No os cebéis con las putas, sino con sus hijos

Musulmanes irrumpen en una piscina nudista al grito de Alá es grande, llamando putas a todas las mujeres allí reunidas.

El sacerdote Jacques Hamel muere degollado por dos atacantes del Estado Islámico en una parroquia de Normandía.

La Wafa Media Foundation anima a la matanza de españoles en respuesta a la batalla de las Navas de Tolosa.

Este último parece de coña, pero también es real.

En serio.

El mundo está como una puta cabra.

Bueno, el mundo… La gente. Alguna gente. Alguna gente está jodidamente loca.

Entre tanto, la islamofobia crece. En Occidente —y en todas partes, en realidad— nos cuesta poco generalizar con lo que no conocemos, ni tenemos interés en conocer, y separar a todos los niveles el radicalismo que sentimos más propio: el atentado de Omagh del IRA, el de Hipercor, de ETA, en Barcelona, los dos atentados simultáneos de Noruega de 2011

No voy a ser políticamente correcto. El terrorismo duele venga de donde venga, pero, en los últimos años, el yihadismo ha puesto el punto de mira en Europa. Los cuatro trenes de Atocha, los atentados de Al Qaeda en Londres (2005), los asesinatos en el Museo Judío de Bruselas (2014), o los recientes ataques en suelo francés: el perpetrado contra la revista Charlie Hebdo, el Atentado de Niza en julio de este mismo año…

Estado Islámico (extensión)
Extensión máxima ocupada del Estado Islámico en Oriente Medio.

Da miedo. Pavor. Es la lucha contra aquellos que usan el terror como arma; algo que Occidente ya no entiende ni ejerce desde hace más de un siglo, por lo menos. Es una batalla contra palabras armadas de las que habla Phillipe-Josheo Salazar en su último libro (Palabras armadas: comprender y combatir la propaganda terrorista). Es el retorno del idealismo frente al materialismo: la cultura occidental es, esencialmente, materialista, decía el autor a El Mundo, hace solo unos días, y es que, aparte de la adquisición de bienes, ¿qué más ofrece?

Su propaganda se centra en la exaltación del individuo, ellos venden una camaradería extraordinaria entre sus soldados, por ejemplo, como vemos en los vídeos. Tenemos problemas para comprender eso en los países occidentales así que lo que hacemos es reírnos, decir que están locos, enfermos. Ni están locos ni son imbéciles.

Mientras, el mundo se ha globalizado y la integración de otras culturas en nuestra sociedad se ha producido de formas muy distintas en todas las grandes ciudades europeas. Hace unos días, Saddiq Khan, el primer alcalde musulmán de Londres, afirmaba: “Si se está dispuesto a la integración, sin dejar sus creencias religiosas, se puede llegar muy lejos.”  

Ruta del camión (Atentado de Niza 2016)
La ruta que siguió el terrorista yihadista en el paseo marítimo de Niza.

No nos cuesta demasiado integrar Saddiq Khan, y mucho menos a Zidane, Ronaldinho, o a cualquier otro futbolista de fabela con éxito; ni tan siquiera a los miembros de la Casa de Al Saud, que comen en nuestra mesa (metafórica), pese a estar marcados por un fuerte wahabismo e intolerancia que se ha relacionado, en múltiples ocasiones, como fuente directa del terrorismo global de los últimos cincuenta años. A ellos nadie se atreverá a tildarlos como a moros ni terroristas, porque tienen petróleo, y relaciones públicas y privadas con monarquías, repúblicas y altos cargos del mundo entero.

Por el contrario, la gente de a pie, será fácilmente vinculable con estos estereotipos negativos solo por profesar una fe común —una religión de paz que el radicalismo ni sigue ni respeta en realidad — y que, a gran parte del mundo le debería avergonzar confundir y generalizar, puesto que es bien sabido que, al menos en España, las putas no suelen tener la culpa de parir a los hijos de puta. Quien piense así, razona al mismo nivel que Donald J. Trump, y siento el insulto, pero ni es posible frenar la inmigración en un mundo globalizado, ni es lógico hacerlo: es tan simple como razonar que, si desinfectamos nuestra casa de cucarachas con una bola de demolición, ni quedarán cucarachas, ni quedará casa.

Adoctrinamiento niños por parte del Estado Islámico
La manipulación y el adoctrinamiento de menores por un ideal como leitmotiv es una de las tácticas del Estado Islámico.

Así que, de toda esta mezcolanza de conceptos, rescatemos dos: el Estado Islámico es más que un grupo de fanáticos locos: son fanáticos que quieren construir un mundo que Europa ya no entiende, y ese es el camino a través del que los gobernantes occidentales deberían buscar una solución: el problema es que, hoy, caminan a ciegas por este sendero; a su vez, siempre habrá maldad, y personas que deseen destruir lo que otros construyen, así que quizá llegue el día en el que tengamos que establecer una serie de conceptos por los que luchar; pero no nos convirtamos en los monstruos que nos atacan, no usemos la islamofobia para combatir el terrorismo yihadista, porque, entonces, ya habremos perdido.

Puede que, antes o después, la mano abierta deba convertirse en un puño contra aquellos que no desean más que enfrentarnos y convertirnos en sus enemigos, pero es nuestra obligación saber quién y por qué debe ser blanco de nuestra ira como sociedad.

Miembros del Estado Islámico
En junio de 2016, el califato del Estado Islámico cumplió dos años de guerra permanente por unas fronteras que se extienden entre Alepo (Siria) y Diyala (Irak).

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La vida de un Pokémon

Apareció frente a la ventana del despacho. Fuera. Donde el encalado de la pared se asemeja a la silueta de un hombre con barba y, una vez nos dimos cuenta, ya nunca pudimos dejar de verla. Era un Bulbasaur, mitad animal, mitad planta. Sonreía, como todos los Pokémon; así que le lancé una pokeball y lo atrapé antes de que se escapase por las montañas que rodean mi nueva casa.

Después, me aburrí. Sin saberlo, ese Pokémon nunca evolucionaría ni conocería mundo junto a mí. No podía competir con mis perros, que me tiran babas, saben ser mucho más pesados que una notificación en el teléfono y ya me obligan a caminar bastante. Allí quedó el Bulbasaur, en algún rincón de la memoria SSD; oculto del mundo, prisionero de mi propio egoísmo, solo.

Bulbasaur (pokémon)

Mientras el resto se volvían locos jugando a Pokémon Go mucho más tiempo del que dedicaban a Facebook, Twitter o Snapchat, yo dejé a ese Bulbasaur que paseaba por mi jardín encerrado en mi dispositivo, y me fui a seguir viviendo al margen de esa acción. Ese era el único Pokémon que registró mi Pokédex en el smartphone; ni un Rattata, ni un Pidgeot… Ni uno más.

