Google Trends para entender el abandono de perros

El sábado pasado, intentando rescatar a una perro lobo checoslovaco (cagada de miedo) me llevé un mordisquillo en la mano. Nada grave. A mi compañero Antonio, de Dog’N’Roll, la perrilla le regaló un mordisco diez veces más profundo y no le vais a ver llorando en su blog (aunque tampoco tiene, claro). La perra ya se había escapado varias veces, según nos comentaron vecinos de Sant Cugat del Vallés, y, esa mañana, a punto estuvo de ser atropellada por diez o quince coches. Esta misma semana me llegan por varias fuentes media docena de casos de border collie renunciados en protectoras y perreras —y uno en Son Reus (Mallorca): Flipper, que ha sido tildado de PPP incluso, pese a que la asociación Los Olvidados de Son Reus, que hace un trabajo impagable, lo negaba en redondo con razón—. El martes, cinco voluntarios de Conectadogs rescatamos una cerda vietnamita de unos 50 o 60 kilos que habían abandonado en un bosque de Terrassa: puede que esté embarazada, y su familia la largó a la calle. Aunque no todo el mundo lo vea, son dos caras de la misma moneda: razas de moda a un lado; irresponsabilidad en el otro.

En todos los años en los que he trabajado en marketing (aproximadamente, desde 2009-2010), Google ha ido ampliando herramientas muy útiles para quienes trabajan en el sector, pero pocas son aplicables a otras facetas de nuestro día a día. La mayoría se centran en ayudarnos a identificar cómo captar tráfico, qué perfiles visitan nuestro sitio web, qué palabras clave son más útiles para posicionar nuestros contenidos en Internet… ¿Por qué os cuento esto entonces? Porque hay una herramienta de Google llamada Trends (Tendencias, literalmente) que nos permite ver cómo las modas se van sucediendo una tras otra. En lo que se refiere a los animales, esas modas o tendencias tienen una fuerte repercusión luego en la realidad, pero pocas veces podemos hacernos tan conscientes de estos fenómenos como con la ayuda de un gráfico: ya veréis.

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Fig 1. Interés despertado por los términos cerdo vietnamita (azul) y minipig (rojo) entre 2005 y 2019 en España.

En realidad, Trends no solo mide las tendencias de búsquedas web (o de imágenes, o noticias, o compras, o YouTube), sino que nos permite comparar términos a través de los que calcular la relevancia de un concepto y el interés que este ha despertado a través del tiempo. Si te fijas, el gran número de border collie en la calle (y, por desgracia, en protectoras y perreras) ha aumentado exponencialmente entre 2005 y 2019. ¿Se refleja esto en un gráfico sobre tendencias de búsqueda? ¿Y del pastor lobo checoslovaco o el malinois? Sí, se refleja con total claridad, y, si dedicas un par de minutos a analizar los gráficos, dan miedo.

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Fig 2. Interés despertado por la búsqueda «border collie»(en azul) entre 2005 y 2019 en España.

Además, podemos hacer búsquedas comparativas de varias razas como las que citaba arriba y valorar el interés despertado de todas ellas. Pongamos varios ejemplos: en la primera (fig. 3) podemos ver cómo el border collie enfrenta hoy muchos problemas (ya no solo abandonados o mala gestión del perro por compras que solo miran la estética, sino también cría ilegal, por poner otro ejemplo) y que el interés en los últimos 10 años, en España, ha crecido de una forma que explica muy bien por qué hoy existen los problemas que existen. Lo mismo ocurre con los pastores belga e incluso con los perros lobo checoslovaco, que hace seis o siete años que las búsquedas de la raza se asemejan a las de un perro tan conocido como el pastor alemán.

Fig. 3. Comparativa del interés despertado por las búsquedas «border collie» (azul), «pastor alemán» (rojo), pastor belga (amarillo) y pastor lobo checoslovaco (verde).

Como no contamos con cifras exactas, las comparativas son muy útiles para hacernos una idea del interés despertado entre términos; así, aunque vemos que el interés que despiertan los pastores alemanes ha crecido en los últimos años, igual que en los dóberman (fig. 4) entre 2004 y hoy (en especial en los dos últimos años, y, si os fijáis, vuelven a verse perros de esta raza que había sido, erróneamente, tan criticada y despreciada a causa de datos falsos y poco científicos. Algo muy similar a lo que le ha ocurrido al pastor alemán (que para no enrollarme no pongo la captura en el artículo, pero podéis ver la imagen aquí).

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Fig. 4. Interés despertado por la búsqueda «dóberman» (en azul) entre 2004 y hoy día.

Quizá todavía no se entienda mucho la utilidad de una herramienta así, pero imaginemos ahora la capacidad de anticipación para frenar problemas como lo que están sufriendo los «border collie» y los «pastores belga» (un ejemplo es la película Max sobre la que ya hablé en el blog en relación a los pastores belga malinois). Del mismo modo, nos sirve para confirmar con datos y cifras un problema que ya hemos identificado.

¿Está subiendo la tendencia de la gente por adoptar frente a la compra de animales? Para esto también nos sirve Trends: para confirmar que la tendencia a la adopción frente a la compra también está mejorando (fig. 5). ¿Y qué pasa con los pastores alemanes o los dóberman? ¿Se ha identificado un nuevo problema con estas dos razas? Si realizamos una comparativa con otras razas, como el pitbull, vemos por qué estos fantásticos perros siguen colapsando protectoras y perreras de toda España y cómo el dóberman es una preocupación menor para el sector animalista (fig. 6).

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Fig.5. Comparativa del interés despertado por los términos de búsqueda «comprar perro» (azul) y adoptar perro (rojo) entre 2014 y 2019.

Y lo que todavía es más importante: una vez identificados estas tendencias —que, por desgracia, muchas más veces de lo que nos gustaría se convierten en problemas—, ¿podemos valorar cuál de ellas es más importante? Evidentemente, no: porque Google Trends solo nos da cifras en un gráfico (y ni tan siquiera valores numéricos reales) con las que trabajar. Sin embargo, sí deja ver y poner en contexto verdaderos desastres como lo que ha supuesto el auge de los pitbull en los últimos diez años en España (fig. 7).

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Fig. 6. Comparativa del interés despertado entre pitbull (rojo), dóberman (azul) y pastor alemán (amarillo).
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Fig. 7. Comparativa del interés despertado entre bullterrier (azul), pitbull (rojo), border collie (amarillo) y pastor belga (verde).

Este tipo de herramientas, que están al alcance de cualquiera, resultan muy útil para monetizar inversiones y plantear nuevas líneas de negocio en todo tipo de industrias y sectores, pero nunca he visto que se apliquen a la defensa de los animales: estoy convencido de que, en parte, no se ha hecho por desconocimiento. Poco a poco, la tecnología también alcanza a las ONG y este, a mi modo de verlo, es un ejemplo perfecto. Hoy, por ejemplo, publicaba un artículo sobre cómo querer a los perros (y por qué no humanizar nuestra relación con ellos), y este gráfico de Google Trends (fig. 8) nos explica por qué son necesarios este tipo de contenidos y hacer muchísima pedagogía sobre no robarle la identidad de perro a nuestros perros.

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Fig. 8. Interés despertado entre 2004 y 2019 por los términos «disfraces perros» (en azul) y «disfraz perros» (en rojo). Veis, además, que es un problema que se maximiza en Cataluña, Madrid y Andalucía, ¿verdad?

