Fallout y la filosofía de Vault-Tec Industries (III)

Te adelanto que esto es un artículo que surge por mera pasión. Puede que esa sea una declaración demasiado fuerte para ti, que no creas que un videojuego pueda transmitir las mismas sensaciones que un libro, una película o una canción y, en tal caso, lo mejor será que esperes a la siguiente entrada del blog.

Los universos postapocalíptico siempre me han apasionado. Quizá como dijo Murakami en algún punto de 1Q84 que ni recuerdo ni he conseguido encontrar: Todo hombre anhela en el fondo de su corazón poder contemplar el fin del mundo. Probablemente la frase no sea exactamente así, pero traslada bien esa parte de egoísmo de la que ninguno de nosotros puede desprenderse.

Uno de los puntos fundamentales de toda la saga y, en especial, tras la construcción de ese mundo mucho más completo que se nos ofrece a partir de Fallout 3, han sido los refugios de Vault-Tec —sobre los que hablé anteriormente en el blog, aquí aquí—.

Vault-Tec Industries (Industrias Vault-Tec) fue una misteriosa empresa norteamericana que fabricó espacios subterráneos a salvo de la radiación y los peligros de una era nuclear con un terrible propósito oculto: para los habituales de este macrocosmos, algunos ejemplos que conocerán son Virus de Evolución Forzada (y la comunicación permanente del Refugio 87 con la Base Militar Mariposa), las prácticas de supervisión autoritaria del Refugio 101, el uso de drogas y el estudio del síndrome de abstinencia así como todo tipo de experimentos morales, sociales, y muchos más.

Explosión nuclear en Boston (Massachussets) durante la Gran Guerra de 2077 (Fallout 4)

Gran parte del atractivo de los refugios, pues, se lo confiere esa «doble moral» de la empresa que quiere aprovechar el Holocausto para experimentar con los refugiados a modo de conejillas de indias. Por ello, mi decepción fue enorme al ver que en Boston (en realidad, en toda la Mancomunidad de Massachussets) solo había cuatro refugios y que ninguna mantenía una historia excesivamente interesante.

En busca del Macguffin del Refugio 111

Todos los títulos de Fallout empiezan con un habitante de refugio que debe abandonar su zona de confort para enfrentarse a un mundo posapocalíptico. Esto también ocurre en Fallout 4, donde un militar joven con mujer y un hijo recién nacido que vive cerca de Concord, consigue acceso al Refugio 111 poco antes de que estallen las bombas en la Costa Este en 2077 (por si no lo sabes, en este mundo la Guerra Fría se extiende y recrudece a partir de 1960, donde el mundo opta por fisionar y fusionar átomos para estructurar la creación de energía durante el siglo XX y la mayor parte del XXI).

Sin embargo, el Refugio 111 también tenía una misión —no tan secreta— para los ocupantes del mismo: observar cómo afectaba la congelación criogénica en sujetos vivos por largos periodos de tiempo (que puestos a contar algún spoiler que otro, no acaba bien, todo sea dicho). El Único Superviviente (Sole Survivor, en el original) debe descubrir qué ha ocurrido con su hijo, congelado junto a su difunta mujer, y robado tras haber sido descongelados en algún momento entre 2077 y 2287.

Criogénesis en el Refugio 111

Más allá de todo esto, el verdadero Macguffin de la historia, deja rápidamente atrás el por qué estaban estudiando la criogénesis de larga duración, y el mismo refugio, donde la falta de «secretismo» de las actividades y la ausencia de una verdadera necesidad del recurso (en realidad, poco importa que les engañen para congelarlos o que se hubiesen caído en una nevera portátil) hacen que este sea uno de los refugios menos interesantes de Vault-Tec.

Genoma y Refugio 75

Repleto de mercenarios que se han atrincherado allí para sacar partido a las instalaciones, el Refugio 75 tiene una de las historias más interesantes de Fallout 4 donde durante décadas se buscó una mejora del genoma humano a través de la «cría» selectiva, los tratamientos hormonales y un ciclo de reproducción acelerado con un límite en los 18 años.

Gran parte del atractivo de esta microhistoria se encuentra en la posibilidad de extrapolar muchas de estas ideas a filosofías del pensamiento que se iniciaron a finales del siglo XIX en Europa y durante gran parte del siglo XX por el mundo entero.

El ejemplo más conocido es la eugenesia estatal de la mano de los nazis en Alemania, así como la búsqueda de una raza aria pura, donde el máximo exponente fue Himmler con su Lebensborn Eingetragener Verein. Pero por desgracia no fue un caso único; en EEUU, por ejemplo, se realizaron esterilizaciones forzosas a partir de 1897, igual que a inicios de la era Shōwa japonesa (1926-1989), o la castración de más de 60.000 personas suecas (y la lobotomización de 4.500 más) que eran en su mayoría de etnia gitana.

Servoarmadura (Hermandad del Acero, Fallout 3)

Asimismo, todos los datos que podemos encontrarnos por el juego, relacionan esa mejora genética con ciertos informes, que no es posible corroborar, donde el ejército estadounidense había encargado a Vault-Tec adiestrar a niños para convertirlos en supersoldados. Una idea que ya ha aparecido incluso en la prensa en relación a las nuevas tendencias militares que se están imponiendo en Europa y EEUU gracias a la biotecnología. Algunos ejemplos son el programa DARPA o la armadura TALOS, que tiene un gran parecido a cierta servoarmadura de cierta Hermandad del Acero, ¿verdad?

De algún modo, visto lo visto, resulta irónico que el refugio se encontrase bajo una escuela de educación primaria ocupada por una organización paramilitar posterior a la Gran Guerra, ¿verdad?

Un Refugio… muy poco santo

Por otra parte, el Refugio 114 fue ocupado alrededor de 2287 por la banda de Flaco Malone durante la trama principal de Fallout 4. Anteriormente, se construyó para ser el hogar de celebridades locales, gente de negocios y sus familias, según los terminales de datos que podemos consultar.

El protagonista lo visita sí o sí durante la trama de la misión Un Valentín muy poco santodescubriendo que las condiciones de lujo fueron exageradas para que Vault-Tec pudiese estudiar las reacciones de individuos comunes junto a las de otros que lo tenían todo antes de la guerra con el mínimo de facilidades posibles.

Además, hay varias holocintas (cintas de audio que funcionan en el PipBoy y en otros dispositivos electrónicos en el juego) en las que se deja entrever que la elección del Supervisor se hizo siguiendo criterios concretos con los que hallar a una figura que no tuviese problemas en dañar física o psicológicamente a los habitantes del refugio si creía que podían socavar su posición de superioridad. Una mezcla que, con toda seguridad, no iba a funcionar bien.

Desde fuera, lo más lógico es que un búnker antinuclear como este fuese el escenario perfecto para estudiar cómo actúan varios individuos acostumbrados a una posición de superioridad en una situación adversa donde no pueden contar con sus habilidades o estatus social usual y cómo reaccionan el resto de sujetos de pruebas, acostumbrados a esa situación. Finalmente, el experimento no se llevó a cabo, pero algunos indicios parecen señalar que la intención era demostrar si el Supervisor se rendiría al principal grupo de presión y qué harían el resto de habitantes en una posición de inferioridad.

