Los ojos de Martina

Martina mira con el vacío instalado en su iris. Martina mira sin mirar. Con demasiado miedo para que la mirada se convierta en un acto consciente, en una declaración de intenciones: en una acción que una mano pueda reprocharle a golpes. Martina rehuye mirar, a sabiendas de que la mirada ya le ha supuesto violencia, gritos, la horca.

Ella ha aprendido que la lección más dura llega del hombre, de la palabra que, cree, solo carga injusticias, de todos nosotros; para Martina, todos somos dolor, y miedo, y muerte, y al salir de Almería, de la furgoneta, del transportín, ninguno podemos demostrarle lo contrario de inmediato. Por ello, no lo intentamos; solo paseamos, y la entramos con dificultad en otro coche, en otro transportín, y se bloquea, se aleja, se expatria de sí misma de nuevo.

Martina (recogida, Diagonal)
Fotografía de Martina el sábado de su llegada a Barcelona.

La historia de Martina está construida de vacíos más que de hechos. Vacíos que construyen retazos que construyen historias: una perra de la calle, un embarazo, una soga al cuello. Quizá fue la caza o la falta de justicia y ley; quizá solo desatención y maltrato. ¿Quién puede saberlo? Se trata de historias que son y no son.  Y en ese negro hubo locura que terminó por conquistar su mirada: si consigues que sus ojos apunten hacia ti, observas incomprensión, y espanto, y paranoia. Observas ojos que luchan en el interior de sus cuencas, que parecen intentar escapar, y aunque sea un acto inconsciente, es una de esas tristezas enquistadas a las que resulta imposible acostumbrarse. Las heridas del cuello, de las patas… las heridas del cuerpo sanan, pero no las del alma; el alma continua desangrándose, y su respiración, su cola, su forma de moverse por una calle céntrica del Ensanche barcelonés así lo indican.

La historia de Martina es la historia de los doscientos perros de su perrera. Perros bautizados rápido con nombres que se piensan un instante por necesidad; perros frente a rostros que no podrán entender por qué esa perra y no otra si todos comparten desgracia. Pero hay algo que todos ven, y es que Martina vive sumida en la adversidad desde mucho antes del septiembre de su embarazo; desde mucho antes del miedo a la gente, y las carreras por los campos de Almería, de las charlas sobre su rescate y el deseo teñidos de marrón y de amarillo más que de verde, y de sudor que se seca bajo un sol que, entre jadeos, no ofrece misericordia alguna.

Martina (río Besós)
Martina en el parque de la desembocadura del río Besós, que separa Barcelona de los municipios de Badalona y Sant Adrià.

Ahora, Martina ha salido de Almería, de la furgoneta, del transportín y ha olido un árbol cercano a la Diagonal. Puede parecer nada, pero es un mundo: el olfato llega cuando deja de temblar, de mirar a todas partes a la vez, de tratar de zafarse, de escapar, de observar cómo los grandes espacios que se pierden entre olivos y naranjos se convierten en pavimento, en edificios que suben al cielo y en el ruido eterno que pervive en el acceso a una capital; cuando trata de no alejarse más y más de nosotros, de correr en otra dirección, de no ser. Después de todo esto, Martina huele; huele el tronco de un árbol por un instante, y vuelve el temor, el huir y el no ser. Vuelve Martina y la horca; Martina y el miedo; vuelve Martina. La Martina que es y no es, porque Martina solo sabe ser no siendo, y ese es el inicio del trabajo, de un nuevo camino, de su segunda vida.

—No es cosa de un día, ni de un mes. Pero es bueno que no intente huir, que huela algo: que tolere nuestra presencia —dice mi amigo Antonio, que es educador canino, y, sin saberlo, me muestra el inicio de una historia mejor.


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Martina está en Barcelona gracias a Acción por el Rescate de los Desfavorecidos (ARD), quienes han confiado en Conectadogs —y, en concreto, en el educador canino Antonio Soutiño— para iniciar un programa de rehabilitación para Martina y se ocupan del coste monetario, que se inició el sábado 15 de julio de 2017.

Si lees esto y quieres apoyar a una de las organizaciones, dejo aquí los enlaces a sus respectivas páginas de Facebook para que continúes informándote:

¿Por qué Okja no es un cerdo?

A mitad del artículo hay spoilers de la película (con un aviso).

Okja no es un cerdo. Es un supercerdo. Pero Okja no parece un cerdo: no es rosa, sino gris —aunque los cerdos no siempre tengan la piel rosa, excepto en el imaginario popular— y no tiene orejas de cerdo, ni boca de cerdo, ni cola de cerdo; y, sobre todo, no tiene nariz de cerdo.

¿Qué hay más representativo que el morro de un cerdo en un cerdo? Nada. Un cerdo es su morro de cerdo, y, por ello, Okja no es cerdo. Pero quizá la pregunta no sea si Okja es un cerdo o no es un cerdo, sino si Okja necesita ser un cerdo para conseguir empatizar con nosotros, o si, por el contrario, el director coreano Bong Joon-ho cree que se trata de todo lo contrario, de que Okja no puede ser un cerdo para empatizar con nosotros, y ahí, justo ahí, es donde no queda más remedio que crear un supercerdo que, de cerdo, solo tiene parte de su nombre.

Okja y Mija (Okja, 2017)
Okja y Mija en Nueva York.

