Always… Franco

Habrá quien piense que Valtonyc es gilipollas, que Pablo Hásel o La Insurgencia no tienen razón en todo, que hay arte con muy mal gusto en ARCO, o que Marta Sánchez da gana de vomitar entre el oportunismo y la letra de mierda que le ha enfundado al himno de España. Eso se llama libertad de pensamiento, y es la capacidad de disfrutar de cualquier idea, opinión o pensamiento sin limitaciones internas o externas. Eso no existe en España, porque tampoco existe la libertad de expresión, que, según los sistemas jurídicos y las sociedades modernas, encuentra límites solo cuando entra en conflicto con otros derechos fundamentales.

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Always Franco, del artista Eugenio Merino (Madrid, 1975).

En España, no es así; en España, hoy, la libertad de expresión encuentra límites prácticos cuando se dirige hacia uno de los dos grandes canales ideológicos: aquel que no es heredero del franquismo, del españolismo, de la España buena; en el otro, no hay condenas ejemplarizantes de las que dan urticaria. Diría el gran Eugenio: ¿Saben aquell que diu… que entran en el trullo tres raperos mientras salen por detrás todos los vejestorios del Caso Millet? Que viene la rubia que tributa en Miami a dar lecciones de nacionalismo para esconder todas esas manifestaciones de pensionistas —ojo, muchos votantes del Partido Popular y de Ciudadanos que no escarmientan ni escarmentarán, oye, aunque ojalá solo fuesen algunos de estos y no tantos jóvenes dicotómicos también—; la puta gente que cree que el problema lo tiene una tal Anna Gabriel que ha volado a Suiza y se ha cambiado el peinado, y no un país que ha retrocedido cuarenta años y en el que, parafraseando a El Jueves, no se puede decir que los Borbones —o borbones, qué coño, con minúscula que no merecen más— son unos ladrones, ni que el rey emérito se va de putas con nuestro dinero. Lo comentaba el otro día, mucho más cansado con treinta y tantos que cuando eran veintipocos: no es cuestión de banderas, sino de rescates bancarios y de una gran banca que provocó una crisis y no ha tributado por beneficios desde entonces, de gentrificación en las grandes ciudades —como Barcelona, o Madrid, o Palma, o tantas otras—, y de lo que nos han metido por el gaznate, y hasta normalizado, por la fuerza de la costumbre: de las cuotas de autónomos impagables, de los sueldos mínimo de mierda, de las subidas de pensiones que ni subida son y de la vivienda digna, que son las padres, y nunca mejor dicho. En España, nada nuevo bajo el sol: el lobo sigue de ovejero.

Hay que reconocer que saben lo que se hacen, que saben de su verdadero oficio, que no es la política, y nunca lo ha sido, sino desangrar, poco a poco, un país y a sus ciudadanos. Yo me quedo con el tuit que compartía a la media tarde del martes el cantautor Ismael Serrano, decía: «Esto es una locura.» Y lo que ya no dice tanto en cambio: Papá, cuéntame otra vez, esa historia tan bonita, de gendarmes y fascistas… No sé si volverán los flequillos sobre las nuevas frentes, pero el resto cada vez está más cerca. Y para qué recordar, si ya lo estamos viviendo.

Y encima se nos muere Forges, me cago en todo. 

Morir, morimos todos

La hermana de una amiga de mi madre tiene un cáncer muy agresivo en el cerebro. Los oncólogos le han dicho que es operable, aunque no está exento de riesgos. Quizá las posibilidades son cincuenta/cincuenta, o algo mejores. Conozco a esa mujer, pero de lejos; me pareció autosuficiente, alegre y vital: tres rasgos que no siempre se ven en alguien con ochenta y tantos. Cuando le llegó la enfermedad, no obstante, hizo esa pregunta tan recurrente: «¿Por qué a mí?», y lo acompañó de un: «¡Si nunca he tenido ni un dolor de cabeza!» Sorprende, y duele la realidad, y no cuesta tanto como imaginar por qué te coge un cáncer de pulmón fumando cuatro paquetes de tabaco diarios, pero no debería ser así.

El ¿por qué a mí? en relación a la muerte o a la enfermedad tiene muchas respuestas, pero no nos gustan: porque tienes ochenta y dos años, porque todos enfermamos por mil razones, porque tú has vivido una vida larga y hay niños de tres años con cáncer en un pabellón hospitalario, porque la vida es así. No nos gusta pensar en esto. Me fui a hacer un empaste el otro día, y la auxiliar se quejaba a una compañera: «¿Tú te crees? Que dice mi madre que no se va a teñir el pelo, y lo tiene blanco, blanco.» Le he dicho: ‘Mamá, que así pareces una vieja’; y la otra: «¿Y cuántos años tiene?» Respuesta: «Noventa y tres.»

