirtieron que algo rechinaba, se subía agua de mar a las bodegas y se viajaba hasta el destino, desechando toda esa agua y almacenando los contenedores a entregar en el siguiente punto de la ruta. No obstante, como siempre, la ciencia se percató de algo: no solo se cargaba agua de lastre en las bodegas, sino también a todo tipo de animales, plantas y microorganismos que se movían entre el Mediterráneo y el Pacífico, entre el Pacífico y el Índico y, de este, vete tú a saber a dónde. Sin darse cuenta, se había descubierto uno de los mayores problemas que la primera globalización traía: las especies invasoras.

El biólogo Álvaro Bayón escribía no hace mucho sobre la triste historia del visón americano (Neovison vison) en nuestro país; un animal originario de Norteamérica que ha supuesto un impacto enorme en el ecosistema español, tanto como depredador de especies de río y crustáceos, como competidor de otros pequeños mamíferos autóctonos; entre ellos, su primo lejano, el visón europeo (Mustela lutreola) y cuya conquista del territorio se distribuye, en especial, por aquellas zonas aledañas a las cruentas fábricas de piel ubicadas en Galicia, Castilla y León o el País Vasco, y cuyo cierre, de un modo u otro, ha llevado a la competencia y a la hibridación con otros mustélidos[1].

Visón americano (fotografía)
Un visón americano con una presa en la boca.

No obstante, esta práctica, intencionada o no, se remonta muchos siglos atrás, y los mismos romanos trajeron a la península ibérica especies que han conseguido adaptarse al ecosistema sin suponer un problema en el largo plazo, como la carpa (Cyprinus carpio) o la jineta (Genetta genetta). Así, comprobamos que, si bien jugar a ser Dios nunca trae nada bueno, a veces, tampoco trae consigo algo malo asociado, lo que no resulta excusa para seguir girando una ruleta sin premio que antes o después terminará por explotarte en la cara.

Visón americano y visón europeo (cabezas)
Comparativa fisonómica del visón americano junto al visón europeo.

Cabe preguntarse, sin embargo, si realmente somos quién para intentar arreglar un puzle despedazado al que no teníamos permiso para acercarnos. A menudo, las consecuencias de la incorporación de una especie alóctona a otro ecosistema es la destrucción de terceros que no tienen la capacidad de competir o no ser depredados por esta. En tal caso, quizá la destrucción de esa especie invasora, tenga sentido desde una óptica ecologista, que antepondrá siempre a la naturaleza como ente global al individuo como ente sintiente; sobre ello, existirá una enorme variedad de opiniones cuando estos individuos de una especie alóctona se incorporan a un ecosistema ajeno, pero Gallus gallus, una nueva iniciativa dedicada a crear viñetas antiespecistas pone el dedo en la llaga: ¿somos capaces de destruir una especie invasora que no repercute negativamente en nuestro ecosistema por las diferencias que esta tiene con la especie autóctona con la que ha empezado a hibridarse? Este es el caso de la malvasía canela, o pato zambullidor grande (Oxyura jamaicensis), que se diferencia de la malvasía cabeciblanca o común (Oxyura leucocephala) en los colores de su pelaje, razón suficiente para haber sido declarada especie invasora por la Administración y exterminada desde el año 2013.

Gallus Gallus (antiespecismo)
Tira de Gallus Gallus que explica los diferentes planteamientos del ecologismo y la defensa de los animales desde una óptica antiespecista. © Gallus Gallus

Esta política, que en el mundo animal pocos ecologistas cuestionan todavía, sería tildada de racista en nuestra sociedad, y también de injusta, donde un individuo que no afecta negativamente al entorno debe ser eliminado a causa de la prevalencia de pureza de una especie. Un concepto que, evidentemente, les «resbala» totalmente a las dos especies de malvasía.

Así, se estila la necesidad de evaluar la amenaza que las especies invasoras suponen a nuestro ecosistema, e incluso se abre la posibilidad de valorar hasta qué punto una (segunda) intervención humana no afectará y supondrá un enorme sufrimiento innecesario a esas especies y si esta tendrá sentido y cuándo; teniendo presente que la mayoría de intentos por controlar especies exóticas invasoras como el visón americano, el avispón asiático o el mejillón cebra[2] han sido un fracaso, por lo que la aprobación de nuevas medidas legislativas —como las que proponen, por ejemplo, Ecologistas en Acción— tiene mucho sentido.

¿Estamos seguros de que podemos luchar contra la naturaleza y vencer? ¿O acaso la globalización supondrá un alto coste a la conservación de la biodiversidad? ¿Estaremos obligados a hacer concesiones éticas y aceptar que conectar los cuatro hemisferios también ha traído sorpresas desagradables para las que no encontramos solución? Y, de haberla, ¿estamos seguros de que está en la extinción sistemática de estos individuos que deben pagar el alto coste de una consecución de errores humanos?

Águila calva cazando
Un ejemplar de águila calva cazando. ©Infoáguilas

De cualquier modo, la problemática de las especies invasoras se reduce a una sonrisa amarga cuando uno comprende cómo funcionan las cosas. Para ello, tengo la suerte de poder inmiscuirme en una de las disertaciones de Manel Pomarol, jefe de sección del Departament de Territori i Sostenibilitat de la Generalitat de Catalunya, quien ha sido invitado a hablar sobre la tenencia responsable de especies exóticas en la Universitat de Barcelona. Nos explica que cualquier particular que desee dedicarse a la cetrería, puede poseer su águila americana (Haliaeetus leucocephalus); para ello, solo necesita una terraza de 9 m3 y asegurarse de que puede hacerla volar, una vez al año, cuando los agentes rurales lo soliciten.

¿Y si escapa o, simplemente, no vuelve?, pienso. Aunque la verdadera pregunta es qué carencias tendrá alguien que necesita esclavizar a un águila calva.

En algún punto de su discurso, él contesta la pregunta sin necesidad de haberla formulado:

—Deben estar debidamente identificadas; pero si escapa, y, sobre todo, si cría, matamos al ejemplar, y a los híbridos —dice.

Y entiendo lo que dice, y por qué lo dice, pero me parece irresponsable, y también repugnante.


[1] Por su cercanía de parentesco, las tres especies más similares de mustélidos son el visón europeo (Mustela lutreola), el visón americano (Neovison vison) y el turón (Mustela putorius), que, a simple vista, cuentan con más parecidos que diferencias.

[2] En Cataluña, la eliminación sistemática de cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii) y del cangrejo señal o del Pacífico (Pacifastacus leniusculusestán) ejemplifican uno de estos debates entre ecologismo y antiespecismo, donde, hay que tener presente que el cangrejo «nativo» (cangrejo de río o cangrejo de río ibérico) también es una especie alóctona (concretamente, italiana), pero bien adaptada, y que, si bien se debe concienciar y educar para evitar el problema de las especies invasoras, puede resultar complicado luchar contra viento y marea frente a muchos de estos problemas de carácter medioambiental que debería tratar la Administración.

Enlaces relacionados:

  • Catia Faria (2012). Muerte entre las flores: el conflicto entre el ecologismo y la defensa de los animales no humanos. Viento Sur, Núm. 125. Recuperado de: http://bit.ly/2sro0CL

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