Todo el mundo debería ver Okja (Bong Joon-ho, 2017). No porque sea un gran film, aunque lo es; no porque sea una crítica sin precedentes al capitalismo, al especismo y, sobre todo, al modelo de consumo actual, aunque lo es; sino porque es el mejor argumento contra el utilitarismo, contra esa premisa tan manida del mueren con un fin… y os explico el por qué.

Okja como un nuevo inicio

Un granjero criará al cerdo más grande, bonito y especial. ¡El supercerdo total! Pero ¿quién será?

El argumento de Okja es simple: el capitalismo llega a los rincones más recónditos del planeta, y también a Gyeonggi, una de las nueve provincias de Corea del Sur, donde no muy lejos de Seúl, Mija y su abuelo crían y cuidan a la supercerda Okja durante más de una década.

Pero 10.000 años de agricultura no siempre permiten echar la vista atrás. ¡Y qué diez mil años! Unas pocas décadas, una vida, la tradición de unos pocos hombres y mujeres es suficiente para no poder concebir algo distinto. Por eso, Bong Joon-ho necesita presentar lo de siempre, pero convertido en algo distinto. Vuelve al inicio; o mejor dicho: crea un nuevo inicio. Uno de ficción, claro, con cerdos mucho más eficientes, una nueva raza, más útil, más grande, menos contaminante, más sabrosa, como si todo ello pudiese hacer olvidar el sufrimiento, y el maltrato, y lo que seguimos escondiendo tras las paredes de un matadero.

Okja y Mija en las montañas.
Okja y Mija en las montañas.

Fundamentalmente, ese es el gran punto de partida del film; un nuevo inicio visual para explicar una historia sobre la que nuestros oídos se han desensibilizado paulatinamente —puesto que pocos se arriesgan a comprobar con sus ojos si todo eso que dicen que se oculta tras el sabor de un trozo de carne es cierto.

Okja es un supercerdo, pero no importa demasiado para la trama, en realidad; una historia que se mueve entre una niña y su mascota, y cómo esta visión utilitarista se convertirá, poco a poco, y a través del vínculo que compartimos humanos y animales, en una narración fantástica sobre los lazos que nos unen como familia. Okja es el perro que nos aterra pensar que un igual pueda ver como alimento, y, sin embargo, como espectadores, nos adentramos en la normalización y la cosificación de un ser independiente que se dirige a nuestro plato. No es una historia de una niña coreana que abandona el Seúl de provincias para chocar con el capitalismo y el utilitarismo; ni tan siquiera es una historia que nos explica la insostenibilidad de un modelo industrial frente a la naturaleza; puede haber rasgos de todo ello, puede haberse vendido a los productores de Netflix así, pero Okja es la lucha de millones de activistas contra el especismo y por un mundo que se niega a maltratar y a matar cuando puede elegir no hacerlo. Por todo ello, despierta los mismos elogios que críticas.

Contiene spoilers de la película.

El fin (siempre) justifica los medios

Que Okja vuelva a las montañas.

No hay atisbo de duda: la Corporación Mirando cree a pies juntillas que el fin justifica los medios, y lo hace de un modo muy similar a la industria que tanto critica el activismo actual: grandes acciones de marketing para hacer creer que sus productos son naturales, libres de químicos y, sobre todo, con un impacto residual en el medio ambiente. Por interés propio, siempre se omite el alcance en terceros (sean animales humanos o no humanos), la compasión por el otro —camine a dos piernas o a cuatro patas— y la responsabilidad individual del consumidor.

Una parte del Frente de Liberación Animal (FLA; ALF, en el original) también cree en esto; por lo menos, al principio, cuando considera que la voluntad individual de Mija no es suficiente, que ayudar a muchos justifica el sacrificio de uno —cuando no tiene por qué ser así— y donde puede verse con claridad que, para unos, el sistema solo muestra castigo (ya lo decía Will Potter, ¿o no?) mientras libera de toda culpa a otros, a los que la economía ha terminado por glorificar.

Okja en la montaña (2)
Okja descansando en la montaña junto a Mija, quien le ofrece una fruta.

Sin embargo, Okja no termina con un nudo en el estómago —aunque quizá un poco sí—, sino con uno de esos cambios pequeños que suman y que acaban por engrandecer cualquier forma de activismo, sea en una remota aldea de Corea, sea en un autobús que viaja a través de los créditos finales de la película entre las reivindicaciones de aquellos activistas que consiguieron silenciar una y otra vez, pero no vencer, ni cambiar, ni hacer que abandonasen la lucha más importante de nuestro siglo.

La importancia de la impotencia

Del cerdo todo es comestible. Todo, menos los chillidos.

En cualquier caso, la escena final es la verdadera clave de la película. Los últimos minutos a través de los que el espectador presiente un final feliz, pero no lo encuentra. Tras los muros del matadero solo hay impotencia, y frente al matarife Mija entiende las claves del mundo que solo conocía en TV: para algunas personas, todo tiene un precio, y el cerdo de oro es suficiente para cubrir la vida de Okja, cuyo valor es incalculable para ambas. Un cerdo de oro por la vida de un animal que siente, piensa, percibe y padece como nosotros…

Antes, lo habremos visto durante la monta en la fábrica de la Corporación Mirando, y en la biopsia sin sentido de una Okja que no comprende qué sucede, y en el maltrato sistematizado, y en la cosificación, y más. Pero el corral de ganado y el matadero son ese «clic» que tanto nos cuesta hacer con vacas, y con pollos, y con cerdos, y con tantos otros animales, que nos demuestra que el dinero es todo lo que importa a algunas personas, pero que todos somos cómplices a través del egoísmo al que empujan el capitalismo, la industrialización o el consumo de animales hoy, cuando comer una vida ya no es un acto elitista, sino innecesario.

