Más allá de urgencias y emergencias

Te pillas un constipado, te quedas en casa todo el fin de semana; o te fastidias, y te vas a trabajar con el moco colgando. Sobre esto, yo no soy muy quejica, excepto con el lagrimeo de los ojos, que es un por culo que pa qué. Otra cosa es una gripe, de esas de treinta y nueve de fiebre que te dejan en cama, o que se extienden durante varios días. Aquí también te jodes, pero con matices. Pensaba yo que los que lo tenían más crudo eran los autónomos, lo confieso: día que no trabajas, día que no cobras; pero, en realidad, esto no es del todo así. Cualquiera que se busque las habichuelas por cuenta propia con cierta proyección de futuro, sabe que, al menos, tiene que aspirar a poder cogerse algún día por enfermedad y algún otro de vacaciones. Más jodido me parece algo en lo que no había pensado hasta ahora: acercarse hasta un ambulatorio a por la baja. Sí, ya: una tontería, ¡y lo era! Pero hace unos años.

Hoy, con una caída en la plantilla sanitaria de un larguísimo 5 % (sí, en serio: y solo los dos últimos años), te topas con varios problemas si te alcanza la gripe de turno. El primero es dónde coño vas. Y tú dirás: «Pues quédate en casa.» Pero habrá que ir a por la típica hoja con la baja, ¿o no? ¿Y a dónde vamos? Opción uno: al ambulatorio, ¿pero y si trabajas en fin de semana?, ¿y si entras antes de que estos abran?, ¿y si haces una de esas jornadas tan típicas de ocho horas que entre las dos horas al mediodía y las idas y las venidas te ocupan la vida entera? Ahí se complica. Entonces, nos tiramos hacia la opción dos: ir a un hospital y entrar a través de urgencias, donde un triaje —lógico en su diagnóstico, pero absurdo en el concepto—, te hará pasar el día entero en una sala de espera, porque, ¡sorpresa!, en realidad no es una urgencia, solo es que te encuentras como el culo y no puedes (ni deberías) ir a trabajar. La tercera opción sería la más lógica: pedir cita y que el médico valore si debe o no darte la baja, pero la media de espera —por lo menos, en Cataluña— andará por los siete días de media debido a la falta de personal sanitario. Entonces, volvemos a la primera opción, vamos al ambulatorio sea como sea, que de lunes a viernes estar está, por lo que te lo montas para ver si toca curro o cama, y te dicen: «Oiga, es que hay que llamar y pedir hora: ¡que’estamos colapsaos!»

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A grandes rasgos, este problema debe llevarse una bestialidad del tiempo de profesionales sanitarios y de pacientes por una mala estructura y gestión, que estoy convencido que tiene la raíz del problema enquistada en los recortes, no cabe duda, pero quizá no sea esto lo que deba preocuparnos más, pues si algo tan idiota como conseguir una baja por gripe para un par de días es una odisea, ¿cuántos vacíos existirán hoy en los protocolos sanitarios de alto riesgo para los pacientes? Porque una cosa es la prioridad, donde el triaje y la profesionalidad del equipo médico destacan, pero otra muy distinta es la falta de efectivos, que dejan vacíos y, a su vez, errores de gravedad, como el que no hace mucho vimos en el 112 mallorquín tras colgar en dos ocasiones a un joven que sufría un colapso pulmonar en plena calle, ¿y cuántas cosas más no advertimos tras habernos acostumbrado al desarme sistemático de la sanidad pública española?

No es posible perdonarlo todo

Quien más, quien menos conocerá la historia de OJ Simspon: de estrella de la NFL a asesino múltiple. Ahora que se estrena la segunda temporada de American Crime Story (2017-) es un buen momento para resumir la primera: en 1994, Simpson fue acusado del asesinato de su ex mujer y un camarero angelino que se encontraba con ella; si nos ponemos simplistas, el ex jugador de fútbol americano se libró por ser negro, en un periodo donde las heridas infringidas durante los Disturbios de Los Ángeles de 1992 no habían cicatrizado. Pero había otra razón: Juice, apodo por el que le conocían los colegas, también era famoso: vivir en Brentwood y ser millonario obraron maravillas en una defensa difícil donde todo apuntaba, y sigue apuntando, al guilty.

