Ningún animal sobra

Es curioso cómo para acercarnos —emocionalmente— hacia muchos animales parece que hayamos recorrido el camino inverso: en ese largo recorrido que España y la mayoría de países del mundo han transitado del campo a la ciudad, donde nos hemos tropezado con la empatía, el bienestar animal y, finalmente, con la misma naturaleza de nuevo. A menudo, desde un prisma romántico, por supuesto, o demasiado cóncavo para descifrar la forma real que tienen las cosas en el verde.

No todo es tan idílico, claro. Los niños y niñas han visto menos grillos, gorriones y ranas que nosotros, y nuestros hijos vivirán en mundos donde las abejas, ya extintas, se sustituirán por robots que polinizarán cultivos transgénicos. El coste ha sido alto: para darnos cuenta de que necesitábamos a la naturaleza, la hemos abandonado, ordeñado, prostituido y corrompido hasta límites insospechados. Los científicos dudan sobre si el Antropoceno dejará una huella geológica capaz de adaptarse al sentido etimológico del concepto, pero la mayoría admite que poco importa si el plástico o las latas de Coca-Cola alterarán o no el cosmos terrestre si alcanzamos nuestra propia extinción: la actividad humana nos convierte en garantes del planeta, y aquí seguimos aprendiendo lentamente. Un lujo que cada vez parece más obvio que no podemos permitirnos. Esta semana, no obstante, más que aprender parece que estamos cometiendo errores y traspasando límites que varias generaciones atrás no dudarían en tildar de locura: el lobo asturiano podrá ser cazado sin ningún control ni cuota en un tercio del territorio.

Lobo ibérico (población, 1840-2017)
Evolución de la distribución del lobo en España (1840 – 2017).

En 2014, la revista Science publicaba un artículo titulado Status and Ecological Effects of the World’s Largest Carnivoresel cual probaba la labor fundamental de los grandes carnívoros en los ecosistemas a través del fenómeno conocido como cascada trófica. Debido a la actividad humana —cinegética, ramadera, etcétera— se han cazado y perseguido cientos de especies con las que hemos compartido espacios tradicionalmente. El mejor ejemplo siempre está en casa, que a nadie le quepa duda, y mientras hay zonas con cabras montesas o jabalíes cuya población no se tiene ni la más remota idea de cómo controlar, hay lobos abatidos sin reparar en cartuchos: ¿alguien se sorprende? Es horroroso, pero parece obvio que, si no podemos crear una línea unitaria de bienestar animal para los perros o los gatos de toda la península, es impensable alcanzar al lobo o al toro a nivel legislativo.

Esta es la nueva batalla entre el campo y la ciudad. Un sector urbano que quiere disfrutar del campo el fin de semana y buscar la paz y la soledad del monte, pero que potencia con medidas capitalistas y, a menudo, hasta románticas el control de unas especies que el resto de la semana se la traen al pairo; un sector rural que quiere vivir, y vivir bien, en el campo, y hacerlo de actividades que ya no funcionan sin una subvención detrás, y sobre todo, sin el sacrificio que supone cuidar al ganado (pastoreo, cabañas ganaderas, jornadas de sol a sol) o vivir aislados del resto del mundo. Es en esta misma tesitura donde nace la macabra picaresca de los seguros agrarios y las partidas presupuestarias, que se han visto obligados a mirar con lupa cada cadáver que se les presenta para cobrar, y donde cabe preguntarse si este no es un problema social de primer nivel al que no se le está prestando ningún tipo de atención.

STOP Matanza de lobos (Asturias)

Hace solo un año aparecía en Público un artículo interesantísimo que las administraciones deberían obligarse a leer: Matar lobos destruye los ecosistemas, donde algunas de las conclusiones planteadas hablaban sobre seguir soluciones basadas en la naturaleza para la convivencia entre depredadores y humanos; el lobo es uno de esos símbolos tristes que explican la idiotez endémica española: «Disminuyamos la persecución absurda y carente de apoyo científico de la especie al norte del Duero, de la que anualmente se aniquila prácticamente el total de la tasa de renovación natural de la población, impidiendo la conectividad referida anteriormente», pedían al unísono el biólogo Ángel M. Sánchez y el ecólogo Fernando Prieto. Como respuesta, este verano Medio Ambiente aprobaba la caza de 141 ejemplares al norte del río, y hace unos días, Asturias aprobaba su persecución sin ningún tipo de cuota.

Ningún animal sobra, y solo uno cuenta con unas poblaciones cuyo crecimiento dificulta la vida de todas las demás especies. En el mejor de los casos, la persecución actual del lobo ibérico terminará con proyectos millonarios de recuperación, como ha ocurrido con el lince; en el peor, con su extinción: ni tan siquiera es una cuestión de lobbies, como denuncia PACMA, sino de falta de visión, porque hay un largo camino entre las propuestas de animalistas, antiespecistas, ecologistas, ganaderos y cazadores, pero es absurdo que algunos de estos grupos crean que la solución de las armas conseguirá algo que no sea ecosistemas más pobres, desequilibrados y un nuevo recordatorio de la mala elección que la naturaleza hizo al escoger a nuestra especie de primates como garante del orden.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Corleone y la independencia

Encarnado en el don de la familia Corleone, Al Pacino daba voz a los pensamientos de varios de los personajes que se encontraban alrededor de una mesa de reuniones en La Habana: «pueden ganar», decía, «porque no tienen nada que perder». Estos días han dejado muchas imágenes rupturistas, pero ni unos ni otros de los que están por ahí arriba se plantean que las cosas puedan pasar a mayores. A las redes sociales, sin embargo, mejor no acercarse más de la cuenta, pues quien no te envía al ejército de tierra, le baila el agua a la andaluza y te aplica el ciento cincuenta y cinco —que tiene una rima muy fea, y no voy a ser soez aquí— y te ataja el problema en un pispás.