En definitiva, estoy convencido de que hay muchas formas de luchar en el movimiento animalista y esta es una más, pues une estrategia, buenos sentimientos y utilidad; y, sobre todo, está al alcance de cualquier entidad interesada en descubrir cómo puede seguir aportando por una España con cero perros maltratados y cero perros abandonados.


Para ampliar información:

Los ojos de Martina

Martina mira con el vacío instalado en su iris. Martina mira sin mirar. Con demasiado miedo para que la mirada se convierta en un acto consciente, en una declaración de intenciones: en una acción que una mano pueda reprocharle a golpes. Martina rehuye mirar, a sabiendas de que la mirada ya le ha supuesto violencia, gritos, la horca.

Ella ha aprendido que la lección más dura llega del hombre, de la palabra que, cree, solo carga injusticias, de todos nosotros; para Martina, todos somos dolor, y miedo, y muerte, y al salir de Almería, de la furgoneta, del transportín, ninguno podemos demostrarle lo contrario de inmediato. Por ello, no lo intentamos; solo paseamos, y la entramos con dificultad en otro coche, en otro transportín, y se bloquea, se aleja, se expatria de sí misma de nuevo.

Martina (recogida, Diagonal)
Fotografía de Martina el sábado de su llegada a Barcelona.

La historia de Martina está construida de vacíos más que de hechos. Vacíos que construyen retazos que construyen historias: una perra de la calle, un embarazo, una soga al cuello. Quizá fue la caza o la falta de justicia y ley; quizá solo desatención y maltrato. ¿Quién puede saberlo? Se trata de historias que son y no son.  Y en ese negro hubo locura que terminó por conquistar su mirada: si consigues que sus ojos apunten hacia ti, observas incomprensión, y espanto, y paranoia. Observas ojos que luchan en el interior de sus cuencas, que parecen intentar escapar, y aunque sea un acto inconsciente, es una de esas tristezas enquistadas a las que resulta imposible acostumbrarse. Las heridas del cuello, de las patas… las heridas del cuerpo sanan, pero no las del alma; el alma continua desangrándose, y su respiración, su cola, su forma de moverse por una calle céntrica del Ensanche barcelonés así lo indican.

La historia de Martina es la historia de los doscientos perros de su perrera. Perros bautizados rápido con nombres que se piensan un instante por necesidad; perros frente a rostros que no podrán entender por qué esa perra y no otra si todos comparten desgracia. Pero hay algo que todos ven, y es que Martina vive sumida en la adversidad desde mucho antes del septiembre de su embarazo; desde mucho antes del miedo a la gente, y las carreras por los campos de Almería, de las charlas sobre su rescate y el deseo teñidos de marrón y de amarillo más que de verde, y de sudor que se seca bajo un sol que, entre jadeos, no ofrece misericordia alguna.

Martina (río Besós)
Martina en el parque de la desembocadura del río Besós, que separa Barcelona de los municipios de Badalona y Sant Adrià.

Ahora, Martina ha salido de Almería, de la furgoneta, del transportín y ha olido un árbol cercano a la Diagonal. Puede parecer nada, pero es un mundo: el olfato llega cuando deja de temblar, de mirar a todas partes a la vez, de tratar de zafarse, de escapar, de observar cómo los grandes espacios que se pierden entre olivos y naranjos se convierten en pavimento, en edificios que suben al cielo y en el ruido eterno que pervive en el acceso a una capital; cuando trata de no alejarse más y más de nosotros, de correr en otra dirección, de no ser. Después de todo esto, Martina huele; huele el tronco de un árbol por un instante, y vuelve el temor, el huir y el no ser. Vuelve Martina y la horca; Martina y el miedo; vuelve Martina. La Martina que es y no es, porque Martina solo sabe ser no siendo, y ese es el inicio del trabajo, de un nuevo camino, de su segunda vida.

—No es cosa de un día, ni de un mes. Pero es bueno que no intente huir, que huela algo: que tolere nuestra presencia —dice mi amigo Antonio, que es educador canino, y, sin saberlo, me muestra el inicio de una historia mejor.


Enlaces relacionados:

Martina está en Barcelona gracias a Acción por el Rescate de los Desfavorecidos (ARD), quienes han confiado en Conectadogs —y, en concreto, en el educador canino Antonio Soutiño— para iniciar un programa de rehabilitación para Martina y se ocupan del coste monetario, que se inició el sábado 15 de julio de 2017.

Si lees esto y quieres apoyar a una de las organizaciones, dejo aquí los enlaces a sus respectivas páginas de Facebook para que continúes informándote:

La pesadilla de la irresponsabilidad

Ana del Barrio es periodista y madre; escribe en El Mundo y está especializada en temas sociales. Suani, una buena amiga mía, también es madre, y trabaja entre IPRIM, la Fundación Mona y la redacción de textos en formato analógico y digital. Ella es la que me envía un enlace a través de Facebook con el artículo en cuestión; después, lo comparte en las redes, y muchos de nuestros contactos alucinan por partida doble.

Sin embargo, Ana quizá sigue perdida; observa su timeline de Twitter y se escapa a por un café, sin atisbar, ni por asomo, el alcance de sus palabras. Ana reacciona con indiferencia primero; pero las críticas llegan a la redacción, y la incomprensión se apodera de su «juernes», donde puede llegar un poquito más tarde a casa, ya que los niños tienen extraescolares, y tomar una cerveza con los compañeros o con alguna amiga. Ayer, Ana no tomó nada, y se escapó a casa, envuelta en un mar de dudas.

Hoy, se levanta pronto y acerca a los niños al colegio en coche, confiando en que el temporal ha pasado, con esa ambivalencia que cualquiera que junta letras tiene ante el éxito inesperado de un viral y la posibilidad de que no lo sea, y así evitar el juicio de un mundo de caras anónimas. Sigue sin entender, le ha dado muchas, muchas vueltas, pero no alcanza a comprender qué ha ocurrido en ese texto que ha cambiado su semana, y quizá más.

Cerdos vietnamitas como mascota
Una pareja de cerdos vienamitas (probablemente, enanos) paseando con correa.

Por el poder que nos otorga la literatura, Ana se sienta en la terraza de una cafetería; yo también. Ella prende un cigarro, yo sorbo un café largo sin azúcar. Le digo: «Vengo a explicarte qué es lo que creo que ha sucedido». Ella suspira, sin entender, y va a por otro par de cafés.

Nos guste o no, todas las madres tenemos que convivir en determinados momentos con alguna mascota.

Señalo la primera frase. «Eso es mentira», afirmo. Y rápidamente conecto con las dos razones que me llevan hasta esa aserción temprana. 1) No puede haber obligación posible; todo lo contrario: en tu casa, mandas tú, o compartes el poder con tu pareja. 2) Detestar a los animales domésticos  y no adoptar ninguno te hace responsable; creer que otros animales silvestres pueden cubrir ese hueco o requerir menos atenciones, no.

Ella dice:

Durante años, he sufrido un asedio numantino por parte de mis dos hijos para que comprase un perro o un conejo y me he resistido como una leona, pero a cambio he tenido que hacer algunas concesiones en forma de tortugas galápagos. Las adquirí para un aniversario con la idea de que no iban a durar más de seis meses, pero pasaban los años y allí seguían con nosotros.

