Murió Arturo. Ya se acabó. Quedará para cada uno —y en especial para los de siempre— si existió una solución mejor, una forma de liberarlo de los barrotes o de ofrecer una mínima calidad de vida a esa presa que vivió cautivo treinta y un años.
El animal más triste del mundo. El último oso polar recluido en Argentina. Arturo, quien soportó temperaturas de más de cuarenta grados durante el verano austral; en una piscina, en el interior de una jaula de escasas dimensiones. Triste, deprimido, muerto en vida, como tantos otros animales que, como nosotros, no pueden soportar la visión eterna de una celda entre ellos y el mundo.
El Zoológico de Mendoza se atrevió a comunicar que ha vivido una larguísima vida, notablemente más extensa que la mayoría de sus congéneres, obviando el hormigón coloreado en azul, la soledad, el aburrimiento, el estrés; incluso la charca con dos palmos de agua que mezclaba lágrimas y un anhelo de naturaleza que nunca fue saldado.
La reclusión no casa bien con el instinto, el mar, el frío, la supervivencia, la caza, la compañía de los suyos, la libertad, y aún menos en las condiciones inaceptables de Mendoza, donde han fallecido decenas de animales en los últimos meses.
En mayo, colectivos animalistas argentinos y activistas de todo el mundo reclamaron el traslado de Arturo a una reserva: se desestimó; según los mismos carceleros que lo mantuvieron encerrado veintidós años en Argentina y otros ocho en los Estados Unidos, el estado de salud del oso polar no era adecuado.
Viñeta de Paco Catalán Carrión (05/07/2016) sobre el oso Arturo, que murió en el Zoológico de Mendoza el 4 de julio de 2016.
¿Ha muerto de viejo, o de tristeza? De cualquier modo, ha muerto; dejándose llevar, con esa pose inerme que ensayó, afligido, durante décadas; sin conocer ese atisbo de libertad que una reserva puede ofrecer a un animal que, de un modo u otro, seguirá cautivo de su pasado, pero con la que, de haberlo sabido, seguro que hubiera soñado.
Lo peor, lo verdaderamente malo, es que la cobardía llegó hasta su fin. Ninguno de los responsables pensó, por un instante, en trasladar a Arturo, el animal más triste del mundo, lejos de aquella cárcel de hormigón, de arriesgarse, de ser un poco más humanos, y de permitir, aunque solo fuese por un tiempo finito, como el de todos, que Arturo pudiera volar lejos de su pesadilla diluida en azul.
¿Qué le vamos a hacer? Al final, fue él quien alzó el vuelo, reprendiéndonos como solo el corazón de un animal sabe hacer .
El sábado a primera hora, la página de Let’s Adopt España informaba sobre la decisión judicial que había tomado el Juzgado de Instrucción núm. 9 de Sevilla. Inmediatamente, se buscó el modo de interponer un recurso, según cuentan, pero esa noche la información quedó entrecruzada con el anhelo de conseguir digerir una resolución que, al final, se nos indigestó a todos.
Ava, la perra que había sido golpeada con un palo de madera, y cuyos dueños habían permitido que su estado se agravase hasta el punto de pudrirse en vida, no obtendría justicia; solo descanso de un mundo que le mostró la peor de sus caras.
No hay indicios de delito, ni de maltrato, se atrevió a dejar el juez por escrito; llenos de rabia e impotencia, en Let’s Adopt, este fin de semana no podían más que afirmar que no había justicia, que no era delito gastarse el dinero en droga mientras tu perro agonizaba en una esquina, y que todo lo que puede hacerse es recurrir la sentencia por omisión de socorro, como ya ha hecho Manuel Armentia, abogado de FADEA (Federación Andaluza de Defensa Animal).
En España, esto no está considerado maltrato animal. Resultados del TAC de Ava – Let’s Adopt Spain.
Ni cárcel. Ni un euro de multa. Ni el más mínimo castigo. Ni la sensata decisión de no permitir que personas que dejaron que un cáncer se comiese viva a una perra indefensa puedan adoptar otro animal. Nada.
