Hablar perro para no matar perros

Este año he dado mis primeros pasos de verdad en una de mis asignaturas pendientes: la educación canina. Lo estoy haciendo a través de cursos, seminarios y, muy probablemente, en breve algún ciclo de formación profesional de educador/adiestrador para seguir aportando más y más en dos de mis proyectos colaborativos: Conectadogs, para el que todo indica que ya tenemos centro, y Dog’N’Roll; y, en verano, lo he acompañado de unas cuantas lecturas de las imprescindibles. Una de ellas es En la mente del perro. Lo que los perros ven, huelen y saben de Alexandra Horowitz (RBA Libros, 2011), que trata temas tan diversos como el unwelt o automundo de cualquier animal, la percepción a través de sus sentidos (en especial, el olfato) y la cognición de los perros: qué ven, qué sienten, cómo sienten.

Quizá por eso estoy más susceptible aún que de costumbre, lo admito, y me tocan mucho los huevos noticias y comentarios sensacionalistas como las siguientes: «Una niña es hospitalizada en Madrid tras ser mordida en un ojo por un perro», que no cuentan nada de nada, y que tienen (siempre) muy claro quién es el culpable y quién es la víctima, quién es el animal y quién no (porque la mayoría de estos idiotas no saben ni que son primates), y, sobre todo, no son más que fuente de odio y disputa con el desconocimiento como estandarte y con las que dejar el suelo lleno de bilis. Esta noticia del 20 Minutos se suma a otras tantas que recogía ABC sobre brutales ataques de perros peligrosos. Cágate, lorito, que apenas somos morbosos. Ante todo, que no se me malinterprete: todas ellas son desgracias y no busco defender lo indefendible: los perros agresivos existen, aunque la mayoría de las veces esa agresividad haya sido generada por la acción humana desde el refuerzo inconsciente de una conducta a la falta de atención ante el lenguaje del perro.

perro-ladrido

Así pues, con el mismo espíritu de clickbait —es broma— voy a desglosar los tres grandes secretos que solventarían el 99,99 % de los problemas de agresividad en perros. Exagero, y tres pueblos, lo sé, pero sí hay algo cierto en lo que os decía: la mayor parte de los problemas por los que se producen ataques de perros se reducen a: personas que no tienen derecho a tener ese perro, o ningún perro, falta de interés en la comunicación perro-persona e imprudencia extrema con niños o personas dependientes.

Cada año se abandonan más de 100.000 perros en España, las perreras y las protectoras están colapsadas, y sé que no os cuento nada nuevo, pero ¿cuántos perros viven sin ningún tipo de estímulo? ¿atados veintitrés horas al día a una cadena? ¿sin pisar la calle, sin relacionarse nunca con personas o con otros perros? Solo en España, hay decenas o cientos de miles de perros de familia que no están equilibrados —pasead por urbanizaciones de cualquier provincia, por ejemplo—, animales de raza con necesidades especiales como los pastores alemanes, los belgas malinois o los border collies a los cuales el síndrome del juntaperros les ha hecho más mal que bien: ahora, el perro lobo checoslovaco va en la misma dirección a causa de la película Alpha. Culpabilizar a un perro cuyos propietarios o guías han desquiciado es la salida fácil, la correcta es actuar con justicia, y no permitir que personas que van a desatender a una mascota y a vejarla a todos los niveles ostenten su propiedad, ¿no crees?

perro-abrazo
Esto hay perros a los que les encanta, hay perros que se habitúan, otros lo toleran; y también hay perros que les genera miedo, y estrés, y ansiedad, e inseguridad. Cada perro es un mundo: igual que nosotros.

Asimismo, ¿cuántas veces no entendemos qué quiere un perro? Voy a molestar al perro, el perro me gruñe, y le castigo; ¿seguro que eso es lo correcto? Como mucho, inhibirás el gruñido y la agresión vendrá directa. Pero a la mayoría de propietarios/as esto les suena a chino mandarín. ¿Quiere decir eso que un perro debe gruñirte? No, claro que no, pero solventar ese gruñido, que puede atender a cien causas, es algo más que darle un sopapo. El problema entre perros y humanos es que exigimos que ellos hablen humano, pero no nos tomamos el tiempo de enseñarles, y, sobre todo, jamás nos preocupamos de entender su lenguaje gestual. Todo perro hace grandísimos esfuerzos para hacerse entender, pero muchos de nosotros seguimos creyendo que la comunicación con el perro debe ser unidireccional y totalmente jerárquica. Hoy, cualquier familia tiene miles de herramientas, desde cursos de iniciación para mejorar su relación con el perro hasta bibliografía o información gratuita en Internet, empezando por el clásico Las señales de calma de Turid Rugaas y terminando por dibujitos graciosos de Doggie Drawings o la propia Wikipedia. Las ganas para aprender, que las ponga cada cual.

Por último, unido a todo lo anterior, nos movemos entre dos extremos: el animalismo que ve a los perros como seres mágicos de luz —disculpadme la exageración— y los individuos e individuas que solo conciben al perro como un bicho que tengo aquí para decorar o proteger el jardín, como una lámpara o una alarma (deficiente). Pues ni lo uno ni lo otro: el perro es un animal y lo mueve el instinto, pero también siente, se emociona y padece, como nosotros. Y nada de esto debe ser excusa para que un perro y un bebé/niño queden a solas sin supervisión: antropomorfizar, no saber leer o actuar ante un posible problema de comportamiento/ambiente (por ejemplo, de protección de recursos) o la imposibilidad de escaparse ante una situación de estrés o dolor pueden llevar al perro a la agresión. ¿Quién es el guapo o la guapa que me justifica que un perro al que le meten los dedos en los ojos, le gritan y le molestan mientras duerme reaccione negativamente es algo anómalo? No, es que lo que quieres para tu hijo es un peluche, o un Furby, no un perro u otro animal de familia; sobre todo si no tienes el tiempo de controlarles cuando no tiene capacidad de razonar (el niño, digo) ni de enseñar a tu hijo o hija a relacionarse con los animales correctamente.

En definitiva, se trata de hablar perro para no matar perros.