Pero eso no tiene sentido. ¿No será un fallo educativo en primer término? Un fallo que conjuga a padres (y madres) helicóptero de esos tan de moda y a niños dependientes que nunca se han visto frente a unos niveles lógicos de estrés. Claro que eso es muy políticamente incorrecto de decir: así que mejor continúa como vas; cógele la mochila al nene, aguántale el bocata mientras merienda, que no tiene manos; demuéstrale que tu tiempo no vale una mierda, y que tú estás ahí para demostrarle cuánto le debe el mundo a tu maravilloso hijo; ¿todos esos deberes te ha mandado el profe? ¡qué barbaridad!

Han Solo - Chewbacca (niño y perro)
«Han Solo» es otra foto que ilustra el artículo… Sigue leyendo. 😉

Yo no tengo hijos, pero sé dos cosas. Uno, cada caso es un mundo, así que nadie debería ser excesivamente duro aquí (¡cuando seas padre, comerás huevos!); y dos, no es cuestión de resistirse a nada, sino de marcar unas pautas. Ellos son niños; y en los niños está el pedir, pedir y pedir; en los padres, educar en responsabilidad, pero, para ello, también se tiene que ser responsable: buscar qué tamaño de acuarios necesitamos, cada cuánto hay que cambiar el agua, o por qué van a hacer caso a una tortuga si los nenes te están pidiendo un perro o un conejo. Esa última es buena.

Esa última es tan buena que tengo que preguntarlo una vez más. ¿Cuál es la absurda dialéctica que lleva a los padres a escuchar «perro» y pensar «tortuga»? ¿No sería más lógico creer que si «el nene» quiere hacer karate, no quiere hacer fútbol? Otra cosa es que tú no quieras que el nene tenga un perro, o haga karate, ¡pero no le encasquetes una tortuga y te quejes de que no le hacen caso!

Por la cara que pone, no sé si Ana lo entiende. Pone cara de ¿a ti quién te ha dado vela en este entierro?, pero seguimos desgajando su historia interpersonal. De improviso, la tortuga Manolita se convierte en una santa, porque la familia carga con dos pollos con la nostalgia como único reclamo de adopción.

Ella dice:

En nuestra época, todo el mundo atesoraba un pollito. Los vendían en cualquier tienda o en el Rastro y hasta los teñían de colores. Tuve varios pero nunca me duraron mucho. Enseguida desaparecían, se caían por el balcón o sufrían cualquier accidente doméstico (visto lo visto, empiezo a sospechar de mi madre).

Ana sospecha de su madre, pero todavía no entiende que los animales no son flores de un día. Quizá Ana debería leer a la periodista Martha Gutiérrez. Entonces, quizá entendería por qué la nostalgia no es un buen referente para adoptar dos pollos de mascotas, y por qué morían sus pollitos de colores.

Y ahora, Ana carga con todas sus fuerzas, pero aún sin comprender nada en absoluto, creyendo al mundo culpable de sus decisiones y, sobre todo, de la peligrosa falta de información de la que se acompaña una vez más. Los pollitos, enclaustrados en el balcón, son liberados por toda el piso, descubriendo que un piso del centro de Madrid no es lugar para ellos.

La casa empezaba a parecer una pocilga y tuve que tomar cartas en el asunto: los pollitos volverían a la terraza. Se acercaba el invierno (‘winter is coming’) y aquello se convertía en un problema. No sabíamos qué hacer con ellos. Llamé a varias asociaciones pero todas los rechazaron. Al final, localicé a un amigo de una vecina que tenía una granja y se los pudo llevar.

Manolita quizá tuvo más suerte, y acabó en Atocha, con cientos de sus hermanas de padres irresponsables que creían buscar una mascota para sus hijos, pero, en realidad, solo querían un poquito de paz, y no tenían la visión suficiente para ver que caminaban directos hacia una nueva guerra.

Pollos pintados de colores
Como es lógico pensar, existe una gran controversia sobre pintar pollos recién nacidos de colores. Aquí puedes leer una noticia de la MNN que habla sobre ello.

Ana no entiende que los animales no están ahí para nuestro propio beneficio. No están ahí para ser torturados, ni pintados de colorines, ni usados, ni cazados en un safari, pese a que mucha gente continúa haciéndolo. Ana no entiende que ha confesado, públicamente, varios delitos de maltrato y abandono animal, pero ese es el problema: Ana sigue sin entender.

Por eso, ella dice:

Y aprendí la lección: ¡a Dios pongo por testigo que ‘nunca mais’ volveré a hacerme cargo de una mascota!

Sin comprender que le puede caer una denuncia curiosa por parte de alguna asociación, que no creo que suceda cómo va este país (tranquila); sin comprender que no se puede ser ignorante en un tema y querer sentar cátedra. Sin comprender que un animal silvestre no es una mascota, y un animal doméstico, tampoco tiene por qué serlo.

Ana hace muy bien en afirmar que nunca más se hará cargo de una mascota, pero debería replantearse algunas de las lecciones de empatía, responsabilidad y naturaleza que le ha ofrecido a su familia, porque Ana no entiende, igual que su madre, pero quizá sus hijos tampoco lo entienden, y hacia el mundo al que nos dirigimos, sus hijos tienen la obligación de entender, aunque no siempre compartan.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

Et tu quoque, Brute, fili mi!

Dickens nunca más volvió a caminar. De su historia podían haber hecho un triste relato brevísimo, como aquel For sale: baby shoes, never wornpero decidieron pelear con uñas y dientes por darle una segunda oportunidad.

El milagro fue cosa de Let’s Adopt. Expertos en reírse de lo imposible, en convertir una historia en leyenda; en salvar a quienes se han ahogado en la maldad de terceros… Dickens fue un milagro; otro más. Y los milagros necesitan de finales felices para sus propias historias.

Dickens tuvo su propio final feliz: nunca volvió a caminar con sus patas traseras, pero encontró una isla mágica, que un día también me acogió a mí, de momentos felices, de instantes de eternidad, cimentada en verde y limitada en azul, que le ofrecía atenciones, cariño, sonrisas y amistad. Así son las historias para estos perros, llenas de color y de vida; o así deberían ser por siempre, repletas de intentos con los que tratar de borrar una parte de todo el negro que vivieron antes.

Dickens (Let's Adopt Spain)

Cuando Julio César fue asesinado en el propio senado —lo que constituía un sacrilegio a ojos de los dioses y del derecho romano—, allí se habían citado algunos de sus hombres de confianza, como Bruto y Casio, y antiguos lugartenientes en el campo de batalla, como Trebonio y Décimo Bruto, que traicionaron la confianza de su líder. Pero quizá César, que había esquivado cientos de acometidas en el campo de batalla, había buscado con su autocracia alguno de esos puñales en Roma.

Dickens, por el contrario, solo es un perro; un perro con parálisis trasera, que ni forjó una leyenda en vida ni se convirtió en una, que tuvo su tiempo de tristeza, y se recuperó una segunda vez, y que solo quería lo que consiguió: una familia, una mano amiga que le ayudase a moverse con su silla, y un hogar de caricias generosas.

No sé si por un tiempo lo tuvo. Pero cuando la avalancha mediática pasó, cuando el trabajo y la rutina superaron a las ganas y al esfuerzo, cuando surgieron otras preocupaciones, el amor que Dickens podía darles —a ellos, a su familia, a su hija— no pudo competir; entonces, una excusa cualquiera valió: el tiempo, el dinero, los cuidados, un cáncer en la familia… Demostrando que, en este país, no puedes dar margaritas a los cerdos —pobres cerdos, y pobrísima comparación, disculpadme—, que falta sensibilidad, y comprensión, y no se entiende que un perro no es un objeto, que no es un juguete, que es parte de la familia, y que te necesita.

