Arturo y la libertad

Murió Arturo. Ya se acabó. Quedará para cada uno —y en especial para los de siempre— si existió una solución mejor, una forma de liberarlo de los barrotes o de ofrecer una mínima calidad de vida a esa presa que vivió cautivo treinta y un años.

El animal más triste del mundo. El último oso polar recluido en Argentina. Arturo, quien soportó temperaturas de más de cuarenta grados durante el verano austral; en una piscina, en el interior de una jaula de escasas dimensiones. Triste, deprimido, muerto en vida, como tantos otros animales que, como nosotros, no pueden soportar la visión eterna de una celda entre ellos y el mundo.

Oso Arturo (fotografía)

El Zoológico de Mendoza se atrevió a comunicar que ha vivido una larguísima vida, notablemente más extensa que la mayoría de sus congéneres, obviando el hormigón coloreado en azul, la soledad, el aburrimiento, el estrés; incluso la charca con dos palmos de agua que mezclaba lágrimas y un anhelo de naturaleza que nunca fue saldado.

La reclusión no casa bien con el instinto, el mar, el frío, la supervivencia, la caza, la compañía de los suyos, la libertad, y aún menos en las condiciones inaceptables de Mendoza, donde han fallecido decenas de animales en los últimos meses.

En mayo, colectivos animalistas argentinos y activistas de todo el mundo reclamaron el traslado de Arturo a una reserva: se desestimó; según los mismos carceleros que lo mantuvieron encerrado veintidós años en Argentina y otros ocho en los Estados Unidos, el estado de salud del oso polar no era adecuado.

Oso Arturo (viñeta de Paco Catalán)
Viñeta de Paco Catalán Carrión (05/07/2016) sobre el oso Arturo, que murió en el Zoológico de Mendoza el 4 de julio de 2016.

¿Ha muerto de viejo, o de tristeza? De cualquier modo, ha muerto; dejándose llevar, con esa pose inerme que ensayó, afligido, durante décadas; sin conocer ese atisbo de libertad que una reserva puede ofrecer a un animal que, de un modo u otro, seguirá cautivo de su pasado, pero con la que, de haberlo sabido, seguro que hubiera soñado.

Lo peor, lo verdaderamente malo, es que la cobardía llegó hasta su fin. Ninguno de los responsables pensó, por un instante, en trasladar a Arturo, el animal más triste del mundo, lejos de aquella cárcel de hormigón, de arriesgarse, de ser un poco más humanos, y de permitir, aunque solo fuese por un tiempo finito, como el de todos, que Arturo pudiera volar lejos de su pesadilla diluida en azul.

¿Qué le vamos a hacer? Al final, fue él quien alzó el vuelo, reprendiéndonos como solo el corazón de un animal sabe hacer .


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No hay justicia

El sábado a primera hora, la página de Let’s Adopt España informaba sobre la decisión judicial que había tomado el Juzgado de Instrucción núm. 9 de Sevilla. Inmediatamente, se buscó el modo de interponer un recurso, según cuentan, pero esa noche la información quedó entrecruzada con el anhelo de conseguir digerir una resolución que, al final, se nos indigestó a todos.

Ava, la perra que había sido golpeada con un palo de madera, y cuyos dueños habían permitido que su estado se agravase hasta el punto de pudrirse en vida, no obtendría justicia; solo descanso de un mundo que le mostró la peor de sus caras.

No hay indicios de delito, ni de maltrato, se atrevió a dejar el juez por escrito; llenos de rabia e impotencia, en Let’s Adopt, este fin de semana no podían más que afirmar que no había justicia, que no era delito gastarse el dinero en droga mientras tu perro agonizaba en una esquina, y que todo lo que puede hacerse es recurrir la sentencia por omisión de socorro, como ya ha hecho Manuel Armentia, abogado de FADEA (Federación Andaluza de Defensa Animal).

Resultados del TAC de Ava - Let's Adopt Spain
En España, esto no está considerado maltrato animal.
Resultados del TAC de Ava – Let’s Adopt Spain.

Ni cárcel. Ni un euro de multa. Ni el más mínimo castigo. Ni la sensata decisión de no permitir que personas que dejaron que un cáncer se comiese viva a una perra indefensa puedan adoptar otro animal. Nada.

¿Pero, sabes qué? Ava es el verdadero rostro de este país: un animal deformado por la monstruosidad de una mayoría; un ser que, al igual que el burro Alfarero, Sorky, el pitbull del Coll de’n Rabassa, y muchos otros antes, no encontrarán justicia, ni paz, y nos obligarán a asumir que, a una gran parte de nuestra sociedad, el sufrimiento ajeno no le produce sentimiento alguno; menos aún, el sufrimiento de un animal que todavía ve más lejos que a sus semejantes.

Sorky - Un caballo muerto a palos en Mallorca

Nos queda la presión ciudadana, el deber de informar e informarnos, de educar y educarnos, y de concienciar, y apoyar estas iniciativas; de seguir adelante con la utopía de un mundo más bueno y justo para todos, pero también la tristeza de no saber cuándo se pudrió todo tanto en este país como para permitir que alguien pueda cargar con tantísimo sufrimiento sobre sus cuatro patas.


Escribí sobre Ava, en el blog, en enero de este mismo año; también pude hablar con Iván (Viktor Larkhill) quien, junto al equipo de Let’s Adopt hizo todo lo que pudo por ella. Y quedé con él en que me encantaría visitarles en persona y, de paso, escribir sobre ello aquí: y espero poder hacerlo.

Ruta 66 – Un viaje de no retorno

Ningún lugar Arizona)

Abandonar Chicago hacia ningún lugar debía ser una de las experiencias más místicas de nuestro viaje. La casilla de salida de un tablero demasiado grande para observarlo en su conjunto; de eso se trababa, eso era ir hacia el Oeste, el Oeste en mayúsculas: un trayecto inmisericorde, panorámico, infinito, donde la vista debía escapar en todas direcciones y la zona de confort, la vida tal y como la conocemos, terminaría mutilada, ejecutada y enterrada en cualquier desierto del sur de Arizona antes de alcanzar el Pacífico.

