El mundo que ya es basura

«Si las abejas desapareciesen, los seres humanos nos extinguiríamos en cuatro años.» Esta frase, atribuida a Albert Einstein, esconde una aterradora verdad: somos mucho menos poderosos de lo que la tecnología nos ha hecho creer. Somos mucho más estúpidos también: una simple búsqueda en Google nos permite ver que esa frase no es más que una variación de un eslogan de unos apicultores belgas durante una manifestación en 1994. ¿Qué abejas, además? ¿A cuál de los miles de tipos de abejas no domésticas que no son abejas de la miel (Apis mellifera) nos referimos? Además, ¿son las abejas domésticas los únicos polinizadores del reino animal? Por supuesto que no: aunque sí las más «hiperactivas». Pero, ¡qué importa en realidad! En boca de Einstein, un problema de primer nivel se convierte en un «problemón», y eso, tristemente, es algo que necesitamos cada vez más.

Abeja (primer plano; polinizadora)

Si nos decidimos a usar nuestra capacidad crítica, no deberíamos hacer una lectura tan literal. Si las abejas desaparecen, la humanidad difícilmente se extinguirá: comemos arroz, maíz y trigo; cada vez más soja también, y ninguno necesita ser polinizado. Sin embargo, más del 70 % de los alimentos de nuestra dieta sí. Sin polinizadores perderemos variedad; pero hay más: las plantas de cobertura suponen una barrera de control frente a plagas y enfermedades, enriqueciendo el suelo y evitando que las principales plantaciones de alimento sean arrasadas. Sin polinizadores, el escenario que tenemos delante es, por lo menos, inexacto. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué ocurrirá, pero llegados a ese punto, nuestras sociedades como las conocemos sufrirían un cambio radical.

Desde hace un par de años, Stephen Hawking (1942) advierte sobre la necesidad de colonizar otros planetas; no hace mucho, además, ha agregado que urge abandonar la Tierra en menos de 100 años, y, todo ello, no son más que agregados de esa frase de Albert Einstein que resultó no ser suya. Son las mismas ideas implícitas que carga esa deadline que científicos y activistas subrayamos constantemente en 2050 sin conseguir despertar conciencias: donde los plásticos son todo lo que nadará en el mar. Es lo mismo que se intenta en la Fundación MONA advirtiendo del cambio necesario frente al uso del aceite de palma o del coltán; es la foto de ese caballito de mar agarrado a un bastoncillo para los oídos, o el enorme gasto de agua que requiere una alimentación basada, principalmente, en la pesca y la ganadería; estas frases de grandes nombres son el último reducto frente al cambio climático y la obstinación de mantener nuestros hábitos de vida a cualquier precio —de comer lo que queremos, de vestir como nos apetezca, de cambiar de teléfono móvil cada año e incluso de tener los hijos que nos dé la gana— frente a la pérdida de biodiversidad contra la que nos seguimos revelando mediante la tecnología: con abejas mecánicas propias de la ciencia-ficción y viajes en cohete al estilo de las Crónicas marcianas de Bradbury, donde sigue perviviendo aquella vieja duda sobre si llevar vida fuera de nuestra atmósfera no es también sinónimo de viajar con la destrucción que siempre nos ha acompañado.

Firewatch: 79 días en Wyoming

Pocas son las historias de otros que me empujan a escribir. Estoy convencido de que asistimos a un momento donde el cine está siendo fustigado por la tecnología, por las historias que pueden narrarse en televisión y por los límites de un modelo audiovisual que, poco a poco, ha ido perdiendo fuelle y resistiendo entre títulos reconocibles: Blade Runner 2049, Trainspotting 2, Kong, Alien, It, Saw, y Star Wars, Star Wars y Star Wars. De vez en cuando, siguen apareciendo verdaderas maravillas en la gran pantalla, claro que sí, pero la oferta audiovisual se ha ampliado lo suficiente para que muchas de esas grandes historias se hallen hoy, en Netflix o en HBO, y, más allá todavía, en nuestros ordenadores; de un modo que no imaginábamos los que tuvimos una Nintendo con el Duck Hunt —pobres patos; y qué perro tan cabrón— y que ahora babeamos con propuestas tan complejas como Firewatchsobre el que me he decidido a escribir un año más tarde del debut de Campo Santo. Y eso debería ser suficiente para ver que las cosas han cambiado, porque lo que nos movía hace unos años, no tiene nada que ver con lo que nos mueve ahora, o, por lo menos, no en la misma medida: por eso no vengo a hablar sobre la mirada que Villaneuve —que no Ridley Scott, que también está muy ocupado exprimiendo la saga Alien— hace de los replicantes (y que ni de puta coña merece la nota que tiene en IMDB, Rotten Tomatoes o similares), sino de una historia que te invita a perderte en un parque natural en Wyoming (EEUU), y donde todo se complica, más y más.

Firewatch (mapa; brújula)

Cuando la narración cobra vida propia

Imagínate que algo te ocurre. Algo muy grave que pone tu vida patas arriba. Algo que te hace ver que no puedes seguir así. Sabes que solo quieres escapar, coger aire, distancia; recordar cómo era todo antes. Y, entonces, en el periódico, aparece un anuncio: es una oferta para trabajar como vigilante de incendios forestales en el Parque Nacional de Shoshone, en Wyoming; estamos en 1989, y Yellowstone lo ha cambiado todo. Tu vida también cambia por completo. Tu esposa, enferma de gravedad, vive ahora en Australia: te sientes muy culpable; no puedes más. Subes las escaleras a la torre de vigilancia que será tu hogar durante todo el verano, suena el walkie-talkie. Es Delilah: tu jefa. Día 1.