Abrí la aplicación, capturé a ese bicho, y me aburrí. Después, sin relación aparente, los árboles de alrededor de mi casa empezaron a secarse; al principio pensé que se trataba de algo que ya estaba ocurriendo y no había reparado en ello; pero, de nuevo, el móvil tenía una respuesta mejor: fotografías de los exteriores antes de la mudanza. En estas, los árboles estaban llenos de verde, el tronco resplandecía, y casi podías imaginar cómo la savia circulaba por los vasos conductores en su interior. Ahora, los árboles y las plantas parecían enfermar y secarse uno tras otro, pudriéndose, resquebrajándose desde la raíz…

También tenía trece notificaciones en Pokémon Go. Todas decían Vuelve. Todas decían ¿Te has olvidado de mí? Todas decían ¿Dónde te has ido? Estoy solo aquí. Y abrí la aplicación.

Bulbasaur llorando

En la pantalla podía verse al mismo Bulbasaur que atrapé. Miraba hacia delante, cabizbajo, moviendo dos largas cepas verdes que salían de su espalda para combatir el aburrimiento; parecía débil, hasta que percibió que se había cargado la aplicación; entonces, su cara brilló por un instante, hasta que volvió a ser consciente, una vez más, de mi abandono.

Fijé mi vista en la pantalla, que detectaba los alrededores y mostraba un mapa con localizador GPS; marcaba lugares de interés y similares, creo, pero yo no podía apartar la imagen de ese Bulbasaur herido de mis ojos. Así que empecé a caminar; al abrir la verja exterior de la casa, los perros me ladraron: les hice un ademán para que me acompañasen; paseamos los cinco —los perros, el Bulbasaur y yo— y, a medida que lo hacía, parecía recuperarse: no eran heridas infringidas en combate, pues no me gustaba eso de hacer combatir a los Pokémon, y tampoco había tenido tiempo, sino más bien de tristeza, de haber sido olvidado en un rincón demasiado rápido, solo por ser virtual, apilable, lo que sea.

A la vuelta, los árboles se habían recuperado. El verde volvía a ocupar todo el follaje, y advertí que el Pokémon parecía feliz de haber paseado con nosotros. Ahora conocía la verdad: eran unos yonquis del fitness, de la compañía, de la batería de mi smartphone, que podía empezar a acostumbrarse a estar bajo mínimos.

Seguí haciendo lo mismo durante varios días. Los perros se alegraban de ver el móvil en mis manos, o quizá a ese Bulbasaur que vivía entre el mundo virtual y el real; yo seguía caminando y caminando, angustiado por la conexión entre el Pokémon y mi jardín; sabiendo que tendría que cuidarle mientras quisiera que nadie más conociese mi horrible secreto: había encarcelado a un Bulbasaur y lo había abandonado a su suerte; ahora, estaba pagando por mis pecados, y aún sería peor si alguien más se enteraba. La vergüenza sería completa: tanto para aquellos que solo verían a un freak que caminaba para tener feliz a su Tamagochi evolucionado como para los verdaderos fans de la saga, que podrían acusarme de maltrato, de abandono o, peor aún, de ser un nefasto entrenador Pokémon.

Squirtle y Bulbasaur

Por las noches, cuando mi mujer se dormía, le explicaba al Bulbasaur que no podía jugar con él, que ya tenía perros y gatos, y que debía trabajar, y escribir, e intentar hacer algo con mi vida. Él solo me miraba, sin comprender, a sabiendas de que, ahora que Pokémon Go formaba parte de nuestras vidas, ¿quién iba a querer seguir viviendo en el mundo real?

Noche tras noche, bajo la atenta mirada de los perros —que todo lo perdonan, incluso la desatención activa o la necesidad de compartir su tiempo con un Bulbasaur—, conseguí hacerle entender que debía buscar a otra persona, y yo le ayudaría a ello. Lo enviaría con uno de mis amigos que jugaban a Pokémon Go. Le daría una vida mejor junto a otra persona. Y, entonces, justo en ese momento, antes de subir al coche y conducir hacia Barcelona para dar en adopción a mi Bulbasaur, ocurrió lo peor que podía suceder: frente a mí, apareció un Pikachu.

Pikachu (pokémon)

Salvarse a uno mismo

Populi barbari novarum terrarum cupiditate in Italiam descendebant.

(Los pueblos bárbaros, por deseo de nuevas tierras, cayeron en Italia.)

La imagen es desgarradora. Un animal, como tú y como yo, que se negaba a morir, lanceado, y atravesado con una espada en el lomo, saltó la barrera, muerto de miedo, hacia los tendidos. Nadie allí se volvió humano, ni por un instante, y siguieron hiriéndole y vejándole sin piedad hasta que no pudo sentir más nada.

Ocurrió una de las tardes de los sanfermines. En la plaza, no en las calles; donde el asedio termina junto con la vida de todos los morlacos que pisan Pamplona, en la arena de ese escenario sangriento, que, al final, es solo uno.

Toreo - Sanfermines (viñeta de Paco Catalán)
Viñeta de Paco Catalán.

Hoy, estoy cansado. Miro hacia fuera por la ventana del despacho, y no puedo resistir la tentación de sentarme al sol con el portátil; se acercan pájaros de rato en rato, y los gatos los persiguen sin maldad, los perros duermen al sol, sabiendo que todavía es pronto para ponerse a correr de arriba para abajo, y el rastro de los jabalíes, que nos visitaron ayer noche para roer las raíces de los pinos, sigue fresco junto a la puerta.

Me siento bien entre el verde, más humano, más vivo aún; no es que quiera imponer una imagen, ni venderos un sentimiento que, quizá, no sea universal, pero me enorgullezco de ser parte de algo sencillo, respetuoso, y bueno.

Por eso cierro el vídeo con un nudo en la garganta, y tengo que hacer algo con las manos: salir, correr, gritar, cavar un hoyo; algo. Porque no comprendo qué se mueve en las mentes de aquellos que solo tienen la palabra tradición en la boca, que crían en pos de la tortura y el asesinato, sin ningún fin (su muerte no vale ni tan siquiera como alimento), que beben el dolor de un animal manso que solo lucha por sobrevivir, por seguir respirando, mientras ensartan su lomo, y lo marean, y ciegan, y atacan, entre varios.