¿Pero, sabes qué? Ava es el verdadero rostro de este país: un animal deformado por la monstruosidad de una mayoría; un ser que, al igual que el burro Alfarero, Sorky, el pitbull del Coll de’n Rabassa, y muchos otros antes, no encontrarán justicia, ni paz, y nos obligarán a asumir que, a una gran parte de nuestra sociedad, el sufrimiento ajeno no le produce sentimiento alguno; menos aún, el sufrimiento de un animal que todavía ve más lejos que a sus semejantes.
Nos queda la presión ciudadana, el deber de informar e informarnos, de educar y educarnos, y de concienciar, y apoyar estas iniciativas; de seguir adelante con la utopía de un mundo más bueno y justo para todos, pero también la tristeza de no saber cuándo se pudrió todo tanto en este país como para permitir que alguien pueda cargar con tantísimo sufrimiento sobre sus cuatro patas.
Escribí sobre Ava, en el blog, en enero de este mismo año; también pude hablar con Iván (Viktor Larkhill) quien, junto al equipo de Let’s Adopt hizo todo lo que pudo por ella. Y quedé con él en que me encantaría visitarles en persona y, de paso, escribir sobre ello aquí: y espero poder hacerlo.
Hace unos días, El País Semanal publicaba una columna titulada Perrolatría, firmaba Javier Marías, quien en unas pocas líneas fue capaz de decirnos que Hitler tenía un perro, que los españoles somos tan imbéciles como los yanquis y que los dueños de un can creíamos tener, y presuponer, derechos que nadie nos había entregado.
Como le presumo cinéfilo y muy dado a todo tipo de referencias, diré que, tras leer la columna, a mí Marías se me asemejó, en actitud, al James Stewart de La ventana indiscreta, quien solo podía acercarse a un perro con unos prismáticos.
Diré más. Casi pondría la mano en el fuego que a Javier Marías no le gustan los perros —por llamarles chuchos, y a nosotros perrólatras, e incluso por incentivar o, como mínimo, defender el maltrato animal—, pero no lo haré. De lo que sí estoy seguro es de que no tiene ni puta idea de perros.
Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).
Dana en casa se despendola, haciendo yoga con un estilo muy libre. Desconozco si Javier Marías aprobaría algo así… 😉
Aun así, como me importan un pimiento Obama, Hitler o el sentimiento antiamericano, entraré raudo en los detalles de interés: aquellos que me ayudarán a defender mi argumentación.
Para empezar, me agradaría saber cuántos dueños de canes han intentado imponer derechos y cuáles han sido estos. Parece baladí, pero no hallo ningún ejemplo real a lo largo de la columna de opinión, por lo que no puedo más que intuir que Marías sonríe cómplice a Fernando Savater y a su Tauroética, comprendiendo un derecho solo como aquella ventaja que uno mismo puede preservarse, y no como algo inherente a uno mismo que un perro, un niño o una persona con diversidad funcional puede o no entender.
De este modo, yo, como responsable de mis canes por los que siento perrolatríaestoy obligado a cumplir unas obligaciones y a defender unos derechos propios y otros del animal.
Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto.
En esta misma línea, avanzamos rápido de nivel. Y no se tarda en comparar un perro con un tigre, una serpiente u otros animales no domesticados. ¿Sobre esto qué puede uno decirle al académico? Quizá que amplíe sus lecturas, que, entre las humanidades, la evolución humana y la historia universal todavía pueden darle grandes alegrías y sorpresas a su edad, que lea y comprenda, que es lo mínimo que se le puede exigir a un profesional de su relevancia cultural.
Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo.
Además, como propietario de tres perros (y dos gatos) también quería aclarar que los perros no ladran por cualquier motivo: siempre hay un motivo; que recoger una mierda no es ninguna asquerosidad ni una humillación, y que quizá algún día incluso alguna enfermera tenga que cargar con la de más de un escritor ingrato con mayor estoicidad si cabe, y, por encima de todo, que no suele haber continuas visitas al veterinario, ni esquilados, ni lavados, ni «tratamientos psiquiátricos» —imagino, no sin cierto esfuerzo imaginativo, que aquí hablaremos de etología—.
De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación.
