Hacer más mal que bien

Hace poco, estuve a punto de conocer al famoso Rey Chatarrero. Al final, aquello no se materializó, y después ha debido cambiar de número de teléfono, porque ahora la compañera que contactó con él, no lo ha podido volver a localizar. ¡Qué sé yo!

Con tanto trabajo, esto me volvió ayer a la cabeza, y lo hizo de una forma «graciosa» que he creído que puede ser interesante comentar en el blog: a través de un artículo que, estos días, ha conseguido volar mediante las RRSS; su título: El circo mediático del animalismo; un texto que critica al (ya) famoso Chatarra’s  y su nuevo programa en Cuatro: A cara de perro.

A cara de perro (Cuatro)
Imagen promocional del programa A cara de perro (Cuatro, 2017)

Un artículo, ante todo, interesante, que trata muchas cuestiones relevantes para el animalismo —maltrato y explotación animal, especismo, bienestarismo, veganismo, etcétera—, pero que cojea en la base. A grandes rasgos, el autor nos habla de por qué es erróneo emitir un programa como este, donde su protagonista se preocupa de los perros, pero no de los cerdos o de las gallinas; de por qué es erróneo escoger al Rey Chatarrero y no a una persona que aglutine los principios del movimiento de liberación animal; y, sobre todo, de por qué tenemos que luchar contra personas que perviertan el mensaje que él considera que defiende el animalismo.

En ‘El circo mediático del animalismo’, López comenta:

«Cuesta imaginar un mejor ejemplo para ejemplificar el grado de desconexión existente entre el mundillo académico que argumenta los Derechos Animales y la gente con su desconocimiento absoluto acerca de qué se postula.»

Parece evidente que ese error no es (únicamente) del público general, sino del mundo académico, que no ha sabido cómo llegar a este, y que, a falta de una crítica (tardía) de su propio discurso, se ha encontrado con un muro difícil de superar.

Pero, ¡sorpresa! El texto fracasa en la aceptación de la definición más simple y, a la vez, más compleja de todas las que allí aparecen: ¿qué significa ser animalista?; ¿qué es el animalismo? El animalismo es la lucha por los derechos de los animales —donde, por contexto, entendemos que se trata de animales no humanos—, un movimiento que, ni el veganismo, ni ninguna corriente de pensamiento puede apropiarse, porque pertenece a la esfera de la individualidad tanto como a la colectiva.

antitaurinos
Eslogan perteneciente a la lucha antitaurina.

Cuando acogemos la teoría de este breve discurso y abstraemos el concepto «vegano» del concepto «animalismo», la rueda sigue girando. No chirría por ningún sitio: hay personas que se consideran animalistas y veganas, y hay personas que se consideran animalistas y no veganas. Otra discusión muy distinta serán los sesgos de pensamiento y las contradicciones que podemos hallar en los esquemas mentales de esas personas —spoiler: todos tenemos disonancias cognitivas—, pero, en ningún caso, una persona que sea animalista tiene, por definición, que ser vegana. La explicación es simple: animalista es una idea mucho más amplia que vegano, que se circunscribe a una moral mucho más estricta.

El animalismo es una representación tan amplia como carente de sentido a causa de la suma de definiciones colectivas, que nos sirve para definir al «amante de los perros y los gatos que come carne de otros animales» tanto como al bienestarista que no quiere ningún tipo de cambio más allá de una «cómoda explotación» y al partidario de la liberación animal. Y voy al principal tema que, para mí, rebate el artículo anterior; algo así: «Si quieres cambiar el mundo, sal al mundo.»

¿Y si lo que hacemos, de la forma en que lo hacemos, no funciona? Es muy tentador creer que un libro de Melanie Joy o una ponencia de Gary Francione son el único camino, pero no lo son, y no están funcionando. Puedo comprender las reticencias de pervertir el concepto de un mensaje para llegar a más gente, pero… en lenguas vernáculas: hay que tener unos «cojonazos» para decirle a la gente que ellos no son animalistas, y que tú, y los que piensan como tú, son los únicos animalistas que existen y que pueden llamarse animalistas.

El Rey Chatarrero y yo debemos tener una ética muy distinta, pero yo no puedo decirle a otra persona que pretende ayudar a los animales, que se equivoca, que no ayuda a los animales y que es un impostor (¡ni yo, ni nadie!). Porque no lo es; él es un animalista que lucha por algunos animales, y yo soy un animalista que lucha por todos los animales. Como activistas, es legítimo intentar convencer de nuestra forma de vida a un tercero, pero no podemos imponerla como verdad absoluta, y tampoco deberíamos creer que sería legítimo hacerlo aun con tal potestad.

Un gran grupo, a quien sólo le preocupan los «peluditos» o confían en las regulaciones legislativas por inculcación institucional, defiende todo esto apelando a que visibiliza la injusticia. Yo agregaría que tanto la hace más visible como la pervierte aún más. Transmite una ideología que no debieran ser el estándar de una sociedad civilizada.

Extracto del artículo «El circo del animalismo», de A. López

Blanca, una buena amiga que también practica kendo, trabaja desde la Universidad Autónoma de Barcelona en cuestiones de inclusión social desde un marco feminista y multicultural; y le jode mucho, pero mucho, que le digan que una chica musulmana que sigue el hiyab no puede ser feminista. Siempre dice: Nudity empowers some. Modesty empowers some. Different things empower different women and it’s not your place to tell her which one it is.

Liberación animal (imagen)
Eslogan que defiende la vida de todos los animales junto a conceptos como el veganismo y el antiespecismo.

Y qué razón que tiene. Javier Roche boxeando y salvando la vida de cientos de perros llega a unos chavales; yo, escribiendo, llegaré a otros; quizá sea el rap, o el trabajo en una protectora, o una visita al matadero lo que consiga ese «clic» en terceros; quizá él tiene más éxito, quizá no. De lo que sí estoy seguro es que sea en el Palacio de la Chatarra, sea en A cara de perro, no está en manos de nadie decirle cómo debe definir su individualidad. Quizá Roche no sea el animalista que a nosotros nos gusta, pero hace falta valor para decirle a ese tío que no es animalista, porque uno puede diferir en el fin último, e intentar convencerle de nuestra verdad, pero no en el sentimiento que le mueve, y que brota bondad en todo lo que hace.

A veces, queremos luchar por un cambio, pero cuánto nos cuesta poner los pies en el ring o en el tatami. De eso, yo sé de lo que hablo, y el Rey Chatarrero también.

