¿Qué va a saber Mario?

Baudelaire no es más de un francés que mío. De veras. Quizá por esto tengo tantísima facilidad por cagarme en los nacionalismos (incluso hoy), y me atrevo a cribar a la gente que conozco a través de esas emociones que exhiben o esconden, porque casi nunca hay medias tintas. Me agrada saber si se consideran patriotas, o sienten la tierra, que es algo que yo nunca he entendido: si lees la Historia, el estado ha sido siempre el gran Leviatán que enviaba a sus hijos a morir a las guerras, y, hoy, de tintes más moderados, solo los esclaviza en trabajos precarios y les roba el futuro. Ha mejorado la cosa, pero no mucho.

La patria es mierda, y, a menudo, muerte. Imaginar que la patria es el arte, las letras, es tan idiota como creer, a pies juntillas, que de verdad importa quién llegó antes a la luna, si los rusos o los americanos. Ni el arte ni la ciencia corresponden a un país, sino a la humanidad, y, como mucho, a las personas que llevaron a cabo tal gesta. Al Vargas Llosa de La ciudad y los perros, al Baudelaire de Las flores del mal o al Cervantes de El Quijote. Y ni ellos no son tan dueños de su obra como historia de otros, porque ni Vargas Llosa ni Baudelaire ni Cervantes supieron en su puñetera vida que eran Vargas Llosa, Baudelaire y Cervantes. Y el primero, que aún vive, ¡ni tan siquiera lo sabe hoy! ¿Qué va a saber Mario? Estará ocupado con la súcubo aquella, pero ni reputa idea tiene de hasta dónde ha llegado la proyección de su ser en otros. Puede imaginarlo, claro, y regodearse en ello: aunque haciendo esto me imagino más a Javier Marías, por ejemplo, encerrado en un cuartucho lleno de librerías repletas de libros ya abandonados, fumando, siempre solo, frente a su máquina de escribir demodé.

Vargas Llosa - Isabel Presley
Una fotografía de Vargas Llosa junto a Isabel Preysler (2015).

Y esto pasa en cualquier arte. En el cine, por ejemplo, y a Federico Luppi, que se nos fue. A Luppi le dieron una perita en dulce con aquella película de Adolfo Aristarain coprotagonizada por Juan Diego Botto. El personaje de Luppi era un cineasta, expulsado de la Argentina, apátrida, burgués, burgués de esos que se flagelan hablando de aquella revolución de la que se tiraron en marcha… pues, ni con todo esto, llegó tan lejos como hubiera merecido, ya que no era una película gringa: era una coproducción española, y Federico, que no se sabía Luppi, tampoco era —yo qué sé— Anthony Hopkins o algún otro viejales (¿Connery?), y luego se murió, y antes de esto, pegaba a las mujeres que tenían la mala pata de tropezarse contra él, el muy hijoputa, y ahora, quizá con razón, la vida condena al arte. Pero a lo que iba, lo que decía Luppi —bueno, el personaje—; decía: se estima a la gente, y no al país, ni tan siquiera al barrio; la patria es un invento, cojones; cojones que aquí agrego yo.

Luego se acabaron las historias de fachas, porque gobiernan en Argentina, y también aquí, pero yo hace mucho que supe de esto, y vivo tranquilo en cualquier lugar, puesto que de adolescente leí a un ruso de esos del siglo diecinueve, cuando por allí todo despertaba, y empezaban las peleas, y él se gritaba, y se despreciaba con los Marx y con los Engels, y decía: Mi patria es el mundo; mi familia la humanidad.

Pues ya está, coño.

Hamparte y maltrato animal en el Guggenheim

Estos días ha habido muchísimo revuelo debido a una instalación con animales vivos que se ha inaugurado en el Museo Guggenheim de Bilbao. La mayoría seguro que os habréis enterado a través de la prensa (por ejemplo, El Guggenheim de Bilbao exhibe los animales vivos que se censuraron en Nueva York o El Guggenheim de Bilbao se atreve con lo que no mostró el de Nueva York) o por una petición en Change que, ahora mismo, supera las 110.000 firmas.

Uno de los terrarios de la exposición ‘El teatro del mundo’ (Huang Yong Ping, 1993) con animales e insectos vivos dentro.

La opinión mayoritaria es que la exposición resulta anacrónica y que se puede definir como maltrato animal, pero casi todos los medios de comunicación solo se han hecho eco de las protestas en Nueva York y, ahora, aquí. Y eso no está mal, claro que no; en realidad, me vais a decir, con toda la razón del mundo, que eso es lo que tiene que hacer la prensa, informar, pero resulta curiosa la falta de artículos de opinión que se posicionen frente a lo que está sucediendo en la exposición que acoge el País Vasco. También los hay, aunque yo no he encontrado muchos que firmen con algo más que con iniciales; destaco dos: el primero (La verdad sobre la exposición del Guggenheim con “animales vivos obligados a devorarse), de Elena Rue Morgue en Playground; el segundo (No creo que la instalación del Guggenheim que alberga insectos y reptiles vivos sea maltrato animal), de Melisa Tuya, en los blogs de 20 Minutos. Ambos artículos muy valientes, y, a mi parecer, equivocados en la mayoría de sus puntos. También los he encontrado más afines a mi posicionamiento, como el de la periodista Carmen Morán Breña, en El País, titulado Una visita al museo para ver animales vivos. Y aquí va el mío y el por qué, con mis claves por las que estoy convencido de que el Guggenheim de Bilbao está promocionando el maltrato animal y debería cancelar la propuesta de Huang Yong Ping, que, pese a contar con una carrera repleta de arte y de éxitos, en El teatro del mundo y en cualquier otra obra que él, o cualquiera, utilice animales no estará haciendo arte, sino hamparte —un concepto acuñado por el polifacético artista Antonio García Villarán—, es decir, arte vacío de significado.