La 66 iba a ser un viaje de no retorno, así que saqué la tarjeta de crédito, descubrí que un coche automático es poco más que un kart y maldije por no haber comprado una Toyota Hilux en las últimas o un Ford Bronco que solo fuese hollín vomitado, perpetuamente, tras pasar por el carburador. Pero eso era literatura, y la literatura no nos llevaría a cinco mil kilómetros de distancia, así que debíamos tocar con los pies en el suelo, por un instante, unas horas, y despegar.

Chicago (skyline)
Skyline de Chicago desde Lincoln Park Zoo. (Clic en la imagen para ampliar en otra ventana.)

Un mundo de distancia

Como todos los grandes viajeros, he visto más de lo que puedo recordar, y recuerdo más de lo que he visto.

Benjamin Disraeli (1804-1881)

Habíamos viajado miles de kilómetros por aire (aterrizamos en Moscú de madrugada para coger un Airbus hasta Nueva York y, de allí, a Chicago) pero, de algún modo, despegamos a mucha más altura al llegar a Joliet (Illinois), un pequeño pueblo residencial a unos sesenta kilómetros de la ciudad del Viento donde los Blues Brothers bailaban en el tejado de un dinner, las primeras señales se asomaban, tímidamente, por el recorrido y nosotros aprendimos a toda velocidad qué significa el tradicional “[get your] kicks on 66!”

Joliet (IL)
Joliet (Illinois).

También nos hicimos una de esas promesas estúpidas que completan cualquier viaje: cada vez que viésemos una señal histórica de la Ruta, debíamos gritar y entrechocar las manos: en algunos estados, las palmas se nos pondrían rojas de repetir y repetir; en otros, perdimos el hábito a la fuerza: cada estado es un mundo, y todo el que viaje por Estados Unidos entenderá esto antes o después.

Quedaron atrás las trescientas millas de Illinois. Ese primer día teníamos ganas de coche, de conducir, de acelerar, de avanzar kilómetros y kilómetros, de detenernos en un café de carretera y bebernos una taza de asqueroso líquido aguado acompañado por unos aros de cebolla o un batido que nos serviría una camarera vestida de rosa, con delantal, cancán y sombrero a juego; de movernos, de correr hasta un abismo, hasta el fin del mundo si llegásemos a contemplarlo; sentíamos la necesidad vital de descubrir todo lo que se ocultaba más allá del horizonte que siempre alcanza la vista.

Nuestros primeros pasos nos susurraban la verdadera naturaleza de la ruta: un recorrido que se oxidaba al sol junto a las promesas sinceras que miles de americanos lanzaban a sus viejos coches; coches que nadie restauraría jamás, y negocios que habían muerto esperando más viajeros, más turismo, más pasado: más. Junto al Gemini Giant del antiguo Launching Pad (Wilmington, IL), sentí algo así. Fue la primera de muchas. La guía de viajes lo anunciaba en voz baja: supimos que el negocio se había asfixiado, poco a poco, hasta su muerte en 2012, pero la comunidad no se rendía con ese pequeño tesoro cercano para el que buscaban un nuevo inversor.

Fotografía de un fan de la Ruta 66
Fan de la Ruta 66 con varios tattoos en la espalda; entre ellos, el famoso eslogan: get your kicks on Route 66!

Delante, cinco mil kilómetros de carretera, de psychobilly en estado puro, de música que no se contentaba con recordar el pasado, sino que amenazaba con resucitar a los muertos si nos atrevíamos a echar la vista atrás.

Pero antes. Un ÚLTIMO aviso.

La rutina de viajar

Siempre se impone viajar como justo lo contrario a la rutina de vivir. Sin embargo, cuando haces del viaje tu vida —aunque solo sea durante algo más de un mes—, viajar y vivir de este modo se vuelven deliciosamente rutinarios.

Es algo que termina por sacar lo mejor de ti mismo: te vuelve más flexible, más abierto; te obliga a estar más relajado o a abandonar el viaje. Antes o después, hasta el mayor aventurero debe detenerse y respirar por un tiempo; cerrar el círculo, volver a casa —incluso cuando el hogar se ha convertido en personas, y no en objetos—, detenerse.

Así que esta pésima introducción solo pretende servir para hacer entender algo a quien esté leyendo: los recuerdos empezaron a resquebrajarse con el paso de los días, y ahora solo quedan imágenes de un atardecer en el casco viejo de Santa Fe, un desayuno junto a los cuervos en Flagstaff, una mujer de Oklahoma  en el parking del Totem Pole Park o un pueblo de gente encantadora en Galena (Kansas); también un cartel perenne en el coche donde habíamos escrito: Hooneymoon on the road! From Spain, to Chicago, to Los Ángeles!

Desierto del Mojave
Noroeste del desierto del Mojave, cerca de Oatman.

Pese a las reservas de hoteles en línea, las fotografías y los textos garabateados en algunas decenas de hojas de papel, todo aquello pasó y por mucho que pensemos que alguna vez fue real, solo nos queda una guía de viaje destripada, unas cuantas hojas de papel y cientos de folletos de información turística. Pero no importa; lo maravilloso del viaje, de la ruta en sí misma, es cómo consigue entrar con sutileza en tu interior desde el norte del país hasta las playas del Pacífico.

Lo maravilloso del viaje es  poder aprender que, hoy, la ruta es un cadáver que se resiste a morir, un símbolo de libertad que solo Hollywood retiene, lo peor de los EEUU reconvertido en una aventura épica; una canción de Chuck Berry, de Randy Newman, de los Rolling o de Springsteen, entre moteles que pasan a un ritmo endemoniado y amenazan por convertir la carretera en tu hogar.

Gary's Gay Parita Station
Réplica de una gasolinera Sinclair que reconstruyó Gary Turner donde estaba ubicada la estación de Gay Parita (Ash Groove, Misuri). El propietario, Gary Turner, murió en 2012.

¿Pero qué es la 66 en realidad? Antes de empezar, puedo darte mi respuesta si quieres, pero mi respuesta jamás será la tuya. La ruta para mí es un viaje de no retorno en el que descubrí cómo viajar: con el sol siempre de frente, sobre una carretera contra la que bailan las ruedas a nuestro paso y un destino caprichoso por el que no puedes más que dejarte sorprender.