Nick Valentine en el Refugio 114

Aquí hay muchas influencias a tener en cuenta, aunque quizá el concepto lucha de clases de Karl Marx y Friedrich Engels sea el que mejor funcione para analizar una situación como esta.  Un entorno reducido que, probablemente, el filósofo Karl Popper vería más sencillo de analizar a través del concepto en sí,  a diferencia del uso de la lucha de clases para explicar una historiografía completa de los acontecimientos, al estilo de la dialéctica histórica hegeliana.

Cabe reseñar también la posibilidad de una lectura menos profunda, pero igualmente interesante a través del realismo político de Maquiavelo o Hobbes que veían cómo la propia naturaleza humana era aquella que conducía hacia las leyes aplicadas a la sociedad y la política.

El relativo éxito del Refugio 81

Por último, nos queda comentar los pocos datos con los que contamos del Refugio 81, todavía en funcionamiento en 2287, cuando el protagonista del videojuego despierta.

Activo durante más de 200 años, podríamos afirmar que se ha mantenido como uno de los pocos refugios que ha alcanzado un éxito inesperado. No obstante, el aislamiento prolongado los ha vuelto recelosos frente al exterior, y también xenófobos, algo común en individuos con poco contacto con otros grupos de población; en un escenario posapocalíptico como la Commonwealth de Massachussets esta hostilidad está parcialmente justificada, pero el miedo por los extranjeros también los separa de hacer crecer su comunidad o recibir ayuda del exterior[1].

En casos extremos, la psicología ha conseguido probar una variación en las capacidades perceptivas de los seres humanos que harían que sobrevalorasen su cultura o tradiciones por encima del resto; por lo que los niveles de empatía y otros sentimientos de familiaridad y afecto funcionarían a unos niveles muy inferiores fuera de ese “círculo de seguridad”.

Goodneighbor, en Fallout 4 por la noche

De cualquier modo, hay que tener presente que la organización tribal y la prevención frente a lo desconocido, dos grandes evolutivos arcaicos de los grupos de homínidos y primeros humanos, son valores que en cualquier yermo volverían a tomar una preponderancia lógica: ya lo vimos con la Legión de César en el Desierto del Mojave (Fallout: New Vegas, Obsidian Entertainment, 2010), por ejemplo.

Vault-Tec desarrolló el Refugio 81 con la misión de obtener una cura única y universal para todas las enfermedades que puedan sufrir la población, usando a los residentes como sujetos de pruebas. Sin embargo, antes de que pudieran comenzar las pruebas con seres humanos, el supervisor del refugio, el Dr. Olivette, sufrió una crisis ética: su conciencia no le permitió algo así, y desactivó el sistema de distribución de enfermedades del refugio, sellando la salida del Refugio Secreto desde el que se controlaba a la población y asegurando la seguridad de los residentes.

Dejando al margen el desenlace de lo que ocurre en este “doble Refugio” (puedes consultarlo aquí), la realidad es que una política social de estas características podría extrapolarse a sucesos como los del doctor Josef Menguele en Auschwitz y, salvando las diferencias, experimentos como los de Pavlov, o Skinner, así como muchos otros conflictos a los que, hoy día, se enfrenta la bioética a través de sus cuatro principales fundamentos: autonomía, beneficencia, maleficencia y justicia.

Final de Fallout 4

Por desgracia, en Fallout 4 estos son los cuatro únicos refugios nucleares que podemos encontrar, con el problema añadido de que no tienen una gran relevancia en la trama principal; pero como has podido comprobar, cada uno de ellos abre un gran número de incógnitas difícilmente delimitables en una única idea.

Pero bueno, como seguro que has escuchado muchas veces: I don’t want to set the world on fire, I just want to start a flame in your heart…


[1] El protagonista (El Único Superviviente) puede cambiar la mentalidad de los habitantes del 81 con sus acciones.

Viajar hacia el Oeste

Hoy, quedan poco más de quince días para coger un avión que conecte Barcelona con Moscú, y Moscú con Nueva York. Hoy, me ha salido un grano debajo del ojo. Uno de esos sin cabeza, de esos que duelen tanto y que las personas que jamás hicimos caso a un dermatólogo apretamos rechinando los dientes y deseando que explote para liberarnos del dolor; sin pensar en poros, marcas, bacterias o cicatrices.

Esa es la razón por la que apenas he escrito nada en todo este mes. Hablo del viaje, claro, no del grano; para ocuparte de ese grano no necesitas pasaportes en una caja de madera que se acompañan de unos cuantos miles de dólares, el carnet de conducir internacional y una bucket list a medio rellenar para que, al salir de Chicago, podamos sumergirnos en un verdadero viaje por carretera conectando moteles, ciudades y estados a lo largo de más de 5.000 kilómetros. Al menos esa es la idea.

Tramo de carretera de la Ruta 66

De algún modo, todos los proyectos que tenía en mente se han detenido ante la esencia de un verdadero viaje transatlántico de más de un mes y ese hormigueo que, poco a poco, va convirtiéndose en miedo, incertidumbre, deseo e incluso necesidad mientras dejas volar tu imaginación con los ojos fijos en una mesa constantemente repleta de guías de viaje, mapas de carreteras, portátiles con consejos y hojas garabateadas con un programa calendarizado con el que nadie debería acorralarse demasiado.

El camino del nómada siempre conduce al Oeste.

Wallace Stegner (1909-1993)

A primera hora de la tarde, también suelo tumbarme unos minutos en la cama a descansar tras el madrugón diario. Hoy, ese grano que se ha empeñado en acompañarme hasta la treintena no me ha dejado pegar ojo y, con el viaje tan cerca, no he podido evitar pensar en lo cansados que vamos a llegar a EEUU tras una escala de 5 horas en Rusia y un vuelo de casi 11 horas hasta aterrizar en el JFK a mediodía. Un día entero de aviones y aeropuertos para el que tengo prohibido usar frases repletas de sarcasmo o quejarme mucho, dado el precio que mi chica consiguió y lo poco que yo me preocupé de mirar los billetes de ida. Craso error: lo sé.

Sin embargo, en todo caso, esto solo engrandece el viaje, desde el principio y hasta límites de lo absurdo, algo que siempre he respetado y que, si no me bombardean o despeñan el avión —sí, soy uno de esos tipos que cuando hay una turbulencia mira con ojos de cordero degollado a toda su fila de asientos—, solo será un mal menor y un jet lag del carajo, si es que eso existe y no son cuentos.

Pero lo de los perros será otro cantar. Un mes sin animales cerca es algo que sé que llevaré mal desde el principio, desde mucho tiempo antes del día en que partamos, y por mucho que nos hemos preocupado en buscar dos grandes amigos que cuidarán de todos, hay un sentimiento de esos que entremezclan preocupación con melancolía; una sensación que sabes que te acompañará a lo largo de todo el viaje de modos muy distintos.

mapa-ruta-66

Todavía quedan cosas por hacer pero, a grandes rasgos, se ha iniciado esa cuenta atrás que anuncia que, para que el viaje realmente empiece, lo único que resta por hacer es olvidarse y dejar que los días pasen. Esa escena típica de las películas en la que se dedican a llenar maletas con ropa y a vaciarlas una decena de veces que no he emulado jamás en mi vida; de hacer sitio para la cámara de fotos y los objetivos, para el portátil y un par de buenas lecturas con las que matarse orgulloso, sea de ida o sea de vuelta. De viajar junto a un cuaderno, junto a media docena de guías de viaje, y junto a muchas, muchas, muchas ideas, y sueños, y experiencias que vivir este marzo en el que conoceremos Nueva York, Chicago y más de un centenar de pueblos y ciudades que conectan la Ruta 66 hasta Los Ángeles.