Arte y China después de 1989: el teatro del mundo

Primero, un resumen rápido: la exposición, que se inauguró el viernes 11 de mayo, cuenta con dos terrarios con formas de tortuga y de serpiente donde insectos y reptiles conviven. Para el artista, Huang Yong Ping, se debe entender como una metáfora de la globalización. Además, se acompaña de una grabación de dos cerdos follando en una obra audiovisual de Xu Bing titulada A Case Study of Transference (1994) y otra pieza o vídeo, que, pese a que he leído más de una decena de artículos no he conseguido ubicar, y tampoco sé si se está proyectando, donde cuatro pitbulls son obligados a perseguirse atados a unas cintas de correr.

Dicho esto, voy a intentar expresar lo mejor posible las cuatro razones por las que considero que el Guggenheim de Bilbao debería anular esta exposición, pedir disculpas y no seguir promocionando el maltrato animal.

La normalización es maltrato animal

La proyección de una grabación con cerdos pintarrajeados y copulando rodeados de gente o de unos perros obligados a correr en una cinta, cara a cara, sin poder alcanzar nunca a otro de sus congéneres —lo que, para ellos, es muy frustrante y estresante— es de un mal gusto horrible. Pero es una grabación, ¿verdad? ¿Y qué? Es una grabación de un suceso que promueve el maltrato animal; facilita que esas acciones se normalicen y legitima el hecho de que pueda volver a ocurrir.

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Captura de la grabación de A Case Study of Transference (Xu Bing, 1994) utilizada para la denuncia en Change.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer arte con vídeos de torturas a seres humanos y considerar que exponer esa pieza bajo un discurso artístico legitima el hecho. Y, en este caso, no nos importaría en absoluto que se hubiese grabado hace veinticinco años o ayer.

El arte no lo permite todo

En relación con el primer punto, estamos afirmando como sociedad que el arte lo permite todo, ¡y no es así! Es cierto que no es lo mismo el hecho de que Nabokov escribiese Lolita como una historia de violación de una menor a violar a una niña pubescente, igual que tampoco es lo mismo filmar una película gore que cometer asesinatos rituales en serie. De acuerdo: el arte imita a la vida casi tanto como la vida al arte, pero ¿qué excusa es esa para considerar que maltratar está permitido porque va a ser arte? Dejemos los terrarios para el tercer punto y vámonos a los perros y a los cerdos: con estos, se llevaron a cabo unas acciones poco éticas amparados en el hecho de que iban a ser arte, pero ni expondríamos ni plantearíamos discursos artísticos sobre sucesos que dañan a otras personas: de nuevo, el antropocentrismo se nos sale por las orejas.

Su bienestar o sufrimiento (no) nos la rebufa

Y con los terrarios, que es lo que se encuentra físicamente ahora en el Guggenheim, ocurre tres cuartos de lo mismo, con el agravante de creer que tenemos la potestad de hacerlo: si estamos debatiendo sobre las condiciones deficientes de mantener animales en cautividad para un zoológico, ¿cómo podemos creer que sí lo podemos legitimar como piezas de un museo? ¿Cómo tenemos los santos cojones (u ovarios) de creer que comprendemos el automundo o mundo subjetivo (Unwelt) de todos los animales de la creación? ¿De verdad alguien se cree que la vida de un reptil (e incluso la de un insecto, que está mucho más lejos nuestro a todos los niveles) no se va a ver afectada si los sacamos de su hábitat —o no les permitimos residir en él— y les metemos en un terrario en formato de tortuga o de serpiente? ¡Pues claro que se ve afectada! Otra cosa es que nos parezcan animales de segunda, cuyo bienestar o sufrimiento nos la rebufa. Pero ya hace mucho que la biología y la etología descubrieron que respirar, comer y moverse no significa bienestar.

El hamparte no puede ser arte

La última clave que esbozo se resume en: no es arte, es hamparte, como adelantaba por ahí arriba. Y soy muy consciente de que la recepción de una obra difiere mucho de un público europeo a otro asiático, pero si las obras no han conseguido transmitir su significado porque la mirada del espectador se queda en el medio a través del que este se trasmite, ¡no puede ser arte! Porque el arte (actividad en la que el hombre recrea, con una finalidad estética, un aspecto de la realidad o un sentimiento en formas bellas valiéndose de la materia, la imagen o el sonido) tiene unas cualidades sensibles y un significado.