¿Cuál es el crimen aquí? ¿Enviar un mensaje segmentado a través de la televisión? ¿No es esto acaso una excusa para hacerlo mejor? Donde encontrar nuevas vías de comunicación, nuevos espacios donde debatir sobre el animalismo y luchar contra la invisibilización del modelo. ¿Acaso creemos que todo el mundo es consciente siquiera de lo que significa «especismo» o «bienestarismo»? Porque ya os adelanto que no, que fuera del ámbito académico, nadie sabe a qué aluden estos conceptos; ahí es donde tiene que saltar el mensaje: hacia los mercados, las calles, y el público general. A veces, queremos luchar por un cambio, pero cuánto nos cuesta poner los pies en el ring o en el tatami. De eso, yo sé de lo que hablo, y el Rey Chatarrero también.


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Thor y la libertad

La semana pasada hablaba con Melisa Tuya sobre el sacrificio cero. En paralelo, contactaron con uno de mis (nuevos) compañeros de trabajo desde Karma Animal, en Madrid, para presentarnos a Thor, a quien nos resulta imposible acoger sin el centro, y quizá, aun con el mismo, ¿pero quién sabe?

Thor es un PPP: un perro potencialmente peligroso por ley; porque su cabeza es grande y su mandíbula ancha y fuerte, porque tiene el pecho ancho y su cruz, o su tórax, superan un número que marca un papel; porque es musculoso, o de pelo corto, o con un carácter fuerte, que no fiero. Thor es un PPP, porque lo dice un folio que duerme en un cajón: eso es todo. Thor no tiene problemas: no es agresivo, no tiene miedos, es un perro perfecto; solo es un perro mestizo de American Staffordshire terrier.

Thor (Karma Animal, Madrid)
Thor es uno de los perros que buscan adoptante desde Karma Animal.

Días más tarde, Melisa publicaba un artículo sobre los cambios legislativos actuales (principalmente, el sacrificio cero en protectoras) y cómo estos solo son una parte de la solución, y también presentaba a Thor, a quien descubrí participando en una sesión del gran equipo de Fotopets, cuyo proyecto seguro que os entusiasma también.

El sacrificio cero es una medida que se está extendiendo y que implica no sacrificar a los animales abandonados salvo por razones humanitarias, por estar enfermos y sin esperanza. Y bien está que se imponga ese modo de obrar. Pero el sacrificio cero sin medios, sin una dotación oportuna, corre un riesgo elevado de acabar traduciéndose en un encierro de por vida para muchos animales, sobre todo para aquellos como Thor.

‘El sacrificio cero no puede suponer el encierro de por vida para perros como Thor’, por Melisa Tuya en ‘En busca de una segunda oportunidad’

El caso de Thor, y de muchos otros perros con problemas, es uno de los campos de batalla que me he autoimpuesto. La principal razón es que no se han puesto medios de ningún tipo: se ha cedido a una petición popular totalmente legítima, pero no se ha buscado el modo de hacer que esta sea viable.

Hay tres grandes motivos que hacen que, hoy, el sacrificio cero sea una cadena perpetua para miles y miles de perros. El primero es el más simple de todos: no hay verdaderos cambios legislativos ni aumentos en las partidas del presupuesto, por lo que no hay forma de aumentar los esfuerzos de sensibilización, tenencia responsable o educación canina. Esto parece una nimiedad, pero, a grandes rasgos, encontramos protectoras masificadas que no tienen forma de ofrecer una mínima calidad de vida a los animales y ayudarles a vencer los problemas que les llevaron hasta ahí. A menudo, ese problema no es innato en ellos, sino adquirido (ansiedad, miedo, agresividad…); otras, es ajeno al animal en sí, y debe trabajarse para concienciar dentro y fuera de las rejas de un chenil.

Asimismo, tampoco se ha tratado la cuestión de los PPP; perros que, por ley, deben estar solos en el chenil, y que los seguros, y los bozales, y los cuidados que debería contemplar cualquier (mal llamado) propietario/a responsable, se imponen en ellos como un estigma, que los lleva hasta allí más fácilmente, si cabe. Hacia centros que se desesperan sin saber cómo van a acoger más perros en ciudades como Madrid o Barcelona, y sobre los que, no hace mucho, me hablaba, con desesperanza nacida entre cifras, Jaume Fatjó, director de la Cátedra Fundación Affinity.

Manifestación contra la Ley PPP
Manifestación convocada por el grupo Unidos en apoyo a las razas PPP durante el pasado marzo por un cambio de ley.

Por último, hay demasiados abandonos. Demasiados. Alrededor de 107.000 en este 2016; un problema para el que las soluciones son, hasta la fecha, parches que no arremeten contra la raíz del problema, que no juzgan ni condenan con la fuerza que demanda un gran porcentaje de ciudadanos, y que deja a la Administración como un organismo que, pese a la enorme presión popular, sigue haciendo oídos sordos.

Un perro no posee pensamiento abstracto. No puede proyectar su mente hacia el pasado ni prever su «yo» futuro; para él, la felicidad es el instante, y el instante es todo lo que conoce. Por ello, cuando un animal queda recluido tras las barras de un chenil, es imperativo que sepamos que es la única opción, la última opción, y que esa opción siempre será la mejor arma que blandimos para luchar con uñas y dientes por un futuro feliz que él no puede imaginar.

Penalizar el sacrificio e instaurar una condena eterna de tristeza, estrés y sufrimiento dice muy poco de nuestra humanidad; dice que queremos rehuir la culpa, pero que somos demasiado cobardes para conseguir que todos esos perros puedan vivir a través de los instantes de felicidad que nosotros les imaginamos. O, por lo menos, para buscar el modo de conseguirlo y pagar el precio, que suele ser el más bajo de todos: vil metal tan solo, que mueve mundos, pero no conciencias.


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Una educación por ley

A inicios de 2016, saltó a los medios una noticia dantesca. Dos chavales, de diecinueve y veintidós años, se habían dedicado a saltar encima de casi un centenar de lechones de la explotación ganadera donde trabajaban. Murieron setenta y ocho cerdos que contaban con una semana de vida. Ocurrió en Almería.

La Junta de Andalucía abrió juicio en septiembre —sí, en septiembre— y el fiscal propuso una multa de 4.740 euros por las pérdidas ocasionadas a la empresa, que la Asociación Nacional para la Protección y el Bienestar de los Animales (ANPBA) ha intentado que se incremente en su cuantía.

Lechones con pocos días de vida
Fotografía de unos lechones con pocos días de vida.

El vídeo de WhatsApp es esperpéntico, pero no más que uno que me llegó no hace mucho donde un tarado seccionaba la cabeza de un cerdo de un único machetazo, o el de aquellos adolescentes murcianos que mutilaban y torturaban perros y gatos adoptados repartiéndose las tareas entre los miembros de su pandilla.

En la década de los 80, Alan Felthous, experto en psiquiatría forense, llevó a cabo varias investigaciones que mostraban de forma consistente cómo detrás de las agresiones a personas había, en muchas ocasiones, una historia de abuso a animales. Sus trabajos, realizados con hombres especialmente violentos internados en las cárceles de EEUU, así lo confirmaron.

