¡Guerra a la democracia!

844 personas es la cifra de heridos por las cargas policiales que seguían gritando «¡A por ellos!». La semana pasada lo hacían iniciando un viaje que creían que llevaba a un sueño unionista; ayer, lo hacían con las porras, con empujones, con patadas, con agresiones sexuales, y fuerza bruta.

Ayer, vi cómo una sociedad se soldaba bajo un estandarte de paz y resistencia no violenta, y otra, que nunca ha querido dialogar y que ha reducido todo su discurso a la fuerza de la ley armada, caía un poco más. Vinieron buscando a un monstruo radicalizado, a zombis que repetían un panegírico político, a gente que en sus cabezas no eran ni tan siquiera personas, y nos encontraron a todos nosotros, y a nuestros padres, y madres, y abuelos, y abuelas. Vinieron buscando el fascismo sin percatarse de que el fascismo viajaba con todos ellos en los coches, en las furgonetas y en aquellos barcos en los que hasta la Warner Bros exigió que se ocultasen a los dibujos animados de nuestra infancia por vergüenza.

The Telegraph (portada, Cataluña)

Hay miles de comentarios —en TV, en Internet, en la calle— que siguen negando una realidad de represión totalitaria, de falta total de proporcionalidad en el ejercicio de sus funciones y de uso de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado como policía política. Al contrario, la maquinaria de estado ha tildado la actuación de los Mossos d’Esquadra de escandalosa y ligera, olvidándose que una constitución —cualquier constitución— no se preserva agrediendo a sus propios ciudadanos. Por suerte, de esos miles, hay cientos de miles, y millones, de personas que han visto la realidad dentro y fuera de Cataluña. Esta madrugada era momento de que todos los ciudadanos de este país —de Cataluña, y también de España, y de Europa— recordásemos que cuando quitan la libertad y la democracia a un pueblo, quitan la libertad y la democracia a todos los pueblos; hoy, es un día distinto, de tristeza y dolor, y quizá por eso está nublado dentro y fuera de nuestras cabezas.

Hoy, es ese día donde los partidos de la oposición no deben reunirse con Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España, sino presentar una moción de censura directa y echar a su partido del gobierno.

Hoy, es ese día que hay que recordar a Europa que su existencia no es sinónimo de una moneda única, ni de rescates bancarios u oligarquías, sino de integración de sus pueblos y, sobre todo, de eficacia, calidad y buena orientación de la intervención de los distintos estados que la componen.

Hoy, España debería ser intervenida; hoy, Europa debería actuar si quiere que su propia esencia no se termine de vaciar de significado.

Lo peor de todo, es que el gobierno de España ha fallado a todos los españoles y a todos los catalanes, cualesquiera que fuera el sentimiento de estos, y ha dado alas a la independencia de un bloque que muchos seguimos sin creer que es mayoritario, que no estamos de acuerdo con la mayoría simple que no esperó a la cualificada en el Parlament, porque tras la demostración de lo que el día 1 de octubre fue terrorismo de estado contra su población, no importa el porcentaje del «sí» y del «no» en un referéndum que no cumplía las garantías democráticas mínimas —cuya culpa, de nuevo, vuelve a ser antes de aquellos que tenían la obligación de dialogar y no quisieron, que de aquellos que tenían un anhelo político-social distinto al que le gustaría al gobierno central.

Quiero creer que todavía no es tarde para el diálogo, para una reforma del estado de las autonomías, para el federalismo y para una votación legal y democrática que dé voz y voto para que los ciudadanos de cualquier nación de España puedan escoger su futuro. Pero eso no está en manos del Partido Popular, sino del resto de las fuerzas políticas de España y de Cataluña, así que échenle cojones (y ovarios), señores y señoras, y eviten que, catalanes o españoles, sigamos sintiendo vergüenza de lo que significa pertenecer a un país, o varios, que ha olvidado el significado de las palabras «libertad» y «democracia».


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Corleone y la independencia

Encarnado en el don de la familia Corleone, Al Pacino daba voz a los pensamientos de varios de los personajes que se encontraban alrededor de una mesa de reuniones en La Habana: «pueden ganar», decía, «porque no tienen nada que perder». Estos días han dejado muchas imágenes rupturistas, pero ni unos ni otros de los que están por ahí arriba se plantean que las cosas puedan pasar a mayores. A las redes sociales, sin embargo, mejor no acercarse más de la cuenta, pues quien no te envía al ejército de tierra, le baila el agua a la andaluza y te aplica el ciento cincuenta y cinco —que tiene una rima muy fea, y no voy a ser soez aquí— y te ataja el problema en un pispás.