Todo lo anterior me hace seguir creyendo que, en Bilbao, hay maltrato animal e incitación a más maltrato animal, y deseo que la presión popular no les obligue a clausurar la exposición, sino a valorar si están equivocados, y si llegan a tal conclusión, entonces sí, que la clausuren. Pero también quiero señalar que, ni tan siquiera, en la defensa de los animales vale todo. No vale tergiversar y mentir, y hacer uso de las fake news en el movimiento, y hablar de cerdos que no están ahí, ni de canibalismo entre congéneres; un planteamiento del artículo de Playground con el que sí estoy de acuerdo, donde, por otra parte, su autora pone demasiadas veces el foco donde no está el verdadero problema: los animales no son objetos y merecen ser respetados, y los cientos de miles de firmas demuestran que continuar con la exposición no solo hace un flaco favor a todos los que luchamos por un mundo libre de crueldad animal, sino al propio Museo Guggenheim de Bilbao.


NdA: podéis firmar la petición al Museo Guggenheim de Bilbao en este enlace de página de Change.

Poco se salva del olvido

El jueves pasado me tomé una cerveza con mi amigo Eduardo. Eduardo se doctoró en historia hace un par de años —y ese pronombre reflexivo no puede usarse mejor—, y ahora da clases a chavales de la ESO y el bachillerato en el mismo colegio donde estudiamos ambos: no sé cómo, pero casi han pasado quince años de aquello.

Le pregunté sobre el trabajo, sobre si los críos son tan insoportables como nos recuerdo a nosotros; él también me lanzó preguntas: que si la novela, que en qué ando, que si va a haber niños, esas cosas. Hablamos de los vaivenes propios del lector: ahora que yo leo más, él lee menos; luego yo leeré menos, y él volverá a leer más. Él siempre había leído más: a mí me costó demasiado entender que, si quería escribir, tenía que pegarme una buena borrachera de palabras. Lo mío eran otro tipo de excesos.

También hablamos de los profesores de entonces, claro: son recuerdos compartidos.

—¿Tú te acuerdas de cómo daba clases el Fulano? —me preguntó Eduardo durante la tarde.

—Ni idea —contesté—. Yo de pocos me acuerdo, salvo de tres o cuatro. Y para ratificar lo dicho, no tardó en aparecer una chica que Eduardo juraba y perjuraba que nos había dado clase de inglés. Yo, ni idea.

Debimos decir que eso es el tiempo, que poco se salva del olvido. Pero ahora, recordando, diría que lo que queda dentro siempre es nada frente a lo que se pierde. Muy pocas cosas entran en las cabezas para resistir, y eso también lo sabe Eduardo, que quiere enseñar a sus alumnos cómo se hace fuego por fricción con arco para ilustrar parte del temario de prehistoria. Es lo mismo que todas las cosas que nos dijimos que haríamos, y que, si hemos tenido suerte, todavía las recordamos e incluso seguimos persiguiéndolas; y, si no, han muerto junto a una parte de lo que fuimos.

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El rapero Jay-Z frente a David Letterman en el programa My Next Guest Needs No Introduction with David Letterman.

Estos días me he aficionado a un programa norteamericano que presenta David Letterman en Netflix —sí, el que hacía el Late Show—; aunque no sé si aficionado es la palabra correcta, pues No necesitan presentación con David Letterman va a episodio mensual, y no es cuestión de verse los cinco en bucle tampoco. Por ahora, todos los invitados han sido de caché: Barack Obama, George Cloney, Malala Yousafzai, Tina Fey y el rapero Jay-Z. Y fue la entrevista a este último —el cuarto episodio, si no recuerdo mal— el que, por sorpresa, más me gustó. Y hasta sé el porqué: en un momento de la entrevista entre Letterman y Jay-Z, que más bien es un diálogo de esos que les gustan tanto a los yanquis y que aquí aún vemos con malos ojos, uno de los dos dijo: tú eres padre, igual que yo, y que muchas otras personas aquí —refiriéndose al teatro donde se graba el talk show—. ¿Por qué ese sentimiento no trasciende a la sociedad?

Yo no tengo hijos, por ahora. Pero puedo imaginar algo similar en el extremo contrario: perder a una persona. ¿Por qué no se mantiene ese aprendizaje que creemos haber hecho tras perder a alguien? Esos días, horas, minutos, en los que uno piensa: voy a aprovechar mi vida, y a darle sentido. Lo más probable es que lo olvidemos porque resulta imposible vivir con la intensidad de esos sentimientos. Quizá por esto, no podemos cambiar el rumbo del mundo, solo darle forma. Hacernos un poco más sabios, retener algunos de nuestros sueños de niños, observar hoy con una pizca más de claridad que ayer: tratar de no traicionarnos.

Y nos dimos un abrazo, y nos despedimos, y nos largamos a nuestras respectivas casas. Y antes, me invitó a la cerveza, y a unas bravas, porque Eduardo, además de profesor, es un tío de puta madre.