«La crueldad con los animales es un grave signo de alarma psiquiátrica», empiezan a advertir los medios, y la doctora Núria Querol, quien vive entre España y EEUU por su trabajo, lo afirmaba frente a mí hace solo unos meses. Siempre ha sido un signo de alarma psiquiátrica: los grandes psicópatas de la historia —Albert DeSalvo (El Estrangulador de Boston), Kip Kinkle o Ted Bundy, fueron tres ejemplos en mayúsculas— siempre han iniciado su actividad delictiva cometiendo todo tipo de barbaries con animales de una especie distinta.

Kip Kinkle (1982)
Antes de asesinar a sus padres e incendiar la cafetería de su instituto —donde murieron dos alumnos y resultaron heridos otros veintidós—, Kinkel decapitaba gatos y viviseccionaba ardillas, según había confesado, e incluso hizo explotar a una vaca con petardos.
Los testigos del asalto afirmaron que parecía que lo hacía cada día, «y lo hacía cada día, pero nadie le tomaba en serio, porque sus víctimas tenían cuatro patas» agregó un columnista del Denver Post Chuck Green.

Esta es la razón principal por la que el FBI cambió, en 2016, la calificación de los delitos de maltrato animal a clase A, junto al homicidio o el asalto; y está muy claro que, dentro de esta tendencia creciente de lucha por el bienestar animal, hay un rescoldo de interés político, pero también ciudadano; se comprende que el maltrato animal no es natural, y que, a menudo, es reflejo de graves trastornos de la personalidad.

Mientras tanto, aquí, en España, seguimos pensando que son cosas de críos movidos por la curiosidad, sin comprender que un niño de cuatro o cinco años que todavía no ha desarrollado por completo su empatía no puede extrapolarse a unos adolescentes que se ríen y disfrutan amputándole las piernas a un perro o saltando hasta partir por la mitad a un cerdo, a una oveja o a cualquier otro ser vivo.

Falla la educación, que no entiende que, a menudo, no se trata de acciones inocentes, sino de la manifestación de trazos negros que no siempre dormirán dentro de esos chicos, y falla la ley, que no ofrece un marco en la que la primera pueda solidificarse; porque deja en libertad a un hombre que mata a palos a un caballo de carreras, o la emprende a patadas contra el perro del vecino, o comete cualquier tipo de barbaridad por negligencia o maldad; y aquí la ley debe empezar a desgranar quién es un verdadero peligro para el resto de sus congéneres y quien, simplemente, es un malnacido: nos sorprendería ver que casi hay tanto de lo primero como de lo segundo,  pero todos dormiríamos más tranquilos, más seguros y más en paz.

Por eso, un periódico de los de verdad, de papel, descansa a mi derecha mientras escribo estas líneas, y doblado por la mitad me inspira en la redacción; hay un titular que dice así: «Petición de cárcel para el agresor de dos lesbianas que se besaban en Barcelona», y se piden dos años de cárcel para tres hombres —otros dos escaparon a la carrera— que agredieron a dos personas que se querían; porque la ley no regula; porque no entendemos que la ley debe regular, y la educación debe asistir, y enseñar, y educar; porque no seré yo quien se atreva a decir que solo hay un tipo de educación , y por eso mismo está la ley.

Pareja (Eixample)
Fotografía de una pareja paseando por el Eixample que ejemplifica la noticia en La Vanguardia.

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Luchar contra los porcentajes: un 84 % de veganos reconvertidos

Este es un artículo fundamentalmente bienestarista en un sentido filosófico, por lo que quizá no guste a muchos partidarios de una inmediata liberación animal; tampoco a los seguidores del statu quo; ni a mi madre, porque a ella le gustan más otros temas.

Eze Paez es uno de los descubrimientos más brutales que he hecho durante estos últimos meses; filósofo adscrito al Grupo de Teoría Política de la Universitat Pompeu Fabra y miembro de la junta del UPF-Centre for Animal Ethics. A él llegué a través de un texto asombroso sobre el enfrentamiento en la sombra de ecologistas y antiespecistas de una de sus compañeras, Catia Faria, sobre el que ya he hablado aquí anteriormente, y gracias al que, justo ayer, me sorprendí leyendo una interesante discusión sobre nuevas estrategias a través de las que defender el veganismo, nacida a raíz de un vídeo de Matt Ball sobre divulgación y cambio en los hábitos de consumo.

Pawel Kuczynski (especismo)
Dibujo del artista polaco ©Pawel Kuczynski que critica el especismo.

Empezaré recordando que yo no soy vegano, soy vegetariano (extremista), y que no me gustan las etiquetas, y lo haré porque me parece relevante para este artículo. A partir de aquí, habrá personas que considerarán este texto bienestarista (bueno, no pasa nada, siempre me gustó Jeremy Bentham); otros, directamente hipócrita; o especista, o quién sabe qué. En el último año, mi perspectiva se ha ampliado a través de nuevas líneas para visibilizar y reducir el maltrato animal, donde la divulgación y la exposición de alternativas útiles suponen las dos principales armas en juego; asidas por un mantra que me recuerda que todos vivimos en contradicción; pero un mantra, no una excusa.

Matt Ball empieza el vídeo que se dirige hacia el millón de visitas con el mejor argumento que se ofrece en esos tres minutos y medio: «Muchas acciones que ha acogido el veganismo no están ayudando al bienestar de los animales; al contrario, están dañando a los animales». Evidentemente, en su polémica intervención, Ball no se refiere a un daño directo, sino a un discurso que enfrenta y aleja de las alternativas de consumo ético a millones de personas. Por supuesto, obvia cuestiones fundamentales cuando presenta su alternativa reduccionista (Eat beef, not chicken), como (1) el hecho de que, a menudo, el cambio de un statu quo, sea físico o mental, en el individuo tiene casi siempre una  primera respuesta bajo forma de una agresiva defensa o (2) que las vacas son responsables de un amplio porcentaje de emisiones de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, también hay matices muy acertados en su lectura, como el hecho de señalar que, hoy, (1) existe una tendencia creciente a negativizar el uso y abuso de animales, en medio de la que se encuentra muchas personas que comen carne por hábito, es decir, porque la gente a su alrededor come carne, porque es más fácil y más barato. Ball (2) plantea el reduccionismo como una alteración directa de esta tendencia, un paso para disminuir, notablemente, el sufrimiento de millones de animales de granja y, sobre todo, como (3) un camino (bienestarista) a través del que miles de nuevas personas apoyen, parcialmente, los movimientos de ética animal o hallen un nexo de unión y acercamiento progresivo.

