Bendito el corazón que pueda doblarse, porque nunca se romperá.
Albert Camus
Ya imagino septiembre. Me imagino peleando en Tordesillas a manos desnudas. Defendiéndome de una agresión tras otra a través de los gritos de una multitud que se ensordece entre sí. Imagino el miedo, la rabia, la incertidumbre, el horror.
Imagino el aire. Me imagino golpeando al aire con furia, hasta alcanzar un apéndice u otro; no importa. Moviéndome pesadamente entre centenares de seres que mezclan sorpresa, cobardía, dolor, maltrato e idiotez a través de su existencia.
Quizá te encuentre aquí. Envueltos en una polvareda que embiste implacable contra nuestros pulmones. No sabré si eres cómplice o mártir, ni tan siquiera si, en el combate, estos conceptos tienen sentido; si hay colores que nos distingan, o si toca esperar a recoger los cuerpos inermes y auxiliar a los heridos para esclarecer los hechos.
En ese escenario, la policía disparará gases lacrimógenos para disolver a taurinos y manifestantes; movilizará mangueras de agua a presión, lanzará chorros contra unos y contra otros. Cuando nada funcione, pedirán refuerzos, sabiendo que no habrá súplicas correspondidas; sabiendo que, mientras tanto, jóvenes y viejos seguirán enzarzados por igual en una batalla campal de proporciones épicas.
El toro, que de nuevo habrá sido liberado contra los manifestantes, escapará a la montaña, lejos de los caballos y los picadores, lejos de la guerra y de la violencia de los hombres. Escapará rápido, a toda velocidad, asustado y temiendo por su vida en todo momento; temiendo de esa forma que le hemos insertado en el genoma a golpes de espada y de lanza.
En la guerra, las heridas, los golpes y las muertes, si llegan, no convencerán a un bando ni al otro. Ese viejo mezquino que ríe y la emprende a bastonazos con los jóvenes entre el polvo encontrará un derechazo en la sien; el más bárbaro de los manifestantes se arrojará contra un grupo de vecinos sin saber por qué los reyes y los nobles peleaban siempre desde una colina cercana, e incluso los niños, inocentes en cualquier bando, llorarán, gritarán y caerán pisoteados entre la sangre caliente que hierve, al rojo, un único martes al año. No habrá respuestas.
Pero ni la violencia ni los golpes, ni los gritos ni el horror impedirán que nos miremos por un instante a los ojos. ¿Encontraremos a uno de nuestros semejantes? ¿A un demócrata? ¿A un maltratador? ¿O a un insensato?
Cuando el toro escape o vuelva a yacer muerto en el suelo junto a otros tantos animales, ¿comprenderemos entonces las palabras de nuestros enemigos? ¿Comprenderán ellos las nuestras? ¿Nos arrepentiremos de convertir el aire que respiramos en odio y castigo hacia nuestros semejantes? ¿Será necesario que los castellanos miren a los ojos del toro en busca del perdón por todos esos sacrificios que no fueron más que asesinato y tortura? ¿Y tendremos los demás la grandeza de otras especies que perdonan y no vuelven a juzgar?
Parece faltar una eternidad para que todo esto ocurra, pero no es así. Este septiembre, miles de personas volverán a Tordesillas, con la certidumbre de que, por primera vez, no se resignarán a gritar, a juzgar y a temer por su vida; volverán con el convencimiento de que van a defender a ese toro sin nombre y a defenderse del maltratador.
¿Qué hará el Estado esta vez? ¿Les dará la espalda o les prohibirá el paso, siendo, si cabe, más cómplice del horror que allí se representa? ¿Se hará a un lado? ¿O se implicará y escuchará a una mayoría que grita alto y claro que se debe terminar con el maltrato mientras se pone en pie de guerra?
¿Acaso se rompió la pluma de tanto usarla? ¿Solo quedan espadas que blandir?
Lo mejor que puedes hacer es no decir nada. Seguir callado. Mirar hacia otro lado. Ir a lo tuyo.
En serio. No digas ni pío. Cierra el pico. Olvídalo. Como mucho, comparte alguna petición de Change.org que esté cogiendo fuerza para que nadie pueda saltarte al cuello por insolidario o antisistema.
Ni se te ocurra criticar al gobierno por internet. Ni a la iglesia. Si eres aficionado al humor negro, cuídate de decir nada de ETA, o de las víctimas o de la gracia que te hace el estado de derecho. No cites las palabras cáncer, ni sida, ni polla, ni violencia de género, ni nada que pueda ponerte en un compromiso virtual.
Si haces un llamamiento a la violencia en público, directamente eres subnormal.Si no eres Federico Jiménez Losantos, o un miembro de su camarilla, te van a empapelar hasta el tuétano. Te van a joder bien jodido; te van a destruir aprovechando todas y cada una de las instituciones de las que puedan echar mano,como pretenden hacer con Rita Maestre, como hicieron con el edil del apellido revolucionario, quien primero se revolvió, y después encajó el golpe y pidió disculpas (para seguir en pie).
Y no temas: si no te conocen ni en tu casa, también te encontrarán. Cárcel para quien se mofe de Carrero Blanco cuarenta años después; cárcel por enaltecimiento al terrorismo; cárcel por comentarios machistas; cárcel, cárcel, cárcel. Ojo con Twitter, que es la casilla del «vaya directamente al trullo» de nuestro Monopoly particular.
Un señor graciosete y sin maldad (vídeo) que parece ser que es periodista.
Sobre todo no te equivoques. Si te suena algo de lo anterior, seas un descerebrado y realmente te merezcas un castigo por enaltecimiento al terrorismo (aunque no hayas visto un arma de fuego en tu puta vida) o seas el gracioso de turno y estés llorando nervioso mientras te repites, una y otra vez, por qué no te metiste por el ojete ese chiste sobre Irene Villa antes de que te metan otra cosa, te daré un consejo tardío: la ley no está de tu parte; porque no hay ley, solo restos.
Pero voy a concederte algo. ¿Dónde ponemos el límite? ¿Metemos en la cárcel al tontolculo del niño que está en la edad del pavo? ¿Al grupo de payasos que se ríen de cualquier desgracia ajena y tanto les da el bar que la red? ¿Metemos en la cárcel a cualquiera políticamente incorrecto? ¿A ese actor cuarentón que se encendía tanto por todo que se ha quemado, por igual, con la monarquía, la política y el Franquismo? ¿Y a aquellos de ni patrias ni banderas? ¿A los independentistas que sueltan alguna burrada acostumbrados a que nadie les escuche y tanto se presuponga?
Sigues sin ver que, a un lado, cientos y cientos de idiotas son condenados por cuatro palabras sin fundamento que colgaron en Twitter, en Facebook, o donde sea. Al otro lado, en cambio, no ocurre nada; puede criticarse, insultarse, y amenazarse, porque tienen la sartén por el mango, porque se conocen y se respaldan; porque roban juntos a manos llenas, y se pasan sobres, y nos arrebatan la memoria histórica; porque se indultan entre sí, no nos escuchan, no nos toman en consideración y, lo más importante de todo, controlan la justicia.