La 66 es la vida, es todo los viajes de carretera que jamás imaginaste, y está repleta de aventuras, amistad, amor y sacrificios. ¿Pero de qué otro modo podría ser?

Ahora, acelera. Vamos a ver qué aparece delante de nosotros…

Hoy, es lunes

Hoy, no puedo escribir.

Estoy bloqueado, igual que me ocurre tras discutir con mi pareja o con un amigo de los de siempre, pero, esta vez, no es nada de eso. Esta mañana, los perros me observan sin comprender; me acercan el hocico de vez en cuando en busca de una mirada cómplice y resoplan como solo ellos saben; con un suspiro de esos que conquista toda la casa.

Hoy, España es un poco menos mía aún. Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar, en que los corruptos y los poderosos dejen de hacer su voluntad a través del dinero negro, de los sobornos, del miedo.

Soy un poco más apátrida, un poco menos crédulo y soñador; porque empiezo a perder la esperanza en que este país pueda cambiar […].

Pero que no nos engañen, porque nadie puede negar lo que fue, y sigue siendo; somos millones aquellos que no queremos renunciar a nuestros sueños, a un futuro digno, a seguir ilusionándonos con controlar, siquiera un poco, todo aquello a lo que aspiramos dentro de nuestras fronteras —un sueldo, una casa, un trabajo, un futuro—. Sin tener que huir, sin echar a andar de improviso, sin mirar hacia atrás; con esa brizna de esperanza que se seca entre los manos.

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy, presidente en funciones del Gobierno de España

Hoy, Europa es todavía menos nuestra. Nunca los mercados financieros demostraron tanta supremacía como esta semana anterior con el Brexit; ese espacio donde Inglaterra rompe una relación que nunca fue un gran amor, y donde la unión solo es un mal sinónimo de mercancías libres de aranceles e impuestos; donde el dinero se mueve siempre más ligero entre grandes cuentas corrientes y donde nos asustan con la necesidad de no transgredir, de mantenernos unidos, pero siempre a la baja, siempre con la cabeza gacha, y con una moneda con la que gobernarnos de norte a sur.

[…] sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Hoy, termina esta segunda ronda, o quizá empieza. Y las caras de decepción de los partidos que no han podido concluir esa batalla entre caciques no son el verdadero protagonista, sino las risas y las sonrisas mediocres del resto, de políticos y simpatizantes,  que demuestran que no pudimos con la corrupción, con los decretos-ley, con las mentiras, y el miedo, pero seguiremos luchando.

Hoy, España sigue acusando mucho la falta de una conciencia democrática; un paso más cerca de desmembrarse sin poder hacer nada; de seguir remando en direcciones opuestas, de recordarnos que aquello que pudimos sentir cuando casi tocábamos Europa no era más que un espejismo que nunca fue.

¿Resistiremos? Por supuesto que resistiremos. Lo haremos; como siempre lo hemos hecho, porque si hubo un pueblo acostumbrado a ser jodido ese es el nuestro; falta por ver si seguiremos creyendo que no somos un país de naciones, o explotará desde el Mediterráneo.

Hoy, es lunes, y eso lo hace todo un poco más difícil. Pero hoy es hoy, por lo que sería bueno que recordásemos que nada es imposible. Si acaso, soñar será a partir de hoy un poco más duro en España.

Perrofobia y perrolatría

Hace unos días, El País Semanal publicaba una columna titulada Perrolatría, firmaba Javier Marías, quien en unas pocas líneas fue capaz de decirnos que Hitler tenía un perro, que los españoles somos tan imbéciles como los yanquis y que los dueños de un can creíamos tener, y presuponer, derechos que nadie nos había entregado.

Como le presumo cinéfilo y muy dado a todo tipo de referencias, diré que, tras leer la columna, a mí Marías se me asemejó, en actitud, al James Stewart de La ventana indiscreta, quien solo podía acercarse a un perro con unos prismáticos.

Diré más. Casi pondría la mano en el fuego que a Javier Marías no le gustan los perros —por llamarles chuchos, y a nosotros perrólatras, e incluso por incentivar o, como mínimo, defender el maltrato animal—, pero no lo haré. De lo que sí estoy seguro es de que no tiene ni puta idea de perros. 

Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).

Dana en casa, haciendo yoga perruno
Dana en casa se despendola, haciendo yoga con un estilo muy libre. Desconozco si Javier Marías aprobaría algo así… 😉

Aun así, como me importan un pimiento Obama, Hitler o el sentimiento antiamericano, entraré raudo en los detalles de interés: aquellos que me ayudarán a defender mi argumentación.

Para empezar, me agradaría saber cuántos dueños de canes han intentado imponer derechos y cuáles han sido estos. Parece baladí, pero no hallo ningún ejemplo real a lo largo de la columna de opinión, por lo que no puedo más que intuir que Marías sonríe cómplice a Fernando Savater y a su Tauroéticacomprendiendo un derecho solo como aquella ventaja que uno mismo puede preservarse, y no como algo inherente a uno mismo que un perro, un niño o una persona con diversidad funcional puede o no entender.

De este modo, yo, como responsable de mis canes por los que siento perrolatría estoy obligado a cumplir unas obligaciones y a defender unos derechos propios y otros del animal.

Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto.

En esta misma línea, avanzamos rápido de nivel. Y no se tarda en comparar un perro con un tigre, una serpiente u otros animales no domesticados. ¿Sobre esto qué puede uno decirle al académico? Quizá que amplíe sus lecturas, que, entre las humanidades, la evolución humana y la historia universal todavía pueden darle grandes alegrías y sorpresas a su edad, que lea y comprenda, que es lo mínimo que se le puede exigir a un profesional de su relevancia cultural.

Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo.

Además, como propietario de tres perros (y dos gatos) también quería aclarar que los perros no ladran por cualquier motivo: siempre hay un motivo; que recoger una mierda no es ninguna asquerosidad ni una humillación, y que quizá algún día incluso alguna enfermera tenga que cargar con la de más de un escritor ingrato con mayor estoicidad si cabe, y, por encima de todo, que no suele haber continuas visitas al veterinario, ni esquilados, ni lavados, ni «tratamientos psiquiátricos» —imagino, no sin cierto esfuerzo imaginativo, que aquí hablaremos de etología—.