Paseos con mi madre

Si hay un capítulo apasionante en Paseos con mi madre (Javier Pérez Andújar, Tusquets, 2011) no es el primero, que es maravilloso con los submarinos, las mierdas que el curso del río recogía de las cloacas, y los politoxicómanos que se perdieron en el Besós, sino el último: aquel en el que un Pérez Andújar, que ya ha pasado de chupatintas en la redacción del Ajoblanco a periodista de huevos negros en El País, narra aquello que le interesa leer al pueblo: porque sabe casi tanto de la ciudad como de sus límites; por esto nos permite saborear la ambivalencia de un Manolo Escobar que vuelve a la ciudad de Badalona con su mujer, Ana Marx, acompañados de su sobrino, que hace de chófer pero es su representante, y que mira con los mismos ojos de incomprensión que Manolo el barrio de La Salut. Si han pasado por allí, con gesto similar habrán ojeado Llefià, San Roque, La Paz, o las Casas Baratas. No importa en qué lado del río se encuentren, son las infraviviendas y los talleres, la segunda o tercera ola de inmigrantes, la suciedad de las calles, las cuevas y las barracas que hemos enterrado por vergüenza, sin comprender que eran parte de todos nosotros.

escultura-manolo-escobar
Fotografía que contextualizaba la inauguración de la estatua en homenaje a Manolo Escobar (2014). EFE/El Diario.

Ese capítulo es la hostia: porque Manolo Escobar, un chavalillo que llegó a Badalona con nueve hermanos y una cabra no se reconoce en los magrebíes que han hecho lo mismo después; porque la gente cree que aquel crío, que fue aprendiz de todo y se alzó como cantante de copla, tiene algo que ver con el anciano que vuelve a un barrio donde se le entrecruzan la nostalgia y la aversión; porque Manolo no se siente parte de Badalona, porque Manolo ya no es parte de Badalona y, ¡joder!, qué bien lo explica este hombre: «Existe el espejismo de que en un reencuentro que ha tardado mucho podemos devolvernos los unos a los otros el tiempo que ha pasado.»

Esta idea me caló hondo, y me cogí el coche hasta el centro de Badalona —no cogí el metro, ni el bus, así que, como comprenderéis, hay muchas cosas que yo soy el primero que no puedo entender—, donde tras la muerte de Manolo, le plantaron una estatua artificial que no hace mucho algún imbécil pintó de amarillo. Allí, en el Paseo de la Salut, entre la gente que sube y baja del marítimo entre plataneros, farolas a lo chupachup a medio lengüetear, y adoquín gris y rosa que se malacostumbra al calzado de la clase media, pocas historias nacen de la escultura de bronce del chaval que creció en Badalona y se largó a los veintitantos. Los vecinos de la zona parece que sí que las guardan: el hermano que vive en el Clot, ¡qué majo era Manolo!, el saque de honor en el estadio municipal, los pasodobles… Alguno caerá en la cuenta de que no recuerdan tanto a Manolo, que se dio el piro a Benidorm, como a sus propias historias, y cómo las coplas no son más que la banda sonora de aquellas décadas que se han quedado atrás, barnizadas capa tras capa, con nombres y apellidos, títulos de canciones, marcas de televisores y relatos compartidos.

Manolo-escobar-2010
Manolo Escobar posando con Barcelona de fondo. Foto: Elisenda Pons

Debe ser entrañable e insólito eso de volver a un sitio que le reconoce a uno, pero que uno ya no reconoce en absoluto. Por el contrario, qué complejo pensar en el hecho de que uno no es la imagen que el mundo se ha hecho de ti, que perteneces y, a la vez, no perteneces a un sitio, y que ese lugar te sigue adorando por lo que cree que eres —el tipo sencillo, el emigrante, el que triunfó y siguió siendo alguien humilde, campechano— y no por lo que eres —un hombre rico de raíces humildes que vivió casi toda su vida en Benidorm, que coleccionaba arte contemporáneo, que vestía cien sueldos de Badalona, pero, sobre todo, que no se reconocía en ninguna de esas almas—. ¿Le pasará lo mismo a Madonna al volver a Michigan a visitar a sus padres? ¿A Tarantino al pisar aquel videoclub de Manhattan Beach? ¿O recordarán lo que les llevó hasta allí? Supongo que Pérez Andújar recuerda, y por eso escribe en castellano, porque el catalán le quedaba muy lejos de aquellos hormigueros humanos que aún se pueden ver en la Verneda y que se convierten en un desorden enfermo en las dos orillas del río, una enfermedad que se ha enquistado en algunos puntos de la periferia y la gran ciudad.

¡Y viva España!, decía Manolo Escobar

La ciudad (Barcelona) no vive de espaldas al mar, vive de espaldas a su gente y a sus vecinos porque no siente nada por ellos.

Javier Pérez-AndújarPaseos con mi madre (Planeta de Libros, 2011)

Cuando yo era un crío, veraneaba con mis padres, hermanos y abuelos en un pueblo de la provincia de Gerona. Al llegar el calor, los hermanos queríamos ir allí cuanto antes mejor, no salir en dos meses de la piscina comunitaria y largarnos cuando llegaban las tormentas de agosto; pero como esto último era lo que más le gustaba a mi padre, nos jodíamos y nos quedábamos hasta mediados de la segunda quincena. No recuerdo cuántos años subimos y bajamos —ocho o nueve—, sin embargo, sí puedo rememorar cómo temblábamos asustados por la llegada del efecto 2000 y cómo me paseaba por las calles del pueblo entre señoras marías e inmigrantes subsaharianos, vistiendo casi siempre una camiseta de la selección española de fútbol. En algún momento, mis padres vendieron la casa y ya no hubo más veranos, ni pueblo postizo; hicimos algún que otro viaje familiar, pero, sobre todo, pasamos julio y agosto en Barcelona.

protesta-ap7

De todo esto me acordé ayer, relacionando ideas: este fin de semana invitamos a varios compañeros madrileños de kendo a dormir en casa, pues había un evento dedicado a la selección española —mi mujer forma parte de la misma— y el equipo masculino y femenino se ha repartido entre los hogares de otros compañeros por aquello de ahorrar lo máximo posible antes del campeonato mundial. Por la mañana, salieron uniformados, igual que la selección húngara, que ha venido a entrenar con ellos, pero volvieron con otras camisetas. Como no fue una, ni uno, sino todos los que dormían aquí (cuatro, contando a mi pareja), les pregunté y me dijeron que habían tenido problemas en la calle por vestir el uniforme de la selección. Lo cierto es que no sé qué me sorprendió más, si el hecho de que tuvieran problemas o que los tuvieran en Hospitalet de Llobregat, que es el homónimo a tenerlos en la Badalona sui generis de Manolo Escobar o el San Adrián del Besós de Pérez Andújar.