Tú sé inteligente: no digas nada. ¿Por qué arriesgarse? ¿Para qué dejar el ordenador y salir a la calle? La Ley te lo prohíbe. Recuerda. Sé inteligente. Cállate. Asiente. Haz otra cosa. Mira hacia otro lado. No hagas nada. No te metas en líos.
Pero ya que eres tan bueno o buena, te contaré algo. El problema real no está ni a un lado ni a otro: está en el centro, en toda esa gente que el estado cree que puede silenciar, ya no solo en la calle con estúpidas mordazas legislativas, sino también en su casa mediante amenazas.
Parecen haber olvidado que, en ese punto, justo en ese punto, es cuando las palabras se transforman en susurros y, lo que todavía es más peligroso, cuando esas mismas amenazas se vuelven armas mucho más reales.
Habrá quien piense que no es causa para tales consecuencias; también quien en la vida de un toro reconozca la suya propia.
Las cosas se solucionan hablando, nos decían nuestros padres. La mayor mentira jamás contada. Históricamente, las cosas se solucionan a hostias, a guerras, a espadazos, a tiros y, alguna que otra vez, a través del diálogo. Excepto esto último, todo lo anterior está mal, pero mal de fatal, claro que sí, pero ya somos gente adulta y no gusta que nos endulcen la verdad.
Ayer se empezó a compartir un vídeo sobre una agresión a dos activistas antitaurinas durante los correbous. Los correbous son una tradición basada en el maltrato animal que se mantiene en Cataluña; si nunca los has visto, se trata de encierros de toros, vacas y vaquillas a los que se patea, apalea, veja, con ayuda de todo tipo de plataformas y útiles en una plaza de toros.
El más famoso de todos ellos es el bou embolat. Embolat en catalán viene de bolas, como las dos que se le atan a los cuernos una vez se le ha inmovilizado en el suelo y que se prenden para que se queme los ojos mientras corre asustado por el municipio; también hay quien arrastra al toro por la calle, como la fiesta del capllançat de Les Cases d’Alcanar. Todos son correbous, y los correbous, al igual que la mayoría de espectáculos de tauromaquia o maltrato animal, son Bien de Interés Cultural o Patrimonio Cultural Inmaterial para España y para sus comunidades autónomas.
Como consuelo, nos dejan a un animal torturado, pero no asesinado como en cientos de plazas de toros de toda la península, o en Tordesillas. Y a razón de esta agresión y del próximo septiembre en el municipio vallisoletano, un grupo de aficionados al boxeo de Sant Adrià del Besós conocidos como Chatarra’s Palace ha explotado: «El Toro de la Vega no está solo este año.»Y no solo prometen moverse, sino defender al toro y defenderse a sí mismos de cualquier tipo de agresión. Buscando la participación activa, por supuesto.
Habrá quien piense que no es causa para tales consecuencias; también quien en la vida de un toro reconozca la suya propia, y termine por cornear en alguna dirección. En los comentarios que han aparecido por todas partes desde ayer, se leen opiniones contrapuestas. Hay quien apoya ir un paso más allá, y hay quien lo considera ponerse al nivel del agresor.
Probablemente, la pregunta sea otra. Quizá la pregunta sea: ¿quieren los taurinos dialogar acaso?, ¿y el gobierno?, ¿es posible un cambio por la vía política o social tras tanta cultura desangrándose en la arena de una plaza? Mahatma Ghandi, arquetipo de la resistencia a través de la no violencia, dijo: «Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer.»
http://www.youtube.com/watch?v=fahHi6zhk2M
¿Qué debemos hacer? ¿Esperar al siguiente Rompesuelas? ¿Seguir poniendo la otra mejilla? ¿Plantarnos año tras año en un escenario que agrede ante las palabras y la no-acción? ¿Continuar suplicando ayuda a unos políticos sordos que siguen sin tener presente la opinión de una mayoría contraria a la tauromaquia y al maltrato animal?
Para terminar este batiburrillo de ideas, he recordado un consejo horrible que alguien me dio, hace muchos años, parafraseando al filósofo Anaxágoras:
—Si te engañan una vez, no es tu culpa; si te engañan dos, sí —dijo.
—¿Y si alguien alguien me pega? —le pregunté.
—Más o menos lo mismo—contestó. Si te pegan una vez, ya sabes, no es tu culpa.
—¿Y si me pegan más veces? —le pregunté.
—Prueba con una patada en los cojones —respondió.
Así funciona el mundo de hoy, entre sutilezas que pasan inadvertidas para la mayoría hasta que ya es demasiado tarde.
Siempre pensé que abandonaría este blog. Había dejado morir uno sobre cine, otro de literatura, y otro más que parecía el típico diario infantiloide donde de críos escribíamos que nuestra madre nos había dado melocotón en almíbar de postre. A ese le pegué dos tiros en la panza y le dejé agonizar en el desierto, por cabrón retorcido.
Este no lo he dejado, pero no sabría decir por qué. Hace años hubiese dicho que se trataba de una vía de escape, algo que echas de menos cuando no puedes dedicarte demasiado y con lo que te encanta perder el tiempo, pero no hubiera sido cierto. Por aquel entonces, a nadie se le ocurrió conectarme una batería de coche al pecho y amenazar con torturarme por todos lados pero, de haberlo hecho, habría terminado por cantarles que lo verdaderamente narcótico de esto es la sinceridad. Puede acoger todo tipo de formas: opinión, crítica, sarcasmo, y nadie puede venir aquí y echarme a patadas de mi blog.
¿Sinceridad? ¡Esto es un trabajo para… Supermaaaaan!
Es la Fortaleza de la Soledad de Superman con un agregado: si no te gusta lo que se dice aquí, jódete. Si no estás de acuerdo, puedes decirlo tan alto como quieras, porque mis palabras prevalecerán por encima de todo lo demás. Aquí soy Dios Padre, Alejandro Magno, el Coloso de Rodas y, como cualquier otro hijo de vecino, sé que tengo un arma de doble filo entre las manos. Un artefacto peligroso para los ególatras, un lugar donde lloriquear cuando te han cortado el frenillo de tu pene con unas tenazas, un espacio donde prostituir tu persona, el sitio perfecto donde regalar las bobadas que rondan tu cerebro con cuentagotas.
El camino que separa el punto A, el del ególatra que recrea Interviú a su imagen y semejanza, del B, donde terminas por escribir aquello que piensas que el resto quiere leer, no es más que una línea. Es como la caída de un caballero jedi hacia el Lado Oscuro de la Fuerza; un error pequeño, solo uno; una bola de nieve que empieza a rodar por la ladera de una montaña. El camino fácil, la vía más sencilla, escribir como un negro y mandar al carajo todos esos artículos sobre la muerte que apenas nadie quiere leer, hablar de pollas, de coños, de putas, de drogas, de sexo, de locos; convertir tanto blablablá, en más acción en topless.
Ser menos rebuscado.
Sé malo. Sé guay, como nosotros.
Un blog que funciona es como ese chico con novia que se encoña de la guapa del grupo; y ella jamás le dirá que quiere cambiarlo, que esas sudaderas negras del Carrefour y esos tejanos de treinta euros que siempre se rompen por la entrepierna tienen que evolucionar a ropa de Custo y Springfield, y a copas en garitos de moda, y a gente con más glam y menos ¡agh! y manchas de cerveza. Y cuando menos te lo esperas, la muy zorra te deja porque ya no eres auténtico y has cambiado, porque eso no era lo que la enamoró de ti.