De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación.

Hay gastos, y sorpresas, y alegrías, y tristezas, como en cualquier otra faceta de nuestras vidas. También hay dueños responsables, que son una amplia mayoría creciente; una amplia mayoría que vive en sociedad, y que, buscando una fórmula apta para la convivencia, que no solo tiene el derecho de exigir respeto por su modus vivendi, sino también la obligación de respetar las decisiones del resto de sus coetáneos; quizá, pues, el académico no hay caído en la cuenta de que, en última instancia, la decisión que le fastidia su bistec con patatas (el suyo no, que a estas alturas ya sabemos que es muy tolerante y las piedras le caen por su excesiva filantropía) no es del compañero del perro —a estas alturas del texto, estoy harto de eso de dueño—, sino del dueño —ahora sí— del establecimiento, quien admite perros como acompañantes.

En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro.

Poco más puede añadirse. Con esas líneas seguro que se ha creado muchos enemigos, y lo que verdaderamente me extraña es que a cierto nivel un columnista no sepa que cualquier texto es siempre una declaración de intenciones; también deseo que Javier Marías se modernice antes de quedar atrás; que busque influencias y testimonios más allá del siglo XIX y, sobre todo, que no pelee con vecinos; que lo más probable es que un perro no le ataque, ¿pero qué derecho tendría él a quejarse de un mordisco si, pese a su nivel social y cultural, es el primero que se atreve a solucionar las cosas a mamporros con aquellos con los que vive puerta con puerta?


Enlaces relacionados:

Perrolatría, por Javier Marías en El País Semanal 

Javier Marías y el miedo a los perros, por Río Bravo en Letras Libres

Castigar y perdonar

A través del voluntariado, entré en Quatre Camins y Brians 2. No importan los módulos; podrían ser de grado 2 o de grado 3; de drogodependencia, de delitos sexuales, de respeto… No importa, en serio. Si quieres ser voluntario/a, y te importa eso, hazte un favor y no te acerques por allí jamás.

El primer día mezclaba demasiada curiosidad y tensión por cómo sería aquello, por qué pasaría; todo ello se movía también entre briznas de inquietud difíciles de controlar la primera vez que pasas los controles; los siguientes, no.

Cuando me relajé un poco ante la situación, no tardé en advertir dos puntos que me perseguirían hasta el final de los programas: uno, cualquiera puede acabar en prisión; dos, el sistema no funciona (bien), y es de este segunda cuestión de la que quería hablar hoy.

Mi experiencia en prisión

Aunque no siempre lo tengamos en cuenta, la cárcel está repleta de perfiles que no tienen nada que ver entre sí: habrá una minoría de psicopatías mal redirigidas; también personas que han cometido delitos menores y continúan entrando y saliendo; acosadores, violadores, desfalcadores, drogadictos, gente que ha sufrido durante toda su vida exclusión social, enfermos mentales, y más. A menudo, estos perfiles se solapan, porque como ocurre en la vida real, nuestro carácter no se adapta a la hoja de un informe médico o judicial.

AlPerroVerde - Voluntariado Quatre Camins 2015-2016
Compañeros voluntarios y equipo perruno del programa de voluntariado 2015-2016 en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Todos ellos conviven y trabajan juntos. Lo único que tienen en común es un espacio que les mantiene privados de libertad: un pequeño entorno, un microcosmos. En prisión, uno se organiza por celdas compartidas, aunque la ley española contempla que deberían ser individuales siempre que esto fuera posible; algo que la masificación impide y que solo se reserva para internos que han sido recluidos por delitos de terrorismo, seguimiento especial  y castigo (veintitrés horas en la celda; una en el patio).

En prisión, se puede estudiar y optar a trabajos de baja cualificación por un sueldo mínimo con el que ahorrar o gastar en el economato; también ser candidato para ciertas actividades extraordinarias que, en un mundo donde la rutina te amenaza con tanta garra como la falta de libertad, se convierten en un oasis en el desierto. Así, conocí yo una pequeña porción de la cárcel: su cara más bonita; y de bonita no tenía nada.

En España, la cárcel es, sobre el papel, una herramienta de reeducación y reinserción para personas en riesgo de exclusión social, a diferencia de países como EEUU, donde se contempla, en primer lugar, una pena punitiva.  De facto, sin embargo, estos programas son inviables por culpa de la falta de recursos que no permiten individualizar los tratamiento para cada interno.

Seguro que no te lo crees. Pero las tasas de reincidencia hablan por sí mismas: más de un 40 %. En serio. Y hay algo más que descubrí: los yanquis cuentan con un psicólogo por cada seis presos; los españoles con uno cada seiscientos (600).

Si bien el sistema estadounidense de prisiones no tiene nada de bueno, España tampoco es un camino de rosas. La cárcel ya es castigo suficiente. Por muchas piscinas que la gente crea que disfrutan, y muchos polideportivos donde levantar peso o pedalear en una elíptica; por mucho subsidio que cobren al salir (un máximo de 426 €, en 2016). La cárcel es rutina, es privación de libertad y, para muchos, es una soga al cuello o el menor de los males al volver a pisar la calle.

Semana a semana, aprendí que la solución no es seguir castigando a estas personas que ya está cumpliendo una pena impuesta por sus errores; tampoco lo es perdonar. La respuesta empieza por comprender sus miedos, sus frustraciones, sus carencias, y canalizarlas a través de ese periodo de tiempo en el que son obligados a salir de las calles; aprovechar esos días, esos meses, esos años, como una herramienta mediante la que reintegrar a esa gente en sociedad.

Descubrí algo más. Aquello que poca gente quiere comprender al acercarse a un preso es que sus errores, a menudo, también son los nuestros (como grupo). No podemos exculpar a ninguno de ellos/as, ni debemos hacerlo, ¿pero cómo podemos tener la poca vergüenza de decirles que no quieren un cambio en sus vidas si no les ofrecemos todas las herramientas para alcanzarlo?