Hyman Roth, don Corleone y asistentes a Cuba (El Padrino II)

Yo no creo en banderas, y, por lo tanto, soy tan poco nacionalista como independentista, pero ya he dejado escrito en reiteradas ocasiones que tampoco creo en unidad sin un proyecto común detrás. No creo en la política, sino en los hombres sabios, como Ortega y Gasset, que decía que la nación remite al sentimiento y el estado a un proyecto común. Sin proyecto común, los estados mueren, y son las naciones las que prevalecen, puesto que los primeros, quienes lo sienten, lo hacen mediante un papel, y las segundas viven en el corazón.

No creo en esta política. Creo en aquella gente que ha visto más que yo, como Iñaki Gabilondo, quien lo ha visto todo de ese escenario patrio, a veces de cambio, y, a menudo, dantesco y escatológico; Iñaki es un tío que te puede caer bien o te puede caer mal, pero tiene visión; Iñaki, quien decía que el problema no era el día 1 de octubre, sino todo lo que habremos hecho hasta llegar a ese domingo de urnas secuestradas desde el conjunto de España y después para terminar de perder Cataluña. Porque se inflaman los ánimos de los que sienten y de los que no sienten, de los que sienten unidad y de los que sienten democracia, pero un bando tiene claro el camino y el otro solo sabe que no le gusta la dirección. Julia Otero escribía hoy una tribuna en el 20Minutos que decía lo siguiente: «La mitad de la ciudadanía en Cataluña no quiere la independencia, pero son invisibles para la Generalitat. La otra mitad quiere la independencia, pero la Moncloa los ignora.» El problema, Julia, es que eso no es del todo cierto: dos se sacan la minga, y el primero que se la guarde en los pantalones, pierde. Uno de ellos es el hijo del dueño del bar, y se cree con derecho a todo, el otro lleva pululando por allí toda la vida, y está hasta los cojones de tanto pitorreo: ninguno de los dos se plantea perder ese pulso, a riesgo de no poder volver a pisar el local. Entonces, ¿quién gana?

Manifestantes Madrid (derecho a decidir Cataluña)
Manifestantes en la Puerta del Sol de Madrid que defendían el derecho a decidir de Cataluña.

¿Es tan simple? Por supuesto que no. Hoy, chocan identidades, y modos de vida, y fiscalidad, que son tres de los grandes problemas que enfrentan España y Cataluña; pero la guardia civil, y la persecución de libertades y las fotografías de tanques en Lérida —pues claro que hay ejército en Cataluña, ¡y en todas partes!— son otro golpe bajo por parte de un gobierno que ha tenido tiempo más que suficiente, pero que se ha amparado durante demasiados años en el statu quo de una dictadura, de unas autonomías que (ya) no funcionan, de una presión fiscal que vive del ayer, e incluso de los sueños de unos para configurar los de todos, cambiando el ya arcaico e indiscutible catolicismo de época por un centralismo que ya agoniza en su búsqueda de federalismo.

¿Cuál es el problema que enfrentan los paletos de traje y corbata y los que piden una votación de todo el país para que Cataluña se independice? Que no saben lo que de verdad importa; que no entienden que el Derecho de Autodeterminación de los Pueblos es solo un papel más que no contempla todos los supuestos de Europa: que no saben ni qué coño firmaron en su momento. Yo no soy nacionalista, de ningún tipo, y tengo amigos que se sienten y amigos que no se sienten, pero todos hemos visto cómo hace diez años el proyecto independentista eran cuatro gatos, y hoy puede ser una realidad. Y lo más triste es que esto se haya potenciado a través de los partidos que hospeda el gobierno central y no solo del bloque catalanista, y que ahora se pretenda detener mediante la prostitución de los pocos valores democráticos que España aún podía enorgullecerse de respetar.

En El Padrino II, el viejo Hyman Roth (Lee Strasberg) regaña a Michael por poner nerviosos a los asistentes a la reunión con locas ideas sobre los rebeldes cubanos, sin entender que el único pecado de don Corleone es decir en voz alta lo que todos estaban pensando en sus cabezas. Quizá con Cataluña pase lo mismo; con una gran diferencia: cada vez hay más leyes, y pueblos, y medios, que amparan el proyecto de referéndum que quería lanzar el gobierno de Carles Puigdemont y menos demócratas que pueden defender la postura oficial española.

El huracán Trump

El planeta le ha soltado un buen tortazo a Donald: hace unas semanas, Harvey desembarcó en Texas tras un extenso recorrido por el Atlántico, y, poco después, lo ha hecho Irma, que todavía amenaza las 1.700 islas que componen los Cayos de Florida.

Fue el 2 de junio de este mismo año cuando el presidente estadounidense estiró casi a la mitad de Norteamérica fuera del Acuerdo de París, cumpliendo con una de sus principales promesas electorales, que decía, textualmente, que el cambio climático era una invención de los chinos para minar la competitividad de la industria norteamericana. Unas declaraciones que repitió en reiteradas ocasiones en su carrera hacia la Casa Blanca y que reñían con sus propias palabras en 2009, cuando un Trump de la élite empresarial yanqui pedía a Barack Obama medidas significativas para luchar contra una de las pandemias de nuestro siglo. Fue en Copenhage.