No hace mucho tenía una conversación similar sobre Kevin Spacey, ¿y por qué no?, Woody Allen, y habrá más. Nacía de la necesaria separación entre la vida personal de un artista y su obra: dentro del proceso creativo, hay una batalla constante contra nuestros demonios —históricos, culturales, personales—, y esa guerra no está exenta de intimidad. Escribir, por ejemplo, es desnudar parte de nuestra propia alma, y asumir que otros pueden ver, y verán, al artista en la obra. Tras esto, hay una parte de pudor, y una parte de «me la suda»; fobias, filias y hasta parafilias son imprescindibles para alcanzar esa verdad que da corporeidad a cualquier texto.

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Lo anterior, sin embargo, no es excusa para el mal. OJ Simpson no debería haber burlado al sistema por ser un deportista de élite, negro y famoso, y Kevin Spacey no puede salirse de rositas, si se confirman unos abusos sexuales, solo por ser un actor jodidamente bueno. ¿Tiene esto que afectar a su carrera como actor? Preguntémonos si nos afectaría a nosotros en nuestro trabajo, si se supiese que hemos abusado de un compañero, o de la secretaría, por encontrarnos en una situación de poder frente a él o ella. Aquí no estamos hablando de que Vladimir Nabokov vuelque su insatisfacción vital y su deseo por jovencitas en un libro, sino de que se las folle salvajemente, y que hasta lo haga sin su consentimiento. Son dos cosas muy distintas. Cuando intentamos ocultar, u ocultarnos, estos errores o delitos bajo el resplandor del artista, no solo estamos «quitándole hierro al asunto», sino que, además, convertimos al verdugo en víctima y perpetuamos esa idea de que un famoso no se rige por las mismas reglas que el resto de los mortales.

Morir de éxito: YouTube, talento y vergüenza ajena

YouTube ha sido, desde sus inicios, la mayor plataforma de creadores de contenido audiovisual. Cada minuto se suben 300 horas de contenidos: es decir, la proporción es de 60/1.080.000, y subiendo. Impresionante, ¿no? Por supuesto, para una amplia mayoría, el valor de esos doce días y medio de contenido no es equiparable a una centésima parte de esas mismas horas como espectadores de series de éxito —Juego de Tronos, por ejemplo—, ni de películas o videojuegos. Hay canales de gran calidad en YouTube, pero rodeados de bazofia: y eso no es malo, ¡la basura de un hombre es el tesoro de otro! Quizá a unos les saque una carcajada un vídeo «simplón» sobre el procés, otros encuentran en la plataforma un sitio donde aprender cosas curiosas, forjarse una opinión geopolítica, e incluso habrá quien se lo pase bien viendo cómo juegan y comentan otros, como se maquilla aquella, como hace el capullo este, el otro o el de más allá.

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El vlogger Paul Logan en Aokigahara (prefectura de Yamanashi, Japón).

El talento tiene muchas caras, y habrá quien siga creyendo que el heavy metal no es música, igual que lo pensaron del rock and roll, de Mozart o de Van Gogh. Lo mismo aquí, en YouTube: ¿solo son unos chavalillos y chavalillas moviendo a varios millones de chavalillos y chavalillas? Pues sí, y no. Pero no debería haber ningún problema mientras la plataforma respete la libertad de expresión y los creadores de contenido entiendan la diferencia entre un espacio de difusión y el patio del recreo. Originalidad (o no), talento, vergüenza ajena… estas son algunas de las reacciones convertidas en palabras. Tenemos todo el derecho del mundo a dar nuestra opinión, pero poco hay más democrático que YouTube. Su problema, sin embargo, es una posibilidad que se le ha abierto a Google y que, como hemos podido ratificar, también tenían prevista: morir de éxito es una posibilidad, incluso ahí, por lo que no, no way, ni de puta coña, no dejas que venga la estrellita de turno y te boicotee el sarao.

Tenemos todo el derecho del mundo a dar nuestra opinión, pero poco hay más democrático que YouTube.