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Iris Apfel (Nueva York, 1921), icono de la moda neoyeorquina que este año cumplirá 97 años.

Nos podemos intentar autoconvencer. Decirnos a nosotros mismos que nos tienen embobaos con la política, las crisis que se suceden una tras otra, la telebasura y el llegar a casa cansados, asqueados del mundo, y no querer pensar. Te coges la prensa, ¿y qué hay que afecte a tu vida?; enciendes la televisión para ver las noticias y tres cuartos. Nos la suda tratar de aprender cómo vivir nuestras vidas, ¡imagínate morir! Pero a veces, hay joyas ocultas por ahí. Yo me topé con una —de cientos, de miles que hay, si buscas— en La Contra de La Vanguardia, donde una madre hablaba de cómo enterró a su hija y superó un cáncer con metástasis en fase 4 como el que se llevó a mi viejo. Se quitó un pecho, se vació el otro, y se dijo: «Voy a luchar», y también: «¡La vida vale más que dos pezones!», y joder sí vale más.

La señora del principio del artículo no quiere operarse. Hay personas, entre las que me incluyo, que no estamos seguros de que el tumor la deje razonar bien, pues el pronóstico para los meses que le quedan es peor que la muerte. Quizá para ella no. En realidad, la cuestión no es esa, y, aquí, tampoco debatir sobre si hay muertes que son mejores que muchas vidas, sino entender que morir, morimos todos, y vivir es más que levantarse y hacer lo que el resto espera de ti.

Stranger Pigs: «Es un lobby.»

El programa de Jordi Évole (Salvados – Stranger Pigs) sobre la industria cárnica ha despertado todo tipo de reacciones: las de quienes ven y las de los que no quieren ver. Y en este gran marco que se abría el domingo pasado surgen miles y miles de opiniones amparadas en el veganismo, el ecologismo tradicional, los modelos alternativos, la ética, las ideologías políticas, o, simplemente, las ideologías. Ha cumplido con el cometido del buen periodismo, que imagino que es lo máximo a lo que aspiraba el de Cornellá; a eso y a no traicionarse, algo por lo que muchos —y, entre ellos, un servidor— lo admiramos.

No considero que tenga mucho sentido hacer otro análisis más del programa. El programa en sí muestra lo que muestra, que es la punta de un gran iceberg, y es pionero en lo que lo es: en mostrar imágenes propias del documental (Cowspiracy, Earthlings, cualquier conferencia sobre carnismo de Melanie Joy o de veganismo e industria alimentaria de Gary Yourofsky) en el prime time televisivo. Puede que yo no sea del todo objetivo por mi ideología, pero creo que Salvados sí intentó serlo: ofreció una vía al diálogo y a la exposición pública, pero los responsables de El Pozo —como parte del lobby porcino— sabe muy bien que es una industria que no puede pervivir en la luz.

A partir de aquí, se han abierto múltiples canales y discusiones: está el bienestarismo de los consumidores más concienciados, que buscan alternativas sin renunciar a la muerte animal, tanto desde la perspectiva social como animal, y también del lado contrario, del lobby, que mantiene los mismos argumentos de siempre: el de las imágenes capciosas u obtenidas sin permisoel de la defensa institucional de un gobierno cómplice, pete quien pete. Es muy ejemplificativo el tuit del chef Ramsay Gordon sobre la lasaña vegana que le enseñaba una fan hace unos días y la broma sobre PETA: no hay duda de que los movimientos por los derechos de los animales están haciendo muchas cosas bien y algunas cosas mal, pero la autocrítica (y la empatía) con la que sí que ha demostrado contar el movimiento, sigue sin estar presente en el resto.

Stranger Pigs ha confirmado los siguientes escenarios:

#1. Cambios éticos en el tejido social

Existe un cambio cognitivo generalizado que no tardará —o no debería— en llegar a la política. Muchos ya no comemos o utilizados animales, otros están verdaderamente interesados por encontrar alternativas más respetuosas con el medio ambiente y con los animales. No es casual la aparición de una nueva certificación de bienestar animal por IRTA y AENOR ni la exclusión de huevos de gallinas enjauladas en el mercado. Tampoco las campañas de Igualdad Animal o de PACMA, a menudo tildadas de bienestaristas, pero que están dando frutos, y lo están haciendo rápido. Aquí se puede encajar la campaña en la que os animo a todos los lectores/as del blog a firmar sobre Los secretos de El Pozo.