Asumo que siempre hay imbéciles —y que esto es un ejemplo de ello, no una generalidad—, que la imbecilidad parece contagiarse y polarizarse en este país con pasmosa rapidez; que nos quejamos de no ser escuchados, sin escuchar; que queremos sentirnos parte de algo sin permitir que el resto tengan ese derecho. Pero es tragiquísimo —y un poco tragicómico, y esperpéntico a lo Valle-Inclán— cuando la política llega a la calle: unos pitaban, otros increpaban; también había quien confundía deporte y política, y aplaudía. Hay idiotas que se creen que el problema es que la selección española vista el uniforme de la selección española, o que una persona se envuelva en una bandera de España o la plante al sol en su balcón, o que esto último sea entendido como una provocación y tengan que aparecer otros tantos memos que responden con esteladas, o a la inversa: plantar en tu casa esteladas, senyeres o banderas republicanas y rojigualdas por sentimiento no tiene nada de malo, ¡faltaría más!, aunque me preguntó quién lo hacía antes de considerar que la libertad del prójimo no era más que un ataque a la suya propia.

estelada-rojigualda

En cualquier caso, los charnegos que ya se sienten catalanes en la periferia —y lo digo metiéndome en el saco, y con orgullo—, aún no han aprendido que nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido aquí. Lo dijo uno criado a los pies del río Besós, no del Llobregat, pero tanto da: «En Barcelona se está en el cuarto de los invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, en riguroso orden.» Quien crea que despreciar o condenar una bandera es lo que une a un pueblo o a una nación, descubrirá antes o después que él, o ella, no es más que carne de cañón de políticos despiadados y vacuos.

Por mi parte, hace mucho que perdí la pasión por el fútbol, pero, casualidades de la vida, hace solo un par de semanas que hicimos un viaje familiar al pueblo del que hablaba por ahí arriba. De camino, decenas de personas saludaban envueltos en banderas independentistas en los pasos elevados de la AP-7, los puentes se habían adornado de lazos amarillos y yo les sonreía, feliz, y les devolvía el saludo conduciendo hacia Gerona. Hoy, no puedo dejar de preguntarme cuánta gente me hubiese mirado con desprecio si siguiese vistiendo parte de la equipación con la que soñaba con ser como Guardiola, Bakero o Luis Enrique en el verano del noventa y ocho: con Raúl no, que era del Madrid. Ya hubo imbéciles entonces que confundieron la pasión por el deporte de un chaval con la política —siempre los hay— y me gritaban, ¡y viva España!, cual Manolo, pero ¡coño!, ahora parece que todos estos capullos salen de debajo de las piedras.

TedTalks – Charlas TED – Ideas que inspiran

Estos días de calor asqueroso y vacaciones me he aficionado a las charlas TED y TEDx. Quizá no sabes qué demonios son, pero lo más probable es que hayas visto unas cuantas en el Facebook, o te hayan enviado alguna por el WhatsApp; también es posible que el ponente de esa charla tan inspiradora no te haya hecho ni fu ni fa, pero, en realidad, eso es lo mejor de esta plataforma-oenegé: recoge ideas dignas de difundir para todos los públicos; algunas te pueden cambiar la vida, otras no; la mayoría de charlas abrirán un poco más tu mente, que no es poco. Ahí te vas a encontrar desde Monica Lewinsky hablando sobre ciberacoso —y créeme, esa chica sabe bien lo que dice— hasta biólogos marinos como Carl Safina que te explican qué sienten y piensan los animales; novelistas como Amy Tan, Abha Dawesar o Chimamanda Ngozi disertando acerca de la creatividad, la escritura en el mundo digital o la pobreza y el daño que pueden hacer una narrativa única, tanto en la literatura como en nuestra relación con otras personas, países y continentes.

Y hablando de narrativa, quizá ahí está la clave del gran éxito de la comunidad TED, en que las charlas no tienen una narrativa única, sino que poseen una multiplicidad de lecturas: Carl Safina habla de animales, pero, a la vez, habla de nosotros como especie, Juan Pablo Escobar relata la historia de su padre, pero también la del narcoterrorismo y el narcotráfico en Latinoamérica; lo mismo hacen ponentes como Ken Robinson, Yordi Rosado, Simon Sinek, Sam Berns o Robert Waldinger; y estos solo son algunos de los nombres y de las historias que me han llamado la atención, entre cientos, porque lo mejor es que es una experiencia que nos permite acercarnos a otras formas de pensar, ver y sentir y, en parte, hacerlas propias. Hay miles, y miles más, pero esto funciona de la siguiente manera: uno se relaja un rato, y escucha con atención lo que esa gente tiene que decir; después se deja guiar por sus intereses, o descubre otros nuevos. Vale la pena, en serio.

Chimamanda Ngozi Adichie | The Danger of a Single Story

El peligro de una sola historia

Ken Robinson | Do Schools Kill Creativity?

¿Las escuelas matan la creatividad?

Sam Berns | My philosophy for a happy life

Mi filosofía para una vida feliz

Monica Lewinsky | The Price of Shame

Simon Sinek | How Great Leaders Inspire Action

Cómo los grandes líderes inspiran a la acción

Amy Tan | Where Does Creativity Hide?

¿Dónde se esconde la creatividad?

Tim Harford | How Frustration Can Make us More Creative

Cómo la frustración puede hacernos más creativos

Emilie Wapnick | Why Some of Us Don’t Have One True Calling

Por qué algunos de nosotros no tenemos una verdadera vocación

Abha Dawesar | Life in the «Digital Now»

La vida en el «ahora digital»

Olutimehin Adegbeye | Who Belongs in a City?

¿Quién pertenece a una ciudad?

Jennifer Dahlgren | El martillo volador

Ari Wallach | 3 Ways To Plan for the (very) Long Term

3 formas de planificar para el (muy) largo plazo

Yordi Rosado | El cerebro de los adolescentes y ¿por qué actúan así?

Pablo Fernández | Lo imposible está en la mente de los cómodos

Sebastián Marroquín | Pecados de mi padre


NdA (@jvruiz) : Aquí dejo una lista con las 25 charlas TED más populares; quizá os interese más que esta lista mía, que no deja de ser más personal que la anterior.