Así empieza una historia de ocho horas de duración en la que la naturaleza compone el escenario idílico de un relato en el que te ves obligado a zambullirte sin provocaciones; él es Henry, tú eres Henry, hasta lo más profundo. Le conoces perfectamente; te conoces perfectamente, y, ahora sí, con toda una historia detrás, puedes iniciar un viaje cuya principal virtud es la búsqueda de la propia identidad en el otro, que también eres tú. A partir de aquí, cualquier pequeño detalle (o spoiler) podría romper parte del encanto de este relato que se puede devorar en poco más de cuatro horas, calculo, pero que es necesario extender a lo largo de uno o dos días de travesía: descubriendo los juegos de luces, el sonido de la fauna autóctona, recogiendo las latas de cerveza de los senderistas más guarros sin un motivo real, o sumergiéndote en las conversaciones por radio con tu supervisora. Eso son los tres grandes «qués» que convirtieron a un título indie como Firewatch en uno de los juegos del año pasado: naturaleza, introspección de los personajes y, sobre todo, narrativa, porque no es un shooter en primera persona, ni un survival; no es nada de eso, es un libro de esos de «elige tu propia aventura» con más espacio alrededor; y le han puesto mil nombres (walking simulator, aventura interactiva…), mas queda entre medias de todos ellos. Es genial.

#1. El mundo desde una atalaya

Henry: What’s a lichen?

Delilah: Well wouldn’t you lichen to know.

Henry: Oh my god, GOODBYE.

Firewatch (Camposanto, 2016)

Naturaleza y jugabilidad en un tándem imposible. En una atalaya, con tu supervisora llamando tu atención a lo lejos, un espacio que se prevé limitado al jugador y cientos de objetos que nada tienen que ver con tus tareas: latas vacías de cerveza, libros, el cuerno de un venado, chocolatinas que olvidaron otros guardas… ¡Y quieres verlo todo! ¡Empaparte! Rastrear cada pequeño secreto, cada nota, edificio o palmo del río. Firewatch te sorprende a cada paso, porque, en un escenario de unas pocas hectáreas ficticias, inicias un viaje que te habla de la propia identidad: de quién somos, de qué huimos, de la paternidad, del amor, del olvido, de las relaciones humanas; y también nos enfrenta a todo aquello que normalmente tendemos a obviar: la naturaleza, las pequeñas cosas, los instantes en los que el iris devora el ojo para beber un ocaso de arenisca roja, o en el frío que viaja entre las yemas de tus dedos al palpar esa botella de tequila que ha dormido un día entero bajo el curso de un río; la artificialidad de nuestras vidas. ¿Quería Henry la vida que tenía?; ¿realmente quiere vivir con Delilah algunas de las experiencias que comparten a lo lejos?, ¿está proyectando otra vida en otra mujer?

Firewatch (torre de vigilancia)

#2. Conócete a ti mismo

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar.

Henry David Thoreau (1817-1862)

Los desarrolladores de Firewatch aprovechan un entorno perfecto para hacer evolucionar la psicología del personaje. Henry está a varias millas de distancia de cualquier compañero y, a lo largo de toda esta aventura, la interacción física con otros personajes será mínima. Es más, la aparición de otras figuras, de forma tangible como intangible —en la pantalla, me refiero—,  resultará insignificante. Es esta soledad la que nos permite conocer rápidamente al protagonista en los 79 días que enmarcan la historia. Ese minimalismo de los personajes permite abstraernos hacia la emocionalidad, donde la imperfección de Henry y Delilah, sus propias taras personales y su psicología se dibuja y desdibuja a través de los extraños hechos que se suceden en el parque. Esta conexión solo es posible gracias al escenario, a la invisibilidad de los personajes (tanto a través de la complicidad visual que permite la primera persona como por la falta de elementos comunicativos, que se limitan a un walkie-talkie y aquello que encontramos en varias hectáreas a la redonda) y a la dimensión que confiere un contexto desconocido —para el jugador y para el personaje— en el que estamos obligados a movernos, y, quizá, sobrevivir. Es esta abstracción la que convierte un buen juego en toda una experiencia, la que nos permite viajar por la psicología de los personajes sin verlos siquiera, y, poco a poco, movernos a través de sus emociones más íntimas.

Firewatch (ocaso)

#3. Sobreviviendo a las Rocosas

De pronto, recordé lo que dijo Carlomagno. «¡Que mis ejércitos sean las rocas, los árboles y los pájaros del cielo!»

Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg, 1989)

Y no es ninguna tontería eso de sobrevivir en el Parque Nacional de Shoshone. No solo porque los osos pardos se acerquen a limarse las uñas contra árboles de cincuenta pies de altura que usan como mondadientes, sino porque el argumento ofrece más pronto que tarde un hombre del saco que se suma a la naturaleza, lo desconocido y el mismo protagonista, quien antes o después, advertimos que no deja de ser su peor enemigo. Frente a esa gran carga que arrastra Henry (¿encontrará la forma de encauzar su vida de nuevo?) se suma otra pregunta: ¿qué ocurre en Shoshone?; ¿están en peligro?; ¿lo descubrirán siquiera? Aquí, Firewatch juega muy bien con las expectativas del jugador, e incluso con las normas internas del propio género (destrozándolas), donde cada pequeño detalle suele conducir a otra cosa, y esta, a otra… pero no aquí . Quizá una tienda de campaña hecha jirones puede significar o no significar; o una llamada misteriosa de tu jefa, quien ha olvidado colgar el teléfono… Es realismo puro y duro: en el peor sentido de las palabras.

Firewatch (bosque de álamos)

Es esta trama articulada en pequeñas decisiones que te acercan a Wyoming sin prisa la verdadera maravilla tras Firewatch. Su secreto. Son los pequeños detalles: los textos, el pastor alemán o el beagle, esa primera frase, los hijos ahora, o nunca, la música que perfila la escena, y, poco a poco, las montañas, y el verde, y esa luz anaranjada, de amarillos y rojos cuando el sol agoniza. Un planteamiento novedoso que crea expectación y nos introduce en una historia con los elementos justos al principio (texto, un garaje, una senda, el bosque) y explota en una panorámica de postal. Tu trabajo. Tu nuevo hogar. Tu vida.


Enlaces relacionados:

El tiempo perdido

El tiempo perdido es el séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Autoretrato de William Utermohlen (1933-2017).

Llegó un día en el que Juan empezó a olvidar. En la literatura que retenía en su mente, ocurrió la acción inversa a la magdalena de Proust: con un plato, y una cuchara; pero sucedió mucho antes. La realidad que embistió implacable reveló más tarde, cuando ya nada importaba (quizá una brizna de melancolía que zozobraba entre lágrimas), que Juan olvidó sin concesiones. Si acaso, cuando retumbó el tintineo metálico de la hojalata contra el mármol, quiso creer que había olvidado la palabra que coronaba esa frase, y también el sonido de la cuchara al desfallecer de las manos cansadas que sostenían un plato con obstinación. Otro día, olvidó plato, y tintineo, y Juan; se olvidó de sí mismo, y olvidó lo que significaba olvidar. Julia siempre estuvo ahí para recordar, incluso cuando Juan la olvidó.

Una realidad pesada

¡Alerta! (insertar aquí ruidos de sirena) Esta es la típica entrada que me sirve a mí y sobre la que tú piensas: ¿Pero a qué c*** viene esto? Lo siento.

Hace un par de semanas, empecé un curso de novela. Todos los martes de siete y media a diez. ¡Qué vergüenza me daba admitir lo poco que sé! ¡Y qué corta se me hace esa tarde ahora! El porqué todavía está digiriéndose en mi estómago, pero tengo la necesidad de resumirlo: tras varios meses con el borrador de una historia, me percaté de que eso no era una novela, y, sobre todo, de que eso no era la novela que yo quería que fuese. Después, el escritor Carlos Luria me dijo cómo eran las cosas, y yo encajé el golpe como hay que encajarlo (no lloré, no).

En realidad, hay más: mucho más. Puede que lo que voy a decir a continuación no tenga sentido o sea una obviedad tremenda; dependerá, principalmente, de quien esté delante de estas letras: advertí que nadie me había enseñado a escribir novelas. Me refiero a una novela de verdad, con todo lo que ello implica: con sus protagonistas y sus antagonistas, con su detonante y su pregunta implícita, y todo eso por lo que Bradbury recomendaba empezar por un The Ugly Little Boy como el de Asimov (¡ojalá!) que me he releído hace escasos días y no unas Crónicas Marcianas que está perdido entre escenas inconexas de mi propio deterioro neuronal. Y parecerá una tontería, pero como bien señaló Enrique Páez en su Manual de técnicas narrativas: «A nadie le extraña que un aprendiz de pintor se dirija hacia una academia de pintura con su carpeta, sus óleos y sus pinceles bajo el brazo […]. Y, sin embargo, todavía se sigue creyendo en el escritor autodidacto. Al menos, en España.» Aunque el madrileño lo dejó escrito en 2005, y yo lo descubro doce años más tarde; en fin, como le dijeron a Homer J. Simpson: «¡Jo, macho, qué lento eres!»

Homer (cabeza)
Figura 1: Esto… Mmmm…

De algún modo, estoy descubriendo que muchos de los caminos que estaban embarrados y apuntalados hasta los tuétanos puede que no sean mi única opción. Es interesante ver que más allá de la lectura, y de la buena lectura, hay otras claves tras aquel escribir, escribir y escribir; claves que tenías delante de las narices, pero que has tardado más de treinta años en ver que estaban ahí. Por eso, esto está un poco manga por hombro, y seguirá así hasta que pueda combinar todo lo nuevo en mi vida. En definitiva, son demasiadas cosas, y soy un poco lento para escoger (como has visto por este popurrí de animales, historias y medias verdades en formato blog), así que he decidido listar lo que sí es seguro:

► Estoy colaborando en El caballo de Nietzsche, el blog antiespecista de ElDiario.es, donde publiqué mi último artículo la semana pasada: Una nueva vida para el jabalí urbano.