Mapache (Borlado)
Escultura-grafiti de un mapache realizada con basura por el artista Artur Bordalo.

#2. Invisibilizar lo que todos pueden ver

Esto nos lleva, sin embargo, a un tema sobre el que la industria es conocedora. Tras películas como Okja, documentales como Matadero y programas en hora punta televisiva, cada vez resultará más difícil ocultar la realidad necesaria que supone alimentar a una población mundial que, en 2100, será de 11,2 mil millones de personas. Toda la industria es consciente de esto, y no solo eso, sabe que no se puede mantener un proceso que nada tiene que ver con cuatro cerdos y dos vacas en una dehesa, sino de explotaciones como la que vimos en el programa de Évole.

#3. Nuevos rumbos y cambios en el mercado

No es casual que las grandes empresas como Google tengan una inversión en alternativas vegetales enorme, y que la carne limpia, como comentaba Ruth Toledano hace un par de días en El caballo de Nietzsche, sea una realidad que casi podemos tocar con las manos. El sufrimiento animal está llegando a su fin, y como ya he comentado en este blog infinidad de veces, lo hará por ciencia y no por ética. ¿Alguien cree que podrá distinguir un filete de ternera «limpia» de uno que han matado en una granja? Quizá el programa y el hashtag del #SalvadosGranjas nos ha enseñado que es bastante difícil de creer: al fin y al cabo, casi nunca sabes ni lo que comes.

#4. Informarse está en nuestras manos

Pero lo peor, sin ninguna duda, es cuánta gente se ha sorprendido por esta verdad que muchísimos activistas y animalistas llevamos muchos años señalando. Hoy, hay documentales, hay libros —incluso uno escrito por un servidor—, hay todo tipo de material gráfico y audiovisual. Hay estudios que demuestran que no hay ningún problema para vivir sin muerte animal, y sin productos de origen animal incluso; hay mil alternativas con productos naturales y procesados. Falta querer abrir los ojos.

Si Stranger Pigs ha servido de algo es para que los cerdos (y sus vidas) dejen de ser extraños para millones de personas, y que estas sepan cómo viven y cómo mueren. Esta semana se ha relativizado, se ha individualizado, se ha minimizado, o devaluado sus vidas, porque son cerdos y casi nos importan más que los trabajadores de la granja (palabras que en boca o letra de pocxs activistas he escuchado o leído), pero lo cierto es que si se mira, se ve, y si nos interesa, gracias a gente maravillosa como Amanda Romero, Lucía Martínez, Ruth Toledano, Concha López, Paula González, Melisa Tuya, Eva San Martín, Tras Los Muros, todo el equipo del Centro de Ética Animal de la UPF, y más, muchos más cada día, y a cada hora, el mañana se va a escribir en verde.

No queremos banderas, ni circo: queremos ser

España es, hoy, quizá muy parecida a la Argentina que describía el gran (actor) Federico Luppi en Martin (Hache): «No es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro: lo que vos dijiste, puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, que es posible, que no es una utopía: es ¡ya!, mañana. Siempre te cagan. Vienen los milicos y se cargan treinta mil tipos o viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que puedes hacer, lo único que puedes pensar es en tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere, se traiciona y se hace mierda, y encima dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. Saben trabajar a largo plazo.” Salvando las distancias, descubres que no hay tantas: hay gilipollas, por todos lados.

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Imagen de archivo de ElDiario.es durante las manifestaciones del 15M en 2012.

Yo nací y crecí en Cataluña: en Barcelona. Tengo mucho de pixapins, y hasta me gusta; me identifico con quien me identifico, que, al final, es con media España, porque mi padre era un charnego que no soltó en toda su vida ni siete palabras en catalán, mi madre es de la ceba, y el resto, mezcla de culturas. En otras palabras, que hay quien se siente más de una bandera que de otra, y gente que se siente de todas, o de ninguna, de tantas que tiene uno aquí por elegir desde su barrio hasta Europa. Pero estos meses de enroque nos han dejado con una sensación agridulce de estancamiento que sabemos que le encanta al Partido Popular —ahí, M. Rajoy bien sabe que el resto se debilita siempre el triple más que ellos—. La realidad es que así como ya no existe la ciudad preolímpica en la que me salieron pelos en las piernas, tampoco existe aquella Cataluña: ahora hay dos Cataluñas, ambas intervenidas por un ciento cincuenta y cinco que mala rima tiene. Una de Arrimadas, otra de Puigdemont, pero ¿y qué? En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos. De que aquí, al margen de empresas que vienen o se van a golpe de BOE y decreto ley, de lazos amarillos, de no nos dejéis solos y del ¡a por ellos!, este país —cualquiera que elijas— ya no es.