Trump (Acuerdo de París)
Trump gesticula sobre los beneficios en el descenso de temperaturas que se podrían conseguir con el Acuerdo de París. © Kevin Lamarque (REUTERS)

A diferencia de su padre, Ivanka, que ha mantenido hasta hoy lo que refrendó en Dinamarca, también ha sufrido el duro castigo de ver cómo su progenitor o bien no tiene palabra y se mueve a favor de los vientos, o bien se ha visto infectado por el «síndrome Homer Simpson», volviéndose más estúpido capítulo tras capítulo. Desde luego, la idiotez tiene muchas caras, y una de ellas no deja de ser la terquedad, pero queda por ver si Donald puede mantener esta opinión anticientífica cuando las pérdidas humanas —casi un centenar— y materiales —más de 290.000 millones de euros— no solo señalan un tsunami político en EEUU, sino también una nueva defensa de la postura oficial o un cambio necesario en la misma.

Por descontado, nadie debería esperar ver a un Trump cabizbajo y arrepentido entonando el «mea culpa» en CBS, NBC o FOX, por citar tres de las grandes cadenas de la parrilla televisiva norteamericana, pero sí un cambio sutil en la dirección presidencial que nos acerque de nuevo hasta el siglo XXI. Queda por ver, no obstante, dónde empieza el rostro y termina la careta, algo que ni tan siquiera muchos de sus votantes saben, hoy, a ciencia cierta, pues siguen sorprendiéndose del cumplimiento de algunas de sus grandes promesas de campaña.

Sin embargo, hay espacio para el optimismo, aunque llegue desde un pragmatismo deplorable y carente de ética como el de Donald, que ejemplifica a las mil maravillas aquel «Make America Great Again» que ha quedado para la posteridad, y ni original era. Y es que el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos ha encontrado en el desastre una vía de escape para su promesa más descabellada: obligar a uno de sus países vecinos a construir y pagar un muro de miles de kilómetros. Además, está bastante claro que el promotor de la Torre Trump tomará en mayor consideración el análisis del Grupo Goldman Sachs que las palabras de Joel N. Myers, presidente de AccuWeather, y ya no digamos de las decenas de organizaciones científicas que han ratificado el cambio de era geológico y la clara inferencia del ser humano en los ecosistemas. Pero de esto no deberíamos sorprendernos: ese es el mundo que hemos creado entre todos, y, en este mundo, el dinero prima por encima de la propia vida.

Hablar con tus enemigos

En uno de los muros del colegio al que fue mi mujer de pequeña, dice: «Si buscas la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos». Pero a saber qué decían las paredes del centro donde se educaron Mariano Rajoy, Carles Puigdemont o Soraya Sáenz de Santamaría. Supongo que algún tipo de Alea jacta est, para que se fueran acostumbrando desde cachorros.

Tras el paripé del debate parlamentario se demuestra lo que muchos ya sabíamos: Junts pel Sí y la CUP no tienen fuerza suficiente para empujar hacia delante al resto de fuerzas políticas catalanas —y cabe añadir que estas tampoco están por la labor—, y que esta huida hacia delante no tiene un objetivo claro, más allá de una presión activa a Madrid, que sigue haciendo oídos sordos a cualquier demanda por parte de Cataluña, a sabiendas de que el porcentaje de participación de la comunidad no permitirá un verdadero referendo vinculante.

Viñeta (Faro; España+Cataluña)
Viñeta satírica de Andrés Faro sobre «la cuestión catalana».

Llegan momentos de tensión, porque empiezan a desenquistarse problemas que arrastra todo el Estado español desde 1977: un conflicto de identidades y de naciones que se ha escondido bajo la alfombra de las autonomías, pero que llevan dando señales de que tienen que pasar por el mecánico desde mucho antes del Estatuto de Autonomía de Cataluña y el Plan Ibarretxe.

Todo ello, no quita que las cosas no se deban hacer con alevosía salvaje, con presiones y carpetazos como los de ayer, que omiten otras formas de pensamiento democrático e ideológico y que, sobre todo, han prostituido el sentimiento de catalanidad para eludir que no existe ni plan de acción ni hoja de ruta.

Sí es cierto que, cuando lleguen las lágrimas y los «cachetazos» europeos, los catalanes podremos achacar un gran peso de la culpa al Gobierno central, que, como bien decía hoy el editorial de CTXT con gran acierto: «Por muchas torpezas y errores que estén cometiendo las instituciones catalanas y el movimiento independentista, creemos que, ante todo, corresponde al Estado establecer el marco político que permita procesar y resolver democráticamente la demanda, ampliamente mayoritaria en Cataluña, de un referéndum.» ¡Y cuánta razón hay en esas palabras!

Viñeta de El Roto (Cataluña/España)
Viñeta de Andrés Rábago García (El Roto) sobre la crisis entre Cataluña y España.