La narrativa en los videojuegos

Habrá un pequeño porcentaje de películas que superen el libro en el que están basadas: las de Hitchcock, que elegía libros malos, El Padrino, Forrest Gump, El club de la lucha, La Naranja Mecánica (para mí está ahí, ahí) o No es país para viejos, aunque el estilo de Cormac McCarthy… No sé, quizá con estos últimos no me tenéis que hacer caso, pero ya nos hacemos una idea: pocas veces las adaptaciones superan al original, ¿verdad?

Tiene toda la lógica del mundo: el cine y la televisión no utilizan la misma narrativa, y menos aún la literatura. Con los videojuegos el paralelismo es complicado, puesto que, hasta hace un par de décadas, ni tan siquiera existían adaptaciones. Empezaron a la inversa: cuando triunfó Super Mario Bros, ahí estaba aquella serie ochentera que daba urticaria; el éxito sin precedentes de World of Warcraft lo llevó al cine, pero mucho antes a publicar gran parte del lore —la comprensión de la historia de ese universo y cada uno de los detalles que la conforman— a través de libros y de guías que ríete tú de J. R. R. Tolkien. Algo de lo que perfectamente podrían sacar pasta otras sagas como FalloutBioshock, Mass Effect, Far Cry o The Elders Scrolls.

no-es-pais-para-viejos-loosli
Caricatura de los protagonistas del film No es país para viejos (Ethan Jesse Coen, Joel David Coen, 2008). ©Blake Loosli

Lo que no suele ser tan habitual es el caso de CD Projekt con The Witcher. Una saga de tres entregas basada en los libros de fantasía del escritor polaco Andrzej Sapkowski, quien ya tuvo su propia serie de televisión en su país natal, y para la que Netflix está preparando una nueva versión de la que se ha grabado el episodio piloto, aunque se prevé que no se estrenará hasta 2020. Los medios están cambiando, y también los canales; quizá por esto no es tan extraño que un videojuego supere a una película, e incluso a un libro; porque hay muchas cosas de un libro que no pueden hacerse en una película o en una serie de televisión, pero destaca una por encima del resto: los tiempos de narración.

En los tiempos de narración, el cine ya ha perdido esa batalla con la televisión (quedará alguno que aún no lo sepa), porque solo cuenta con la nostalgia del espectador de pantalla blanca; y ni la tecnología, ni el presupuesto son ya un problema para la caja tonta; por el contrario, el libro sigue pudiendo hacer que unos segundos se conviertan en una eternidad de esfuerzo sobre una bicicleta en El Alpe d’Huez de García Sánchez, en una eternidad de ternura en el despertar del Cortázar moribundo junto a su mujer en Los autonautas de la cosmopista, o en mil años que dialogan en estilo directo por la boca de un oficial de las SS y un miembro de la Inquisición en Jo confessode Jaume Cabré. Esas cosas no las puede hacer el cine, ni la televisión, pero quizá los videojuegos… Quizá los videojuegos puedan alcanzar algo así, y quizá por eso, la historia de Geralt de Rivia de CD Projekt poco tiene que envidiar a los relatos de Sapkowski. ¿Tenemos que renunciar a Terry Pratchett, George R. R. Martin, Patrick Rothfuss o Brandon Sanderson? Dios, ¡no! Pero quizá es momento de aceptar que el videojuego se ha convertido en una de las herramientas más poderosas a través de la que narrar una historia.

Los cascos de Sardinilla se hunden en el barro

Un pequeño ejemplo:

Frente al árbol de los ahorcados, ya en Velen, alguien dotó al barro de voluntad propia. El caballo de Geralt, Sardinilla, coceó nervioso, y su jinete, harto, terminó por dibujar con los dedos de su mano izquierda la señal de Axia. El corcel resolló un segundo, exhausto, y olvidó que sus extremidades se hundían, poco a poco, en el fango y la sangre seca de una decena de hombres sin suerte.

Hay miles de formas —infinitas incluso— de narrar la escena anterior en un texto, ¿pero de cuántas formas podríamos hacerlo en un videojuego, o en una película, o en una serie de TV? ¿Qué se pierde siempre en la literatura y se gana en el cine, o la TV o el videjuego? Exacto. Cada técnica y arte tiene sus ventajas y sus limitaciones, pero no importa el modo: no importa si nos remontamos alrededor de una hoguera a escuchar a un narrador paleolítico o nos abstraemos frente a un libro o una pantalla; todo ello son historias, y el ser humano vive de historias, porque incluso entender la realidad es construir nuestra propia narrativa.

the-witcher-3-exteriores
Captura de The Witcher 3: Wild Hunt con Geralt de Rivia en primer plano.

Y, por supuesto, cualquier juego tiene narrativa —entendida como los elementos o las herramientas que permiten estructurar la historia, la trama, el trasfondo de ese relato—, pero no cualquier narrativa es arte. Hay videojuegos que son arte, y dan forma a historias que solo pueden narrarse en este medio: hablo de Fallout tanto como de The Legend of Zelda, o The Last of Us, Firewatch… Hay demasiados buenos títulos ya.

Durante décadas, ocurrió algo curioso con el cine, y después en televisión. Lo que aparecía en las pantallas era entretenido, despertaba emociones, movía cosas dentro de la gente, y, aun así, no se consideró arte. Cuando se estableció el sonido en el cine, un gran número de actores y actrices criticaron que se perdía la pureza del medio —en parte, de eso va Sunset Boulevard—; después, la televisión estaba bien, pero solo era una caja tonta hasta que aparecieron las grandes series —The Wire, Los Soprano, y para delante— y, ahora, esto está cambiando con los videojuegos. O no bien, bien. Lo que cambian son las generaciones de consumidores, en realidad; los treintañeros, cuarentones y cincuentones que han crecido con una Game Boy en la mano, y el Tetris, el Arkanoid y el Super Mario que veían hasta al cerrar los ojos en sus camas de prepúberes o adolescentes.

¿Pero qué tienen los videojuegos en especial para ponerlos a la altura del cine y la literatura? ¿Crees que se me ha ido la olla y se me han derretido una cuantas neuronas del calor? Pues no. En los videojuegos encontramos elementos imposibles de trasladar a otro medio y una adaptabilidad que facilita mucho acoger recursos propios del cine o la literatura.

Cinco motivos, infinitas posibilidades

El lector no tiene poder. Solo es un observador. Pero el autor… El autor inventa el futuro.