Toreo = maltrato animal

No existe necesidad, ni ilusión de necesidad siquiera; solo es poder, e imposición. Mato, porque puedo; torturo, porque la tradición me ampara; hiero, daño, desangro, ataco, porque he evolucionado lo suficiente para sobreponerme por encima del resto de vosotros.

Cuando de repente, vi al toro. Y en sus ojos, la inocencia que todos los animales tienen, y me rogó. Fue como un llanto de injusticia en mi corazón, es inexplicable: fue como un rezo al verdugo para que terminara con su ejecución. Me sentí como la peor mierda del mundo.

Antonio Gala, El País, 30 de julio de 1995

Un toro es todo los animales, y todos los animales son un toro. Si alguien viese el dolor en los ojos de un perro, de un gato, de un lobo, o un toro, comprendería que las diferencias que los embellecen resultan mínimas frente a todo lo que nos une.

Matador de toros haciendo un desplante
Esta foto no es lo que parece, pero ojalá lo fuera.

Si alguien acercase sus ojos y se preocupase por entender la naturaleza de cada ser, no tendría nada que temer, ni nada que dañar sin necesidad. ¿Pero quién lo hará o sabrá verlo mientras sigan bañándose en la sangre de sus iguales?

En España, solo es tradición y cultura para unos pocos; y entre ellos, no es difícil desentrañar tampoco para cuántos resulta un problema ético oculto entre montañas de simple dinero; dinero que ampara el sufrimiento, la muerte y el sinsentido, pero dinero al fin y al cabo.

Para la amplia mayoría, no es nada de lo anterior; solo un rescoldo que se niega a expirar en el pasado, y que se mantiene vivo, incluso fuera de las brasas que lo acompañan, por la inacción del resto de nosotros: la tauromaquia es un problema, y su propio nombre, imbuido de un respeto etimológico que no merece, lo indica; ¿y nuestro gran enemigo? Nosotros, de nuevo; nosotros, que no salimos de delante del ordenador, de la crítica apagada, de la falta de unión; unión que debe viajar a las plazas, a los pueblos, a las (supuestas) fiestas y a todos esos lugares donde solo unos pocos se mueven para concienciar, pero no para impedir.

Si un país entero está en contra, unos pocos no pueden marcar su ley; ni tan siquiera amparados en una tradición sangrienta o una cultura que se revuelve tras cada estocada, tras cada estoque, tras cada banderilla, y cada muerte; este país solo se salva si terminamos con la tauromaquia; este país solo se salva si nos salvamos a nosotros mismos.

Los peligros de una autoedición reptiliana

Mientras se maqueta el primer texto que voy a publicar en papel (¡qué larga se está haciendo la espera!, pero ya os contaré más en septiembre), he seguido escribiendo; en el blog, ya veis por dónde van los tiros: España está hecha un asco y da para un buen rato, y queda espacio para animalismo, series de TV y alguna cosilla más; fuera, he querido disponer de un espacio, pequeño, donde recopilar textos en formato web (¡toma publicidad encubierta!) y, por último, más allá del proyecto de libro, he empezado dos relatos más: uno sobre Caos —del cual me gustaría compartir aquí las primeras páginas, como mínimo, pero mi ordenador de sobremesa se ha suicidado con la mudanza— y otro sobre la Ruta 66.

De vez en cuando, visto que las cosas empiezan a marchar, evito algo tan típico como agobiarme o intentar correr más de la cuenta; sigo desempaquetando cajas —me mudé fuera de Barcelona esta semana—, entrenando, pese al calor (y la frustración que solo quienes practican artes marciales pueden entender), y bebiendo demasiada alguna cerveza de vez en cuando.

Por regla general, la tomo a mediodía, antes de comer, pero no hace mucho, unos amigos que están viajando por toda Sudamérica aterrizaron aquí de improviso, y, sin saberlo, me despejé la tarde para reunirme con ellos; era un martes, y aunque ya no tenemos el estómago entrenado, las mujeres nos dieron permiso para una de esas borracheras que recuerdas con cariño: las que surgen en un momento especial y crecen poco a poco.

Borrachera épica
Más o menos…

Ahora podría hablaros sobre teorías alienígenas, sobre los distintos perfiles de persona que existen, entre los que destacan felinos y reptilianos (que deben ser malvados, porque, entre ellos, estaban Wert y Fernández Díaz, pero no me preguntéis más, porque no sabría qué contestar) y temas de episodio especial de Iker Jiménez para los que se debe estar de un humor concreto, o tener mucho alcohol en sangre.

Sin embargo, no voy a torturaros con alucinaciones etílicas, sino con algo que ocurrió antes.

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El tercero en discordia

Yo no sabía que aterrizaban en Barcelona a media tarde, así que, pese a que me pareció raro ir a tomar algo a esas horas con el tercero en discordia, accedí. Él había terminado de escribir su primera novela hacía unas semanas y, con La caza del carnero salvaje de Murakami entre las zarpas, me dijo: «Lo mío es una mierda.» Le tranquilicé, diciéndole que frente a Borges, Murakami o Hemingway (o Gabriel García Márquez, o Joyce, o Camus, o Kerouac, o Bukowski…), todo era mierda.

Para la siguiente pregunta, no tenía respuesta.

¿Si uno mismo autoedita… cómo sabe qué es bueno y qué no?

Podría haberle dicho: porque vende libros, como si de un producto de primera necesidad se tratase (aunque, para muchos de nosotros, lo es); por la respuesta del público (que, desde que existe Internet, no es exactamente lo mismo); y si lo hubiera pensado a fondo, se me hubiese ocurrido alguna que otra respuesta, pero no.

Hoy, esta pregunta no tiene una única respuesta, y toca rendirse a la evidencia. ¿Eres bueno porque te lee mucha gente o necesitas el beneplácito de un lector formado para entrar dentro de la definición?

Puedes ser un autor viral, o no ser (¡hola, Hamlet!). Escribir, como oficio o anhelo, significa tener un lector detrás que dé sentido a tu obra, y las editoriales son las primeras que se dejarán llevar por este modelo para no invertir a ciegas, sino con todas las garantías de las que pueden proveerse.

Se acabó lo de buscar buenos escritores entre manuscritos que llegan en papel y ya no se lee ni dios. Ríete tú de aquello de seducir a un mecenas. Ahora, tienes que enamorar al mundo entero; o a una parte tan grande como sentido quieras en tu escritura. ¿Pero es el otro quien marca hasta ese punto tu forma de disfrutar de las letras? Los más ciegos dirán que sí; el resto intentará no convertir su pasión en otro fenómeno de masas que terminar odiando.