En resumen, que todo esto es para decir que, si eres rebuscado de cojones y nadie te lee, ¿qué importa? Al menos estarás haciendo algo que te apasiona. ¿Y si te lee un montón de gente para qué intentar cambiar? Nadie despierta el interés de otros si lo que dice no le interesa ni a él; y no vas a gustarle a todo el mundo, so imbécil, no vayas por ahí. Pero lo sé, ahí están; ahí están todos esos tipos y tipas que dicen exactamente lo que la gente quiere oír y se hinchan los egos con más y más followers, y tuits, y fotos profesionales en Instagram, y nunca jamás los ves con un moco asomándoles por la nariz y ningún amigo cerca para avisarles de tal putada.
¿Por qué seguimos escribiendo blogs? Será que al menos a una persona le gustan todas y cada una de las entradas o artículos que allí aparecen; será que es tu bar preferido, ese recuerdo que atesoras, el perro de tu infancia, el primer beso lleno de babas y choque de dientes, el amor de tu vida.
Si eres sincero contigo mismo, no vas a permitirte el lujo de joder algo tan bueno.
Cada día intento hacer mil suburi, pero no siempre lo consigo. No es falta de ganas, ni forma física (al menos, ahora); ni tan siquiera dedicación o tiempo; un día u otro las cosas se tuercen, y escucho el campanario del Hospital de San Pablo anunciando la medianoche. El primer día, y el segundo, te ves a oscuras frente a un espejo con un sable de bambú entre las manos; el séptimo, no. El séptimo aprendes a aceptar que hay cosas que no puedes controlar; que no puedes llegar a todas partes.
Esto es lo que hago: me posiciono frente a un gran espejo y practico movimientos básicos de katana. Cada movimiento y corte debe ser mejor que el anterior. Durante quince o veinte minutos, me centro en el movimiento del arma y no existe nada más. Mantener una defensa adecuada, subir los brazos, fluir con el movimiento; brazos, hombros, muñecas…
No obstante, quizá no sepas de qué estoy hablando. Eso es porque suburi es kendō, y kendō sigue siendo un desconocido en Occidente. Por ello, no tiene traducción. Suburi es un corte, un movimiento en abanico, un golpe básico de katana, shinai o bokuto. Es un camino para mejorar cuando no hay entrenamiento en el dōjō; es un modo de crear un pequeño rincón destinado a la práctica y a la meditación; de convertir la frustración en aprendizaje, de mejorar día a día, de encontrar una vía para el crecimiento personal.
En casa, pero sobre todo en el dōjō, el kendō es vida, estudio y sacrificio; el kendō es esfuerzo y, al igual que la escritura, trasciende el pensamiento reflexivo. Por eso practico kendō; por eso intento mejorar día tras día en todo lo que hago; por eso escribo.
Echo de menos a Caos.Siempre echo de menos a Caos. Cada día. Todos los días. No sirve de nada, pero tenía que empezar diciéndolo. Siempre hay algo que termina por recordármelo en un momento u otro. Hoy, leo cáncer de hígado en Internet, y le echo de menos. Aunque él no se fue así; a él le dio un vuelco el corazón, y después a nosotros.
Echo de menos a Caos. Le añoro. No sé si lo añoro más que a mi padre, que sí se lo llevó el cáncer; no sé si lo añoro más que a los abuelos que conocí; no lo añoro más que a los amigos que marcharon temprano. Sé que fue familia, y sigue siéndolo.
Leo cáncer de hígado en un blog, y recuerdo que se irán. Se irán con casi todo lo que nos dieron a cada instante de sus breves e intensas vidas. Se irán. Casi siempre se irán antes, porque brillaron el doble, sino más. Ellos lo prefieren así; si se lo permites, te lo habrán enseñado bien a lo largo de los años.
Te habrán enseñado a dormir al sol tumbado junto a ellos; a reír por cualquier cosa que te apetezca; a besar cuando sientes que es la persona adecuada; a compartir las pequeñas cosas, y a ser un poco egoísta cuando se trata de tu juguete favorito, por supuesto; te habrán enseñado que el amor debe ser incondicional, que la vida es cosa de un minuto y que no hay nada que un perro no pueda perdonar, porque son mejores que tú y que yo.
Se van; también nosotros. Y duele tanto como debería, no más; y juras sentir cómo los recuerdos se desmigajan entre lágrimas amargas que pretenden atesorar una vida entera; juras que jamás volverás a pasar por algo así; juras que no es justo.
Escaparán mucho más lejos de lo que nunca corrieron; pagaremos ese peaje. Pero es un tributo tan escaso frente a una vida juntos que estaríamos locos si no volviésemos a caer en ese error mientras quede en nosotros un soplo de aire.
Nueva York es una ciudad fría. Un lugar de corazones templados y asépticos al sur de Manhattan y demasiados rostros como para creer en una definición coherente para la masa. Sin embargo, al aterrizar en Queens recordaba la descripción vibrante que semanas atrás alguien hizo de ella: una piedra de energía que reverberaba bajo nuestros pies y nos hacía creer que, en ese instante, estábamos en el centro del universo, había dicho; y una mierda. Yo me disponía a crear mi propia imagen de ella.
Días más tarde, cuando quise darme cuenta, despegábamos hacia Chicago y, por unos instantes, recuperé la misma sensación agridulce que me había acompañado entre las muchas caras de la Ciudad Imperial: la Estatua de la Libertad, los restos de Little Italy devorados por las caóticas calles de Chinatown, el Village mirando al Hudson, el Museo Metropolitano, las zonas de moda que poco nos ofrecían, como el SoHo o TriBeCa, y también las de guerra cuyas ascuas se han terminado por diluir: South Bronx, Bed-Stuy Queensbridge… Allí, donde las deportivas fueron una tumba en lo alto de un cable eléctrico y hoy poco hay más que el hombre del saco con el que cada uno viaja.
Dicho esto, por esta vez intentaré empezar por el principio. Así que, antes de continuar, queda por anunciar que el viaje a la Gran Manzana nos llevó siete días. Aterrizamos en el JFK un miércoles a mediodía, enlatados en un Boeing 747 de Aeroflot y escapamos un jueves, a primera hora; primero, por tierra, desde Harlem; más tarde, por aire, dejando LaGuardia, Queens y Nueva York muy, muy atrás.
Para ahorrar en los billetes, meses antes habíamos decidido hacer escala en Moscú, lo que veinte horas después de abandonar suelo español me parecía de todo menos una buena idea. Ya en tierra, el ascenso hacia el norte de Harlem fue caótico, aunque no excesivamente complicado; sumergidos en una maraña de calles, líneas de tren y carreteras a través de las que se movían veintidós millones de personas.
Vista de Central Park en un día de nieve
Demasiadas para recorrerlas a pie. Demasiadas para verlas en una vida. Repletas de microhistorias que componen, una junto a la otra, el verdadero significado detrás de todo tipo de significantes; la sorpresa de reencontrar un inesperado relato repleto de inmigrantes rusos en Coney Island —la cual solo recordaba por aquel balazo cinematográfico al asociado de la familia Tattaglia y por su parque de atracciones—, de miles de judíos ortodoxos al norte de Brooklyn, de un jazz primigenio que no conseguí escuchar en Queens y de un zoo en el Bronx que me negué a visitar.