Y termino, porque a medida que escribía esta entrada, lo cierto es que no he podido evitar plantearme qué podré contar mientras nos movamos de la Costa Este a la Costa Oeste. Supongo que eso es lo que pretendo descubrir este marzo, donde las buenas experiencias seguro que no darán tan buenas historias como las malas, y para las malas no habrá tiempo suficiente para pulir el texto y seguir viajando, como es propio de un cuaderno de viajes, o de lo que leches aparezca aquí.

En resumidas cuentas, esta es mi forma (rebuscada y barroca) de decirte que en marzo, recorreré junto a mi chica la Ruta 66 y algunas grandes ciudades de EEUU; y escribiré sobre ello. Bueno, no me mires así. Ya sé que lo habías pillado.

Por ahora, sigo leyendo, y leyendo sobre la Ruta, e imaginando historias; en unas semanas, ya veremos.

La extraordinaria historia de Ava

Hoy, encontré en una estantería un libro titulado The Strange and Beautiful Sorrows of Ava Lavender, y me acordé de Ava, pero de otra Ava. Me acordé de la Ava sevillana, la de cuatro patas, la valiente Ava que vivió dos años cargando con una infección enorme; con una infección que resultó ser un cáncer. Un cáncer que la alejó de aquellos que nunca la sintieron cerca, y en ningún caso la merecían; pero que la alejó tarde; llegamos tarde; por una vez, escapó el milagro.

Fue esta misma semana, no hace aún siete días que los voluntarios y el equipo veterinario que la rescataron quedaron destrozados; miles y miles, y millones de personas que se volcaron en salvar a esa perra que no podía soportar más enfermedad, supieron la mañana del domingo que, esta vez, no habría final feliz.

Ava (Let's Adopt Spain)

Se fue. Pero se fue rodeada de gente que no veía más que futuro y perdón en su rostro desfigurado, y asistía como testigo de una única deformación llegada desde el sur del país, pero que en ningún caso surgía del hocico de Ava, sino del negro —negrísimo— corazón de sus antiguos dueños, que no familia.

Hoy, con las lágrimas ya secas de una tragedia que conforma parte de nuestra identidad nacional, solo hay tres cosas por las que luchar bajo la estela de esa perra que marchó de San Juan de Aznalfarache a la eternidad: la verdadera Ley de Protección Animal que nuestros compañeros necesitan y merecen, el recuerdo de ese animal que encontró tarde una familia más numerosa de lo que nunca habría imaginado y un castigo ejemplar, un castigo tan fiero, inflexible y tenaz como el maltrato sistemático y cobarde que Ava sufrió.

Hasta siempre, Ava.

Mientras se nos recuerda, seguimos vivos.

Tú, querida amiga, vivirás para siempre.

Esas son las palabras con las que te despidieron. No las hay mejores.


Podéis saber más de la historia de Ava en este enlace y en la página de Facebook de Let's Adopt Spain.

El esperpento y La que se avecina

La tragedia nuestra no es tragedia.

Luces de bohemia (Ramón de Valle-Inclán, 1926)

Muchos crecimos con Aquí no hay quien vivao todavía nos cogió bastante jóvenes como para rendirnos al sofá en familia; después, un buen número mantuvo la saludable afición de ver alguna serie española en la televisión —aunque solo fuera por contraste a la masificación audiovisual americana. Yo no lo hice, con una excepción: La que se avecina.

La que se avecina (LQSA) era el salto de Aquí no hay quien viva a Telecinco. Con diferencias significativas, pero con semejanzas en temas de guion, actores y estilo narrativo que llevaron a mover papeles en el juzgado madrileño debido a acusaciones de plagio por parte de la serie madre. Se cambió la calle Desengaño por la urbanización Mirador de Montepinar; también se modificaron papeles, y se incorporaron nuevos rostros, como un polifacético Jordi Sánchez (Antonio Recio), un brillante Antonio Pagudo o un genial Nacho Guerreros que ya apuntaba maneras en TV con su papel de José María en la última temporada de Aquí no hay quien viva en Antena 3.

MAX: ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!

DON LATINO: Una tragedia, Max.

MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO: ¡Pues algo será!

MAX: El Esperpento.

Luces de bohemia (Ramón de Valle-Inclán, 1926)

Pese a todo ello, la serie se planteaba como una historia de humor sobre un grupo de vecinos donde la sátira, el sarcasmo y los excesos de una atmósfera cotidiana tendían hacia el surrealismo. Pero no fue así como empezó.

Los inicios: del Aquí no hay quien viva 2.0 a España entera

[…] deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.

La primera temporada e incluso gran parte de la segunda reservó la historia que allí se narraba a los límites de Mirador de Montepinar; probablemente por eso fue el periodo donde las tramas más avanzaron (Araceli abandona a su marido, Enrique Pastor; el mundo de color rosa de los “cuquis” se va al carajo; la peluquería se convierte en un bar; el moroso aparece, desaparece, y se supone que se muere…).

Antonio Recio y Coque de musulmanes
La sangre de Saladino corre por mis venas…

En los primeros treinta capítulos, La que se avecina es una continuación del humor cercano y de gags y frases recurrentes al que nos tenía acostumbrados Aquí no hay quien viva. Se cambia el un poquito de por favor por el ¡Ay, mi cuqui!, ¿quieres salami?, ¡Antonio Recio, mayorista, no limpio pescado! o Enrique Pastor, concejal de juventud y tiempo libre y su… ¡alehop!

Se amplía el registro, pero se mantiene la idea que ya había funcionado en la serie estrella de Antena 3 y que seguiría dando sus frutos en LQSA. Hasta que, pese a mantener una cuota de pantalla altísima y un elenco de personajes-actores de lo mejor de este país, ella misma teme volverse repetitiva. Entonces, amplía fronteras y empieza a abrirse a historias que se suceden por toda España.

Entre 2007 y 2008, las tramas que narra semanalmente La que se avecina recogen temas universales que se mantendrán como hilo conductor: la convivencia en una comunidad, los vecinos tocapelotas, la crisis inmobiliaria y las chapuzas que, por aquellas fechas, era de lo que hablaba todo el mundo; de los líos de escalera, y los de cama, e incluso de los vecinos morosos o del típico lío-fantasía sexual con la asistenta (al que José Luis Gil y Cristina Medina le dan tres vueltas de tuerca en Un trío, una asistenta y una lluvia de coliflores).

Los leones en el Max&Henry
Ya sabes. ¿Pero qué somos, leones o…?

Cuando Amador empieza a perder neuronas por el camino

En España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban.