Assassin’s Creed Origins (Ubisoft, 2017)

Y dicho esto, voy a hablar de cinco motivos que convierten a la narrativa propia de los videojuegos en un entorno repleto de posibilidades, pero la frase que antecede a este párrafo es una buena explicación en sí misma. No hay mayor protagonista en una historia que el jugador: a continuación veremos por qué, pero el poder y la libertad —emulados, evidentemente— que tenemos frente a un videojuego no es comparable; en el cine, asistimos a unos hechos narrados; en la lectura, los imaginamos, pero en el juego casi podemos vivirlos.

La historia se vive en un eterno presente

Igual que ocurre con nuestras vidas, el videojuego presenta las historias en presente con lo que esto supone. Si sois buenos lectores o buenas lectoras, sabréis que el presente acerca: de eso también saben mucho escritores como Fernando Aramburu —leed Patria, por ejemplo— o Javier Pérez Andújar —leedlo todo—. En el videojuego las cosas suceden, y te suceden (o no dejas que te sucedan, y actúas: de esto ahora hablamos), y lo hacen de un modo natural, algo que se nos hace muy sencillo de interpretar y, en la mayoría de los casos, muy realista también.

Geralt de Rivia y Yennefer de Vengerberg en Skellige..
Geralt de Rivia junto a su amada Yennefer de Vengerberg (The Witcher 3: Wild Hunt).

Tú decides: interactividad y toma de decisiones

A diferencia de cualquier otro medio, aquí tú tomas las decisiones que determinan qué camino sigue el protagonista; protagonista que casi eres tú, además, ¿o no? Firewatch, videojuego experimental sobre el que ya hablé en el blog, es un buen ejemplo: una historia que te sucede gracias a la posibilidad de empatizar con las emociones del personaje, y que se ve reforzada por el uso de una primera persona. Hoy, los buenos juegos empiezan a ocultar sus propias costuras —algo que resulta más difícil aquí o en el cine que en la literatura, puesto que nuestra capacidad para imaginar es asombrosa—, es decir, cada vez resulta más complicado ver cómo nuestras acciones nos llevan al final de la historia, y cuántos finales hay, como en Bioshock, Deus Ex Dishonored o Heavy Rain.

deus-ex-decisiones
Ejemplo de toma de decisiones en Deus Ex: Human Revolution.

La suspensión de la incredulidad es mucho más verosímil

Más de uno o de una me va a decir que me he quedado a gusto con este subtítulo, ¿eh? Para quien no lo sepa, primero explico qué significa este concepto. La suspensión de la incredulidad es ese pacto que acepta el lector, espectador o jugador para obviar las incoherencias que pueda haber en la obra con respecto a la realidad. Si no creyésemos que la magia es posible en El señor de los anillos o en lo que está sucediendo en el escenario de un teatro sin apenas atrezzo en el que se representa Macbeth, no podríamos disfrutar del libro, la película o la obra de teatro. En los videojuegos, la interactividad y la posibilidad de vivir la historia como protagonistas facilitan muchísimo este recurso, por lo que es habitual que se rompa la cuarta pared, y se reconduzca de nuevo la historia sin excesivos problemas: algo que es mucho más complejo de hacer en la literatura, el cine, el teatro o la televisión.

guybrush-muere-cuarta-pared
«Es gracioso. No creía que podías morir en los juegos de LucasArtsTM

¿Los recursos de otros medios narrativos?, funcionan

Hemos hablado de romper la cuarta pared, pero también de mantener el suspense, empezar una historia in medias res in extremis, pegarse un flashforward, usar los distintos tipos de elipsis o, en general, hacer lo que te salga de los cojones. Desde Elizabeth, de Bioshock, hablando con el jugador a Guybrush Threepwood rebelándose contra ti por tratar de obligarle a realizar estúpidas acciones. Bien hecho, nada de esto es extraño en un mundo virtual.

Final Fantasy VII remake
Final Fantasy VII (la imagen pertenece al futuro remake) empezaba con un protagonista al que no conocíamos ayudando a un grupo terrorista que quería atentar contra la Shinra Company. Como jugador, no tebías ni puñetera idea de qué estaba pasando.

¿Todo se ha hecho? Instalar historias en otra dimensión

Empezaba hablando sobre el lore en los videojuegos y termino igual. La mayoría de artistas están convencidos de que ya no existen historias nuevas que contar: todo es Shakespeare, o está en la Iliada y la Odisea. Todo se ha hecho. Podemos ser rompedores cuando explicamos una historia cien veces contada con un punto de vista que nunca se ha visto antes: el nuestro. Sin embargo, este medio narrativo parece estar empeñado en todo lo contrario: como ejemplo, el lore. Antes he parafraseado una definición que encontré por ahí sobre el término, pero la extenderé un poco más: el lore es la suma de las pequeñas historias, lo que conforma el mundo: cualquier mundo, incluso el nuestro.

Broken-Age
Broken Age es una aventura gráfica que une dos mundos totalmente inconexos entre sí: un futuro de ciencia-ficción y una edad media propia de la fantasía (y niñas sacrificadas al Mog Chothra).

En el artículo de la revista Yorokobu, se explicaba el concepto en sí con un ejemplo de Dark Souls: 

En Dark Souls, por ejemplo, hay un par de personajes con una historia preciosa: el Caballero Artorias y Sif, el gran lobo gris. Artorias era el caballero predilecto de Gwyn, el Señor de la Ceniza. Sif era su lobo (¿o su loba?). Al intentar rescatar a la Princesa Anochecer, Artorias y Sif se enfrentaron a las fuerzas de la oscuridad y se vieron superados por ellas. Artorias entregó su vida para proteger a Sif.

Sif-dark-souls
El lobo Sif protegiendo la tumba de Artorias.

La historia del protagonista del juego sucede dos siglos después de la muerte de Artorias. Hacia la mitad de la narración, el jugador necesita un objeto de Artorias para poder avanzar. Cuando llega a la sepultura del caballero, el lobo Sif se planta delante de la tumba de su amo, agarra su espada con las mandíbulas y se enfrenta al protagonista.

Pero lo más importante no es la narración de esa historia, sino el hecho de que esa narración nunca se da en el juego, sino que el jugador debe deconstruirla, o puede decidir no hacerlo. Es la forma más pura de narración que existe, la misma que utilizamos para entender nuestro mundo y dar orden a ese caos que representa la propia realidad fuera de los videojuegos: porque componemos las historias a partir de lo que hemos vivido, lo que nos cuentan, lo que vemos y también de aquello que ni vemos, ni advertimos ni sabemos.