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De una multa de tráfico al Leviatán de Hobbes

Este fin de semana iba a ser la leche. El viernes tenía que saltarme el entrenamiento para retroceder diez años atrás. La razón era un concierto de Los Madalenasel grupo de punk rock de mis colegas de adolescencia: Alfredo, Imagen, Vil… aunque al Vil le chutaron, o se fue; algo así. Da lo mismo.

El sábado tenía que conducir hasta el Pirineo para una fiesta de cumpleaños multitudinaria de otros tres amiguetes: ya había aparcado el coche por el barrio, había dejado a la jauría en buenas manos y todo estaba listo para salir a toda leche después de una comida frugal y llegar por allí a media tarde a devorar cruasanes para merendar.

Homer Simpson y su viaje con la marihuana
¡Que no, hombre! Que no era por eso que estás pensando. Sigue leyendo, anda.

Entonces, noté que se me había inflado un ojo. Que me pesaba. Y una mueca de disgusto se dibujó por debajo de la barba. A priori, puede no parecer tan malo, pero yo sabía lo que le sucedía: una lágrima, una lágrima y luego otra lágrima. Los ojos enrojecidos, mocos, mocos, más mocos, y un resfriado de proporciones épicas conquistando las vías altas, como te sueltan los médicos pedantes.

Para resumir, no hubo Frenadol que detuviese aquello, y me negué a conducir tres horas para no poder beberme ni un par de cervezas con los colegas. La noche anterior, cuando empezaba a preverlo, me recogí pronto e intenté contener el asalto… pero nanai. No hubo forma.

Libros "Elige tu propia aventura"
¡Hola, lector! Ahí va un enlace explicativo  por si no sabes de qué c*** te estoy hablando. 🙂

Lo mandé todo a tomar por saco. Me quedé sin concierto hasta altas horas de la noche y sin fin de semana en la montaña con los amigos. No había nada que hacer. Era una de esas situaciones de los libros de Elige tu propia aventura donde ya la habías cagado páginas antes: ahora, tomaras la dirección que tomaras, solo te disponías a joderlo un poco más.

Así que no tomé ninguna dirección. Me quedé en mi casa. Vi dos o tres películas. Intenté leer un rato. Saqué a los perros mientras ellos me miraban apenados y me dirigían hasta el sofá, de nuevo, entre gorjeo y gorjeo.

Al día siguiente, Laura se fue al Matsuri —el festival japonés que se organiza cada año en Barcelona— y yo… pretendía pasar todo el tiempo posible de domingo en mi casa. Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona tenía otros planes para mí.

Esa misma mañana, el destino encaminó mis pasos hasta la calle donde había aparcado el coche, y comprobé que no había coche. Había cientos de niños tocando los cojones gritando, lanzando pelotas entre canastas de baloncesto y vallas divisorias; era la Fiesta del deporte, la Fiesta del baloncesto, o algo así, y entonces tragué saliva.

Los coches habían desaparecido. Por el contrario, habían aparecido decenas de carteles de señalización excepcional que no estuvieron allí ni el viernes, ni muy probablemente el sábado hasta última hora; una sombra de duda conquistó mi jeta enrojecida e irritada de tanto virus.

Un hombre obliga a cortar la Ronda de Dalt
A este paso, voy a terminar como este señor…

Los pasos que debía seguir eran evidentes. Llamar al depósito donde creía que estaría el coche y al otro, donde no quería que estuviese el coche. Hasta ahí, tuve suerte. Después, tocaba subir en autobús hasta allí, pagar 147 euros de la grúa, el tiempo de parking en el depósito y recoger una multa de 60 euros más.

En otras dos ocasiones, se nos ha llevado el coche la grúa. La primera vez, el antiguo Ford Fiesta de mi pareja; la segunda, nuestro coche actual, un Ford Mondeo que pertenecía a mi padre. En ambas ocasiones me cabreé un poco conmigo, o con Laura, o con la mala suerte; después pagué, saqué el coche y me olvidé del asunto.

Esta vez era distinto.

Lo noté rápido al llegar por allí. Ni tan siquiera los operarios de las grúas ni la gente del depósito sabía por qué coño se habían llevado todos los coches que habían decidido que estaban mal aparcados. No había señales; no se pusieron a tiempo. Pero algo había que hacer. Los críos tenían que jugar a baloncesto, y el ayuntamiento no pensaba admitir que la culpa era suya. La solución estaba clara.

Una vez fuera, me planteé seriamente cuándo debieron poner los carteles a lo largo de una de esas sesiones de autofustigamiento y cabreo tan reparadoras para tu propia psique. Sería el sábado a media tarde; pasado el mediodía muy probablemente: antes de comer, saqué a los perros y pasé por allí. También a cuánta gente le habían jodido la compra del mes con esa tontería. Pero lo que verdaderamente me chocó mientras subía a pagar esa multa hasta que me comí un bocata de queso en un bar fue algo que me ha costado digerir: ¿cuándo ha vuelto el Leviatán?

Nuestros padres y (algunos) abuelos nos enseñaron que, en los últimos cuarenta años, el estado era un espacio de bienestar donde vivir en sociedad; un modelo colectivo que exige y ofrece, y una vía donde implicarse en beneficio de todos, mientras que salir, no solo se vuelve complicado, sino absurdo en la mayoría de los casos. Una cosa es que te echen, que te excluyan; otra que no quieras formar parte del grupo.

Tattoo del Leviatán de Hobbes
Un tipo al que se le ocurrió que era buena idea tatuarse una ilustración del Leviatán de Hobbes en el brazo.

Pero cuando guardé el coche en el parking, no hubo atisbo de dudas; me prometí que ahí iba a quedarse excepto para lo indispensable y que, más tarde, me ayudaría a volver hacia algún pueblo cercano donde siempre tuve que seguir viviendo y acercándome hasta la gran ciudad para lo imprescindible. Lo dejé anotado en un papel encima de la guantera: que el estado ya no es mi amigo; que no existe modelo de bienestar, que  desapareció.

En fin, que le den por culo a Hobbes y al contrato social. Ahora ya sé cómo se las gastan: si no podemos contar con el Estado, será cada uno de nosotros quien deba procurarse esa parcela de libre albedrío y seguridad individual. ¿Será esto posible hoy día? Y lo que todavía es más importante: la que se ha liado por una puta multa y un resfriado, ¿o no?