Llegados a este punto, de junio a septiembre de 2009 pudimos ver cómo las historias iban acogiendo una narrativa más general: el racismo y la homofobia de Antonio Recio se presentan con la hipocresía de un moro rico, que ya no es un moro, sino árabe; lo que supone acoger a una suegra en casa a pasar unos diítas; los problemas de dinero que sufríamos la mitad del país; la menopausia precoz o la crisis de los cuarenta; junto a todo ello, la trama de la comunidad también avanzaba, pero mucho más centrada en un escenario general, donde los episodios que afectaban a la comunidad de vecinos siempre mantenían un nexo de unión con la actualidad; vimos la actualización y el follón con la TDT (Televisión Digital Terrestre), las tribus urbanas con las que convivimos, los babosillos de la discoteca, los vividores folladores (y también las chicas ultramodernas que tienen que tener un tío distinto en casa cada noche, claro), la tasa de divorcios o las sexualidades alternativas (como gays, lesbianas y también transexuales, que ya nos había acercado Aquí no hay quien viva).

Antonio Recio y Coque, los payasos justicieros (LQSA)
¡Somos los payasos justicieros, azote de los corruptos y héroes del pueblo!

A su vez, Amancio (perdón)… Amador Rivas, uno de los personajes más célebres de la serie, sufre una completa metamorfosis durante la tercera temporada. Es tal el cambio entre el banquero y el capitán Salami que una de las fuentes de las que bebe el personaje tiene que ser Homer J. Simpson, a quien un espontáneo le comentaba en El espectacular episodio 138 (The Simpsons 138th Episode Spectacular): Creo que Homer es más tonto tras cada temporada.

Esto se aplica a Amador en algo tan simple como sus lapsus linguae constantes que un pedante Luis Miguel Seguí, en el papel de Leo, se esfuerza (esforzaba) en corregir constantemente. Pero también se ve con Enrique para el que, temporada tras temporada, su apellido sigue siendo Fracaso, o con Judith, de quien nadie puede dudar que está, de lejos, más desequilibrada que sus propios pacientes (hasta el punto de que al final de la octava temporada termina inhabilitada por acostarse con otro paciente). Y aquí ya nos ahorramos hablar de Antonio Recio mejor, un personaje que ha sufrido un cambio radical desde el papel de cristiano apologista y redentor cerrado de mente hasta el happy single que se va de putillas y copillas y se arrepiente a la mañana siguiente.

Cuando se avecina el esperpento

Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

Y llegamos al tercer estadio, donde creo ver que la serie sigue luchando por encontrar una nueva vía o cerrarse sobre sí misma: el esperpento. En otras palabras, una forma de deformar la realidad, recargando sus rasgos más grotescos para conseguir ofrecer al lector o, en este caso, al espectador un fondo de verosimilitud: de verdad.

A partir de la cuarta temporada, esa fórmula empieza a funcionar a las mil maravillas: Antonio se esconde de la opinión de los vecinos por el qué dirán y casi congela vivos a la mitad de la comunidad en su camión frigorífico tras la huida de Coque y Berta, Enrique se vuelve gótico para conectar con su hijo, Amador empieza a buscar un trabajo con el que sobrevivir  y ser vividor follador (y tener una moto, y un descapotable) y eso les lleva, poco a poco, a convertirse en caricaturas de sus propios personajes.

Enrique Pastor y Maxi se hacen pasar por góticos para acercarse al hijo del primero.
Demasiado gótico para el body.

En Luces de bohemia (Ramón María del Valle Inclán, 1926) una de las obras más conocidas de este género de autor único (aunque no la única obra del género[1]), se recoge a las mil maravillas esta visión del mundo que se acerca mucho a la del muy nuestro don Quijote, quien soñaba con ser caballero, cuando ya no los había, y también a la de Miguel de Cervantes, quien emulaba las novelas de caballería, cuando ya nadie quería leerlas siquiera.

Con esta idea en mente, se incorporan nuevos personajes a medida que nos despedimos de otros clásicos: Maxi, por ejemplo, que no es más que un pobre desgraciado sin oficio ni beneficio, es el Mentefría (ya sabes, mente fría, bragueta caliente…), a quien en nuestro día a día nadie escucharía siquiera, pero que se convierte en el líder de los leones; Amador sería, con toda seguridad, un muerto de hambre —bueno, y lo es—, pero se convierte en un gañán entrañable y se las arregla para vivir; y lo mismo ocurre con Fermín Trujillo (Fernando Tejero), Estela (Antonia San Juan) o Teodoro (Ernesto Sevilla), el hermano de Amador.

Otro punto fundamental es la animalización de muchos de los personajes. Está el grupo de «los leones» —el cual no parece un apelativo elegido al tuntún—, donde quien más, quien menos, todo dios piensa con el salami; y también el mismo Amador e incluso Antonio Recio, por ejemplo, de los que podríamos decir que no es extraño observarles con conductas directamente primarias cada dos por tres. Así, en caliente, se me ha pasado por la cabeza el capítulo de la séptima temporada en el que aparece Cristina Pedroche: Un topo, un torero león y un espetero a la fuga.

Combate de boxeo de Amador
Boxeador campeón, hasta que la caga.

A través de la ficción, conseguimos acercarnos hacia la corrupción política del país de la mano de Josema Yuste o el símil particular de Ana Botella que nos ofrece LQSA con Verónica Forqué (que no tiene cuerpo de pollo, que no se preocupe), hacia el timo de las eléctricas y las zancadillas constantes que vivimos con las energías renovables en España, a la fama, a los tronistas e incluso a temas tan controvertidos como el arte conceptual.

Todo ello de la mano de una serie madura que se conoce a sí misma, lo que llega a percibirse a las mil maravillas en el capítulo 100 (Un presidente rayado, una catarata de infortunios y un descubrimiento sobrecogedor) en el que la ficción y la realidad juegan entre sí, adquiriendo los propios personajes conciencia de sí mismos y, como bien les resume uno de los productores de la cadena, siendo una vía de conexión y escape semanal para los propios espectadores.

Como único problema de este fantástico esperpento del que me confieso fan queda el no reinventarse, el saberse realidad distorsionada —que, a menudo, es la mejor forma de acercarse sin pretextos a la propia realidad—, y acomodarse en esa zona de espejos cóncavos y convexos durante mucho más tiempo; porque al espectador todo termina por cansarle, y espero que tengan la visión de cambiar o concluir antes de que esto suceda.

Mientras tanto, el espectáculo debe continuar.

NdA: Sé que no es nada mainstream dedicar un artículo a una serie española pudiendo hablar de Fargo, True Detective The Leftovers, pero creo que también es importante estar orgulloso de lo que tenemos. Como mínimo, de vez en cuando.


[1] Otros títulos célebres del autor son Los cuernos de don Friolera (1921), La hija del capitán (1921) y Las galas del difunto (1926) que se recopilaron en 1930 en la trilogía teatral Martes de Carnaval.

El PP quemó tu casa

Como si de soldados romanos en pos de la gloria, tribus íberas descontroladas o expansionistas ejércitos francos se tratase, el PP quemó tu casa. Lo hizo con una porción del salvajismo invocado hace miles de años, pero sin un ápice de honor, y mucho menos de compasión por la naturaleza siquiera. Lo hizo tanto al amparo de la noche como del día; sin exhalar lamento alguno y con catorce millones de ojos cómplices que miraban hacia otro lado.