Hyman Roth, don Corleone y asistentes a Cuba (El Padrino II)

Yo no creo en banderas, y, por lo tanto, soy tan poco nacionalista como independentista, pero ya he dejado escrito en reiteradas ocasiones que tampoco creo en unidad sin un proyecto común detrás. No creo en la política, sino en los hombres sabios, como Ortega y Gasset, que decía que la nación remite al sentimiento y el estado a un proyecto común. Sin proyecto común, los estados mueren, y son las naciones las que prevalecen, puesto que los primeros, quienes lo sienten, lo hacen mediante un papel, y las segundas viven en el corazón.

No creo en esta política. Creo en aquella gente que ha visto más que yo, como Iñaki Gabilondo, quien lo ha visto todo de ese escenario patrio, a veces de cambio, y, a menudo, dantesco y escatológico; Iñaki es un tío que te puede caer bien o te puede caer mal, pero tiene visión; Iñaki, quien decía que el problema no era el día 1 de octubre, sino todo lo que habremos hecho hasta llegar a ese domingo de urnas secuestradas desde el conjunto de España y después para terminar de perder Cataluña. Porque se inflaman los ánimos de los que sienten y de los que no sienten, de los que sienten unidad y de los que sienten democracia, pero un bando tiene claro el camino y el otro solo sabe que no le gusta la dirección. Julia Otero escribía hoy una tribuna en el 20Minutos que decía lo siguiente: «La mitad de la ciudadanía en Cataluña no quiere la independencia, pero son invisibles para la Generalitat. La otra mitad quiere la independencia, pero la Moncloa los ignora.» El problema, Julia, es que eso no es del todo cierto: dos se sacan la minga, y el primero que se la guarde en los pantalones, pierde. Uno de ellos es el hijo del dueño del bar, y se cree con derecho a todo, el otro lleva pululando por allí toda la vida, y está hasta los cojones de tanto pitorreo: ninguno de los dos se plantea perder ese pulso, a riesgo de no poder volver a pisar el local. Entonces, ¿quién gana?

Manifestantes Madrid (derecho a decidir Cataluña)
Manifestantes en la Puerta del Sol de Madrid que defendían el derecho a decidir de Cataluña.

¿Es tan simple? Por supuesto que no. Hoy, chocan identidades, y modos de vida, y fiscalidad, que son tres de los grandes problemas que enfrentan España y Cataluña; pero la guardia civil, y la persecución de libertades y las fotografías de tanques en Lérida —pues claro que hay ejército en Cataluña, ¡y en todas partes!— son otro golpe bajo por parte de un gobierno que ha tenido tiempo más que suficiente, pero que se ha amparado durante demasiados años en el statu quo de una dictadura, de unas autonomías que (ya) no funcionan, de una presión fiscal que vive del ayer, e incluso de los sueños de unos para configurar los de todos, cambiando el ya arcaico e indiscutible catolicismo de época por un centralismo que ya agoniza en su búsqueda de federalismo.

¿Cuál es el problema que enfrentan los paletos de traje y corbata y los que piden una votación de todo el país para que Cataluña se independice? Que no saben lo que de verdad importa; que no entienden que el Derecho de Autodeterminación de los Pueblos es solo un papel más que no contempla todos los supuestos de Europa: que no saben ni qué coño firmaron en su momento. Yo no soy nacionalista, de ningún tipo, y tengo amigos que se sienten y amigos que no se sienten, pero todos hemos visto cómo hace diez años el proyecto independentista eran cuatro gatos, y hoy puede ser una realidad. Y lo más triste es que esto se haya potenciado a través de los partidos que hospeda el gobierno central y no solo del bloque catalanista, y que ahora se pretenda detener mediante la prostitución de los pocos valores democráticos que España aún podía enorgullecerse de respetar.

En El Padrino II, el viejo Hyman Roth (Lee Strasberg) regaña a Michael por poner nerviosos a los asistentes a la reunión con locas ideas sobre los rebeldes cubanos, sin entender que el único pecado de don Corleone es decir en voz alta lo que todos estaban pensando en sus cabezas. Quizá con Cataluña pase lo mismo; con una gran diferencia: cada vez hay más leyes, y pueblos, y medios, que amparan el proyecto de referéndum que quería lanzar el gobierno de Carles Puigdemont y menos demócratas que pueden defender la postura oficial española.

El Príncipe del fin

Les costó un año, pero en Tordesillas se dieron cuenta de que cambiarle el nombre al festejo les hacía más mal que bien. Así, tras la muerte de Pelado, que se realizó con otro título para el martirio, los vallisoletanos recuperaron la denominación original para esa fiesta de pocos que ha empezado a cambiar arrastrada por la fuerza de los tiempos.