Por cierto, he recurrido la multa a ver si recupero mi fe en el sistema o termino por volverme un inadaptado social.

 

La torre de cristal

Escogí el nombre al salir de la tienda. Dana, de Dánae, que fue encerrada por su padre, el rey de Argos, para evitar que una de las profecías del oráculo de Delfos se cumpliese. La pastor alemán también estaba encerrada, privada del contacto con cualquier otro perro, y miraba desde su cubículo de cristal hacia nosotros. Entonces, todos creímos que no había nada malo en aquello, que estábamos haciendo las cosas bien, como debían hacerse: nos equivocamos, mucho.

Dana (pastor alemán, 4 meses)
Dana con cuatro meses.

Hoy, paseo con los perros, principalmente, por el Carmelo y el Guinardó. También bajo por el Eixample hasta las Glorias y, de vez en cuando, los suelto en la Avenida Gaudí, en el Parc del Guinardó o en los Jardins del Príncep de Girona. Allí, corren un rato, practicamos ejercicios simples de adiestramiento o, simplemente, jugamos con una pelota de tenis.

Si alguien me para y me pregunta dónde he comprado a mis perros, les digo que todos son adoptados de la protectora. Les miento. Les explico cómo pueden enseñar a que su perro se siente, se tumbe, venga cuando le llaman; qué es un clicker y cuándo utilizarlo, y para qué sirve también. Si tengo tiempo suficiente, les explico el caso de Dana; si no lo hay, mantengo la mentira hasta el final.

Comprar un perro (en una tienda)

¿Tú también piensas comprarte un perro? Si buscas por Google, podrás ver las últimas tendencias: solo teclea comprar perro… y aparecerán algunas de las búsquedas más habituales. Comprar perro pequeño, comprar perro labrador, perro boo, de agua, lobo checoslovaco, salchicha, pomerania... La gente sigue cometiendo el mismo error que yo cometí, por eso miento, porque no puedo sacrificar todos y cada uno de los paseos de mi vida explicándoles por qué jamás debí entrar en aquella tienda y perpetrar el peor error que puede llevar a cabo alguien que quiere un perro.

Dana y Argos con pelota
Dana y Argos en nuestro primer piso.

No es por tratarse de un perro de raza siquiera. Otros te dirán que sí, pero no yo. No es ni tan siquiera por comprar un perro; algo que no tengo intención de volver a hacer. Se trata de un cúmulo de errores que deberías ahorrarte, así que aprovecha para leer sobre ello y da un poco de sentido a mi equivocación.

Errores al conquistar la torre de cristal

El primero de todos ellos es aquel más sencillo de resolver, pero como estamos idiotizados o enamorados de ese cachorro que tenemos delante, no se nos ocurrirá. Una tienda de perros no forma parte de una historia épica, por mucho que intentemos racionalizarlo o convertirlo en una leyenda griega, no estamos ayudando a ese animal, no estamos salvando su vida: estamos condenando a diez camadas más que vendrán después mientras pagamos trescientos, quinientos, mil o dos mil euros a una mala persona.

Dana y Argos descansandoNo es una conquista, es una rendición incondicional frente a un negocio que te facilita ya un perro que no ha sido bien sociabilizado, que llega de criaderos ilegales ubicados en otros países y que, muy probablemente, aterrice en tus manos sin una impronta adecuada (algo irrecuperable) y con enfermedades que, en el trayecto, han matado a una parte de su propia camada.

Dana llegó de República Checa, con una impronta deficiente, y nunca se ha comunicado bien con otros perros. También con tos de las perreras, aunque entonces no lo supe, e hiperreactividad, que no tardaría en convertir en ansiedad por separación y comerse las paredes de todo mi piso.

Comprar un perro en una tienda significa jugar a la ruleta rusa: por un lado, desconoceremos quiénes eran los padres, cuál era su carácter y qué problemas físicos han sufrido a lo largo de su línea; por el otro, dudaremos sobre qué ha vivido ese animal desde que nació, si convivió con su madre, con sus hermanos o cómo ha sido sociabilizado y criado desde el primer día.

Esto es solo una parte. Si eres un poco más listo o lista que yo, recurrirás a un criador. Un profesional que trabaja en el mundo canino y que podrá mostrarte la genealogía familiar del animal, el carácter de los padres, dónde han vivido los cachorros y un largo etcétera. Además, aunque no lo creas, muchas veces el precio de venta del animal será notablemente más económico que el de una tienda (supuestamente) especializada.

Perros con ansiedad por separación
Dana y Argos destrozando nuestro primer piso. (A esta foto le tengo un cariño especial. ¡Jajajajaja!)

Así podrás comprar un labrador, un pastor alemán o un border collie con la seguridad de que todos esos perros han nacido y vivido sus primeros meses junto a alguien responsable que no se lucra a través del sufrimiento y el maltrato animal.

¿Cuál es el problema? Si te paras un minuto a pensarlo, es infinitamente mejor que apoyar las redes de tráficos de animales y la falta de cuidados que muchas tiendas siguen manteniendo; ¿pero para qué quieres un perro de raza? ¿Son bonitos, verdad? ¿Y qué más?

Dana y Nymeria
Dana y Nymeria, nuestra gata, en una de las terrazas de la casa del Guinardó-Eixample.

¿Conoces el carácter de un pastor alemán? ¿Sabes que son inseguros por elección genética y tienden a convertirlo en agresividad? ¿Entiendes lo difícil que puede resultar cansar a un perro de trabajo inagotable como el border collie? ¿Sabes que un chihuahua, un jack russel o un cocker siguen necesitando mogollón de ejercicio pese a su tamaño?

Todos los perros tienen talento

Los perros de raza tienen una función: son perros de trabajo, de pastoreo, de guarda… y tú deberías poner los medios para que cumplan esa función en la medida de tus posibilidades. No es una opción, es genética: a un pastor alemán le define el pastoreo, y el trabajo. Un pastor alemán no quiere estar tumbado en el sofá, no quiere jugar diez minutos contigo, no quiere ser parte del decorado; quiere correr, pensar, mover ovejas del punto A al punto B… un pastor alemán quiere ser un pastor alemán.