Justicia y venganza

No hace mucho se prostituyó el dolor de las víctimas en el Congreso. El dolor de aquellas víctimas que aún están entre nosotros; de los padres, y madres, parejas, hermanos y hermanas, los que quedaron aquí. Fue en el marco de la PPR (la prisión permanente revisable), donde se invitó a las familias al Parlamento, y el PP y Ciudadanos iniciaron una guerra por el sector más conservador de los votantes españoles. ¿Qué deben sentir unos padres destrozados, como los de Diana o Mari Luz?, ¿o el padre, o la madre (biológica), de un chiquillo como Gabriel Cruz al comprobar que su dolor no es más que una herramienta al servicio del poder?

Hay que ser muy canalla, o vivir en una puta burbuja de confort, para pensar que algo así se hace para beneficio del ciudadano. Lo entendieron al revés: no se trata de utilizar, sino de implicar a las víctimas; no se trata de dejar que las víctimas sean los verdugos, sino de encontrar el modo de que no vuelva a pasar, y, si esto sucede, que cada desgracia encuentre la mayor justicia posible. Pero tampoco nos sorprendamos; hoy, en Cataluña, nos levantamos con las siguientes declaraciones: «Rajoy, dispuesto a abrir la negociación de la financiación autonómica sin Catalunya», que parece que no tenga nada que ver, pero sí lo tiene. ¿Alguien cree que el vecino de la esquina, o uno mismo,  o aquellos que viven en la otra punta del país importan en el plan del Gobierno y de las principales fuerzas políticas? Que nadie se trague eso de que el ciudadano tiene en sus manos un gran poder, ¡por dios!, en España al menos, el ciudadano no es más que un medio, un activo, una cifra.

¿Qué deben sentir unos padres destrozados […] al comprobar que su dolor no es más que una herramienta al servicio del poder?

Pero vuelvo al caso sobre el que venía hoy con ganas de escribir, el de justicia y venganza. Podríamos hablar de muchas cosas al mencionar la PPR, de otra ley aprobada a carpetazo limpio, de oportunismo político, de lucha por ese electorado más conservador y, a veces, rancio y de blancos y negros, pero no deberíamos olvidar tres cosas. La primera es que la mayoría de personas que votan y legislan nunca han pisado una cárcel, ni como visitantes siquiera (y tiene gracia, porque más de uno debería quedarse allí un tiempo); si lo hubieran hecho, sabrían que, en realidad, si no eres rico, casi cualquiera puede acabar allí por un error: no hablo solo de asesinos, aunque también (véase el caso del anciano de Porreres, en Mallorca), sino de marginalidad, de drogadicción, y de exclusión social. Si alguien cree de veras que vivimos en sociedades justas e igualitarias es que vive con los ojos puestos en casos como el del joven granadino que falsificó una tarjeta (y ¡ojo!, esto es un delito, y grave, no seré yo quien diga lo contrario), y en casos que se pasan por la piedra la libertad de expresión, como el de los titiriteros, los raperos, los tuiteros, en los que pervierten la democracia y ensalzan la falta de diálogo y el haber quien tiene los cojones más gordos, como todos los sucesos en Cataluña desde el 1 de octubre. También en lo de Alsasua, que, a riesgo de no entender desde fuera un contexto concreto, parece más una caza de brujas que un juicio. Pero la Pantoja es otra historia, ya lo dije hace tiempo, o Farruquito, también la Infanta o Vera y Barrionuevo que lanzaron a los GAL contra un francés al que confundieron con un etarra; también Roldán, y Gómez de Liaño, y a los cientos y cientos de casos de asesinato y de corrupción política impunes.

Familiares de las víctimas PPR
Los padres de Diana Quer, Mari Luz y Sandra Palo, tras la votación en el Congreso. © El País

La segunda es no confundir justicia con venganza, que siempre llegará desde el dolor, y, por ello, no dejamos que sean las personas a las que alguien hirió aquellas que acojan el papel de juez o jurado. Esto es sencillo de entender: somos humanos; la mayoría de nosotros siempre intentaremos devolver el mismo mal —ojo por ojo—, o incluso más. Ganar votos con el cadáver de Gabriel Cruz es asqueroso, y está al mismo nivel que intentar hacer creer a todas esas familias rotas que ellos pueden tener el voto decisivo sobre la condena al criminal. Eso ya ocurrió no hace tanto con las asociaciones de víctimas de ETA, y está bastante claro que las víctimas del delito no pueden ser la fuente del derecho penal.

Tercero, y última cosa, ni deberíamos dejarnos llevar por lo anterior —ni por esa falta de conocimiento del propio sistema judicial, ni por la venganza atávica con la que todos viajamos—, ni  tampoco deberíamos contentarnos con un sistema penal que, desde luego, no funciona: ni disuade, ni reforma ni permite la reinserción. Si de veras queremos cambiar el sistema, echémosle un par de narices, y exijamos esto a los políticos que (no) nos representan. ¡Basta de tonterías! Podemos comprender un cambio social y judicial que nos lleve hacia la necesidad de una prisión permanente revisable, pero este deberá ir siempre acompañado de un diálogo por parte de toda la sociedad, de verdaderas garantías de rehabilitación de los internos (porque no, la cárcel no es ni fácil, ni divertida ni se vive de puta madre, por mucho que les pongan una piscina) y de una justicia que, de veras, sea justa, igualitaria y democrática. Una ley que condena desde las alturas a la privación de libertad total sin garantías de ningún tipo, jamás puede ser una ley que debería aceptarse en una democracia; y si se acepta, nos define, y define el país en el que vivimos. ¿Y cuál es la solución? La solución tampoco es tener miedo a endurecer unas leyes que son blandas y no funcionan como debieran: y quien crea que sí, que dedique diez minutos a empaparse de las historias de Sandra Palo, Diana Quer o Mari Luz.