El ejemplo más plausible de esta deriva de cambios, que ya no soporta más mentiras, ni embustes, ni dinero público intentando reanimar un cadáver, es el documental Tauromaquia —duro, áspero, necesario, casi insoportable—, de Jaime Alekos, que PACMA presentó la semana pasada y que muestra el toreo tal y como es. Ni más ni menos. Son treinta minutos de un ejercicio audiovisual que abarca desde la cría y la selección, al por qué y el cómo de la muerte del bóvido. Son treinta minutos de brutalidad que es necesario visualizar; y es necesario hacerlo, para pertrecharse de las armas que nos permitirán ver como no hay ninguna tragedia aristotélica en la plaza, no hay en juego ninguna pulsión de vida y de muerte, ni clásica ni freudiana, no hay grandilocuencia, ni honor, ni arte, sino maltrato hacia un animal indefenso que debe sufrir su propio via crucis. 

Tauromaquia (documental)
Fotograma de Tauromaquia (Jaime Alekos, 2017), donde la mirada de un toro con los cuernos ensangrentados cautiva al espectador.

El periodista Ruben Amón, compungido, escribía en El País sobre lo citado anteriormente: sobre el Eros y el Tánatos, el paganismo que llega hasta nuestros días en esta oscura liturgia, la coreografía sacrosanta de la lidia o la libertad y la fiereza de ese herbívoro, que no es tal. La abogada Paloma Órtiz le dedicaba un artículo ejemplar, empatizando con ese niño que fue Amón, y que, a sus cuarenta y muchos, debe aceptar que la magia no existe, que todos tenemos sesgos del pensamiento y que solo uno mismo puede decidir luchar contra ellos o enrocarse en la misma posición hasta el final. Órtiz le demostraba que no hay defensa que levantar, que el muro se ha abierto entre demasiadas lluvias de proyectiles, que podemos ir a los toros  y creer que estamos aprendiendo filosofía, igual que podemos conseguir peyote y creer que el chamanismo nos acerca a un dios a través del totemismo. Podemos creerlo, pero no por ello se convertirá en realidad; solo había una realidad en el texto de Amón, el título: Malos tiempos para la muerte.

Tauromaquia (descabellar; documental)

Este martes, durante la celebración de la segunda edición del Toro de la Vega sin muerte en público del animal, no pude evitar pensar en que Pelado, y antes de ayer, Príncipe, iban a ser igualmente sacrificados tras el festejo. Quizá muchos piensen que la victoria no es tal pues, que todo lo que el activismo ha conseguido es aliviar el sufrimiento, que no es poco, sin percibir que el verdadero problema es de las administraciones públicas, que no escuchan, ni reaccionan, y no entienden que algunas de las demandas del animalismo ya son una realidad, se quiera o no, que la tauromaquia se encuentra en tiempo de descuento, que ni puede ni queremos que sobreviva, y que el tiempo de la conversión y el cambio es ahora; el enroque solo traerá más lágrimas y arrepentimientos tardíos —aunque sean de aquellos que solo miran por el bolsillo—, porque los que llevamos desde pequeños llorando por ese animal que lanceaban y acuchillaban en televisión española empezamos a enjugarnos los ojos al ver que el cambio ya es casi una realidad.

El huracán Trump

El planeta le ha soltado un buen tortazo a Donald: hace unas semanas, Harvey desembarcó en Texas tras un extenso recorrido por el Atlántico, y, poco después, lo ha hecho Irma, que todavía amenaza las 1.700 islas que componen los Cayos de Florida.

Fue el 2 de junio de este mismo año cuando el presidente estadounidense estiró casi a la mitad de Norteamérica fuera del Acuerdo de París, cumpliendo con una de sus principales promesas electorales, que decía, textualmente, que el cambio climático era una invención de los chinos para minar la competitividad de la industria norteamericana. Unas declaraciones que repitió en reiteradas ocasiones en su carrera hacia la Casa Blanca y que reñían con sus propias palabras en 2009, cuando un Trump de la élite empresarial yanqui pedía a Barack Obama medidas significativas para luchar contra una de las pandemias de nuestro siglo. Fue en Copenhage.

Trump (Acuerdo de París)
Trump gesticula sobre los beneficios en el descenso de temperaturas que se podrían conseguir con el Acuerdo de París. © Kevin Lamarque (REUTERS)

A diferencia de su padre, Ivanka, que ha mantenido hasta hoy lo que refrendó en Dinamarca, también ha sufrido el duro castigo de ver cómo su progenitor o bien no tiene palabra y se mueve a favor de los vientos, o bien se ha visto infectado por el «síndrome Homer Simpson», volviéndose más estúpido capítulo tras capítulo. Desde luego, la idiotez tiene muchas caras, y una de ellas no deja de ser la terquedad, pero queda por ver si Donald puede mantener esta opinión anticientífica cuando las pérdidas humanas —casi un centenar— y materiales —más de 290.000 millones de euros— no solo señalan un tsunami político en EEUU, sino también una nueva defensa de la postura oficial o un cambio necesario en la misma.