Hay gastos, y sorpresas, y alegrías, y tristezas, como en cualquier otra faceta de nuestras vidas. También hay dueños responsables, que son una amplia mayoría creciente; una amplia mayoría que vive en sociedad, y que, buscando una fórmula apta para la convivencia, que no solo tiene el derecho de exigir respeto por su modus vivendi, sino también la obligación de respetar las decisiones del resto de sus coetáneos; quizá, pues, el académico no hay caído en la cuenta de que, en última instancia, la decisión que le fastidia su bistec con patatas (el suyo no, que a estas alturas ya sabemos que es muy tolerante y las piedras le caen por su excesiva filantropía) no es del compañero del perro —a estas alturas del texto, estoy harto de eso de dueño—, sino del dueño —ahora sí— del establecimiento, quien admite perros como acompañantes.
En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro.
Poco más puede añadirse. Con esas líneas seguro que se ha creado muchos enemigos, y lo que verdaderamente me extraña es que a cierto nivel un columnista no sepa que cualquier texto es siempre una declaración de intenciones; también deseo que Javier Marías se modernice antes de quedar atrás; que busque influencias y testimonios más allá del siglo XIX y, sobre todo, que no pelee con vecinos; que lo más probable es que un perro no le ataque, ¿pero qué derecho tendría él a quejarse de un mordisco si, pese a su nivel social y cultural, es el primero que se atreve a solucionar las cosas a mamporros con aquellos con los que vive puerta con puerta?
Escogí el nombre al salir de la tienda. Dana, de Dánae, que fue encerrada por su padre, el rey de Argos, para evitar que una de las profecías del oráculo de Delfos se cumpliese. La pastor alemán también estaba encerrada, privada del contacto con cualquier otro perro, y miraba desde su cubículo de cristal hacia nosotros. Entonces, todos creímos que no había nada malo en aquello, que estábamos haciendo las cosas bien, como debían hacerse: nos equivocamos, mucho.
Dana con cuatro meses.
Hoy, paseo con los perros, principalmente, por el Carmelo y el Guinardó. También bajo por el Eixample hasta las Glorias y, de vez en cuando, los suelto en la Avenida Gaudí, en el Parc del Guinardó o en los Jardins del Príncep de Girona. Allí, corren un rato, practicamos ejercicios simples de adiestramiento o, simplemente, jugamos con una pelota de tenis.
Si alguien me para y me pregunta dónde he comprado a mis perros, les digo que todos son adoptados de la protectora. Les miento. Les explico cómo pueden enseñar a que su perro se siente, se tumbe, venga cuando le llaman; qué es un clicker y cuándo utilizarlo, y para qué sirve también. Si tengo tiempo suficiente, les explico el caso de Dana; si no lo hay, mantengo la mentira hasta el final.
Comprar un perro (en una tienda)
¿Tú también piensas comprarte un perro? Si buscas por Google, podrás ver las últimas tendencias: solo teclea comprar perro… y aparecerán algunas de las búsquedas más habituales. Comprar perro pequeño, comprar perro labrador, perro boo, de agua, lobo checoslovaco, salchicha, pomerania... La gente sigue cometiendo el mismo error que yo cometí, por eso miento, porque no puedo sacrificar todos y cada uno de los paseos de mi vida explicándoles por qué jamás debí entrar en aquella tienda y perpetrar el peor error que puede llevar a cabo alguien que quiere un perro.
Dana y Argos en nuestro primer piso.
No es por tratarse de un perro de raza siquiera. Otros te dirán que sí, pero no yo. No es ni tan siquiera por comprar un perro; algo que no tengo intención de volver a hacer. Se trata de un cúmulo de errores que deberías ahorrarte, así que aprovecha para leer sobre ello y da un poco de sentido a mi equivocación.
Errores al conquistar la torre de cristal
El primero de todos ellos es aquel más sencillo de resolver, pero como estamos idiotizados o enamorados de ese cachorro que tenemos delante, no se nos ocurrirá. Una tienda de perros no forma parte de una historia épica, por mucho que intentemos racionalizarlo o convertirlo en una leyenda griega, no estamos ayudando a ese animal, no estamos salvando su vida: estamos condenando a diez camadas más que vendrán después mientras pagamos trescientos, quinientos, mil o dos mil euros a una mala persona.