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¡Qué sabrán ellos de lo nuestro!

¡Qué sabrán ellos de lo nuestro! Para ellos solo son elefantes, eso piensa Joey Gärtner. Lo hace apoyando la espalda en uno de los tráileres rojos con ventanucos del color de la mostaza; encima de estos, y de su cabeza, unas luces LED parpadean al anochecer: anuncian el Circo Gottani, aunque esta noche no hay función. Joey se sorbe los mocos, apático, se enreda los pelos negros intentando peinarse a la brava, y se pela de frío, rehén de la humedad y la noche. No quiere ir a preparar las cenas, y ver al puto crío llorar, ¡encima el mayor! Esto es así. El circo. A veces, todo se va a la mierda.

Se acerca su mujer, envuelta en el maillot de las exhibiciones. Viene de entrenar en la pista: de hacer acrobacias con el aro que lleva en la mano. A esa, nada le rompe sus rutinas. Saluda con un movimiento hierático de cabeza, bueno, a Joey le parece que esa es la intención, pero ella solo quiere una rápida respuesta.

—¿Ha salido tu hijo Joseph de su cuarto? —pregunta, inquisitiva.

Los ojos negros y duros, de pupila rasgada, de animal salvaje. Siempre lista para lanzarse a morder.

Él exhala el aire, como un gran suspiro.

—No sé. He preferido no entrar a ver.

—Por el amor de Dios, Joey —dice ella—. ¡Solo es un elefante! ¡Te quedan cuatro!

El domador levanta el dedo corazón, insultando en silencio.

—Pues te aconsejo que espabiles. El circo no puede estar sin alguien que controle el número de la doma. Y Denny nos necesita —agrega ella.

Pero él se queda ahí. ¿Acaso tengo que preocuparme del circo ahora? O de los tocapelotas del PACMA. ¡Acabáramos, joder! Lo dijo mi hermano Claudio, y tiene toda la puta razón del mundo: ¡soy el mejor domador de elefantes de toda Europa! ¿Con quién iban a estar mejor que con nosotros? Nadie le responde a Joey, claro que no, y por eso después dejará caer su culo contra la arena de algún pueblo de Albacete, y tendrá ganas de llorar, porque su vida es el circo, porque su amor es el circo, pero hay amores que matan. Y, ayer, le tocó a Diana.

Joey Gartner & Dana (Circo Gottani)
Joey Gartner posando en una fotografía de archivo con la elefanta Diana. © El País

NdA: Este es un relato breve inspirado en el trágico accidente de los elefantes del Circo Gottani. Si quieres apoyar a PACMA por la prohibición de los circos con animales, puedes hacerlo aquí.

Sobre el Circo Gottani:

Como diría nuestro (amado) presidente del Gobierno, todo es ficción salvo alguna cosa. Aquí tenéis la noticia del accidente y la muerte de la elefanta Dana en El País y aquí otra de El Español sobre el grave estado anímico de los otros cuatro que viajaban con ella.

La mayoría de lectores y lectoras de este blog conocéis perfectamente mi ética con respecto a los animales, pero aprovecho para recordar que la doma es una actividad cruel, que implica dolor y sufrimiento físico y psíquico de los animales (incluso con animales troquelados o improntados en su infancia, pues no viven ni vivirán nunca conforme a su naturaleza), y que ningún circo con animales salvajes puede cuidar, defender y ofrecer todo lo que estos fantásticos animales, y otros, necesitan: no apoyes circos con animales; no seas cómplice.

Edito: he visto en otros medios que el nombre de la elefanta era Diana, y no Dana; aprovecho también para enlazar esta entrada de El caballo de NietzscheQue la muerte de la elefanta Diana sea la del circo con animales. 

Bloqueos de escritor

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos.

Marguerite Duras (1914-1996)

Llevo varios días bloqueado (martilleo incesante). Duermo poco, tengo obras en casa —y gente entrando y saliendo, y perros inquietos—, visitas familiares (taladro, ahora martillo neumático, gritos de obreros), y estrés. Supongo que nada ayuda, y el final de las vacaciones tampoco. Además, tengo la manía de forzarme mucho a escribir también, y, en consecuencia, (estúpidos) remordimientos cuando no puedo hacerlo un día (falta agua pa’l cemento). Por eso, ayer, me hizo gracia un decálogo que nos facilitó el profesor de novela en el Laboratori de Lletres y que, ya que no he podido escribir demasiado estos últimos días, dejo aquí transcrito para no olvidar ningún punto (y me voy a pegar un tiro).