Okja (matadero)
La supercerda Okja en el matadero.

No obstante, esa impotencia es la que surge de la empatía, del mirar a los ojos a Okja, o a cualquier otro cerdo, o supercerdo, y de no hallar otra alternativa que la acción, que actuar y ser partícipe de lo que, para cada vez más de nosotros, es la visión de un mundo mejor y más justo; y de ello la última escena dice mucho con pocas palabras.

Algunos dirán que es una historia bonita, pero simple, y esas mismas personas son las que deberían valorar objetivamente qué sentimientos despierta Okja en ellos a lo largo de la película y preguntarse si realmente no lo hacen también todas las otras Okjas del cercado, y de todos los cercados. Algo dentro de uno se remueve gracias a la creación que Bong Joon-ho nos ha regalado este 2017, y parte de ser humano es no negar los sentimientos que afloran. Toca preguntarse por qué lo hacen en Okja.


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De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Jubilado de libro

Jubilado de libro es el trigésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Es curiosa la mente. A menudo, nos hace recordar aquello más insignificante que hemos vivido y, por el contrario, se obstina en esconder demasiados buenos momentos: las reuniones familiares, los viajes, los sueños de infancia, la cara de esa niña argentina de rizos castaños de quien recuerdas el nombre —Anaïs—, pero no el rostro; las conversaciones profundas de las que nos encantaría volver a beber una vez más, y los abuelos; los abuelos que se jubilan tras tu primera aparición en escena y deciden acompañarte durante toda tu infancia y adolescencia. Hay mucha magia en esa decisión que, hoy, se impone más de lo que se espera; sea por trabajo, o dinero, o necesidades que solo ahora son necesidades, y antes fueron caprichos.

Mi abuelo tomó la decisión con libertad: se jubiló para ayudar a cuidar de sus nietos; para acompañarlos al colegio, y recogerlos; para ir al parque con ellos y ser un apoyo para su única hija. Cuando murió, lo había olvidado casi todo, y antes, recordaba más entre cuartillas de lo que su mente conseguía retener; escondidos en su chaqueta había nombres, y calles, y parentescos. «Benlliure, número quince», «Carmen: hija; Cándida: esposa», «nietos: Miguel, Javier y Carlos». Como en cualquier demencia, un día algo falló; después, todo se desmoronó.

Cecilio Pla y Gallardo - Hombre en la playa
Hombre en la playa, de Cecilio Pla y Gallardo (1860-1934)

Los meses previos, lo olvidó todo. Casi todo. Recuerdo como, poco a poco, la argamasa que mantenía sus pensamientos se resquebrajó hasta alcanzar la base. Primero, olvidó a su mujer; después, lo olvidó todo. Casi todo. Al principio, recordaba su trabajo, su antiguo coche, el servicio militar… Después, lo olvidó. No hay tarjetas donde anotar una vida. Tras el ingreso en el hospital, solo quedó su infancia. Hablaba de su madre y de los campos que rodeaban la Pobra de Trives. Apenas recordaba, y hablaba de aquello que podía aferrarse a retener. Quizá, entonces, ni tan siquiera sabía ya quién éramos, o quién fue él.

Durante un tiempo, tampoco yo recordé demasiado sobre mi abuelo. Solo pude invocar la enfermedad y una zapatilla con la que no acertó a darme mucho tiempo atrás: un día que saqué al hombre de sus casillas y él me persiguió por el comedor con cara de pocos amigos. Lo evoqué a menudo, hasta que comprendí que nunca quiso darme, que, de haber querido, me habría alcanzado; hasta que comprendí que, sin saberlo, eso era una bendición, que podíamos estar orgullosos de que nuestro abuelo había sido una persona, con todas las letras, y que ojalá todos nosotros tuviésemos la suerte de haber vivido una infancia tan rica como para, en los momentos de mayor desconsuelo, tan solo recordar una zapatilla que nunca quiso blandirse y una enfermedad cuyo dolor intentó guardar por amor a los suyos.

Sanfermines 2017: el cambio urgente

Cada julio, Anima Naturalis y PETA reclaman un San Fermín sin sangre. Cientos de activistas viajan hasta Pamplona e intentan convencer al mundo de la barbarie que estas fiestas encierran. Los medios siguen la noticia con la ilusión de normalidad que congrega la tradición, y, poco a poco, también dejan espacio a opiniones y textos críticos contra el maltrato, el acoso sexual, la sexualización de las fiestas, y las orgías de sangre, drogas y alcohol.

Sanfermines 2017 (protestas)
Activistas de PETA y Anima Naturalis en Pamplona. ©Unai Beroiz

Este año, descanso. Para mí, no hay nada nuevo de lo que hablar. Muy consciente de que otras compañeras y compañeros —como siempre, en el movimiento, tenemos que agradecer más a ellas que a ellos— han escrito columnas impagables sobre los sanfermines, como la de Leonora Esquivel, en El Huffington Post (Por estos días Pamplona se tiñe de sangre), que explica el enorme porcentaje de turistas que desconocen que el encierro solo es una parte de la fiesta, o el espacio que se ha ganado Amanda Romero en Cuerpomente para seguir despertando conciencias por los animales; esta semana, concretamente, hacía mención a los cuarenta y ocho toros que serán asesinados en la plaza, pero, sobre todo, dejaba ver cuánto podría hacer Pamplona por una España más justa, más libre y menos sádica (48 toros serán torturados en la «fiesta» de San Fermín).