Si algunos de los grandes escritores de los que hablamos esa tarde hubiesen nacido ahora, tendrían dos opciones: controlar los canales o no existir para el mundo. Quizá entre ellos podría quedar algún J.D. Salinger para quien la fama, el dinero y la escritura no fuesen un trinomio necesario; pero la mayoría, en cambio, seguiría en busca de ese término medio, de esa visualidad, de la posibilidad de poder seguir juntando letras y soñando con vivir de lo que a uno mismo le gusta, y si hay algo que ha conseguido este siglo es democratizar esta oportunidad.

V (Invasión Extraterrestre)
Los ’80 nos afectaron profundamente…

¿El resultado?, eso no tenía nada que ver. Así que nos olvidamos del tema y compramos otro pack de cervezas, obligando a la discusión a desviarse, de nuevo, hacia felinos y reptilianos, que, en ese momento, era más fácil de comprender.


Ya me puse pesado con esto en…

El fuego que llevamos dentro

Este fin de semana ha sido un caos absoluto. Ocurre en todas las mudanzas, en todas mis mudanzas. Pasas días empaquetando, gastando rollos y rollos de cinta de embalar, apilando objetos, recogiendo recuerdos dicotómicos  —o se hace imposible separarte de ellos: el libro que te regaló aquella chica que fue especial, una pluma estilográfica de tu abuelo que nunca aprendiste a usar; o no les ves utilidad alguna: antes o después, esos son mayoría—, y vuelves a empezar.

Te acompañan muebles que han envejecido contigo, útiles que harán algo más confortable ese cambio que te recuerda quién eres, y una extraña sensación que siempre viaja entre la expectación y el miedo al cambio.

Gatos durante la mudanza
Conseguimos hacer la mudanza pese a la resistencia pasiva de nuestros gatos.

Por mi parte, todo salió mal, pero ya estamos acostumbrados: no se perdieron las llaves de la furgoneta que alquilamos para la mudanza, sino también las de mi coche (¡dos por uno!); no hubo forma de mover todos los muebles, ni de desempaquetar, y reorganizar aquello que nos habíamos propuesto: el tiempo se nos vino encima; nada salió como estaba previsto, porque eso ocurre muy pocas veces en la vida. Quizá nos cabreamos menos, o nos relajamos más, si bien un cambio de casa no difiere mucho de una visita al dentista: jode, pero, cada vez que vuelves, eres más estoico, y tiras para adelante con mayor soltura.

Había seis cosas por las que preocuparse por encima del resto: los perros, los gatos, el pájaro; una vez todos estaban aquí y los típicos nervios propios del desconcierto se habían diluido, solo quedaba empezar a acostumbrarnos a la nueva casa: campo y ciudad, el Ensanche y el Baix Llobregat, playa y montaña, silencio frente a zumbido constante, y muchas otras cosas, inadvertidas en un primer momento: aire, pájaros, tierra, verde, pero verde de verdad, recogimiento…

Fuego y brasas

No es cuestión de mejor o peor —esos términos no sirven—, si bien a medida que las horas pasaban, y las personas que nos habían ayudado a mover media vida de arriba para abajo se despedían, tuve la certeza de que podía acostumbrarme a esto, de nuevo, más rápido de lo esperado. Porque no hay mejor o peor fuera de uno mismo.

Sin embargo, hay algo que todos compartimos, y es la ilusión por las pequeñas cosas. En mi caso, cuando pude librarme del yugo (férreo) de la jefa de empaquetado y desempaquetado, corrí hacia el terreno anexo a la vivienda y empecé a recoger ramas, y ramas, y troncos, y cortezas, e hice un fuego.

Los engañé a todos; les hice creer que iba a tostar pan, y verduras, y, bueno, lo hice; pero sobre todo me quedé allí plantado, junto a los perros, tirando madera cada vez más grande a las llamas y haciendo brasas y más brasas, mientras las observaba, quieto, buscando esa memoria histórica de la que hablaba Hegel, y que todos llevamos dentro.

Siete razones para cambiar los sanfermines

Las fiestas de San Fermín han mantenido su calendario de eventos y, entre ellos, hay uno cuyos pernios empiezan a oxidarse, y pronto se quebrarán: por la mañana, encierro; por la tarde, corrida. No es el único, pero, de todos ellos, es aquel que refleja mejor España: un país donde, muy a menudo, la tradición no se valora, porque no hay nada bueno en ella, y entre sus principales defectos, destaca uno, enquistado hasta el tuétano, la resistencia y la asunción del error, cuando la mayoría así lo cree, y propone un cambio que se enlentece hasta la náusea; incluso cuando su tiempo ha llegado.

fiestas-de-san-fermin-cronica
Retazo de una crónica sobre las fiestas que circulaba en Twitter.

Mientras tanto, pasa otro año. Los animales que mueran, las vejaciones que se lleven a cabo, y el modelo, se mantendrán un tiempo más, pero no mucho. Las fiestas taurinas tocan a su fin, y que nadie nos haga olvidar bajo palabras de falso heroísmo una de las principales verdades por las que luchamos: el toro mata intentando vivir, el torero, cuando muere, lo hace intentando matar.

Muerte

El domingo hubo cinco heridos; al día siguiente, otros tantos. Leí en el diario que la noticia que más llamaba la atención no era aquel cubo con restos de lo que fue un animal, sino un toro que se negaba a avanzar; inmóvil frente al vallado y caído bajo la luz del flash de un fotógrafo mal situado. O quizá él no quería avanzar, quizá no quiera seguir; perpetuar la tradición.

El Roto - Viñeta fiestas de San Fermin

Acoso sexual

Una chica violada entre cinco durante la noche del jueves, un hombre al que encuentran haciendo una felación a otro entre la marabunta; denuncias, abusos, excesos y, por encima de todo, no comprender que un no es un no, pero lo que todavía es más importante: que la ausencia de este tampoco representa un sí.

Imágenes de desenfreno (sanfermines)

En titulares, aparecen cuatro agresiones sexuales en la madrugada del domingo; por desgracia, esto solo importa desde que la “fiesta” es más internacional que nunca, cuando uno de cada dos asistentes es extranjero, y cuando el mundo tiene un ojo encima de la bárbara España.

Borrachera y desenfreno

Desenfreno (sanfermines-2)
Puedes leer más sobre en el artículo del 7 de julio, titulado Seguimos siendo guarros (y guarras), y todavía más gilipollas

Pero con un aroma acre que no es posible limpiar; fruto del exceso más cobarde, de aquel que no se respeta ni a uno mismo. El lunes leía en La Vanguardia de la mano de la periodista Joana Bonet: «Puede que su ideal de exotismo incluya pañoletas rojas o txapelas, o bien sea la mezcla de animalismo, vino y sexo demente lo que les intrigue.» Solo difiero en una cosa: los animales han demostrado ser más nobles, así que, tal calificativo, los desmerece erróneamente.