Por si no sabéis de qué coño estoy hablando, estoy hablando de Paul Logan, un youtuber norteamericano que, aprovechando la Navidad, se fue de viaje a Japón con sus colegas a grabar su mierda (perdón) nuevo contenido. ¿Cómo definir sus vídeos? Bueno, pues os ahorraré el esfuerzo de verlos: imaginaos a Homer Simpson en el capítulo en el que la familia viaja a Brasil y se pasea por la playa de Copacabana, embutido en una camiseta del Tío Sam comiéndose el mundo y la frase Try and Stop Us (Intentad detenernos). Logan falta al respeto de forma sistemática todo lo que no entiende o no le da la gana de respetar del país y sus ciudadanos, pero ahí es nada. A ver, seamos serios, en televisión se hacen las mismas gilipolleces, la gente se escandaliza un poco, cuando corre la voz, los anunciantes pagan más por la franja horaria del programa, y… ¡pues lo mismo en YouTube! Ahí no se ha inventado nada.

¿Cuál es el problema pues? El problema, como bien había previsto Google, es que el creador de contenidos/vlogger/youtuber puede grabar, editar y subir casi todo lo que le salga del mondongo: tetas no, que son americanos, pero, del resto, hay pocas, poquísimas, prohibiciones. Paul Logan se fue a Aokigahara, el famoso bosque de los suicidios, y grabó a un hombre que se había quitado la vida: con dos cojones, ¿eh?, pero con dos cojonacos: le hizo zoom, se hartó de enfocar y comentar, y, entonces, lo subió y empezó a lucrarse con ello. YouTube dijo que hasta ahí, que eso es pasarse y borró el vídeo; entonces, el chico pidió perdón por todos lados, y como parecía insuficiente, grabó otro vídeo —esta vez, de arrepentimiento—, y, con los cojones como un piano que le caracterizan, lo monetizó: es decir, siguió lucrándose de la polémica.

Lo sé, os habéis quedado igual que yo: atónitos, absortos, que no os cabe ni un alfiler por la retaguardia, vamos, pero es que hay más, porque sería bueno preguntarse si Google/YouTube actuó por ética, o, simplemente, lo hizo para mostrarse políticamente correcto frente a su comunidad: al fin y al cabo, a nadie le ha parecido mal que vuelva a monetizar otros vídeos, y los castigos —expulsarlo de su programa de anuncios premium y cancelar su proyecto cinematográfico vinculado a la entidad— parecen más un intento de contentar a la galería que una verdadera intención de matar a la gallina de los huevos de oro. Y es que tenemos casi la obligación de reflexionar sobre si esta reacción tiene una relación directa con las políticas de uso —algo poco probable— o con el volumen de tráfico y la relevancia del de los cojonacos, que merecía un castigo acorde a su rango. El mensaje es triste y descorazonador, así que espero que los niños rata aún no lo capten.

Temerarios que (no) circulan de noche por la AP-6

El director general de la DGT, Gregorio Serrano, ha culpado a los conductores irresponsables de la situación de este pasado fin de semana en la AP-6. En sus declaraciones, ha afirmado que todo estaba perfectamente preparado, y que ni la empresa concesionaria avisó de la necesidad de máquinas quitanieves o sacas de sal, ni es su culpa que haya temerarios que decidan circular de noche, sin cadenas y haciendo caso omiso a las informaciones de la nevada excepcional. En definitiva, que aquellos que le preguntan sobre su posible dimisión, que se vayan callando, que él no ha hecho nada mal, y que es un tío muy capaz, coño, por eso puede estar al mando de un operativo «de guardia» mientras asiste al derbi Sevilla-Betis en el Ramón Sánchez-Pizjuán junto al ministro de Interior.

Un gran número de voces han matizado, y mucho, las palabras de Serrano —como la del periodista gallego Rodolfo Irago, y afirman que la DGT solo avisó de restricciones para camiones a primera hora de la tarde, y que, tras el desastre, fue la gente, el pueblo y su solidaridad, quien, en su caso, se pusieron manos a la obra para socorrer a familias enteras con ancianos, niños y bebés que se habían desviado hacia la N-6. En la autopista, sin embargo, la Unidad Militar de Emergencias no pudo descongestionar la vía hasta la salida del sol, en una noche en la que 240 operativos trabajaron alrededor de los hilos de Twitter que avisaban del punto kilométrico donde había coches con gasóleo o espacio libre para compartir calefacción y soportar el frío, el hambre, la sed y la impotencia; vehículos ocupados por ciudadanos que harían bien en sentirse, hoy, huérfanos de estado, y agradecidos destinatarios de la bondad propia y ajena de sus semejantes.

Fotografía de la AP-6 este pasado fin de semana publicada en El Mundo.