Por mi parte, suscribo el artículo que ya compartí con todos vosotros/as el año pasado: Siete razones para cambiar los sanfermines, y con tristeza compruebo que poco o nada ha cambiado. Este 2017 seguirán muriendo toros en Pamplona, en las plazas y en los encierros, seguirá la muerte, el desenfreno, y el mal ejemplo; muchos seguiremos en contra, algunos rescataremos los argumentos que otros tantos no quieren oír, y menos pensar en ellos por un instante, y otros seguirán creyendo que esto es lo mejor que se puede hacer por la pervivencia del toro. Mintiéndose a sí mismos, creyendo que la única forma de salvar al toro es matar al toro, y envenenándose el alma un año más.

Seguiremos luchando.

El rock no es solo actitud

Mi «yo» adolescente vestía con botas y chupa de cuero. Con el típico calzado de trabajo Doc Martens, sobre el que por mi ciudad corría el rumor de que unos imbéciles se habían puesto a jugar colocando el pie en la calzada, al paso de los coches, consiguiendo que la puntera metálica se desprendiese y les seccionase los cinco dedos. Ese «yo», que vive en mí y en aquellas personas que subieron conmigo, bebía demasiado, como la mayoría de chavales de dieciocho y diecinueve años, sentía una enfermiza fascinación por los amplificadores, y veía en los riffs, las quintas, los puentes y los estribillos una libertad que se presentaba a partir del viernes noche.

Mucha gente cree que eso es el rock: libertad. Pero a mí el rock me tuvo cautivo durante años; prisionero de una fascinación que se movía mucho más allá de Elvis, y que ya de joven me llevó a descubrir géneros como el jazz y el rhytm’n’blues. El rock fue la puerta al mundo: me descubrió a Fat’s Domino tanto como a B.B. King; no importaba que fuese un clásico Duke Ellington o un polifacético Miles Davis: mi viejo «yo» lo escuchaba todo; desde Extremoduro del que extraíamos acordes de las canciones y rasgábamos cuerdas de oído, a Loquillo y Los Suaves; la voz deslustrada que surgía de los discos de Marea, la épica inconexa de Bumburi, los punteados cercanos que explicaban historias conocidas en Platero y tú…

Holly Monument
Monumento funerario en homenaje a los músicos Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. «The Big Bopper» Richardson. La canción American Pie, de Don McLean habla sobre este suceso, que se conoció como The Day The Music Dies (El día que murió la música).

Recuerdo que aquel «yo» se movió en todas las direcciones: atrás, hacia el inicio que marcó el gospel; a los lados, entre escarabajos y piedras, cuando siempre había tiempo para buscar un disco de Dylan, de Hendrix, de Clapton. Y hacia delante, que es aquel camino que se ha perdido en mi día, donde la Doncella y cuatro son todo lo que rescato de las estanterías.

El 13 de julio de 1985 tuvo lugar la mayor concentración de rockeros de la historia, los cuáles tocaron de forma simultánea en los escenarios de Londres y Filadelfia con motivo del Live Aid.

Hoy, Día Mundial del Rock, recuerdo que me costó mucho dejar atrás casi el 90 % de aquel millar de discos físicos que había reunido. Me ayudó pensar que el rock and roll es libertad, y que alguien que de verdad entendiese qué significa eso, no le importaría que hiciese sitio a todo aquello que el género musical más extenso del mundo ofrecía; porque eso era lo importante: el rock también era actitud, y esta no consiste en ser un purista en su burbuja, sino en salir al mundo y descubrir todo lo que se puede hacer.

Nunca me importó si fue Thats Alright (Mama), Fat Man Rocket 88. Fuera Elvis, Ike o Domino, el rock se convirtió en una gran familia, en un océano en el que navegar hacia cualquier dirección, en un estilo de vida. No importa si lo encuentras en un Eye of the Tiger que crece dentro de ti o en un épico viaje de carretera en una chatarra de la que escapa el Born in the USA de Springsteen.

El rock es vida, pero no fue el padre. Antes, hubo cientos de ascendentes que nunca pudieron prever qué haría un redneck de Memphis con una guitarra; el rock no fue el padre, pero creó una familia. Una familia que creció en todas direcciones, y unió a John Denver con Janis Joplin, con Jefferson Airplane, con Johnny Cash, con Queen, con Metallica, y Maiden, y…

El rock es vida, y cuando se convierte en parte de la tuya, no hay nada que puedas hacer: se te presentan miles de historias delante, y hay que tener actitud para sobrellevar algo así.

El dedo que fue

Cuando llegué habían tirado el dedo al container. Todo el dedo. Falange distal, media, proximal, metacarpianos… No quedaba dedo en el tumor. Pero no era un dedo: era una vida. Recogí a Dana en brazos y la cargué a peso; los analgésicos me robarían a mi compañera más fiel por unas horas más, y durmió en el maletero del Jeep —el Jeep que compramos para ellos— todo el camino hasta casa, y luego en casa, todo el día, hasta el anochecer.