No es una conquista, es una rendición incondicional frente a un negocio que te facilita ya un perro que no ha sido bien sociabilizado, que llega de criaderos ilegales ubicados en otros países y que, muy probablemente, aterrice en tus manos sin una impronta adecuada (algo irrecuperable) y con enfermedades que, en el trayecto, han matado a una parte de su propia camada.
Dana llegó de República Checa, con una impronta deficiente, y nunca se ha comunicado bien con otros perros. También con tos de las perreras, aunque entonces no lo supe, e hiperreactividad, que no tardaría en convertir en ansiedad por separación y comerse las paredes de todo mi piso.
Comprar un perro en una tienda significa jugar a la ruleta rusa: por un lado, desconoceremos quiénes eran los padres, cuál era su carácter y qué problemas físicos han sufrido a lo largo de su línea; por el otro, dudaremos sobre qué ha vivido ese animal desde que nació, si convivió con su madre, con sus hermanos o cómo ha sido sociabilizado y criado desde el primer día.
Esto es solo una parte. Si eres un poco más listo o lista que yo, recurrirás a un criador. Un profesional que trabaja en el mundo canino y que podrá mostrarte la genealogía familiar del animal, el carácter de los padres, dónde han vivido los cachorros y un largo etcétera. Además, aunque no lo creas, muchas veces el precio de venta del animal será notablemente más económico que el de una tienda (supuestamente) especializada.
Dana y Argos destrozando nuestro primer piso. (A esta foto le tengo un cariño especial. ¡Jajajajaja!)
Así podrás comprar un labrador, un pastor alemán o un border collie con la seguridad de que todos esos perros han nacido y vivido sus primeros meses junto a alguien responsable que no se lucra a través del sufrimiento y el maltrato animal.
¿Cuál es el problema? Si te paras un minuto a pensarlo, es infinitamente mejor que apoyar las redes de tráficos de animales y la falta de cuidados que muchas tiendas siguen manteniendo; ¿pero para qué quieres un perro de raza? ¿Son bonitos, verdad? ¿Y qué más?
Dana y Nymeria, nuestra gata, en una de las terrazas de la casa del Guinardó-Eixample.
¿Conoces el carácter de un pastor alemán? ¿Sabes que son inseguros por elección genética y tienden a convertirlo en agresividad? ¿Entiendes lo difícil que puede resultar cansar a un perro de trabajo inagotable como el border collie? ¿Sabes que un chihuahua, un jack russel o un cocker siguen necesitando mogollón de ejercicio pese a su tamaño?
Todos los perros tienen talento
Los perros de raza tienen una función: son perros de trabajo, de pastoreo, de guarda… y tú deberías poner los medios para que cumplan esa función en la medida de tus posibilidades. No es una opción, es genética: a un pastor alemán le define el pastoreo, y el trabajo. Un pastor alemán no quiere estar tumbado en el sofá, no quiere jugar diez minutos contigo, no quiere ser parte del decorado; quiere correr, pensar, mover ovejas del punto A al punto B… un pastor alemán quiere ser un pastor alemán.
Y lo más importante de todo, ¿sabíais que un 50% de los perros que sobreviven en las protectoras son de raza? En serio. Hay muchísimos en todas ellas. Solo tienes que ir y hablar con los responsables sobre qué tipo de perro estás buscando. Nadie te va a intentar encasquetar a un perro que no quieres —y si alguien lo hace, deberías avisar al resto del equipo y no complicarte la vida—. No te juzgarán por decir no; no te juzgarán; están ahí para ayudarte.
Antes de comprar, pregúntate qué esperas de tu perro. La mayoría solo queremos a un amigo con quien compartir nuestro tiempo libre, que sea lo más equilibrado posible y que se convierta en parte de nuestra familia. Eso puede hacerlo cualquier perro. Cualquier perro tiene talento para aprender a hacer agility, para jugar con la pelota, coger el frisbi, aprender obediencia básica y avanzada, y mucho más.