El juego no te explica nada. No hay una narración ordenada de la historia de Artorias y Sif. Puedes terminar el juego sin enterarte. Solo puedes deducirla conversando con algunos personajes, observando con cuidado los escenarios y leyendo descripciones de objetos en el inventario del juego.

Que nadie tome estas líneas como un ataque a la literatura, al cine o a cualquier otro arte, sino como la necesaria defensa de la narrativa en los videojuegos y de su categoría como arte, que no solo parece cada vez menos necesaria, sino que demuestra cuánto ha llovido entre el narrador que imaginaba en su cueva repleta de pinturas y las posibilidades que nos va a dar la tecnología de generar nuevos mundos cada vez más y más reales.

El Infierno son las rondas

Si no eres de Barcelona, o nunca has visitado la ciudad, quizá no tienes ni idea de cómo se estructura aquí el tráfico ni por qué el Infierno tiene forma de vía de circunvalación. Es un fenómeno curioso, verás: tenemos tres rondas: la Ronda de Dalt, la Ronda del Mig y la Ronda del Litoral. La de Dalt fue la última en llegar, y cuando el imaginario colectivo todavía no había olvidado lo del segundo cinturón, ya se daban las primeras retenciones. Los atascos, además, llegaron acompañados de una cicatriz que se ha mal curado en los barrios de Horta-Guinardó y quizá en algunos puntos de la Gracia que, incluso a los de aquí, casi se nos olvida que es Gracia —Vallcarca i els Penitents— y Sarrià-Sant Gervasi, donde hay más pasta para insonorizar ventanas.

Pero sobre la historia de los cinturones, y el por qué dejaron de llamarse cinturones, Enric Sierra, subdirector de La Vanguardia, tiene una columna muy esclarecedora titulada Cuando el cinturón perdió el nombre; yo poco más puedo añadir ahí. También hay noticias suficientes acerca de las reivindicaciones de los vecinos y del mosqueo ante tanta tomadura de pelo con la cobertura de la vía, y de la guerra que lleva veintiocho años reivindicando una muchedumbre que se nos ha hecho anciana… Este tema da para mucho.

ronda-litoral-torre-mapfre
Fotografía de archivo que muestra las obras de construcción de la Ronda del Litoral, en 1989. Al fondo se pueden ver las Torres Mapfre, también en construcción.

A grandes rasgos, parece ser que la crisis financiera de 2008 salvó a Barcelona de colapsarse antes (qué ironía, ¿no?), pero ya hace un par de años que, por todos lados (aquí, por ejemplo), alertan de que la recuperación trae consigo serios riesgos para el tráfico en la ciudad. ¿Y cuál es la solución planteada? La restricción parcial de coches y el desmantelamiento paulatino del parque automovilístico. Y, con razón, me dirás: «¿Y te parece mal, Javier? Se está haciendo en todos lados.» Y a mí me parece de puta madre —en especial, frente a los niveles de polución a los que nos enfrentamos en Madrid o Barcelona—, pero con cabeza.

Vamos a hacer un poco de historia para que se entienda. Un Once Upon a Time de esos. Hubo un tiempo en el que las aglomeraciones en la ciudad —en especial en una ciudad como esta, limitada en dos de sus cuatro direcciones por mar y montaña— se resolvieron chutando gente a las cercanías y prometiendo unas buenas comunicaciones que nunca han llegado. Más tarde, este modelo se ha invertido: a nivel ecológico y económico, es mucho mejor concentrar gente en vertical que extender viviendas en horizontal (servicios, calefacción, infraestructuras, etcétera). Sin embargo, a nivel de transporte, ni se hizo la inversión entonces, ni se han buscado alternativas durante todos estos años. Esta falta de previsión viene de lejos, es casi una tradición, eso sí: para muestra, cuando se inauguró el tramo completo de la Ronda de Dalt, en 1996, los seis carriles —tres en dirección al Besós y tres en dirección al Llobregat— eran insuficientes para acoger el tráfico de la época: no se supo ver más allá de los JJ. OO ni se proyectó siquiera una posible ampliación o un probable aumento del tráfico de la capital catalana.

La respuesta política en Barcelona ha sido eliminar plazas de aparcamiento público y carriles para la circulación e incentivar la bicicleta. ¿Funciona? Parece que no. Desde 2011 (según El País: La cifra de ciclistas diarios se mantiene estable) a 2017 no ha habido cambios (190.000 personas aparcan el coche para desplazarse en bici): unos 400.000 en toda Cataluña. Ni puñetera idea de cuántos de estos viven en la capital: no he conseguido encontrarlo. Lo que sí sé es que estas actuaciones no pueden solucionar el problema de un buen porcentaje de municipios con accesos deficitarios a Barcelona mediante el transporte público: las 800.000 personas que viven en el Baix Llobregat, por ejemplo. Visto así, por lentas e infernales que sean las rondas, el coche es una ayuda. A todo ello se suman los retrasos de RENFE y la limitación de las rutas acogidas por los Ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, que apenas han incrementado el número de usuarios en una década: algo no se está haciendo bien.

construccion-tunel-ronda-litoral
Trabajos de construcción de uno de los túneles de la Ronda del Litoral.

En cualquier caso, la decisión está tomada: limitar vehículos a partir de 2019 y renovar el parque automovilístico antes de 2025. Habrá quien diga que es poco tiempo, pero a mí me parece más que suficiente para adaptarse al cambio. Y este es el otro gran problema del que no he oído hablar ni la DGT, ni el RACC ni a ningún gurú de la circulación: limitar las emisiones de CO2 es una buena noticia, ¿pero cómo planteamos terminar con los atascos? ¿Acaso el planeamiento urbanístico los da por perdidos? Desde luego, esa es la impresión. Y peor todavía: ¿por qué no se plantea ningún tipo de control de la circulación interna? Estamos convencidos de que todas las grandes vías de las capitales —en Barcelona: las rondas, la avenida Diagonal, la calle Aragón, la Gran Vía de les Cortes Catalanas, etc.—, se colapsan por ese porcentaje de personas que tienen que utilizar su vehículo para desplazarse desde fuera de la ciudad a la misma, y viceversa. ¿Y todo el tráfico que coge el coche por comodidad para ir a trabajar a dos barrios de distancia?, ¿y el colapso que agravan las entradas y las salidas de los colegios? Porque, vale, por la mañana quizá se unen niños y adultos, pero si en España el 90 % de los trabajos terminan más allá de las seis de tarde, ¿por qué cojones están colapsadas las carreteras a las cuatro, y a las cinco, y a las seis? Por esto mismo, cada verano nos queremos creer que la (relativísima) fluidez del tráfico se debe a que la gente se ha largado de vacaciones, y no a que han cerrado colegios, y a que somos demasiado cómodos para coger el metro o el autobús para ir a buscar a los críos.