Estuve acariciándola por horas, y me peleé con Laura, que quería que la dejase descansar en paz; sin entender que no quería, pero, sobre todo, que no podía. Me tumbé al lado y fingí leer, pero seguí acariciándola hasta que me solidaricé con ella entre sueños por un rato. En algún momento, trató de levantarse, e intentó alcanzar el balde de agua a trompicones. La ayudamos.

Dana (mirada)

Al final, consiguieron echarme de casa por unas horas, y por fin Dana descansó tranquila en nuestra habitación, con las contraventanas cerradas para evitar el asalto de un sol terrible e impropio del mes de junio. Mientras conducía, pensé en todo lo que se había hecho por salvar su dedo y en lo que escondía la infección; y aunque no se deshizo el nudo del estómago, entendí que la tristeza no se vinculaba a la operación en sí, sino a aquello que mi perra me explicaba entre líneas.

Todo el dedo no era un dedo. Era una vida. Toda una vida. Toda una vida juntos. Era el principio del fin. De las carreras, las siestas, los abrazos y los lametones; todo el dedo no era un dedo, era la vida; la vida que empezó a consumirse desde que nos conocimos y que ahora se materializaba en un tumor, en el pelo blanco, en los ojos algo más cansados que ayer, en la serenidad y el entendimiento que ha crecido durante casi ocho años.

Dana (calle)

Era un dedo, pero era la vida de mi perra. Mi perra, que es lo más parecido que yo tengo a una hija; mi hija, cuyo dedo me dice que todos morimos, poco a poco, pero que seré yo aquel que tendrá que encontrar un lugar para su cuerpo ya inerme; mi perra, que no morirá hoy, y morirá; mi perra, a la que abrazo fuerte, e imploro por no olvidarme ni un día más de disfrutar de un atardecer junta a ella, de una mirada cómplice, de una caricia, de un sentimiento, de una vida.

La vida de mi perra, que hoy aún es vida, pero que un dedo amenazó con robármela un instante y, ahora, entre lágrimas, solo pienso en cómo será el vacío que será capaz de dejar ella un día, si un dedo casi me arranca el alma.

A través de una ética de mínimos

La mayoría de movimientos por los derechos de los animales han bebido y crecido amparados en el marco del activismo político. De este modo, en la actualidad, el veganismo filosófico y el antiespecismo son dos corrientes indisolubles que defienden otro nivel de respeto por la vida animal, considerando que el resto de especies no solo tienen derecho a la vida, sino que ese derecho debería ser respetado y sacro debido a un concepto clave sobre el que ya hablé aquí: la sintiencia.

En el germen de estos movimientos, no obstante, hay un gran número de discusiones, donde destacan, por ejemplo, la prevalencia de viejos patrones machistas entre algunos de sus miembros[1] o la defensa y preservación de animales —individuos— frente a la naturaleza, en el que una parte del movimiento apoya una visión objetivista en la cual la naturaleza es un ente al margen de la ética y otra, en cambio, defiende el subjetivismo y, en consecuencia, el intervencionismo necesario frente a un ciervo herido, un pájaro que se ha contagiado de parásitos o una hambruna que ha afectado a una población de caballos salvajes, dividiendo la crítica entre la opresión y la denegación de ayuda. En este caso, no hablamos tanto de una división entre ética animal y ética ambiental, tanto como de los distintos matices que pueden surgir en la primera y, a continuación, explico el porqué.

Gallus gallus - Tipos de especismo
Viñeta de Gallus Gallus que nos habla de los distintos tipos de antiespecismo: uno enfocado a reducir el daño infringido por los humanos y, en paralelo, otro dedicado a prevenir el daño que otros seres sintientes sufren en la naturaleza. Esta segunda ola de pensamiento se sustenta en que, si como seres sintientes y con capacidad de razonar, nos ayudamos entre nosotros, rechazar el especismo supone también ayudar a otros seres sintientes sin tener en cuenta su especie, lo que, a menudo, para algunas personas y activistas choca con las reglas propias de la naturaleza.

En este contexto, el antiespecismo y el veganismo siguen siendo indisolubles y sería muy complicado mencionar una decena de discusiones que enfrentan al movimiento, algo que sí resulta mucho más sencillo de hacer cuando incluimos ecologismo —cuya mayor preocupación es siempre global, y pocas veces basada en la defensa de los individuos no humanos, que son el único grupo que, pese a su enorme impacto a cualquier nivel, no entra en tela de juicio—, por ejemplo, y todavía más frente a términos como «animalismo» o «bienestar animal».

Hasta la fecha, el movimiento de liberación animal ha luchado contra cualquier tipo de explotación y discriminación de otras especies, a veces con graves consecuencias ecológicas, como el caso de los visones americanos en España[2], o mediante tácticas de ecoterrorismo, como el incendio de la granja Chinchilla Farm por FLA México. Otras muchas, lo ha hecho de forma pacífica, como demuestran todo tipo de movimientos de activismo individual o colectivo, como ejemplifica PETA, Anima Naturalis o Igualdad Animal.

De cualquier modo, la asunción de una filosofía y una actitud política en la defensa de los animales ha recogido siempre claros matices de imposición de un programa y difusión del mismo con el fin de ampliar el apoyo popular. Este texto no tiene la pretensión de probar que esta es una actitud contraproducente, pues no tengo ni los datos ni la seguridad de creer que existen alternativas políticas y de activismo más eficaces, sino de mostrar cómo polarizar el discurso no es la solución frente a la explotación animal y, del mismo modo, que la asunción de ciertos objetivos bienestaristas, que han sido ampliamente criticados en muchos círculos que defienden la liberación animal inmediata, pueden resultar muy útiles para mejorar la vida de millones de animales y cambiar los hábitos de vida, consumo e incluso la ética de grandes grupos de población.