Frente a esto último, no puedo argumentar crítica alguna; porque Matt Ball no le dice a los veganos que coman ternera, sino a aquellos individuos que consumen todo tipo de productos de origen animal. Sí considero que este argumento puede rápidamente volverse en contra del interlocutor, e incluso que había mejores alternativas (más éticas) para alcanzar al gran público que ese clickbaitPero que esto no nos haga olvidar los dos principales argumentos que esgrime: (1) que la presión por incluir a cualquier tipo de persona en nuestro concepto de dieta —y de ética— puede alejarnos mutuamente a toda velocidad, y que (2) la mejor forma de llegar al público general es mediante una alternativa no impositiva; y me atrevería a agregar inclusiva[1].

La crítica del discurso

Los comentarios negativos en el vídeo de Ball se cuentan por miles, e incluso han llevado en los últimos días a contrarréplicas de todo tipo. No obstante, ninguna de ellas puede obviar algo a lo que Matt Ball solo apunta: ¿Y si la premisa fuese errónea? ¿Y si hay un porcentaje de personas que no tienen reparos en matar y comer seres que sienten de un modo muy similar al suyo? ¿Y si, al igual que otros animales, los seres humanos somos tan especistas como otros primates en nuestra relación con otras especies y sociedades? ¿Acaso existen tantas éticas como personas? Y, si fuera así, ¿están  destinadas a algo más que adscribirse a una moral colectiva de mínimos?

Pawel Kuczynski (especismo; 2)
Dibujo del artista ©Pawel Kuczynski como crítica al especismo y al modelo industrial de consumo.

Quizá, ciertamente, todo pase por la ciencia y la educación, pero la filosofía vegana hace bien en volver la crítica hacia su propio discurso, puesto que sin crítica no puede haber discurso, siendo este, además, una herramienta de dominación social, como bien exponía Teun Van Djik en su Análisis crítico del discurso.[2] ¿Acaso el especismo no tiene un fundamento biológico? ¿Y cuán fuerte es este? ¿Y tener presente este conocimiento no nos ayudaría a luchar mejor contra algo que creemos éticamente incorrecto?

De este modo, ahí va una primera bondad compartida dentro del contenido que el activista estadounidense publicó el pasado sábado, que nos insta a debatir sobre (1) la agresividad intrínseca en el discurso carnista, pero también en el modo en que presentamos como activistas el vegano, o el antiespecista; (2) el etiquetado vital que pretende enmarcar, sin resultado, nuestra individualidad dentro de un concepto ético limitado  y cuadriculado; y (3), quizá el más importante de todos, la articulación de modelos sociales efectivos dentro de estos modelos éticos y de consumo, que, desde luego, han ayudado al incremento de alternativas vegetales, pero que siguen batallando en pos de una serie de recursos compartidos en los tradicionales binomios de marginal-publicitario, residual-capitalista o reduccionismo-ausencia.

En el núcleo de esta última cuestión duermen múltiples preguntas, entre las que centellea aquella que se debate si, realmente, el veganismo como movimiento social guiado por la ética —no por la ciencia— es un objetivo alcanzable en el mundo; si podemos realmente argumentar a favor de ese cambio de mentalidad o nuestra primera obligación moral se enraíza en intentar acercar a terceros hacia nuestra deontología colectiva sin traicionarnos a nosotros mismos; e incluso si, entre tantas contradicciones que viven dentro nuestro, el camino de la liberación animal puede pasar por la imposición de una ética que nosotros hemos decidido acoger libremente.

Pawel Kuczynski (naturaleza)
Dibujo del artista polaco ©Pawel Kuczynski.

Tradicionalmente, la historia ha avanzado a través de saltos impositivos, pero el deseo por un mundo más justo no es excusa para caer en la justificación de cualquier medio para la consecución de un fin[3].

Claro que existió una Revolución francesa, y un asesinato de César en el Senado, y ETA hizo volar a un jefe del gobierno español al final de una dictadura, pero, en democracia, la individualidad y la libertad ciudadana mantienen un peso demasiado alto al que nadie está dispuesto a renunciar para dirigirnos en dirección contraria: y el antiespecismo total es vegano, pero no ecológico, y vegano es anticapitalista, y comercio justo, y localismo, y globalización de derechos y de deberes, y multiculturalidad… Todo ello, en un mundo imperfecto que no es teórico, que no está en un libro, que no se resuelve a través de una forma lógica, ética y matemática. Ojalá. Pero no.


[1] Si bien muchas personas no ven con buenos ojos la existencia de una opción vegetariana o vegana en una hamburguesería, la realidad de mercado es que, si estas existiesen, su adscripción sería mucho más elevada que la actual. Lo mismo ocurre con campañas como «Lunes sin carne» , con un gran impacto en la industria y en los consumidores que nunca se han planteado dejar de consumir productos animales.

[2] Anthropos (Barcelona), 186, septiembre-octubre 1999, pp. 23-36.

[3] Por eso, apoyo el trabajo de Melanie Joy, quien habla, pregunta y busca la atención sincera de su audiencia, y pocas veces el de Gary Yourofsky, quien pretende imponer una verdad que para él resulta absoluta.

Nota: el título del artículo está basado en dos estudios completos de FaunalyticsAnimal Charity Evaluators.

Otros enlaces de interés:


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

El Mowgli de Collserola

Collserola es un área montañosa enorme que abraza la ciudad de Barcelona. Es una extensión de la cordillera Litoral Catalana, que asciende hacia el norte y muere en el Golfo de Rosas. En el pasado, cuando todo era en blanco y negro, Collserola fue un refugio de maquis, un espacio para el contrabando y un lugar ocupado por íberos, y después por ermitas, masías y, con las Olimpiadas, por una enorme torre de telecomunicaciones.

Pocos años antes, en 1987, se hizo eso tan humano de poner puertas al campo, y se delimitó un parque periurbano de 8.500 hectáreas, que mutaría a Parque Natural para garantizar su protección. Sin embargo, durante la salida nocturna que organiza el posgrado que estoy cursando, nadie puede obviar la ironía de un espacio que se ha humanizado a nuestro alrededor, y donde plantas y animales han sido modificados durante más de un centenar de años; aquí la flora y, sobre todo, la fauna se ha habituado a la presencia humana y se ha descontrolado a todos los niveles. No es extraño, la sierra está tallada según las necesidades de sus visitantes, y nadie quiere renunciar a ese verde intenso en un cosmos donde el gris resulta estar demasiado presente en todas las latitudes cercanas.

Collserola (vista)
Vista del Parque Natural de Collserola. ©Viajes101

Al anochecer, ataviados con frontales, linternas y botas de montaña, descendemos desde la Carretera de Horta a Cerdanyola hasta la Fuente de la Marquesa, donde no hace muchos años, me explican, se construyó una balsa para los macroinvertebrados y anfibios. Por allí, entre restos de comida y chillidos de jabalí, observamos rastros de jinetas, zorros y otros mamíferos, y aprendemos algunas nociones básicas sobre cómo movernos por el bosque. Entretanto, asisto a una curiosa promesa: uno de los dos guías nos explica que él mantiene un trato directo con muchos de estos animales, cuyo proceso de habituación al ser humano es, hoy, una realidad imposible de voltear.