Y lo más importante de todo, ¿sabíais que un 50% de los perros que sobreviven en las protectoras son de raza? En serio. Hay muchísimos en todas ellas. Solo tienes que ir y hablar con los responsables sobre qué tipo de perro estás buscando. Nadie te va a intentar encasquetar a un perro que no quieres —y si alguien lo hace, deberías avisar al resto del equipo y no complicarte la vida—. No te juzgarán por decir no; no te juzgarán; están ahí para ayudarte.

Antes de comprar, pregúntate qué esperas de tu perro. La mayoría solo queremos a un amigo con quien compartir nuestro tiempo libre, que sea lo más equilibrado posible y que se convierta en parte de nuestra familia. Eso puede hacerlo cualquier perro. Cualquier perro tiene talento para aprender a hacer agility, para jugar con la pelota, coger el frisbi, aprender obediencia básica y avanzada, y mucho más.

Cualquier perro tiene talento.

Así que solo se me ocurre una razón para comprar un perro en un criador, y es que te dediques a ese mismo mundo de forma profesional. ¡Y aun así mucha gente trabaja en agility, en obediencia o en discdog dog dancing con perros mestizos! Y tú necesitas un pastor suizo o un cachorro de rottweiler con el que salir a pasear, ¿verdad?

Siempre hay perros en adopción, de raza y sin raza. Solo es cuestión de tener un poco de paciencia. Solo es cuestión de conocer a un animal, de vivir con él, de aprender y ser consecuentes con nuestras decisiones. ¿Pero a que ya no suena tan importante eso de comprar un perro?

Esto es una (pequeña) parte de todo lo quiero decirle a cada persona que me pregunta dónde compré a Dana. Cuando ve lo obediente que es. Cuando se da cuenta de que viene cuando la llaman, que se queda quieta a la orden o abre el container cuando se lo pido. 

Lo que no sospechan es que, por mi error, Dana terminó siendo un animal completamente agresivo con cualquier perro con el que nos cruzábamos, que todavía hoy no puede (ni podrá jamás) entender lo que los perros nerviosos le dicen, que necesita dos horas de paseo, sesiones de adiestramiento diario y que, ahora, camino a los siete años de edad, ha empezado a dormir boca arriba, a relajarse y a entender cómo debe gestionar su ansiedad.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Durante años creí que su torre de cristal quedó atrás, en Mister Guau, una cadena catalana que, al final, rectificó a la fuerza, sin comprender que no era posible liberar a mi perra de algo con lo que cargaría toda su vida. Cuando por fin lo entendí, decidí que nunca más pondría precio a un perro. Y no lo haré.

Dana fue un error. Solo es que conseguí convertirlo en mi mejor error. 

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Que se vayan a la mierda

Hoy, quedan veintisiete días para que se repitan elecciones generales. En estos seis meses, se ha cambiado Cataluña por Venezuela y se ha satanizado cualquier cosa que huela a la conversión política que sufrió el movimiento 15-M.

Sobre las Elecciones Generales del 26J

Mientras tanto, la cultura fiscal de este país sigue igual. Como presentaba el anuncio electoral de Ciudadanos, ser autónomo significa ser un gilipollas que se rompe los cuernos para ganar cuatro duros, que nunca se rinde por mucho que le roben y que, en pleno siglo XXI, debe aguantar las mismas tonterías sobre recesión económica, políticas supuestamente insostenibles en Madrid y Barcelona y absurdos paternalismos por parte de una panda de ladrones. Vamos, el típico consejos vendo, que para mí no tengo.

Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.
Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podemos) posando tras el acuerdo para que ambos partidos vayan al 26-J en coalición.

Este es un tema que me preocupa. Uno entre muchos. No solo el paro estructural, sino también la poca visión de nuestros gobernantes por creer, y por crear, una verdadera Unión Europea, un estado federal de naciones, un proyecto de ley que incentive la formación de calidad, que no nos marque un destino fuera de nuestras fronteras, que dignifique los contratos puente, que luche contra los trabajos basura.

Pero no es lo que más me preocupa. Esta mañana se viralizaba una opinión de Iñaki Gabilondo en la SER; un periodista fácil de admirar, incluso cuando lanza opiniones contrapuestas a las de uno mismo. En este caso, no es así; su análisis es, muy a nuestro pesar, lúcido, certero y, probablemente, inminente: el PP será el partido más votado, […] Ciudadanos, cuyo voto menguará, pactará con el Partido Popular; pasará que el PSOE no acordará un pacto de gobierno con Podemos ni con sorpasso ni sin sorpasso, pasará que con Sánchez o sin Sánchez permitirá que el Partido Socialista gobierne el PP. Terminaba con una idea bien macerada: «El PP […] seguirá siendo el mal médico que solo se ocupa de los síntomas y nunca cura una enfermedad.»

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos? ¿A quién damos nuestro apoyo como votantes? Lo desconozco. O mejor dicho, me niego a sentar cátedra aquí.

Mariano Rajoy (PP)
Mariano Rajoy, presidente del gobierno en funciones, con simpatizantes de su partido y de su persona. Sí, en serio.

Leer las redes sociales o las opiniones públicas en la prensa es adentrarse en un mar escarpado donde Podemos se equipara a Venezuela y a un comunismo que hace décadas que desapareció; en este imaginario, Ciudadanos no es más que una calcomanía del original, el PP sigue siendo la fuerza más consolidada pese a la corrupción institucional que se remonta a la transformación de Alianza Popular —como demostró el caso Bárcenas— y el PSOE no son más que unas siglas vacías de cualquier significado.

Llegados a este punto, el miedo puede ser un enemigo terrible. ¿Qué ocurrirá si no hacemos lo de siempre? ¿Funcionará? ¿Podemos votar fuera del bipartidismo? Muchas personas incluso han encontrado fundamentos para la crítica en los dos núcleos que administran los ayuntamientos del cambio en el país: falta de experiencia, conflicto, decisiones erróneas, huelgas de transporte…

Sin embargo, antes de depositar mi voto el 26-J, yo ampliaré mi reflexión. Me preguntaré qué partido (si lo hubiere) considero que puede hacer que España funcione, y cómo.