En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos.

¿Qué le importa España o Cataluña al grueso de una generación que tiene que mendigar el coche a sus padres ya jubilados, o casi? Una generación para la que los hijos, a los cuarenta por lo menos, si no se nos ha pasado el arroz. ¿Pensionistas del estado o fondos de pensiones? Vamos, no me jodas, con ochocientos euros de sueldo al mes, y alquileres prohibitivos en las grandes ciudades; sin oportunidades de trabajar de lo que nos hicieron estudiar, ¡y a qué precio si lo conseguimos! Esos son los verdaderos problemas de España, y no se curan con banderas ni con más circo. Por eso no podemos conectar con el Partido Popular y, por el camino, hemos perdido la frescura que traía el de Pablo Iglesias. No somos menos populistas que los movimientos latinoamericanos tras los que se han escondido demasiados gobiernos en Madrid, y tampoco se entiende España más allá de estos. ¿Quieres parar la independencia? Vota Ciudadanos. Catalunya, nou estat d’Europa? Junts x Cat, y bla, bla, y blá.

Sería hora de que surgiese (o resurgiese) un movimiento que le recordase a los políticos, y a la misma política, que esta es un medio y no un fin. Que nos importan tres cojones la independencia, o Cataluña, o España en sí misma, que nos importan otros tres el circo en Bruselas, que lo que queremos es poder trabajar y vivir, y que seguimos aspirando a encontrar un sitio donde algún día caernos muertos; que dejen de jugar con nosotros, y con nuestras ilusiones, que Cataluña no está rompiendo España, porque España ya estaba rota, y sigue rota, porque los que hay arriba olvidaron quién los puso ahí, y los que hay abajo olvidaron qué coño tienen que hacer los de arriba. Nos contaminan y nos emboban, haciéndonos creer que el problema es darle un púlpito más alto a Pilar Rahola en TV-3, que JxCat y ERC no se pongan de acuerdo sobre la investidura de Carles Puigdemont, o que el Fondo de Liquidez Autonómica haya sufragado el referéndum. Esos son los problemas de otra generación, de la anterior, y nos importan tres cojones por una razón muy simple: están monopolizando nuestras vidas.

Más allá de urgencias y emergencias

Te pillas un constipado, te quedas en casa todo el fin de semana; o te fastidias, y te vas a trabajar con el moco colgando. Sobre esto, yo no soy muy quejica, excepto con el lagrimeo de los ojos, que es un por culo que pa qué. Otra cosa es una gripe, de esas de treinta y nueve de fiebre que te dejan en cama, o que se extienden durante varios días. Aquí también te jodes, pero con matices. Pensaba yo que los que lo tenían más crudo eran los autónomos, lo confieso: día que no trabajas, día que no cobras; pero, en realidad, esto no es del todo así. Cualquiera que se busque las habichuelas por cuenta propia con cierta proyección de futuro, sabe que, al menos, tiene que aspirar a poder cogerse algún día por enfermedad y algún otro de vacaciones. Más jodido me parece algo en lo que no había pensado hasta ahora: acercarse hasta un ambulatorio a por la baja. Sí, ya: una tontería, ¡y lo era! Pero hace unos años.

Hoy, con una caída en la plantilla sanitaria de un larguísimo 5 % (sí, en serio: y solo los dos últimos años), te topas con varios problemas si te alcanza la gripe de turno. El primero es dónde coño vas. Y tú dirás: «Pues quédate en casa.» Pero habrá que ir a por la típica hoja con la baja, ¿o no? ¿Y a dónde vamos? Opción uno: al ambulatorio, ¿pero y si trabajas en fin de semana?, ¿y si entras antes de que estos abran?, ¿y si haces una de esas jornadas tan típicas de ocho horas que entre las dos horas al mediodía y las idas y las venidas te ocupan la vida entera? Ahí se complica. Entonces, nos tiramos hacia la opción dos: ir a un hospital y entrar a través de urgencias, donde un triaje —lógico en su diagnóstico, pero absurdo en el concepto—, te hará pasar el día entero en una sala de espera, porque, ¡sorpresa!, en realidad no es una urgencia, solo es que te encuentras como el culo y no puedes (ni deberías) ir a trabajar. La tercera opción sería la más lógica: pedir cita y que el médico valore si debe o no darte la baja, pero la media de espera —por lo menos, en Cataluña— andará por los siete días de media debido a la falta de personal sanitario. Entonces, volvemos a la primera opción, vamos al ambulatorio sea como sea, que de lunes a viernes estar está, por lo que te lo montas para ver si toca curro o cama, y te dicen: «Oiga, es que hay que llamar y pedir hora: ¡que’estamos colapsaos!»