Por descontado, nadie debería esperar ver a un Trump cabizbajo y arrepentido entonando el «mea culpa» en CBS, NBC o FOX, por citar tres de las grandes cadenas de la parrilla televisiva norteamericana, pero sí un cambio sutil en la dirección presidencial que nos acerque de nuevo hasta el siglo XXI. Queda por ver, no obstante, dónde empieza el rostro y termina la careta, algo que ni tan siquiera muchos de sus votantes saben, hoy, a ciencia cierta, pues siguen sorprendiéndose del cumplimiento de algunas de sus grandes promesas de campaña.

Sin embargo, hay espacio para el optimismo, aunque llegue desde un pragmatismo deplorable y carente de ética como el de Donald, que ejemplifica a las mil maravillas aquel «Make America Great Again» que ha quedado para la posteridad, y ni original era. Y es que el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos ha encontrado en el desastre una vía de escape para su promesa más descabellada: obligar a uno de sus países vecinos a construir y pagar un muro de miles de kilómetros. Además, está bastante claro que el promotor de la Torre Trump tomará en mayor consideración el análisis del Grupo Goldman Sachs que las palabras de Joel N. Myers, presidente de AccuWeather, y ya no digamos de las decenas de organizaciones científicas que han ratificado el cambio de era geológico y la clara inferencia del ser humano en los ecosistemas. Pero de esto no deberíamos sorprendernos: ese es el mundo que hemos creado entre todos, y, en este mundo, el dinero prima por encima de la propia vida.

La loba de Mel Capitán

Mel Capitán se suicidó. Un amigo aclaró más tarde que lo hizo por problemas personales, pero pocos tramperos se tomaron la molestia de leer o escuchar. Las amenazas vertidas por algunos (mal llamados) animalistas fueron combustible suficiente. Esta semana, de algún modo, vuelve a ser noticia, porque un tal Michel Coya —cazador acérrimo— mató a una loba junto a otros cinco compinches y le dedicó su cabeza como trofeo.

Está claro que hay gente que ve belleza en esa instantánea. La mayoría, no. La mayoría ve cómo la hermosura de ese animal se difumina en una foto esperpéntica que muestra a seis cretinos que solo saben valorar la vida a través de la muerte. Poco hay que rascar ahí: ni aceptarán argumentos ni parecen tener la capacidad o el interés por emitirlos; mejor no gastar saliva. Sin embargo, hay una frase que resplandece en el breve texto que acompaña a la imagen: «Compártalo amigo, somos muchos, cada vez más, los que damos la cara, somos muchos los que no olvidamos lo que le hicieron a Mel.» 

Melania Capitán (fotografía)
Una de las fotografías de Melania «Mel» Capitán que los medios compartieron.

Supongo que ni ellos mismos saben que lo primero es mentira desde los noventa, y minoritario en los últimos años. Para eso, hay que tener interés por abrir un libro o saber leer un gráfico, y, sobre todo, para no querer seguir viviendo en el país de la piruleta. Aun así, se entiende; se entiende que lo de Mel Capitán fue un «palo» enorme para el colectivo cada vez más pequeño en el que la mayoría se conoce: cualquier suicidio es una tragedia, y «todos» deberíamos hacer ese ejercicio de empatía de ponernos en la piel de sus amigos y conocidos, pero esto, no resta que al cazador medio también le pique mucho lo otro. La pérdida de la influencer. La bloguera. La hija pródiga del Jara y sedal. Y es lógico, porque ¿qué posibilidades hay de que aparezca otra rubia, de cuerpo atlético e influencia en redes sociales como imagen publicitaria del mundo de la caza?

Tan amigos todos, pero, entre animal herido y animal abatido, nadie parecía saber lo mucho que sufría esa chica para sus adentros, ¿verdad? Bueno, sobre esto, cualquiera que entienda cómo funciona la depresión y el suicidio, poco tendrá que decir. El suicidio es así, una realidad social: imprevisible, silencioso, veloz; y conscientes de que nadie debería tomar esta solución definitiva tan joven, sí podemos comprender por qué Melania, acostumbrada a respuestas letales y sin vuelta de hoja, escogió el cañón de un arma.

Eso sí, tampoco nos dejemos engañar. Las burlas, las críticas, las muestras de odio no son lo que llevaron a Capitán al suicidio: ella misma expresó, poco antes, su deseo y sus motivos a una amiga por teléfono —que no han trascendido— y otros tantos lo han confirmado. Se trata, simplemente, de los casi 4.000 que cada año se repiten en España, con la diferencia de que una parte —curiosamente, siempre la misma: la que tiene más sangre en su haber— ha decidido usar como arma arrojadiza. Por ello, cuando varias personas han —hemos— compartido en esa publicación la noticia que El Mundo dedicó a la cazadora solo han habido tres respuestas: el «no la conocíais», el insulto y el bloqueo o censura sistemática.

Seamos personas, respetemos el descanso ya eterno de cualquier ser humano, pero no seamos imbéciles, Mel Capitán es para el colectivo tan mártir como lo fue Adrián para los toreros. Hay que ser malnacido para reírse de la desgracia ajena, pero también hay que ser imbécil para tragarse que somos los demás quienes han alzado y aprovechado la situación para defender sus propios intereses partidistas.