Maltrato animal

Que empieza en las calles y termina en las plazas. Si las fiestas de San Fermín quieren ser un ejemplo de lo que este país puede llegar a ser, que abandonen el maltrato sistemático a los animales, la cría para la muerte; la muerte como entretenimiento, el dinero por encima de la sangre; y no, la tortura (absurda; inútil) de un animal inocente y el consumo de carne no son la misma cosa: una puede creerse necesidad, la otra, no es más que pura maldad.

Toro muerto en los sanfermines

Coste sanitario

Con larguísimas colas en urgencias, operaciones que llegan demasiado tarde para pensionistas de toda una vida, jornadas interminables que subyugan al personal sanitario, presupuestos cada día más escasos… ¿Queréis poneros a correr delante de animales aterrorizados de seiscientos y setecientos kilos? Pues os pagáis vosotros las cornadas, los puntos de sutura, las operaciones de urgencia, los operativos sanitarios.

Sanfermines (segundo encierro, 8 de julio de 2016)
Imagen que corresponde al segundo encierro de los sanfermines 2016.

¿Qué es la fiesta?

Si las fiestas de San Fermín son mucho más que tauromaquia, ¿por qué mantener esa tradición? ¿Por qué perpetuar los encierros y las corridas mientras nos atrevemos a criminalizar el Toro de la Vega o los correbous? Si hay fuegos artificiales, si hay gigantes, si hay kilikis y zaldikos; si hay riau-riau, y bebida, y música, y buena gente, ¿para qué reclamar la muerte con tanto ahínco?

Kilikis y zaldikos en Sanfermines

El ejemplo

Un ejemplo detestable para el mundo que nos mira: la España más rancia, la que pervive en la tradición como única excusa para no asumir su propio error; un monumento al atraso, a las equivocaciones de nuestros padres, a un pasado que nos avergüenza y nos obliga a negar, como si no pudiéramos dar crédito a lo que vemos, oímos y sentimos cada 7 de julio.

Si las fiestas de San Fermín tienen tantas cosas buenas (y las tienen), no necesitan asustar, martirizar y ejecutar a sesenta y cuatro morlacos que se crían para morir. Que los dejen volver a la dehesa, que no los críen, que dejen de aprovecharse de todos ellos, de convertir la sangre en moneda de cambio, de intentar dar sentido a la vida solo a través de la muerte.

Víctor Barrio: libertad de expresión e idiotez endémica

Ayer leía: «Los taurinos se querellarán con los tuiteros que se burlan de la muerte de Víctor Barrio.» Simplemente, aluciné. Después, me reí un par de minutos, porque España sigue sorprendiéndome, aunque desearía que no fuese con este tipo de cosas.

Hoy, El Juli, quien imagino que es otro matador de toros, explotabao así lo describía el titular— a raíz de los comentarios de un tal Vicent Belenguer, un maestro valenciano que soltó unas cuantas barbaridades por Facebook. En paralelo, Change ha reunido las firmas de 150.000 personas para inhabilitarle de su profesión parece ser, pero no contentos con esto, se exige a las autoridades que se procese a este señor y a otros tantos por burlas.

Víctor Barrio tras una corrida de toros
Víctor Barrio muestra al público de la plaza la oreja cercenada de un toro.

¿Estamos de broma o qué pasa?

Os explico mi punto de vista, que seguro que, además, compartís: se está confundiendo libertad de expresión con maldad, y con ser un maleducado, un cabrón y un malnacido, es cierto, porque creer que se puede decir cualquier cosa no es excusa para faltar, ni para alegrarse de la muerte de una persona que, eso sí, vivía de proferir sufrimiento y de matar animales: el estigma social lo buscó él solo, eso sí, igual que el tal Juli, y todos estos canallas que se atreven a llamar profesión a la tortura.

Víctor Barrio - Muerte
La cornada que causó la muerte del torero Víctor Barrio.

Pero tampoco nos confundamos, ¡ojo! Las amenazas directas son un delito; ser una basura de ser humano, no. Es comprensible el sentimiento de congoja de alguien que ha perdido a un familiar, a un amigo o a un compañero, igual que muchos nos entristecemos por cada toro que asesinan por razones absurdas, por cada negocio que se hace con su sangre, por cada final en la arena; sin embargo, eso no da derecho, ni causa, a nadie para presentar una denuncia por una opinión. El resto, es sentimentalismo barato y un uso fraudulento de la infraestructura judicial, pese a antecedentes como el del edil Guillermo Zapata y su humor negro, que mal acostumbró a unos cuantos.

Mensaje Vicent Belenguer sobre Víctor Barrio
Mensaje del tal Vicent Belenguer, quien, como profesor, demuestra muy poca empatía y humanidad, por lo que me parece perfecto que se le cese de su cargo.

Tampoco es comparable con situaciones que rompen la regla: apología del terrorismo, del maltrato, de la asociabilidad, o la insociabilidad incluso. Pero que quede algo claro: si nos atrevemos a denunciar a una persona por su pensamiento, ¿por qué no hacer lo mismo con todos esos toreros que, para una inmensa mayoría, están haciendo elogio a la muerte y la violencia gratuita?

Y lo que todavía es más importante, ¿qué país es este donde se permite a niñas de treinta kilos y un problema gravísimo de anorexia hacer verdadera alabanza de su enfermedad por Internet pero se intenta encarcelar a cuatro imbéciles que se creen que es divertido reírse de la muerte del prójimo?

Pensadlo, a ver si encontráis respuesta, que yo sigo buscándola.


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Abandonar, adoptar, abandonar

Roco es un mastín español de seis años que me acabo de inventar; fue adoptado poco antes de Navidad por una familia de Sabadell en el CAAC de Barcelona y ha sido renunciado (menuda palabra, ¿eh?) en el SPAM de Mataró.

Lo mismo les ha ocurrido a más de 137.000 animales (104.501 perros; 33.330 gatos) que son abandonados cada año en todo el país. A diferencia del nombre del mastín, quien seguro que encaja en un buen porcentaje de esas cifras que poco nos dicen y deberían avergonzarnos, estos números no los invento; los comparte la Fundación Affinity dedicada a concienciar a la gente sobre abandono animal.

Mastín español (fotografía)
Fotografía de un mastín español.

La dimensión de la muestra a partir de la que se ha elaborado el estudio es de 300 entrevistas válidas (127 de sociedades protectoras, 169 de ayuntamientos y 4 de empresas), por lo que es una muestra muy representativa del universo total.