La democracia no ha muerto. Sin embargo, exige hablar y, todavía más importante, negociar y parlamentar con nuestros enemigos, algo que ni las fuerzas políticas catalanas ni las españolas recuerdan, y, como ejemplo, tenemos las elecciones generales de los dos últimos años. Ni España, ni Cataluña; nuestro país —lo sienta cada cual como lo sienta— tiene una historia propia y otra compartida, y por mucho que la línea azul del ejecutivo siga creyendo que solo existe un marco político, la realidad es que, de existir, en absoluto es el de un estado centralizado, sino el de un gobierno federal que deberá afrontar otros muchos problemas cuando ni Madrid parta y reparta, ni se pueda obviar que, no solo se trata de sentimiento nacional, sino también de contribuciones (muy) desiguales hacia un objetivo que se ha demostrado, una y otra vez, que no siempre es común.

Hay dos citas más que son aplicables a muchos de los actores de este folletín de semanario cutre: «Tú mismo eres tu peor enemigo» y «Toda persona tiene derecho a ser estúpida, pero algunas abusan de ese privilegio». Veremos cómo se suceden las cosas durante las próximas semanas, pero hay algo que tranquiliza, y es que, después del día 1, volverá a salir el sol, una vez, y otra, y otra. Es la ventaja de la desconexión política y social que sufrimos en la actualidad: que organiza, pero ya no dicta; ¡y qué coño! A menudo, casi mejor.

El Occidente del senpai y el kōhai

Las artes marciales trajeron a Occidente un concepto social nipón que resulta difícil trasladar a nuestro mundo: la relación senpaikōhai. Una noción que tiene su acepción más próxima en el tutor y el tutelado, si bien el senpai, a diferencia del anterior, estará siempre cursando la misma actividad, estudio o trabajo que su tutelado.

Una primera respuesta la encontramos en la historiografía japonesa y, concretamente, en la mezcla que cristalizó al combinar el confucianismo, la familia tradicional japonesa y la ley civil de 1898 (Era Meiji), que mantuvo el koshusei (戸主制) o sistema del cabeza de familia, el cual, en la práctica, continua parcialmente vigente —por lo menos, psicológicamente— en gran parte del país. Pero quizá, habiendo nacido lejos de aquellas fronteras, sea difícil comprender estas dos simples palabras en toda su extensión, como el ciego que nunca ha visto por sí mismo y debe vivir con las imágenes que le describen las palabras de otro.

Fuera de Japón, los dojos o escuelas de artes marciales han generalizado un concepto que, al abandonar esas costas, no resulta extrapolable a otros ámbitos académicos, deportivos o laborales. Asimismo, como cualquier otro fenómeno social, parece que el senpai-kōhai se ha adaptado a unas circunstancias concretas fruto de cada contexto: de este modo, en el colegio japonés, la relación será de uno a uno, mientras que cualquier persona que inicia su camino en un arte marcial encontrará a toda una comitiva de senpais frente a él. Esto es debido a que, etimológicamente, el senpai (que suele traducirse como «compañero de antes») será todo aquel miembro de mayor experiencia —y, por lo tanto, a menudo, jerarquía o antigüedad— de la escuela, definición que se adapta a cualquier otro practicante de mayor veteranía. Si el principiante termina formando parte del club, pronto deberá dar ejemplo a sus kohais («compañeros de después») y parte del buen desarrollo de los mismos formará parte de la asistencia que él, como nuevo senpai, pueda ofrecerles.

Kendo en una escuela agrícola (alrededor de 1920)
Kendokas de una escuela agrícola japonesa en 1920.

A menudo, esta relación cuesta de entender en Europa, donde el esfuerzo personal es, desde pequeños, demasiadas veces más incentivado mediante recompensas que auspiciado por la superación personal, y, sobre todo, donde la jerarquía es siempre comprendida desde hace ya varias décadas como sumisión impuesta y disciplina intimidatoria, y no como cortesía, respeto y admiración libre. Por suerte, los motivos que pueden llevarte a las puertas de un dojo pueden ser erróneos, pero nunca las razones que te mantienen en su interior.

La relación entre un senpai y un kōhai, no es perfecta, pero siempre es instructiva. Primero, se aprende a ver que somos parte de algo más grande, y que unidos en un esfuerzo común podemos hacer cosas que jamás alcanzaríamos nosotros solos; segundo, se aprende que las cosas no son fáciles, ni justas, y que nada que no tome un buen tiempo conseguir merece la pena: esto es, esfuerzo, crítica, contusiones —en el ámbito deportivo—, el hallazgo de silencios que dicen más que las palabras, y, a veces, solo impotencia y frustración frente a las que debemos sobreponernos; tercero, se aprende que nosotros no somos sin un maestro, pero tampoco sin los compañeros que nos acompañan, y que el maestro no lo es sin alumnos, así como el senpai no puede serlo sin el kōhai. Esta es la enseñanza más tardía y más perdurable, aquella que dura toda la vida, porque más que ninguna otra debe demostrarse con el ejemplo, la que te hace respetar y hacer respetar la etiqueta y las buenas formas, la que te demuestra que tú enseñas en la medida que aprendes de otros, y aprendes en la medida en la que enseñas, y, así, eres escuela de vida.