Sobre repartir la culpa no podemos hablar, pero sí del principal problema. Una cuestión que nos llega desde Vizcaya, donde alguna lumbrera notó que soplaba el viento en la dirección adecuada (hacia donde los chalets de lujo de la zona no peligraban, parece ser) y había matojo e intereses suficientes para sacar partido a los cambios aprobados hace un año sobre aquella anticuada Ley de Montes (Ley 43/2003) de un 21 de noviembre que fastidiaba tantos intereses.

Foto incendio en Berango (Vizcaya)
Fotografía del incendio de Berango (Vizcaya), donde se han quemado cientos de hectáreas en los últimos días. Si bien las causas se desconocen, ha conseguido que vuelvan a saltar las alarmas sobre los cambios que el Partido Popular aprobó en la Ley de Montes a inicios de 2015.

El resto, si es que así sucedió, poco misterio tiene: cerilla, y a correr. No vaya a ser que no nos demos la prisa suficiente y algún otro listo se nos adelante en eso de comprar el terreno, especular y seguir dando trabajo a arquitectos, jefes de obra y mozos que sueñan con míticos sueldos de tres mil pavos en La Edad Dorada de Jose Mari.

Portada El Jueves (Elecciones Generales 2015)
Portada de la revista El jueves que criticaba los resultados electorales de los partidos tradicionales en las Elecciones Generales de 2015.

De aquí, se pueden traer muchos temas a colación, eso sí. Uno de ellos, es que antes —al menos, en diciembre— nos librábamos de eso de los bichos y de los árboles calcinados por España; otro de interés que también se advierte en la nueva Ley de Montes, es aquel que muchos hace meses que se cansaron de repetir, y es que nos vamos a hartar de ver zonas quemadas donde seguir construyendo edificios que nadie puede habitar; pero hay algo más. Un punto que nos tragamos en mayor o menor medida entre intereses políticos, miedos heredados e inacción.

Un punto que, con mucho acierto, Albert Einstein adelantó afirmando que solo había dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana (si bien de la primera no estaba del todo seguro), y que, probablemente, debamos completarlo robando otra idea aquí, la del verdadero humorista y falso noble brasileño Apporelly, quien sentenció acertadamente que, si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados.

Algunos seguiremos luchando contra la estupidez; mientras tanto, muchos más (por el momento) se mantendrán erre que erre sin ver que su ceguera individual ayuda a acrecentar la invidencia colectiva, y que si hay un verdadero hijo de puta en el cargo, quizá sea sinónimo de que la mayoría de madres son un poco golfas. Ahora vas y les sigues votando, pero asumiendo que parte de los ERE, de la corrupción, de los incendios provocados y de todos sus errores también es culpa tuya y, este enero, más que nunca antes; después ya te puedes ir a tomar por culo de aquí.

Treinta cosas para antes de los treinta

Con un poco de suerte, cuando cumpla los treinta estaré cruzando EEUU de costa a costa. Esa es una de las líneas que tengo que tachar de mi lista de cosas por hacer. Pero tantos meses antes, algo cansado de preparar trámites e imaginar con qué vamos a encontrarnos, no puedo más que pensar en que, como siempre, llegará mucho antes de lo esperado.

Por ello, mientras imagino cómo me sentiré al pegar cuatro rayajos metafóricos a la lista que te comentaba, me ronda por la cabeza todo aquello que quería hacer, pero todavía no he hecho; todo lo que he intentado pero, por ahora, se ha escapado; y también lo que he conseguido en los veintinueve que van antes de los treinta.

Fotografía de la Ruta 66

Y sin embargo es curioso pues, de algún modo, más allá de todo lo que sí ha ocurrido de una u otra forma, lo que de veras parece difícil sacarse de la cabeza es aquello que parecía tan importante y terminó por ser una cosa más. Para calmar los propios ánimos, ahí va una lista algo diferente.

#1 Leer a los clásicos

Recuerdo que durante una época me obcequé con leer los libros de los que los profesores de literatura querían que nos empapásemos. Ahí estaban Proust, Joyce, Tolkien, Tolstói, y un montón más.

Descubrí que muchos valían la pena y otros no eran para mí, pero sobre todo comprobé que lo clásico no siempre es sinónimo de bueno, y lo bueno no siempre es sinónimo de universal.

#2 Encontrar mi propio estilo

Hace años, cuando empecé a escribir, seguí aquel famoso consejo de Woody Allen en Anything Else que decía: “Nunca copies, pero sí tienes que hacerlo copia a los mejores.” Tras leer, y escribir, y no pensar demasiado en ello, llegó.

Anything Else (Woody Allen, 2003)

También comprobé que hay una fase de introspección donde nada te suena tuyo, y todo tiene ese sabor agridulce de tus principales influencias mal digeridas. Supongo que será normal, porque pasa.

De lo que sí estoy seguro es del Hollywood de Bukowski, que decía: Mira, si me preocupara por lo que le interesa a la gente, nunca escribiría nada.

#3 Una mujer que me aguante

Lo típico que todos buscamos cuando somos prepúberes o ya tenemos veintimuchos o treinta y largos, ¿no? Entre tanto, no nos parece tan importante. Pues sin decirlo muy alto, y muy contento de vivir en pareja, diré que la clave para aguantar a alguien empieza siempre por aguantarse a uno mismo.

#4 Mantenerte a flote

Tengo amigos de treinta y cuarenta que siguen queriendo ser rockstars. Yo quiero escribir, mientras tanto, me doy permiso para vomitar basura unas cuantas horas frente al teclado por algo parecido a un sueldo (cada vez menos), y creo ver cómo, paso a paso, he terminado por acercarme a lo que realmente deseo.

Guns'n'Roses

Para mí, todo se reduce a perseguir tus sueños mientras te mantienes a flote; si no, de un modo u otro, tampoco los alcanzarás; pero podría ser todo lo contrario, también hay quien no se imagina su vida haciendo algo que no le gusta. Al final, se traduce en ser coherente.

#5 Crear un negocio de la nada

Ser autónomo, buscar tu camino, trabajar cuarenta horas semanales; ser el ídolo de tus amiguetes por tener tu propia start-upTodo eso no vale nada o lo vale todo, depende de ti. Aunque no creo que por eso seas el ídolo de nadie…

#6 Tirar adelante con él

Implicarte con un proyecto, ver cómo crece e incluso atreverte a matarlo y enterrarlo pueden ser experiencias que valen mucho más que todo el dinero del mundo, pero siempre que no sean ellas quienes te dirigen a ti, ya sabes.

#7 Hacer algo que jamás quise hacer

Y no fue tan malo. Todo lo contrario. A veces, abrir tu mente y reinventarte día a día puede ser la mejor opción (y aquí no estoy hablando de trabajar, no seas aburrido/a).

Sant-Elm-Mallorca
Por ejemplo, salir a navegar en un velero. ¡Y sigue sin llamarme la atención!

#8 No cambiar

Cuando tocaba ser auténtico —allá por la adolescencia—, cambiar era convertirse en alguien o en algo que no eras. Poco a poco te das cuenta de que cambiar también significa crecer, aunque no como nos vendieron la moto de la casa, el coche y las responsabilidades de nuestros padres. Eso no es crecer, eso es una putada.

#9 Pasar tiempo en familia y con los amigos

No es que estar con los tuyos no sea importante, es que al final no es más que el resultado natural de lo que a uno le apetece y necesita.