Antes o después, la historia de Dickens terminará bien. Encontrará un verdadero hogar, una mano amiga, un apoyo: una familia. Por quien siento verdadera tristeza no es por el perro, que ha demostrado su fortaleza una y mil veces, sino por quienes han renunciado a él, por esa pareja cobarde que no ha querido luchar, y que tendrá que aprender a vivir con ello, y por la niña, en quien han sembrado una horrible lección que, antes o después, germinará.


Podéis seguir la historia de Dickens (y ayudarle) a través de este enlace al Facebook de Let’s Adopt España. Recordad que también tienen web.

Maestros del yoísmo

Hay grandes literatos y columnistas que, en la última década, se han transformado en verdaderos arquetipos rancios de aquello de lo que, un día cada vez más lejano, intentaron diferenciarse. Uno de ellos es el excelentísimo académico, y muy hijo de su padre, Javier Marías, quien, a tenor de sus últimas columnas, tales como Perrolatría o Ese idiota de Shakespeare, se ha convertido en un maestro del yoísmo —y algunos lectores dirían incluso que del cuñadismo.

Verdaderas celebridades de las letras capaces de darle la vuelta a aquella falacia sofista del argumento ad hominen y tirárselas en toda la jeta al lector. «Yo soy yo y mis circunstancias», le espetan, y usted, que tiene un trasfondo similar al mío, estará de acuerdo sí o sí. «Y si usted no está de acuerdo, no solo es un imbécil ignorante, sino que debería instruirse si, algún día, quiere alcanzar mi estatus y comprender la argumentación que aquí le detallo».

Pegatina - Yo pagué con mi vida (nuggets)
Un ejemplo de ilustración/pegatina de la que Joaquín Luna hablaba en su columna. Probablemente, él había visto, por su barrio, alguna imagen más explícita: como esta.

Aquello que, quizá, no han valorado de un modo justo es su falta de argumentos, su discurso vacío, su intento de rellenar de valor una cuestión nada más que con una posición ganada —y de la que nadie debería discutir los méritos— y unida a grandes dosis de yoísmo.

Así, de vez en cuando, es humano sacar los pies del tiesto, pero también reconocer el error y soportar la oleada de mierda que le viene a uno encima. Hoy, esto le ha ocurrido a Joaquín Luna en una columna titulada Yo pagué con mi vida, que el diario La Vanguardia ha decidido publicar en un error similar al que cometió El Correo Gallego con Manuel Molares do Val.

En la misma, y como hilo conductor del texto, podemos leer aserciones que son una denigración constante a vegetarianos y veganos, que hablan del razonable precio de la carne, a juicio del que la suscribe, y no se cortan en tildar a todo un colectivo de fascista y enfermo; por si esto no fuera suficiente como para encender la mala leche de un gran número de lectores, Luna decide consentir y defender el maltrato animal que, en las últimas horas, hemos podido tan solo vislumbrar en la película A dog’s purpose y que termina por aderezar con la imposibilidad de reflexionar sobre sus acciones, amparado en la ceguera del «esto siempre fue así».

La columna, que casi exige un verdadero boicot al medio que la ampara, se defenderá con el argumento de una opinión distinta, sin entender cómo ataca, atribuye e insulta a un colectivo cada vez más numeroso, cuyo único crimen, casi siempre, es intentar hacer pensar a su prójimo.

El texto de Joaquín Luna es un ataque frontal contra todo el trabajo de millones de personas que buscan un mundo más justo, que comprenden que los modelos de consumo actuales no son éticos, y tampoco sostenibles, y que luchan contra el maltrato animal en todas sus vertientes. Joaquín Luna es el matador de toros que se atreve a escupirnos a los animalistas, gritándonos que él, y solo él, es el verdadero amante de los animales. Otro maestro del yoísmo.


Enlaces relacionados:

Sorteo 4 ejemplares de mi libro

¡Muy buenas! Desde hoy y hasta el 29 de diciembre he puesto en marcha un «concurso navideño» (a través de Easypromos) para regalar cuatro ejemplares dedicados de mi primer libro: De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016).

Si queréis participar en el sorteo, pasaos por el Facebook y saludadme, mandadme una foto de vuestros amiguetes de cuatro patas, discutidme algo, o lo que os apetezca. ¡En este enlace tenéis toda la información!

Javier Ruiz (concurso) - De cómo los animales viven y mueren

Texto original en Facebook (actualizado 8/12/2016)

¡Voy a sortear CUATRO ejemplares dedicados de mi libro animalista!

Como he obligado a amigos, conocidos y familiares a comprarlo, todavía tengo unos cuantos para mandaros como regalo navideño.

Los enviaré con una dedicatoria personalizada a los cuatro ganadores o ganadoras que resulten premiados entre todos los usuarios que comenten esta publicación.

Podéis saludar, colgar fotos de vuestras mascotas, contarme un chiste o hablar de todo lo que veis bien y mal del libro. ¡Lo que queráis!

Tenéis tiempo hasta el viernes 29 de diciembre de 2016 a las 23:45 para participar.

Instrucciones paso a paso:
1. Escribe un comentario en este mismo post.
2. Puedes seguir mi página de Facebook si te gusta, ¡pero no es obligatorio!
3. Eso sí, estate atento (o atenta) a la página porque aquí publicaré a los ganadores/as del sorteo.

¡Y recuerda que puedes compartir el #sorteo de #DeCómoLosAnimalesVivenYMueren en tu biografía y mencionar a tus amigos en los comentarios para que también puedan participar!

¡Gracias!
http://bit.ly/FBsorteo

Presentación: De cómo los animales viven y mueren

Ayer, día 22 de noviembre, se mezclaron cientos de sentimientos y emociones: alegría, inquietud, espontaneidad, gratitud, familiaridad, deseo de cambio,… ¡quién sabe qué más!

Fue la primera de muchas, espero, y un punto de partida; uno más. Con muchos nervios al principio, y un alivio aderezado entre tacos a medida que los minutos pasaban (¡no os puedo engañar, soy muy mal hablado!).

Una hora en la que me había propuesto mostrar los problemas de sostenibilidad que nos afectan a todos, y cómo la ética de cada uno se compone de lo que sabemos; de la importancia de saber, y de seguir aprendiendo, y, sobre todo, de la firme creencia de que la imposición nunca será el mejor camino para llegar a quienes no piensan como tú.

Una presentación que, creo, que conseguí que se asemejara al libro: lleno de relatos que se resisten a salir a la luz, de historias tras los muros, del desconocimiento y del peligro que este supone en todo lo que vivimos; en todo lo que comemos, vestimos y en la forma en la que nos divertimos.

De cómo los animales viven y mueren ha sido desde el principio un alegato de cientos de preguntas que necesitan una respuesta, y de, por lo menos, una verdad: que los animales viven y los animales mueren, y que la mayoría de nosotros no sabemos cómo hacen ni una cosa ni la otra, y que para muchos esto no es ético, pero, sobre todo, que tiene una fecha de caducidad muy, muy breve.

Hoy, no tengo más palabras. Pero mañana seguro que volverán.

Gracias.

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De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Las fotografías corresponden a la presentación en Casa del Libro de De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro sobre ética y protección animal, consumo sostenible, y mucho más. ¡También está disponible en Amazon!