Para ello, no obstante, debemos hablar sobre un concepto que, en la búsqueda de juicios absolutos, relegamos o desvalorizamos: la ética de mínimos. Se entiende por «ética de mínimos» la rama de la Filosofía práctica dedicada a encontrar una vía de mejora para el entendimiento y la comunicación en un asunto, centrándose en aquellas premisas o comportamientos mínimos que compartimos y que posibilitan la convivencia y la tolerancia.

La realidad es que no sabemos con total certeza qué estrategias son las más eficaces por los animales. Sólo recientemente hay  quien se ocupa de evaluar mediante métodos más rigurosos el impacto de diferentes intervenciones para determinar cuáles pueden hacer el mayor bien. Pero sí podemos concluir que la forma tradicional de plantear la reflexión estratégica -o bien se defiende que sólo debe educarse en la injusticia de toda explotación con el fin de abolirla, o bien se defienden prohibiciones o reformas con el fin de reducir los daños que los animales reciben- obedece a la simplificación de un problema complejo. Ello impide pensarlo de la forma adecuada, llevándonos a soluciones tan atractivas por su claridad y sencillez como probablemente falsas.

Fragmento de ‘Posición política: antiespecista’ de Eze Paez

La ética de mínimos es la base de cualquier tipo de bienestarismo político, y puede ayudarnos mucho en la búsqueda de ideas en común a través de las que articular nuestros discursos como activistas. Hoy, el antiespecismo o el veganismo tienen una ideología muy marcada, que a menudo ha sido tildada de «radical» por la mayoría de la población, puesto que, si bien no es un discurso impuesto, sí es común que parte de los activistas acojan claras posturas impositivas o de valoración moral, en vez de respetuosas y ejemplarizantes frente al interlocutor, como siempre deberían ser; por el contrario, su acercamiento es totalmente erróneo, ya que se basa en todos esos puntos que difieren entre vegetarianos estrictos y consumidores de productos de origen animal, entre antiespecistas y ecologistas, entre defensores de la tauromaquia y antitaurinos; todos los discursos políticos relacionados con la defensa de los animales hacen hincapié en los puntos del discurso que nos separan (en los que no coincidimos) y no en aquellos en los que sí.

anticaza-inglaterra
Saboteadores ingleses que boicotean la caza del zorro. Más información sobre el movimiento aquí.

Asimismo, es habitual que al cambiar este discurso impositivo («yo tengo razón por esto, esto y esto; tú estás equivocado por esto, esto y esto») por otros tipos de formas de comunicación que no sean taxativas se percibe como una debilidad e incluso una perversión de nuestras convicciones; en realidad, se trata de todo lo contrario: la mejor oportunidad para poder argumentar y convencer a nuestro interlocutor/a, siempre y cuando seamos consciente de que esta estrategia comunicativa y asertiva busca puntos de contacto con el interlocutor del activista, pero no modifica nuestro propio discurso interno.

Un ejemplo común de esta dinámica entre veganos es poner en evidencia a los demás moral e intelectualmente. Es decir, implicar que el otro es menos inteligente y menos ético, a menudo porque no está de acuerdo con nuestro punto de vista. El objetivo de poner a los demás en evidencia moral e intelectualmente es demostrar que nuestro punto de vista es «correcto» y el otro «incorrecto», en lugar de examinar y debatir objetivamente las diferentes perspectivas.

Fragmento de ‘Poner en evidencia a los veganos perjudica a los animales’ de Melanie Joy

 

El mensaje del veganismo ha demostrado que no es efectivo: un 84 % de los veganos vuelven a consumir productos de origen animal, mientras que el porcentaje de personas que luchamos contra la explotación sigue siendo irrisorio entre la población global. El auge de nuevas potencias como China o la India, además, supondrá un durísimo varapalo al activismo antiespecista a medida que estos países acojan y estandaricen un consumo de animales mayor.

La ética de mínimos, por el contrario, establece una vía de activismo eficaz que, bien dirigida, puede conseguir pequeñas victorias constantes que deben dirigirse (y pocas veces se hace) hacia nuestro objetivo último. La ventaja de trabajar a través de esos mínimos es que nos permitirán influir de verdad en la gente; así, un defensor de los perros que come otros animales suele ser criticado por especista sin comprender, a menudo, que esa empatía que él ve en los ojos de un can, puede generalizarse hacia un gato, o un caballo, y después hacia una vaca, o una oveja, o cualquier animal; incluso un taurino ve algún tipo de belleza en el animal, belleza perversa quizá, mal entendida, pero que seguro puede ser un primer paso hacia el cambio.

Fundación MONA
Grupo de chimpancés de la Fundación MONA, donde estos primates —en principio, irrecuperables— conviven ajenos a cualquier tipo de actividad humana más allá de la observación.