► He vuelto a acoger algunos trabajos de marketing de forma puntual para seguir llevando en volandas a los perros y los gatos, que son los que mejor viven aquí. Si se te ocurre algún amigo o colega de trabajo que pueda interesarse por mi perfil, aquí dejo mi página de redacción profesional. Allí, de vez en cuando, escribo sobre marketing.

Estoy decidido a seguir las tres líneas que conforman este blog: actualidad, literatura y animalismo; en los próximos meses seguiré intentando «terminar» los 52 retos de escritura —ni de puta coña me da tiempo en 2017, ya te hago spoiler: los tres textos relacionados que tengo preparados van de las 10 líneas a las 15 páginas—, preparando un nuevo borrador de la novela que os va a encantar y escribiendo columnas de opinión y actualidad: lo de siempre. También estoy a punto de terminar el tercer artículo sobre Black Mirror (los otros dos han tenido bastante éxito: aquí uno; y aquí el otro) y preparando un texto sobre Firewatch (Campo Santo, 2016)que es mejor que (casi) cualquier libro y, sobre todo, cualquier película que he visto este año.

Y, sobre todo, estaré ausente (consultar la figura 1) porque estoy tratando de organizarme. Algo que, tras casi un año de cambios, de cosas que han salido bien, de cosas que no han salido tan bien, de nuevas obligaciones y de pausas, necesito para poder volver a crear cosas con cara y ojos que no me dé vergüenza subir aquí.

El respeto como obligación política

En la era de lo políticamente correcto, parece ser que todo va sobre el respeto: respetar a quien es diferente; respetar las reglas del juego democrático; respetar a aquellos que no piensan como nosotros… Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad. Esta paradoja tiene nombre: sesgo endogrupal, y explica por qué nos resulta más sencillo aceptar las premisas de aquellos que más se parecen a nosotros, comparten nuestro modo de vida o votan al mismo candidato político. Pero pedir respeto desde la intolerancia carga en su sino con el peligroso germen del totalitarismo: si no podemos escuchar al prójimo, ni este hará el esfuerzo de atender a nuestras palabras, ni podremos avanzar como sociedad. Ya lo dijo Churchill: «Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar», y esto último es imprescindible entre compañeros de armas y también entre adversarios.

Resulta evidente, pues, que el único modo de confrontar ideas en busca de un beneficio mutuo de las partes es a través del diálogo, que todo lo soporta menos la fuerza y la imposición, y que es justo lo que enseñamos a nuestros hijos, como lamentaba el humorista Berto Romero en el último late night de Buenafuente, porque deberíamos avergonzarnos de, ni respetarlo, ni cumplirlo en la adultez. Quizá, entonces, la respuesta deba hallarse en los niños que fuimos, como expresaba hace más de setenta años el escritor Antoine de Sant-Exupéry en El Principito.

Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja y, para muestra, la más rabiosa actualidad.

Sobre esta realidad no importa que hablemos de ciudadanos que exigen más derechos para sus animales de compañía sin cumplir con sus obligaciones —una cuestión en la que, poco a poco, hemos vencido y convencido—, aquellos que demandan al consistorio una ciudad más limpia a la par que siembran de colillas cualquier esquina que transitan o de políticos que son votados para hablar entre ellos por y para los ciudadanos y se atascan las orejas de la verborrea que mana de sus bocas.

Por lo tanto, es lógico creer que el respeto requiere de empatía, y este, a su vez, es imprescindible para alcanzar nuestros objetivos éticos, políticos y sociales como comunidad. Sobra decir, no obstante, que, como cualquier otro concepto en el que la subjetividad y la emoción nos guían, este supondrá una significación distinta para cada persona, y para muestra tenemos Internet, donde una amplia mayoría considera que la libertad de expresión acoge chistes de mal gusto sobre Irene Villa o memes de Mariano Rajoy y de cualquier otra figura política y, otros tantos, considerarán que tales acciones deberían quedar encerradas en el pensamiento.

Concentración por los Jordis (Barcelona, 17/10/17)
Fotografía de la concentración a favor de la liberación de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que gran parte de la sociedad catalana ha definido como los dos primeros presos políticos del movimiento independentista.

Sobre lo que nadie debería dudar, sin embargo, es que el respeto debe ejercerse de forma activa y no pasiva como estamos acostumbrados a creer. El proceso político-social catalán es, muy probablemente, el ejemplo más interesante de los últimos años: no solo se trata de que la clase política y, posteriormente, los agentes sociales se hayan saltado a la torera la legalidad vigente, sino que existe en las entrañas del «procés» una ignominiosa falta de respeto desde el gobierno central, que como un padre autoritario y con las leyes en la mano ni tan siquiera se ha levantado del butacón o ha intentado hacer el mínimo esfuerzo: escuchar lo que se tenía que decir e interesarse por ello.

Muy probablemente este no sea el lugar y no contamos con el espacio para desgajar la cuestión hasta el fondo, pero habría que preguntarse cuál de las dos supone una mayor falta de respeto y por qué. Si bien es cierto que este tema nos sirve para comprobar que no hay causa que no deba ser respetada siempre que sus argumentos cuenten con los dos valores fundamentales con los que empezaba esta tribuna: tolerancia y respeto. El por qué lo expresó a las mil maravillas el filósofo austro-británico Karl Popper: «Si extendemos la tolerancia a aquellos que son abiertamente intolerantes, los tolerantes serán destruidos; por ello, cualquier movimiento que predique la intolerancia debería estar fuera de la ley.» Con esta mochila a cuestas, quizá sea momento de volver a evaluar muchas situaciones del panorama social y político de nuestro país, ¿no creéis?