Según la muestra, más de 14.000 perros y gatos son sacrificados cada año. Un 10% del total. El 66% de esos animales no son llevados a un refugio, además, sino tirados a la calle. Del total, un 44% son adoptados; un 20% devueltos, un 10% sacrificados, un 14% no salen de la protectora y un 12% se engloban entre demasiados motivos: animales robados, cedidos, cambiados de protectora o muertos, principalmente.

Los datos son muchos, y abrumadores, fruto de la falta de conciencia y de una legislación deficiente. Así, no es difícil imaginarse a uno mismo acariciando el lomo de Roco, quien ha caído en la perrera con displasia de cadera y más de seis años; probablemente nunca saldrá de la protectora, aunque en Cataluña, no morirá sacrificado mientras esté sano. En otras zonas de España; en una perrera, en otro momento… moriría a partir del día veintiuno, y por mucha pena que nos dé, nadie le sacará de su propio corredor de la muerte.

Motivos de abandono animal (España)

Es un problema estructural y no podemos simplificarlo con dos ideas sueltas. Sin embargo, sí hay dos errores concretos de los que me gustaría hablar hoy: uno está tras las rejas de muchos centros, el otro, fuera.

Fuera de las rejas

El estudio de la Fundación Affinity marca cinco motivos principales por los que se abandona a un perro a su suerte: comportamiento, camadas indeseadas, factores económicos, fin de la temporada de caza y cambio de domicilio.

Hay más, por supuesto, pero, en realidad, con sumarle desconocimiento y salud propia sería suficiente para englobar el resto de motivos: toxoplasmosis, alergias, hospitalización y renuncia por parte de los familiares, falta de tiempo… En fin, podéis ver una lista completa aquí: no vale la pena enumerarlos uno a uno (otra vez).

Una historia de galgos

Desde fuera, el problema se resume en que Roco, el mastín que me he inventado, es adoptado de joven y renunciado por falta de tiempo, espacio o facturas veterinarias; quizá también sufre ansiedad por separación o tiene otros problemas que los adoptantes deberían trabajar con la ayuda de un adiestrador(a) o un etólogo(a).

Sin embargo, en España, el abandono sale muy barato; y cuando se endurece la ley, los galgos aparecen ahorcados en un pino en lugar de renunciados en la protectora. Tras cada temporada de caza; cada vez que los animales ya han envejecido o enfermado por falta de cuidados, cuando alguien se cansa de soltarle huesos a un bicho moribundo o un alma caritativa descubre el maltrato constante y decide denunciar…

Sobre esto puedes leer mi opinión, ampliada, en Vida de perros (I) y Vida de perros (II).

Nos creemos que Roco es un juguete, y que cuando se haga viejo, o se enferme, podemos tirarlo a la puerta de una protectora donde le buscarán una familia mejor; o, simplemente, una familia.

Mi propia lectura de esos porcentajes (y motivos) me dice que, si Roco fuese un perro de verdad, se le abandonaría por inútil, porque no aprende, o porque resulta molesto tanto ladrido, o porque, en realidad, Roco era una hembra, y nadie quiso esterilizar a Roco, y ahora espera siete u ocho cachorros; o Roco vivía con una hembra, y nadie quiso esterilizar a nadie, y lo más fácil es renunciar a todos, y buscar a otros perros hasta que surja un problema similar. Y, entonces, repetir.

Un animal de compañía requiere dinero, cuidados, tiempo y conocimiento, y, en España, siguen faltando campañas que nos digan que un perro de protectora o perrera (cualquier perro, en realidad, y en cualquier momento de su vida) puede tener comportamientos que deben ser modificados para adecuarse a vivir en sociedad; ¡pero sorpresa!, existen etólogos, adiestradores y libros, y cursos de psicología animal.

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Lo que faltan son valientes que se atrevan a decir la verdad a la cara, no solo a afirmar que él nunca lo haría, sino que, cualquiera que haga algo así, es un verdadero hijo de puta por abandonar a un animal indefenso; y que, si no lo ves claro, no lo adoptes.

Pero sobre todo, además de conocimiento y una evaluación correcta de tu tiempo, dinero y posibilidades, falta gente valiente en las protectoras y en las perreras que se plante, que diga: no, no cumples los requisitos para adoptar a este perro; no, no queremos que renuncies a este perro en seis meses o en un año; o no, no creemos que estés preparado para tener perro.

Esto ya ocurre. Pero no en todas los centros, y menos todavía en grandes centros donde yo he adoptado y participado como voluntario. Esto ocurre en las protectoras pequeñas —en las de diez, quince, veinticinco animales— que se apoyan en el resto, y puede parecer una salvajada lo que estoy diciendo, pero es una parte fundamental del problema de abandono animal que sufrimos en España: porque lo convierte en recurrente, porque se implican recursos que se convierten en parte del problema a medio plazo y, sobre todo, porque los perros conocen un hogar para volver a ser abandonados.

Dentro de las rejas

Llego hasta Roco, el mastín inventado, en una protectora de mi provincia. Está en un chelín solo, triste; me informan de que no quiere comer, pero le restan importancia desde el principio. Ese es otro problema. Un voluntario(a) jamás debe ser un mal vendedor de coches; obviar detalles, restar importancia o cargar con un peso mayor al que una familia o una persona espera, puede tener consecuencias desastrosas en esa adopción. (¿No te lo crees? Lee aquel famoso texto de Pérez Reverte.)

Es cierto. Los perros no tienen una actitud natural en un espacio tan antinatural como una protectora; se trata de un comportamiento similar al que sufre una persona cuando entra en prisión, no actuará igual que fuera, por muchas razones: otro ambiente, otro contexto, otras personas, otras normas incluso. Esto también debería decirse a todas las familias, porque, probablemente, rápidamente mejorará, pero también tendremos que trabajar problemas de conducta que no habíamos podido ver.

¿Se evalúa entonces si la persona está concienciada? ¿Si conoce las necesidades de ese animal? ¿Si sabe lo que come un mastín? ¿Cuántas revisiones veterinarias necesitará a lo largo de su vida? ¿Lo que supone un principio de displasia de cadera? ¿Dónde vive? ¿Si ha tenido perro antes?

Un adoptante informado, preguntará muchas de estas cosas; sin embargo, se trata de una situación similar a cuando alquilas tu primer piso: no sabrás qué coño preguntar, y no preguntarás nada. Te centrarás en el presente; en el hoy, en lo felices que están los críos, en lo mucho que necesitas dar un cambio a tu vida, y no recaerás en el hecho de que tendrás que pasearlo cada día, jugar con él, enseñarle a comportarse, cuidarle, responsabilizarte los días de lluvia y de sol, y los días buenos, y también los malos.