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Karra Elejalde en Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997).
  1. Que no cunda el pánico: encontraremos, de nuevo, el camino.
  2. ¿Hemos salido de nuestra zona de confort? Quizá debamos saltar esa escena que se nos hace imposible de escribir y volver más tarde.
  3. ¿Sufrimos estrés por otros motivos? Escribir es emoción, intuición y razón; hay muchos problemas que pueden anular nuestra creatividad.
  4. No exigirnos más de la cuenta: quizá nuestras metas hoy son demasiado altas.
  5. Si no puedes, no puedes. Deja de escribir, lee algo que te inspire, pasea, siéntate a ver una película… Mejor si mantienen una relación temática, sintáctica, lingüística con tu obra.
  6. ¿Remordimientos? ¿Por qué? ¡No te lo tomes tan a pecho: le pasa a todo el mundo!
  7. No tengas nunca vergüenza de lo que escribes o vas a escribir; si te guías por leyes morales o por lo que pensarán o extrapolarán otros de tu obra, no llegarás lejos.
  8. Mantén una disciplina: más vale 30 minutos al día que 6 horas un domingo.
  9. Todos tenemos una voz crítica dentro: está bien, déjala aparte cuando escribes, úsala cuando reescribes. De otro modo, te cargarás la inercia narrativa: no puedes encallarte escena tras escena buscando la perfección.
  10. No nos tomemos demasiado en serio.

Yo he hecho caso, y he empezado a leer Paseos con mi madre de Javier Pérez Andújar. Hostia, qué bueno es.


Aquí un enlace a Intertextualidad y metaliteratura, un artículo de Enrique Vila-Matas sobre Duras.

Tiendas que no venden nada

Hay un lugar mágico en Oklahoma donde vive Harley. Hoy, viudo del amor de su vida, sigue trabajando en el edificio del viejo mercado de carne de Erick, pero no tiene nada para vender. Cuando pasé a verle, me enseñó la tienda, su casa, su perro labrador (Shine) y un bote de marihuana sobre el que me dijo que nada de chivarme, motherfucker. Si vas a verle, y está de buenas, te canta un par de canciones con la guitarra, o te invita a un trago, o te enseña souvenirs de la Ruta 66. En nuestra mentalidad europea, Harley no trabaja; en EEUU será un entertainer o algo así, un icono vivo de la Carretera Madre, o de La Madre de Todas las Carreteras —no hay palabra que enfundarle en español y que encaje bien—; es un animador, alguien que ha hecho de su pasión un modo de vida, y allí eso se respeta mucho más.

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Por Harley, digo yo, me llegó otra solicitud de amistad a mi Facebook. Era un tal Keith Holt, propietario del Apple Valley Hillbilly Garden and Toyland, una gran colección de juguetes de todas las épocas que se puede visitar cerca de Calvert City, en Kentucky. Si vuelvo, me gustaría pasarme a ver qué hay. Si me preguntasen por qué, no creo que tuviera una respuesta, y lo mismo me ocurría con este viaje. Cruzar un país de punta a punta entraña muchos secretos: ciudades, caracteres, costumbres, historia… Pero hasta hace poco no entendí por qué le propuse hacer la Ruta a mi mujer, y no es por el mero hecho de disfrutar conduciendo o de viajar de otro modo —más despacio, más digerible, más real—, sino para comprobar con mis propios ojos que no hay una única forma de hacer las cosas, que, en California, hay un tío que vive en su bosque de botellas de vidrio, que hubo otro que se montó su propia réplica de una gasolinera Sinclair tras jubilarse, y, en definitiva, que siempre habrá una oportunidad en algún tramo del camino.

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Todo eso es lo que uno aprende en las viejas carreteras que oculta la Autopista 40, y aunque cueste de tragar, es jodidamente zen el sentimiento con el que te abofetea diciendo: no hay una forma de hacer las cosas; ser nómada también está dentro de ti; el mundo está lleno de locos que viven su propia locura, y también de oportunidades. Y todo eso, ¿dónde?, solo unas millas más…

A tomar por culo las guerras

De los ejercicios que menos me atraen como escritor, o novelista, o intento de, está la creación de fichas de personajes. Con ayuda de las fichas de personaje creamos personas, y no arquetipos acartonados en los que nadie puede creer. Pero es un por culo. Suele ser bastante aburrido hasta que te enamoras de un personaje (y lo conviertes en persona), y, sobre todo, causa hastío, porque de todo lo que vamos a imaginar, y a crear, solo utilizaremos una milésima parte a lo largo del relato, o de la novela, o de lo que sea.

Aun así, como tenía que preparar una ficha de personaje y un punto de giro para el curso de novela, decidí hacerla de una persona que, para mí, siempre ha sido un personaje, pues jamás lo conocí, y que cuando murió, yo ni tan siquiera había nacido. Mi bisabuelo, en concreto, que combatió en la Guerra de África, y, cuando se caldeó la cosa por la Barcelona que lo acogió desde tierras gallegas, dijo: «a tomar por culo las guerras, a mí no me vuelven a engañar», y se escondió en una buhardilla de febrero del treinta y siete a febrero del treinta y nueve. ¿Y quién se atreve a juzgar a alguien que se pasó toda su juventud más allá de Alhucemas? Luchando por algo en lo que no era posible creer, y descubriendo a la vuelta que la partida estaba trucada, y no había más salida que la que ellos te iban a mostrar, y por la que ellos te iban a hacer combatir, y morir. Pues a tomar por culo, dijo él.