Me preguntaré si quiero ser parte de un país de naciones que no asume que necesita una reforma de las autonomías; si la solución pasa por seguir recortando a los sectores más asfixiados de la población mientras se otorgan rescates bancarios a cualquier precio; si los gobernantes actuales se encuentran en disposición de juzgar intelectual y políticamente a las nuevas generaciones, las más formadas de toda la historia española; y, sobre todo, si un traje vale más que una sudadera del Carrefour, como la tuya y como la mía.

Me preguntaré quién tiene un plan de gobierno, transparente y accesible, y quien lanza promesas vacías, o busca pantallas de humo creando conflictos entre las comunidades autónomas que debería proteger y estructurar adecuadamente.

Me preguntaré si seguir haciendo las cosas del modo que nos ha llevado a esta absurda crisis, que no es más que otra forma de expolio con los mercados financieros como arma, es un modo de salir de la ratonera o si, por el contrario, necesitamos independencia política de los mercados y de Europa, y si alguien puede dárnosla.

Estimación de intención de voto 26-J
Intención de voto para el 26-J a finales de mayo de 2016. (Más información en la fuente.)

Quizá no encuentre respuesta a todas estas preguntas, pero eso no evitará que dé vueltas y más vueltas a todas ellas en mi cabeza.

Entonces, votaré en consecuencia.

Grecia nos demostró que hay cosas que Europa no va a tolerar; nos queda preguntarnos: ¿queremos formar parte de esa Europa o queremos cambiarla para que sea un reflejo de sus ciudadanos y un ejemplo de una verdadera comunidad de naciones?

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Estás que echas humo

Deberían dejar de fabricar tabaco y no hacer leyes absurdas, dice un calvo en la tele. Al estanquero de turno no le gusta nada tampoco; no entiende por qué los fabricantes no han hecho más para proteger su marca frente a la temida conquista del 66 %. Y también hay gente que está de acuerdo, que cree que esas fotos cada vez más grandes de pulmones hechos fosfatina ayudarán a decantar la balanza entre aquellos que quieren dejar de fumar.

Yo vengo de familia de fumadores, y ese primer comentario del artículo lo he escuchado miles de veces. Entre pitillo y pitillo, surge el tema de que nos están cosiendo a impuestos, de que están trincando una pasta, y de lo malo que debe ser para el sistema sanitario seguir manteniendo a la gente enganchada.

Tabaco y dinero (viñeta)

Pues no creo. Seguro que cuando estés muerto de asco en un hospital cualquiera enchufado a una máquina que te controla el oxígeno en sangre y con cortisona, chutes de quimio, y qué se yo, alguien se lucrará del leasing del gotero o de las palas que te enchufan en el pecho cuando terminas por petar por algún lado.

Hay otro argumento que me he cansado de oír también: de algo hay que morir; explotas, claro, harto de que te lo recuerden cada diez minutos, y mandas a más de uno, de dos y de tres a tomar por saco. Aun así, lo cierto es que a una extensa mayoría adulta eso no le preocupa demasiado: palmar, palmamos todos, antes o después. Por el contrario, la forma en la que lo hacemos es un tema más peliagudo. Rabiar de dolor cirrótico seguro que no es demasiado divertido, y ahogarse con una botella de oxígeno enchufada a todas horas, ya te digo yo que tampoco, que lo tengo visto.

¡Qué más te da lo que salga en la caja! Lo que te jode es que te recuerden lo que te estás haciendo. Lo idiota que eres por fumar; lo idiota que eres contentándote con el hecho de que otros idiotas se joden el hígado o las neuronas a golpe de ginebra, de ron, de cocaína o de anfetaminas. Porque como ex fumador sé que estás jodido cada mañana, tras cada sprint para coger el autobús y cada vez que desaparece la nicotina de tu cuerpo.

También está el perfil de fumador al que esto no le importa, que sabe que es malo, y que, o bien le gusta cómo sabe cada uno de los cigarrillos que fuma (no creo), o bien se autoconvence de que le gusta; contra ese no tengo nada que objetar mientras sea coherente hasta el final. Está jugando a la ruleta rusa, y cuando le explota el tiro en la sien, todavía tiene tiempo de ver lo que ha ocurrido: los daños pueden ser mayores, menores, e incluso puede quedar en un susto; pero si quiere conservar algo de orgullo entre tubos, debería seguir siendo coherente hasta el final.

Cuando diagnosticaron a mi padre un cáncer terminal, no tardó en decirle a mi madre: «Me lo he buscado.» ¿Y qué le vas a decir? Pues se lo niegas; le respondes que también da cáncer la comida, los coches, las centrales nucleares y el aire; él ya sabe que no han sido los sulfatos, ni la nuclear de Vandellós, ni el tráfico en hora punta en la Ronda del Litoral; él ya se siente idiota sin ayuda de nadie, y aún más cada vez que se escapa al baño a intentar echar otro cigarro con una metástasis que avanza imparable.

Cigarros asesinos (literalmente)Pero lo cierto es que tenía razón. Tú te encoges de hombros; y te tomas un par de whiskys, y sabes que quizá, en veinte años, te pase lo mismo y que no eres quien para juzgar a nadie.

Para mí, hay algo peor que palmar así, o igual de malo, y es saber que durante medio siglo te has privado de respirar, correr, saborear la comida y no dañar a los que te rodean por algo que se han cansado de repetirte que era malo, malísimo, algo que nadie necesita y que, efectivamente, ha terminado por matarte. Y no es que te lo repitan hasta la saciedad, es que tú mismo ves que es así, porque todo apunta hacia esa verdad que te fuerzas a negarte.

Vamos, que lo que dice esa cajetilla del 66 %, y subiendo, no es que vas a terminar muerto, sino cómo te estás obligando a ti mismo a vivir de una forma que, en realidad, no quieres y lo idiota que eres por hacerlo. Y no mola nada que te recuerden que eres imbécil; imagínate si tienen razón.

Pero bueno, tampoco te lo tomes tan en serio, porque hay una cosa que sí es cierta, y es que no hay cura para la vida.