Conjunto escultórico que homenajea el trabajo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Eh… Esto… ¡Que les corten la cabeza!
Contrastes que hoy ya se escapan por la distancia y el tiempo, pero que me dejaron intuir que debajo de los rascacielos y las promesas que el toro de Wall Street lanzaba al aire, hay tanto individualismo y mediocridad en la Gran Manzana como belleza y funcionalidad. Quizá por ello me costó tanto escribir siquiera unas breves notas durante los primeros días; todo era nuevo y diferente a cualquier ciudad europea, y se mantenía de algún modo oculto esperándonos para levantar el velo de las zonas más asombrosas de Central Park, Greenwich Village o el Financial District, y las más vulgares del Lower East Side —en especial, el paseo marítimo bajo el tren con todo tipo de cargueros bailando a lo largo del río de nombre mediocre—, pero también extremadamente práctico, como hormigas que no sabrían decir si construyen un skyline para acercarse a Dios o una cárcel para volverse presos de sus propias ideas.
9/11 Memorial en el Financial District de Nueva York para homanejear a las víctimas de los ataques del 11 de septiembre.
Por eso escogimos la W 135th de Harlem[1]; por eso y porque no teníamos mucho dinero, claro; por eso y porque los hoteles son asombrosamente caros en toda Nueva York, aunque no tanto como en San Francisco, como descubriríamos semanas más tarde; por eso y porque, como su propio nombre indica, es un barrio de contrastes donde tras cada esquina no sabes si encontrarás un directo de Aretha Franklin en el Apollo Theater o un bulevar repleto de casas de verano holandesas de 200 años de antigüedad.
Museo de Historia Natural de Nueva York en la 79th St.
Allí las avenidas cambian de nombre, rebautizadas para homenajear a verdaderos líderes de época, de Martin Luther King a Frederick Douglas; de Malcolm X a Adam Clayton Powell Jr. Y no hay que olvidar que ese es el verdadero poder de esa gente, y eso es algo digno de respeto. Algo de lo que cualquiera puede aprender unas cuantas cosas. Además, muchos mapas turísticos terminan en el Uptown, en la calle 110, lo que (para nosotros, al menos) supuso motivo suficiente para escalar hasta uno de los retazos de la verdadera ciudad.
5 de marzo de 2016
Para ordenar mis ideas y los trayectos de norte a sur de Manhattan, hemos recogido un mapa cualquiera y planeado el siguiente paso desde el primer minuto de este sábado. ¡Qué idea tan impensable una vez te adentras en el Midtown!
Hoy bajamos en SoHo, y de nuevo comprobé cómo Nueva York puede sorprenderte con lo mejor y lo peor a una manzana de distancia. El barrio todavía no había despertado, aunque los escaparates de algunas galerías de arte fueron suficiente para atraernos con propuestas agresivas, rompedoras y, probablemente, mucho menos reconocidas de lo que imaginamos (o no).
Deslizándonos, en seguida, hacia un expreso entre los colores italianos en fachadas y comercios, Little Italy se abrió a nuestro paso. Un ya eterno lo que fue que se recuerda entre acrónimos a su alrededor. Por el contrario, Chinatown se diluye entre bloques y avenidas a su paso, con un bullicio y cierta excentricidad que, sin tener la seguridad ni el modo de comprobarlo, estoy seguro que Woody Allen debió usar como escenario en algunas de sus películas.
También caminé entre Two Bridges por varias horas y hacia el norte, donde encontramos un barrio residencial ucraniano y perdimos la pista del museo local mientras Laura buscaba el Kat’z Deli de Cuando Harry encontró a Sally con mayor éxito. Persiguiendo su estela, terminé la mañana descendiendo hacia el extremo sureste de la isla y esquivando cagadas de gaviota a través de una vista nada bucólica bajo el tren y frente al East River.
A mediodía, para recuperar el ritmo, decidimos cruzar el río a pie a través del puente de Brooklyn, que nunca imaginé como un espacio tan inconmensurablemente turístico pero que, sobre todo, no creí que fuese a abrirme tanto los ojos. Al ver alejarse Manhattan tras de mí, he pensado: Nueva York esconde buena parte de su carácter entre colosos de acero. (Qué jodidamente pedante, lo sé.) A medio camino, nos hemos detenido encima del río para ver el Empire State Building y el corazón del distrito financiero; al otro lado, una imagen mucho más real, cercana y quizá importante de lo que verdaderamente es la ciudad. De su verdadera extensión y de su esencia, que se impregna en todas direcciones con edificios más humanos en Brooklyn, Queens o el Bronx.
Volviendo hacia Harlem, hemos cerrado dos cuentas pendientes: el Apollo, el de verdad, el de Jackson y Fitzgerald, el de Louis Armstrong, el de la era del swing, del jazz, del góspel, y el que Hendrix hizo arder. También las casas de Harlem, las residencias holandesas entre Adam Powell y Malcolm X, y mucho más arriba, hasta Fort Tryon Park; nos negábamos a ajustarnos a Times Square donde ya quedan fijos demasiados ojos: hoy lo queríamos todo.
Tras el primer día, que dedicamos a familiarizarnos con Harlem y a una mínima parte del Upper East Side, escribí algunas notas en la misma libreta que habíamos reservado para programar el viaje y apuntar cuestiones de interés, gastos y todo tipo de ideas que salían a nuestro paso. Me pareció más que suficiente y un recordatorio importante para nosotros mismos, pues me negaba a admitir que la funcionalidad fuese tan contraria a nuestro espíritu como me habían hecho creer las primeras horas que habíamos pasado con la gente de Nueva York. Después, no sé cuándo, descubrí que no eran más que los valores de la fórmula; una composición que, en todas partes, se permite variar los trazos que la componen.
The High Line, una antigua vía de tren reconvertida en paseo.
Según esas mismas líneas escritas con letra rápida y constantemente emborronadas, el día siguiente fuimos a Central Park. Nevó. Nevó desde primera hora de la mañana hasta la tarde, pero lo consideramos un verdadero regalo y no lo contrario, y ni el frío ni la nieve que cuajó por tres días nos impidió visitar de punta a punta el parque en casi total soledad.
El cinco de marzo vimos SoHo (South of Houston Street), Little Italy —tan pequeña hoy que solo pervive gracias a unos pocos comercios, algunas bocas de incendio y banderas tricolor y todo aquello que fue y que NoLita y Chinatownse encargan de recordar que ya no es. A mediodía, paseamos a través de un pequeño retazo de Brooklyn en Williamsburg, famoso por el gran número de judíos que profesan el jasidismo, una corriente ultraortodoxa de las pocas que todavía hablan yidis como lengua materna.
Times Square con menos gente de lo habitual. ¿Escalofriante, verdad?
Al Midtown Manhattan le reservamos todo un día, que empezó entre dos enormes catedrales que palidecían a causa de los edificios colindantes y terminó con un paseo por The High Line, una antigua línea de tren reconvertida en jardín flotante y mirador en el barrio de Chelsea.