Hace tiempo, uno de mis senpais me envió un artículo. Decía que los kenshi somos muertos vivientes, que no podemos olvidar que cada ippon debería habernos matado y estar agradecidos de lo que este nos enseña para seguir avanzando en nuestra propia senda. Parece justo afirmar que si debemos estar agradecidos al corte que nos enseña, también deberíamos estarlo al hombre (o la mujer) que empuña el arma con juicio, ¿o no?

El yihadismo atacó Ciutat Vella

Ayer a media tarde el yihadismo atacó Ciutat Vella. El barrio que fue hogar de mis abuelos y bisabuelos. La Rambla que mi hermano pequeño se apresura a recorrer camino a sus clases de verano, las tiendas que mi madre visitó en busca de otra docena de libros que devorar antes de que termine agosto; el hogar de miles y miles de personas; parte de la idea con la que sueñan cientos de miles de turistas que ansían visitar mi ciudad.

Una furgoneta de alquiler con un terrorista a los mandos embistió contra la marabunta de gente que se agolpa a pocos metros de Plaza Cataluña, donde los culés celebran sus éxitos deportivos y los vecinos se sientan a ver cómo la gente desciende con parsimonia hacia el mar, o se desvía hacia el casco antiguo o el Raval.

Atentado yihadista en Las Ramblas de Barcelona
Fotografía de David Armengou que ejemplificaba una de las noticias en El Periódico .

Esa furgoneta convirtió el tercer jueves de este agosto en otro momento negro a recordar: quedará marcado como un día triste en el que pronto olvidaremos a ese niño de tres años que solo pudo alcanzar el hospital, y todas esas imágenes, mensajes y llamadas de confusión que recibimos; también a aquellas personas que, en vez de atender heridos, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de buscar ayuda, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de llorar de impotencia, grababan con un teléfono móvil. Pero no nos quedemos con el lado amargo de la tecnología, ese que se apresuró en filmar la masacre, probablemente fruto de la impotencia, o ese otro que, pocas horas después, ya buscaba su minuto de gloria entre comentarios políticos que tienen la desvergüenza de firmar.

Facebook nos mostró su lado más amable y nos hizo saber que amigos/as y conocidos/as estaban bien, que no habían sido arrollados por un terrorista en esa escena de pesadilla que se desarrolló en el centro de la ciudad; las RRSS y la TV informaron rápido, Twitter permitió movilizar a la gente, la prensa digital se volcó en la difusión, incluso las instituciones y los políticos dejaron a un lado diferencias y trabajaron unidos. Todo el país lo hizo, y, sobre todo, la mayoría estará de acuerdo en que, ayer, no importaba lo que cada uno considere estado.

Esta noche, mientras muchos de nosotros dormíamos o intentábamos digerir lo que unos desalmados habían hecho, los controles policiales han abatido a cinco personas en Cambrils (Tarragona). Se cree que se dirigían, de nuevo, a la capital, con el fin de acometer una nueva agresión contra aquello que amamos y aquellos a los que amamos.

En la impotencia y el miedo que nos reconforte nuestra propia fortaleza como comunidad, fortaleza que ha creado un mundo propio que está dispuesto a defenderse con uñas y dientes, y a cualquier precio. Y eso es muy importante, porque ayer nos hicieron recordar a la fuerza, igual que en Niza o en Londres, que estamos en guerra contra el terror, que debemos vivir sabiendo que el yihadismo no es algo que se circunscriba a los enfrentamientos de Oriente Próximo y Oriente Medio en los que la mayoría de países occidentales somos partícipes, sino en cada ciudad y país que no acepte y siga las premisas del extremismo. Pero nosotros ya lo sabemos, ¿verdad?, y cada ataque, cada bomba, cada muerte, solo nos hace ver con mayor claridad lo importante que es defender la lucha por la libertad, por los derechos humanos y la democracia.

Hoy, toca enjugarse las lágrimas, tragar saliva y salir a la calle sabiendo que puede volver a ocurrir, que quizá no ocurra en Barcelona, o en España, pero que probablemente ocurrirá otra vez, y, por esto, que seguir viviendo como vivimos es una de las formas de evitar que venzan; también recordar, hoy más que nunca, que el bando no lo erige el nombre de tus padres o tu ciudad de origen, sino el deseo férreo de aquellos que quieren luchar por un mundo mejor y no de la terrible determinación de unos pocos por extender la muerte a su paso.