El desván que lleva hasta Alhucemas

Falta menos de un mes para mi cumpleaños. ¿Volveré a celebrarlo desde este desván? El ventanuco de la buhardilla solo ofrece vidas maltrechas que trotan por la calle Nueva. Digo trotan, pues no andan ni pasean: si uno tiene el tiempo para fijarse, lo advierte sin dificultad; ya nadie pasea bajo las bombas. Ante mi faceta de mirón, mi mujer, Isolda, dice que voy a ser el arquitecto de mi propia destrucción: ¡a saber de dónde sacó esa expresión!

Casi siempre escucho las explosiones, y los gritos de la gente que corre hacia los refugios del Paralelo. Esos días quedo petrificado: por mis dos niñas, sobre todo, y porque sé que ese cabrón está un poco más cerca de tomar Cataluña. Lo sé muy bien. Sus ansias de poder ya lo habían hecho teniente coronel en la Guerra de África, ¿o general? No, eso fue tras el desacato. ¿Qué no podrá hacer ese con todo el ejército detrás? El de verdad, digo.

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Concentración de tropas en la playa de Ondarreta con destino a África (San Sebastián/Donostia, País Vasco, 1921).

Todo lo que tengo aquí son unas cuantas fotos y un cuchillo que afilo una y otra vez en mi madriguera. En una de las instantáneas saludo con algunos compañeros del regimiento bajo su mando. Quizá por eso, a fuerza de martirizarme, esta mañana no he podido callarme más:

—Teníamos que habernos ido para arriba: a Francia, por lo menos. Ahora la locura parece estar aquí, en un cuchitril de dos por dos, escondido. Evitando un día al PSUC y otro a la CNT; ¡y así hasta que vengan los sublevados!

Ella se ha ido, a paso ligero, vertiendo lágrimas. Después me he quedado a solas con las náuseas, y la fiebre, y la orina negra. Todo eso que ignoro con el humo de la pipa, mordisqueando la porcelana, intentando recordar las humedades en la pared de la habitación que compartíamos hasta el treinta y siete, el color del gato que esconden las hijas en su cuarto, mi tienda de cuchillos. ¡Qué razón tenían los compañeros!, al menos los moros te acuchillan mirándote a los ojos.

Oigo gritos ahí abajo. Abren la trampilla del desván, no es mi mujer. Aparecen bayonetas, y rifles, y uniformes militares. Pero no son republicanos. Los rebeldes han tomado Barcelona. La guerra está perdida.


NdA: Hace unos días, hablaba sobre la importancia de leer las cosas en su contexto y en su momento de la historia. Por esto, el personaje de este relato breve dice moros, y muy bien dicho, aunque sea racista y hoy no podamos compartir ni respetar (con razón) a alguien que piensa así, y que sabemos que es un xenófobo: hay que saber leer la misma literatura.

Aprovecho esta entrada para comentar que, hasta que termine el borrador de la novela (que está al 90 %, o casi, y yo muy feliz), publicaré entradas cada miércoles o jueves, pero no más, ya que me resulta imposible mantener el ritmo aquí, trabajar y seguir escribiendo más de una entrada semanal en el blog, y la novela es, hoy por hoy, mi prioridad.

¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?

Parece ser que el esquema que han difundido las plataformas organizadoras para la manifestación de mañana ha levantado ampollas. No mentiré aquí, se veía venir, pero las opciones que ha ofrecido el movimiento feminista me parecen muy correctas. Si eres hombre y quieres ayudar, puedes facilitar la incorporación de cualquier mujer que, de otro modo, no podrá asistir: hacer la comida para que tu madre se vaya para el centro, o tu pareja, o cuidar a los hijos de tu hermana, lo que sea.

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Viñeta de Flavita Banana sobre la manifestación de mañana.

Hay muchos supuestos que no todos compartimos: yo no comparto esa locura, a mis ojos, de convertir la paridad de género en paridad lingüística, ni de quitar arcaísmos o vulgarismos de un diccionario porque la actualidad nos dice que nuestros antepasados se equivocaron. Tengo serias dudas sobre si es justo que un hombre que pueda ir a apoyar el feminismo tenga que quedar relegado a un espacio concreto, o que tenga lógica la propuesta de ceder el sueldo del día de ellos a ellas: las huelgas son huelgas, y cuestan lo que cuestan. Pero no perdamos lo que sí es evidente: no se trata de postureo, ni debería tratarse de un día, y esto quizá es lo más importante. Mañana habrá aciertos y habrá errores, pero el objetivo está claro: la lucha por una igualdad real.

Quitémonos de la cabeza que hay que ayudar a empoderar a alguien, coño, que ya se empoderan ellas solitas (y lo hacen de puta madre). Si queremos y podemos ayudar, fantástico; ¿que somos hombres y no queremos? Bueno, en ese caso, nadie nos ha pedido nada, porque esto no va de nosotros, sino de ellas: solo va de nosotros en la medida en la que podemos facilitar la igualdad. Y ¡qué coño!, en todo caso, como mucho de mí, que ya nací feminista de libro un ocho de marzo de hace, mañana, treinta y dos años.