6 de marzo de 2016
Hoy he visto una cara muy distinta de esta ciudad e, irónicamente, es la que suele ver todo aquel que viene: el Upper East Side, el Lower East Side, Columbus Cyrcle, Rockefeller Center, el Edificio Chrysler, el Empire State Building, y mucho más.
Colón también me ha hecho recordar con un café demasiado largo entre las manos que hay otro mundo que nos espera más allá del Atlántico. De algún modo, es curioso que, para todo aquello, tengamos que alcanzar el Pacífico, para lo que falta casi un mes y miles de kilómetros de distancia.
Al atardecer, entre Chelsea y el West Village me he sentido afortunado de poder contemplar la luz que se refleja en el Hudson con los ojos menos cansados que muchos otros que pisaban los raíles del antiguo High Line. También he notado cierta comodidad, más de la que esperaba, como si pudiese imaginar una vida (u otra) en este país; por un segundo, auguré que eso sería la mejor forma de aprender inglés, pero también de huir de todo aquello que no es perfecto o estamos cansados de oír cómo se nos promete en España. Quizá lo que los ciudadanos escuchan aquí también sean mentiras, pero al menos serían otras mentiras.
A medio camino entre llegar y dejar la ciudad de nueva York y ponernos en marcha hacia el inicio de la ruta, creo que acerté plenamente al visitar junto a Laura Harlem, Brooklyn o el South Bronx antes de acercarnos hasta ubicaciones más reconocidas. Mañana terminamos esta otra etapa del viaje, entre el distrito financiero y la Estatua de la Libertad, que prefiero ver a lo lejos, como solían hacer millones de emigrantes en busca de un futuro mejor, o por lo menos distinto.
Para pasado mañana reservo fuerzas, no quiero pensarlo; no quiero pensar más de la cuenta; no sé qué nos espera, y esa es una de las mejores sensaciones que puedo imaginar, porque hemos empezado a caminar al ritmo de esta ciudad, del país que define, y estoy seguro de que nadie podrá pararnos, no hasta alcanzar el oeste.
Veinticuatro horas más tarde, caminábamos a lo largo de Greenwich Village hacia TriBeCa —que viene de la contracción Triangle Below Canal Street que hace referencia a la forma triangular o trapezoidal del barrio en sí—; terminamos la ruta en el Distrito Financiero, entre las fuentes dedicadas a las víctimas de aquel 11 de septiembre que siempre me resultó tan irreal, tan difícil de creer, tan espeluznante, perdidos entre el famoso Charging Bull de bronce y el National Museum of the American Indian. Solo quedaba coger un ferry a la Estatua de la Libertad, pero no lo hicimos; lo intercambiamos por una vista más cercana a la de los inmigrantes de principios de siglo que se detenían en Ellis Island a través del trayecto de Manhattan a Staten Island.
La famosa estatua del hombre con el maletín (titulada Double Check, de Seward Johnson) y un servidor en Wall Street.
Ahorramos unos cuantos dólares (más de los que imaginé por el coste medio de asistir a esa escena dentro del imaginario colectivo de la Libertad iluminando al mundo), pero también dejé una espina clavada y una cosa más por hacer si vuelvo a pisar tierra estadounidense. A la vuelta, caminamos por Battery Park y cogimos el metro; los cinco días de caminatas constantes empezaban a pasarnos factura.
7 de marzo de 2016
Hoy tengo poco que añadir. La semana ya casi ha llegado a su fin —la semana en Nueva York—; nos queda el martes y el miércoles para terminar de disfrutar de lo poco que nos hemos dejado por ver de Manhattan. Esta mañana hemos recorrido TriBeCa desde más allá de Chelsea y, ya sumergidos en el Distrito Financiero, reservado un par de horas al memorial que recuerda los atentados del 11 de septiembre (9/11 Memorial).
Allí hay algo verdaderamente americano, algo que explica muy bien parte del carácter de esta gente: donde hubo dos rascacielos han levantado una decena en poco más de una década de perseverancia. Donde hubo miedo, hay tenacidad y firmeza; y en todo ello puede que a veces también surja cierta ceguera, pero no me lo pareció. Después nos hemos refugiado cerca de Battery Park, pero antes de conocer a la dama francesa que ilumina el mundo nos hemos dejado caer por el museo de las culturas americanas. Una mirada profunda al pasado de todo el continente que nos ha sorprendido muy gratamente.
Al volver hacia el norte de la isla, lo hemos hecho a través de la estación de Canal Street, donde me rendí a unos cuantos de esos estúp... estupendos selfies con los que Laura me tortura, mientras miraba hacia Nueva Jersey desde el embarcadero de Esplanadem.
Cansados de tantas subidas y bajadas a lo largo de Manhattan, hace varios días que acordamos terminar de dar buen uso a la tarjeta de metro semanal con viajes ilimitados. Ahora, de nuevo en Harlem, con el Toro de Wall Street, la Estatua de la Libertad o las típicas casas pareadas del West Side detrás, no puedo dejar de pensar que, cuando algo se vuelve material, pierde una parte de esa realidad de la que no querríamos desprendernos; quizá el peso que tienen nuestros sueños sea aquello que nos hace movernos. ¿Y después? Supongo que es momento de coleccionar nuevos sueños y seguir forjando recuerdos…
Los últimos dos días en la ciudad, martes y miércoles de la semana siguiente a nuestra llegada a EEUU, no recuerdo qué hicimos. Sé que intentamos no gastar tanto —excepto los caprichos y las concesiones necesarias cuando uno cumple treinta años en el extranjero, por supuesto—, caminamos algo menos y rellenamos huecos entre el sur del Bronx, el centro de Manhattan y Brooklyn. También visitamos Coney Island y paseamos por su playa repleta de gaviotas, acentos de la Europa del este y un último vistazo al Atlántico. Sé que, en Nueva York, pese a alguna que otra decepción de la que culpar al imaginario colectivo, todo fueron buenos momentos, y es mucho más de lo que se le puede pedir a un viaje tan ambicioso como este.
Decoración de una de las salas del ala asiática del MET o Museo Metropolitano de Nueva York.
Como ya dije, todo comenzó en Nueva York. Caminamos más de ocho horas durante siete días. No vimos nada. Sé que pensaba en eso cuando llegábamos a LaGuardia, en el extremo norte de Queens. Solo retazos de una historia que, de un modo u otro, escapa de nosotros en todas y cada una de las ciudades que visitamos; donde tu paso es tan breve, tan fugaz, que te hace dudar si alguna vez significó algo fuera de ti. Por último, me concentré en dormir; eran las ocho de la mañana y estábamos en un avión rumbo a Illinois; solo tenía tres días para ver la ciudad más importante del estado y coger fuerzas para empezar con el verdadero viaje de costa a costa.
[1] Si nunca has visitado Estados Unidos, deberías saber que muchas de sus ciudades se han diseñado en un mapa. Así, por regla general, se escoge una avenida que corta verticalmente la ciudad y se nombra a las calles perpendiculares a la misma con el apelativo W (West; oeste) o E (East; este) junto a un número dependiendo de a qué lado de la misma se encuentren.
Cansado. Recomponiendo la mente; pieza a pieza. Con sentimientos encontrados. Extrañado de escuchar hablar en castellano a mi alrededor: sin acento latino, por supuesto. Con un jet lag generoso de esos que te dejan dormir unas horas y engañar al cuerpo. Y con ganas de un café como dios manda.