Cualquier perro tiene talento.
Así que solo se me ocurre una razón para comprar un perro en un criador, y es que te dediques a ese mismo mundo de forma profesional. ¡Y aun así mucha gente trabaja en agility, en obediencia o en discdog o dog dancing con perros mestizos! Y tú necesitas un pastor suizo o un cachorro de rottweiler con el que salir a pasear, ¿verdad?
Siempre hay perros en adopción, de raza y sin raza. Solo es cuestión de tener un poco de paciencia. Solo es cuestión de conocer a un animal, de vivir con él, de aprender y ser consecuentes con nuestras decisiones. ¿Pero a que ya no suena tan importante eso de comprar un perro?
Esto es una (pequeña) parte de todo lo quiero decirle a cada persona que me pregunta dónde compré a Dana. Cuando ve lo obediente que es. Cuando se da cuenta de que viene cuando la llaman, que se queda quieta a la orden o abre el container cuando se lo pido.
Lo que no sospechan es que, por mi error, Dana terminó siendo un animal completamente agresivo con cualquier perro con el que nos cruzábamos, que todavía hoy no puede (ni podrá jamás) entender lo que los perros nerviosos le dicen, que necesita dos horas de paseo, sesiones de adiestramiento diario y que, ahora, camino a los siete años de edad, ha empezado a dormir boca arriba, a relajarse y a entender cómo debe gestionar su ansiedad.
¡Foc y Dana se van de excursión!
Durante años creí que su torre de cristal quedó atrás, en Mister Guau, una cadena catalana que, al final, rectificó a la fuerza, sin comprender que no era posible liberar a mi perra de algo con lo que cargaría toda su vida. Cuando por fin lo entendí, decidí que nunca más pondría precio a un perro. Y no lo haré.
Dana fue un error. Solo es que conseguí convertirlo en mi mejor error.
Hoy, encontré en una estantería un libro titulado The Strange and Beautiful Sorrows of Ava Lavender, y me acordé de Ava, pero de otra Ava. Me acordé de la Ava sevillana, la de cuatro patas, la valiente Ava que vivió dos años cargando con una infección enorme; con una infección que resultó ser un cáncer. Un cáncer que la alejó de aquellos que nunca la sintieron cerca, y en ningún caso la merecían; pero que la alejó tarde; llegamos tarde; por una vez, escapó el milagro.
Fue esta misma semana, no hace aún siete días que los voluntarios y el equipo veterinario que la rescataron quedaron destrozados; miles y miles, y millones de personas que se volcaron en salvar a esa perra que no podía soportar más enfermedad, supieron la mañana del domingo que, esta vez, no habría final feliz.
Se fue. Pero se fue rodeada de gente que no veía más que futuro y perdón en su rostro desfigurado, y asistía como testigo de una única deformación llegada desde el sur del país, pero que en ningún caso surgía del hocico de Ava, sino del negro —negrísimo— corazón de sus antiguos dueños, que no familia.
Hoy, con las lágrimas ya secas de una tragedia que conforma parte de nuestra identidad nacional, solo hay tres cosas por las que luchar bajo la estela de esa perra que marchó de San Juan de Aznalfarache a la eternidad: la verdadera Ley de Protección Animal que nuestros compañeros necesitan y merecen, el recuerdo de ese animal que encontró tarde una familia más numerosa de lo que nunca habría imaginado y un castigo ejemplar, un castigo tan fiero, inflexible y tenaz como el maltrato sistemático y cobarde que Ava sufrió.
Hasta siempre, Ava.
Mientras se nos recuerda, seguimos vivos.
Tú, querida amiga, vivirás para siempre.
Esas son las palabras con las que te despidieron. No las hay mejores.
No importa dónde ocurran las historias de perros. A diferencia de las nuestras, la mayoría se vuelven universales; o quizá ya nacen así. ¿Qué son, acaso, sino instantes libres de prejuicios?; situaciones donde una mala experiencia siempre alcanza una lección, una sonrisa o una mirada de complicidad.