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A grandes rasgos, este problema debe llevarse una bestialidad del tiempo de profesionales sanitarios y de pacientes por una mala estructura y gestión, que estoy convencido que tiene la raíz del problema enquistada en los recortes, no cabe duda, pero quizá no sea esto lo que deba preocuparnos más, pues si algo tan idiota como conseguir una baja por gripe para un par de días es una odisea, ¿cuántos vacíos existirán hoy en los protocolos sanitarios de alto riesgo para los pacientes? Porque una cosa es la prioridad, donde el triaje y la profesionalidad del equipo médico destacan, pero otra muy distinta es la falta de efectivos, que dejan vacíos y, a su vez, errores de gravedad, como el que no hace mucho vimos en el 112 mallorquín tras colgar en dos ocasiones a un joven que sufría un colapso pulmonar en plena calle, ¿y cuántas cosas más no advertimos tras habernos acostumbrado al desarme sistemático de la sanidad pública española?

Tras ocho años…

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Fotografía de un pinzón macho (Fringilla coelebs).

Hace unos días, un colega me comentó sobre una iniciativa que empezaba con esas tres palabras. De algún modo, me inspiró para este microrrelato.

Tras ocho años… volvió a ver al pinzón. Lo recordaba asfixiado de color: azul, y naranja, y marrón, y blanco, negro, y polícromo. Sus ojos, en cambio, le arrojaron contra una silueta achaparrada, de colores terrenales —marrón, y ocre, morado, y gris—, que no ardían, ni emprendían el vuelo, sino que le observaban, con apatía y desinterés, a sabiendas de que la luz que ilumina a uno, puede ser un destello cegador para el otro. No te recordaba así en absoluto, dijo, y el pinzón contestó: “Siempre supe que eras gay.”

No es posible perdonarlo todo

Quien más, quien menos conocerá la historia de OJ Simspon: de estrella de la NFL a asesino múltiple. Ahora que se estrena la segunda temporada de American Crime Story (2017-) es un buen momento para resumir la primera: en 1994, Simpson fue acusado del asesinato de su ex mujer y un camarero angelino que se encontraba con ella; si nos ponemos simplistas, el ex jugador de fútbol americano se libró por ser negro, en un periodo donde las heridas infringidas durante los Disturbios de Los Ángeles de 1992 no habían cicatrizado. Pero había otra razón: Juice, apodo por el que le conocían los colegas, también era famoso: vivir en Brentwood y ser millonario obraron maravillas en una defensa difícil donde todo apuntaba, y sigue apuntando, al guilty.

No hace mucho tenía una conversación similar sobre Kevin Spacey, ¿y por qué no?, Woody Allen, y habrá más. Nacía de la necesaria separación entre la vida personal de un artista y su obra: dentro del proceso creativo, hay una batalla constante contra nuestros demonios —históricos, culturales, personales—, y esa guerra no está exenta de intimidad. Escribir, por ejemplo, es desnudar parte de nuestra propia alma, y asumir que otros pueden ver, y verán, al artista en la obra. Tras esto, hay una parte de pudor, y una parte de «me la suda»; fobias, filias y hasta parafilias son imprescindibles para alcanzar esa verdad que da corporeidad a cualquier texto.

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Lo anterior, sin embargo, no es excusa para el mal. OJ Simpson no debería haber burlado al sistema por ser un deportista de élite, negro y famoso, y Kevin Spacey no puede salirse de rositas, si se confirman unos abusos sexuales, solo por ser un actor jodidamente bueno. ¿Tiene esto que afectar a su carrera como actor? Preguntémonos si nos afectaría a nosotros en nuestro trabajo, si se supiese que hemos abusado de un compañero, o de la secretaría, por encontrarnos en una situación de poder frente a él o ella. Aquí no estamos hablando de que Vladimir Nabokov vuelque su insatisfacción vital y su deseo por jovencitas en un libro, sino de que se las folle salvajemente, y que hasta lo haga sin su consentimiento. Son dos cosas muy distintas. Cuando intentamos ocultar, u ocultarnos, estos errores o delitos bajo el resplandor del artista, no solo estamos «quitándole hierro al asunto», sino que, además, convertimos al verdugo en víctima y perpetuamos esa idea de que un famoso no se rige por las mismas reglas que el resto de los mortales.