Por ahora, con todo lo que os puedo obsequiar es con una pequeña lista de imágenes que traigo conmigo. Como el hombre que se masturbaba frente al Caesar’s Palace en el Strip de Las Vegas a mediodía. O una cabina de avión perdida en el jardín de una casa cualquiera en el desierto de California. El ceda al paso que descubrimos en una carretera que cruzaba justo por el medio del Aeropuerto Internacional de Chicago mientras aterrizábamos. Las miles y miles de señales de WRONG WAY que avisaban a los conductores de Texas de que se trataba de una salida de la autopista y no de una incorporación (y el sudor frío que te recorría la espalda al imaginar cuántos hombres se habían lanzado al volante de su pick up en dirección contraria). Un pueblo lleno de burros; unos perros que parecían abandonados en territorio navajo, donde la policía del estado no tiene jurisdicción, y muchos cadáveres de animales muertos en el arcén de la 66.
Mucha flora y mucha fauna también. En eso nos pasan la mano por la cara, aunque no queramos aceptarlo. Y patos, y gansos, y ardillas, y ocas, y cientos de aves, y coyotes, y osos. Y leones marinos en San Francisco y en la Costa Oeste (que no formaba parte de la ruta, pero la recorrimos igual). Y verde, y parques enormes, y secuoyas, y cómo cambia el paisaje engañando al ojo mientras la carretera serpentea delante de ti. Y locos, y claroscuros de democracia y de libre mercado.
Una de esas personas verdaderamente especiales que tuvimos la suerte de conocer en el camino. Ni Nueva York, ni Illinois, ni Missouri, ni Kansas: ¡América empieza en Oklahoma!
La imagen de un Spiderman en Times Square haciendo su buena acción del día mientras los turistos gritan: Thanks a lot, Spiderman! Coches aburridos y adormecidos que no siempre hacen justicia al recorrido. Recuerdos próximos de moteles que ya se mezclan entre sí tras un mes de viaje; husos horarios que amenazan con alargar las puestas de sol, y un arquetípico (y fantástico) redneck de Oklahoma gritándonos WELCOME TO THE REAL AMERICA!al pisar el pequeño pueblo de Erick antes de seguir en dirección a Texas.
Ya hablaremos de todo esto Por ahora, queda cerrada la aventura. Colgamos la mochila en el armario. Ponemos la ropa a lavar. Descansamos en nuestra cama, que no se siente tan nuestra ya, ni tan importante; saludamos y disfrutamos de lo esencial (los perros, los gatos, los amigos, la familia; nosotros) y dejamos pasar un par de días más, ¿os parece?
Somos la generación puente. Los últimos que conocieron el mundo analógico sin filtros digitales. Los infelices. Los engañados. Los hijos de los primeros miembros de la generación X, o de los últimos boomers.
Se nos conoce como millennials, aunque yo no tenía ni idea de esto hasta hace poco. Parece ser que somos la generación del milenio; la generación de la que todo el mundo habla; los nuevos consumidores, los eternos niños con síndrome de Peter Pan, las expectativas que no llegaron a cumplirse incluso cuando nosotros mantuvimos nuestra parte del trato…
Lo leía justo ayer; recuperaba un artículo que encontré perdido en la red. Decía: “Nos educaron para un mundo que ya no existe”, en grandes letras negras. Y hay mucho de cierto en esas líneas, aunque también algo de rabia escondida, algo de rabia sobre lo que tenía que ser y no ha sido, como si hubiera un acuerdo tácito que incluyese todo lo que nos prometieron; una alianza inquebrantable firmada a sangre, fuego, sudor y lágrimas con nuestros padres.
Con mi mano loca hago ¡zas! y te pego en toda la boca…
Hoy, mi generación engloba a los pocos jóvenes de la historia que hemos sentido nostalgia de algo con menos de treinta años; somos los primeros en reconocer un cambio acelerado, y en no tener a qué agarrarnos. Somos los jóvenes ya no tan jóvenes; los condenados a fracasar frente a unas expectativas que no se corresponden a la realidad que nos ha tocado vivir y para la que se nos preparó.
Estas eran algunas de las ideas que se exponían en uno de esos artículos donde se reúnen a cuatro o cinco personas alrededor de una mesa y un periodista conduce con mayor o menor implicación las palabras que allí se pronuncian. Aunque no tengo la más remota idea, me imagino que se graba, se toman notas y se recortan los trazos más interesantes de esa experiencia con una introducción y, a veces, si no es un buen texto, también un cierre que intente corregir ese problema.
Hacia otro mundo más que ya no existe
En el artículo que te comento me gustó que me hablasen de Compañeros, de Jurassic Park o de las Spice Girls; recordar los Juegos Olímpicos de mi primera infancia, las manifestaciones con sabor a trágica adolescencia contra la Guerra de Irak, y las tardes de fútbol, los bocatas, las excursiones a la montaña con los amiguetes, y los fines de semana en la calle.
No ganamos pa’balones de fútbol, Oliver. Oliver y Benji (Captain Tsubasa, 1983-1986).
La historia nos recordará también como a millennials, pero transportamos una gran brecha frente a los miembros de la década siguiente; somos los primeros en nada, y los últimos en unas cuantas cosas, y lo cierto es que la forma en la que se exponía me gustó.
Estudiarás por encima de todas las cosas
Somos la primera generación que tiene la seguridad de que estudiar y formarse no es sinónimo de un buen sueldo, ni de estabilidad económica o de vivir en una casa a cuatro vientos en la zona alta de tu ciudad. También somos de las primeras generaciones que cambia su ideal de vida; ¿pero qué fue, antes el huevo o la gallina? Preguntarse si las carreras universitarias con cada vez menos becas, con prácticas no remuneradas y con la inseguridad laboral asomando el hocico a la vuelta de la esquina son el problema del sistema o solo una mentira más que se une a aquello de que te ibas a comer el mundo con tu licenciatura.
¿Tu primer piso pagado con 27 años? ¿Estrenar coche una vez por lustro? ¿Entrar con la cabeza bien alta en una hipoteca a 35 años? Las experiencias en las que nos reflejábamos, las experiencias de nuestros padres, nunca serán las nuestras. Ni por asomo. Una de las voces del texto decía: “…tenemos la suerte de que nuestro primer trabajo ya fuese una mierda”.
Una mierda lejos de la burbuja inmobiliaria, de las nóminas de cinco cifras, de un mundo de prestado. A fuerza de golpes, terminamos por descubrir que ya no habíareglas fijas, ni en los estudios ni en el trabajo, sin nadie que te lleve de la mano y te asegure que todo saldrá bien, con pocas certezas y muchas expectativas puestas en uno mismo; ¿pero no es acaso eso mucho mejor que dejar pasar tu vida entre cuatro paredes?
No crecerás
Independizarse. Estudiar y trabajar. Vivir con lo puesto, de prestado, con cien euros de margen en el saldo de tu cuenta corriente. O vivir con los padres. Culpando al mundo de cómo nos engañó al estudiar esa ingeniería de la que no queríamos saber nada en su momento. Con trabajos que requieren una décima parte de tu formación. Con sueldos que te obligan a esbozar una sonrisa amarga al escuchar la palabra mileurista…
¿Ni estudias ni trabajas? ¿O no encuentras ni una cosa ni otra?