De cómo los animales viven y mueren (Diversa, 2016)

De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016) está a la venta desde noviembre de 2016. Como la mayoría sabéis, es el primer libro que publico, y recopila nueve ensayos animalistas con un estilo muy similar al que podéis encontrar en este blog.

En las últimas semanas, amigos y amigas, conocidos y conocidas, lectores y lectoras del blog (bueno, ya os hacéis una idea), me han preguntado cuándo salía el libro, dónde se podía comprar, si estaba feliz como una perdiz, etcétera. Recojo aquí unas cuantas respuestas.

En breve, la edición en papel también podrá adquirirse a través de mi página personal (jruiz.es). Por el momento, si queréis comprar un ejemplar, podéis escribirme a javruizfernandez@gmail.com

Datos básicos

Enlaces relacionados:

#1. ¿De qué trata el libro?


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)El libro se compone de nueve ensayos que intentarán que los lectores se replanteen, de forma individual y como sociedad, nuestra relación con los animales
en diferentes ámbitos de la vida diaria: alimentación, industrialización de los modelos de consumo, salud, ecología, mascotas, moda o neocolonialismo. Si te apetece, aquí puedes leer un resumen algo más extenso.

Asimismo, en enero de 2015, publiqué una introducción que encabeza los ensayos que salen a la venta en unos días, y si bien he vuelto a hablar sobre ello, considero que esa primera vez que aparecía, bajo el título Una carpeta llena de animaladas, ha terminado encuadernada por una buena razón.

Actualizado: Diversa Ediciones también ha preparado un pequeño libreto de relatos gratuito titulado De cómo tu perro cambió mi vida (y otros relatos sobre animales) con algunos de mis textos recopilados. ¡Y es completamente gratis! Se agradece mucho que lo descarguéis, así como que dediquéis un minuto a rellenar una pequeña crítica o análisis personal.

#2. ¿Cuándo sale a la venta?

El libro puede adquirirse ya en preventa por Amazon desde la semana pasada, pero se distribuirá (de hecho, ya se está distribuyendo) para su venta en formato papel en tiendas y librerías entre finales de esta semana y principios de la siguiente.

Fecha de lanzamiento: 31 de octubre – 4 de noviembre (según provincia)

Actualizado: adjunto algunos enlaces para su compra en papel o en digital.

Oso Arturo (fotografía)

#3. ¿Hay presentación oficial?

¡Sí! Y a ver cómo sale la cosa, que hace miles de años que no tengo que hablar en público, ¡así que necesito mucho apoyo, que conste!

Por el momento, hay una primera presentación-coloquio el 22 de noviembre en Barcelona en Casa del Libro de Paseo de Gracia (la hora está por confirmar, aunque será por la tarde) y una segunda presentación en la feria EcoReus (Tarragona) el 27 de noviembre.

Actualizado: puedes leer más sobre esto aquí.

AlPerroVerde - Voluntariado Quatre Camins 2015-2016
Compañeros y perros de AlPerroVerde en uno de los programas de voluntariado en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

#4. ¿Me gustará el libro?

Pues… no soy de mojarme mucho con estas cosas, pero si te vas leyendo las entradas de este blog sobre animalismo y humanidades, y te parecen interesantes, ¡te gustará! En estos nueve ensayos he intentado mantener siempre un estilo informal y exponer, a su vez, cientos de reflexiones que se acompañan y legitiman con un buen puñado de bibliografía.

Algunos ejemplos que te pueden ayudar a decidir, son: Vida de perros (i y ii), Bruce Lee y la imposibilidad del medio plazo o El modelo de sobriedad de Mujica, que son textos que han sido adaptados para el libro y que, antes de su publicación, he compartido con vosotros en Doblando tentáculos. 

16 perros y gatos abandonados por hora en España
Un grupo de perros callejeros en México D.F. Uno de los puntos del planeta con mayores problemas de abandono animal. En España, no obstante, no nos quedamos atrás: cada hora se abandonan 16 perros y gatos según cifras recogidas en 2014.

Otros artículos similares que no forman parte de la obra, pero que pueden ayudaros a haceros una idea sobre su contenido son: Arturo y la libertadYa hablamos con Tordesillas Los animalistas también hacen animaladas.

#5. ¿Has engañado a gente guay para que hable bien de tu libro?

Bueno, para empezar he conseguido que dos personas a las que admiro profundamente colaboren en el prólogo de la obra. Algo de lo que estoy muy, pero que muy agradecido, y un poquito orgulloso también. Una de ellas es la periodista Melisa Tuya, coordinadora de blogs en 20 Minutos, a la que muchos conocéis por escribir los espacios En busca de una segunda oportunidad y Madre Reciente; el otro es Miquel Llorente, presidente de la Asociación Primatológica Española, director del Institut de Recerca i Estudis en Primatologia (IPRIM) y responsable de la unidad de investigación y el laboratorio de etología de la Fundación Mona (y más cosas, que, con todo lo que hace este hombre, esto se alarga demasiado, pero a quien tengo, desde ya, un cariño especial, porque no solo me ha dejado acercarme a su trabajo, sino también a toda su familia primate).

Chimpancés en Fundación Mona.

#6. ¡Genial! Estarás contento, ¿no? Pero tengo más preguntas…

Como decía un joven Ray Liotta al inicio de Goodfellas: «desde que tuve uso de razón, quise ser…» En su caso, gánster; yo quise contar historias, y, por aquel entonces, no sabía cómo. Fue más tarde cuando encontré la respuesta en la escritura. Así que sí, ¡estoy que no quepo en mí!; tanto con la oportunidad que esto supone, como con la posibilidad de seguir publicando ensayo, y, a la par, trabajando en narrativa como mi próximo objetivo inmediato (ya os contaré…).

Sobre el tema en cuestión: ¡hazlas! Lo mejor será abrir un diálogo a través de los comentarios e ir alargando estas FAQ o preguntas frecuentes sobre el libro. Y cualquier aportación, duda, petición de estriptis (no lo recomiendo), o lo que sea, será más que bienvenida.

Tu vida es un Caos

La semana pasada, creí haber perdido todos los textos que tenía en el disco duro. Por alguna razón, no consideré oportuno hacer una copia de seguridad de los mismos, aunque sí de miles de documentos de empresa que no me importaban ni una centésima parte.

¿Qué puedo decir para sentirme menos imbécil? No creí que me fuese a pasar. Un disco duro reventado es como un accidente de coche: le ocurre a los demás, nunca a uno mismo; hasta que ocurre. Cuando ocurre, te cagas en todos tus muertos y en lo idiota que puedes llegar a ser, y buscas una solución tardía. Tienes Google Drive, y Dropbox, y pendrives, y discos duros externos, pero, por alguna razón, eso de las copias de seguridad no va contigo. Eres un rebelde 2.0.

Hasta que ocurre. Entonces, si tienes unas cuantas neuronas buenas, aprendes la lección, y guardas las cosas importantes en ese cajón, físico o virtual, que quieres que siga ahí si se incendia tu casa, si un rayo revienta tu ordenador o, simplemente, si tu placa base dice que hasta ahí hemos llegado, que fue bonito mientras duró, y que te la casques con dos piedras, que su tiempo se ha acabado.

Tú lloriqueas. O le haces un funeral vikingo. O lo conviertes en una pajarera. Da lo mismo. Lo importante es que aprendas, y, en este caso, yo voy a hacer caso del aviso, porque al final no fue el disco duro, sino la placa, y así lo prefiero. Y la gente que no entiende dirá que soy estúpido, porque una placa es sinónimo de PC nuevo, pero las cosas pueden sustituirse, en cambio, lo que fue…, lo que fue es imposible hacer que vuelva: esa es la magia de la escritura.