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Pastores alemanes con batería de larga duración.

Hay muchas cosas que todos los que amamos a los animales desearíamos que pudiesen llevarse a cabo en las protectoras: subvenciones más elevadas, más formación para los voluntarios, sociabilización con otros perros y personas, horas de adiestramiento, posibilidad de corregir problemas dentro del centro, menos tiempo en los cheniles…

Pero de todo ello, hay algo mucho más fácil de cumplir: el no. 

Decir no a esas cincuenta familias que vienen a pasar revista, a toda prisa, el día antes de Reyes.

Decir no a ese chico de dieciocho años que no cumple el perfil para adoptar al pitbull o al american stanford que ya ha sido renunciado dos veces.

Decir no, porque ese perro volverá a la protectora, a esta o a otra, o acabará abandonado, o muerto en la calle.

Decir no a ese juego recurrente del abandono, la adopción y el abandono.

Decir no, como parte del trabajo de los encargados de una protectora; no limitarse, simplemente, a acceder, a entregar a un animal, a analizar la situación solo en la medida en la que nos conviene (¡esta semana han adoptado a Roco y a otros treinta y siete perros! ) y olvidar cualquier seguimiento por siempre jamás.

Una protectora no es un buen sitio para que vivan los animales: todo el mundo debería saberlo, pero más allá de la inconsciencia de miles y miles de personas que no entienden todavía que sus acciones tienen consecuencias, debemos empezar a analizar también (también) todas aquellas que ocurren dentro de las rejas. ¿No os parece?

Ningún animal merece dos vidas de mala suerte.


Puedes leer mi experiencia sobre la adopción de Foc en De unas vacaciones idílicas y otra adopción.

La viñeta de la historia del galgo la encontré en este enlace.

Enlaces relacionados:

Una herida que supura en los muertos

Una de las historias más terroríficas de la Guerra civil española se rastrea alrededor de las tropas moras de Franco: jóvenes del África ocupada que se alistaron o fueron enviados a las campañas más cruentas de la invasión fascista.

En los meses y años siguientes, se hicieron barbaridades por todos lados. Algunos citan Paracuellos y otros el Campo de la Bota; los reiterados intentos de invadir Madrid (por el sur, tras cortar la línea de suministros de Valencia, por Guadalajara…) o la Batalla del Ebro; en todas ellas, las tropas moras se convertirían en carniceros, pero también en carne de cañón.

Los moros que trajo Franco/ en Madrid quieren entrar./ Mientras queden milicianos/ los moros no pasarán.

Coplilla popular

Cuando se niega la historia, ocurren dos cosas: o se olvida, o no sana. Hoy, a un siglo de distancia, una de las grandes victorias a la barbarie es el reparto justo; en el caso español, este no llegó para todos. Todo lo que Franco negó durante cincuenta años a la España perdedora, la democracia lo devolvió poco a poco a republicanos, supuestos colaboracionistas y familias enteras que habían sido arrastradas a una guerra entre hermanos.

Oficiales indígenas del ejército español en Tetuán
Oficiales indígenas del ejército español en Tetuán (Marruecos).

¿Fue una solución total? Claro que no. La guerra y el franquismo no han cicatrizado bien en este país, pero, entre las brasas, sigue habiendo acontecimientos que pueden hacernos sentir afortunados.

El destino de las tropas moras es uno de estos; olvidados por todos, como una parte más de historia que, erróneamente, nadie quiere recordar aún, murieron en la miseria más absoluta; unos pocos todavía mendigan en el norte de Marruecos, y en Ceuta y Melilla, con un bastón de madera, no de oro como les prometió Franco, y con pensiones que se mueven entre la ruina y una amarga carcajada fruto de la impotencia.

http://www.youtube.com/watch?v=4dip1Rg9h2U

Driss Deiback presentó hace unos años un documental sobre este tema titulado Los perdedores; si acaso tanto como los propios españoles que fueron obligados a escapar, a esconderse o a luchar en ausencia de cualquier ideología real muchas veces. A los moros se les prometieron todo tipo de néctares junto a la victoria, y la mayoría encontró la muerte; los que quedaron, cruzaron el estrecho de vuelta, donde los griegos ubicaban las columnas de Hércules y, más allá, el fin del mundo, con una pensión de mil pesetas que, para nuestra vergüenza, nunca se adecuó a los tiempos.

¿Eran víctimas de una mentira o verdugos de un régimen totalitario? No importa. La historia los condenó a ser nada; eso debería ser castigo o condena suficiente.


Enlaces relacionados:

El regreso de la guardia moraen Crónica de El Mundo

La película «Los perdederos» y Juan Goytisolo en el blog de JM Álvarez

George Steiner, la filosofía y el error como motor de cambio

Lo que voy a decir es muy fuerte. Te aviso desde el principio. Así que, si eres de esas personas que leen los artículos en diagonal ¡fuera de mi blog!, mejor escoge otra entrada. Esta requiere que leas con atención, y sobre todo que pienses en ello un rato antes de abrir la boca o mover las manos sobre el teclado.

Dicho esto, vamos allá.

El arte, la literatura, la historia o la filosofía […] son […] las vías sobre las que se conforma cualquier sociedad moderna.

La democracia mal entendida se cargó la universidad. Hoy, estudiar en una facultad no es sinónimo ni de superioridad intelectual, ni de mejores resultados en el pasado, en el presente, ni en un futuro a medio y largo plazo (trabajo, formación,  oportunidades, etcétera).

Esta es una afirmación terriblemente aplicable a las humanidades, pero no menos a ciertas ingenierías y otras carreras técnicas: la igualdad de oportunidades se confundió con una igualdad de resultados, y así todo dios puede ir a la facultad y, aunque tarde, salir con un título bajo el brazo. En suma, además, no existe el término medio aquí: todo debe ir orientado a un resultado mercantil: estocada que, como es esperable, sesga de un único tajo muchas de las carreras tradicionales y reorienta muchas otras hasta su misma extinción.

El Roto - Universidades (El País)

Por el contrario, no existe una diferencia real más allá de la nota de corte. A menudo, incluso esta es la menor de las preocupaciones si no aspiramos a carreras con una gran carga de responsabilidad, como Medicina, o excesivamente solicitadas por parte de los futuros estudiantes. Pero yo no tengo ni idea de carreras técnicas, así que me centraré, desde el principio, en las ciencias humanísticas.