Morir de éxito

El día 8 de agosto desembarqué en el puerto de Palma con el jeep, mi mujer y tres perros en el maletero para disfrutar de un par de semanas de vacaciones en la isla. La semana anterior, había leído varios artículos sobre turismofobia y el modelo erróneo que, para muchos, ha potenciado el alquiler turístico —como este, o este otro— y, en concreto, plataformas de alquiler vacacional como AirBNB, pero confieso que no esperaba que el panorama me persiguiese a las Baleares.

Coves del Drach
Fotografía de las Cuevas del Drach en Porto Cristo (Mallorca).

En el contexto actual, se han unido múltiples cuestiones que han terminado por crear un caldo de cultivo cuyos ingredientes son difíciles de identificar: una oferta enorme, dinero fácil, rentas medias bajas, paro u oferta laboral estacional… De ahí, afloran platos que provocan empachos, y que permiten en la Barceloneta (o en Palma) alquilar pisos de veinte metros cuadrados a trescientos euros por noche.

es Trenc (Campos)
Fotografía panorámica de la playa de es Trenc en Campos (Mallorca).

Con el ferry a nuestras espaldas, cogimos el paseo marítimo y enlazamos con la Ma-19 hasta el Arenal; recuerdo que, pese a mis cinco o seis veranos en Mallorca (dos de ellos completos, pues vivía aquí), jamás había encontrado un atasco en ninguna autopista a las siete de la mañana. Poco a poco, esta situación se normaliza, mientras el Govern Balear lanza dos medidas que demuestran que el verano se les ha descontrolado por completo: limitar el número de coches de alquiler en 2018 y perseguir todos los pisos arrendados que no cuenten con una licencia de alquiler vacacional.

Aquí, igual que en la Barceloneta, muchos se echan las manos a la cabeza y critican la turismofobia, alegando que esta actividad es sinónimo de riqueza para los municipios; sin embargo, otros no lo tienen tan claro, y no solo ven un proceso de gentrificación global asociado, sino que incluso temen ser expulsados de sus barrios o localidades en el futuro. Los turistas, no obstante, no entienden exactamente cuál es problema y, cuando lo entienden, se sorprenden de que, en un país donde el modelo social caló durante varias décadas, se permita que el neoliberalismo económico impere a sus anchas incluso en los mismos bienes de primera necesidad.

Para asegurar las letras que aquí transcribo, no he perdido la oportunidad de (re)visitar algunas de las grandes atracciones turísticas de la capital (la catedral, el marítimo, la lonja…) y algunas de las que se esconden por la isla: Coves del Drach, es Trenc, la Iglesia de Sant Bartomeu, en Sóller, o la Cartuja de Valldemossa por nombrar solo cuatro. Todas y cada una de ellas, todas estas, y muchas otras, están atestadas hasta la bandera. Están atestadas hasta llevar el turismo balear al extremo contrario que vivió hace unas pocas décadas: de las visitas minoritarias de una de las joyas del Mediterráneo a la masificación descontrolada y alegal a la que nos enfrentamos hoy. Quizá ni uno ni otro; quizá el éxito no puede ser minoritario, pero ¿debe morir entre marabuntas que no están dispuestas a pagar una habitación de hotel o una copa en la discoteca?

De todo esto también hay dos caras. El Arenal es el ejemplo más cercano que encuentro: aquí, el turismo de sol y playa se amontona pese a los nuevos hoteles de cinco estrellas que han brotado en la zona; en las tiendas de souvenirs de todo el municipio se venden cubos con cervezas y botellas de licor por unos pocos euros. Si preguntas en los comercios, nadie quiere al turista que gasta poco y ensucia mucho, nadie quiere al turista que atrae a los trileros, al descontrol y afecta a los vecinos, y, sin embargo, ¿qué se puede hacer? Cuando les dices que no tienen licencia para la venta de alcohol, contestan: «De algún modo, tendremos que ganarnos la vida con este turismo de mierda.» Es la pescadilla que se muerde la cola: seguimos sembrando con las peores semillas, pero nos sorprende recoger lo que recogemos.

La ilegalidad tiene dos caras: condena o burla

David Casinos es un atleta paralímpico español. Nació en Valencia en 1972 y ha sido medalla de oro en cuatro JJ.OO. consecutivos: Sidney (2000), Atenas (2004), Pekín (2008) y Londres (2012). Sus principales disciplinas son el lanzamiento de peso y de disco y peso, y su trayectoria deportiva es impecable y digna de todo tipo de reconocimientos.

David compite en la categoría B1, pues convive con una ceguera total en su día a día; algo que no parece haberle impedido alcanzar las metas que se ha propuesto a lo largo de su carrera, y, sin embargo, nos demuestra que, a veces, los grandes obstáculos no son deportivos, sino que llegan de donde uno menos esperaría: el deber cívico de sus conciudadanos.

Así, en los últimos meses, la compañera de David, Farala, una preciosa labrador de color negro, ha sido vetada de cuatro taxis entre Madrid y Valencia por «soltar mucho pelo», algo que el deportista precisaba en El Mundo: «este tipo de situaciones suponen «hechos aislados», […] la mayoría de conductores son gente maravillosa, aunque de vez en cuando te encuentras a estos bárbaros.» En la estación madrileña de Atocha, Casinos denunció a los conductores, pero tuvo que volver a lidiar con ello en la de Sorolla, en su localidad natal.