La última nos llegaba hace unos días de EE. UU. Allí, en Vashon, un setter irlandés salvó con su lealtad a su compañera, una basset hound llamada Phoebe. Es una de esas noticias que nos habla de aquello de en las buenas y en las malas, de aprender un poco a ser más animales (en el buen sentido), de preocuparse por las cosas que realmente importan.
De vez en cuando, también traspasan noticias de sabor agridulce: está la de aquella animalista que se suicidó con sus perros por convicción (equivocada), y también las miles y miles de granjas, mataderos y otros centros que, como si de una extensa frontera se tratase, dividen las opiniones de animalistas y no animalistas.
En esta otra franja de tierra, quedan los febreros que temen los galgos, las rehalas de los podencos, las constantes carreras apresados por un coche o una moto… A diez mil pies de altura, un hombre cambia el rumbo de un avión para salvar a un único perro aterrado en la bodega; a 500 kilómetros de Damasco, un adolescente de 17 años junto a su perro hacia Turquía con la intención de alcanzar a pie la isla de Lesbos; en ese mismo instante, miles y miles de animales sueñan con que alguien los recuerde siquiera.
Mueren asfixiados por no encontrar alguien que dé sentido a su vida —aunque quizá ellos quisieran seguir buscándolo, ¿no?—; por nuestra incompetencia, por ignorancia también; guillotinados por no ver más allá de nosotros, por tradición, y a veces hasta por maldad. Movidos por el rencor, o por la desconocida condena hacia uno mismo a través de los actos, como es el caso de Rompesuelas, pero también del burro Capitán y del león Cecil y de tantos millones de seres a los que todavía no hemos bautizado más que con sufrimiento.
Quizá esas historias universales nos susurran que luchemos por una ley real contra el maltrato; quizá sea eso con lo que sueñan miles y miles de animales que no tienen más que el soñar para vivir.
Quizá es bueno y redentor compartir algunos sueños…
Si hay algo que no podemos detener es el tiempo. Tanto para equivocarse como para acertar el reloj avanza, robándonos lo que pudo ser y no fue, y también lo que fue y no debió ser.
Si se celebra el torneo, el martes Rompesuelas morirá. La historia nos da esa certeza. Como seguro sabéis, solo dos toros han sido indultados a lo largo de la celebración anual en Tordesillas: Bonito, en 1993, y Presumido, en 1995. Ninguno sobrevivió a las heridas, fuesen estas infligidas por los lanceros, fuera muerto por disparos de la Guardia Civil: imagino que, irónicamente, al considerar peligrosa la conducta del animal.
Sé que nos separan más de 700 kilómetros, que hoy pueden ser un mundo o tan solo un suspiro, pero si eres uno de los casi nueve mil habitantes del pueblo o, de algún modo, estás ligado a este evento, por cercanía o por historia, te imploro que leas estas líneas. Si no es así, si has llegado aquí para corroborar el destino del siguiente Toro de la Vega, te ruego que sumes razones y manos en la lucha para terminar con este otro tipo de maltrato animal que define a nuestro país.
Quizá hoy tenéis la desvergüenza de veros como la víctima —mediática, cuanto menos— y no como el agresor; como antitaurino os diré que dañar a un animal por diversión nunca os dará esa razón y esa comprensión que buscáis en el resto de los españoles. Pero más allá de lo evidente, me gustaría compartir con vosotros siete razones a digerir antes de ese martes que, algunos, casi preferiríamos que no llegase.
Primero. Para nuestro país, Tordesillas no tiene ni cultura ni atractivo turístico ninguno; para la mayoría de ciudadanos de este país (y cada vez más), la muerte no es cultura, el maltrato animal no es cultura, y todo lo que deseamos de practicar turismo es placer, no martirio.
Segundo. Sois parte de una tradición cruel, injusta e inhumana que se ha mantenido de generación en generación; cualquier sociedad moderna debe tratar de mejorar día tras día. ¿Creéis realmente que la historia de brutalidad de vuestros antepasados os da derecho a perpetuar un ritual salvaje y sádico? No lo hace.