 

El perro fiel

El perro fiel es el trigésimo primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El profesor Eisaburō Ueno alcanzó la estación de Shibuya cuando el embarque de pasajeros había cerrado sus puertas. «Qué lástima», dijo, buscando complicidad en los ojos grises de un funcionario entresudado. Este observó el tren, atestado de rostros doloridos que se abandonaban a sus rutinas, y suspiró. Ueno se sentó en un banco de la estación y cargó de tabaco otra pipa. Su perro le observó circunspecto, si es que tal adjetivo alcanza la inteligencia canina, y se estiró en el suelo junto a su dueño. La estación volvió a restallar de personas apresuradas sin verdadera prisa que se agolpaban en el andén impulsadas por la obligación. El can se incorporó empujándose con sus patas delanteras sobre sí mismo, prevenido ante los viajeros acelerados que se precipitaban contra las puertas. El profesor, ya erguido, se perdió un instante en los comprensivos ojos de su perro, Hachikō, en los que vivían ocho amores distintos escondidos entre hebras de blanco y dorado. Sin poder evitarlo, la marabunta humana arrastró y condenó al profesor al interior del expreso que conectaba Shibuya con la Universidad Imperial, y, mientras el revisor comprobaba el billete de Ueno, este atisbó la ventana y maldijo en silencio al mundo que lo separaba por siempre de aquel fiel Akita.

Hachikō esperó paciente; mientras, las hojas, que eran parte de su nombre y de su eterna prórroga, morían y renacían tras cada estación; mientras, sus extremidades con la forma del kanji que lo había bautizado se quebraban un poco más tras cada jornada. Pero la magia de una historia inmortal no admitió hogar para un perro que no vivía en una terminal, sino en un tiempo pasado. El perro fiel esperó junto al tren que robó dos vidas, y su última jornada comprobó cómo el crepúsculo traía al profesor, que le acariciaba el morro con ternura y lo llevaba a casa. Alrededor, un lamento sordo se erigió en estatua, y allí duerme el noble Hachikō, quien solo quiso una cosa desde aquella mañana de un último veintiuno de mayo: volver al hogar.

Hachiko Monogatari (1987)
Fotograma de la película Hachiko Monogatari (Seijirō Kōyama, 1987).

Este relato está inspirado en la vida del perro Hachikō (Odate, 1923 – Tokio, 1935).

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¿Es McVegan un nuevo primer paso?

Hace unos días, Vitónica publicó un artículo sobre McVegan, la nueva hamburguesa vegana que McDonalds ha lanzado en Finlandia como prueba piloto. ¿Por qué allí? Ni idea. No es por número de vegetarianos o veganos, en principio, que resulta muy inferior si lo comparamos con otros países relativamente cercanos como Alemania (8 %) o Suecia (10 %). Quizá interesaba circunscribir la prueba a un menor volumen de mercado o el público potencial en la ciudad de Tampere donde se circunscribe el experimento es alto…  Aun así, la pregunta es otra: ¿triunfará? Y todo indica que podría ser que sí, ya que el público general se ha polarizado radicalmente ante esta oferta de hamburguesa de soja con doble ración de lechuga y tomate, que incluye tres grandes problemas anticapitalismo, comida basura y maltrato animal; o eso afirman sus grandes detractores… ¿pero es cierto? Vamos con la disección…

Capitalismo son palabras mayores

¿Es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema?

Métete la mano en el bolsillo, o échale un vistazo a tu mesa: ahí, sí, donde está tu smartphone dando espasmos continuos entre notificación y notificación, junto a esa lata de cerveza que te tomaste ayer y que no te has acordado de tirar en la bolsa del plástico, esa pantalla 4K que vete tú a saber cómo se ha fabricado y esas galletas Oreo que tienen la virtud de matar a un único animal. «Una hamburguesa vegana en una gran cadena de comida rápida es la gran victoria del capitalismo frente al veganismo» según comentan muchos activistas: ¿es eso cierto? En realidad, es posible. Pero supongo que habrá que hacerse varias preguntas más: ¿es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema o enfrentado al capitalismo?, ¿viven estos activistas fuera del sistema o lo critican desde el interior?, y si la respuesta a esto último es afirmativa: ¿qué legitimidad tienen para criticar una hamburguesa vegetal cuando visten, comen o utilizan miles de productos propios del sistema capitalista? ¿No son acaso tan falsos como la China comunista que adora la Coca-Cola?

McVegan (Finlandia)
McVegan, sana lo que se dice sana, nadie dice que lo sea.

El primer contra, pues, no consigue tener demasiada legitimidad y resulta uno de los problemas fundamentales del movimiento vegetariano: ¿por qué demonios hay gente que quiere demostrar que es diferente? ¿No se nos cansa la boca de decir que resulta facilísimo cambiar una dieta omnívora a una vegetariana o vegana? ¿Entonces? ¿De dónde sale ese proselitismo que se atreve a decir que una hamburguesa nos hará perder la batalla por un mundo más justo para los animales? ¿No es exactamente eso lo que conseguiremos cuanta más gente adopte un estilo de vida más respetuoso con los animales? Este argumento me resulta muy similar al que mucha gente que solo critica esgrime contra las iniciativas que han conseguido influir en millones de personas, como los lunes sin carne. Si dejamos de ser solo una opción política y social que se define por contraposición al sistema, ¿no tendremos muchas más opciones? ¿Seguro que la forma de vencer no es formar parte e intentar dar ejemplo sin juzgar?