Por supuesto, podemos olvidarnos de escuchar como algún miembro del Gobierno entona el mea culpa por la falta de previsión y la nefasta reacción del ejecutivo; ¿qué culpa? El tiempo es el tiempo, dicen, obviando el hecho de que miles y miles de familias han pasado hasta dieciocho horas en una carretera sin mantas, agua ni comida; pero bueno, este es el problema de votar incompetencia y corrupción: que terminamos por legimitar la irresponsabilidad. ¿Dónde estaban los responsables de Fomento e Interior? ¿El director de la DGT? ¿El presidente del gobierno? Y es que cuando, a lo anterior, se une la irresponsabilidad en un escenario de riesgo nos obligan a comprobar, de nuevo,  que estamos solos y que los poderes públicos y el estado tienen otras preocupaciones ajenas al ciudadano. Eso cuando no tenemos que echarnos las manos a la cabeza, y lamentar males mayores.

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El asesino de la katana

La catana o katana es un sable de acero de hoja curva, y, como tal, tras su elaboración en hornos que alcanzan los novecientos grados Celsius, su empleo marcial viaja a través del corte, no de la estocada. José Rabadán no sabía esto, y quizá tampoco lo sepa hoy. Su interés por Oriente estaba sesgado: Bruce Lee, los shuriken (estrellas ninja) y los sables, que él creía espadas. Por eso rompió el arma, atascada contra la cabeza de su padre, que ya dormía por siempre, mientras la sangre brotaba a borbotones empapando la solitaria cama de matrimonio; o de su madre, que moría con la hija, acuchillada por el machete de José en el tórax y en los brazos; ella se había intentado defender, la niña lloraba: no quería morir, y la escenografía señalaba, según los expertos, cómo el traslado de los cuerpos hasta el baño se había hecho imposible.

Detención del asesino de la katana (1999).
Fotograma que muestra la detención de José Rabadán tras su captura en Alicante.

El canal DMAX estrenó el diciembre pasado una suerte de true crime sobre el Asesino de la Katana, y lo peor de todo, es que se comprueba que ni el sobrenombre es acertado. Rabadán abandonó la casa, intentó llegar hasta Barcelona; avisó en dos ocasiones a la policía. Después, se dibuja el perfil del crimen en el suelo y, a su vez, también las acciones que se suceden y algunos elementos del contexto que parece ser que las favorecieron. No tarda en pinchar. En los testimonios, la policía se descubre como un cuerpo destinado a preservar más que a investigar; la prensa busca el titular que pegue el petardazo, el forense advierte de las inconsistencias, y también los psicólogos y la fiscalía. Pero el crimen permuta rápido y acompaña la visión de José Rabadán, el asesino, que nos describe sus motivos, sus errores y, sobre todo, sus sesgos: la espada bajó sola, quería saber cómo sería mi vida sin ellos, yo temía a mi padre, y, también en paráfrasis, ellos me obligaron a estudiar cosas que no me gustaban. Los escasos testimonios de terceros apuntan en otras direcciones: parecía que la víctima en el juicio era él; no se han podido probar muchas de las teorías que la defensa ha presentado o, como se comenta varias veces, no tenemos la seguridad de que esté recuperado.

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Escena final del documental Yo fui un asesino (DMAX, 2017).

Poco a poco, lo entiendes; es morbo disfrazado de true crime. Por eso José Rabadán habla tanto. No es su culpa: claro que no. Si es un psicópata, como señalan algunas voces, no hay mayor refuerzo que la atención de todo un país; tampoco parece achacable al espectador, que no solo es curioso por naturaleza, sino que ni puñetera idea tenía de que iba a asistir a un programa de telerrealidad en el marco de un asesinato triple. ¿Y si no es un enfermo? Si no lo es, si cometió un error, si algo lo empujó a ello, sigue habiendo millones de personas detrás que lo miran, y escuchan, y atienden a sus palabras; no hay mayor consuelo que este: definir una nueva realidad. Pero el programa pifia, porque no se explica, o, por lo menos, no se explica bien. Se nos conduce hasta dos datos terribles: seis años de prisión por la muerte de tres personas, una investigación deficitaria y pobre —por lo menos, escasa en recursos— y un final que casi roza el happy-end, el reinicio, la vuelta a empezar, en dos horas de metraje que parecen olvidar que tenían una obligación moral con el verdugo, pero también con las víctimas.