Tercero. Nadie está de vuestro lado. No durará. Podéis creer que todo sigue igual, pero no lo hace. Podéis creer que la policía os protege y os apoya, pero solo siente asco por tener que hacer su trabajo cada segundo o tercer martes de septiembre. Cien mil personas gritan en Madrid; millones lo hacen en Internet, en las redes sociales, en las calles de sus respectivas ciudades; luchan día tras día contra vosotros: fortalecen una idea que ya es una realidad.
Cuarto. Ciudadanos, y sobre todo gobernantes de Tordesillas y de Castilla y León; seáis populares o socialistas, sabed que con la inacción agraváis las heridas que traen vuestros partidos. Señor González Poncela, la gente le grita, le insulta, le intenta agredir por la calle; señor Juan Vicente Herrera, toda Castilla llora por la ausencia de cualquier tipo de política animalista de carácter autonómico; señor Pedro Sánchez, su estilo de hacer política y campaña con el sufrimiento que se enquista en Tordesillas me da ganas de vomitar.
Quinto. España ha tendido una mano al pueblo este 2015; Tordesillas podría haber contado (de forma gratuita) con más de cien artistas de fama nacional e internacional para convertir este pequeño rincón de España en un lugar de referencia cada mes de septiembre. Pero ha escogido muerte frente a vida, y tauromaquia y tortura frente a celebración y cultura; escupiendo en la mejor propuesta que ha tenido de reconciliarse con el mundo entero, y de dejar que el mundo también lo hiciese con vosotros.
Sexto. ¿No os dais cuenta aún que todo ese daño no vive en el toro más que por un instante? ¿Por cuánto tiempo vive en vosotros? ¿Por una vida entera? ¿Por generaciones y generaciones que legáis detrás de vosotros? Si no lo habéis hecho nunca, mirad a ese toro a los ojos, a Rompesuelas, y preguntaos por qué; dedicad sesenta segundos de vuestra vida a preguntaros por qué ese animal noble, orgulloso y altivo debe convertirse por vuestro capricho en un amasijo de dolor y tragedia.
Séptimo y último. Sabed que el mundo ha cambiado; sabed que olvidasteis mirar alrededor; sabed que estáis a tiempo aún.
Sabed que, con este texto, yo rompo una lanza más por el Toro de la Vega, y os confieso que estoy harto; estoy harto de que estas manos con las que escribo sean tan parecidas a aquellas que, cada septiembre, dan muerte a un animal tan noble.
Recapacitad ahora. Indultad a Rompesuelas, y estaréis un paso más cerca de reconciliaros con el resto de nosotros.
Repetid, emulad el sacrificio un año más, y recogeréis nuestro más profundo desprecio de nuevo. Algo que tenéis, que parecéis coleccionar, y que la realidad ha terminado por convertir en nuestra mejor arma; España entera os pide que pongáis fin al Toro de la Vega porque, de cualquier modo, su fin ya está cerca.
Os obsequiamos con tiempo, con cuarenta y ocho horas de tiempo; y si alguno de vosotros sigue mi consejo y decide perderse a través de la mirada de Rompesuelas comprobará que, a menudo, tiempo es todo lo que tenemos. Para bien, y para mal.
Matar a un animal no es una forma de ver la vida, sino de afectar al mundo que nos rodea.
Sobre Fernando Savater tenía poco malo que decir: aun hoy me gusta su ironía y sus principales influencias; respeto su ética del deber y su concepción espinosista (rollos filosóficos, ya sabéis), su preocupación por las cuestiones nacionalistas e incluso la resolución que, él mismo, propugnó ya hace años acerca del vasquismo, que hoy podría acercarse sin excesivos remilgos al independentismo en Cataluña.
Sin embargo, como es habitual, igual que yo poco más sé de Spinoza que aquello de que nos regimos por los límites del cosmos, quizá Savater no tenga ni puta idea de perros, ni de gatos, ni de toros. Por el contrario, cuando no se sabe algo, algunos tenemos la modestia de cerrar el pico, y otros tienen la osadía de mirar por encima del hombro y sentar cátedra. Quizá por ello, me sorprendió ver cómo hace unos días traían a colación temas de tauromaquia y animalismo desde una perspectiva que jamás habría imaginado.