#10 Hacer lo que se debe

¿De qué sirve hacer algo por lo que el resto cree o espera? Estudiar, trabajar, salir, visitar a la familia… pueden ser cosas fantásticas o un auténtico asco. Decide y actúa en consecuencia.

#11 Poner el foco en los demás

Basta de focalizar demasiado en los otros sin saber qué quiere uno. Es la excusa más vieja de todas, y no funciona.

#12 Consolidar una posición

Y restringir tu zona de confort para estar muy, muy aburrido y seguro dentro de tu cascarón; mejor no.

#13 Ser demasiado crítico con uno mismo

Nadie te presta tanta atención; relaja.

#14  La carrera que estudiaste

El 90% de la gente de mi generación trabaja en sectores que no tienen ninguna relación con lo que empollaron en la facultad. Esto dice muy poco de cómo nos orientó el sistema educativo (y llega al nivel de putadón, oye), pero también nos ha permitido aprender a relativizar un poco conceptos como importancia, utilidad y salida profesional, ¿o no es así?

Patio exterior de la UPF de Ciudadela de la Vila Olímpica

#15 Las peleas con tu padre

Sobre todo cuando falta. En mi caso no es que si lo hubiese sabido no hubiese peleado tanto como lo hice: lo habría hecho igual, pero quizá con un poco más de perspicacia, que nunca viene mal.

#16 Largarse, poner tierra de por medio, olvidar

O dicho de otro modo, aprender que es necesario distanciarse de las cosas; para que sane, para que salga, para poder comprenderlo…

Síntesis - VI - Siete historias de histeria

#17 O desaprovechar el tiempo

Eso sí, siempre por afición y con conocimiento de causa. Y quien opine distinto, no creo que entienda lo inspirador que puede resultar barrer por aburrimiento, salir a caminar sin el reloj o darse tres duchas en un día, porque sí.

#18 Leer, ver o escuchar solo las cosas buenas

No todo va a estar en los clásicos, ya sabes. Hay pequeñas joyas entre la basura. En realidad, es una cuestión de perspectiva; no porque el resto crean que no vale la pena, no vas a poder aprovechar algunas buenas ideas.

#19 Limitarse a las listas

Aunque resulte absurdo no aprender lo buenas y útiles que son, es peor limitarse a ellas y no dejar hueco a la improvisación, al espíritu, a las infinitas posibilidades que nos rodean.

The Bucket List (Rob Reiner, 2007)

#20 Hacer todo lo que puedas (o más)

¿Cómo va a salir bien eso de avanzar con diez proyectos en paralelo? Si quieres dar lo mejor de ti en cada uno de ellos, no lo hagas.

#21 Una casa (y otras posesiones)

A mí esta me costó, lo confieso. Una casa, un coche, un bar con gente de confianza… Lo que de verdad buscamos la mayoría no es más que un sitio al que poder volver. A partir de aquí, hay cosas que pueden ser una bendición o una condena.

#22 Tener la casa llena de pelos de tus mascotas

El otro día leía: “Hay dos tipos de personas: los que siempre llevan pelos en la ropa y los que son infelices.” ¡Con tres perros, dos gatos y un pájaro en mi casa, estoy completamente de acuerdo!

Por cierto, te vas a fastidiar y a limpiar (como todos), pero no te compliques la vida, nadie se ha muerto por convivir con cuatro pelos de más en el sofá.

#23 Ser bueno en algo

Creo fervientemente en aquello de que todos somos buenos en algo. De ahí a alcanzar lo de la rockstar, la primera división o el octavo dan, hay un trecho. Por suerte, la distancia parece mucho mayor que lo que tardamos en llegar a comprender que el propósito, el esfuerzo o la diversión son suficientes.

#24 Practicar artes marciales

Durante años devoré películas de Bruce Lee, Jackie Chan o Jet Li, pero me decidí por algo completamente distinto: el kendō. Pero más que la disciplina en sí, lo verdaderamente importante es comprender que no se trata de vencer a aquel contra quien nos enfrentamos, sino de sobreponernos siempre a nosotros mismos.

Practicar kendo (Men)

#25 Tener la última palabra en una discusión

Con lo divertido que resulta discutir para seguir creciendo o por el mero placer de ver hacia dónde nos lleva…

#26 Estabilidad

Como para tantas otras cosas, no creo que estemos hechos para la estabilidad en todos los aspectos de nuestra vida. No se trata de rehuir la dedicación o la pasión, sino de evitar hacer cosas nuevas por mantener esa falsa sensación de seguridad.

#27 Rutina

Más de lo mismo. Eso sí, toca vigilar que no termine por engañarnos. Es aburrida, pero muy constante.

Tyler Durden (Bradd Pitt, El club de la lucha, 1999) en la bañera.

#28 Dinero

No soy de esos que van gritando por ahí que el dinero da o no da la felicidad; no creo que la dé, desde luego, pero sí necesitas algo para comer, dormir y cumplir las metas que te propones. A partir de ahí, yo practico el desapego y soy feliz. Habrá quien necesite miles de euros al mes, claro que sí. Que trabaje más.

#29 Lo que los demás quieren

No hay mayor paz que la que sientes cuando actúas conforme piensas. Eso de aprender otro idioma, viajar o buscar la felicidad en un trabajo, puede dar en el clavo o ser el camino directo hacia la infelicidad.

#30 Saber

No saber es, quizá, el mejor modo de conocer, sentir, descubrir… y me atrevería a decir que incluso de vivir.


Editado el 05/11/2015 

Muy pocas veces he agregado o modificado las ideas de un texto tras haberlo escrito. Sin embargo, releyéndolo me he dado cuenta de que hay algo que, muy probablemente, supera todos los puntos anteriores: compartir la vida con animales.

Quizá no lo puse porque debe ser algo innato en los seres humanos. Y no todos lo descubrimos tan temprano como deberíamos, pero no creo que haya una vida completa sin un perro (y tantos otros compañeros) a tu lado.


Las imágenes con copyright se han extraído de las páginas web o medios siguientes: Arthur Newberg Photography, Anything Else (Woody Allen, 2003), The University of Queensland, Buenas ideas de SH El club de la lucha (D. Fincher, 1999).

Oldies: Mucho por vivir

Este octubre no ha sido un mes para Doblando tentáculos, sino para otros proyectos. De todos ellos, Oldies es aquel del que estoy más orgulloso de haber podido participar; aportar mi grano de arena me ha permitido conocer a verdaderos héroes de cuatro patas y a sus orgullosos compañeros, ser partícipe de su historia e intentar volcarla en un papel, disfrutar de lo que significa vivir un momento tras otro…

Oldies: mucho por vivir son fotografías, son segundos entre los que el obturador de una cámara se abre y se vuelve a cerrar, son instantes con un relato detrás. Un testimonio que habla de todo lo que nos dicen que no podemos hacer y, de todos modos, hacemos; de lo que nos enseñaron que era arriesgado, cansado, absurdo  e incluso estúpido, y no podemos evitar llevar a cabo; Oldies es otra manera de dar forma al inconformismo y cambiarlo todo a nuestro paso, entre todos.

Raider, uno de los perros que ha participado en 'Oldies: mucho por vivir'.