David Casinos y Farala
El deportista David Casinos junto a Farala, su perro-guía, una labrador de pelaje negro. ©Biel Aliño

De cualquier modo, este es uno de esos casos cívicos que más portadas debería llenar en la prensa y más tiempo ocupar al poder legislativo; la razón es sencilla: creemos que es una minucia que David Casinos quede con su perra-guía en tierra porque un taxista no desea dejarles subir, y, entonces, justo entonces, es cuando la excepción empieza a convertirse en la norma.

Si este se planta porque no quiere quitar cuatro pelos del taxi, ¡voy a ser yo el imbécil!, pensará algún otro conductor que no entiende que esa también es una de las obligaciones de su trabajo, y que nada tiene que ver con el transporte de animales de compañía para otros usuarios.

La duda ahora es si las demandas de Casinos trascenderán, e incluso si el Sindicato del Taxi actuará motu proprio, y, de este modo, si estos conductores que, además de ser unos maleducados, se han saltado a la torera sus obligaciones laborales serán castigados como es debido. Si así fuera, percibiríamos como la ley tiene el poder justo que ciudadanos e instituciones le ofrecen, y entenderíamos que son estas las causas que lo merecen y que construyen nuestra sociedad. Por el contrario, obviar estas situaciones, hacerlas de menos, supone un flaco favor a David Casinos y al resto de compañeros con dificultades de visión, movilidad, etcétera; pero no solo a ellos, también a todos aquellos que podemos creer que la ley construida y aceptada entre todos, ha terminado por convertirse en una caricatura donde estas excepciones no se frenaron a tiempo.

Por el momento, la opinión pública se ha mostrado totalmente a favor del deportista, hecho que tranquiliza, y ahora queda por ver si echamos a andar los mecanismos necesarios para evitar estas vergonzosas excepciones, o nos acercamos, con tristeza, un poco más hacia el incivismo.


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No es cuánto, sino cómo

El otro día murió David Delfín. Tenía 47 años. Algo así como 17.155 días: 411.720 horas: 24.703.200 minutos… Ya os hacéis una idea.

Apenas conocía el trabajo de Delfín; tampoco el de Bimba, sobre quienes, en la distancia, solo puedo advertir que otros vieron algo especial, pero no yo. Exactamente lo mismo que me ocurre con algunas de las chicas que Almodóvar cree haber hecho suyas en muchos de sus filmes: necesitarías los ojos de otra persona.

David Delfín y Bimba Bosé
Fotografía del diseñador David Delfín junto a la modelo Bimba Bosé.

Por lo tanto, y como siempre, para lo que algunos allegados fue un mundo y un golpe durísimo, para el resto quedó grabado en un titular de hemeroteca. Eso es más de lo que deja atrás la mayoría, quienes se contentan con una esquela o un linaje de consanguinidad; pero tampoco engañaré a nadie si digo que, para muchos, también es un pensamiento recurrente.

Yo mismo, frente al ataúd de mi abuelo, pensaba: ¿Cómo un hombre tan bueno no ha conseguido llenar de asistentes el tanatorio entero? Más tarde comprendí que el padre de mi madre tenía otra virtud: no solo era bondadoso, sino que también fue siempre alguien sencillo. Con mi padre, ocurrió algo similar; pensaba: ¿Cómo alguien que no solo ha sido buena persona, sino que ha tenido un gran éxito en los negocios «solo» ha conseguido llenar un tanatorio hasta la bandera? Quizá tenga suerte, y, algún día, alguien piense sobre esto mirando el mío.

Lo cierto es que, aunque sabía de muchos aspectos de la vida de mi abuelo, o de mi padre, una amplia mayoría quedaron a oscuras y se perdieron bajo una tumba; en realidad, entre porcentajes, es difícil que conozcamos más allá de una escueta cifra a quienes conviven entre nosotros; en realidad, quizá conocemos un 1 % de la vida de nuestro artista favorito y un 3 % de la de nuestro padre. Difícilmente sabremos a cuántas chicas amó, o qué escondían sus silencios; jamás entenderemos cuántos miedos ocultó al mundo, ni el porqué, y eso es maravilloso, fascinante e irrepetible.

El hijo del hombre de René Magritte (1964).

Una vida es algo mágico, ¿y cuántas veces lo olvidamos? Sentimientos y emociones que quizá nadie más experimentó nunca; caminos que no volverán a recorrerse del mismo modo, personas que el azar unió una vez entre miles y miles de años, seres que el azar creó entre miles de millones de partículas… Confundimos la unicidad de cada una de nuestras existencias con la importancia que estas tienen en el universo. Puede que él, como diseñador de moda, nunca pensase en la importancia de cada uno de nosotros en el cosmos, ¿pero acaso habría escrito estas líneas si alguien a quien jamás conocí no hubiese muerto este mes?