Cuando alcanzamos la fuente, compañeros y compañeras contemplamos la escena ojipláticos mientras una larga decena de puercos salvajes nos rodean; Juan, que ha sido invitado por el ponente de este viernes, nos habla sobre las diferencias entre ejemplares adultos, jabatos y rayones, y no se corta un pelo en acariciar a los jabalíes a los que ha puesto nombre; se percibe cómo reconoce el carácter y las intenciones de todos ellos, y estos nos siguen, mansos y alegres, a lo largo de varios kilómetros a través de los que se extiende la peculiar excursión.

En nuestro recorrido, ahuyentamos sin desearlo a muchos de los animales que nos rodean, y cuyas marcas reafirman su presencia; somos un grupo demasiado amplio esa noche, por lo que tenemos que conformarnos con algunas huellas, marcas y heces; alrededor de las once de la noche, y ayudados por una luna creciente, volvemos hacia los coches, acompañando nuestros pasos con el peculiar canto de un chotacabras lejano, que como bien saben aquellos que conocen su naturaleza, permite que nos acerquemos hasta él, y echa a volar. En el aparcamiento, uno de los jabatos más jóvenes sube a la carretera; pasa un buen rato junto a nosotros, y recibe caricias y agasajos que demuestran esa nueva realidad de periferia a la que se ya no solo se asoma el ecoturismo, sino también los vecinos de los barrios más cercanos de la capital catalana.

Fotografía de un jabato
Fotografía de un jabato bebiendo agua de una fuente ornamental. ©César Duque

Roberto, como ha sido bautizado el jabalí, consigue un bocadillo que lo alimenta menos de lo que le malacostumbra, y vuelve al bosque entre despedidas cariñosas y halagos. Después, en lo que parte del grupo inspira el humo de algunos cigarrillos, hablamos sobre la imposibilidad de detener este acercamiento paulatino, esta domesticación de la naturaleza, que hemos modificado entre demasiados excursionistas y amantes del verde, y que no tiene vuelta atrás en todas aquellas zonas donde los núcleos de población se concentran.

Llego a casa después de la medianoche, y le explico a mi mujer que he vivido la utópica experiencia de un baile entre jabalíes. Me acuesto pensando en lo bien que me siento y lo mal que sé que eso está —qué putada eso de vivir entre ambivalencias—, pero días después matizo esa opinión para mí mismo. Y lo hago porque me hablan sobre un conocido que se dedica a la caza amateur… con una maza. Pienso en Juan, el Mowgli de Collserola, y en qué pensaría tras ver a ese Conan cuyas aventuras me narran, agazapándose entre matorrales y cargando con su arma contra la sien de un jabalí; al final, mal por mal, decido que mejor danzar entre bichos que darles cruenta caza, y vuelvo a observarles otra noche como los animales asombrosos que siempre he creído que son.

Una semilla y el caos

Esta es una entrada (muy) personal en la que os voy a dar la chapa sobre Conectadogs; si no estáis interesados(as) en el proyecto (¡¿cómo es eso posible?!), podéis leer cualquier otro artículo del blog. 😉

Ayer, algo grande brotó. Una semilla que se ha gestado lenta, casi macerándose a lo largo del tiempo que hemos compartido como asociación; una historia repleta de buenas intenciones —como tantas otras, en realidad—, pero que, a diferencia de estas, se ha abierto paso: ha encontrado su propio camino.

Quiero pensar que es algo que tenía que suceder; o me cuesta creer que, en unos pocos meses, hayamos conseguido hacer partícipes de nuestro proyecto a profesionales como la guionista Cuca Canals o el director Pau de la Sierra.

Rodaje del anuncio de Conectadogs

Ayer, algo puro fue construido. Plano a plano. Otra semilla que ha crecido a toda velocidad; rápida y furiosa por necesidad; un motivo, solo uno, que puede rastrearse hasta una gran mesa de un bar a la izquierda del Ensanche, que unió a un equipo excepcional que solo quería imbuir magia en una de esas ideas que te obligan a soñar, y a creer que las pequeñas cosas son las que hacen el mundo.

Ayer, nació algo extraordinario. Y lo hizo entre cámaras profesionales, técnicos de sonido que desbordaban experiencia y simpatía, realizadores que anhelaban la perfección, productores que no podían dejar nada al azar y un director de esos que son como te lo imaginarías: empático, anárquico, humano; el despegar de un guion que me resulta ignoto todavía, pues se ha creado alrededor de un cosmos audiovisual que no puedo traducir, lleno de acciones alternas, contrapicados y sobreimpresiones.

Ayer, dormí exhausto. Pero comprendí algo más sobre nuestras vidas y el rastro que estas dejan tras de sí; y aprendí que, a menudo, eso es la vida: semillas; semillas que lanzas, o plantas, y cuidas, y en las que crees; semillas que esperas que germinen, y conviertan tu existencia, tu mundo, aquello que haces, en algo mejor; semillas que dan sentido al riesgo, a las batallas, a los portazos, a las promesas. Pero sobre todo semillas que te recuerdan que no basta con lanzar un puñado y maldecir tu mala estrella, sino que hay que luchar, y contagiar, y convencer, y conseguir, con palabras, y actos, y fuerzas de esas que desconoces que duermen dentro de ti. Semillas que, a veces, son palabras, y otras, hechos, pero que pronto serán sueños hechos mundos dentro de una pantalla, y también fuera.

Lu en El Calamar (El Prat del Llobregat)

Tres mitos sobre el vegetarianismo

En los últimos tiempos se han multiplicado los artículos que mencionan lo saludable de las dietas vegetarianas y, sobre todo, veganas en nuestro organismo. A raíz de ello, su predominancia en los medios de comunicación también se ha incrementado; por esto, imagino, no hace mucho leía una entrevista muy interesante a una pediatra española que está intentando romper los esquemas demasiado cuadriculados que mantienen muchas personas conforme a su alimentación.

Por desgracia, la reacción frente a estos artículos sigue siendo, en primer lugar, de total negación a través de distintos argumentos tergiversados que hemos podido escuchar alguna vez: las famosas proteínas (1) han quedado atrás —solo necesitamos usar Google para ver que los vegetales y las legumbres tienen, a menudo, mayor concentración proteica que un bistec o un corte de pescado—, siendo la vitamina B12 (2) aquella que más enfrenta a carnistas —usaré este término para referirme a personas que comen animales y vegetales en el artículo—, vegetarianos (ovolactovegetarianos u ovovegetarianos) y veganos.

Carnívoros vs vegetarianos vs veganos
Un poco de sentido del humor para un tema tan serio.