Hablar con tus enemigos

En uno de los muros del colegio al que fue mi mujer de pequeña, dice: «Si buscas la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos». Pero a saber qué decían las paredes del centro donde se educaron Mariano Rajoy, Carles Puigdemont o Soraya Sáenz de Santamaría. Supongo que algún tipo de Alea jacta est, para que se fueran acostumbrando desde cachorros.

Tras el paripé del debate parlamentario se demuestra lo que muchos ya sabíamos: Junts pel Sí y la CUP no tienen fuerza suficiente para empujar hacia delante al resto de fuerzas políticas catalanas —y cabe añadir que estas tampoco están por la labor—, y que esta huida hacia delante no tiene un objetivo claro, más allá de una presión activa a Madrid, que sigue haciendo oídos sordos a cualquier demanda por parte de Cataluña, a sabiendas de que el porcentaje de participación de la comunidad no permitirá un verdadero referendo vinculante.

Viñeta (Faro; España+Cataluña)
Viñeta satírica de Andrés Faro sobre «la cuestión catalana».

Llegan momentos de tensión, porque empiezan a desenquistarse problemas que arrastra todo el Estado español desde 1977: un conflicto de identidades y de naciones que se ha escondido bajo la alfombra de las autonomías, pero que llevan dando señales de que tienen que pasar por el mecánico desde mucho antes del Estatuto de Autonomía de Cataluña y el Plan Ibarretxe.

Todo ello, no quita que las cosas no se deban hacer con alevosía salvaje, con presiones y carpetazos como los de ayer, que omiten otras formas de pensamiento democrático e ideológico y que, sobre todo, han prostituido el sentimiento de catalanidad para eludir que no existe ni plan de acción ni hoja de ruta.

Sí es cierto que, cuando lleguen las lágrimas y los «cachetazos» europeos, los catalanes podremos achacar un gran peso de la culpa al Gobierno central, que, como bien decía hoy el editorial de CTXT con gran acierto: «Por muchas torpezas y errores que estén cometiendo las instituciones catalanas y el movimiento independentista, creemos que, ante todo, corresponde al Estado establecer el marco político que permita procesar y resolver democráticamente la demanda, ampliamente mayoritaria en Cataluña, de un referéndum.» ¡Y cuánta razón hay en esas palabras!

Viñeta de El Roto (Cataluña/España)
Viñeta de Andrés Rábago García (El Roto) sobre la crisis entre Cataluña y España.

La democracia no ha muerto. Sin embargo, exige hablar y, todavía más importante, negociar y parlamentar con nuestros enemigos, algo que ni las fuerzas políticas catalanas ni las españolas recuerdan, y, como ejemplo, tenemos las elecciones generales de los dos últimos años. Ni España, ni Cataluña; nuestro país —lo sienta cada cual como lo sienta— tiene una historia propia y otra compartida, y por mucho que la línea azul del ejecutivo siga creyendo que solo existe un marco político, la realidad es que, de existir, en absoluto es el de un estado centralizado, sino el de un gobierno federal que deberá afrontar otros muchos problemas cuando ni Madrid parta y reparta, ni se pueda obviar que, no solo se trata de sentimiento nacional, sino también de contribuciones (muy) desiguales hacia un objetivo que se ha demostrado, una y otra vez, que no siempre es común.

Hay dos citas más que son aplicables a muchos de los actores de este folletín de semanario cutre: «Tú mismo eres tu peor enemigo» y «Toda persona tiene derecho a ser estúpida, pero algunas abusan de ese privilegio». Veremos cómo se suceden las cosas durante las próximas semanas, pero hay algo que tranquiliza, y es que, después del día 1, volverá a salir el sol, una vez, y otra, y otra. Es la ventaja de la desconexión política y social que sufrimos en la actualidad: que organiza, pero ya no dicta; ¡y qué coño! A menudo, casi mejor.

¿Merecemos a los perros?

Más allá de considerar a nuestros compañeros de cuatro patas parte de nuestra familia, su posición en la naturaleza ha despertado múltiples preguntas recurrentes en los últimos años. En este caso, la que yo lanzo aquí bebe de un artículo que Marta Tafalla —doctora en Filosofía y profesora de Ética y Estética en la Universidad Autónoma de Barcelona— publicó ayer, 5 de septiembre, en el diario Ara con el título ¿Fue un error crear a los perros?

Tafalla plantea en su columna para Ara cómo los seres humanos hemos instrumentalizado cualquier relación con el resto de animales que nos acompañan —obviando que pocas veces es distinto en nuestra especie—, donde todo aquello que nos agrada de nuestros compañeros caninos —y también felinos—: su docilidad, su empatía, su ternura, es, paradigmáticamente, aquello que los hace vulnerables y que los condena; un aspecto que todavía puede rastrearse más fácilmente en los animales para consumo, sean domésticos o no.

El inicio del séptimo párrafo ejemplifica la idea general del texto:

Hemos levantado nuestra civilización sobre el dolor de los animales, sobre la explotación de los domésticos y la caza de los salvajes. Sin los animales que criamos para comer, para usarlos como vehículo de transporte o para trabajar en el campo, nunca habríamos construido ninguno de nuestros imperios. Sin extinguir especies y destruir ecosistemas, no habríamos llegado hasta los 7.000 millones de humanos.