Morir de éxito: YouTube, talento y vergüenza ajena

YouTube ha sido, desde sus inicios, la mayor plataforma de creadores de contenido audiovisual. Cada minuto se suben 300 horas de contenidos: es decir, la proporción es de 60/1.080.000, y subiendo. Impresionante, ¿no? Por supuesto, para una amplia mayoría, el valor de esos doce días y medio de contenido no es equiparable a una centésima parte de esas mismas horas como espectadores de series de éxito —Juego de Tronos, por ejemplo—, ni de películas o videojuegos. Hay canales de gran calidad en YouTube, pero rodeados de bazofia: y eso no es malo, ¡la basura de un hombre es el tesoro de otro! Quizá a unos les saque una carcajada un vídeo «simplón» sobre el procés, otros encuentran en la plataforma un sitio donde aprender cosas curiosas, forjarse una opinión geopolítica, e incluso habrá quien se lo pase bien viendo cómo juegan y comentan otros, como se maquilla aquella, como hace el capullo este, el otro o el de más allá.

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El vlogger Paul Logan en Aokigahara (prefectura de Yamanashi, Japón).

El talento tiene muchas caras, y habrá quien siga creyendo que el heavy metal no es música, igual que lo pensaron del rock and roll, de Mozart o de Van Gogh. Lo mismo aquí, en YouTube: ¿solo son unos chavalillos y chavalillas moviendo a varios millones de chavalillos y chavalillas? Pues sí, y no. Pero no debería haber ningún problema mientras la plataforma respete la libertad de expresión y los creadores de contenido entiendan la diferencia entre un espacio de difusión y el patio del recreo. Originalidad (o no), talento, vergüenza ajena… estas son algunas de las reacciones convertidas en palabras. Tenemos todo el derecho del mundo a dar nuestra opinión, pero poco hay más democrático que YouTube. Su problema, sin embargo, es una posibilidad que se le ha abierto a Google y que, como hemos podido ratificar, también tenían prevista: morir de éxito es una posibilidad, incluso ahí, por lo que no, no way, ni de puta coña, no dejas que venga la estrellita de turno y te boicotee el sarao.

Tenemos todo el derecho del mundo a dar nuestra opinión, pero poco hay más democrático que YouTube.

Por si no sabéis de qué coño estoy hablando, estoy hablando de Paul Logan, un youtuber norteamericano que, aprovechando la Navidad, se fue de viaje a Japón con sus colegas a grabar su mierda (perdón) nuevo contenido. ¿Cómo definir sus vídeos? Bueno, pues os ahorraré el esfuerzo de verlos: imaginaos a Homer Simpson en el capítulo en el que la familia viaja a Brasil y se pasea por la playa de Copacabana, embutido en una camiseta del Tío Sam comiéndose el mundo y la frase Try and Stop Us (Intentad detenernos). Logan falta al respeto de forma sistemática todo lo que no entiende o no le da la gana de respetar del país y sus ciudadanos, pero ahí es nada. A ver, seamos serios, en televisión se hacen las mismas gilipolleces, la gente se escandaliza un poco, cuando corre la voz, los anunciantes pagan más por la franja horaria del programa, y… ¡pues lo mismo en YouTube! Ahí no se ha inventado nada.

¿Cuál es el problema pues? El problema, como bien había previsto Google, es que el creador de contenidos/vlogger/youtuber puede grabar, editar y subir casi todo lo que le salga del mondongo: tetas no, que son americanos, pero, del resto, hay pocas, poquísimas, prohibiciones. Paul Logan se fue a Aokigahara, el famoso bosque de los suicidios, y grabó a un hombre que se había quitado la vida: con dos cojones, ¿eh?, pero con dos cojonacos: le hizo zoom, se hartó de enfocar y comentar, y, entonces, lo subió y empezó a lucrarse con ello. YouTube dijo que hasta ahí, que eso es pasarse y borró el vídeo; entonces, el chico pidió perdón por todos lados, y como parecía insuficiente, grabó otro vídeo —esta vez, de arrepentimiento—, y, con los cojones como un piano que le caracterizan, lo monetizó: es decir, siguió lucrándose de la polémica.