En definitiva, no hay dinero para invertir en transporte público, no hay ganas de usarlo y nos puede la comodidad. Pues estamos apañaos. Y habrá quien crea  que el Infierno son las rondas, pero no, como ya ocurría cuando Sartre escribió El ser y la nada, el Infierno siguen siendo los otros.


Entradas relacionadas:

Cuentos que hay que leer

La semana pasada me estuve muriendo de un resfriado (idiota) de verano. Pero que me estuviese muriendo no iba a evitar que fuese a la última clase de novela en el Laboratori de Lletres. Allí, entre moco y moco, nos recomendaron diez cuentos —que resultaron ser once— de esos que hay que leer, porque molan, porque enseñan a escribir, porque han hecho historia.

ernest-hemingway-durante-una-de-sus-interminables-juergas
Ernest Hemingway (1899-1961) de juerga.

Hoy, no tengo mucho más que decir, en realidad: ya que los tenía que recopilar para mí, aquí quedan para todos y todas.

Será mi gesto altruista de la semana…

El nadador, de John Cheever (1912-1982)

La noche boca arriba, de Julio Cortázar (1914-1984)

Las ménades, de Julio Cortázar (1914-1984)

Invasió subtil, de Pere Calders (1912-1994)

La noche de Jezabelde Cristina Fernández Cubas (1945)

Los asesinosde Ernest Hemingway (1899-1961)

La tristezade Antón Chéjov (1860-1904)

Catedral, de Raymond Carver (1938-1988)

Punto de vista en Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín (1936-2004)

Un día perfecto para el pez plátano, de J. D. Salinger (1919-2010)

El avión de la Bella Durmiente, de Gabriel García Márquez (1927-2014)

Ciudadanos de segunda

Ayer me acerqué a una playa para perros. Mi mujer tenía curiosidad. A mí ya no me gusta la playa para mí, imagínate llevarme al perro. Pero a ella le hacía gracia, así que fuimos. Eso también es el matrimonio: apoyar a la jefa, ¿o no? Ahora mismo, tengo cuatro perros en casa, pero solo a uno de los pastores le mueve el agua. Mi opción, no obstante, hubiese sido llevarnos a Argos, que es un mastín muy equilibrado, y no a Foc, que es un pastor alemán llorón y drama queen. Esto último me lo confirmó la mañana, pero después.

Un par de días antes, buscamos información sobre playas habilitadas para perros. Pero hay que decir que nosotros venimos muy mal acostumbrados de la época de Mallorca, donde se pudiese o no —aunque esto fue antes de las modificaciones en la Ley de Costas—, con las debidas precauciones y tratando siempre de no molestar a nadie, nos paseábamos por playas y calas con los perros de la época —Dana, Argos y Caos—, por lo que cinco playas para toda la provincia de Barcelona —solo el área metropolitana da cabida a más de 100.000 perros— nos pareció nada y menos.

No deja de ser un tema complejo, no obstante, y la convivencia requiere de ir paso a paso; de ahí, imagino, que salen las alertas algo absurdas de gente poco convencida, como algún miembro del Colegio Veterinario de Valencia, que decía: no recoger las heces contamina la arena con parásitos que afectan tanto a animales como a personas. Una justificación un poco estúpida para limitar la entrada de animales en la playa, porque no parece contaminar ni más ni menos que cualquier mierda de perro que un (humano) guarro se deje tirada en el parque o en la plaza de su barrio, según el mismo artículo. En las playas incluso me parece todavía menos preocupante, si cabe, porque aunque no he buscado ningún estudio para sustentar la teoría —ni creo que exista—, alguien que dedica el sábado o el domingo a largarse a la playa con su perro, a priori parece que tendrá menos problemas en recoger una caca con una bolsa, ¿no? Supongo que, en algunos casos, nos sorprenderíamos.

caos-javier
Caos y yo en Cala Blava (Mallorca, 2012).

¿Y entonces qué me pica? ¿De qué vengo a quejarme hoy? Pues, tómate esto como una opinión 100 % personal, pero me parece que (en muchos casos) es una ida de olla eso de meter cincuenta o sesenta perros más cien/doscientas personas ahí. Nosotros nos acercamos a Cala Vallcarca (Sitges), y también he pasado tres o cuatros veces (sin mis perros) por la Playa de Llevant, en Barcelona ciudad: ambas me han parecido que sufren del síndrome pipicán, es decir, muy poco espacio para tanto perro. Por descontado, cada persona es un mundo, y cada perro también y, por esto, hay un gran porcentaje de animales que no tienen ningún problema en espacios pequeños y saturados, pero otros muchos sí. Estos espacios pueden generar estrés, nerviosismo y reactividad.

En nuestro caso concreto, nos tocó habituar al colega perruno paulatinamente, y nadamos un rato con él, pero la saturación de perros y personas empezó a poner nervioso al pastor-drama queen (repito que cada perro es distinto; por ejemplo, Foc es un pastor adoptado y con algunos problemillas difíciles de corregir a su edad); salimos del agua, nos apartamos y tratamos de volver dos o tres veces cuando se relajaba un poco, pero como el entorno se hacía imposible de controlar, decidí que lo mejor para el perro y para el resto era largarnos.

A grandes rasgos, mi lectura es que esto se da por las limitaciones del entorno, y estoy seguro de que en playas más grandes, como Les Salines (Cubelles, Barcelona) o La Balsa de Arena en Deltebre (Tarragona) no existe este problema; pero la realidad es que muchos de los espacios cedidos donde acercarse y pegarse un baño con tu perro son espacios recuperados (por ejemplo, en Sitges está a escasos metros de una central térmica) o acotados, que tienden rápidamente a sobresaturarse, sin entender que si, para nosotros es poco natural eso de embutirnos como sardinas en la arena, a los perros no solo les ocurre lo mismo, sino que, además, pueden requerir de una habituación más espaciada ante esa situación. Y puede que lo peor no sea esto, en realidad, sino la sensación que transmiten algunos municipios de ceder aquello que nadie quiere —prueba de ello es que, casi siempre, son playas y calas sin servicios— o confinarnos a un pequeño espacio a lo gueto para responder a equis demandas colectivas.