Todo este rollo es para deciros que, entre las cosas que creí perder, estaban los primeros capítulos de un libro que quise dedicar a aquel perro del que ya os hablé una vez: a mi perro, y me gustaría compartirlo con vosotros; a ver si ahora cojo, tiro una botella de whisky encima del portátil, y se pierde de verdad para siempre.

PD: Ahora sí he hecho copia de seguridad.

PD2: He cerrado WordPress sin querer y me ha dado un amago de infarto, porque casi pierdo también este texto que precede al texto.


Este es un fragmento del primer borrador de la novela y puede sufrir (mejor dicho, ha sufrido) un gran número de cambios.

Prólogo

El primer recuerdo que tengo de Caos es lo mucho que pesaba pese a estar en los huesos. Tengo la certeza de que en su cuerpo se mezclaban kilos y abandono, y tardé mucho tiempo en demostrarle que había algo por lo que seguir moviendo su espalda herida.

Quizá era esto lo que tenía que haber escrito aprovechando la difusión de aquella carta que se compartió cientos de miles de veces y por la que todavía hoy muchas personas contactan con nosotros para saber más de aquel perro mestizo que encontramos a poco más de veinte kilómetros del centro de Barcelona.

No pude. En todo este tiempo hubo muchos otros cambios en mi vida: me casé, me hice vegetariano (o casi), decidí que quería intentar ganarme la vida escribiendo, acepté un voluntariado en una asociación animalista… pero no pude escribir más sobre Caos. Lo cierto es que pensé en crear algo similar a lo que estás a punto de leer, pero cada comentario en aquella entrada de blog sobre Caos era, de algún modo, tanto una sonrisa como una lágrima.

Lo cierto es que escribí que había empezado a redactar aquellas líneas dirigidas a un desconocido (o desconocida) cuando, por fin, me había recuperado, pero no lo hice. A mi alrededor, Caos nos marcó a todos de un modo que ningún otro perro podría (ni debería) hacer, y un año dos años después esto no ha cambiado.

Caos y Laura (retrato)
Dos regalazos que nos hizo una lectora y amiga de Valencia.

Pero hay una cosa que sí ha cambiado, y es el recuerdo. Hace unos días, encontré a Laura llorando en la cama. Sus lágrimas no eran exactamente por Caos, sino más bien por todas aquellas cosas que durante los tres últimos años había vivido y recordaba sin dificultad y ahora empezaba a confundir: los recuerdos se arremolinan y la imaginación empezaba a mezclarse con estos.

Por todo ello, estas historias y estas fotografías van por ella y para ella, aunque os invito a descubrir un pedacito de nuestra vida.

Sea como sea, gracias por acompañarnos.


La primera aventura

Esa noche actué como un robot. Los dos lo hicimos. Traje todo lo que había aprendido sobre perros a mi mente (terreno neutral, vigilar cualquier problema con la protección de recursos, positivo para ambas partes, actitud relajada) y lo apliqué al dedillo.

Cuando terminé, eran casi las dos de la madrugada, y el horizonte vestía el naranja. Esto ocurre a causa de la menor dispersión de los tonos naranjas; los tonos azules se dispersan mucho más rápido, mientras que el naranja permanece; si hay niebla, esas partículas, que no son más que aerosoles en suspensión, quedan muy cerca de la superficie, provocando este curioso fenómeno atmosférico.

Leí sobre ello de madrugada. En el jardín, mientras todos nos relajábamos y el cansancio, y el estrés, empezaban a apoderarse de todos nosotros; le dejamos dormir fuera, porque no quiso entrar a la casa, y nadie insistió. Allí quedó durante las tres o cuatro horas que nos quedaban de sueño, con un bol de agua fresca y una manta con la que sortear la humedad.

***

Unas horas después, Laura se fue a trabajar y yo aterricé en Barcelona, a unos 25 km de donde vivíamos en 2012, junto a un perro sin nombre que merecía algo mejor. Era jueves.

Caos en Corbera de Llobregat
En la casa de Corbera de Llobregat, unas dos semanas después de encontrarlo en la carretera.

De día, su aspecto era espantoso. Estaba desnutrido, y con las patas rasgadas y heridas por todas partes; se adivinan colores de pastor alemán, pero la suciedad y la tierra habían convertido su pelaje en una maraña de tonalidades grises y negras. No recuerdo si llevaba collar: juraría que no: de su cuello colgaba una cadena metálica y un mosquetón oxidado adherido a ella. Lo peor era el estado de sus patas, y lo que se intuía al verle caminar: no eran sus extremidades, sino un pronóstico cien veces peor.

Decidí caminar con él un rato por la ciudad. Nos dirigimos a un veterinario, pero todavía era pronto; debíamos esperar a las diez, y el estoicismo del animal me demostró que había aguardado más de una década, por lo que una hora no era problema.

Tampoco caminar lo fue. Lo hacía lento, seguro de sí mismo, con una energía que solo conocen aquellos que han estado a punto de caer demasiadas veces y siguen avanzando.

Nunca hubo tantas miradas prejuzgando a alguien en ese barrio. En esos barrios. Alrededor de una decena de veces no quedó ahí: no faltó quien insultó, ni quien soltó la típica frase que contiene una inyección perenne; a quien quiso escuchar, se lo expliqué. Sin embargo, no tardé en comprobar que una noche de descanso no era tiempo suficiente para tantos años de maltrato: cerca del veterinario, empezó a tumbarse cada vez que alguien nos paraba un minuto; no volví a detenerme: cuando me asaltaban, les decía que íbamos camino a un veterinario, que lo habíamos encontrado abandonado y que el perro no debía pararse, sino ser atendido de urgencia.

Si esta historia ha caído en tus manos, quizá (en estas primeras líneas) te estés preguntando varias cosas. Voy a intentar responderte algunas de ellas antes de proseguir hasta el veterinario. Ante todo, quiero decirte que, por aquellas fechas, yo no tenía carnet de conducir ni posibilidad alguna de hacer entender a nadie que un perro medio muerto, lleno de heridas, garrapatas y, probablemente, con leishmaniosis avanzada debía ser visitado de urgencia; o quizá sí, lo cierto es que, seis años después, todo lo que recuerdo me indica que no era así, pero, ¿quién sabe? ¿A quién llamas, entonces? Coges la mano, y juegas las cartas que te han tocado. ¿Qué vas a hacer sino?

Por estas latitudes, no obstante, la historia no tiene un gran interés; fue tal que así: mi chica aparcó el coche tan cerca de allí como pudo y se marchó hacia el trabajo; mientras, yo estuve hablando con mi familia durante unos minutos por teléfono y me dispuse a llevar el perro a una clínica veterinaria cercana.

Volvamos, pues.

Foto de Caos (primer plano)

En la puerta de la clínica, suspiré un minuto. Algunas viejas cuchicheaban detrás de mí; una tontería que, en ese momento, me hizo sentir lo suficiente incómodo para dar cuatro zancadas hacia delante, decidido a explicar todo lo que sabía de ese animal, a intentar que alguien buscase información en un chip que difícilmente existiría. Esa era mi primera opción, aunque no quería devolver al perro a alguien capaz de convertir a un animal tan noble en un cadáver viviente; la segunda opción, solo había cruzado mi mente con fugacidad. Me concentré en lo único que me tranquilizaba: seguir adelante, un paso detrás de otro.