Lo sé, os habéis quedado igual que yo: atónitos, absortos, que no os cabe ni un alfiler por la retaguardia, vamos, pero es que hay más, porque sería bueno preguntarse si Google/YouTube actuó por ética, o, simplemente, lo hizo para mostrarse políticamente correcto frente a su comunidad: al fin y al cabo, a nadie le ha parecido mal que vuelva a monetizar otros vídeos, y los castigos —expulsarlo de su programa de anuncios premium y cancelar su proyecto cinematográfico vinculado a la entidad— parecen más un intento de contentar a la galería que una verdadera intención de matar a la gallina de los huevos de oro. Y es que tenemos casi la obligación de reflexionar sobre si esta reacción tiene una relación directa con las políticas de uso —algo poco probable— o con el volumen de tráfico y la relevancia del de los cojonacos, que merecía un castigo acorde a su rango. El mensaje es triste y descorazonador, así que espero que los niños rata aún no lo capten.

Nada cae del cielo

Soy consciente: parece que escribo menos, y, en cambio, estoy escribiendo más, mucho más. Y lo parece, porque no todo lo que escribo asoma la cabeza por aquí. Esto es, sencillamente, porque me he dado cuenta de algo que creía saber, y no: hay muchas cosas que siguen sin pasar en Internet. Me refiero a concursos, ofertas  y propuestas editoriales, que no caen del cielo. Hablo de cosas que no son tan rápidas como copiar, pegar y publicar, pero que también son necesarias si quieres pegar un salto hacia otros medios.

Así pues, visto lo visto, que nadie se extrañe que, aquí, sigan partiendo la pana las columnas de opinión, los bichos y los devaneos de un servidor. Sin embargo, hoy no puedo evitar hablaros de la novela de Caos (¡otra vez!), para la que ya lo he encontrado todo (o eso creo), y que me propongo terminar, como mucho, en un par de meses. Esta vez está todo: eje, núcleos narrativos, protagonistas, punto de vista, antagonistas, clímax… Todo. Para ello, tuve que quemar la versión anterior: sin mirar atrás, en la chimenea, a lo bonzo obligado. Le faltaban demasiadas cosas —a ella, y a mí—, pero las va a tener: es una promesa entre mi perro muerto y yo, y voy a cumplirla.

Obviamente, esto me está ocupando gran parte del tiempo que los miércoles, jueves y viernes me reservo para la escritura, pero diría que está bien. Al final, un gran número de lectoras y lectoras de este blog, están aquí por Caos, así que me parece más que justo para ellos, para él, y para mí. ¿Y por qué os cuento todo esto? Supongo que porque soy consciente de que este blog funciona a medio gas desde hace meses —por lo menos, en contraposición a los dos o tres últimos años—, así que hoy, se me ha ocurrido abrir una pequeña ventana a la novela. Lo más gracioso, o no, es que esta vez no se menciona a Caos, sino a Javier, pero si en unos meses este texto echa a volar, entenderéis por qué este fragmento es tan importante para mí, y para él. Palabra.

Por aquí lo dejo: no seáis muy duros, que esto es casi un estriptis sin música.


Fragmento de la novela

A los ocho o nueve encontró un perro abandonado en el barrio. Era una bola de pelo marrón, o así lo recordaba; quizá negra. Su mirada era en marrón, y, esclavo de la mala memoria, no lo invocaba sucio, aunque seguro que lo estuvo. Era la época del fin de los yonquis de los ochenta; ya no había tantas jeringas de jaco por las calles, ni heroinómanos. Quedaban supervivientes de periferia, madres rotas, colegas para los que un canuto seguía siendo un canuto, pero no el primer paso. Eso quedaba. Eran los primeros noventa, donde muchas de las promesas olímpicas a la ciudad todavía tenían que terminar de materializarse; era el principio del fin, de la Barcelona de verdad, de la Barcelona de barrios, y distritos, y pueblos con identidad propia. Aquello era antes de las multinacionales, del todo igual, del sin esencia, del gris, de aquel todo tiempo pasado fue mejor, pero, esta vez, en serio; del campo de fútbol de tierra para los chavales, y los partidos de domingo, del cabrero y las cabras entre edificios; de los huecos y los campos que solo eran huecos y campos, y no bases para bloques de hormigón. Y en esos huecos y esos campos, fue donde Javier y su padre encontraron al perro sin nombre que nunca lo tuvo.