Lo que sé de las Ciencias Humanas es que no importa un nueve o un cinco, aprobar a la primera o a la quinta, y que gran parte de lo que cualquier estudiante medio aprenderá en sus años universitarios no será aplicable en su futuro.

Y todo ello es  fenomenal para muchos alumnos, en esencia para aquellos mediocres que alargan su adolescencia entre cuatro y ocho años más, y también para los padres sin estudios superiores, que reviven sus sueños de juventud a través de su propia descendencia. Para las universidades tampoco está nada mal, rentabilizando carreras a precio de oro, con profesores que ofrecen contenidos lineales para todos los públicos, suficientemente superficiales para no crear conflictos y no exigir demasiado y repletas de exposiciones gracias a Bolonia, con gente que no tiene nada que decir todavía disertando frente a terceros que están obligados a escuchar a todos y cada uno de sus compañeros. Súmale a ello las becas, donde solo un pequeño porcentaje van dirigidas a estudiantes con buenas calificaciones, mientras que una gran mayoría funcionan por renta, desplazamiento o material.

Menudo panorama, ¿verdad?

Quizá es cierto que las humanidades no están en su mejor momento. ¿Pero por qué? El columnista colombiano Gabriel Silva, hablando sobre el escaso valor de la filosofía en su país, decía: «Se han quedado tan cortos los paradigmas, los valores, los conceptos, las ideologías, las interpretaciones, las lecturas y las formas de ver el mundo, frente a lo que es la realidad, que la única forma de describirlo es que somos víctimas de un desconcierto colectivo y global.» 

¿Qué pensará de España, dónde filosofía como materia ya no es que desaparezca del Bachillerato, sino que tampoco funcionó nunca sin un verdadero maestro que no se limitase a presentar a sus alumnos una Historia de la Filosofía mal encubierta?

Pero en este caso, Silva no centraba su opinión a través de esa vía: las FARC, el ISIS o la reaparición de totalitarismos son el resultado de una lectura errónea del mundo que nos rodea, y todavía peor, de la falta de conocimiento y de formación que nos permiten generar nuevas corrientes de pensamiento. El arte, la literatura, la historia o la filosofía no son meras herramientas a través de las que echar un rato de postureo en la cafetería hipster de la esquina, sino las vías sobre las que se conforma cualquier sociedad moderna.

Así, pensar es, a todos los efectos, el primer gran problema con el que nos hemos encontrado todos desde pequeños, pero no el único, y quizá tampoco el más grave, puesto que, quien más, quien menos, ve en pensar algo natural, hasta que se desnaturaliza: mejor estudiar aquello que se nos dice que debemos estudiar, trabajar de aquello que la sociedad más demanda y pensar solo en la justa medida en la que le interesa al sistema.

Olvidamos por el camino que, todo lo que sucede hoy, no es más que un cúmulo de errores heredados del pasado; citando a George Steiner en la entrevista de Borja Hermoso en El País: «Cuando uno ve que alguien como Donald Trump es tomado en serio por la democracia más compleja del mundo, todo es posible.»

George Steiner
Foto de archivo de George Steiner. Os recomiendo la lectura del texto No hay lengua pequeña de la 21ª Edición de los Premios Príncipe de Asturias .

Trump no usa un discurso nuevo, solo populista; el mismo discurso que ayudó a los fascismos a conseguir el poder hace un siglo, y que ningún país del mundo occidental se ha esforzado lo suficiente en desmontar.

Nos acercamos a la segunda base ahora: el error. Todos nos equivocamos, todos fallamos constantemente; todos creemos que el Che Guevara era un tipo cojonudo, y que Lenin planeaba algo interesante en la Unión Soviética y Stalin era un cabronazo, y que Nietzsche molaba un huevo, pero era un coñazo tener que estudiar a Kant con dieciséis años; o quizá tú tienes otras figuras más allá de la política, la música o la filosofía con la que yo subí.

No importa. Lo imprescindible es tener figuras, creer en utopías, razonar, equivocarnos, corregir nuestros esquemas mentales día tras día.

Ninguno de nosotros acertamos a la primera, y tampoco los grandes pensadores, filósofos, gobernantes o filántropos que han existido, pero llegaron a un punto concreto a través de la prueba y el error.

Hoy, nos educan y nos previenen contra la atiquifobia, el miedo al error, pero no nos dejan pasar ni una. No existen las segundas oportunidades; tenemos que ser los mejores; debemos estar constantemente informados, generar opiniones, ampliar nuestras competencias, correr constantemente hacia delante, ser más rápidos, más competitivos, mejores.

Fragmento de la entrevista a George Steiner en El País:

P. El ruido y la prisa… ¿No cree que vivimos demasiado deprisa? Como si la vida fuera una carrera de velocidad y no una prueba de fondo… ¿No estamos educando a nuestros hijos demasiado deprisa?

R. Déjeme ensanchar esta cuestión y decirle algo: estamos matando los sueños de nuestros niños. Cuando yo era niño existía la posibilidad de cometer grandes errores. El ser humano los cometió: fascismo, nazismo, comunismo… pero si uno no puede cometer errores cuando es joven, nunca llegará a ser un ser humano completo y puro. Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto. Nos hemos equivocado en todo, en el fascismo y en el comunismo y, a mi juicio, también en el sionismo. Pero es mucho más importante cometer errores que intentar comprenderlo todo desde el principio y de una vez. Es dramático tener claro a los 18 años lo que has de hacer y lo que no.

Para solventar todo esto, lo más sencillo es adaptarnos a las normas sociales; no salirnos; no desviarnos; todos debemos aspirar a trabajar en una startup y hacer un posgrado en nuevas tecnologías; mañana, quizá debamos replantear nuestra carrera profesional, movernos hacia otro sector, aprender de finanzas, de comercio electrónico o de ética laboral; sin ver que no se pueden crear mentes adaptativas a través de la restricción y la obligación de adhesión a contextos impuestos, concretos y limitados.

Miedo al fracaso (viñeta)

¿Pero qué ocurre, entonces, con las ciencias humanas? ¿Cuándo se inició el acoso y derribo a las mismas?, ¿desde qué vías y a través de qué sectores? Lo más plausible es que, antes de creer que la Filosofía murió a manos de la Física, deberíamos preguntarnos, si acaso, qué nos enseña esta: a relativizar lo que vemos y oímos, a generar opiniones propias, y a cometer errores, y a crecer.

Quizá a través de la Filosofía algunos se volvieron estoicos, o eremitas, ¿pero quién puede culparlos en este mundo que hemos terminado por vaciar de ideas y condenado a repetir los errores del pasado?