En ese instante, el perro trastabilló y cayó en la puerta, agotado, y los murmullos se convirtieron en acusaciones que ya no recuerdo hoy. Me concentré en dejar que descansara un momento y en tranquilizarle, acariciándole el lomo sin prisa; el animal se enderezó, pero esta vez no quise arriesgarme, así que lo subí en brazos hasta la puerta y empujé con un pie cuando sonó el zumbido eléctrico de desbloqueo.

Dentro no fue mejor que fuera. La única cliente que había a primera hora de la mañana formuló la misma pregunta que ya habían hecho decenas de personas: “¿Qué le ha pasado?”

—No lo sé —dije, más centrado en la veterinaria tras el mostrador que en aquella mujer de la que me he olvidado casi por completo. —Lo encontramos ayer noche en una carretera, ¿podéis leer el chip, si es que tiene, y hacerle una revisión?

Al principio, aquella mujer con bata blanca no dijo lo que pensaba. Tardó un par de minutos en encontrar las palabras. Evaluó su estado de un modo mucho más general de lo que me hubiese gustado y contestó:

—Llévalo a la protectora.

Me negué.

—Ese animal debe ser sacrificado. Evita que siga sufriendo.

Caos junto a Trotski, en La Garrotxa
Caos en La Garrotxa. Junto a él, Trotski, un mastín de los Pirineos que vivía allí con su hermana Ninoshka y familia.

Le pedí de malas formas que leyese el maldito chip que sabía que no tenía, que ya esperaba que no tuviese, y me largué. Allí no quisieron tratarle. Solo me dijeron lo que ya sabía: no tiene dueño, y así era mejor. Nada más.

Al salir por la puerta, sentí un calor terrible, el cabreo y la indignación se mezclaban con picos terribles de humedad y un sol intenso que amenazaba desde el este. Pensé un minuto en mis opciones: podía probar a llevar al animal a otro veterinario, habría que caminar un par de kilómetros como mucho, pero tras veinte o treinta minutos de paseo, él no podía más.

Pese a encontrarse herido y desnutrido, era un perro grande; casi un peso muerto, así que me senté en una plaza junto a él, y descansamos. Su cara no parecía alegre; tampoco triste. Miraba extrañado, como si no comprendiese dónde íbamos o qué estábamos haciendo; parecía asumir que eso era mejor que lo que hubo antes, y aunque algo receloso, empezaba a tolerar mi compañía sin la intención de escapar de improviso. Eso también ayudó.

Alrededor, los rostros se relajaron, sentí cómo el porcentaje de gente que se cagaba en todos mis muertos a mi paso por El Carmelo se reducía; la tercera persona que se sentó a mi lado dispuesta a escuchar qué había pasado me sirvió de excusa. Le resumí lo sucedido, agarré al perro, lo subí a mis hombros y me encaminé hacia otra clínica rezando a un dios en el que no creo para que no se le soltase el esfínter.

***

Tardé unos treinta minutos en recorrer poco más de un kilómetro y medio. Siempre he caminado rápido y desde que tuve problemas de espalda me acostumbré a no estar quieto mucho tiempo de pie. Pero el perro se revolvía nervioso de vez en cuando, y teníamos que parar, bajarlo y dejar que se moviese con libertad unos segundos; después, de nuevo a la carga.

Caos (hidroterapia)
En una sesión de hidroterapia junto a mí, en 2014.

Ahorraré tinta aquí: ocurrió lo mismo. No exactamente, claro que no. No fueron más simpáticos; todo lo contrario. El consejo fue el mismo: sacrificio. Esta vez les mandé a la mierda y me largué con el perro hasta la casa de mi familia cercana.

Lo que más me cabreaba de vuelta no era haber perdido el tiempo. Ni tan siquiera haber perjudicado al perro: tras una vida así, ¿qué importan tres horas? Se trataba de algo mucho más simple: la falta de interés, de recursos, de humanidad. De apostar por una jeringa de cien euros como solución a un problema del que nadie quiso preocuparse nunca.

Mi madre trabajaba, pero conseguí meterlo en su casa. Hasta las siete de la tarde, descansó. Aproveché para quitarle treinta y cuatro garrapatas, cada una más grande que la anterior, y le di un baño; después, vacié un bote de espray antiparasitario y limpié con lejía y otros productos desinfectantes la ducha.

Durante más de veinte minutos el agua siguió saliendo negra… hasta que desistí. Le sequé con la toalla más vieja que encontré y luego la tiré a la basura; hora y media más tarde, me cansé de quitarle pelo muerto, aunque comprobé que el perro no tenía el pelaje totalmente gris, sino que mantenía unos colores muy similares a los de un pastor alemán.

Decidimos contactar con conocidos, buscar a alguien que pudiese hacer una valoración general del estado del perro y, en definitiva, conocer nuestras opciones. A las seis de la tarde, teníamos hora para una consulta el día siguiente, por lo que Laura, el perro y yo salimos de Barcelona en un gran atasco que se había originado en la Ronda de Dalt por culpa de un accidente cuádruple.

De vuelta, ya le habíamos bautizado: Caos. El nombre nunca me gustó. A ella creo que sí. De cualquier modo, estaba bastante claro que le pegaba. Todo había salido mal, y los días siguientes no prometían cambiar el curso de la historia.

Sé que entonces no le di mucha importancia al nombre, porque no creí que viviera demasiado.

Me equivoqué.

Abandonar, adoptar, abandonar

Roco es un mastín español de seis años que me acabo de inventar; fue adoptado poco antes de Navidad por una familia de Sabadell en el CAAC de Barcelona y ha sido renunciado (menuda palabra, ¿eh?) en el SPAM de Mataró.

Lo mismo les ha ocurrido a más de 137.000 animales (104.501 perros; 33.330 gatos) que son abandonados cada año en todo el país. A diferencia del nombre del mastín, quien seguro que encaja en un buen porcentaje de esas cifras que poco nos dicen y deberían avergonzarnos, estos números no los invento; los comparte la Fundación Affinity dedicada a concienciar a la gente sobre abandono animal.

Mastín español (fotografía)
Fotografía de un mastín español.

La dimensión de la muestra a partir de la que se ha elaborado el estudio es de 300 entrevistas válidas (127 de sociedades protectoras, 169 de ayuntamientos y 4 de empresas), por lo que es una muestra muy representativa del universo total.

Según la muestra, más de 14.000 perros y gatos son sacrificados cada año. Un 10% del total. El 66% de esos animales no son llevados a un refugio, además, sino tirados a la calle. Del total, un 44% son adoptados; un 20% devueltos, un 10% sacrificados, un 14% no salen de la protectora y un 12% se engloban entre demasiados motivos: animales robados, cedidos, cambiados de protectora o muertos, principalmente.

Los datos son muchos, y abrumadores, fruto de la falta de conciencia y de una legislación deficiente. Así, no es difícil imaginarse a uno mismo acariciando el lomo de Roco, quien ha caído en la perrera con displasia de cadera y más de seis años; probablemente nunca saldrá de la protectora, aunque en Cataluña, no morirá sacrificado mientras esté sano. En otras zonas de España; en una perrera, en otro momento… moriría a partir del día veintiuno, y por mucha pena que nos dé, nadie le sacará de su propio corredor de la muerte.