Y si me preguntas de qué va el proyecto, supongo que contestaría que de perros mayores; de esos que conmueven las miradas de muchos, pero no siempre los actos. De compañeros caninos que han sido abandonados cuando más necesitaban una familia, animales que han vivido todos los días que recuerdan en una protectora, y también otros que vencieron las estadísticas para encontrar una segunda oportunidad.

Por supuesto, no todos llegaron mayores a sus familias: muchos han vivido desde cachorros con quien dio el paso y adoptó a aquel galgo que iba a ser descerrajado a tiros en Valladolid o a uno de los jóvenes miembros de las muchas camadas que, en España, nacen para morir. Sin embargo, su energía, su complicidad y sus ganas de vivir diez, doce o quince años después son el mejor ejemplo del porqué de este proyecto.

Duc, el golden retriever que ha participado en 'Oldies: mucho por vivir'.

Quizá no sea más que otra forma de permitir que un perro anciano nos salve, como Caos hizo con nuestra (no tan) pequeña familia entre una asombrosa primavera de hace tres años y aquel invierno que nos heló un poco el corazón para siempre. Pero también nos ayudó a crecer, a ser más fuertes, más responsables, más personas. Y sobre todo nos ayudó a aprender a vivir minuto a minuto y a disfrutar de las cosas importantes.

Si quieres comprar el eBook y hacer una pequeña aportación al proyecto, aquí tienes el enlace: Oldies: mucho por vivir.

Cuando el MUHBA y Barcelona destruyeron el búnker del Guinardó

Los días que anuncian tormentas tengo la incontrolable necesidad de escaparme al Parque del Guinardó. A veces, me acompaño de alguno de los perros y con la mano libre saludo al niño del aro antes de dejar atrás la avenida de Mare de Déu de Montserrat, las fuentes y los caminos que ascienden, serpenteantes, por la cara sur de la montaña.

Ahora, en la cima siempre hay gente, y los trabajos de restauración y museización que hablan del pasado han quedado inermes y desprovistos del interés general que acaparan las vistas a trescientos sesenta grados; el valor de la historia de la ciudad queda relegado a cuatro paneles informativos que, en parte, han apartado otra historia más cercana que nos habla de chabolas, miseria y gris en el Turó.

De asentamiento ibérico a ruinas de una guerra, pero también tierras de cultivo, cantera, casas de verano y antenas de telecomunicaciones… Un espacio al que no hacen justicia ni cuatro ni cuatrocientos carteles pero que, en el pasado, en una Barcelona que se había construido por y para el ciudadano,  muy probablemente no eran tan necesarios para recordar.

Vistas desde el Turó del Guinardó (Búnker del Carmelo)

A veces he llegado a pensar que aquello que realmente me fastidiaba era que todos esos guiris, esas voces que en verano conquistan nuestros atardeceres a doscientos sesenta y dos metros de altura, ascendiesen hasta El Búnker sin valorar nada más allá de unas bonitas vistas, sin reparar en que aquello que verdaderamente todos los adeptos a Barcelona íbamos a echar en falta era la soledad y la materialidad de un espacio que también se ha prostituido entre revistas que hacen guardia en vuelos comerciales y guías turísticas que descansan en cualquier local del Eixample, del Gótico o del Raval.

Supongo que en eso consiste crecer, lo haga uno mismo o su ciudad. Pero no cambia que a veces eche de menos el Turó del Guinardó que conocí, imagino que de un modo similar a como nuestros abuelos recordaban la rambla de las Flores, que hoy ha perdido incluso el nombre. Quizá una mirada demasiado romántica que, día tras día, se vuelve un poco más irreal.

Vivir en Mallorca, mis dos años persiguiendo una epopeya rural

En poco más de un mes hará dos años que volví de Mallorca, donde estuve viviendo otros dos. La vida en la isla, como en cualquier otro lugar, fue una experiencia de blancos, negros y grises pero, sobre todo, se convirtió en una de las mayores oportunidades de experimentar lo que realmente significa dejarse llevar por un sentimiento.

Refugiado durante largos veranos con sus respectivos inviernos, descubrí el carácter mallorquín (el de ciudad y, en especial, el que se respira al salir de Palma en cualquier dirección) y me acostumbré a un ritmo de vida que nada tiene que ver con lo que conocía: donde los días se enlentecen, las comidas se disfrutan de otra forma y sa roqueta se convierte en un lugar donde sentirse privilegiado de vivir.

Mallorca - Dana y Javi de excursión.

También coexistí entre sentimientos encontrados a menudo (evidentemente), y tuve que aclimatarme a ellos: días en los que todo lo que uno podía sentir era claustrofobia, y otros donde no podías imaginarte otra latitud desde donde contemplar el cielo nocturno y percibir ese control casi mágico sobre el tiempo.

Por lo bueno y lo malo, escribí sobre Mallorca. Y antes que después me arrepentí de haberlo hecho tan poco. Escribí, no obstante, y lo hice en un lugar donde más allá de Sóller, Valldemossa o Pollença, todo era un soplo de aire fresco destinado a inspirar a quien se permitiese el gusto: desde las marjades a La Calobra, de las playas de piedra a las aguas turquesas de Es Trenc —que algunos se empeñan en prostituir para beneficio de nadie—; preguntándome, a menudo, cómo la isla ofrecía una conexión tan profunda con sus habitantes sin pedir nada a cambio.

Hoy, algo nostálgico, recupero algunos de aquellos textos que me ayudaron a entender Mallorca de formas muy distintas entre sí. A conectar con la gente y, aunque foraster, a sentirme parte de algo más grande con el paso de los días y los meses.

Primeras impresiones (I y II)

Así, algunas de las primeras entradas de este mismo blog las desgasté entre aquellos aspectos que más me habían sorprendido a nuestra llegada. Por un lado, la forma en la que transcurrían los días, fruto de un carácter distinto que lo impregna todo a su paso; por el otro, la vida de pueblo, más allá de Palma, la otra Mallorca que vale la pena descubrir.

En estos lugares, todo transcurre muy despacio y muy deprisa a la vez. El tiempo se vuelve algo relativo y te recuerda las interminables clases de matemáticas y los cortos períodos de descanso en el patio, tirando piedras a los amigos, levantando faldas a las niñas y devorando bocadillos de jamón, y también de Nocilla.

[…]

Aquí uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

[…]

¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

Salem

Salem se enamoró rápidamente de Dana, y dormía apretado contra el pecho de la pastor alemán. Dana no le daba bola. Porque Dana es una estrecha: ya saben cómo va eso de los amores imposibles.

Mientras nos asentábamos y vivíamos, Salem perdió su suerte. Y por mucho que nos empeñamos en aferrarnos a él, ese gato nos demostró lo relativo que es el tiempo cuando se vive bien.

Cuando ocurrió, también sentí que debía escribir algo sobre él. No tuvo el alcance que tuvo Caos (lo sé), pero a mí —el interlocutor último que debería buscar cualquiera a quien le apasione juntar letras en un papel— me sirvió para forzar la despedida.

Las últimas horas Salem las pasó en el gallinero. Allí donde algún otro granuja había hecho una escabechina. Hasta que lo encontré de nuevo. Me miró con ojos recelosos, supongo que se preguntaba qué hacía allí: él poca ayuda necesitaba entonces. Aun así, terco, como siempre, lo subí al coche con la ayuda de quien siempre tengo a mi lado, y nos encaminamos a su último paseo.