Debido a la controversia y la falta de información, en 2009, la Academy of Nutrition and Dietetics estadounidense preparó una nueva definición de las dietas vegetarianas. Dice así:

Las dietas vegetarianas apropiadamente planificadas —incluyendo las dietas totalmente vegetarianas o veganas— son sanas, nutricionalmente adecuadas y pueden ser beneficiosas en la prevención y el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son adecuadas en todas las etapas de la vida, incluyendo el embarazo, la lactancia, la infancia y la adolescencia; así como para los deportistas.

Postura oficial de la Asociación Americana de Dietética, 2009

Por supuesto, hay muchas controversias agregadas a esta cuestión, desde gasto energético hasta insostenibilidad de casi todos los modelos en nuestro mundo actual —quien ha leído mi primer libro de ensayos puede hacerse una idea sobre algunas de ellas, por ejemplo—, maltrato y sufrimiento animal que, ahora, reconocemos y, por tanto, empatizamos con él, abuso en el consumo de carnes y pescados, acercamiento a dietas nada saludables, etcétera.

En medio de todo esto, hay una cuestión ética que nos afecta a todos (medio ambiente, ecología, especismo y antiespecismo, sostenibilidad, etcétera) y que es la causante última de todos estos debates tan interesantes que deberían ayudarnos a crecer desde el respeto.

Por todo ello, y con el fin de tratar de aclarar algunos cuestiones que me parecieron claves a través de mi paso hacia el vegetarianismo, me he decidido a escribir un artículo hablando de alimentación, ética y las principales dudas que en mí surgieron cuando inicié este camino repleto de estereotipos, falta de información y sobreentendidos que hacen mucho más daño del que parece.

Los tres mitos

En estos últimos tres o cuatro años he pasado por distintas fases en lo que se refiere al consumo de animales y al activismo a favor de estos. En ese tiempo, he escuchado tres grandes planteamientos que hoy, agradecería muchísimo que me aclarasen antes de liarme la manta a la cabeza y lanzarme hacia una dieta vegetariana o vegana.

  1. Una dieta vegetariana (estricta o no) es mucho más sana que una dieta omnívora
  2. Una dieta vegetariana es muy sencilla de seguir y complementar
  3. Si no eres vegano estricto, eres tan mala persona y contribuyes tanto al maltrato animal como un carnista

Aunque parezca triste, esta última frase es una de las que más se repiten en las discusiones entre vegetarianos y veganos; o entre estos y terceras personas que eligen otros tipos de alimentación. En lo personal, y aunque este no es un artículo en el que entrar a hablaros demasiado de mi filosofía, considero que es un error y un modo de prejuzgar sin tolerancia que nunca nos ayudará a conseguir nuestro objetivo aquí: intentar que otra persona abra un poco más la mente a nuestra verdad y consiga ver las cosas a través de un prisma distinto.

Descripción de tolerancia
Descripción del concepto «tolerancia» de Giovanni Sartori, en Pictoline.

Sobre el primer punto (1), empezaré diciendo que cualquier dieta puede ser desastrosa (para nosotros). Una dieta omnívora bien planificada será sana en la misma medida en que también lo puede ser una dieta vegetariana o vegana; nadie vivirá trescientos años por no comer cierto tipo de alimentos, pero abusar de ellos —o del tabaco, o del alcohol, etcétera— sí puede cambiar esto. Por esto, argumentos como «Yo conozco a un vegetariano gordo» (yo a cientos de carnistas con sobrepeso, por cierto) o «No está bien que digan que el exceso de carne roja aumenta el riesgo de sufrir cáncer» no sirven; es más, son fáciles de explicar mediante la ciencia.

A grandes rasgos, para este punto, podemos remitirnos a lo que mencionaba justo al principio: apropiadamente planificadas. ¿No quieres comer animales? Genial. Yo tampoco. Pero no puedes vivir comiendo macarrones, lechugas y tomates.

Un artículo que ejemplifica justo lo que estoy comentando a lo largo de estas líneas sería: «Respondemos a los mitos sobre la dieta vegana (sí, es fácil y es sana)», en El Correo del Sol, que, pese a estar bien documentado, da una imagen que no siempre es realista.

Por esto es tan peligroso (2) que cualquiera te diga que una dieta vegetariana o vegana es muy sencilla de seguir. ¿Es sencilla? Bueno, para empezar está bastante claro que, hasta no hace mucho, era mucho más fácil de seguir en Barcelona y en Madrid que en Castilla y León o Andalucía: el número de bares y restaurantes con opciones vegetarianas o veganas es un buen indicador, ¿no? Pero aparte del contexto, hay algo mucho más importante: los aminoácidos esenciales. Sí, hay otras cuestiones a tener presentes (por ejemplo, el mayor aporte calórico de las legumbres, cereales o frutos secos) pero, a menudo este no es más que un argumento simple para intentar hacer ver que los alimentos en este tipo de dietas tienen que llevar un control rígido y en dietas omnívoras podemos relajarnos totalmente, lo que, a todas luces, es falso.

Los aminoácidos esenciales son aquellos que el propio organismo no puede sintetizar por sí mismo. Esto implica que la única fuente de estos aminoácidos en esos organismos es la ingesta directa a través de la dieta.1 2 Las rutas para la obtención de los aminoácidos esenciales suelen ser largas y energéticamente costosas.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Dicho esto, ¿qué ocurre con los aminoácidos esenciales? Pues, simplemente, que los productos de origen animal cuentan con todos ellos, por lo que se consideran de «alto valor biológico» (muy útiles, para entendernos), mientras que la proteína vegetal debe complementarse con el fin de evitar carencias. ¿Es complicado? No, pero requiere de una mayor planificación.

Combinaciones de alimentos que suman los aminoácidos esenciales son: garbanzos y avena, trigo y habichuelas, maíz y lentejas, arroz y maníes (cacahuates), etc. En definitiva, legumbres y cereales ingeridos diariamente, pero sin necesidad de que sea en la misma comida.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Por dos sencillas razones: una, es mucho más simple acceder a alimentos de origen animal (en el supermercado y comiendo fuera de casa) y, dos, es más sencillo sufrir carencias de aminoácidos esenciales en una dieta vegetariana y, sobre todo, vegana que en una dieta omnívora; incluso aunque esta última no sea en absoluto equilibrada y pueda provocar otro tipo de problemas como sobrepeso o enfermedades coronarias.

Dicho esto, es fácil ver dietas vegetarianas que han sido mal planificadas y son hipercalóricas o deficitarias (sobre todo en vitaminas del grupo B y hierro); a su vez, en las dietas veganas, a todo lo anterior, se suma una carencia de vitamina B12 que solo puede suplementarse de forma artificial mediante cápsulas. Pero… ¿acaso dedicamos el mismo esfuerzo a cuestiones nutricionales en dietas «omnívoras» o solo usamos esta planificación deficiente, cuando existe, y los mínimos casos conflictivos que se han producido en colectivos vegetarianos o veganos (por ejemplo, la niña italiana con niveles bajísimos de hemoglobina y déficit de vitaminas) como un arma arrojadiza?