¡Apoyarás la mayor masacre de animales de la historia!

¿Hace más daño McDonalds que un gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo?

Segundo argumento en contra: McDonalds mata animales; si te comes una hamburguesa de soja allí, estás dándoles dinero para que sigan matando animales. Esto es como el sancta sanctórum del triunvirato contra la McVegan, y si no fuera porque el maltrato animal es un tema que me pone de muy mala leche, me empezaría a reír con todo el descaro. No es que a mí me encante la cadena del payaso de IT, y, sin embargo, no me puedo tomar en serio un argumento así: ¿hace más daño McDonalds que una gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo? ¿El veganismo solo puede seguirlo gente que compre en minoristas y guarde la comida en tarros de cristal? Quizá se nos esté yendo la pelota un «pelín» por una pu…ñetera hamburguesa, ¿no? Además, ¿por qué no darle la vuelta? Con otra opción más en el menú, ¿no habrá mucha gente que descubra las alternativas a la alimentación tradicional? En mi experiencia, que se une a la de muchos otros conocidos y amigos activistas por los DD.AA., muchos amigos y amigas que quedan conmigo para tomar algo, comen algo vegetariano o vegano porque no les apetece carne ni pescado ese día, y otros respetan mi opción, y devoran lo que les apetezca. Plantear una solución fuera del sistema es no entender, en absoluto, la magnitud del problema; es el mismo argumento que esgrimen miles y miles de personas mal informadas que quieren frenar el cambio climático con agricultura extensiva sin percatarse de que somos demasiados millones de personas para que esto sea posible.

IT (Cloaca)
—Niños, ¿queréis una McVegan?

¡No es sano!

Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética.

No es sano, ¿verdad? No, ¿y? Yo soy vegetariano y no como (ni bebo, sobre todo) siempre sano. Otros serán veganos, y no comerán siempre sano. Habrá veganos y veganas gordos y gordas, delgados y delgadas, y campeones de CrossFit o halterofilia, y no pasa nada: ahí tienes el ejemplo de las Oreo, de los cientos de cereales hiperazucarados o de cremas de verduras repletas de almidón, de las miles de leches vegetales con una barbaridad de agregados, o de sacarosa, siropes, melazas o dextrosa. Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética. ¿Existe una mayor predisposición a informarse de cómo seguir un estilo de vida saludable entre estos colectivos? ¡Por supuesto! Pero también comemos pizzas, y fritos, y, por lo menos a mí, me encantaría tener una opción de comida rápida para un día que me dé pereza cocinar o me apetezca comer una guarrería. ¿Hay gente que nunca iría a McDonalds por esta razón a comer una hamburguesa de soja? ¡Claro que sí! Pero su premisa es contraria a la comida basura, no al maltrato animal aquí.

Desconozco si la McVegan llegará o no, y de ser así, si fracasará o triunfará, pero lo que tengo claro es que se trata de otra opción más en el menú, algo que debería ser siempre positivo para el vegetarianismo si los productos encajan con su ética, y poco tiene que ver con ser o no saludable, capitalista o no ser lo único que encontremos en el menú. Alguien comentó en Vitónica: «Me parece ridículo. Luego nos ganamos la mala fama con razón.» Con lo último no puedo estar totalmente de acuerdo, con lo primero sí: que no nos dé pereza revisar nuestros argumentos si queremos seguir cambiando el mundo a nuestro alrededor.

Mejor ser ciudadano del mundo

En un país (o países) donde la prensa es sinónimo de crisis catalana y centralismo férreo, yo me declaro ciudadano del mundo. Y me declaro ciudadano del mundo, porque estoy hasta los cojones de que me utilicen; a mí, y a todos. Me declaro así porque España no sabe qué hacer conmigo, ni con nadie de mi generación, y Cataluña tampoco. Porque no tengo casa en propiedad, ni ganas; ni trabajo fijo, ni ganas; ni tengo nada que celebrar este 12 de octubre.

No se trata de seguir el discurso oficial que se lanza entre desfiles militares y grandes, grandísimas, banderas que se niegan a mencionar los heridos de este último mes en Cataluña con el mismo discurso que tendría un cónyuge que intentase ocultar su asquerosa violencia de género, ni de obviar el genocidio y la expoliación de los pueblos americanos con la ilusión de una revolución cultural escrita en sangre. Hoy, no tengo intención de escribir sobre esto; porque sobre eso, se escribe cada año, y, desgraciadamente, parece que nada cambia en nuestras instituciones.