Por título llevaba Tauroética, y las frases que cobraban vida entre párrafo y párrafo asesinaban sin saberlo a muchos seres que habían sufrido la desgracia de nacer animales (no humanos) en el lugar equivocado. Sobre ello, Renzo Llorente, profesor de filosofía en el campus de Madrid de la Saint Louis University, escribía una refutación muy lúcida (Tauroética de Fernando Savater: una aproximación crítica) a la cual, si tenéis interés, recomiendo que le dediquéis unos minutos.
El 8 de marzo de este 2015, más de setecientos días después de haberse retirado del mundo del toreo, Francisco Rivera hizo algo bastante común entre las celebrities: su primera reaparición; un nuevo salto al ruedo que tuvo lugar en Olivenza, Badajoz, y que le llevaría inexorablemente hacia la profunda cornada que sufrió antes de ayer en la plaza de toros de Huesca.
Las cosas van como van; y así como en las plazas los toros se cuentan en lotes, y nadie siente pena por un bicho que ni quiere estar por allí ni sabe qué pintan esos tíos vestidos de luces con capotes, también debemos tener presente que, de vez en cuando, un pitón revienta contra el triángulo femoral del muslo y algún torero cae en la arena con una herida mortal. Y ahí está el caso del famoso Manolete, que por muchas angustias de las que se rodease, no quedó contento hasta que la cosa se torció del todo en Linares.
Pero la empatía tiene, hoy más que nunca, un límite en cuestiones de maltrato animal; quizá por ello PACMA, el Partido Animalista, ha tenido que emitir un comunicado (no del todo atendido por sus seguidores) para que los usuarios de Twitter y otras redes dejen de publicar deseos de muerte contra la grave cornada sufrida por el taurino.Sigue leyendo «Una cornada de sentido»→
Nos lo presentaron como algo nuevo, pero ya nos advirtieron que no podían hablar demasiado. Al cabo de un par de meses, supe que se trataba de un nuevo programa de Telecinco. Su nombre sería Vaya fauna y se presentaría como otro talent show que sumar a los ya existentes: Masterchef, La voz, ¡Quiero bailar!, etcétera.
Lo vi bien. Me parece genial crear ese vínculo especial entre personas y animales domésticos. Si bien de vez en cuando discuto (es decir, dialogo) con familiares y amigos que no entienden por qué enseñar a un perro obediencia, practicar algún truco con clicker o iniciarte en el dog dancing, el agility o el frisbee no tiene nada de malo. Lo veo total y absolutamente lógico, y defendible: yo le suelto premios a mi perro, mi perro aprende a pensar de un modo más creativo, gana memoria muscular y nos lo pasamos bien.
Cuando mi conocido nos presentó el concurso, además, dijo que su presentador era Christian Gálvez. ¡Este colabora con Galgos 112!, pensé. (Bueno, técnicamente, nos reímos un poco de lo poco que nos había gustado su doblaje de Napoleón en Assassin’s Creed Unity, y después pensé en los galgos, pero queda mal decirlo aquí.)
No vi el primer programa hasta varios días más tarde. Entonces, el revuelo ya estaba montado y no terminaba de entender el por qué. De golpe y porrazo, vi a Tima tocando la trompeta: no era la primera vez, aunque no era consciente. La había visto sentada junto a Iniesta en un sofá, en películas con José Coronado y en numerosos circos que habían aparecido en televisión.
Nadie había hablado de eso. La descripción del programa dice: cerditos que abren y cierran cajones, perros que encestan canastas, pajaritos funambulistas…No se decía nada de osos, o tigres, y eso me mosqueó.
La osa Tima toca la trompeta durante una sus actuaciones.
Días más tarde, un acertado Frank Cuesta (Frank de la jungla) subió a YouTube un vídeo dirigido a Christian Gálvez, en él hablaba sobre la complicidad que el programa y toda la gente involucrada mantenían con personas que no solo domaban animales salvajes, sino que lo hacían porque nosotros lo apoyábamos activamente con nuestra actitud. Sigue leyendo «‘¡Vaya fauna!’ (Cuestiones éticas a replantear)»→