¿Entonces? ¿Cuál es el problema? El principal problema, pues, es que, como debate social, solemos obviar —o intentar ignorar— las razones fundamentales por la que nos hacemos vegetarianos o veganos (3): para evitar que un número mayor de animales sufran, y contribuir a una mejora del medio ambiente, a la vida de otras personas y a la sostenibilidad del planeta. ¿Por salud? Puede ser una respuesta, pero, desde luego, no es una respuesta siempre compartida. ¿Acaso tiene algo negativo hacer las cosas por conciencia ética y no solo por salud?

En segundo lugar, por supuesto, lo hacemos porque somos omnívoros, y podemos, y es muy importante no olvidar esto también, pues sería absurdo que un carnívoro (que no lo somos), aspirase a vivir de otro modo al que le marca su naturaleza. Sería absurdo, excepto para nosotros, que lo hemos conseguido decenas de veces, y seguiremos haciéndolo, como ya he explicado varias veces en este blog.

Por ejemplo:

Comer piedras y otros absurdos sobre sintiencia animal, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Si no lo haces por ellos, hazlo por ti, por Javier Ruiz en Blog Nasua

Todas las caras del veganismo, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Industria cárnica, alternativas vegetales y carne cultivada, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Por último, es habitual la crítica frente a otras formas de pensamiento. A grandes rasgos, cada vez más personas vivimos nuestra alimentación desde un sentido ético en el que tratamos de conectar los puntos; otras muchas, no. O no lo hacen o no quieren hacerlo en la misma medida, suele creerse, pero… ¿y si no ven los mismos puntos que nosotros o los leen de un modo distinto? En este sentido, el activismo tiene que luchar por concienciar desde un acercamiento progresivo a favor de lo que cada grupo considere oportuno (sea bienestarismo animal; sea liberación animal): no porque el abolicionismo sea una utopía (hoy, más que nunca, es todo lo contrario, con propuestas como la carne «in vitro» a la vuelta de la esquina), sino porque su afianzamiento llega, tristemente, siempre por la ciencia antes que por la ética.

Hoy, es un problema de primer nivel, y las charlas TED de verdaderas celebridades como el etólogo neoyorquino Carl Safina, la aparición de proyectos como Gran Simio o ZooXXI o la lucha por definir el concepto de humano y de inteligencia animal demuestran los avances que se han producido en estos campos.

Por todo esto, creo firmemente en que cualquier persona que juzgue a un tercero por su dieta o se ensalce a través de esa misma acción debe ser ignorada. En un mundo donde un porcentaje enorme de nuestra propia especie se encuentra esclavizada por el resto, para el cultivo de arroz y de café, o por la extracción de coltán para nuestros smartphones, todos tenemos que aportar y buscar una solución real a los problemas éticos y sociales que se perpetúan.

Debemos volver a conectar esa idea tan olvidada que da como resultado la moral, ese concepto que se mueve entre la ética y la acción, porque seguro que ninguno de nosotros hemos vivido las mismas experiencias vitales, y, por lo tanto, es absurdo pretender que nos movamos a través de los mismos valores, y aquí es donde el diálogo se muestra de mayor importancia en la búsqueda de un cambio.

Debemos discutir a sabiendas que renunciar a más y más productos de origen animal no es más sencillo desde el punto de vista alimentario, sino menos, ¿pero de nuestra conciencia ética? Como ya he dicho, dependerá de la ética de cada uno de nosotros, y esta discusión, igual de interesante, queda para el siguiente artículo de este blog.

NdA: Muy probablemente, algunos de los textos tipo «ensayo» sobre temas de  carnismo, vegetarianismo y veganismo irán teniendo una menor prevalencia en el blog. Esto es debido, principalmente, a causa de mi trabajo en dos nuevos proyectos —uno de ellos, de temática divulgativa, que estoy preparando con calma para su difusión en 2018; el otro, una guía de viaje en formato novela de la que ya os hablaré más adelante—. Por ello, si bien tengo dos artículos que no me gustaría que quedasen pendientes, comparativamente, empezaréis a ver más entradas de otros de los muchos temas que trato aquí.

Sobre otros temas de animalismo, ecologismo o sostenibilidad, puede que el ritmo de publicación decrezca, pero estos se mantendrán; imagino que, sobre todo, a través de columnas de opinión.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Morir es morir; pero vivir… ¡vivir es singularidad!

Hace unas semanas, leía un texto titulado Muerte entre las flores de la doctoranda Catia Faria (adscrita al Centro de estudios UPF de ética animal). Desde lejos, había alcanzado algún otro artículo sobre su trabajo, y no me costó imaginar una hipotética situación en la cual confesase que le gusta el trabajo de los hermanos Coen.

Después, esa muerte me llevó a La cuestión animal(ista) que compiló el colombiano Iván Darío Ávila, centrado en la filosofía moral, la ética para con los animales, el derecho, y el concepto de especismo, entre otras muchas cuestiones. Devoré el libro a mordiscos; luego me senté a pensar en una silla, y caí presa de unos relatos de Jack London sobre boxeo: ¡es de locos intentar cambiar el mundo a todas horas! Muchos eran textos cautivadores, pensaba mientras leía sobre el patético intento de Tom King por vencer a la Juventud —una lección que, entre las cuerdas, se traga con lágrimas en los ojos—; un esfuerzo incólume, titánico, académico en el mejor sentido de la palabra; ¿pero funcionarían? ¿O quedarían en un cajón metafórico hasta que algún Eisenhower, o Churchill, o Hitler, los rescatasen para sus propios fines?

Captura de palomas (BCN)
Captura de palomas para su posterior sacrificio en Barcelona.

Quizá el mundo debería ser de los filósofos, de los pensadores, pero el mundo es el mundo, y quizá los filósofos, los pensadores, los académicos, están (¿estamos?, no me atrevería…) donde deben; lejos de una noocracia de la que ya nos previnieron Los Simpson. Aun así, cuando me cansé de leer al sol y escapé a caminar a la montaña con los perros seguí pensando en todo esto; en especial, en los dos temas más polémicos de los que había leído aquel día: el ecologismo frente al antiespecismo, con un peso enorme en los actuales proyectos de actuación territorial y ambiental, y la preocupación e intervención ética para paliar el sufrimiento inherente en la naturaleza: es decir, no solo la caza, que supone un maltrato activo por nuestra parte, sino todo el mal que podamos prevenir a esos individuos sin modificar el propio estado natural.