David Delfín murió el día 3 de junio. Eso es hace 24 días: 576 horas: 34.560 minutos… Ya os hacéis una idea: desde entonces, ha transcurrido un 0,14 % del tiempo que él vivió, así que, quizá, y solo quizá, la clave no sea cuánto, sino cómo.

El PP (no) quemó Doñana

Toda esta columna es ciencia ficción. Lo comento por adelantado, para todos aquellos miembros del gobierno que no lean a Brandon Sanderson o a Patrick Rothfuss y que crean que esto es un ataque directo contra su partido. Supongo que queda claro, pues, pero vistas las últimas declaraciones de nuestro amado presidente, que salvo alguna cosa siempre se explica a las mil maravillas, lo repetiré: este texto no es más que ciencia ficción, y dudo que haya alguien en España que dude del buen funcionamiento de la Ley de Montes, de la que ya hablé anteriormente, también con grandes dosis de imaginación en un artículo anterior.

Dijo Cristóbal Montoro que debían quedar zanahorias para negociar durante los otros dos años de legislatura, pero quizá se las comieron todas por Génova. O se las comieron, o se las gastaron en otro tipo de conejos, que no sería tan raro, puesto que en Mallorca es moda, y si no, que se lo digan a Cursach y a sus compadres, que no me parecería raro que la importasen a la península con el fin de marcar tendencia: no todo van a ser desfases por Ibiza en verano…

Doñana (Huelva)

Esa es la opción uno, que se hayan comido demasiadas zanahorias y ahora no sepan que los banquetes y las putas no salen de los chanchullos, o no tienen por qué. Bueno, están aprendiendo: ellos no se pegaron la hostia, como tú y como yo, y no saben qué es eso de vivir por encima de sus posibilidades; eso es para los primos que pagan el pato, como tú y como yo; los primos que se creen las tonterías del desafío independentista, y el cabrón del fontanero que elude doscientos pavos, y la bilis del Marhuenda o el otro «tontopollas» que sigue manteniendo el look (canoso) del Curro Jiménez de los setenta.

En ese caso, se les podría perdonar un poco. Al final, ellos están ahí, han nacido ahí, han crecido ahí, han robado ahí, y han vivido así. ¿Cómo les vas a decir que democracia no es una excusa para los chanchullos y las corruptelas? Hombre, al nene se le dice el primer día que no juegue con la pelotita en el salón, pero, cuando lleva diez años dando «patadones» por toda la casa, el «por qué» está justificado.

La opción dos, sin embargo, es otra. La opción dos no empieza con un argumento simple de película de serie B, donde se ve claro desde el principio quién es el malo y de qué forma la va a liar bien parda. Se desarrolla a través de una trama muy y muy compleja, tan compleja que, después, cuando nos tiren las zanahorias, estas sean suficientes para apaciguar al porcentaje necesario; estén estas o no aderezadas con una pizca de «romper España» o de «rojos tocapelotas con Venezuela»; pero suficientes para aprobar una Ley de Montes, presentar un proyecto de almacenes de gas en una Parque Natural, dar el beneplácito del gobierno, y, seguidamente, arrasar hectáreas y hectáreas con un incendio provocado.

«Así se construyen las coincidencias», dice un breve mensaje desglosado en cuatro pasos que hoy corre por la red, pero si todo eso fuese verdad, eso no serían coincidencias, eso, quizá, se podría llamar terrorismo de estado, y quizá, y solo quizá, de ser cierto no solo explicaría la maldad de un gobierno corrupto, sino la idiotez de un pueblo que se resiste a creer que ese lobo que está devorándonos desde el interior del cercado hace tiempo que perdió su pelaje de oveja.

Pero en este caso, nada apunta a que el incendio, provocado o no, se haya propagado debido a tales causas, puesto que la Ley de Montes requiere de una normativa autonómica —en este caso, la andaluza— que especifique cuáles deben ser las causas que permitan la recalificación; eso sí, es harina de otro costal si los personas de esta trama de ciencia ficción sabían realmente cómo funcionan las leyes y las trampas que nos imponen. Capaces de haber arrasado hectáreas y hectáreas por no entender sus propias firmas… Pero claro, hablamos de fantasía, no de política.


Enlaces relacionados:

Cuatro sucesos totalmente circunstanciales:

  1. Aprueban una Ley de Montes que permite recalificar los bosques incendiados siempre que el gobierno declare el proyecto «de utilidad pública». (2014)
  2. Gas Natural Fenosa presenta el proyecto Marisma, para instalar almacenes de gas en Doñana. (2015)
  3. El gobierno declara el Proyecto Marisma, de Gas Natural Fenosa, «de utilidad pública». (2016)
  4. Arde Doñana (2017)

    Así se construyen las coincidencias.