NdA: Para no «contaminar» la columna, que, además, hoy, es bastante breve, no he hablado sobre el tema de la prohibición de Matar a un ruiseñor de Harper Lee (1960) y Las aventuras de Huckelberry Finn (1835) de Mark Twain por contener la palabra nigger, pero me parece un ejemplo «clarisísimo» de corrección política mal aplicada, que, desde mi punto de vista, también se está haciendo con el lenguaje en España con iniciativas por el uso de castellano no sexista con las que no estoy de acuerdo. Aquí más sobre el tema.

Huir de los malos libros

Escribir una novela es agotador: convertir personajes en personas, sostener el interés del lector en la narración, jugar con los indicios, las catálisis y los informantes entre los núcleos. Hay una parte de orfebrería —de reloj bien calibrado— entre esa magia que distingue a un libro de la literatura. Por supuesto literatura es mucho más, y se puede encontrar en cualquier película de John Ford, en un videojuego como Grand Theft Auto, o en una buena novela, como Patria, de Aramburu. Esto es porque la literatura no es la mera expresión mediante palabras, sino, como bien señaló Roland Barthes, un diálogo con nuestro tiempo. Con todos ellos, con nuestro presente, pero también con el pasado compartido como especie y el futuro que imaginamos terminado en «ías». Sean utopías, sean distopías.

Por eso hay una práctica contra la que siempre he luchado y de la que me alegro que haya iniciado un necesario camino de no-retorno: la potestad de huir de los malos libros. La posibilidad de ajusticiar antes de que sean ellos los verdugos. Huir de un libro que no nos gustaba era algo que no entraba en nuestras cabezas. A la mayoría nos educaron creyendo que el saber está en los libros y que todos los libros contienen saber. Dejar a un libro huérfano era, hasta hace poco, una verdadera tragedia: como lector, si empezabas un libro, tenías que acabarlo. Pues una mierda muy grande y muy gorda. No hay mayor mentira que creer que un buen libro debe gustar a todos; y a esta —a esta mentira— le pisa los talones creer que solo hay literatura en los libros y que, estos, por miles y miles de obras maravillosas que existan, se encuentran en un estadio imperturbable, inalcanzable y hasta sacrosanto para los mortales. Somos mucho de aupar como dioses a cosas que no existen siquiera, ¿qué le vamos a hacer?

—¿Usted quema libros?

—Siempre que puedo.

—¿Pero libros importantes? Por ejemplo, ¿usted quemaría el Quijote?

—De los primeros que quemé. De no ser importantes, ¿para qué quemarlos?

—Tiene sentido. Lo tiene.

Quinteto de Buenos Aires (Manuel Sánchez Montalbán, 1997)

Sí hay algo cierto aquí, no obstante, es que sobre gustos no hay nada escrito, pese a que los malos libros, suelen llevar detrás a una comitiva de «odiadores» más homogénea que los buenos. Estos otros, como grandes obras, a menudo gustan al margen del género y hasta la historia, pues nos mueven hacia las grandes inquietudes del ser humano: la identidad, el amor o la muerte. Pero hay una máxima no escrita que grabarse a fuego: los malos libros nos quitan tiempo para los buenos libros, son unos ladrones de la peor calaña. Somos rehenes de una educación que nos obligó y encarceló entre obras que no queríamos leer, y que, si ahora nos molestamos en redescubrir, entendemos que aquel no era el momento, pero también que el profesor que nos tildó de sacrílegos por abandonar un libro en la página cien era un pedazo de cabrón.

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Viñeta de Carvalho. Tatuaje en formato cómic, publicado por Norma Editorial en 2017.

¡Qué reconfortante debe ser quemar un libro!, como hacía el detective Pepe Carvalho en todas sus novelas. Pero Pepinho, como lo llamaba con cariño la puta que también era su amante, quemaba buenos libros, a sabiendas de que la cultura lo había alejado de esa sociedad que le condenaba a vivir entre el barrio chino y lo peor de la ciudad condal. Nosotros empecemos por acoger esa potestad de leer lo que nos salga de los cojones (o los ovarios), y si no nos gusta, quien tenga chimenea y quiera sacrificar un buen encuadernado… pero con cerrar uno y abrir el siguiente debería valer. Además, guardar la prensa sirve a su propósito de puta madre, os lo dice alguien que gusta del fuego hasta con los inviernos lejos.


NdA: Encontré este blog donde el autor ha escaneado un obsequio por la BCN Negra del 2009 donde se recogen todos los libros que Pepe Carvalho quemó en la saga de Manuel Vázquez Montalbán. Por si os hace gracia… ahí van los títulos que alimentaron la chimenea de Carvalho.

Además, estoy muy, muy contento, porque el borrador de mi novela ya acoge la recta final. Eso sí, cuando me la publiquen, no me podré enfadar si a alguien se le ocurre quemarla…

Y esta entrada sobre los malos libros, pues también me inspiró, y creo que debo enlazarla.