El principal problema que enfrentan ahora los movimientos de liberación animal es que sin esta ética de mínimos que da pie a cruzar ideas e inferir en los demás, resulta imposible alcanzar a todas esas personas cuyos pensamientos son dicotómicos a los nuestros; aun asumiendo que nuestra ética es la más perfecta, justa y buena existente, deberemos comprender que esta no funciona a través de la imposición, sino de la razón y el desarrollo personal y libre (1), que nosotros también nos equivocamos en el pasado y seguimos haciéndolo en otros muchos términos morales (2), y, por lo tanto, no es justo creer que otros no tienen la potestad de hacerlo, de caer en el error, que nosotros sí tenemos, y, sobre todo, que excepto en aquellas luchas en las que somos «amplia mayoría», la imposición, incluso la imposición de una ética más justa, no tiene fuerza —y perdería gran parte de su justicia con la misma acción—, por lo que deben ser otras las estrategias escogidas para buscar el cambio (3).

Sobre esto último, un gran ejemplo lo tenemos en la tauromaquia en España, cuyo apoyo entre los ciudadanos ha caído bajo mínimos, y, aun así, no hemos conseguido (todavía) su total prohibición. En tal caso, si una lucha que apoya una amplia mayoría cuesta tantísimo de ganar, ¿cómo vamos a conseguir una sociedad vegetariana, vegana o antiespecista en minoría? En esta, la educación actual y el relevo generacional marcarán un antes y un después, pero sería absurdo olvidar que lo que inicia cualquier diálogo es lo que nos une y no lo que nos enfrenta.


[1] Hace pocos días, saltó a la luz la división entre El Hogar y ProVegan auspiciada por agresiones y tratos vejatorios por parte de uno de uno de los miembros directivos

[2]  No deberíamos olvidar, no obstante, que la culpa de la expansión del visón americano en España recae, por este orden: en las empresas que explotan animales, las mismas empresas que han liberado muchos de estos animales al cerrar y los activistas que han realizado acciones similares.

En un bar del centro

En un bar del centro es el segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Subió la reja, y la persiana, abrió la puerta, y encendió los trastos de la cocina. Pasó la gente, tomó el café, y escaparon tras enfrentar las respectivas cuentas. Después, llegó el mediodía, y la Lola empezó a preparar los menús. Su marido, siempre él, los garabateó en la pizarra, con pan, bebida y postre. Por último, prendió la radio, sobre el quicio de la ventana que daba a la terraza, y, como cada día, empezó a sonar un rasgueo de guitarra que nacía en Re, seguía en Sol, y luego en La…

En seguida, la gente curioseaba a ver qué hacían esos dos. Encendiendo una radio y buscando, por el dial, una indescifrable canción. En un bar del centro, en plena calle mayor, donde el camarero sonreía ya con propensión.

Y el sonido trajo hacia ellos la clientela prevista: decenas de turistas y algún excursionista, local, en este caso, que se instalaba junto al resto, en las mesas de una terraza del centro, que empezaban a pedir cañas, y bravas, y tapas, y un menú tras otro. Excepto una, que acogía a una pareja, que miraba embelesada y se susurraba magia al oído. Ella sonreía, y ahora curioseaban los clientes, a ver qué hacían esos dos, musitándose promesas mientras el bar despertaba en plena calle mayor.

Fueron tres o cuatro estrofas y un gancho, y, como cualquier día, todo se aceleró. A partir de ahí, se establecía la escena: un hombre apuraba la copa que había encima de la mesa, dispuesto a dejar monedas y escapar hacia su hogar; pero a la chica presente, el alcohol convirtió en princesa y, frente a él, supo que no saldría ilesa. De la radio brotaron algunas notas más, rasgadas con corazón, y la chica se desnudó con ayuda de ese amor, de promesas en miradas, y recuerdos compartidos; después, ya desvestidos, y, frente a un mundo, empezaron los gemidos.

Varias veces el camarero les llamó la atención, por aquello de estar amándose en plena calle mayor, pero no era más que un truco, un ardid, una excusa, pues el bar vivía del amor de esas parejas difusas, que aparecían en mesas cuando sonaba la radio, y se apagaban fundidas cuando aplaudía el estadio.

Nadie entendía por qué, pero en el bar de la Lola, la radio prometía clientes y un espectáculo ardiente, pero ni bendición y condena van de la mano siquiera, porque lo que gastaban clientes, repercutía en agentes, de policía, que llegan con el escándalo fuera, mientras vecinos se muestran cansados, hartos y viles, al condenar ese acto, tan natural como antiguo, que reproduce por siempre la melodía de un pillo[1].


[1] Este relato está inspirado en una canción del cantautor catalán Albert Pla.

La ilegalidad tiene dos caras: condena o burla

David Casinos es un atleta paralímpico español. Nació en Valencia en 1972 y ha sido medalla de oro en cuatro JJ.OO. consecutivos: Sidney (2000), Atenas (2004), Pekín (2008) y Londres (2012). Sus principales disciplinas son el lanzamiento de peso y de disco y peso, y su trayectoria deportiva es impecable y digna de todo tipo de reconocimientos.

David compite en la categoría B1, pues convive con una ceguera total en su día a día; algo que no parece haberle impedido alcanzar las metas que se ha propuesto a lo largo de su carrera, y, sin embargo, nos demuestra que, a veces, los grandes obstáculos no son deportivos, sino que llegan de donde uno menos esperaría: el deber cívico de sus conciudadanos.