Hoy, podemos ser Peter Pan, retrasar la madurez, porque todo acompaña: el salto digital, las promesas incumplidas, el entorno en el que nos movemos; todo ello muy lejos de los pisos en propiedad, las segundas residencias, los hijos… Pero también podemos jugar la mano que nos ha tocado; comprender que no siempre hace falta ir de farol si, frente a ti, nadie tiene buenas cartas sobre la mesa.
No apoyarás a los partidos tradicionales
En los buenos tiempos, no desarrollas conciencia política, dicen estos chicos y chicas sobre los que estoy leyendo. Así que somos quienes somos porque nacimos en España, pues; porque José María Aznar se pasó por el forro lo que le pedían millones de ciudadanos, porque el PSOE y Zapatero nos mintieron siguiendo con el tema aquel de que no había crisis cuando todo explotaba; porque vivimos el 15-M, en Sol, en Plaza Cataluña, y en tantas otras ciudades, y quizá salimos corriendo e incluso recibimos cuatro hostias o un pelotazo de goma.
También somos aquellos que no quieren crecer, aquellos con demasiados miedos, y parece que con el temor suficiente para frenar un cambio real en la política de su país; personas que ya son miedos, y poco más; personas que observan, acorraladas, como su zona de confort se empequeñece día tras día.
Somos conscientes de que la idea de Europa en la que se sumergieron nuestros padres no era más que un ideal vetado a muchos, que los mercados cortan las alas a la política, y que la política tradicional ni escucha ni representa a nadie.
Por ahora, poco hacemos todavía.
No codiciarás un futuro
Sin casa. Sin curro. Sin pensión. Sin miedo. Ese era el eslogan del colectivo madrileño Juventud Sin Futuro. Pero también es una realidad que ya ha cristalizado. Los nacidos en los ochenta hemos generado ideales a una velocidad pasmosa; siempre por obligación.
En unos años, ¡voy…a…ROBAR…tu trabajo!
Una vez se ha consolidado un nuevo panorama político y social, es momento de decidir qué hacer; ahora ya no hay excusas; no hay posibilidad de seguir diciéndonos a nosotros mismos: no lo sabíamos; tampoco de culpar a los que nos precedieron, de no dejarnos hacernos un hueco y ponernos algo más cómodos antes de que nos viésemos cara a cara con la siguiente generación —con los nativos digitales— bajo las mismas condiciones del mercado.
Ahora toca decidir cómo afrontamos el resto de nuestras vidas, sin el trabajo con el que soñábamos, o peleando por él, sin seguridad económica, sin Estado del Bienestar, con escasas probabilidades de cobrar una pensión de aquí a treinta o cuarenta años…
Un mundo de incertezas que se abrió paso a toda velocidad y nos cogió por sorpresa; casi una década después, es tarea nuestra convertir la nada en un futuro con el que estar en paz cuando llegue el momento. Quizá nos lo dieron todo, y ahora, poco hay que no nos parezca nada.
El miércoles hacia el mediodía aparcaríamos en Toledo, a casi setecientos kilómetros de Barcelona; allí estaba previsto comer, pasar la tarde, ver el Alcázar, la Catedral de Santa María y el Puente de San Martín. No teníamos intención de salir de fiesta, ni de acostarnos tarde, porque el jueves nos esperaban Mérida y Badajoz. Acompañados del fuerte rugido del motor de la berlina, cruzaríamos la frontera con Portugal a través de la A6 hasta su capital: Lisboa; allí nos esperaban cuarenta y ocho horas de turisteo antes de coger el coche y escapar hacia la cara sur de la península: Faro, Sevilla, Córdoba y Granada; después Valencia y, por último, de vuelta a Barcelona.
Antes de que sigas leyendo, es importante que entiendas que esto no es una crítica a una protectora, sino una experiencia personal. Una experiencia preciosa que es la adopción de un animal (otra más, en mi caso) con el que compartir tu día a día y en la que pueden salir cosas bien y pueden salir cosas mal.
En este caso, salieron algunas cosas muy bien y otras no tan bien, pero en ningún caso se trata de un reproche —y no debería leerse como tal—, sino de una forma de seguir creciendo como personas y encontrar el modo de ayudar a todos los animales que han tenido la poca fortuna de acabar en un refugio, perrera o protectora.
La ruta estaba planteada para ocho o nueve días, con un día de margen por si las moscas; los hoteles estaban reservados y pagados, los perros irían a casa de unos amigos y los gatos y las plantas quedaban al cuidado de la familia. Todo estaba listo para despegar el 8 de agosto.
Esas vacaciones iban a ser una primera toma de contacto para nuestro viaje por Norteamérica, que supondrá miles y miles de kilómetros por tierra y por aire durante más de treinta días. Por el contrario, las cosas empezaron a tomar un rumbo diferente a mediados de la semana anterior.
Una semana antes, Laura, mi pareja, me enseñó varias fotos de un perro con leishmania que había sido recogido, moribundo, en la Societat Protectora d’Animals de Mataró (SPAM). No le di mucha importancia; cada pocos días miramos imágenes e historias de perros y otros animales que no han tenido demasiada suerte; pese a las miles de historias como la de Caos, intento no profundizar en cada una de ellas: leo, comparto y, a veces, hago un seguimiento para asegurarme de que un porcentaje de las mismas tienen final feliz y puedo seguir manteniendo algo de fe en la humanidad.
Por esas fechas, dejamos pasar un par de días, pero volvimos a hablar sobre él, de improviso. Esa es una señal compartida de que un bicho nos ha tocado la fibra, por lo que una semana antes del viaje a Portugal y Andalucía, decidimos acercarnos por la protectora y visitarlo. Duc estaba en el programa Els que ningú vol (Los que nadie quiere), y había superado una larga enfermedad; también era un pastor, como Dana y como Caos; un pastor que había perdido parte de la trufa y de las orejas; y un dedo de una de una de sus patas traseras.
De izquierda a derecha: Argos, yo, Félix y Dana, y Laura con Duc (hoy, Foc).
La mayoría de nuestros amigos suelen recomendarnos que dejemos pasar unos días de margen antes de adoptar a otro animal (un buen consejo, que esta vez no seguimos del todo). Frente al perro, frente a Duc, que terminaría por llamarse Foc, lo tuvimos claro desde bien pronto. Aun así, decidimos hacer las cosas bien, y nos reservamos el tiempo suficiente para subir al refugio con el resto de nuestros perros y presentarlos como es debido. Hasta aquí, los planes se mantenían tal cual: todavía quedaba una semana para salir de viaje, y todo había ido a la perfección cuando nuestros animales y el nuevo miembro del quinteto se conocieron.
Pero, entonces, las cosas se empezaron a torcer por unos cuantos días.
A las 10 de la mañana del primer sábado del mes de agosto, aparcamos delante de la Societat Protectora d’Animals de Mataró (SPAM). Por primera vez, aunque no será la única, invito a cualquiera que lea este texto a fijarse en los aspectos positivos y negativos de la experiencia, y también a recordar lo fácil que es hablar desde fuera, la tarea titánica que supone encargarse de cientos de animales cada mes y la imposibilidad de controlarlo todo en cualquier faceta de nuestras vidas. Aun así, también a conocer aspectos que creo que son importantes de reseñar para que cualquier miembro de una protectora, voluntario o gerente de un centro de recogida de animales, reflexione sobre ello.