El documental Yo fui un asesino puede verse en la plataforma DPlay en línea.

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Ana Frank iba a la playa

Los lunes me cuesta un poco más arrancar, como a todos. Así que, con el café con leche (de mentira) entre las zarpas, siempre pierdo los diez minutos de rigor: si tengo que empezar a trabajar a las ocho, pues échale a las ocho y diez; ¿y si ese día me he levantado una hora más tarde?, ¿o cuando llevo durmiendo veintitrés horas seguidas?, da igual, los diez minutos de rigor. En esos seiscientos segundillos, que tampoco es tanto oye, hago lo mismo que la mayoría de los mortales: me cago en mi pobreza, miro el Facebook y, como mucho, ojeo el cuerpo de alguna noticia en diagonal.

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Anne y Margot Frank en una playa durante el verano de 1930.

Ayer, en el transcurso de esta rutina, me encontré con un clickbait de esos con título, por decir algo: Fotografías desconcertantes e históricas que te dejarán sin palabras. Ahí es nada. Desconcertantes e históricas, ¿eh? No desconcertantes porque algo había que poner, que es muy distinto. No se trata de un titular pensado a salto de mata, y tira que te vas; no, no, de eso nada. Periodismo del bueno, que conste, con las palabras primas hermanas a las de la película del domingo por la tarde: «Basada en hechos reales». Te cagas. Pues ahí me tienes a mí, mojando galletas Dinosaurio en el café, como todo el mundo (que se considere de fiar), y la primera foto: Anne y Margot Frank en la playa (década de 1930). 

Dejo el café a un lado, y me miro las fotos con calma. En su mayoría son fotos antiguas: de Lincoln a Lennon; una tubería de la presa Hoover durante su construcción y arte robado a los nazis; de Hitler practicando sus dotes de oratoria frente a un espejo a un francés encendiéndole un puro a Churchill. Pero es cierto, pese al horrible título que le han plantado: desconciertan, y lo hacen, simplemente, porque leemos el pasado de dos formas: un modo simple, sencillo, fácil de comprender, en el que Stalin era un cabronazo, igual que Hitler, y Churchill tenía un par de cojones, y era de los buenos, como Einsenhower; pero, sobre todo, como pasado, es decir, como ausencia de presente. Esas fotografías en blanco y negro lo muestran bien: ¡hostia, parecen hasta personas!, te grita el subconsciente. ¡Menudos errores cometieron! Suerte que ahora esto ya no pasa. Pero ahí hay algo que no encaja en realidad.

Cojo el café de nuevo, se me pasa la hora, mojo rápido cuatro galletas y termino de desayunar, así que no tengo tiempo para seguir dándole vueltas a esto. Se me ilumina la bombilla mientras dejo los restos del desayuno en la cocina: ¿será que Ana Frank iba a la playa antes de no ser más que otra judía muerta en Auschwitz?, ¿será que sí que era gente como nosotros —Ana Frank, Elvis, Churchill, Lennon, Hitler—, que hacían bobadas, acertaban y se equivocaban? Será que no queremos ser conscientes de que las víctimas y los verdugos eran exactamente iguales a nosotros, y que ocurrió hace mucho menos tiempo del que esas imágenes, algunas oscurecidas a traición, quieren hacernos creer. Y es que la gente fue gente antes de ser historia, pero se nos olvida.

Navidad pichí pichá

Llega la Navidad. A mí la Navidad pichí pichá; bueno, que me gusta, pero no mucho: hay cosas que no apreciaba y ahora aprecio, y hay cosas que no entendía, y ahora entiendo. Las primeras me hacen sentir nostálgico, y no me gusta; las segundas me hacen sentir gilipollas, y me gusta todavía menos. ¿El resto?, el resto bien.

En estas fechas, me imagino dos cajas: la primera con las patochadas de viejos y la segunda con las gilipolleces que cada día soporto peor. En la primera caja (¡la caja!, ¡la caja!; perdón) guardo a los abuelos, a la familia reunida y esas cantinelas. La típica matraca que es un fastidio, porque sabes que es verdad: que el tiempo pasa, que la gente se va, y que nada es eterno. Eso es un regalo cuando lo tienes, aunque no lo sepas, pero ni de pu…ñetera casualidad sería tan apreciado si no tuviese fecha de caducidad. En definitiva, que te haces viejo y piensas en cosas de viejos, y eso molar, molar, pues mola regular.