Aunque a mí la playa ni fu ni fa, me fui ayer con sentimientos contrapuestos, y por eso quiero volver unas cuantas veces más. Por un lado, la sobresaturación me da la sensación de que estresa a nuestros perros y los hace corretear de arriba para abajo, pero beneficios claros no los veo. Por el contrario, sí que vi a muchísima gente pasándoselo en grande, entre los que me incluyo, pero sigo defendiendo la opción más lógica para muchos propietarios y propietarias: permitir a los perros sociables el acceso junto a sus guías a la mayoría de las playas e integrar a estos animales también de un modo más natural, no tratarlos como ciudadanos de segunda —ni a ellos, ni a sus familias— y tener que hacinarlos en cuatro puntos contados de todo el territorio. Por ahora, como está montado, mejor que los perros se bañen en ríos, saltos de agua y en aquellas playas para perros que no estén saturadas, si las hay.


NdA: adjunto mapa con playas de perros en toda España. El porcentaje todavía es bajo teniendo en cuenta que España tiene bastantes más de 3.000 playas y 5.978 km de costa.

Hay cosas peores

En Quatre Camins, las noches de invierno, invierno se acompañan de mala hostia: es por las mantas, sobre todo, o, mejor dicho, por la falta de mantas. A las nueve, nadie se quiere pirar a las habitaciones, que son celdas, pero no lo decimos: ni que son celdas, ni que no queremos tirar para allí a pelarnos de frío; bastante mierda es el trullo para repetirlo todos los días, y putas las ganas de acabar con el culo en aislamiento. Aun así, hay cosas peores que quejarse por las mantas, como lo que se comenta que hacen el Max y el Raúl en el patio del pozo, donde las actividades, que nadie sabe si van a susurrarse cositas a la oreja o algo más, pero se ha enterado el Gitano, y el Gitano no quiere ni oír hablar de eso en el módulo.

—¿Te ha venido a ver la chorba?

Esta vez, el Raúl pregunta con el culo apoyado contra el pozo; pregunta, severo, con sus expresiones de niño de los ochenta. Hay noche de luna llena y Max se fija en los millones de puntitos de la cabeza que se le ilumina delante: una chola rapada al cero. El otro se impacienta y levanta la barbilla, como diciendo: qué pasa. La tocha de halcón le recrudece el gesto.

—Sí, fresco. Para tres meses paso de quitar los vis a vis, pero ya le dije que, cuando salga, hablamos. No quiero líos con el resto.

Y le hace el saludo que simula la corona de la mara, para contextualizar.

—¿No quieres líos? Ya que viene desde Barcelona te la podrías follar.

A este le pasa algo.

quatre camins - persianes lliures
La fotografía corresponde a un taller de arte urbano para internos en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Max se acerca al pozo. Max: con su gorra amarilla y negra, su camiseta del Barça, su mejor sonrisa, que hace brillar frente al Raúl. Ya está ahí, con sus ojillos dulces del color de las castañas, con su no-afeitado casi pubescente, con su mano y el no me olvides de oro que acerca hasta la mejilla del Rapado.

—¿Qué le pasa? No sea malito…

El Raúl le interrumpe con una de sus manos contra los pectorales que ha moldeado el talego; lo hace con la palma, con suavidad, y eso no lo sorprende, así que el puño contra el mentón el Max no lo ve venir; es un golpe seco, explosivo: animal. Se desploma contra la hierba del patio. ¿A este man qué coño le pasa? Por el suelo, hay chustas de porros que no deberían estar ahí y cuchillas por las que mejor no preguntar, así que Max opta por otra pregunta, y el Raúl responde:

—¡¿Qué me pasa?! ¡Tú me pasas, marica!

—¿Marica?

—Y el Gitano no quiere maricones en el módulo —interrumpe una voz grave desde la puerta que da al jardín.

El pavo es un funcionario del turno de noche, y Max sabe que esto no ha hecho más que empezar. Por eso, mira hacia donde estaba el Raúl buscando ojos cómplices, pero el Raúl ya se ha ido hasta la puerta, y ahora le da la espalda.

Ahogado de faena

Llevo un par de meses bastante ahogado de faena, y, como no es mi estilo pasarme por aquí y escribir cualquier cosa por eso de actualizar, pues paso menos, aunque me cueste. No es que coja el blog con menos ganas que antes, en realidad, todo lo contrario; se me hace complicadísimo no dedicarle el mismo tiempo, pero se han ido sumando una serie de proyectos que lo han dificultado un poco, y, por qué no decirlo, en algunos momentos, también me han hecho algo más feliz.

Para empezar, a finales de abril, la periodista Melisa Tuya —que escribe En busca de una segunda oportunidad Madre reciente me pegó un toque para prologar su salto a la novela juvenil: Mastín y la chica del galgo, que saldrá este año a la venta y cuyos beneficios irán destinados a ayudar a la Fundación Amigos del Perro (Oviedo).

Por esas fechas (mediados de abril, según recuerdo), también me escribieron de Diversa Ediciones —que no llevan un buen año tras la muerte de su perro Coco— para que participe en una antología de relatos animalistas para la que tengo en la recámara un relato breve muy, muy especial.

Nevermind

A la novela ya le estoy limando las aristas, pero seguirá llevándose bastante del tiempo de las primeras semanas del verano. Eso sí, todo aquel que se ha podido leer el primer borrador, me ha enviado, entre sus consejos, muy buenas energías e impresiones, por lo que estoy cien por cien convencido de que ahora sí.

¿Y más cosas? Pues sí, más cosas. Por un lado, tengo dos artículos para El caballo de Nietzsche a los que he dedicado bastantes horas de trabajo; sus títulos, aún provisionales (o no) son: La influencia de los medios en la normalización del maltrato animal, que será el primero en salir publicado (y su título define bastante bien de qué trata, ¿verdad?), y Defendamos la alegría como una trinchera, en el que hablo de positivizar el movimiento animalista y de algunas estrategias que (creo que) pueden hacer esto posible.

En esta línea, hoy es recomiendo la carta abierta de Ruth Toledano al ministro Màxim Huerta, y la lección de escritura que daba el sábado Juan José Millas en El País, de título: El hijo del joyero.

Y si de veras me echáis de menos (¿en serio?), junio es el último mes de «poco blogging».