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Cuánto jugó con él aquella tarde. Debió jugar tanto, debió mirar tanto, debió contagiar tanto, o tanta felicidad, que no pudo más que convencer a su viejo, que, entonces, solo debía tener diez o quince años más que él ahora. Debió decir: ¿puedo?; debió encogerse de hombros su padre. Así que fueron hacia casa, y ante una incógnita delante, él y su padre, cruzaron el barrio hacia los pisos naranjas donde vivían, dejando atrás el campo de fútbol, y, a la derecha, tres o cuatro edificios, uno de ellos famoso, el de la fachada con los lavaderos en verde oliva (qué feos, ¡por dios!), por un hombre que se suicidio tirándose del treceavo. ¿Más allá? Nada. Campo, y campo, ¡ah, bueno! Y su colegio, el Pau Casals, que por la pintada de la entrada era un violinista muy famoso del que, en el barrio, nadie, o casi nadie, había oído hablar nunca.

Al llegar a casa, un desvelo tras otro; sus padres, en la cocina, y él por ahí con el perro, marrón o negro, pero con la mirada en marrón, eso seguro, y él, Javier, que sabía que eso no era buena señal, que su madre no iba a querer, así que diría que ni lloró ni se entristeció mucho antes de comer (verdura, encima), sino después, mucho después quizá, cuando creyó comprender dónde había ido ese perro, que no había ido con su familia, ni a una granja, porque no tenía familia, ni la pudo tener, ni había ya granjas, porque se las habían cargado todas para construir pisos que, a su vez, construían infelices que se tiraban de un treceavo.

Luego lloró, lloró mucho, y se le enquistó algo en el pecho por siempre. Su hermano, Carlos, le miraba: chiquitajo aún, rubio, con cara de pillo, menos vergonzoso que él entonces, terriblemente más ya de mayores. Nadie le entendió. No le dijo nada a su padre. Su padre no le dijo nada a él. ¡Qué felices habrían sido ambos con aquel perro marrón! O negro.

Temerarios que (no) circulan de noche por la AP-6

El director general de la DGT, Gregorio Serrano, ha culpado a los conductores irresponsables de la situación de este pasado fin de semana en la AP-6. En sus declaraciones, ha afirmado que todo estaba perfectamente preparado, y que ni la empresa concesionaria avisó de la necesidad de máquinas quitanieves o sacas de sal, ni es su culpa que haya temerarios que decidan circular de noche, sin cadenas y haciendo caso omiso a las informaciones de la nevada excepcional. En definitiva, que aquellos que le preguntan sobre su posible dimisión, que se vayan callando, que él no ha hecho nada mal, y que es un tío muy capaz, coño, por eso puede estar al mando de un operativo «de guardia» mientras asiste al derbi Sevilla-Betis en el Ramón Sánchez-Pizjuán junto al ministro de Interior.

Un gran número de voces han matizado, y mucho, las palabras de Serrano —como la del periodista gallego Rodolfo Irago, y afirman que la DGT solo avisó de restricciones para camiones a primera hora de la tarde, y que, tras el desastre, fue la gente, el pueblo y su solidaridad, quien, en su caso, se pusieron manos a la obra para socorrer a familias enteras con ancianos, niños y bebés que se habían desviado hacia la N-6. En la autopista, sin embargo, la Unidad Militar de Emergencias no pudo descongestionar la vía hasta la salida del sol, en una noche en la que 240 operativos trabajaron alrededor de los hilos de Twitter que avisaban del punto kilométrico donde había coches con gasóleo o espacio libre para compartir calefacción y soportar el frío, el hambre, la sed y la impotencia; vehículos ocupados por ciudadanos que harían bien en sentirse, hoy, huérfanos de estado, y agradecidos destinatarios de la bondad propia y ajena de sus semejantes.

Fotografía de la AP-6 este pasado fin de semana publicada en El Mundo.

Por supuesto, podemos olvidarnos de escuchar como algún miembro del Gobierno entona el mea culpa por la falta de previsión y la nefasta reacción del ejecutivo; ¿qué culpa? El tiempo es el tiempo, dicen, obviando el hecho de que miles y miles de familias han pasado hasta dieciocho horas en una carretera sin mantas, agua ni comida; pero bueno, este es el problema de votar incompetencia y corrupción: que terminamos por legimitar la irresponsabilidad. ¿Dónde estaban los responsables de Fomento e Interior? ¿El director de la DGT? ¿El presidente del gobierno? Y es que cuando, a lo anterior, se une la irresponsabilidad en un escenario de riesgo nos obligan a comprobar, de nuevo,  que estamos solos y que los poderes públicos y el estado tienen otras preocupaciones ajenas al ciudadano. Eso cuando no tenemos que echarnos las manos a la cabeza, y lamentar males mayores.

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