Marca España (Eneko)

Me declaro ciudadano del mundo, porque yo no puedo estar orgulloso de ser español, ni de que una parte de mi se sienta español; porque, ¿cómo sentir orgullo de un estado que no tiene programa ni proyecto común? Un país que se cree democrático y, a la vez, perdura bajo el odio y el silenciamiento sistemático de quien no piensa como ellos;  que se define por sus pretextos contra ETA, Venezuela o Cataluña —en realidad, no importa—, y jamás por sus acciones. Un país que una y otra vez escoge a un gobierno que se perpetúa bajo la eterna cantinela canovista que nos llevan vendiendo desde hace más de cien años, ¡y de la que el pueblo se olvida una y otra vez, si es que alguna vez llegó a darse cuenta! Una dirección que no dirige, y que no tiene ninguna intención de buscar el modo de solucionar los principales problemas de nuestra generación: trabajo, vivienda, pobreza energética, sueños. Una administración que borró el diálogo de sus atribuciones, sin intención de mejora, bajo el yugo de unas mentes que creen que, cuanta más mierda aflore, más grande debe ser el tamaño de las banderas. Sin darse cuenta de que no nos representan, de que, hoy, estamos más cerca que nunca de destruir aquello que nos define como pueblo.

¿Quién puede sentir orgullo de lo ocurrido en Murcia, Valencia o Cataluña? ¿Eso es ser español? Pues yo me alegro de sentirme ciudadano del mundo, ya que no habrá ninguna pena que lamentar cuando nos digan que este país (o países) ya no es nada. Les contestaré: «Hace mucho que no lo era.» Y agregaré: «¿Sabes dónde empezó todo? Cuando alguien dijo: «yo no estoy orgulloso de ser español.» Y una muchedumbre les respondió: «pues lárgate a Venezuela».»

Los ojos de Kandinsky

Los ojos de Kandinsky es el vigésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

La carretera que lleva al viejo hospital Ashlan Tol está repleta de robles, hayas, y fresnos. La hierba se extiende a ambos lados del camino de Melbourne, donde la vista se pierde entre las aleñas, las pimpinelas rosas y otros arbustos comunes como el aligustre. Las casas rojizas, de teja y ladrillo, caen a dos aguas, replicándose a toda velocidad al paso de los escasos automóviles que gobiernan la carretera secundaria de Derby; una tras otra construyen una imagen de peligrosa unicidad: jardín delantero, garaje en blanco, puerta rojiza con el pomo dorado, vehículo de gama media aparcado en el porche, olor a césped recién cortado. Como la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia…

María señala hacia una de esas casas. «Allí estaban los dormitorios de los pacientes», dice, y camina en dirección a una vivienda de tocho gris que rompe la singularidad dominante en la urbanización; durante el escaso trayecto, narra con total precisión el camino hasta el despacho del doctor Hiltner, grabado a fuego en su psique. El edificio del hospital es la viva imagen de lo que fue: veinticinco o treinta pies de altura que ocultan decenas de pasillos, que conectan habitaciones, que esconden todo tipo de accesorios médicos, y quién sabe qué historias y vidas rotas tras la hiedra que ha terminado por conquistar la arcilla.

Ella atraviesa el vestíbulo, deja atrás la sala de visitas a mano derecha y accede a la zona de los despachos con tal voluntad que los periodistas deben apretar el paso. Al alcanzar la única silla que resta en la consulta número tres se sienta y observa, en silencio, frente al escritorio caoba repleto de hojas en blanco, e informes, y el fonendoscopio que lo empezaba todo.

—Eso no está bien, María —dice. —Tienes que hablar conmigo. Vamos a tener que hacer algo, porque eso no está bien.

Kandinsky (estudio de color)

Y a María no es hablar lo que le preocupa. A María no le importa hablar. A María le gusta hablar, eso no es lo que teme. Pero Hiltner reitera:

—Tienes que hablar conmigo. —Y añade: «pero déjame ver cómo está hoy mi paciente favorita.»

María grita hasta caer contra un agujero construido en su propia mente. Con una de sus manos, se acaricia el cuello y siente el tacto de una gran jeringa contra la yugular. Empieza a llorar sin saber muy bien por qué. Se siente borracha. Indefensa. Se siente vacía. La multitud de cámaras y reporteros se difumina a su alrededor.

—¿Qué querías que te hiciese esa amiga especial, María? —pregunta el doctor.

El doctor fuma. El humo impregna el torso desnudo de María, y la cintura, y el pubis.

—¿Recuerdas a tu padre acariciándote aquí, o aquí, o aquí? —pregunta el doctor, y a cada pregunta contamina con sus cansadas manos una parte más de su cuerpo: sus manos, su pecho, su sexo, su mente.

El agujero se abre y se cierra, como un gusano que se contrae sobre sí mismo, intentando expulsar toda la suciedad que ha engullido y que no consigue regurgitar. Los ojos viajan del estetoscopio hacia la reproducción de un estudio de color de Kandinsky que duerme apoyado contra la pared. María piensa que son… Piensa que… Piensa que eran como ojos. Ojos que no siempre eran ojos. Ojos que ya no miraban, o no podían; ojos que ya habían juzgado. Ojos que construían mentes, y, sobre todo, mentes que no podían entender.

Los ojos empiezan aquella otra historia, que ocurría en su habitación, donde el doctor la acostaba hablándole de una bicicleta, y un hombre suizo de nombre Hofmann. María se recuerda vestida, y no desnuda y sangrando, pero con una gran gratitud que vestía capas y capas de colores estridentes. Era como colorear una ciénaga con toda la pintura acrílica del mundo, y la sangre que salía de su sexo se mezclaba entre cientos y cientos de tonos. El doctor fluctúa como el tiempo, y era una gran cabeza con pliegues y arrugas y un pene que entraba y salía de su vagina sin que María comprendiese la dirección, o el acto en sí, perdida en el ondulado blanco de una bata de laboratorio, que la convertía en una paloma, y luego nada.