Muchas risas

En más de setecientos días también hubo espacio para muchas risas. E intenté sacarle punta un par de veces; en especial con una serie de consejos rápidos: así que ya sabes, si algún día te da por acercarte a la isla, el #2, el #13 y el #14 te serán de especial utilidad, palabra.

Foto de familia (agosto, 2012).
De izquierda a derecha, Caos, Dana (detrás), Teo, Argos, Salem y Nymeria. Sentado, un tío muy afortunado en una finca de Caimari en la que había mucho trabajo por hacer (¡y el que quedó!).

Y algún disgusto que subsané escribiendo

Como el día que enterramos a diez gallinas; un episodio que, por suerte, no se repitió; o el viaje de ida, en barco, con el coche, los bártulos y familia numerosa.

Entonces apareció un cadáver en el descampado cercano. Entre maullidos y ladridos no hubo forma de resolver aquel entuerto. Todo apuntaba a que el pollo, que ya había empezado a hacerse el gallito por el vecindario, había encontrado a alguien con quien esa clase de bravuconadas no funcionaron. Desfalleció sin posibilidad alguna de recuperación.

Hubo disputas vecinales, todo sea dicho

Como el grave conflicto con las bolsas de basura y las peleas puerta con puerta que me ayudaron a descubrir cómo funcionaba la ciudad y cómo lo hacía un pueblo; y sobre todo a valorarlo del modo en que realmente se merece.

Dana en el Port de Pollença

Y un principio, y un final

Y al final, la lección estaba ahí, esperándome: mientras me preocupaba por no haber escrito, reparé en que había estado viviendo. Como en casi todo, la dicotomía quedó allí; digamos que aprendí lo que tenía que aprender, y no le he dado más vueltas.

Como decía alguien a quien admiro y recuerdo siempre: Quizá no fueron las lecciones que otros hubiesen escogido estudiar, pero a mí me han servido. Así pues, de Mallorca me traje a la península mi escritura y una extraña filosofía de vida. La isla me demostró en reiteradas ocasiones que, ni tan siquiera allí, las cosas duran para siempre, y me negué a anotarlo en ningún sitio, porque lo integré en mi vida.

Resultó no ser Mallorca, ni Barcelona, sino yo. Y sabiendo eso, me despedí de ella. (O no.)

El perro obediente y el perro esclavo

El verdadero derecho que deben tener todos los animales es el de no ser propiedades.

Gary Francione (1954 – )

Entre un perro obediente y un perro feliz hay una línea muy fina. Eso sí, a ambos lados se hacen las mayores barbaridades con el mejor amigo del hombre: sea por exceso, sea por defecto. Algo que viene a demostrar que, por muy bueno que uno sea con el mundo, el mundo no tiene por qué corresponderle.

Cada tarde, al pasear con nuestra (no tan) pequeña manada por Barcelona, nos cruzamos con personas que no levantan la voz ni riñen a su perro ni que la vida les fuese en ello, y también otras que no entienden ningún otro tipo de comunicación más allá de los gritos y la constante censura sobre todo aquello que al animal se le ocurre hacer.

Entre tanto, los hay que los creen de su propiedad, o demasiado almas libres como para adaptarse a la vida en sociedad; los hay intransigentes con los perros de los demás y no con el suyo propio, y también los hay verdaderos malnacidos que, antes o después, se convencen de que no hay nada malo en abandonarlos.

Pero quien más, quien menos, todos queremos que nuestros perros sean obedientes y puedan adaptarse a nuestra vida diaria, sin reparar en que, lo que es natural para nosotros (no hacer pis en cualquier parte, estar ocho horas sentados trabajando, aguantar a gente que en realidad nos cae fatal…), no es natural para ellos.

Dana y Javier RuizSin embargo, nuestro mejor amigo es, muy probablemente, uno de los seres vivos más adaptables en relación al ser humano: ¡y menudo descanso! Por ello podemos enseñarle a hacer pis y caca únicamente en los árboles, a mantenerse pasivo varias horas al día, a dormir en su caseta o a pasear junto a nosotros.

Además, a diferencia de lo que todavía suele creerse, enseñar a un perro habilidades sociales o deportivas, no solo les estimula mentalmente, sino que también hace que se lo pasen genial. Y lo mejor de todo, se ha demostrado que puedes enseñarle todo lo que vais a necesitar con premios y otros estímulos positivos.[1]

¿Entonces, por qué muchas veces se considera que el perro se ha convertido en un esclavo de los seres humanos? ¿Son más felices con todas esas normas, rutinas y órdenes que les imponemos? ¿Acaso nuestro compañero no puede disfrutar de su vida en una casa pequeña o siguiendo los patrones de conducta que hemos decidido implantar por necesidad social (bozal en el metro, transportín en el coche, pasear junto a nosotros por la calle…)?

Quizá la pregunta debería ser: “¿Cuándo un perro deja de ser obediente para convertirse en un perro esclavo de su dueño?” Con toda probabilidad, cuando empezamos a hablar de dueño y mascota, y no de familia y compañeros de viaje.

Un perro puede divertirse aprendiendo, y lo hace; en especial, cuando en lugar de sancionar conductas, nos decidimos por enseñar a nuestro nuevo amigo todo aquello que sí puede hacer con nosotros y las ventajas (caricias, premios, buen humor, relación entre un miembro del grupo y el macho reproductor…) que ello supone frente a la obligación de la conducta que, de no realizarse, siempre implica un castigo.

Dana y Javier Ruiz en un curso de clicker

Él o ella también puede estresarse o frustrarse, igual que nosotros, y en su justa medida, no conozco a nadie que afirme que eso es algo malo. Hasta llegar al estrés, hay un camino —más o menos largo, eso es lo que debemos reconocer— que nos permite dar nuestro mejor rendimiento y mejorar día tras día.

Por el contrario, en el 99,99% de los casos (ya que inventamos una cifra, ¡nos pasamos tres pueblos!) se puede afirmar que un perro es mucho más infeliz cuando no ha aprendido a qué reglas debe atenerse dentro de su pequeño círculo que cuando aprende a comunicarse eficientemente con nosotros, pues esta es la mejor forma donde las dos partes se divierten, aprenden y se lo pasan en grande, ¿o no?

En el extremo contrario, hallamos esa práctica minoritaria de esclavizar a nuestro mejor amigo mediante órdenes y sesiones eternas de adiestramiento en busca de una plusmarca personal que omite totalmente la salud física y psicológica del animal, así como la (todavía muy) desconocida Ley de Yerkes-Dodson; eso es no tener respeto por el animal, por mucho que creamos saber de perros.

¿Has leído hasta aquí? De acuerdo. Entonces, hazme un favor. Busca qué es un clicker, para qué sirve y empieza a enseñarle a tu perro todo lo que puede hacer (PDF), y olvídate de seguir haciendo todo lo contrario.

[1] Sí, lo sé. Soy muy consciente de que hay distintas corrientes, que no todo es positivismo extremo en el adiestramiento y que hay algunos casos (en especial, casos de agresividad canina) que deben estudiarse detenidamente.