Hacia el final del artículo se vislumbra un remedio, quizá demasiado politizado para que pase desapercibido; quizá demasiado esquemático para que sirva a su cometido: «Cuando la ganadería persigue a los lobos, los dos males se fusionan. La solución es sencilla: los humanos no necesitamos comer carne, pero sí necesitamos ecosistemas sanos y ricos en biodiversidad, y por lo tanto necesitamos lobos.»

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Sé bien lo difícil que resulta plantear soluciones concretas; a menudo, además, estas se confunden o difícilmente pueden llegar de los mismos ojos que han vislumbrado el problema. La selección artificial de los perros no difiere mucho de la elección de aquellas vacas que, generación tras generación, producen más leche o las gallinas que, en vez de los doce huevos anuales, ponen casi uno diario; si acaso, los primeros, a pesar de sufrir y soportar la misma estructura jerárquica que suele definirse entre términos como «capitalismo», «producción en cadena» y «especismo», también pueden llegar a ver la parte más bondadosa de algunas sociedades humanas.

Toda lucha por el antiespecismo es legítima; salvar a los toros, legislar contra el maltrato de animales de compañía, e incluso no matar animales. No obstante, toda lucha también debe existir y entenderse en su propio contexto: el de las gallinas que ponen huevos todos los días del año y el de las vacas que producen una enorme cantidad de leche en las vaquerizas, que solo es una cara menos definitiva de la que muestra a los cerdos abiertos en canal o las terneras inmovilizadas en el suelo. No significa que sea bueno, no significa que esté bien; significa que a los humanos nos encanta jugar a ser dioses, y eso, hoy, supone problemas éticos que tenemos que afrontar y enfrentar, pero desde un marco integral y jamás segmentado.

A nivel comunicativo, estos artículos cumplen una impagable labor divulgativa, y, sin embargo, con los pocos o los muchos recursos con los que cuentan, dejan tras el telón el primer campo de batalla en el que deberíamos lidiar: aquel que explica que todos los animales —incluso nosotros— se encuentran en una situación concreta fruto del contexto, y las circunstancias (propias y ajenas), y si plantear una ética universal aturde, pretender que esta pueda convertirse en moral práctica obviando los cientos de contextos que existen ya solo en España, es irreal.

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En realidad, el lobo es, sin saberlo, uno de los rostros más definitorios que debemos enfrentar sus defensores, que, poco a poco, hemos ido aumentando en número, pero siempre de la ciudad hacia el campo, y no a la inversa, y que se tiene que entender junto a una ganadería de subvenciones europeas y de provincias, y un oficio que dista mucho de ser mayoritario, pero que enfrenta a los defensores del campo que no viven en el campo y a las poblaciones rurales, que quieren hacerlo sin el sudor que se acompaña, y que se entiende al ver a rebaños a mediodía sin una gota de sombra o sin un cercado entre ellos y sus principales predadores.

Los centros de ética animal de las facultades mantendrán que el «veganismo» es la respuesta al maltrato animal y a los problemas de sostenibilidad del planeta; sin embargo, por desgracia, ni el veganismo ni cualquier otra variante es la respuesta al contexto; o, mejor dicho, a los miles y miles de contextos distintos a enfrentar, y ahí, es donde deberíamos seguir trabajando. Si este se aplicase, solucionaría, antes o después, todos los problemas derivados, ¿pero es solución si más del 90 % de la humanidad no desea tomarla?


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El Occidente del senpai y el kōhai

Las artes marciales trajeron a Occidente un concepto social nipón que resulta difícil trasladar a nuestro mundo: la relación senpaikōhai. Una noción que tiene su acepción más próxima en el tutor y el tutelado, si bien el senpai, a diferencia del anterior, estará siempre cursando la misma actividad, estudio o trabajo que su tutelado.

Una primera respuesta la encontramos en la historiografía japonesa y, concretamente, en la mezcla que cristalizó al combinar el confucianismo, la familia tradicional japonesa y la ley civil de 1898 (Era Meiji), que mantuvo el koshusei (戸主制) o sistema del cabeza de familia, el cual, en la práctica, continua parcialmente vigente —por lo menos, psicológicamente— en gran parte del país. Pero quizá, habiendo nacido lejos de aquellas fronteras, sea difícil comprender estas dos simples palabras en toda su extensión, como el ciego que nunca ha visto por sí mismo y debe vivir con las imágenes que le describen las palabras de otro.

Fuera de Japón, los dojos o escuelas de artes marciales han generalizado un concepto que, al abandonar esas costas, no resulta extrapolable a otros ámbitos académicos, deportivos o laborales. Asimismo, como cualquier otro fenómeno social, parece que el senpai-kōhai se ha adaptado a unas circunstancias concretas fruto de cada contexto: de este modo, en el colegio japonés, la relación será de uno a uno, mientras que cualquier persona que inicia su camino en un arte marcial encontrará a toda una comitiva de senpais frente a él. Esto es debido a que, etimológicamente, el senpai (que suele traducirse como «compañero de antes») será todo aquel miembro de mayor experiencia —y, por lo tanto, a menudo, jerarquía o antigüedad— de la escuela, definición que se adapta a cualquier otro practicante de mayor veteranía. Si el principiante termina formando parte del club, pronto deberá dar ejemplo a sus kohais («compañeros de después») y parte del buen desarrollo de los mismos formará parte de la asistencia que él, como nuevo senpai, pueda ofrecerles.