Por último, aquella sala guardaba una última escena: la librería que fue un arma, y una herramienta, y un telón, y un filo. La librería que no era inyecciones, ni pastillas, sino palabras. Palabras que se ocultaban tras palabras; palabras que eran el peor de los venenos, que infectaban los sentidos y hacían creer que el hospital era un refugio y no un infierno. Un lugar en el que ya no importa si se trata del futuro o de un recuerdo, donde reunía a las cáscaras, y como un escultor de mármol, tallaba una muesca más dentro de cada uno de sus destinos.

—¿Dónde estás, María? —pregunta el doctor.

—Estaba lejos —contesta María con lágrimas en los ojos.

—Cariño, no puedes escaparte —le dice mientras le inyecta otra dosis de amital de sodio.

Y María, rodeada de testigos, se siente profundamente sola, porque sabe que no puede escapar, porque entiende que el negro ya es parte de ella.


Este relato está libremente basado en los presuntos experimentos del Dr. Kenneth Milner en el hospital psiquiátrico Aston Hall, en Derbyshire.

¡Guerra a la democracia!

844 personas es la cifra de heridos por las cargas policiales que seguían gritando «¡A por ellos!». La semana pasada lo hacían iniciando un viaje que creían que llevaba a un sueño unionista; ayer, lo hacían con las porras, con empujones, con patadas, con agresiones sexuales, y fuerza bruta.

Ayer, vi cómo una sociedad se soldaba bajo un estandarte de paz y resistencia no violenta, y otra, que nunca ha querido dialogar y que ha reducido todo su discurso a la fuerza de la ley armada, caía un poco más. Vinieron buscando a un monstruo radicalizado, a zombis que repetían un panegírico político, a gente que en sus cabezas no eran ni tan siquiera personas, y nos encontraron a todos nosotros, y a nuestros padres, y madres, y abuelos, y abuelas. Vinieron buscando el fascismo sin percatarse de que el fascismo viajaba con todos ellos en los coches, en las furgonetas y en aquellos barcos en los que hasta la Warner Bros exigió que se ocultasen a los dibujos animados de nuestra infancia por vergüenza.

The Telegraph (portada, Cataluña)

Hay miles de comentarios —en TV, en Internet, en la calle— que siguen negando una realidad de represión totalitaria, de falta total de proporcionalidad en el ejercicio de sus funciones y de uso de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado como policía política. Al contrario, la maquinaria de estado ha tildado la actuación de los Mossos d’Esquadra de escandalosa y ligera, olvidándose que una constitución —cualquier constitución— no se preserva agrediendo a sus propios ciudadanos. Por suerte, de esos miles, hay cientos de miles, y millones, de personas que han visto la realidad dentro y fuera de Cataluña. Esta madrugada era momento de que todos los ciudadanos de este país —de Cataluña, y también de España, y de Europa— recordásemos que cuando quitan la libertad y la democracia a un pueblo, quitan la libertad y la democracia a todos los pueblos; hoy, es un día distinto, de tristeza y dolor, y quizá por eso está nublado dentro y fuera de nuestras cabezas.

Hoy, es ese día donde los partidos de la oposición no deben reunirse con Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España, sino presentar una moción de censura directa y echar a su partido del gobierno.

Hoy, es ese día que hay que recordar a Europa que su existencia no es sinónimo de una moneda única, ni de rescates bancarios u oligarquías, sino de integración de sus pueblos y, sobre todo, de eficacia, calidad y buena orientación de la intervención de los distintos estados que la componen.

Hoy, España debería ser intervenida; hoy, Europa debería actuar si quiere que su propia esencia no se termine de vaciar de significado.

Lo peor de todo, es que el gobierno de España ha fallado a todos los españoles y a todos los catalanes, cualesquiera que fuera el sentimiento de estos, y ha dado alas a la independencia de un bloque que muchos seguimos sin creer que es mayoritario, que no estamos de acuerdo con la mayoría simple que no esperó a la cualificada en el Parlament, porque tras la demostración de lo que el día 1 de octubre fue terrorismo de estado contra su población, no importa el porcentaje del «sí» y del «no» en un referéndum que no cumplía las garantías democráticas mínimas —cuya culpa, de nuevo, vuelve a ser antes de aquellos que tenían la obligación de dialogar y no quisieron, que de aquellos que tenían un anhelo político-social distinto al que le gustaría al gobierno central.

Quiero creer que todavía no es tarde para el diálogo, para una reforma del estado de las autonomías, para el federalismo y para una votación legal y democrática que dé voz y voto para que los ciudadanos de cualquier nación de España puedan escoger su futuro. Pero eso no está en manos del Partido Popular, sino del resto de las fuerzas políticas de España y de Cataluña, así que échenle cojones (y ovarios), señores y señoras, y eviten que, catalanes o españoles, sigamos sintiendo vergüenza de lo que significa pertenecer a un país, o varios, que ha olvidado el significado de las palabras «libertad» y «democracia».


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