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Sin embargo, las que de verdad joden son otras, como el síndrome del cristiano protestón, que cree que el día de Navidad, el de todos los santos, o la Inmaculada Concepción, deberían ser de uso y disfrute exclusivo para devotos, el cuñado con la puta política, el otro con la historia de aquel año en el que el Gordo casi… pero no, y, rey de reyes, ¡sanctasanctórum!, conversación arquetípica de primera división, con plus de pesadez por cogorza encima, el ¿¡niño-por-qué-leches-no-comes-jamón-con-lo-güeno-que-está?! que sufrimos el 8 % de los españoles, y subiendo.

Ahí, con tu plato de lo que coño sea, sin bichos, y, sobre todo, sin decir nada, sabiendo que el tema va a aparecer (¡y vamos que si aparece!), con la misma gente que lleva tres lustros preguntándote lo mismo; que te vienen ganas de hacerte un Rubianes, cagarte en tos sus muertos, que son los tuyos, y poner la mesa patas arriba con el cochinillo de los huevos como peineta de regalo para la vieja de los cojones. ¡Si casi prefiero a mi cuñado dándome razones para que vote a Ciudadanos, hombre! Ríete tú del chino de Tianmeng: ¡yo sí que soy un rebelde, joder! ¿¡No ves que me estoy comiendo una mierda de berenjena delante de todos en silencio?!

Pues así, cada año: que si quieres hacerte una foto con la pata del jamón, el corderito: qué pena/lo güeno que está, o el ¡bueno!, es que a ver qué comeríamos si no, ¡y en fiestas! Y tú pensando: me cago en la puta con la berenjena insurrecta, si es que vas provocando, Javier. El año que viene te traes un variado de lechuga o algo con forma de frankfurt, que siempre tranquiliza y ayuda a mantener el statu quo navideño, que la berenjena debe ser el mismísimo Guy Fawkes iniciando la jodida conspiración de la pólvora.

En pocas palabras, que la segunda caja es esa que te regalan por Navidad la prima que se iba con Chimo Bayo de viajes (sí, sí, en plural), el capullo del cuñado que vota a Ciudadanos y la tía Encarni, que se te confiesa ante las chuletas de cabrito, diciéndote: «Pobrecicos. Si les tuviese que matar y trocear yo, te aseguro que no me los iba a comer.» Y tú la miras compungido, pensando: ¿no habrá más puñeteros temas de conversación en el mundo? Y sobre todo: ¿por qué la tía Encarni, el cuñado y la madre que los parió no le han tocado al vegano cansino que se pasa el día tostándole la oreja a todo dios mientras se masturba mentalmente por ser un verdadero catalizador del cambio social? Pues no. A mí. Todos. Avaricioso que es uno.

En definitiva, que llega la Navidad. Eso ya no hay quien lo pare. Pero siempre nos quedará la cerveza, el vino y el champán. Y es que, aunque necesitemos otros trescientos sesenta y cinco días para que se entienda la diferencia entre gusto/ética y querer/poder, nadie nos ha dicho que tengamos que soportar la espera en alta definición. Así pues, a las copas y a poner la cortinilla del Canal+.

Paco, Paquito, Paco

Casi siempre me resulta curioso el uso de un hipocorístico: este, como todas las palabras, suele decir más de lo que muestra, y, a su vez, es difícil hacer que muestre más de lo que dice. Se me ocurre, por ejemplo, que nadie se planteó soltar un «Paco» o un «Paquito» al cabrón pigmeo que murió hace ahora cuarenta y dos años, cometiendo un último crimen en la muerte: robar el recuerdo de una figura fundamental de la literatura rusa y empañarla entre los crímenes de un dictador. El día antes falleció Buenaventura Durruti en el frente madrileño, y, en Alicante, fue fusilado Primo de Rivera, preso en una cárcel alicantina.

Sobre fechas no hay nada escrito, supongo. Elegimos los errores en vida, pero eso de la muerte, ¡bueno!, la muerte ya es suficiente putada para saber a quién le vamos a hacer la puñeta al caer en el hoyo. Franco se la hizo a Tolstói como podría habérsela hecho a cualquiera mejor que un sátrapa y un asesino. Más pena me da otro escritor que comparte hipocorístico con el de Ferrol, y cuya producción literaria se vio empañada por su propio anhelo a navegar en aguas desconocidas. Le ocurrió a Cela, que parecía un gilipollas, como tantos otros, y también a Umbral.