Kendo en una escuela agrícola (alrededor de 1920)
Kendokas de una escuela agrícola japonesa en 1920.

A menudo, esta relación cuesta de entender en Europa, donde el esfuerzo personal es, desde pequeños, demasiadas veces más incentivado mediante recompensas que auspiciado por la superación personal, y, sobre todo, donde la jerarquía es siempre comprendida desde hace ya varias décadas como sumisión impuesta y disciplina intimidatoria, y no como cortesía, respeto y admiración libre. Por suerte, los motivos que pueden llevarte a las puertas de un dojo pueden ser erróneos, pero nunca las razones que te mantienen en su interior.

La relación entre un senpai y un kōhai, no es perfecta, pero siempre es instructiva. Primero, se aprende a ver que somos parte de algo más grande, y que unidos en un esfuerzo común podemos hacer cosas que jamás alcanzaríamos nosotros solos; segundo, se aprende que las cosas no son fáciles, ni justas, y que nada que no tome un buen tiempo conseguir merece la pena: esto es, esfuerzo, crítica, contusiones —en el ámbito deportivo—, el hallazgo de silencios que dicen más que las palabras, y, a veces, solo impotencia y frustración frente a las que debemos sobreponernos; tercero, se aprende que nosotros no somos sin un maestro, pero tampoco sin los compañeros que nos acompañan, y que el maestro no lo es sin alumnos, así como el senpai no puede serlo sin el kōhai. Esta es la enseñanza más tardía y más perdurable, aquella que dura toda la vida, porque más que ninguna otra debe demostrarse con el ejemplo, la que te hace respetar y hacer respetar la etiqueta y las buenas formas, la que te demuestra que tú enseñas en la medida que aprendes de otros, y aprendes en la medida en la que enseñas, y, así, eres escuela de vida.

Hace tiempo, uno de mis senpais me envió un artículo. Decía que los kenshi somos muertos vivientes, que no podemos olvidar que cada ippon debería habernos matado y estar agradecidos de lo que este nos enseña para seguir avanzando en nuestra propia senda. Parece justo afirmar que si debemos estar agradecidos al corte que nos enseña, también deberíamos estarlo al hombre (o la mujer) que empuña el arma con juicio, ¿o no?

El yihadismo atacó Ciutat Vella

Ayer a media tarde el yihadismo atacó Ciutat Vella. El barrio que fue hogar de mis abuelos y bisabuelos. La Rambla que mi hermano pequeño se apresura a recorrer camino a sus clases de verano, las tiendas que mi madre visitó en busca de otra docena de libros que devorar antes de que termine agosto; el hogar de miles y miles de personas; parte de la idea con la que sueñan cientos de miles de turistas que ansían visitar mi ciudad.

Una furgoneta de alquiler con un terrorista a los mandos embistió contra la marabunta de gente que se agolpa a pocos metros de Plaza Cataluña, donde los culés celebran sus éxitos deportivos y los vecinos se sientan a ver cómo la gente desciende con parsimonia hacia el mar, o se desvía hacia el casco antiguo o el Raval.

Atentado yihadista en Las Ramblas de Barcelona
Fotografía de David Armengou que ejemplificaba una de las noticias en El Periódico .

Esa furgoneta convirtió el tercer jueves de este agosto en otro momento negro a recordar: quedará marcado como un día triste en el que pronto olvidaremos a ese niño de tres años que solo pudo alcanzar el hospital, y todas esas imágenes, mensajes y llamadas de confusión que recibimos; también a aquellas personas que, en vez de atender heridos, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de buscar ayuda, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de llorar de impotencia, grababan con un teléfono móvil. Pero no nos quedemos con el lado amargo de la tecnología, ese que se apresuró en filmar la masacre, probablemente fruto de la impotencia, o ese otro que, pocas horas después, ya buscaba su minuto de gloria entre comentarios políticos que tienen la desvergüenza de firmar.

Facebook nos mostró su lado más amable y nos hizo saber que amigos/as y conocidos/as estaban bien, que no habían sido arrollados por un terrorista en esa escena de pesadilla que se desarrolló en el centro de la ciudad; las RRSS y la TV informaron rápido, Twitter permitió movilizar a la gente, la prensa digital se volcó en la difusión, incluso las instituciones y los políticos dejaron a un lado diferencias y trabajaron unidos. Todo el país lo hizo, y, sobre todo, la mayoría estará de acuerdo en que, ayer, no importaba lo que cada uno considere estado.

Esta noche, mientras muchos de nosotros dormíamos o intentábamos digerir lo que unos desalmados habían hecho, los controles policiales han abatido a cinco personas en Cambrils (Tarragona). Se cree que se dirigían, de nuevo, a la capital, con el fin de acometer una nueva agresión contra aquello que amamos y aquellos a los que amamos.