Motivos de abandono animal (España)

Es un problema estructural y no podemos simplificarlo con dos ideas sueltas. Sin embargo, sí hay dos errores concretos de los que me gustaría hablar hoy: uno está tras las rejas de muchos centros, el otro, fuera.

Fuera de las rejas

El estudio de la Fundación Affinity marca cinco motivos principales por los que se abandona a un perro a su suerte: comportamiento, camadas indeseadas, factores económicos, fin de la temporada de caza y cambio de domicilio.

Hay más, por supuesto, pero, en realidad, con sumarle desconocimiento y salud propia sería suficiente para englobar el resto de motivos: toxoplasmosis, alergias, hospitalización y renuncia por parte de los familiares, falta de tiempo… En fin, podéis ver una lista completa aquí: no vale la pena enumerarlos uno a uno (otra vez).

Una historia de galgos

Desde fuera, el problema se resume en que Roco, el mastín que me he inventado, es adoptado de joven y renunciado por falta de tiempo, espacio o facturas veterinarias; quizá también sufre ansiedad por separación o tiene otros problemas que los adoptantes deberían trabajar con la ayuda de un adiestrador(a) o un etólogo(a).

Sin embargo, en España, el abandono sale muy barato; y cuando se endurece la ley, los galgos aparecen ahorcados en un pino en lugar de renunciados en la protectora. Tras cada temporada de caza; cada vez que los animales ya han envejecido o enfermado por falta de cuidados, cuando alguien se cansa de soltarle huesos a un bicho moribundo o un alma caritativa descubre el maltrato constante y decide denunciar…

Sobre esto puedes leer mi opinión, ampliada, en Vida de perros (I) y Vida de perros (II).

Nos creemos que Roco es un juguete, y que cuando se haga viejo, o se enferme, podemos tirarlo a la puerta de una protectora donde le buscarán una familia mejor; o, simplemente, una familia.

Mi propia lectura de esos porcentajes (y motivos) me dice que, si Roco fuese un perro de verdad, se le abandonaría por inútil, porque no aprende, o porque resulta molesto tanto ladrido, o porque, en realidad, Roco era una hembra, y nadie quiso esterilizar a Roco, y ahora espera siete u ocho cachorros; o Roco vivía con una hembra, y nadie quiso esterilizar a nadie, y lo más fácil es renunciar a todos, y buscar a otros perros hasta que surja un problema similar. Y, entonces, repetir.

Un animal de compañía requiere dinero, cuidados, tiempo y conocimiento, y, en España, siguen faltando campañas que nos digan que un perro de protectora o perrera (cualquier perro, en realidad, y en cualquier momento de su vida) puede tener comportamientos que deben ser modificados para adecuarse a vivir en sociedad; ¡pero sorpresa!, existen etólogos, adiestradores y libros, y cursos de psicología animal.

motivos-fundacion-affinity

Lo que faltan son valientes que se atrevan a decir la verdad a la cara, no solo a afirmar que él nunca lo haría, sino que, cualquiera que haga algo así, es un verdadero hijo de puta por abandonar a un animal indefenso; y que, si no lo ves claro, no lo adoptes.

Pero sobre todo, además de conocimiento y una evaluación correcta de tu tiempo, dinero y posibilidades, falta gente valiente en las protectoras y en las perreras que se plante, que diga: no, no cumples los requisitos para adoptar a este perro; no, no queremos que renuncies a este perro en seis meses o en un año; o no, no creemos que estés preparado para tener perro.

Esto ya ocurre. Pero no en todas los centros, y menos todavía en grandes centros donde yo he adoptado y participado como voluntario. Esto ocurre en las protectoras pequeñas —en las de diez, quince, veinticinco animales— que se apoyan en el resto, y puede parecer una salvajada lo que estoy diciendo, pero es una parte fundamental del problema de abandono animal que sufrimos en España: porque lo convierte en recurrente, porque se implican recursos que se convierten en parte del problema a medio plazo y, sobre todo, porque los perros conocen un hogar para volver a ser abandonados.

Dentro de las rejas

Llego hasta Roco, el mastín inventado, en una protectora de mi provincia. Está en un chelín solo, triste; me informan de que no quiere comer, pero le restan importancia desde el principio. Ese es otro problema. Un voluntario(a) jamás debe ser un mal vendedor de coches; obviar detalles, restar importancia o cargar con un peso mayor al que una familia o una persona espera, puede tener consecuencias desastrosas en esa adopción. (¿No te lo crees? Lee aquel famoso texto de Pérez Reverte.)

Es cierto. Los perros no tienen una actitud natural en un espacio tan antinatural como una protectora; se trata de un comportamiento similar al que sufre una persona cuando entra en prisión, no actuará igual que fuera, por muchas razones: otro ambiente, otro contexto, otras personas, otras normas incluso. Esto también debería decirse a todas las familias, porque, probablemente, rápidamente mejorará, pero también tendremos que trabajar problemas de conducta que no habíamos podido ver.

¿Se evalúa entonces si la persona está concienciada? ¿Si conoce las necesidades de ese animal? ¿Si sabe lo que come un mastín? ¿Cuántas revisiones veterinarias necesitará a lo largo de su vida? ¿Lo que supone un principio de displasia de cadera? ¿Dónde vive? ¿Si ha tenido perro antes?

Un adoptante informado, preguntará muchas de estas cosas; sin embargo, se trata de una situación similar a cuando alquilas tu primer piso: no sabrás qué coño preguntar, y no preguntarás nada. Te centrarás en el presente; en el hoy, en lo felices que están los críos, en lo mucho que necesitas dar un cambio a tu vida, y no recaerás en el hecho de que tendrás que pasearlo cada día, jugar con él, enseñarle a comportarse, cuidarle, responsabilizarte los días de lluvia y de sol, y los días buenos, y también los malos.

perros-pastor-alemán
Pastores alemanes con batería de larga duración.

Hay muchas cosas que todos los que amamos a los animales desearíamos que pudiesen llevarse a cabo en las protectoras: subvenciones más elevadas, más formación para los voluntarios, sociabilización con otros perros y personas, horas de adiestramiento, posibilidad de corregir problemas dentro del centro, menos tiempo en los cheniles…

Pero de todo ello, hay algo mucho más fácil de cumplir: el no. 

Decir no a esas cincuenta familias que vienen a pasar revista, a toda prisa, el día antes de Reyes.

Decir no a ese chico de dieciocho años que no cumple el perfil para adoptar al pitbull o al american stanford que ya ha sido renunciado dos veces.

Decir no, porque ese perro volverá a la protectora, a esta o a otra, o acabará abandonado, o muerto en la calle.

Decir no a ese juego recurrente del abandono, la adopción y el abandono.

Decir no, como parte del trabajo de los encargados de una protectora; no limitarse, simplemente, a acceder, a entregar a un animal, a analizar la situación solo en la medida en la que nos conviene (¡esta semana han adoptado a Roco y a otros treinta y siete perros! ) y olvidar cualquier seguimiento por siempre jamás.

Una protectora no es un buen sitio para que vivan los animales: todo el mundo debería saberlo, pero más allá de la inconsciencia de miles y miles de personas que no entienden todavía que sus acciones tienen consecuencias, debemos empezar a analizar también (también) todas aquellas que ocurren dentro de las rejas. ¿No os parece?

Ningún animal merece dos vidas de mala suerte.


Puedes leer mi experiencia sobre la adopción de Foc en De unas vacaciones idílicas y otra adopción.

La viñeta de la historia del galgo la encontré en este enlace.

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