Así, en los últimos meses, la compañera de David, Farala, una preciosa labrador de color negro, ha sido vetada de cuatro taxis entre Madrid y Valencia por «soltar mucho pelo», algo que el deportista precisaba en El Mundo: «este tipo de situaciones suponen «hechos aislados», […] la mayoría de conductores son gente maravillosa, aunque de vez en cuando te encuentras a estos bárbaros.» En la estación madrileña de Atocha, Casinos denunció a los conductores, pero tuvo que volver a lidiar con ello en la de Sorolla, en su localidad natal.

David Casinos y Farala
El deportista David Casinos junto a Farala, su perro-guía, una labrador de pelaje negro. ©Biel Aliño

De cualquier modo, este es uno de esos casos cívicos que más portadas debería llenar en la prensa y más tiempo ocupar al poder legislativo; la razón es sencilla: creemos que es una minucia que David Casinos quede con su perra-guía en tierra porque un taxista no desea dejarles subir, y, entonces, justo entonces, es cuando la excepción empieza a convertirse en la norma.

Si este se planta porque no quiere quitar cuatro pelos del taxi, ¡voy a ser yo el imbécil!, pensará algún otro conductor que no entiende que esa también es una de las obligaciones de su trabajo, y que nada tiene que ver con el transporte de animales de compañía para otros usuarios.

La duda ahora es si las demandas de Casinos trascenderán, e incluso si el Sindicato del Taxi actuará motu proprio, y, de este modo, si estos conductores que, además de ser unos maleducados, se han saltado a la torera sus obligaciones laborales serán castigados como es debido. Si así fuera, percibiríamos como la ley tiene el poder justo que ciudadanos e instituciones le ofrecen, y entenderíamos que son estas las causas que lo merecen y que construyen nuestra sociedad. Por el contrario, obviar estas situaciones, hacerlas de menos, supone un flaco favor a David Casinos y al resto de compañeros con dificultades de visión, movilidad, etcétera; pero no solo a ellos, también a todos aquellos que podemos creer que la ley construida y aceptada entre todos, ha terminado por convertirse en una caricatura donde estas excepciones no se frenaron a tiempo.

Por el momento, la opinión pública se ha mostrado totalmente a favor del deportista, hecho que tranquiliza, y ahora queda por ver si echamos a andar los mecanismos necesarios para evitar estas vergonzosas excepciones, o nos acercamos, con tristeza, un poco más hacia el incivismo.


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No es cuánto, sino cómo

El otro día murió David Delfín. Tenía 47 años. Algo así como 17.155 días: 411.720 horas: 24.703.200 minutos… Ya os hacéis una idea.

Apenas conocía el trabajo de Delfín; tampoco el de Bimba, sobre quienes, en la distancia, solo puedo advertir que otros vieron algo especial, pero no yo. Exactamente lo mismo que me ocurre con algunas de las chicas que Almodóvar cree haber hecho suyas en muchos de sus filmes: necesitarías los ojos de otra persona.

David Delfín y Bimba Bosé
Fotografía del diseñador David Delfín junto a la modelo Bimba Bosé.

Por lo tanto, y como siempre, para lo que algunos allegados fue un mundo y un golpe durísimo, para el resto quedó grabado en un titular de hemeroteca. Eso es más de lo que deja atrás la mayoría, quienes se contentan con una esquela o un linaje de consanguinidad; pero tampoco engañaré a nadie si digo que, para muchos, también es un pensamiento recurrente.

Yo mismo, frente al ataúd de mi abuelo, pensaba: ¿Cómo un hombre tan bueno no ha conseguido llenar de asistentes el tanatorio entero? Más tarde comprendí que el padre de mi madre tenía otra virtud: no solo era bondadoso, sino que también fue siempre alguien sencillo. Con mi padre, ocurrió algo similar; pensaba: ¿Cómo alguien que no solo ha sido buena persona, sino que ha tenido un gran éxito en los negocios «solo» ha conseguido llenar un tanatorio hasta la bandera? Quizá tenga suerte, y, algún día, alguien piense sobre esto mirando el mío.

Lo cierto es que, aunque sabía de muchos aspectos de la vida de mi abuelo, o de mi padre, una amplia mayoría quedaron a oscuras y se perdieron bajo una tumba; en realidad, entre porcentajes, es difícil que conozcamos más allá de una escueta cifra a quienes conviven entre nosotros; en realidad, quizá conocemos un 1 % de la vida de nuestro artista favorito y un 3 % de la de nuestro padre. Difícilmente sabremos a cuántas chicas amó, o qué escondían sus silencios; jamás entenderemos cuántos miedos ocultó al mundo, ni el porqué, y eso es maravilloso, fascinante e irrepetible.

El hijo del hombre de René Magritte (1964).

Una vida es algo mágico, ¿y cuántas veces lo olvidamos? Sentimientos y emociones que quizá nadie más experimentó nunca; caminos que no volverán a recorrerse del mismo modo, personas que el azar unió una vez entre miles y miles de años, seres que el azar creó entre miles de millones de partículas… Confundimos la unicidad de cada una de nuestras existencias con la importancia que estas tienen en el universo. Puede que él, como diseñador de moda, nunca pensase en la importancia de cada uno de nosotros en el cosmos, ¿pero acaso habría escrito estas líneas si alguien a quien jamás conocí no hubiese muerto este mes?

David Delfín murió el día 3 de junio. Eso es hace 24 días: 576 horas: 34.560 minutos… Ya os hacéis una idea: desde entonces, ha transcurrido un 0,14 % del tiempo que él vivió, así que, quizá, y solo quizá, la clave no sea cuánto, sino cómo.