Caricatura (Umbral)Francisco Umbral intentaba traer el spleen de Baudelaire al Madrid de los ochenta, y esa ingenuidad también la cargó hasta la televisión, con programas menos burdos que los de hoy, pero simples; programas que lo único que pretendían era reírse de La década roja del escritor, y antes poeta, igual que hubieran reído de cualquier otro texto: buscaban lo esperpéntico para la mayoría, aunque esto pudiera haber sido lo deseable en un país de lectores.

Nosotros no teníamos tiempo ni ganas de saber quién era el viejo de las melenas blancas, y por eso le llamábamos «Paco», aún vivo, para que pudiera oírlo, para que supiera que nos importaba tres cojones su Premio Príncipe de Asturias o el Miguel de Cervantes; para que, si lo tomaba por la ligera, él mismo se convirtiese en broma; y si lo tomaba demasiado en serio, el hipocorístico se tornase una herida que sangrara más de lo que conseguiría hacerla remitir.

Umbral fue un tipo inteligente, caminó durante veinte años por esa cuerda, que hubiera sido demasiado fina para los pies de muchos, y salió exitoso. Legó su visión sobre lo que significaba ser lector, y obligó a que cualquiera que soñase con escribir, tuviese que hacerlo bajo las directrices allí marcadas; escribió Mortal y rosay, ¡cagüendios!, ¿quién le iba a llamar Paco después de eso?

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, su fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Fragmento de Mortal y rosa (Francisco Umbral, 1979)

El respeto como obligación política

En la era de lo políticamente correcto, parece ser que todo va sobre el respeto: respetar a quien es diferente; respetar las reglas del juego democrático; respetar a aquellos que no piensan como nosotros… Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad. Esta paradoja tiene nombre: sesgo endogrupal, y explica por qué nos resulta más sencillo aceptar las premisas de aquellos que más se parecen a nosotros, comparten nuestro modo de vida o votan al mismo candidato político. Pero pedir respeto desde la intolerancia carga en su sino con el peligroso germen del totalitarismo: si no podemos escuchar al prójimo, ni este hará el esfuerzo de atender a nuestras palabras, ni podremos avanzar como sociedad. Ya lo dijo Churchill: «Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar», y esto último es imprescindible entre compañeros de armas y también entre adversarios.

Resulta evidente, pues, que el único modo de confrontar ideas en busca de un beneficio mutuo de las partes es a través del diálogo, que todo lo soporta menos la fuerza y la imposición, y que es justo lo que enseñamos a nuestros hijos, como lamentaba el humorista Berto Romero en el último late night de Buenafuente, porque deberíamos avergonzarnos de, ni respetarlo, ni cumplirlo en la adultez. Quizá, entonces, la respuesta deba hallarse en los niños que fuimos, como expresaba hace más de setenta años el escritor Antoine de Sant-Exupéry en El Principito.

Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad.

Sobre esta realidad no importa que hablemos de ciudadanos que exigen más derechos para sus animales de compañía sin cumplir con sus obligaciones —una cuestión en la que, poco a poco, hemos vencido y convencido—, aquellos que demandan al consistorio una ciudad más limpia a la par que siembran de colillas cualquier esquina que transitan o de políticos que son votados para hablar entre ellos por y para los ciudadanos y se atascan las orejas de la verborrea que mana de sus bocas.

Por lo tanto, es lógico creer que el respeto requiere de empatía, y este, a su vez, es imprescindible para alcanzar nuestros objetivos éticos, políticos y sociales como comunidad. Sobra decir, no obstante, que, como cualquier otro concepto en el que la subjetividad y la emoción nos guían, este supondrá una significación distinta para cada persona, y para muestra tenemos Internet, donde una amplia mayoría considera que la libertad de expresión acoge chistes de mal gusto sobre Irene Villa o memes de Mariano Rajoy y de cualquier otra figura política y, otros tantos, considerarán que tales acciones deberían quedar encerradas en el pensamiento.

Concentración por los Jordis (Barcelona, 17/10/17)
Fotografía de la concentración a favor de la liberación de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que gran parte de la sociedad catalana ha definido como los dos primeros presos políticos del movimiento independentista.