En la impotencia y el miedo que nos reconforte nuestra propia fortaleza como comunidad, fortaleza que ha creado un mundo propio que está dispuesto a defenderse con uñas y dientes, y a cualquier precio. Y eso es muy importante, porque ayer nos hicieron recordar a la fuerza, igual que en Niza o en Londres, que estamos en guerra contra el terror, que debemos vivir sabiendo que el yihadismo no es algo que se circunscriba a los enfrentamientos de Oriente Próximo y Oriente Medio en los que la mayoría de países occidentales somos partícipes, sino en cada ciudad y país que no acepte y siga las premisas del extremismo. Pero nosotros ya lo sabemos, ¿verdad?, y cada ataque, cada bomba, cada muerte, solo nos hace ver con mayor claridad lo importante que es defender la lucha por la libertad, por los derechos humanos y la democracia.

Hoy, toca enjugarse las lágrimas, tragar saliva y salir a la calle sabiendo que puede volver a ocurrir, que quizá no ocurra en Barcelona, o en España, pero que probablemente ocurrirá otra vez, y, por esto, que seguir viviendo como vivimos es una de las formas de evitar que venzan; también recordar, hoy más que nunca, que el bando no lo erige el nombre de tus padres o tu ciudad de origen, sino el deseo férreo de aquellos que quieren luchar por un mundo mejor y no de la terrible determinación de unos pocos por extender la muerte a su paso.

Morir de éxito

El día 8 de agosto desembarqué en el puerto de Palma con el jeep, mi mujer y tres perros en el maletero para disfrutar de un par de semanas de vacaciones en la isla. La semana anterior, había leído varios artículos sobre turismofobia y el modelo erróneo que, para muchos, ha potenciado el alquiler turístico —como este, o este otro— y, en concreto, plataformas de alquiler vacacional como AirBNB, pero confieso que no esperaba que el panorama me persiguiese a las Baleares.

Coves del Drach
Fotografía de las Cuevas del Drach en Porto Cristo (Mallorca).

En el contexto actual, se han unido múltiples cuestiones que han terminado por crear un caldo de cultivo cuyos ingredientes son difíciles de identificar: una oferta enorme, dinero fácil, rentas medias bajas, paro u oferta laboral estacional… De ahí, afloran platos que provocan empachos, y que permiten en la Barceloneta (o en Palma) alquilar pisos de veinte metros cuadrados a trescientos euros por noche.

es Trenc (Campos)
Fotografía panorámica de la playa de es Trenc en Campos (Mallorca).

Con el ferry a nuestras espaldas, cogimos el paseo marítimo y enlazamos con la Ma-19 hasta el Arenal; recuerdo que, pese a mis cinco o seis veranos en Mallorca (dos de ellos completos, pues vivía aquí), jamás había encontrado un atasco en ninguna autopista a las siete de la mañana. Poco a poco, esta situación se normaliza, mientras el Govern Balear lanza dos medidas que demuestran que el verano se les ha descontrolado por completo: limitar el número de coches de alquiler en 2018 y perseguir todos los pisos arrendados que no cuenten con una licencia de alquiler vacacional.

Aquí, igual que en la Barceloneta, muchos se echan las manos a la cabeza y critican la turismofobia, alegando que esta actividad es sinónimo de riqueza para los municipios; sin embargo, otros no lo tienen tan claro, y no solo ven un proceso de gentrificación global asociado, sino que incluso temen ser expulsados de sus barrios o localidades en el futuro. Los turistas, no obstante, no entienden exactamente cuál es problema y, cuando lo entienden, se sorprenden de que, en un país donde el modelo social caló durante varias décadas, se permita que el neoliberalismo económico impere a sus anchas incluso en los mismos bienes de primera necesidad.

Para asegurar las letras que aquí transcribo, no he perdido la oportunidad de (re)visitar algunas de las grandes atracciones turísticas de la capital (la catedral, el marítimo, la lonja…) y algunas de las que se esconden por la isla: Coves del Drach, es Trenc, la Iglesia de Sant Bartomeu, en Sóller, o la Cartuja de Valldemossa por nombrar solo cuatro. Todas y cada una de ellas, todas estas, y muchas otras, están atestadas hasta la bandera. Están atestadas hasta llevar el turismo balear al extremo contrario que vivió hace unas pocas décadas: de las visitas minoritarias de una de las joyas del Mediterráneo a la masificación descontrolada y alegal a la que nos enfrentamos hoy. Quizá ni uno ni otro; quizá el éxito no puede ser minoritario, pero ¿debe morir entre marabuntas que no están dispuestas a pagar una habitación de hotel o una copa en la discoteca?

De todo esto también hay dos caras. El Arenal es el ejemplo más cercano que encuentro: aquí, el turismo de sol y playa se amontona pese a los nuevos hoteles de cinco estrellas que han brotado en la zona; en las tiendas de souvenirs de todo el municipio se venden cubos con cervezas y botellas de licor por unos pocos euros. Si preguntas en los comercios, nadie quiere al turista que gasta poco y ensucia mucho, nadie quiere al turista que atrae a los trileros, al descontrol y afecta a los vecinos, y, sin embargo, ¿qué se puede hacer? Cuando les dices que no tienen licencia para la venta de alcohol, contestan: «De algún modo, tendremos que ganarnos la vida con este turismo de mierda.» Es la pescadilla que se muerde la cola: seguimos sembrando con las peores semillas, pero nos sorprende recoger lo que recogemos.