Empiezo, pues.
Una meada de 300 euros
Cuando llegamos, un chico se llevaba a Duc. Laura y yo subíamos en coche a Mataró con nuestro amigo Félix, adiestrador profesional con nombre de gato, y decidimos, por recomendación del mismo, hacer las presentaciones de los tres perros (Argos, Dana y Duc) fuera de la protectora si a los responsables les parecía una decisión acertada: menos estrés, menos animales que pudiesen afectar ese primer contacto, un ambiente más relajado con posibilidad de paseo… Por lo que parece, nadie había anotado que Duc ya tenía una familia interesada en él, y si llegamos quince minutos después, habría terminado en otra casa.
Foc en la Sierra de Collserola, junto a nosotros y unos amigos.
Duc salió de la protectora de Mataró alrededor de las 16:00; con la decisión de cambiar su nombre, pero sin opciones todavía, y con una obstrucción en la uretra que todos desconocíamos y que le había impedido hacer pis desde que nos reencontramos esa mañana por segunda vez. El veterinario —un chico muy profesional al que le calculé unos treinta y tantos— nos dijo que podía ser estrés y que lo controlásemos.
Nunca había escuchado ni leído que un animal pudiese no hacer pis por estrés, pero lo anoté mentalmente para informarme sobre ello y nos marchamos. A medianoche, todavía no había meado; llamamos a la protectora y, en este caso, la respuesta no nos convenció, por lo que subimos al coche con él y fuimos al Hospital Veterinario de Balmes —uno de los pocos que conozco que atienden 24 horas en Barcelona— y que, pese a su gran trabajo, lo cierto es que no nos trae buenos recuerdos, pues allí fue donde nos despedimos de Caos.
Esa primera noche le tuvieron que vaciar 700 ml de orina con una sonda. A los dos días, Foc —a quien rebautizamos entre subidas y bajadas de Mataró a Barcelona, y viceversa— fue operado de urgencia. A mediados de la semana siguiente, cancelamos nuestras vacaciones de 2015 sin atisbo de duda; y después de todo aquello, los controles y el trabajo del equipo de la protectora y el Hospital Veterinari del Maresme fueron perfectos.
¡Foc y Dana se van de excursión!
Sin embargo, lo cierto es que quedaron varias cosas que me hubiera encantado comentar con alguna/o de las/os responsables del centro. Primero, la falta de control y, en cierto modo, la negligencia de entregar a un perro, sobre todo a un perro con problemas físicos y de comportamiento (miedo; inseguridad) al primero que quiera sacarle del centro, donde la pena y la compasión, en un caso tan mediático como este, no siempre pueden paliar la necesidad de conocimiento y de una verdadera disposición sobre lo que significa adoptar a un perro con necesidades concretas. Para ejemplificar esto, basta con decir que la persona que se llevaba a Duc a primera hora jamás había tenido un animal a su cuidado, ya que Laura tuvo la oportunidad de hablar con él.
En segundo lugar, la ausencia de un registro detallado de la salud de un animal, en especial de un perro enfermo que ha estado en un estado crítico durante varios meses. ¿Cómo es posible que nadie supiese que estábamos adoptando a un perro con cálculos en la vejiga y en la uretra?
Lo positivo, y también lo negativo
En contrapartida, hay muchas cuestiones que, por descontado, podemos enumerar a favor de la gestión del SPAM; para empezar, la falta de inversión pública, como nos demuestra el cierre de la perrera municipal (triste e irresponsable a partes iguales) y el movimiento popular que se ha visto en Charge.org y en redes sociales; del mismo modo, como adelantaba párrafos atrás, es muy sencillo hablar desde fuera, o desde protectoras con 15 o 20 perros que critican la falta de control de espacios como Badalona o Mataró, donde se atienden y entregan en adopción a cientos de animales cada año.
Por todo ello, no me gustaría que se leyese este texto como una crítica a una protectora, sino como una experiencia que nos ayude a todos a abrir un poco más los ojos.
El día antes de Reyes, por azar, volví al SPAM —al centro original, no a la perrera que se anexionó a la entidad en 2010. Después de mucho dialogar con una pareja de amigos y de darles mi opinión (contraria), subíamos a conocer a cuatro cachorros que habían entrado la noche antes: entre las 10 y las 11 de la mañana, todos habían sido adoptados, y solo llegamos a ver cómo se llevaban al último de ellos (¡y a varios perros fantásticos de menos de un año a los que mi amigo, por tonto, no quiso dar una oportunidad!).
Foc y un servidor con ganas de dar un buen paseo.
Eso no está bien. Invito a todo aquel que haya leído estas líneas que visite la SPAM de Mataró y compruebe la cantidad de grandísimas personas y fantásticos profesionales que allí se dan cita, que confirme por redes sociales el asombroso trabajo de difusión que realizan, y que también se alegre por todos los perros y gatos que consiguen dar en adopción.
Pero ese sistema no puede funcionar. No deben entregarse cuatro cachorros la víspera de Reyes a familias con las que no hay tiempo de cruzar más que unas cuantas palabras; a familias que no sabemos si han llegado por casualidad ese día o simplemente este año no tienen dinero que gastar en una tienda de animales.
Si falta inversión, si hay demasiados animales abandonados, si no hay una conciencia real frente al abandono y el maltrato animal, presionemos por una Ley de Protección Animal más dura y más funcional, pero no frivolicemos con algo tan serio como la adopción de un miembro de la familia, porque entregar un animal a ciegas y sin control es casi tan peligroso como abandonarlo a su suerte.
Y… ¡eso es todo, amigos!
Porque nadie nos asegura que un perro o un gato no pueda tener dos vidas de mala suerte, pero jamás deberíamos potenciar nosotros esa posibilidad; sobre todo cuando lo único que deseamos con todas nuestras fuerzas es ayudarlos.
Por último, si has llegado hasta aquí, te pido otra vez que no te quedes con lo negativo, y mucho menos que se te ocurra desconfiar del grandísimo trabajo de la SPAM a causa de mis palabras. Decenas, sino cientos de personas, se implicaron en la recuperación de un perro con leishmaniosis muy grave, y entre voluntarios, veterinarios y casas de acogida consiguieron sacarlo adelante; nosotros somos el último peldaño, los afortunados que deben darle una segunda oportunidad a ese animal, y todo lo anterior solo es una pequeña parte, un tropezón por el camino, pero pocas cosas hubiesen sido más agrias que terminar una historia que recién volvía a empezar.
Hoy, Foc es feliz, tiene salud y hace ejercicio diario; y podría cerrar este (no tan) breve artículo diciéndole a todo el mundo que su vida es perfecta, pero mentiría; tras más de medio año con nosotros, sigue mostrando inseguridad con personas, y también ansiedad en un gran número de situaciones diarias. Y sabemos que seguirá arrastrando ese abandono cobarde durante gran parte de su vida; mientras, nosotros continuaremos esforzándonos para que lo deje atrás y él, a su vez, seguirá haciendo de nuestra vida algo un poco más perfecto.