Sobre lo que nadie debería dudar, sin embargo, es que el respeto debe ejercerse de forma activa y no pasiva como estamos acostumbrados a creer. El proceso político-social catalán es, muy probablemente, el ejemplo más interesante de los últimos años: no solo se trata de que la clase política y, posteriormente, los agentes sociales se hayan saltado a la torera la legalidad vigente, sino que existe en las entrañas del «procés» una ignominiosa falta de respeto desde el gobierno central, que como un padre autoritario y con las leyes en la mano ni tan siquiera se ha levantado del butacón o ha intentado hacer el mínimo esfuerzo: escuchar lo que se tenía que decir e interesarse por ello.

Muy probablemente este no sea el lugar y no contamos con el espacio para desgajar la cuestión hasta el fondo, pero habría que preguntarse cuál de las dos supone una mayor falta de respeto y por qué. Si bien es cierto que este tema nos sirve para comprobar que no hay causa que no deba ser respetada siempre que sus argumentos cuenten con los dos valores fundamentales con los que empezaba esta tribuna: tolerancia y respeto. El por qué lo expresó a las mil maravillas el filósofo austro-británico Karl Popper: «Si extendemos la tolerancia a aquellos que son abiertamente intolerantes, los tolerantes serán destruidos; por ello, cualquier movimiento que predique la intolerancia debería estar fuera de la ley.» Con esta mochila a cuestas, quizá sea momento de volver a evaluar muchas situaciones del panorama social y político de nuestro país, ¿no creéis?

 

Mejor ser ciudadano del mundo

En un país (o países) donde la prensa es sinónimo de crisis catalana y centralismo férreo, yo me declaro ciudadano del mundo. Y me declaro ciudadano del mundo, porque estoy hasta los cojones de que me utilicen; a mí, y a todos. Me declaro así porque España no sabe qué hacer conmigo, ni con nadie de mi generación, y Cataluña tampoco. Porque no tengo casa en propiedad, ni ganas; ni trabajo fijo, ni ganas; ni tengo nada que celebrar este 12 de octubre.

No se trata de seguir el discurso oficial que se lanza entre desfiles militares y grandes, grandísimas, banderas que se niegan a mencionar los heridos de este último mes en Cataluña con el mismo discurso que tendría un cónyuge que intentase ocultar su asquerosa violencia de género, ni de obviar el genocidio y la expoliación de los pueblos americanos con la ilusión de una revolución cultural escrita en sangre. Hoy, no tengo intención de escribir sobre esto; porque sobre eso, se escribe cada año, y, desgraciadamente, parece que nada cambia en nuestras instituciones.

Marca España (Eneko)

Me declaro ciudadano del mundo, porque yo no puedo estar orgulloso de ser español, ni de que una parte de mi se sienta español; porque, ¿cómo sentir orgullo de un estado que no tiene programa ni proyecto común? Un país que se cree democrático y, a la vez, perdura bajo el odio y el silenciamiento sistemático de quien no piensa como ellos;  que se define por sus pretextos contra ETA, Venezuela o Cataluña —en realidad, no importa—, y jamás por sus acciones. Un país que una y otra vez escoge a un gobierno que se perpetúa bajo la eterna cantinela canovista que nos llevan vendiendo desde hace más de cien años, ¡y de la que el pueblo se olvida una y otra vez, si es que alguna vez llegó a darse cuenta! Una dirección que no dirige, y que no tiene ninguna intención de buscar el modo de solucionar los principales problemas de nuestra generación: trabajo, vivienda, pobreza energética, sueños. Una administración que borró el diálogo de sus atribuciones, sin intención de mejora, bajo el yugo de unas mentes que creen que, cuanta más mierda aflore, más grande debe ser el tamaño de las banderas. Sin darse cuenta de que no nos representan, de que, hoy, estamos más cerca que nunca de destruir aquello que nos define como pueblo.

¿Quién puede sentir orgullo de lo ocurrido en Murcia, Valencia o Cataluña? ¿Eso es ser español? Pues yo me alegro de sentirme ciudadano del mundo, ya que no habrá ninguna pena que lamentar cuando nos digan que este país (o países) ya no es nada. Les contestaré: «Hace mucho que no lo era.» Y agregaré: «¿Sabes dónde empezó todo? Cuando alguien dijo: «yo no estoy orgulloso de ser español.» Y una muchedumbre les respondió: «pues lárgate a Venezuela».»