De este modo, el academicismo (antiespecista) lucha por preservar los intereses de los individuos frente a la propia naturaleza, mientras que el ecologismo práctico en nuestros bosques, montañas y mares sigue aquel dogma rancio del «todo vale» por un bien mayor; sin importar cuántos individuos de especies exóticas, o híbridos, deben ser sacrificados o cuánto aumentan los presupuestos en batidas de «caza de control», trampas para aves o pienso mezclado con nicarbazina.

El principal problema, sin embargo, es que todas esas sillas —las que, de un modo u otro, se encuentran en la garganta de la Administración, y aquellas que se niegan a abandonar el cosmos universitario— no se deciden a escoger un bello espacio neutral en el que plantarse y debatir sobre los necesarios cambios que la ciencia y nuestra nueva conciencia ética exige para el futuro. Puede, no obstante, que esa conciencia ética señale el camino, pero falle al acercarse hacia canales más divulgativos, sea por desconocimiento de la naturaleza de los mismos, sea por miedo al rechazo.

Sí es cierto que ya nadie puede dudar sobre el hecho de que el resto de especies sufren, y merecen respeto, y que, en modo alguno, están ahí para que nosotros, Homo antropocéntricus, encontremos una utilidad en ellos, ¿pero acaso nadie duda? ¿O una inmensa mayoría continua ciega ante el problema? ¿Y hasta qué punto no deja de ser culpa nuestra en la medida en que no se lanzan campañas de sensibilización y educación ambiental? O mejor todavía, en la medida en la que no se potencia el saber, el espíritu crítico, el empirismo… Porque el movimiento por los derechos de los animales no es uno, sino cientos, lo que, por suerte, dificulta, y mucho, las posibilidades de cribar perfiles, públicos y filosofías, pero también exige estudio, debate y acuerdo, lo que, por mucho que se diga, el movimiento de liberación animal lleva tan mal como las administraciones, y viceversa.


Enlaces relacionados:


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

…y Teo volvió a casa

Desde el jueves, hemos rastreado a pie decenas y decenas de kilómetros. Creíamos, fervientemente, que alguien se lo había llevado, que algo horrible había ocurrido, que se había evaporado del planeta Tierra… Pero supongo que nunca sabremos cómo terminó nuestro gato encerrado a un par de casas de la nuestra, a unos trescientos o cuatrocientos metros, y no le oímos ni le encontramos hasta que hicimos una decena de batidas por la zona.

Teo y yo 19-03-17
Teo, posando gatunamente, y un servidor, casi tan agotado como él.

Hoy, pasó de todo; hoy, pensamos en todo. Pero, sobre todo, hoy miré qué hacía la gata, y en qué dirección miraba y miraba, y seguí ese camino. Seguro que fue casualidad, igual que la aparición de otro gato, de un gato gris que nunca habíamos visto por aquí, y que casi nos llevó hasta la puerta de una casa; una puerta que Teo arañaba y cuyo maullido reconocimos de cerca.

Quizá cayó por el tragaluz, o alguien vino a esa casa y Teo, sociable y también cotilla por naturaleza, quedó encerrado entre cuatro paredes desde el jueves. Abrí la puerta a patadas, y ahora le tengo que pagar una puerta a su propietario; y luego he sonreído, y he llorado, y he tardado varios minutos en ganarme la confianza de un gato desesperado y famélico.

Hoy, como cada noche, dormiremos todos juntos, e intentaré empezar a borrar las ojeras de mi cara. Supongo que eso es todo. Otro día lo haré bonito, y os hablaré del gato gris, y de las grandes personas que conozco y que están dispuestas a todo, incluso a mover cielo y tierra conmigo. También os hablaré de otras cosas; pero otro día. No había sido el mejor mes, y no ha sido la mejor semana, así que la siguiente… Bueno, digamos que, para la siguiente, el blog queda huérfano; nosotros nos vamos a tumbar al sol un par de días; eso sí: todos.

¿Dónde fue a dormir mi estrella?

Lo encontramos. Gracias a todos/as.

Cuando escribí la carta de Caos para el único dueño que tuvo ese perro, juré que no lo haría más, que no habrían más cartas, ni textos, ni crearía nada que volase con la fuerza de las lágrimas de una historia compartida.

Qué razón tenía aquel falso mensaje atribuido a un jefe Seattle que decía: «¡Qué horrible es la vida sin animales!» Y qué necesarios son. Entre todos mis animales, a quien más unido creía estar era a mi perra Dana. De algún modo, Dana ha sido como una de esas hijas asombrosas que te enseña que tú puedes con todo; porque Dana es la que llegó cuando se fue mi padre, así que fue tanto alivio como responsabilidad, tanto compañera como cómplice. Me equivocaba; porque, en realidad, no hay favoritos en este tipo de tratos, y lo recordé el jueves, cuando me rompieron el corazón.
Teo en Cervelló 1

Pero los gatos… los gatos son distintos. Un gato te elige, no te necesita. Y eso hicieron tres hermanos, que luego bautizamos con nombres que ni tan siquiera precisan ellos. No los encerramos: nunca. ¿Cómo podíamos? ¿Cómo invitar a un animal a caminar junto a ti y después encadenarlo?

Si no hay carta, quizá os preguntaréis qué viene a continuación. ¿Faltar a aquello que perjuré en silencio y escribir otras líneas con las que despedirme de un animal? ¿Contaros su historia para que él viva en la literatura y no solo en mis sueños? ¿O quizá enviar una súplica a aquella persona que se encariñó de mi gato? Rogarle que me haga llegar esa respuesta que necesitamos, que me diga qué pasó, que se arrepienta y que lo traiga de vuelta, proclamando que lo ha encontrado lejos de casa, y yo me fuerce a creerle o creerla; que me salve de esta vorágine de apatía, egoísmo y desconfianza hacia el mundo. Sabiendo que la muerte siempre es la cara más negra, más siniestra, más trágica, pero saberlo… Saberlo sería poder volver a intentarlo; a confiar, a ser yo…

Teo 4

A fuerza de escuchar, ya solo oigo maullidos en la noche; y veo tus ojos verdes a cada vuelta, en cada recodo; a cada paso. No me entenderán, mi gato negro, pero yo me ahogo en la bilis que me produce el error de haberos ofrecido toda la libertad que os merecíais, de no haberos hecho entrar en casa, a salvo de los castigos y los deseos de este imperfecto planeta.

Adiós, mi gato negro. Quiero pensar, creer, que un día aparecerás de nuevo, ronroneando en nuestra puerta, volviendo al hogar, a tu familia, a tu mundo; al mundo del que tú eras una parte imprescindible, y del que ahora siempre serás eterno.

Hasta siempre, mi gato negro, que desapareciste de la forma más dolorosa que se me ocurre; sin poder despedirte ni llorarte de cerca.

¿Dónde fue a dormir mi estrella? ¿Al verde?, ¿al negro?, ¿al gris? Mi gato negro, soñaré contigo hasta que vuelva a verte, o hasta que ya no sueñe más.